Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Osto Fendassë
2006:10:01:12:04:18
Alsenot
Cuando los ramalie llegaron a las tierras que ahora ocupan, ya se hallaba edificada esta fortaleza, o al menos las ruinas de la misma, que sirvieron más adelante como base para la construcción de la guardia fronteriza que protegería el acceso desde el río.
Fendasse se ubica en una región donde el Sirhonë atraviesa una pequeña depresión y algunas zonas pantanosas. La ciudad es fría de por sí, militarizada e inescrupulosa en el trato diplomático. Unos pocos vigías son suficientes para controlar la región en millas a la distancia, debido a que ésta es abierta, sin demasiados elementos, y poco abrupta de suelo.
Situada tras el fuerte se halla una pequeña aldea, de carácter rústico y poco acogedor, cuyas cabañas están edificadas en madera y son de escasa altura. Este es el lugar en el que se lleva a cabo cualquier negocio que tenga algo que ver con la ciudad (lo que suele ser muy poco), o, como mucho, cualquier tipo de trámite administrativo fronterizo, en particular la identificación de extranjeros que se internan en el reino. La aldea también sirve como medio de distracción para los soldados durante sus ratos libres, que suelen pasar en la posada mayor, donde pueden beber unas cervezas, distenderse, y de cuando en cuando probar carnes de mujer.
Las fuertes murallas de Osto Fendasse están formadas por bloques de piedra de muy antigua data. Dichas murallas, siempre vigiladas, protegen la población por todos los frentes, siendo tanto altas como anchas, y pudiendo albergar grandes unidades de combate sobre ellas. Los torreones también son altos, edificados en piedra antigua y recubiertos de estacas y cuerdas que impiden que se trepe hasta ellos desde fuera.
[Editado por Radagast_III el 18-04-2006 23:03]
Niëlúne Lambar
Los tripulantes se despidieron de su anfitrión, y sabiendo ya preparada la flota decidieron que había llegado el momento de partir.
Niëlúne lanzó una última mirada a Darlak, se veía preocupado, afligido tras las grandes pérdidas sufridas. Dirigió una leve sonrisa a modo de despedida y él la correspondió. Luego se giró y se encontró con el rostro de Borh, ocupado como estaba en los preparativos de menos importancia.
-¡Leven anclas!, ¡icen las velas!-se escuchaba gritar al capitán.
La brisa matinal soplaba sin descanso, ésta les proporcionaría un viaje tranquilo por aquellas aguas.
La semielfa se apresuró a subir por la escotilla entretenida como había estado en echar un último vistazo al paisaje. Se acomodó en la borda y esperó a que la nave zarpara y retomara el curso del río.
Poco a poco se fueron adentrando en tierras para ella extrañas, aunque viendo el consuelo en las miradas de sus compañeros adivinó que se acercaban a casa.
A la distancia podía distinguirse una silueta, Niëlúne esforzó la vista y pudo dilucidar la imagen de un muelle que se iba acercando poco a poco. La silueta fue aproximándose hasta hacerse totalmente visible. En los alrededores podían verse algunas personas, en sus miradas se distinguía la desconfianza; poco acostumbrados a las visitas, por inercia recelaban de todo desconocido. De pronto alguien gritó.
-¡Es el Lunte I Naryier! ¡Han regresado!-varias voces se alzaron en vítores al conocer la buena nueva, y los tripulantes fueron recibidos con agrado y abrazos de buena voluntad de los habitantes.
Rialath
El sol nacía allá lejos, en el este, una ligera bruma cubría las praderas onduladas que cruzaba un viajero solitario, a lo lejos unas costas desconocidas... pero el mar... el mar... ese era un lugar donde encontraba paz, había cruzado muchas tierras en dirección a él aunque sin saberlo. Las sombras eran aun largas, titilaban las últimas estrellas mientras la luna se erguía aun orgullosa en cuarto menguante, compitiendo unos instantes con el sol. El rocío se había posado en millares de gotas minúsculas sobre la elástica hierba que apenas notaba el paso de aquel hombre sombrío, sucio y desaliñado; andaba con paso firme, la barba crecida, la piel tostada por innumerables jornadas bajo un inclemente sol y cubiertas las ropas de polvo, raídas por el desgaste del uso y de las inclemencias del tiempo, de colores ya indistintos, se cubría con una capa que era de piel de oso del norte y un sombrero de ala ancha, de piel, con una gran pluma como única decoración. También colgaba un potente martillo de guerra de su espalda y de su cinto una espada, Seregnir, y una daga.
Conforme el sol se iba alzando la niebla se disipaba, pero un frío viento de norte estaba trayendo negras nubes de tormenta, aunque lucia el sol, a lo lejos se oían truenos y se veía como se acercaba una cortina de lluvia, pero el hombre ni se inmutó ante la belleza del paraje, seguía siempre hacia delante, pese a no dirigirse a ningún destino prefijado, sólo quería alejarse de sus perseguidores, no por miedo, sino por cansancio, hacia mucho que trataban de matarle y eran muchos los asesinos a los que se había visto obligado a eliminar, no deseaba mas muertes por esa causa... pero ahora eran los que habían contratado a todos los asesinos los que le perseguían, pues hartos de fallar habían decidido resolver el problema ellos mismos.
El hombre alcanzó la cima de una de las lomas de aquella ondulada e inmensa pradera, oyó a lo lejos, entre trueno y trueno, el galope de dos caballos y los gritos de sus jinetes espoleando a sus monturas, le habían visto y se acercaban a él ignorantes de que el destino pendía sobre ellos, acechando como un gato a un ratón, acercándose a una trampa que ellos mismos se habían preparado en su empeño de matar a aquél hombre que ningún mal les había buscado, su envidia les llevaría a una muerte segura.
El hombre sombrío suspiró con resignación, las heridas del último encuentro con los últimos asesinos que le enviaron aun no habían sanado y era consciente de que se reabrirían, además se encontraba en doble inferioridad, pues eran dos y el uno e iban montados, viéndose el a pie. Se desabrochó la capa de pieles, cogió el martillo sosteniéndolo firmemente con ambas manos y esperó la carga que iba a recibir, pero bajando antes a la parte mas baja entre dos lomas, que teóricamente iba a dar ventaja a los jinetes, pero que iba a usar en su favor, la lluvia arreció, la tormenta les había alcanzado al fin y la tierra en poco tiempo se embarró. Los jinetes ya estaban cerca, el resoplido de los caballos y el golpeteo de los pesado cascos iba ganando fuerza. Pasaron unos segundos y al fin aparecieron ambos jinetes, pararon en seco y lo miraron, espolearon de nuevo los caballos, lanzándose loma abajo ganando gran velocidad, el hombre sonrió, justo antes de que una lanza lo tuviera al alcance se agachó, girando el martillo para que el mango, que terminaba en una punta afilada, apuntara hacia el caballo, su jinete trató de frenar mas el caballo resbalo en la fina capa de fango y se precipitó hacia el arma, que lo atravesó acabando con la vida de la pobre bestia en el acto y arrastrando en su caída a su jinete, que quedó atrapada, el otro jinete tuvo que esquivar a su compañero, bajando la guardia el tiempo suficiente para que el hombre del martillo sacara la daga y la lanzara al caballo, hiriéndolo de muerte, mas ese jinete saltó a tiempo y no quedó atrapado, pudiendo sacar a su compañero de debajo el caballo, cojeaba, pero ambos desenvainaron sus espadas y se encararon a su rival, le harían pagar el asesinato de sus monturas.
El hombre cogió una vez mas el martillo y esperó pacientemente el ataque de los otros dos, estos dudaron un segundo, el que cojeaba se apartó un poco y el otro avanzó, usó la espada con destreza tratando de asestar estocadas, golpear o cortar con el filo pero su oponente utilizaba el largo mango de su martillo para parar o desviar todos los ataques, desesperando a su oponente que había pensado que tan pesada arma no permitiría la velocidad con que estaba siendo usada, tuvo un descuido que le resultó fatal... estiró demasiado el brazo de la espada desprotegiéndose y su enemigo aprovechó para atravesarle con el mango del martillo y, con un giro, golpearle con fuerza en la cabeza, dejándolo herido de muerte e inconsciente. El que cojeaba trató de huir, saltando y subiendo a la loma con torpeza, resbalando y cayendo mientras trataba vanamente de alejarse del matador de su compañero, el terror había ganado sus ojos y el pavor desencajado su rostro.
Alzó el martillo apoyándolo sobre el hombro y acercándose al otro con lentitud, las heridas se le habían abierto y sangraba profusamente, pero debía acabar con aquello, necesitaba un respiro, el cansancio le ganaba debido a las graves heridas reabiertas, pero consiguió llegar al cojo y descargó el martillo sobre aquel infeliz, que murió al poco tiempo.
La vista se le nublaba, se acercó a su capa de pieles, apenas podía andar ya, la lluvia era cada vez mas fuerte, las frías gotas le provocaron un escalofrío, sonrió, sentía paz en ese instante, pese a saber que había dado una muerte cruel a dos necios, finalmente cayó desmayado.
Lyshiön Morkarendîl
La luna nueva, con todo su brillo y esplendor, se alzaba sobre los bosques silenciosos y traicioneros colmados de criaturas salidas de la pesadilla, donde cualquier alma podría encontrar su destino. Una ligera bruma blancoazulada envolvía el manto de árboles y hojas caídas, anunciando así el próximo otoño. Todo estaba en calma, relativamente, pues en un bosque siempre hay algo despierto, el cri-cri de los grillos, los sonidos de los animalitos que pasan por encima de las ramas quebradizas y el chasquido de estas al romperse, todo esto y mucho más compone la sinfonía de vida del bosque. Y sumándose a la melodía del bosque se oían los rítmicos golpes de las botas de cuero de un ser que avanzaba con cautela por la frondosa quietud, con los oídos atentos y las manos prestas colocadas en la empuñadura de su magnífica espada. La capa negra con capucha que lo cubría casi por completo le daba un aspecto siniestro, aunque más siniestro aún sería el efecto de quien lo viera si conociera su historia, su condición y su forma de luchar. Pero nada de esto ocurrió. Lyshiön Morkarendîl, Noldorin Maldito, Maestro de Armas del Clan de Heren Fanyarëa, siguió avanzando, cortando las ramas que le obstruían el paso con un afilado machete. Su mente hervía. Estaba harto de la hipocresía y la máscara de solidaridad que encerraba la mezquindad y las ansias de poder, y esto era su pan de cada día en las principales capitales del Reino. No pocos se dejarían la vida en el intento de pelear contra él para conseguir su puesto. Y no pocos eran los que a estas alturas de su vida habían luchado y perdido contra él por estas mismas razones. No era partidario de estas peleas de poder, pues pocos de sus logros se habían obtenido a través de la sangre, aunque llegado el momento sabía que tendría la sangre lo bastante fría para hacerlo. Pero esto era agua pasada, ahora estaba en su amado y auténtico hogar, los bosques, la quietud de estos, la enmarañada selva llena de vida, la vida de cazador, sin tener que preocuparse siempre de un cuchillo en la oscuridad. Era un verdadero alivio.
De nuevo se encontraba en la llanura. Aunque durante algunos días había tanteado la posibilidad de pasar algún tiempo en aquel bosque que tanto había llegado a conocer y a amar, sentía que algo tiraba de el en aquella dirección, que algo lo empujaba a salir al descubierto. Praderas onduladas. Era el único paisaje a la vista. Sucesiones interminables de praderas colmadas de rica hierba verde y frondosa, que llegaba al Noldo a la altura de los tobillos. No se veía un alma. Lyshiön avanzó cautamente, pues aquellas praderas eran un sitio ideal para los salteadores de caminos, a los que sin embargo evitaba por el simple hecho de evitar el derramamiento de sangre. Llevaba consigo cosas muy valiosas y personales, evocadoras de recuerdos oscuros de otras épocas, y tendrían que arrebatarle la vida para robárselas después a su cadáver. De otra forma no lo conseguirían.
El cielo nublado, preñado de nubes negras cual rebaño de ovejas auguraba una fuerte tormenta. Un viento helado comenzó a soplar desde el norte, trayendo consigo el aroma fresco y etéreo de la hierba mojada por el rocío de la mañana. Lyshiön se quitó las botas, y anduvo sobre la hierba fresca. Recuerdos de tiempos mejores acudieron a su mente, pero era demasiado tarde. Los alejó, volvió a calzarse las botas y continuó con su camino. A unas cuantas ondulaciones de la que el mismo coronaba, distinguió gracias a su vista élfica, el contorno de una figura que oteaba en dirección contraria a él. Entonces, se agachó sobre la hierba, a la manera de los experimentados en las persecuciones, pues él lo era, y supo apreciar la vibración que producían dos caballos galopando. Agarrando con fuerza la empuñadura de la espada, corrió como un condenado, acercándose cada vez más rápido al hombre solitario. Se detuvo un momento para apreciar como este se desabrochaba el abrigo de pieles que ostentaba, y empuñando su martillo se enfrentaba a su destino. A unas cuantas ondulaciones de distancia, se paró, obedeciendo a algún sentimiento extraño, y esperó. Los dos caballos que Lyshiön había sentido se acercaron a toda prisa, y se abatieron sobre el hombre solitario. Su primer impulso fue ir a ayudar al pobre hombre, pero decidió que no intervendría en su destino. Lo que tiene que pasar pasará de una forma o de otra, así que el Noldo decidió no entrometerse. El hombre, incluso herido como pudo apreciar Lyshiön que estaba, pudo deshacerse de sus enemigos. Al fin, cayó exhausto en el suelo, con múltiples heridas sangrantes. Lyshiön se acercó al hombre, y usando un poco de magia logró cerrar las heridas, aunque la pérdida de sangre había sido muy abundante. Cargó al infortunado sobre sus hombros. Marchó rápidamente hacia el pueblo más cercano, y enseñando su insignia de Maestro de Armas de Heren Fayanrëa, obtuvo rápidamente un caballo. Sentía curiosidad por saber que había llevado al hombre a atacar a sus perseguidores con aquella fiereza, incluso a riesgo de desangrarse. La raza humana constituía un misterio para Lyshiön.
[Editado por Necknor el 23-09-2006 16:57]
Rialath
Rialath despertó en una cama mullida, bien cubierto por mantas y con las heridas lavada y vendadas. Era una habitación realmente acojedora, cálida... aunque se sentia incómodo, indefenso, no sabia donde se encontraba ni como llegó a ese lugar. La prudencia le guiaba a fingirse inconsciente y escuchar alrededor para descubrir algo, pero prefirió levantarse. No vio sus armas en ningun sitio, tampoco sus desgastadas ropas, tan solo el abrigo de pieles, se sintió muy contrariado, se habia acostumbrado a dormir con la espada en la mano.
Buscó algunas ropas y encontró unos pantalones negros, unas botas de piel y una camisa de lino, se ciñó un cinturó, se arremangó las mangas y se dispuso a salir, pero para su sorpresa y para mayor contrariedad descubrió la puerta cerrada por fuera, empezaba a sentirse de mal humor; miró por la ventana y vió que era un tercer piso, sin apoyos por los que deslizarse, y las ventanas estaban firmemente cerradas. Estaba atrapado allí dentro... miró por toda la habitación buscando algo que le pudiera servir de arma, pero aparte de la cama, un armario y una mesa no había absolutamente nada más. Suspiró resignado, sin duda quien le había llevado allí no le buscaba mal, al menos por el momento, pero también había demostrado la suficiente prudencia como para minimizar el posible peligro que pudiera suponer, detestaba el saberse a merced de alguien desconocido, pero como no podía hacer otra cosa tocó fuertemente la puerta esperando que alguien viniera, quizás pudiera sonsacarle algo de lo que había pasado entre el momento en que se desmayó y entonces, también quería saber quién le había traido y cuantos dias hacía de ello y sobretodo, donde estaba.
Niëlúne Lambar
Los navegantes fueron recibidos entre agasajos y aplausos.Hasta allí habían llegado las noticias de la batalla acontecida en aquella ciudad maldita.Algunos habitantes se acercaban a viejos conocidos de entre la expedición para que se apoyaran en sus hombros,pues algunos aún conservaban las heridas que les habían causado.
El Señor de la ciudad los acompañó hasta una pequeña hospedería donde los pocos viajeros que aparecían podían pasar la noche.
-Aquí podreís descansar tras los largos días de viaje,esta noche están invitados a cenar en la posada si gustáis de ello-y comprobando que ya no sería neceario se alejó para seguir con sus obligaciones.
Una vez en el local les indicaron dónde podían alojarse,el lugar era pequeño y pronto se vio abarrotado por la multitud.
Niëlúne fue conducida a una pequeña estancia bien iluminada,solo constaba de una cama,un pequeño arcón y una mesita de noche.Era la única mujer de la expedición pues Alkalabrindeth los había dejado cuando aún permanecían en Yävetil,así que la acomodaron para que tuviera toda la intimidad posible.En la habitación había un pequeño baño con una tina;encontró dentro una camarera que preparaba el baño con agua caliente.
-Ya puedes retirarte,gracias-dijo la joven a la camarera,y miró con alivio hacía la humeante bañera.-Necesitare ropas limpias,voy a darme un baño y no puedo volver a ponerme éstas,están sucias del viaje.-la camarera asintió y salío rauda al ver el apuro de la joven.
Rápido se apresuró a desvestirse y a introducirse en el agua.Necesitaba descansar,desprenderse de la suciedad que traía consigo,y sobre todo,aclarar su mente embotada ya del vaivén del barco.
Antes de darse cuenta se quedó adormilada,el cansancio y el vapor se hicieron presa de ella.Unos toques en la puerta la sacaron de su aletargamiento.
-Ssí,¿quién llama?-preguntó casi dormida aún.
-Soy la camarera,traigo la ropa limpia que me pidió.
-Está bien,pasa.
Salió de la tinaja y se envolvió en una toalla.Ni siquiera esperó a secarse,directamente pasó a la habitación donde se encontraba la muchacha.
-Está bien gracias;por cierto,si ve al señor Bohr dígale que bajaré en un rato.
La joven asintió y volvió a salir de la estancia.
Envuelta aún en la toalla se asomó a la ventana de la habitación,poco a poco el sol fue escondiéndose dejando paso a la oscuridad.A la lejanía,sólo se distinguían las copas de los árboles que lentamente iban desapareciendo tras los últimos rayos del astro rey.Como telón de fondo se iban abriendo paso pequeñas manchitas de luz,estrellas que iban cobrando fuerza en el firmamento.Se apoyó contra el cristal y sintió el creciente frío de la noche.El otoño empezaba y las primeras noches se le antojaban tristes,le recordaban a su madrastra,el color de las hojas secas que se desprendían de los árboles se asemejaban al cabello rojo fuego de la elfa.Cerró los ojos y las lágrimas brotaron casi sin desearlo.
Cuando se hubo calmado se aproximó al lecho donde la camarera había dejado las ropas limpias.Se deshizo de la toalla y se vistió.Era un ligero vestido de gasa blanca con encajes de plata en las mangas y el escote.
Recogió la larga cabellera hondulada en una trenza y se dirigió a la puerta para reunirse con el resto en la sala común.
[Editado por mithril_ el 27-09-2006 20:17]
Bohr Daedth
Al fin en casa.
El fuerte no era el lugar más ameno del mundo, pero al menos estaba dentro de unos límites que Wethan había aprendido a apreciar. Qué tonto creer que de esta línea hacia allí se siente distinto que de esta línea hacia aquí... pero los sentimientos no tienen porqué no ser tontos.
Más alegría sintió el líder del Lunte I Naryier cuando se encontró con Lyshiön, viejo maestro, aunque de viejo, el elfo, no tenía nada.
- ¡Bohr! ¡Has regresado, hijo! ¡Tantas cosas se han oído!- dijo el Maestro de Armas.
- Mucho ha ocurrido, maestro Lyshiön. Pero estamos bien... los que estamos.- Entre ternura y pena mostró el generalmente tosco humano.
- Sí... aquí nos ocupa la guerra, pero tu parte en esta, fuera de casa, no es nada fácil.- Comprendía Lyshiön.
- Es algo que debía hacer, Lyshiön. La guerra... - se excusaba Bohr de su impulsividad.
- Nada, eh, no debes justificar nada. Tus pies han pisado a favor de Heren Fanyarëa, y tu puño ha blandido aceros igual. No es más necesario un hombre en la batalla sino en la consecusión del final de la guerra, y ahí es donde te llevará siempre la Unión, príncipe Varna.- Lyshiön sonrió. Hablaba de la guerra como si fuera un pacifista, pero sin embargo era el más grande en estas artes entre la gente de Vilwë..., de Naredhel y de Rawein.
- Gracias amigo. Tal vez tengas razón, como siempre.- Bohr le apoyó el brazo sobre los hombros y ambos se internaron hacia las salas principales de la fortaleza.
...
- ¡Que necesito hablar con alguien, maldición!- le decía exasperado Rialath al guardia que se le había acercado por fin. Las habitaciones donde lo habían dejado no eran muy frecuentadas, así que se habían demorado en volver a atenderlo.
- Disculpe caballero, suponíamos que aún dormiría.- le respondió parsimonioso el guardia mientras habría la puerta. - Ha venido el señor, Principal Lyshión Morkarendil, quien os trajo aquí, y...- El guardia fue interrumpido.
- Deja, Narnad, gracias. Yo me ocuparé. Avisale al Prefecto. Gracias.- lo excusó Lyshiön, y se dirigió a Rialath. - Bien decía nuestro amigo, forastero, soy Lyshiön Morkarendil, jefe de armas de el ejercito de estas tierras, y el es Wethan Bohr, de la nobleza.- A Bohr le cayó gracioso el término.
- ... A ver, Señor, agradezco preciosamente el trato. Mi nombre es Rialath no soy de por aquí. Ya necesitaré saber cómo fue que no morí allá afuera... ni aquí adentro. Pero me urge más saber donde estoy, y que ocurrirá conmigo.- dijo Rialath.
Bohr tomó la palabra. - Estás en la tierra de Fanyarëa, al sudoeste del Earmitya, el mar central de Arador. Esta ciudad es el fuerte de la frontera, Osto Fendassë. Veo que habéis sido herido por diez atacantes, pero estás vivo. Son tiempos de guerra, y es nuestra recomendación, pero si pretendes quedarte en el territorio, deberás acompañarme, luego de un entierro en un ciudad en la tierra fértil, yo debo ver a nuestra Regente, la sacerdotisa Náredhel; y tú debes hablar con ella para que se entere de tu existencia aquí y podamos ayudarte si es que está a nuestra mano y ella lo determina necesario.- Cuando Wethan Bohr terminó de hablar Rialath asintió aturdido aún.
- Puedes andar libre por Osto Fendassë hasta que mi amigo parta. Prepara lo que desees, y solicitame lo que te haga falta. Si ves algún guardia siempre cerca, no te alarmes, esta es una ciudad de guardias, y no por nada en particular, pero tendrás cierta vigilancia.- le aclaró el Maestro de Armas a Rialath. - Seas bienvenido entonces, Rialath, a la frontera de Fanyarëa.-
Todos hicieron un gesto de con la cabeza, saludándose.
Rialath
A Rialath no le hizo ninguna gracia tener que quedarse allí, pero al menos podría recuperar armas y ropas y gozaría de "libertad", tampoco le agradaba tener que visitar a la señora del lugar, aunque era algo que era totalmente inevitable... y los últimos encuentros con señores de otras tierras por las que había pasado le habían sido desfavorables, Rialath tenia un código de honor muy personal y lo seguía con pies de plomo, eso le había granjeado la enemistad de muchos y era lo que lo había llevado al exilio de las lejanas tierras al oeste y al norte, no era una persona dada a unirse o a servir a otros, en el ardía un fuego de liderazgo que no podía evitar y que le había provocado multitud de luchas interiores pues su otra característica principal era el deseo de soledad... demasiadas penas cargaba su joven alma y en la soledad había buscado purificarse, aunque lo único que había conseguido había sido ser perseguido por esos... pero ya estaba, los había vencido al fin y ya no le molestarían mas, pero le pesaba la crueldad de que había hecho gala y el pensar que nadie le había visto no era consuelo, el sabia que había hecho y que no lo podría cambiar, deseó que los hubieran enterrado dignamente, al menos eso...
- Una deuda de vida me ata a vosotros- se le vio contrariado mientras Rialath decía eso, no le gustaba deber nada, pero deber la vida... ahora estaba obligado por honor a servir a la causa de sus salvadores hasta que la muerte se lo llevara o estos decidieran liberarlo, y si estaban en tiempos de guerra y habían visto sus heridas y cicatrices habrían deducido que el era soldado y la posibilidad de que lo dejaran marchar sin más era escasa, lo que quizás no supieran era la habilidad en el manejo de las armas con que contaba, superior al de un hombre normal. Con suma resignación continuó- Mi vida pertenece ahora a vuestro señor y con ella puede hacer lo que le plazca... pero ahora mismo me preocupa mas... había dos hombres... de mi misma raza, muertos cerca de mi... - no quería decir como les había dado muerte, se avergonzaba de ello y eso se reflejó con destellos de tristeza en la mirada del dúnadan- ¿que ha sido de ellos?