La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Naredhel Anariel

Raza: Elfa Vanyar Maia

Otros nombres: Auressiel, Hija del Amanecer, Elissa la Roja, Airinya

Armas o poderes: Rûnyacir, La Llama Roja. Llamada así porque durante el fragor de la batalla brillaba con el color del fuego, a la vez que era capaz de quemar si se tocaba su filo.

Vida: 100%

Descripcion

Náredhel tiene largos cabellos ligeramente ondulados, de un color dorado cobrizo, con joyas rojas engastadas en largas cadenas de mithril, y unos ardientes ojos color ámbar que se encienden en la batalla y reflejan la furia de su corazón. Su piel es de un tono ligeramente dorado, y cuando no se dispone a presentar batalla viste a la usanza élfica, vestidos de color blanco con bordados de rubí y mithril. Pero durante la batalla sus ropas son rojas como la sangre, al estilo de los elfos sindar, de ante rojo con bordados en blanco, y en un cinturón de cuero rojo con trozos de marfil engastado, lleva envainada a Rûnyacir "La Llama Roja", y la vaina también esta tallada en marfil. Llamada así porque durante el fragor de la batalla brillaba con una potente luz roja como el fuego, a la vez que era capaz de quemar si se tocaba su filo. En su apariencia normal era una espada tipo catana de doble filo, pero el filo mismo estaba tallado en diamante y la empuñadura era de marfil con incrustaciones de rubí.

Su caballo es Daedeloth "Sombra de Odio", un caballo dorado rojizo como una gran lengua de fuego, con ojos rojos de fuego. Sus avíos, es de cuero teñido de rojo, con filigranas de oro y rubíes engastados.

"Y entonces salió otro caballo, que era rojo; y se le dio poder para que a partir de allí eliminara la paz de la tierra y se mataran unos a otros; y se le dio una gran espada. Y el nombre de la espada era Sar.... Venganza, la Espada Roja de la Retribución"

Historia

Su madre fue Seriel, madre de Elenwë, esposa de Turgon. Su padre, un ser oscuro, cuyo nombre nunca volvió a ser nombrado, y cuyo destino permaneció desconocido para el mundo.

Pero en sus venas corre el poder de los Maiar, pues en ella se encierran poderes ocultos de aquellos que le dieron realmente el ser.

Todavía sentía a veces aquel frío extremo en su piel, penetrando su cuerpo hasta los huesos. Recordaba cada paso que había dado a través del hielo crujiente, cada pesar. Cada caída. Y cada muerte.

Ahora, añoraba Valinor tanto o más que antes. Y aún así, sabía que no había llegado el momento de volver. Por que volver suponía enfrentarse al recuerdo de una ausencia que no llenaría el tiempo.

El Exilio era ahora su única opción, cuando en un principio fue tan sólo una elección. Por amor. Muchas se veces se preguntó qué hubiera ocurrido si no hubiera seguido a su hermana a través del hielo. Dudó. Dudó un momento, cuando la voz de Mandos se alzó como una tormenta, augurando un mundo de sufrimiento y dolor. Podía haber regresado entonces. Pero nada separaría a Elenwë de Turgon e Idril. Nada, excepto la muerte.

Y a pesar de sus dudas la siguió nuevamente, a pesar de la traición de Fëanor y sus hijos. Malditos sean, ellos y todos sus descendientes. Malditos para siempre. La determinación de Turgon las empujó a través de Helcaraxë. Y fue entonces cuando comprendió, tarde. Muy tarde. Elenwë cayó entonces, y toda su esperanza y su determinación cayeron con ella. Su hermana había muerto, y el pesar inundó entonces el corazón de Turgon. Y el suyo.

La venganza fue lo único que la impulsó a seguir viviendo. Hubiera sido tan fácil dejarse morir allí, en aquel mundo de hielo y nieves eternas. Quizás si hubiera sabido que no serviría de nada…

Fëanor había muerto. Y finalmente, Turgon firmó una paz con sus hijos, a pesar del mal que habían causado. Y se sintió traicionada nuevamente, por aquél que su hermana había amado con todo su corazón. Y se sintió presa en Nevrast, impotente. Insegura. Una cárcel de oro para un corazón salvaje, que clamaba por una venganza imposible. Pero Mandos sabría. Y se aferró a sus palabras, como si fueran la única salvación ante el odio que crecía en ella.

Y finalmente, un día, sin más, partió de Nevrast, mientras Turgon preparaba la marcha hacia la Ciudad Escondida. Y huyó de su jaula de oro, sin saber muy bien donde ir, ni donde encontrar refugio.

Los años pasaron, mientras sus pies, errantes, buscaban siempre un nuevo camino. ningún lugar le satisfizo lo bastante para quedarse. Y con el tiempo, aquel viaje eterno acabo por convertirse en el único sentido de un corazón vacio.