La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Yana Ramarëa

2006:04:27:09:38:23

Naredhel Anariel

Las Montañas Cobrizas se elevan al cielo, intentando tocar la cúpula celeste con sus picos de piedra y metal. Y desde los boques de Taur-Kalafernë y Taur-Haldafernë, mirar al cielo supone mirar la sombra que producen sus cumbres, y rezar.

Cientos. Miles de escaleras serpenteadas ascienden, talladas en la roca, hasta las cumbres nevadas. Una ascensión que representa una penitencia a veces. Un camino hacia el mismo cielo donde se guarda el Secreto, dejando atrás el mundo terrenal y los placeres que lo acompañan.

Una enorme edificación parece surgir de las entrañas de la montaña, que alberga en su seno una paz reverente. Diez inmensas columnas estriadas presiden la entrada, sosteniendo sobre ellas una cúpula triangular. En el friso, el mármol jaspeado de azul que conforma toda la edificación, ha sido tallado con delicadeza extrema. Águila y Vampiro, parecen fundidos en lucha eterna, suspendidos en el aire. Las garras del Águila parecen enterrarse en la carne del Vampiro, y éste a su vez intenta envolver al Águila entre sus alas, con las fauces abiertas. Preparado para un ataque mortal. Ambas figuras han sido recubiertas de láminas de cobre, y sus ojos, rubí y zafiro, parecen mirar el camino que lleva a su santuario, dando una sobrecogedora impresión de viveza.

Avanzar entre las enormes columnas que guardan el Secreto provoca una extraña sensación de pequeñez. Tras ellas, una puerta cerrada de cobre se alza hasta casi tocar el techo. Dividida en cuadrantes, sus tallas cuentan una historia lejana en el tiempo. Una batalla sin cuartel sin vencedores ni vencidos. Y un pueblo que nació bajo la influencia de ese poder.

Sólo en ocasiones especiales, durante las grandes ceremonias rituales, la puerta se abre dejando entrever los misterios que guarda. El resto del tiempo permanece cerrada, y ante ella se extiende un camino de cestas y ofrendas. Frutas y flores, cualquier tipo de alimento. Velas encendidas día y noche en pequeños nichos abiertos en la pared.

Traspasar la gran puerta supone la entrada a una sala cerrada, donde reina un silencio sepulcral, envuelto en una oscuridad cerrada. Se dice que entre sus muros se encuentran algunas de las reliquias que los Ramalië recogieron de aquella batalla. Pero nadie, salvo la Suma Sacerdotisa de la Orden, y los pertenecientes a la Orden Sacerdotal, saben exactamente lo que adorna esas paredes.

Una segunda puerta da paso a una enorme sala circular. Sólo puede ser abierta desde dentro, aunque saben que hay una entrada escondida, que da lugar directamente a esa sala. Pero el secreto se guarda, y nadie ha conseguido encontrarla aún.

La sala permanece a oscuras, mientras aquellos destinados a traspasar la puerta avanzan a tientas en su interior. Sólo cuando la puerta se vuelve a cerrar, los velos que cubren las pequeñas aberturas de la cúpula de piedra caen, dejando pasar la luz, y descubriendo la fastuosidad de su interior.

En el centro se alza el Altar Mayor. Un bloque de mármol blanco tallado, de forma circular. A su lado, una enorme pila de piedra, cuyo interior parece teñido de rojo y negro. Pues allí es donde se deposita la sangre de los dioses, que da lugar a esa tinta especial para la Marca de los Ramalië. Y es allí, donde los Ramalië reciben la marca, en una ceremonia que se repite, año tras año, en el crepúsculo del séptimo día de la primavera.

Al fondo, dos enormes figuras envuelven un trono tallado en la roca, y cubierto de pieles blancas. A la derecha, El Águila, majestuosa, con su noble mirada de zafiro. A la izquierda, El Vampiro, sobrecogedor, con su inquietante mirada de rubí.

Y sobre el trono de piedra, una enorme tela azul, sombreada apenas de rojo y negro, con el emblema de los Ramalië. Una enorme daga alada, con ala de águila, y ala de vampiro. Y la sangre de ambos descendiendo a través de su filo.

Naredhel Anariel

El eco de sus pasos acelerados sobre el suelo de mármol jaspeado era el único sonido que rompía el reverencial silencio. Salvo quizás a lo lejos, escapando del encierro de las profundas salas de los Sacerdotes, el murmullo constante de un rezo.

Mientras caminaba, su mano izquierda frotaba con nerviosismo el tatuaje de su muñeca derecha. Y meditaba. Todavía rondaba en su mente la reciente muerte de Tarinya y Marelaeth. Todavía se preguntaba qué era lo que había ocurrido en aquella habitación cerrada, y que había cambiado tanto su mundo. Y el de todos los Ramalië.

No esperaba respuestas de aquél a quien esperaba. Desde luego, no sería él quien las tuviera... ¿o quizá si? La sombra de Kharsinna apareció frente a ella. Y a pesar de los años comprendió que todavía seguía presente entre su pueblo.

Un escalofrío recorrió su espalda a pensar en su pueblo. Por que ahora lo era. La Marca de sangre que llevaba tatuada era señal innegable de ello, aunque era quizás un simple signo externo. La Marca interior era mucho más importante.

Mientras abría la puerta de la Sala del Fuego, sólo podía desear que no la hiciera esperar demasiado.

Bohr Daedth

Se había presentado como Bohr Daedth ante quienes se había cruzado en el camino. Había observado la magnificencia haciéndole frente, si bien, aunque no quisiera, lo impresionaba profundamente.

Acababa de traspasar las columnas evitando mirar las imagenes, se sabía la historia, pero no quería saber más nada con ella. Observando las superficies de jade que se extendían por todo el edificio decidió que se llevaría un poco de él, si le gustaba no había un porqué para que fuera suyo, al menos un fragmento. Pero se contuvo de intentar romper o cortar algún saliente ya que tal vez, si alguien lo veía, podría ofenderse.

Ahora se encontraba en la oscuridad, sus ojos intentaban adaptarse a lo tenía al frente. Se paró derecho, se acomodó la capa de plumas, y tomó un porte orgulloso. \"Nada que le dijera la sacerdotisa le causaría preocupación\", en su ansiedad eso se repetía a sí mismo.

Naredhel Anariel

El sonido de la puerta al abrirse fue la única diferencia. Nada más. La oscuridad seguía siendo intensa alrredor, pero más allá de ella, un leve resplandor titilante marcaba el rumbo a seguir. Cuando finalmente avanzó lo suficiente para dejar atrás la primera sala, la puerta se cerró trás él, y la luz fluyó mientras los velos que cubrían los ventanales caían ondeando suavemente.

El trono de piedra se encontraba vacío, pero la tela azul que se hallaba trás él pareció moverse un instante.

- Adelántate Bohr - dijo una voz suave desde el fondo.

El hombre pareció dudar mentalmente, pero sus pasos avanzaron con firmeza.

Y la Sacerdotisa salió desde detrás del lienzo. La luz iluminó sus cabellos de cobre, hábilmente recogidos en una trenza larga que caía por su espalda desnuda. El vestido blanco sin mangas dejaba ver cada uno de los intricandos dibujos que llevaba en los brazos, realizados por las sacerdotisas del templo. Sobre su frente, una corona de hojas dibujada en plata era el único signo de su poder sagrado.

- Tenemos que hablar - sentenció, mientras se acomodaba en el trono de piedra.

Bohr Daedth

Bohr ocultaba sus ansiedades, y aun cuando se las ocultara a sí mismo, eran claramente perceptibles hacia el exterior. Observaba a la Sacerdotiza, en estos momentos la autoridad máxima de su mundo. De todas las personas, humanos y elfos, que el niño conocía, Naredhel era a quien más respetaba, y ante quien, casi, sometía su terquedad. Existía una parte de él que se acercaba por interés, pero sus sensaciones estaban más allá de eso, la sangre Vanyar era algo que de verdad lo maravillaba. Podía pretender subestimar a cualquier elfo, pero no a una elfa de Amán. Si bien la cultura de los Varnalië, y de todos los Ramalië, desconocía el poder del Oeste, la emoción ante los unicos ojos que conocía que llevaban el espíritu de las Tierras Imperecederas era hermosamente pasmosa.

Por eso la voz de Naredhel hizo despertar sus alarmas, aún ante ella Bohr mantenía un mínimo de su prepotencia. Pero quería aprender, no evadiría los significados que le transmitiera la elfa. En ella veía con calma el camino al universo infinito que pretendía conocer.

- Os oigo, su... Majestad. ¿Que es lo que nos preocupa ahora? ¿He cometido acaso alguna falta según vuestra consideración? ¿Hay algo en que pueda servirte ahora en la noche, o en los días por venir?

Naredhel Anariel

Reprimió una sonrisa. Pero de ningún modo pudo ocultar la risa en sus ojos dorados.

- Acércate Bohr, príncipe de los Várna Rámar. Pero no olvides inclinarte ante la piedra sagrada, pues esa sería una falta que sabes no podría dejar sin castigo - dijo entonces. Le producía una especial satisfacción doblegar la voluntad del hombre, siempre tan rehacio.

Él se acercó, primero con gesto altivo, pero no desobedeció su orden. Se inclinó, rígido, sin convicción. Sin fé tal vez. Pero se inclinó. Y llegó hasta ella con la mirada fija en sus ojos, sin pudor alguno.

- Necesito de tus servicios. Ahora en la noche, y en los días por venir. - dijo ella con voz suave - Pero primero dime, príncipe. ¿Qué se esconde en el corazón del pueblo de los hombres? Pues poco tiempo hace de la muerte del Rey Vilwë, El Amado, y sus extrañas circunstancias han debido llegar también hasta las alturas de Nestnwelath.

Bohr Daedth

Cuando Bohr oyó que Naredhel iba a necesitar de él se sintió entusiasmado. Lo hacía sentirse importante. Y siempre le gustarían los desafíos y las tareas que implicaran incorporar más experiencia. Además se lo decía a él, y no a otro, así que fuese como fuese era importante para la sacerdotisa. A Bohr no le interesaba tanto la función política de sus tareas y encomiendas como la acción misma de ir y hacer algo, además de ponerle una cuota de su \'talento\'. Todo eso lo embriagaba.

Cuando Naredhel preguntó por las implicancias de la muerte de Vilwë en Nestnwelath, él seguía con el pecho erguido y la mirada recia haciéndose ideas. Pero medio en las nubes desenvainando y desenvainando, medio en Yana Ramarea allí en el frío jade, respondió igualmente:

- No sé qué se esconde en Nestnwelath, Suprema Sacerdotisa. - La palabra sutileza existía a la fuerza en el vocabulario de Bohr, no porque él lo quisiese, así que, lisa y llanamente, hablaba de lo que sabía sobre lo que no estaba implicado en sus intenciones, aquello no \'se escondía\', simplemente era, no había porque andar explicándolo todo el tiempo. O sea, Bohr no era estúpido, pero su simpleza le hacía pensar sólo en lo que le convenía decir, lo demás no tenía porque interesarle a nadie; no lo hacía por malicia, así funcionaba su cerebro. - No voy a decirte que mis hermanos no están atentos y que les concierne a lo que ocurre en Fanyarëa... Alsenot... mmmm, padre, habló conmigo, y anduvimos escrutando a los demás, y los demás a otros. Kain colaboró con nosotros. Estuve en las cuevas y no hallé nada extraño. Supongo que... Padre... ya se proclamará en la asamblea. Él respeta al Niño, y aceptamos que seas nuestra \'regente\'. Supongo que... de no ser por la diplomacia... estamos en tierras humanas según Las Palabras, aunque algunos las desprecien... La gente discute mucho, allá en Nestnwelath sobre Las Palabras, mucho estos días.-

El andar de Naredhel alrededor de Bohr lo ponía nervioso, parecía que el blanco se hacía más blanco, y los contornos que se destacaban como eclipses en el cuerpo de Naredhel se hacían más intensos, el entorno parecía brillar en rojos y violáceos. La mirada de la sacerdotisa se clavaba en él, que permanecía en su lugar, como en penitencia, y la larga trenza se movía de un lado a otro, como una serpiente recostada sobre la espalda de la vanyar.

Bohr entornó los ojos y respiró hondo. Haciéndose de coraje siguió diciendo: -El Niño camina sobre tierras de mi prima y sus ancestros. Hay lamento también por Vilwë, era respetado y amado también, y por Marelaeth más que nada. Hay odio también... por la injusticia... por la muerte.-

- Es lo que sé de mi ciudad, Naredhel... -

[Editado por elessurendil el 10-04-2006 00:46]

[Editado por elessurendil el 10-04-2006 00:49]

Naredhel Anariel

Se detuvo finalmente. Cuando pareció haber terminado su explicación. Quizás había más. Recovecos escondidos en su mente que no quería expresar abiertamente. Pero tampoco dudaba de su sinceridad. Al menos no aún.

Se acercó a el, con una sonrisa en los labios, y el rostro ligeramente inclinado hacia la derecha. Alzó la mano y acarició los labios del hombre con un dedo.

- Esta bien entonces - dijo, y se giró para dirigirse a la pila central - Me tranquilizan tus palabras, si bien no lo suficiente - su voz parecía crecer en intensidad y pasión por momentos - Los Yana Ramarëa no estan tranquilos en absoluto. Nunca han aceptado demasiado bien los cambios, y este ha sido quizás el más drástico y sorprendente de todos. Y muchos se preguntan si un mestizo tiene derecho a gobernar sobre ellos, siendo como será siempre, un mortal.

La mirada interrogante de Bohr estaba cubierta de preguntas, pero no se atrevió a interrumpirla.

- Pero esa decisión, en último lugar, sólo depende de Iluvatar mismo. Ninguno de nosotros podrá en modo alguno cambiar lo que ha de ser. Ni con todo el poder de Las Palabras. Y ellos, que se niegan a respetar el derecho Divino, aquél que Los Dioses del Cielo otorgan, menos aún. - se detuvo un momento, para mirar al hombre a los ojos - Aplacaré cualquier intento de sublevación con sangre sagrada si hace falta. Y parece que los movimientos han empezado. La nobleza de Sornosunë ha buscado aliados más allá de nuestras fronteras, me temo. ¡Estupidos! - gritó, golpeando con el puño cerrado la fuente de La Marca - No alcanzan a comprender que eso significaría el final no sólo del Niño, sino de toda nuestra cultura. El final de los Ramalië y de todos sus conocimientos. Y no lo permitiré...

La furia de sus ojos se tornó en dulzura mientras volvía a acercarse al hombre.

- Y es ahí donde os necesito, príncipe. En esta lucha interna que parece a punto de estallar. Necesito que encontreis al instigador de esta traición. Todos mis espías parecen haberse encontrado con un muro de silencio por parte de la conspiración. Desde la frontera oeste llegan noticias de movimiento de tropas. Y el ejército debe estar preparado...

Sus últimas palabras quedaron suspendidas en el aire un instante. Pareció que iba a continuar, pero no añadió nada más. Una suave brisa descenció desde el techo, acariciando su rostro.

Bohr Daedth

Las palabras de Naredhel produjeron emociones encontradas en el oriental. Ella misma le pedía, a él, que llevara a cabo una de las tareas que se sabía más le importaba a la sacerdotisa. Pero a su vez, él de alguna forma no estaba plenamente libre de pecado, al menos de pensamiento. ¿Y si las carreteras de la investigación lo llevaban de nuevo al punto de partida, a él mismo? No estaba seguro de que la elfa aprobara todas sus acciones. ¿Y si lo que él hacía era lo que ella consideraba traición? Pero Bohr no era un ser de darle mucha vuelta a las cosas. Ella se lo pedía y el lo haría, qué diablos?! Fuera lo que fuera ya lo obnubilaba la idea de ser el encomendado de Naredhel y enfrentarse a Sornosunë, mmmmm, se le hacía agua la boca, aunque su honorabilidad tal vez intentara reprimir el sentimiento. Eran las visceras las que volvían a hablar. Era el don y maldición de los ramalië... y a Bohr Daedth, en sus profundidades, eso le encantaba...

Dio su aprobación a Naredhel juiciosamente. Y a ella pareció encantarle la idea de que él aceptara. Aunque ya sabían de antemano, de todos modos, que habría de ser así.

- Mi Sacerdotisa, - dijo transcurrido un momento. - me gustaría reposar un poco. ¿Me permites pasar la noche aquí? - Pasar lo que quedaba de la noche en Yana Ramarëa, y bajo el mismo techo que Naredhel sería fabuloso... El jovenzuelo estaba ansioso.

Naredhel Anariel

Le miró un instante, y se dio la vuelta en silencio, dirigiéndose hacia la oscuridad de uno de los pasillos laterales. Alzó la mano y deslizó suavemente la tela que cubría la entrada, y volvió el rostro hacia él con una sonrisa en los labios.

- Por supuesto, príncipe - dijo - Pero debéis saber que no encontraréis en el Santuario distracciones dignas de vuestra nobleza. Seguidme.

Y se sumergió en la oscuridad, sintiendo los pasos del hombre tras ella.

Bohr Daedth

Era la mañana. Bohr despertó...

Lo último que recordaba con claridad era que sus niveles de testosterona y adrenalina habían subido hasta el tope.

Se despertó en una tina de jade, su capa de plumas estaba tirada cerca. No había nadie en esa sala, la luz se filtraba apenas, pero se notaba que era de día, el cielo estaba nublado y brillante.

Quería recordar haber pasado la noche en la cama de Naredhel, pero por más que se esforzara no tenía nada claro. Recordaba sí, haber sentido una trenza de cabellos de cobre rozarle el pecho, y también tocándole la espalda. Recordaba haber pretendido imponerse y mostrarse superior y al fin ser vencido y aleccionado una y otra vez. No tenía un rasguño en el cuerpo del que poder aferrarse ni un olor o alguna otra sensación que le trajera un recuerdo. Nadie a quien preguntarle...

Pero se había despertado descansado y de buen talante, mal no lo había pasado. Es más... tenía la lejana intuición de haber experimentado algo increible... pero no recordaba.

Se levantó de la tina y se sacudió un poco. Se cubrió con la capa y salió. Naredhel no estaba ya a la vista ni se la sentía andar por los alrededores. Buscó la salida del templo rápidamente. Más tarde, sus casi diecinueve años cruzaban la última frontera de Yana Ramarëa. Iba camino a Sornosunë. En la cabeza le resonaba la palabra \"traidor\"...

(continua en Sornosunë)

[Editado por elessurendil el 11-04-2006 20:54]

Naredhel Anariel

La sábana blanca parecía enroscarse sobre su cuerpo como una serpiente albina. A través de un ventanal abierto en el techo, un rayo de sol descencía indiscreto a través de la habitación, hasta acariciar silenciosamente el rostro dormido y los cabellos de cobre.

Finalmente, la luz del sol sobre sus ojos cerrados, la obligó a despertar, y se desperezó delicadamente con una sonrisa de satisfacción en el rostro.

Una doncella entró en la habitación, y tímidamente se dedicó a descorrer los velos que ocultaban el resto de ventanales de la habitación. La trenza rojiza que llevaba bailaba con gracia al ritmo de sus movimientos.

- ¿Lo pasaste bien anoche, Meliel? - preguntó Naredhel con una sonrisa, mientras enarcaba irónicamente una ceja.

La mujer se detuvo un instante en su quehacer, y miró a la Sacerdotisa, mientras sus mejillas tomaban el mismo color que su pelo. Sonrió, y sus ojos brillaron.

- Si, Airenya - respondió dulcemente.

Naredhel asintió con la cabeza, y golpeó varias veces la cama con la palma de la mano:

- Ven aquí y cuéntamelo todo - sonrió.

Y la doncella corrió alegremente a través de la habitación para sentarse junto a ella en la cama.

Mientras compartían la mañana, y Meliel le contaba su aventura nocturna, Naredhel no podía dejar de pensar que no había sido un error rechazar al príncipe. Al menos, de momento.

Gimbur

Gimbur salió de sus aposentos ataviado con galas reales, solo le faltaba la corona; pero era una carga innecesaria para viajar, así que solo la usaba en ocasiones contadas para ceremonias importantes en Felekgathol.

Al pasar por el gran salón del primer nivel, mientras se encaminaba a la salida un grupo de niños enanos corretearon a su alrededor mientras le jaleaban:

- ¡Rey Gimbur, Rey Gimbur, cuéntanos una de tus historias!

Sonrió, mientras acariciaba a una joven enana cariñosamente:

- Otro día pequeños, el deber me apremia hoy.

Los niños emitieron un leve lamento de disconformidad pero enseguida volvieron a sonreír mientras le despedían con la inocencia y la alegría propias de su edad. Antes de alcanzar las puertas se topó con Brolin, el jefe de la Guardia del Rey.

- ¿Dónde os dirigís mi señor? Dejadme acompañaros.

- No puedes, mi buen Brolin, voy a hablar con Naredhel; los últimos hechos acaecidos tras la muerte del Rey Vilwë me han tenido muy ocupados estos días como bien sabes. La sacerdotisa tiene que aclararme muchas cosas. Su sabiduría nos guiará, como siempre ha sido en los últimos tiempos.

- Claro mi señor, no me acabo de fiar de esa elfa, quizas sea por que su majestuosidad me causa miedo. De cualquier forma, yo me siento más tranquilo sabiendo que estamos a cargo de vuestra sabiduría, se deje aconsejar por quien se deje.

- Vuestra fidelidad me abruma, tengo un pueblo que al que estimo y cada día doy gracias a Mahal por ello. Te informaré a mi vuelta, pero no descuides la instrucción de los jovenes. O mucho me equivoco o las hachas volverán a silbar muy pronto.

- Adiós mi señor.

Gimbur se encaminó hacia la interminable escalinata que llegaba hasta Yana Ramarëa. A medida que subía el viento le azotaba el rostro más violentamente. Se ajustó la capa, y redobló el paso. Al cabo, llegó a la majestuosa entrada al santuario y mientras caminaba entre las columnas su mente divagaba acerca de lo que le diría Naredhel y de lo que le depararía el destino en estos turbulentos días.

Naredhel Anariel

El príncipe había partido. Pero había dejado tras de sí la huella de muchas voces sibilantes, recordando, engrandenciendo, mitificando, todo lo que había sucedido la noche anterior.

Sentada ante el tocador de su habitación, Naredhel meditaba mientras su doncella terminaba de perfilar hábilmente el dibujo de una corona de plata sobre su frente.

Unos pasos más allá de la puerta cerrada interrumpieron sus pensamientos, y el sonido de su voz permitiendo la entrada se adelantó al esperado toque en la puerta.

- Airinya. El Rey Gimbur pregunta por vos - la doncella mantenía la mirada fija en las baldosas del suelo - Os espera en el Salón Sagrado, Mi Señora.

- ¿Has terminado, Meliel? - su doncella asintió levente con la cabeza, y Naredhel observó su reflejo en el espejo. Se levantó grácilmente, y se dirigió a la mujer que esperaba respuesta tras la puerta - No hagais esperar al Señor en el Salón Sagrado. Decidle que pase a la Sala Real. Le atenderé de inmediato.

La mujer asintió, y cerró la puerta. El sonido de sus pasos apresurados se oyó durante unos instantes, para apagarse después. Y Naredhel salió de la habitación poco después.

Gimbur

- La señora Naredhel os espera, Señor de los Russan Rámar - la doncella hizo una reverencia mientras indicaba la inmensa puerta de entrada a Gimbur.

El enano entró a la Sala Real, la había visitado en varias ocasiones, pero cada nueva vez su corazón experimentaba el regocijo del amor por la bella artesanía. Se abrió una puerta y Naredhel apareció.

- Salud Gimbur Alas Cobrizas, Rey de los Russan Rámar y mi más preciado aliado. ¿A que debo el honor de tu visita a Yana Ramarëa?, pero venid tomad asiento- le dijo la elfa mientras con un delicado gesto de su brazo le indicaba los bancos contiguos al trono.

Gimbur se quitó la capa, la dobló, y dejo reposar su cuerpo en el banco.

- Demasiado bien te conozco vieja amiga, así que no pretendas hacerme creer que desconoces mis preocupaciones. Las nuevas en Fanyarëa corren raúdas como cuervos y ya debes saber que hasta mí han llegado rumores sobre un alzamiento contra tú persona. Mi mente está turbada Naredhel, la muerte de Vilwë nos ha desconcertado y los batidores informan de que en las fronteras de nuestra tierra se ven cosas extrañas.

La Vanya observaba con atención al enano, mientras este la bombardeaba a preguntas, su estado de agitación era patente, más aún para ella que tan bien lo conocía. Gimbur prosiguió hablando: - Necesito saber que van a hacer los fogosos Varna y si los Yarëar están contigo. De mi pueblo ya sabes que solo puedes esperar ayuda; pues fuíste tú quién le dió sentido a nuestras creencias, pero has de comprender que mis hombres se excitan. Este estado de incertidumbre no es bueno para nadie Naredhel. Algo hay que hacer.

El enano se recostó en el banco y resopló, como si se hubiera liberado de una pesada carga. Observó a la sacertodisa con expectación. Naredhel se levantó y dió varios pasos con los brazos cruzados y su mirada de elfa clavada en el suelo. Tras unos segundos, por fin se volvió hacia el enano.

Naredhel Anariel

- Poder - dijo por fin, después de aclarar durante un instante su mente. - Todo se refiere al poder, Gimbur. No debes desconocer que son muchas las voces que se han levantado, primero en susurros, después más airadamente, acusándome de usurpar el poder y el trono de los Yarear Ramar, y por ende, de todos los Ramalië.

El enano pareció querer decir algo, pero decididamente, la Sacerdotisa no había terminado. Sólo hizo una pausa para tomar aire, y para calibrar el efecto de sus palabras en él.

- Muchos de ellos incluso han llegado a pretender acusarme a mí, aprovechando las misteriosas circunstancias de su muerte. Y muchos otros se remontan más aún en el tiempo, acusándome directamente de todas sus desgracias, insinuando un plan trazado por mí aún en el tiempo en que aconsejé a Vilwë el perdón hacia los Varnä Ramar, y su enlace con Marelaeth. Y por ello, incluso su heredero esta siendo puesto en entredicho. Quizás también por que al quedar bajo mi supervisión, temen de la educación que yo pueda darle.

Volvió a hacer un alto en sus palabras, y finalmente se sentó en un banco, frente al enano.

- Y todos ellos parecen pensar que he acumulado demasiado poder, sobre todo por que aún a pesar de los años, me consideran una extraña... venida de más allá del mar. Pariente y amiga de los Noldor, a quienes siempre consideraron invasores de sus tierras. Y todo se reduce al poder, querido amigo. Simplemente a eso. No entienden que todo el poder de esta corona que ahora llevo no representa nada, nada más sobre el poder que ya tenía. Quizás para ellos ahora haya salido a la luz. Pero el poder de la fé, ese poder sagrado, siempre fue mío. - suspiró levemente - Podría quizás todo esto afectarme únicamente a mí. Y no sería tan grave. Pero hace tiempo que suenan rumores de secesión. La conspiración se hace fuerte día a día. Se han acercado a los hombres salvajes del oeste. Y ahora nuestras fronteras se debilitan a cada momento. No entienden que estan poniendo nuestro reino, nuestra cultura, toda nuestra vida, en peligro. Incluso la suya propia. Y eso es algo que no voy a tolerar.

Se detuvo entonces. Las palabras habían brotado como un torrente apasionado de sus labios, pero no había perdido la calma. No había alzado la voz ni una sóla vez, pero se podía ver la furía en sus ojos. Y el dolor de la traición, no sólo hacía ella, sino hacía todo su pueblo.

Gimbur

Mirando a los ojos a la sacerdotisa, Gimbur pudo sentir toda la fuerza con que había dicho sus palabras. El enano miró al suelo mientras se frotaba las sienes con sus dedos; parecía como si quisiera estrujar su cerebro en busca de respuestas. Por último, no pudo más y gritó con voz enérgica:

- Graves son los hechos que me relatas amiga, y por nuestro sagrado culto que la rabia me corroe a mí también, ¿pero como pueden esos estúpidos traicionar a todos los Ramalië haciendo alianzas con extranjeros? - las palabras del enano retumbaron en la sala mientras Naredhel asentía con la cabeza.

- Así es Gimbur, pero se me ocurre que tu visita puede haber sido afortunada. Hizo una breve pausa, recalcando la gravedad del asunto -. He pensado que tú y tu buen amigo Erestor podríais encargaros de visitar la frontera occidental del reino para recabar toda la información que podáis, y por supuesto, confío en vuestra sabiduría si llega el momento de tomar alguna decisión -. La elfa miró gravemente a Gimbru mientras esperaba su respuesta.

- Me honras con tu confianza, amiga mía, al asignarme tal cometido. Y puedes estar segura, que el bienestar de todos los Ramalië será el motivo que guíe nuestros pensamientos, o… nuestros brazos si fuera preciso.

- No esperaba menos mi buen Gimbur. Debes saber que esta misma mañana he enviado a Bohr Daedht, el príncipe de los Varna Ramar, a que investigue a Sornosunë. Espero sus noticias, así que corre presto a cumplir tu cometido Rey de los Russan Ramar, pues el destino de Fanyarëa es lo que está en juego.

- Así haré Naredhel, Alta Sacerdotisa de los Ramalië. A mí vuelta vendremos Erestor y yo a relatarte lo acaecido en persona.

La noche había caído cuando Gimbur se encontraba a mitad de la ladera próximo a la entrada de Felekgathol; cuando tras redoblar un recodo pudo divisar a la guardia de Erestor acampada a la entrada de la ciudad.

Los elfos le dedicaron el saludo de rigor cuando pasó por su lado, a algunos podría parecerles extraño que los huéspedes no se alojasen en la ciudad, pero los gustos de Erestor y su guardia eran los menos afines con los de los enanos, sin embargo Gimbur los prefería a muchos otros, pues con su colaboración habían logrado formar la compañía más mortífera de todos los Ramalië. Tras unos metros atravesó el portal y se dirigió a buscar a Brolin.

Naredhel Anariel

Bajo la luz de la luna, la corona de ithildin dibujada en su frente lanzaba destellos brillantes, ligeramente teñidos del cobre de sus cabellos. Una capa negra caía desde sus hombros, y oscilaba suavemente al compás del viento suave del norte.

No necesitaba más luz que la misma Arien en los cielos, para el descenso nocturno de las miles de escaleras que bajaban desde Yána Ramarëa hasta la ladera del Sorontarma. Algo quizás no muy aconsejable para cualquier otro que no fuera la Sacerdotisa de los Ramalië.

Y viajaba sola. Sin escolta alguna. Aún siendo consciente que muchos deserarían verla muerta. Una doncella solitaria hubiera sido quizás una presa fácil, si no fuera por que ella sabía que no tenía nada que temer. Nadie se atrevería a intentar atacarla directamente, pues ese era el poder de la fe que había forjado a través de cientos de años.

Y era por eso que aquellos que deseaban destruirla, debían recurrir a la fuerza de la guerra, y llevar su destrucción hasta sus mismas tierras, aún a pesar del peligro que aquello suponía para todos ellos. Y pensaban, erróneamente, que una vez eliminada su enemiga, podrían recuperar el poder del enemigo extranjero, y establecer su propio orden real. Nada más lejos de la realidad. Por que ella no estaba dispuesta a morir en aquella guerra.

Al amanecer llegaría a Sornosunë. Y aquellos que habían intentado oscurecer su reinado, comenzarían a esconderse. Y a temer. Había extendido sus piezas hábilmente. Y ahora comenzaba un nuevo movimiento que ninguno de ellos había previsto. Pues después de varias semanas exiliada en Yána Ramaréa, la Reina de los Ramalië volvía de nuevo a la capital del reino.