La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Felekgathol, Ciudad De Los Russan Rámar

2007:05:06:21:59:48

Gimbur

A mitad de ascensión de Orod Aina \"La montaña Sagrada\" se encuentra la ciudad de Felekgathol (s. \"Fortaleza de la Roca Tallada). Concebida como morada de los Russan Rámar y a su vez como bastión para defender Yarea Ramarëa, el santuario de los Ramalië.

La arquitectura de Felekgathol sigue los estandares enanos, y basicamente consta de 3 plantas que cruzan Orod Aina por dentro. La entrada oeste esta formada por un túnel que parece salir de la montaña y esta tallada en la misma roca de esta. Un inmenso arco de piedra decorado con motivos de los Ramalië corona el túnel. No consta de puerta, ya que de este costado los Russan nunca esperan ver llegar enemigos, que de cualquier forma, no conocen las trampas instaladas en el túnel de entrada.

El colosal portal de la entrada este permanece abierto en tiempos de paz y de él salen dos carreteras que se dividen hasta llegar a Laverëss, Tyalval Saessë, Hon y Osto Fendassë; las ciudades orientales de Heren Fanyarëa.

Gimbur

El nivel superior, y primero, de Felekgathol aloja las estancias de reunión de los Russan Ramar, fuentes y adornos embellecen la ciudad subterránea, incluso hay árboles plantados por los elfos en el patio de la entrada este. La sala del trono y el salón del reuniones son el punto central de este nivel.

El segundo nivel, el intermedio, es donde tienen sus habitaciones los habitantes de la ciudad, también incluye las armerías y los recintos donde se guardan las numerosas (e inmensas) máquinas de guerra de los Russan.

Por último, en el nivel más profundo se encuentra los talleres de forja, la sala del conocimiento (lugar habitual de reunión para los ingenieros), y los almacenes, que incorporan un sistema de ascensores para subir los suministros necesarios al segundo o primer nivel.

Todos los niveles constan de pequeños ventanales por los que se filtra la luz natural y el aire. Los Russan también inventaron un sistema por el cual canalizaron todos los manantiales naturales que había bajo la montaña de manera que hay diversas fuentes por todo Felekgathol de las cuales se puede extraer agua potable.

[Editado por udalraph el 15-04-2006 00:28]

Alkalabrindeth

Agotada de cabalgar día y noche, llegó por fin a la puerta Este de Felekgathol. Permanecían en la entrada dos enanos vigilando las carreteras y caminos. Alkalabrindeth bajó de su caballo y se acercó al más joven de ellos que la miraba deleitado por su belleza. Con una sonrisa en los labios ella preguntó:

- Aiya buen enano! podrías anunciar a tu amado rey que Alkalabrindeth, hija de Valglin, está aquí?

- Claro, claro mi señora... acompáñeme por favor. Apresurado dio media vuelta y corrió hacia el interior. Alkalabrindeth le sonrió amistosamente al enano que se quedaba y siguió tras del primero.

Adentro Alkalabrindeth admiró el lugar, el enano le pidió que aguardara ahí mientras avisaba su llegada. Esos momentos fueron aprovechados para recordar el día en que acompañó a su padre a plantar uno de los tantos árboles que ahora crecían vigorosos en el recinto de los naugrim. Anhelaba tanto aquellos días, y a la vez los árboles le restregaban el paso del tiempo inmesurable. Tocó delicadamente las hojas del árbol y sintió más vivo la sonrisa y el tacto de su padre, como un eco que en lugar de reducir sus ondas, éstas crecen y elevan su voz, pero de pronto todo se desvaneció al escuchar las zancadas del enano que ya venía de regreso y atrás le seguía un enano de armadura más fina. El primero pasó de lado sonriéndole tímidamente y haciendo varias reverencias, Alkalabrindeth le siguió con la mirada divertida hasta que se perdió de vista. Entonces se encaminó hacia el enano de mayor investidura e hizo una leve inclinación en señal de reverencia.

- No, no, no, señora, yo no soy el rey. Me llamo Brolin y soy el jefe de la Guardia del Rey Gimbur. Y al pronunciar su cargo y el nombre del rey se manifestó orgulloso, como si hubiese crecido en tamaño.

- Sabía que no eras el rey, pero os deseo honraros. Y bien, puedes preguntar a tu señor si va a recibirme.

-Oh no, no, no, no, señora disculpe mi torpeza, pero ha eso he venido, a informarle que mi Señor, el Rey Gimbur, se encuentra en Yana Ramarëa y no sé qué tanto tardará en regresar!!

Alkalabrindeth tuvo curiosidad por preguntar a qué había ido el rey de los enanos al santuario de la sacerdotisa, pero acalló, al fin de cuentas era probable que el enano no supiera los motivos.

- Bien, querido Brolin, he cabalgado desde Laverëss sin descanso alguno. Puedo quedarme aquí en espera de tu señor?

Brolin titubeó un poco, no se sentía del todo complacido. Eran tiempos difíciles y no podía confiar en nadie, sin embargo aceptó con bueno gana.

- mmmm claro señora, sígame la llevaré al segundo nivel, ahí tenemos habitaciones donde podrá descansar, y si necesita distraerse, salga a buscarme la guiaré por los impresionantes salones de Kelekgathol, ya verá como mis ancestros trabajaron en...

Ambos se alejaron, Alkalabrindeth escuchaba distraída las historias del enano. Ella sólo pensaba en cómo sería su encuentro con el Rey.

Erestor Fëfalas

Las nubes obstaculizaban el haz de luz plateado que acompañaba a la luna en su viaje por el firmamento cuando una oscura silueta se divisó a duras penas sobre la falda de la montaña.

Su llegada no fue avisada, nadie le dió la bienvenida. Nadie se atrevía a hablar.

Todos los enanos de Felekgathol sabían que su señor tenía tratos con el elfo que tenían ante sí y que ambos se admiraban mutuamente, pero ninguna se imaginaba como habría comenzado tal extraña relación.

El viaje del noldo no fue solitario esta vez. Erestor había venido con su guardia personal, no por miedo a asaltantes ni enemigos que hubiesen venido a buscarle, sino simplemente porque se avecinaban tiempos de guerra, momentos en los que siempre era aconsejable ir preparado allá donde marchases.

A una voz de su capitán, los elfos allí congregados rompieron filas, descendieron de sus monturas y dejaron a los sementales, negros como las mas oscuras mazmorras de Utumno, paciendo la hierba que en aun en aquella altitud crecía en los alrededores de Felekgathol.

Erestor tambien dejó su caballo y se dirigió hacia el interior de la ciudad de los enanos. Caminó con paso firme y seguro por los corredores, sin dirigirse a nadie puesto que Erestor seguía sin tener buena estima de los enanos, con la excepción de su rey.

Por fin descendió al segundo nivel de la ciudad y como tantas otras veces se entretuvo contemplando aquella obra de arte. Los enanos nunca creía que los fuese a tener en buena estima, pero había que reconocer la calidad y belleza de su obra. Pero sus ojos seguían frio como el hielo y su paso se reanudó camino a las habitaciones que su capitán Gimbur siempre tenía dispuestas hacia él, aunque en la mayoría de ocasiones Erestor prefería el aire libre a l oscuridad de la caverna.

Cerca estaba de alcanzar su meta cuando una sombra se cruzó en su camino, deteniendose justo en frente de él.

Ya tenía la mano en la empuñadura de una de sus cimitarras cuando el elfo reconoció lo que allí había, y sus rasgos se suavizaron despues de tanto tiempo ...

Gimbur

- Mi señor, ha llegado el señor Erestor. También se presentó una elfa mediada la mañana, le di alojamiento en el nivel de los invitados, se trata de Alkalabrindeth, hija de Valglin. Espero haber obrado bien señor.

- ¿No es la medio-elfa de la que me habó Morlith?- se preguntaba a si mismo Gimbur. Había conocido al elfo ermitaño en uno de sus viajes por las fronteras de Fanyarëa, y le extrañó sobremanera cuando le dijo que una medio-elfa de la estirpe de los Ramalië era su protegida. Después de ordenar sus pensamientos se dirigió a Brolin.

- Por supuesto Brolin, no podrías haberlo hecho mejor. Manda al servicio que traiga bebida y víveres a la sala de reuniones y que no nos moleste nadie. Después retírate a descansar, ya que mañana vendréis tú y los dos capitanes, con Erestor, su guardia y yo mismo. Nuestro deber con los Ramalië nos llama.

- Así haré mi Rey.

Gimbur bajó las escaleras y picó a la puerta de Erestor. Una voz grave respondió en tono amenazante:

- ¿Quién osa molestarme a estas horas?

- ¿Quizá el delicado elfo tiene sueño y está cansado por un paseo a caballo?

Una carcajada precedió la abertura de la puerta - ¡Oh, por todos los demonios de Arda, Gimbur ! ¿Por qué nunca te presentas como es debido?

Los dos amigos pusieron sus brazos sobre los hombros del otro en un sincero gesto de camaradería.

- Acompáñame, tengo una visita, ¿conoces a Alkalabrindeth? Mientras te explico lo que me ha dicho Naredhel, la he visitado hoy.

Elfo y enano cruzaron el segundo nivel en dirección a los aposentos de las visitas mientras el enano le resumía su encuentro con la sacerdotisa.

[Editado por udalraph el 26-04-2006 18:20]

[Editado por udalraph el 26-04-2006 18:21]

Alkalabrindeth

Antes de la llegada del Rey Gimbur, Alkalabrindeth y Erestor Fëfalas ya se habían visto. Ambos se asombraron y se reconocieron a pesar del tiempo que tenían sus caminos separados... pero Erestor no se lo mencionó a Gimbur, y juntos avanzaron a la habitación de Alkalabrindeth.

Ella caminaba a paso lento, recorriendo su recámara, sintiendo el frío cálido del suelo en sus plantas desnudas. Meditaba muchos pensamientos, pero había uno principal que la atormentaba ¿Qué hacía Erestor ahí? su llegada sólo le indicaba que se avecinaba la tempestad... algo más extraño que sus impulsos estaba cambiando las cosas para los ramalië...

De pronto, se detuvo, y una sonrisa de satisfacción figuró en su rostro, ya no importaba el qué, lo grandioso era que tal vez más pronto de lo que creyera en un principio, la guerra tocaría a sus puertas. Como una ironía insaciable, el destino llevó al enano y al elfo llamar a su puerta justo cuando ese pensamiento le cruzaba en la cabeza.

Alkalabrindeth abrió la puerta y se topó con dos peculiares figuras, una alta y bastante conocida, y la otra pequeña pero lo suficientemente noble y orgullosa como para descifrar que se trataba de Gimbur, el único entre los ramalië que había entablado amistad sincera con Morlith, además de ella. El enano realmente era como ella lo imaginaba, por lo que con una amable sonrisa y reverencia, saludo a los llegados.

- Es un placer conoceros Rey de los Russan Rámar, hijo de Drainbur, el más honorable y fiel de los ramalië, según me ha dicho Morlith. Y con esto, miró de reojo al elfo, sonriéndole con cierta complicidad. - Yo soy Alkalabrindeth, hija de Valglin, he venido a buscar su ayuda y su consejo. Aunque al decir esto, desvío la mirada, pues era difícil que su corazón aguerrido e impaciente aceptara consejo.

Al parecer el enano no se percató de esto, él tenía más ansias de hacer a un lado las formalidades y llevárselos a la sala de reuniones, para celebrar un adecuado festín a sus invitados, escuchar lo que tenían que decir y exponerles las nuevas noticias... pero Erestor Fëfalas, uno de sus pocos amigos de antaño, sí lo notó.

[Editado por IndisElbereth el 26-04-2006 23:01]

Erestor Fëfalas

La expresión en la mirada de Alkalabrindeth divirtió a Erestor. Siempre había sido como ahora mismo era, una medio elfa orgullosa, que sabía aceptar un consejo ... siempre y cuando ese consejo fuese lo que ella tenía pensado hacer.

El rey enano, ajeno a todos los pensamientos que en la mente de sus compañeros se agolpaban, los mandó avanzar por medio de corredores alumbrados con antorchas hasta el gran salón de celebraciones, diciendo que esto era una buena ocasión para celebrar una fiesta para sus amigos.

Tampoco esto sorprendió al elfo, para el enano cualquier momento era bueno para celebrar una fiesta y beber cerveza hasta acabar con la dignidad tocada.

Así pues, las mesas se llenaron de manjares, las jarras estuvieron llenas a rebosar y el rey, tras un corto mensaje a todos los reunidos junto a él, cogió un buen pedazo de carne de ciervo y se lo llevó a su enorme boca, lo que al instante comenzó a hacer brillar su barba por la grasa en ella derramada.

Recordaba vagamente como conoció a aquel extraño enano, que ahora mismo parecía el más torpe de todos los de su raza allí reunidos, pero que era rey porque en verdad estaba escrito que ese era su destino.

Tozudo como el que más, sabía usar bien los consejos que le daban, tenía una mente despierta, perspicaz. Y sobre todo, pocas cosas se le resistían en el campo de batalla.

A su lado estaba Alkalabrindeth, por el momento callada, pensativa, quizás viendo como se desarrollaban los acontecimientos sin querer interferir demasiado pronto. Así era su forma de actuar, lógica y calculadora.

En verdad el Noldo no podía haber elegido mejor compañía para esa noche. Lástima que al finalizar la velada tendrían que discutir sobre el futuro de su querida nación. Para eso ambos huespedes estaban allí.

Pero eso sería más tarde, ahora las mesas se estaban apartando dejando el centro para que los allí reunidos comenzasen a bailar.

¿Alguno de ellos lo haría?

Gimbur

Gimbur se levantó de su silla cuando se retiró el servicio. Sin mirar a los invitados ni decir nada, se acercó a una repisa de mármol y cogió una pequeña y finamente tallada caja de madera. Tras volverse a sentar y estirar las piernas, abrió la caja y sacó lo que para él era el final ideal de cualquier comida, su hierba para pipa, que los enanos plantaban en las praderas bajo Sorontarma.

El enano metió un montocito de hojas en la cazoleta y se las encendió con una vela que había en una mesa próxima. Tras soltar la primera bocanada de humo con un sonoro bufido se dirigió a sus dos compañeros:

- Amigos míos, la situación es grave. Vosotros, más que yo mismo si cabe, estaréis al tanto del alzamiento de cierto sector noble de Sornosunë contra Naredhel - miró a Erestor y Alkalabrindeth, como esperando su aprobación. Los dos asintieron con la cabeza.

- Pues bien, la locura parece haber nublado la mente de esos ineptos ya que según Naredhel, ¡han firmado alianzas con los hombres salvajes del oeste! - La cara de Gimbur se torció en una mueca de desagrado.

- Al enterarme me he enfadado mucho, y la sacerdotisa me ha propuesto que un pequeño grupo viaje a la fontera occidental en busca de respuestas. Creemos que el sigilo es importante, por lo tanto deberá ser un grupo poco numeroso, pero a la vez capaz. Así que decidme, ¿cuál es vuestra opinión?

Gimbur se recostó en la silla, y aspiró nuevamente de la pipa. El humo se enroscaba en formas inverosímiles alrededor de la habitación, y el enano se abstrajo en sus pensamientos mientras lo observaba. A su lado Alkabrindeth y Erestor lo contemplaban pensativos...

[Editado por udalraph el 28-04-2006 15:30]

Alkalabrindeth

Y mientras la habitación seguía llenándose de humo, la mente de Alkalabrindeth se despejó y fue la primera en inquebrantar el silencio violado sólo por las grandes bocanadas.

-Bien, haz dicho más de lo que esperaba. No está oculto a nadie lo que mi corazón desea, pero por ahora haré a un lado la petición que venía a haceros, y si me lo permites, quiero ser vuestra acompañante. Haz de saber que estoy preparada para cualquier cosa.

Por breves instantes, los dos permanecieron inmóviles después de escuchar sus palabras. De pronto Gimbur se inclinó hacia la mesa dando un gran golpe, mostrando su impetuosa emoción, y sin dudar de lo que ella habló, dijo:

-Me alegra que no sea yo al único que le indignan estas cosas ¡¡Bienvenida a la misión!! Pero en seguida dirigió su mirada cuestionadora hacia Erestor. El elfo seguía sin demostrar ningún asombro, el enano ya conocía su respuesta, pero se impacientaba por escucharla de su propia voz.

Alkalabrindeth intuía que esta misión tarde o temprano, desencadenaría su deseo y concluiría la pasividad de los ramalië. O en todo caso, le ganaría la confianza del rey Gimbur y la sacerdotiza, por lo que después no le negarían su ayuda... Abandonó sus pensamientos al percatarse de la situación, Gimbur había puesto nueva hierba a su pipa, y su desesperación ya era más que evidente, entonces Alkalabrindeth recorrió su mano lentamente por la mesa, y tocó la mano de Erestor, quien reaccionó y voltió a verla. Alkalabrindeth

dirigió su mirada pasiva y discreta señalándole al enano, Erestor vio entonces el gesto de su amigo y soltó una agradable carcajada...

[Editado por IndisElbereth el 29-04-2006 02:29]

Erestor Fëfalas

Esa mano le devolvió a la realidad de sus oscuros pensamientos.

Mirando al rey enano y viendo su mirada interrogativa tuvo que soltar la carcajada. ¿Acaso necesita palabras una respuesta tan sumamente clara?

- Gimbur, por algo me he traido a la élite de mi guardía. Sabía hasta cierto punto lo que se estaba llevando a cabo y me imagine que no podría darse el caso de que tuviesemos que actuar.

Y haciendo un amplio gesto con las manos le dijo: - Y como comprenderás, esa misión no la vamos a poder realizar con más enanos que tú mismo, aunque tengo la esperanza de que no escuchen tus pasos a más de cien leguas.

El rey, orgulloso incluso entre los de su raza le miró con cara ceñuda y hasta cierto punto enfadada, aunque tras unos segundos comenzó a reir con ganas y mirando al elfo gritó.

- Nunca cambiarás elfo, siempre creyéndote tan superior a los demás. ¿Acaso necesitas que te demuestre con mi hacha lo que podemos hacer los enanos además de un gran ruido con nuestros pasos?

Tras esto el elfo le volvió a sonreir. Sabía de lo que eran capaces aquellas callosas manos y no tenía ningún interés en volver a verlas en acción ... al menos contra él.

Tras esto, miró a Alkalabrindeth y admirando la enorme belleza que pocos entre su raza podían conseguir se sintió embargado por una agradable sensación de tranquilidad.

Pocos podrían igual una compañía como la suya. Bella y terrible, dura y agradable. Quizás el enano no sabía lo que podía conseguir Alkalabrindeth, pero Sincarion estaba muy al corriente y tenía ganas de, tras mucho tiempo de estar sin observarla, poder contemplar a la elfa en acción de nuevo.

Así que sintiéndose impaciente porque ocurriese el nuevo día, les dijo a los presentes:

- Creo que será mejor que descansemos por hoy - y mirando al enano con una sonrisa continuó - o quizás mañana más de uno sienta un terrible dolor de cabeza que le hará ser todavía más torpe de lo que normalmente lo es.

De esta forma todos dieron su consentimiento y se levantaron de sus sillas, comenzando a marcharse cada uno a los aposentos que les habían sido otorgados.

El día siguiente prometía ser un día peligroso, pero quizás fuese un calentamiento contra todo lo que comenzaba a moverse en todos los territorios de Arador.

Alkalabrindeth

Alkalabrindeth, por primera vez en mucho tiempo tuvo un sueño placentero y profundo, no le inquietó en lo más mínimo la situación a la que habrían de enfrentarse al día siguiente... por primera vez descansaba de las penurias que le ocasionaban sus propios ímpetus.

El día nació con un impresionante crepúsculo, y la guardia de los enanos cambiaba sus posiciones. El eco de sus pasos resonaba en los pasillos, y Alkalanbrindeth abrió los ojos, las gemas del candil brillaban tenuemente, su luz la transportó a una sensación de paz, sentía la dicha brotar de su corazón.

Se levantó y volvió a sentir la templanza del piso en sus pies, entonces su cuerpo se vigorizó, y ella suspiró. Tomó un paquete de piel que había traído consigo, de él obtuvo un pantalón y camisa de piel, reforzado con cuero oscuro. Se quitó el vestido blanco que traía y se puso el traje de combate. En el paquete también traía el látigo con los ojos del dragón, Alkalabrindeth lo acarició, diciendo -Pronto volverás al combate querido amigo.

Cubrió el arma, se ató sus botas de cuero, tomó sus pertenencias y salió de la habitación, al recorrer el pasillo pensó en ir a buscar a Erestor, pero consideró que era mejor no demostrar su extrema ansiedad. Siguió al primer nivel y se dirigió directo al árbol, era tan esplendoroso, que sólo pudo pensar que era la viva imagen de su padre, como si su espíritu hubiese quedado arraigado en las raíces del árbol que antaño plantara, y al sentir el roce de los dedos de Alkalabrindeth respondiera con un dulce murmullo al vaivén de sus hojas. Ella sintió amor y tranquilidad, una lágrima corrió sobre su rostro... quería decirle tantas cosas al árbol... no previó la llegada del elfo con los dos caballos. Erestor tocó su hombro y sintió de nuevo que le arrebataban a su padre, pero se contuvo y voltió lentamente a ver a Erestor.

-Sabía que serías la primera en estar lista. El elfo no vio la mirada triste de la elfa, le tocó ver los destellos de ira contenida en ellos, se tornaban un azul más profundo y oscuro, pero ella contestó con sutilidad: - Veo que no soy la única ansiosa, pues hasta tiempo haz tenido para ir por los caballos. Ambos sonrieron, aunque Erestor guardó su preocupación, apreciaba a Alkalabrindeth y no le gustaba verla así.

-Vamos! Erestor Fëfalas, el día es corto. Y diciendo esto tomó las riendas de su caballo con la mano derecha, en la izquierda llevaba el paquete con la única arma que había traído, pues de momento no necesitaba más. El elfo, contestó:

-Pues no para Gimbur! creo que está probando nuestra paciencia. Ambos rieron alegremente y se encaminaron juntos al tunel de la salida oeste de Felekgathol. Erestor conocía bien los secretos del tunel.

Gimbur

- Pero, mi señor, ayer dijo que le acompañaríamos - dijo Brolin en tono de reproche.

- Es cierto, Brolin, pero si yo mismo voy, es por enterarme de lo que se cuece en la frontera. Ni siquiera mi habilidad es necesaria en esta misión, Erestor, la señora Alkalabrindeth y los demás elfos se bastarían solos. Además dos pies enanos hacen suficiente ruido, como para tener que llevar ocho.

- Como ordenéis mi Rey.

Brolin se retiró abatido, y Gimbur corrió a reunirse con sus compañeros, no sin dedicarle unos pensamientos a su guardia:

- Tranquilo mi buen Brolin y mis guerreros, pues vuestras hachas no permacerán ociosas durante mucho tiempo.

Amanecía en Felekgathol, y Alkalabrindeth, Erestor, y su guardia permanecían en la salida de la ciudad.

- Buenos días, ¡oh, Rey Gimbur!, el más dispuesto de los Naugrim - dijo Erestor en un claro tono de mofa.

- Vigila tu tono orejudo, ¿acaso no sabes de las obligaciones de un rey en su propia casa? No puedo ausentarme sin dejarlo todo dispuesto - respondió Gimbur mientras guiñaba un ojo en señal de complicidad a Alkabrindeth, que no podía evitar reírse mientras contemplaba la escena.

- Claro, ¡oh, Señor de los Russan Ramar! Si a su majestad le place podemos ponernos en marcha.

- Erestor, ¿alguna vez te he dicho que con gusto aplastaría tu apepinada cabeza de elfo contra mi martillo?

- Creo que unas 140 veces amigo, aunque es posible que sean 141...

Gimbur montó en su pony y así, entre risas, la comitiva se puso en marcha. De esta forma empezaba el viaje que durante dos jornadas llevaría a los tres compañeros a cruzar la frontera de Fanyarëa. Se dirigían a las tierras de los hombres salvajes, pasado el linde occidental de su reino con el río Feannen; pero de todas las cosas que esperaban encontrar allí, nunca hubieran imaginado hasta donde llegaba la traición que se había perpetrado entre los suyos. Cuando dejaron el bosque, dos batidores de la guardia de Erestor, comandaban el viaje continuamente, y así la al atardecer del tercer día un batidor volvía al galope de su reconocimiento y se dirigió a Erestor:

- Señor, hemos avistado vigías en las proximidades. Antes de seguir, deberíamos desmontar y avanzar dispersados.

- ¿Qué clase de vigilancia de unos salvajes nos debería hacer tomar tantas precauciones? - preguntó Alkalabrindeth, adelantándose a Gimbur y Erestor, que pensaron lo mismo.

- Hay algo más, - dijo el vigía con desconcierto - son elfos, y de la dotación de Sornosunë.

- ¿Como? - gritó Erestor - ¿es qué estos traidores no se contentan con pactar con los enemigos sino que además obligan al ejército a desertar?

- Parece que la cosa es grave, si tienen vigías elfos, puede ser que estén congregando una gran fuerza oculta en la ciudad.

- ¡Ilusos! - refunfuñó Gimbur, todo Arador se está llenando de clanes y ellos prefieren pelearse contra su propia gente.

[Editado por udalraph el 03-05-2006 19:06]

Alkalabrindeth

-Pues si así lo han decidido!! No tendremos piedad con ellos. Gritó Alkalabrindeth con una furia que sonrojaba sus blancas mejillas, y concluyendo más quedamente, hablando para sus adentros -La traición es el acto más vil e imperdonable.

Erestor desmontó de su caballo y dijo: - Iré a ver cuántos son y cómo están distribuídos, de ser necesario habrá que planear el ataque a mi regreso.

- De ninguna manera irás sin mi!. Impuso Alkalabrindeth, echándose un ágil brinco del caballo.

- Que no se les olvide quién está a cargo. Refunfuñó Gimbur, bajándose pesadamente del ponney, que se sintió aligerado, pero triste de apartarse de su señor.

Tanto Erestor como Alkalabrindeth aceptaron la compañía del enano, pues a pesar de que no era muy conveniente, sabían de ante mano que no habría poder que convenciera al rey de los Russan Rámar a que se quedara atrás. los elfos avanzaron sigilosos, como espíritus que ni siquieran osan mancillar la tierra con el tacto de sus pies, pero el pobre enano hacía extremos esfuerzos por darles alcance con la debida precaución.

Los elfos avistaron un árbol frondoso cercano y un tanto más lejos una roca que parecía cuidar el término del camino. Ahí, percibieron unas 8 figuras aposentadas sobre los pináculos de la roca. - Parece que son los de la guardia de Sornosunë, dijo Erestor mientras Alkalabrindeth se colocaba detrás -Pero no creo que sean los únicos, si planean atacar la ciudad debe haber más. -Por supuesto, pero debemos mantener la cabeza fría y planear bien qué vamos a hacer.

Alkalabrindeth no se mostró muy de acuerdo con esto, pero bien sabía que el elfo tenía razón, si atacaban en ese momento, alguno de ellos podría escapar y prevenir al resto, además de que ignoraban cuántos más había por los alrededores.

Gimbur venía detrás esforzándose por no hacer ruido, y lo consiguió a tal grado que los elfos se sorprendieron de verlo cada vez más cerca sin haber metido la pata. No cabe duda de que era el mejor de los Naugrim, por algo era el rey y señor de Felekgathol, que hubiese heredado el trono, en estos momentos era lo de menos. Los elfos agudizaron su oído, las figuras que estaban en la roca al parecer estaban distraídos charlando sobre trivialidades, tal vez en espera de alguna orden, o tal vez alistándose para acudir a su respectivo escondite y proseguir con la vigía.

Gimbur ya estaba próximo a sus amigos, cuando se escuchó el silbido de una flecha que iba dirigida hacia Erestor y con toda seguridad hubiera logrado su cometido, si el elfo noldorín, concentrando su poder en el oído para escuchar de lo que hablaban los soldados, no hubiera percibido el sonido de la flecha al colocarse en el arco y ser disparada. Por lo tanto, un segundo antes de que le atravesara sus terribles facciones, cambiadas por la ira, él desvío su rostro y la flecha sólo rosó levemente la oreja, de la cual ahora brotaba una fina gota de sangre. Ésto había arrebasado la prudencia de Erestor y con tremenda agilidad tomó su arco, sacó la flecha del carcaj y la lanzó justo ala dirección de donde había procedido la primera, sólo que ésta corrió con más suerte, y dando en el blanco, el elfo que estaba en el árbol cayó de espaldas. Inmediatamente los 8 elfos que estaban en la roca se levantaron temerosos, pero antes de que uno de ellos tuviera la más mínima reacción, Erestor lo atravesó con otra flecha, justo enmedio de los ojos.

Alkalabrindeth y Gimbur -olvidando ya los pasos quedos- corrieron a gran velocidad al ataque, no podían permitir que ninguno de los que ahí estaban, escaparan. Los elfos enemigos también corrieron viendo que tenían ventaja de número y lanzando flechas por doquier. Gimbur se protegió con el escudo que traía, mientras continuaba dirigiéndose hacia ellos, Alkalabrindeth por su lado, tampoco se detuvo y con destreza empezó a girar su látigo, las cadenas rebotaban toda flecha. Una vez que calló el primero de los elfos de la roca, Erestor corrió hacia el árbol, trepándolo con facilidad y atacó con su cimitarra al otro elfo que estaba en el árbol, cuyas flechas ya habían sido rechazadas también por el Noldo. Desde el árbol vio a 3 hombres que corrían en ayuda de los elfos, Erestor se abalanzó en contra de cada uno de ellos, haciendo una brutal carnicería.

Alkalabrindeth y Gimbur llegaron con los seis que quedaban, pues el séptimo había desaparecido tras la roca, Gimbur mostró el filo de su hacha, partiendo el abdomen del primero, atravesando incluso la armadura. Dos intentaron rodear a Alkalabrindeth, pero sin el menor remordimiento, ella encestó con gran furia el látigo sobre los adversarios, las garras del dragón penetraron sobre sus pieles como los dedos penetran en el agua, la cabeza de uno de ellos cayó unos metros atrás de su cuerpo aún de pie, el otro cayó con el pecho desgarrado por una profunda herida de la que mermaba chorros de sangre.

Gimbur ya había matado a otro, y los dos que restaban lo atacaban con la espada. Alkalabrindeth tenía el rostro lleno de sangre y su propia sangre le hervía tanto que su corazón parecía salir y su respiración era elevada y dificultosa, reaccionó y vio al enano combatiendo fieramente con los dos adiestrados elfos, entonces se dio el gusto de bromear

- No abusen del enano, pónganse con uno de su tamaño. Y tomando la aguerridez de sus ojos, que cualquiera desconocería de ella, alzó el brazo y de un sólo golpe tiró a uno de los elfos, que quedó atrapado entre las cadenas del látigo, cuyas garras se incrustaron en la tierra, el brazo del elfo quedó afuera con su espada. Gimbur mató con facilidad a su oponente y corrió tras el que había escapado. Alkalabrindeth dio dos pasos, tomó la espada del elfo que se mostraba como un niño temeroso,

- Mereces morir como un cobarde, un räma traidor, jamás!! y le cortó el brazo donde traía la marca sagrada de los ramalië, y en seguida le clavó su propia espada en la garganta.

Erestor presenció la escena, sin saber bien lo que sentía, entre comprensión, compasión u orgullo, por ahora no tenía tiempo de ponerse a meditar sobre sus sentimientos. Ambos, de pronto corrieron hacia la cima de la roca, Gimbur estaba a unos cuantos metros abajo, por un sendero rocoso, y varios metros más abajo estaba el elfo que había escapado, sólo que ahora caía sobre sus rodillas, para después rodar unas cuantas vueltas. Había sido atravesado por la espalda con el hacha de Gimbur.

Después de unos minutos Gimbur volvía con su hacha rescatada, los elfos permanecían ahora sentados en la roca, silenciosos, pensando...

Había muchas cosas pendientes, pues más allá del desfiladero, habían visto una planicie plana, donde cientos de hombres cetrinos y elfos se congregaban, seguramente para un ataque.

[Editado por IndisElbereth el 06-05-2006 04:20]

Alkalabrindeth

- Ya no hay duda de la traición, regresemos a Felekgathol por el ejército de…

- No!!

Alkalabrindeth se levantó presurosa, aún con la sangre agitada, pero enseguida comprendió que no era la mejor forma de conseguir sus propósitos, y mucho menos hablarle de esa forma a Gimbur, quien en tan poco tiempo había ganado su respeto y cariño. Una lágrima corrió sobre su mejilla, lavando la sangre en su recorrido y liberando una mínima porción de la mezcla de sentimientos que por mucho tiempo contuvo.

-Por favor Gimbur! No es necesario que regresemos, si vamos por la guardia que nos acompaña y planeamos un buen ataque, acabaremos con ellos… si nos vamos, podrían tomar ventaja.

La ansiedad del combate también corría por las venas de Gimbur, no tardó en aceptar su propuesta. –Está bien, estudiemos el terreno para organizar el ataque. El enano dio media vuelta dando unos cuantos pasos hacia la orilla para ver el campamento enemigo. Erestor sólo había estado observando, se levantó de la roca y arrancando un pedazo de piel de sus ropas, se acercó a Alkalabrindeth y le limpió el rostro, ella vio sus ojos y tuvo un mal presentimiento, Erestor habló: - El aire ha cambiado…

Sus palabras fueron interrumpidas por el sonido de unos pasos, los elfos voltearon y alcanzaron a ver dos caballos, un ponney y un elfo, avanzaba con cuidado hasta que vio a los amigos, entonces corrió hacia ellos.

-Gimbur! Un elfo de la guardia, algo ha pasado. Grito Erestor, adelantándose. Gimbur y Alkalabrindeth le siguieron, una vez que el elfo llegó con ellos, se le veía pálido y preocupado.

- ¿Qué noticias traes Ándor? –Preguntó Erestor con impaciencia.

- Me alegra encontrarlos… temí perderlos, no hay rastros de su andar. Son buenas bestias las que tienen, pues son las que me han guiado, pero además las que me han salvado.

- ¿De qué te han salvado? ¿Dónde están los demás? Déjate de rodeos y habla de una vez!! –dijo Gimbur molesto y exasperado, no soportaba que las cosas no salieran como él lo previa, los malos presagios lo habían invadido también y sentía una enorme responsabilidad por los elfos que habían dejado atrás.

- Está bien, Señor… Ustedes acababan de irse, cuando el caballo de Erestor empezó a moverse intranquilo, el ponney y el caballo de la señora, lo imitaron, al menos eso pensé, y como no quería alertar a nadie, mucho menos con espías al acecho, así que decidí encaminarlos al inicio del bosque para que pastearan o al menos se relajaran, llevábamos media hora de camino cuando escuche un gran alboroto a mis espaldas, regresé con mucha precaución, había muchos hombres y elfos de los traidores, estaban unos llevándose al resto de las bestias, otros arrastraban a los prisioneros, no sé cuantos eran, no alcancé a contarlos, sólo sé que no eran todos mis compañeros, porque vi… un montículo de cadáveres, había también muertos del bando enemigo, los estaban cubriendo con tierra…

- Miserables!! –masculló Gimbur mordiéndose los labios con dolor e impotencia. Erestor sentía también una gran rabia, pero esta vez no podía dejarse llevar, no por falta de valor, todo lo contrario, alguien tenía que pensar con la cabeza fría, ahora ellos eran la única esperanza de Sornosunë. No podían correr el riesgo, era probable que entre los 4 mataran muchos enemigos, pero también era muy factible que tarde o temprano los tomaran prisioneros, y entonces la capital de los Yarëar sería atacada de improvisto, y sus amigos –que seguramente continuaban con vida- no tendrían posibilidades de ser rescatados.

Alkalabrindeth leyó la mente del elfo, hizo enormes esfuerzos por contener el coraje, una vez más tenía frente a ella la prueba de la sensatez. Enrolló con fuerza el látigo para guardarlo y le dijo a Erestor: - ¿Por qué camino recomiendas el regreso?

- Será conveniente ir al sur, cruzaremos el río, dudo mucho que del otro lado haya espías… al parecer se están congregando aquí para el ataque, así que no creo que estén dispersos.

- Cubrieron a los muertos, no creo que planeen atacar pronto, no se tomarían tanta molestia sino fuera sólo por cubrir sus planes. –dijo Alkalabrindeth.

-Tal vez, pero puede ser que sólo sea para despistar un par de días, de cualquier forma, no creo que se alejen tanto de la ciudad. Además, será bueno estar cerca del río para darles de beber a las bestias…

- Todo el alimento estaba en uno de los caballos que se llevaron –dijo Ándor.

- Nosotros aguantaremos. –afirmó Gimbur, ahora molesto por el comentario del elfo, pensando: “como si eso importara” y concluyó -El tiempo apremia, vámonos ya, dos de ustedes tendrán que compartir caballo. Y montando su ponney se echó a andar.

Alkalabrindeth echó una mirada a los cuerpos inermes, a pesar de todo no quería dejarlos ahí, a la intemperie, después de todo alguna vez habían sido parte de su pueblo. Pero la traición que destruyó su familia volvió a su mente, y entonces deseó que aves carroñeras los devoraran. Además el tiempo corría en su contra.

Erestor montó su caballo y extendió la mano hacia Alkalabrindeth, la elfa nunca se había apartado de Rámpud, su caballo, desde que se lo había regalado Vilwë, y dudó en dejárselo a Ándor, pero no había más remedio. Dio la mano a Erestor y de un salto montó atrás de él.

Recorrieron a gran velocidad el camino señalado, ya ni siquiera les importaba que los oyeran y descubrieran, por fortuna Erestor había tenido razón, en todo el trayecto no se toparon más que con criaturas del bosque poco amigables, pero que no les entorpecieron su andar, pues se dieron cuenta que sólo iban de paso, sin dañar nada del bosque, aparte de reconocer en sus ropas las insignias de Fanyarëa. Llevaban toda la noche cabalgando, aún no amanecía, cuando llegaron al sitio donde debían separarse, Gimbur seguiría el sendero del río Feannen hasta tomar el camino a Felekgathol, y los elfos tendrían que desviarse hacia el norte para llegar a Sornosunë, pero Ándor se fue acompañando a Gimbur por orden de Erestor.

- Al amanecer de mañana estaré de vuelta en este camino con las tropas de los Russan Rámar, y junto a nosotros vendrán los demás elfos de tu guardia. Erestor asintió con la cabeza, apoyando del todo la decisión de Gimbur, tomó con firmeza las riendas de su caballo, que con gran agilidad cruzó el río, cargando sobre su lomo a su dueño y la medio-elfa.

Cada vez era más evidente que las alboradas parecieran atardeceres, sólo que ahora ya no eran tan hermosos como antes.

Gimbur

Gimbur se encontraba en su trono observando las caras de su pueblo. El salón estaba repleto, practicamente todos los enanos de Felekgathol se encontraban allí. Fuera se encontraba lo que había quedado de la Guardia de Erestor que seguía acampada a las puertas de la ciudad.

Los suyos no se habían tomado la noticia excesivamente mal; las mujeres y los niños estaban asustados, pero podía ver el brillo en los ojos de sus soldados. Los enanos eran un pueblo guerrero, y la sangre les hervía ante la posibilidad de entablar batalla, y Gimbur se congratulaba de esto para sus adentros.

En algunas caras podía leer el resentimiento contra los elfos y su codicia por haber creado esta confrontación, pero en su fuero interno él sabía que ese sentimiento podría ser peligroso para el bienestar de Fanyarëa, bastante tenían ya con una rebelión como para mezclar las históricas disputas entre Naugrim y Quendi. Ya se ocuparía de eso en otro momento ahora tocaba organizar a las tropas.

- Brolin, prepara al ejército, que preparen los carros de guerra. Habla con el capitán de la guardia de Erestor para preparar los jinetes - Enseguida el jefe de la Guardia comenzó los prearativos.

Gimbur se retiró a sus aposentos, mientras discurría sobre el futuro - ¿Debería bajar al valle ya y esperar al resto all? - Desde luego la idea de que un ejército de aquellas dimensiones campase por Fanyarëa a sus anchas no le gustaba, pero ¿y si los refuerzos de Sornosunë se retrasaban? Los Russan solos no podrían contener a tantos enemigos.

Se fue a la cama con la esperanza de que el sueño le ordenase las ideas. Mañana decidiría algo sin falta, pues el tiempo apremiaba.

Bohr Daedth

...

Bohr estaba absorto. Habían muerto hermanos junto a él en Dor Daedeloth por frío, hambre o en las terribles cacerías. Y habían muerto hermanos cuándo hacía casi ocho años habían sido rescatados y enfrentaron a los elfos que los consideraban una amenaza en las tierras de Fanyarëa. Pero nunca había visto morir a unos por otros, nunca había visto transgredir las normas de la raza para hacer lo que era necesario para que el prójimo sobreviva. Es más, Bohr había luchado bravamente en la frontera oeste, pero no había podido dejar de imaginarse en el lugar de otros que luchando eran asestados o atropellados y morían.

El Rey Gimbur estaba solemne y andaba muy irritado estos días. Pero no dejó de auspiciar el entierro de sus hermanos en las profundidades de la montaña, alrededor de Felekgathol. Todos tuvieron sus rituales y sus duelos, y todos intentaron participar o enviar delegados presentes a cada ciudad en el turno. Este era el día de los Russan Rámar caídos y Bohr Daedth había sido encomendado allí. No se resistió a la tarea, por algo que bien no comprendía, esos enanos eran parte de su familia también, aunque en su cabeza intentaba resistir la idea. En definitiva, no lo sentía como una tarea, ojalá hubiera podido estar en la despedida de todos y cada uno de los que había sentido morir.

Toda Felekgathol estaba sumida en la solemnidad. Y gentes de distintas razas transitaban sus pasillos. Aunque por respeto a las ordenes de Gimbur, pocos eran los invitados. Se reservaba el resentimiento, pero los que habían resistido a los enemigos más duros habían sido sus hermanos, solos, y prefería que fuera entre hermanos que se los devolviera a la tierra, a la montaña.

El hijo de Alsenot vestía unas togas élficas, sobrias. Apenas se destacaban estampas rojizas. Tenía el castaño pelo crecido y llevaba una extraña trenza de confección enana. Estaba irreconocible. Los pensamientos que lo habían estado abrumando durante el último año, aproximadamente, ya no los resistía, había preferido dejarlos entrar y, si era posible, salir, pero no pasaban ya sin dejar huella.

Bohr pensaba cuánto esta gente necesitaba de un rey. Un rey legítimo. Náredhel cumplía muy bien con su función, pero no era la mismo. El rey era Laito Rawein, pero no tenía aún la lozanía para ganarse el corazón de la gente. \'Tío, sé que sacrificarías muchas virtudes por ser un rey, pero no me importa, confío en ti\' le había dicho el niño aquella vez, entre tantas otras cosas. Bohr se lamentaba de ser tan idiota, él no merecía ser rey, ni siquiera sentía tener virtudes para sacrificar.

De todas maneras algo tendría que hacer, algo encontraría para hacer. Pero sabía que no sería ni en Nestnwelath, ni en Sornosunë, ni en Felekgathol. Ya le había dicho a su padre y a su hermana que tras la ceremonia fúnebre bajo la montaña de los Russan Rámar no regresaría. Tenía algo en mente. Pero debía revisar algunas cuestiones aún. Cuando aquel evento pasara, y luego de que todos durmieran, vería una vez más el Santuarío de Ramarëa, desde lejos, y seguiría camino.

Bohr crecía.

Alkalabrindeth

El dolor y la pesadumbre era lo único que se podía respirar en Felekgathol...

Muchos sentimientos se revolcaban en la mente de Alkalabrindeth, pero se empeñaba en acallarlos y resguardarlos en lo más profundo de su pecho, eran voces que no quería oir, palabras que no quería considerar. La mayor parte de su vida había pensado en guerra, ¡eso era lo que ella quería!.

Había perseguido la venganza, ¿por qué ahora no disfrutar de la gloria? ¿por qué ahora no sentirse satisfecha y feliz porque ésta es efímera y augura más guerras?

Lo único cierto es que se sentía tan triste que ni siquiera tuvo los ánimos para acompañar a Gimbur y Erestor en los rituales. Ya no sabía cuál debía ser su compostura, se retiró silenciosa a sus aposentos, nadie dio cuenta de su partida.

Por un momento creyó que necesitaba de la soledad para desahogar la frustración; pero una vez sola, los pensamientos la atormentaban más, golpeándole segundo a segundo la cabeza. Se recostó intentando dormir, pero apenas cerraba los ojos y venían a ella imágenes de muerte, rostros queridos que le decían adiós en las tinieblas, sangre, gritos, oscuridad...

No podía soportar tanto, quiso llorar, gritar, arrancarse la cabeza de una vez por todas, olvidar, aunque era muy tarde ya, pues la voz que más la masacraba era terrible y cruel y constantemente le repetía:

- ¿No era eso lo que más deseábais? ¿Así celebras la paga que me ofrecisteis por entregarte el fruto de tu cosecha?

- ¡¡Noo!! - gritó Alkalabrindeth con desesperación y llanto. -ellos no eran los que tenían que pagar, ellos no...

Secó sus lágrimas y salió en un arranque de la habitación, no se permitiría llorar ahora que por fin las lágrimas habían brotado, no daría el honor a ese ser vil que la acosaba, al menos así llamó a su propia conciencia. Los pasillos estaban quietos ahora, llenos sólo de rezos y paz; la locura era ahora su única acompañante.

Escabulléndose como un fantasma llegó a cobijarse en la sombra del árbol que antaño plantara. Llevaba un vestido grisáceo con pequeños detalles en plata que eran lo único que brillaban en aquel frío cuerpo. Ahí el árbol movió sus hojas y habló en susurros con una voz como la de su padre. Alkalabrindeth se sintió animada, y ese regreso a la vida le devolvió la luz en sus ojos que brillaron con intensidad.

Creyó sentir que las ramas del árbol la estremecían en un abrazo... Unos pasos huecos la sacaron de su absorto. No se movió esperando no ser vista, la noche estaba cayendo, pero en seguida vio a la figura aparecer, una figura extraña en la que jamás había puesto sus ojos...

Era un hombre, al parecer un várna, de apariencia fuerte y orgullosa, aunque se le veía cabizbajo. Su rostro estaba enmarcado por el dolor y la sabiduría, algo muy fuerte tuvo que haberle ocurrido para que mostrara facciones comunes en los yárear, pero extrañas en los orientales.

Esa inquietud y la agonía que la identificaba con ella provocó el deseo de conocerlo. Es más fácil compartir las penas con un desconocido, que soslayar el llanto frente a un amigo para soportar su carga en tu hombro.

Alkalabrindeth lo llamó con la mirada. El fulgor de sus ojos era ahora tan fuerte que hubiera llamado la atención de cualquiera ante la penumbra de Felekgathol.

El várna se detuvo. Había descubierto sus ojos...

Bohr Daedth

Bohr se acercó a la elfa. La había visto en la batalla. Aunque no como ahora. Ahora estaba preciosa y aterrada.

No era correcto hablar en voz alta en aquellas estancias estos tiempos.

- ¿Te conozco, no es cierto? Te vi, sí, pero... ¿Por qué siento que te conozco? - le dijo sin más en susurros.

Alkalabrindeth

Alkalabrindeth se impresionó al escuchar su voz, realmente parecía cierto lo que aquel hombre pronunciaba. Ella también se percataba de que algo de ese extraño le era familiar.

Ahora ya no sólo había inquietud por conocerlo, había intriga y misterio... y un nuevo pensamiento invadió su alma. Seguir a aquel hombre, conocer sus andanzas, recorrer sus huellas y descubrir sus enigmas.

- ¿Quién sois y de dónde venís? Algo en ti me hace intuir lo mismo...

Bohr Daedth

- Bohr, hijo de Alsenot de Nestnwelath. - hizo una reverencia. - Te vi cabalgar en las filas de Erestor. Y tu voz...- Bohr pensó en la mujer que secuestraban los enemigos sediciosos, sonaba tal vez como ella, pero de todas formas había algo más. - No eres del Bosque... aunque... ¿de la familia de Vilwë acaso? ¿O de donde eres?- Bohr aguzaba la mirada intentando escarbar en la memoria.

- Soy Alkalabrindeth, hija de Valglin de Sornosunë, mi hogar es Laverëss. Sí, he oído de ti. - contestó con gracia y susurros la yarear renegada.

- Ya te he visto antes en Fanyarëa, seguramente.- Seguía haciendose preguntas Bohr. - ¿Vives ahora en Laverëss? -. Tal vez ese podría ser uno de sus próximos destinos, lejos de toda esta nobleza. Bohr sonrió sutilmente.

Unos enanos que los reconocieron de la batalla los saludaron y les dieron las gracias por la presencia. Bohr y Alkalabrindeth respondieron con sus condolencias y con muestras inconscientes de lealtad.

Alkalabrindeth

Volver a ver a los enanos le recordaron su desgracia a Alkalabrindeth, así que después de que se marcharon, Bohr vio pasar una sombra en su frente. Sin embargo pronto se recuperó.

- Laverëss es mi hogar desde tiempos remotos. Debo más a esa tierra que a Sornosunë. -y de pronto volvió a dudar, ese tono orgulloso ya no tenía relevancia ahora. Sornusunë le era más amada de lo que ella creía anteriomente, pues en este presente todo estaba cambiando. Y Alkalabrindeth seguía intentando resistirse.

- Aunque últimamente ninguna tierra es mi hogar en sí. Mis plantas andan en busca de otros tactos, otros aires. No te ha pasado alguna vez desear dejar todo, huir como un cobarde para olvidar los horrores del pasado? - Alkalabrindeth parecía hablarse a sí misma, entonces sonrió y buscando los ojos del hombre, le habló con dureza.

- Pero qué puedo yo decir a un príncipe de los várna. Son reacios y necios. Pero no crea, mi señor, que tiene frente a usted una huidiza. Me ha visto como una débil, pero no siempre los ojos reflejan la realidad. Uno no siempre hace lo que la locura y la desesperación le hacen desear...

Gimbur

Dos lunas habían caído ya desde que tuviera lugar la fatídica batalla en la Frontera Oeste. Poco a poco, Fanyarëa recuperaba su normalidad. Pero en Felekgathol, la sombra de la muerte no sería borrada durante mucho tiempo.

Gimbur estaba extrañamente absorto. En todo este tiempo había obrado como un gran rey, no se había derrumbado en ningún momento, sabedor de que su pueblo le necesitaba más que nunca. Sus compañeros le habían ayudado, todos los grandes señores de Heren Fanyarëa habían intercambiado visitas a las ciudades de Yareari, Varnali y Russan, en señal de condolencia por las incontables víctimas.

Llegado un día el rey enano empezó a pensar: ¿es qué nadie se había dado cuenta? ¿Qué pintaban los orcos en toda esta historia?

Debía hablar con Naredhel. Era hora de limar asperezas. Gimbur, la había culpado de la masacre de sus hombres, pero con el paso del tiempo, el enano había llegado a la conclusión de que la Sacerdotisa no tenía la culpa.

Primero, debía saber donde se encontraba la reina, así que hizo mandar mensajeros al santuario y a Sornosunë. También mandó uno a Nenstwelath, pues este tema era de suma importancia y Gimbur empezaba a pensar que quiza lo más adecuado sería una reunión de los grandes señores de Heren Fanyarëa.

Alkalabrindeth

La batalla del Oeste con sus vientos de muerte y oscuridad abrazada obligó a incrementar la vigilancia exhaustiva de Fanyarëa, el propio Erestor Fëfalas decidió dirigir la incanzable tarea, incluso sobrepasando la orden de sólo vigilar, con una constancia enajenada se aferró a buscar huellas de aquellos de su guardia que habían quedado prisioneros, ya ni siquiera importaba que sólo encontraran sus cadáveres, era el instinto de protección a los suyos, de al menos responderles entregando sus cuerpos a sus familias, un recompensable honor por su valentía.

Día y noche se entregaba a la búsqueda de rastros, el resto de los elfos que lo acompañaban estaban preocupados por su actitud, apenas dormitaba un par de horas y se levantaba a continuar, ingiriendo pequeños trozos de lembas. Parecía estar al borde de la locura, mas él no dejaba de pensar en los suyos, a ellos sí les ordenaba con ímpetu exigente el cumplimiento de sus descansos y comidas.

Gimbur envió por él al enterarse de la situación, el sol se ocultaba dejando hilillos de luz que atravesaban las hojas de los árboles. Erestor recibió la carta y al terminar de leerla la apretó firmemente con el puño. El ceño que hizo atemorizó a sus acompañantes, esperaban una fuerte reprimenda por haber prevenido al rey de los Russan.

Sin embargo, el capitán no dijo nada y se dirigió a la tienda, recogería sus objetos y partiría de inmediato a Felekgathol. Al salir, llevaba sobre los hombros una capa negra, la palidez de su rostro enmarcaba las facciones del vampiro, montó su caballo y, antes de perderse en la penumbra de la noche, salió un grito impetuoso y grave de su voz:

- ¡Si las nuevas llegan esta noche, avisadme de inmediato en Felekgathol! ¡de otra forma, al alba del tercer día estaré de vuelta!

Espoleó el caballo que relinchó encabritado y desapareció a gran velocidad como fantasma arrastrado por el viento. Alguna fuerza incontrolable lo impulsaba a llegar lo antes posible, explicar la necesidad de su cometido y volver al lugar de su obstinación.

Alkalabrindeth

El sol inclemente bañaba de luz el exterior de Felekgathol, la roca tallada parecía sudar, la ciudad estaba en movimiento.

La figura oscura se aproximaba rauda a la entrada, los enanos apenas percibieron que se trataba del elfo aquel cuya presencia habían tenido que soportar por amor y respeto a su rey, pero les fastidiaba que fuera tan altivo y anduviera de un lado a otro por su ciudad sin restricción alguna.

Erestor de un salto desmontó su caballo y entró sin la más mínima cortesía para con los enanos que vigilaban -por la situación belicosa de Árador- el túnel de la puerta oeste; llevó su caballo hasta los interiores sosteniendo su soga en uno de los árboles que habitan robustos y orgullosos el recinto de bienvenida, al parecer no tenía intención de quedarse por mucho tiempo, de otro modo lo habría llevado a las caballerizas como solía acostumbrar en su cordura.

Brincó hacia arriba los escalones y se dirigió al Salón del Trono, cuya puerta deslizó sin solicitar previa autorización y entró con paso aligerado.

Había dos enanos haciendo compañía a Gimbur que se postraba de pie cerca del trono, meditabundo y con la expresión de preocupación en el rostro; los tres personajes se sobresaltaron con la entrada del recién llegado, cuando Gimbur lo vio no pudo evitar dirigirle una mirada de reproche, ordenó la salida de sus acompañantes, debía conocer la raíz del extraño comportamiento de su amigo y capitán, y quizás aprovechar la ocasión para pedir consejo sobre el contexto de guerra y unión. Hasta ese grado llegaba el aprecio y la confianza que el rey de los Russan Rámar tenía hacia Erestor Fëfalas.

[Editado por IndisElbereth el 08-10-2006 08:29]

Gimbur

-Realmente deben de ser ciertas las noticias que me llegaron sobre tí, mi viejo amigo Erestor. Nunca te había visto tan alterado. No logro creer que la muerte de unos pocos soldados te haya desquiciado. Las comparaciones son odiosas, pero de sobra sabes que la perdida de mi pueblo fue mucho mayor - Gimbur observaba atentamente el rostro demacrado de Erestor intentando encontrar algun gesto de los que estaba acostumbrado a ver, pero el elfo mantenía la misma expresión torva - Cuéntame Erestor Fëfalas, ¿que te ocurre realmente?

-¿Acaso te parece poco Gimbur? Llevo años viviendo y sirviendo a estas tierras, envuelto entre planes de conquista y grandeza para recibir como pago la muerte de mis hombres a manos de unos invasores salvajes comandadas por gente de mi propia raza.

La expresión de Erestor era increiblemente fiera, tanto que Gimbur, posiblemente el ser más allegado a Fëfalas, no lo reconocía.

El elfo golpeó la mesa central del salón del trono y volvió a estallar:

-¡De mi propio pueblo! ¡Maldigo la hora en que decidí a esos locos! Si, a tu amiga sacertodisa, esa arpía sedienta de poder y usurpadora del trono. A esos suntuosos Varna, simples hombres mortales. Incluso a tí, por ser tan tonto como yo y no haberte dado cuenta antes...

A medida que pronunciaba su última frase, su rostro se fue ablandando, y su voluntad cediendo. Tras meses de incansable búsqueda. Por fin un atisbo de luz volvía a su alma al reencontrarse con su querido amigo Gimbur. Cayó al suelo como herido por una flecha y se derrumbó en un lastimoso llanto.

-¡Malditos, Gimbur! Estamos malditos - balbuceó Erestor.

El enano se acercó y lo abrazó piadosamente, se compadecía de su amigo. Estaba derrotado, este no era el gran guerrero que había conocido. ¿Y ahora que podía hacer?

Alkalabrindeth

La sombra había sopesado sus ánimos y trastornado sus pensamientos, la compasión de Gimbur había trastocado sus sentidos y logró desbordar en el llanto su amargura. Sin embargo no dejó de pensar que el enano era un tanto injusto, pues la pérdida de una sola vida de sus hombres, a quienes les había asegurado proteger, es digna de toda búsqueda.

Secó sus lágrimas mientras su mirada se perdía en el abismo. Habló tranquilo, como para sus adentros:

-Tiempo ha sido ya que llegué a estas tierras, recibí y adopté la consagración de la unión como mi propia sangre. Nunca os conté los días aciagos que viví en Beleriand… todo se perdió a causa de la traición. Desde que pisé tierra ramalië junto con Lyshion, juramos habitarla y defenderla, he luchado por ellos y he dejado mi vida en Fanyarëa... Pero ahora veo con tristeza y desesperación que el brazo de la oscuridad nunca va a dejar de acusarme con su dedo putrefacto y lleno de sangre, sangre inocente, sangre de hermanos… no os das cuenta, la historia se repite. Mi destino ha sido maldecido y mejor será llevar lejos la maldición de lo que amo…

Erestor calló y Gimbur meditaba en sus palabras, ahora sentía más pena por él, la batalla del Oeste había dejado rezagos más crueles que la propia muerte. Y aunque ahora lo desconocía, sabía que una decisión tomada por el elfo era llevada hasta sus últimas consecuencias, rara vez cedía y, eso más por obediencia y respeto que por convicción.

- ¿Y en qué hombros te recargarás mejor que en los de un amigo? –preguntó Gimbur enroscándose nerviosamente la larga barba, aún conservaba la esperanza de convencerlo.

Erestor se levantó y su figura pareció más alta y erguida.

- A un amigo se le permiten los reproches, pero no una imposición. Sólo podrás detenerme obligándome a cumplir mi juramento, pero entonces no digaís que no te lo advertí… Hay lazos que la distancia no rompe, querido amigo; y si la reina y vos me lo permiten, he de volver a visitaros. No te desharás tan fácil de mi, barrigudo!! – y una sonora carcajada brotó de sus labios resecos y pálidos.

Gimbur sintió un alivio, por un momento su amigo volvía a ser el mismo.

Alkalabrindeth

La situación no estaba para reuniones ni fiestas, no obstante Gimbur ordenó se preparara un gran banquete, su mejor capitán y amigo se retiraría por tiempo indefinido, ese hecho bien valía los mejores honores.

En pocas horas todo estuvo listo, Gimbur vistió de gala y le ordenó a Erestor bañarse y hacer lo mismo. Todos los habitantes de Felekgathol fueron llamados a la reunión, los soldados vistieron sus trajes de guerra con resplandecientes cotas de malla.

Gimbur se encontraba ya postrado en el trono del Gran salón, alrededor los enanos cuchicheban del por qué una fiesta con tanta premura. Las puertas se abrieron y Erestor apareció avanzando lentamente por el pasillo, al llegar frente al rey, se hincó en una rodilla haciendo una larga reverencia.

Uno de los enanos se aproximó a Gimbur en cuanto éste alzó la mano, llevaba un cofre de madera sellado con fuertes gaznes de oro, ala orden del rey se lo colocó en las rodillas y se retiró a su izquierda. Gimbur abrió con una ancha llave el cerrojo y levantando la tapa del cofre, lo voltió a la vista de todos y se lo extendió al elfo.

- La auténtica llave de la ciudad. -la admiración y el murmullo del pueblo aumentó al ver la llave, no entendían por qué el rey la estaba ofreciendo a ese elfo que tanto los menospreciaba- Es por ley de la ciudad entregar a los grandes huéspedes una copia de la llave como símbolo de libertad, unión y fraternidad en nuestras tierras, pero hoy una parte de mi corazón se va en ella, y sólo con la esperanza de que su nuevo portador se compadezca y la vuelva a mi regazo lo antes posible...

Gimbur dirigió una mirada clemente a Erestor, y él no pudo más que agachar la cabeza, conocía la historia de la llave, la importancia que tenía para su amigo, realmente la más hermosa joya de la familia.

- ... Por lo tanto hoy es un día especial. Por primera vez la llave abandona a su amo por propia voluntad, y por primera vez se le entrega a uno de los nuestros, un ráma, un hermano de sangre -en toda la sala se escucharon leves rezpingos, a los que Gimbur no prestó atención- Recíbela pues de corazón, como yo te la entrego.

Erestor levantó la cara, en su rostro había lágrimas, lágrimas que habían borrado todo indicio de arrogancia, si es que los había. Largas mesas estaban dispuestas a los lados, había carne, frutas y cerveza.

Gimbur esperaba la respuesta de Erestor para concluir con la ceremonia y pasar a los alimentos, pero esa respuesta nunca llegó, en su lugar aparecieron de improviso dos mensajeros de la guardia del elfo, venían sudorosos y agitados del viaje, interrumpieron en el Salón con alarmantes noticias.

Habían encontrado huellas, huellas recientes del enemigo, al parecer estaban acechando nuevamente la frontera Oeste, creían que había la pequeña posibilidad de detenerlos antes de que se reagruparan y atacaran con tanta ferocidad como antes. Todo indicaba que no era un ejército enorme, una sola hueste podría controlarlos.

Erestor se levantó, sabía lo que tenía qué hacer y viendo a Gimbur con gratitud se despidió:

- Ante la ausencia de Naredhel y el descuido de Alsenot, queda en tus manos la administración suprema de Fanyarëa. Si pides mi consejo, creo que podrás lograrlo mejor desde Sornosunë. Los Yärear te respetan, te seguirán de eso estoy seguro. Laito necesitará de tu sabiduría. Pero si decides quedarte, entonces recibirás aquí la liberación de Fanyarëa, no dejaré ningún enemigo vivo, a ninguno de aquellos que han venido a sembrar la traición. Después de eso, tal vez nuestros caminos se vuelvan a unir.

Entonces Erestor salió a pasos agigantados del Salón, le seguían los otros elfos y Gimbur sólo pudo dar órdenes de enviar un batallón más de enanos a la compañía. El enano tenía mucho qué pensar, había grandes decisiones qué tomar:

- Otra guerra en el oeste con un enemigo invisible.

- La partida de Naredhel a Tavarcerta con un gran séquito de hombres valientes, incluyendo al príncipe várna.

- El aletargamiento de Alsenot de quien nadie sabía nada

- La huída de la princesa Hallen que estaba siendo buscada por toda Fanyarëa y a la cual no podría dirigirse para pedirle ayuda en este batalla

- La fresca edad de Laito que le complicaba tomar parte en los asuntos importantes. Lómea y Lyshion tal vez lo cuidaban, pero hasta ahora no había recibido noticias de que tomaran la responsabilidad de la ciudad.

- Su amigo había partido solo a la guerra, y no sabía nada de su amiga Alkalabrindeth, Bohr y los demás habían desembarcado sin dar noticias de ella. Entonces recordó a Morlith, y envió a buscarlo, tal vez él sabría algo.

Alkalabrindeth

Morlith acudió al llamado del Rey. Mas no hubo respuestas que aclararan la mente de Gimbur, por el contrario, la reunión sólo provocó más ansiedad y, perturbó los mismos pensamientos del elfo que se oscurecieron de malos presagios. Su hija adoptiva le era lo más caro, en un impulso decidió ir en su búsqueda a pesar de ignorar dónde podría encontrarla. Pero al tomar sus cosas de viaje recordó el nombre del príncipe Varna, buscándolo a él, daría con el inicio del rastro de Alkalabrindeth.

Montó a caballo y sin esperar la orden del rey, quien había solicitado a su huésped permaneciera en Felekgathol hasta que él mismo lo mandara llamar a su encuentro según los informes que consiguiera; partió a toda prisa por la tierra pedregosa hacia el noroeste, esperaba tomar el camino del río Nikwenen para desviarse al norte hasta Tyalval Saessë y de ahí dirigirse a Hón. Una vez ahí, indagaría con exactitud las coordenadas que tomaron Bohr y compañía.

No todos los caminos facilitan su acceso, y el elegido por Morlith aquel día no coincidió con el que impuso su destino. Al llegar al río, dio de beber a su caballo, en el momento que iba a abastecerse del preciado líquido, la corriente traía un nuevo color oscuro… sangre. Los galopes lejanos de un caballo siguieron a su asombro, era un elfo que venía entre las patas del animal que embestía todo lo que se interponía a su paso. Morlith vio con pesar a la bestia, pero no tenía otra opción, el caballo ya estaba herido de un costado y sólo huía de algo que lo aterrorizaba, tomó su arco y en calma apuntó hacia el corazón, dando con certeza, el animal se desplomó muriendo de inmediato.

Morlith se acercó al elfo, traía las insignias de la compañía del elfo vampiro, aún estaba vivo y sus ojos mostraban gratitud. La sangre brotaba de su garganta y Morlith sólo pudo entender entre gorgoteos el nombre de Erestor. Entonces las ideas de peligro albergaron su mente, temía por su niña, pero al menos para ella tenía la incertidumbre, en cambio para Erestor y sus soldados, tenía la seguridad de la muerte. A veces el deber se interpone al querer, pero en esta ocasión ambos se mezclaban ganando terreno al amor de padre.

Siguiendo las huellas de la bestia muerta, Morlith llegó al sitio de la batalla, se horrorizó al ver el campo, esta vez no había cuerpos mutilados, sólo sangre por doquiera, no había muertos ni de amigos ni de enemigos, había ocurrido una masacre, de eso no había duda, pero no había ni un solo cuerpo!!

Morlith andubo perplejo, aún con perspicacia le fue imposible descubrir cómo se habían llevado a los muertos, no había rastros. Un brazo apareció detrás de una roca y lo jaló, desenvainó, pero al ver la cara amiga, sonrió de alegría y su cuerpo dejó de temblar.

- ¡Sshh! hemos vigilado toda la noche, el enemigo ya no es tan numeroso, sin embargo quedan varios de ellos, puedo sentirlos. Recién llegó la noche una oscura niebla cubrió el lugar, entonces todos los cuerpos desaparecieron, sólo oíamos ruidos extraños, pero como puedes ver sólo quedamos nosotros, no podía arriesgar a más de mis hombres... Gimbur tenía razón -un estrago cortó la voz del elfo, pero su coraje lo recuperó de inmediato.

- Erestor, me alegra verte vivo, por un momento creí que no volvería a tener esa gracia, pero dime ¿qué pasa? Creí que el enemigo se había replegado fuera de Fanyarëa...

- Fue una trampa, eso nos hiceron creer... ya no sé qué pretenden porque no son tantos como en aquella ocasión, pienso que son un grupo de vigías, pero son los guerreros más sádicos con los que me he enfrentado.

Morlith puso su mano sobre el hombro del elfo vampiro intentando consolarlo. Volteó a ver al resto, eran elfos con el miedo reflejado en sus rostros, eran valientes ¿qué les había pasado? Sólo quedaban 12 además de Erestor.

Alkalabrindeth

Pasaron un par de horas, el silencio era su acompañante no. 15. Entonces Morlith lo ahuyentó.

- ¿Por qué no nos vamos? ¿Vayamos por ayuda?

- ¡No! Le prometí a Gimbur que destruiría al enemigo

- Erestor, no es tiempo para demostrar heroismos absurdos

-... lo sé. No me tomes por un inconsciente, sé a lo que me enfrento, pero temo que si son vigías corran a avisar que los guardias de la frontera huyeron temerosos. La vulnerabilidad está presente, pero no deben olerla.

Morlith guardó silencio, le daba la razón. El amanecer era tímido, se negaba a mostrarse en aquel sitio; Morlith sugirió arriesgarse él, acudiría a Sornosune a gran velocidad montado en el caballo de Erestor, el más ágil, y volvería con refuerzos.

Un plan perfecto. Pero ni Morlith, elfo diestro en escapatorias, pudo aquella vez. A media milla le cayeron en emboscada, su intención no fue matarlo, pues lo habrían hecho con facilidad; lo tomaron prisionero, tal vez para averiguar cuántos quedaban. mas la locura del vampiro se apoderó una vez más de Erestor y se avalanzó contra la pandilla montando el caballo de Morlith. Sólo 3 lo siguieron, 3 de 12, los nueve no pudieron soportar más el miedo, huyeron por rumbos distintos, y eso, marcó la derrota de Erestor y su noble compañía...

No hay balada ni leyenda que haga justicia a la fuerza y voluntad con que los 4 elfos guerreros defendieron sus sueños, sus tierras, su gente, su familia.

Morlith sobrevivió más por conveniencia de alguna mente perversa que por astucia. Luchó también con tanta vehemencia que desmayó de un golpe que sufrió en la cabeza mientras combatía con otro. Al despertar, sentía un insoportable dolor de cabeza, sangraba cerca del oído izquierdo, lo que le deterioro por siempre su capacidad auditiva, un sonido constante lo acompañó desde entonces. Así que ni siquiera él podría contar lo que en verdad ocurrió. Sólo encontró a unos pasos de él, a su amigo, Erestor... yacía con cara al cielo y la mirada perdida en el más allá.

Morlith lo arregló lo mejor que pudo, no podía cargar con todos, pero tampoco los dejaría al asedio de "aquello" que se ocultaba tras la niebla, y antes de que esta volviera ya había enterrado a los 3 fieles elfos. Subió a Erestor a su propio caballo, el único que permaneció ahí. Y emprendió un fatigoso viaje de regreso a Felekgathol, lugar donde con seguridad Erestor hubiese deseado tener su sepultura.

Alkalabrindeth

La noche cayó con sus penumbras agobiadas y sus estrellas salpicadas de esplandor melancólico. Alkalabrindeth llegó a la puerta principal, nadie resguardaba su entrada, sintió un escalofrío, la ciudad de rocas guardaba un silencio inmutable, se vestía de luto y sólo se podía respirar la humedad del llanto y el dolor.

Alkalabrindeth desmontó de una hermosa yegua que le habían prestado en Hón. Traspasó la entrada, su presentimiento le recibía con los brazos de la realidad; ahí al frente, cerca de los árboles tan amados, un sepulcro de piedra y plata se hallaba abierto, y aunque a la cima de las escaleras, donde antaño estuviese un trono provisional, reposaba otro sepulcro, uno pequeño, más delicado y bello que el primero.

La medio elfa no tuvo el valor de preguntar para quién era tanto despliegue de lujo y honor, sólo se dirgigió al sepulcro abierto. Su corazón la guiaba ahí, porque el otro aún yacía vacío, vio un rostro, un rostro tan bello y puro, tan frágil y transparente, indómito y con la paz añorada de Arda en sus facciones.

Le reconoció. Flores perfumadas le acompañaron en su regazo. Alkalabrindeth cayó de rodillas sin sentir el hueco golpe en sus huesos, sacó de entre sus ropas la pequeña daga que le traía de regalo a Erestor Fëfalas, su inolvidable y único amigo de la infancia, el extraño metal de Laurankar Tirion, brilló con delicadeza iluminando su entorno de azules destellos. Entonces tomó sus manos y las cruzó colocando la daga enmedio de ellas. Sin decir palabra alguna, posó su rostro suave en las manos frías y en silencio lloró por largas edades. Así lo sintieron todos, pues vieron pasar el día y la noche y ella seguía postrada ahí. Creyeron que era una estatua esculpida por el viento, pues ni éste podía moverla.

Morlith se había ausentado para ir a preparar el camino que condujera al Rey muerto al hogar, Gimbur había muerto en batalla, lejos de su tierra y su pueblo. Todos le esperaban y esa era la razón por la que aún no habían enterrado a Erestor, esperaban su cuerpo para sepultar a los inseparables amigos, aseguraban que ni aún sus destinos al final de sus días los habrían de separar.

Morlith llegó, ahora todo estaba listo. Al entrar descubrió a su hija inerme ante el féretro de plata, al acercarse la tomó de los hombros y la inclinó con dulzura. Alkalabrindeth lo miró, sus ojos brillaban por tristeza, aún gotas cristalinas brotaban de ellos; Morlith se embriagó por la pena que le transmitió el cuerpo de su hija por osmosis, pero tambièn descubrió que esta vez ella no sentía remordimientos, ni deseos de venganza, carecía de sentimientos negativos. Eso le sorprendió, ella era un espíritu de fuego, pero ahora ese fuego sólo era amor, perdón y benevolencia...

Morlith y Alkalabrindeth hablaron de todo lo sucedido en sus vidas. Él comprendió su evolución, aunque ello implicara perderla para siempre se sintió satisfecho. Ella, sopesó no haber estado con ellos, pero entendió que no habría vida ni destino sin Laureon. Esperaría unos días la llegada del Rey, mientras escribiría día a día a su Señor.

...

La piel de Erestor había absorbido gota a gota cada una de sus lágrimas, ahora se le sentía cálido, un halo de vida lo había bañado y la humedad, a veces, salía de sus ojos sellados.