La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

La Hondonada Del Espino

2006:10:06:21:45:51

Alalmë

A tres días de camino al este de la ciudad comercial, se llega a una de tantas aldeas que salpican la geografía del Helkelen Lára. Casas de piedra, con tejados inclinados y cubiertos de hierba, pequeños huertos y prados cercados. La gente, abierta y hospitalaria, se sienta a la puerta de sus casas en los largos crepúsculos veraniegos. Y, si el viajero necesita algo, le enviarán a las afueras: al lado del viejo álamo, tras un recodo a la derecha del camino, se encuentra una casa con la puerta siempre abierta. Es la casa de Alalmë, a quien se recurre para organizar un trabajo, ayudar con una artesanía, curar un hombre o un ternero enfermo, o atender un parto...

[Editado por Ancalime el 22-03-2006 15:50]

Alalmë

Un muchacho había salido del corral con un cuenco en la mano, a medida que el visitante se acercaba, se encaramó a lo alto del bajo muro de piedra y se sentó balanceando las piernas en el aire, mientras sorbía por la nariz.

-¡Hadar! ¿Dónde estás?- se oyó una voz desde el interior de la casa.

-Y voy, ya voy...- gruñó el chico.

Cuando se bajó, el hombre ya había casi llegado a su altura. El zagal se quedó mirándolo con una curiosidad nada disimulada.

-¿Es aquí la casa de la señora... Alalmë?

El arrapiezo se contentó con repetir la última palabra a voz en grito.

-¿Pero qué pasa?

De la puerta había salido una mujer de mediana edad y cabello oscuro, con un mortero en la mano. Al ver al forastero, caminó hacia ellos y preguntó:

-¿En qué puedo ayudarle?

Laureon

El extraño, vestido con una gruesa capa ocre, con una capucha que le cubría el rostro por entero, se quedó quieto unos pocos instantes y después miró a Alalmë con unos intensísimos ojos dorados, que hicieron estremecerse a la mujer.

— ¿En qué puedo ayudarle?—repitió Alalmë en voz más baja, intimidada por aquellos ojos profundos, que parecían revelar inmensos secretos del mundo y todo lo que lo formaba.

—Busco cobijo—dijo el extranjero con una voz grave, dulce y melódica, muy diferente al acento llano y sencillo de las gentes de aquellos parajes.

— ¿Y cuál es su nombre?—preguntó Alalmë, con la mayor amabilidad que pudo reunir, pues no conocía absolutamente nada del extraño y temía faltarle al respeto.

—Mi nombre no es necesario—dijo—. Es un error de la gente identificar a las personas por su nombre, y no por sus actos—comentó muy serio, pero de pronto la expresión de su cara se tornó mucho más relajada y alegre—. Diablos, dónde están mis modales. Perdóneme, mi señora, pero en ocasiones las meditaciones y el peso de las preocupaciones se adueñan de mí. ¡Laureon! Mi nombre es Laureon, aunque muchos me llaman Ontarwë. ¿No podría darme algo de comer, o decirme alguna posada donde alojarme?—un fugaz destello se asomó de la palma de la mano de Laureon, pero fue tan leve, que Alalmë creyó que habían sido las propias monedas de oro, pues habían surgido en sus manos dos monedas de oro, las que habían centelleado—. No me importaría ofreceros estas monedas como pago de vuestra cortesía.

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Decreto del Regente de Helkelen Lára: hasta el retorno de la Reina legítima, esta historia permanecerá inconclusa, salvo nuevo acuerdo de los integrantes de nuestro clan.

[Editado por Thirian el 09-05-2006 23:19]

Apacen

-Por los espíritus que calor hace en estas tierras – Recitaba una y otra vez Apacen mientras se secaba el sudor de la frente –

Revoleteando a su lado, una loba de pelo plateado y ojos grises le miraba de forma curiosa y divertida – ladró dos veces para asentir la afirmación de su compañero.

-Será mejor que descansemos un rato a la sombra. –Dijo a su compañera. Apacen estaba acostumbrado a los rigores del Aeglos, el hielo era su medio natural, y el frió su clima.

De repente Naulë ladro un par de veces y salio corriendo.

-Donde vas, vuelve aquí!!– Grito Apacen, mientras se apoyaba en su bastón para levantarse – Maldita sea, esta loba siempre sale corriendo, así nunca llegare a la capital.

Apacen se encogió de hombros y se resigno a esperarla. Se volvió a sentar y se apoyo junto al tronco de un árbol a descansar un rato.

Al cabo de un rato escucho los ladridos de Naulë, pero no venia sola a su lado corrían unos chiquillos que la seguían .

-Vaya has encontrado nuevos amigos – Dijo Apacen cuando todos estuvieron ante el.

Los chiquillos se quedaron sorprendidos al ver a Apacen.

-Ala tiene el pelo como el fuego- Decían todos al mirarle.

-Y un lobo de compañero, ¿de donde eres?

-Y que te a pasado en los ojos pregunto uno de ellos.

-Soy del este, de las tierras que están pasado el Aeglos. Respondió – Y soy ciego.

-¿De verdad? – Cuantos dedos te enseño – pregunto uno de los niños-

Naulë se situó detrás de Apacen y le golpeo con la pata tres veces la pierna.

-Tres dedos – Respondió Apacen…

-Ala! – Exclamaron todos asombrados – Es un mago! Un adivino!! – decían los chiquillos excitados.

-Bueno tengo mis secretos ¿ podéis decirme donde estoy ?

-Claro esto es Hondonada del Espino.

Así el grupo los niños, Naulë y Apacen se pusieron en camino hacia la aldea, mientras los primeros le preguntaban cosas sobre su tierra.

Alalmë

Tras unos momentos de sorpresa, la sonrisa en la cara de la mujer se recompuso y se echó a reir.

-¿Monedas? Bueno, si no tenéis otra cosa...

Esta vez, la cara de sorpresa fue para el extraño.

-¿Qué queréis decir?

-Quiero decir que, si lo deseáis, os ofreceré mi humilde hospitalidad. Y que podéis ofrecerme aquello de lo que dispongáis como pago. Si no tenéis más que dinero, lo aceptaré, aunque en estos momentos no me hace falta.

Alalmë

Alalmë bajaba por el sendero del roble de la colina, que se cruzaba con el camino principal antes de llegar a la aldea. Desde su posición algo más elevada, vio un pequeño grupo que se acercaba del Este; Laumon saltó de contento y empezó a correr colina abajo en dirección a los caminantes.

-Ha visto a esos niños... a ver si los alcanzo, que creo que el de pelo rizado es Milo-dijo para sí.

Entonces, la mujer apretó el paso para seguir al lobo. Pero al acercarse, vio que el adulto que estaba entre ellos era una cara conocida, aunque extraña en aquellos lugares... además de su acompañante, la cual seguro que era lo que había llamado la atención de Laumon. LLegó finalmente al cruce al mismo tiempo que los chicos.

-¡Eh chicos! ¿Qué os habéis encontrado en el sendero?

-Mira Alalmë, es un mago, es ciego y puede ver- los niños hablaban todos a la vez, excitados, y se cortaban la palabra unos a otros.- Y tiene un lobo como tú.

El lobo -o mejor dicho, la loba- estaba un poco más allá retozando con Laumon, celebrando el reencuentro.

-¿Alalmë?-dijo entonces Apacen- sabía que ese animal que se acercó era tuyo.

Los chicos callaron un segundo al entender que los dos adultos se conocían.

-Sí, soy yo, Apacen. Lo extraño es que hayas venido por mi aldea. ¿Qué te trae por aquí?

-Bueno, eso creo que te lo contaré con una buana cena... ahora tengo demasiada hambre...

Alalmë sonrió.

-Bueno chicos, si me lo permitís, creo que os quitaré a vuestro nuevo amigo y me haré cargo de él- y tomó el brazo del joven. Antes de seguir camino a la aldea, le dijo al muchacho de pelo ensortijado:- Milo, es verdad, tengo las hierbas que me encargó tu madre, toma- y sacó un ramillete de la bolsa.- Que se las dé a las vacas con la sal. Dile que la miel del pago me la puede dar cuando se acerque por casa.

Llegaron a la antigua casa cerca del álamo, con su huerta cercada y el corral recién reparado. Los niños saludaron a Hadar, que con un engreimiento propio de alguien que se sentía mayor y trabajador sólo les obsequió con un movimiento de cabeza para seguir dando vueltas a la azada. Después de eso, siguieron corriendo hasta el pueblo.

-Bueno, Apacen, si quieres puedes entrar en mi modesta morada.

Apacen

Apacen sonrió –“Espero que no hayas cambiado la decoración desde mi última visita”.

Alalmë sonrió alegremente “Venga entra de una vez”- Le tomo por el brazo y entraron juntos –“Cuidado con la cabeza”-Añadió Alalmë, mientras cruzaban el arco.

Alalmë le condujo frente al fuego, y le indico que se sentara en uno de los sofás que tenía dispuestos.

Una vez que Apacen estuvo acomodado. “Hadar!!” – exclamo Alalmë” Trae un poco más de leña”. Un tenue siiiii proveniente del huerto se escucho a modo de respuesta.

“Y que te trae por aquí “- Preguntó Alalmë, mientras se dirigía a preparar el guiso que le había prometido.

“Uno no puede pasar a visitar a sus viejos amigos de vez en cuando” – Respondió Apacen en un tono distendido.

Alalmë, continuaba cortando las verduras y la carne, “Hace tiempo que nos conocemos, y no dejas tus visitas al azar.”

Apacen se encogió de hombros “Tampoco se te ve mucho por Ost-En-Ael, nos has privado de tu compañía. Pero no te lo reprocho, últimamente hay demasiadas reuniones, conversaciones diplomáticas, informes”- Explico con cierto desden.

Alalmë río abiertamente “Que le voy ha hacer si prefiero esta vida sencilla”.

“Aquí esta la llena”-Dijo Hadar. “¿Dónde la dejo?” –Pregunto.

“Junto al fuego y pon otra poco en el horno”-Respondió Alalmë.

“¿Cómo esta Hadar, como van tus estudios?”-Pregunto Apacen.

Hadar emitió un leve suspiro de resignación, no le gustaba demasiado estudiar, y menos trabajar en el campo. Tenia la cabeza llena de pájaros y quería vivir alguna aventura.

Alalmë

-Hadar, ¿has cerrado bien el cercado?. Mírame, te estoy hablando- la mujer puso los brazos en jarras.

El muchacho golpeó el suelo con la punta del pie y se hizo el remolón. Una segunda advertencia de Alalmë sirvió para que resoplara y volviera a salir a asegurarlo.

-No quiero ver mañana a la vaca comiendo las coles- dijo Alalmë en voz alta mientras desaparecía por la puerta. Cuando creyó que estaba suficientemente lejos, afirmó en voz baja, como si creyera que no era bueno para él oírlo.- Es un buen chico, muy espabilado.

Volvió a agacharse junto al hogar para probar el estofado de la olla, cuyo agradable olor se extendía por la estancia. Al fondo de ella se veían varios huecos sin puertas, que sabía que eran pequeños dormitorios, despensas y cuartos para diversos usos -herramientas, secado de carne o de hierbas, etcétera.- En las casas de campo helkerianas las habitaciones cambiaban de función según la época del año o el tamaño de la familia, y los muebles tenían que ser escasos y fáciles de desmontar. En ocasiones se dormía en bancos adosados a la pared, bien cubiertos con pieles.

Cuando Hadar volvió del exterior, Alalmë sirvió el estofado, con pan de centeno, luego la carne que se había cocinado con el cocido y algo de fruta. No se olvidó de los huesos para los dos lobos. Durante la comida hablaron de diversas novedades, algunos recuerdos y hubo espacio para bromas. La mujer mandó a la cama al muchacho, que dormía en el altillo, y después de recoger los cuencos le bajó a Apacen una botella del altillo de la cocina.

-No sé si te acuerdas de mi aguardiente de hierbas.

-Excelente para la digestión- dijo él,y se sirvió un vasito.

-Me decías que se me echaba de menos en el consejo- dijo ella mientras se sentaba otra vez en el banco.- Bueno, yo suelo ir por Ost-en-Aël siempre que puedo; es sólo dia y medio de camino. Pero como representante de esta aldea tengo bastantes cosas que hacer por aquí. Esta época del año es mala, acaban de nacer los corderos y ya casi nos tenemos que poner a segar... Y tampoco tú te pasas mucho tiempo por ahí- le recriminó en broma.

- Tengo cosas que hacer, he estado investigando.

- ¿Sigues con tus leyendas sobre Helkelen? Sabes que no creo que consigas alguna vez lo que buscas. Nunca será la tierra sin mácula que da ríos de vino y leche. Si bien... esta claro que podríamos recuperar muchas cosas, muchas partes del reino se aprovecharían...

[Editado por Ancalime el 02-10-2006 23:52]

Apacen

-Leyendas – Dijo con desden Apacen, y se sirvió otro vasito. – Sigues tan escéptica como siempre querida Alalmë. – Hizo una pausa para beberse el vasito.

-Cada vez te pareces más a esos mentecatos del consejo.- Dijo en tono burlón- Cuando estoy allí todos corren a verme en busca de consejo, pero cuando me doy la vuelta me tachan de loco, ¡cuanta hipocresía! – Se lamento Apacen.

-¡Lo que me temía! – Exclamo Alalmë - Te estas embarcando en alguna loca expedición. Eres peor que Hadar – Le reprocho con una sonrisa.

-¿No se merece nuestro pueblo una vida mejor? – Pregunto Apacen - ¿Y mis visiones? Deben tener algún propósito, o solo soy un loco y todo es producto de mis fantasías. –El rostro de Apacen se torno blanco.

-Tranquilízate, estas entre amigos – Le dijo Alalmë, mientras le servia otro vasito. Su intervención fue precisa, antes de verse arrastrado hacia una espiral de preguntas sin respuestas. Aquellas a la que su bendición y maldición le arrastraban continuamente. La lucha por mantener la cordura, por soportar la carga que le había sido impuesto. – Algún día me será revelada – murmuró para si.

-No negare que en todas las leyendas siempre hay algo de cierto, una brizna de verdad. -Prosiguió Alalmë para tranquilizarle. – Cuéntame hacia donde te diriges esta vez.

-Al oeste de aquí, mi primera parada será el puerto de Rirandole, para llegar a Laure Hópa, y continuar hacia el oeste. –Dijo Apacen ahora más sereno.