Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Mellon Vilya, La Capital Del Nuevo Comienzo
2006:10:10:21:43:44
Âglaras
Hermosa como lo fuera Gondolin antes de su caída, Mellon Vilya ha sido construida no mucho tiempo atrás, justo cuando algunos exiliados tras el hundimiento de Beleriand llegaron a Dôr Aman.
La capital de Lempë Ohtari está protegida por dos pares de murallas exteriores que bordean toda la ciudad, aunque la ciudad está construida sobre una montaña, Orod Líndale (Montaña de la Música), lo que ya hace difícil su acceso.
Las casas que la componen son blancas como la nieve, haciendo que los rayos del sol deslumbren a aquel que la observa desde lejos.
Situada justo al borde de las Ered-Lomë, justo en su límite noreste, donde, a pocas leguas, el río Sîrglîn cruza el valle que separa a ambos bosques.
Allí moran los señores de Lempë Ohtari en sus majestuosas fortalezas.
La ciudad se divide en zonas donde habitan los distintos gremios, diferenciando varios barrios según el oficio.
El barrio más hermoso lo ocupan los artesanos, cuyas casas son altas, con un tejado en punta que señala a las mismas estrellas.
Entrado por la puerta principal, hay una plaza conocida como Sun-ed-Hân, una gran plaza en donde se alzan, cada día, los pequeños puestos de trueque, compra y venta a manos de los mercaderes, así pues, dicho gremio es el primero en recibir a los visitantes.
Pasando varios metros hacia delante, un gran campo verde, el Lúd-Nár, Valle de la Tierra, separa la zona plebeya de la zona aristocrática, pudiendo, ambas clases, pasar libremente de una a otra parte.
Su nombre en Quenya proviene de la leyenda de su construcción, pues fue Aulë el que levantó y hondonó la tierra para convertir aquella escarpada superficie en tal llanura cual es ahora.
En dicha llanura, hay un pequeño lago, el Aelinlaurë, el Lago Dorado, llamado así por su inexplicable capa dorada en la superficie del agua. Posiblemente, algún Maia que llegara al lago lo tocase sumergiendo su cuerpo en las aguas, depositando parte de su poder allí.
En lo más alto, la ciudadela de los capitanes se impone ante el sol, alargando hasta el mismo sus cuatro torretas, cuyo nombre, Barad-Anor, hace referencia a dicho motivo.
A menudo, el techo de la Torre de Sol está formado por grandes ventanales que dejan penetrar los rayos de luz en el interior del castillo, los cuales, en días despejados, dejan ver a las grandes águilas recorriendo el cielo mostrando sus poderosas alas abiertas y vigilando aquellas tierras.
La Espada envuelta en fuego, el emblema del clan, se encuentra forjada en las más importantes construcciones de la ciudad, como en el gran portón de la muralla y en las torres de Barad-Anor, así como en el escudo de la escultura del rey Mantogrís, elaborada en el barrio artesanal, pues para mucha gente importante era toda una inspiración.
Cabe destacar el significado de su nombre, pues los nativos de estas tierras consideraban al cielo como un padre para ellos, mas pensaban que la lluvia era proporcionada por el mismo para que bebiesen, y así cuidar de sus “hijos”.
Cada día de lluvia realizaban lo que los Eldar llamaban Annavilya, Regalo al Cielo, cuyo ritual trataba de ofrecer al mismo una serie de objetos tallados por ellos, incluso ofrecían representaciones con su sangre para que su “padre” siguiera proporcionándoles aquel líquido tan esencial como era el agua. También cantaban canciones en lenguas antiguas y desconocidas, que eran una especie de oraciones acompañadas de extrañas danzas.
Ellos llamaban a su dios Amigo del Cielo, de ahí a que se tomase su traducción Quenya para el primer bastión de aquel nuevo asentamiento tras la huida de Beleriand.
Darlak
El sol hacía poco que había ascendido la escarpada y majestuosa cadena montañosa de Ered-Lomë para colocarse en lo más alto del cenit. En su tránsito estaba siendo perseguido por una gruesa capa de nubes que amenazaban lluvia. Justo cuando cayó la primera gota, un hombre envuelto en una gastada capa negra llegó a la hermosa ciudad de Mellon Vilya. Su cuerpo pedía urgentemente un descanso pues había estado caminando desde hacía mucho tiempo huyendo de las tierras del Oeste. Durante los últimos días de su largo viaje a traves del extremo meridional de la tierra de Rhovanion había gastado todas las provisiones que un grupo de elfos del bosque le habían preparado. Lenta y débilmente, subió una pequeña colina y se encontró con la tierra de Lempë Ohtari, un valle rodeado por las montañas de Ered-Lomë y salpicado de unos esplendoroso árboles que Darlak no supo decir qué eran. Decidió buscar la capital de aquella tierra para encontrar cobijo. Estaba harto de errar sin rumbo fijo. Fue entonces cuando sus pasos le condujeron a Mellon Vilya al tiempo que la lluvia empezaba a caer.
En la puerta de la primera muralla, que brillaba con los rayos del sol que conseguían escaparse de entre las nubes, los guardias le hicieron un exhaustivo interrogatorio para poder permitirle entrar. Según comentaron eran tiempos de guerra y no permitían entrar a cualquiera a Mellon Vilya. Una vez hubieron acabado con el interrogatorio, uno de ellos, un hombre rechoncho, bajo y con un curioso uniforme, abandonó su puesto para informar a alguno de los señores de la ciudad. Antes de irse advirtió al recién llegado que tendría que esperar algún tiempo en las afueras porque ese día se celebraba un ritual por la llegada de tan esperada lluvia.
Así que Darlak tuvo que esperar a las puertas de Mellon Vilya mientras la lluvia caía ya con fuerza.
[Editado por aratir el 21-03-2006 00:22]
[Editado por aratir el 21-03-2006 00:27]
Âglaras
Mientras degustaba majestuosamente el exquisito manjar que le habían servido después de tan largo viaje, Âglaras observó como uno de los guardias de la entrada se acercaba hasta él con paso firme y decidido.
- Mi señor, un elfo está en la puerta, dice que busca cobijo y que prestará su espada a Lempë Ohtari.
Âglaras no pudo evitar mostrar un gesto de agobio y cansancio.
- ¿Para esto me ha hecho Erendel que venga desde Ciudad Cristal?- Dijo para sí, y justo después miró al guardia, hablando con tono de impaciencia- Está bien, puesto que no hay otro capitán presente tendré que hacerlo yo.
Se levantó, miró una última vez su exquisito plato de comida, y se fue haciendo un gesto de desagrado.
Recorrío la fortaleza de Barad-Anor hasta que llegó al piso inferior, en donde una joven elfa le entregó su capa de viaje, pues la lluvia era intensa, así que se la colocó y se echó la capucha sobre su rubia melena.
Salió con paso firme, pero al llegar a la puerta se volvió hacia la elfa, la que, como esperando que hiciera eso, sonrió:
- Esta noche a la misma hora en mis aposentos Aradel, como en cada visita mia a la ciudad.
- Allí estaré, Âglaras- Era evidente que en esa última palabras, el tono de seducción de la elfa había aumentado mucho.
El medio elfo, incrédulo, le devolvió una falsa sonrisa y salió bajo la lluvia.
Pasó junto al lago dorado, y se paró ante él observando como las gotas de lluvia formaban círculos intrínsecos al caer sobre la superficie.
- No entiendo como aún no he formado un harén en mi ciudad- pensó para sí sin dejar de observar como caía el agua sobre el agua.- Si es que ser el gobernador tiene eso, nada más hay que ver como me miran...
Prosiguió andando sin dejar de pensar.
- Seguro que este vicio lo heredé de mi padre. Claro, si los humanos no tienen otra cosa que hacer...
Al final, y sin darse cuenta, casi tropieza con el viajero que estaba en la puerta, rodeado por los guardias.
Cuando Âglaras salió de su ensimismamiento desenvainó su espada, y señaló con ella al elfo.
- Espero que no me halláis hecho venir aquí sólo para mataros, pues la lluvia no me gusta, y he dejado un plato de comida esperando, de ser así, os aseguro que tendréis la peor de las muertes. Hablad extranjero- Y bajó su espada...
[Editado por legolaragorn el 21-03-2006 21:32]
Darlak
Un golpe alteró los pensamientos del recién llegado y casi sin darse cuenta se encontró con una espada que le señalaba en tono amenazador. Cuando la imponente presencia del que seguramente sería el Señor de aquellas tierras bajó su arma, Darlak le miró con una sonrisa divertida al ver el caracter impertinente del medio elfo.
Tardó en responder mientras miraba al medio elfo de largos cabellos rubios y elegante porte intentando leer en su mirada. La situación era bastante divertida, especialmente para él que había estado vagando por las tierras de Rhovanion en la más completa soledad. Empezó de golpe a reír, no supo si de cansancio o desconcierto, lo único que sabía es que la actitud de aquel señor le producía gracia.
El guardían rechoncho gritó alarmado al ver que Darlak se reía de su señor.
- Viajero, no tenéis permiso de comportaros de esta manera ante Âglaras. Cambiad vuestra actitud si no queréis problemas.
Conseguí calmarme aunque no gracias a las palabras del guardián rechoncho y hablé.
- Disculpadme, mas estoy cansado después de un largo viaje. Me llamo Darlak... Solo busco refugio... ¿Eres tu el señor de estas tierras? - le preguntó al que había traído el guardián rechoncho.
[Editado por aratir el 21-03-2006 14:35]
Âglaras
Âglaras había estado obersvando como aquel desconocido reía sin parar. En realidad no le ofendió mucho, pues aquellas no eran sus tierras.
- No, no soy el mandamás de estas tierras, desgraciadamente, y afortunadamente para tí, hay alguien por encima de mí. Si esto hubiera pasado en mi ciudad, Ciudad Cristal, os hubiera degollado yo mismo.
Miró fijamente a los ojos del Elfo, y pronto desvió los suyos hacia el rechoncho guardia.
- Mira que eres inútil, menos mal que tú tampoco eres de Ciudad Cristal, si no irías al calabozo directamente.
El guardia, incrédulo, miraba a Âglaras.
- ¿Pero que he hecho ahora, señor?
- ¿Acaso no sabes distinguir a un elfo de un medio elfo? ¿Por qué si no recuerdo mal me dijiste que un Elfo estaba en la puerta- recalcó la palabra Elfo.
- ¿Eres un medio elfo?- Se volvió a Darlak, y al poco se giró de nuevo hacia el otro medio elfo- Mi señor, los medio elfos sois como los elfos físicamente.
- Me estás insultando con eso, Irunen. ¿Ves estos puntitos negros en mi cara? Pues se llama barba, no se si acaso los elfos tienen pelos en la cara....De todas formas, nuestros ojos, si sabes mirar a través de ellos, que yo diría que no, nos delatan.. Ahora bien, llevadlo ante Erendel.
Lanzó una última mirada al recién llegado, y se dispuso a entrar de nuevo en la ciudad.
Darlak
Darlak pudo ver como Âglaras se alejaba por el camino por el que había venido. Entretanto, Irunen seguía mirando perplejo al recién llegado intentado convercerse de que en verdad era un medio elfo y no un elfo.
- ¿Eres un medio elfo? - volvió a preguntar al viajero.
Darlak volvió a reirse con fuertes carcajadas viendo la mirada perpleja del guardia de las puertas principales de Mellon Vilya.
- Me temo que el engreido caballero que has traido tenía razon. Soy un medio-elfo y cualquier persona sabría diferenciar un elfo de un medio elfo- Darlak empezaba a sentir dolor de cabeza- Además, para los medio elfos es un insulto que se nos confunda con elfo o con un humano.
Irunen no se movió y continuó mirando a Darlak intentando asimilar las diferencias entre un elfo y un medio-elfo para que no le volviera a pasar de nuevo la confusión. Viendo que el guardia no se movía y seguia mirando, Darlak le tuvo que recordar la orden de Âglaras.
- Permiteme recordarte que te ordenaron que me llevaras ante el Señor de esta ciudad. Mas te vale que cumplas las ordenes si no quieres ser despedido o algo peor. Además está lloviendo demasiado y me estoy empapando. Ahora mismo soy un hombre débil y necesito...
De repente, el dolor de cabeza se hizo insoportable. No era exactamente un dolor de cabeza mas bien era una extraña sensación. Las gotas de agua que le caían parecían penetrar en el interior de su cabeza buscando su mente. El viajero de pronto sintió un espasmo, tuvo la sensación de que alguien entraba en su cabeza. Algo insólito estaba pasando en ese momento y Darlak no sabía que era. Notó una voz. Sí una voz que le estaba hablando en ese momento, una voz que venía con el mismisimo agua de la lluvia.
¡Aguas que fluís en mi esencia...llevad hasta él mi mensaje y traedme aquí su elección!
El fuerte dolor inundaba toda su cabeza. El tiempo parecia haberse detenido mientras una presencia le hablaba, una presencia situada a varios kilómetros de distancia.
No es casualidad que hayais llegado a estas tierras, honorable medio elfo, descendiente de Hador Lórindol y en cuyas venas corre la esencia de Melian ¿Estais dispuesto a cumplir vuestro destino, medio elfo?
Su alma respondió afirmativamente a aquella pregunta que le llegaba con el frescor del agua de lluvia.
Os esperaré ansioso
Entonces la sensación extraña terminó, el dolor de cabeza remitió y su mente se vio liberada entonces de la presencia. Una voz a su lado le hizo volver a la realidad.
- ¿Estas sordo, viajero? - le preguntó Irunen que llevaba un tiempo esperando a que Darlak le hiciera caso - Odio que no me hagan caso. Tenemos que acudir ante Erendel cuanto antes y no tenemos todo el día.
- Discúlpame. De pronto me he sentido mareado. Debe ser a consecuencia de la debilidad de mi cuerpo - se explicó Darlak.
Darlak empezó a andar hacia el interior de las murallas. Tras de él entró Irunen y las puertas se cerraron tras ellos. Antes de cerrarse Darlak pudo admirar el bello emblema del reino, la espada envuelta en llamas. Se preguntó a que era debida esa insignia. Intentaría preguntarselo al tal Erendel. Caminaron hacia una plaza, Sun-ed-Hân, donde el bullicio existente era considerable.
- Hoy se celebra el Annavilya, el Regalo al Cielo, el ritual por la llegada de la lluvia - dijo Irunen a su lado.
Darlak recordó que debido a ello había tenido que esperar tanto rato a las puertas de la ciudad. Cruzaron la gran plaza y se dirigieron hacia la ciudadela de los capitanes. Alli encontrarían a Erendel. Llegaron hasta las puertas de un castillo custodiado por una alta torre. Una vez allí, Irunen le dijo al hombre que custodiaba el castillo que quería ver a Erendel.
[Editado por aratir el 22-03-2006 02:05]
Erendel
El ambiente de la sala era acogedor. Erendel se encontraba contemplando en la ventana el rítmico repicar de la lluvia golpeando en los cristales. Era un día especial y después de revisar unos cuantos papeles sobre la mesa de la recamara y enviar algunos mensajes le relajaba disfrutar de las vistas de la gran ciudad y más aun en un día en que el frescor de las gruesas y limpias gotas se propagaba por todos y cada uno de los rincones de la ciudad.
En esos momentos se centraba en sus pensamientos evocando recuerdos del pasado que se agolpaban en su mente ante esa visita del cielo. Recordar las gruesas gotas sobre su rostro le ayudaba a no olvidar y a mantener firmes sus ideales. Pero en ese momento la paz del momento fue turbada por un rítmico sonido en la puerta, echo que le devolvió a la realidad del momento, y con clara voz invitó a quien se encontraba tras ella a entrar. Era uno de los guardias de palacio.
-Mi señor-dijo el hombre desde la puerta. Un extraño desea veros. Sus armas han sido requisadas a la entrada.
-¿Nadie más podía haberse hecho cargo de atenderle?- preguntó el elfo en parte algo molesto por la irrupción, aunque sus enfados solían leves y pronto atendía el asunto con diligencia si el caso así lo requería.
-El señor Âglaras ya ha hablado con él y fue el mismo quien dio la orden de que fuese traído ante vos después de hablar con él.
Este ultimo comentario produjo una leve sonrisa en el rostro de Erendel, pues si le habían molestado por algún motivo y no sobre un tema que le concerniese directamente solía notársele claramente en su rostro. Tal vez fuese momento de hablar con el medio elfo mas adelante, pero eso debía quedar aun pendiente pues no quería hacer esperar más al extranjero.
Instantes después un medio elfo empapado y chorreando entraba en la sala quedándose allí a la espera. Erendel se acerco y le habló al recién llegado.
-Me han dicho que querías verme, pues ahora me dirás. Y diciendo esto permaneció a la espera de su respuesta.
Annamel
\"Cuán largos se me han hecho todos estos años desde que dejé Beleriand atrás... cuánto he echado de menos a Melian y a Thingol, y sobre todo a Evander...todas esas tardes bajo los rayos del sol, sujetando el arco, lanzando flechas una y otra vez hasta que me sangraban los dedos, era un duro maestro, y también un hombre maravilloso...solo ahora me doy cuenta de que lo amaba, ahora que estará lejos, si es que aún los rayos del Sol acarician su piel... me acuerdo del sonido de su sonrisa...
Largo ha sido mi camino desde entonces, sin descanso, de una ciudad a otra, sobreviviendo en el tiempo que ahora me toca vivir, quizá demasiado agitado para mi gusto. No soy un alma guerrera, pero he visto tantas injusticias a lo largo de mi vida que finalmente me han hecho decidirme, lucharé, aún sin saber si valgo para eso, ya no puedo seguir curando heridas y mirando hacia otro lado.
La suerte está echada...esta vez lo haré en forma de halcon.\"
Y así, con la forma de tan bello animal fue como vio por primera vez Annamel, la de los ojos dorados, la ciudad de Mellon Vilya, tan blanca como la nívea nieve, justo como la vio en sus sueños premonitorios, así fue como llegó, atravesando el aire y burlando sus murallas, sin que nadie se percatase de su presencia...solo un pequeño halcon.
Antes que nada debía conocer la naturaleza del hombre al que buscaba, el Rey ante el cual se presentaría para ofrecer sus servicios, pues temía equivocarse, dado los tiempos que corrían. La verdad es que en el fondo aún no había pensado cómo se daría a conocer, ya que había entrado a escondidas en la ciudad, y el hecho de presenciar la transformación de un halcón en mujer era algo cuanto menos curioso...aún tendría que meditarlo más a fondo...
Mientras sobrevolaba la ciudad buscando un lugar adecuado en el que posarse sus pensamientos se volvieron hacia Melian, desde su alma le daba las gracias, porque aunque no volvió a verla jamás desde que dejó Beleriand siempre sentía su espíritu, la animaba, la apoyaba y la protegía, y sobre todo la guiaba, por eso sabía que había escogido la ciudad adecuada...todo saldría bien.null
Darlak
Mientras el hermoso halcón sobrevolaba la ciudad, en el interior de Barad-Anor, Darlak había sido recibido por Erendel, el rey de las tierras del reino de Lempë Ohtari. El recién llegado se encontraba ante un elfo de aspecto joven, de elevada altura y de cabellos rubios adornados con una magnifica y refulgente corona. La estancia en la que se encontraba el rey era un amplio salón cuyo elevado techo era sostenido por dos pilares robustos. Una alfombra de intricados dibujos cubría el suelo de piedra. Varias antorchas ardían fieramente iluminando la estancia y proporcionando un ambiente cálido y acogedor. Al fondo de la habitación se hallaba el magnifico emblema de la casa de Lempë Ohtari, la espada envuelta en llamas.
- Su majestad, gracias por recibirme. Soy consciente de la poca disponibilidad de tiempo del rey de estas tierras - El rey le miraba con sumo interés. No parecía tan engreido como el anterior caballero que le había recibido - Mas llevo algún tiempo vagando por estas tierras en busca de un lugar donde vivir. No sé porque he llegado hasta aquí, algunas veces he llegado a pensar que una fuerza externa a mí me impulsaba a venir a estas tierras. Sólo sé que soy un medio-elfo sin nación alguna- Darlak esperó un poco antes de continuar. Notó de nuevo algo en su mente. Una palabra retumbó en su mente.
Ostova Lorë
La palabra martilleaba la cabeza del medio-elfo.
El silencio que se produjo en ese momento hizo que se pudiera oir como la lluvia seguía cayendo. Darlak se recuperó y continuó hablando al rey.
- Oh, majestad. Cómo os estoy diciendo, busco un lugar donde vivir. Estoy harto de errar sin rumbo fijo. Me gustaría ser aceptado en este reino. Aunque únicamente puedo ofreceros a cambio mi ayuda para defender este reino de los enemigos.
El halcón seguía sobrevolando la ciudad de Mellon Vilya
Âglaras
La lluvia insistía en su labor de regar aquellas tierras. Âglaras se había adentrado en la ciudad, y caminaba ahora por el barrio artesanal. Se detuvo frente a la estatua de Thingol Mantogrís, aquel que fue su guía durante tanto tiempo.
- Si estuviérais aquí- pensó-, como añoro aquellas charlas ante la penumbra de la chimenea, mi señor. Fui uno de los elegidos para una ardua tarea, levantar un reino extinto y hacer que perdurase en el tiempo. Pero ahora noto como la sombra se cierne sobre nosotros, noto como oscuras presencias pronto estarán aquí, tratando de arrasar de nuevo este bonito lugar. No hace mucho tiempo hubiera temblado de miedo ante esto, pero ahora no, pues, además de que sé que estáis conmigo, el coraje y el valor recorren ahora mis venas, e intentaré que la arrogancia y el orgullo de los hombres, de los cuales tanto huyo, me sean de más necesidad de nunca en la próxima hora de oscuridad en la que, con honor y maestría blandiré mi espada contra todos los enemigos de Lempë Ohtari.- Se arrodilló ante la estatua levantando lentamente su cabeza- Gracias, mi señor.
Âglaras avanzó paso a paso por aquel barrio con algo nuevo en su interior. Sentía como todos los temores desaparecían por completo de él. Ante sí, una mujer corría refugiándose de la lluvia mientras transportaba un pesado saco lleno de arcilla.
La muchacha tropezó y cayó fuertemente contra el suelo. Âglaras se precipitó a correr hacia ella, le ayudó a levantarse y cargó el saco a su espalda.
- ¿Estáis bien?- Preguntó el medio elfo.
- Sí Capitán, gracias por vuestra ayuda- Sonrió ella mientras alargaba el brazo para coger el saco.
- No no, dejad, yo os lo llevaré, decidme donde.
La humana sonrió y le hizo un gesto para que la siguiera.
Lo guió a través de estrechas calles empedradas, y a decir verdad, el saco cada vez iba pesando más.
Pronto llegaron a un pequeño portón verde.
- Ya está señor, podéis dejarlo aquí- Señaló al suelo- Muchas gracias por su ayuda.
El medio elfo se limitó a mostrar una agradable sonrisa y continuó caminando a la par que nuevas gotas de lluvia golpeaban en su capucha.
Sus pasos lo conducieron hacia la puerta de la ciudad, y allí, desde el pico de Orod-Líndale, guió sus ojos de elfo hacia el este y hacia el sur.
- Pero...- dijo en voz alta a pesar de que no había nadie alrededor.- ¡No puede ser!
Aquella reacción se debía a que, un gran bloque de nubarrones negros viajaban, acompañadas de cuervos, hacia Dor Aman. Al parecer, la noticia de la insurrección de Yävetil había llegado más lejos de sus fronteras.
El medio elfo bajó la montaña a toda prisa y corrió a informar a Erendel, que se encontraba hablando en aquel momento con Darlak.
Erendel
Erendel escuchó en silencio las palabras del visitante. En su interior conocía bien la situación de sentirse extraño en busca de un lugar al que llamar de nuevo hogar, pues él había vivido una situación anterior similar a esa. Se veía sinceridad en sus palabras y un deseo de una vida mejor aunque tiempos difíciles eran los que habían de vivir los seres que se encontrasen en ese entonces en las tierras de Arador.
Aquel medio elfo parecía en parte turbado por otra presencia, aunque no se apreciaba maldad ni en su tono ni en sus movimientos, que con tan poco cuidado iba regando el suelo en sus explicaciones, aunque no parecía darse cuenta en modo alguno del pequeño charco que se formaba a sus pies. Hacia demasiadas pausas en su discurso como si esperase la respuesta a una pregunta que nunca fue realizada, pues su rostro cambiaba y sus ojos se perdían contemplando la alfombra que por su mirada trataba de atravesar o contemplar como si del mayor foso se tratase.
Eran malos tiempos para los viajeros y cualquier ayuda de un corazón generoso siempre sería bien recibida, aunque le gustaría escuchar el relato de sus andanzas y cualquier noticia lejana al reino que pudiera ser de interés, pero una interrupción impidió al elfo otorgarle al viajero su respuesta. Âglaras irrumpió entonces en escena abriendo de par en par los portones de la estancia.
-Vaya, veo amigo mío que no pierdes el tiempo en llamar a la puerta - sonrió Erendel, pero pronto la sonrisa fue borrada de su semblante ante la expresión que el capitán tenia en su rostro. Sin duda noticias urgentes habían de ser las que motivasen la súbita entrada.
Annamel
Hacía rato que Annamel sobrevolaba la ciudad, buscaba la morada del Rey, Barad-Anor, lo sabía por lo que había oído a los viajeros durante su camino hasta casi las puertas de la ciudad, el Señor de dicha hermosa ciudad era Erendel, era a él a quien buscaba para ofrecerle sus servicios. De pronto pensó que tal vez no los necesitase, al fin y al cabo quien era ella, sólo una muchacha medio indefensa, poco versada en las artes guerreras, pero aun así…lo haría, no tenía nada que perder, se aproximaba una guerra, se respiraba en el ambiente, harían falta muchas manos ágiles para combatir, y aunque se sentía asustada estaba decidida.
De pronto la divisó, la torre de Barad-Anor se erguía ante ella, sentía a Melian dentro de sí, indicándole el camino correcto. Tras revolotear un rato alrededor por fin la halló, la sala donde se encontraba el Rey. Annamel se posó en una de sus ventanas y observó, la intuición le decía que era el lugar correcto, allí estaba el Rey, ¿pero quien de los tres hombres que estaban dentro era Erendel?.
La lluvia arreciaba fuera, y ahora que había llegado hasta allí las fuerzas le flaqueaban, ¿y si el Rey no la aceptaba? ¿qué haría entonces? ¿ hacia dónde iría?...volvió los ojos hacia la ciudad, y de pronto un escalofrío le sacudió el cuerpo, - cuervos- pensó- cuervos en gran número…mal presagio, será mejor que no lo retrase más…padre…ayúdame.
El halcón que se halla en vuestra ventana os pide permiso para entrar, Señor de la Ciudad, vengo a ofrecerle mis servicios en los tiempos oscuros que se aproximan
Erendel
Los acontecimientos parecían coincidir en el mismo espacio de tiempo y antes de que Âglaras pudiese hablar Erendel percibió una voz en su mente. Provenia del exterior, y cuando el elfo se acercó vio un halcon manteniendo el vuelo ante la ventana, bajo la lluvia.¿Seria aquel animal un mensajero?. Posiblemente trajese un mensaje en sus patas y por ello el elfo abrio los postigos de la ventana liberando de par en par las dos hojas, que con suavidad y sin ruido giraron sobre sus goznes.
Instantes despues el agradecido ave entraba en la estancia describiendo circulos en el interior de la sala sobrevolando las cabezas de los allí presentes que contemplaban al bello animal. Erendel tras cerrar de nuevo la ventana a las inclemencias del tiempo volvió con el resto del grupo y contemplo al animal q se poso en lo alto de una estanteria y los miro con unos ojos que parecian tener algo mas en su fondo.
Procedió entonces a inspeccionar la sala y antes de que ninguno de los tres pudiera acercarsele remonto de nuevo el vuelo, y por un momento parecio precipitarse contra el suelo acabando detras de unos grandes cortinajes de una ventana. Sin dar tiempo a reaccion alguna una voz se escuchó y una cabellera morena emergio sujetando la cortina.
-Por favor, podríais dispensarme ropa de abrigo? No temais nada, pues vengo a ofreceros mi ayuda en tiempos oscuros.- dijo mientras en parte se ruborizaba en presencia del grupo.
Erendel saliendo de su asombró se acercó a la puerta y pidio a uno de los guardias que rondaban la zona le trajesen unas ropas y un calzado. Cerró entonces la puerta y mirando a los allí presentes espero a escuchar el motivo de la irrupción de Âglaras junto con las explicaciones de la joven q habia aparecido de tan extraño modo.
[Editado por javtrey el 24-03-2006 22:55]
Annamel
Al momento apareció una doncella con un hermoso vestido y calzado para la extraña recién llegada, que permanecía oculta tras la cortina. La doncella se acercó hasta ella y le alargó los ropajes, el vestido era de un verde terciopelo, del color de los brotes más tiernos de las hojas nuevas que nacen en la primavera, el color que más gustaba a Annamel, el escote dejaba al descubierto su dorada piel hasta el nacimiento de los senos, entallado hasta su cintura, a la cual se ajustaba con un bonito cinturón dorado, la falda tenía una delicada caída que acababa en sus pies, rozando el suelo, pero sin arrastrar, las mangas abrían a la altura de los codos, ganando amplitud hasta llegar casi al bies de la falda. El vestido era perfecto para ella, tan perfecto que parecía hecho a medida, de pronto se preguntó si el Rey estaba esperándola.
Una vez vestida ya estaba preparada para enfrentar al Rey, le dio las gracias a la doncella y se dispuso a abandonar la cortina que tan gentilmente le había dado cobijo. Salió un poco avergonzada por todo el revuelo causado, cruzó la estancia hasta situarse frente a Erendel,y entonces, con voz suave le habló así.
- Mi Señor, mis disculpas por haberme presentado así, pero creo que por otro camino tal vez me hubiese extraviado. Mi nombre es Annamel, hija de Eonwe e Itaril, nacida en Beleriand, donde pasé gran parte de mi vida junto a Melian y Thingol, a los que considero como unos padres, ya que los míos volvieron a Valinor cuando aún era pequeña. Mi Señor...no mentiré, no he estado nunca en mitad del fragor de una batalla, ni tampoco sé manejar una espada, pero…- Annamel tomó aire- soy diestra en el manejo del arco, que desde ahora pongo a su servicio, así como el don que fue regalo de mi padre al nacer y que ya ha visto… si mi Señor quiere tomarlos.
Tomó aire una vez más y dándose la vuelta se dirigió a los otros dos ocupantes de la sala.
-Mis disculpas también a vosotros caballeros , tal vez he interrumpido algo importante.
Mirando una vez más a Erendel a los ojos se sintió pequeña en aquella sala, empezó a lamentar el haber abandonado tan pronto la forma de halcón con la que había llegado. Todo estaba en silencio, se sentía observada y sopesada por aquellos tres hombres, sus mejillas se ruborizaron de nuevo, y sin embargo no dejó de sostener un segundo la mirada del Rey. Había en esa mirada un brillo de determinación.
Valandil Súleglîn
Un peligro inminente abordaba la mente de Valandil y lo tenía sumamente desconcertado. Como pudo reunió fuerzas en concentrarse y valiéndose de sus dotes mágicas y su sabiduría aprendida con Lorien, intentó comunicarse con aquel elfo, Erendel. Era el rey de aquellas tierras y el trato entre ambos aunque distante era bueno y una joven amistad había entre ellos. Súleglîn necesitaba su ayuda ahora más que nunca y no sabía si quizás pidiéndola provocara en él alguna reacción de ira o enfado.
Concentrándose en las tierras de Mellon Vilya pronto visualizó al elfo y le hizo llegar el siguiente mensaje...la nitidez con que veía a Erendel era buena y su concentración era extraordinariamente alta...ahora solo necesitaba que la mente del elfo permaneciese abierta a aquella intrusión benigna con ánimo de emitir una desesperada voz de ayuda.
Erendel, amigo, has de saber que se avecina una tormenta y es preciso es más ruego vuestra ayuda...El viento y lo que veo a través de tus ojos me trae las nuevas de dos fuertes extranjeros que viajan desde tierras lejanas. He tenido un sueño...otra premonición pero no de un futuro lejano, si no de algo más cercano a nuestro presente. Necesito que de inmediato mandéis al que se hace llamar Darlak a Eru Andorya, una vez allí sabrá que hacer y necesito que la muchacha de piel dorada viaje sin demora a Ostova Lorë. Realmente necesito su ayuda y la tuya...espero no haberte importunado amigo mío.
El mensaje era su última esperanza para poder resistir a la sorpresa que el destino le había regalado...una bomba apunto de estallar en sus manos...un peligro poco visible pero amenazante.
Valandil cansado del esfuerzo realizado para que dicho mensaje fuese entregado a tiempo se incorporó y empezó a andar, tomo un par de cerezas frescas y marchó a la ciudad a hacer unos últimos preparativos para...
No obstante terribles preguntas atacaban su espíritu pues era débil y poco confiaba o más bien nada en lo que hacía y ahora sus miedos eran si aquel mensaje llegó, si la ayuda sería ofrecida, si Erendel se tomaría a mal aquella forma tan repentina de contactar con él...o incluso si realmente hacía lo correcto y sería capaz de afrontar el futuro...
[Editado por wiccano el 12-04-2006 00:06]
Darlak Lórindol
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Meses después mucho había cambiado en el reino. Lempë Ohtari se había visto envuelta en varias contiendas con los países vecinos de Helkelen Lára y Realengo de Farothdin. Mellon Vilya había sufrido un saqueo mientras que en el norte las tropas de los ohtari intentaban hacer grandes proezas. Sin embargo, Yárfaila Veryawen regresó con la mala nueva de la caída de Aglaras y Erendel, el rey.
De esta manera, los caballeros sobrevivientes crearon un consejo de caballeros como forma de gobierno.
Una nueva etapa empezó en Lempë Ohtari. Yárfaila y Aikánaro se ocuparían del el gobierno de Yävetil y Eru Andorya. Annamel y Valandil se debían a la ciudad del bosque, Ostova Lorë. Así que Darlak fue elegido por el consejo de caballeros como Senescal de Mellon Vilya.
Mientras la ciudad se reconstruía, Darlak, Valandil, Eleth y Sonyariel viajaron a las ruinas de Amaurenori al sur ya que el maia creía que Bolgod, el sexto caballero que tantos males había traido a las tierras de los ohtari, se hallaba oculto allí. Tras esa aventura, donde Valandil se sumergió en un largo sueño, regresaron a sus hogares junto a gente de Heren Fanyarea que habían conocido en aquella aventura. Valandil siguió sumergido en ese largo sueño tras la aventura de Amaurenori mientras que Mellon Vilya se recuperaba y se alzaba de nuevo en el corazon del Taurëninque
[Editado por aratir el 05-10-2006 18:40]
Darlak Lórindol
Darlak montado en el bello corcel Rumirel, cabalgaba en dirección hacia Mellon Vilya. Ante sus ojos aparecieron las montañas de Ered-Lomë, imperiosas, celestiales, sagradas, que en ese momento estaban recibiendo el agua del cielo, gotas de lluvia, que daban indicio de la estación que acaecía, la estación de la caída de las hojas, de las lágrimas de tristeza y del ambiente gris. Conforme se acercaba al norte, de entre las montañas de la cadena montañosa, apareció Orod Lindalë, envuelta en un velo de nubes y en cuyo pie se había erigido la ciudad tanto tiempo atrás.
Viajaba solo desde Yävetil, tras haber despedido a los aventureros de Heren Fanyarea y tras haber pasado unos días en la ciudad de Aikanaro solucionando unos asuntos relacinados con el país. Conforme se acercaba a la ciudad un sentimiento extraño empezó a embargarle.
Ahí estaba el corazón del reino, la perla encerrada en cadenas montañasas, Mellon Vilya. Ahora le tocaba a él hacerla convertirla en una ciudad de gran esplendor. Habían pasado bastantes meses desde el saqueo de la ciudad y ahora ya estaba casi recuperada. El desgaste incesante de esa guerra constante, de incierto final a pesar de la tregua momentánea, guerra que tantos males traía a la tierra de Arador, había hecho que en la ciudad los trabajos nunca conocieran fin. Los constructores habían reconstruido la parte baja de la ciudad, la más castigada por la guerra. Ahora decenas de trabajadores moldeaban desde el principio maderas y metales y manipulaban los materiales con cautela y juicio.
Cuando llegó con su caballo a las puertas de la ciudad, Darlak recordó el primer día que llegó a las mismas. En aquella ocasión como un proscrito, ahora llegaba como Senescal de la ciudad. En esa primera vez la lluvia también le había recibido mientras los guardias le habían hecho un exhaustivo interrogatorio. Ahora los guardias le dejaron pasar sin problemas.
- Bienvenido a la ciudad, Senescal – dijo uno de ellos mientras le habría la puerta. Con cierta ironía, el semielfo se acordó de Irunen, el guardia que le recibió en aquella primera vez y que durante las guerras de Lempë Ohtari contra otros países había amotinado a la ciudad. Había escapado y Darlak sabía que alguna vez lo encontraría y le daría su merecido.
La plaza Sun-ed-Hân se hallaba muy concurrida ese día. Comerciantes de otros rincones del país venían para comerciar en la capital del reino. Caminó un poco más hacia el Valle de la Tierra pues ansiaba contemplar las doradas aguas del Aelinlaurë, el Lago Dorado. Mientras lo hacía una voz lo sacó de su ensimismamiento.
- No deberías entretenerte aquí tienes mucho trabajo que hacer – se giró y vio a su buen amigo y compañero de batalla, Caragan. Se dieron un abrazo y ambos se dirigieron hacia la Barad Anor, en la ciudadela de los capitanes, para dilucidar todos aquellos detalles del gobierno de la ciudad. Había mucho que hacer en Mellon Vilya.
Llegaron a Barad Anor, la parte más antigua de la ciudad y la primera fortaleza que se construyó a los pies de Orod Lindalë. Tiempo atrás, cuando era nada más que una fortaleza del reino, habría constituido la única parte de la ciudad hasta que la ampliación de la ciudad hizo que el pueblo se bajara a vivir a la parte baja de la ciudad.
La Ciudadela de los Capitanes, rodeada de cuatro torres, estaba en realidad dividida en tres áreas. La primera y la más anterior era pública y terminaba en la Puerta del Rey, junto a la cual había una pequeña fuente de agua helada que brotaba de la montaña.
En esta primera parte se hallaban unos amplios jardines rodeados por algunas casas de distintas índoles muchas de las cuales recordaban en parte a las antiguas dependencias de la olvidada Gondolin:Car Tirith, la Casa de la Escolta, Car Menel, la Casa Celestial, Car Ehtele, la Casa de la Fuente, Car Annavilya, la Casa del Regalo del cielo, Car Galadh, la Casa del Árbol, Car Nande, la Casa del Arpa y Car Mallos, la Casa de la Flor Dorada, Car Roval Faen,la Casa del Ala blanca y Car Tuilinn, la Casa de la Golondrina. Estas casas junto a Barad Anor se conocían como las Pae Cair, las diez casas.
En Car Ehtele se ubicaban las Casas de Curación. La biblioteca de la ciudad se hallaba en Car Nande, un edificio de estudio y reflexión. Car Annavilya era el lugar donde se preparaba los rituales a la lluvia, una especie de templo. Car Tirith, por su parte, estaba dedicada a la guardia de la ciudad y allí tenían su lugar de encuentro los soldados. El resto de casas no tenían un uso determinado aunque algunas se dedicaban a residencias para los huespedes de la ciudad.
En sentido estricto, Barad Anor estaba formada por las otras dos zonas: una dedicada al gobierno y que estaba constituida por la Sala de Juntas y la Sala de festejos y otra ocupada por las dependencias privadas del antiguo rey en las cuales tenía que vivir ahora Darlak.
Mientras Darlak se hallaba reunido en la sala de juntas con sus hombres, la lluvia seguía cayedo y los sacerdotes de la lluvia estaban preparando los objetos que se donarían por el agua que estaban recibiendo. El ritual de la lluvia, el Annavilya, Regalo al Cielo, tendría lugar a última hora del día.
[Editado por aratir el 19-09-2006 22:36]
Elêth Niramar
Montada en una yegua, Elêth llegó a la ciudad. Se encontraba agotada por el viaje, y la lluvia caía sobre sus hombros de forma perenne, dejando a la joven empapada. Pero no le importaba, ni siquiera parecia notarlo. Una gran felicidad la embargaba. Había deicidido que aquella ciudad fuera su hogar.
Con paso lento, para ver mejor el paisaje, pero firme, se dirigió a la ciudadela de los capitanes. Darlak, antes de partir, la había avisado de que se habían construido casas nuevas, y que podría elegir una para ella. Se paseó por las calles viendo las enormes construcciones y, sin estar segura todavía de cual preferiría, fue en busca de su capitán.
- Buenos días, Dama Elêth. El Senescal se halla reunido en la sala de juntas. Si gustais, podeis esperarlo en el salón, junto al fuego. Veo que estais empapada... os traeré algo para secaros.
La joven dúnadan asintió casi sin prestar atención, pero al ver marchar al joven que le había dado la bienvenida asomó en su rostro una sonrisita pícara. Comprovando que nadie había para detenerla se dirigió a la sala de juntas, y entró.
- Esto... Buenos días Capitán Darlak... -dijo saludando con la mano, con pose más bien queda.
Sonyariel Lisse
Había llegado temprano aquel día, en la entrada no hicieron gran problema para entrar a la ciudad, menos al saber de quien se trataba, ya que Carragan se había ocupado de comentar las locuras de la recien llegada, manteniendo el secreto de su llegada para darle una sorpresa a su capitán.
Las calles de la bella ciudad se encontraban llenas de vida, algunos transitaban por el mercado haciendo rápidas compras y preparándose para algo importante, y entre aquel bullicio una joven caminaba con calma con una bolsa en las manos. Sus ojos emitían un brillo especial, por lo que no pasó desapercibida para muchos jóvenes al no reconocer a aquella bella mujer entre sus habitantes.
Con una sonrisa se detuvo en uno de los puestos, saludando cordialmente a una señora de aproximadamente 50 años, que ofrecía uvas frescas. Acarició delicadamente un racimo tomándolo entre sus manos y sintiendo su fragancia le indicó que lo llevaría.
- Por el brillo en sus ojos se nota que serán para alguien especial – la joven sonrojada le entregó unas monedas y las guardó con cuidado, a la vez que una gota de lluvia le acariciaba el rostro.
Acelerando el paso como todos los que ahí se encontraban, llegó hasta su destino, preguntándole a una elfa, que transitaba presurosa en dirección de la plaza, si aquella sería el hogar del senescal de la ciudad.
Tras haberlo confirmado, se acercó a la puerta y mirando hacia ambos lados, procurando que no era observada por nadie, sacó una pinza para el cabello, con la cual abrió fácilmente la puerta.
Al cerrar la puerta tras de si dio un suspiro – así que aquí es- pensó y observó a su alrededor. Todo se encontraba oscuro, y por el aire a encierro se notaba que hace algún buen tiempo que nadie había estado en aquel lugar.
Corrió las cortinas y se iluminó todo, al abrir las ventanas una brisa fresca anunciaba que vendrían más que unas cuantas gotas.
Dejó la bolsa sobre una silla y miró a su alrededor con una sonrisa. Sabía que debía empezar de inmediato, cubriéndose el cabello con un paño y remangándose las mangas, se dedicó a encender el fuego y con prolijidad a dejar todo limpio como un espejo.
Al terminar, sobre la mesilla en una de las esquinas cerca de la ventana, dejó un ramo de violetas en agua, dándole un leve toque femenino al lugar.
Sabía que era largo el trayecto y el semielfo llegaría agotado y con hambre. No estaba segura de que se dirigiría a su hogar ya que cientos de cosas estarían esperándole, y tiempo para él y sus cosas, la muchacha dudó que lo tuviera, por lo que decidió darle una sorpresa, y ahorrarle algo de trabajo a parte de así conocer la ciudad que tanto había escuchado nombrar a Darlak.
Después de la limpieza se dedicó a preparar algunos alimentos para levantar el espíritu en los días de lluvia. Mientras el fuego abrazaba una olla, un ligero aroma a especias empezaba a brotar, y colocó en una canasta sobre la mesa unas manzanas, fresas y sobre aquellas las uvas que había comprado en el mercado.
Tras dejar todo listo, su mirada se centró en una gruesa capa que se encontraba doblada en un costado de la cama, la acarició con delicadeza y la abrazó recordando el aroma de aquel que hacia que se le doblaran las piernas.
De repente, un escalofrío le recorrió la espalda, la brisa entraba con más fuerza por la ventana, notando que la lluvia en todo su esplendor ya se encontraba sobra la ciudad. Se cubrió con la capa, cerró las ventanas, y se sentó a un lado observando por el vidrio a la gente que transitaba presurosa.
- Como veo me tocará regresar a la posada empapada. Aquellas nubes negras pareciera que traerán agua rato – pensó – Darlak... no sé si llegaras pronto, posiblemente debes estar ocupado... ahora es mucha gente la que te necesita... espero no importunarte con mi presencia.
Sonyariel sintió que el cansancio empezaba a hacerse presente, y a pesar de que estaba todo temperado con el fuego, sintió el frío más fuerte dentro de ella, recostándose a los pies de la cama, quedándose dormida abrazada a la gruesa capa.
Darlak Lórindol
En la amplia sala de juntas de Barad Anor, Darlak se hallaba reunido con algunos de los miembros de la guardia de la ciudad y con representantes de los distintos gremios de Mellon Vilya.
La ciudad volvía de nuevo a florecer tras las anteriores batallas que habían tenido que sufrir y ahora empezaba una nueva etapa.
De pronto una mujer interrumpió la reunión.
- Esto... Buenos días Capitán Darlak... -dijo saludando con la mano, con pose más bien queda.
- Eleth, pasad por favor. - Darlak se dirigió a los reunidos - Esta dama es Eleth Niramar, la segunda al mando de la compañia segunda del reino. En las últimas batallas ha demostrado una gran valentía y habilidad para el combate. Defendió fieramente a esa ciudad y por tanto ahora ha sido invitada a vivir en la ciudad que con tanto ahinco defendió.
Edenar, representante del gremio de los orfebres, sonrió a la recién llegada.
- Bienvenida, será un placer para los habitantes de Mellon Vilya contar con la presencia de una dama tan bella.
La joven, sonrojada, siguió el ofrecimiento de Darlak de sentarse mientras en aquella sala se seguian dilucidando asuntos relativos a la organización de la ciudad.
Despues de algún rato, la reunión se dio por finalizada. Darlak llevó a la chica para enseñarle las casas de la ciudadela de los capitanes
La chica se quedó especialmente encantada con las maravillosas casas que componían las Pae Cair.
- La mayoría no están habitadas. Elije la que más te guste y mandaré a que la habiliten para tí, mi valerosa amiga. Si quieres busca a Aratan para que te enseñe la ciudad. Él ha vivido mas que yo en esta ciudad y te podrá enseñar mejor los encantos de Mellon Vilya.
Con un guiño, Darlak la dejó y se dirigió hacia Barad Anor. Cruzó la puerta del rey y se adentró en sus aposentos donde se encontraría con una sorpresa. Una dama dormía a los pies de su cama justo enfrente de la chimenea donde antes habría estado vivas unas buenas brasas.
Con sorpresa vio que la mesa que habia en la otra esquina estaba repleta de alimentos, se acercó y tomó una uva que comprobó que era fresca y dulce. Despues tomó un racimo y se acercó a la doncella que dormitaba. Le llevó un racimo a la boca y la joven despertó
- ¿Quieres un poco de uva? - preguntó él sonriendo.
- Oh, Saludos Senescal, ¡Qué dulce despertar! - dijo ella mientras tomaba de la uva que compró en el mercado.- Confío en que la reunión no haya resultado demasiado pesada.
- Parecía que todos estaban deseando que llegara para bombardearme con problemas. Pero llegar a mi hogar y encontrarme con tal sorprenderte visita, eso no lo esperaba.
Ella rio al tiempo que se incorporaba. Se acercó a Darlak y le besó en los labios.
- Dado que en el futuro apenas podrás salir de esta ciudad, Caragan y yo establecimos que yo viniera a acompañaros, si estás de acuerdo, porque sino en esta ciudad hay buenas posadas.
Darlak la tomó y la atrajo para si.
- Me encantaría que vivieras conmigo, este sitio es demasiado grande para habitarlo yo sólo. - y dicho esto el la besó.
[Editado por aratir el 01-10-2006 03:51]
Darlak Lórindol
Fueron pasando los días en Mellon Vilya y Darlak se iba adaptando a su nueva vida en la ciudad como Senescal de la misma gracias tambien a la presencia de Sonyariel que había accedido a vivir junto a él.
Varias semanas después de la marcha de los aventureros fanyarianos a su país, un viento helado y profundo empezó a soplar insólitamente desde las montañas del fin del mundo al este enturbiando la temporal calma de las tierras de los ohtari.
Ese día Darlak, Eleth y Aratan pasaban la tarde jugando al "herenya" un juego de dados típico de las tierras de los ohtari. Sonyariel había acudido al mercado.
[Editado por aratir el 03-10-2006 21:31]
Darlak Lórindol
Eleth cogió los dados y los introdujo en el cubilete de madera. Lo agitó y, cubriéndolo con las dos manos, sopló ligeramente en su interior deseando tener suerte esa vez. Aquella tarde la suerte no había estado de su lado, pero aquella jugada era mucho más importante que cualquier otra. Había tenido que apostar uno de sus más preciados tesoros, un brazalete de oro. No tuvo otra alternativa ya que se había jugado ya todo el dinero que tenía encima y Aratan no quería aceptar la promesa de una deuda como apuesta.
– ¡Quieres tirar de una vez! – espetó alterado Aratan–. Me estás poniendo nervioso con tantos susurros.
– Tiraré cuando me plazca – respondió Eleth enfadada.
Darlak estaba sentado y reclinado en su silla cómodamente observando divertido la escena. Hacía ya una hora que se había quedado sin monedas que apostar. Se hallaban en una pequeña habitación de Car Nande, la biblioteca de la ciudad de Mellon Vilya, en Lempë Ohtari.
Mientras Eleth y Aratan discutían por la tirada de dados, Darlak empezó a sumergirse en sus pensamientos. Al rato se levantó y salió de la habitación en dirección a la sala donde se hallaban los libros.
Eleth, entretanto, se decidió y tiró los dados.
- ¡No puede ser! – dijo pensando que la mala tirada que había hecho era una alucinación.
Aratan no dejaba de reír.
- Creo que has perdido – la chica seguía estupefacta y su compañero alargó la mano hacía ella – El brazalete, por favor.
A regañadientes, Eleth le dio el brazalete. Aratan lo cogió con sumo cuidado y lo contempló maravilloso.
- ¿Dónde conseguiste esto?
- En Amaurenori.
Aratan la miró sorprendido.
- ¿Eso qué es?
- Es una larga historia – dijo ella un poco enfadada por haber perdido la joya. Sin embargo, no era una chica rencorosa y el disgusto se le fue pasando poco a poco al tiempo que le contaba la aventura que junto a Darlak, Sonyariel y Valandil había vivido en las ruinas de Amaurenori. Le habló del tesoro escondido en las ruinas y del malvado Bolgöd.
- Tomé prestado ese brazalete en señal de los apuros que aquellas malditas ruinas nos hicieron pasar. Espero no tener que ir jamás a un sitio parecido. Por cierto, ¿dónde está Darlak?
Ambos miraron al lugar donde hasta hacía pocos instantes estaba sentado el senescal de la ciudad. Intrigados se levantaron y fueron hacia la sala de los libros. Allí hallaron a Darlak sobre una mesa llena de mapas y brújulas.
Darlak Lórindol
- ¡Al fin! – murmuró Darlak mientras miraba con detenimiento un mapa
Eleth y Aratan se acercaron y vieron que el mapa era de las regiones ribereñas del Árador Ëarmitya. Señalaba en un punto al otro lado de las costas de Lempë Ohtari.
- ¿Qué ocurre? – preguntaron Eleth y Aratan al mismo tiempo.
- He dado al fin con la ubicación exacta de Tavarcerta. – Darlak retiró su mirada del mapa hacia sus amigos y vio divertido la cara de extrañeza de ambos.
Ambos se miraron y se encogieron de hombros.
- Se trata de unas ruinas, otras de las muchas que en su día fueron ciudades del floreciente reino perdido de Árador. Eleth ya sabe algo de eso porque estuvo en Amaurenori. En la primera edad parece ser que hubo un poderoso reino que abarcaba casi todos los rincones de Árador.
- ¿Y qué fue de ese reino? – preguntó Aratan
- Eso es lo que estoy intentando averiguar. En mis ratos libres, aprovechando el poco descanso que las tareas de Mellon Vilya me han proporcionado no he dejado de pensar en ese misterioso reino. Amaurenori despertó considerablemente mi curiosidad. – dijo el semielfo mientras se volvía a contemplar el mapa otra vez.
Sonyariel Lisse
[…]
Un crujir de ramas alerto al guardia. Habían recibido algunos rumores de unos viajeros de una sombra que rondaba la ciudad entre los árboles, por lo que desenfundando su espada, se acercó sigilosamente en dirección a la fuente de aquel sonido. De improviso una liebre saltó presurosa entre los arbustos en dirección contraria.
- Amigo si me diste un susto- bajó la espada y secó el sudor de su frente, pero al voltear se encontró frente a frente con los ojos de alguien conocido, antes de recibir una estocada en pleno corazón.
[…]
Una figura de rostro apacible caminaba entre el barullo provocado por la gente del mercado. Con una bolsa entre sus brazos, observaba a la gente que transitaba. Un brillo se posó en su mirada al ver una pareja con un pequeño en los brazos. Se sintió extraña y caminó entre la gente con su pensamiento lejos de aquel lugar, hasta que unas voces la trajeron de vuelta.
- ¡Ahí va la concubina del senescal!....
- ¿Aquella? Tiene buen gusto el capitán jajajajaj.
La joven solo sintió como las voces se perdían entre los pasajes alejándose de la vía principal, quedándose como piedra, no supo como reaccionar, después de un rato apretó la bolsa entre sus brazos y apresuró el paso con la cabeza gacha hasta llegar a la orilla del lago.
La brisa le acarició el rostro pálido mientras el sol bañaba desde lo alto, golpeando con fuerza.
- ¿Se siente bien? – una anciana de rostro luminoso se le acercó, de mejillas coloradas y sonrisa bonachona.
- Si, gracias, sólo pensaba tonteras – respondió la joven, mientras la mujer le tomaba de un brazo y la llevaba a sentarse en una banca cercana.
Estuvieron un rato en silencio, la joven se notaba algo nerviosa, pero la sonrisa de aquella la calmó.
-¡Debería estar contenta, es un día hermoso! Además que andar triste le hace mal no sólo a usted.
- ¿Cómo?
La anciana que le miraba fijamente, con la sonrisa en los labios le tomó una mano y se la apoyó en el abdomen. Sonyariel, sonrojada, se levantó presurosa, tomó su bolsa y se fue corriendo en dirección a Barad Anor encontrándose con una mesa con juegos, y barullo en la sala de estudios de Lorindol.
- ¡Eleth! ¿Jugando otra vez? Deberías dejar esa manía, no trae nada bueno.
- Ya lo sé Sonya, perdí mi pulsera- comentó la joven con una mueca al recordar su pérdida.
- Traje algo de fruta, espero que sea de su agrado – comentó la joven al dejar la bolsa sobre una mesa, luego apoyó la cabeza en la espalda del medio elfo rodeándolo con sus brazos.
Mientras seguían revisando mapas y viendo la ubicación de las ruinas, la joven sintió como el cansancio se apoderaba de ella, no se percató de como cerraba sus ojos y caía suavemente al frío piso de aquella estancia...
[Editado por auriga el 05-10-2006 20:59]
Darlak Lórindol
Sonyariel había sido llevada a la alcoba que compartía con Darlak. Había sufrido un desmayo posiblemente a consecuencia de todos los cambios que su vida le había dispuesto en aquellos últimos meses. El semielfo no dejaba de contemplarla con ternura y amor. Recordó el día que se conocieron. Su compañía la había encontrado armando bronca en una taberna. ¡No había olvidado la bravura con que la joven se defendía de tres hombres sin perder ocasión de darles un buen escarmiento!
Un rayo de luz se filtraba de forma tenua por la ventana haciendo que las formas de la habitación fueran algo irreal. Sonya se hallaba descansando en un lecho generosamente cubierto de colchas tejidas a mano mientras Darlak la observaba sentado en una silla cercana de madera envejecida. Las paredes estaban revestidas de bellos tapices que simbolizaban parte de la historia de Lempë Ohtari; en una esquina una pequeña fuente hacía caer agua a una irisada pila.
Se escucharon unos golpes en la puerta de la habitación
- Adelante – dijo Darlak
La puerta se abrió y la figura de un hombre entró en la alcoba.
- Al fin te encuentro, Darlak – se trataba de Valandil Súleglîn. – He estado preguntando por toda la ciudadela y al fin uno de tus hombres me ha dicho que te hallabas en tus aposentos. Liliana me ha dejado pasar.
- ¡Valandil! – el semielfo no esperaba aquella visita. Uno de los guardias le había comunicado que el maia había despertado del largo sopor que le había tenido sumergido en sueños durante meses. Darlak había decidido que una vez Sonya se recuperara iría a visitar a su amigo. Sin embargo, éste se le había adelantado.
Darlak se levantó para darle un abrazo al recién llegado.
- ¿Qué le ha ocurrido? – preguntó Valandil al tiempo que se acercaba a la mujer dormida.
- Un desmayo, creo que su nueva vida le tiene un poco desbordada. Ella es una mujer de acción e hizo un gran esfuerzo al venirse a vivir conmigo
Valandil acarició la frente de la mujer.
- Me regocija saber que ella está viviendo contigo. Me alegro por los dos.
Darlak no pudo más que lanzar una sonrisa.
- Casi sin darme cuenta he acabado amándola. A pesar de que estuvimos un tiempo separados, nuestra reconciliación ha sido un bálsamo en medio de tanta guerra.
Valandil se levantó y le indicó la puerta.
- Dejemosla descansar. Necesito hablarte de algo.
Ambos abandonaron la habitación dejando que Sonyariel se recuperara. Continuaron por un corto rellano antes de bajar por unas escaleras que les condujeron a un vestíbulo decorado por tapices. Torcieron hacia un lado y llegaron a una doble puerta que se abrió al empujarla. Un laberinto de pasadizos que producían una sensación de confusión hasta que por fin, tras un juego de puertas y pasillos, llegaron a un amplio salón, el Salón del Monarca, una amplia sala muy bien iluminada y decorada. El techo de la estancia era elevado y se hallaba sostenido por dos pilares robustos. Una alfombra de intricados dibujos cubría el suelo de piedra. Todos los estrechos y anchos ventanales estaban protegidos por unas cortinas, que Darlak retiró cuando entraron en la estancia. Los tenues rayos del solo iluminaron el fondo de la sala donde se podía contemplar el magnifico emblema de la casa de Lempë Ohtari, la espada envuelta en llamas. Allí es donde el difunto rey, Erendel, recibió a Darlak cuando éste llegó a las tierras de Lempë Ohtari hacia ya tanto tiempo.
Se sentaron en una mesa situada en una esquina del salón. Detrás de ellos estaba el magnifico trono que daba exquisitez a la estancia.
- El trono del rey – dijo Valandil mientras pensamientos contradictorios se mezclaban en su mente. - ¿No prefieres sentarte en tu trono?
Darlak no pudo sino reírse de la irónica pregunta del maia.
- Yo no soy rey solo soy un senescal. Ahora este reino está gobernado por un consejo no por ninguna monarquía así que ese trono prefiero que quede como una reliquia de tiempos pasados – El trono parecio brillar tratando de decir algo.- Mas dime, ¿cómo te encuentras?
- Tengo una laguna mental amigo mío. Hay muchos recuerdos de mi mente que se perdieron en los meses en los que he estado postrado en la cama, quizás no vuelva a recuperar esos recuerdos. Es cómo si mi mente se hubiera detenido en tiempos pasado, como si nada hubiera ocurrido. Y veo que muchas cosas han cambiado mientras que estado sumergido en terribles sueños.
- ¿No recuerdas nada de lo que pasó en Amaurenori?
- Nada, todo está confuso en mí. – Valandil sacó de su bolsillo un papel que le pasó al semielfo- Un águila me entregó ayer esta carta. Un bello animal por cierto, en Ostova Lorë lo reconocieron como enviados de Heren Fanyarea
Darlak abrió la carta y empezó a leer:
Estimado Señor,
Muchas lunas han pasado desde nuestro último encuentro, mas es bien sabido que los lazos que un día unieron nuestros destinos no se han roto aún, a pesar de la guerra que nos rodea. Es por ello que escribo estas líneas ahora, con el corazón regocijado por vuestro repentino regreso de La Noche Profunda. El Tiempo y el Espacio se han detenido para vos, pero no debemos por ello dejar de alabar a Eru en su infinita sabiduría, pues os ha devuelto a vuestro pueblo en momentos de gran necesidad.
Os agradezco eternamente el descanso ofrecido a mi pueblo, pues vuestras atenciones hacia el Príncipe de los Várna Rámar son un acto de generosidad hacia todo mi pueblo, y hacía mí misma.
Pero ahora, en estos momentos de delicadeza extrema, vos sabéis que el hilo que une nuestros pueblos parece deshilacharse con el tiempo. Y temo que pronto pueda romperse, y dar lugar a un enfrentamiento que vos sabéis que yo no deseo. No me alargaré en palabras por ahora, más cuando sé que sois consciente de todo ello.
Pero aún así, obligada estoy a la esperanza, y es esa esperanza la que me hace tenderos la mano una vez más. Os ruego consideréis esta misiva como una invitación formal a las tierras de Heren Fanyarëa, para encontrar juntos el remedio a este mal que nos acecha, y sellar la paz que ambos anhelamos con un hilo irrompible, basado en el honor y en la amistad.
La ciudad de Hón se estará preparando para vuestra llegada, tan pronto como anunciéis vuestra respuesta a esta misiva.
Anariel, Señora de los Ramalië
- Se trata de la reina de Heren Fanyarea.
- Sí, Annamel me ayudó a recordar. Ella fue la que nos casó – Valandil sonrió. – Quiero viajar hacía allí pero no lo quiero hacer solo. Por eso he venido a visitarte, Darlak.
[Editado por aratir el 07-10-2006 17:11]
Sonyariel Lisse
La tarde se acercaba y un joven elfo se dirigía algo preocupado en dirección del hogar de Lórindol, tras anunciar su llegada y pasar por el enorme pasillo se hizo presente ante los señores.
- Perdone señor, uno de los vigías de turno desapareció anoche. Según su compañero se alejó de la entrada y no supo más de él. Enviamos a algunos a buscarlo pero aún no se sabe nada. Posiblemente esté durmiendo entre los matorrales junto a una bota de licor. Se dobló la guardia señor hasta encontrar al hombre, no creemos quesea algo serio, pero la señora Miramar creyó oportuno que viniera a avisarle.- tras hacer una reverencia el elfo se retiró de la sala.
- No debe ser nada de cuidado Lórindol, debe estar por ahí, posiblemente haya aprovechado de ir a ver a alguna novia.- le comentó Valandil, que con una sonrisa recordó uno de sus escapes con la bella Anammel.
Mientras tanto, Sonyariel abrió sus ojos y se encontró recostada en la alcoba. Miró a su alrededor y se quedó un momento con la mirada fija en las finas cortinas que suavemente ondulaban por efecto de la brisa fresca de la tarde.
Al voltear notó el fino almohadón de Lorindol. Le acarició suavemente, y posó su cabeza sobre él, y con los ojos cerrados sonrió al sentir el aroma del medio elfo.
Gran parte de su vida había estado como nómada, viajando de reino en reino, no era capaz de estar más de un mes en cada lugar y retomaba nuevamente el camino. A veces por trabajo, otras sólo por cambiar de ambiente.
Recostada, recordó aquellos tiempos en que por ganar algunas monedas usó el filo de su espada. No le importaba nada ni nadie, y no le importó durante un largo período. Los años le habían enseñado a no confiar, y se había acostumbrado tanto a jugar con los sentimientos de los demás que llegó a un punto de transformarse en una mujer sin alma, hasta que sus pies volvieron a aquellas tierras que tanto maldijo.
Fue difícil entender cómo un ser que le había hecho tanto daño fuera de aquel reino. Su gente sencilla y afable, y el espíritu de aquellos que le abrieron los brazos sin hacer preguntas provocaron un cambio en la joven. Estaba recuperando lo que había sido, y aquello la ponía nerviosa.
- ¿Todo esto, será un sueño?... tengo miedo de despertar y encontrarme envuelta nuevamente en esa podredumbre... Darlak... todo empezó como un juego... pero esta vez fue diferente... ¡ay! ¡Medio elfo! No sé que hacer con lo que siento... murmuró mientras se abrazaba fuertemente al almohadón.
Ya no podía seguir ahí, se levantó y se refrescó el rostro con algo de agua. Estaba fría, pero al verla una idea se le vino a la cabeza. Se quitó el vestido y con una sonrisa buscó rápidamente una delicada bata de seda blanca de anchas mangas y finas pieles en las orillas. Se cubrió con él dejando descubiertos los hombros, para mostrar su tersa piel. Vio su figura en el enorme espejo que se encontraba en la habitación para acomodarse el cabello.
Al salir de la habitación y caminar descalza en búsqueda del medio elfo, reconoció la voz de alguien que no veía hace algún tiempo. Se acercó a una habitación, golpeó la puerta y se asomó a la sala con una sonrisa en los labios.
- Espero no importunar, pero me pareció encantador pensar en dos apuestos caballeros conversando tan amenamente... ¡Valandil, que grato es volver a verte! – dijo la joven mientras entraba y daba un fuerte abrazo al maia. Luego se acercó al medio elfo para besarle suavemente los labios y rodear sutilmente con sus suaves brazos el cuello de Lórindol. Su mirada estaba llena de dicha, no podía creer lo que le estaba sucediendo. Apoyó su cabeza el en hombro del medio elfo, no era un sueño, pero se le hizo un nudo en la garganta al pensar que aquello pudiese acabar. Levantó el rostro y le acarició los labios.
- Estaba pensando en invitarte a que tomáramos un baño, pero veo que estás algo ocupado - le dijo la joven mientras le guiñaba un ojo. - Lástima, pero puede ser para después, iré a ponerme algo más apropiado para ir a ver a Eleth para dejar a los señores conversar tranquilos.
Darlak Lórindol
- Mi dulce guerrera, veo que despertaste. Me asustaste.- Darlak la besó contento de poder verla bien de nuevo. – Te prometo que luego nos tomaremos ese baño.
Sonyariel abandonó la estancia y ambos siguieron hablando sobre el viaje a Heren Fanyarea
- No tienes que pedírmelo iré contigo. Aprovecharía el viaje para ir a cierto lugar cercano a ese país. – Darlak fue hacia un armario cercano y tomó un mapa. He traído este mapa de la biblioteca de esta ciudad. – dijo al tiempo que señalaba a un punto del mapa
El señor de Ostova Lorë miró el mapa y contempló la región que Darlak había subrayado anteriormente.
- Tabarcerta…- leyó el nombre de unas ruinas situadas al norte de Heren Fanyarea.- ¿Qué ocurre con este lugar?
- Desde hace varios días no dejó de pensar en estas ruinas, Valandil. He estado investigando sobre algunas cosas que descubrimos en Amaurenori. Es sobre un antiguo reino del cual te hablaré en el viaje. – respondió el semielfo.
Valandil siguió contemplando con curiosidad el mapa.
- Estoy deseando escuchar esa historia. ¿Cuándo partimos? La reina de Heren Fanyarea nos espera en Hón.
(…)
En los dos días siguientes se preparó todo para el largo viaje hacia las tierras del oeste de Árador. Además no irían solos.
- Y quizás en Tavarcerta sepamos más de ese reino. – Darlak le había explicado a Eleth, Aratan y a Sonya el motivo de su repentino viaje.
- ¿Otras ruinas? ¿Cómo las de Amaurenori? – había murmurado Eleth al tiemp que Darlak afirmaba - ¡Interesante!
Aratan miró sorprendido a la joven.
- Pero si hace días dijiste que no querías ir a un sitio parecido a Amaurenori.
- Sí, pero Bolgöd ya fue destruido así que no habrá tantos peligros allí. – respondió ella sonriendo – Además, quiero otro brazalete como el que te quedaste. Darlak, ¿también habrá algún tesoro escondido en Tavarcerta?
- Supongo – dijo él encogiéndose de hombros.
Por su parte, Sonyariel no había querido separarse de su semielfo y estuvo encantada con salir de nuevo a buscar aventura.
- ¡Me vendrá bien un poco de aventura!
De esta manera a los dos días emprendieron la marcha. Darlak dejó a Caragan encargado del gobierno de Mellon Vilya. Y Valandil hizo lo propio con Ostova Lorë aunque Annamel no se había mostrado encantada con que su esposo viajara tan pronto.
- Annamel no estaba dispuesta a dejarme ir a otra aventura, creedme si os digo que tras estar recuperado y después de los abrazos correspondientes, me regañó como a un niño pequeño. Algo tuvo que pasar en Amaurenori para que mi esposa me regañara de esa manera.
Partieron hacía Tumbale Hópa, la ciudad costera, donde tomarían un barco que les ayudaría a cruzar el mar. En la ciudad portuaria una joven llamada Vanadessë amiga de Eleth y Sonyariel se unió a la expedición.
De esta manera, la expedición ohtari partió una fresca tarde hacía las templadas tierras del oeste. Llegarían a Hón, ciudad fanyareana poco tiempo después.
*** (continua en Hón, ciudad de Heren Fanyarea)