
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Laureon
Raza: Maia
Otros nombres: Ontarwë, La Espada del Norte
Armas o poderes: Laureon empuña Amaurea, El Amanecer, una hermosa espada larga y delgada, y porta Vaiwára, el Arco del Viento Impetuoso. Tiene gran influencia sobre las lenguas, que crea a su antojo, e invoca considerables poderes al activar las runas grabadas en su
Vida: 90%
Descripcion
Laureon es un Maia, y por tanto no tiene forma definida; se deja ver como quieren que le vean. Sin embargo, suele adoptar la forma de Noldor, pues en la Primavera de Arda amaba a la Casa de Finwë. Posteriormente se dejaría ver como un hombre de rasgos medio élficos. Sus ojos son dorados, su cabello oscuro, su mirada penetrante. Es alto y orgulloso, aunque discreto en los viajes. En grandes ceremonias porta una túnica toda blanca, y en ella tiene bordados Laurelin y Telperion en oro y mithril. Cuando viaja, porta una capa gris bordara por él, y una malla liviana de mithril; sobre ella una camisa negra con Laurelin y Telperion, pantalones grises y botas negras.
Historia
DE LAUREON ONTARWË, MAIA DE AULË
Dicen que con los Valar fueron al mundo otros espíritus, al igual que ellos anteriores a la creación del mundo, pero de menor poder. Eran éstos los Maiar, sus sirvientes y asesores, cuyo número es desconocido por los seres de la Tierra Media, pues muy pocos se dieron a conocer en las tierras de los Elfos y los Hombres.
Entre ellos estaba Laureon. Era amigo de los Elfos, y los amaba, y solía caminar junto a ellos en la Primavera de Arda. En su forma visible solía vestir siempre ropas bordadas en oro, pues él lo creaba y moldeaba a su antojo, y portaba siempre una diadema de Mithril en la cabeza. El pelo era oscuro y largo, que siempre llevaba suelto y libre al viento. Sus ojos dorados y brillantes, y fulguraban como llamas que recordaban a los brillos de Laurelin, a los destellos de los bienamados Silmarils. Era alto, de porte orgulloso, y pocos podían mantener mucho su mirada.
Durante toda su estancia junto a los Valar sirvió siempre a Aulë, del cual aprendió su gran ambición, su sabiduría y su afán por crear toda clase de cosas. Era experto en el dibujo de toda clase de runas, e inventó muchas lenguas usadas únicamente por él, que tenían el poder de despertar el significado de aquellas runas, y producir extraños y diversos efectos.
Siempre había sido gran amigo de Olórin, de quien obtenía consejo y sabiduría. Fue tentado por la maldad de Melkor, aunque nunca contempló la posibilidad de unirse a sus temibles campañas de destrucción.
Durante los largos años antes de la venida de los Elfos, Laureon luchó duramente por crear y tallar grandes maravillas en el mundo, siguiendo las órdenes de sus superiores, y obtuvo grandes conocimientos; en la forja de objetos mágicos era un maestro, y siempre destacó por sus anillos y diademas. Más tarde, con la llegada de los Noldor, amplió sus creaciones a las armas, y forjó bellas espadas y arcos y escudos y flechas para los señores de los Elfos, y mucho lo lamentó después, pues aquellas armas sirvie-ron para ocasionar la matanza entre hermanos tan llorada por todos los pueblos.
Por fin llegó el momento, ya creada y fortificada Valinor, y Oromë descubrió por vez primera a los Elfos en Cuviénen, y después de muchas penurias llegaron a la hermosa tierra de los Valar, y crearon grandes ciudades, en las que Laureon tuvo que intervenir como arquitecto y constructor. Y entonces los Noldor y los Teleri tuvieron residencia, y Tirion fue forjada, y los árboles levantados.
Pero Laureon vio a los hermosos elfos, y los amó, y desde entonces vivió siempre junto a ellos en Tirion, y por primera vez tomó forma y nombre, y le llamaron los elfos Ontarwë, El Herrero, pues fabricaba para ellos hermosas joyas y sedas y jubones.
De entre todos los Elfos, eran los Noldor los que Laureon más amaba, pues eran parecidos a él en forma y pensamiento, y fue gran amigo de Finwë; mas, cosa curiosa, nunca tuvo en gran estima al fogoso Fëanor. Su arrogancia y orgullo eran poco soportados por Laureon, aunque ambos compartieron muchas veladas juntas, y Laureon enseñó muchos secretos de la forja al Elfo, el cual los utilizó en diversas ocasiones.
Más cariño tuvo por Fingolfin y Finarfin, más nobles y menos orgullosos, para los que forjó bellas espadas y adornos para sus vestidos. Solían caminar largas tardes los tres, charlando animadamente sin prisa ni rumbo fijo, rodeados de la beatitud y la bienaventuranza de Aman. En ocasiones el sabio Olórin se unía a ellos, pues la amistad que ambos Maiar tuvieron no flaqueó con la llegada de los Elfos, y ambos enseñaban muchas cosas a los dos hijos de Finwë. Fue ésta otra de las razones por las que posteriormente Fëanor no tuviera gran estima por sus hermanastros.
Ocurrió que, en medio de toda la beatitud y prosperidad de Valinor Melkor, que había sido encerrado tiempo atrás, cumplió su condena, y fue liberado por los Valar. Esto no fue mucho del agrado de Laureon, aunque respetó el designio de sus superiores. Tiempo después habló de ello con Aulë, su mentor, el cual le contestó con estas palabras:
—Desde la creación de Arda Melkor ha sido nuestro enemigo—dijo—; el mío particularmente. Pues si Eru nos hizo semejantes en pensamiento, hay una gran diferencia entre nosotros. Pues él se regocija en destruir, y yo en crear. Él se retuerce en envidias, y yo en sabiduría. Desde el principio me ha tentado varias veces para seguirle, aunque nunca contemplé esa opción.
»No obstante hace ya algún tiempo que Melkor ha sido derrotado, y en mi corazón cabe la esperanza de que estos largos años de cautiverio lo hayan hecho entrar en razón. Son pocas esas esperanzas, mas hay todavía alguna.
»No me fío de él, no obstante, y aplaudo que tú tampoco lo hagas. Mantendremos los ojos abiertos, sea o no un sirviente del mal. Acepto la resolución de Manwë, mi hermano, por supuesto, pero no por ello dejaré de estar alerta.
Pero Melkor actuó con bellas palabras, e hizo buenos amigos entre Maiar y Elfos, aunque Fëanor nunca escuchó sus palabras. Y muy lentamente Melkor fue plantando sus semillas, sembrando la mentira y la rebelión en los corazones de los Noldor, a sus ojos los más poderosos.
Mas no fue suficiente la vigilancia de Aulë, pues Melkor logró todos sus objetivos. Mucho lloró Laureon aquel día aciago; los cielos de pronto fueron negros, y todos corrieron asustados. No había alegría ni risas ni canciones, y el aire era difícil de respirar, aunque Laureon no lo hiciera. Su oro ya no refulgía, y eran únicamente los dorados iris de sus ojos los que daban algún brillo al oscuro mundo que de pronto se le revelaba.
Y los Árboles fueron muertos y marchitos, Árboles que Laureon había amado casi más que a su mentor, y su amigo Finwë fue muerto, y los Silmarils robados, y todo lo bello y hermoso del mundo pareció extinguirse aquel día.
Entonces Laureon corrió y vio los árboles marchitos, y vio a los Valar allí reunidos, tristes y derrotados. Y vio a todos los Noldor, que lloraban y se lamentaban. Y entre ellos estaba Fëanor, que había perdido a su padre y sus Silmarils, y un fuego de cólera brillaba en su corazón. Entonces Laureon cayó de rodillas frente a los árboles, y lloró como nunca había llorado, y como no volvería a llorar. Y entonces bordó en su traje un emblema de los dos árboles, tejido en oro y Mithril.
Entonces Fëanor, animado por los fuegos de su locura y su cólera, convocó a casi todos los Noldor, y pronunció tal juramento que Laureon tembló al oírlo, y con él juraron sus hijos y muchos Noldor. Fingolfin y Finarfin eran reacios a partir, y así también Finrod, con quien Laureon tenía también una gran amistad.
Mas ambos debían hacer lo que el pueblo pedía, y se vieron obligados a partir, aunque no pronunciaron juramento alguno. Entonces Laureon se adelantó frente a los dos reyes, y les habló:
—No partáis, amigos, pues si lo hacéis temo no volver a veros más que en las estancias de Mandos. Presiento que la locura de vuestro hermanastro os conducirá al desastre y a la destrucción. ¡No vayáis! Demasiado caros sois para los Valar.
—Así es, querido Laureon—respondió Fingolfin—. Mas debes comprender que nuestro papel está con el pueblo, que ya ha decidido. Como reyes no podemos hacer otra cosa que respaldarlos, sea nuestro destino la muerte o la desesperación. ¡No temas! Volveremos a vernos, estad tranquilo, sea en vida o en muerte.
Laureon asintió, apenado. Por suerte, al poco tiempo de la partida, con la matanza de parientes, Finarfin abandonó la marcha, y con él muchos Noldor. No obstante tenía un nuevo sentimiento en su corazón, algo que nunca antes había sentido. Pues la ira ahora lo dominaba; tal había sido el mal causado por Melkor, ya llamado Morgoth.
Y entonces deseó acompañar a los Noldor, y ayudarles en la medida de lo que le fuera posible. Por ello al poco tiempo de la partida de los Elfos Laureon habló con Aulë, y le contó todos sus negros pensamientos.
—Te comprendo, Laureon—dijo Aulë—, mas es designio de Manwë y los demás Valar que los Noldor exiliados no reciban ayuda alguna por parte de nosotros. No puedo complacerte, me temo.
—Pero, mi señor—replicó Laureon—; hay muchos Noldor que se ven obligados a partir por el de-ber, y no por el odio a Melkor. Largas y fértiles han sido mis amistades con Fingolfin y Finarfin, hijos de Finwë, y con el propio Finwë. ¿No es mi deber ayudarles a ellos también? Mi corazón me ata a ello, mi señor, y si no me permitís la partida temo que mi desdicha sea aún mayor que la de los Noldor en Beleriand.
Entonces Aulë suspiró, pues Laureon era caro a su corazón; le había enseñado muchas cosas, y no quería perderle, si bien tampoco quería tan aciago destino para uno de sus mejores sirvientes.
Por ello Aulë lo consultó con Manwë, Varda, Tulkas y los otros Valar, y al cabo de un tiempo hizo llamar de nuevo al Maia con su respuesta.
—Los Valar te concedemos lo que pides—dijo Aulë al fin—. Mas no podrás volver a Valinor mientras los Silmarils no hayan salido de la corona de Melkor; y lucharás como un ser más de la tierra, por lo que las penurias del mundo te afectarán; sentirás dolor, pena y sufrimiento, y las enfermedades te tocarán, aunque con menor efecto. No podemos quitarte tus poderes, pues son un don de Eru, mas se valorará el que los uses poco y sólo cuando merezca la pena.
Laureon agradeció profusamente la bondad de los Valar, y sin demora partió hacia Beleriand. Para ello abandonó su forma corpórea, y voló con toda la rapidez que su habilidad le permitió hacia los reinos de los Elfos.
Por aquel entonces ya el Sol y la Luna brillaban en el cielo, y pudo encontrar sin complicaciones los reinos de los Elfos, tomando ya su forma característica. Y se maravilló de las grandes mansiones que habían construido, de oro y plata y gemas y diamantes, y durante un tiempo moró en Menegroth junto a Thingol y Melian; fue gracia de Melian que pudiera entrar, pues ambos se conocían y eran amigos, y allí forjó grandes cosas para los Elfos y el rey.
No obstante su amistad por la Casa de Fingolfin y Finarfin aún perduraba, y a los años de entrar en Beleriand partió de nuevo hacia el reino de Fingolfin. Y por fin llegó a su morada allá en Mithrim, y el encuentro fue jubiloso y feliz; contra toda esperanza, los dos amigos volvían a verse.
Fue entonces cuando Laureon comenzó una de las forjas más complejas y satisfactorias de su vida. Pues en Beleriand, aun en la supuesta paz que reinaba, se libraba una silenciosa guerra, y los viajeros poco precavidos podían caer fácilmente en una emboscada de Orcos u otras siniestras criaturas.
Y en esta laboriosa empresa utilizó muchos materiales y sustancias y minerales de la tierra, y mezcló oro, plata, Mithril y muchas gemas, trabajando con paciencia y mucha maña durante sesenta días con sus sesenta noches, apenas descansando para comer y beber. Y finalmente forjó el Vaiwára, Viento Matinal, un arco todo dorado y plateado, que refulgía como pura estrella, liviano como una suave brisa del mar, furioso y potente lanzando saetas, y delicado en las manos de su dueño.
De aquella mezcla también surgió Amaurea, El Amanecer, una espada de un color indefinible; tan pronto brillaba roja y ardiente como el sol surgiendo de la tierra, como era blanca y pálida como la luna entre las estrellas. Tal había sido su perfección, que brillaba de múltiples colores, y era mágica y poderosa, pues en ella estaban grabadas y ocultas muchas runas de Laureon, de modo que podía ejecutar muchos hechizos con aquella hoja poderosa. Se decía que refulgía roja cuando había Orcos cerca, y dorada como el sol cuando se acercaba un Balrog. Las runas ya mencionadas eran invisibles, a la usanza de Laureon, y había muchas superpuestas; cuando eran usadas y su poder se requería, las runas brillaban con destellos azulados, y entonces el enemigo de aquella arma gloriosa ya podía rezar, pues el efecto podía ser variado y potencialmente destructivo.
De aquella gran obra conservó algunas muestras de la poderosa y extraña mezcla, que le sirvieron más tarde para forjar escudos y yelmos y duras cotas de malla. También forjó con aquello un medallón que desde entonces siempre llevó al cuello, hecho con una cadena de Mithril. La medalla era redonda, de oro macizo y bordados de plata y gemas. En su mismo centro se veían dos grandes árboles, uno dorado, otro plateado, rodeados de brillantes estrellas.
También, por último, tomó su diadema de Mithril, aquella que siempre llevaba en la cabeza, y la engarzó una gran joya esférica; parecía ser de cristal, pero el material era más duro que el diamante, y por dentro parecía verse una neblina que pululaba a su antojo en la joya.
Todas estas labores las realizó en dos meses, y después fue alabado por ellas. Pues sus saetas no erraban el tiro y su espada no vacilaba frente a los siervos del mal, y pronto Ontarwë, como lo conocían allí, fue famoso por sus grandes proezas en la guerra.
Y fue pasando el tiempo, dichoso y feliz junto a Fingolfin. No obstante su destino estaba pronto a cumplirse, pues en la casa de Fingolfin conoció a una bella Elfa, de la cual se enamoró; su nombre era Vilwariniël, dulce y bella, de cabellos rubios y brillantes.
No obstante al poco de que ambos se juraran amor por siempre, Vilwariniël se ausentó de caza, y entonces unos negros pensamientos se hicieron en la mente de Laureon. Pidió permiso a Fingolfin, el cual se lo dio de buen grado, y partió veloz a caballo en busca de la Elfa. Así, a la pista de los captores, fue cruzando toda Beleriand hacia el este; parecía que sus enemigos estaban siempre por delante, y cada vez eran más negros sus presentimientos.
Pues Morgoth se había enterado de su gran poder e influencia en la corte de Fingolfin, y le tendió una trampa de la que ya no pudo dar marcha atrás. Pues no eran huellas de meros Orcos, sino de un temible dragón alado, el cual se encargaba de alejar más y más al Maia de Beleriand y sus guerras.
Y al fin cruzó las altas Montañas Azules, donde visitó las mansiones de los Naugrim y quedó maravillado por su belleza y perfección. En la Tierra Media reinaba un gran abandono, y apenas tuvo problemas en el trayecto, salvo el de que no encontraba por ningún lado a Vilwariniël.
Finalmente llegó a las montañas grises y escarpadas que posteriormente serían conocidas como las Montañas de Hierro, y allí supo por fin de su engaño. Pues el dragón sobrevolaba sobre él con grandes carcajadas, y oía también un tenue lamento, el cual reconoció al instante.
Entonces, furioso como nunca, tomó una de sus flechas, y la tornó toda de oro; lenta, muy lentamente fijó su objetivo con el impetuoso Vaiwára, hasta que finalmente disparó. Entonces el dragón cayó derribado, pues la flecha le había desgarrado el ala. Mas quiso el destino que la doncella cayera debajo del dragón, y murió al instante.
Laureon gritó y su cólera fue oída aún en la morada de Fingolfin, donde un viento tumultuoso trajo nuevas para el Rey Supremo de los Noldor. El Maia, loco de ira, cargó con Amaurea, que brillaba fogosa, como si la misma cólera la encendiese en puro fuego, y traspasó la dura coraza de escamas, y entonces el dragón murió, pues la espada se había clavado en su corazón.
Por muchos días combatió contra su dolor; su espíritu era valiente, alegre y optimista, aunque por poco quedó oscurecido por la catástrofe. Sin embargo, por fuerza de voluntad o por pura suerte, mientras volvía a Beleriand, recuperó la energía y su infatigable buen humor. Desde aquel triste momento hasta que conociera de nuevo el amor, Laureon sintió una ausencia en su corazón, como si una pequeña parte de él hubiera desaparecido.
Las guerras en Beleriand fueron duras y cruentas, y muchas veces la esperanza se desvaneció. Vio Gondolin la Bella, y también contempló su caída, suspirando, Amaurea refulgente y manchada de sangre. En aquel llorado asedio el Maia dio muerte a dos Balrogs, y fue muy alabado por su hazaña, aunque pocos de los que la vieron sobrevivieron para narrar la proeza.
Conoció a Eärendil el Marino, heredero de Beren y Lúthien, y a muchos otros valerosos. Tomó especial cariño por la raza de los hombres, pues se sentía particularmente identificado con ellos, y les ayudó en sus campañas todo cuanto pudo. Así lentamente su rostro fue cambiando, desde la perfección sutil de los elfos, hasta la expresividad de los hombres. Mantuvo un término medio, algo así como un hombre muy hermoso, o como un elfo algo rudo. Mantuvo sus cabellos y sus ojos dorados, su gran estatura y su postura orgullosa, pero se adaptó a las formas de los Hombres. Fue éste un cambio lento y progresivo, aunque realmente no fue una transformación muy intensa.
Partió Eärendil para pedir ayuda a los Valar, y el Maia rezó por él, pues era un caro amigo, y deseaba poner fin al mal de Melkor de una vez por todas. Intentó apelar a la clemencia de Aulë, con quien podía comunicarse mentalmente. Sin embargo su prolongada estancia en Beleriand, alejado de las Hermosas Costas, además de que no había intentado comunicarse con su mentor desde hacían ya algunos siglos, hicieron que apenas pudiera enviar un débil mensaje. Desde entonces, asustado por la pérdida de aquel poder, practicó con sus poderes mentales, y lentamente fue recuperando aquel don del olvido.
DE LOS EXILIADOS Y LAS TIERRAS DEL ESTE
Con la Guerra de la Cólera de los Valar contra el mal de Melkor, muchos males hubieron de perecer, para suerte del mundo, pero también muchas bondades murieron en los días de la Gran Batalla. Dos de los Silmarils, las más bellas joyas de Arda, se perdieron sin posibilidad de encontrarse, en la tierra y en el mar. La otra, se mantuvo junto a Eärendil y Vingilot custodiando las Puertas de la Noche, donde continúa preso Morgoth, el Oscuro Enemigo del Mundo, y permanecerá ahí hasta que dicte Eru Ilúvatar o los pilares del mundo se quiebren.
Y entre los supervivientes de la gran batalla estaba Laureon, el Maia de la espada mágica, el dueño de lenguas, el gran discípulo de Aulë. Con la derrota de Morgoth, ya nada lo ataba al mundo, y en un inicio pensó en partir hacia el Oeste, pero pronto cambió de parecer, al observar con detenimiento y cariño todas las amistades que había hecho en aquellos tiempos. Tantas cosas como había hecho, y tantas cosas que aún quedaban por hacer. Así pues, tomó su resolución.
Laureon era famoso por sus hazañas en la Gran Guerra, y muchos hijos de Eru estarían dispuestos a seguirlo, en especial Enanos, por su cercanía a Aulë, y Hombres, con los que se sentía muy caracterizado. Y así ocurrió. Ante la llamada de los Valar a Valinor y Númenor, muchos partieron y abandonaron Beleriand la Arruinada; mas otros muchos quedaron allí. Los Valar, sabiendo que Laureon iba con ellos, bendijeron a los “Exiliados”, como se los conocía, y desde entonces sus hombres fueron parecidos a los númenoréanos, y sus enanos más sabios y más conocedores del arte de la construcción y la forja.
Así pues, junto al Maia, miles de gentes, Hombres, Elfos y Enanos, con sus familias, padres, madres e hijos, partieron sin rumbo fijo hacia un lugar mejor, hacia un tierra donde vivir y prosperar. Y así, la gran hueste fue quedando lentamente jerarquizada, con Laureon como líder, y trataba su gente con justicia y benevolencia.
Cruzaron las Montañas Azules, cuando ya toda Beleriand se estaba desmoronando, y siguieron hacia el este, sin detenerse y sin descanso, cruzando las tierras salvajes y sin dueño del norte de la Tierra Media. Y así siguieron, enfrentándose a la nieve y la furia de las Montañas Nubladas, que Laureon dominó con un poderoso grito de cólera, y continuaron por las tierras verdes que seguían. Sin embargo, al ver la enorme masa boscosa que suponía el que después se llamaría el Bosque Negro, y viraron hacia el norte, hacia las montañas oscuras y escarpadas del norte; ladearon por la cara sur los últimos brazos de las Montañas Nubladas, y entonces se encontraron lo que supondría su primera batalla.
Laureon, con un mal presentimiento en su corazón, hizo acampar a sus gentes y se adelantó a caballo, ceñudo, hacia las altas, oscuras y calcinadas colinas del Brezal Marchito, como se lo conocería después. Pero poco sabía Laureon de la existencia de criaturas oscuras y dragones por aquellas regiones; tomó abundantes y sabias precauciones, no obstante, al acercarse a aquel lugar. Por desgracia, los dragones de antaño eran más inteligentes, poderosos y crueles que los posteriores, y antes de que Laureon se percatara de la presencia de una ingente hueste de trasgos cerca, un temible y enorme dragón de escamas negras refulgentes, alado y de aliento ardiente, ya lo había visto, y echó a volar a grandes alturas.
Entonces vio la gran cantidad de personas que allí había, y se relamió, pues preveía un abundante y jugoso festín. Pero Laureon, que tanta guerra había visto, se percató al fin de lo que ocurría allí, y cabalgó lo más rápido que puedo hacia su desprevenida gente, esperando que no fuera tarde.
Y justo cuando llegó, el dragón descendió de entre las nubes. Laureon saltó raudo de su caballo, tomó Vaiwára y una de sus fechas, que transmutó en oro, y disparó con gran fuerza al dragón, en señal de aviso. Y aquello más que una flecha pareció un rayo de luz dorada, pues Laureon utilizó una de aquellas runas, y durante unos instantes el horrible monstruo quedó cegado. Sorprendido por el poder que parecía manifestar aquel enigmático personaje, el dragón mantuvo la distancia, mirándolo profundamente, meditando. Y al fin concibió un maligno plan, y sonrió, y se alejó con un diabólico brillo rojizo en sus ojos.
El Maia, prudente, ordenó guarecerse a mujeres y niños en la red de cuevas de las cercanas montañas, muy lejos de la vista del dragón, difícil de encontrar e inaccesible para su enorme cuerpo escamoso. Los varones, que eran numerosos, acamparon cerca de un río, en lo alto de una colina; se clavaron estandartes y Laureon arengó a los soldados, como antaño hiciese. Preveía lo que iba a hacer el dragón, por lo que preparó a la hueste principal, formada por infantería humana y enana, en lo alto, y escondió una buena cantidad de arqueros, la mayoría elfos, y algunos hombres, entre las ciénagas y los bosquecillos cercanos. Sin embargo tuvo la previsión de colocarlos en lugares totalmente inoportunos, donde el aliento del dragón no pudiera penetrar, o donde la propia bestia no pudiera imaginarse. La caballería la situó lejos, al sureste, para cargar cuando la contienda, si la había—cosa bastante previsible—empezara.
Y tal como supuso, a la noche una gran hueste de trasgos—los que había visto en las cuevas de las colinas del Brezal—se abalanzaron sobre sus gentes, en medio de una algarabía de gritos, gemidos, pisadas e insultos. La batalla fuera dura y cruenta, pero Laureon siempre marcaba la diferencia, luchando con una fiereza que sólo había mostrado en la Guerra de la Cólera, repartiendo estocadas a todo aquel que se le pusiera por delante.
Los arqueros de Laureon no dispararon una sola flecha, ni hicieron un solo ruido, y nadie, ni siquiera el dragón, se percató de su presencia, y cuando la enorme bestia se abalanzó sobre los exiliados, fue recibido con una inmensa marea de flechas. El dragón, herido y furioso, pretendió echar fuego ardiente a los arqueros, mas nunca llegó a hacerlo. Una flecha dorada de Laureon le atravesó la garganta, y así murió, con un terrible y último rugido; cayó sobre centenares de trasgos, y estos, aterrados al ver caído a su señor, se desbandaron.
Los Exiliados cruzaron el resto de las montañas sin mayor complicación, y pronto se encontraron en unas tierras distintas, hermosas. Árador se las llamaba, y cruzaron vastas regiones hasta asentarse en un lugar peculiar. Hermoso, con esa fría palidez tan bella, y con esa fría mirada tan cruel. Y allí se establecieron, engrandeciendo la historia de sus regiones. Una alianza quedó forjada entre el Consejo de los Ancianos del reino, y el propio Laureon, y así se formó Helkelen Lára, el Llano de la Estrella Helada.