
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Alsenot

Raza: Humano cambiaformas (ave)
Otros nombres: Hombre pájaro, Ser de los Ojos Penetrantes, el Mártir.
Armas o poderes: Transformarse en águila, comunicarse con las aves e invocar su ayuda. Alsenot dispone de una espada de buena manufactura, a la que no ha nombrado de ninguna forma, aunque muchos la llaman \'pico\'. Es una espada recta durante casi toda la hija, salvo
Vida: 100%
Descripcion
Alsenot es un hombre alto, que siempre camina erguido. Es musculoso pero delgado, dando una apariencia débil a pesar de su evidente fuerza física. Destaca, a pesar de todo, más por su agilidad que por su fuerza.
Su rostro es afilado, con los rasgos bien definidos, y muy finamente trazados. Sus ojos son ligeramente rasgados, con el iris negro como el azabache, y las pestañas marcadas en un curioso contraste, pero de forma natural.
Sus cabellos son castaños, de un color oscuro, que se torna cobrizo con el reflejo del sol, y son extremadamente suaves, a pesar de estar ondulados por doquier.
Su piel es morena, oscura, dándole aspecto salvaje, y al mismo tiempo, muy noble.
Psíquicamente, Alsenot es un personaje ambiguo. Es muy sabio, y da prueba de ello de forma constante. Convertido en el señor de los hombres, suele guiarlos con delicadeza y cuidado, enseñándoles a tomar decisiones prudentes, a arriesgar cuando sea necesario, y a mantenerse en la posición más segura en todo momento.
En cambio, para sí mismo, Alsenot es un individuo salvaje, caótico, y se ve dominado por una fuerza interna que él mismo no consigue comprender del todo, pero que le impulsa constantemente a la autodestrucción.
En la corte, y cuando se halla rodeado de gente, es un tipo calmado, taciturno, meditador, terriblemente frío. Rara vez se deja llevar por la emoción, y emana constantemente una nobleza y una distinción que le diferencia de quienes le rodean.
En cambio, cuando se halla en el interior de sus pensamientos, Alsenot puede percibir en sí mismo una fuerza animal que le arrastra a cometer actos de lo más innoble.
En combate, Alsenot es capaz de disparar esa rabia animal, tornándola en una furia instintiva y eficiente, pero que le impulsa a enviar a la muerte a cuantos se le acercan, y a ponerse en serio peligro a sí mismo de una forma desmesurada. A pesar de todo, dada la frialdad con la que asume la realidad, Alsenot no teme a la muerte, al menos no más de lo que podría temerla un animal que no es consciente de ella.
Historia
[I]Inicios: El cementerio del Norte.[/I]
Nacidos entre la muerte que cubre nuestras antiguas tierras fueron los dos hermanos. Águila y vampiro nacieron de el pueblo que había consumido la carne de ambos, y que había vestido sus pieles, y ellos fueron considerados como una bendición para el pueblo de los hombres, que pronto se vería obligado a abandonar las tierras que les habían dado cobijo durante dos siglos.
Así se iniciaba el viaje de Alsenot. Hijo del águila, representante de la más pura nobleza en todo su ser, viajó durante cuarenta y siete años por tierras desconocidas hasta toparse con el rey avari, que les daría cobijo en su hogar a cambio de un alto precio.
Durante su infancia, Alsenot fue educado por su madre, Diana, quién era muy sabia, y aprendió mucho de la poca cultura que les quedaba a aquellos hombres, olvidados en una tierra olvidada.
Mientras crecía, alejado de su hermanastro, quién era educado por el padre de aquel, comenzó a familiarizarse con la cultura y con las escabrosas y salvajes costumbres de aquellos hombres, y, sintiendo como el espíritu noble que residía en él se rebelaba, tomó la resolución de conducir a aquellos hombres a tierras mejores, y abrir sus ojos a una forma de vida más noble.
[I]Conocimiento del poder: la piel cambiante.[/I]
La piel no es más que una envoltura que recubre a un cuerpo, como un cuerpo no es más que una carcasa que protege al alma. Comprendido esto se comprende todo, y sabida la dualidad del alma de un hombre, es fácil captar la dualidad de su cuerpo para él, y así tornarlo en el ser que destila y recoge sus más profundos sentimientos.
Así es como, a los diecisiete años, Alsenot dio a conocer su aptitud para tornarse en el mismo ser que residía en su espíritu. La mayoría de edad se acercaba, y él comenzaba una etapa en la que debería ganarse la veneración de los hombres.
El día de su cumpleaños, Alsenot hizo venir a todo el pueblo al lugar desde el que saltaría al vacío. Allí, en un alarde de majestuosidad, se transformó por primera vez, y sin haberlo hecho nunca antes, en el águila que dominaba su alma; y con la elegancia que caracteriza a éstos animales, despertó el asombro en todos los que allí estaban, observándole con ojos brillantes de júbilo y veneración.
Sólo hubo una persona que aquel día miró con odio al ser que traía la esperanza al pueblo: su hermano Kain, que sintió aquel día como todo en su interior se revolvía.
[I]La guerra de Sirién: entre frío y bruma.[/I]
Catorce años antes del nacimiento de Alsenot, su padre, Sirién, un hombre orgulloso y astuto, había ascendido al trono de los hombres por medio del engaño y la traición, deponiendo al antiguo rey, el rey Logareth, al cual quitó, entre otras cosas, a su esposa, la cual estaba entonces embarazada de Kain.
Al nacer Kain, fue entregado al cuidado de su padre, cuya vida había sido perdonada, y comenzó la etapa en la que el nuevo rey gobernaría a los hombres, durante un periodo de trece años, para finalmente dar lugar al nacimiento de su hijo, a quién haría heredero.
Si bien es cierto que no existía ostentación entre aquellos hombres, a pesar de su supuesta nobleza, existía en ellos el ferviente deseo de gobernar, y la fuerza y la astucia para hacerlo.
No pasarían muchos años antes de que las intrigas comenzasen. El depuesto gobernante, dispuesto a cualquier cosa por recuperar lo perdido, comenzó a trajinar en busca de una manera de acabar con el reinado de Sirién. Éste, a su vez, sospechando la conjura en su contra, comenzó a idear un modo de zafarse de su rival sin toparse con la enemistad de muchos miembros del pueblo, y sin tener que sufrir el enfado de su esposa, quién sentía remordimientos por haber abandonado a su antiguo esposo a su suerte, a pesar de la maldad de éste.
Así pasaron los años, y cuando Alsenot cumplía veintitrés, su padre fue asesinado en un callejón, por la espalda, y a manos de su propia escolta.
Así volvió el antiguo gobernante al trono, recuperando a su esposa de nuevo, aunque sin mucho tiempo por delante para celebrarlo.
Temiendo por la vida de su hijo, Diana optó por asesinar a su antiguo esposo, la misma noche en que se casaron de nuevo, tras la renuncia que se había producido años antes.
Acosada por el remordimiento y la pena, y por una rabia y una frustración indecibles, Diana se suicidó esa misma noche, dejando sin rey a los hombres.
Sin embargo, la guerra no se desató de inmediato. El águila y el vampiro, Kain y Alsenot, decidieron no luchar, sino buscar una amnistía, en pos de los hombres.
Las tierras estaban agotadas, y la marcha era necesaria.
Cuatro años de viaje, sin embargo, quemaron la escasa convivencia que se había establecido entre los amantes de lo salvaje y los de lo virtuoso, y, en pleno viaje, junto a unas heladas montañas, Kain promovió la destrucción de Alsenot, condenándole a muerte tras declararse a sí mismo verdadero heredero del trono.
Esa misma noche, cuatro guardias asistieron en busca del hombre pájaro, pero ni uno de ellos regresó. El águila voló alto, y reunió a sus más fieles seguidores, y entre ellos atrajo águilas de las tierras circundantes, y clamó a la guerra.
Durante diecisiete días los hombres estuvieron optando por un bando u otro, preparándose para la lucha fraticida que destruiría la mente de Alsenot, y la vida de muchos hombres.
Al último día, junto a la falda de una montaña de hierro y roca, y bajo el tronar de los cielos enfurecidos de tormenta, las fuerzas chocaron y se aplastaron entre sí, dando paso a la muerte, y derrotando al vampiro. Esa misma noche, Kain juró pleitesía a Alsenot, homenajeándole, y declarándole legítimo Señor de los Hombres. A cambio, y como pago por la paz que impediría la prolongación de una sangrienta guerra, Alsenot nombró a Kain Chamán de los hombres y del Culto que estos seguían.
[I]La Gran Marcha: ocaso y locura.[/I]
Cuatro años antes de que comenzase la guerra como tal, Alsenot se reunió con Kain, la misma noche de la muerte del padre de aquel, para hablar con él y evitar una guerra que habría destruido a los hombres. No quedaban ya más recursos en aquel vasto pudridero, y los hombres deberían aprender a sobrevivir por su cuenta, y a su suerte, más allá de las fronteras de las tierras que ocupaban. El éxodo comenzaba.
Fue Alsenot quién organizó el viaje, y quién guió durante años a los hombres por la senda de la pureza y la honestidad. Muchos hombres se alejaron del salvajismo que había poblado sus vidas, siguiendo la guía del hombre pájaro, y la marcha de la enorme columna humana no erró nunca por contar con la guía del ser de los ojos penetrantes. Fueron sus ojos los que divisaron los caminos más acertados, a pesar de su dura apariencia; fue su espíritu el que levantó los espíritus de los hombres, guiándoles por tierras casi estériles durante largo tiempo, hasta que una montaña de hielo se abrió ante ellos, y ésta dio paso al fuego de Kain Logareth, quién fue derrotado a los pies de la misma, y quién tomó a partir de ese momento un papel secundario en la guía y gobierno de los hombres.
Sin embargo aquella guerra tendría consecuencias aún peores que esa. Alsenot nunca se perdonaría el haber obligado a los hombres a derramar la sangre los unos de los otros, a haber impulsado una guerra por salvar su propia vida, una guerra que había costado muchas vidas a su vez.
Durante años sintió como su alma se agitaba torturada por aquel hecho, pero siempre pudo acallar su conciencia, hasta el mismo día en que pisaron por primera vez territorio Avari.
El Señor de los Hombres necesitaba sentirse seguro de si mismo, necesitaba saberse imprescindible, infalible, para poder justificar las vidas que había dado en pago por la suya propia. Aquella necesidad se había tornado en arrogancia, y aquella arrogancia había impulsado a Alsenot a precipitarse una decisión que daría con su pueblo rodeado, atrapado en tierra enemiga, y sin capacidad para defender sus vidas, después de veinticuatro años de éxodo.
Allí, rodeados por fuerzas enemigas, los hombres fueron forzados a pelear, derramando de nuevo su sangre, y, ésta vez, también la de enemigos ajenos a ellos mismos. La batalla fue cruenta, y duró seis días.
En aquella ocasión fue Kain quién tomó las riendas. Enloquecido de rabia, Alsenot se sintió incapaz de dirigir las fuerzas humanas, y hubo de ser el vampiro quién lo hiciese.
Así se prolongó una sangrienta batalla en la que Kain lo arriesgó todo, y perdió mucho, y así nació el espíritu en furia del propio Alsenot, quién conoció su lado más salvaje y sombrío en el campo de batalla.
A pesar de todo, ni con toda la ventaja del terreno y de la tecnología, los elfos fueron capaces de superar la furiosa lucha de los hombres, quienes, al sexto día, seguían resistiendo como al primero. Así se dio que el mismo rey elfo bajó ese día a comprobar el campo de batalla, que era sobrevolado por Alsenot. Éste, buscando una señal en su interior, o tal vez en el exterior, había adoptado su forma primordial, y desde allí, ayudado de su potente vista, logró divisar al rey, situado tras las líneas de su ejército.
Y sin pensarlo dos veces descendió, en el más duro de los picados, y abandonó la forma de águila junto a él, dispuesto a dar su vida para causar el caos entre los enemigos de su pueblo, y así redimirse del daño causado a éste. Desde ese día, recibió en nombre de el Mártir.
[I]El pacto: nace una nación dual.[/I]
No hubo guardia capaz de detener a Alsenot, ni hubo espada capaz de hender su piel, ni escudo capaz de detener sus golpes. Armado con su curva espada, a la que ni había bautizado ni bautizaría nunca, abrió una columna entre los guardianes del rey de los elfos y el mismo rey, y se plantó ante él viendo una mirada de terror en su rostro un segundo antes de consumar su muerte.
Pero nunca llegó tal muerte, pues allí estaba la sacerdotisa de los elfos para evitarla, invocando un poder que habría de detener a Alsenot, frenando su espada contra su voluntad, e impidiendo la muerte del rey Avari.
Así se concilió el pueblo, pues la sacerdotisa, que había viajado largo y conocido tanto, hubo de reconocer al águila y al vampiro, que habrían de llegar a tierras de los avari con promesas de futuro y gloria.
Sin embargo, no perdonaría fácilmente el rey la ofensa del Señor de los Hombres, y así fue como nació la exigencia de que se le entregase un presente a cambio de la permanencia en sus tierras.
De entre todos los presentes que se ofrecieron, el rey solo estuvo dispuesto a aceptar aquel que consistía en una joven muchacha, apenas despuntada, para su entretenimiento y disfrute en las largas horas de palacio. Y, por supuesto, estuvo dispuesto tan solo a aceptar una muchacha con sangre real, lo cual habría de generar un conflicto.
De ésta manera comenzó la disputa, que no hubo de durar mucho.
La propia hija de Alsenot, una niña caprichosa y tozuda, se empeñó en ocupar el puesto que se ofrecía para unirse con los elfos, a lo cual su padre se negó, pues consideraba la petición una auténtica humillación, y no estaba dispuesto a dejar que su hija consumase tal.
De ésta manera, al negarse en redondo, dio la ocasión a Kain de mandar a su propia hija a ocupar tal puesto, en busca de una posibilidad para acercarse al poder.
Éste fue el nacimiento de la nación dual. Alsenot quedó como señor de los hombres, y gobernador de su ciudad, construida en el lugar dispuesto por los elfos. Su hermano quedó como Chamán, y de ésta manera, se pudo mantener algo parecido a una paz en su reino.