Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Hón
2007:03:25:10:07:29
Bohr Daedth
Esta ciudad es de donde proviene todo el bullicio de Fanyarëa. Así es conocida, por ser el centro de la región oriental del territorio dividido por Sorontarna, las montañas. Ubicada en la región mesopotamica conocida como Serkifána Sírotiën, se fundó cuando los pueblos ramalië se fusionaron con los campesinos de la región y establecieron la primer plaza de comercio. Hón es una ciudad construida en la confluencia del Morehtsir hacia el Sirhonë o Sirhón, el río más extenso de Fanyarëa, que llega hasta el mar. Por su particular enclave, Hón se encuentra dividida en tres partes, una en cada vertice de la confluencia, unidas por la monumental construcción de un puente que las interconecta, una obra en la que también se levantan algunas construcciones, por ejemplo la Alcaldía del Puente, y murallas.
Hón parece no dormir, y no callar. Constantemente circulan por sus callejas, mercados y humildes hogares y posadas gran cantidad de campesinos, pescadores, comerciantes y otros hombres de pueblo. Los ánimos son siempre vivaces y sencillos, y los modales son rústicos pero amables, atentos y generosos por lo general. Su atractivo particular, además de ser el principal centro y reserva de producción, le da una caracteristica promiscuidad, ya que en más de contada vez, la cantidad de gente albergandose y circulando excede la capacidad habitacional. A pesar de todo, la gente común del este, la prefiere. En ella, las tres facciones se mezclan en armonía, a pesar de las mentalidades de Soron-Taurafernar (o Soron-Taurafernëa), el Oeste.
Si bien las tres partes de la ciudad tienen predominancia de algún aspecto, comercio, pesca y fondas y tugurios, las actividades se distribuyen bastante equitativamente logrando una unidad que no permite hacer mayores distinciones entre los tres extremos del Puente.
Bohr Daedth
Bohr despertó a orillas del Sirhonë. Tenía las uñas de la mano izquierda sucias de sangre. Estaba desnudo y arrastrado en la tierra húmeda del río.
Se levantó con mucho esfuerzo, el cuerpo le pesaba. Recordaba todo lo ocurrido hasta entrar a la Sala del Rey y mezclarse con la triste y pasmosa oscuridad.
Había estado con Laito Rawein y había intentado manejar sus sensaciones frente a él. Pero lo había lastimado, en un intento por contenerse al mismo tiempo que el de hacer desaparecer al heredero en ese preciso momento. Aunque había otros sentimientos por el pequeño rey, que aún se mantendrían reservados. Y Bohr no era hombre de meditar lo que sentía, así que no sería conciente de aquello por mucho tiempo.
Le preocupaba Lomëa Útyelnaikë. Esa parca elfa pondría precio a su cabeza, seguramente, no importaría lo que el niño dijera. Y no podía pedir consejo en Naredhel, tal vez ella hallara algo malo en él y lo privara de su don de ser libre. Siempre había sentido eso frente a Laito, pero esta vez se había tentado demasiado. La Yareari... sus miradas no lo dejarían dormir de ahora en adelante. Y la sombría de su personalidad sería una amenaza constante.
Tenía que encontrar algo con que cubrirse... y meterse entre el gentío de Hón, que no estaba lejos.
Bohr Daedth
En el pueblo era un día común. Los hóndorië iban y venían a los apurones, canturreos aquí, tal vez una discusión en otra parte, los trabajadores, campesinos y comerciantes no gustaban de la quietud, así que, por si acaso, andaban.
Tal vez más tarde se percatarían, pero en principio, nadie se sorprendió con la llegada de un soldado, llevaba puesto un casco que no le cubría el rostro, la visera había sido quitada o destruida, tenía una armadura de la guardia de Vilwë, así que nadie tenía nada que decir al respecto, esas cosas no se obtenían si a uno no le correspondía...
-Permiso caballero- dijo un elfo que llevaba un bulto de lanas hacia el depósito frente al que Bohr se había quedado parado. Bohr se movió torpemente. Detrás del cargador venían otros dos conversando muy entusiasmadamente, uno arrastraba una bolsa de cuero. Bohr no sabía como tratar con la gente común de Fanyarëa, uno era un elfo y el otro parecía más un mixto...- Hey, vosotros... señores... usted... He cruzado a pie las orillas del Sirhónë, mi montura... tuvo que morir. Podría decirme usted donde encontrar un lugar donde descansar y...- El medioelfo lo interrumpió. - Mire, entiendo. Acerquese al Puente desde allí verá el puerto, si observa hay una peninsula, allí está el Refugio de las Naves, encontrará gente de su rango. No se preocupe,-habrá dicho por la expresión en el rostro de Bohr- pase un buen día en Hón.-
Bien. Bohr había mentido de palabra y de aspecto. A la gente de Hón no le importaba, si uno no tenía malas intenciones no había porque ser descortés. Ahora tenía un lugar adonde ir, pero tal vez fuera el lugar al que menos le convenía acercarse.
Desde donde estaba se veían los Puentes. Iría hasta allí y lo pensaría...
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Bohr Daedth
Mientras se acercaba a la cruz que formaban los puentes que unían los tres extremos de la ciudad. Bohr, el caballero de armadura real, se cruzaba con gente y más gente, de todas las clases, y muchos saludaban, y a muchos respondía el saludo. Le sorprendió la extraña belleza de una muchacha que iba junto con los pescadores llevando un tendal con una ristra de truchas. En el camino la volvió a ver una y otra vez, lo seguía y lo observaba, le sonreía, él le seguía el juego. Parecía más bien humana, cetrina.
Caminaba por la pendiente hacia el centro de la Y. Nunca en su vida, incluso si alguna vez había pasado por Hón, había visto tanta gente junta, parecían mas bien ratones, abejas, hormigas. Zumbaban, corrían, se molestaban , se disculpaban, se saludaban, sonreían. Desde las tapias de los lados podía apreciarse en toda su magnitud el cúmulo de personas que formaban la ciudad trínita, más los edificios, las tiendas y chozs, y las barcas en el río. Tambíen se percibía un poco la distancia, se veía un pueblecito a lo lejos al noreste.
Ese traje pesado no era de su preferencia. Le ajustaba y le molestaba en algunas partes. Pero de no ser por la benevolencia de algo superior habría llegado desnudo y se le habría complicado más estar donde estaba. Le concedió un túmulo a los restos del corcel, y se puso armadura y vainas, su propietario no estaba allí hacía mucho por lo que se notaba, no había rastros y el equipo estaba acomodado al pie de un alamo...
Se veía el puerto, y la península. ¡Que bella flotilla! El corazón le empujó hacia allí. Los pensamientos... en último termino tenía un montante que parecía peligroso. Lo tanteó y se acercó al borde del puente. Tenía ganas de andar por el reborde. Iría.
Bohr Daedth
A los navegantes y a los pescadores le gustaba ver hombres del ejército rondando sus puestos. A la gente de la ciudad también, no era algo habitual, y les recordaba que eran protegidos por la patria a la que pertenecían. Más acostumbrados a ver soldados de Osto Fendasse, ver a un guardia de Sornosunë, hombres de Lyshiön era todo un evento. Pero también estaban ocupados, y debían mostrarse orgullosos junto a su trabajo y sus barcazas. Así que mientras el caballero recorría las calles de los muelles sólo algunos lo miraban con maravilla.
Estaba hastiado de esas ropas, pero eran lo unico que tenía, y acomodarse las irregularidades en ese momento no era aconsejable, tenía muchos ojos desconocidos encima. Unos lo saludaban con señas de los Yarear, y él respondía; qué suerte haber conocido al Maestro de Armas y haber aprendido aquellos movimientos, pensó.
En la peninsula se maravilló con las navecillas preparadas para combate. Dos eran casi completamente barcos de guerra. Los marinos, por el momento se preocupaban por sacarle brillo. El capitán se distinguía entre todos, era un hombre altísimo y fornido, detrás suyo, o más bien a su lado iba un enano con una pipa. El hombre caminaba por la popa de uno de los barcos, más tarde Bohr sabría que era una fragata. En su ilusión, fue un ruido que hizo su armadura la que avisó al capitán que él estaba allí. Con un andar tranquilo y aspavientos bonachones vino hacia él. Cruzó los dedos instintivamente.
- ¡Bienvenido hombre del bosque! ¡Jojo! ¡¿Qué importante tarea os trae aquí a nuestra armada?! ¡¿Valiosa no?! -dijo y la observó panorámicamente. -¡Noto que recien llegas, ¿No es verdad? ¡Eres humano! ¿O eres medio-humano? Bah, sirves a nuestra hermandad... algo de eso serás, jojojo!- No hizo falta mucho hablar, para notar que el capitán era un buen hombre, de poco hablar, y mucho gritar. Se sintió tímido.
- En realidad estoy sólo de paso. Me alejé demasiado siguiendo a unas bestias que andaban cerca de la ladera y se hirío en un pantanal, tuve que dejarlo junto al río...- La timidez servía para imitar la pesadumbre.
- Pues... dejame hospedarte amigo. ¿Cuál es tu nombre camarada? Mi nombre es Sántûra, pero prefieren decirme Santur...-
- Soy... - Bohr podía delatarse con sólo decir las palabras equivocadas. Intentó conjugar un nombre con sus recursos de elfico noldorin - Manë… - \"Bueno\", tenía que decir que era bueno. -...Col…Uë...- \"Carga vellocino\" recordó aquel hombre que le pidió permiso llevando aquella lana. -...Athean...nér...- \"Hombre varón\" al fin y al cabo eso se suponía que era. Y se calló la boca, seguir sería catastrófico.
Fue entonces cuando el enano que acompañaba al capitán lo miró con escepticismo. Y Bohr pudo ver, las facciones de aquel enano eran muy bellas y su piel era brillante, aunque sí, era narigón, su mirada tenía un encanto que no había visto en ningun naugrim. Además no era tan ancho y desproporcionado como sus pares. Era un enano extraño. Como todo lo que allí estaba ocurriendo.
El capitán pensó las palabras de Bohr-... así que... Mane...col...we...athean...ér... haremos una cosa, te diremos Wëathean si no te molesta! ¡Hasta que nos aprendamos tu nombre! ¡¿Sí?! - La ingenuidad del capitán agradó a Bohr, aunque luego lo preocupó, tal vez por ponerse a pensar, y encima en voz alta, lo había descubierto.
- Este es mi compañero, Shatdul-Bunffelak; éste ya sí que me lo recuerdo...- El enano arrimó el brazo con fuerza, y lo mismo hizo Bohr para responder al saludo. - ¡Vayamos, quizás Wethan quiera descansar, tomaremos una cerveza, sí, y descansaremos, sí!
Wëthan, es decir, Bohr, caminó entre Santur y Shatdul, temiendo, parecían los custodios de un prisionero encarcelado, uno a cada lado. Pero bien, iban a la taberna, a por una cerveza...
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Alsenot
Un chillido de Águila rompió el cielo de Hon, y algunas cabezas se volvieron en busca de su causa, desacostumbrados como estaban a ver aves por aquel lugar, nido de la más sucia vertiente de la estirpe humana. Sin embargo, nadie llegó a divisarla, pues antes de que éste hubiera terminado, su causa inició un picado que concluyó en el interior de un pequeño pajar.
Allí Alsenot volvió a ser hombre, volviéndose en toga su plumaje, y ocultando sus rasgos una capa, y no una forma. Llevaba largo tiempo fuera del país, ocupado como estaba en largas y tortuosas negociaciones con sus vecinos, el Realengo de Farothdin. En aquellas tierras se hablaba de guerra, al igual que había hablado él meses atrás, sin ser escuchado por sus consejeros. Demasiado tiempo había estado Heren Fanyarea distraído del mundo, demasiados años conspirando en la corte, demasiado esfuerzo desperdiciado en destruírse a sí mismo.
El señor de los hombres comenzó a caminar entre sus súbditos, ocultando su identidad con ayuda de una larga toga. Bajo ella podía sentir el peso de su espada, afilada, pendente de un cinto que quizá no debería haber sido capaz de sostenerla. No tenía nombre, pues Alsenot no lo consideraba necesario, y nunca se lo daría, llevase a cabo cuantas proezas fueran necesarias.
Hon era la ciudad de la campiña situada más cerca de la frontera norte, y por ese motivo había sido escogido por Alsenot para hacer su primera parada. Allí tendría ocasión de reposar antes de su regreso a Nestnwelath, y de paso, podría comprobar con sus propios ojos el estado de la flota que, se suponía, residía en aquel lugar. En ese momento, más que nunca, sería importante que las tropas estuvieran listas, pues resultaba imposible saber cuándo se iniciaría el conflicto que pronto azotaría aquellas tierras.
Alsenot sabía que aquella era la mejor manera de hacer las cosas: personalmente y por sorpresa, para impedir que la situación se adornase en exceso por aviso de su llegada, y al mismo tiempo para evitar que las noticias se corrompiesen en el trayecto de los ojos del informante hasta su boca, y desde su boca hasta los oídos del informado. Lo vería por sus propios ojos, y juzgaría.
La actividad del lugar le sorprendió, aunque no agradándole en exceso. Toda clase de negocios febriles y turbios se cocían a su alrededor, y muchos le eran ofrecidos constantemente. Sintió deseos de revelar su identidad en algún momento, solo para comprobar qué efecto provocaba su aparición, y para tomar nota del grado de avergonzamiento que sentían aquellas gentes lascivas, pero sabía que sería una estupidez, y que le costaría perder la ocasión de sorprender a los capitanes de marina.
Fue en mitad de esa actividad cuando Alsenot pudo comprobar con sorpresa que no era el único miembro de la alta casa que se movía por aquellos lares de incógnito. Su vista de águila, entrenada para captar con minuciosidad cada detalle, le mostró un sorprendente evento: su hijo, por algún motivo, se encontraba allí.
-Bohr- murmuró Alsenot, y comenzó a seguirle. ¿Qué haría allí?. Por un momento, deseó que tuviera una buena excusa, pero no guardaba demasiadas esperanzas. Su hijo siempre había sido un desastre en todos los sentidos, y lo más probable era que estuviese en aquella ciudad intentando impresionar a alguna moza con sus galones para llevársela a la cama.
Lo peor es que aquella vestimenta no se correspondía con la que debería ser, así que resultaba aún más evidente que Bohr estaba tratando de pasar desapercibido.
El trayecto comenzó sin parecer seguir ninguna dirección concreta, pero pronto culminó en el puerto. El bienamado puerto, al que Alsenot se habría dirigido de todos modos.
La flota que allí residía parecía sólida, y los soldados estaban bien puestos en su sitio. Dos galeotes estaban perfectamente armados, con armazones y recubrimientos que los protegiesen de armas enemigas, e incluso algún precario sistema de asedio para situaciones complicadas. Sobre el resto se trabajaba aún, con mucho retardo y parsimonia, al tiempo que los soldados disfrutaban del sol y bromeaban. Nada indicaba que aquella armada fuese a estar lista a tiempo, ni que en el horizonte de Árador se vislumbrase guerra. Habría que cambiar aquella situación.
Sin embargo, por el momento le interesaba más ver qué hacía su hijo. Para su sorpresa, se dirigía a hablar con el capitán de uno de los navíos, aunque parecía casualidad en muchos aspectos. Quizá hubiese aprendido alguna interesante maniobra diplomática, pensó Alsenot, pero tardó poco en desengañarse. El capitán, su hijo, y un enano abandonaron el barco a los pocos minutos, y enfilaron directos hacia la taberna más cercana, fácil de percibir entre el gentío por un grande y destartalado cartel de madera que rezaba \"La Jarra de Hon\".
Decidido a dar un par de escarmientos aquel día, Alsenot esperó con paciencia, deslizándose hasta un callejón oscuro, dónde nuevamente se tornó en águila. Esperó a que el trío alcanzase la taberna, y entonces avanzó hacia ella.
Bohr Daedth
En la Jarra de Hón, Bohr supo mucho de Santur, cualquiera diría que supo demasiado, el capitán más experimentado de la pequeña flota de la confluencia de los ríos. Supo de muchos lugares de los que había conocido, y de las mujeres que había amado y de las que no tanto, supo de las batallas que había librado y de los enemigos que había vencido.
Wethan era un buen oyente para el capitán gritón. En las condiciones en las que se encontraba, le convenía callarse y no meter la pata, así que tenía que esforzarse muchisimo por no imponerse, de tanto suponer lo que los Numearámar, como allí alguno que otro llamaba a los nobles de Fanyarëa, estarían planeando, creía que estaba en juego su propia vida.
Wethan, al fin también le cayó bien a Shathdul-Bunffelak, el enano era buen tipo, conversador y ameno, solemne cuando había que serlo, y simpatico cuando correspondía. Pero algo le inspiró Shathdul a Bohr que nadie le había mostrado hasta ahora, se suponía que era un Russan Rámar, y por momentos parecía tampoco estar ni con unos ni con otros. Bohr vio en Shathdul a un ser perdido, realmente perdido, solo. Le caía bien, pero trataba de evitar detenerse mucho en el tipejo, le causaba tristeza. Y Bohr no iba a ponerse a sentir tristeza! Él tenía, aunque fueran para él algo pobres de espíritu, gente, parientes, afectos, enemigos (si así cabía decírsele), estaba rodeado de otros. Shathdul no..., y no parecía haber forma de darle solución.
Después de tomar bastante, el bastardo terminó por ponerse ebrio. Se río también con otros de los cuáles tendría que volver a aprenderse los nombres, aunque éstos tampoco le pronunciaban las palabras con mucha sobriedad.
Bohr olvidó que llevaba puestas incomodas partes de una armadura, algunas habían quedado revolcadas por el suelo de la taberna. Aún llevaba la vaina del espadón. Y sí, la empuñadura estaba ahí, o más bien había tres...
Algunos salieron de allí rumbo a donde fuera que vivían o dormían. Con éstos Bohr se reía de las leyendas que se contaban sobre los cuervos... y salió también. Todavía no era la madrugada.
Caminó con algunos por el muelle. Un puesto de pescadores no había sido del todo desmontando.
- Hey, que va a llover?-
- Siquiera está nublado, para donde dices que miras?-
Bohr se tuvo que sostener sobre un... elfo¿? Era bastante fuerte para sostenerlo mareado, con acero y mithril encima.
- Hey, pirata, no te conozco??? - dijo Bohr aguzando la vista.
- Todavía te falta mucho por conocerme, Numearamár - le respondió una voz de niña.
Era la muchacha que Bohr se había cruzado horas antes en el puente. Era atractiva. Se había infiltrado de alguna forma entre los marinos. Lo había hecho para no perderlo de vista. Era una niña que no dejaba cuentas sin saldar. Ella lo llevó hacia un callejón todavía oscuro, casi cuando estaba por comenzar a amanecer. Wethan obviamente dejó que su instinto... eructara por sí sólo.
Alsenot
Alsenot observó en silencio, paciente, observando sin sorpresa como su hijo se revertía lentamente en los turbios placeres que aquella ciudad ofrecía a todos los que allí se presentaban. Tendría unos cuantos problemas por su conducta, pero antes había algo que él, como señor de los hombres, debía hacer.
Un águila sobrevoló la flota, acercándose por doquier, flanqueándola y observándola desde todos los ángulos. Era una armada tranquila, a la que un ataque habría masacrado de un manotazo, sin piedad. El momento ya estaba escogido.
Cuando el capitán regresó al barco, ebrio y desorientado, un águila se posó frente a él, esperando en el encabezado de la plataforma que permitió al turbio Santur alcanzar la cubierta. Bohr se había perdido de vista hacía un rato, secuestrado por las atenciones de una muchacha que sin duda sería el culmen de su tarde de desmadre. El capitán del barco, en cambio, se plantó quieto, observando fijamente al ave que, oculta por las sombras nocturnas, le observaba fijamente posada sobre la baranda.
- Traicionas la confianza del señor de los hombres, Santûra, iniciando a su hijo en el mal vicio de la bebida y las mujeres y olvidando a su suerte la flota que te fue confiada por tu supuesta pericia en el mar.
La mirada del capitán se tornó desorbitada, al enfocar a una figura encapuchada que ocupaba el lugar del ave pocos segundos antes. Retrocedió por el sobresalto y cayó de espaldas, provocando un estruendo que alertó a varios guardas. Dos de ellos avanzaron sosteniendo sus lanzas hacia la figura ignota, amenazándola y ordenándo a su dueño que mantuviese la compostura y no moviese un músculo. Hubo un destello un instante, cuando el acero abandonó su vaina, y con una agilidad insospechada una espada recta salvo en su punta trazó dos semiarcos en el aire, arrancándole a las lanzas las puntas, y al tiempo la figura ganó la espalda de sus rivales, golpeando al primero con el canto no afilado de la hoja en la nuca, y derribando al segundo de un certero golpe de talón tras la rodilla. Entonces Santur reaccionó por fin, y tratando de sonar contundente a pesar de las jarras de cerveza, gritó un \"quietos\" que impidió una masacre.
Saboreando la sangre que sus dientes habían derramado en sus labios, Alsenot avanzó con parsimonia hacia el capitán del barco, increpándole de nuevo.
- Veo que tus hombres están habituados a tu alcoholismo, pues te obedecen incluso bajo los efectos del más áspero vino. Sin duda son leales, aunque me pregunto si no es cosa del miedo, más que de tu autoridad, lo que les impide seguir avanzando.
- Lo siento, mi señor. - Santur estaba avergonzado. Se levantó como pudo del suelo, tambaleándose por el peso de su armadura, e invitó a Alsenot a su camarote. Los marinos volvieron a sus puestos, extrañados.
Una vez en el camarote, Alsenot tomó asiento sin esperar a que se lo ofreciesen, como acostumbraba a hacer, comenzó a hablar.
- ¿Sabes lo que he estado haciendo durante los últimos meses, Santur? ¿Sabes donde ha estado el señor de los hombres?
- No, mi señor. Los asuntos del águila solo el águila debe saberlos.
- Bien, pues tú los sabrás... al menos en parte. Llevo meses moviéndome por todo Árador. He dejado atrás mis tierras, Fanyarea, para observar pacientemente lo que ocurre a nuestro alrededor, mientras nuestra corte se impregna de conjuras y engaños, y tiene los ojos vueltos hacia sus cuencas. Sin embargo, antes de irme, dejé encargado a una serie de personas ciertas tareas que consideraba importantes, y entre esas personas estabas tú, Santur. ¿Has cumplido lo que yo, personalmente, te encomendé?
- La flota está muy mejorada desde la última vez, mi señor.
- ¿Muy mejorada? - el tono de voz de Alsenot no se alteró - No fue eso lo que te dije. Te dije \"lista\". Preparada para el combate. No tienes ni la mitad de las naves ocupadas, no hay disciplina militar, y, para más inri, te dedicas alegremente a emborracharte, dando un pésimo ejemplo a tus marinos. A tus soldados, Santur.
- Lo siento mucho, mi señor.
- Quizá, pero con sentirlo no basta. Llevo meses viajando por árador, y ¿sabes qué he visto?: guerra. Soldados, armadas, conflictos de intereses, enemistades. Los pueblos aclaman por la sangre de sus vecinos, las naciones se exigen y se reclaman unas a otras responsabilidades por hechos pasados que nada tienen que ver con nosotros. Pronto habrá conflicto alrededor de nuestros mares, y nosotros no estamos preparados para ello. Y créeme que llegará hasta aquí, y si todos los capitanes a los que confié la preparación de una armada han hecho como tú, no lo estaremos a tiempo.
Santur bajó el rostro, ocultándolo de la vista de Alsenot. El señor de los hombres se levantó del asiento, y le hizo un gesto, indicándole que le mirase a los ojos. Estaba consternado por la situación.
- Permanecerás en tu puesto por el momento, pero alejarás a tus hombres del vicio que infecta esta ciudad. Te pese o no, has perdido el mando de esta armada. En cuanto a ese asunto, quiero que sepas que has estado emborrachándote con el inútil de mi hijo esta tarde. No se lo digas a nadie, al menos no hasta que yo le localice. Pronto partiré a Nestnwelath, donde me reclama me nación, pero no antes de solucionar cierto aspecto aquí. Allí me encargaré personalmente de asignar a un oficial adecuado para asumir el mando de esta armada. Tú quedarás como simple adjunto, pero seguirás en el puesto. Salva tu honor, y termina la labor que te encomendé antes de que llegue el hombre que hará de verdad el trabajo. Pero más te vale saber que esta vez estarás vigilado.
Y así abandonó Alsenot el camarote de Santur. Se tornó nuevamente en águila, y marchó a descansar a un risco afilado, esperando el momento de reencontrarse con su hijo.
Bohr Daedth
- ...te ofrezco este medallón, fíjate es de un guerrero cetrino de Taurëlinque.-
- ... no, déjalo, ya te dije que no, y que es...- decía la muchacha, cubierta con unas mantas. Hacía calor, pero estaba desnuda. Bohr le dio un brazazo al despertarse.
No le pegó fuerte, pero lo suficiente como para que se asustara y se callara, fue sin querer. Ahora a ambos les dolía la cabeza, por motivos diferentes.
Bohr estaba en un callejón sucio de algún rincón de Hón. Estaba revolcado entre trapos. Partes de una armadura de la Orden estaban amontonadas junto a la pared. Encima, ropa de mujer, de la mujer que tenía al lado.
Tres hombres discutían con ella. Se había puesto a observar la espada de Wethan. Era una espada larga y ancha, pesada, característica porque su hoja estaba compuesta en partes por metal y en partes por algo que parecía nácar, se iban superponiendo en franjas y trozos por lo visto macerados en una forja luego. Él no le había prestado tanta atención aún. Los hombres eran comerciantes, piratas y, pasando por ahí la vieron y querían comprarla.
- ¿Que es lo que está pasando? – dijo Wethan despabilándose, aunque con la resaca como verdugo pervertido.
- Te damos por tu precioso acero... Mmmmm... ¿Cuánto pretendes?- dijo uno de los tipos.
- No se vende, es tuya, Wethan, déjalos...- dijo la chica.
- Bueno, bueno... déjenme despertar... Vosotros, si quiero venderla los buscaré, dónde puedo encontrarlos...?- Ella lo miró con un sobresalto.
Los hombres le dijeron a Bohr dónde estarían, y los vio marcharse casi conformes, intuición de comerciantes.
- Ya, ya, ya! Al menos quería que se fueran. No sé qué voy a hacer con...- Le contestaba a la muchacha, para contener sus reproches antes de que dijera nada. - ¿Quién eres?- la ubicuidad característica de Bohr.
- Mi nombre es Nikhe. No te acuerdas, pero nos conocimos ayer... y anoche.- No era una timorata.
- ¡Sí que me acuerdo! Aunque no todo. Y... – miró y recordó la molesta armadura.- ¿Qué ropa me pondré para salir de esto? ¿Dónde estamos?-
Ella le explicó en que escondrijo de los Puentes estaban. También le habló de cubrirse un poco con las telas sucias y algo de la ropa de ella, y de conseguir algo en el mercado. Que ella sabía dónde en el mercado conseguir un verdadero valor por esa espada si es que él quería negociarla. Bohr se recostó un poco, estaba bastante aturdido.
- ...¿Y? ¿En Nestnwelath tienes alguien con quien vivir para siempre?-
- ¿Vivir para siempre? – Bohr no entendía ese concepto, lo asociaba con los elfos. – No soy elfo y...- Además había sido criado entre hombres que apenas habían podido conocer el concepto de fidelidad, primero educados por los elfos de la Unión, después viviendo salvajemente en las ruinas de un infierno helado.
- No es cosa sólo de elfos. Somos jóvenes, pero... nunca pensaste en cuándo seas viejo y tengas una ancianita a tu lado?-
- No, la verdad, jamás se le había pasado por la cabeza. Su propia madre no había sido una “esposa”. - Un día moriré, así que, cómo creer que viviré para siempre. Ya moriré, no todavía...-
...
- ...preguntas mucho, pero... peleo contra el enemigo, está más que claro que el enemigo es “malo”.- Bohr no se refería al Enemigo, sino al rival, al que fuese en el momento que fuese, para él en eso consistían el bien y el mal.
- jajajaja, no seas tonto, digo, la mala gente, los malos espíritus, el “daño”...- Ella no era tan inteligente como para entender que Bohr no entendía. Mejor así.
Él hizo una mueca. – Y, es que si nadie te dijo nunca quien es que hace daño, no te enteras hasta que tienes su hacha clavada en el pecho, pero ya sería tarde...- Ella volvió a reírse de sus “bromas”.
...
Bohr parecía una extraña mujer de Cuin’ a Fairë con barba de varios días, enroscado en unas telas, con botas de acero y una enagua que escapaba por debajo. Le iba preguntando a Nikhe sobre su aspecto. Ella le dijo que en el mercado nadie le prestaría importancia. Y él medianamente se conformó.
Mientras caminaban pasaron por su cabeza muchas cosas juntas, el grupo de marinos conversando sobre sus extrañas aflicciones, la imagen de Shathdul intentando pertenecer, la herida de Laito Rawein, la chica que iba a su lado, vivir para siempre, lo malo, lo bueno, la espada nacarada, la risa generosa de Santur y lo agradable que fue oírle contar sus tonterías sin intervenir, Nestnwelath, su madre, las fragatas, la flota, Sornosunë... Basta! Estaba pasando mucho tiempo ocioso y su cerebro aprovechaba para atacar con los pensamientos que tenía acumulados. Tenía que detenerlos, no le gustaba lo que cada cosa le provocaba. Se explicaba a sí mismo que tenía resaca. Aunque el resultado de pensar, en realidad, lo que le causaba era angustia.
Iría al mercado o a algún lado. Tendría que aprender a manejarse con el mercado y esas cosas, despedirse de Nikhe y conseguir la manera de seguir escapando, y de saber qué era lo que pasaba en casa. Tenía que pensar menos y ocuparse más. No se sentía cómodo, algo lo estaba incomodando. Cuando giraban para entrar en el mercado le pareció que alguien lo observaba, quiso mirar pero no había nadie ahí. ¡Lo que le faltaba, ahora se sentía perseguido! Pero no, no era su apariencia, aunque se acomodó las enaguas para que se vieran menos, había alguien ahí. Esperaba que no fuera quien él pensaba. La última persona que pretendía ver en aquel momento...
Y Alsenot, Señor de Nestnwelath, adalid de los Varna Rámar, sí estaba por ahí, apunto de encarar a Bohr, a su pesar, su hijo.
Alsenot
- Hola, Bohr. Te estaba esperando.
En mitad de la plaza del mercado se oyó un sobresalto, cuando cientos de personas vieron un águila tornarse en hombre frente a sus ojos. Hubo murmullos, y muchos salieron corriendo, gritando maldiciones para la perversión de Hón, mientras Alsenot avanzaba impasible hacia la figura enmascarada de su hijo.
Iba acompañado de una muchacha, la misma que había conocido al día anterior, y quedó anonadada al oír el nombre viniendo del mismo ser que antes era un águila.
- ¡¿Es que los hombres ya no recuerdan a su guía?!, ¿Hasta que punto se asombrarán de ver al señor de Nestnwelath, posándose entre ellos con ojos observadores?¿Cuántas batallas ha ganado ya Kaín, mi hermano desaparecido, si en todos los lugares en los que me poso mi presencia es sorprendente y mal recibida?¿Qué hacías tú, Bohr Daeth, hijo y heredero del gobierno de Nestnwelath, oculto y vestido de forma grotesca, que no estabas cuidando del buen nombre de nuestra casa, sino pervirtiéndote entre los mismos hombres a los que habrías de mandar?
Dos miradas se enfrentaron. Bohr sintió como la mirada de su padre le acosaba, agobiándole, presionando sus pupilas que intentaban permanecer firmes, sin éxito. Una voz femenina a su lado fue lo que le derrotó finalmente.
- ¿Wethan?
Bohr bajó la cabeza, sin saber que hacer. Alsenot dio un paso, nuevamente, y se volvió hacia la muchacha.
- Este hombre no se llama Wethan, ni de ninguna otra forma que te haya podido decir. Su nombre es Bohr, y debería ser mi heredero, el de Alsenot, señor y guía de los hombres.
Turbada, la chica retrocedió, y bajó la cabeza, como si quisiese disculparse por su impertinencia. Pero Alsenot no le prestó atención.
- Me debes una explicación, Bohr, pero no aquí en medio. Vayamos a un lugar más recogido. Allí me dirás porqué estás aquí, ocultando tu identidad, y dejando de un lado tus deberes. Y más te vale haber pensado en una buena historia.
Y con una mirada severa, Alsenot comenzó a caminar, guiando a su hijo, abriéndose paso entre el resto de hombres, que se apartaban temerosos de la presencia del águila.
Bohr Daedth
En la cúspide del cruce de los Puentes, se alzaba el edificio de la Alcaldía. Incluso el delegado dispuesto allí estaba ahora junto a los soldaduchos haciendo guardia afuera. En el interior del edificio, grande para lo que estaban acostumbrados en Hón, pero sencillo en comparación a las grandes obras que creaban los hijos de Iluvatar aquí y allá, se hallaba Alsenot, Señor de los Varna Rámar, y Bohr, uno de sus hijos.
El joven estaba aterrorizado y sorprendido. En su ideario impetuoso se decía que él era mejor que Alsenot, pero aún así, no sabía bien porqué, ni le interesaba, le tenía un respeto atroz. Pero a su vez, sabía que el Águila le había dejado algunas tareas a cargo, pero nunca en su vida hubiese creido que aquel lo considerase digno de su herencia, y que hubiese esperado tanto de él. Bohr no era, políticamente, el hijo más importante de Alsenot, es más, consideraba que su padre despreciaba sus virtudes, pero el hombre lo había considerado un \"príncipe\". En ese momento el muchacho cayó en la cuenta de que hasta ahora ese título se lo habían inventado gente de poco rango entre los suyos, tal vez enemigos de Padre, y, más que nada él mismo, pero esta vez lo oía oficialemente, y todo su mundo parecía darse vuelta. Aunque ese día no era el apropiado para asumir tal majestad.
- Señor, han ocurrido cosas, muchas cosas. - Dijo un Bohr empequeñecido. Y habló bajo el callado ceño de Alsenot. Le contó acerca de la sacerdotiza, aunque omitió lo que creía que ocurrió esa noche; le contó sobre el viaje hasta Sornosunë y las intrigas; le contó de su recepción de los elfos monos, y de su reencuentro con la apática Señora de la capital del territorio de la Orden; habló rapidamente de la oscuridad que reinaba en la Sala de Vilwë, omitió por supuesto sus extraños contactos con la penumbra sintiente; y...
- ... el niño, es sólo un niño, él no tiene culpas, son los que lo rodean. Intenté que entendiera... que hay cuestiones superiores... Creo que... lo lastimé. El esfuerzo por contenerme, creo, el esfuerzo, lo lastimé. Siempre ha sido así cuando lo he visto, tal vez no debería haberlo tocado. No quiero volver ahí. No me gusta Rawein, sí, es un medioelfo gracioso, pero no me gusta. -. Lo que en realidad Bohr estaba diciendo era que no se gustaba a sí mismo cuando estaba con el heredero. Y lo que tenía no era desprecio, más bien era miedo, no a las represalias, de las que ahora tenía que cuidarse, sino de lo que Sornosunë guardaba para él, y de en lo que Villión lo convertía. Bohr estaba tan vacío que todo lo que ocurría se le metía en el alma, por eso debía seguir vacío. Y en ese bosque de elfos había demasiado, aunque no supiera qué, no se detendría a analizarlo.
- No debo volver. No sé adonde debería ir. En Nestnwelath estaría bien, pero ellos me buscarán, lo sé. Y no es tan lejos. Debo estar lejos, no sé si siquiera en Fanyarëa.- No se daba cuenta que estaba imponiendose una especie de destierro, incluso pasando por encima de la voluntad de su Señor, de lo que aquel le impusiera. Le contó que llegó al Sírhonë y a Serkifana Sírotiën, apenas tocó el tema del caballo muerto y de la armadura abandonada, menos habló de que no supo cómo llegó allí. Dio a entender que había llegado ahí por sus propios medios, aunque no sabría como explicar cómo evitó a la guardia de Sornosunë.
- Bohr Daedth. Hay trabajo por hacer. Y harás lo que yo diga.- Alsenot era severo, severísimo, pero en el fondo se compadecía del desastre de su propia sangre. Nunca los Varna habían sido libres de culpas y tragedias. El caudillo controlaba y había logrado la supervivencia de su pueblo, aun más no podía con las personas. Salvo lo que podía lograr con órdenes, no podía atarles un destino, y eso a veces le pesaba, pero se dedicaba a las tareas importantes y no podía detenerse en cada caso particular. Era un líder, no un chamán.
Bohr bajó la cabeza, esto de pasar a la edad adulta no estaba siendo tan entretenido. No quería regresar nunca. Pero no enfrentaría a Alsenot. Y menos ahora que este lo había llamado su \"heredero\".
[Editado por elessurendil el 06-05-2006 19:42]
Alsenot
¿Qué haré contigo, Bohr? - pensó Alsenot, viendo como su hijo se revolvía en relatos inverosímiles, narrándole las vicisitudes de los últimos meses. Todo estaba en Fanyarea muchísimo peor de lo que él pensaba. Alsenot volvió a hablar.
- Poco importan tus motivos ahora, hijo mío. Habrás de regresar, y enfrentar los problemas. Nunca debes huir, ni ocultarte, y si cometes un error has de subsanarlo, y no alejarte de quienes sufrieron las consecuencias del mismo. Abandonaremos de inmediato este nido de ratas, y regresaremos a Nestnwelath. Espero que la situación en el país no sea tan desesperada como la pintas, porque esto sin duda nos traerá problemas muy serios. Y ten por seguro que no eludirás tu castigo. Tengo algo en mente para tí, y confío en que te hará madurar.
Alsenot comenzó a caminar con tranquilidad, pensando en cómo haría para lograr un medio de transporte. Normalmente se habría limitado a volar, pero ¿de qué serviría, si el inepto de su hijo era incapaz?. No había heredado ninguna de sus virtudes: ni la prudencia, ni la capacidad de observación... tampoco la moderación. Nunca se había aproximado al Don, ni había sentido afinidad ninguna por el Águila.
Heren Fanyarea. La nación que Alsenot había contribuido a fundar. Todo se pudría por medio de intrigas, asesinatos, corrupción... aquello tendría que cambiar. Viajaría personalmente a Sorosurne si era necesario, para lograr que aquello cambiase....
En cuanto a Bohr, ya había decidido su destino, y no se imaginaba hasta que punto lamentaría su torpeza. Era severo, pero sin duda necesario.
Bohr Daedth
Bohr ponía la mente y el corazón en blanco. Habría de asumir una responsabilidad y un juicio que no deseaba de ninguna manera.
Mientras Alsenot organizaba la partida, el \"Príncipe\", ya vestido correctamente, se acercó a una de ventanas de la Alcaldía. Cerca de allí estaba recostada la vaina de la espada de la que se había apoderado. La tomó y desenvainó a medias, se sentó en la cornisa que daba al balcón y la observó. La fusión de la sustancia conchífera con el metal era perfecta, y su materia era tan pesada y resistente, o más. Incluso tenía un extraño filo, menuda y desprolijamente dentado. Las franjas brillaban con un blanco luminoso que podía encandilar.
Bohr se paró en el borde del balcón. Tenías su habilidad para las alturas, pero no nunca sería un ave. Sacó toda la espada y la blandió en el aire mientras hacía unos movimientos acrobáticos. Sí, era bueno en eso, efectivamente, de eso no tendría que convencer a nadie, era claramente bueno en eso. Se interrumpió cuando vio a los guardias desde abajo observandolo. Linda vista había desde los un edificio en los Puentes, tuvo ganas de hacer un clavado. Pero se metió adentro, y envainó.
[Editado por elessurendil el 08-05-2006 06:14]
Bohr Daedth
...
Niëlúne vagaba por la espesura sin saber muy bien por dónde iba,ni a dónde le dirigían sus pasos.No recordaba muy bien los acontecimientos posteriores al ataque,tampoco se hacía una idea del tiempo que había pasado desde entonces...
Sólo podía pensar en su madrastra,qué habría sido de ella,seguiría con vida...
La noche anterior se había despertado con un horrible dolor de cabeza,había conseguido reconocer algunas de las caras que se agolpaban a su alrededor.
Le habían dicho que algo le había golpeado y en la huída,la recogieron salvando así su vida.De repente recordó a la elfa de cabellos rizados como el fuego,y su corazón dio un vuelco.Por primera vez en su vida supo lo que era estar sola...
Escuchó un ruido a su espalda...unas ramas crujieron y se rompieron.La joven temblaba de frío y de miedo,su corazón empezó a latir con fuerza cuando vio que entre la maleza algo se movía.
Empezó a correr sin siquiera mirar atrás,no podía hacerlo por más que su curiosidad le insistía en ello;siguió corriendo en lo que le parecieron horas,una eternidad.Sólo se detuvo un instante para volver a respirar,los pulmones le quemaban y el corazón parecía que se le acabaría saliendo del pecho,pero no miró el camino andado,no se atrevía siquiera a imaginar qué podía haber allí detrás,así que siguió corriendo tanto como su ánimo y sus piernas le permitieron,de repente vislumbró la salida de la arboleda,podía ver claramente cómo más adelante los rayos del sol empezaban a filtrarse a través de la espesura;aligeró el paso sin saber de dónde sacaría las fuerzas;tenía el corazón en un puño y las lágrimas resvalaban por sus mejillas,no sabía cuánto más podría aguantar.
Sólo se escuchaba el canto de las aves,que parecía que hablaran sobre su fatal destino.Cuchicheaban en voz baja e iban de una rama a otra para reírse de su sufrimento.
Ya faltaba poco,ya casi había conseguido salir pero de repente...ya no pudo respirar más,las piernas dejaron de responderle quedando inútiles como un trapo,se le doblaron hasta clavar las rodillas en el suelo,el dolor que sintió al contacto sólo hizo que extenuarla más,podía ver la salida allá a unos 30 metros.Intentó gritar pero sus pulmones claramente debilitados por la carrera y el hambre no se lo permitieron,alzó su mano en un último intento de conseguir ayuda,pero sólo para volverlo a dejar caer en su costado,cayendo su cuerpo a la vez en la tierra...
[Editado por mithril_ el 17-07-2006 20:19]
...
-¡Eh Gakhân!,aquí hay algo...-el marino se acercó para poder ver mejor qué había tirado en el suelo.-No me lo puedo creer-dijo abriendo los ojos de par en par-¿pero qué es ésto?,mira Gakhân,parece que hemos encontrado un \"tesoro\" jajaja.
El compañero se acercaba con prisas-Vamos Grïm,no te entretengas,el capitán Santûra nos está esperando,si nos retrasamos...-acababa de ver lo que su amigo le decía;una bella mujer estaba allí tendida en el suelo,inconsciente y demacrada,estaba armada y sus ropas sucias y rotas.-Pero qué...
-Lo que yo te decía...un tesoro...y menudo tesoro,estoy seguro de que nos pagarían bien por ella en el mercado.
Gakhân se quedó pensativo unos instantes,y luego habló:
-No Grïm,no la llevaremos al mercado,algo me dice que cometeríamos un grave error.Va armada y bien vestida,aunque sus ropajes están raídos se ve que son de calidad.Creo que es mejor que la llevemos a la Alacaldía,allí sabrán qué hacer con ella.
-Pero Gakhân,yo...
-No-contestó el otro decidido,al fin y al cabo,seguía siendo su superior,y aunque no fuera una lumbrera se consideraba algo más inteligente que su compañero-haremos lo que te he dicho.
La recogieron con cuidado,por un momento Niëlúne abrió los ojos...
-Eh Grïm,parece que vuelve en sí.
-¿Dónde estoy?-dijo en un susurro.Estaba temblando,y aunque sentía por la mirada de aquel extraño que no debía temer,estaba totalmente aterrorizada-¿quiénes sois?-dijo algo más azorada.
-Tranquila,no te haremos daño,estás en la ciudad de Hón,en Fanyarëa.
Niëlúne emitió un lamento y empezó a sollozar,perdiéndose en la oscuridad de nuevo mientras la transportaban a la Alcaldía...
[Editado por mithril_ el 27-07-2006 02:12]
...
Subiendo el puente los interceptó, fuerte y gallardo, un elfo, Thitoron II, descendiente de una familia noble de entre antiguas familias de Beleriand y Ossiriand...
- ¡Hey! ¡Gakhân! ¡Grim! ¡¿Adonde váis hermanos, viejos compañeros de andanzas?! - Thitoron hizo una reverencia a Niëlúne. - Mis saludos, señorita... -
Grim habló.
- Esta muchacha...- se interrumpió un instante y se dirigió a la medioelfa. -Él es Thitoron, Thitoron II de Beleriand, bah, sus padres vinieron de allí, y... -
Gakhân lo interrumpió hablándole al fornido elfo.
- Amigo, ella está perdida, pienso que el Viejo - refiriéndose al alcalde - sabrá qué es lo mejor que podemos hacer por ella.-
- Nah, el Viejo está enloquecido, hay guerra en el Este y en el Oeste... ya lo deben saber... y los Señores de la Montaña están reclamando más y más provisiones, el Viejo está fastidiado, y no anda de buenos humores hoy. Además... no creo que sepa que hacer con vuestra dama mas que ponerla a trabajar o enviarla a alguna otra ciudad. Y por lo que veo, no está en condiciones de andar viajando...- Thitoron servía a veces como guardia en la Alcaldía. Aunque había sido de la antigua tripulación de la pequeña flota de Hón.
- Y...¿? - Gakhân era abatido por las circunstancias.
- ¡Llevemosla al muelle! Allí Santur le dará de comer y donde dormir, y luego ella verá, ¿no es así? - Decía ansioso Grim, reconociendo que al fin se cumplía su propuesta inicial.
Thitoron asintió. - Sí, Gakhân, si hay un lugar seguro en nuestra Hón, eso es el muelle. Tal vez algunos borrachos... pero en cuanto se acaben las reuniones hoy, iré a visitar al capitán y os ayudaré a cuidar de la muchacha.
Niëlúne miró como exigiendo que se considerase al menos su opinión, pero parecían buenos tipos, y ella no estaba en condiciones de decidir mucho en aquella ciudad desconocida.
La vieja tripulación del Capitán Santûra había sido desarmada por Alsenot el Aguila, señor de las ciudades de los hombres, y ahora el marino vagaba taberna por taberna, perdido tanto como Niëlúne. Pero esto estaba pronto a cambiar... la medioelfa conocería a los marinos y pescadores, y pronto se sentiría segura entre ellos. Y le harían un lugar, aunque ella se resistiera a emborracharse con ellos.
Aunque su llegada sirvió de chispa, porque en cuanto ella comprendió los males que aquejaban a esos hombres, se preocupó por encontrar la forma de reanimarlos y reunirlos. Ella no era nadie aún, y nadie le presentaría quejas, tenía una libertad que le permitía andar entre todos ellos y limar asperezas... aún guardando su propio pesar.
Pronto llegaría el día que estos hechos probarían su causalidad...
[Editado por Elessurendil el 30-07-2006 06:25]
Hón
E
n la cúspide del cruce de los Puentes, se alzaba el edificio de la Alcaldía. Incluso el delegado dispuesto allí estaba ahora junto a los soldaduchos haciendo guardia afuera. En el interior del edificio, grande para lo que estaban acostumbrados en Hón, pero sencillo en comparación a las grandes obras que creaban los hijos de Iluvatar aquí y allá, se hallaba Alsenot, Señor de los Varna Rámar, y Bohr, uno de sus hijos.
El joven estaba aterrorizado y sorprendido. En su ideario impetuoso se decía que él era mejor que Alsenot, pero aún así, no sabía bien porqué, ni le interesaba, le tenía un respeto atroz. Pero a su vez, sabía que el Águila le había dejado algunas tareas a cargo, pero nunca en su vida hubiese creido que aquel lo considerase digno de su herencia, y que hubiese esperado tanto de él. Bohr no era, políticamente, el hijo más importante de Alsenot, es más, consideraba que su padre despreciaba sus virtudes, pero el hombre lo había considerado un \"príncipe\". En ese momento el muchacho cayó en la cuenta de que hasta ahora ese título se lo habían inventado gente de poco rango entre los suyos, tal vez enemigos de Padre, y, más que nada él mismo, pero esta vez lo oía oficialemente, y todo su mundo parecía darse vuelta. Aunque ese día no era el apropiado para asumir tal majestad.
- Señor, han ocurrido cosas, muchas cosas. - Dijo un Bohr empequeñecido. Y habló bajo el callado ceño de Alsenot. Le contó acerca de la sacerdotiza, aunque omitió lo que creía que ocurrió esa noche; le contó sobre el viaje hasta Sornosunë y las intrigas; le contó de su recepción de los elfos monos, y de su reencuentro con la apática Señora de la capital del territorio de la Orden; habló rapidamente de la oscuridad que reinaba en la Sala de Vilwë, omitió por supuesto sus extraños contactos con la penumbra sintiente; y...
- ... el niño, es sólo un niño, él no tiene culpas, son los que lo rodean. Intenté que entendiera... que hay cuestiones superiores... Creo que... lo lastimé. El esfuerzo por contenerme, creo, el esfuerzo, lo lastimé. Siempre ha sido así cuando lo he visto, tal vez no debería haberlo tocado. No quiero volver ahí. No me gusta Rawein, sí, es un medioelfo gracioso, pero no me gusta. -. Lo que en realidad Bohr estaba diciendo era que no se gustaba a sí mismo cuando estaba con el heredero. Y lo que tenía no era desprecio, más bien era miedo, no a las represalias, de las que ahora tenía que cuidarse, sino de lo que Sornosunë guardaba para él, y de en lo que Villión lo convertía. Bohr estaba tan vacío que todo lo que ocurría se le metía en el alma, por eso debía seguir vacío. Y en ese bosque de elfos había demasiado, aunque no supiera qué, no se detendría a analizarlo.
- No debo volver. No sé adonde debería ir. En Nestnwelath estaría bien, pero ellos me buscarán, lo sé. Y no es tan lejos. Debo estar lejos, no sé si siquiera en Fanyarëa.- No se daba cuenta que estaba imponiendose una especie de destierro, incluso pasando por encima de la voluntad de su Señor, de lo que aquel le impusiera. Le contó que llegó al Sírhonë y a Serkifana Sírotiën, apenas tocó el tema del caballo muerto y de la armadura abandonada, menos habló de que no supo cómo llegó allí. Dio a entender que había llegado ahí por sus propios medios, aunque no sabría como explicar cómo evitó a la guardia de Sornosunë.
- Bohr Daedth. Hay trabajo por hacer. Y harás lo que yo diga.- Alsenot era severo, severísimo, pero en el fondo se compadecía del desastre de su propia sangre. Nunca los Varna habían sido libres de culpas y tragedias. El caudillo controlaba y había logrado la supervivencia de su pueblo, aun más no podía con las personas. Salvo lo que podía lograr con órdenes, no podía atarles un destino, y eso a veces le pesaba, pero se dedicaba a las tareas importantes y no podía detenerse en cada caso particular. Era un líder, no un chamán.
Bohr bajó la cabeza, esto de pasar a la edad adulta no estaba siendo tan entretenido. No quería regresar nunca. Pero no enfrentaría a Alsenot. Y menos ahora que este lo había llamado su \"heredero\".
[Editado por elessurendil el 06-05-2006 19:42]
Escrito por Bohr Daedth (Elessurendil) el 06-05-2006 02:30
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Humano (oriental)
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¿Qué haré contigo, Bohr? - pensó Alsenot, viendo como su hijo se revolvía en relatos inverosímiles, narrándole las vicisitudes de los últimos meses. Todo estaba en Fanyarea muchísimo peor de lo que él pensaba. Alsenot volvió a hablar.
- Poco importan tus motivos ahora, hijo mío. Habrás de regresar, y enfrentar los problemas. Nunca debes huir, ni ocultarte, y si cometes un error has de subsanarlo, y no alejarte de quienes sufrieron las consecuencias del mismo. Abandonaremos de inmediato este nido de ratas, y regresaremos a Nestnwelath. Espero que la situación en el país no sea tan desesperada como la pintas, porque esto sin duda nos traerá problemas muy serios. Y ten por seguro que no eludirás tu castigo. Tengo algo en mente para tí, y confío en que te hará madurar.
Alsenot comenzó a caminar con tranquilidad, pensando en cómo haría para lograr un medio de transporte. Normalmente se habría limitado a volar, pero ¿de qué serviría, si el inepto de su hijo era incapaz?. No había heredado ninguna de sus virtudes: ni la prudencia, ni la capacidad de observación... tampoco la moderación. Nunca se había aproximado al Don, ni había sentido afinidad ninguna por el Águila.
Heren Fanyarea. La nación que Alsenot había contribuido a fundar. Todo se pudría por medio de intrigas, asesinatos, corrupción... aquello tendría que cambiar. Viajaría personalmente a Sorosurne si era necesario, para lograr que aquello cambiase....
En cuanto a Bohr, ya había decidido su destino, y no se imaginaba hasta que punto lamentaría su torpeza. Era severo, pero sin duda necesario.
Escrito por Alsenot (Radagast_III) el 07-05-2006 04:00
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Humano cambiaformas (ave)
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B
ohr ponía la mente y el corazón en blanco. Habría de asumir una responsabilidad y un juicio que no deseaba de ninguna manera.
Mientras Alsenot organizaba la partida, el \"Príncipe\", ya vestido correctamente, se acercó a una de ventanas de la Alcaldía. Cerca de allí estaba recostada la vaina de la espada de la que se había apoderado. La tomó y desenvainó a medias, se sentó en la cornisa que daba al balcón y la observó. La fusión de la sustancia conchífera con el metal era perfecta, y su materia era tan pesada y resistente, o más. Incluso tenía un extraño filo, menuda y desprolijamente dentado. Las franjas brillaban con un blanco luminoso que podía encandilar.
Bohr se paró en el borde del balcón. Tenías su habilidad para las alturas, pero no nunca sería un ave. Sacó toda la espada y la blandió en el aire mientras hacía unos movimientos acrobáticos. Sí, era bueno en eso, efectivamente, de eso no tendría que convencer a nadie, era claramente bueno en eso. Se interrumpió cuando vio a los guardias desde abajo observandolo. Linda vista había desde los un edificio en los Puentes, tuvo ganas de hacer un clavado. Pero se metió adentro, y envainó.
[Editado por elessurendil el 08-05-2006 06:14]
Escrito por Bohr Daedth (Elessurendil) el 08-05-2006 06:12
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Humano (oriental)
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...
Niëlúne vagaba por la espesura sin saber muy bien por dónde iba,ni a dónde le dirigían sus pasos.No recordaba muy bien los acontecimientos posteriores al ataque,tampoco se hacía una idea del tiempo que había pasado desde entonces...
Sólo podía pensar en su madrastra,qué habría sido de ella,seguiría con vida...
La noche anterior se había despertado con un horrible dolor de cabeza,había conseguido reconocer algunas de las caras que se agolpaban a su alrededor.
Le habían dicho que algo le había golpeado y en la huída,la recogieron salvando así su vida.De repente recordó a la elfa de cabellos rizados como el fuego,y su corazón dio un vuelco.Por primera vez en su vida supo lo que era estar sola...
Escuchó un ruido a su espalda...unas ramas crujieron y se rompieron.La joven temblaba de frío y de miedo,su corazón empezó a latir con fuerza cuando vio que entre la maleza algo se movía.
Empezó a correr sin siquiera mirar atrás,no podía hacerlo por más que su curiosidad le insistía en ello;siguió corriendo en lo que le parecieron horas,una eternidad.Sólo se detuvo un instante para volver a respirar,los pulmones le quemaban y el corazón parecía que se le acabaría saliendo del pecho,pero no miró el camino andado,no se atrevía siquiera a imaginar qué podía haber allí detrás,así que siguió corriendo tanto como su ánimo y sus piernas le permitieron,de repente vislumbró la salida de la arboleda,podía ver claramente cómo más adelante los rayos del sol empezaban a filtrarse a través de la espesura;aligeró el paso sin saber de dónde sacaría las fuerzas;tenía el corazón en un puño y las lágrimas resvalaban por sus mejillas,no sabía cuánto más podría aguantar.
Sólo se escuchaba el canto de las aves,que parecía que hablaran sobre su fatal destino.Cuchicheaban en voz baja e iban de una rama a otra para reírse de su sufrimento.
Ya faltaba poco,ya casi había conseguido salir pero de repente...ya no pudo respirar más,las piernas dejaron de responderle quedando inútiles como un trapo,se le doblaron hasta clavar las rodillas en el suelo,el dolor que sintió al contacto sólo hizo que extenuarla más,podía ver la salida allá a unos 30 metros.Intentó gritar pero sus pulmones claramente debilitados por la carrera y el hambre no se lo permitieron,alzó su mano en un último intento de conseguir ayuda,pero sólo para volverlo a dejar caer en su costado,cayendo su cuerpo a la vez en la tierra...
[Editado por mithril_ el 17-07-2006 20:19]
...
-¡Eh Gakhân!,aquí hay algo...-el marino se acercó para poder ver mejor qué había tirado en el suelo.-No me lo puedo creer-dijo abriendo los ojos de par en par-¿pero qué es ésto?,mira Gakhân,parece que hemos encontrado un \"tesoro\" jajaja.
El compañero se acercaba con prisas-Vamos Grïm,no te entretengas,el capitán Santûra nos está esperando,si nos retrasamos...-acababa de ver lo que su amigo le decía;una bella mujer estaba allí tendida en el suelo,inconsciente y demacrada,estaba armada y sus ropas sucias y rotas.-Pero qué...
-Lo que yo te decía...un tesoro...y menudo tesoro,estoy seguro de que nos pagarían bien por ella en el mercado.
Gakhân se quedó pensativo unos instantes,y luego habló:
-No Grïm,no la llevaremos al mercado,algo me dice que cometeríamos un grave error.Va armada y bien vestida,aunque sus ropajes están raídos se ve que son de calidad.Creo que es mejor que la llevemos a la Alacaldía,allí sabrán qué hacer con ella.
-Pero Gakhân,yo...
-No-contestó el otro decidido,al fin y al cabo,seguía siendo su superior,y aunque no fuera una lumbrera se consideraba algo más inteligente que su compañero-haremos lo que te he dicho.
La recogieron con cuidado,por un momento Niëlúne abrió los ojos...
-Eh Grïm,parece que vuelve en sí.
-¿Dónde estoy?-dijo en un susurro.Estaba temblando,y aunque sentía por la mirada de aquel extraño que no debía temer,estaba totalmente aterrorizada-¿quiénes sois?-dijo algo más azorada.
-Tranquila,no te haremos daño,estás en la ciudad de Hón,en Fanyarëa.
Niëlúne emitió un lamento y empezó a sollozar,perdiéndose en la oscuridad de nuevo mientras la transportaban a la Alcaldía...
[Editado por mithril_ el 27-07-2006 02:12]
...
Subiendo el puente los interceptó, fuerte y gallardo, un elfo, Thitoron II, descendiente de una familia noble de entre antiguas familias de Beleriand y Ossiriand...
- ¡Hey! ¡Gakhân! ¡Grim! ¡¿Adonde váis hermanos, viejos compañeros de andanzas?! - Thitoron hizo una reverencia a Niëlúne. - Mis saludos, señorita... -
Grim habló.
- Esta muchacha...- se interrumpió un instante y se dirigió a la medioelfa. -Él es Thitoron, Thitoron II de Beleriand, bah, sus padres vinieron de allí, y... -
Gakhân lo interrumpió hablándole al fornido elfo.
- Amigo, ella está perdida, pienso que el Viejo - refiriéndose al alcalde - sabrá qué es lo mejor que podemos hacer por ella.-
- Nah, el Viejo está enloquecido, hay guerra en el Este y en el Oeste... ya lo deben saber... y los Señores de la Montaña están reclamando más y más provisiones, el Viejo está fastidiado, y no anda de buenos humores hoy. Además... no creo que sepa que hacer con vuestra dama mas que ponerla a trabajar o enviarla a alguna otra ciudad. Y por lo que veo, no está en condiciones de andar viajando...- Thitoron servía a veces como guardia en la Alcaldía. Aunque había sido de la antigua tripulación de la pequeña flota de Hón.
- Y...¿? - Gakhân era abatido por las circunstancias.
- ¡Llevemosla al muelle! Allí Santur le dará de comer y donde dormir, y luego ella verá, ¿no es así? - Decía ansioso Grim, reconociendo que al fin se cumplía su propuesta inicial.
Thitoron asintió. - Sí, Gakhân, si hay un lugar seguro en nuestra Hón, eso es el muelle. Tal vez algunos borrachos... pero en cuanto se acaben las reuniones hoy, iré a visitar al capitán y os ayudaré a cuidar de la muchacha.
Niëlúne miró como exigiendo que se considerase al menos su opinión, pero parecían buenos tipos, y ella no estaba en condiciones de decidir mucho en aquella ciudad desconocida.
La vieja tripulación del Capitán Santûra había sido desarmada por Alsenot el Aguila, señor de las ciudades de los hombres, y ahora el marino vagaba taberna por taberna, perdido tanto como Niëlúne. Pero esto estaba pronto a cambiar... la medioelfa conocería a los marinos y pescadores, y pronto se sentiría segura entre ellos. Y le harían un lugar, aunque ella se resistiera a emborracharse con ellos.
Aunque su llegada sirvió de chispa, porque en cuanto ella comprendió los males que aquejaban a esos hombres, se preocupó por encontrar la forma de reanimarlos y reunirlos. Ella no era nadie aún, y nadie le presentaría quejas, tenía una libertad que le permitía andar entre todos ellos y limar asperezas... aún guardando su propio pesar.
Pronto llegaría el día que estos hechos probarían su causalidad...
[Editado por Elessurendil el 30-07-2006 06:25]
[Editado por Elessurendil el 30-07-2006 06:28]
Escrito por Bohr Daedth (Elessurendil) el 10-07-2006 02:36
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Humano (oriental)
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B
ohr y Alkalabrindeth había partido de Felekgathol a media mañana. Y habiendo admirado la gloria de Yána Rámarëa casi con lágrimas en los ojos hicieron el camino hasta la ciudad de los puentes. Hacia el centro de Serkifana Sirótiën, Las Venas de la Sangre de las Nubes, el entreríado del territorio Fanyara. Hón los esperaba.
En cuánto llegaron, Bohr no dudó. Se encaminó directamente a los puertos. La elfa lo siguió sabiendo que al menos \"nada\" no encontraría. El joven, que ya tomaba rasgos de adulto, estaba concentrado, y cansado del viaje. Entraron a la \"Jarra de Hón\" y Bohr, fue recibido con miedo, sabían que era el hijo del cacique de los hombres, pero él se manejó amenamente e hizo sus preguntas. El siguiente paso los conducía a \"El Corazón\", una taberna minúscula y abandonada a la que no concurría casi nadie.
En \"El Corazón\", Bohr y Alkalabrindeth encontraron pocas mesas, pocas sillas, y muchos hombres tirados en el suelo. - ¡¡¡Ma-ne-col-uëa-the-a-nér!!! - le gritó un enano con sarcásmo. -¡¿Has venido a visitar viejos amigos?! -.
- ¡Shathdul-Bunffelak! - la mirada de despecho del enano no podía ocultar sus rasgos élficos. - ¡Es un gusto verte! Sabía que os encontraría aqui. Debo... -
Un voz rasposa y resacosa lo interrumpió. -¿En que podemos serviros... su majestad? ¿Algunos marinos borrachos a los que humillar? -. El muchacho había supuesto que podía tener aquella recepción, pero realmente no la había esperado.
Bohr atinó a acomodar a Alkalabrindeth a su espalda, aún cuando ella se resistió al principio. Levantó la barbilla y con ensanchó la frente. - Santur... podrás tener mucho que reprocharme, y soy culpable de todo ello. ¿Creés que no me he sentido culpable? Lo hice incluso cuándo os mentí. Pero, en tu interior, sabés que no vine aquí a ser quien no soy, sino a ser quien tu me has visto ser, y aún más. Y ya... Santûra, necesito un Capitán y un barco. Y no pretendo a nadie que no seas tú y a tu tripulación. Sabrás que no acepto el No, Capitán. Y tú mejor lo sabes amigo Shatdul.
- Me ha sido develado el rastro de una de las más preciadas piezas de mundo que pueda existir, pero para ello debemos cruzar el mar, ahora lo encuentro claro y todos ustedes van a acompañarme, sino como compañero, como Señor.-
[Editado por Elessurendil el 28-07-2006 00:11]
Escrito por Bohr Daedth (Elessurendil) el 10-07-2006 03:34
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Humano (oriental)
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S
antur y compañía se reunieron alrededor del navío, y de aparente mala gana oyeron a Bohr.
- Más allá del mar del Este hay otras tierras, tierras antiguas. He estado allí. Algo me ha transportado ahí una vez. Y sé que allí hay algo más valioso que los mismos dioses de los que hablan los que hablan de dioses. Algo que cualquiera, fuera humano o enano o humano o espíritu moriría por ver al menos una vez. Y nosotros podremos poseerlo. Porque sólo yo he sido bendecido con su ubicación. -
Algunos pocos lo tomaron por loco, pero los demás creyeron en aquellas palabras, más por la necesidad de aventura que por otra cosa. Y Alkalabrindeth necesitaba alejarse, y él también. Encontrando aquello que, de una forma u otra sería el tesoro más preciado.
Santur, el Capitán Santûra, renació preparando su nave para el viaje. Y la tripulación también. Shatdul se mantuvo distante de Bohr, aunque se acercó más a la Laveressëlla. Todos hablaron mucho de Heren Fanyarëa, y trabajaron duro esperando el día en que los vientos determinaran la partida.
[Editado por Elessurendil el 28-07-2006 00:07]
Escrito por Bohr Daedth (Elessurendil) el 11-07-2006 00:31
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Humano (oriental)
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La luna brillaba con destellos de plata en el azul oscuro del cielo, pocas estrellas le hacían compañía. La brisa del mar rozaba su rostro y su vestido delgado se empapaba de fresco rocío. Alkalabrindeth se paseaba descalza añorando la partida, ya llevaban dos días en Hón, y aún la delicia del mar la asfixiaba.
De una forma u otra estaba acostumbrada a hacer su voluntad, por lo que verse obligada a seguir ahí en espera por decisiones de otros, le incrementaba la impaciencia.
El príncipe várna también estaba impaciente por partir, ambos habían optado por no alojarse en ninguna posada, sino que montaron casas de campaña para empezar a primera hora con los preparativos. Sin embargo, los hombres, incluyendo el príncipe, ignoraban la presencia de Alkalabrindeth. Ellos se metían en sus asuntos y la enviaban a ella a pasear o descansar.
Alkalabrindeth soportó lo que para ella era humillante sólo porque seguía muy desanimada como para discutir; pero pronto empezó a desconcertarse por tanta lentitud, tal vez los demás no tenían su premura, así que había que ponerle remedio.
Distinguió aún luz en la tienda de Bohr y vió salir a Santur con dos hombres que le acompañaban. Al parecer era el momento para reunirse a solas con el príncipe. Él estaba sentado y disponía un mapa con algunos escritos sobre la mesa, Alkalabrindeth entró sin pedir permiso, se sentía molesta para continuar exhibiendo cortesías.
- ¿Por qué me ha invitado a su viaje, señor?
Bohr siguió agachado hasta que ella terminó su pregunta, entonces hizo una mueca de hastío, y levantando la mirada le respondió:
- Ya cuando me hablas así es porque algo te molesta. ¿Qué es lo que deseas? ¿Debo entender que no es de tu placer acompañarme?
Bohr se había levantado dirigiéndose a ella. Alkalabrindeth suspiró con inconformidad:
- Bien sabes que con gusto y honor te acompaño, pero al parecer soy la única que tiene prisa.
- Si no hemos salido ha sido por causa del clima, no es necesario correr riesgos en una misión que no exige urgencia más que la que hay en nuestros corazones. Eso es algo que he aprendido Alkalabrindeth... si fuera sólo mi vida, desde el primer día hubiera partido.
Esas palabras sopesaron en el alma de la medio-elfo. En ese momento el várna no pudo haber dicho nada más hiriente, hasta su orgullo fue doblegado por instantes.
- Extraña es la respuesta del príncipe de los várna, pues muchas veces oí algo muy distinto sobre ti. Sin embargo, atrás quedaron aquellos días, y desde el primer momento en que te vi, supe que podría aprender mucho de ti, pues eres ya un hombre nuevo... - Alkalabrindeth pasó el nudo de su garganta, y habló más con súplica que con orden.- Partiremos cuando sea necesario, lo único que pido es que dejes de verme como un adorno frágil que sólo estorba, no es mi costumbre aguardar mientras los demás trabajan. Muchos dicen que soy una salvaje, y yo digo que no equivocan sus juicios. Puedo ser más útil de lo que imaginas. Mi padre fue noble, pero yo no. Antes que ordenar hacer las cosas, yo prefiero hacerlas. Comprueba las marcas del trabajo en mis manos... - y levantó sus manos endurecidas.
Bohr sonrió levemente y tomó sus manos como asintiendo su petición. Al día siguiente trabajaron juntos en el arreglo de los barcos. Cortando, lijando y pintando la madera. El resto de los hombres se habían burlado al principio de ella, pero conforme avanzaron, Alkalabrindeth demostró rápido aprendizaje, pues era diestra para la supervivencia y no le temía a actividades grotezcas.
Aquel día fue muy fructífero porque los recién amigos avanzaron mucho disfrutando de la compañía. Las carcajadas brotaban desde la proa del barco. Ése había sido su mayor logro, porque consiguieron olvidar su penas por algunas horas, y Alkalabrindeth, no solía ser tan alegre.
Escrito por Alkalabrindeth (IndisElbereth) el 11-07-2006 02:59
Clan: Heren Fanyarëa Raza: Medio Elfo
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- Al fin sopla... - dijo Santur, sentimental. La mañana brillaba radiante y el río parecía tener forma de miles de ondas que se desesperaban por arrastrar a la barcaza hacia el mar, y más allá.
- Al fin Capitán.- dijo Bohr, al que el viento le enrevoltijaba los cabellos que crecían mucho en poco tiempo.
- Toma.- Alkalabrindeth le ataba alrededor de la frente un pañuelo sucio de haberlo estado usando en el trabajo. -Así parecerás un buen pirata-. Bohr no sabía bien lo que era un pirata, pero le gustó el gesto. Y sonrió. Alkalabrindeth era buena chica... y bonita.
Santur abrazó a ambos y los empujó hacia cubierta. - Amigos... partimos...ho ho ho ho ho!-.
Bohr se giró y cargó con el abrazo de ambos él. - Amigos, el viaje comienza, nada nos dirá \"no\" nunca más. - Bohr afortunadamente seguía inocente. - Iremos en busca del mar, y de la fortuna... la buena fortuna, que allí espera por nosotros.-
Todos ya habían comenzado a moverse regocijados. Santur comenzó a dar gritos. Bohr y Alkalabrindeth tomaron sus lugares en el trabajo.
Shathdul-Bunffelak cantó con su voz de enano, aunque con tonos cristalinos:
\"Esta fue la mañana en que partió el Bote de las Leyendas,
¡Adiós Marinos, - dijo la tierra - hasta la vista!
Esta fue la mañana en que los navegantes
comenzaban su fantastica travesía
a un mundo donde sus hechos quedarían escritos por siempre
!Adiós Lunte I Nyarier, buen viaje!\"
[Editado por elessurendil el 11-07-2006 05:25]
...
Mientras llevaban a Niëlúne al muelle la joven se dedicaba a observar el panorama.La gente iba y venía en su quehacer diario ignorando por completo la presencia de aquella desconocida,tenían cosas más importantes que hacer o que pensar,al fin y al cabo ya estaban acostumbrados a ver a forasteros que llegaban de todas los sitios habidos y por haber.
Los marinos conversaban con el elfo noble que los había interceptado.Thitoron II había dicho que se llamaba.No sabía por qué extraña razón,se sentía segura con aquellos que para ella eran unos extraños,nada le habían hecho hasta el momento,había oído historias sobre jóvenes que eran vendidas al mejor postor,muchachas hermosas como ella que tenían una vida por delante y que eran separadas de sus familias para servir a algún noble o rico como a éste mejor le parecía;pero no,éstas personas la trataban con amabilidad y con respeto,aunque se sabía perdida ahora por fin sentía que llegaba a buen puerto.
De pronto calló en la cuenta de que ella ya sabía sus nombres,e incluso a qué se dedicaban cuando ella aún siquiera se había presentado.
-Niëlúne...-titubeó al ver que los hombres se giraban sorprendidos al ser la primera vez en todo el trayecto que abría la boca-Niëlúne Lambar...
-Empezaba a creer que eras muda muchacha-contestó riendo Grïm-bueno,al menos ya sabemos cómo llamarte.
La semielfa sonrió,era la primera vez en varios días que lo hacía pues aún no había tenido motivos para hacerlo.
-¿A dónde habéis dicho que me lleváis?-preguntó inocente.
-A los muelles señorita-contestó el elfo noble-te llevaremos ante el capitán Santûra,él sabrá qué hacer contigo,y así encontrará una distracción que lo aleje de las tabernas...-la joven abrió los ojos de par en par temiendo lo peor por el comentario-No,no te asustes muchacha,no lo decía...-se interrumpió un momento para pensar bien lo que diría a continuación-bien,no debes temernos,ni al capitán tampoco,son buenas gentes los marinos,un tanto bruscos en sus modales tal vez pero nunca harían daño a una señorita.Con ellos estarás segura-sonrió a la joven y le guiñó el ojo en un ademán de tranquilizarla.
Siguieron caminando por entre calles atestadas de gente hasta abrirse paso a una zona iluminada y espaciosa,la brisa le llegaba a Niëlúne como una caricia,refrescando su cara sudorosa por la caminata y aclarando sus ideas.
Grandes barcos y otros más pequeños se apiñaban frente de ella,Niëlúne los miraba maravillada pues nunca había visto algo parecido,era grandioso,era...algo nuevo para ella.Acostumbrada a una vida tranquila y apacible sin grandes sobresaltos,los últimos acontecimientos la habían desconcertado y desorientado.Ahora no podía dejar de mirar a su alrededor como una niña que descubre un mundo nuevo.
Marinos y trabajadores del muelle caminaban de un lado a otro metidos en sus asuntos,algunos reparaban velas,otros recogían pescado.
Se sintió abrumada y al mismo tiempo cansada al pensar lo mucho que había cambiado su vida en tan poco tiempo.
La condujeron a una embarcación que parecía estar desierta.
-Espero que haya alguien-comentó Gakhân-desde la incursión del Señor Alsenot andan todos desanimados,y sólo encuentran alivio cuando están en la taberna...ya me entendéis.Voy a ver si encuentro a alguien.
El hombre penetró en el interior mientras los demás esperaban abajo en el muelle.Sólo pasaron unos minutos antes de que Gakhân se asomara por la borda.
-¡Eh!subid,el capitán está dentro,os espera.-cuando todos hubieron subido continuó-lo he encontrado en su camarote durmiendo la resaca jaja,aunque parece que ya está casi recuperado.Ha tenido suerte señorita,le atenderá en seguida.
Mientras esperaba se apoyó contra la pared para tomar aliento.Tenía miedo de qué encontraría allí,aunque Thitoron le había dicho que no tenía que temer nada el miedo a lo desconodico se le hacía cada vez más evidente...
[Editado por Elessurendil el 05-08-2006 23:40]
Bohr Daedth
Bohr y Alkalabrindeth había partido de Felekgathol a media mañana. Y habiendo admirado la gloria de Yána Rámarëa casi con lágrimas en los ojos hicieron el camino hasta la ciudad de los puentes. Hacia el centro de Serkifana Sirótiën, Las Venas de la Sangre de las Nubes, el entreríado del territorio Fanyara. Hón los esperaba.
En cuánto llegaron, Bohr no dudó. Se encaminó directamente a los puertos. La elfa lo siguió sabiendo que al menos \"nada\" no encontraría. El joven, que ya tomaba rasgos de adulto, estaba concentrado, y cansado del viaje. Entraron a la \"Jarra de Hón\" y Bohr, fue recibido con miedo, sabían que era el hijo del cacique de los hombres, pero él se manejó amenamente e hizo sus preguntas. El siguiente paso los conducía a \"El Corazón\", una taberna minúscula y abandonada a la que no concurría casi nadie.
En \"El Corazón\", Bohr y Alkalabrindeth encontraron pocas mesas, pocas sillas, y muchos hombres tirados en el suelo. - ¡¡¡Ma-ne-col-uëa-the-a-nér!!! - le gritó un enano con sarcásmo. -¡¿Has venido a visitar viejos amigos?! -.
- ¡Shathdul-Bunffelak! - la mirada de despecho del enano no podía ocultar sus rasgos élficos. - ¡Es un gusto verte! Sabía que os encontraría aqui. Debo... -
Un voz rasposa y resacosa lo interrumpió. -¿En que podemos serviros... su majestad? ¿Algunos marinos borrachos a los que humillar? -. El muchacho había supuesto que podía tener aquella recepción, pero realmente no la había esperado.
Bohr atinó a acomodar a Alkalabrindeth a su espalda, aún cuando ella se resistió al principio. Levantó la barbilla y con ensanchó la frente. - Santur... podrás tener mucho que reprocharme, y soy culpable de todo ello. ¿Creés que no me he sentido culpable? Lo hice incluso cuándo os mentí. Pero, en tu interior, sabés que no vine aquí a ser quien no soy, sino a ser quien tu me has visto ser, y aún más. Y ya... Santûra, necesito un Capitán y un barco. Y no pretendo a nadie que no seas tú y a tu tripulación. Sabrás que no acepto el No, Capitán. Y tú mejor lo sabes amigo Shatdul.
- Me ha sido develado el rastro de una de las más preciadas piezas de mundo que pueda existir, pero para ello debemos cruzar el mar, ahora lo encuentro claro y todos ustedes van a acompañarme, sino como compañero, como Señor.-
[Editado por Elessurendil el 28-07-2006 00:11]
Bohr Daedth
Santur y compañía se reunieron alrededor del navío, y de aparente mala gana oyeron a Bohr.
- Más allá del mar del Este hay otras tierras, tierras antiguas. He estado allí. Algo me ha transportado ahí una vez. Y sé que allí hay algo más valioso que los mismos dioses de los que hablan los que hablan de dioses. Algo que cualquiera, fuera humano o enano o humano o espíritu moriría por ver al menos una vez. Y nosotros podremos poseerlo. Porque sólo yo he sido bendecido con su ubicación. -
Algunos pocos lo tomaron por loco, pero los demás creyeron en aquellas palabras, más por la necesidad de aventura que por otra cosa. Y Alkalabrindeth necesitaba alejarse, y él también. Encontrando aquello que, de una forma u otra sería el tesoro más preciado.
Santur, el Capitán Santûra, renació preparando su nave para el viaje. Y la tripulación también. Shatdul se mantuvo distante de Bohr, aunque se acercó más a la Laveressëlla. Todos hablaron mucho de Heren Fanyarëa, y trabajaron duro esperando el día en que los vientos determinaran la partida.
[Editado por Elessurendil el 28-07-2006 00:07]
Alkalabrindeth
La luna brillaba con destellos de plata en el azul oscuro del cielo, pocas estrellas le hacían compañía. La brisa del mar rozaba su rostro y su vestido delgado se empapaba de fresco rocío. Alkalabrindeth se paseaba descalza añorando la partida, ya llevaban dos días en Hón, y aún la delicia del mar la asfixiaba.
De una forma u otra estaba acostumbrada a hacer su voluntad, por lo que verse obligada a seguir ahí en espera por decisiones de otros, le incrementaba la impaciencia.
El príncipe várna también estaba impaciente por partir, ambos habían optado por no alojarse en ninguna posada, sino que montaron casas de campaña para empezar a primera hora con los preparativos. Sin embargo, los hombres, incluyendo el príncipe, ignoraban la presencia de Alkalabrindeth. Ellos se metían en sus asuntos y la enviaban a ella a pasear o descansar.
Alkalabrindeth soportó lo que para ella era humillante sólo porque seguía muy desanimada como para discutir; pero pronto empezó a desconcertarse por tanta lentitud, tal vez los demás no tenían su premura, así que había que ponerle remedio.
Distinguió aún luz en la tienda de Bohr y vió salir a Santur con dos hombres que le acompañaban. Al parecer era el momento para reunirse a solas con el príncipe. Él estaba sentado y disponía un mapa con algunos escritos sobre la mesa, Alkalabrindeth entró sin pedir permiso, se sentía molesta para continuar exhibiendo cortesías.
- ¿Por qué me ha invitado a su viaje, señor?
Bohr siguió agachado hasta que ella terminó su pregunta, entonces hizo una mueca de hastío, y levantando la mirada le respondió:
- Ya cuando me hablas así es porque algo te molesta. ¿Qué es lo que deseas? ¿Debo entender que no es de tu placer acompañarme?
Bohr se había levantado dirigiéndose a ella. Alkalabrindeth suspiró con inconformidad:
- Bien sabes que con gusto y honor te acompaño, pero al parecer soy la única que tiene prisa.
- Si no hemos salido ha sido por causa del clima, no es necesario correr riesgos en una misión que no exige urgencia más que la que hay en nuestros corazones. Eso es algo que he aprendido Alkalabrindeth... si fuera sólo mi vida, desde el primer día hubiera partido.
Esas palabras sopesaron en el alma de la medio-elfo. En ese momento el várna no pudo haber dicho nada más hiriente, hasta su orgullo fue doblegado por instantes.
- Extraña es la respuesta del príncipe de los várna, pues muchas veces oí algo muy distinto sobre ti. Sin embargo, atrás quedaron aquellos días, y desde el primer momento en que te vi, supe que podría aprender mucho de ti, pues eres ya un hombre nuevo... - Alkalabrindeth pasó el nudo de su garganta, y habló más con súplica que con orden.- Partiremos cuando sea necesario, lo único que pido es que dejes de verme como un adorno frágil que sólo estorba, no es mi costumbre aguardar mientras los demás trabajan. Muchos dicen que soy una salvaje, y yo digo que no equivocan sus juicios. Puedo ser más útil de lo que imaginas. Mi padre fue noble, pero yo no. Antes que ordenar hacer las cosas, yo prefiero hacerlas. Comprueba las marcas del trabajo en mis manos... - y levantó sus manos endurecidas.
Bohr sonrió levemente y tomó sus manos como asintiendo su petición. Al día siguiente trabajaron juntos en el arreglo de los barcos. Cortando, lijando y pintando la madera. El resto de los hombres se habían burlado al principio de ella, pero conforme avanzaron, Alkalabrindeth demostró rápido aprendizaje, pues era diestra para la supervivencia y no le temía a actividades grotezcas.
Aquel día fue muy fructífero porque los recién amigos avanzaron mucho disfrutando de la compañía. Las carcajadas brotaban desde la proa del barco. Ése había sido su mayor logro, porque consiguieron olvidar su penas por algunas horas, y Alkalabrindeth, no solía ser tan alegre.
Bohr Daedth
- Al fin sopla... - dijo Santur, sentimental. La mañana brillaba radiante y el río parecía tener forma de miles de ondas que se desesperaban por arrastrar a la barcaza hacia el mar, y más allá.
- Al fin Capitán.- dijo Bohr, al que el viento le enrevoltijaba los cabellos que crecían mucho en poco tiempo.
- Toma.- Alkalabrindeth le ataba alrededor de la frente un pañuelo sucio de haberlo estado usando en el trabajo. -Así parecerás un buen pirata-. Bohr no sabía bien lo que era un pirata, pero le gustó el gesto. Y sonrió. Alkalabrindeth era buena chica... y bonita.
Santur abrazó a ambos y los empujó hacia cubierta. - Amigos... partimos...ho ho ho ho ho!-.
Bohr se giró y cargó con el abrazo de ambos él. - Amigos, el viaje comienza, nada nos dirá \"no\" nunca más. - Bohr afortunadamente seguía inocente. - Iremos en busca del mar, y de la fortuna... la buena fortuna, que allí espera por nosotros.-
Todos ya habían comenzado a moverse regocijados. Santur comenzó a dar gritos. Bohr y Alkalabrindeth tomaron sus lugares en el trabajo.
Shathdul-Bunffelak cantó con su voz de enano, aunque con tonos cristalinos:
\"Esta fue la mañana en que partió el Bote de las Leyendas,
¡Adiós Marinos, - dijo la tierra - hasta la vista!
Esta fue la mañana en que los navegantes
comenzaban su fantastica travesía
a un mundo donde sus hechos quedarían escritos por siempre
!Adiós Lunte I Nyarier, buen viaje!\"
[Editado por elessurendil el 11-07-2006 05:25]
Niëlúne Lambar
Mientras llevaban a Niëlúne al muelle la joven se dedicaba a observar el panorama.La gente iba y venía en su quehacer diario ignorando por completo la presencia de aquella desconocida,tenían cosas más importantes que hacer o que pensar,al fin y al cabo ya estaban acostumbrados a ver a forasteros que llegaban de todas los sitios habidos y por haber.
Los marinos conversaban con el elfo noble que los había interceptado.Thitoron II había dicho que se llamaba.No sabía por qué extraña razón,se sentía segura con aquellos que para ella eran unos extraños,nada le habían hecho hasta el momento,había oído historias sobre jóvenes que eran vendidas al mejor postor,muchachas hermosas como ella que tenían una vida por delante y que eran separadas de sus familias para servir a algún noble o rico como a éste mejor le parecía;pero no,éstas personas la trataban con amabilidad y con respeto,aunque se sabía perdida ahora por fin sentía que llegaba a buen puerto.
De pronto calló en la cuenta de que ella ya sabía sus nombres,e incluso a qué se dedicaban cuando ella aún siquiera se había presentado.
-Niëlúne...-titubeó al ver que los hombres se giraban sorprendidos al ser la primera vez en todo el trayecto que abría la boca-Niëlúne Lambar...
-Empezaba a creer que eras muda muchacha-contestó riendo Grïm-bueno,al menos ya sabemos cómo llamarte.
La semielfa sonrió,era la primera vez en varios días que lo hacía pues aún no había tenido motivos para hacerlo.
-¿A dónde habéis dicho que me lleváis?-preguntó inocente.
-A los muelles señorita-contestó el elfo noble-te llevaremos ante el capitán Santûra,él sabrá qué hacer contigo,y así encontrará una distracción que lo aleje de las tabernas...-la joven abrió los ojos de par en par temiendo lo peor por el comentario-No,no te asustes muchacha,no lo decía...-se interrumpió un momento para pensar bien lo que diría a continuación-bien,no debes temernos,ni al capitán tampoco,son buenas gentes los marinos,un tanto bruscos en sus modales tal vez pero nunca harían daño a una señorita.Con ellos estarás segura-sonrió a la joven y le guiñó el ojo en un ademán de tranquilizarla.
Siguieron caminando por entre calles atestadas de gente hasta abrirse paso a una zona iluminada y espaciosa,la brisa le llegaba a Niëlúne como una caricia,refrescando su cara sudorosa por la caminata y aclarando sus ideas.
Grandes barcos y otros más pequeños se apiñaban frente de ella,Niëlúne los miraba maravillada pues nunca había visto algo parecido,era grandioso,era...algo nuevo para ella.Acostumbrada a una vida tranquila y apacible sin grandes sobresaltos,los últimos acontecimientos la habían desconcertado y desorientado.Ahora no podía dejar de mirar a su alrededor como una niña que descubre un mundo nuevo.
Marinos y trabajadores del muelle caminaban de un lado a otro metidos en sus asuntos,algunos reparaban velas,otros recogían pescado.
Se sintió abrumada y al mismo tiempo cansada al pensar lo mucho que había cambiado su vida en tan poco tiempo.
La condujeron a una embarcación que parecía estar desierta.
-Espero que haya alguien-comentó Gakhân-desde la incursión del Señor Alsenot andan todos desanimados,y sólo encuentran alivio cuando están en la taberna...ya me entendéis.Voy a ver si encuentro a alguien.
El hombre penetró en el interior mientras los demás esperaban abajo en el muelle.Sólo pasaron unos minutos antes de que Gakhân se asomara por la borda.
-¡Eh!subid,el capitán está dentro,os espera.-cuando todos hubieron subido continuó-lo he encontrado en su camarote durmiendo la resaca jaja,aunque parece que ya está casi recuperado.Ha tenido suerte señorita,le atenderá en seguida.
Mientras esperaba se apolló contra la pared para tomar aliento.Tenía miedo de qué encontraría allí,aunque Thitoron le había dicho que no tenía que temer nada el miedo a lo desconodico se le hacía cada vez más evidente...
[Editado por mithril_ el 02-08-2006 19:06]
Naredhel Anariel
La ciudad de Hón nunca descansaba. Las calles estrechas parecían estrecharse aún más con el paso incesante de carros y gente. Y aquellas calles que eran más amplias en su trazado, se habían agostado con los puestos de mercado que se extendían aprovechando cada rincón. Apenas era posible encontrar las puertas de las casas, escondidas entre postes, cuerdas y lonas de llamativos colores.
Pero si la vista se sobrecogía con la multitud de Hón, era mi sentido del oido el que más sufría cada vez que me internaba en ella. El sonido de la multitud, los gritos de los vendedores, los relinchos de los caballos... todo ello contribuía a una gran sensación de caos a pesar de que todo en la ciudad parecía transcurrir siguiendo un orden invisible.
Al tiempo que me alejaba del centro de la ciudad, las calles iban perdiendo el bullicio habitual. Porque incluso en Hón se respetaba el orden social. Los mercaderes más ricos habían situado sus casas alejadas del ajetreo que sus propios comercios provocaban. Y a lo largo del tiempo se había establecido una pequeña zona residencial, en torno a los edificios más emblemáticos de la ciudad. Entre ellos, la pequeña villa ajardinada que era lugar de residencia de los grandes señores de los ramalië.
Atravesé el camino empedrado agradeciendo la sombra de los sauces que se alzaban a ambos lados del mismo. Tras subir la escalinata de piedra, me acerqué a las puertas enrejadas cubiertas de tupidas enrredaderas que daban paso al patio interior.
Mientras caminaba entre las columnas de piedra que lo rodeaban formando un cuadrado perfecto, me crucé con varios sirvientes que iban y venían. Ninguno me molestó. La librea real me abría paso prácticamente en cualquier rincón de Fanyarëa. Así fue como finalmente abrí el portón de madera que daba al despacho del Mayordomo Real.
- Bueno, bueno. Si es el mísmisimo mensajero real. ¿Cómo estas Alsio? - el hombre se levantó, y se alejó de la mesa de despacho, y pronto me vi envuelto en su abrazo de bienvenida. Cuando me separé de él, no pude menos que responder a su sonrisa.
- Cansado, por decirlo de alguna manera. El paso de Yána Ramarea se haya complicado en estas fechas.
- Lo sé - respondió mientras se sentaba nuevamente tras la mesa, al tiempo que hacía un gesto invitándome a sentarme frente a él - Los mensajes entre la capital y nuestra ciudad siempre se ven afectados al caer las primeras nieves. Menos mal que últimamente no ha habido que enviar muchos informes más allá de las montañas. Pero cuentame, han pasado muchos meses desde que marchaste a la capital.
Se entretuvo un momento en servir dos vasos de vino, y me tendió uno. Quizás hubiera preferido un vaso de agua, pero al menos era algo.
- Cierto. Pero no debo negar que hasta cierto punto me alegro de estar de vuelta. Esa ciudad me llena de angustia. Sólo los yárear pueden vivir así, en aquella ciudad excavada en la tierra. - respondí tras tomar un largo trago de vino.
- Sólo una vez estuve allí, y desde luego, no entendí aquella forma de vida. A pesar de ser una ciudad extrañamente luminosa y amplia... Debe ser que los hombres necesitamos más amplitud para vivir. Al menos eso dicen. Pero dime, pues entiendo que esta visita sorpresa no es mera cortesía.
- Entiendes bien. Me envían para anunciarte una visita.
- ¿Visita? Desde luego esto sí que es una novedad. Me pregunto desde cuándo se anuncian las visitas que llegan desde Sornosunë... ¿Y quién es el visitante?
- La visitante. Su Alteza Real llegará pronto, y me envía a anunciarte su llegada. Según sus propias indicaciones, debeis preparar la villa para un evento importante.
Argo palideció.
- La Reina... ¿y qué evento es ese?
- Acaso debes creer que ella misma me ha contado sus planes más secretos tras satisfacer mis más oscuros deseos... - una carcajada escapó de mi garganta - Nada más lejos. Ni siquiera alcanzo a adivinar de qué se trata. Ya sabes cómo es ella. Un misterio insondable se esconde tras sus ojos dorados.
Él rió también. La broma había relajado el ambiente. Aunque él no sabía que tras aquella broma había algo de verdad... Al menos en lo que se refiere a mi deseo por ella. No sólo mi deber de mensajero me había mantenido en Sornosunë hasta ahora, y el hecho de haber sido escogido como mensajero personal de la Reina era a la vez un premio, y un dulce placer que me castigaba día a día con el ansia insatisfecha.
- Pues habrá que empezar con los preparativos... - suspiró Argo.
Continuamos la conversación mientras terminábamos el vino. Pero yo sólo podía pensar en ella, y en el largo tiempo que debería esperar antes de verla otra vez...
Bohr Daedth
La ciudad estaba de gala. Y ahora de fiesta también.
Sus hijos pródigos regresaban triunfantes. Cuán poco habían prestado atención a la partida de la fragata de Santûra, pero cuánto habían corrido los rumores, y los cuentos sobre quienes eran los viajeros, cuál su destino y cuales las correrías que estuvieron atravesando. De una semana a otra, el Bote de las Leyendas se transformó en una verdadera leyenda oral y hasta en algunos casos, escrita. Obviamente, no todos los cuentos eran verdaderos, ni los personajes que formaban parte de la tripulación, ni la mayoría del resto de los dichos. Pero la esencia se mantenía. Y los Marinos de Hón no habían terminado su viaje aún. Eso era lo que más atrapaba los corazones de la gente que vivía por todos los alrededores del puerto y la ríada... lo que estaba por venir en manos de ellos.
Así, entonces, fue que los vinieron a recibir. Descendieron Capitán Santûra y Hamáma Bohr, Thitoron II y Nielúne Lambar, Gakhan el Magnifico y Venéscyth, y los otros. También llevaban el pesado bloque de roca donde aún dormía para siempre Shathdul Bunffelak, y aquí descansaría.
Más que muchos esperaron ver a la intensa dama aquella proveniente del desierto, Alkalbrindeth, pero se encontraron con un nuevo acompañante, Rialath, venido de Osto Fendasse, y ajeno a los ramalie, a la gente de Hon le disgustó su aspecto. Parecía un hombre noble, pero no sonaba confiable, al menos por ahora. De todas formas habrían de tratarlo con cortesía.
-... así que la reina me ahorrará viaje? ...-
-... que Naredhel viene a recibirnos?? ...-
-... conocerás a Náredhel más pronto de lo que creíamos, Rialath.-
-... descansaremos muuuuchos días... -
-... Vamos a El Corazón, hoy beberemos hasta soñar con los gigantes animales marinos de Grim, los grimais!!! ...-
-... ¡Señor Wethan! ¡Señor Wethan! ¡Señor Wethan! ¡El féretro está vacío! ¡El féretro está vacío! ¡Shathdul no está!... -
Bohr se acercó a la tienda donde llevaban el pesado bloque de roca.
-Yo lo custodíé, no pueden haber...- dijo Gakhan. -Yo también.- Dijo otro. -Yo sé que ni escapó ni fue robado, hermano. No puede ser.- Dijo Thitoron.
Bohr desenvainó su espada atigrada de acero y blanco nácar, y la balanceó, serio, parecía la terrible imagen del peor Alsenot. Por los largos minutos que el hombre meditó, todo Hón y hasta toda Serkifana Sirotien permanecieron en el más extremo silencio.
[Editado por elessurendil el 03-10-2006 20:10]
Naredhel Anariel
Los días pasaban raúdos en Hón. Desde que había llegado a la ciudad parecían fundirse uno con otro, y embriagado por su bullicio apenas recordaba cuánto tiempo llevaba esperando. Apenas había vuelto a ver a Argo un par de veces desde que le anunciara la llegada de la reina. El Mayordomo se hallaba inmerso en un mar de preparativos, y mientras tanto, él había buscado entretenimiento en las húmedas noches de Hón. Tabernas y prostíbulos que no habían conseguido saciar su sed, sino más bien alimentar el fuego que escondía.
La luz del sol penetraba a través de la pequeña ventana de su habitación, mientras permanecía tendido en la cama intentando comprender por qué era distinto ese día, y por qué su estómago parecía convulsionarse en su interior.
El cuarto era pequeño. Apenas había nada en él que lo identificara como propio. Unas pocas ropas ordenadas pulcramente en el armario, y algunas cartas y objetos personales dispersas encima de una pequeña mesa arrimada a la pared. Era uno de los tantos cuartos de servicio que había en la Villa, y como tantos, era totalmente impersonal. Unas cortinas de gasa blanca oscilaban al compás del aire que entraba a través de la ventana abierta, justo encima de la pequeña cama en la que se hallaba tendido.
Hoy llegaría ella. El cuerpo le temblaba sólo de pensarlo, y sólo había una explicación para ello. Le estaba avisando de que hoy volvería a verla...
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La comitiva real llegó hacia el mediodía. Cuando el Rey Sol se encontraba en su cénit, lanzando destellos de oro sobre los cabellos y los ojos dorados de Anariel.
La Guardia Real, engalanada de oro y grana, custodíaba orgullosa el carruaje de la Reina. Estaba claro que se preparaba algo importante, pues era raro ver a Su Majestad dejarse conducir en el carruaje real, y no verla montada sobre su propio caballo.
Sólo Vilwë y Marelaeth habían llegado a Hón una vez, en aquel mismo carruaje. Forjado enteramente en plata, y cubierto con finísimas telas carmesí, a través de ella apenas se podía vislumbrar la figura dorada de la reina, recostada entre almohadas y cojines de terciopelo.
Maldije a Los Sagrados en eterna blasfemia. Apenas pude verla. No pude distinguir sus ojos, y no hubo ni siquiera una mirada para mí, entre la multitud que la aclamaba apostada a ambos lados de la calle. La comitiva se perdió en la Villa, y ahora no me queda más que esperar a que me llame a su servicio, para poder verla.
[Editado por Indil el 05-10-2006 19:29]
Rialath
Habían salido días atrás de Osto Fendassë, esa pequeña ciudad fronteriza que había dado una primera impresión a Rialath sobre el reino agradable, pues en esa ciudad imperaba el orden, la disciplina y la sobriedad, como era necesario dad su ubicación y su función. Durante el viaje había hablado muy poco, apenas había dicho algo mas que su nombre y cuatro cosas superfluas, no le habían preguntado nada sobre los dos hombres a los que había matado y Rialath tampoco había hecho demasiadas preguntas.
Pero entonces habían llegado a esa ciudad llamada Hon, mas en el interior del país y por tanto mas a salvo de posibles ataques; desde fuera parecía bulliciosa y hermosa dada su ubicación sobre la confluencia de varios ríos, una autentica hermosura... vista desde lejos, cuando se internaron en la ciudad Rialath puso inmediatamente una expresión asqueada. Hon era una gran ciudad donde sin duda los sentidos serian aplacado y embriagados, pero tan solo nublando la mente de los hombres y arrastrándolos en una espiral de degradación, humillación y decadencia. En los ojos de Rialath aparecieron destellos de desdén, del mas absoluto desprecio hacia aquellas gentes que ostentaban sus riquezas en vestidos de finas telas y sobrecargadas de joyas , el vino corría como los ríos que atravesaban la ciudad en esas celebraciones y como contrapeso se veía también a los mas pobres, mendigando aquí y allá con descaro, robando a los incautos y muchos sin parecer que tuvieran intención siquiera de buscar trabajo para salir de su situación, era una ciudad de almas viles, perdidas. ¿Dónde quedaba la austeridad, la sobriedad, la medida, el control y tantas otras virtudes bienamadas por los hombres de espíritu noble? ¿Como podía permitirse a la población caer en tal villanía, en tales bajezas? La sorpresa mayor para Rialath fue ver a aquello que lo habían llevado hasta allá tomarlo no solo como algo normal, sino como algo bueno, positivo, como si hubieran retornado a su hogar. ¿Hogar? como podría tener alguien un hogar en esa ciudad conde debía ser imposible encontrar algo de paz y tranquilidad, algo de descanso. A cada paso que daba mas honda se hacia la indignación de Rialath y mas se lamentaba de haber ido a caer en servicio de algo tan alejado de su espíritu, pero así había sido, Eru sabría por que razón, a Rialath ésta se le escapaba y le gustase o no debería servir a Fanyarëa, a los Ramalië como si fueran su propio y bienamado pueblo, lo fueran en verdad o no. Rialath también veía las miradas desconfiadas que los lugareños le enviaban cuando le veían al lado de los héroes del país, tenía la sensación de que habían esperado ver a otra persona, pero tampoco era algo que le importase mínimamente a Rialath, si alguien tenia algo que decirle que viniera a buscarlo, quizás el pesado golpe de su martillo arrancándole la vida sería la única respuesta que obtendrían.
Cuando todas estas sensaciones estaban llegando a su punto culminante pasó algo, que Rialath no entendía bien, pues el dialecto de aquellas gentes era distinto del suyo y el significado de algunas palabras se le escapaba aún, pero lo cierto era que de pronto alguien había gritado perturbado y que uno de sus compañeros, que respondía con el nombre de Bohr desenvainó su espada y fue hacia una gran roca que están moviendo y luego se hizo el silencio. El primero en romperlo fue el propio Rialath con una sencilla y totalmente inesperada pregunta:
- ¿hay algún tipo de biblioteca o archivo en esta... ciudad? espero que así sea...- los que estaban mas cerca de el y comprendieron todas sus palabras lo miraron atónitos.
Naredhel Anariel
Descendí del carruaje con un gesto que manifestaba claramente mi desagrado. Odiaba aquél artilugio tan elaborado, aunque anteriormente siempre había intentado que Vilwë y Marelaeth viajaran en él. Pero ahora ellos ya no estan, y aunque reconozco el poder simbólico del mismo, no puedo evitar sentirme como un objeto transportado de un lado a otro. Y además, aún me trae demasiados recuerdos.
A mis pies, el personal de la Villa permanecía en silencio, vestidos de gala y con la vista fija en el suelo, mientras esperaban a que descendiera del carruaje. Hacía mucho tiempo que no visitaba Hón. Al menos no de forma oficial. Si bien en muchas ocasiones había viajado a lo largo y ancho de Fanyarëa, a lomos de mi propio caballo, y la mayor parte de las veces de incógnito y sin escolta.
Argo levantó levemente la cabeza, tras una leve reverencia formal. Llevaba la casulla de gala que lo identificaba como Mayordomo Real, en terciopelo negro con un delicado bordado de plata en los bordes, simulando alas entrelazadas.
Saludé con un gesto cortés, pero mis pasos no se detuvieron y siguieron el camino empedrado hasta el interior de la Villa. Detrás de mí, decenas de pies silenciosos. Un pequeño séquito real.
- Mi Señora sea bienvenida Mahal Farnë - dijo Argo mientras caminaba apenas un par de pasos detrás de mí - Todo esta dispuesto tal como nos habíais encomendado, Mi Señora.
- Ni siquiera lo habría puesto en duda, Argo - sintiendo poco a poco como el cansancio se apoderaba de mí - Agradezco enormemente vuestra labor.
- Pero Mi Señora, no nos habéis dicho cuántas habitaciones debemos tener preparadas. Y el Príncipe se encuentra ahora en la ciudad. Creemos que tal vez tenga intención de alojarse en vuestra casa...
Me detuve de repente, y todo el séquito se detuvo simultáneamente. Pero no pude esconder la sorpresa en mis ojos, y el hombre se encogió, temiendo seguramente haber dicho demasiado.
- ¿¡Bohr Daeth se encuentra en la ciudad!? - pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
- Sí, Mi Señora. Llegaron esta mañana temprano. Los Marineros han regresado, y se ha preparado para ellos una gran celebración. Pensábamos que Vos lo sabíais... y que quizás era ese el motivo de vuestra visita.
- Pues no lo es. - dije finalmente, retomando el camino. Argo siguió detrás de mí, visiblemente más tranquilo - Y no nos concierne en modo alguno esa celebración. Si lo desea, podrá alojarse en Mahal Farnë, pero no dejes que interfiera en ninguno de mis asuntos. Al menos no todavía. Aunque quizás a la larga me sea favorable que se encuentre aquí, ahora y en este momento...
Mi mente siguió divagando pero mi voz enmudeció. Argo comprendió en seguida que no diría más de lo que debía decir, y el misterio de mi visita siguió en el ambiente.
- ¿Se encuentra el Capitán Alsio todavía alojado en la Villa? - pregunté derrepente.
- Sí, Mi Señora. El Capitán ha permanecido aquí a la espera de nuevas órdenes.
- Perfecto. Más tarde irás a buscarle, pues sí hay nuevas órdenes para él. Pero antes, tanto yo como mis doncellas y la Guardia Real, necesitamos descansar, y quitarnos el polvo del viaje, y por supuesto, comer algo.
- Esta todo preparado, Mi Señora. Todas las habitaciones están dispuestas, con las tinas preparadas y la comida dispuesta en cada una de ellas.
Miré al hombre mayor a los ojos, y una sonrisa agradecida asomó a mis labios.
- Agradezco nuevamente tu previsión, Argo - y el hombre se sonrojó de placer.
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Una hora después mi cuerpo se hallaba más descansado. El baño había contribuido a ello enormemente, y también seguramente la ropa limpia. El vestido de seda dorada se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel, pero apenas notaba nada. En torno a las caderas llevaba enredadas varias cadenas de mithril con esmeraldas engastadas, como si fuera una enredadera aferrada a mi cintura. Recostadas entre almohadones ante una mesa surtida de frutas, vino dulce y agua, mis doncellas comían y reían entre bromas y juegos.
Yo me hallaba tendida sobre un diván tapizado de blanco puro, sonriendo indulgente ante los juegos, pero apenas participaba de ellos. Porque había demasiado en juego en esos momento, y la partida que estaba jugando era demasiado importante. La vida y la muerte se estaba jugando en ese enorme ajedrez de piezas desordenadas en el que se había convertido Árador. Y yo no quería ser una pieza desordenada más, sino la mísmisima Dama. Y por supuesto, quería ganar.
Es por eso que mis ojos volvían una y otra vez hacía un baúl finamente labrado que se encontraba junto a una pared de la habitación. Cuántas noches pasé en vela antes de tomar la decisión, eso es algo que sólo Eru y yo sabemos. Pero la decisión ya estaba tomada, y no había vuelta atrás.
Siempre alimenté la leyenda. Las leyendas y los símbolos forjaban la unión de Fanyarëa casi más incluso que la marca de los Ramalië. Alimenté la leyenda en previsión de que quizás llegara un día en que la necesitara. Y ese día había llegado ya.
La Espada de Sangre ya no descansaba en Yána Ramarea.
Naredhel Anariel
Tavarcerta: La Leyenda de la Espada de Sangre
"Y entonces salió otro caballo, que era rojo; y se le dio poder para que a partir de allí eliminara la paz de la tierra y se mataran unos a otros; y se le dio una gran espada. Y el nombre de la espada era Sar.... Venganza, la Espada Roja de la Retribución"
Cuenta la leyenda, quizás una de las más antiguas leyendas que se conservan en Fanyarëa, que la Sangre del Águila y del Vampiro protegerá siempre a los ramalië.
Y son muchos los ramalië que afirman que esa Sangre Sagrada y Protectora corre por sus venas, transmitida a lo largo de las generaciones a través de la Tanna. Y es cierto.
Año tras año se transmitía la sangre y su símbolo. Durante el crepúsculo del séptimo día de cada primavera, todos los niños nacidos en ese año recibían la Tanna. Un tatuaje circular en torno al brazo, en forma de alas de águila y vampiro entrelazadas, y realizado con un tinte especial elaborado con la Sangre Sagrada.
Y no importaba la raza. Hombres, elfos y enanos recibían la Tanna por igual, en la misma ceremonia. Pues era símbolo de la unidad de todos los ramalië, y así debía ser. Y así seguiría siendo.
Pero más allá de ceremonias y símbolos, las leyendas no pueden ser contenidas jamás. Y cambian, evolucionan, con el tiempo. Y por eso mismo son leyendas, pues nadie es capaz de saber a ciencia cierta qué hay de verdad en ellas, y qué hay de imaginación, de simbología, y de moralidad. O quizás de esperanza.
La Batalla de los Cielos fue cierta, sin duda. Durante siete días y siete noches, Sagradas Águilas y Sagrados Vampiros lucharon en el cielo. Y durante siete días y siete noches los Primeros se escondieron en cuevas, temerosos de aquella batalla. El Poder Sagrado era incomprensible aún para ellos, y la furia y la fuerza de la batalla derribaba las montañas, y enviaba lluvias de fuego y nieve, y huracanes de viento ardiente y helado, y los cielos se cubrieron de nubes negras y rojas, y rayos como espadas caían sobre la tierra, devastándolo todo.
Pero cuenta una leyenda, quizás la más antigua que hoy se conserva en Fanyarëa, que uno de ellos salió de las cuevas, y sigilosamente subió las enormes montañas, pues la curiosidad en él era más fuerte que el miedo. Un hombre joven debía ser, no más que un niño a veces. De entre las muchas versiones que se cuentan, quizás ésta sea la más popular. Y el muchacho alcanzó la cima más alta, después de tres días a través de escarpados caminos, ocultándose siempre de la destrucción que descendía sobre él.
Y él fue el primero en ver a Los Sagrados, y en su corazón se encendió una llama, y el fuego sagrado prendió en él. Ante sus ojos, las Doradas Águilas, y sus ojos de oro y zafiro. Y los Negros Vampiros, de ojos de rubí. Picos como garfios se hundían en la carne negra, y colmillos como dagas se hundían así mismo en la carne dorada.
Y desde los cielos, enormes plumas doradas y trozos de piel negra caían al suelo, y sangre. Litros de sangre que se derramaba como lluvia roja.
Y el muchacho entendió que aquello que descendía a la tierra era un Don, y debía ser conservado. Y recogió de los cielos los dones, durante el tiempo que duró la batalla.
Fue poco después que finalmente la batalla terminó, sin vencedores ni vencidos. Y fueron sin embargo los Elfos los primeros que los veneraron, y por ello, quienes después organizaron la organización especial que siempre conservaron los ramalië.
Pero según la leyenda, más de diez lunas pasaron antes de que aquél muchacho bajara, y los dones que trajo con él se conservaron como Reliquias Sagradas, más apreciadas para los ramalië que la vida misma, pues estos pueblos primitivos ningún contacto habían tenido jamás con los Valar, ni reconocían más poder que el de los Sagrados del Cielo.
Aquél muchacho se convirtió con el tiempo en el Señor de los Hombres, y a través de muchas generaciones, la Llama fue transmitida a sus descendientes Pero se dice que entre los Dones que aquél trajo de la Cima, uno de ellos era especial.
Nadie nunca la ha visto. Y es por eso que su existencia sólamente permanence en esta leyenda que ha pasado de generación a generación, de boca en boca. Pero fue poco antes de que aquél muchacho descendiera de la montaña cuando desde los cielos cayó una espada. Era una espada sencilla, de la forma de una katana, algo totalmente desconocido para él. El filo parecía de plata, adornada con grabados de símbolos extraños, más aún para alguien como él, que no conocía la palabra escrita. Y la empuñadura era de malaquita verde, de un tono oscuro casi negro. Y él la conservó, y la introdujo en una tinaja de barro negro, en la que había recogido la Sangre Sagrada. Pero cuando la espada se deslizó a través de la Sangre, lanzó un destello rojizo, y pareció como si ese fuera el lugar destinado para ella.
Desde entonces se la llamó La Espada de Sangre. Y muchos otros nombres más le dieron. Serecÿr fue para los Elfos. Sâr para los Hombres. Los Enanos la llamaron Sâkkr, aunque era más bien una derivación del nombre anterior. Y su poder cambia según sea el ánimo o la intención de quien cuenta su historia, pero se dice que su destino último aún no ha sido descubierto. La Espada Roja de la Retribución, la llaman también. Pues se dice que será esa Espada la que eliminará a todos los enemigos de los ramalië, y la que finalmente establecerá la Gran Unión.
Bohr Daedth
La Alcaldía de los Puentes, allí Argo esperaba al capitán Alsio, lo había envíado a llamar, quería avisarle que lo necesitaría pronto y no quería demoras, quería cumplir con ella con perfección.
Alsio se presentó al rato, aunque no vino solo, Santur, Wethan, y el forastero, venían con él. Habían estado bebiendo, aunque ya habían pasado la resaca, y volvían a estar sobrios. Rialath se mantenía bastante al margen, pero había intercambiado al menos unos gaznidos con otros hondellos, y había bebido un poco de "algo".
- Alsio, bienvenido... señores, un placer recibirlos.- dijo el Mayordomo.
"Gracias" dijo cada uno a su turno.
- Mandaste a llamar, Argo, "si un capitán de navío no está cuando lo llaman mejor que se dedique a barrer los muelles"- le respondió Alsio con seriedad. El otro le hizo un ameno gesto de asentimiento.
- Señor Bohr, es muy oportuna tu presencia aquí. La Dama ha venido, y supongo que también querrá verte. Hablaré con el capitán, si gustas avisaré y haré que te acompañen a donde podéis encontrarla. Yo hablaré con el Capitán Alsio... - dijo el hombre fiel de Náredhel.
- Santur viene conmigo hoy, Argo...- agregó Alsio.
- Hablemos... no habrá problema, compatriota...- continuó Argo hacia los marinos.
- Sí, Mayordomo, me gustaría ver a Auressiel.- le solicitó Bohr al oficial. Además del placer de ver a su reina, tenía algo más que tratar con ella. -Y conóceme como "Wethan" desde ahora, caballero.-
...
Al rato estaban, Bohr y Rialath, esperando en una gran sala, ornamentada con piezas de jade a granel, y grandes cortinas rojas.
- ... La Unión la merece. Heren Fanyarëa es algo que todos representamos, pero nadie duda que está en sus manos. Rawëin, hijo de Vilwë, ni bien tuvo uso de razón dio su "bendición" con palabras de niño. De todas formas, vivimos y morimos, por ella.- "Así como por él" pensó Bohr luego de hablar "...y por nuestros hermanos" le brotó apenas el pensamiento.
Rialath abrió los ojos.
- No en todas partes hay gente digna de merecerse realmente a un pueblo. En verdad es interesante conocer a vuestra reina.- dijo.
- Es más que nuestra reina.- respondió Wethan.
Rememoró el relato de Lyshiön sobre cómo encontró al forastero, de cómo lo vio pelear hasta casi morir, y que luego intervino y lo llevó a salvo. Aunque el Maestro de Armas se reservó el destino de los cuerpos de sus atacantes...
- Bienvenido niño, me agrada volver a verte.-
Ella estaba ahí tan sencilla y omnipotente como siempre. Intercambiaron miradas y sonrisas. Bohr parecía verla con ojos diferentes, él se sentía distinto, ella era la misma. Su reina era más una amiga que una sacerdotisa. Aún así sentía que la respetaba sobremanera. Una vez más se maravillaba.
- Más me agrada a mí, Anariel, no te imaginas cuánto más me agrada a mí estar en casa por fin.-
Luego de un abrazo formal, aunque sentido, antes de la conversación, Wethan introdujo a Rialath a la reina de Heren Fanyarëa y así, sin saberlo, incorporaba a un nuevo Señor... a la Orden de los Cielos.
Rialath
Rialath había acompañado a sus guardianes en su noche de juerga, como no podía ser de otra manera se dedicaron a beber hasta perder todo dominio sobre sus acciones... y más aún. Rialath estuvo silencioso y críptico toda la noche, apenas si habló con unos pocos que parecían lo suficientemente sobrios como para poder conversar y lo suficientemente ebrios como para responder a cualquier pregunta que les hiciera, así empezó a reunir información, también bebió algo de cerveza, para su sorpresa tenían cerveza negra en esos lares.
A la mañana siguiente observó divertido y sonriente las resacas contraidas por sus acompañantes y con una sonrisa maliciosa los saludó, riendo al ver las caras y al oír las quejas de sus guardianes. "Si fuera vuestro prisionero estaría ya a más de diez leguas de aquí". Luego a medida que sus compañeros recuperaban el color de la cara y cuando dejaron de echar el contenido de sus estomagos, empezando a llenarlos con comida abundante, quizás en exceso. Rialath fue retornando a su aspecto serio y cerrado de siempre. Al parecer iban a llevarlo ante la reina.
"- ... La Unión la merece. Heren Fanyarëa es algo que todos representamos, pero nadie duda que está en sus manos. Rawëin, hijo de Vilwë, ni bien tuvo uso de razón dio su "bendición" con palabras de niño. De todas formas, vivimos y morimos, por ella.- "Así como por él" pensó Bohr luego de hablar "...y por nuestros hermanos" le brotó apenas el pensamiento.
Rialath abrió los ojos.
- No en todas partes hay gente digna de merecerse realmente a un pueblo. En verdad es interesante conocer a vuestra reina.- dijo.
- Es más que nuestra reina.- respondió Wethan. "
Rialath observó a la reina mientras conversava ésta con Wethan.
Naredhel Anariel
El tiempo no pasaba en balde, y menos aún para alguien como Bohr Daedth, tan joven incluso para los años de los hombres. Pero había crecido. Y aunque el orgullo y la terquedad aún permanecían en él, podía ver que poco a poco estaba alcanzando el equilibro. "Alsenot se sentirá más orgulloso cada día", pensó.
- Rialath, viajero de tierras remotas... - Bohr había contado la historia, y ahora Anariel dudaba.
Nunca habría dejado pasar una oportunidad del destino, si consideraba que ésta supondría un provecho para su pueblo. Quizás había hecho cosas en el pasado que lamentaría más tarde. Siempre había pensado que el fin justificaba los medios. Y Fanyarëa había sido siempre su fin último.
El hombre permanecía de pie con gesto indolente. Podía ver en sus ojos verde esperanza, pero aparecía velada, cubierta de una niebla gris. Y parecía con mucho sentirse muy por encima de todo lo que le rodeaba. Sintió como propia la sangre élfica que corría por sus venas, dormida a través de largas generaciones, pero presente al fin y al cabo. Un viajero curioso, sin duda alguna.
- Interesante el visitante que habéis traido, príncipe - pero a pesar de su sonrisa, sus ojos calibraban aún su presencia - Pero no alcanzo a comprender aún por qué lo traes a mi presencia.
- Considera haber contraido una deuda - rió Bohr entonces - Si bien ni siquiera yo alcanzo a comprender el concepto - añadió.
El hombre se adelantó entonces visiblemente molesto.
- Me habéis salvado la vida. Ahora ésta os pertenece. No creo que sea algo tan difícil de entender...
Los ojos dorados de la reina se posaron en él ahora fijamente, sin pudor alguno, y un ligero desprecio apareció en ellos.
- No recuerdo haber salvado nada en mi camino... - rió - ¿Pero qué os hace pensar que vuestra vida es algo que yo pudiera desear o necesitar para algo?
- ¿Debo considerarme liberado de mi obligación? Entonces me iré del país sin más dilación, a las Tierras Salvajes donde no hay degradación ni decadencia - acompañó sus palabras con un ademán de su mano sobre el sombrero de ala ancha, pero aún permaneció firme en su sitio.
- No corras tanto, hombre mortal - la voz de la reina encerraba una orden - Donde veis degradación y decadencia yo veo alegría y placer de vivir. Acaso para vos sólo se alcance el honor y la virtud en la guerra. Pero quizás algún día aprenderéis. ¿Qué ofrece tu vida y qué valor tiene? Pues no creo que sea de valor tan exiguo como para huir ante la primera prueba que se os presenta.
- ¿Huir? Yo no huyo, mas parece que vos me hecháis. Nada se me ha perdido en vuestra tierra, y si no tengo misión que cumplir no veo por qué debo quedarme en una tierra alejada de la virtud, la moderación y la sabiduría. Aquí sólo veo exaltación de las pasiones, nublando la mente y ahogando el espíritu, esclavo de ellas. No considero la guerra otorgadora de honores, pero sí el estudio, el conocimiento, la sabiduría. Pero mi vida ofrece lealtad hasta la muerte. Sólo eso. Si no os basta, lo siento, pero no hay más.
- Lealtad hasta la muerte... ¿Por qué? ¿Y por qué un hombre sabio, lleno de virtud y de honor, como vos consideráis, entregaría su vida, moriría sin más, por un pueblo al que desprecia? No puede haber lealtad sin amor, sin fé, sin respeto. Y no seré yo quien magnifique a mi pueblo, pues la ignoracia no hace ofensa. Véis sólo una parte de un mundo infinito. Os obcecáis en la apariencia sin llegar siquiera a ver el fondo que subyace. Pero si es una deuda lo que habéis venido a saldar, considerádla saldada. No entreguéis vuestra vida en vano, si no nos consideráis merecedores de ella.
Bohr se encontraba evidentemente molesto con la discusión. En todo caso no comprendía por qué le parecía todo tan degradante al hombre que había llevado consigo. Pero no dijo nada, simplemente esperó en silencio. Por qué confiaba en ella.
[Editado por Indil el 07-10-2006 22:07]
Rialath
Rialath observó a la reina, larga melena de rubio cobrizo, vestía ropas con cadenas de mithril y joyas engarzadas, con elegancia, su raza era mas hermosa que la puramente élfica, pero Rialath no sabría decir cuál era exactamente, nunca había visto a alguien así, y los ojos reflejaban decisión, también curiosidad y saber, y en ése momento también se la veía molesta, importunada con su presencia y sus incomodas respuestas. Rialath sonrió, aunque nadie hubiera sabido traducir esa sonrisa en algún sentimiento concreto y en los ojos la expresión era siempre la misma, leves hilos de esperanza cubiertos por decenas de decepciones que habían llevado a la tristeza a un espíritu alegre. Se tomó unos segundos antes de continuar, lo que molestó aún mas a la reina de los ramalië:
- Puede haber lealtad sin amor... es una deuda, la mayor que puede contraer un hombre mortal... que le permitan vivir un tiempo más, si cabe. Yo pago todas mis deudas. – la firmeza de esa afirmación era tajante- y solo juzgo a vuestro pueblo a partir de lo que he visto hasta ahora, poco importa que ideología este detrás de ese... comportamiento...
y mi vida tampoco tiene nada que defender ahora, mas que a sí misma, ése es mi vacío. Lo mismo da que sirva aquí o sirva en otra parte la entregaría en "vano" siempre.
- No hay deuda entonces, al menos por mi parte. Pero si vos lo consideráis así, así sea. A mí servicio quedareis hasta que consideréis saldada esa deuda, o hasta que vuestro corazón decida que es aquí donde desea quedarse. Más será una dura prueba, pues no hay más lealtad que la probada, y las palabras se las lleva el viento.
-Las palabras permanecen, como los cantos se han conservado generación tras generación, tan solo las palabras de los innobles de espíritu, por ser falsas, desaparecen al cabo del tiempo. Si yo hago un juramento lo cumplo cueste lo que cueste- una vez mas era tajante el tono, aunque no impresionó lo mas mínimo a Naredhel, a quién, como a Bohr, le costaba comprender ese concepto de deuda y a quien le empezaba a cansar ése dúnadan.- Mas si queréis probarla dadme una misión y yo la cumpliré o pereceré en el intento.
-Tendréis vuestra misión. Y será en verdad importante, pues sólo a mí habréis de dar cuenta de ella. Y será el secreto tan importante como la misión en sí misma.- Nasredhel se giró hacia Wethan, y con una voz notoriamente más dulce que la que usaba con Rialath le habló.- Ve, por favor, en busca de Alsio.
Rialath miró a Bohr, éste antes de marcharse le dirigió una mirada enojada, poco menos amable que todas las miradas que le había dirigido desde que se conocieron. Bohr con una reverencia dio media vuelta y se marchó. Entonces Rialath desenfundó su espada y se la ofreció simbólicamente a la reina y arrodillado, con la cabeza gacha:
- Ordenad
- La guerra avanza hasta nuestras tierras, pese a que hasta ahora apenas ha rozado nuestras fronteras.- empezó con poca alegría.- Árador nunca ha sido una tierra de equilibrios, pese a nuestros esfuerzos. La línea que delimita la frontera entre amigo y enemigo es fina, y muchas veces apenas es visible a nuestros ojos. Pero aún así, debemos confiar en que existe. Y aún así, la confianza nunca debe ser ciega. Los Embajadores de Lempë Ohtari llegarán en breve. Y he aquí pues vuestra misión. Guardián y espía seréis a la vez. Nada debe sucederles mientras permanezcan en nuestras tierras, y debemos velar por su seguridad. Pero al mismo tiempo, debéis aseguraros que no traen con ellos tramas ocultas de traición.
- Así se hará, mi señora.- críptico y directo.
- Y recuerda: Ningún ramalië debe saber cual es vuestra misión. Absolutamente ninguno. El secreto debe ser tu mejor arma.
- Solo debo rendir cuentas ante la persona a la que he jurado servir, pues ante vos me han traído, solo vos sabréis.- sin cambiar el tono
- Así sea- terminó la reina, quien no pudo evitar una sonrisa al ver que cuando Rialath se incorporó los ojos de éste no la miraban a ella desafiantes, sino que humildes observaban ahora el suelo, justo delante de los pies de la reina.
Abriéndose la puerta entraron Bohr y otro hombre.
Naredhel Anariel
La sonrisa de Anariel dio la bienvenida a ambos hombres, tan dispares como la noche y el día. Bohr, joven, impetuoso, con el caminar propio de los grandes señores que ha ido adquiriendo con los años. Alsio en cambio era un hombre más maduro. Joven también, apenas rondaba los 30 años de la edad de los hombres, su vida ha sido sin duda más difícil. Su caminar era tranquilo y seguro. Sus ojos eran amables, deseosos de agradar siempre que la reina los miraba. La lealtad que profesaba sin duda la había demostrado con creces.
- Bienvenido, Capitán. Os estaba esperando.
- Mi Señora - Alsio realizó una reverencia sentida, pero sus ojos no miraron al suelo, sino que quedaron posados en ella como si no pudiera apartar la mirada de su imagen - Acudí en cuanto me avisaron de vuestro requerimiento. Decidme cuáles son vuestros deseos.
La voz de Alsio era cálida, pero al pronunciar la última palabra pareció cobrar un fuego especial. Sin embargo Anariel no se dio cuenta.
- Un cometido especial os aguarda. Acompañaréis al Señor que acaba de incorporarse a mi servicio. Se incorporará a la Guardia Real, como vos, y os ruego que le enseñéis bien el oficio, pues espero grandes cosas de él. Si bien todavía tiene que demostrarlas. Ambos quedaréis asignados a la escolta que he preparado para los visitantes que han de llegar. Pero hasta ese momento, dadle un uniforme y un cuarto, y enseñadle todo lo que ha de saber.
Alsio sonrió satisfecho. Era consciente de que aquella era la oportunidad perfecta para permanecer al lado de la reina. Quizás no tan estrechamente como deseaba, pero al menos no le había envíado de vuelta a Sornosunë, o a los puertos.
Rialath asintió levemente. Su mirada se enfrentó a la de ella durante un instante, pero finalmente ella apartó la vista con una sonrisa. Y ambos hombres salieron de la sala, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
- Y bien... Wethan - Anariel se acercó al hombre con una sonrisa y una invitación en sus ojos dorados. Con un gesto acarició sus labios y añadió - Creo que deseabas hablar conmigo... y también yo tengo una historia que contarte.
Suspendió su caricia de forma repentina, como si hubiera recordado algo importante.
- Siéntate y come conmigo - concluyó dando una palmada. Al instante, varias doncellas entraron en la sala y dispusieron una mesa con diversos alimentos, licores de frutas y agua.
[Editado por Indil el 09-10-2006 05:07]
Rialath
Alsio, como se presentó el hombre a Rialath, lo acompañó hasta el almacén donde le dió un uniforme aunque le fue costoso encontrar uno de su talla, pues Rialath era casi tan alto como la raza élfica y encontrar un tamaño intermedio entre los uniformes de los elfos y de los hombres no resultó tarea sencilla. También le ofreció ir a la armería para que cogiera las armas de la guardia, a esto Rialath se negó, pues prefería mantener sus armas, que eran de mayor calidad que las de la guardia y que eran herencia familiar. Tras todo esto le llevó hasta un cuartucho con varias camas indicandole una, la que sería la suya.
Durante todo el rato Alsio con tono paternalista le contó a Rialath infinidad de obviedades y algunas cosas útiles, Rialath hizo de tripas corazón y se mostró interesado, incluso hablador, en contra de lo que era su costumbre, y preguntando una y otra vez sobre las tradiciones y la cultura del país, como se regía, etc. y encontró baza favorable al hablar de la reina, al parecer ese tema apasionaba a Alsio, incluso esa pasión iba mas allá de la mera lealtad al dirigente al que te han enseñado a amar, ya habia notado los cambios de voz y de mirada cuando había hablado a la reina, pero tampoco era tema que a Rialath le traia sin cuidado, si ese desdichado se había enamorado de quien estaba fuera de su alcance allá él.
Con todo se ganó rápidamente la confianza de aquel hombre que debía tener una decena mas de años que él y Rialath armandose de paciencia por las constantes divagaciones de aquel hombre que a priori parecia reservado fue redirigiendo siempre la conversación hacia lo que a él le interesaba, que era la situación política de la región, aunque siempre su visión era sumamente parcial y criticaba con especial saña a un estado llamado Eirë Esteldor, que era objeto de burlas por regirse por un régimen republicano, aquello despertó el interés del dúnadan y consiguió que le digera dónde había el archivo de la cancilleria, lugar que decidió visitar siempre que pudiera junto con la biblioteca, ya que pasear por la ciudad no era de su agrado.
Tras una tarde completa de explicaciones sobre sus funciones, una cena frugal al anochecer y una despedida calurosa por parte de alsio, que había encontrado a alguien a quien podría contar todo lo que pensaba sin arriesgarse, pues era un forastero que no conocía ni parecía tener intención de conocer a muchos ramalië, Rialath se tumbó en su camastro, que para qualquiera habria resultado incomodo pero para Rialath, acostumbrado a dormir sobre el frio suelo con las estrellas por techo, era realmente cómodo, quizas incluso demasiado. "En fin- pensó- la cordialidad del tal Alsio puede ser una baza a mi favor, si aguanto su interminable charla quizas pueda sonsacarle algo interesante" el otro pensamiento estuvo cargado de ironia "Mírate, Rialath hijo de Nereruo, sangre noble corre por tus venas, sangre élfica se mezcla con ella y ahora te ves soldado raso de un reino extrangero cuando en el tuyo fuiste capitán con solo 15 años..." tras ello se durmió sin querer pensar que le depararía la mañana siguiente.
Niëlúne Lambar
Hacía días que habían llegado a Hón y Niëlúne aún no se acostumbraba al ir y venir diario.
Había preferido quedarse en el barco con los marinos para ayudar en lo que pudiera, no conocía a nadie salvo a los tripulantes que habían sido sus compañeros en su aventura.
El capitán se pasaba el día de taberna en taberna, bebiendo de día y pasando la borrachera de noche. Un día salió, había recibido noticias de que un capitán de la reina lo buscaba, así que “se deshizo” de su embriaguez y partió a la cita. La joven aún no entendía cómo el capitán podía pasar de la borrachera más absoluta a una entera sobriedad en cuestión de minutos.
Otra de las razones por las que no quiso abandonar el barco era que tampoco conocía la ciudad, se sentía segura entre aquellas cuatro paredes que conformaban su camarote, ya que lo demás, le era desconocido.
Hacía varios días que nada sabía de Bohr, extrañaba a veces su compañía, aunque cuando estaba con él siempre se acababa sintiendo mal. Otras tantas deseaba no volver a verlo, lo que le desconcertaba, pues a cada momento algún pensamiento era dirigido a él.
Una mañana alguien llamó a la puerta de su camarote.
-Adelante.-la semielfa estaba asomada por la ventanilla y observaba el vaivén de las olas que iban y venían para morir en el muelle.
La puerta se abrió y alguien entró en la estancia, pero nadie habló. La joven, distraída no pensó siquiera en girarse para ver quién había.
-¿Sí?,¿qué pasa?-oyó unos pasos que se acercaban y entonces dio media vuelta para ver quién era y, ahí estaba, con ese porte orgulloso y esa mirada altanera y a la vez ingenua que la había maravillado desde la primera vez que la vio. Sintió que el corazón se aceleraba por momentos y un leve rubor tiñó sus mejillas.
-Bohr,¿qué pasa?,hacía días que nada sabía de ti.
-Lo sé, lo siento. He estado ocupado. Tendremos visitantes en breve, Darlak Lórindol y una comitiva llegarán pronto, hemos sido invitados por ellos a una “expedición”.Partiremos tan pronto estén listos los preparativos.
-Me agrada volver a ver a Darlak, siempre es bueno tener a los amigos cerca. Pero, ¿por qué me dices todo esto?
-Bueno, había pensado que, podrías acompañarnos en este viaje. Siempre y cuando, claro, estés de acuerdo.
Niëlúne guardó silencio unos momentos, pensativa. No estaba segura de si quería volver a viajar cuando aún siquiera se había instalado en el que era su nuevo hogar.
-Y dónde iríamos-preguntó dubitativa.
-A las Ruinas de Tavarcerta, Darlak piensa que hallará algo allí que quiere estudiar, y nosotros aprovecharemos para encontrar algo…-guardó silencio, como si no supiese qué más decir.
-¿El qué?-preguntó la joven intersada.
-No lo sé aún Niëlúne, no lo sé…
-Está bien iré-sonrió al humano, y éste le devolvió la sonrisa al parecer complacido por la aceptación de la joven.
[Editado por mithril_ el 10-10-2006 21:32]
Naredhel Anariel
Cómo una ráfaga de viento los días pasan uno tras otro. El bullicio de la ciudad llega hasta Mahal Farnë como un eco lejano, pero aún así se siente la algarabía, como en todo rincón de la ciudad.
Mientras repaso una y otra vez los mapas de Árador, la conversación mantenida con Bohr vuelve a mí de manera constante. Todavía no cree. Traspasar la Espada de la Retribución de la mera leyenda a la existencia real no va a ser tarea fácil. Él aún no cree en su existencia, y como él, sé que muchos otros no lo harán.
Pero ahora... Ahora lo importante es conseguir la información precisa. Aún no sé cuál es el poder real de la Sâr. Ni siquiera a través del leve concepto de la Música que yo poseo puedo siquiera concebir cuál es su destino. Esto es lo que ahora ocupa mayormente mi mente, más que ninguna otra cosa. Mucho más incluso que la guerra de Árador.
Mis invitados de Lempë Ohtari no tardarán en llegar. Los informes de su avance han llegado esta mañana a primera hora. Pero junto a su cálida respuesta aceptando mi invitación han enviado un curioso proyecto.
Tavarcerta no se encuentra lejos de la frontera Norte, pero jamás antes me había interesado en modo alguno. Ahora mi mesa se encuentra abarrotada de pesados libros y antiguos pergaminos, aunque mi búsqueda de información todavía no ha dado fruto alguno.
El sol del mediodía se abre paso con fuerza a través de los grandes ventanales que se alzan detrás de mí casi hasta rozar el techo. Sentada frente a la mesa, apoyo mis brazos sobre la mesa mientras masajeo mis sienes con ambas manos, abrumada.
Hace mucho tiempo que añoro días mejores. Días pasados, cuando Vilwë se sentaba en esta misma mesa, asumiendo toda responsabilidad del reino. Y días futuros también. Aún cuando sé que habrán de pasar muchos años antes de que mi esperanza se cumpla, y pueda descansar.
Darlak Lórindol
La noche caía sobre la cubierta del barco.
- ¿Qué hora es?
La mujer alargó sus manos hacia la baranda del barco al tiempo que sus ojos negros lanzaban una amplia visita a las estrellas refulgentes del cielo nocturno.
- Hace rato que pasó la medianoche – el hombre desvió su mirada del horizonte a la mujer que acaba de llegar.- ¿Qué haces despierta?
- Me desvelé y no te hallé en la cama. No puedo estar mucho tiempo separada de ti, Darlak – Él sonrió y sus labios se fundieron bajo el mágico brillo de las estrellas.
Mirando hacia el horizonte ambos permanecieron en el castillo de proa al tiempo que el barco seguía avanzando en la oscuridad de la madrugada. Sonyariel recostó su cabeza en el semielfo.
- ¿Sabes? Mis pensamientos no me dejan conciliar el sueño – dijo Darlak. – No dejó de pensar en lo que podamos encontrarnos en esas ruinas.
Sonyariel tomó la mano de él.
- Vayamos a dormir, estamos cerca de nuestro destino y debes descansar.
Darlak aceptó y se dirigieron a su camarote.
Con un fuerte viento de popa habían recorrido una gran distancia y el capitán del barco, Haradrim, había avistado la costa fanyareana después de una larga travesía. El barco provenía de Lempë Ohtari, del este y en él viajaban varios de sus importantes dirigentes que iban hacía la ciudad de Hón. Entre los tripulantes del barco se hallaban Darlak Lórindol, senescal de la ciudad ohtari de Mellon Vilya y Valandil Súleglîn señor del bosque Taurëruin y de la ciudad de Ostova Lorë. Les acompañaban las damas Sonyariel Lissë, Eleth Niramar y Vanadessë, y el dunadan Aratan.
Una vez llegados a la costa oeste del mar de Arador habían navegado por el río navegable de Sirhonë.
Al día siguiente se despertaron con la noticia de que habían atracado en Hón. Una brisa fresca les dio la bienvenida cuando bajaron del barco. Habían llegado a su destino, Hón, una de las ciudades más bulliciosas de la región oriental de Heren Fanyarea.
Rialath
Una escolta armada, engalanda con las mas fastuosas ropas estaba esperandoles para recibirlos y escoltarlos hasta el palacio, un gran gentío se había agolpado a lo largo de toda la ruta con alegría y curiosidad, los hijos de Ohtari fueron recibidos con fastos soberbios. Capitaneaba esa escolta el propio Alsio, mensajero y fiel amigo de la Regente de Fanyarëa, a su lado la figura sombria de un dúnadan, el único de todos los presentes que no mostraba signo alguno de alegria, nada refleja ese rostro inexpresivo medio cubierto por un extraño sombrero, de ala ancha, tan solo en sus ojos brillaba un gran interés.
- Bienvenidas sean sus ilustres y nobles personas a Hôn, la mas populosa ciudad de Fanyarëa. Mi nombre es Alsio, mensajero de la reina y miembro de su guradia y servicio personal, se me ha encargado guiaros con esta guardia de honor que veis a mi lado- señalando a la docena de soldados engalanados a su alrededor- hasta el palacio donde serán agasajados con la famosa hospitalidad Fanyareana. Si me hacen el honor de acompañarme...
El grupo se puso en marcha, Rialath sonrió levemente, hacia tiempo que no era testigo de tan pomposo, pero diplomáticamente correcto, lenguaje, había pasado quizá demasiado tiempo en el descampado. Rialath observó a los embajadores de Ohtari, parecían ser poderosos en muchos sentidos, entre ellos había un dúnadan, hermano de raza del propio Rialath, pero éste no dijo nada y se limitó a seguir al lado de Alsio, observando con rostro grave a todo su alrededor y sin pronunciar una sola palabra, poco a poco cruzaron la ciudad camino del palacio.
Bohr Daedth
Wethan había conversado con la siempre intrigante semi elfa que lo acompañaba. Pensó en quedarse un rato más a compartir la noche con ella. Pero no lo hizo, tampoco hizo bebio docenas de cervezas con los hombres de las tabernas del muelle. Esa noche no durmió. Había algo que preocupaba al muchachito.
Pronto vendría la gente de Lempe Ohtari. Náredhel había hablado de que Sâr no estaba allá en los mitos. No había rastros del cuerpo de Shathdul, el Russan había, sencillamente, desaparecido, todos los que habían guardado del féretro desde que él lo había visto dentro juraban no haberlo descuidado nunca jamás... También pensó en la leyenda del vellón que había tomado como botín en Yavetil, tal vez podía, de alguna extraña manera, podía que fuera verdad. Había cosas que escapaban a su conocimiento, o al parecer había cosas, situaciones, ideas, que enfrentaban a sus creencias, y así como él no se permitía aceptarlas ni asimilarlas, ellas no dejaban de pujar por mostrarse reales. "Me estoy volviendo loco al fin"
Para colmo la reina le había metido en la cabeza sus asuntos sobre Tavarcerta, y la visita de Lempe Ohtari tenía mucho que ver con aquello. Buena gente del otro lado del Earmitya estaba cruzando el mar para simplemente discutir acerca de algo que a un primer vistazo valía menos que el tesoro que supuestamente lo había llevado a Amaurenori. Pero después de lo ocurrido allí, todo esto olía a algo aún más grande, y a su desagrado, quizá más terrible. Bohr había cambiado su nombre casi definitivamente a Wethan, abandonando el apelativo Daedth, que había llevado siempre para causar temor, ahora usaba uno al que significaba con una gran responsabilidad, aún no sabía cuál ni cuánta realmente, pero sabía que se relacionaba con... gente.
Mientras "Daedth" decidía quedarse en la adolescencia de un niño llegado de un mundo más que hostil, Wethan Bohr no durmió, ni quiso ni necesitó...
Temprano sintió el viento traer sonidos y olores diferentes. Algo se tramaba en Los Cielos. Y mientras tanto un barco de Ohtari llegaba al puerto de Hón. Bohr lo contempló desde la primer loma tras la cual se escondían los sembradíos donde había pasado la noche. Mientras se iba acercando, decidió no interceder demasiado. Náredhel lo había dejado claro. Sabía que Darlak vendría. Sería un gusto verlo de nuevo, a él y a sus pares, era un buen medio elfo, no como el otro aquel, esperaba tener oportunidad de invitarlos a tomar algo, o más que algo, en El Corazón, y si con ellos venía alguna mujer agradable... "Bohr, ay Bohr" se dijo.
Más tarde se reunirían todos y tendría oportunidad de reencontrarse con los Ohtari. Esperaba oir noticias de Mellon Vilya, de Yavetil, con su Yarfaila, de su viaje en el mar, del Ostova Lorë y la siempre preocupada mujer de Valandil... pero quería oir lo menos posible sobre ese lugar al norte. Todo tenía cierta aura que estaba demasiado fuera de la fe que lo mantenía sólido.
Darlak Lórindol
Tras caminar por aquella ciudad fresca y bulliciosa, la escolta armada de Anariel los llevó hacia el palacio donde se encontrarían con la sacerdotisa. Darlak estaba impaciente por conocerla porque Súleglîn le había hablado muy bien de ella. El semielfo la había visto hacia ya tiempo, aquel lejano día de la boda de Valandil Súlegîn con la elfa Annamel.
Sin embargo había pasado tanto tiempo y tantas cosas desde entonces que Darlak apenas recordaba su rostro aunque Valandil no dudaba que la bella dama que gobernaba Heren Fanyarea poseía una belleza hechizante.
Los seis viajeros de Lempë Ohtari habían sido llevados a una amplia sala donde esperarían que Anariel los recibiera. Por otra parte, Darlak esperaba encontrar a los aventureros que conoció en Amaurenori. Esperaba que Bohr estuviera dispuesto a acompañarle a Tavarcerta. Sus pensamientos se fueron entonces hacía aquellas ruinas, el semielfo sabía que era un peligro el viaje hacia allí y más después de todo lo que ocurrió en Amaurenori. Bolgöd estaba destruido pero Darlak tenía una extraña intuición de que el mal aún estaba en Árador. No obstante un instinto aventurero que creía no poseer se había adueñado de él en las últimas semanas. ¡Quién se lo iba a decir a él que estaría deseando ir a Tavarcerta cuando él fue el primero que no estuvo de acuerdo con ir a Amaurenori! Pero ahora quería saber más sobre ese antiguo reino de la primera edad y porque no había cuajado, quizás conociendo más sobre eso podrían atisbar los motivos de las tensiones entre los distintos países de Arador.
De pronto, Valandil Súleglîn le dio un codazo. La reina estaba entrando en ese momento en la sala. Fue así como Darlak se encontró con una mujer de larga melena y de fascinante porte, el joven se sintió inquieto con la presencia de ella.
Naredhel Anariel
El cabello suelto caía por su espalda, y a ambos lado de su rostro, enmarcándolo en cobre. Una sonrisa brillaba en sus labios y en sus ojos dorados.
- Bienvenidos a Heren Fanyarëa - dijo con voz suave. Después los miró uno a uno, y sonriendo tendió ambas manos con las palmas abiertas extendidas hacia arriba - Hace mucho tiempo que espero a recibiros en mis tierras, Valandil. Y qué mejor momento que éste, celebrando vuestra recuperación por fin.
El maia tomó sus manos entre las suyas respondiendo a su vez con una sonrisa:
- Ha sido un largo viaje, pero el placer de volver a ver vuestros ojos dorados lo compensa sin duda.
Ella pareció sonrojarse por un instante ante el cumplido. Luego soltó las manos de Valandil y observó a los que se encontraban junto a él.
- Veo que han de ser largas las presentaciones - rió, y Valandil unió su risa a la suya.
- Si que lo son. Pero permitidme que haga los honores. Mi gran amigo Darlak Lorindol, Senescal de Mellon Vilya.
El elfo de rostro pálido y mirada impenetrable se adelantó, tendiendo sus manos.
- Mi Señora - dijo seriamente.
- Bienvenido seais, Señor. Espero que vuestra estancia en mis tierras sea placentera... - respondió ella sosteniendo sus manos.
Después Valandil señaló a una mujer de ojos color miel. Llevaba los cabellos castaños extrañamente recogidos, cubiertos por una delgada tela. Anariel respondió a su saludo algo rígido:
- Espero que para vos también sea un placer vuestra visita, Dama Sonyariel.
Tras ella, dos mujeres más. Una de ellas le fue presentada como Eleth Níramar. Llevaba un extraño corte de pelo. Muy corto por la espalda, pero con un largo mechón por delante. Se cubría con una capa de viaje de color verdoso, y tenía una sonrisa afable.
Una elfa de piel clara y negros cabellos. Vanadessë quizás recordara en cierta forma a la belleza élfica de Luthien, pero sus ojos eran de un hermoso color castaño.
Por último, Valandil presentó a un hombre de penetrantes ojos pardos y aspecto serio. Aratan hijo de Arahad era su nombre.
Apenas terminaron de intercambiar saludos, cuando Bohr entró en el gran salón seguido de Niélunë.
- Creo que a ellos ya les conocéis, así que quizás sea el momento de pasar al comedor. Seguro que todos deséais reponer fuerzas después del largo viaje.
Anariel se dirigió entonces hacia una puerta que se encontraba tras ellos. Daba paso a un gran comedor con una mesa alargada en el centro. Invitó a todos a sentarse en torno a la mesa, y prontó comenzaron a servir un lujoso banquete.
Mientras sostenía una copa de vino en la mano, miraba de soslayo a Darlak. Por que de entre todos era quien más curiosidad había despertado en ella.
Rialath
Como miembro de la guardia Rialath tenía la pesada misión de permanecer firme como una estatua, con la lanza en la mano izquierda y el escudo de la derecha observando sin mas la cena, por si sucediera algún imprevisto. La cara de desagrado que tenía en ese instante habría sido insultante si no estuviera cubierta por el yelmo, pero de su rostro tan sólo se veían los ojos y la boca, el bigote y la perilla. Para él, aunque ser destinado a esa misión fuera honorable muestra de confianza, era una de las misiones más ingratas de las que pudiera haber... haberse de mantener estático mientras observas como una gran cantidad de gente come y bebe cuando tu aún eres atormentado por el hambre... pero era ahora de nuevo un soldado, raso por añadidura, y como tal su obligación era aguantar toda penalidad sin quejas.
Al menos, desde su posición, justo detrás y a la izquierda de Naredhel, tenía una visión completa de todo lo que ocurría y observó largamente de reojo a todos los capitanes de ambos reinos, aunque él también estuviera expuesto a sus miradas y destacara por su altura y porte noble Rialath era consciente, y lo agradecía en aquel momento, puesto que no le agradaba ser observado, de que tan sólo era un insignificante guardia más y que nadie seguramente repararía en él a menos que´éste tuviera que intervenir, cosa que dudaba que pasara. Tabién vio a Alsio, sentado a lo lejos, echando miradas ansiosas de vez en cuando a la reina.
La cena discurría con tranquilidad, musica de fondo, abundantes y deliciosos manjares, delicados vinos, charlas alegres y risas por doquier, el servicio atareado rellenando las copas, trayendo mas comida, sin duda era una cena magnífica y fastuosa como no las había visto en mucho tiempo, Rialath pensó largamente en los últimos tres años de su vida mientras barría con la mirada una y otra vez la sala buscando posibles peligros. Esos tres últimos años habían sido una sucesión de viajes y combates desde que decidiera abandonar los honores y los cargos que había obtenido, en parte por nacimiento pero sobretodo por mérito propio dejandose en cada combate sudor y sangre al, servicio de sus antiguos señores... Había caído en desgracia por culpa de malas lenguas aunque así se había visto liberado de toda obligación y gozó de cierta libertad nunca gozó en esos tres años de paz y tranquilidad... mucho menos de prosperidad.
Sonyariel Lisse
Cuando Sonyariel supo del viaje tuvo sus dudas, antes de iniciarse las guerras había recorrido aquellas tierras y no de la mejor manera, pero cuando Lórindol le dio la noticia que todos viajarían en barco, la joven puso el grito en el cielo.
- ¡¿Qu-qué?! ¡Madre mía! A pesar de haber estado en puerto aún no me acostumbro a la idea de subirme a una de esas cosas.- dijo la joven perdiendo el color de las mejillas.
- Sonyi, ¿acaso te da miedo? – le dijo el medio elfo algo extrañado.
- ¿Miedo yo? ¡Sabes que no le tengo miedo a nada!- dijo la joven mientras se retiraba algo nerviosa a arreglar sus cosas para el viaje.
El viaje en general había sido tranquilo, sólo la llegada de la bella elfa Vanadesse a la ciudad de Melon Vilya, un día antes de zarpar, produjo tal algarabía asustando por un momento al capitán y al maia, los que sonrieron al darse cuenta de que se trataba de una amiga a la cual hace años no veían Eleth y Sonyariel.
- !Uy!... el trío que se armó... ojala no les de por repetir las mismas travesuras de niñas que una vez contó Miramar...- le comentó Valandil a Lórindol al ver a las tres saltar abrazadas como cabras chicas, aprovechando de conversar y recordar algunos buenos momentos en los bosques, sus escapadas y metidas de pata.
Gran parte del viaje por mar la humana había estado silenciosa. Le encantaba pasar horas abrazada a Lórindol, sintiendo la calidez de sus caricias. Pero no se sentía tranquila, aunque trataba de no demostrarlo, y a medida que acercaban al reino de Heren Fanyarëa, cuando se encontraba sola, observaba con nostalgia la enorme cadena montañosa.
- Sorontarna...tanto tiempo... ¿no?
A la llegada de la ciudad de Hón, la gente tenía maravillada a los Ohtari, impresión que aumentó al ver llegar a gallarda comitiva de recibimiento. No pensaban que su llegada iba a causar tal revuelo, y menos que los guiarían con tan bella escolta para ver a ver a sus anfitriones.
La soberana, hermosa como alguna vez la habría visto desde lejos, más le incomodó un poco la manera con que había observado a Darlak. La humana se sintió algo triste.
Antes de pasar a comer, para sorpresa de todos, Sonyariel se acercó a la soberana, le hizo una reverencia como era su costumbre y le entregó un cofre de noble madera con un tallado finísimo como presente. Al abrirlo, en su interior, cubierta por una fina seda púrpura, una delicada estatuilla de Jade con la forma de un águila frente a un vampiro.
- Lo hicieron los mejores orfebres de Mellon Vilya mi señora, creí que le agradaría. Es en señal de gratitud por su recibimiento. - le dijo suavemente la joven y se retiró hacia una esquina donde podía ver a todos, hasta que el aroma de los alimentos empezaron a provocar nauseas en la joven. Con el rostro completamente pálido se dirigió al salón contiguo, se sentó en una banca al lado de un balcón y respiró hondo varias veces. abrazó su barriga, mientras una lágrima brotó de sus ojos.
- Que horror, esto no puede ser cierto...
Vanadessë Nissëlor
Mientras cenaban, la elfa no dejaba de admirar la belleza del salón, y de vez en cuando daba alguna mirada tímida a los comensales que allí se encontraban. El largo viaje se dejaba notar en el rostro de los Ohtari y cuando Sonyariel se levantó para entregar el presente a la soberana, pero no volvió a su lugar, sino que se alejó del comedor, Vanadessë no dejó de preocuparse, pues antes del viaje había notado que el semblante de su amiga no era el de todos los días. Educadamente se levantó de la mesa y pidiendo las disculpas pertinentes, salió en busca de Sonyariel. No le fue difícil encontrarla, pues un agradable perfume entraba desde el balcón, que se mezclaba con la brisa del lugar.
-Aquí estas!- exclamó la elfa al ver a la mujer sentada en un hermoso banco.
La mujer al sentir la presencia de su amiga, guardó silencio y apartó las manos de su barriga para no levantar sospechas, dio una bocanada de aire y cuando Vanadessë se sentó junto a ella, dio un largo suspiro y miró a su amiga con una sonrisa en los labios, pero en sus ojos había una veta de tristeza.
-Me tienes preocupada, Sonya, estás muy pálida... te pasa algo?- la elfa posaba su mano en el regazo de la mujer, quien al sentir la calidez de su amiga dejó escapar un par de lágrimas.
El murmullo de la conversación entre los comensales, apenas era audible desde el lugar en que mujer y elfa se encontraban. El tibio aire golpeaba suavemente sus rostros y el sonido del agua daba una sensación de paz en aquellas tierras lejanas.
La elfa al ver el rostro de su amiga inundado en lágrimas no dijo más y la abrazo con fuerza, habían pasado muchos buenos momentos junto a Eleth, y volver a verlas en aquellos parajes, aún la tenían sensible, por lo mismo Vanadessë había malentendido las lágrimas de sus y creía que sólo era la emoción del reencuentro.
-Tenemos tiempo de sobra para nuestras tristezas, Vanadessë- dijo la mujer mientras le devolvía el abrazo. –Por ahora disfrutemos de la vista y la belleza de este lugar, que Eru nos ha brindado.
Las palabras de Sonyariel eran profundas y sinceras, mas no era suficiente para que la elfa se tranquilizara del todo, algo ocurría con su amiga y su presentimiento le decía que tenía algo que ver con el senescal de Mellön Vilya.
[Editado por lalihiari el 15-10-2006 05:45]
Bohr Daedth
Fue tras la cena que comenzó la conversación. Se utilizó la misma sala, las mesas fueron despejadas y los olores desaparecieron. Todo pasó a un nivel de increible secreto. Se reforzó la vigilancia en las puertas y ventanas. Se controló la segura privacidad de todo el edificio. Las paredes, al menos, no oirían.
Náredhel hizo una introducción sobre la bienvenida a los visitantes y la situación general, y todos tuvieron algo para decir. El debate fue interesante. Pero el caldero dialéctico comenzó a hechar humos y extraños fantasmas cuando Darlak Lórindol pronunció las primeras palabras al respecto:
- ¿Dice usted, Señora Náredhel, que vuestros “peregrinos” han traido noticias que escapan a los ojos de los habitantes de tantos sitios de Arador?-
“Desgraciado”-..., pensaba Sonyariel, mientras lo miraba dirigirse a la reina.
- Así es,- dijo la resplandeciente a todos, intuyendo el discurso del medio-elfo.- Los Peregrinos de Heren Fanyarëa que han sido esparcidos por todos los territorios no hacen más que comunicarnos intrigas. Pero ninguno ha podido relacionar un caso con otro, todo parece corromperse misteriosa y aisladamente.-
- Se refieren a la Guerra...- dijo dubitativo Valandil.
- Sí, mi amigo, a eso me refiero. – continuó Darlak. – Hay guerra en Arador, eso es innegable, los pueblos están destruyendose unos a otros, y aunque hay justificaciones... hay cabos sueltos. Y en un analisis más profundo no hay un verdadero porqué a tanta muerte. Mejor dicho, sí debe haber un porqué, pero no lo vemos.-
- ¡La oscuridad ha caido con la caida de Agband y con el fin de la Gran Guerra!- exclamó alguien que acompañaba a Vanadessë.
- Hijo, no has estado en Amaurenor.- intervino el capitán de navío Santûra.- Al parecer se ha mantenido el secreto de los hechos de esa tierra. Allí la oscuridad tiene forma, y casi socava nuestros espíritus.- Cuando habló de Amaurenori, la tierra maldita aquella, Bohr, ilegítimo príncipe Varna Rámar, se sonrojaba.
- Prosigue Darlak, me consterna y me deslumbra lo que vas a decir.- dijo la reina de Fanyarëa.
- Bien, como bien ha dicho el Capitán, Amaurenori dejó escapar una pizca del misterio que ocultaba. Sabemos que otra oscuridad recorre nuestra tierra. Pero no sabemos qué es lo que quiere aquí. Y porqué no se manifiesta.- Alguien estuvo a punto de interrumpir, pero Darlak con un gesto pidió que le permitiera continuar. – Las ruinas de una ciudad que se levantó en el lugar que conocemos como Amaurenori se hundieron hasta desaparecer, asi que nada podremos ya saber de ese sitio... Pero unos escritos han llegado a Lempë Ohtari, y a mis manos. Fueron escritos allí... aquella ciudad y la organización de sus habitantes estaba estrechamente relacionada con otros parajes, al menos hemos podido identificar uno... Tavarcerta.-
Nielúne quiso intervenir. Ella había transcurrido algún tiempo refugiada en esos lugares. También había sabido de delincuentes rondando la zona. Pero habló Bohr.
- Darlak Lórindol, mi estimado, una escritura en un papel de Amaurenori, te lleva a pensar que en el sitio Tabar...ceta..., encontrarás la cura para la guerra? – Rialath observó el hablar del joven con repulsa, pero Bohr no sabía que el caballero estaba allí, entre la guardia.
- Encontraremos, ...Wethan.- le dijo Náredhel, severa y hermosa. Wethan Bohr la miró sorprendido.
- Me negüé una vez a pisar aquellas tierras de las que ahora una parte de mi corazón se arrepienten de haber pisado. Pero hay más pruebas,- observó a Bohr una vez, a Valandil y a Vanadessë otra, eludió la mirada incisiva de Sonya, que sabía lo que haría, y luego se clavó en Náredhel Anariel.- que justifican que lo que podamos hallar nos servirá para acabar con las muertes, o al menos para saber que tenemos que hacer o a qué tenemos que enfrentar para reducir la agonía que está cayendo sobre nosotros.- pareció concluir Darlak.
- No hay ninguna agonía cayendo entre nosotros, Caballero Ohtar. – intervino Alsio. Rialath desde su “incómoda” posición lo oyó, este tipo tendría que ser hermano del “principito”, pensó.
- Sí que la hay.- dijo Sonyariel, y luego Valandil.
- Sí que la hay.- dijo Bohr, y luego varios de sus compañeros de aventuras.
- Mi querido Darlak, no estará mal conocer más de lo que haya allí, pero, y qué si hay peores obstáculos...? – preguntó Sonya preocupada.
- ¿... y dónde está dicho que nosotros seremos quienes encontremos las respuestas?- preguntó con el tono carácteristico de los naugrim, un representante de Gimbur, de los Russan Rámar.
Náredhel no habló, aunque todos la miraron como si ella tuviera la palabra. La reina se encargó de darle la palabra a una mujer, extremadamente alta, una institutriz asceta de Laverëss.
- Señores, si aquí se está hablando de una expedición, nadie debe involucrarse en tal misión si no siente que puede servir a los fines que lleva en el corazón, sean nobles o egoistas. Pero si hay una pizca de fe en vosotros, pensad que la matanza que ha comenzado no terminará, es un fuego que no pretende apagarse, en ella o viviremos matando o simplemente moriremos, y esa es la realidad, por nuestra parte: la única decisión que realmente podemos tener en nuestras manos, es decidir que hacer con el tiempo que se nos ha concedido... Así que me gustaría sugerirle a vuestros albedríos que lo mediten...-
Luego Darlak expuso el resto de las pruebas que había recabado. Náredhel y Valandil hicieron un llamado a emprender una expedición. Del resto, fueron pocos los que eligieron encomendarse a la tarea, y de ellos, unos pocos se decidió que permanecieran en Fanyarëa, en sus funciones, o a cargo de sus comunidades o familias. Y se tocaron otros puntos también.
Bohr pidió ser responsable de la protección de los que viajaran. Iría también, pero necesitaba ocuparse de ellos, acobijarlos. Sabía lo que había vivido en Amaurenori, y lo bueno que de allí había aprendido le inspiraba la hidalguía de guardar por los que acometían una empresa noble; lo malo que de allí se había servido le movía a ganarse el premio negociado.
[Editado por elessurendil el 16-10-2006 06:08]
Rialath
La noche se alargó en muchas conversaciones la mayoría de ellas irrelevantes, una vez tomada la decisión de partir a Tavarcerta, Rialath empezaba a sentirse cansado, tanto tiempo de pie, quieto e imperturbable, era realmente agotador y la verdad es que estaba hambriento, la frugal comida de la guardia real, uno de los mas prestigiosos cuerpos del ejército y el mas austero de todos habia sido hacía ya muchas horas, todos los guardias allí presentes se sentían igual, pero como Rialath todos se mantenían estoicamente erguidos y atentos.
Para mayo desconsuelo de los guardias volvieron a entrar los sirvientes con numerosas copas y jarras con vinos y licores distintos y pronto el alcohol hizo presa de casi todos los asistentes, algunos cantaron otros bailaron... eso llego al punto de parecer una fiesta del vulgo mas que una fiesta cortesana, al menos para las que él habia vivido, muchos nobles perdieron la compostura... pero bueno, tenían la excusa de que partirían a un viaje peligroso y podrían permitirse tal licencia por el incierto final de la aventura próxima.
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Ya casi nacía el sol en el horizonte cuando los últimos invitados se fueron, todos los exhaustos guardias, hambrientos se fueron de inmediato a la taberna, el hambre ganaba al sueño, todos engulleron sus raciones y casi se amotinan cuando les negaron darles mas, la furia de los soldados hizo que la cocina dieran muestras de largueza por una vez, alsio vino para acompañarlos y se sentó al lado de Rialath, Alsio había tomado confianza a Rialath, quien se mostraba siempre arisco, solitario y con Alsio desagradable, Rialath no sabía que hacer para quitarse de encima a ese pesado enfermizo, siempre hablando de la reina... pero esa vez Rialath estaba cansado en exceso como para tratar de deshacerse de Alsio y este creyó que por una vez era bien recibido así que, con ayuda de demasiado vino, habló con mayor soltura de la habitual.
- Y la reina estaba muy hermosa hoy- esé comentario era habitual, pero no lo siguiente- la quiero para mí, la reina será mía, en el viaje de Tavarcerta seguro que la reina cederá ante mí - Rialath paró de comer y lo miró con sorpresa, Alsio estaba a punto de tener otra alegria, por primera vez Rialath le haría una pregunta sobre la reina.
- Y... ¿que te hace pensar eso, Alsio?- dijo Rialath, quien tenia un mal presentimiento.
- Ya lo verás- Un complacido Alsio decidió hacerse el interesante y dejar intrigado a Rialath.- Es tarde ya, !buenas noches!
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Las palabras de Alsio no le habían gustado para nada y aunque sabía que la reina no le escucharía debía avisarla, temía que algo grave estuviera a punto de suceder, pese a las intempestivas horas a las que iba a ver a la reina mostró todas sus capacidades persuasivas para con los guardias, que poco tardaron en dejarlo pasar.
La reina lo esperaba en sus habitaciones, enojada severamente con aquel recién llegado que parecía dárselas de gran hombre:
- ¿que quieres?- Naredhel habló con tono seco y en sus ojos brillaba la ira, ni tan siquiera habia podido vestirse e iba ataviada con las ropas para dormir, telas blancas de fina seda y el pelo medio revuelto.
- Disculpe la... brusquedad mas temo que Alsio pretenda haceros daño, antes en la cantina conta...
- ¿Alsio dañarme? - le interrumpió con ira- ¿lárgate de mis habitaciones antes de que haga que te despellejen! Y en adelante ciñete a lo que te ordene, soldado- pronunció soldado con desprecio, el comentario final hirió a Rialath, pese a que sabía que algo asi pasaría, eso le había dolido. Rialath no insistió, se fue inclinandose ante la reina pero sin decir nada mas. Cruzó la puerta sabiendose odiado por aquella Dama, Rialath se fue a su camastro, resignado a pasar malos ratos hasta saldar la deuda que contraida, pero decidido a no separarse de la reina y evitar a toda costa que sufriera daño a manos de Alsio o de cualquier otro, poco importaba ser mas despreciado y detestado de lo que ya era, el cumpliría con esa misión, se lo juró a si mismo.
Sonyariel Lisse
La humana se quedó dubitativa, sabía lo que aquella empresa significaba pero le asaltó una duda, y su voz suave y melancólica se hizo sentir pidiendo la palabra...
- Aún no entiendo la relación entre algunas situaciones, pero algo me da vueltas en mi cabeza. De pequeña, pasaba muchas horas jugando en unas ruinas cercanas a mi hogar, en el desierto. Me llamaba la atención los extraños dibujos plasmados estoicamente en sus paredes, dando la sensación de querer expresar lo que estaban viviendo los últimos moradores de aquel reino perdido. Así como aquel, pudieron existir muchas otras ciudades que terminaron destruidas. ¿Habrá sido por la misma causa? ¿en un mismo periodo? Creo que faltan datos al respecto, posiblemente haya ocurrido así. Mi pueblo, era un reino hermoso rodeado por dunas, pero de aquel ya no queda rastro. Temo que aquello de lo que ustedes han plasmado en esta reunión haya sido también el causante de su desaparición.
La voz terminó por quebrársele, observó los ojos de Vanadesse. No pudo seguir hablando. Aún existían cosas que no había solucionado de su pasado y aún pesaban fuerte. Dolían, pero estaba firme.
Tras decisiones varias, algunos decidieron continuar otros se retiraron a sus habitaciones.
Sonyariel, agotada por aquel extraño día prefirió ir a descansar, por lo que fue conducida a la habitación dispuesta para ella.
Necesitaba deshacerse de tensiones que vagaban en su cabeza.
Por lo que al entrar en la amplia habitación dispuesta para los comensales, y tras recorrer observando su hermosa arquitectura esbozó una sonrisa al ver una enorme bañera con agua caliente y pétalos de rosas. Unas velas alumbraban dando un toque más íntimo, por lo que la joven no lo dudó, y sus ropas cayeron, apareciendo la bella visión de su cuerpo entrando tímidamente al agua. Con sus pensamientos en blanco, por largo rato sólo se quedó ahí, con los ojos cerrados, disfrutando de ese momento después del agotador viaje.
El sonido de la puerta la sacó de su letargo, ahí estaba, de pie junto a la puerta, Lórindol observando a la joven.
- ¿Cómo estás?
- No lo sé... ¿Qué crees tú?- respondió la humana.
El medio elfo, se acercó a la joven quien estaba inmutable, se arrodilló y le acarició suavemente el rostro. Dibujó con sus dedos el contorno de sus labios, acercando su rostro a aquella para fundirse en un beso.
Sonyariel le observó pero no le dijo nada, se reincorporó saliendo de las aguas que cubrían su figura, y se quedó ahí, frente a él.
Sus manos acariciaron su masculino pecho, desatando las amarras de sus vestimentas. El medio elfo la rodeo con sus brazos de la cintura acercándola a su cuerpo, sintiendo su respiración en el cuello. La tomó en brazos y la condujo hacia el dormitorio, recostándola sobre la enorme cama, entre caricias y besos.
Ya había pasado gran parte de la noche y la joven se despertó sobresaltada. Un extraño sueño la hizo dudar de aquella empresa a las ruinas. Respiró hondo, giró y observó la almohada de su compañero vacía, y fría.
Todo entre los dos había empezado como un juego, pero había terminado enamorándose perdidamente del medio elfo. Tomó su bata se seda blanca y se cubrió su cuerpo desnudo. No quería pensar, por lo que salió a caminar por los bellos pasillos de aquel lugar hasta encontrarse con el salón donde antes se había resguardado.
La brisa fresca mecía sutilmente los finos cortinajes, se acercó al balcón y se sentó a observar las estrellas que titilaban gustosas. Se veía hermosa, su larga cabellera caía sobre sus hombros, y el tono de sus mejillas junto al brillo de sus ojos al mirar el espectáculo que otorgaba la noche, hasta quedarse dormida, envuelta en pensamientos... lejos de aquel tiempo.
Niëlúne Lambar
Niëlúne iba de regreso al navío en el que había decidido hospedarse,tal vez cuando regresara de su nueva aventura decidiría si era tiempo de buscar un nuevo hogar donde empezar de cero,si regresaba...no sabía qué le deparaba el destino,ya había visto muerte y desolación en Amaurenori,había comprobado cómo la vida podía esfumarse en cualquier momento...
Deshechó tales pensamientos de su mente y se concentró en el panorama que la rodeaba;a su lado iba el capitán Santûra,esa noche había tenido que dejar de lado la taberna por lo que se encontraba extrañamente sobrio.Iban con ellos algunos de los marineros con los que ya había hecho amistad después de largas horas de charla y camaradería.No compartía ni sus gustos ni sus hábitos,pero le reconfortaba su compañía,le contaban viejas historias,leyendas de su tierra y demás,algunas inventadas y otras ciertas en su mayoría,aunque exageradas con el paso del tiempo.Muchas de esas historias y leyendas le ayudaban a comprender mejor a las gentes de esas tierras,su política,sus costumbres...
Se sentía abrumada con tanto cambio,antes su vida había sido tranquila y apacible,sin sobresaltos.Ahora nunca sabía lo que el destino le deparaba y eso la desconcertaba.
Se detuvo mientras los demás seguían adelante,de repente el capitán se detuvo al notar que ya no caminaba a su lado.
-¿Sucede algo?
-No,es solo que...quisiera estar un momento a solas,seguid sin mi,en seguida iré.
-Vale no te retrases,y ten cuidado.
La semielfa asintió y dio media vuelta para desandar lo andado.Sin darse cuenta se encontró frente al edificio que unos minutos antes había abandonado y donde se había celebrado la reunión.Se apoyó en el muro exterior y respiró hondo.Necesitaba un respiro,todo había sucedido con demasiada rapidez últimamente y tenía que asimilarlo.Primero el asalto a su ciudad,la dolorosa separación de su madrastra,luego Amaurenori y todo el horror que allí se llevó a cabo,ahora Tavarcerta,un lugar del que ni siquiera había oído hablar y al que ahora le dirigían nuevamente sus pasos sin saber siquiera que,ese lugar que tanto desconocía ya le era familiar,pues en la huída con sus vecinos y amigos de toda la vida se había visto obligada a refugiarse entre sus ruinas;y por último y no menos importante estaba el joven Bohr,tan arrogante,tan altanero y orgulloso y al mismo tiempo tan dulce e inocente como un niño.Y eso es lo que era,un niño que no quería crecer encerrado en el cuerpo de un adulto.Siempre había acostumbrado a controlar su vida y dentro de ella,todo permanecía en orden.Ahora se desataba en su interior una encarnizada lucha entre el corazón y la razón;empezaba a comprender el génesis de sus sentimientos hacia el humano ya que,siempre que estaba presente sus ojos constantemente se dirigían a él,las palmas de las manos las notaba sudorosas y el corazón le latía en el pecho con velocidad,pero se negaba a aceptarlo,¿cómo,una joven como ella,educada entre elfos y en sus costumbres podía haberse enamorado de un humano?no tenía nada en contra de esta raza,pero era inferior,eran mortales y por ello impulsivos y poco racionales.No poseían la sabiduría de los elfos,ni su elegancia ni su paciencia.Sin embargo ahí estaba él abriendose paso entre los recovecos más ocultos de su alma,y ella tenía sangre humana corriendo por sus venas...eso era-pensó para sí-su parte humana la empujaba a ello sin ella desearlo,otra cosa no podía ser...
-¿Te ocurre algo?-la voz salió de la nada,ni siquiera había visto que alguien se hubiera acercado.Apoyada espalda contra muro poco a poco entre pensamientos fue deslizándose hasta sentarse en el suelo.Se levantó avergonzada de que alguien la viera así y con los ojos llorosos.Se incorporó rápido y se secó las mejillas.
-¿Quién anda ahí?-preguntó algo nerviosa.
-Ah pero si es Niëlúne Lambar,la semielfa-dijo riéndose.
-Déjame verte-la voz le resultaba conocida,tanto que la había escuchado hacía escasas horas en el concilio.El extrañó salió a la luz y se mostró.
-¡Darlak!,me has asustado...-se relajó ante la presencia del semielfo-bueno,es algo que tenemos en común,ambos no sabemos si pertenecemos a una raza u otra,creo que eres como yo si no me equivoco.
-Dices bien-le contestó con una sonrisa-pero,puedo preguntarte qué haces sola a estas altas horas de la noche?bueno,cuéntame mientras caminamos,te acompañaré hasta tu hospedaje...
[Editado por mithril_ el 18-10-2006 02:24]
Naredhel Anariel
Había muchas cosas pendientes antes de poder irse a dormir. Mientras sus invitados se recogían en sus habitaciones, o se dedicaban a sus quehaceres íntimos, Anariel pasó largas horas preparando la expedición que habían acordado. No quería dejar ni un sólo detalle al azar.
Argo, el fiel mayordomo de Mahal Farnë, había estado con ella en todo momento. Y eso sin duda había facilitado mucho la tarea. Habían organizado cuidadosamente las provisiones y pertrechos que necesitarían. Las tiendas habían sido revisadas cuidadosamente, pues habían decidido montar un campamento lo más cerca posible de las ruinas, sino en las ruinas mismas, de Tavarcerta. Una primera avanzadilla de la expedición había partido apenas dos horas después de terminar la reunión, llevando consigo las tiendas, las pieles de dormir, y alguno de los objetos personales y ropas que los miembros de la expedición querían llevar consigo.
Con ellos viajaban también la mayor parte de las provisiones que necesitarían, aunque Anariel se había asegurado el aprovisionamiento durante el tiempo que durara la expedición, enviando órdenes precisas al acantonamiento de Osto Fendasë, la ciudad fanyarëana más cercana a Tavarcerta.
También había dispuesto el envío de una guardia de veinte hombres, entre los que se encontraban Alsio y Rialath. Los salteadores de caminos abundaban por aquella época, aprovechando la confusión de la guerra. Muchos de ellos eran hombres desesperados, desertores de uno u otro bando que no tenían ya nada que perder, dispuestos a cualquier cosa.
Fanyarëa se hallaba aún a salvo de estos salvajes. Por que a pesar de la guerra, la mayor parte del ejército todavía permanecia en sus propias tierras, y la Guardia Real vigilaba fronteras y caminos. Pero esta vez deberían abandonar la seguridad que les brindaban, y aunque el grupo que viajaría podía bien cuidarse sólo, le pareció peligroso enviar sin más un cargamento que podía representar un suculento botín a cualquier salteador.
Por último, ordenó que preparan las monturas de sus invitados, y la suya propia, y por supuesto, eligieron monturas para aquellos que no tenían.
Una vez todo estuvo dispuesto, Argo marchó, pues a él correspondía la organización final del resto de las cosas. Pero Anariel encargó preparar sus ropas para el viaje y su espada. Junto a ellas, depositó con cuidado una caja alargada. La altura no era más que de un palmo aproximadamente, al igual que la anchura. Pero media unos 10 palmos de largo. Era de una madera totalmente negra, tallada con extraños relieves y runas que destacaban en un color beig claro. Un barniz impermeable le daba un brillo extraño, y una sensación fría al tacto. Un trozo de cuero se había unido en cada uno de los dos extremos, a modo de correa, para que fuera más fácil de transportar aunque no parecía ser muy pesada.
Cuando finalmente pudo descansar, Anariel permaneció mucho tiempo despierta. Se sentía extrañamente inquieta, y además, se recriminaba la dura contestación que había brindado al dunadan. Pero el cansancio había podido con ella. Ahora sólo esperaba que el hombre no le guardara rencor.
[Editado por Indil el 18-10-2006 10:24]
Darlak Lórindol
La luna los acompañaba en su paseo nocturno.
- Los semielfos siempre estaremos condenados a sentirnos divididos e incompletos - dijo Darlak al tiempo que Nielúne afirmaba. Se habían encontrado dos personas con muchas cosas en común, que intentaban buscar su lugar. ¿Condenados quizás a sentir siempre esa sensación de división? - No somos ni elfos ni humanos, ¿qué somos?
- Curiosa pregunta, yo aún no le he encontrado respuesta- respondió ella.
- Y seguiremos sin saberlo, me temo - aseguró él con una sonrisa. El silencio acompañó entonces hasta que Darlak volvió a preguntar - ¿Cómo llegaste a estas tierras?
- Mi pueblo fue arrasado por la guerra y los supervivientes intentamos huir hasta que sin saber cómo llegamos a Arador.
Estuvieron hablando sobre sus vidas conforme se acercaban al lugar de hospedaje de ella. Entonces fue como comprobaron como tenían tanto en común, dos almas errantes.
- ¿Sabes? Mi vida ha cambiado tanto desde que llegué a Árador. ¡Quién me iba a decir a mí que acabaría siendo senescal de una ciudad! Pero a pesar de que ahora tengo un hogar con el que identificarme, un pueblo al que ayudar y gente a la que querer, siempre esa sensación de división permanece ahí, oculta.
Niëlúne Lambar
La joven escuchaba a Darlak hablar y lo comprendía.De pequeña siempre había escuchado comentarios de sus amigos de juego,comentarios que la herían en lo más profundo pues aunque se había criado con ellos y en sus costumbres nunca llegaría a ser totalmente una elfa,siempre dividida entre dos mundos sin saber a cual pertenecía realmente.
-Realmente no sé si algún día descubriré cuál es mi sitio en esta locura que llamamos mundo,pero sé que me tocará sufrir sus avatares y vivir siempre en la duda...
Niëlúne guardó silencio,por primera vez en mucho tiempo sentía que alguien la comprendía.Ella era aún joven y aún le deparaba mucho el destino,pero él ya había vivido lo suficiente como para saber lo que podía esperarle,así que no pudo resistirse ante la curiosidad y ante su propio anhelo de saber si los sentimientos que estaba experimentando acabarían por tener algún sentido.
-Perdona por la pregunta que voy a hacerte,sé que aún no nos conocemos lo suficiente,pero presiento que tú puedes ayudarme...-el semielfo la observó contrariado y al mismo tiempo interesado en la pregunta que la joven quería formularle.
-Ssí claro,pregunta....
-¿Has estado alguna vez enamorado de una humana?,y si es así...¿qué ocurrió?
Darlak se sintió desconcertado y algo incómodo ante la interrogativa de Niëlúne,incluso podría jurar que la joven vislumbró un leve rubor en sus mejillas,pero aún así tomó aire y se dispuso a contestar.
Elêth Niramar
Elêth no podía dormir.
No hacía mucho que había anochecido, y se creía cansada como para dormir tres días seguidos. Pero en cuanto se acostó supo que aquello no iba a ser posible. Por alguna razón, aquel día Elêth no podía dormir.
Con los ojos como platos y el cansancio recorriendo todo su cuerpo salió a dar una vuelta. Recordaba, mientras caminaba casi sin mirar hacia donde, cómo de pequeña había intentado aguantar sin dormir tanto como sus amigos elfos hacían. Por supuesto, había sido incapaz. Como toda hija de hombres, Elêth necesitaba dormir. Y por ser ella en especial, normalmente necesitaba dormir mucho.
La dúnadan caminaba sin rumbo. Parecía caminar dormida, pero no lo estaba... era una sensación extraña que ya había sentido otras veces, y la odiaba. Llegó en ese estado a una terraza. Ni siquiera se había fijado en que había llegado a ella hasta que el viento le dio en la cara. Fue entonces cuando se vio a sí misma apoyada en la barandilla de la terraza, mirando al horizonte sin ver nada.
- Bonita noche, no creeis? -dijo una voz a su lado.
Sorprendida, la dúnadan giró la cabeza para encontrarse con un dúnadan, que la miraba medio extrañado medio sonriendo. Elêth pensó que habría estado en la terraza desde antes de su llegada, y la habría visto aparecer medio zombie... al pensar eso enrojeció al instante.
- Sí, bonita noche -contestó para romper el hielo. Su voz aparentaba una seguridad que no tenía. Mientras esperaba una respuesta, miró al dúnadan de arriba a abajo, eludiendo los ojos cosa que la habría delatado; ya le había visto antes, creía recordar, pues sus rasgos le parecían conocidos. Pero no alcanzaba a saber dónde. De todas formas no le importaba... deseaba en aquel momento irse a dormir o, en su defecto, demostrar al dúnadan que no era alguien que acostumbra a caminar mientras duerme.
Darlak Lórindol
Nielune y Darlak seguían hablando.
- Sí, esa bella humana que viene con nosotros y que también estuvo en Amaurenori. - Darlak se referia a Sonyariel. El semielfo le contó como se conocieron y como poco a poco lo que empezó como un juego acabó en un sentimiento sincero. Sin saber cómo han acabado sintiendo algo muy profundo.
- ¿Y crees qué es posible? - preguntó ella
- ¿Te refieres a que funcione? Estoy muy confundido. Sé que la quiero pero no sé qué siente ella en realidad
- ¿Se lo has preguntado? - Nielune se detuvo al preguntarle esto.
- No. Pero últimamente la veo muy extraña. Cuando decidió venirse a vivir conmigo a Mellon Vilya pensaba que estaba encantada. Pero hay algo que no va bien y no sé él qué.
Llegaron al lugar donde Nielune tenia su hospedaje. La noche estaba muy avanzada y al día siguiente partirian para Tavarcerta.
- Ya es hora de descansar, mañana nos espera un largo día. Eso sí permiteme darte un último consejo. No retrases mucho el hablar con ella.
Ambos se despidieron y Darlak se volvió tras sus pasos. En su mente todo le daba vueltas y esa noche no dormiría. Cuando llegó, Sonyariel, que había regresado a la cama, dormía plácidamente. Decidió que no era momento para despertarla, necesitaba descansar.
Rialath
Rialath se levantó del camastro en mitad de la noche, no podía dormir más, estaba cansado de aquello, pero decidió dar un paseo para despejar su mente y recobrar la habitual frialdad, de poco sirvió, la cabeza le hervía en decenaas de pensamientos.
En su andar nocturno llegó a una terraza, el viento le azotó con sus frios dedos y las estrellas coronaban el cielo, Rialath sonrió y suspiró, tan solo necesitaba aire libre y algo de soledad, el viaje pues le permitiría volver a trotar el campo con relativa libertad, dadas sus habilidades de rastreo sería uno de los exploradores de la avanzada... De prontó oyó unos pasos y vió como una mujer, de extraño peinado (llevaba el pelo corto atrás y mas largo delante, cubriendo los ojos), se acercaba a la barandilla como llevada por el sueño. Rialath sonrió al parecerle al menos una situación curiosa, la mujer, Dúnadan a juzgar por su aspecto, no había reparado en él pese a estar bien a la vista.
- una bonita noche ¿no creeis?- pregunto Rialath divertido por un ligero sobresalto de aquella mujer.
- Si, bonita noche.- la voz era relativamente segura, Rialath sonrió otra vez al ver como la Dúnadan lo miraba de pies a cabeza esquivando sus ojos, era evidente que tan segura no estaba:
- Vos sois una de los embajadores de Lempe Ohtari ¿ Verdad?- Rialath la recordaba del puerto y de la cena.
- Elêth Niramar y ... ¿vos sois? me resultais familiar.
- Tan sólo un soldado- no sin ironia y con cierta amargura, aun le dolía el comentario de la reina pocos momentos antes.- Rialath Nereruo.
Un golpe de viento hizo que Elêth empezara a titiritar, Rialath la cubrió con su capa y sonrió:
- Creo que es momento de irse a dormir, mi señora, se hace tarde y mañana nos espera un largo camino. - Se inclinó levemente y se fue hacia su camastro, aquello le había dado cierta alegría que no tenía una motivación qe el entendiera, pero lo único cierto es que se durmió pensando en el rostro de la joven.
Sonyariel Lisse
Sonyariel despertó asustada, un extremo del suave cortinaje le rozó el rostro despertando algo confundida.
- ¿Dónde demonios me encuentro? - al ver a su alrededor recordó su caminata por los pasillos. El frío que entraba a esas alturas de la noche le hizo decidir volver a la habitación.
Entró y la enorme cama aún se encontraba vacía. - Por eru que esté con valandil o caminando por ahí, que si no, me va a dar ataque - musitó la joven mientras acariciaba las sabanas blancas.
Se quedó inmóvil un momento, la imagen de aquella bella dama observando con interés a Darlak la incomodó por horas.
- Darlak... tengo miedo... te amo tanto... Que moriría por ti...- susurró la joven mientras cerraba sus ojos abrazada a la almohada.
Elêth Niramar
Despidiéndose del joven, Elêth dio media vuelta y volvió a su cuarto. Rialath, había dicho que se llamaba... le había caído bien. Y le había dado tranquilidad. Al fin la joven pudo dormir plácidamente, aunque soñó más de una vez con encuentros en una terraza una noche fría...
Despertó al día siguiente con una sonrisa en los labios, y al ver junto a su cama la capa con la que el dúnadan la había tapado el día anterior no pudo menos que sonreir todavía más. Había olvidado devolverla a su amo la noche anterior... ahora estaba forzada a encontrarselo para devolversela... pensó contenta de tener una buena excusa, mientras salía del cuarto para ir en busca de sus compañeros de clan.
Darlak Lórindol
Esa misma mañana la expedición estaba preparada. Todos estaban muy nerviosos pero el momento había llegado. Era un día frío y gris y el viento empezaba a soplar tímidamente. Jirones de nubes se pintaban en el cielo, oscuras y bajas. A primera hora de ese mismo día gente de Heren Fanyarea y gente de Lempe Ohtari partieron de Hón camino de las ruinas de Tavarcerta.
(continúa en "Tavarcerta: Lo que el bosque dirá")
Alkalabrindeth
Atravesar Helkelen Lára no fue nada fácil, ahora no sólo el cruel frío la acosaba, sino la extrema vigilancia que tenía el país por las guerras suscitadas. Tuvo que sobornar a unos soldados con una de las joyas de mithril que había elaborado al lado de Onnette, para que la dejasen marchar. A ese paso, creyó que regresaría sin ninguna joya. Después de cuatro días pudo cruzar con libertad, no tenía la seguridad, pero su mente le aseguraba que todo había sido por obra de Laureon, aunque ya no fuera rey, el pueblo helkeriano le admiraba y respetaba. Y confirmó sus sospechas cuando llegó al Earmitya, pues un pequeño buque la esperaba para zarpar y llevarla con bien a su destino.
Después de algunas semanas a bordo, añorando el mar, arrivó a Hón. Cada día escribía cartas a su amado Laureon; les pidió a los bucaneros que se las entregasen una vez que volvieran a Lára. En gratitud, les donó la más valiosa de sus joyas.
En cuanto posó sus pies en la arena de Hón y sintió la suave brisa en su piel, lloró por lo mucho que extrañaría su patria en los años por venir, pero no trastabilló ningún segundo en su decisión, Laureon era lo más imperiante.
A pesar de la falta de los grandes dirigentes, las malas noticias le escupieron el rostro en cuanto pisó la posada, donde Bohr la llevara en el pasado. Ahí escuchó de la partida de la tripulación hacia Tavarcerta, incluyendo la reina y un forastero de aspecto extraño y tosco que decía protegerla, acompañados de otros extranjeros provenientes de Lempë; del aplazamiento entierro de Shatdul, lo cual agradeció infinitamente a Bohr en su pensamiento; y de la impestiva decisión de Laito a recibir su heredad con la coronación, escuchó que la comitiva se dirigía a Laverëss, su hogar.
Iba a partir ahí en primer lugar para ver a Morlith, pero concluyó que era apremiante hablar con Gimbur, el único rey de los ramalië que se había quedado en Fanyarëa, tal vez él pudiera resolverle muchas dudas. Su camino fue directo a Felekgathol, sin sospechar lo que ahí le aguardaba.