
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Serkiel

Raza: Noldo
Otros nombres: Duin Nelde
Armas o poderes:
Vida: 15%
Descripcion
Al acercarse, el soldado quedó anonadado. Sabía que la desconocida a la que acababan de salvar era una mujer, pero nada le había preparado para encontrarse de improvisto con una elfa. Y, habiendo vivido en aquellas tierra toda su vida, era la primera que veía. Tras apartarse de la cara la melena azabache, algo enmarañada, ella le dirigió una acerada mirada de sus ojos grises, que le clavó en el suelo y le impidió seguir avanzando. Simplemente, se quedó mirándola, sintiéndose muy pequeño. Las cejas, delgadas y expresivas, y unas pestañas tan negras como su pelo daban el marco perfecto a los ojos, sin duda el rasgo dominante del rostro. Una herida con forma de medialuna que más tarde le quedaría como recuerdo del día de su llegada a Esteldor, sangraba en su mejilla derecha indicando que aquella no era una belleza inofensiva. Y los labios, que al sonreír se curvaban en una sonrisa sesgada muy particular, exhibían ahora una expresión entre triste y salvaje.
Finalmente, la Elda se puso de pie, con movimientos felinos, revelando una figura alta, de complexión delgada pero fuerte, y sacando al militar de su ensimismamiento, lo cual fue una suerte, ya que al intentar dar un paso, ella se tambaleó y habría caído al suelo de no ser por su cercanía.
Historia
“Muchas otras palabras pronunció, tan poderosas como lo habían sido mucho antes en Tirion las de su padre, que por primera vez inflamaron la rebelión de los Noldor. Y después de Celegorm, habló Curufin, con mayor gentileza, pero no con menor poder, conjurando en la mente de los elfos una visión de guerra y la ruina de Nargothrond.”
Y con aquellas palabras de los hijos de Fëanor, cambió mi vida. Mi padre permaneció fiel a Felagund, siguió al Rey en su desventurada empresa, hasta morir, con él y otros nueve valientes en las mazmorras de Tol-in-Gauroth.
No partió mi padre dejándome sin nada. A pesar de la oposición materna, él había insistido en entrenarme, pues en su corazón una sombra se cernía sobre el destino del reino. Así pues, se ocupó personalmente de instruirme en el arte de la espada, y de que recibiera lecciones de diversas disciplinas con distintos maestros. El arco, armas cortas... hasta que mi presencia en el campo de entrenamiento se hizo habitual, y llegué a hacer amistades allí.
Otra de mis amistades era considerada una auténtica rareza. Muchas cosas se rumoreaban en Nargothrond sobre él, y sin embargo, muchos ansiosos de conocimiento se le acercaban. Pero no siempre estaba dispuesto a contestar. El Arquitecto, le llamaban. Aunque excéntrico, el singular sabio era todo un personaje en el Reino. Gozando de la confianza del Rey, había estado en las cavernas desde antes de que los elfos las habitaran, mientras los enanos realizaban sus obras. De sus manos habían recibido estos el pago por ellas, y era él quien desde un principio las había supervisado. Cosa rara en un elfo, admiraba a los Naugrim, y se había esforzado en aprender de ellos. De esta manera, era él quien más sabía sobre la construcción de las estancias de Nargothrond.
Ignoro el porqué, pero siempre fue afable conmigo. En mis visitas, me enseñaba sus dibujos, planos y maquetas, y me instruía en el arte de la construcción. Quizás la razón de su aprecio era que, siempre que él hablaba, yo absorbía con entusiasmo sus conocimientos y esto le complacía.
Pero mi padre partió hacia la muerte; la vi en sus ojos cuando se marchaba, aunque se despidió con la frente alta y una sonrisa. Y así fue que con la ausencia de mi padre y maestro, las cavernas del Narog se convirtieron en un lugar oscuro para mí, y hubiera abandonado mi hogar, pero aún quedaba mi madre. Sufría profundamente, y jamás hubiese podido dejarla. De modo que por ella permanecí en el Reino, pero obtuve licencia para trasladarme a las fronteras, donde no faltaba la vigilancia, y las armas no tenían tiempo de herrumbrarse.
Y lanzando proyectiles clandestinos en las fronteras de Talath Dírnen trascurrió mi tiempo. Hasta que llegó Mormegil. Con su influencia, nuestro proceder cambió, y, si he de confesar, diré que las palabras del Hijo de Húrin me inflamaban el corazón, y me contaba entre los que anhelaban el golpe valiente y la salida a campo abierto.
Y, con estos cambios, vino el gran Puente. Fue una obra majestuosa, y yo volví desde las fronteras para ayudar al Arquitecto. Era como si fuese un niño de nuevo, emocionado con la construcción y removiendo cielo y tierra para que todo saliera perfecto. Y demasiado bien lo realizó, en verdad. Muchas lágrimas fueron derramadas por la gran resistencia que ofreciera el puente.
En nuestra euforia olvidamos el secreto, y, al fin, nuestra ubicación quedó rebelada al enemigo.
Y llegó la batalla.
Altos y bravos eran los guerreros de Nargothrond, pero las huestes de Angband eran incontables, y el Gran Gusano estaba con ellos. Cruenta fue la lucha, pero al fin se impuso el abrumador número de orcos. Mis compañeros y yo nos unimos a la retirada de Turambar, pues nos iba llamando a su lado mientras corría de regreso, y llegamos a las Puertas antes que él. Pero solo llegamos a tiempo de ver la ruina y el saqueo. Y yo... yo llegué a tiempo de presenciar el brutal asesinato de lo que me quedaba de familia.
Las cautivas eran sacadas por las puertas a empellones, entre escombros y cadáveres. Allí, junto al cuerpo de su madre, lloraba un bebé envuelto en una manta. Justo entonces, un fuerte empujón sacó a una elfa morena de los derruidos portales. Era mi madre. Un ballestero orco descolgó su arma de la espalda y la dirigió contra el niño, pero ella lo advirtió, y sin previo aviso se lanzó a donde estaba el pequeño para protegerlo con su cuerpo. Recibió tres proyectiles consecutivos. Luego el orco apartó su cadáver con al punta de la bota y disparó al bebé.
Durante toda la escena había permanecido clavada al suelo, paralizada por el horror y el estupor; pero el ominoso silencio que siguió a la brusca interrupción del llanto me erizó los pelos de la nuca, arrancándome de mi letargo. Mis dedos se crisparon en torno a la empuñadora de la espada, e hice ademán de correr hacia las Puertas. Nunca llegué a ellas. Al percatarse de mis intenciones, los dos compañeros que venían corriendo junto a mí me asieron por los brazos y me arrastraron fuera de la vista de los orcos. Yo me resistí, en incluso les herí, sin embargo ellos no desistieron hasta llevarme lejos. Y grité, grité hasta quedarme sin voz. Pero la llegada de Túrin atrajo toda la atención y ningún enemigo nos persiguió. Tras varias horas de marcha llegamos a un pequeño claro en el bosque, y decidieron soltarme. Caí al suelo con los ojos llenos de lágrimas. Ninguno de los tres habló aquella noche.
A la mañana siguiente, nos pusimos en marcha de nuevo, de tácito acuerdo, hacia el sur. Pasado un tiempo llegué a darles las gracias, pues verdaderamente me habían salvado la vida. Los dos habían decidido ir hacia Balar, con los Falathrim, y yo no tuve nada mejor que proponer, pues nada en el mundo tenía fuera de Nargothrond, de modo que hacia allí nos dirigimos.
El viaje fue peligroso, pues la hermosa Beleriand de antaño ya no existía, estaba plagada de orcos incluso estando tan lejos del infierno de hierro. Pero al fin, dejando un rastro de no pocos cadáveres de servidores de Melkor, llegamos a nuestro destino.
La vida con los Sindar era muy distinta a todo lo que nos habíamos acostumbrado en las fronteras, y aunque estuvimos años entre ellos, jamás llegamos a sentirnos del todo cómodos con ella. Además, nuestra sangre Noldo era razón para que algunos desconfiaran de nosotros. Pero si hubo algo que allí nos enamoró, fue el mar. Lo habíamos oído en muchísimas historias, pero ni las canciones de los Noldor podían hacerle justicia al dulce sonido de las olas, los colores del horizonte al amanecer, el tacto de la arena en los pies...
Todo siguió igual durante años, hasta que comenzó la llegada de exiliados. Primero llegaron los elfos de Doriath, con amargas noticias sobre el ataque de los hijos de Fëanor, y la muerte de Dior. Y Elwing, su hija, portaba un Silmaril. Más tarde llegaron los exiliados de Gondolin, conducidos por Tuor e Idril, e igualmente atormentados por la caída de su hermosa ciudad oculta. Hasta entonces, Ondolindë había sido un rumor apenas creíble, pero allí estaba el pueblo de Turgon, convirtiendo las leyendas en carne y hueso. Las nuevas que llegaban a Balar eran en verdad desalentadoras, y la ruina de Beleriand parecía absoluta.
Mis compañeros y yo hicimos gran amistad con los Gondolinthrim, y junto a ellos fuimos a vivir en las Desembocaduras del Sirion. Con el tiempo, Eärendil se hizo señor de aquel pueblo, y disfrutamos de paz relativa por una época. Pero al fin el Juramento maldito obró, y por tercera vez hubo combate de elfos contra elfos, pues, los hijos de Fëanor, enterados de que Elwing se les había escapado con el Silmaril y moraba en los Puertos, vinieron a recuperarlo por la fuerza, y hubo lucha. Mas de nuevo no obtuvieron lo que buscaban, pues Elwing huyó con el Silmaril sobre el pecho, y fue socorrida por Ulmo.
Muchos elfos perecieron en ambos bandos, y entre los muertos se contó Annawyn, el más joven de mis compañeros. Helvanion y yo le lloramos, y colocamos su tumba sobre un acantilado, uno de sus lugares predilectos, donde Annawyn solía sentarse a contemplar las estrellas.
Después de aquello, no quisimos permanecer por más tiempo allí, no fuimos a la isla de Balar junto a los supervivientes, y, dos semanas después del entierro de nuestro camarada, partimos de la costa sin un destino fijo. Aquella temporada vivimos como proscritos, en tierras salvajes, haciendo todo el mal posible a los orcos entre el Sirion y Taur-en-Faroth, sin permanecer en un lugar concreto, y contemplando con pena y rabia como se había malogrado el territorio que antaño perteneciera al más extenso reino de los Noldor en Beleriand.
Nunca llevé la cuenta del tiempo que pasamos viviendo así, pero todo cambió cuando oímos desde lejos un sonido inconfundible: la marcha de un ejército. Temimos lo peor. Creíamos que, ya sin remedio, Morgoth se proponía aniquilar por completo a los supervivientes de Beleriand, sin embargo, nos percatamos de algo realmente inusual: el sonido venía del sur. Grande fue nuestra confusión, hasta que, en poco tiempo, alcanzamos al ejército, que en efecto allí estaba, y divisamos los estandartes blancos de los Vanyar. El ejército de Valinor había llegado. De algún modo, Eärendil el Bendito había llegado a las costas de oeste, y nuestra salvación estaba allí. Las esplendorosas huestes de Occidente marchaban ante nuestros ojos, y las observamos desfilar durante horas sin que acabara la gran columna. Con gran alegría, Helvanion y yo vimos aparecer los estandartes de la Casa de Finarfin, y tras ellos a los Noldor que venían de Aman.
La gran derrota de Melkor la narran muchas historias, sin duda mejor que yo, de modo que en ella no me entretendré, pero desde luego, fue gloriosa. Las armas y armaduras se cubrieron de la negra sangre de los esbirros de Morgoth, y saldé con él mis deudas por mi madre, y por mis compañeros muertos en Nargothrond, aunque aquella falta no fuera jamás remediada por acción alguna, y en mi corazón seguía quedando un vacío que ni la sangre de los malvados pudo llenar.
Después de la batalla, empezó una vida nueva para todos. El éxodo de los habitantes de Beleriand, dio comienzo en los dos sentidos. Tanto hacia Valinor como hacia Endor. Mi camarada y yo éramos jóvenes, y aun estábamos enamorados del Mundo, de modo que hacia la Tierra Media nos dirigimos.
Nuestro azaroso viaje nos llevó lejos por sobre colinas, montañas y valles, mas no estábamos solos, pues algunos sindar unieron a los nuestros sus pasos, mientras todos buscábamos lo mismo: un lugar donde reposas nuestras mentes y nuestros cuerpos. Pero estaba escrito que no todos pudiéramos hallarlo.
Una tarde, mis compañeros y yo acampamos al pie de una pequeña elevación. Mientras los demás preparaban un fuego y disponían el campamento, yo me alejé en busca de un riachuelo, para proveernos de agua. Para encontrarlo tuve que alejarme bastante, y cuando al fin cumplí mi propósito, volví despreocupada al lugar donde estábamos acampados. No podía esperarme en absoluto lo que vi cuando llegué. La fogata aún ardía, pero alrededor de ella, alumbrado por los últimos rayos del sol, me esperaba un horrible caos. Nuestras cosas estaban revueltas y esparcidas por el suelo sin orden ni concierto, la tierra había sido removida por múltiples pisadas. Pero lo primero que vi fueron los cadáveres. En la tierra ensangrentada yacían mis compañeros de viaje, y no pocos de los responsables del desastre. Helvanion yacía junto a la hoguera, con la espada rota, pero ensangrentada aún fuertemente asida, y el cráneo destrozado; y, de pie a escasa distancia de él, portando una enorme maza, estaba su asesino: un humano de torva mirada, un Hombre Cetrino. Y muchos más como él.
Echando mano del arma de uno de los atacantes muertos, que estaba tendido en el suelo a corta distancia de mí, me defendí cuanto pude, pero eran demasiados, y al fin, sangrando por numerosas heridas, caí al suelo con un grito de rabia y frustración, creyendo que mi tiempo acabaría allí. Mas no fue así, pues momentos después apareció, como salida de la nada mi salvación.
Kelusse y sus hombre me salvaron aquel día, y eso nunca lo olvidé. A partir de entonces, mi destino quedaría unido a las tierras de Esteldor. A Eirë Esteldor.