Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Sornosunë, Ciudad De Los Yarëar Rámar
2006:10:01:12:31:50
Lómëa Útyelnaike
(...)Hay un lugar donde la luz de un bosque se entremezcla con la sombra de otro bosque…un sitio donde las tramas de la oscuridad y la claridad de ambas florestas se funden para ofrecer un espectáculo sin precedentes, una visión más digna del reino de los sueños...
Seas bienvenido, caminante de otros lados, tus pies se posan en la tierra que alberga la ciudad de Sornosunë, capital de Heren Fanyarëa. Pero primero, eleva tu vista y recrea tus ojos en la ciudadela que cuelga de los árboles, sutil como una tela de araña: allí podrás sentir, pero ni ver ni oír, los ojos que velan y las manos que defienden Sornosunë.
Pero no has de detenerte allí. Puedes sentir la vida que late en el ambiente y sin embargo, no la ves. Miras a un lado y al otro, hasta que tus ojos se detienen en un gran arco de piedra que surge de la parte mas tupida del bosque, y tus manos acarician reverentemente los hermosos trazos de dibujos y figuras de la puerta de piedra que tienes ante ti.
Franquea las puertas, forastero, y contempla los muros depositarios de miles de años de historia, leyendas de amor y de odio, de honor y traiciones, de alegría y de oprobio. Algunas de ellas se plasman en la piedra desnuda, otras en la memoria, los únicos murales que son incorruptibles para el tiempo, pues su resistencia es la vida de Arda, el ciclo vital de la Historia(...)
Así hablan los bardos y poetas de Sornosunë, ciudad de los Yarëar Rámar y capital del reino, fundada después del hundimiento de Beleriand, por aquellos del pueblo élfico que siguieron al Rey Vilwë Tarinya y a la sacerdotisa del Culto, Naredhel Anariel, en la larga marcha al sur.
De las ramas de las hayas de Taur-Haldafernë y Taur-Kalafernë, una red de telain se extiende un par de kilómetros a la redonda, rodeando las puertas de entrada al mundo subterráneo de la capital: son los puestos de la guardia que vigila la entrada a la ciudad. Nada ni nadie puede atravesar este perímetro por tierra o por aire sin ser visto.
Desde las puertas que dan acceso a la ciudad, I Ando Yarëaiva, se extiende un túnel escalonado que desciende varios metros por encima del nivel del suelo, el cual está iluminado por antorchas ubicadas en las paredes. Los escalones desaparecen mas tarde para dar paso a una puerta más pequeña que la anterior, decorada con el emblema del Águila y el Vampiro, anunciando y a la vez ocultando, la Unión que ya no podemos olvidar. Una vez traspasado el umbral, la ciudad se divide en dos niveles, una laberíntica e intrincada red de cavidades de todos los tamaños, a menudo traicionera.
En el primer nivel, detrás de esa puerta, un largo pasillo flanqueado por columnas se extiende hasta donde se pierde la vista. Estos pilares, que por su altura adentran en la oscuridad del techo, están talladas con el primor y la delicadeza que solo poseen las manos élficas. Relieves de flores y pájaros, plantas y otros habitantes del bosque que parecen cobrar vida gracias a los juegos de luces y sombras que proyectan las lámparas que cuelgan de ellas.
A los lados de este túnel podemos encontrar las entradas a cientos de las cavidades que constituyen la ciudad. Dichas cavernas se comunican entre sí y con el segundo nivel mediante cortos túneles y pequeñas escaleras. Pero no todo es piedra aquí: el paciente cuidado y el amor que sienten los Eldar por las cosas que crecen, han hecho que árboles y flores crezcan en pequeños jardines repartidos por toda la ciudad. Fuentes y cascadas en miniatura acompañan estos jardines, acunándolo todo con el murmullo de sus cantarinas aguas.
Hacia el final del mismo, veremos las puertas del Salón del Trono hechas de plata, que giran silenciosamente sobre sus goznes al abrirse. Detrás de las mismas, se extiende una gran sala, con el trono de madera negra e incrustaciones de plata al fondo y un Águila y un Vampiro se contemplan silenciosamente con las alas plegadas. Pequeños y escondidos candiles iluminan tenuemente la estancia; primorosos y ricos tapices ocultan a la vista las entradas en las paredes del salón que acceden a los aposentos del Rey y del resto de la realeza. Otra de esas entradas pertenece a la sala donde se reúne el Rey y su consejo, sitio donde se discute y decide el destino no solo de Sornosunë, sino de todo Heren Fanyarëa. Escaleras y pasadizos descienden desde estas estancias al segundo nivel.
Es en este lugar donde se aloja la guardia y el ejército. Otro largo pasillo, casi idéntico al del estrato superior, divide la red de cavernas en dos mitades. Es aquí donde también se encuentran la herrería y la armería de la ciudad, además de una de las cavernas más grandes de todo el recinto, utilizada como sala de entrenamiento para las tropas. Otro de los sitios mas importantes de la ciudad se aloja en este nivel. Son las salas de estudio y la Biblioteca, donde alejados del bullicio de arriba y en el extremo opuesto a las forjas y las salas de entrenamiento, los maestros del saber y sus discípulos aprenden y plasman, en sus mentes y en papel, el mayor de los poderes: el Conocimiento. Existen también aquí pasadizos que comunican directamente con el exterior, camuflados y escondidos con habilidad, vías cuya salida da a cualquiera de los dos bosques, según sea la posición de la misma.
(...) Esta es Sornosunë, Fanyaremírë, la joya de Heren Fanyarëa, iluminada por la belleza, la vida, las risas, la música, el amor…ensombrecida y opacada por la vergüenza, el deshonor, la venganza, la traición y la muerte (...)
[Editado por Vardilme el 19-01-2007 03:00]
Bohr Daedth
Sabía que el bosque lo observaba con desprecio. No era que Bohr despreciara en sí a los elfos, y menos a estos que habían sido la salvación para los suyos, sino que de alguna forma tenía que hacerles discriminación, porque eran la competencia, los que le robaban poder. Pero a los Yarëar Rámar tenían vastos motivos para desagradarle Bohr Daedth.
Hasta el momento no lo había detenido nadie. Todavía no estaba en Sornosunë propiamente... pero había oído algún \"hwakafelda!\" en susurros casi imperceptibles que venían de la espesura del follaje. Y eso ya lo había puesto molesto, más aún porque aunque aguzara la vista no lograba distinguir a nadie.
Dio unos pasos más. Sabia que pasaba bajo los telain. Haría lo que debía hacer, y nadie tenía porqué detenerlo, él era Bohr Daedth, príncipe de los Varna Rámar, y no creía tener que pedir permiso para ingresar a la Ciudad Interior.
Dos flechas se clavaron en la tierra unos metros más adelante, una venía del frente, y otra de detrás. Bohr desenvainó a medias.
- ¡Alto! - dijo una sola voz.
Bohr estaba muy molesto. No pretendía que se derramara sangre. Pero esperaba ansioso echarles en cara a estos \"elfos monos\" que venía como emisario de Naredhel.
Bohr siguió caminando hacia la profundidad de Sornosunë, sin decir una palabra, pero con un gesto odioso...
Lómëa Útyelnaike
Otra flecha fue a parar cerca de los pies del hombre. Bohr Daedth detuvo su caminar y en ese momento, una figura vestida de negro y gris saltó de la rama mas baja de un haya cercana y cayó grácilmente al suelo a su lado.Antes de que el mortal se diese cuenta, la figura apuntaba otra flecha a su corazón.
Una voz dijo desde las profundidades de la capucha:
-Cuando en estas tierras oyes una orden de alto, quizás deberías hacer caso de ella, es solo por tu propio bien- dijo sin atisbo de amenaza.
El hombre miró hacia el lugar de donde provenían estas palabras, y un reflejo de un azul acerado le devolvió la mirada. La voz prosiguió:
-Deberías empezar por decir quién eres y qué te trae aquí- le invitó la figura embozada. -Adelante, forastero, deseo saber qué a guiado tus pasos hasta Sornosunë, y decidir si eres mi prisionero o mi invitado-.
Bohr Daedth
- Ajá,- dijo Bohr con acritud. - debes ser la sobrina de Vilwë... mmmm... sí, nos conocemos... ehhh, Lomëa...sí. Pues no soy ni tu prisionero, ni tu invitado. Vengo en nombre de vuestra Reina, y voy a ver a Laito Rawein, tu primito... - Su rostro hacía una mueca cada vez que se refería a él. - Así que permiteme ordenarte, en tu propio \"refugio\", sí, que bajes ese arco y te hagas a un lado. -
Bohr estaba furioso por dentro, pero no lo demostraba, envainó del todo para mostrar que no le importaban las cientas de flechas que podían estar apuntando hacia él.
- Ya deberías conocerme, doncella, tal vez un día no tendrás otra opción... mmmmm... y por lo tanto no hace falta que te encapuches en mi presencia, es de mala educación para una señorita elfa como tú, además hace mucho que no te veo, y me gustaría recordarte bien.- Hizo ademán de seguir el paso. -¿Gustarías acompañarme? - preguntó con una falsa reverencia.
[Editado por elessurendil el 13-04-2006 05:19]
Lómëa Útyelnaike
Lómëa miró el brazo que le ofrecía sin ofrecer expresión alguna y meneó ligeramente la cabeza.
-Yo no me doblego ante ti, mortal- le dijo con voz calmada, pero con el fuego de la ira asomando a sus ojos. -Quizás deberías aprender unas cuantas cosas antes de dirigirte a los demás, y también expresarte como se debe al referirte al heredero del trono de los Ramalië-.
La elfa hizo una seña con la mano a dos de los guardias y estos se adelantaron por el camino.
Lómëa giró sobre sus talones e hizo señas al resto de la compañía y al príncipe humano de que la siguieran. Sin detener su marcha, dijo por encima del hombro:
-Y serás tú quien me siga a mí, no olvides el lugar que te corresponde en este sitio-.
Bohr Daedth
Esta elfa no entendía.
- ¡Excelente!- farfulló Bohr. Luego se puso sarcástico nuevamente. - ¿Podría usted quitarse esa capucha por favor?... Así tal vez le se le aclaren los pensamientos. ¿O toooodos ustedes ahí arriba son así de, buuuu, misteriosos? - Bohr probaba la paciencia de los Yarear.
- Soy hijo de Alsenot, y vengo de parte de Naredhel. Creo que eso es suficiente como para moverme por Sornosunë con libertad y sin escolta.- Por supuesto que Bohr se creía lo que estaba diciendo.
También aprovecharía para preocupar a estos elfos \'hostiles\': -Además... extraño al hijo de mi prima, y es buena ocasión para visitarlo y ver qué necesita con mis propios ojos.-
Un guardia sostuvo a Bohr de un hombro. Mientras llevaba la mano a la espaducha miró al vacío que hacía la caperuza de Lomea, aunque vio un destello dentro. -Dile que no es bueno que los Varna anden por ahí cortándole brazos a los Yarear, dile que no me deje sin opciones.- Con un movimiento se liberó del elfo, pero no hizo que mejorara la forma en que este le apuntaba la mirada.
Ya estaba cansado. Era hora de ir al grano. Y cometió la estupidez, (o tal vez fuera lo que debia hacer...) No había cerca árboles de los que crecieran flores de Niphredil, el viento habría arrastrado una, en estado no tan decrépito como se esperaría de una flor caída y arrastrada. Bohr no conocía sobre flora de Beleriand. Se agachó y tomó el primer vegetal que encontró, un Niphredil. -Creo que será mejor que comencemos de nuevo... Aiya, soy Bohr Alsenotiad, me envía Naredhel a cuidar de vosotros, permítanme un obsequio para vuestro líder.- Acercó la Niphredil a Lomëa, observó un segundo la flor con un atisbo de ternura, y se la apoyó suavemente en el hombro izquierdo. Los elfos se pusieron alerta, pero no había peligro en la mano del joven...
De un sopetón, tironeó de la capa de Utyelnaikë y dejó su cabeza al descubierto. -¡Perdón,- se tragó una carcajada. -Su Majestad!- Dejó que la elfa se acomodara unos segundos y prosiguió: -Bien, ahora tengo que ir a lo que vine, de acuer...-
Iba a pronunciar la pregunta con prepotencia, pero se topó con la severa y desencajada mirada de la elfa, sobrina de Vilwë, el rey perdido, y vaciló tres segundos.
[Editado por elessurendil el 13-04-2006 07:15]
Lómëa Útyelnaike
Lómëa se acomodó el embozo nuevamente con pulso firme.
-Nunca más vuelvas a poner tus manos encima mío, príncipe, o serás tú quien me deje sin opciones a mí- dijo la elfa elocuentemente y miró sus brazos.
-Y para tu desgracia- prosiguió -sí necesitas escolta para moverte por Sornosunë, porque es mi casa y así lo decido yo. Es más, yo seré quien \"vele por tu seguridad\"-.
La elfa tomó con delicadeza la flor que aún estaba sobre su hombro y la depositó en la hierba, se incorporó nuevamente y a una señal suya la compañía volvió a moverse en dirección a las puertas.
Bohr Daedth
Esta elfa seguía sin entender. Iba camino a I Ando Yarëaiva.
Bohr ya había pasado la furia, ya había empujado suficiente para seguir adelante y atravesarla. Su mente ya había atravesado los niveles de razonamiento e ira. Era su estado preferido, el empujar como el viento, como el huracán por el cuál se dejaría llevar. Los Yarëar Rámar seguían tan cerrados como hace 300 años.
- Veo que no entiendo ni un diantre de ciudadanía fanyara.- Y no quedaría así. Ya lo llevaría a la asamblea, y a la sacerdotisa. Pero ya no discutiría, ahora simplemente cumpliría sus intenciones.
Se quitó la capa de plumas de águila, y la tiró a los pies de otro de los guardias. -Agradezco vuestra cortesía, guardadla bien, elfo. Es demasiado valiosa como para descuidarla.- Debajo llevaba una chaqueta y pantalones hasta la pantorrilla, de fino y ajustado cuero. En el pecho desnudo llevaba pintado en finas lineas rojas la marca de Heren Fanyarëa.
Se dirigió a Lomëa, pero no la llamaría por su nombre: -Iremos al frente, hija de Runya, sobrina de Vilwë. Que los que quieran de tus guardias nos sigan. Primero iré a ver a Rawein. Luego llevame a donde creas que haya habitantes o visitantes que puedan labrar intrigas. Más tarde me llevarás a conocer a quienes yo podría suponer que construyen traicioneras maquinaciones a tu servicio, o \"con\" tu sumisión.- Que Bohr no era buen detective estaba claro. Pero, sin ignorar esto, por algo habría sido que Naredhel lo elegió. -Hagamoslo rápido, tengo mucho que hacer en Sornosunë, tal vez tengas que dejar de dormir unos días, yareannië, a menos que me quieras semanas rondando por tu preciada \"casa\".- El joven tenía impulsos estúpidos, pero las pocas veces que usaba la cabeza, en sí no lo era.
Bohr intentó acercar su nariz a Lomëa. Por su izquierda, una espada le frenó el movimiento. Miró al elfo y asintió con cortesía, y disculpa. Observó el arco de piedra... algunos de los que lo seguían, menos la jefa, le siguieron la vista... y de golpe, movió su nariz al cuello de Lomëa, sin tocarla. -Bonito olor, señora.-
Lomëa desenvainó, y así dos guardias más. Todos apuntaron a Bohr. -¡Estás advertido!-, dijo ella, mejor dicho, gritó ella.
- Hey. No os he tocado, kwetnissë. ¡Que susceptibles! ¡He conocido gente más simpática en esta ciudad! ¿Adonde andarán ahora?... ¿Podemos seguir con lo que nos acude?- El humano se iba a divertir con esta elfa melindrosa.
Todos se callaron, aunque los rostros seguían terriblemente expresivos.
Atravesaron las Puertas.
Lyshiön Morkarendîl
Una figura oculta entre el espeso follaje de hojas muertas del bosque observaba la escena con aire divertido. Envuelto en unos ropajes oscuros, lo único que se podía distinguir de su fisonomía eran sus ojos casi albinos. Lyshiön enfilo el camino que llevaba a I Ando Yarëaiva, con la intención de encontrarse con Bohr Daedth, Príncipe de los Varna Rámar, y con su querida Lómëa Útyelnaike, sobrina del Rey Vilwë, a la que hacía largo tiempo que no veía.
Después de mucho vagar por tierras lejanas y extrañas, volvía a la Capital del Reino de Heren Fanyarëa, en busca de la quietud de los bosques, y anhelando un largo y merecido descanso. Avanzo hasta llegar a la altura de la Elfa, y posando una mano en su hombro, la miró largamente y dijo:
- Largo tiempo hace desde la última vez que te vi, Lómëa, sobrina de Vilwë, y sin embargo nada has cambiado- dijo Lyshiön.
- Veo que el tiempo tampoco te ha tocado a ti, Lyshiön, Maestro de Armas. Me alegro de verte- respondió Lómëa, mirándo al Maestro de Armas a los ojos.
Bohr lo miró con un gesto entre amigable e impasible, y estrechó la mano que el Noldor le ofrecía.
- También me alegro de verte a ti, Bohr Daedth, Príncipe de los Varna Rámar.
Un viento suave sopló del Oeste, y el extraño grupo, encabezado por un reticente Bohr, avanzó por el largo sendero, alfombrado de hojas muertas.
Bohr Daedth
\"¡Al fin un elfo cuerdo!\". Bah, no podía decirse de Lyshion que fuera del todo cuerdo, ni del todo elfo, pero para Bohr era más familiar. Sabía que tenía una extraña relación de concordia y celo con su tio Kain, y rondaba mucho por Nestnwelath. Era una bendición que se apareciera allí, aunque, pensandolo dos veces, se perdería la diversión de molestar a Lomëa. Tenía una misión que cumplir.
- Lyshiön...!- mientras hacía un gesto propio de los Ramalië y le mostraba ostentoso \"la marca\" en su pecho al Maestro de Armas, que de seguro reconocería el donaire de Bohr.
El Noldo hizo un gesto de aprobación. Aunque tenía un ojo en la mirada fastidiada de Lomëa. -Creo que iban hacia algún sitio... ¡Y que bueno que lleven guardia! Los resquemores se apropian en estos tiempos de la gente, y es conveniente evitar conflictos, la guardia de Sornosunë calmará los ánimos... que he sabido, están turbulentos. Os acompaño un tramo...-. Lyshion hablaba con doble sentido. Advirtiendo y castigando con burla a los príncipes.
Bohr no desaprovechó la oportunidad. Mientras avanzaban se puso del otro lado del extraño amigo de Vilwë,... antes que lo hiciera Lomëa, haciendo un sutil ademán de esconderse.
- Veo que estás al tanto de la locura que está atrapando Fanyarëa, Lyshiön. Mientras avanzamos, cuentanos... cuentanos... qué cosas has conocido en tu viaje! Me servirá en la misión que cumplo en tu ciudad.
Ya estaban dentro de la ciudad subterranea propiamente dicha. Bohr no sabía si se sentía ahora más incómodo que enfrentando a la Yarear... Lyshion tenía algo importante que decir, aunque se lo estaba reservando.
Lómëa Útyelnaike
Lómëa se acercó a Lyshiön y le dio un breve abrazo. Tales muestras de afecto eran totalmente extrañas en la elfa, por lo que el Noldo se quedó algo extrañado.
-Lyshiön! Qué agradable es volver a contar con tu presencia!- dijo Lómëa con una mueca en los labios que podía tomarse como un atisbo de sonrisa.
Y era verdad, porque eran tiempos oscuros en Fanyarëa y siempre era reconfortante encontrar apoyo en aquellos que están a nuestro lado.
-Sí- dijo Lómëa -cuéntanos qué has visto, estamos ávidos de cualquier noticia que sea útil para nuestro pueblo- terminó la elfa, sorprendiendo un poco a todos al mostrarse de acuerdo con el humano.
Lómëa dirigió una extraña mirada a Bohr, antes de que las puertas se cerraran y los envolviera la oscuridad.
Bohr Daedth
Avanzaron entonces por las galerías.
Para tranquilidad y desconcierto de la elfa Utyelnaikë, Bohr se mantuvo callado la boca. Ambos oían a Lyshiön. Unos pocos guardias los seguían a distancia.
Irían camino a lo más profundo de la ciudad. Allí no pensaba encontrar nada de lo que Naredhel le había encomendado buscar. Pero había algo aún más atractivo para Bohr. Allí se guardaba con recelo a Laito Rawein, Villión, hijo de Marelaeth... un mal necesario. Alejó las otras ideas que le surgían.
Pensó entonces en Vilwë, la larga vida de los elfos era difícil de pensar, pero había sido rey de los Ramalië por siglos. Seguramente comenzó como un lider tribal, sí, pero de alguna forma se lo había ganado. Transcurridas la centurias nadie había dudado jamás en llamarlo Tarinya, es decir que con el tiempo había conseguido mayor y mayor prestigio, nada desmerecido. Los Yarear Ramar en general, creía Bohr, no habían hecho lo que Vilwë, ellos se habían dedicado a gozar de la vida que él les aseguró, por eso lo amaban obviamente.
Mientras observaba la perfecta ornamentación de las columnas llenas de vida, venía a su mente la imagen del hostil Dor-Daedeloth don nació y creció. Allí todos habían padecido terriblemente, y muchos eran los que habían hecho el mayor esfuerzo por mantener vivos a sus hermanos vivos. Y ese estandarte había sido la que él llevó por mucho tiempo, se hizo fuerte y consiguió más hazañas que ninguno otro. Simplemente por los demás. Aunque la política y la diplomacia le habían arrebatado una y otra vez los lores. Y cuándo no, la historia. Sino él también sería como Vilwë...
Lomëa apenas se había descorrido la capa de la cabeza para permitirle a Lyshiön ver su rostro. Era bella sí, diferente de otros elfos que conocía, ni tan esplendorosa de lozanía ni tan radiante de gozo, ella era triste, recogida, como Sornosunë, como toda Fanyarëa le parecía en este momento al humano. Fanyarëa escondía algo, y... por supuesto! Lomëa también. Ya lo descubriría.
Lyshiön seguía hablando. ¿Que se le había dado a Bohr por ponerse a meditar? ¡Y menos allí y mientras un noldo guerrero hablaba! Cuando menos lo esperaba Lomëa le hechó una mirada furtiva, breve. ¿La yamariën le estaba leyendo el pensamiento? ¡Glup! Mejor dedicarse a buscar gente de la que sospechar, y perseguirlos hasta dejarlos desnudos de secretos, mejor sería eso que \'pensar\'.
Lómëa Útyelnaike
La elfa escuchaba a medias al Noldo, su cabeza trabajaba a marchas forzadas: Cuál sería la verdadera misión que se le había encomendado a Bohr Daedth? Qué era lo que realmente le había llevado hasta Sornosunë y qué esperaba encontrar allí?. Lómëa se mordisqueó el labio mientras estos pensamientos revoloteaban como moscas en su mente.
\"-Bueno- pensaba para sí, tratando de sentirse menos intranquila -al menos Lyshiön está de vuelta-\".
Otra cosa rondaba su cabeza: el repentino interés de Bohr por Laito, el Heredero. Ella quería mucho al pequeño, su inocencia le había cautivado desde el momento en que lo vio en brazos de Marelaeth, unas minutos después de nacer. Y porque tenía los ojos de Vilwë, la única persona por la que había sentido un cariño y una devoción genuinos, casi la misma devoción que todo su pueblo el había demostrado...Claro que no era tan tonta como para no darse cuenta de que la \"devoción\" del pueblo hacia Tarinya no era la misma que la de ella. Él había sido su padre cuando su familia la despreció, cuando su madre y su padre le demostraron cuán distinta era de ellos. Y Vilwë, apiadándose de ella, la había invitado a vivir en la corte en Sornosunë. No lo había dudado en ese momento, y después de tantos años seguía alegrándose profundamente de haber tomado esa decisión. Vilwë, Tarinya...cuánto lo extrañaba...
Lómëa sacudió suavemente la cabeza encapuchada, despejando los pensamientos tristes de su cabeza. Necesitaba de todos sus sentidos, de toda su agudeza para seguirle los pasos muy de cerca a ese humano que pretendía pasar por encima de ella. Bien pudiera ser que lo que le había traído a la ciudad fuera por el bien de todos: la elfa sabía bastante bien lo que se cocinaba en Sornosunë y en Fanyarëa en general. Tener un perfil bajo y aparentar saber menos de lo que se conoce era una buena forma de sobrevivir. Y Sornosunë era su hogar, el cual defendería con uñas y dientes, sin importar el precio a pagar.
Lyshiön seguía comentando las impresiones de su viaje, y Lómëa concentró toda su atención en él, pero dejando un ojo puesto en Bohr.
Lyshiön Morkarendîl
Avanzaban plácidamente por las galerías. Lyshiön decidió no pensárselo más, y comenzó a relatar la extraña historia y los avatares de su largo viaje, que emprendió poco después de la muerte de Vilwë. Narró con voz suave:
-\"Durante largo tiempo viajé hacia el sudeste, partiendo de Sornosunë poco después de que se hubieran celebrado las exequias concedidas al Rey Vilwë Tarinya, que habían sido muy importantes para todos los Ramalië. Partió llevando lo indispensable para un viaje que no sabía cuando acabaría, o si terminaría alguna vez. Llevo consigo a su caballo, Tirinhiê. Este caballo a simple vista parecía normal, pero escondía muchas cosas. Había nacido gracias a un poderoso conjuro de nigromancia realizado por el Noldo, que consistía en unir el alma de un demonio y del caballo en un mismo cuerpo, el de este. Este acto no estuvo muy bien visto por la gente de Sornosunë, principalmente porque el \"pequeño caballo\" consumía mas alimentos que diez de sus niños pequeños juntos, y además también estaba el hecho de que, mientras se hizo mayor y más grande, un brillo maléfico tiñó de rojo su mirada, y ya no era agradable de ver. Pero al Noldo nunca le importaron las habladurías. Montando esta bestia, viajó largas jornadas, durmiendo al raso y recorriendo largas distancias en pocas jornadas. Al poco tiempo llegó al desierto de Laverëss, y avanzó entre los castillos de las gentes que en el pasado vivió sobre aquellas dunas, civilizaciones olvidadas, erigidas sobre las arenas siempre cambiantes.
Lyshiön, movido por la curiosidad, avanzó hacia una de estas edificaciones, y penetró en unas ruinas de buen tamaño, con bastantes siglos de antigüedad, teniendo en cuenta la erosión reinante en toda la extensión del castillo. Avanzó por antiguas salas, y vio grandes paredes derruidas, sillas carcomidas, y tapices irreconocibles. Se asomó por una de las murallas, y algo le llamó la atención, algo que brillaba algo alejado de él.
Bajó del castillo, y avanzando por la elevada duna, se acercó a aquello que brillaba. Alguien más lo observaba desde la lejanía, envuelto en ropajes color marrón, muy adecuados para pasar inadvertido. Lyshiön sintió una mirada hostil clavársele en la espalda, y se volvió rápidamente. No vio nada, y aún intranquilo, se agachó a examinar su hallazgo. Un exquisito brazalete, negro como una Noche sin Luna, con unas runas grabas en toda su extensión, y unos dibujos nada halagüeños de seres torturados retorciéndose de dolor. Lyshiön, pasando la mano izquierda por el brazal, pronunció una extraña letanía, y gracias a la magia supo para que servía el brazal. Tenía la capacidad de dar velocidad extra a la maño que supiera utilizarlo. Lyshiön lo guardó, prometiéndose examinarlo más a fondo en otra ocasión, y montando a Tirinhiê partió de nuevo, abandonando aquel maléfico castillo. Lo que no vió el Noldo fue la figura, que también montada a caballo, le seguía sigilosamente.
La noche llegó a Cuin´a Fairë, y trajo consigo vientos helados y negros nubarrones, por lo que el cielo se oscureció por completo. Un mal presentimiento embargaba a Lyshiön, y por lo tanto decidió no encender fuego esa noche, y además montar guardia hasta el amanecer. Se apoyó contra una columna semiderruida que surgía de la arena como un brazo amenazador, y aguardó pacientemente. La medianoche transcurrió sin problemas, e Isil asomó tímidamente entre los nubarrones que la ocultaban a la vista. Un crujido cerca de su posición le indicó que alguien intentaba acercarse a el sigilosamente. Nunca nadie había podido sorprender por la espalda al Maestro de Armas, y este no lo toleraría mientras viviera. Desenvainó con la velocidad del rayo a Morisil, y decidió que era el momento de probar el brazal. Se lo puso en la mano derecha, con la cual empuñaba la espada, y notó que la espada se volvia tan liviana como si fuera una pluma. Atacó al desconocido, y este empuñó su espada con rapidez, parando la primera estocada de Lyshiön. Este, ayudado por la rapidez que le confería el brazal, atacó al desconocido con una serie de estocadas rápidas, que este paró con alguna dificultad. Durante algunos minutos se atacaron mutuamente, y al fin el desconocido tuvo un fallo. Alzó la espada en un intento de acatar al Noldo por encima, pero este se zambulló a un costado, y con el filo encantado de Morisil, traspasó la cota de malla del atacante, e implantó el Veneno de Ungoliant en sus venas. No lo mató la estocada en sí, pero el Veneno hizo su efecto rápidamente. Lyshiön arrancó el peto que envolvía el torso del desconocido, y observó con desprecio el escudo blasonado.\"
Lyshiön interrumpió el relato. Ya estaba llegando a su destino. Con una media sonrisa cruzándole la cara, dijo:
-Debo dejar el relato aqui, ya estamos llegando a nuestro destino. Os lo contaré completo en otra ocasión. Tengo cosas que hacer en la ciudad.
Bohr Daedth
Una vez que Lyshiön se hubo ido, caminaron unos pasos más en silencio. Bohr emitió algunas farfullas pero no llegaron ni a ser molestas. Llegaron entonces a las puertas del Salón del Rey.
Lomëa, mientras Bohr notaba la manifestación de cuánto ella era la Señora de Sornosunë, (ella también tenía lazos en los bosques, con lo cuál su poder superaba lo que aparentaba con su capa \'silvestre\') a pesar de haber sido apartada del trono por culpa de su \"protegido\", cuando ella con un gesto hizo que varios guardias se apresuraran a abrir los pesados portones. Uno golpeó aparentemente sin querer a Bohr. ¿Eso también venía incluido en la orden?
La sala absorvió toda la luz que brotaba de las lamparas que hacían relucir el largo corredor. Tenía el aspecto de ser el cruce a otra dimensión, un lugar lúgubre y ajeno. -Adelante, Varna.- dijo Lomëa, retando a Bohr a ingresar en lo que a él se le presentó como el centro del reino que ella gobernaba. Y entraron.
Al tiempo las puertas se cerraron. El lugar estaba oscuro, hasta podía llegar a ser aterrador para un ser con mayor capacidad de sentir que él. Ella lo miró, no sabía bien como se había dado cuenta, pero estaba seguro. Caminaron hacia el trono. El lugar había permanecido intacto y oscuro por deseo y voluntad de Naredhel y de los sobrinos del rey. Ahora lloraban los ojos de Lomëa, otra vez Bohr supuso que aquel lugar le estaba despertando una percepción extraña.
Caminó ella primero, sin hablar, y él la siguió, observando lo que alcanzaba a distinguir entre la poca luz que venía de rincones en lo alto. Había guardias también junto a ellos, pero dentro no esperaba nadie. Ese lugar estaba lleno de fantasmas, absolutamente. El trono apenas resplandecía, pero lo hacía. Bohr miró hacia Lomëa cuando ella giraba la cabeza para mirar hacia él. -Entraste aquí muchas veces, Bohr. ¿Eres capaz de notar que ha cambiado?- La ironía de la elfa se debía al dolor que le inspiraba el trono vacío.
Lamentablemente para ambos, Bohr no siempre sabía comprender el corazón del prójimo, y no tomó de buen grado la agresión. -Veo que adornaste bien... Aunque creo que todavía te falta, ¿no?-.
Lomëa se arrancó la vaina de un puñal de la cintura y lo apoyó la punta golpeando el pecho de Bohr. No pretendía ni siquiera tocar al idiota. -¿Ramalië te haces llamar? ¿Crees que sabes algo de algo? ¿Algo de La Historia? ¿O algo del sentimiento de tus antepasados? No eres más que un animal de presa venido hombre. No ves ni la luz ni la oscuridad. Si pretendes terminar de cumplir con tu \"mandato\" vas a sentir al menos respeto en este momento...!- Lomëa contuvo más palabras que iban en creciente tono de agresividad.
Bohr la miró fijo, no desenvainó. Permaneció haciéndole frente en silencio. Tal vez se había equivocado pero, de todos modos, ella no era quién para plantarsele de esa forma. Sus ojos se veían en la oscuridad, parte porque las pupilas de los ramalië se dilataban más de lo normal, parte porque así lo deseaba el lugar. Se enfrentaron casi sin pestañear. Y extrañamente sin hablar. Ninguno pretendía ceder. Fue extraña y repentinamente que Bohr vio a Lomëa al lado de Vilwë, y la vio más fuerte y más hermosa, en realidad la vio más plena. Así recordaba él. -Losiento,- dijo desde la garganta y en un soplido- Dejemos este lugar, puede que...- No iba a decir que se estaba sintiendo fisicamente mal.- Dejemos...-
Lomëa oyó el \"Lo siento\", y por el momento le bastó, o más bien sintió piedad por el animal de presa venido en hombre aquel que no hacía más que fastidiarla, o movilizarle ánimos que no le eran propios. Lomëa no era una elfa a la que le agradaran las cosquillas, y Bohr era una pluma en la planta del pie.
Sin comprender como todos notaron la seña de ella, Bohr la siguió, junto con los guardias que la seguían.
Había algo que había captado la atención y el interés del muchacho en esa sala... -Lomëa, Tarinta, un momento, hay algo...-. La mujer estaba dolida, siempre le dolía entrar a ese lugar, aunque no se resistía, hay quien decía que pasaba tiempo sola allí dentro. Atendió la alerta de Bohr: -¿Que pasa, no puede haber nada que haya en la sala del rey que yo no sea capaz de..., que es lo que hay?-.
-Cuando me golpeaste con el cuero en el pecho...- Dijo Bohr Daedth dando por desestimado el ataque de Lomëa. -...levantaste una ceja, una sola. Sólo una vez vi hacer eso, pero esta fue sorprendente. ¿Podrías hacerlo de nuevo?-.
Lomëa hizo el gesto espontaneamente. El niño no había encontrado nada extraño. Esta decisión de Naredhel le estaba costando demasiado ya a Lomëa Utyelnaikë. Aún peor, Bohr era un ser tan vacío que había dejado perdido una oportunidad. Había estado en el agujero negro que estaba devorando el espíritu de Fanyarëa, el lugar en el que ni Lomëa, ni Naredhel, al parecer, habían percibido, lo que, desde el surgimiento de Heren Fanyarëa, había despertado para destruirlos...
Sin embargo, Naredhel a sabiendas o no, había hecho su movida. Bohr era el peor detective, pero servía muy bien de huesped, para parte de algo que ahora, sin saberlo, se movía dentro suyo.
-Por aquí Señor.- dijo un guardia. Bohr despabiló, un pasaje estaba abierto hacia otra sala, Lomëa ya no estaba, unos guardias esperaban que él se moviera. Corrió detrás de ella como un niño asustado, sin saber porqué.
[Editado por elessurendil el 20-04-2006 14:12]
Lómëa Útyelnaike
Se sentía perdida. Perdida y avergonzada de que ese hombre le hubiera hecho perder la calma así como así. -Ese sucio y andrajoso personajillo me saca de mis casillas- pensaba Lómëa mientras seguía pasillo adelante, sin esperar a Bohr.
Se paró en un recodo del túnel, para esperar a los guardias y al humano que venían detrás. Sabía que había salido practicamente a la carrera de la Sala del Trono, pero no soportaba aquel lugar, el trono vacío, la oscuridad y la lobreguez que lo invadía todo. ¿Cuántas veces había estado en esa estancia, sola, sentada en medio de la penumbra reinante, con la mente en blanco? Muchas veces, demasiadas quizá. Y el humano parecía haberse dado cuenta del efecto que tenía esa Sala en ella.
La elfa volvió su mirada hacia donde el túnel seguía. Lo llevaría a ver a Laito, claro que sí. Y el humano sería recibido en público con todos los honores que le correspondían por ser un príncipe de su pueblo, de nada valía alimentar mas resquemores.
-Sí, vería a Laito Rawein. Haría lo que fuera que hubiera venido a hacer. Y luego se marcharía, claro que sí- pensaba la mujer. Lómëa enarcó una ceja otra vez, el mismo gesto que había llamado la atención de Bohr Daedth.
Al fin vio a los guardias acercarse junto con el príncipe humano. Espero un poco más y luego siguió caminando, mientras pensaba, mientras caía en la cuenta por primera vez, de cuan cansada se sentía. Agotada por todo, por las intrigas, las idas y venidas.
Unos metros mas adelante, Lómëa se detuvo frente a una puerta de madera tachonada de hierro. Espero hasta que Bohr llegara a su lado y girándose un poco, le dijo:
-Aquí está quien querías ver, Bohr Daedth- dijo pausadamente y sin esperar mas, giró el picaporte. El hombre vislumbró una estancia ricamente amueblada, aunque sencilla a la vez, y una figura pasó veloz a su lado para ir a donde estaba Lómëa. Unos bracitos ligeramente morenos abrazaron a la elfa por la cintura, y esta le devolvió el abrazo, dándole a la vez un beso en la frente.
-Titta, te presento a Bohr Daedth, príncipe de los Varna Rámar- dijo mirando fijamente al hombre. Y dirigiéndose a Bohr, dijo:
-Y este es, como ya habrás visto, Laito Rawein, heredero de Fanyarëa y futuro rey de todos los Ramalië-. Una vez más, la mirada de la elfa se prendía en la del Firima
Bohr Daedth
Hacía mucho que Bohr no veía a Laito más que en sus pensamientos furiosos. Pero no esperaba sentir eso que sintió. El hijo de Alsenot, ni bien dejó la mirada de la princesa, se convirtió. Sus ojos tomaron un imperceptible color bermellón, su sangre tenía predominancia en el espíritu del Águila, pero una sensación de hambre oscuro lo colmó en ese momento. No pretendía morderlo, ja, pretendía destruirlo, destrozarlo en aquel mismo momento. El niño era la viva imagen de Marelaeth... masculino sí, y élfico, pero conservaba la esencia de su prima. No obstante su apariencia decía todo lo contrario, se contuvo.
- Hola Laito, es un gusto conocerte realmente, soy de tu familia, recuerdas? ¿Te gustaría conversar un momento con el tío Bohr Daedth?- El hombre tenía todo el aspecto de un asesino perverso. Lomëa lo percibió. Pero Bohr estaba dispuesto a arremeter contra el pequeño rey indefenso.
-Lomëa, hija de Runya, dejanos a solas... por favor.- Bohr le hablaba con sinceridad a la elfa, y la trataba con una inesperada y extraña gentileza.
Lómëa Útyelnaike
La elfa tomó aire. Sabía que debía de notársele la palidez que se había adueñado de su rostro, aunque dudaba que el hombre se hubiese dado cuenta. Su mirada no se había apartado de los ojos del príncipe humano, y lo que vio allí la llenó de terror, un terror que sentía por primera vez en su vida.
A un gesto imperceptible de Lómëa, los guardias elfos se retiraron de la habitación.
-No- fue la categórica pero tranquila respuesta de la elfa.
En ese momento, toda la voluntad de Lómëa se concentró en su mirada y en su porte. El pequeño era a menudo, su tabla de salvación en ese mundo que la consumía, que le arrebataba la cordura. Y ese hombre no se llevaría nada de allí.
-No- repitió Lómëa. -Lo que tengas que decir, lo dirás en mi presencia-.
La elfa apoyó una mano en el hombro de Laito y lo apretó un poco contra su costado. Sería una pugna de voluntades, parecía.
El niño observaba a Bohr con su mirada inocente, sin tener la menor idea de lo que pasaba allí.
Lyshiön Morkarendîl
El Noldo, al separarse de sus extraños y a la vez añorados acompañantes, caminó hacia el centro de la ciudad. La última confesión del soldado que asesinó en Cuin´a Fairë le llenó de inquietud, y confiaba en encontrar en Sornosunë lo que buscaba. Las últimas palabras del asesino habían sido:
- Lamentarás esto, engendro de Morgoth. Muchos de los míos ya habitan vuestras ciudades, y conseguiremos lentamente lo que quizás no conseguiríamos en un ataque abierto.
Su misión, principalmente, era buscar espias en la capital del Reino Dorado de Heren Fanyarëa. Pero antes de empezar su búsqueda, debía acudir a un conocedor de los bajos fondos, un antiguo aliado suyo, al que salvó la vida en repetidas ocasiones. Si alguien sabía algo de lo que se movía en los bajos fondos de la ciudad, ese era Likher, Medio-Elfo, un ser bastante despreciable, que comerciaba con todo lo que tuviese a mano. Avanzó hacia el pestilente callejón en el que el Medio-Elfo habitaba, a la vez que era su centro de operaciones. Uno podía llegar a sorprenderse de la influencia que tenía. Dio un ligero toque en la puerta, y esperó con paciencia. Una mirilla se descorrió por dentro, y durante un momento observó al visitante. Después se escuchó el ruido de un pestillo al correrse, y Lyshiön penetró en el oscuro pasillo.
Veríamos que tenía que decirle el malhechor.
Bohr Daedth
...El bajomundo esperaría a Bohr...
-Lomëa Marnón\', permiteme, no tiene motivo que desconfíes, él y yo nos merecemos un instante. - En el cual desataría lo que fuera que debía desatar. Era todo un demonio, se notaba en su respiración monstruosa, si hubiera tenido algo de cambiaformas podría haberse dicho que estaba mutado. Pero en cuerpo seguía siendo el mismo adolescente en paso a la madurez. -Él es el hijo del rey y yo también... -Bohr no era primogénito, hasta casi era considerado un bastardo, pero él no lo veía así. - Ven Rawein... tu prima elfa está tontuela. No quieres saber que regalo tenemos para darnos? Yo sí tengo sorpresas que te interesarán, cosas del mundo que aquí encerradito no puedes ver... Soy primo de tu mami, la quería mucho. Y quiero quererte también...- Bohr tenía los brazos enroscados por detrás, escondía sus manos que con fuerza tomaban postura de garras, garras con las que despedazar carne y hueso.
-No te pido, doncella, que él venga conmigo, sólo que ustedes se retiren por unos minutos, será suficiente, no temas. ¿Por que habrías de temer?- La casualidad quiso que al formular la pregunta Bohr se escuchara a sí mismo. ¿Que tenía ella que temer de él? -... No seas ridicula, bella!... (él sonreía)- ¿Tenía él que temer también? ¿Que ocurriría? Las veces que había visto al bebé había sentido cosas parecidas, pero... ¿Que estaba haciendo? Se quitó el cinturón en que llevaba el rústico tahalí y la espada. Los dejó caer con lentitud. -Bien. ¿Quieres estar, Lomëa, te lo mereces...- su mirada tuvo un dejo de libidinosidad cruel- entremos a la sala, sólo los tres, y mantente alejada, verás que estas siendo cobarde en vano. Laito me susurarrá unas palabras y yo otras. Solo eso. Tal vez un abrazo, quién sabe. Deja tus armas y entremos, ya, Señora de Sornosunë. Dile a ellos que se queden fuera. Los huesos de las manos de Bohr casi se le salían de la carne por la fuerza que estaba haciendo. Su mano izquierda se hizo un puño rojo por la presión de la sangre. No tenía colmillos, aunque dada su apariencia eran como anormal que no los tuviera, uno lo vería como un ser al que le faltaban. Aflojó la tensión de la mano.
Laito estaba dispuesto a entrar con ambos \'primos\', pronunció unas palabras a Lomëa que nadie más comprendió, pero por la mueca que ella hizo se interpretaba como que el rey aceptaba. Ella tendría que pensarlo seriamente.
- Estás demasiado sola, Utyelnaikë, Runyaina- Sabía algo de quien era su padre y que eso la afectaría. - Tus pensamientos se turban facilmente. Deberías confiar en mí... No tienes nada contra mí, solo tu miedo irracional. Deberías quedarte tranquila y respirar normal, princesa.-
Bohr dio un empujón a la puerta de las estancias de Laito Rawein Villión, hacia adentro, haciendo lugar gentilmente para que pasaran el niño y la elfa.
- Por Fanyarëa, por aquellos que merecen el título de Rámar...! Por la Unión, por la unión, Anvana Lomëa... - Bohr volvió a oírse una vez más.
Lómëa Útyelnaike
Lómëa empezó a respirar normalmente, aunque solo fuera por no dar el gusto a ese hombre de verla alterada...alterada? No creo que fuera la expresión correcta. Más bien se había quedado helada frente a la transformación que se había dado en el príncipe, ante lo que a todas luces pugnaba por esconder, por contener.
La elfa cruzó el umbral de la puerta con Laito pegado a su costado, había sido deseo del pequeño acceder a la petición de Bohr y se encontraba atrapada porque no tenía motivos reales para temer la entrevista. Sólo tenía lo que ella adivinaba en el rostro del príncipe de los Varna Rámar, y no era suficiente.
Mientras ponía más troncos en el hogar de la habitación, Lómëa pensaba que quizás el Firima creía que ella era una cortesana tonta e indefensa. Enarcó una ceja en ese gesto tan característico suyo: \"-Se llevaría una sorpresa-\" pensó. Miró de reojo al semielfo y al humano. Charlaban con las cabezas muy juntas y Laito asentía ante algo que le decía Bohr. El humano parecía más relajado ahora, lo que no significaba que ella bajara la guardia. Tenía todos sus sentidos alerta, solo esperaba que aquel hombre no cometiera ninguna estupidez, de la que se arrepentiría para siempre, allí donde quiera que fuese que iban los Hombres después de morir.
\"-No me des motivos-\" pensaba la elfa. \"-No me des razones para hundirte en la espalda una daga, por favor-\". Los ruegos mentales de ella casi parecieron llegar hasta él, que se dio la vuelta y le sonrió, aunque mas pareció una mueca grotesca, propia de quien se debate entre dos fuerzas opuestas.
Lómëa tenía las manos dentro de su capa. \"-Laito es el último vestigio de lo que puede salir bien en este pueblo, el último hilo que nos une. El hilo que nos une a ti y a mí, Bohr Daedth. Es más que un símbolo, mucho más-\".
Bohr pareció escucharla otra vez. Otra vez el hombre se giró a mirarla, sin asomo de sonrisa ya, pero enseguida se volvió otra vez hacia Laito, que en ese momento le preguntaba algo. \"-Y seguramente tendrá mucho que preguntar, es solo un niño al fin y al cabo, aunque ya pese sobre sus pequeños hombros el peso que deberían llevar hombros mayores-\".
La elfa suspiró ligeramente, un sonido casi inaudible. Sus manos acariciaron por dentro de la capa la daga que se ceñía a su cintura. Ella sabía esperar.
[Editado por -Ireth- el 24-04-2006 13:43]
Bohr Daedth
Bohr tomaba por un brazo a Laito, y apoyaba la otra mano, la del lado donde Lomëa meditaba, sobre el hombro del niño.
-... Naredhel, sí. Ella dice venir de lugares al oeste del oeste... - Decía Bohr, mientras sostenía al niño sin violencia alguna.
-... He oido sobre ti cuando hablan de mi madre, me contaron que ella te buscaba cuando tenía problemas...- El fírima clavaba la mano izquierda en el brazo del niño. Laito Rawein ni se inmutaba. Bohr estaba intentando contenerse hacía rato, y al tiempo la presión disminuía.
-... Jeje, yo moriré algún día. Eso es gracioso...- El reicito de siete años hacía pensar a Bohr en cuánto él mismo no pensaba. Hasta le arrancó una caricia de protección.
-... Allá afuera... las sombras no son tan simpaticas como aquí... sí, es roja, oscura, y espesa... - Bohr volvía a lastimar el brazo del hijo de Vilwë.
-... Eso no está bien...- le recriminaba Laito a Bohr. El explicaba: -Gracias, Titta. Hwakafelda... es malo, sí, debe haber sido invento de ella, que mucho no me quiere, jejeje...- Ambos se reían bajo. Bohr Daedth estaba aliviado.
-... No, reinar, no. Eso será para la sacerdotiza, hasta que decida... Ser hijo del rey no... No reinarás Rawein... nada de destino, eso es invento de los elfos...- Bohr tenía la garra temblorosa. Pero aún el infante resistía sin dar tregua. Laito sabía más de lo que se esperaba, más de lo que Lomëa podía pretender para él, por supuesto mucho más que el pariente humano. Y en esta ocasión sabía que tenía que enfrentarlo, o tal vez soportarlo, o tal vez darle algo que sólo él sabía.
Lomëa pareció ver un brillo rojizo en el pecho de Villion, algo que se reflejaba de la mirada de Bohr Daedth. Se movió rápida y emitió un sonido tosco y desesperado.
- Bueno, hijo, nos volveremos a ver...- Bohr se separó de Laito y miró a Lomëa. No... no pasa nada.- dijo jadeante. -Ya ha concluido, debo salir de tu ciudad ahora.- Se movió hacia ella. Y se le acercó.
Lomëa intentó acercarse a Laito Rawein. Pero el hombre se puso en medio, mostrandole que ya se retiraba. - Titta...? - El pequeño la miró y le hizo una sonrisa inocente, caminó con su particular soltura infantil hacia un pequeño y hermoso arbusto que crecía en la sala.
Su nodriza era, y debía asegurarse, pero Laito estaba bien... y tenía mucho olor a humano demasiado cerca. Entonces ella se movió hacia la salida de la sala, abrió la puerta, y los guardias estaban aún allí, todos desconformes con la decisión de la Señora, pero obedientes. Bohr salió.- ¿No vas a despedirme desde la ventana, Lomëa?- Ella lo miró y le hizo un parco gesto irónico. El se encaminó hacia la sala del Rey.
Ella lo siguió, atraida por alguna cosa que tenía el tipo, como si él la llevara. Pero se resistió. Simplemente era aire que pasaba por el corredor. Entonces vió el suelo... una mancha de sangre, recien caida, una gota desparramda. ¡Maldición! Corrió hacia la puerta de la sala de Laito, desesperada como nunca en su vida.
Bohr caminaba, su mirada iba perdiendo el brillo sanguineoliento, mordia los dientes con fuerza y muchas lagrimas le brotaban, no podía pensar que sus ojos estaban llorando. Cruzó el paso hacia la oscuridad de la sala... de los fantasmas... como la habría de llamar desde entonces. No había un trono para él ahí.
Laito tenia el brazo herido. Lo que sangraba era casi un tajo.
Cuando Lomëa dio la orden furiosa de que detuvieran a Bohr, el hombre ya no estaba, había desaparecido... en el mismo centro de la ciudad capital de los elfos, donde ella era Señora, y de todos los pertenecientes a Heren Fanyarëa.
Naredhel Anariel
El amanecer intentaba abrirse paso entre las copas de las enormes hayas de Taur Kalafernë. Y a veces incluso lo conseguía.
Su viaje había durado toda la noche, pero aún no estaba cansada. Aún no. Mientras sus pasos seguían la senda oculta que llevaba hasta el arco de piedra que anunciaba la entrada de Sornosuné, una voz llego hasta ella desde un punto oculto entre la espesura del bosque.
- ¡Alto! ¡Deteneos!
Anariel se detuvo al instante. Con la capucha negra cubriendo sus cabellos y sus ojos, permaneció un instante con la mirada fija en la tierra, hasta que sintió pasos a su alrededor. Levantó entonces la cabeza, y la capucha negra cayó sobre sus hombros, mostrando su altivez real, y la corona dibujada que portaba destello iluminada por un haz de luz. Y reemprendió su camino en silencio, mientras los soldados se retiraban a su paso reverentemente.
Como un susurro incontenible, oía las voces que surgían a su alrrededor. Y pronto la noticia de su regreso se extendía a través de las calles de Sornosunë. La Reina había regresado.
Lómëa Útyelnaike
Dando un grito, Lómëa salió de su estupefacción y, daga en mano, corrió en pos de Bohr Daedth, al tiempo que gritaba a sus guardias que le siguieran. Con el aire quemándole los pulmones llegó corriendo a la Sala del Trono, el lugar donde le había visto entrar...para encontrarse con que allí no estaba. Había desaparecido. Lo buscó en cada rincón y nada. Dando órdenes apresuradas, ordenó que cada guardia o soldado registraran la ciudad de cabo a rabo, sin olvidar el bosque que patrullaban los rastreadores.
Volvió sobre sus pasos a la habitación de Laito, que se había quedado sentado en la cama mirando al vacío.
-Titta- le dijo -¿estás bien?-. El pequeño asintió con la cabeza mientras se apretaba un vendaje contra el barcito herido, que ya casi no sangraba.
-¡Nísima! Tráeme enseguida agua caliente y telas para vendar el brazo del príncipe. ¡Rápido!- ordenó la elfa a una criada que estaba de pie a su lado.
Lómëa vendó con sumo cuidado el brazo de Laito, luego le dio un beso en la frente y prometió que volvería dentro de un rato. El niño le dijo que se encontraba bien, y se quedó con Nísima que se afanaba por entretenerlo con un libro. Antes de cerrar la puerta, Lómëa se volvió a mirar al pequeño otra vez y le pareció que algo en su expresión había cambiado...o tal vez era su imaginación.
La elfa se encaminó por un corredor lateral hasta su propia habitación y se sentó en su butaca, mirando las sombras danzarinas del fuego del hogar. ¿Qué mentiras habría contado ese vára a Laito?, se preguntaba. Pero por sobre todas las cosas, ¿cómo había podido desaparecer de Sornosunë? Esperaba la confirmación de quienes en ese momento registraban la ciudad de pies a cabeza, pero ya lo sabía: el humano se había marchado y ella no sabía cómo. Pero de algo sí estaba segura: volverían a encontrarse, y esa vez la suerte no sonreiría al príncipe de los Varna Rámar. Se aseguraría de que no fuese así.
Estas eran sus cavilaciones cuando una llamada en la puerta la arrancó de ellas.
-Tula- dijo Lómëa. La puerta se abrió y un guardia de la ciudad se inclinó brevemente ante la elfa. -No hemos encontrado nada, Heri. Estamos totalmente seguros de que en la ciudad no está- dijo el elfo.
-Bien, puedes volver a tu puesto Kanya- contestó Lómëa un tanto distraída.
-Hay algo más- dijo el guardia y la elfa levantó su acerada mirada y la clavó en sus ojos -los guardianes de la entrada dicen que la Reina Naredhel se dirige hacia aquí. Muy probablemente ha llegado a las Puertas ya-. El elfo hizo otra pequeña inclinación y salió precipitadamente de la habitación de Lómëa.
\"Bien\", pensó, \"quizás es hora de que Naredhel me cuente un par de cosas\". Rapidamente se quitó la túnica y las polainas, reemplazándolas por otra túnica del color de sus ojos, que rozaba el suelo. La sujetó con un cinturón de plata,se calzó zapatillas de suave cuero negro y cepilló sus largos y oscuros cabellos. Cogió de nuevo su capa negra, se la echó encima y momentos después caminaba en dirección a la superficie, a donde Naredhel Anariel, Reina de Fanyarëa, estaba a punto de llegar.
Allí estaba Lómëa cuando la comitiva de la Reina llegó a I Ando Yarëaiva. En señal de respeto, se quitó la capucha que le cubría los cabellos e inclinándose con gracia ante la montura de la sacerdotisa dijo:
-Aiya, Naredhel Anariel, Fanyarëtári- la voz de Lómëa expresaba deferencia hacia la elfa -nos honras nuevamente con tu presencia-. Lómëa se puso de pie y al momento, I Ando Yarëaiva se abrió para recibirlas.
[Editado por -Ireth- el 28-04-2006 06:29]
Naredhel Anariel
Muchos se preguntaban por qué no había sido Lómëa la elegida por Vilwë Tarinya. La relación de la hermosa sobrina del Rey con el pequeño Laito había sido siempre muy estrecha, pues desde su nacimiento había sido la encargada de velar por la seguridad del pequeño medio-elfo. Nadie mejor que ella para hacerlo. Capaz al mismo tiempo de darle la seguridad y el afecto que necesitaba.
Era extraño también, siendo cómo era casi una hija para el difunto Rey. Pocos pudieron compartir un dolor tan grande como el de ella, al conocer la desdicha de su destino Real. Pero no había sido así.
Anariel sabía muy bien que la mayor parte de aquella nobleza sublevada intentaba utilizar a Lómëa, instaurarla quizás como una futura reina títere del pueblo. Eso sería en todo caso si la elfa de ojos azules fuera a comportarse como tal. Pero nada más lejos de la realidad. El firme carácter de Lómëa hacía imposible esa situación. Y poco más podían esperar de su hermano Atsurion.
Mucho tiempo atrás, poco antes de que Vilwë y Marelaeth fueran desposados en aquella ceremonia cuya celebración duro casi una luna, Anariel y Vilwë descansaban en una de las salas de Yána Ramarëa. Aún podía recordar el calor de sus brazos, mientras yacían uno al lado del otro.
- Airinya - decía - No puedes escapar de tu destino. Tal vez llegue un día en el que yo ya no este aquí. Y entonces, sólo tu serás capaz de mantener unido a este pueblo, noble siempre, pero también salvaje en su ambición.
Anariel rió entonces, ante la seriedad repentina de sus palabras.
- No será mi destino, ni mucho menos - sonrió - Sólo tú has estado desde el principio de los tiempos. Y hasta el final de los tiempos estarás, presente en estas tierras sagradas que hoy nos acojen. ¿Pero por qué piensas eso ahora?
La mirada de Vilwë se nubló un instante. Una preocupación, o quizás una premonición. Quien sabe.
- No lo se. - y luego se inclinó para darle un beso, y sonrió - Olvidemóslo ahora. Tiempo habrá de hablarlo más adelante, y ni yo mismo se muy bien por qué me ha venido a la mente...
No preguntó más entonces. Y no volvieron a hablar de ello. Y Naredhel no recordó esa conversación hasta pasados los años. Cuando un mensajero llegó a informarle de la extraña muerte del Rey, y de su esposa, la hermosa Marelaeth.
Pero sí supo después que él no había olvidado esa conversación. Vilwë había dispuesto todo para que fuera ella la regente del reino, y la guardiana del hijo de la familia real. Y supo entonces, que aquello que tanto había temido había sido la última premonición de Vilwë.
- Aiya, Lómëa Útyelnaike! - dijo desmontando ágilmente - No se ahora si muchos de los presentes se sentirán realmente honrados - miró largamente a la comitiva real que había salido a recibirla - pero he vuelto con intención de quedarme un largo tiempo.
Lómëa pareció sorprendida, aunque sabía que la ironía de sus palabras no iba dirigida a ella. Aún así, un ligero rubor apareció en sus mejillas.
- Te acompañaré a tus aposentos entonces - dijo con voz firme, pero antes de que se girara para guiarla hasta el interior de la ciudad, la voz de Naredhel la sorprendió de nuevo.
- Antes que nada deseo ver a mi ahijado. Es seguro que me está esperando - una sonrisa diáfana iluminó su rostro y sus ojos. Eso era lo que en realidad le unía a aquella ciudad. El afecto hacia el pequeño, y el recuerdo de Vilwë.
Naredhel Anariel
La delicada vasija de cristal con filigranas de plata surcó el aire de la habitación describiendo un arco elevado hasta estrellarse justo en el centro de la puerta. Miles de diminutos trozos de cristal se derramaron como una cascada repentina sobre el enlosado de mármol.
Naredhel observó su obra, sin prestar atención realmente al estropicio que había causado. Sus ojos dorados relampagueaban de furia, con la mirada fija en la puerta de roble. Pero su mirada iba mucho más allá de la puerta. La imagen del príncipe de los Varna Ramarëa era lo que realmente deseaba destrozar para siempre.
Sus pies descalzos iban y venían a través de la habitación. Sus manos, en un vano afán por encontrar al causante de su ira, encontraron otro objeto delicado. Una hermosa de vino siguió el camino de su antecesora. El estallido fue acompañado de una lluvia del mejor vino Hóndelië, arrastrando a su paso los cristales del suelo.
Y el rojo del vino llego a lamer los pies desnudos de la reina, lavando la sangre de los cristales que se iban clavando en sus delicados pies.
Había visto ya lo que la visita del hombre había conseguido en sus tierras. ¡Maldito! El castigo que impusiera no sería suficiente para él. Debía encontrar urgentemente al Águila. Cuanto antes pusieran fin a su fuga, antes podría encontrar corrección.
Cuando fue a dirirgirse a la puerta se encontró con el mar de cristales. Fue entonces cuando reacciono al dolor en sus pies. ¡Maldito bastardo! Agitó con fuerza la campana de plata para llamar al servicio. Ojalá limpiaran pronto todo aquel estropicio.
Lómëa Útyelnaike
La Avar seguía a Naredhel por el corredor iluminado con antorchas, un paso por detrás de la elfa, que volvió ligeramente la cabeza y le dijo por encima del hombro:
-Algo te inquieta, Lómëa, casi puedo sentirlo-
-Así es, Heri- contestó la otra elfa -aunque no tardarás en saber lo que es.-
La Reina encogió levemente sus delicados hombros y siguió caminando. Minutos mas tarde, el guardia que las acompañaba se detuvo frente a la puerta de las habitaciones de Laito y, después de llamar un par de veces, alguien la abrió desde dentro. Nísima, la muchacha que cuidaba de Laito, se inclinó al reconocer la figura de Naredhel. En ese momento, el pequeño heredero asomó por detrás de su aya y al ver a la Reina también se inclinó en una reverencia. Tras unos momentos de vacilación, avanzó y dio un breve abrazo a Naredhel.
-Aiya, Laito- dijo Naredhel con los ojos brillantes -ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por última vez.-
-Sí- dijo tímidamente el pequeño -¿te quedarás más tiempo esta vez?- preguntó con mirada ansiosa.
-Es seguro que sí, pitya.- la Vanya acarició suavemente una de sus sonrosadas mejillas.
Laito levantó sus bracitos en señal de alegría y en ese momento, Naredhel vio la marca que Bohr le había dejado. Se acercó al niño y le preguntó:
-¿Cómo te has hecho esto?- la voz de la elfa encerraba una cierta preocupación.
El heredero miró a Lómëa y ésta asintió con la cabeza ligeramente.
-Fue...fue el príncipe que vino a visitarme hace poco.- habló el pequeño con timidez -pero dijo que no quería hacerme daño.- Su voz encerraba algo de temor.
Naredhel volvió rapidamente la cabeza hacia Lómëa, interrogándola en silencio.
-Sí, Naredhel- el rostro de la elfa permanecía inexpresivo -ese humano hirió a Laito y, lo que es peor, en mi presencia.-
Anariel vio como la sobrina de Vilwë agachaba la cabeza.
-No dudo de que ha sido inevitable, Lómëa- dijo pausadamente. -Vamos, al parecer tenemos mucho de que hablar.-
Con un beso, ambas, la Avar y la Vanya, se despidieron de Laito, prometiendo volver a por él mas tarde para pasear un rato.
Mientras caminaban de vuelta por el corredor, Lómëa, siempre un paso por detrás de su Reina, cavilaba sobre la forma de saber dónde se encontraba ahora el príncipe de los Varna Rámar, y sobre la terrible e impagable deuda que tenía con ella.
Naredhel Anariel
El eco de sus pasos se unía a los de Lómea, que caminaba tras ella en silencio. Un silencio que no escondía la preocupación de la elfa.
La puerta de su habitación se encontraba custodiada por dos guardias, firmes ante la presencia de la reina. Anariel abrió la puerta, y entró seguida de Lómea.
- Dejémonos de formalidades. Bien sabes que no son mi estilo. - Anariel se sentó en un sillón forrado de pieles, y con un gesto invitó a Lómea a acompañarla - Ahora, dime sin ambagues que es lo que ha ocurrido. Pues envié a ese hombre con una misión, y si me ha traicionado no habrá rincón de Fanyarëa donde pueda esconderse.
- Señora... - Lómea dejó la frase en suspenso, ante la mirada interrogante de Anariel - Naredhel, no se que ha llevado al Varnalië a llevar a cabo esa acción. Yo misma me lo he preguntado... Pero sucedió, y no pude evitarlo.
Anariel dejó que Lómea relatara los hechos, mientras su mente iba analizando la situación. Se quitó las botas mientras ella hablaba, aparentando una indiferencia que estaba muy lejos de sentir. Y cuando ella terminó de hablar, se levantó rápidamente, intentando aplacar el torbellino de pensamientos de su mente.
Fue entonces cuando repentinamente la vasija de cristal que había sobre la mesa surcó el aire para estrellarse contra la puerta. Al otro lado, los guardias se estremecieron. Pero Lómea miró la escena sin apenas parpadear.
Cuando el siguiente objeto fue a parar nuevamente contra la puerta, los guardias estaban ya preparados.
- Lómea, partirás de inmediato a buscar al bastardo Varnalië y lo traerás aquí - los ojos dorados de Anariel miraron fijamente a la elfa. La amada sobrina de Vilwë. Mirarla a ella era a veces como volver de nuevo al pasado - No habrá ido a Nestnwelath, ni tampoco a Felekgathol. Sabe que allí no puede esconderse. Búscalo en Hón, y llévate contigo una guardia.
Lómea asintió levemente.
- Como deseeis, Heri - dijo mientras se encaminaba hacia la puerta, acompañada del crujido de los cristales aplastados bajo sus botas.
- Lómea... - añadió Anariel, y la elfa se volvió hacia ella nuevamente - ... Confio en tí - la sonrisa de la reina era sincera, y Lómea sonrió a su vez. Una sonrisa poco frecuente. Y salió de la habitación sin decir nada.
Lómëa Útyelnaike
Viajaría sola, porque el sigilo era, ante todo, su arma más poderosa. En realidad, no creía que su presa tuviera mucha conciencia de que ella iba al acecho. Pero aún así, nunca había subestimado a nadie y no empezaría justamente ahora.
La elfa repasó por última vez las cosas que llevaría: Nyérë estaba envainada y reluciente, Nurtaina y su carcaj listos y la mochila con sus exiguas y estrictamente necesarias pertenencias, a punto. Con celeridad se puso una túnica negra, polainas grises y se ató las botas de montar; a continuación trenzó su cabello, recogió la capa de una silla y se la echó sobre los hombros. Tomó sus cosas y salió al pasillo silenciosamente, y siguió caminando hasta dar con un túnel que bajaba al segundo nivel de la ciudad, donde estaban las caballerizas. Mientras andaba, trataba de no pensar en la aprensión que había sentido cuando, al dejar a Naredhel, había pasado por el Salón del Trono. Un sentimiento más bien parecido a una tenaza de hielo y pesar había aprisionado su corazón, por un momento, cuando miró a las tinieblas que rodeaban el Trono de Roble. Restándole importancia, se dijo a sí misma: -Otro pesar que añadir a su recuerdo- y salió de allí.
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Hísië irguió sus orejas al oir el cerrojo de su compartimiento, aunque no relinchó ni se removió inquieta: había reconocido los suaves pasos de su dueña. Lómëa acarició el suave cuello de la yegua y esta le respondió acariciando su mejilla con el hocico. La elfa colocó la silla de montar sobre el negro lomo de Hísië y acomodó las alforjas, atando la espada debajo para que le quedara a mano y a la vez, fuera de la vista. Sin perder mas tiempo, condujo a la yegua fuera de la estancia, hacia un túnel que escondía una salida al exterior.
Una vez fuera, Lómëa respiró el frío y cortante aire nocturno, el aroma inconfundible y algo siniestro de Taur-Haldafernë. A esa hora, las estrellas dejaban entrever su brillante hermosura entremedio del tejido de las hojas de los árboles. No había luna esa noche, haría su camino en la oscuridad, aunque había oscuridades peores que había transitado y otras que transitaría en el futuro. Suspiró. De un salto se subió a Hísië y la encaminó hacia la espesura, y más allá, hacia el Paso de montaña que pasaba por Felekgathol, donde seguramente no pasaría desapercibida, pero se las arreglaría para no dar demasiadas explicaciones.
La quietud reinante en el bosque no reflejaba la turbulencia de la mente de Lómëa. Mil cosas se agolpaban en ella: el Varnalië a quien debía encontrar, la decadencia de Sornosunë a la que no era inmune, recuerdos que iban y venían, la guerra que se preparaba mas allá de las fronteras de Fanyarëa...muchas cosas, quizás demasiadas.
Las nubes ocultaron el brillo diamantino de las estrellas, se hizo la oscuridad total: amazona y montura eran negro sobre negro. Nubes negras, opacas, del color de la infelicidad y la desesperanza, del odio y la codicia. Nubes de Guerra.
Alkalabrindeth
Erestor y Alkalabrindeth viajaron todo el tiempo en silencio, ambos profundizaban en sus respectivos pensamientos, que en el fondo tendrían el mismo objetivo.
Ya era de tarde cuando avistaron las telain que rodean la ciudad, una vez que llegaron hasta ella, Erestor desmontó con cuidado y estiró los brazos en señal de ayudar a Alkalabrindeth, lo que a ella le causó gracia.
- No me trates como una niña, ya no lo soy más. Sin embargo, permitió que la ayudase.
- Entraremos a pie a la ciudad. Hace cuánto tiempo que no vienes?
Alkalabrindeth dio un leve suspiro y respondió con vehemente tristeza: -Poco antes de la muerte de Vilwë, pero aunque me reconozcan no creo ser bien recibida... - Bajó la mirada, como si alguien pudiera hacerle un reproche.
- Por qué? -Preguntó Erestor agachando la cabeza, intentando ver sus ojos.
- Bien sabes que no soy grata para mi propio pueblo, mientras los Yarëar se divierten, yo busco la desgracia, según ellos... -Y simulando una sonrisa llena de ironía- ... pero \"la desgracia\" llegó sola, más bien, algunos de ellos la buscaron... en realidad lo que más importa es Lómëa Utyelnaike, tal vez ni siquiera me reciba...
- Vilwë ya está muerto, no creo que haya más reproches, además las noticias que traemos no darán tiempo para orgullos y prejuicios.
Y dirigiendo las riendas del caballo, ambos se adentraron a las miradas ostigantes de la telain, los seguían, los acechaban... entonces Erestor decidió gritar al viento: -Alasse\' undómë meldonya, soy Erestor Fëfalas, Capitán de la Guardia de Felekgathol, mi hermano es Lyshion Morkarêndil, Maestro de Armas de Sornosunë, la dama que me acompaña es Alkalabrindeth, hija de Valglin, pariente lejano del rey Vilwë, venimos con premura a dar graves noticias.
Sin embargo, sus palabras llegaron a los oídos de los guardias montados en los árboles, sólo se escuchaba el cuchicheo de una voz tras otra, pasándose el mensaje, voces que sólo buscaban la autorización para dejarlos pasar, voces que se perdían con el murmullo del viento. De esta forma, llegó la voz a los mismos oídos de Naredhel, quien ordenó que los dejaran pasar y se aprestó con benevolencia a darles encuentro.
Los recién llegados continuaron caminando hasta el gran arco, ahí, uno de los guardias se les puso enfrente de un salto, se veía diferente al resto de los elfos, pues era demasiado robusto, y con aire ceñudo y desconfiado hizo una pequeña reverencia: -Tengo órdenes de dejarles pasar... pero yo los acompañaré!
Erestor y Alkalabrindeth se miraron mutuamente, pero no dijeron nada. Las tres figuras se perdieron bajando el túnel.
Naredhel Anariel
Lómea había partido. Y ágilmente, las doncellas de la reina recogieron de inmediato el desastre causado por su furia. Pero la reina tampoco permanecía ociosa. A lo largo de la mañana, las visitas al recinto real se habían sucedido, acompañadas de noticias cada vez más oscuras. Y Naredhel podía ver mucho más incluso de lo que sus palabras aventuraban...
La oscuridad se cernía sobre Sornosunë, y ni siquiera las miles de lámparas que la iluminaban podían arrojar un poco de luz sobre ella.
Vientos de guerra llegaban desde más allá de las fronteras de Fanyarëa. Y ya nada podría evitar que el Rimbë Ramalië formara parte de un conflicto del que habían esperado poder mantenerse al margen.
No era el mejor momento para la guerra civil que algunos intentaban promover dentro de su reino. Y ellos lo sabían. Bien lo habían aprovechado. La única solución era detenerlos en un sólo golpe. Un golpe sangriento. Nada podría evitarlo ahora. Sólo esperaba que la sangre derramada por los Ramalië fuera la menor posible... por el bien de todos.
Entró en su habitación, satisfecha por fin de encontrarse a solas de nuevo, lejos de todas aquellas intrigas que la atormentaban, y se dirigió a un antiguo arcón de madera, labrado y pintado con extraños símbolos. Sobre la tapa del mismo llevaba tallada la imagen de unas alas de águila, extendidas al vuelo. Naredhel se inclinó sobre él, y lo abrió lentamente.
En el fondo, sobre un tela roja, descansaba su espada. La había guardado en aquel arcón... hacía tantos años que apenas podía contarlos. Cuando el Viaje del Exilio llegó a su fin, y los Ramalië se adentraron en las tierras sagradas, en el bosque que hoy cobijaba Sornosunë.
Con las dos manos liberó la espada de su lecho. Liberó la muerte que otorgaba. Y empuñó la espada de nuevo, sintiendo la fuerza que transmitía desde la punta de sus dedos hasta cada fibra de su ser. Runyacir brilló débilmente al principio, pero a medida que su brazo iba enfréntandose a un enemigo invisible, su brillo se volvió más audaz.
A partir de ahora la acompañaría siempre. Y su fulgor rojo de sangre volvería a iluminar la tierra.
Alkalabrindeth
Naredhel tomó su cinto de cuero rojo y se lo ciñó en la cintura para sostener a Rûnyacir. Salió con firmeza de la habitación para recibir a los recién llegados, sus pasos eran ligeros y se aproximaban a las puertas del salón del trono, ahí vio el momento en que llegaba el guardia acompañado de dos figuras que le eran conocidas.
- Grata sería tu llegada Erestor Fëfalas si no viera en tu rostro noticias tan sombrías -y dirigiendo su mirada entre reclamo y dulzura a Alkalabrindeth, le dijo: - Pisas de nuevo la tierra de Sornosunë, queda claro que tu deseo se ha cumplido. Abrid las puertas -les pidió a los elfos que resguardaban la entrada del salón, y pasando a las estancias, les pidió a los llegados que la siguieran, y a la guardia del reino que los dejaran solos.
Naredhel llegó hasta el trono sombrío, pero no quiso sentarse en él, el recuerdo de Vilwë trastocaba ciertas fibras, sin embargo no dio ninguna muestra de ello, y volviendo la frente hacia el noldor y la medio elfo, habló:
- Escucho lo que tengan que decir -Su postura era grave y seria, y una vez que empezaron a narrarle lo sucedido, sus facciones se endurecían, pero su cuerpo, sus manos, sus dedos, se mantenían firmes, parecía una escultura tallada en la roca... hermosa, pero terrible y fría. - Entonces no hay nadie vigilándolos?
- No, era muy arriesgado dejar a uno solo, además por lo que vi estaban armando un campamento para alistar a las tropas, lo que me hace pensar que su ataque será pronto y fortuito, pero no en menos de 4 días, lo que nos permitía venir a avisar sin riesgo de que avancen -respondió Erestor.
Por un momento el salón quedó en silencio, los amigos esperaban ansiosos una respuesta, una orden... pero Naredhel aguardaba, abstraída en tantas cosas que debían hacerse con cuidado, buscando siempre el bienestar de Fanyarëa, la tierra, las costumbres, el legado, el culto, la unión... pero sobre todo el pueblo ramalië, y habría que hacerlo con el menor daño posible, aunque era probable que una herida así, no sanaría. Después de un rato, por fin se movió dirigiéndose a la salida, al llegar a la puerta, ésta se abrió de par en par y les ordenó a los elfos: - Acomoden a los invitados en las habitaciones de húespedes para que se laven y coman algo. Vayan a alimentar al caballo que los trajo y busquen al Maestro de Armas, es hora que no ha venido a reportarse, estaré en mis habitaciones -diciendo esto, desapareció por el pasillo.
- No te preocupes, seguramente le pedirá a mi hermano que convoque...
-Lo sé -contestó Alkalabrindeth un tanto irritada- olvidas que yo también la conozco. Y dejando a Erestor con una sonrisa de sorpresa, salió del salón acompañada por uno de los guardias, aunque ella no necesitaba guía, en su infancia, Sornosunë había sido su hogar.
Naredhel Anariel
Una figura solemne apareció tras abrir suavemente la puerta de su habitación. Su silencio transmitía preguntas, pero Naredhel no se volvió al sentirle. Simplemente siguió escribiendo las últimas líneas del pergamino que debía llegar a Nestnwelath.
- Cierra la puerta - dijo con voz ausente.
Y el soldado cerró la puerta tras de sí, con cierto nerviosismo.
Naredhel derramó la cera sagrada sobre el pergamino, para fijar el sello de los Ramalië. Y mientras la cera se enfríaba y tomaba forma sobre el papel, se volvió finalmente hacia el elfo.
- Tengo para dos tareas sumamente importantes que cumplir - dijo, y el elfo asintió levemente con la cabeza - Primero, debes entregar este pergamino al mensajero más veloz de Sornosunë, y enviarlo a Nestnwelath. Es importante que llegue hoy mismo hasta la ciudad, y lo entregue a la doncella Haleth, en ausencia del Águila.
- Como deséis, Majestad.
- Después, quiero que busques personalmente a Lyshion Morkarendil. Es urgente que se presente en palacio. No quiero que vuelvas sin él.
El elfo asintió nuevamente, y Naredhel le tendió el pergamino que había de entregar.
- Vuestras órdenes serán cumplidas de inmediato, Majestad.
El elfo salió de la habitación, y Naredhel se quedó en silencio... Los pensamientos bullían en su mente, y sólo esperaba que no fuera demasiado tarde...
Lyshiön Morkarendîl
El viento susrraba sobre las calles alfombradas de hojas muertas, que cubrían en gran parte Sornosunë. Estos últimos días había estado investigando sobre una posible conspiración, que ya tendría tiempo de erradicar. Las noticias de nuevos acontecimientos habían llegado a sus oídos de manera casual, tan enfracasado había estado en sus pesquisas. La noticia de lo ocurrido al Heredero de Vilwë, a Laito Rawen, era bastante chocante, y tambien conoció la llegada de su hermano Erestor. Durante demasiado tiempo había estado desligado de sus deberes políticos. Esa situación no podía durar. Tenía que volver a palacio. Esto decidió, a merced tambien de que había oído hablar sobre la llegada de la Reina Anariel a la ciudad. Los vientos de la guerra se acercaban, y ya casi podía oler la sangre fresca que pronto se derramaría. Tenía mucho que hacer.
Se encaminó, cruzando un patio repleto de plantas, hacia palacio, pero le interceptó un soldado, que por su porte y el blasón que tenía grabado en la armadura debía de ser de la comitiva de la Reina. Este se inclinó ante él, y dijo:
- Lyshiön Morkarendîl, Maestro de Armas del Reino de Fanyarëa, la Reina Naredhel Anariel le invita a visitar palacio y hablar sobre ciertos asuntos.
- De acuerdo, tu me servirás de guía,- respondió intrigado el Noldo.
Caminando muy cerda del soldado, Lyshiön penetró en el espacioso vestíbulo de palacio, y tomando la escalera principal, se dirigieron a los aposentos de la Reina. El soldado, al llegar, indicó al Noldo que esperar, y tocó suavemente la puerta. Cuando esta se abrió un poco, anunció que el Maestro de Armas esperaba para tener audiencia con ella. Entonces el soldado indicó a Lyshiön que entrara. Este penetró en la estancia suavemente perfumanda, y con una reverencia, saludó a la Reina de tal modo:
- Bienvenida seas a la capital de tu Reino, Naredhel Anariel. Me requeriste para algún cometido, ¿ me explicarás la rapidez exigida ?. Tengo labores que hacer, como preparar al ejército para la batalla.
Todas esas palabras, aunque las dijo con aire de seriedad, la sonrisa imperó en su rostro, haciendo su máscara de inexpresividad más suave. Sentía aprecio por Naredhel. Se acomodó en un sillón, y esperó su respuesta.
Bohr Daedth
Al amanecer fueron atravesando el bosque por el camino amplio. Nadie los molestó. El caballo fue pisando la tierra de Sornosunë y estiró el cuello orgulloso, como el héroe que vuelve de la hazaña sano y salvo.
Lomëa volvía de la ronda de cacería a la cual la había enviado Náredhel. Con ella venía el humano, Hwakafelda. Tenía un brazo bañado en sangre húmeda. La elfa había compartido medio viaje conversando trivialidades con el humano con el que, creía, nunca se entendería. La otra mitad, tuvo que soportar su cuerpo dormido sobre su espalda, con movimientos y sonidos que no pudo saber si eran intencionales, Bohr estaba herido, y era lógico que necesitara descansar. Pero: ¿por qué no lo habría hecho caminar el tiempo que pudo? pensó.
Fastidiosa, lo despegó de su nuca e intentó despertarlo. Bohr despertó algo débil: - ¿Ah, tú?? ¿Que hacés delante? ¿Que haces aquí?-
-Ya recordarás, pero ya salte de ahí Bohr.- Y se bajó ella primero. Y luego hizo ademán de ayudar al humano a bajar, pero él pudo solo, así que alejó sus manos de esa bestia.
Ambos caminaron por el Bosque, Bohr se fue acomodando. -¿Llegamos a Sornosunë? ¿Y donde estuve durante el viaje?- Ella ni lo miró frunciendo la frente con irritación. Él sonrió de soslayo.
Un elfo apareció a distancia prudencial. - Dama Lomëa...- dijo.
-Muy sagaz, Hellyanwë. He regresado, avisa en el palacio que he cumplido.-. El Yarëar se retiró asintiendo, velozmente desapareció entre verdes y marrones.
Mientras fueron acercandose a I Ando Yarëaiva vieron demasiado movimiento militar fuera de lo normal. Algo aquel elfo de la Guardia no le había dicho a la Dama de Sornosunë, pero ella se reservaría la curiosidad hasta hablar con alguien del Alto Mando, o hasta llegar a Naredhel misma.
El problema era la presa, que se detenía demasiado a observar los preparativos para una supuesta batalla.
- ¡Bohr, vamos, te espera un juicio, no quiero esperar!- Esas palabras fueron casi un berrinche para descargarse contra el pesado viaje que aquel hijo del Señor de los Alados le había hecho pasar.
Naredhel Anariel
La Reina miró fijamente a los ojos del Noldo. Muchas cosas habían pasado juntos, desde que mucho tiempo antes se encontraran el los bosques profundos que separaban las Tierras Guardadas por Melian, de aquellas enormes y oscuras gargantas de miedo. Pero aún a veces llegaba a sorprenderla. Naredhel alzó una ceja, y una irónica sonrisa apareció en sus labios.
- Parece ser que has vuelto a recordar tus quehaceres coditidianos, Lyshiön.
El elfo permaneció serio un momento. A veces había que dudar del humor de la Reina. Y más en momentos como aquellos, cuando su rostro reflejaba un humor relajado, pero sus ojos permanecían fríos, imperturbables.
- No creo que la urgencia de tu llamado sea para hacerme reproches... - dijo el noldo con una sonrisa a su vez, dejándose llevar por el buen humor de ella. Y entonces el rostro de la Reina cambió de pronto, como un tornado que irrumpe en un día de brisa fresca.
- No es así, ni mucho menos - respondió ella - Pero acaso sea esa una cuestión para un nuevo llamado ... en algún otro momento.
Lyshiön perdió la sonrisa, y recuperó su actitud sería y distante.
- Creo que ya sabes por qué te he llamado, Maestro de Armas. No hay secreto en Sornosunë capaz de permanecer encerrado tras estas habitaciones, y si tan ansioso estás de volver a tus obligaciones, parte de inmediato. Pero has de saber que esta vez, yo misma marcharé al frente de batalla.
Lyshiön pareció soprendido. Quizás lo estaba. Podía ver la pregunta fija en su mente. ¿Cuántos años habían pasado desde que Naredhel dejara las armas para dedicarse por entero a sus deberes sacerdotales? Quizás para él, entrenado día a día en el arte de la guerra, parecía ahora algo absurdo y completamente descabellado. Pero el elfo no dijo nada, y cualquier objeción que tuviera al respecto la guardó para sí mismo.
La puerta de la sala se abrió, y un soldado entró raudo y susurró unas palabras a su oido, y se marchó tan rápido como había llegado.
Anariel cerró los ojos, y exhaló un suspiro de exasperación.
- El príncipe de los Varnalië ha llegado. Lömea ha cumplido su misión.
Y se levantó para prepararse a recibirlos.
Lyshiön Morkarendîl
La última parte de la conversación había desconcertado sobremanera al Noldo, mientras paseaba por los Jardines de Palacio, y recapacitaba sobre su entrevista. Chocaba con sus deberes sacerdotales, pero si tal era la voluntad de la Reina de Heren Fanyarëa, habría de cumplirla. Desde luego, nunca se le había dado mal el arte de esgrimir la espada, al contrario. Con estos pensamientos rondándole por la cabeza, se dirigió al Capitán de la Guardia de la Ciudad, y le dijo:
- Has de reunir a todas las tropas disponibles en el menor tiempo posible. Los vientos de la guerra soplan en nuestra dirección, y temo que sea inevitable el enfrentamiento.
El Capitán respondió:
- Así se hará, Maestro de Armas.
Lyshiön, con paso firme, se dirigió de nuevo a palacio, y paró en los Jardines. De que manera le recordaban a Valinor, y a los prados verdes y cielos colmados de estrellas, y una belleza tan inconmensurable que hacía sangrar el corazón del Noldo. Este, con la luz de los Valar aun brillando en los ojos, avanzó con lentitud hacia la escalera principal, y se perdió en la oscuridad.
Bohr Daedth
El peligro era inminente. Más informes habían llegado de la frontera del Oeste. Más allá de La Fernëa, cruzando el Númatuinë (o Númenyatuinë), se seguían formando las criminales tropas de un enemigo desconocido, aunque probablemente tenía sus raíces, o al menos sus ramas, entremetidas dentro de Fanyarëa.
Estaban el bastardo del Señor humano que merecía un juicio, o tal vez una condena directa por dañar al Heredero, eso era urgente, no habría justicia hasta que esto no ocurriera, pero una invasión podría ser devastadora, y no cabría ninguna justicia si los invasores llegaban a las ciudades. Y aún peor si mataban gente ramalië.
No había aún señales desde Felekgathol ni desde Nestnwelath, había que partir con las fuerzas de Sornosunë y enfrentar al enemigo. Los Yárear Rámar no eran guerreros por naturaleza, habían dedicado su vida al placer y poco se habían enfrentado a enemigos. Pero su bruta capacidad había sido mejorada por la instrucción de los llegados más tarde, Náredhel, Lyshiön y Erestor junto con los pocos que los siguieron desde más allá de las montañas.
Era hora de encaminarse hacia el poniente y combatir. Náredhel estaba lista y dio la orden. Era parte de Lyshiön Morkarendil y de Lomëa Utyelnaikë ahora. Evitar el derramamiento de la propia sangre era la segunda consigna...
La primera era detener y si era necesario destruir a quien pretendía eliminarnos.
[Editado por elessurendil el 22-05-2006 12:38]
Lómëa Útyelnaike
Lómëa había conferenciado con Naredhel al poco tiempo de llegar con el Varnalië a Sornosunë, y se había enterado de la inminencia de un enfrentamiento en las fronteras. Por eso ahora se hallaba en el nivel inferior de la ciudad, observando con mirada atenta los preparativos que hacían las tropas. Pronto estarían listos, y marcharían a las fronteras del país.
Sin embargo, nubes oscuras se cernían sobre los pensamientos de la Yarealië. Suspiró. Tanto tiempo se había preparado para esto, para el día en que pudiera blandir una espada por su gente...y por ella misma, claro. Por el legado de Vilwë y el sacrificio que significó tener un nuevo hogar. Bien, era este el momento de sacar a relucir lo único que le provocaba alguna pasión, que la rescataba de su apatía: el combate, la guerra. Naredhel cabalgaría al frente del ejército, y Lyshiön y ella a su lado.
La elfa dio media vuelta y tomó una escalera que ascendía al nivel superior de la ciudad que, en esos momentos, parecía mas un hormiguero, sumergido en un intenso frenesí de preparativos para la partida de las tropas. Se esperaba la llegada de los ejércitos de Felekgathol y Nestnwelath, pero no se sabía a ciencia cierta cuánto tardarían.
Sus pasos hacían eco en el pasillo iluminado por antorchas que llevaba a su habitación. Una vez allí, comprobó por enésima vez que todas sus cosas estuvieran a punto y, mientras revisaba aquí y allá, otro pensamiento invadió su mente. Bohr Daedth, el \"prisionero\" marcharía también a la guerra. Pero, siendo lo que era, ella tendría un ojo puesto en el Fírima, porque sencillamente, no confiaba en él.
Lómëa se calzó un sencillo peto por toda protección y se ajustó la vaina de Nyérë. Colgó a su espalda a Nurtaina con su carcaj rebosante de flechas y, tomando su yelmo de encima de su mesa, salió de su habitación y se encaminó otra vez al nivel inferior. Allí se reuniría con Lyshön.
La excitación empezaba ya a fluir por sus venas, lo cual no quería decir que no sintiera temor. Claro que lo sentía, pero no a las heridas o al entrechocar de espadas, o a la muerte. Su miedo era morir en vano, morir sin haber cumplido un propósito, y sabía que si sobrevenían otras batallas, siempre conservaría ese temor.
Morir y ser olvidado.
Lyshiön Morkarendîl
El Noldorin observó como Lómëa se alejaba en dirección a los pisos superiores, y con la mirada puesta en los preparativos para la batalla, se sumergió en sus pensamientos. Anhelaba salir de aquella atmósfera cargada de intrigas políticas y encargos absurdos, y partir hacia la lucha, y empuñar a Morisil una vez más para anegar el campo de batalla con el Veneno de Ungoliant. Asió con la mano derecha la empuñadura de la espada, y su tacto frío lo reconfortó. Pronto mancharía sus manos con la sangre de los enemigos, y pronto se vería calmada su ansia.
Lyshiön bajó de la elevación natural desde donde había estado observando como se preparaban sus guerreros, y caminó entre sus filas, ajustando una cota de malla por aqui y un yelmo mal colocado por allá. Cuando llegó al final de la larga hilera, observó el panorama, y sonrió satisfecho. Dejando a los guerreros a cargo de Ilîok, uno de los guerreros de mayor rango, se dirigió a sus aposentos. Tenía que preparar varias cosas.
Abrió la puerta de su dormitorio, y un tenue perfume de petalos de rosa invadió su nariz. Alguien había colocado alli un ramo de grandes rosas rojas, seguramente un sirviente. Se acercó a la cama, y soltó su espada encima de ella. Adelantó el brazo derecho, y pronunciando una extraña letanía, empezó a girar la mano en círculos concéntricos, aunando poder alrededor de la espada, e introduciéndolo en ella. Este conjuro no duraba mucho tiempo, pero una vez realizado, pocos igualarían la rapidez del Noldo, ya de por si bastante importante. Sonrió ante un trabajo bien hecho, y bajó silenciosamente los peldaños que le conducirían a la guerra.
Alkalabrindeth
Eligió la misma habitación que ocupara tiempo remoto. El lugar estaba igual de como ella lo había dejado, aún había varias de sus pertenencias, pero ella no les dio la más mínima importancia, por ahora sus recuerdos estaban más lejos de sus pensamientos.
Después de una refrescante ducha, sólo pudo comer un poco, el apetito estaba desvanecido a pesar de las largas horas que tenía sin probar bocado. lo único que tomó fue una lemba para evitar que sus fuerzas desfalleceran, y bebió un tanto de hidromiel, pero ni siquiera esta embargante bebida pudo disfrutar, sentía aún la garganta reseca, la situación le ensombrecía la tranquilidad y la mente.
Cada segundo era desesperante, ahora más que nunca sentía que el aire se enviciaba de pasividad, y esto la asfixiaba, aunque todo esto no era más que parte de la niebla que cubría sus pensamientos, pues todo Sornosunë estaba en movimiento y preparándose para la batalla.
De pronto ya no pudo soportar más y salió presurosa de la habitación, caminando por el pasillo, se topó con Lómea, venía subiendo por las escaleras. Alkalabrindeth la miró sorprendida, no esperaba enfrentarla tan pronto, sin embargo, Lómea no se inmuto, su rostro reflejaba una preocupación más importante.
- Creí haber escuchado que no estabas en la ciudad... -dijo Alkalabrindeth con tono inseguro- pero me alegra encontrarte, hay tantas cosas pendientes... sin embargo no es el momento. Debes saber que no fui tu rival en el amor de Vilwë... sólo la lástima me abrió las puertas de su palacio, mas no su corazón. -al decir esto inclinó levemente la cabeza, y el brillo de sus ojos se vio de pronto nublado.
Era curioso, como el orgullo de Alkalabrindeth la mantenía firme y fría ante la mayoría de los ramalië, sólo los pocos que la conocían, podían darse cuenta de la forma como sufría por su propia terquedad. Pero con Lómea, era diferente, a pesar de haber crecido en el mismo palacio y bajo la protección del mismo rey, nunca habían sido amigas, tal vez por el encierro mental de la medio elfo, la cuestión era que sólo con ella doblegaba su orgullo, sólo con ella era capaz de la humillación, quizá veía un poco de Vilwë en ella. Era posible que los sentimientos de Alkalabrindeth fueran erróneos, tal vez Lómea jamás la vio con ningún rasgo de coraje, pero la medio elfo así lo creía, aunque lo más probable es que ella misma quisiera justificar el distanciamiento que sólo ella misma había provocado.
Lómea la observó en silencio y después de pasar un estrago, Alkalabrindeth concluyó -después de todo él hizo mucho por mi, ahora iré con ustedes a la guerra... -y sacando el látigo que colgaba de su cinto, lo estiró haciendo una reverencia- ... pongo a vuestra voluntad mis servicios.
Lómea vio con compasión estos actos y antes de dar media vuelta y desaparecer en sus andanzas, le dijo: -Seas bienvenida Alkalabrindeth hija de Valglin, que tu empuñadura consiga grandes victorias en el nombre del rey, y comparta a mi lado renombradas hazañas.
Ese día Alkalabrindeth se sintió dichosa.
Erestor Fëfalas
La batalla cada día estaba más y más cerca. Los preparativos se preparaban de forma ordenada pero extraordinariamente rápida y eficaz. Cientos de soldados, con sus armaduras brillando bajo la luz del sol se preparaban para combatir a aquellos que habían osado mancillar las tierras de los ramalië con la traición.
Lyshiön había realizado durante mucho tiempo el trabajo de maestro de armas y se notaba como sus tropas estaban perfectamente entrenadas.
Erestor vió todo esto y se sintió alegre al ver la perfección en el trabajo de su hermano.
Pero quizás eso no fuese suficiente, tal y como se podía concluir tras la decisión de la gran sacerdotisa de ir a esta guerra, se intuía que no sería una batalla más, sino un encuentro con la muerte del que todavía nadie podía ni siquiera intuir de que lado se decantaría la balanza.
El noldo comenzó a regresar a palacio donde tenía un dormitorio preparado para su hospedaje con sus pensamientos en el oeste, donde sabía como su propia raza le había fallado y donde no encontraba el momento de demostrarles a aquellos traidores lo que significaba la traición a su pueblo. Tal ocupación tenía en su mente esos pensamientos que no se percató de la presencia de Alkalabrindeth y Lómëa hasta que estuvo a pocos pasos de donde ambas se encontraban.
Al oir las palabras que se dirigieron Erestor se quedó totalmente extrañado, no sabía a que se referían cada una y en verdad tampoco era de su incumbencia, por lo que decidió apartar ese tema y relajarse en su habitación.
La batalla estaba cerca y quería llegar en la plenitud de su capacidad a ella
Bohr Daedth
Era una situación extraña. Bohr había sido llevado de aquí para allá mientras se organizaban las tropas, con custodia. No tenía ataduras, alguien había decidido que iría también hacia el oeste, no se desperdiciarían guerreros, pero lo mantendrían vigilado y al primer indicio de rebeldía o traición le cortarían la cabeza.
Quien sea que hubiese dado esa orden había sido algo ingenuo, se le había pasado por alto que... alguien de este lado de la trinchera, con la suficiente deslealtad podría tener algún interés en eliminar al príncipe bastardo, y que se le estaba dando una sensacional excusa. Más aún cuando siete soldados eran los que lo rodeaban constantemente. Aún peor, al joven esa idea aún no se le había pasado por la cabeza.
Los Yarear Ramar eran distintos a los suyos, pensaba. Se preparaban para defenderse, no para atacar. De él se apreciaban su destreza en campo abierto y en alturas, y en la cacería, generalemente era la propia manada la que atacaba, Bohr ciertamente no era muy diestro en estrategias...
Las hileras de elfos se movían ya.
- ¿Quiénes son?- preguntó por octava vez a uno más de sus vigilantes. El elfo alto, el más alto del grupo, lo miró con aversión pero habló con moderación.
- Hombres. Del Oeste. No se sabe que quieren, no hemos podido hablar con ellos. Atacan a todo lo que se les acerca.- Y miró a otra parte.
- Vamos. - Dijo otro guardia. Estos guardias serían sus compañeros. Bohr tenía una chance. Iría a una guerra junto con elfos. Y lucharía por ellos. Aunque entendía, iba comprendiendo, que esto amenazaba todo Fanyarëa. Heren Fanyarëa estaba despierto, y aunque aún fuera muy tonto para asimilarlo, él era parte de la gran Orden de los Cielos.
Se movió, un enemigo aguardaba.
- Siguenos humano!- Dijo el elfo de los talam que le mantenía alejada la espada atigrada de concha blanca.
Pasó aquel al frente, luego otro, luego dos más. Las armaduras de los Yarear destellaban como elfos que eran. Él había optado por algunas partes solamente, pechera, antebrazos y muslos. Marchaba el elfo alto con el que pudo \"comunicarse\". Uno y otro. Luego uno. Y marchó también otro, no era una sombra. Y ésta se movió violentamente hacia el último, no, venía hacia él, que giró y se irguió en guardia.
No había nadie, sólo la mancha que las antorchas proyectaban de su cuerpo sobre el suelo.
Lómëa Útyelnaike
La elfa seguía con la vista los movimientos del hombre al cual custodiaban un grupo de soldados elfos. Aunque él no la viera, ella no separaba mas de un instante sus ojos de la figura humana.
Lómëa se volvió hacia el lugar donde una larga fila de soldados se preparaban para marchar hacia la puerta principal. El resto del ejército saldría por otros túneles que llevaban al exterior.
Echó un vistazo y pudo ver a Lyshiön, ya subido a su caballo. A su lado se hallaba Naredhel, resplandeciente como siempre; la sed de batalla se reflejaba en sus ojos. Erestor, hermano del Maestro de Armas, hablaba en ese momento con la medio-elfo que se había cruzado en uno de los pasillos hacía más de una hora. Alkalabrindeth, se llamaba. Sobradas pruebas tenía de su destreza bélica y de su lealtad, pues la había conocido en épocas más felices que ésta. Vilwë la había tomado bajo su protección y habían compartido parte de sus vidas en esa misma ciudad, hasta que ella partió, ausentándose durante mucho tiempo. Había cambiado, sí, pero ¿quién permanece incorruptible al tiempo?
Naredhel taconeó su caballo y comenzó a avanzar por un ancho pasillo que los llevaría hasta una salida camuflada, cerca de las puertas de la ciudad. Le seguían Lyshiön y Erestor, con Alkalabrindeth detrás. Más alejados, marchaban ya Bohr Daedth y sus vigilantes. Hísië siguió a la columna.
Fuera, las nubes oscurecían el brillo de la luna. Una quietud total se cernía sobre el bosque y el aliento de los caballos formaba nubes de vapor grisáceo.
En silencio, las tropas marcharon con sus dirigentes delante. Lómëa aspiró el frío aire nocturno, acarició el cuello de Hísië y siguió a los demás.
El ruido de las puertas de piedra al cerrarse rompió por un momento la sobrenatural quietud. Después, todo quedó en calma otra vez.
Naredhel Anariel
Meses después....
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La figura embozada apenas se distinguía en la oscuridad. En el silencio de la noche atravesó la plaza real, y se deslizó entre las calles desiertas.
Era medianoche, y Sornosunë dormía. Un rizo dorado escapó de la capucha oscura, pero no le dio importancia. No había nadie a la vista. Cuando llegó a las puertas escondidas que daban al bosque, el aire frío de la noche fue quien la obligó a arrebujarse bajo la capa.
Miles de estrellas centelleaban en un cielo sin una sola nube, pero la luna hacía días que descansaba de su eterno peregrinar. A pesar de ello, sintió la sombra que oscurecía el cielo un instante.
Había un claro en Taur-Fernë. Se había formado en torno a un grupo de rocas blancas. Algunos decían que eran los huesos fundidos de las Águilas Sagradas. Pero ella sabía que eso era pura superchería. Claro que nunca se había preocupado de desmentirlo.
La sombra descendió. El Águila se posó sobre las rocas, y ambas se quedaron mirando fijamente durante un instante. Después, Naredhel le tendió el estuche de cuero del que colgaba una cinta roja. El Águila abrió las enormes alas, y alzó el vuelo, tomando delicadamente el estuche.
Estaba hecho. Mientras volvía a sus aposentos reales, los pensamientos de Naredhel viajaban junto con el Águila. Rumbo noreste.