
Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Ohtaránë

Raza: Elfo.
Otros nombres: The Wandering Warrior, Grozhomut (entre los orcos).
Armas o poderes: Arco, dos dagas y agilidad muy entrenada.
Vida: 15%
Descripcion
Una figura alta y delgada. Su piel esta cubierta de manchas y cicatrices debido a los maltratos que recibió, su pelo marron y enmarañado le cubre las orejas. Sus ropajes son pardos y viejos. Solo sus ojos brillan con ardiente intensidad, delatandolo como elfo.
Historia
Fui criado por orcos, los mismos que mataron a mis padres. No fue precisamente por clemencia. Creo que al jefe orco se le metió en la cabeza yo podría serle útil. Si fue así, debió salir con todo el resto cuando se la abrí de un tajo. Para seguir vivo entre esas bestias tuve que usar todo mi ingenio desde niño. Ahora he escapado, y busco un lugar donde refugiarme.
Mis primeros meses en el exterior fueron duros. Nadie sabía quién o qué era yo, pero la mayor parte de las personas me evitaban. Invariablemente me sentía obligado a ocultarme entre criaturas bestiales y malhechores, e incluso estos me trataban con recelo...
Un día encontré un campamento de elfos del bosque. Mis padres habían pertenecido a alguno de estos grupos de nómadas elficos.
Sabía que me descubrirían, y estaba preparado para enfrentarme a ellos, matar unos cuantos y escapar antes de que me mataran a mí. Luego, llamaría a mis abyectos aliados y me vengaría del desprecio que pensé que recibiría.
Pero no estaba preparado para la compasión, que me resultó más dolorosa que todas las torturas de los orcos. No sé como escapé de aquellos que me consideraban demasiado patético como para matarme, pero después de aquello no volví a hablar con nadie durante mucho tiempo.
Años completos viví en soledad, cazando en los bosques robando en las granjas y huertos, y también asaltando a los viajeros que rara vez transitaban caminos tan apartados. Prefería la oscuridad, sin sol luna o estrellas, pues solo así el vacío del exterior compensaba al que había dentro de mí.
Y un día comprendí que no recordaba el sonido de mi voz. Fue al encontrar una aldea en la que cultivaban patatas. Me colé en la taberna y encontré a unos orcos, que se mofaron de mí, pero sin más odio que el que dedicaban a todo y a todos. Yo les respondí en el mismo tono, casi sin darme cuenta, y me detuve asombrado. No reconocí el sonido. En aquella ocasión me derrumbé, caí y acepte la compasión de los que había a mi alrededor, unos humanos no demasiado malvados que se sorprendieron de mi actitud. Incluso los orcos mostraron interés por mí historia. Me recomendaron ir a la capital de Liantari Dimbar, donde no me sentiría tan extraño, según ellos.
A la mañana siguiente partí escondido en un carro de alimentos. Huía de mi pasado, de mi soledad y de mí. Sobretodo de mí.