
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Thelidor

Raza: Hombre
Otros nombres:
Armas o poderes:
Vida: 25%
Descripcion
Historia
[C][B]null[/B][B]Canción de Thelidor, el numenoreano.[/B][/C]
Canta, Manwe, la desdicha que mantuvo al más valiente de los hijos de Númenor lejos de las doradas costas de su hogar por más de media edad, sin que dioses ni mortales pudiesen hacer nada para aliviar su pena en su desventurado destierro.
De la noble estirpe de los reyes de númenor, que con gracia divina se alzaron victoriosos ante las trabas que el destino puso a su futuro en estas tierras y que se asentaron frente a las bárbaras costas para florecer cual pétalo de rosa dorado al sol, pues tales eran sus virtudes y riquezas, habla, hijo de Theldar, príncipe de las Tierras Bajas, primo del rey Tar-Anárion , Thelidor, noble y valiente, que en cuyo pecho lata para siempre el fiero corazón del león, pues tus dulces palabras nos darán a todos nosotros, tus leales soldados, fuerza y valor para el cercano combate.
“Soldados y nobles capitanes, que en las oblongas y gráciles naves que vuelan sobre las argénteas aguas de este mar me seguís a tierras extrañas para cumplir con la voluntad de nuestro rey, y para expandir las sabiduría y las riquezas de nuestro pueblo a las gentes que, por voluntad propia quiera aprender de nuestras ciencias y de los libros que tanto saber encierran entre sus páginas, escritas por los que, caros a Fëanor, e iluminados por su luz de conocimientos, consagraron su vida a plasmar todo lo que les fue trasmitido para que nosotros, sus descendientes, fuésemos mas inteligentes que en el pasado. Y así, aunque nuestras intenciones sean buenas, no penséis que vuestras áureas corazas o vuestras espadas de acero son carga vana, pues sabes que en esas tierras que ahora avistamos en el horizonte no habitan solo gentes de bien. Mas, que no tiemblen vuestras piernas, ni vuestros corazones se desaten en un latir desaforado, pues todos nosotros, leales al rey, somos bien apreciados por los dioses, que saben que nuestras acciones son justas.”
Así habló Thelidor, hijo de Theldar. Y sus hombres, que con valor renovado escucharon deleitados cada una de sus dulces palabras estallaron en grandes gritos y vítores a su comandante valeroso, que satisfecho, se unió al ambiente festivo que se había creado en la cubierta de la velera nave.
Tres días tardaron aun, las naves numenoreanas en llegar a la costa, y una vez en la pétrea tierra, escarpada de acantilados y barrancos. Y allí, les esperaron ejércitos erizados de oscuras lanzas, a los que Thelidor, valeroso, consiguió vencer y someter, y así, en un monte sacro para los conquistados, brilló el estandarte de Thelidor, junto al de los reyes de Númenor.
Pero no siempre, a través de las consiguientes exploraciones, tuvo el hijo de Theldar, caro a los Valar, tanta suerte, ni victorias, y sus hombres caían cada vez más ante el embate de las bárbaras gentes que pese a su ignorancia luchaban con la fiereza de un jabalí, que, en la selva, aislado por una fiera superior en inteligencia a él, aun así, lucha y acaba venciendo con solo la fuerza bruta y la lucidez que le otorga el deseo natural de sobrevivir. Y así, el ejército de Thelidor menguó gravemente hasta que pronto, ya no pudo hacer frente a los pueblos que, con fieros guerreros a su cabeza, se iba encontrando a lo largo de las costas.
Y así ocurrió que un día, alentado por sueños dulces y reveladores, decidió convocar la asamblea de sus generales para decirles con suaves palabras que volverían a embarcarse en las gráciles naves, pero esta vez para volver a sus añorados hogares, allá en la bella Andor. Recibieron con alegría las mermadas filas de Thelidor estas haladas palabras, y al atardecer ya habían dejado atrás las oscuras costas de sangre y barbarie. Pero por obra del maligno, o tal vez de la simple mala suerte, acaeció que en la tercera jornada de travesía, una terrible tormenta agitó el albo casco de la nave que lucía el níveo pabellón del estandarte de Thelidor, y pronto, su nave, las mas grande de la pequeña flota, se perdió entre la marejada, y no fue hasta el día siguiente que las aguas bravías se calmaron, y los hombres, temerosos de la ira divina, volvieron a subir a la cubierta de la nave. Muchos, cayeron por la borda durante la tormenta, y los sobrevivientes, aterrados y desorientados, no vieron en el anchuroso horizonte rastro alguno de embarcaciones amigas, ni tan siquiera el tenue resplandor de una blanca vela recortada contra el mar lejano.
Así permanecieron horas, sin saber hacia qué dirección dirigir la cortante proa, pues por algún cruel maleficio, un cúmulo de negros nubarrones cubrían el firmamento, y en la noche, ni rastro había de estrella alguna. Por ello, decidió Thelidor esperar a que llegase el día, o a que las obscuras nubes dejasen ver las doradas gotas de rocío que pendían sobre el manto azabache de la noche. Pero la desventura siguió acompañando a nuestros valerosos héroes, pues, ocurrió que antes del amanecer estalló otra rugiente tormenta, más terrible y devastadora que la primera, que arrojó a la frágil nave varias millas hacia la costa. Con el crujir de los maderos y las cuadernas del casco, que se abrieron al chocar contra las afiladas rocas del litoral, se rubricó el trágico final del periplo de Thelidor, hijo de Theldar, que seria condenado a pasar años incontables en tierras lejanas a su hogar.