La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Oron Oiotuilë, Monte Siempre Primaveral

2007:05:22:23:19:04

Arestel Vanimeldë

Oron Outille es, de las dos ciudades principales, la que está más alejada de la actual capital, a unas 10 jornadas de Ost In Alasea Esde.

Su situación, en la provincia de Tumbaletaurea, la más meridional de las cuatro que componen el Realengo de Farothdin, y su ubicación en el centro del gran bosque de Taurestë, hacen que sea la ciudad más aislada de todo el reino, pues sólo dos caminos conducen hasta ella.

Cuenta la leyenda que una pequeña comunidad de elfos noldor atraídos por Ilimo llegaron a estas tierras huyendo de los reinos conquistados de Maedhros. Así fue como el rey, al saber de los sufrimientos a los que habían sido sometidos, decidió concederles un lugar que les devolviera los sueños y las esperanzas que antaño tuvieran en Aman. Ahora bien, el reducido grupo de elfos fue conducido a través del gran bosque del sur, ninguno sabía a donde, poco les importaba pues la presencia de Ilimo ya les reconfortaba el alma. Medio día llevaban caminando cuando el rey se detuvo en mitad de un claro y volviéndose hacia ellos dijo:

-Aquí se levantará Oron Oituille, el monte siempre primaveral, porque a partir de este instante no habrá lugar en vuestro corazón para más penas y desdichas.

Y uno de entre el grupo de elfos se adelantó y respondió:

-Tiempo ha que el buen Lórien nos reconfortaba en nuestros sueños con una tierra fuera del alcance de la Oscuridad. Ahora sabemos, mi señor, que el sueño es real y esa tierra está aquí, en el gran bosque de Taurestë, el bosque del descanso, como será conocido a partir de este día.

Tras oír esto Ilimo quedó pensativo durante un rato, hasta que al fin se agachó, y tocando con la punta de los dedos la verde tierra, y dijo palabras que parecían extrañas a oídos de los elfos. Primero una gota y luego otra se fueron acumulando en torno a las manos del rey. Las gotas se convirtieron en charco, el charco en laguna y la laguna en lago, y así fue como en cuestión de poco tiempo en donde antes había un claro del bosque ahora se encontraba un inmenso lago.

Una elfa se acercó al rey y dijo en un susurro:

_Mi señor, este será Lorellin y en el centro de él construiremos la ciudad, emulando así a la isla donde descansa Estë la Gentil.

_¡Sea así!-exclamó el rey ante las caras de felicidad de los elfos. Y prosiguió _Aquí moraréis, e instruiréis en las artes de la curación, pues vosotros, mejor que cualquier otra criatura, sabéis qué penurias puede llegar a sufrir un corazón que ama la vida.

De este modo se explica la situación actual en medio del lago Lorellin, de la ciudad de Oron Outille, que, aunque en un principio fue totalmente circular, posteriormente se le añadió una fuerte muralla exterior, con forma octogonal, para proteger el perímetro, pues los tiempos cambian.

En el centro de esta gran circunferencia se encuentra la hermosa plaza de Seillën, vigilada día y noche por la pétrea presencia de Yiyinay y Calilinwe, el pez y la lechuza, emblemas de Farothdin. Ocho canales salen desde ella cruzando toda la plataforma; los cuatro principales, alineados con los puntos cardinales, tienen un ancho total de cincuenta y cuatro pies: veinte pies corresponden a las dos avenidas situadas a ambos lados del canal y los treinta y cuatro sobrantes al canal en sí; mientras que los cuatro restantes, más pequeños, de unos veintisiete pies, atraviesan por la mitad cada uno de los cuatro cuadrantes que delimitan los canales principales.

Estas calles y canales son cortadas a su vez por tres canales concéntricos formando, así, tres grandes avenidas que separan los distintos barrios de la ciudad.

Así pues, el primer círculo, y por tanto el más pequeño, es el que contiene el barrio principal de la urbe. Los edificios más importantes los podemos encontrar con mucha facilidad ya que son aquellos que rodean la plaza de Seillën, destacando por su peculiar arquitectura el Palacio de los Regentes de la ciudad, la delegación Provincial de la Real Orden de la Rosa y la Escuela Mayor de Sanación, lugar dónde son instruidos todos los sanadores del reino.

El segundo círculo, separado del primero por un canal y dos avenidas, con un total de sesenta pies de anchura, es donde reside la población de la ciudad, exceptuando los Regentes que viven en el palacio, junto a la gran plaza central.

Y finalmente, el tercer circulo. Esta última sección, al ser la más grande, tiene particularidades; está surcada por dieciséis canales, en lugar de ocho, formando así dieciséis cuadras o manzanas y por esa razón se subdivide en dos barrios de ocho cuadras: el del Norte y el del Sur.

El barrio del norte es donde se encuentran los mercaderes y artesanos de la ciudad. Allí se desarrollan las artes del comercio y por eso se sitúa al norte, junto al único puente que comunica la ciudad con el exterior.

Es en el barrio del Sur donde podemos encontrar las casas de curación. En total son ocho, una por cada cuadra, y cada una de ellas cuenta con una plaza central y varios parques para ayudar a los enfermos a pasar mejor la estancia allí.

Todos y cada uno de los barrios están unidos entre sí por puentes de madera, cuya anchura varia en función del canal que cruzan, así pues, los que unen las grandes avenidas de los canales principales son los de mayor envergadura mientras que aquellos que unen cuadras, apenas llegan a los seis pies.

[...]

Arestel Vanimeldë

Sobre la historia de los Avathim

Trise había sido el día en el que el señor, Atalek, murió, después del conseguir guiar a su pueblo a través de los extraños parajes que se extendían desde el lejano sur hasta el norte, pero sin duda, más triste fue el día en que Uxul y Orbik se separaron para siempre…

Uxul era el hijo bastardo, pero primogénito de Atalek, nacido de los amoríos del soberano en sus tiempos de juventud con una doncella de la que nada o poco se recuerda; mientras que Orbic había nacido de la unión del matrimonio oficial de Atelek y Enet. El soberano de ese pueblo amaba por igual a sus dos hijos, y no hacia distinción entre el príncipe y el bastardo, pero sabía que llegad al ahora sólo su gente podía decidir cual de los dos sería su señor. Entonces, antes de tiempo, ocurrió lo inesperado. Asentados en tierras extrañas, esperando que los naturales de la región, que tiempo a tras les recomendasen aquel lugar donde tendrían posibilidad de comenzar una nueva vida, se presentaran ante su rey, pero Atalek, ya fuera por su edad, o por los designios que sólo Iluvatar conoce, murió. Uxul y Orbik, que se querían como verdaderos hermanos, decidieron que gobernarían conjuntamente.

Entonces los elfos que habían esperado el momento propicio para mostrase ante esa gente, decidieron que ya había llegado la hora de presentarse. Así pues, los eldar con la excusa de mostrar los respetos a los herederos de Atalek se lucieron ante el numeroso grupo de hombres. Estos quedaron asombrados ante la majestuosidad de los visitantes, creado un sentido general de admiraron y respeto, pues ante ellos se hallaba la belleza y por tanto la verdad, pero, ¡ay!, las intenciones de los primeros nacidos no eran tan noble como la raza a la que pertenecían, pues aprovechando el difícil momento por el que el pueblo del difunto Atalek estaba pasando, les contaron las bondades de la religión que ellos profesaban y la mejora que sus vidas sufrirían si a ellos se unían.

Los dos hermanos escucharon con atención las palabras de sus invitados, y tras la marcha de esto expusieron su opinión. Orbic, compartía la idea de la mayoría de su pueblo, vio en aquellos elfos la oportunidad de consolidar el sueño de su padre, de vivir una vida sin penurias ni desastres; pero Uxul, que había notado algo malicioso en las palabras de los elfos, no estaba de acuerdo y consideraba que algo tan bueno tenía que tener un lado malo.

Los días pasaban y los dos hermanos no llegaban a un acuerdo, entonces Uxul, decidió rogarle a Arid, la esposa de Orbic la cual compartía en silencio la opinión de su cuñado, que convenciera a su marido de las verdaderas intenciones de los elfos.

Pero maldito sea el momento en que se le ocurriera a Uxul aquella idea, pues Orbic al escuchar la petición de su mujer, y cegado por las palabras de los eldar, creyó que una conjura se cernía sobre él. Por ello decidió que ya había llegado el momento de que un solo señor dirigiera al pueblo. Entonces, reunidas todas las gente, hizo pública las dos opiniones, y además de reseñar su posición de príncipe, y único heredero, lo que produjo una gran brecha en el amor que Uxul le tenía; pidió que se decidiera quién de los dos iba a ser su señor. Las gentes eligieron sin dudar a Orbic, pues querían seguir las enseñanzas de los elfos.

Fue en aquel momento, cuando Orbic, impulsado por la euforia del momento, actúo sin pensar, y acusó públicamente de traición a su hermano y a su esposa, y ante todos, Orbic, mandó al destierro a las dos personas que más quería.

Uxul y Arid, acompañados por un pequeño grupo, se vieron obligados a huir más al note de las inmensas tierras. Así fue como llegaron sin saberlo, al reino de Farotdin. Ilimo, que había sentido desde lejos, la pena que inundaba los corazones de esos hombres, se apiadó de ellos, y les facilitó al entrada a su tierra guiándoles sin que ellos lo supieran, hasta Oron Oitullé, la ciudad del descanso.

Allí el rey de Farothdin se mostró antes ellos, Uxul le contó la historia a Ilimo y le pidió que les concediera asilo en sus tierras. El maiar, viendo la nobleza que había en la sangre de los nuevos llegados, decidió entonces concederles el gobierno de la provincia del sur de Realengo.

Uxul accedió a la propuesta de Ilimo y tomando el nombre de Maglor, pues pensó que así rompería con el pasado, se convirtió en el I Regente de Oron Oituillë. De esta manera comenzó la tradición de que los regentes, al confirmar su cargo, tomaran un nuevo nombre.

Maglor pidió la mano de Arid, y esta aceptó. Con el paso de los años, la mujer logró querer a su nuevo esposo pero, en lo más profundo de su alma seguía amando a Orbic. Y buen testimonio de ellos pueden dar las piedras de la ciudad de Tavarcerta donde, Arid y Orbic, a escondidas del mundo, se reencontraban y olvidaban por unas horas el fatal destino al que se habían visto sometidos.

Maglor sabía de estos encuentros, y el día que se enteró de que Arid esperaba un hijo, y ante la posibilidad de que fuera de su hermano, anunció la que a partir de ese instante sería conocida como La Regla de los Regentes, por la cual estos sólo podían tener un único hijo, de lo contrario deberían abandonar la regencia. Maglor hizo que Ilimo fuera testigo de ello, y el rey se comprometió ha hacer cumplir el mandato del hombre mientras él fuera rey de Farothdin.

De esta forma Maglor quería asegurarse que ninguno de sus descendientes se viera obligado a enfrentarse por el gobierno de la ciudad, ya que él, mejor que nadie, sabia hasta que punto la ambición de un hombre podía afectar a su corazón.

Un día, el regente decidió regalar a su esposa un medallón. Un águila dorada descansando sobre un fondo de rubíes, pues conocía del gusto de ella por estas aves, y también, para que negarlo, su parentesco con los Ramalië.

Los elfos de Oron comenzaron a referise al medallón como Avathar, la Sombra, pues ciertamente ese era el signo que recordaba el triste pasado de su señor. Pero los hombres, que aun no habían aprendido las lenguas nobles de los elfos, les pareció una palabra bonita y no sólo la aceptaron para referirse al medallón sino que se nombraron a sí mismos los Avathim, el pueblo del Avath, como ellos entendían la palabra.

Entonces, Maglor, al ver la importancia que había tomado el objeto para su gente decidió unirlo a los regentes de Oron y dijo que el medallón debía pasar de padres a hijos y que la pérdida del áureo objeto implicaba la pérdida de la regencia de la ciudad, pues el colgante, para bien o para mal, simbolizaba la historia de los Avathim; ya que el Avath es la prueba que impide que los hechos ocurridos se conviertan en leyenda.

[Editado por Eldin_de_Lorien el 21-05-2007 01:23]

Arestel Vanimeldë

Y al fin, al quincuagésimo tercer día desde su partida de las tierras de Liantari, el bosque de Taurestë se abrió mostrando un inmenso claro. Ante ellos se encontraba el cristalino lago de Lorellin, y sobre este, suspendida sobre sus aguas como si de un hechizo se tratase, estaba la ciudad: Oron Oiotuilë.

Astaroth quiso adelantarse para preparar una recepción digna de los regentes, pero Arestel y Theldior estuvieron de acuerdo en que no eran merecedores de tal recibimiento, pues no regresaban victoriosos de una guerra, ni habían conseguido doblegar al enemigo.

Pero en el instante en que sus caballos comenzaron a recorrer el único puente que comunicaba la ciudad con la orilla, los cuernos de las torres principales de la muralla comenzaron a resonar. Los vigías habían atisbado al grupo, y con aquel acto, pretendían dar la bienvenida a los señores de su ciudad.

A pesar de ser media tarde la gente empezó a agolparse junto a la calle principal, y decenas de barcas se acercaban desde los canales menores para después continuar su camino por el canal mayor y seguir así a los regentes. Estaba claro que los habitantes de la ciudad habían dejado sus ocupaciones, que a aquella hora del día era para muchos el descanso y el reposo de la comida. A medida que se internaban en la ciudad la cantidad de gente que se reunía para ver a sus señores aumentaba. Así, pues, entre gritos y vítores la comitiva llegó al primer circulo concéntrico de la ciudad, donde se encontraban los edificios principales de Oron y entre ellos el palacio de los Regentes.

El portón verde del patio trasero estaba abierto, pues al oír la noticia de que habían regresado se habían preparado para la llegada. Varios sirvientes, ataviados con el uniforme azul y verde, se encontraban de pie esperando a que hicieran falta sus servicios.

Fue en ese instante cuando la compañía se separó, la guardia personal se dirigió a la delegación provincial de la Real Orden de la Rosa, mientras que Arestel y Thelidor, acompañados por Astaroth entraron al patio interior. Tras ellos cerraron el portón, pues la gente comenzaba a asomarse.

De entre los sirvientes se adelantó uno, el mayordomo mayor, como bien se podía apreciar a simple vista en las franjas rojas que adornaban puños y cuello de su uniforme, un hombre joven de fuertes rasgos, pero de corazón amable.

-¡Hariol!- exclamó Thelidor -¡Cuánto tiempo muchacho!-el regente dio la mano al mayordomo mientras que con la otra agarró con fuerza el hombro del chico.

-Sí, mi señor – respondió con su alegre tono de voz – hace casi un año que partieron a combatir contra nuestro actual aliado Lempë.

-El mundo da giros inesperados, Hariol – dijo Arestel- Me alegro de veros – anuncio con una sonrisa, que fue correspondida con una leve reverencia del joven.

-Me he permitido la libertad de pedir que preparasen los baños.

Bendito seas, Hariol, hijo de Nathriol – Thelidor cedió el paso a Arestel, y entraron en su casa.

-Al fin en casa- susurró ella.

Astaroth se escuchó diciendo que debía a tender unos asuntos personales. La mujer sonrió al elfo, pues sabía de la historia que el capitán tenía con una de las doncellas del palacio. Así pues, sin Astaroth, Hariol les condujo hasta la terraza principal donde acababan de llevar un pequeño ágape que les saciaría el hambre de los recién llegados. Arestel alabo el perfecto estado en el que se encontraba el palacio, todo estaba impoluto.[I]No hemos desatendido ni un día las labores diarias[/b] dijo el mayordomo henchido de orgullo.

Mientras estaban comiendo, una de las azafatas de Arestel les informó de que los baños ya estaban listos, la mujer le dio las gracias y esta se retiró.

-De esta no te escapas – dijo Thelidor, que intentaba tomar una aceituna con el tenedor.

-Deberías tomarla con la mano, así seguro que no se te escapará – la regente se levantó agarró la cereza y se la dio a comer a su esposo.

-No me refería a la fruta – dijo picadamente- pero ya que lo has dicho- hizo un rápido movimiento y agarro a Arestel- te tomare entre mis manos, y no podrás escapar.

El hombre cogió en brazos a su mujer y empezó a caminar hacia los baños.

-¡Thelidor!- gritaba Arestel que no paraba de reír- ¿qué estas haciendo? ¡Eres un insensato! ¡Aun estás herido!

-Me encanta cuando te pones así- el numnoreano solto una inmensa carcajada – Esa ya no es excusa para no disfrutar de los placeres del amor con tu esposo.

Varias horas asaron los regentes en el baño y por primera vez en mucho tiempo pudieron deleitarse el uno con el otro. Abandonaron la húmeda estancia, los sirvientes iban y venían encendiendo las lámparas que iluminarían el palacio por la noche.

A la hora de la cena les acompaño Astaroth, que les informo de todas las cosas que habían ocurrido en Oron durante su ausencia. Después de la copiosa comida, los regentes dieron un último paseo por el jardín antes de irse a dormir.

-Todo seria perfecto si Erinel estuviera aquí, como antes.

Thelidor se detuvo y abrazó a su mujer, que comenzó a llorar. Así pasaron un buen rato hasta que Arestel se separó y se secó las lágrimas del rostro.

-Mañana quiero enseñarte algo-dijo

-Oh, ¿y de qué se trata?.

-Tendrás que esperar.