La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Laverëss

2007:04:25:00:01:41

Bohr Daedth

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[Editado por elessurendil el 19-04-2006 03:45]

Lyshiön Morkarendîl

Laverëss. Soledad Permitida. Situada en un extraño oasis, de medianas dimensiones, dentro del desierto de Cuin´a Fairë, Vida y Muerte. Es una ciudad silenciosa pero activa, azotada por los vientos del desierto por toda la Eternidad.

Avenidas espaciosas, salpicadas por aqui y por allá de establos, grandes torres de una forma picuda, y edificios grandes y extravagantes. Su población, sumida en sus propios quehaceres y pensamientos del día a día, avanza a través de callejuelas estrechas, resguardándose en sus ropajes del cortante aire del desierto, impregnado completamente de pequeños granos de arena. Cuando el viento sopla fuertemente y pasa sobre el embudo que forman sus estrechas callejuelas, silba lúgubremente, y parece como si grandes gigantes se formasen con los millones de pequeños granos de arena.

En los establos, con forma rectangular, se crian los grandes y poderosos caballos del desierto de Cuin´a Fairë, conocidos por su gran resistencia a los elementos y al agotamiento. Reciben entrenamiento desde que son pequeños potrillos, y con un adiestramiento continuo consiguen crear grandes caballos, que son los que más tarde conformarán la Élite de la Caballería del ejército de Heren Fanyarëa. Para los jóvenes nacidos en esta región es un gran honor convertirse en Jinete de los Vientos, los jinetes que llevaran a la batalla a los grandes y orgullosos caballos de Laverëss.

Las costumbres de este pueblo están arraigadas en la población desde tiempos inmemoriales, y están impregnadas de misticismo y magia. Laverëss, a pesar de dar la imagen de ser una ciudad un tanto bárbara, es un gran centro cultural, donde se guardan miles de documentos de eras ya pasadas, en nombre de civilizaciones ya olvidadas por el hombre de a pie. También es un gran centro cultural en cuanto a magia se refiere, habiendo alli almacenados manuscritos de incalculable valor, dispuestos alli para todo aquel que tenga el saber y paciencia necesarios para descifrarlo.

Su arquitectura es un tanto extraña. Las calles enlosadas circulan entre la vegetación que rodea unas pocas fuentes naturales que fluyen de las entrañas del desierto haciendo pequeños manantiales. Los edificios presentan intrincadas ornamentaciones, cinceladas por los maestros de este arte, los Naugrim. Los edificios más importantes de la ciudad presentan una estructura cónica, variando según que edificio y su importancia la anchura de la base y el largo de la techumbre afilada. Además de estas extravagantes características, los edificios de estructura cónica presentan grandes vidrieras, las cuales representan en su mayoría escenas de la lucha eterna del Águila y el Vampiro. Las vidrieras que están situadas en la parte superior de estos edificios representan el nacimiento de la Unión, y de como nació el pueblo de Heren Fanyarëa, y del Secreto.

Alkalabrindeth

Morlith posaba de cuclillas avivando el fuego para colocar la caserola y preparar los alimentos. Afuera sólo se oía el murmullo del viento y sin hacer el más mínimo ruido apareció una figura alta y esbelta en la entrada.

-Huele a carne fresca de liebre -dijo.

Morlith hizo caso omiso de la recién llegada y continuó preparando la cena. Alkalabrindeth se pasó y tomó asiento en un banquillo colocándose al frente de Morlith, lo observó de manera compasiva y callada.

- Qué te pasa ahora Alkalabrindeth, hasta aquí puedo sentir tu pesadez. Le dijo sin voltear a verla. Ella sonrió y soltó un leve suspiro.

- Voy a dejarte un tiempo. Morlith detuvo lo que estaba haciendo y dirigió lentamente su mirada a ella... mientras seguía hablando.

- No sé cuánto demoraré. He estado preparada desde hace mucho tiempo, lo sabes bien, aguardé por petición del rey, pero ahora he oído que ha muerto. Lo que me prometió ya no podrá cumplirlo... bajó la mirada intentando disimular su estrago, pero sus ojos se habían nublado de lágrimas, después de un instante prosiguió. - Es necesario buscar en otros lados, y decidí ir primero a Felekgathol, el rey de los enanos es noble y me escuchará.

- Si todo está decidido, no demores más -le respondió Morlith con una frialdad que sólo él pudo creer, pues su interior gritaba el miedo que sentía de perder a Alkalabrindeth, su temor lo vaciaba de razón y sólo podía pensar en que él mismo la había enviado a su muerte.

Wëthan Bohr

...

Nadie espero lo que habría de ocurrir.

Pero era el destino que ya estaba escrito.

Muchas revoluciones habían transcurrido en Fanyarëa, su nobleza, su pueblo y sus soldados.

Acaeció entonces que Laito Rawëin, el único hijo del bendito rey Vilwë, cumplió once años. Ese día fue cuando decidió comenzar a intervenir directamente en los asuntos del reino, del pueblo y de la orden. Decidió que debía hacer llegar la verdad que él llevaba innata a los corazones, y acabar la guerra.

Laito Reunió a los cortesanos de Sornosunë y mandó a llamar también al pueblo. Sería mejor comenzar primero por una mayoría élfica, quienes tendrían menos resistencia a aceptar la realidad. A su lado, expectantes, la primera más que la otra, estaban Lomëa Utyelnaike y Náredhel Anariel.

Ante una multitud más grande que la que ante nunca había estado, el prodigio habló.

Habló de que pronto debería ser rey. Y que comandaría el camino de los ramalië, aunque el destino de nuestra gente estaba en manos de las elecciones del futuro, y del destino que ya estaba determinado. Él no podría más que ayudarlos a elegir bien.

Habló de la religión y sus vaivenes, de los seres Protectores, y del profeta que inició el camino. Pero sorprendió a todos, incluso fue negado por muchos como iluso, hereje y chiflado, por supuesto, considerar lo que decía como palabras de un niño, fue fácil. Pero aquello que dijo ese día, y quienes realmente lo oyeron comenzaron un proceso que ha quedado en los anales de los rastros del pueblo de los Cielos. Fue cuando expuso que el águila y el vampiro habían sido una creación y una degeneración logrados por otros aún superiores. Que eran los mismos que hundieron Beleriand en su último enfrentamiento.

Que aquel águila y aquel vampiro que lucharon o luchaban en unión sin fin tuvieron la única significación de dejar una huella entre los... “Nacidos”, Heren Fanyarëa, su Orden, la misma guardia de sus espíritus. Que no tanto ellos se debían al Águila y el Vampiro sino que estos se debían a ellos, a la gente que oía, a sus hermanos, y a sus héroes.

Y que la decisión de esta acción fue tomada por los verdaderos “poderes” del mundo. Luego de tal sacrilegio, el hijo de Vilwë y Marelaeth, venido al mundo para guiar a Heren Fanyarëa, recitó el Ainulindalë, completo. Y con absoluta dignidad, todos se mantuvieron en sus lugares hasta que no hubo terminado.

[Editado por Elessurendil el 07-03-2007 02:59]

Wëthan Bohr

Heren Fanyarëa no es un pueblo, sino un grupo de elegidos dentro del pueblo ramalië para ser guía y fortaleza bajo los poderes de la religión de la Unión.

Laito Rawëin montado en su potro. Y acompañado por la mayor parte de la plebe y nobleza de Sornosunë viajó al desierto, a la ciudad de Laverëss, sitio donde casi lo único que podía verse eran sacerdotes y caballos.

Nunca la ciudad recibió tal comitiva, pero sus gentes, silenciosas y sabias, se sintieron gloriosas ese día. Allí Laito convocó a Heren Fanyarëa, la Orden de los Cielos, para partir a la guerra. Una guerra que ya estaba existiendo, pero en la que el niño aún había tenido prohibido intervenir. Aunque... él era quien decidía, aunque nadie lo supiera.

Extrañó y preocupó a muchos la actitud del niño de once años. Incluso algunos protestaron. Otros lo aceptaron, lo apoyaron. Y otros incluso estallaron de regocijo. Pero el acontecer sería ese, y no habría vuelta atrás.

Laito Rawëin convocó allí a la Orden de los Cielos, y frente a los vecinos de Cuin’a Fairë hablaría del Enemigo y de cuánta sangre aún debía ser derramada incluso cuando este se mantuviera sometido fuera de los límites del mundo. Que ellos tendrían una misión para que aquella sangre no fuera mayor, y en vano. Les pediría que fueran en busca de la paz logrando proezas que sólo él parecía entender, que excedían la comprensión de los comunes, pero que, paradójicamente, implicaban tomar las armas y cercenar vidas.

¡Salve Laito Rawëin, Hijo de Vilwë y Príncipe de Fanyarëa! ¡Salve Heren Fanyarëa, la Orden de los Cielos, protectores de la Unión!

[Editado por Elessurendil el 13-03-2007 02:30]

Lómëa Útyelnaike

El portazo que siguió a las últimas palabras de Laito reverberó en la estancia. Lómëa se levantó de su asiento y dirigió sus pasos hacia la chimenea. Contempló el hogar apagado y luego se giró para volver a mirar la puerta. No volvería, de eso estaba segura, porque la resolución en la voz del niño era suficiente prueba de ello.

"¿Niño?", pensó, "parece que ha dejado de serlo, de la noche a la mañana". Un suspiro escapó de sus labios, al recordar que había intentado de mil maneras retenerlo en Sornosunë, retenerlo en su niñez. Una etapa que, a todas luces, había quedado atrás desde ese día.

Le había rogado, le había amenzado, suplicado...En fin, habían sido infinitas las formas en que le había pedido que se quedara, que siguiera con ella. Le había recordado, presa del dolor de la pérdida, que ella lo había cuidado y educado y le había dado el cariño que nadie más le dio. Amenazó con no dejarle salir de Sornosunë, pero él le recordó, con el desparpajo que le quedaba del niño que fue, que ella era la Señora de la ciudad, pero que él, Laito, era su rey.

Después de aquellas palabras, Lómëa agachó la cabeza y no dijo más. Oyó abrirse la puerta y al ver que no se cerraba inmediatamente, levantó la vista. Laito le dijo así:

"-Eres libre de seguirme a Laverëss, señora. Pero no debes olvidar que tu protegido ha muerto hoy y que en su lugar a nacido un rey. Adiós-" y cerró de un portazo. Pasó una hora, dos y muchas más y llegó la noche y Lómëa seguía allí, dándole vueltas a la conversación.

Una sonrisa amarga bailoteó en la comisura de sus labios y la coraza de frialdad e impasibilidad volvió a ella. Con paso firme y seguro, abandonó la sala en dirección a sus aposentos.

Al poco rato, las puertas de la ciudad se abrían y Hísië salía al galope como una centella en dirección a Laverëss.

Rialath

Rialath había acompañado a la comitiva, como miembro de la guardia de la reina regente. DEspertó su interés el discurso del joven, pues mientras hablaba expresaba lo que él mismo creía desde hacia largos años. No veía con buenos ojos la religión oficial del país, y cuando vio en algunos rostros poco amor por las palabras de Laito él mismo se dijo que era necesario proteger al niño, tal consejo debía darle a la regente, hasta que éste fuera capaz de defenderse a si mismo y de demostrar a los mas incredulos de su pueblo la verdad que encerraban esas palabras. Y mientras pasaran los años y el osado niño adquiriera experiencia, el prepararía también el camino, mas, si el niño se revelaba hereje... la ira del numenoreano se cerniría rápida y mortífera sobre la cabeza del príncipe. Pero tampoco se entretuvo demasiado en aquellos pensamientos, él mismo no había jurado lealtad en ningún momento a nadie, podía ir y venir a su antojo y no tenía previsto permanecer hasta el fin de sus días en aquél país, pocos eran los que le habían tomado en verdad aprecio y él servía a la regente, no a un niño.

Mas si la regente cedía la plaza a un niño, no era asunto suyo, Rialath era un guerrero, un combatiente, con el tiempo... de echo desde que entró en el reino ramalië, se había convertido en una especie mercenario. Su espada estaba temporalmente al servicio de Heren Fanyarëa, mientras durara la guerra o hasta que lo expulsaran del territorio, luego quien sabe a que fines serviría esa misma espada. ¿quizás se le permitiría volver a Numenor la bella? no, y aunque se le permitiera ¿que haría? su familia había perecido, había sido desarraigado de la isla y sentía que ya no era su patria amada, ahora solo podría añorarla y a la vez repudiarla.

Viendo la gloria de las celebraciones pudiera parecer que Heren saldría victoriosa, mas el curso de la guerra no se había decantado aun por nadie, todo aquello era demasiado precipitado para el gusto de Rialath, que prefería que las cosas se hicieran pensándolas detenidamente, pero habría que adaptarse a los nuevos tiempos, no iba a prestar juramento de ningún tipo a ningún iluminado advenedizo, si no lo quería en Heren se iría, pero mientras, su espada seguiría en defensa de la regente, a menos que le destinaran a otro lugar. Pues solo la regente se había ganado la lealtad del soldado.

[Editado por daedel el 22-03-2007 23:48]

Wëthan Bohr

[Editado por Elessurendil el 07-03-2007 03:02]

Naredhel Anariel

- ¡Mi Señora, Mi Señora! - la voz precedía al anciano que corría hacia ella, mucho más despacio de lo que a él le hubiera gustado. Pero los años no pasaban en balde, y sobre sus hombros llevaba ya un número importante de ellos.

Ella detuvo su caminar hacia la mitad del enorme pasillo de mármol blanco. Desde la derecha, los últimos rayos de sol penetraban por la arcada tallada que daba al enorme jardín central. Se volvió despacio, y sus cabellos de cobre ondearon levemente al acompañar el movimiento.

- Dime, Delmir. No será tanta la prisa, ni yo voy a desaparecer de improviso. - sonrió al pensarlo. Quizás no tan de improviso como a algunos les gustaría.

- Mi Señora ... - Delmir interrumpió la frase mientras trataba de recuperar el aliento, apoyándose en un arco - ¿Cómo... - respiró profundamente - ... cómo habéis permitido que ocurra ésto? Las palabras del joven Laito... el pueblo no está preparado, Mi Señora. Vos lo sabéis.

El rostro de ella se endureció de pronto.

- ¿Y quién lo está, Delmir? Pero la verdad no podía esconderse por más tiempo. Y era éste el momento.

- Pero mi Señora ¡es un niño! - los ojos de Delmir denotaban incredulidad. Y el gesto de su boca indicaba que de no haberse encontrado ante la Reina, hubieran salido objeciones mucho mayores de sus labios. Quizás poco recomendables de mencionar ante ella.

- Lo se. No estoy ciega, Delmir, si es lo que quieres insinuar - la sonrisa volvió a su rostro - Pero estaba escrito en su destino, y en el de todos nosotros, que así debía ser. Él debe ser quien de la señal. Y entonces - hizo una pausa, y miró al hombre con sus enormes ojos dorados - ... entonces el pueblo estará preparado, Delmir.

[Editado por Indil el 08-04-2007 23:54]

Wëthan Bohr

Desde que nació, Bohr tuvo un aberrante desprecio por el infante. La lucha por el dominio dentro de la Orden había sido parte esencial de la comunidad de "alados". Y de alguna forma estaba implantado en la inconsciencia de cada uno de ellos, en su espíritu. Habían llegado los tiempos en que todo eso podría cambiar.

Laito ya había hecho efecto en el hijo de Alsenot, como hijo de su prima hermana, llevaba la sangre de sus abuelos. Pero había nacido gracias a la "compensación", y aunque siempre hubo quienes intentaron detenerla, con la excusa de que este proceso detendría el poderío de los ramalië, que el permanente conflicto era su fuente de energía.

El destino había logrado que Bohr, ante Laito Rawein, quebrara su parte de la incordia. Tal vez el precio que le había hecho pagar era haber entregado su alma a otra podredumbre, a otro cáncer. El pacto entre Bohr y Laito había sido ese, explícitamente, el niño había convencido al adulto, Bohr había decidido cargar con toda la impureza de los ramalië, llevandola lejos, sin entender bien cómo, para lograr la paz. Bohr, en su falta de sabiduría comprendería muy tarde como sería, pero ahora que tocaba la parte de Laito, él estaría allí. Acompañándolo a ciegas.

Él, junto con Niëlúne, viajaron juntos hacia "Soledad Permitida", ninguno hablaba con el otro desde unos meses atrás. Tenían mucho que decirse, pero extrañamente, juntos, permanecían callados. Incluso habían dormido en el mismo lecho, pero habían omitido las palabras. Y el camino hacia la ciudad del silencio había sido así. Lo hicieron en camellos. Cuando llegaron allí, a ese lugar donde el viento y la arena eran los senescales, y la sabiduría el demonio que todo lo envolvía... se dirigieron hacia los establos, en cuyos campos corrían algunos potrillos. La medioelfa fue a quien le llamaron la atención, y él fue tras ella.

Naredhel Anariel

El olor a desierto penetraba a través de los grandes ventanales abiertos que daban al balcón de su habitación. Las blancas cortinas de gasa ondeaban al compás del viento del anochecer.

Anariel observaba el cambiante color del cielo apoyada sobre la barandilla de mármol blanco. Un halo anaranjado se extendía sobre la tierra dorada, y ascendía confundiéndose en tonos rojizos, y azulados, hasta un color violeta intenso. Nada era más hermoso en el desierto que cuando Anar se ocultaba tras las montañas de cobre.

Un golpe discreto pero seguro en la puerta la despertó de su ensoñación. Volvió el rostro, al tiempo que una doncella abría la puerta sin esperar respuesta.

- Mi Señora. Un hombre desea veros.

- No deseo ver a nadie ahora mismo, Amarië. Dile que pida audiencia para mañana.

- Perdón, Mi Señora. Pero parece ser importante. Se trata de aquél hombre extranjero de vuestra guardia...

Ahogó un suspiro, y finalmente asintió.

- Dile que pase entonces.

Las pesadas botas del numenoreano resonaron con fuerza sobre el suelo desnudo. Anariel no pudo más que observar las miradas apreciativas que lanzaba Amarië al hombre mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

Las cortinas se entreabrieron y Rialath salió al balcón, inclinando levemente la cabeza.

- Mi Señora.

El saludo formal del hombre contrastó con la reacción de ella.

- Déjate de formalismos, Rialath - rió Anariel, mientras lo invitaba a acercarse a ella - Después de todo lo que hemos pasado juntos... creo que podemos olvidar quien soy.

Una sonrisa tímida asomó al rostro del hombre.

- Supongo que sí... Anariel.

Ella volvió a reir.

- Pero dime... querías hablarme de algo importante...

Rialath

Rialath se tomó unos segundos, en los que perdió su mirada en el horizonte, recordando, con imágenes que el tiempo empezaba a hacer ya difusas, los amaneceres y los ocasos en Numenor... lo que si que veía con claridad en sus recuerdos eran los días en el mar cuando era capitán de navío y sintió ganas de navegar, pues en el mar era donde siempre se había sentido mas libre, con todo desde que estaba en Arador no había navegado en ése mar interior, quizás cuando acabara la guerra debería empezar a hacerlo, se sonrió melancólico y murmuró en numenoerano "pensando en el mar en mitad de un desierto" mas de pronto volvió a ser consciente de su alrededor y supo que Anariel lo estaba mirando entre divertida y extrañada.

- Es sobre el joven Laito- medio azorado aún, pero ganando firmeza continuó- no voy a negar que su discurso me ha agradado, más es solo un crio, por muy noble y predestinado que esté es incapaz de defenderse a si mismo y no serán pocos sus enemigos, debierais ponerle una escolta y...- se tomó un respiro- sus palabras son hermosas, pero si sus hechos desmienten sus palabras yo actuaré y no será en favor de su vida. Considero necesario daros a vos esta advertencia, pues sois a regente, su tutora...

Para sorpresa de Rialath la reina rió, realmente divertida:

- Noble por tu parte, como siempre- ambos entraron en la habitación, donde algunas doncellas los miraban de reojo, Anariel miró a una en concreto, que los miraba sin disimulo alguno y volvió a sonreir, volviéndose hacia Rialath- nunca hemos hablado de temas personales, ¿me permitirías alguna pregunta?

Rialat asintió, mas temiendo las posibles preguntas que esperándolas.

- Sé que estás en el exilio, pero nunca hablas de ello, aunque a veces te pierdes en tus pensamientos, ¿porqué te exiliaron?

-...- Rialath había temido esa pregunta, contestó de forma concisa- me acusaron de unos crímenes que no cometí, y mi maestro me pidió que... huyera para salvar la vida y poder demostrar algún dia mi inocencia- era evidente que huir no era algo que hubiera hecho por gusto- y así lo hice.

- ¿Y tu família?

- No tengo família.

- ¿Esposa, hijos?

Rialath rió:

- Soy marino, esposa lo que se dice esposa no tengo, ni nadie que me espere en realidad, no tengo mas hogar que el lugar en el que estoy a cada momento.

Una de las doncellas dió un respingo, pero Rialath no lo vió.

Niëlúne Lambar

Mucho había pasado desde el día en que llegara a estas tierras, y poco entendía ella de su política. Casi no había tenido tiempo de entender su historia, solo pequeños retazos que el joven humano Bohr y la Regente Naredhel le explicaron durante sus viajes.

Lejana a todo lo sucedido en aquel país que hasta hacía escasos meses le había sido desconocido no se preocupó demasiado por las declaraciones del único heredero del difunto Vilwë-un joven que apenas contaba la edad de 11 años- de sus intenciones para con su pueblo.

Esta noticia no dejó de sorprenderle pues, ¿cómo podía un niño entender de religiones?¿cómo hacerle entender a un crío-pues eso era- que se necesitaba valor y mucho sufrimiento para tal empresa?

Niëlúne lo sabía, ella lo había aprendido a golpes viendo caer a sus seres queridos, viendo el dolor y el sufrimiento en sus ojos cuando poco a poco, la vida se les escapaba, aunque en el camino había encontrado otros tantos que también se habían hecho un hueco en su corazón y eso, en el fondo, le reconfortaba pese a todas las penalidades.

Había viajado con Bohr; un viaje en camello-unos animales que sorprendieron y agradaron a la semielfa- sin apenas hablar entre ellos. Quería decirle tantas cosas…y ahora, sin embargo, tenía miedo. Después de la primera-y única- noche juntos ambos habían preferido callar; había sabido entonces con seguridad que él la amaba, sus caricias no habían sido una mentira pero desde entonces y hasta ahora poco se habían dicho.

Llegaron a su destino, la ciudad de Laverëss, una ciudad enclavada en el desierto donde el fuerte sol y la arena tenían su reino.

Dejaron a las bestias en los establos asegurándose de que no les faltaría de nada. Niëlúne recogía sus pertenencias del animal mientras miraba unos potrillos que corrían en el exterior; sonrió para sí. Sintió la presencia del joven humano que la observaba.

¿Cómo empezar a hablar? ¿Cómo decirle todo lo que sentía, lo que pensaba, y soportar el rechazo?

Recordaba la conversación ya lejana que tuvieran en los bosques en Tavarcerta, cuando él le aseguró que no podría sentir por ella más que una amistad la cual no deseaba estropear.

“Malditas las lealtades que se forjan con la necesidad”-pensó Niëlúne.

Se dio cuenta de que se había detenido en sus quehaceres, mirando a un punto en la lejanía mientras pensaba. Bohr la miró extrañado sin entender qué le sucedía. La joven se dio cuenta en ese momento y lo miró un instante sintiendo un ligero rubor en sus mejillas-se había quedado embobada por unos segundos-; emitió un gruñido de disgusto y salió del establo. Bohr la siguió.

Mientras caminaban Niëlúne no dejaba de mirar a su alrededor. Nunca antes había estado en aquella ciudad y pasara por donde pasara no dejaba de sorprenderse al ver sus calles y sus casas. Eran de una arquitectura singular, llenas de grabados extraños pero hermosos allá donde los ojos se posaran. Algunos de los edificios tenían grandes vidrieras que en su mayoría representaban escenas del Águila y el Vampiro en su eterna lucha. Bellos retazos de cristal que le hacían encogerse y sentirse insignificante ante su magnificencia.

-Me gusta-dijo en voz baja sin esperar que Bohr la oyera.

-¿El qué?-preguntó el joven.

Niëlúne le miró unos instantes sin hablar y luego sonrió-al fin y al cabo le había escuchado-.

-Esta ciudad, sus casas…me gusta.

-Tiene un halo de misterio que no deja de sorprender-contestó el humano.

La joven asintió. Siguió caminando en silencio sumida en sus pensamientos.

-¿Bohr?

-¿Mmmm?-dijo él.

-Nada…nada olvídalo.

El humano la miró desconcertado. Siempre los pensamientos de la semielfa le habían parecido un misterio, tanto o más como la ciudad que recorrían. Se encogió de hombros y siguió caminando…

[Editado por mithril_ el 17-04-2007 19:05]

Naredhel Anariel

Anariel asintió levemente, pensativa, asimilando la información.

- Podéis dejarnos a solas - ordenó entonces. Y las doncellas salieron murmurando entre ellas, y lanzando miradas insinuantes al hombre alto. Anariel se sentó en la cama, e invitó a Rialath a sentarse en un asiento frente a ella. Después añadió - Tanta soledad no es buena. El corazón acaba por endurecerse.

Él asintió.

- A veces cuando uno se rodea tanto tiempo de soledad, llega un momento en que no se sabe muy bien cómo alejarse de ella.

- Entiendo. Es posible... - dejó la frase en el aire. Después continuó - Sobre Laito... yo misma me he encargado de inculcar en él la devoción que ahora véis. ¿Acaso creías que yo profeso ésta fe que he ayudado a crear? - rió entonces suavemente - Pero es ahora el momento de despertar a los ramalië. Y ese es el destino de Laito.

Anariel sonrió, y la sonrisa iluminó sus ojos dorados. Pero Rialath parecía confuso.

Niëlúne Lambar

Ocupar su mente en el largo viaje a través del desierto le había reconfortado. La incertidumbre le quemaba por dentro; la impotencia del no saber, del “no poder”. ¿Qué había sucedido desde aquella única noche? ¿Qué había cambiado?

No había dejado de pensar durante los meses que habían transcurrido. Había perdido la cuenta del tiempo que había pasado desde entonces, pero lo recordaba vívidamente.

Sentada sobre un pequeño muro en el exterior del edificio donde se alojaban miraba a los ciudadanos en su ir y venir. La ciudad bullía de actividad pero solo el aullar del viento era sonoro en sus calles.

La Orden de los Cielos había sido convocada por el joven heredero, ese era el motivo de que se encontraran en aquella ciudad regida por el imponente sol y el azote del viento, la Ciudad del Silencio Permitido.

Había escuchado los propósitos del joven Laito, Bohr algo le había comentado durante el viaje.

La intención del heredero era fomentar el cambio, la integración de un nuevo orden que, supuestamente, debía permitirles avanzar.

NIëlúne creía en sus palabras, se había criado en aquellas mismas creencias de las que Laito hablaba, pero ahora les pedía que volvieran a la lucha, quería instaurar un nuevo edicto por la fuerza de las armas cuando los cambios han de venir poco a poco, con paciencia, no como una imposición.

La joven lo sabía, e intuía que una nueva guerra nada podía arreglar. Se necesitaban tiempos de paz, dejar descansar a su pueblo. Laito necesitaba saber esperar, ninguna guerra podía traer nada bueno, solo muertes inocentes, ira, y destrucción.

Se incorporó y empezó a caminar por las calles. Observaba a la gente absorta en sus quehaceres sin apenas reparar en su presencia. Sin duda alguna todos sabían que estaba allí pero no lo demostraban. Los ciudadanos la reconocían como un miembro de la Orden, una de los héroes que liberaron Tavarcerta; todos los integrantes en aquella expedición habían ganado gran renombre desde aquella aventura. Se sabía conocida por todos como la extranjera, como aquella desconocida que había aparecido de la nada…para ganarse el respeto de sus superiores con sus actos, para ganarse el cariño del hijo bastardo de Alsenot.

Niëlúne sonrió amargamente, ¿de qué le servía todo aquello? Sí, ahora tenía un hogar, amigos, una nueva familia…¿el cariño de Bohr?, lo veía perdido. Todo había cambiado desde aquella noche, pero ¿el qué?

Ella había cambiado desde entonces.” El propio Bohr había cambiado” – pensó-.

Bohr ya no era el chiquillo engreído de quien se había enamorado. Ahora era un hombre fuerte, lleno de seguridad, lleno de un valor y un respeto que se había ganado con sus actos y no por la fuerza y el orgullo con que antes conseguía lo que deseaba.

Seguía siendo soberbio pero ya no era su intención conseguir nada por la fuerza como cualquier niño malcriado; en eso había cambiado, en la necesidad de cuidar de los demás para dejar de ser él atendido.

Sin darse cuenta sus pasos se dirigieron de nuevo al edificio. Había recorrido las calles de la ciudad absorta en sus pensamientos y sin saber por qué, sus pies le habían devuelto al mismo lugar.

Encontró a Bohr en la entrada. Miraba ambos lado como esperando encontrar a alguien; él no se había percatado de la presencia de la semielfa oculta tras una pared como estaba. Se acercó al humano que le daba la espalda, lentamente, puso su mano sobre el hombro del joven; éste se sobresaltó al sentir inesperado contacto y se giró bruscamente. Niëlúne no pudo ocultar la sonrisa al ver la reacción de Bohr.

-Ah, eres tú…-dijo al verla-te estaba buscando.

-¿A mi?-preguntó haciéndose la sorprendida-¿qué ocurre?

-Nada, es sólo que…bueno, que empieza a oscurecer, la cena estará servida dentro de poco, y nadie sabía nada de ti.- Bohr la miró unos instantes a los ojos sin poder reprimir sus sentimientos que eran un reflejo en su mirada.

Entraron en el edificio. En contraste con la cálida temperatura del exterior, dentro de éste se estaba fresco. Grandes sombras se dibujaban a través de las grandes cristaleras.

Bohr iba delante de la semielfa mientras andaban por un largo pasillo; ésta no pudo contener el impulso y sin pensar si hacía bien o no agarró la mano del joven obligándolo a detenerse y a dar media vuelta. Bohr la miró sin saber qué se proponía ella; de un empujón lo atrajo hacia sí y lo besó en los labios. Éste respondió al gesto de la joven, primero con suavidad, luego intensamente. De repente el joven se apartó ásperamente, el desconcierto se dibujaba en su rostro.

Mirando fijamente al suelo se apartó unos centímetros de la semielfa, su mirada se tornó ruda.

-Niel yo…-dijo con voz ronca.

-No importa-le contestó ella conteniendo el llanto que afloraba en sus ojos-es solo que…hace tanto que no hablamos…necesitamos hablar Bohr.

El humano asintió, terminó de apartarse de Niëlúne. Poco a poco se fue alejando dejando a la desconsolada joven; de súbito se volvió para mirarla unos segundos que parecieron durar una eternidad. Ambos cuerpos envueltos en las sombras se miraron fijamente, mientras, el tiempo se detenía.

-Después de la cena-anunció Bohr-después de la cena iré a buscarte…

Wëthan Bohr

Una joven doncella contrastaba en el frío lugar que parecía ser aquella ciudad. Llevaba una coronilla de flores y un brillante vestido de colores suaves pero intensos. Un gorrión y un colibrí le habían seguido de quién sabe dónde.

Observaba hacia una tropilla de caballos que correteaban por los campos del desierto.

Niëlúne la encontró en su camino y la visión de la mujer le llamó la atención, aunque no interrumpió su búsqueda. Tras avanzar unos pasos la mujer le habló.

- Buenos días.-

La chica era joven y muy bella, su frescura y su semblante silvestre hacían juego con el sendero de crisantemos que se desvanecía desde más allá y que acababa a sus pies.

Niëlúne pensó un momento que podía ser un espíritu de Tavarcerta que aún no descansara, y los hubiera seguido. Pero algo más le dijo que no.

- Buenos días. ¿Has visto a Bohr?- le dijo.

- Bohr... el muchacho del vellocino...- le respondió la muchacha como si no conociera al gran Wëthan Bohr, principe de los Varna Rámar.

- Sí, el príncipe Varna.- devolvió Niël.

La mujer iluminada le indicó hacia los caballos que corrían. El colibrí y el gorrión siguieron la línea de su brazo.

Allí Bohr corría entre los corceles, riendo, como en un trance, casi como uno más, de brazos abiertos. Como si fueran un grupo de niños jugando, los equinos parecían reir también y divertirse.

Niëlúne, luego de despedirse con gentileza de la doncella, se había acercado. Bohr a veces parecía tener esa necesidad de estar solo, de mezclar su unicidad con el universo que lo rodeaba.

La vio. Y se detuvo, la banda fue frenandose junto con él cuando vieron que se había quedado. Desde sus ojos, Niël parecía tan solitaria a veces, perdiéndose en las brumas de sus pensamientos, de sus pesadillas, de sus sueños y su pasado.

- Te levantaste temprano...- le dijo ella.

- Sí, perdona, tenía algo que hacer.-

Niëlúne observó la situación. Al parecer no había nada importante que el muchacho estuviera resolviendo. A ella le causó celos que esta libertad del varna fuera más imporante que lo que ella esperaba significar para él.

- No veo...- comenzó a decir ella sin mucha claridad en la voz.

- Calla Niël. ¡Ven!- le dijo, serio, él.

- No puedo ahora, dijimos que visitaríamos la Academia, no...-

Bohr, de rebato, saltó del yuyal al médano, acercandose brutamente a Niëlúne.

- Iremos más tarde, niña.- La tomó de la cintura.- Ahora ven conmigo... no es una invitación, vienes y punto, quiero que vengas... y tú, a pesar de tu orgullo, quieres venir.-

- ¿Y hacer qué?

- ¿Has visto a la chica, la del perfume? – Por su expresión supo que sí. – Hablé con ella algunas cosas. Después de un rato, me aconsejó que para hacerte feliz te diera un regalo.-

- Ahá...

- Y entonces vine acá, y como ella dijo, viniste. Y te daré un regalo, aunque te niegues. –

- ¿Y qué, Bohr? ¿Dónde está? – Niël se dio cuenta de que estaba siendo demasiado dura.

- Ven.-

Bohr se alejó, hacia los caballos, y con un reverencia le extendió una mano. Ella, más dócil ahora, cedió.

- ¿Sabes en qué pensaba mientras me divertía con ellos?-

- Mmmmm... ¿En qué?- le daba el gusto él.

- En cuánto tardarías. En cuánto podría disfrutar de esto contigo... Ya sabes, suelo decir poco con las palabras. Quiero que me sientas. ¿Bien?

- Ella se entregó, sonreía. Aunque no esperó el abrazo de su hombre, que le arrastró y la levantó hasta su boca, que poco decía, pero que que demostraba que ya había hallado el hogar para sus besos.

Luego, corrieron los dos junto a la manada, fusionándose. Se escondieron el uno del otro entre las bestias. Se retaron en velocidad. Se envolvieron una y otra vez. El sirvió de montura para ella y la compañía les seguía el ritmo. Montaron algunas veces, en cabalgaduras separadas unas, y sobre el mismo otras. Casi no hablaron pero ríeron y se besaron mucho. Niëlúne se dejó llevar por Bohr, y fue como debía ser, su par, su pareja, sintiendo y pensando uno como él otro. Sintiendo el viento en la cara, extendiendo los brazos y cerrando los ojos... oliendo el pelaje de los caballos y alguna extraña esencia floral que había quedado en el aire... y la mayor parte del tiempo no se soltaron, ya fuera sostenidos a fuego de la mano, o abrazados, o él cargándola por la cintura, o ella sobre su espalda, cuando él le ofrecía el lugar, y cuando no, también lo acosaba, con pasión.

Alguna vez se arrojaron sobre el terreno, pero no se “unían”, por respeto a los fieles rocines, que los esquivaban y los dejaban darse de mimos en el suelo.

- ¿Crees en lo que proclama Laito? – preguntó él.

- Mi fe... Sé que lo que él dice es ‘la verdad’ ¿Por...? – contestó ella.

- Esto...- tocó el vellocino.- Me han dicho que una vez fue un regalo de... Oromë.-

Ella oía su hablar pausado.

- Es uno de los Vala...- continuaba.

- ‘Valar’. Sí. – Le corrigió ella.

- ¿Tenía algo como mujer, no?-

- Sí, Bohr, ‘tiene’, su esposa es Vana.-

- Pues... ese era el nombre de la chica de allá.-

Y así fue que comenzó la primavera para Wëthan Bohr y Melyanna Niëlúne.

[Editado por elessurendil el 25-04-2007 06:36]

Wëthan Bohr

Luego de la visita a la Academia, había comenzado a anochecer, Bohr y Niëlúne habían tenido algunas obligaciones que cumplir, separados. Bohr había caminado por unas dunas a distancia de la ciudad, usando las artes que apenas había aprendido de la meditacion. Niëlúne se reunió con gentes que querían saber quien era ella más detalladamente.

Caía la noche. Y Niël no tenía noticias de su compañero. Anduvo por los establos y buscó en el campo donde habían “jugado” juntos toda la mañana. Algo cansada se sentó en uno de los pocos peñascos que podían encontrarse en el lugar.

“¿Que le pasa a Bohr? Me ha llevado a estar con él por la mañana. Luego disfrutamos juntos en la tarde. Y... ahora, a la hora de dormir, me deja en ascuas, sin saber qué hace, ni donde está.” Pensó. Se agarró la cabeza, observó una yegua que corría nocturna, y un caballo, el preferido de Bohr, que intentaba cortejarla. Apenas sonrió, y las bestias se perdieron de su vista.

Entonces sintió unos pasos por detrás. Su primer reacción fue defensiva, aunque reconoció el andar. Un hombre se sentó en el peñasco, detrás de ella, y le pegó la pelvis a su coxis. Entonces sintió las manos de Wëthan, abrazarla.

- Hola.- dijo él.

- ¿Dónde estabas? Estaba empezando a preocuparme.- renegó ella.

- Te preocupas mucho, “vánima”. Estoy aquí, que no haya estado un momento... tiene su justificación.- respondió calmado él, como pocas, o casi ninguna vez.

- Es que... Me abrazas... – dijo sorprendiéndose de lo que ya hacía unos minutos ocurría.

- Claro. Quiero abrazarte. ¿Es extraño?- continuó él.

- Extraño en ti.- replicó ella, más tiernamente.

- Niël... he estado pensando mucho. Y, no me arrepiento.- Rió. – Antes era como un pecado para mí. Parece que a veces sirve...-

Ambos rieron.

- ¿Lograste algo de esas místicidades que enseñan los Lavereños estando por allí?- dijo olvidándose nuevamente de todo el fastidio que le provocaba que él no le prestara la debida atención, entregándose y dejándose llevar.

- He llegado aquí volando, pero eso creo que lo traigo de familia.- Presumió el varna. –Y tampoco creo que la magia que haya logrado tenga mucho que ver con esta ciudad. Aunque no me disgusta.-

- ¡¿Magia?!- De alguna forma a la chica le agradó que su hombre hubiera logrado algo fuera de lo natural. Le sorprendió y le asustó, pero le enorgulleció también. Ella ensalzaba los logros de él.

- Espera, no así... Es algo que he masticado bastante, y ya estoy seguro de que está consumado.- Se miraron sin llegar a entenderse aún. Wëthan Bohr apretó sus brazos sobre el torso de Niëlúne ante la brisa que podía causarle frío. – Sé que no soy muy... como dicen... expresivo... o tal. Pero veo las cosas, y me veo a mí mismo. Tal vez no lo hayas notado, eres especial para mí.- continuaba él.

- Gracias...- le dijo ella contenta ,y lo besó.

- ¡Espera Niëlúne, tengo algo que decir!- Exageró cariñosamente él. Estaba algo nervioso, aunque lo ocultaba.

- He estado pensando en mi libertad. La que me ha hecho quien soy, y la que me ha permitido lograr lo que he logrado hasta hoy... Desde hace un tiempo, estoy intentando aprovecharla y usarla, consumirla. Siento... que hay muchas cosas bellas en el mundo, pero no las quiero todas, quiero una...- A ella le cayó una lágrima, pero no dijo nada, quería oír. – Y sé porqué quiero esta, aunque no sé explicar todo, todo mi yo cambia en su presencia, aunque no se note, quiere notarse. Mis cosas... mis cosas se han convertido en algo... que ya no es mío. Y me agrada. No sé como es que se maneja esto, pero quiero... no quiero ser más sin ti. Te necesito, porque eres mi alegría y mi preocupación... ante todo. Me he... enamorado... pero no cómo otras veces. Niëlúne Lámbar, eres mi... única... – Y calló.

- Nada. Ya sabes todo Bohr...- dijo Niël mientras lloraba. – Tú eres mi “único”. Así que no sé más qué decir.- Mostró una sonrisa que habría encantado al mismisimo Anillo del Juicio entero. Ambos corazones desbordaban la misma alegría, la misma maravilla, y la misma pasión.

- No digamos más nada. Pero sé mía siempre. Espero aprender las cosas para retenerte feliz hasta el fin de mis días. ¿Sí?- Dijo Bohr, como un hombre con palabras de hombre, de hombre feliz y enamorado bajo la bóveda de Varda.

Ella se dio vuelta y se recostó sobre él. Él la abrazó y la besó intensamente. Ella esta vez sólo se dejó, para luego contraatacar. La pasión los llevó de un extremo al otro, y ya desnudos, cubiertos por el vellocino... no hicieron el amor, sólo conversaron un poco sobre el futuro, que asomaba más hermoso que ninguna cosa que hubieran imaginado. Pero luego cayeron bajo el manto del sueño. Y durmieron juntos, bajo la luz de la luna, y para siempre.