
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Ezel

Raza: Atani
Otros nombres: Aþâra
Armas o poderes:
Vida: 80%
Descripcion
Sus sonrisas tristes y una voz prodigiosa enmarcaban un carácter serio si bien compasivo.
Historia
Su madre había profetizado el color de sus ojos antes incluso que naciese. Ezel, verdes. No había razón para sospechar otro matiz siendo que aquel era el color que esgrimía toda la familia.
Mas cuando nació y abrió los ojos al mundo, se hizo evidente que no eran sino marrones.
En el clan familiar todos buscaban una explicación. Una vecina dijo que la madre había pasado demasiado tiempo a oscuras durante la preñez. Que eran necesarios emplastos, dijo el sanador; una taza de agua de menta antes de acostar y al año se arreglaba el problema, aseguró el suegro; en cambio la nodriza creyó necesaria una sangría para purificar a la pequeña de la tierra que se alojaba en su mirada. Divergían en el método, pero coincidían en el mal.
Lo cierto es que le enjuagaron los ojos dos veces por día durante años, con la esperanza de recobrar el color, en principio natural. Y todo en vano.
Eran obstinadamente marrones.
Nunca en días posteriores habló de su infancia. Se limitó a señalar a contadas personas la genealogía de la que descendía, cuyo mimbro más ilustre se remontaba a la hermana de Gildis, esta última, esposa de Hador Lorindol. La suya era por tanto una línea sumamente rebuscada de la cual sus consanguíneos se jactaban como si fuese el mismo soplo de los Valar el que les hubiera dado vida, mas no henchía de igual forma el pecho de la jovenzuela.
Los rasgos límpidos e infantiles empezaban a adquirir madurez para cuando la Guerra de la Cólera estremeció Beleriand.
El cataclismo la sorprendió desprevenida un día en apariencia similar a cualquier otro. En la confusión solo atinó a correr tanto como sus pies se lo permitiesen y no pudo ni quiso recordar nada. Ni la muerte, ni la noche; ni el fuego, ni los gritos. Nada
Solo cuando la quietud y los halos serenos del olvido inundaron su alma pudo descansar. Luego la sobrevino un cansancio imposible de abordar, que estuvo a punto de arrebatarle la vida tal cual solo lo hace con los Eldar. Pero los Atani no morían de pena. Envejecían.
Un par de arrugas transversales mancillaron su níveo rostro y no la abandonaron en adelante. Era tan solo el más superficial de sus pesares.
Los primeros meses después del Hundimiento le parecieron irreales y poco recordó de ellos en días venideros. Casi no dormía y si por máxima ventura lograba hacerlo, hasta el murmullo más cauto del viento la sobresaltaba.
Pero el tiempo todo lo cura, y su pesar se hizo más soportable porque procuró enredar su fina mano en las hebras del destino.
Por aquellos días se esforzaba en recordar su pasado, pero no lograba más que evocar imágenes sueltas de su infancia. Recordaba la vez que se cayó a un pozo abandonado y estuvo gritando horas antes que la encontrasen; pero no recordaba el rostro de su padre. Podía describir detalladamente la colección de insectos que había disecado un verano años atrás, mas no sabía si tenía un hermano o acaso dos.
No quiso revolver en el pasado. Le dolía tanto pensar que un día podría llegar a cruzarse con su madre y no reconocerla, que prefirió evitarle ese dolor. Lo cierto es que tampoco sabía si estaban vivos, pensaba para consolarse, y aunque cada pretexto la avergonzaba más que el anterior, nunca se embarcó en la empresa de búsqueda. Siguió adelante.
Con el tiempo, el silencio se estampó en sus labios, así como una seguridad formidable dio peso a sus pasos. Había sobrevivido y estaba empeñada en mejorar su destino, así como el del resto.
Guiada por rumores y voces inciertas, por los susurros entre los proscritos cobijados por la noche y el cuchichear de las viejas, llegó a un territorio nuevo y en pleno auge de construcción.