
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Annamel

Raza: elfa
Otros nombres:
Armas o poderes: Porta un arco mágico, regalo de su padre adoptivo, rara vez suele fallar. De su padre Maia heredó el don de la transformación en animales. Es una maia que domina el elemento aire.
Vida: 100%
Descripcion
Muchacha elfa, joven, de largos cabellos negros y ondulados, que le llegan hasta la cintura, lleva una diadema de color verde oscuro en la frente. Sus ojos son dorados y grandes, de mirada profunda y algo melancólica, bajo el ojo derecho tiene un lunar, cerca del “rabillo”. De estatura pequeña a pesar de ser hija de elfa, delgada, con una gran agilidad. Su piel es extrañamente dorada. Va siempre vestida de verde. Annamel es una extraña belleza dentro del mundo de los elfos, debida seguramente al distinto origen de cada uno de sus padres.
Historia
: La noche en que nací la luna brillaba llena en el cielo de Beleriand, quién hubiese adivinado entonces que aquella hermosa tierra tenía sus días contados.
Mi madre fue una hermosa elfa de la raza de los Noldor, nacida en Valinor cuando aun brillaba la luz de los dos árboles, Telperion y Laurelin, su nombre era Itaril.
Mi padre es el gran maiar Eonwe.
Ambos se conocieron en Valinor. Por aquel entonces mi madre era una de las damas de compañía de Varda, la acompañaba a todos sus paseos, se sentaba a su lado en todas las fiestas celebradas por los Valar. Mi padre, Eonwe, es el heraldo de Manwe, el marido de Varda.
La tarde en que se conocieron, Varda e Itaril paseaban por los jardines de Lorien; Eonwe llevaba un mensaje a Varda de parte de su marido, que se hallaba ocupado en reuniones con los reyes Noldor. Cuando Eonwe se acercó a Varda el gesto se le congeló en el camino al ver los ojos de mi madre, ojos que yo heredé, ojos de un dorado que Eonwe no volvió a ver jamás en otro ser vivo, salvo en mí, su propia hija. Aquella noche mi padre buscó a mi madre en Tirion, pues había crecido en su corazón un vacío que ya nunca se llenaría, y que le presagiaba grandes sufrimientos; más no la encontró aquella noche, ni tampoco la siguiente, ni durante muchas noches seguidas. No la volvió a ver de nuevo hasta que una mañana paseaba después de haber servido a Manwe por los mismos jardines en los que la viera por primera vez, y allí la encontró. Sentada a los pies de un árbol cantaba suavemente, y en esa canción Manwe entendió que su sufrimiento era compartido, que ambos habían sido heridos por el mismo sentimiento, y también comprendieron que era un amor prohibido, que jamás sería aceptado por los Valar. Nunca más volvieron a encontrarse en Valinor.
Quizá por eso mi madre decidió partir con su pueblo a la Tierra Media cuando cayeron los árboles y murió Finwe, y Feanor pronunció aquel terrible juramento. Le tuvo que ser muy doloroso separarse de su amada Varda, del lugar que la vio nacer, y sobre todo de su propio corazón.
Finalmente, tras muchas penurias llegó a Beleriand, donde Melian escuchó su historia conmovida, ya que ella misma era una Maiar casada con un elfo, pero comprendió que su caso era excepcional, que los Valar no lo volverían a permitir. Las lágrimas de mi madre despertaron su piedad, y así fue como la mismisima Melian la acogió en su morada. Allí paso días felices en su compañía, ya que le contaba historias de la lejana Valinor, de cómo habían acontecido las cosas, a veces Melian sonreía, otras lloraba.
Los días pasaban en Beleriand de forma apacible, hasta que un día llegó un mensajero de Valinor con noticias para Thingol y Melian, el mensajero era Eonwe, enviado por Manwe. Itaril fue la encargada de preparar las estancias para Eonwe, aún sin saber que él era el mensajero. Cuando Eonwe entró en sus habitaciones la encontró allí, y los sentimientos tanto tiempo reprimidos surgieron en ambos, ya no quisieron renunciar a sí mismos, y así fue como como comenzó su historia de amor.
Eonwe tenía permiso de Manwe para permanecer en Beleriand un largo tiempo, por lo que mis padres decidieron casarse allí en secreto, pero cuando mi madre quedó embarazada le confiaron dicho secreto a Melian, que los protegió y posteriormente los defendió.
Cuando yo nací brillaba la luna llena en Beleriand, tenía los ojos dorados de mi madre, y con el tiempo el pelo azabache y ondulado de mi padre. De mi padre también heredé el poder mágico de transformarme en el animal de la Tierra Media que quisiese en cada momento, poder que me llevó algunos años dominar. De mi madre heredé, además de sus ojos, la vista aguda de los elfos, así como la capacidad de cantar hermosas canciones.
Nunca olvidaré el día que perdí a mis padres. Los Valar ya sabían lo que ambos habían hecho a escondidas, y les ordenaban volver a Valinor sin más tardanza, pero a mí no podían llevarme con ellos, ya que no pertenecía a Valinor. Recuerdo a mi madre con la cara surcada por las lágrimas, jurando que volvería a por mí, que tenía que ser paciente, y a mi padre con una expresión de dureza que jamás antes le había visto, yo que estaba acostumbrada a su carácter dulce. Así fue como los dos volvieron a Valinor, nunca más los volví a ver, pero sé que están allí, con Varda y Manwe, de nuevo a su servicio, y que ambos tienen un peso en el corazón, que se llama Annamel, el nombre de su única hija, el regalo de amor que la vida les concedió.
Melian pasó a ser mi madre adoptiva durante un tiempo, pero presagiando que el fin de Beleriand se acercaba decidió mandarme a Rhovanion, donde estaría con los míos. Por aquel entonces ya contaba unos 600 años, y era bastante diestra en el arte de manejar el arco, ya que Thingol se ocupó de que sus mejores arqueros me entrenaran durante todos aquellos años que pasé en aquel bello lugar tras la partida de mis padres a Valinor.
La mañana que partí de Beleriand llevaba un peso en el corazón, abandonaba el único lugar que había conocido, en el que había nacido y crecido, pero así debía ser, decía mi madre adoptiva. Recuerdo a Thingol esperando para decirme el último adiós, recuerdo sus ojos, su sonrisa, su abrazo fuerte. Ese día me hizo el último regalo, un arco mágico, de una madera verde oscura, con símbolos élficos grabados, hecho por los artesanos de Thingol en Beleriand. Así fue como partí de mi hogar, montando a Umbar, regalo de mi padre, vestida de verde terciopelo, con la capa élfica de mi propia madre, con el arco mágico de Thingol y la protección de un escolta, hacia Rhovanion, tierra de elfos, cerca de Anarion, hacia un destino incierto.