Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Posada De Helkelen Lara
2007:02:01:18:40:05
Apacen
Uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Algalord, es la posada del Cuerno de Hielo. Este edificio se encuentra en la zona Nordeste de la ciudadela, muy próxima a la puerta Norte, que da directamente al camino que conduce al Aeglos.
La historia de esta singular posada comienza en el momento en el que el consejo del Helkelen Lára decide reconstruir la ciudadela de Algalord.
En sus inicios la posada no era más que uno de los tantos edificios habilitados para almacenar los materiales y las herramientas de reconstrucción. Más adelante con las obras de reconstrucción finalizadas, el edificio quedo en desuso por un breve espacio de tiempo. Ya que con el paso del Aeglos reabierto, el tráfico de caravanas entre el este y oeste comenzó a aumentar. Así que este antiguo almacén fue comprado por un grupo de comerciantes que se establecieron en la ciudad.
El edificio se reformo para adaptarlo a las nuevas necesidades: la primera planta se dividió en tres partes, la principal situada en la entrada serian las oficinas, al fondo del edificio se situara el almacén y las perreras. Se creo una segunda planta, para que los guías y pasajeros pudieran descansar antes de proseguir su camino.
Durante un tiempo los negocios fueron bien y el negocio prospero, hasta que debido a una serie de accidentes y negocios fallidos el establecimiento fue cerrado.
Un par de nuevos propietarios, aprovecharon la ocasión para comprar el local y reabrirlo como la posada del Cuerno de Hielo. Convirtiéndolo en un lugar de encuentro para viajeros, comerciantes y exploradores, donde pudieran llevar a cabo sus negocios. El negocio prospero y se convirtió en uno de los locales más famosos de la ciudad.
Pero estos no serían sus dueños definitivos, ya que se decía que aparte de ganar mucho dinero, lo gastaban todo en juego y otros vicios.
Fue en una de esas partidas de cartas donde la posada cambio de dueño, y fue a parar a las manos de su dueño actual Liceh, un viajero que llego con los exiliados. Realizando un par de nuevas reformas, para dotar al local con un aire mucho más acogedor y calido.
Nada mas traspasar las puertas de las posada, el viajero accede a un pequeño Hall donde a la izquierda encontrara la recepción de la posada, a su derecha una de las escaleras que dan acceso a la planta superior donde se encuentra los dormitorios, y en frente una gran portón que da acceso a la siguiente habitación. En la siguiente habitación, una gran sala iluminada por multitud de farolillos de aceite, varios fuegos y estufas donde los viajeros pueden calentarse. Esparcidas de forma caótica mesas y sillas donde poder sentarse y degustar las especialidades de las tierras de Coire. Al final de la habitación se encuentra la barra, atendida por varios posaderas y mesoneras, tras la barra dos puertas situadas en cada uno de los extremos dan acceso a la cocina. Y a cada lado de la habitación, se encuentran las escaleras que dan acceso a la parte superior.
En el exterior adosado a la parte derecha se encuentran las nuevas perreras y caballerizas, mucho mas adecuadas para estos animales, que las que había con anterioridad.
Apacen
Apacen y Naulë entraron en el hall del Cuerno de hielo de repente se escucho una voz tosca:
-Lo siento amigo, pero los animales tienen prohibida la entrada en este local deberás.. – un tintineo de campanas se escucho aproximarse, y después una voz dulce interrumpió al hombre.
-¡Naulë! Exclamo la voz, ven aquí preciosa – A lo que la loba salió corriendo y se acerco a la mujer, dejando que esta la acariciara con dulcemente la cabeza y el lomo.
Apacen aprovecho para quitarse la capa hecha con las pieles del Ear, y descubrir la cara de un hombre pelirrojo, con el rostro marcado por varias cicatrices en los ojos, pero que emanaba una paz y una tranquilidad.
-Tranquilo Loguer, Naulë puede pasar – Dijo la voz dulce – A lo que le siguió una respuesta.
-Bueno Loguer si eres tan amable de indicarme el camino hacia la perrera – Respondió Apacen, mirando al portero, mientras dibujaba una sonrisa. Entonces el portero se percato de la ceguera del hombre, y comprendió la situación.
-Vamos no te pongas celoso, eso no va contigo – Le respondió la mujer en un tono burlón, acto seguido se incorporo y le agarro del brazo izquierdo, a lo que le acompaño el tintineo de las campañillas.
-Maria, no hace falta que me lleves del brazo, puedo seguirte perfectamente – Respondió Apacen.
Maria, tiro de su brazo, y le obligo a caminar en dirección a la otra sala, entrando los dos cogidos del brazo.
-Y si me quitara las campañillas, ¿que harías entonces? –Pregunto la mujer.
-Puedo seguir el rastro de tu perfume, o el sonido de tu característica forma de andar, que seguro que vuelves locos a todos los hombres que pasan por aquí.
La mujer se sonrojo, y una sonrisa se dibujo en su rostro. – Bueno te dejare en una mesa y avisare a Liceh, que seguro que tenéis muchas cosas de las que hablar.
Maria los dejo en una mesa apartada del resto de clientes, fuera del alcance de miradas y oídos curiosos esperando la llegada de Liceh.
Apacen
Apacen se quedo en silencio atento a todos los sonidos, aromas que impregnaban el lugar y las sensaciones que podía captar, intentando imaginar la escena que estaba sucediendo ante su atenta mirada.
Unos minutos más tarde llego Liceh, saludo a Naulë que salio a su encuentro y después colocó sobre la mesa un pequeño objeto envuelto en unas telas.
-Antes de entregártelo, porque no me explicas un poco más de que va todo esto – Dijo Liceh mientras pasaba la mano por el hombro derecho, y el dolor recorría su cuerpo dibujando una mueca de dolor en su cara.
-No me digas que has tenido dificultades en encontrar lo que te pedí, creo que mis indicaciones fueron bastantes claras y precisas, o acaso regentar esta posada te esta oxidando. Respondió Apacen en un tono burlón mientras se recostaba en la silla.
-Sigo siendo el mejor – Respondió en tono tajante, para luego suavizarlo y proseguir - lo que fallan son tus visiones, no hablaban de ciertas trampas, ni de un grupo de mercenarios que rondaban el lugar, antes de mi llegada.
Apacen frunció el ceño, se podía ver en su rostro la preocupación por las últimas palabras de Liceh. Entonces comenzó su relato:
Alguien del consejo en Ost-en-Äel me presento a un grupo de estudiosos y eruditos interesadas en llevar a cabo un proyecto para recuperar los orígenes de nuestro pueblo.
-Y claro no te pudiste negar, la búsqueda de los orígenes de tu gente suele nublar tu juicio, mas que la bebida – Interrumpió Liceh con una sonrisa en la cara.
-Es algo muy importante, somos un pueblo de tradición oral, hemos perdido nuestros orígenes y tengo que hacer todo lo posible por preservar y mantener las tradiciones que aun conservamos. Poco es lo que conocemos de la caída de Algalord, del éxodo, como eran y que hacían nuestros antepasados. Respondió Apacen, en un tono entre la exaltación y la emoción.
Tras una pausa retomo la conversación – Pero tras unas semanas empecé a tener extraños sueños sobre el legado de nuestros antepasados, algo no marchaba bien, deje de confiar en aquellos hombres.
-Y recurriste a mí, pero supongo que no les contarías nada del lugar al que me enviaste. - Interrumpió Liceh.-
Ezel
La nieve crujía bajo sus pies al igual que sus articulaciones, pues el frío penetraba incluso a través de grueso abrigo que llevaba encima.
La callejuela refulgía en perpetuo blanco y solo un cartel medio congelado y desgastado se mecía entre las gélidas ráfagas de viendo que asolaban el desierto blanco.
“El Cuerno de Hielo”
Inmediatamente un recuerdo afloró de su memoria. ¿No era aquella una de las primigenias posadas de Algalord?¿Acaso no era la misma que de mano en mano y de dueño en dueño se había debatido durante años entre la clausura y el auge, la prosperidad y el declive?
<<Todo un caso.>>, pensó para sus adentros la joven, al tiempo que su mano liberada del molesto guante tanteaba el pomo de la puerta. Bastó un esfuerzo mínimo para que cediera dando paso a un aire cálido y sofocante proveniente del interior.
- Buen día. – añadió cortésmente al ingresar.
Apacen
Ajenos a la entrada de la joven Liceh y Apacen seguían discutiendo sobre el asunto que les tenían entre manos, al cabo de un rato Liceh le deslizo el objeto que había encontrado. La excitación se dibujo en el rostro de Apacen, con cuidado desenvolvió el objeto, lo tomo con mucho cuidado y deslizo sus dedos por la superficie del objeto, escudriñando cada agujero, cada borde, estudiando el tacto y la textura, hasta poderse hacerse una idea de lo que era.
-¡Es una mascara! – Exclamo denotando una mezcla de decepción y sorpresa.
-Y muy curiosa, me gusta la forma que tiene de cabeza de lobo – Añadio Liceh sonriendo. – Eso me ha dado alguna idea para organizar una fiesta de mascaras.
- ¿Pero donde esta el libro? –Pregunto Apacen irritado.
-¿Libro?, escucha yo seguí las instrucciones al pie de la letra, encontré el cofre y esto es lo que había en su interior. –Respondió Liceh rápidamente en tono enojando golpeando con las manos la mesa.
Apacen se quedo un instante pensativos, rascándose la barbilla con las manos.
-Perdóname, nunca vi el interior del cofre en mis visiones, y esperaba que hubiera algún manuscrito, pergamino o manuscrito. Dijo ya mas sereno.
-No te preocupes somos dos los decepcionados, yo esperaba algunos objetos de valor, así que a los dos se nos ha quedado cara de tontos – Añadió Liceh en tono conciliador.
Mientras tanto Longuer atendía a la recién llegada, con una ademen la saludo y le invito a entrar a la posada, haciendo sonar una pequeña campana llamo a una de las mesoneras para que atendiera a la joven. Con su voz tosca le invito a que aguardar unos instantes.
Acto seguido la puerta principal se abrió de forma brusca, dejando entrar el viento helado del exterior, poco después aparecieron unos personajes siniestros, embotados en pesadas capas oscuras, tan solo dejando entrever sus ojos. No tuvieron ningún miramiento, ni maneras empujando a la joven hacia uno de los extremos de la pared. Longuer se apresuro a intervenir, pero estaban fuera del alcance del guardaespaldas.
Ezel
Su endeble saludo pareció ahogarse en el abismo de la indolencia ajena.
Por un instante pensó en marcharse, dejar atrás la hostil calidez del lugar y volver a sumergirse en el frío de un atardecer sin sol.
Pero un esquivo murmullo, un ajetreo inusual trizaba la perfección del silencio imperante.
Dos individuos de voces apenas audibles se debatían entre expresiones de desconcierto y decepción. Y de no ser porque por un fugaz instante entrevió un objeto en las manos de uno, habría girado y salido sin más del lugar.
La curiosidad la detuvo.
En tanto, se acercó un hombre de maneras un tanto artificiosas y, le pareció a Ezel, falsamente amables, que le invitó a esperar la atención de alguna atenta muchacha que estuviese de turno en la Posada.
A sus espaldas la puerta se volvió a abrir y un escalofrío recorrió su espina dorsal, mas esta vez la Atani no pudo precisar si era frío o a acaso algo más siniestro lo que provocaba su estremecimiento.
Sin acusar entrega, un manotazo potente la estrelló contra el muro mucho antes que siquiera adivinase el perfil de su agresor. No acertaba en hilar la razón.
Apacen
Como la calma que precede a la tempestad, un tenso silencio se hizo en al posada. Las risas, los cánticos y las discusiones se acallaron. Toda la actividad se detuvo y las miradas se centraron en lo desconocidos.
Apacen se apresuro a envolver la mascara en las telas, y guardar entre sus ropas. Los ojos de Liceh se iluminaron, no estaba dispuesto a tolerar ese tipo de comportamiento en su posada. A grandes pasos se planto ante el portón que dividía la posada del hall impidiendo el paso a los dos hombres, detrás le siguieron Apacen y Naulë
-No saben que esta clase de comportamiento no se permite en este establecimiento. Dijo Liceh en tono autoritario, mientras observaba a la joven abofeteada en uno de los extremos.
-Son palabras muy valientes, viniendo de un ladrón- Dijo uno de los encapuchados – Tienes algo que estamos buscando.
-Esa es una acusación muy grabe, llamar ha alguien ladrón en su propia casa. - Dijo Apacen en un tono conciliador, intentando calmar la situación – till crick – a lo que Naulë respondió situándose entre la joven y los encapuchados.
-Tus palabras no tienen poder sobre nosotros, un ciego y un ladrón no podrán detenernos. – Respondió uno de los hombres en un tono más amenácenles, a lo que los demás hombres respondieron apartando sus pesadas capas y llevando sus manso a la empuñadura de sus espadas.
Liceh respondió de la misma forma, apartando su capa y dejando ver sus dos cimitarras que le colgaban del cinto. A lo que añadió en tono desafíate – Va a ser la pelea mas desequilibrada de las que he vivido, y eso que vivido muchas.
Una gran sonrisa se dibujo en el rostro de Apacen – La verdad es que creo que están más ciegos que yo pues no ven la clara desventaja.
Los hombres soltaron una gran carcajada, que quedo acallada por el atronador sonido del desenvaine de los cuchillos, dagas y espadas de los que allí estaban presentes. Tras ese nuevo movimiento inesperado los hombres cesaron en sus amenazas y se retiraron.
Apacen se acerco a la joven, tendiéndole la mano le pregunto ¿Os encontráis bien?
Ezel
Confusión y pusilanimidad pero por sobre todo desconcierto, llegaron a revolver los ánimos de Ezel.
Todo se mezclaba de abstrusas formas, los hilos se enredaban y la razón perdía sentido para cuando pudo volver a flote la lucidez, tan solo desposada de la indignación.
-¡Claro que estoy bien! – repuso algo malhumorada la hija de hombres, más dulcificó su talante al ver tendida una mano amable que la invitaba a incorporarse.
Por una vez olvidó el orgullo que con obstinación regía sus modales y aceptó el gesto como uno impulsado por piedad sincera. Incluso le dedicó una sonrisa.
Pero bajo su propio abrigo, podía sentir el roce de una daga ceñida al cinturón. El metal templado por el contacto con su cuerpo le recordaba su presencia a cada instante.
No dudaría en usarlo de resultar inevitable, y poco y nada le amedrentaba uno de los hombres en cuestión, que con espada en mano describió figura una elíptica en el aire antes de volver a enfundar el arma.
Sus fríos miembros se cerraron sobre la cálida mano del hombre.
¿Había querido Mandos que su destino se enlazara al de la misteriosa atmósfera del lugar? O acaso aquello representaba una distracción pasajera...
No acababa de entender muchas cosas y con cada segundo las preguntas brotaban multiplicadas en su cabeza. Tantas eran, que no sabía por cual partir.
- ¿Quién sois? – arremetió de pronto.
Apacen
Apacen tomo la mano de la joven, con el leve roce noto, el frío, el miedo y el desconcierto. La tomo con ternura y suavidad, de el no tenia nada que temer, muchas cosas pasaban por la mente de la joven, algunas de ellas podría aportar alguna luz, otras serian rebeladas a su tiempo, y las demás permanecerían ocultas en la marea del tiempo.
Al cabo de unos instantes la joven articulo unas palabras, una simple y directa pregunta ¿Quién sois?
-Donde estarán mis modales, la gente me conoce como Apacen, a Naulë ya la conoces – dijo señalando a la loba – y mi amigo Liceh, dueño de este establecimiento. Respondió Apacen en un tono cordial y amable.
-Por favor aceptad mis más sinceras disculpas, y permitid que os compense de algún modo. –Añadió Liceh.
Sin darle mucho tiempo a reaccionar, la joven se encontró sentada en una de las mesas, frente a los dos hombres, unas camareras trajeron todo tipo de manjares y bebidas, mientras la frenética actividad de la posada se retomaba.
Apacen tomo la palabra, ante la abrumada joven, que no sabía muy bien donde se acababa de meter y si confiar o no en aquellos hombres. Podríamos continuar con las presentaciones, ahora que estamos mas relajado y fuera de las miradas de curiosos, quien sois y que asuntos os traen por estas tierras.
Ezel
En apariencia estaba tan serena como el agua de un estanque, mas sus manos la delataban. Estaba prácticamente estrujando una servilleta. La retorcía solo para volver a estirarla, mientras su mirada vagaba perdida en el tiempo.
Estaba meditando que decir.
De pronto respiró profundamente y clavó una mirada en su interlocutor.
Solo entonces se percató que era ciego.
No supo precisar si aquello la aliviaba o abrumaba, o tal vez las dos cosas.
Por lo menos ya podía estar segura que no estaba viendo su rostro de desconcierto, pero estaba convencida que el temblor de la voz o las manos era mucho más elocuente.
-Me llaman Ezel, aunque sería lo mismo si me llamasen Avariel o Amanišal. – replicó amargamente la joven que detrás de su absurdo nombre clausuraba la puerta al pasado. – Estoy al servicio del Reino.
Acto seguido sacó un anillo de su bolsillo.
Un lobo tallado finamente en plata demostraba la confianza del gobernante, mas seguramente había sido pensado para la mano de un fornido guerrero y no para los delgados dedos de una muchacha. No le quedaba. Que paradoja.
Se lo tendió a Apacen que si bien no lo veía con los ojos, muy seguramente lo describiría con las manos.
Apacen
Apacen estaba tan concentrado en captar las acciones de la joven, que las últimas palabras le pillaron completamente desprevenido.
-¡¡Por todos los espíritus!! – Exclamo – esto si que no me lo esperaba – acto seguido alargo la mano, buscando la de la joven para recoger el anillo.
Rozo suavemente las manos de la joven, acariciándolas levemente para calmarla y recogió el anillo. Mientras retiraba las manos, examino el objeto, sus dedos se deslizaron delicadamente por todos los contornos y rebordes.
-Creo que deberías haber pedido que os ajustaran el anillo, vuestros dedos son más finos y delicados. Dijo Apacen mientras volvía a tenderle la mano abierta con la palma abierta hacia arriba.
Ezel fue a recuperar el anillo, pero cuando casi podía acariciarlo con sus dedos, Apacen realizo un hábil movimiento de manos, con el cual el anillo desaprecio ante la atónita mirada de la joven.
-Pero debéis tener cuidado, habéis entrado al servicio del reino en una época peligrosa e incierta donde es difícil saber en quien confiar – Dijo Apacen en un tono serio e inquietante, intentando captar la atención de Ezel – Donde nada es lo que parece y no siempre uno se puede fiar de sus sentidos – Finalizo Apacen, recostándose sobre la silla.
Ezel se quedo perpleja, ahora estaba completamente desconcertada, instintivamente llevo sus manos hacia los pedazos de servilletas, notando que algo bailaba en uno de sus dedos, dirigió la vista y encontró el anillo.
-¿Estáis realizando alguna misión para el reino en estos momentos? Preguntó Apacen.
Ezel no pudo más que articular un No a lo que un par de ladridos le acompañaron.
-Si Naulë, que nos acompañe – Le respondió a la loba mientras, le acariciaba el cabeza. – Tiene un buen ojo para las personas, y le has gustado desde el principio. –Deberemos partir al amanecer -
Ezel
Por un instante se arrepintió de haber entregado su anillo. Quiso recuperarlo, mas este se evaporó ante sus ojos en una hábil maniobra de Apacen.
Apretó un puño hasta que sus dedos dejaron de recibir sangre y se ruborizó como solo lo hacen los jovenzuelos frente al objeto de sus plácidas desgracias.
Aquello había sido una imprudencia; sin duda alguna.
Cualquiera creería que lo suyo era una inocentada, pero la verdad es que solía ser dueña de una intuición prodigiosa y los méritos que hacían merecedor a alguien, de su confianza, acostumbraban la mediación de años enteros. Esta era simplemente una excepción a la regla.
Su interlocutor se dio además el lujo de reprender su gesto.
Así y todo, cuando volvió a estrangular la servilleta de turno, el anillo reapareció sin mediar explicación.
La siguiente afirmación la apuñaló por la espalda.
¿Estáis realizando alguna misión para el reino en estos momentos?
Esta vez la respuesta fue de maquinal negativa. No se desvivía con elogiar a su propia labor, y si tenía algo encomendado no lo dijo.
Mas las siguientes palabras avivaron su perspicacia, pues sugerían un nuevo panorama para la madrugada siguiente.
Ezel se inclinó hacia delante quedando más cerca del rostro de Apacen y susurró
-Dices que no es bueno tratar con extrañaos...Pues bien, siguiendo tu noble consejo...-comentó con un dejo de sarcasmo-...me rehúso a emprender marcha alguna, ignorante de su propósito. – concluyó parándose de la mesa para dirigirse a un extremo más tranquilo de la posada. De forma implícita le daba tiempo al hombre para que pusiese todas las cartas sobre la mesa.
Era su turno de arriesgar.
Apacen
El duelo había comenzado, Ezel había mostrado sus cartas, era un joven de carácter e iniciativa, sabía lo que quería y no le importaba arriesgar. Apacen sonrío, aquella situación le traía agradables recuerdos de una época pasada pero cercana, cuando aprendía de los ancianos el arte de la negociación, era el momento de poner otra vez en practica todo lo que había aprendido.
Mientras estudiaba la situación una duda asalto su mente, debía revelar la verdad, que tan solo estaba siguiendo un serie de visiones y premoniciones. Sus visiones eran caprichosas, vagas y difíciles de interpretar, pero ahora todo era distinto tenia la mascara, tenía una prueba tangible, algo a lo que aferrarse. Entonces se dijo:
-“El juego es la única pasión comparable o superior al amor, juguemos”- Sintió arder su alma y se levanto, mientras Naulë sentada a su lado se llevaba una de la patas delanteras a la cabeza para tapar sus ojos grises, consciente de lo que iva a suceder.
Apacen se dirigió hacia la mesa de Ezel, captando toda su atención. Poco a poco una sensación extraña invadió a la joven, sabía que algo se avecinaba, quería huir pero. Primero la escena de la posada se detuvo; después las voces, los cánticos se acallaron, para finalmente solo existir ella, Apacen, Naulë y una inmensa oscuridad.
Cuando quiso darse cuenta Apacen estaba frente a ella, un escalofrío recorrió su cuerpo, su mano derecha se poso sobre el cinturón, buscando nerviosamente la empuñadura de la daga. Entonces una voz tranquila, serena se escucho:
-Aquello que debía ser verde fue marrón, no busques razón alguna, eres parte del enigma y parte de la solución. Al amanecer en el exterior de la posada, frente a la perrera.
Entonces Ezel volvió a la realidad, le pareció despertar de un sueño, sus ojos se posaron sobre la mesa de Apacen pero ya no estaba allí. Entonces un destello llamo la atención, sobre su mesa había un anillo. Por un momento pensó que era el suyo, pero algo le llamo la atención este brillaba, lo recogió y lo observo detenidamente: en muchos aspectos era idéntico al suyo: el mismo rostro, la misma pose, pero los ojos eran distintos dos diamantes incrustados.
Ezel
No pasó mucho antes que Apacen decidiese seguirla en su exilio, un par de mesas más allá.
Pero había algo distinto esta vez. No sabía precisar porque, pero un temor reverente la embargó. Un temor que aumentaba con cada paso que acercaba al joven a su lado.
Sintió una angustia irrefrenable propulsada por la debilidad de su conciencia de saberse incapaz de afrontar algo.
No conocía el origen de sus pesares, mas le temía.
Y era un frío cortante, vertical, que ya tanto conocía y que sin embargo aún no lograba definir el que la paralizó.
Cerró los ojos sin saber bien porque y se hundió en la oscuridad.
Su cuerpo adquirió una ingravidez absoluta y pudo imaginar la situación sin verla. Se contemplaba a si misma sentada en la mesa de la posada. Pero la perspectiva no era la suya propia. Era ajena a su cuerpo.
Pudo ver, o tal vez imaginar, a Apacen al frente suyo. Estaba diciendo algo, que no alcanzaba a oír.
En el ente incorpóreo intentó acercársele para captar las palabras, mas este se deslizó fuera del lugar antes que lograse hacerlo.
Entonces volvió a ser conciente de su ser.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba el individuo en cuestión. Los buscó con la mirada como temiendo que fuese otro sueño, mas no lo halló. En su cabeza vagaban ideas extrañas e inciertas. Sentía una extraña urgencia por abandonar la posada. Y una todavía más extraña idea que tenía que ver con ‘perros’, aunque no sabía precisar exactamente que.
Entonces vio el anillo y supo que había sido verdad. Aquel personaje con quien acababa de hablar existía, y no era uno precisamente corriente.
Sus manos ya estaban entumidas, y seguramente las ojeras del desvelo habían comenzado a marcarse en su rostro.
Rogó que posadero le asignase una habitación, pues ya era tarde y las gélidas ventiscas se habían levantado furiosas negando el paso al viajero nocturno.
Debía pernoctar en el lugar.
Las tablas de madera crujían bajo sus pies evidenciando el deterioro sufrido por el lugar tras largo años de inactividad y descuido.
El aire, enrarecido por los hálitos a leña y carbón que despedían las estufas, se mezclaba eficazmente con los vahos de la cocina, el olor de la madera mojada por la nieve y el lodo arrastrado por las botas de los hospedados.
Era un lugar acogedor.
No tuvo que escalar muchos peldaños hasta que el posadero se detuviera delante de una puerta, le tendiese la llave de la habitación y una palmatoria y se marchase sin decir nada.
Al entrar, Ezel no dudó en cerrar con llave tras de si. Luego apagó la vela con un vigoroso soplido y volvió a sumergirse en la oscuridad.
Apacen
La noche avanzaba pausada y relajada. La fuerza del viento aminoraba, y su rígido se acallaba tras los muros de la morada.
En una de las habitaciones Apacen descansaba en la cama, exhausto por el día y por su actuación con Ezel, no tardo mucho en caer sumido en un apacible sueño, pero a medida que la noche avanzaba, su bendición y maldición entro en escena.
Siempre era igual, tan solo podía observar, ver aquello que los espíritus le enseñaban, sin posibilidad de huir o rehusar mirar. Contemplaba la escena una gran ciudadela en las montañas, llena de vida, de vitalidad. ¿Algalord? – pensó, pero pronto ese pensamiento quedo atrás a medida que avanzaba por la visión.
La ciudadela se vio sumida en una total oscuridad, las gentes corrían de un lugar a otro, buscando refugio, entonces alcanzó a escuchar las palabras de un hombre, o quizás eran sus pensamientos:
”llevo la carga de decidir entre lo que esta bien y mal, hay que tomar una decisión, debemos atravesar las puertas de fuego, alguna vez volveremos, que nos espera …” - Entonces pudo distinguir al hombre, bestia una armadura completa y en su mano derecha blandía una gran espada – Guerrera se pregunto Apacen-
“¡¡ Seguidme !!! Atacaremos!!!! “ – fue lo ultimo que alcanzo a escuchar antes de sumirse de nuevo en la oscuridad, hasta aparecer delante de un gran portón, la duda y el miedo se apoderaron de Apacen – Era aquella la puerta de fuego, debía cruzarla – Se armo de todo el valor que pudo reunir y avanzó hacia el portón, con fuerzas empujo y para su sorpresa el portón cedió con facilidad:
“ La oscuridad eterna, será este nuestro destino, en la noche eterna, destruido y desértico, un imperio sin luz.” Así describió Apacen lo que vio a través de la puerta.
¡Ferith Ar-Karáh! – Grito mientras se agitaba en la cama -, Ferith Ar-Karáh – Volvió a pronunciar aquel nombre - Ferith Ar-Karáh – después despertó, empapado en su propio sudor. Tardo unos segundo en recuperar el aliento, Naulë acudió a su lado para consolarle, Apacen alargo la mano y acaricio el suave pelaje de la loba.
Cuando se hubo recuperado noto como el sol calentaba su cara. El amanecer había llegado tenia que darse prisa, se vistió rápidamente, tomo su y bastón y se de dirigió a la perrera a preparar el trineo.
Ezel
Ezel se sobresaltó al oír el tanteo de un bastón a su lado.
No había oído la entrada Apacen a la perrera, ensimismada como estaba.
A penas despuntó se había apresurado en bajar. Siempre era puntual en lo que prometía.
Ahora estaba de rodillas en el suelo y un pequeño bulto reposaba en su regazo, acariciado acompasadamente por la mano de la muchacha.
-Ha nacido ayer. – comentó de paso cuando Apacen estuvo más cerca, y no tuvo dudas que el joven sabía de que se trataba. El chillón lamento de un cría de perro era inconfundible.
Guardó silencio esperando algún indicio en cuanto a la rutina a seguir.
Gmork
Podía percibir los aullidos de un joven cachorro. Una nueva vida había llegado a ese lugar. Su olfato le daba la situacion de la criatura y sonriente entró en la perrera. Allí habían otras dos personas, con el cachorro en los brazos de la muchacha.
- ¿Puedo verlo? -preguntó.
- Claro señor...
- Elric, aunque mis amigos me llaman Gmork.
Con el cachorro entre las manos notó el pulso de su maldición. Un temblor recorrió su espinazo y sonrió dejándolo en el suelo. \"Es una buena bestia. Se hará bastante grande\". Entonces mostró a Apacen el anillo y añadió: \"Necesito información. Por favor\"
Apacen
Apacen siguió de frente hasta situarse a la altura del hombre, entonces le dirigió unas palabras:
-Lo lamento caballero, no puedo ofrecer respuestas a preguntas que desconozco. – y prosiguió su camino sin inmutarse, Después volvió le dirigió unas palabras a Ezel.
-Ezel prepárate, nos dirigimos hacia las ruinas de Ferith Ar-Karáh. Necesitaras ropa abrigada, pues cruzar el Aeglos no es tarea sencilla, pero con Naulë, unos buenos perros y un buen trineo será más llevadero.
Ezel
Elric o Gmork, daba igual.
Ezel seguía recelosamente con la mirada cada uno de sus movimientos. Cundía la desconfianza.
Ni su contextura, ni su rostro, tampoco los trajes negros; era otra cosa la que sin embargo no lograba identificar, la que le mantenía alerta a cerca del recién llegado.
En breve Apacen surgió para urgir la partida, y ella, sin saber porque automatizó la premisa y se dispuso a guardar los abrigos y resto de bártulos necesarios para el viaje.
Su inconsciente la había traicionado otra vez.
En principio tenía pensado interrogarlo cuando menos, a cerca del lugar de destino, del objetivo del viaje, y como no, pretendía enterarse de quien era realmente aquel que por lo pronto se perfilaba como compañero suyo.
Y sin embargo guardó silencio. Ya tendría la oportunidad de acribillarlo con sus interrogantes.
Apacen
Muchas dudas y preguntas asaltaban la cabeza de Apacen, por unos instantes la cordura y la razón volvieron a la mente de Apacen, recapacito sobre su actuación. Había dejado helado extranjero con sus palabras, y se había mostrado poco cortes con Ezel.
No había mucho tiempo para cortesías, los espíritus se volvían a manifestar; primero fue cerca de Sor-Kanor, donde envió a Liceh, y ahora las ruinas Ferith Ar-Karáh se revelaba como su nuevo destino, pero hacia donde se dirigía y porque, esas preguntas sin respuesta le atormentaba, tan solo se podía aferrar a su fe en los espíritus.
Una voz familiar le saco de su ensimismamiento, justo a tiempo antes de verse arrastrado hacia una espiral de preguntas sin respuestas, aquellas a las que su don y maldición le arrastraban continuamente, La lucha por mantener la cordura, por soportar la carga que le había sido impuesto. – Algún día me será revelada – se dijo para tranquilizarse.
-Alegra esa cara hombre – Mientras depositaba la mano sobre el hombro de Apacen - todo esta preparado tal como deseabas, tu trineo y mis mejores perros, - Dijo Liceh sonriente y eufórico.
-Gracias amigo, no se que haría sin ti – Contesto Apacen, intentando dibujar una sonrisa en su rostro, y suavizando su tono.
-Ser un buen consejero, permanecer en la capital atendiendo asuntos de importancia, sentado junto a momias, enterrado en toneladas de papeleo. Los dos hombres dejaron escapar una carcajada, aliviando así la tensión.
-¿ Pero quien va a conducir el trineo? – Pregunto Liceh. – Recuerdas lo que paso la última vez no..
El rostro de Apacen se arrugo, para después dejar salir un resoplido. Para tu tranquilidad será Ezel quien se encargue de esa tarea, yo le enseñare. Puedes ayudarle a traer sus cosas hasta aquí.
-Bueno tu sabrás lo que haces, pocas veces te equivocas ... Respondió Liceh.
-Y las que me equivoco estas tu/yo para recordarmelo – Dijeron ambos hombres a la vez para luego soltar un par de carcajadas.
Mientras Liceh iva a buscar a Ezel, Apacen cogió la capa que tenia sobre el trineo. Hecha de piel de oso se la puso por la espalda, se ajusto el broche al cuello y después se ajusto la capucha a la cabeza, que tenia la forma de una cabeza de oso. Cualquiera que lo viera de lejos pensaría que era un oso.
Ezel
Con la sola idea de tener que llevar las riendas del trineo, los ojos de Ezel se abrieron descomunalmente.
-Yo...no...- comenzó a balbucir, mas se detuvo. Debía mantener la cordura. Por un momento había olvidado que Apacen no estaba en condiciones de maniobrar a los perros, aunque estaba segura que el joven les generaba mayor empatía.
Era oriunda de tierras más cálidas, por ende se manejaba de maravilla sobre un corcel, pero aquello era completamente diferente.
Sin embargo, haciendo gala de su buen humor y levantando los hombros resignada, dejó escapar una sonrisa autocompasiva.
No tenía otra oportunidad más que aprender las reglas de oro del maniobre, en poco más que un par de horas, si es que no menos.
Cuando hubo trasladado sus pertenencias al lugar indicado con la amable ayuda de Liceh, se acercó a Apacen con ganas y disposición de aprender.
Solía ser entusiasta, y más aún, si la meta en cuestión representaba un desafío.
[Editado por arantxa el 20-05-2006 22:40]
Apacen
-Vamos a empezar tu clase, ¿Estas preparada? – Preguntó Apacen.
A lo que Ezel respondió con un energético – Sí –
Una sonrisa se dibujo en el rostro de Apacen, a modo de aprobación por el entumíamos de la joven.
-Perfecto, empecemos la lección. – Apacen se dio la vuelta mirando al trineo, mientras le hacia señales con la mano derecha, indicándole que se acercara. – A mi derecha se encuentran los perros que tiraran del trineo, Naulë será el perro guía o líder del grupo, los otros seis perros le seguirán, cada uno de ellos tiene una función especial pero no hace falta que entremos en detalle. ¿Entendido? – Apacen dejo la pregunta en el aire, sin esperar respuesta de la joven, la tomo del brazo y se dirigió hacia el trineo.
-Este es el trineo, la cesta a sido modificada, es un poco más grande lo habitual, normalmente se utilizan para transportar mas carga, o alguna persona herida, yo ocupare ese lugar, así que manéjalo con cuidado, después de este viaje me gustaría poder sentarme, en menos de una semana si es posible – Bromeo Apacen – La cesta va montada sobre los patines, que son los dos tablas de madera que hay cada lado del trineo; por la parte delantera acaban en forma de arco unidos a la cesta por el Brush, y por la parte trasera sobresalen medio metro, aproximadamente.
-¿Y yo? – preguntó Ezel.
-Tú lugar será el del Musher – Apacen se adelanto y se coloco detrás de la cesta, ayudado por las manos tanteo el trineo. Coloco un pie en cada lado del trineo sobre los patines, y se agarro con fuerza al pasamano que sobresalía de la cesta por la parte posterior. – Ven aquí a probarlo – Le pidió Apacen, mientras retrocedió unos pasos para dejarle espacio.
Ezel se acerco y se coloco entre Apacen y la cesta. Una vez que estuvo colocada, Apacen se aproximo y extendió sus manos, buscando donde las había colocada Ezel sobre el pasamanos – Tendrás que agarrarte con fuerza, sino quieres caerte, al igual que colocar bien los pies sobre los patines - ¿Entendido?
-Sí – respondió Ezel algo desconcertada –
-Ahora mira hacia abajo, ¿ves una pequeña palanca situada en el centro? justo debajo de la cesta, es el freno cuando aya que frenar písala.
-Ya ahora pasemos a lo mas divertido, di “Adelante” con convicción le susurro Apacen.
Ezel obedeció, y de sus labios surgió un ¡ Adelante! – Algo efusivo, a los que perros obedecieron y se pusieron en marcha, el trineo dio un leve tirón, que sorprendió a Ezel.
-Te dije que te agarras bien- Le soltó Apacen, en un tono burlesco, como si ya subiera lo que iva a pasar.
-Gee , grito Apacen – mientras se inclinaba a la derecha, los perros obedecieron y comenzaron a girar a la derecha, - Recuerda bien esta palabra, te permitirá girar a la derecha.
- Haw , volvió a gritar Apacen – mientras se inclinaba a la izquierda, esta vez los perros giraron hacia la izquierda.
- Para girar a la izquierda, se apresuró a contestar Ezel,
- Pisa el freno, - Le dijo Apacen – De inmediato pulso la palanca – al tiempo que Apacen gritó Whoa! , Así podrás parar el trineo.
Ezel
Incorporaba las órdenes sucesivas esperando recordarlas en el momento que fuese necesario, pero algo le decía que vociferar de memoria un par de vocablos mecánicos no bastaba para controlar a la jauría.
Aún cuanto hasta el minuto tan solo había estado practicado, a Ezel le dolían las manos por la fuerza con que se había aferrado al trineo cuando de pronto los perros habían respondido a su elocuente ‘adelante’.
A penas emprendieron el viaje, el blanco cegador de la nieve hizo que se llevara instintivamente el antebrazo a la altura de los ojos.
Pronto sintió subir el rubor a sus mejillas, propiciado por las lacerantes ráfagas de viento y el sol reflejado en el impoluto desierto blanco.
- ¿Tienes un mapa a mano? O bueno...algo...en fin, ¿sabes por donde vamos? Porque como dependa de mi guiar la empresa, nos perdemos seguro...soy tan ciega como tú, en este que no es mi lar.– comentó algo preocupada Ezel.
Hathol Karkar
Había pasado ya medio día y los dos viajeros seguín su camino...aunque no sabían muy bien cuál era. Avanzaban con rumbo al norte, pero lo hacían muy lentamente, ásí se aseguraban no desviarse del rumbo, pero era también como si se resistieran a avanzar más deprisa, como si quisieran el viaje todo lo posible...como si quisieran evitar su destino.
El paisaje era muy monótono, completamente nevado, una gran llanura nevada, salpicada aquí y allá con pequeños riachuelos y embalses helados, y de vez en cuando algún promontorio no muy elevado, a resguardo del cual, Apacen y Ezel, aprovechaban para descansar. La noche estaba a punto de llegar, y con ella una bajada más acusada de las temperaturas. Apacen y Ezel buscaron refugio al amparo de una colina algo ahuecada en una de sus caras e intentaron encender algo de fuego, cosa harto difícil en esas circunstancias, pero que gracias a la perseverancia, por no decir tozudez (:P) de Ezel consiguieron.
El sol proyectaba ya su último rayo en aquél paraje nevado e inhóspito, y Apacen y Ezel estaban en silencio, sentados junto al fuego, observando el crepitar de las llamas. no habían intercambiado palabra desde casi el inicio del viaje, parecían los dos inmersos en su mundo interior, incapces de comunicarse con el otro. Entonces, de repente, el pelaje de Naulë se erizó. Inmediatamente se puso en pie, vigilante. \"¿Qué ocurre Naulë?\" -inquirió Ezel- \"¿Qué has notado?\". \"¿Tú también lo has notado, Naulë?\" -dijo Apacen. Entonces, dirigiéndose a Ezel, explicó: \"Hace ya un buen rato que tengo la sensación de que nos siguen, de que algo o alguien nos sigue, y que ahora está a punto de alcanzarnos\".
Entonces, de la parte de arriba de la concavidad escucharon una voz: \"Vaya, vaya ¿qué tenemos aquí? ¿Dos viajeros que andan perdidos en esta tierra inhóspita, tan lejos del mundo civilizado?\". Inmediatamente Ezel echó mano del puñal y se puso en pie como un resorte. \"Yo de ti no lo haría pequeña\" -dijo la voz. \"¿Se puede saber qué haces? -espetó Ezel a Apacen- ¿Por qué no te pones en guardia? Podrían ser varios...\". Apacen, después de oír aquella voz había mudado el semblante, ahora exhibía una media sonrisa en su rostro, como si aquello no fuera con él, incluso parecía divertirse con el nerviosismo de Ezel. Incluso Naulë, la loba, se había vuelto a tumbar junto al fuego. En ese momento la silueta de un hombre apareció frente al fuego.
\"Buenas noches señores, ¿me dejan calentarme junto a este fuego en esta noche tan fría?\" -dijo. Y se sentó tranquilamente ante la atónita mirada de Ezel, que aún estaba de pie con el puñal en la mano, y la aparente indiferencia (e incluso complicidad) de Apacen y Naulë. Era un hombre alto, de cabellos dorados y profundos ojos azules, de rostro anguloso y proporcionado. Vestía un manto largo de lana negro, y debajo se le adivinaba una cota de malla y una sobrevesta marrón, y una espada ceñida al cinto con una peculiar empuñadura, llevaba también un escudo de hierro con un extraño emblema dibujado, que dejó junto a él en el suelo, junto con un yelmo y un pequeño arco con un carcaj. \"Vaya, Hathol, parece que has asustado a mi compañera de viaje\" -dijo Apacen al extraño- \" No pensé que fueras a ser tú el que nos siguiera\". \"Liceh me relató este medio día vuestro peculiar encuentro en su taberna y me explicó el rumbo que habíais tomado\" -dijo Hathol- \"Y pensé que quizá necesitarais ayuda en lo que sea que se supone que estáis emprendiendo. \"¿Conoces a este hombre, Apacen?\" -preguntó Ezel. \"Es un hombre de mi compañía\" -dijo Apacen- \"Hace poco que ha entrado en ella y le estoy instruyendo en sus deberes, lo que no sabía es que también tuviera esta capacidad de iniciativa\". Apacen dijo esto con un deje de maliciosidad e ironía, pero también gratamente sorprendido y complacido, pues el viaje se presentaba duro y complicado, y siempre venía bien contar con otra espada en aquél paraje helado.
\"Bueno, durmamos un poco, que mañana hay que proseguir el viaje\" -dijo Apacen- \"Será mejor que nos turnemos para las guardias. Hathol, como has sido el último en llegar serás el primero en hacer la guardia\".
Ezel
Difícil le era decidirse a Ezel entre la rabia y el desentendimiento.
Sus ojos proyectaban iracundos el brillo de las llamas. Odiaba no manejar la situación, y detestaba aún más los tratos licenciosos de parte de aquellos quienes aún no suscitaban su confianza.
En uno de sus modales más típicos, apretó tanto el puño, que la sangre dejó de irrigar su pulgar.
No tenía planeado divertir a nadie con su obrar.
Enfundó el puñal con aún más cólera que antes y se sentó junto al fuego.
Le guardaba rencor a Apacen por no haberle ahorrado el mal rato. Si desde un principio le hubiese dado una señal de hacia donde se dirigían, o bien le hubiese confiado que había más personas involucradas en el asunto, las cosas habrían sido diferentes.
Ezel se sumió en un obstinado silencio, pues en realidad con la siguiente escala en un lugar habitado pensaba despedirse de la compañía.
Apacen
Hathol realizo la primera guardia, después fue el propio Apacen quien se encargo de velar por el sueño de los dos compañeros, permitiendo que descansaran toda la noche; La noche transcurrió sin incidentes destacables, mas que el regir del viento y el aullido de un lobo solitario.
A la mañana siguiente un aroma peculiar los despertó, el olor a café recién hecho y algo de carne asada que provenía del exterior. Cuando Hathol y Ezel salieron al exterior encontraron a Apacen y Naulë jugueteando en el exterior, revolcándose por la nieve virgen y correteando de un lugar a otro.
Tras ver a los amigos Naulë se acerco corriendo, y comenzó a dar vueltas alrededor de Hathol y Ezel, dando saltos y moviendo la cola.
-Buenos días- Saludo Apacen, mientras se aproximaba a ellos – Bienvenidos a mis dominios – Dijo extendiendo los brazos – Muchos lo llaman el desierto de hielo, un lugar muerto, sin vida aparente, donde mires donde mires solo ves un manto blanco y el reflejo cristalino del hielo, podréis considerarlos que son más ciegos que yo.
Después hizo una pausa y se giro en dirección nord-este, señalando con el brazo derecho en esa dirección: sentid el viento que proviene de ese lugar, donde se observa el cielo grisáceo, es el trono de hielo, allí reposan los restos de Dargor nuestro héroe y salvador, y a su lado el yace sin vida el cuerpo del dragón S’ssra, pero jamás os acerquéis, pues ese lugar esta azotado por tormentas perpetuas de hielo, granizo y hielo, - Cambiando a un tono mas amargo, apacen continuo el discurso – Mi precio, la noche eterna, otros han perdieron la vida.
-Pero nuestro destino es otro, las ruinas de Ferith Ar-Karáh, al norte de la capital, en las faldas de las Montañas de la nieve perenne. Comer algo ahora, y recuperar fuerzas, nos espera un largo camino, lleno de lecciones, algunas os la enseñare yo, otras vosotros a mi, y las demás las aprenderemos juntos durante el viaje.
Hathol Karkar
Ezel y Hathol se sentaron junto al fuego a comer...bueno, mejor sería decir que fue Hathol el que comió, ya que Ezel parecía estar demasiado desconcertada por todo lo ocurrido como para dar un bocado a la carne que había preparado Apacen, y sólo tomó una taza de café. Sin embargo, Hathol sí devoró con avidez dos grandes trozos de carne de la olla que pendía sobre el fuego, y también tomó una taza de humeante café. Después, con el estómago lleno, se pusieron de nuevo en camino: Apacen y Ezel en el trineo tirado por Naulë, y Hathol en su caballo marrón, que llevaba por nombre Beren, en honor a un héroe legendario, de tiempos inmemoriales, de la tierra de dónde provenía Hathol, el lejano Oeste.
La marcha era lenta y pesada, dificultada sobremanera por la espesa capa de nieve que cubría el piso e impedía el avance cómodo del caballo de Hathol, pero no así del trineo donde iban Apacen y Ezel, que iban unos metros por delante de Hathol.
\"¿Se puede saber qué te propones?\" -espetó Ezel a Apacen- \"Todo esto me tiene muy desconcertada, no sé ni a dónde nos dirigimos ni porqué\"
\"Nos dirigimos a las ruinas de la fortaleza de Ferith Ar-Karáh\" -respondió Apacen- \"Pero eso ya te lo he dicho esta mañana, no obstante, no puedo revelarte el motivo de este viaje...al menos de momento. Lo siento\".
\"Bueno, tú sabrás lo que haces\" -dijo Ezel- \"Pero no cuentes conmigo para participar en este sinsentido. Si no puedes contarme el motivo del viaje es porque escondes algo, y si escondes algo no puedo confiar en ti. Así que he tomado una decisión: os dejaré en el próximo lugar habitado y volveré a Ost-En-Aël\".
\"No puedes\" -respondió seriamente Apacen- \"Tu destino quedó marcado cuando decidiste acompañarme, allí en la posada. Además...ya no hay \"ningún sitio habitado\" entre nosotros y Ferith Ar-Karáh\".
La cara que puso Ezel en ese momento expresaba muchas cosas a la vez: indignación, rabia, abatimiento, desconcierto, incomprensión...pero sobre todo incredulidad. No se podía creer que no fuera dueña de su propio destino y que no pudiera hacer nada por cambiarlo, siquiera controlarlo. Durante lo que quedaba de día, Ezel, no volvió a abrir la boca.
Hathol Karkar
Al cabo de varios días de viaje, una mañana fría como pocas en ese páramo helado, Apacen se mostraba más taciturno y pensativo de lo normal, al igual que Naulë, la cual ya no corría y se revolcaba en la nieve, sino que se mantenía al lado de su amo, como si le amenazara un peligro y quisiera estar cerca de él.
\"Bueno, creo que hasta aquí he llegado\" -dijo, apesadumbrado- \"mi viaje concluye aquí.\"
Ezel y Hathol se giraron hacia él rápidamente, incrédulos ante las duras palabras de Apacen.
\"¡¿Cómo?!\" -dijeron al unísono.
\"No puedes hablar en serio\" -dijo Ezel- \"No puedes abandonarnos ahora\"
\"Será una broma, ¿no, Apacen?\" -dijo Hathol, sin acabar de creerse las palabras de su amigo.
\"Hablo muy en serio\" -prosiguió Apacen- \"Ya no so voy a acompañar más, he sentido una llamada lejana, me reclaman en otro sitio, aquí ya no me necesitáis\"
\"Por supuesto que te necesitamos\" -respondió Hathol, que ahora ya empezaba a creer las palabras de Apacen- \"Eres nuestro guía, tú iniciaste este viaje, sin ti no sabremos hacia dónde ir\"
\"Además\" -dijo Ezel, con rabia- \"tú conoces el propósito de esta marcha. Sabemos que vamos a las ruinas de Ferith Ar-Karáh, pero no sabemos porqué, en cambio, tú sí lo sabes...\"
\"No temáis\" -dijo Apacen con suavidad, tranquilizando a sus dos compañerops de viaje- \"Encontraréis todas las respuestas en vuestro camino, lo sé. A mí también me duele dejaros, pero debo hacerlo, mi presencia se requiere en otro sitio. Aunque ahora esteis perdidos y lo veais todo envuelto en tinieblas, pronto encontrareis vuestro camino de nuevo, os lo prometo.\"
Y dicho esto, Apacen dio media vuelta y lentamente empezó a caminar, rumbo a no se sabe dónde, sintiendo las miradas incrédulas de Ezel y Hathol clavándose en su espalda, mas no se giró. Mientras tanto, Ezel y Hathol aún no salían de su asombro y no reaccionaban ante la marcha de Apacen. Finalmente, fue Hathol el que rompió el silencio.
\"Bueno, se ha marchado\" -dijo- \"Le conozco lo suficiente como para saber que no ha sido una decisión fácil la que ha tomado, se va por necesidad, y hay que respetarlo.\"
\"Pero...\" -empezó a decir Ezel, pero de repente calló y bajó la mirada a la nieve.
\"Ahora debemos decidir qué hacer nosotros\" -dijo Hathol con decisión- \"Yo, por mi parte, seguiré la marcha hacia las ruinas de Ferith Ar-Karáh, ya que ése es el deseo de Apacen, y también el mío, ya que quiero averiguar qué se proponía mi amigo con este viaje. Ahora quiero saber qué harás tú. ¿Me acompañarás?\" -dijo, mirando a Ezel.
Ezel levantó la vista, y siguió con ella los pasos de Apacen, que se perdían en la nieve, entonces, se giró hacia Hathol y respondió.
Ezel
El gélido viento del norte se colaba entre sus abrigos haciéndola estremecerse de vez en cuando y sin embargo sus mejillas estaban más rojas que de costumbre.
A lo mejor la sola ira que despedía su mirada, o tal vez la fuerza con que apretaba los dientes para impedir el flujo natural de improperios que se le venían a la cabeza, era la que desataba aquel estado febril, pero lo cierto es que no tardó en templar la conciencia iluminada por un súbito haz de verdad.
Algo semejante a una sonrisa iluminó su rostro, pero iba cargada de sarcasmo e hizo que su voz brotase emulando un susurro.
-¡Vamos Hathol, creo que no hace el suficiente frío como para que hayas dejado de razonar! - le interpeló con crudeza Ezel, que disfrutaba el desquite.- Mira, Apacen necesitaba a alguien que lo condujese hasta Ferith Ar-Karáh, pues no creo que hayas dejado de notar que es ciego, más aún si dicen ser amigos. Por eso era yo su compañía. Alguien lo suficientemente insensato para embarcarse en una empresa sin saber nada de la misma, a quien enseñó a maniobrar el trineo de modo que lo transportase sin muchos peligros. – declaró con sorna flagelando su propia autoestima. - Pues bien, más vale que le demos alcance antes que se aleje demasiado, y por supuesto...antes que podamos lamentar algo más que una ausencia momentánea.
Dicho esto comenzó a caminar a paso seguro y decidido mientras dejaba sus improntas en la nieve inmaculada.
Hathol Karkar
Hathol se había quedado helado, no sólo por el frío reinante en aquel paraje, sino sobre todo por las palabras de Ezel. No podía creer como aquella jovenzuela que apenas acababa de conocer hacía unos días era capaz de juagar con él de esa manera y de dejarle absolutamente desconcertado. La intención de Hathol, después de la marcha de Apacen, era continuar hacia las ruinas de Fertih-Ar Karáh, aunque fuera solo, para averiguar cuál era el motivo por el que Apacen quería llegar allí, pero, sinceramente, esperaba que Ezel le acompañara. Así que, cuando Ezel echó a andar tras los pasos de Apacen, Hathol se quedó unos minutos inmóvil, dejando que el viento helado penetrara en su mente y se la despejara, ya que realmente no sabía qué hacer. Tenía dos opciones, o continuar solo el camino hacia Ferith-Ar Karáh, o... ¿Cuál era la segunda opción? Hathol conocía bien a su amigo, sabía que cuando tomaba una decisión ésta era irrevocable, que nada le haría cambiar de opinión, si él era requerido en otro sitio él sabría porqué, no tenía que dudar de las decisiones de Apacen. Entonces tomó la decisión y, lentamente, echó a andar tras los pasos de Ezel y Apacen, cuyas huellas se iban perdiendo en la nieve.
Ezel
No llevaba ni un par de metros recorridos cuando oyó que Hathol la seguía. De cierto modo se alegraba de no tener que viajar sola, pero por otro lado odiaba significar una carga para otros.
Detuvo la marcha y esperó tener al hombre cerca nuevamente de modo que no tuviese que gritarle.
- Mira, si me sigues por mero caballerismo, puedes dar media vuelta y marcharte. – le dijo, pero ahora era sincera, y su voz tranquila y melodiosa no albergaba ningún dejo de ironía. - No te sientas obligado a acompañarme...- concluyó sonriendo Ezel.
El frío de la mañana recrudeció durante el mediodía y el sol no resultaba más que una contradicción.
Ezel no podía sentir sus propias manos y ni hablar de la abulia que le causaba el solo pensar en dar un paso más a través del níveo paisaje. La articulaciones de los dedos a penas se plegaban para dar movilidad a los mismos y ni siquiera la pletórica arrogancia con que solía caminar respondía a la costumbre.
Entonces, por primera vez desde que saliera de la posada, la invadió la duda.
Comenzó como un hilo de incertidumbre que laceó las bases de todo cuanto creía cierto y continuó tejiéndose hasta asfixiar el último vestigio de seguridad.
Hathol Karkar
\"No te digo por caballerismo\" -le dijo Hathol, muy serio- \"ni por compasión, ni por nada de eso. ¿Pero acaso piensas que voy a dejarte ir sola tras Apacen en este desierto de hielo? Además, sus huellas se irán borrando a causa del viento y ya no podrás seguirlas, y no conoces estas tierras lo suficiente...pero yo sí. Me necesitas Ezel.\"
Ezel escuchó a Hathol todo el tiempo con la mirada perdida en el horizonte, sin mirarle, era como si no estuviera allí, en aquel lugar y en ese momento, como si no fuera ella la que estuviera viviendo ese momento..como si fuera una mera espectadora de su vida. Entonces comprendió que Hathol tenía razón, muy a su pesar, pero tenía razón. No podía seguir sola por aquel paraje helado, y aquello la desconcertaba, se había acostumbrado a no depender de nadie para sacar adelante su vida, pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no podía seguir sola.
\"Pero no quiero ser una carga para ti, Hathol\" -le respondió con una voz que pretendía ser firme- \"No lo soportaría...\"
\"No te equivoques\" -le espetó Hathol, con frialdad, pero enseguida cambió el semblante por una sonrisa sincera y prosiguió- \"Yo no voy a cargar contigo, si hemos de seguir juntos el camino nadie cargará con nadie, colaboraremos, y los dos velaremos el uno por el otro. Ésas son mis condiciones...¿las aceptas?\"
Ezel se volvió a quedar absolutamente desconcertada, y miró a Hathol fijamente. Aquel hombre que al principio le había parecido arrogante y que la había tratado como si fuera una niña se le aparecía ahora tratándola de igual a igual, pidiéndole que colaboraran juntos para seguir el camino, que cuidaran el uno del otro.
\"Entonces...¿qué hacemos? -preguntó, con voz entrecortada, fruto de su propio desconcierto
\"Pues...\" -empezó a decir Hathol con decisión, pero enseguida bajó la mirada y prosiguió con voz abatida- \"...sinceramente, no lo sé. ¿Qué es lo que sugieres tú?\"
\"Bueno\" -respondió Ezel, ahora ya con una voz firme y decidida, que no albergaba ya ninguna inseguridad- \"Mi intención era alcanzar a Apacen y acompañarle hasta donde quiera que fuera, pero parece que eso no va a ser ya posible, y regresar a Ost-En Äel no me parece apropiado ahora que estamos aquí. De modo que sólo nos queda una opción.\"
\"Seguir hacia las ruinas de Ferith-Ar Karáh\" -dijo Hathol, más animado- \"Sí, yo también creo que ésa es la única y mejor opción que nos queda. Quiero averiguar de una vez por todas porqué ese interés de Apacen en ir a aquella ciudad muerta, qué es lo que le atrajo a tomar este rumbo.\"
Entonces, los dos compañeros dieron media vuelta y pusieron rumbo a las ruinas de Ferith-Ar Karáh, otra vez. Ezel ya se sentía mejor, las dudas y la inseguridad la habían abandonado, ahora ya volvía a ser la misma muchacha independiente y segura de sí misma de antes. Se arrebujó en su capa y siguió caminando con una media sonrisa en sus labios. Hathol, por su parte, estaba satisfecho, había conseguido convencer a Ezel de que no siguiera a Apacen, de que respetara la decisión de su amigo, una decisión que él tampoco comprendía, pero que sabía que tarde o temprano acabaría por entender. Además, tenía mucha curiosidad por explorar las ruinas de aquella ciudad, antaño una de las más importantes y hermosas de aquellas tierras, de modo que ató bien el cordón de la capucha de su capa, que le cubría el rostro y siguió caminando junto a Ezel.
Pronto, el viento helado de aquel paraje arreció, y las huellas de los dos caminantes se fueron borrando paulatinamente, de modo que ya su camino no tenía vuelta atrás. Ezel y Hathol se fueron perdiendo poco a poco en el horizonte de hielo, un horizonte que les abría un nuevo camino hacia las ruinas de la antigua ciudad de Ferith-Ar Karáh.
Apacen
La separación había entristecido el corazón de Apacen, se sentía algo abatido y desorientado; pero los espíritus reclamaban su presencia, y debía acudir.
Antes de que Ezel y Encalion se percataran Apacen y Naulë no eran más que dos pequeñas motas oscuras en la inmensidad de aquel desierto helado y blanquecino. Con paso firme y seguro avanzaron durante todo el día a través del hielo y la nieva, empujados por un fuerza extraña que los guiaba hacia el trono de hielo.
Cada paso que daban los acercaba más al peligro; Apacen les había advertido del peligro de acercarse demasiado a aquella zona, la misma advertencia que le hicieron a él, pero que también ignoro, tan solo esperaba que ahora le hicieran caso.
Dos días después de su separación, Naulë se detuvo bruscamente
.
-“Yo también lo siento, los lamentos de todos aquellos que intentaron alcanzar el trono de hielo antes que nosotros, ellos acabaron de forma trágica, pero su deseo de victoria perdura en este en valle helado. Ahora su orgullo nos acompañara.”
Ahora solo les faltaba cruzar Till dagmar , y al final, envuelto en una tormenta de energías mágicas perpetua, se elevaba majestoso el trono de hielo.
Apacen se deslizo con cuidado por la pendiente, hasta alcanzar el valle, después presta le siguió Naulë; Así comenzó la última etapa de su viaje, la que les llevaría al corazón del trono de hielo.
Ezel
Llegado un punto de la travesía, el buen tino clamaba a voces detener la locura. El clima se hacía cada vez más hostil y el camino más irregular.
No habría podido explicar porque, pero Ezel se hallaba inquieta. Estaba atenta a todo indicio de algo anormal.
Algo flotaba en el aire; una advertencia.
Pero alertar a su compañero le pareció una imprudencia, y más que nada porque siempre se había negado a creer en las corazonadas. Incluso en las propias.
Aún así un ente incorpóreo de su propio instinto taladraba su cabeza.
Miró de reojo un par de veces a Hathol, para constatar cualquier cambio en su talante. Nada.
Pero claro, él sabía a que se enfrentaba; ella en cambio, sumida en la cómoda ignorancia del extranjero, desconocía las leyendas que se tejían entorno a Ferith-Ar Karáh.
A pesar de todo, mantuvo la contundencia de su paso.
Hathol Karkar
La ventisca arreciaba, el viento frío de la helada llanura se les metía por todos los rincones del cuerpo hasta llegar a los huesos, habían llegado a un extremo en el que ni la más gruesa de las capas les protegía del intenso frío y del azote del viento. Los dos viajeros, Ezel y Hathol Karkar, caminaban encorvados hacia adelante, intentanto que la nieve y el viento nos les golpearan la cara, o quizás era que preferían no ver más allá de sus pasos, no ver el horizonte que les aguardaba. Hathol caminaba delante de Ezel, intentando que su corpulencia, mayor que la de aquélla, le tapara algo de la ventisca que les azotaba en aquellos momentos.
Hathol observó que había una roca, no muy grande, a un lado del camino, se giró con dificultad hacia Ezel y le gritó:
\"¡Creo que esa roca nos puede dar algo de cobijo esta noche!.\"
A lo que Ezel respondió con un suave balanceo de su cabeza...o eso le pareció a Hathol. Cuando llegaron a la roca se sentaron, apoyando sus espaldas en ella, no era muy grande, tan sólo dos o tres cabezas más que ellos, pero era bastante ancha y se podían apoyar con comodidad. No obstante, la única diferencia entre eso y el viaje que habían llevado a cabo hasta ese momento era que estaban sentados con las espaldas apoyadas en algo, ya que la ventisca parecía venir de todos lados.
Hathol estaba sumido en un mar de pensamientos sombríos. Por un lado quería ir a Ferith-Ar Karáh, quería saber lo que se escondía en ese confín, qué era lo que había impulsado a su buen amigo Apacen a tomar ese rumbo; pero por otro, había oído las leyendas y rumores que corrían sobre esas ruinas y había algo que le inquietaba el corazón, aunque se esforzaba en disimularlo, para que Ezel no se diera cuenta de su inquietud y seguir infundiéndole ánimo y valor. Ferith-Ar Karáh había sido la capital del antiguo imperio de las tierras que ahora se llamaban Helkelen Lara, pero que, por causas que Hathol aún desconocía, había caído en desgracia y había sido abandonada al tiempo que ése antiguo imperio desaparecía. Pero corrían extrañas leyendas sobre las ruinas de esa ciudad, leyendas de las que Hathol sólo había oído algún tímido comentario por parte de las gentes de las ciudades de Helkelen Lara, era como si la gente no quisiera recordarlas.
Ezel
Para entonces cuestionarse tal o cual cosa era absurdo, si bien Ezel no había dejado de razonar del todo.
Y tanto en la joven como en su compañero, operó un cambio que impulsaba frenético a la subsistencia, antes que cualquier raciocinio moral.
Las ganas de hablar o de reír se habían congelado con el mal tiempo, así como desapareció con el primer soplo de viento, aquella obstinada presunción de independencia que caracterizaba a la muchacha en ambientes más benevolentes.
En un principio le había agradado de sobremanera hacer un alto en la marcha, mas una vez detenidos tras la roca, temió que muriesen congelados tras la pétrea mole.
De todos modos ya no le importaba demasiado. Apoyó el rostro en las rodillas y entre un estremecimiento y otro se dedicó a observar a su alrededor, si bien no había mucho que discernir entre las albas ventiscas nórdicas.
Había necesitado llegar a aquel extremo para desconectarse de las obligaciones y los recuerdos; del deber y el querer y toda otra clase de tediosos vástagos de la cabeza pensante. Por fin estaba literalmente en blanco, y sin embargo, el ímpetu vital tronaba al compás de cada latido que se abría camino a través de los miembro entumidos, proveniente del corazón. No podía haber llegado su hora. No aún.
Tiempo después, intentó recordar como habían sobrevivido a la noche, pero le pareció que la fría laguna del olvido se extendía por toda esa jornada de viaje, y poco y nada logró rescatar de sus aguas inmemoriales, excepto algunas frases sueltas e imágenes descoloridas por el inclemente helor.
Apacen
Continuamos en la siguiente historia:
http://v4.elanillounico.com/modules.php?name=Clanes&file=Historias/leer&historia=613&pagina=0&numpart=3
Para los demas viajeros la posada sigue abierta, sed bienvenidos ;).
Gmork
Habían pasado días desde que Elric recibiera la negativa de los muchachos a ser informado. Apenas recordaba que había ocurrido, salvo que al despertar sus ropas estaban rotas y ante él había un cuerpo destrozado que en algún momento debió estar vivo. Entonces oyó los ladridos... y los gritos.
En un primer momento pensó en correr hacia donde sonaban los animales, pero entonces sonrió imaginándose su presentación: “Buenas noches caballeros. Creo que he acabado con la vida de una persona con mis propias manos, ¿les importaría hacer que sus perros no me muerdan el cuello?” Se puso en pie y sintió una punzada de dolor en el costado. Si quería conseguir huir no podría hacerlo en ese estado. Entonces sonrió de nuevo. Apenas hacían semanas desde que hubiera sido apresado y liberado por un ser del que desconocía rostro y raza, pero al parecer el conjuro o encantamiento que le había echado encima le había hecho cambiar. Cierto es que a veces no recordaba como había llegado a algunos sitios, y que a veces tenía la sensación de haber oído voces suplicantes antes de poder notar, a un nivel inhumano, como perecían esas criaturas y como su otro yo se deleitaba con ello. No echaba esas muertes en su conciencia, si no recordaba lo que había hecho, no podía acusarse a sí mismo de haberlo hecho. Y aún así. Debía vengarse. Muchos de sus hombres habían muerto por servir en aquel lugar. Y lo peor es que ni el rey, ni algunos de sus allegados lo sabían. Helkelen entera podía sucumbir si los que le habían creado conseguían hacer muchas más criaturas como él.
En los ejércitos enemigos no se observaban todos los días licántropos. El mal era su padre, y el que ahora Elric fuera uno de ellos solo podía indicar que esa semilla maligna había llegado al reino. Su destino era conseguir una audiencia con el rey, explicarle lo que sucedía y eliminar a sus “padres”. Ante ello se le presentaban dos problemas: Que el rey le creyera –para lo cual necesitaría pruebas- y que no acabaran con su vida antes.
Envolvió la capa que le había resguardado del frío al cuello y después se transformó. Sintió el dolor y el chasquear de sus huesos, pero había llegado a soportarlo. Ya era una segunda naturaleza. Entones recordó lo que había leído en un antiguo manuscrito: “Los licántropos son espíritus atormentados que toman forma animal” si él era ahora uno de ellos. ¿Estaría muerto? ¿Acaso era una sensación del más allá lo que sentía? Y lo que más le llamaba la atención: ¿Por qué podía tomar forma humana? Solo los magos podían hacerlo, y él, nunca había poseído poderes sobrenaturales. Tendría que encontrar la información que le mostrara que era ahora. Y el anillo que los muchachos que tiempo atrás le habían mandado a respirar un poco de aire, parecía abrir las arcas que lo contenían. Si no, ¿porqué se sorprendió tanto esa muchacha? Seguir el olor de esos dos no sería fácil, pero por unas cuantas de monedas, o por la propia vida, siempre hay personas que pueden ver, oír, y lo que de verdad importa, decir, lo que uno necesita.
De este modo llegó a la posada de Helkelen, había seguido durante mucho tiempo su rastro y esperaba poder contar con aquellos que no le habían echado cuenta. Más que por necesidad era por terquedad el motivo por el que los estaba siguiendo, nunca había aceptado una negativa, y menos ahora.
[Editado por peregrinoscuro el 26-09-2006 21:45]
Gmork
Perseguir a cualquier ser entre la nieve era dificil, pero aun más si estaba cayendo una nevada como esa. Gmork, se agachaba de cuando en cuando y olía la espesa manta blanca que había bajo sus pies.
Triunfal sonrió. Había encontrado un rastro. Con las manos descubiertas comenzó a cavar entre el agua helada y tras hundir hasta la muñeca su mano izquierda cogió algo. Al sacarla pudo comprobar lo que era. Ovalada y marrón, una hez de animal parecía saludarle desde su mano. Oliqueó un poco la captura y sonrió. "La comida humana es fácil de reconocer... aunque se haya digerido ya".
Estableciendo una ruta a seguir se envolvió en su oscura capa.
- Veamos, estoy entre hielo, voy en trineo, acompañado de dos personas. ¿Qué haría si me hallo en esta zona deshabitada? Buscar refugio. ¿Dónde? Aquí no hay cuevas donde resguardarse... Será... Debí haberlo imaginado -El humano negaba con el rostro. Le llevaban un día de ventaja, y el destino estaba lo suficientemente lejos como para no llegar a tiempo... Entonces sintió de nuevo ese escalofrío.
"No hallarás la paz allá donde todos al morir irán -había dicho esa anciana- Tú eres malvado, y como tal deberás pagar por lo que has hecho. Vagarás tras tu muerte para no poder estar en paz. Esa es tu maldición"
Ser un guerrero tenía consecuencias. Gmork lo sabía y tomó aliento. Observó como estaba de rodillas en el suelo. El escalofrío podía hacerle perder el equiibrio, eso era nuevo. Aunque antes no tenía tan buen olfato. ¿Acaso iba a morir pronto? ¿La maldición iba a comenzar a mostrarse?
- Si deseo eliminar este "hechizo" -se dijo, intentando sacar de su mente las ideas que enturbiaban su juicio - Más me vale alcanzarlos.
Zirakzirak
Le había sorprendido la tormenta en medio de la nada. Zirak se maldecía a si mismo por la estupidez que acaba de cometer.
<<Ya no eres un muchacho como para que este maldito clima te pille desprevenido>>
El enano cubierto de un gran abrigo de pieles se abría paso a través de la espesura. Se había rozado con tantos arbustos en su afán por acortar camino que desprendía el mismo olor que los matorrales de la tundra de esta gélida zona.
Algo llamo su atención a pocos metros de él. Escondido tras el matorral observo a un humano escarbando en la nieve y sacando algo. Zirak tomo su hacha y se preparo. Aquel chico tenia mala pinta y no seria el primer salteador de caminos que probaba su hacha entre ceja y ceja.
Avanzo lentamente. Pudo observar lo que el humano tenia en la mano.
-Sabes que eso es una guarrada.-dijo elevando tu gutural voz
Estaba tenso, a la espera de ver la reacción del humano.
Gmork
La voz lo cogió por sorpresa. Girando su cabeza hacia el lugar de donde provenía ese reproche pudo ver una curiosa estampa: Alguien que parecía un pequeño muñeco de nieve. Envuelto por una capa blanca de este material y mirándolo fijamente, las barbas casi heladas de un tono rojizo y una cintura algo ancha terminaban de moldear al ser que tenía frente a él.
El dolor había remitido y con cuidado pudo incororarse. La diferencia de altura pudo comprobarse en cuanto el humano se irguió. "¿Un enano?" pensó Gmork "No tengo tiempo de debatir con él".
- Más asqueroso es enterarse entre los muertos para huir del enemigo, y he visto a soldados de nuestro reino haciéndolo. ¿Quién sois? Y lo más importante, ¿qué hacéis aquí en medio de una tormenta? -el enano lo miraba fijamente y mantuvo silencio. Entonces señaló la mano izquierda de su contertulio. La hez de animal aún seguía en ella.
- Sigo diciendo que es una guarrada, independientemente de quién lo esté diciendo.
Gmork lanzó lejos lo que tenía en la mano y tomó un poco de nieve con ella, después frotó en el helado suelo los restos de nieve y se enguantó de nuevo. Mirándolo tranquilamente esbozó una sonrisa.
- ¿Qué os hace tanta gracia? -preguntó el enano un poco molesto.
- Ahora que he soltado la bosta... ¿qué impediría que tomara mi arma e intentara atacaros? O mejor, si váis a atacarme, ¿por qué decir que es una guarrada lo que estoy haciendo? La verdad, poco me importan esas respuestas. He encontrado el rastro de quién buscaba, y la verdad, me queda mucho trecho hasta llegar a donde creo que van a ir.
- ¿Van? -preguntó el enano fríamente.
- Si. Persigo a alguien que no puede ver, y que esta acompañado por una loba... y gracias a eso -dijo señalando el despojo digerido que había olido anteriormente- también sé que va en trineo. No tengo tiempo que seguir malgastándo en esta conversación maese enano. Si queréis decir algo hacedlo ahora. Y si vais a hacerlo, comenzad presentandoos. Gmork, antiguo guerrero de Helkelen así lo pide.
Zirakzirak
Zirak observo al humano sin inmutarse, había matado cosas mas grandes y fuertes.
-La edad es un grado muchacho.-miro a Gmork de arriba abajo.- Ser guerrero no de excusa de hablar así. Mi nombre es Zirak, de la Casa de Linnar de Ered Luin. Me dirijo a unas ruinas humanas de estas montañas, hay una entrada a las casas de los hijos de Sindi.-Zirak miro a su alrededor.-¿Alguna cosa mas muchacho? Además, porque persigues a ese muchacho ciego. ¿Acaso es un fugitivo?
Zirak, no se relajo ni un segundo.
<<Este humano esconde algo y no me gusta nada de nada>>
Gmork
- Maese Zirak -respondió sin acercar las manos aún a su espada - Vos sabéis tan bien como yo, que no se suelen dar explicaciones a alguien que te pregunta en mitad de una tormenta... Suele ser de mal agüero. No obstante, os puedo decir que no lo persigo para llevarlo ante la ley, ni tampoco para conseguir de él nada más que ayuda. Si sois tan amable podría dar por zanjada la conversación, ya que este tiempo acabará por helarme algún miermbro, y no desearía perder dedos al sonarme los mocos...
- ¿Y?
- Y si estáis más tranquilos acompañándome a las montañas, deberéis ajustaros a mi paso -Gmork hizo una mueca burlona y sonrió -. No obstante. No es bueno acompañarme ya que...
Gmork Sintió otra vez ese dolor en su espalda, el frío hacía que su cuerpo lo avisara cada vez más del peligro. Había sido marcado por la maldición... pero lo peor era que no había hecho nada para evitar poner su salud en peligro. En unos minutos su rostro se había puesto palido, quedándo tan solo las partes quemadas por el hielo de un tono más rosáceo. Dirigió la mirada al enano e intentó ocultar el dolor de su rostro.
- ¿Ocurre algo? -preguntó Zirak extrañado.
- No... lamento haberos entretenido -"Las montañas" pensó un instante Gmork - Señor enano, ¿a cuánto estamos de esas montañas?
- ¿Por qué lo preguntas? -inquirió Zirak.
- Tengo un mal presentimiento - mintió Gmork - y la sensación de que esta tormenta va a ser mucho más dura. Deberíamos buscar refugio. Aunque sabed esto: "Compartimos camino, pero no nos vemos atados el uno al otro por ningún motivo. Así que en caso de peligro, que cada can se lama su pija"
- Sois malhablado, un fanfarrón y de poco fiar. ¿¡Qué os hace pensar que podría acompañaros o daros información!? -acabó estallando Zirak.
- Tres motivos: Estamos solos aquí, a no ser que deseéis hablar con la nieve y el viento, podríamos entretener nuestros respectivos caminos con la presencia del otro, creo que la persona a la que sigo se ha dirigido a donde vais y no me gustaría encontrarme con un oso en mitad de este desierto helado.
- No hay ningún oso en metros a la redonda -respondió el enano.
- Os equivocáis -Gmork se desembarazó de su capa - a doscientos metros hacia nuestra izquierda, un oso se prepara para atacarnos.
Zirak miró con los ojos levemente entornados y volvió a mirar a Gmork. "No veo ningún oso"
- Está ahí.
- ¿Cómo lo sabes?
- Porque lo estoy oliéndo -dicho esto, Gmork cargó hacia donde estaba el oso.
Y sorprendido, zirak pudo comprobar como la ventisca amainaba un poco y entre la nieve se veía un bulto de algo mas de metro y medio acercándose hacia el humano que habíasele enfrentado dialécticamente...