
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Jade

Raza: Humana
Otros nombres: Nainir Téra <br>Dama de la justicia
Armas o poderes:
Vida: 100%
Descripcion
Historia
De no ser por aquel pequeño y níveo pie que sobresalía bajo la capa, al Duin Atta le habría pasado desapercibido aquel extraño fardo acostado en el frío suelo en los límites del bosque. El caballero tardó un segundo en reponerse de la impresión y, con ese sigilo tan propio de él, comenzó a acercarse a lo que, por el tamaño de aquel pie, parecía una criatura. Cuando llegó a su altura, la pequeña extremidad se escondió con rapidez bajo la capa y el Duin permaneció inmóvil unos segundos con los músculos en tensión, vigilantes. Esa noche Ithil había decidido no visitarles y la oscuridad era casi plena.
Se agachó sobre el cuerpo y una respiración pausada y serena llegó hasta sus oídos, la criatura dormía. Miró a su alrededor pero no percibió nada extraño, finalmente decidió despertar al pequeño intruso y llevarlo a Eirë Esteldor, allí sabrían qué hacer con él.
Estiró lentamente su largo brazo y…antes de darse cuenta, se hallaba de espaldas sobre el duro suelo, con una daga al ras de su cuello y unas piernas que atenazaban sus costillas.
Durante lo que pareció una eternidad, ninguno de los dos dijo una palabra, limitándose ambos a medir a su contrincante.
Los ojos del Duin se habían acostumbrado ahora a la oscuridad lo suficiente para darse cuenta de que había errado en sus primeras observaciones, no era una criatura, aunque por su peso y estatura, bien podría serlo. Reprimió una sonrisa, aquella mujercilla estaba loca si creía poder reducirlo, pero era un hombre paciente, se recordó, ya la sacaría de su error más tarde. Una vez que hubo decidido que no era una amenaza para él, se limitó a observarla con ojo crítico. La cara que tenía sobre sí era un pequeño y pálido óvalo, sólo mancillado por una antigua cicatriz que nacía en su lacrimal y cruzaba su rostro hasta el pómulo. La nariz, cuyo puente se hallaba salpicado de graciosas pecas, era pequeña y recta. La barbilla, en opinión del hombre, demasiado firme, demasiado obstinada. Las cejas y las pestañas, de color castaño oscuro, enmarcaban unos ojos de un violeta radiante, algo que no había podido distinguir hasta entonces. Algo en ellos logró ponerlo nervioso, eran claros y a la vez opacos, como observar a través de una ventana abierta y descubrir que no hay nada detrás. De pronto pensó en su hermano Auresse, aquella era la mirada que tenía cuando el menor de ellos tres los dejó. Apartó aquel recuerdo de su mente y volvió a centrarse en lo que estaba haciendo, ya se estaba cansando de aquel escrutinio, la mirada de advertencia que envió a la mujer habría bastado para acobardar a hombres ya adultos, sin embargo, ella se limitó a arquear una ceja con arrogancia. En respuesta, él aseveró su expresión hasta que sus ojos verdes se convirtieron en dos ranuras y la mujer, correctamente amilanada en su opinión, terminó por apartar la fría hoja de su pescuezo.
-Mi nombre es Kelusse- Después del largo silencio su voz resonó en la noche como si algún poder hubiera despertado. Se recordó que no pretendía asustarla a pesar de la prueba a la que estaba siendo sometido y por ello su tono de voz sonó pausado, casi aburrido, aunque evidenciaba su conocimiento de que podía, si lo deseaba, reducirla en menos de un segundo.
Si la mujer lo había oído o entendido no dio muestras de ello, no se movió de donde estaba ni pronunció sonido alguno. Aún así el Duin no se amilanó.
- Te encuentras en tierra Esteldili…¿Cómo has llegado hasta aquí sin alertar a los guardias?-
El silencio fue la única respuesta, ni un sonido, ni un movimiento…era como tener ante sí una estatua. Estaba harto…esa mujer había burlado la vigilancia y la llevaría ante los Nainiri aunque fuera a rastras. Tras pavonearse mentalmente pensando en la lección que le daría levantó las caderas bruscamente con intención de girar sobre sí mismo y dominar a esa pequeña descarada.
Al segundo siguiente luchaba por respirar, aquella arpía casi le había roto las costillas con sus piernas. Bueno -pensó- quizá le llevaría algo más de un segundo reducirla.
Soltó una maldición que arrancó una ligera sonrisa a la muchacha, ésta lo observó un momento más antes de aflojar su abrazo, sus sentidos ya le habían proporcionado toda la información que precisaba sobre el hombre.
Era grande y fuerte, aunque no se trataba de simple fuerza bruta, sino de algo más vivo y sutil, infinitamente más peligroso. En sus ojos había sabiduría y temple, tam¬bién las brasas de aquella avidez acechante y cálida que brillaba detrás de las pupilas, propias de un cazador. Aquel hombre no era una amenaza para ella, no por que no fuera suficientemente capaz sino por que en realidad, y a pesar de su evidente enfado, no pretendía dañarla.
En cuanto ella se apartó, Kelusse se levantó como un resorte y se palpó las costillas, prefirió no mirarla pues, al hacerlo, el concepto mismo de respiración desaparecía de su mente para ser sustituido por el deseo de retorcer aquel delicado gaznate. De repente sonrió, luciendo unos perfectamente blancos y alineados dientes, aquella muchachita, que apenas le llegaba al mentón, le había sacado de sus casillas, ¡a él!, sin duda el habitante más paciente de Esteldor. Reprimió una carcajada al pensar en la reacción de Calenglín. Sí, definitivamente, dejar esa altiva barbilla pasear por Ëire sería entretenido.
- Cerca de la ciudad se vive una pequeña celebración, hay comida, bebida y un fuego en el que calentarse…pero si prefieres morir congelada en la oscuridad no ha de importarme- Dicho esto giró sobre sus talones y emprendió el regreso sin mirar atrás, pero siempre consciente del aleteo de faldas y capa que lo seguía.
Finalmente llegaron a un claro, desde el que podía verse un baluarte que se erigía a no corta distancia. Tras admirar boquiabierta la belleza de la construcción, observó el valle y a los presentes buscando un peligro potencial. No halló ninguno.
Casi todos los que allí se encontraban eran campesinos o herreros acompañados de sus mujeres y niños. Sólo un pequeño grupo apartado parecían guerreros, supuso que los restantes formaban parte de la guardia que ella misma había burlado horas antes.
Buscó a Kelusse con la mirada y lo halló cerca de la hoguera en compañía de un extraño y variopinto grupo, los observó uno por uno, sus gestos, sus ropas…se acercó a ellos con lentitud y dignidad. Sondeó los ojos de cada uno de ellos, el primero en ser sometido a escrutinio fue Nowë, como supo más tarde, un elfo de porte orgulloso y mirada amable, su expresión transmitía y ansiaba paz, su postura tranquila pero firme dejaba entrever que era allí un hombre con poder, ligeras muescas en torno a los ojos y el ceño le decían que era rápido para la risa y que cargaba con hondas responsabilidades, su sonrisa, comprensiva y burlona a la vez, auguraba un extraño sentido del humor.
Observar al segundo del grupo fue como reencontrarse con un viejo amigo, no se conocían, no se habían visto nunca y, sin embargo ambos se reconocían a si mismos en el otro, un mismo sentimiento de pérdida, un dolor semejante. Auresse sonrió débilmente a quién en un futuro se convertiría en su mayor confidente, ante la extrañeza de Kelusse, que no recordaba la última vez que lo había visto sonreír desde…
El tercero en la lista fue Serkiel, una hermosa elfa, de oscuros cabellos y sonrisa sesgada, en su gris mirada encontró desconfianza, una reticencia que iba más allá del desconocimiento, la observó detenidamente y supo que, aunque con ella nunca era fácil, algo más obstruía la aceptación. Durante lo que dura un parpadeo, la mirada de la elfa se desvió hacia Auresse y entonces comprendió.
El cuarto miembro en presentarse fue otra beldad de la raza de los elfos, Amarthdûr sería su nombre, y en sus ojos verdes pudo vislumbrar muchas cosas, orgullo y voluntad, más también culpa y la extraña sombra de aquel que ha matado con deleite.
Al mirar al quinto integrante del grupo, se encontró frente…frente al mismo sol, su rubia cabellera resplandecía en competencia con las llamas de la hoguera, no se entretuvo en contemplarlo demasiado por temor a quedarse ciega aunque lo hizo el tiempo suficiente para reconocer en él una veta de salvajismo apenas contenido, así como la inteligencia y la belleza propias de los altos elfos.
Finalmente, en su recorrido silencioso se encontró con un extraño ser que parecía físico y a la vez etéreo, de temperamento apacible aunque poderoso y ésta vez hubo de rendirse a su supremacía y ser ella la sometida a examen. Tras un largo minuto en silencio, el anciano supo muchas cosas, con delicadeza pero con firmeza asió el hombro de la muchacha y con su sonrisa logró derribar la frialdad de su expresión.
- Ya estás en casa…pero éste no es aún el final del camino- Las palabras del sabio, sin sentido alguno para los presentes, hicieron temblar el labio inferior de la joven. Más al segundo siguiente, la máscara volvía a su lugar y, reiniciando sus pasos, se apartó del maia acercándose al fuego de la hoguera.
Serkiel, que no confiaba en humano alguno salvo, quizá, Kelusse, no retiró su vista de ella, observó sus facciones, ya no impertérritas, y arrugó el ceño al percibir la brusca inspiración de la muchacha, como si por un segundo hubiera luchado por respirar.
Al cabo de un momento, como si nada de lo ocurrido fuera excepcional, el grupo volvió a sumirse en diferentes conversaciones.
- ¿Qué te ha hecho esa muchacha para que la mires de ese modo, hermano?- Auresse no iba a dejar pasar la oportunidad, que generalmente eran escasas, de meterse con su hermano menor. Kelusse tenía la vista fija en las piernas de la mujer y parecía maldecirlas mientras se frotaba protectoramente las costillas.
La elfa de ojos verdes, que pecaba de curiosidad, se acercó a la desconocida y quiso saber su nombre.
Mirando las llamas pensó en lo que había sido su vida, desde aquel día aciago lo único que la había impulsado había sido la venganza y ahora, una vez cumplida, no sabía que hacer. Mucho era lo que había perdido en su travesía y ya no había retorno posible.
Sus cicatrices, físicas y mentales ya no tenían cura alguna, pero aquel lugar transmitía paz y aquellas gentes parecían buenas. No sabía si estaba en casa, como el anciano había dicho, pero aquel lugar era tan bueno como cualquier otro…para morir.
- Jade…- contestó- Me llamo Jade.
Nowë, que por ese entonces ocupaba el cargo de Athar, volvió al tiempo presente. Mucho había cambiado aquella mujer desde su llegada. Ahora, un año y medio después, veía una persona diferente, aún reservada pero rápida para la risa y lenta para la ira, aún extraña en su modo de ver las cosas, como si lo viera todo por primera vez o como si fuera la última.
Mucho había sucedido en ese último año, la paz de Esteldor había sido empañada por el dolor de la traición, llegada con gran desgracia de la mano de quién había sido amado y admirado por todos, mucha sangre fue derramada en su nombre, un nombre que no se pronunciaría ni olvidaría en muchas vidas de hombres.
La lealtad mostrada en la cruda batalla, a pesar de la dolorosa renuncia que ella conllevaría, y su claro sentido del honor y la justicia, hicieron que los Nainiri leales la contaran entre ellos, y fuera nombrada Nainir Téra.
Y allí se hallaba ahora, en el salón de reuniones, probando su valía en el dificultoso juicio que debía afrontar. Tenía ante sí al responsable de innumerables bajas, de inmenso sufrimiento, de la batalla por el poder más cruenta hasta el momento, Nandele Dagor, se llamó después, y muchas lunas pasarían antes de que aquella tierra se viera libre de la sangre vertida. Tenía ante ella al traidor, mas también al amigo.
Un golpe seco, proveniente del centro de la sala, hizo que varios de los guardias llevaran sus manos a las empuñaduras de sus espadas.
- ¡No puedes hacerlo! ¡Tú, tú precisamente deberías entenderlo! - vociferó Auresse, que para entonces se había levantado y golpeado la mesa que tenía ante si. – Éste es mi hogar…Todo cuanto he hecho, lo he hecho por Esteldor. ¡Estás ciega! –Le gritó- ¡Todos lo estáis!- volviéndose hacia los presentes que se hallaban a su espalda fijó la vista en Kelusse - Los pueriles ideales de aquellos a los que tanto reverenciáis sólo os traerán destrucción. ¡Hermano…!
- ¡Basta!- La voz de Jade sonó ronca y cansada, cogió aire durante un segundo antes de proseguir con la vista fija en Auresse. – El pueblo ha hablado. Aceptad su benevolencia para con vuestra vida y, si sois sabio, como creo, algún día estaréis agradecido. – La expresión de la dama no dejó percibir el dolor que sentía al observar el odio que destilaba Auresse, bien sabía que había sido juzgada a sus ojos por el mismo delito que se le imputaba.
Endureciendo su tono y sin apartar la mirada, repitió el veredicto- Auresse, hijo de Gundor, y aquellos que han servido a su causa son, a fecha de hoy y con carácter permanente, condenados a destierro por el delito de traición. – Tan sólo algunas respiraciones entrecortadas rompían el silencio de la sala. Incluso las inocentes aves parecieron abandonar su canto.
- ¡Pagarás!- Auresse, ya vacía su expresión de todo sentimiento, profirió su amenaza en tono quedo, cuadrando sus anchos hombros y alzando la vista con dignidad.
Como si aquella simple palabra no hubiera atenazado su corazón, la magistrado continuó:
- La pena por desoír dicha sentencia será la muerte- dicho esto, Jade desvió la mirada hacia Kelusse, que se hallaba sentado con sobriedad en uno de los lugares reservados a los dirigentes. Éste, en respuesta a la pregunta silenciosa de la dama, inclinó la cabeza afirmativamente, de modo casi imperceptible y Jade volvió a mirar al centro de la estancia.
- ¡Guardias! – Ante la orden de la Nainir Téra, Dama de la Justicia, los acusados fueron escoltados hasta más allá de las fronteras de Eirë Esteldor...para no regresar jamás.