Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
El Sexto Caballero
2007:04:19:11:48:34
Âglaras
Habían pasado dos días desde que Âglaras observara aquella bandada de cuervos volando por las tierras de Lempë Ohtari, algo poco habitual. Además de haber notado un gran cambio en el ambiente, por lo que ambas cosas hicieron al reino ponerse en alerta.
Los cuervos eran un mal augurio, quizás espías del enemigo, quizás portadores de inmundicias y maldiciones. En todo caso, el corazón del medio elfo latió incesante ante aquella visión sobre la cima de Orod Lindalë, mas no vaciló y corrió a informar a los demás.
Pronto se tomaron medidas en todo el reino, se intensificaron las guardias, se reforzaron las murallas, se impuso el toque de queda en las ciudades, y los capitanes se repartieron para liderar al ejército en tal caso.
Âglaras se preparó para partir de nuevo hacia Ciudad Cristal, pues sus murallas transparentes necesitarían una recia defensa en caso de guerra. Sin más montó en su felino y viajó hacia el sur.
En estos próximos días las nubes tornaran negro su color. El viento golpeará fuertemente los edificios con los que se encuentre, y un poder sobrenatural se levantará desde el fondo del abismo para caer como un rayo sobre las tierras de Lempë Ohtari...
Erendel
La incertidumbre crecía en los limites de las tierras de Lempë Othari. La visión de Âglaras pronto había llegado a todos los oídos de los presentes en la ciudad de Mellon Vilya y el poderoso capitán no solía errar en sus deducciones.
Algo se removía en aquellas tierras y comenzaba a hacerse sentir. Además pronto las gentes corrieron a refugiarse en los muros de las poderosas ciudades afirmando haber contemplado un gran ejercito, aunque eran aun pocos y por su aspecto bien podrían ser simples vagabundos en busca de fortuna aunque no cabía la opción de la duda.
Mensajes de otras ciudades llegaron con un mismo asunto aunque sin saber a ciencia cierta cual era el temor y el miedo que aparecía. Incluso los recién llegados Darlak y Annamel fueron requeridos para intervenir en un hipotético ataque a otras ciudades del reino, así como la poderosa capital comenzaba a prepararse para una eventualidad que parecía ser del todo inminente
Valandil Súleglîn
Mis temores se estaban haciendo realidad, la tensión aumentaba por momentos. En cuanto Erendel recibió mi mensaje envié otro de alerta y deseando suerte a mi gran amigo Aikanáro Tiwele y Yárfaila Veryawen. Me dirigí hacia el Grimoire que yacía en el palacio. Busqué ún hechizo que aprendí en mis años de juventud que al menos matendría a salvo a la población durante un gran tiempo bajo una enorme cúpula que se alimentarái de mis fuerzas...por eso necesitaba que la bella dama en camino se presentase cuanto antes...por si mis fuerzas pereciesen y conmigo Ostova Lorë...
Sin embargo aunque la alerta estuviese dada y el peligro acechase aún no había llegado y habí tiempo de organizar la posible defensa y contraataque...
En cambio a pesar de que mi mente residía en la organización y defensa de la ciudad mi corazón se hallaba en Yavëtil, preocupado por dos de las pocas personas que realmente me atrevía a decir que apreciaba: Yárfaila y Aikanáro.
Aikanáro Tîwele
Aikanáro y Yárfalia llevaban dos días sin pisar la ciudad explorando el gran palacio que había en la cima del Dedo de Valar, allí hablaron largo y tendido con las mujeres que habitaban el palacio. Pero la mañana del segundo día algo sacudió a Aikanáro que salió corriendo del palacio hasta chocar contra el muro, a sus pies Yävetil se alzaba majestuosa rodeada por un manto rojizo.
Pero desde esta atalaya se veía como una sombra iba apagando el color del bosque, sumiéndolo en una densa nube negra que se expandía rodeando la ciudad, y fue cuando de la ciudad las campanas tocaron a alerta. Yárfalia salió por una de las puertas del palacio corriendo, Aikanáro la miro y por un momento se olvido del tañido de la campana solo tenía ojos para ella, toda ella había concentrado su atención. Yárfalia se acerco a el y le dijo:
-¿Qué ocurre, a que se debe la alerta?
-No lo se pero debemos regresar a la ciudad, allí nos enteraremos de lo que pasa.
Los dos descendieron las escaleras como un rayo pero cuando llegaron al final la puerta estaba cerrada, la estatua entonces se giro y abrió los ojos y la montaña se abrió. Los dos atravesaron los jardines y sintieron el repicar incesante de las campanas mientras el sonido de las armaduras de los soldados se hacía cada vez más fuerte. Y fue cuando un oficial se les acercó y les dijo:
- Súlegîn os a enviado un mensaje algo le inquieta, algo se alza en el bosque y las ciudades han sido avisadas y todas han declarado el estado de sitio y temen un ataque.
- Que las defensas sean montadas y que se declaré el toque de queda en toda la ciudad que nadie entre cuando el sol se haya puesto.- respondió Aikanáro
- Los soldados ya forman en el primer nivel, os esperan en él para preparar la defensa de la ciudad.- respondió el oficial.
- Ahora iremos que preparen nuestros corceles.- respondió Yárfalia.
Los dos se fueron a sus aposentos a cambiar sus ropajes por las armaduras.
Annamel
Había permanecido durante 4 días en aquel castillo, o habían sido 5?...no lo sabía con certeza, el tiempo parecía haber quedado estancado desde aquel momento en el que se presentó de forma tan impulsiva delante del mismísimo Rey Erendel.
Sabía que habría guerra, por eso se había presentado allí, pero lo que nunca sospechó es que la tuviese tan cerca, de todas formas no era ninguna cobarde, estaba dispuesta a darlo todo, incluida su vida, porque al fin y al cabo no tenía nada que la atase a ella.
Así que cuando Erendel le informó que era reclamada en Ostova Lore se sorprendió un poco, pensó que ayudaría en la defensa de Mellon. El rey había recibido un misterioso mensaje en el que se le pedía que la enviase allí, el señor de la ciudad la requería, Valandil era su nombre, nada más conocía de él, a excepción de su naturaleza maia, como la de su padre, lo cual la inquietaba sobremanera, pues desde que él partió no había vuelto a estar en presencia de ninguno, volver a sentir una naturaleza semejante podía traerle recuerdos dolorosos, pero por otra parte bien podía aprender mucho a su lado, ¿pero quién era Valandil, y cómo podía saber de ella? Era algo que no sabía aún, pero de lo cual se enteraría en cuanto pusiera los pies en Ostova, porque esta vez pensaba llegar con los suyos propios, nada de armar revuelo semejante al de Mellon, esta vez no había necesidad, ya que al parecer Valandil sabía quién era y la estaba esperando.
En eso pasó Annamel los 4 días, entre la partida de Aglaras y Darlak, los preparativos para la defensa de la ciudad, y sus propios preparativos y pensamientos, hasta que se hizo necesario partir, ya que el tiempo comenzaba a apremiar, y era muy necesario que llegase sin más dilaciones a Ostova.
La mañana del quinto día tomó Annamel a Umbar, el corcel negro como su propia cabellera que fuera último regalo de su amado padre, el cual llegó a las cuadras de Erendel en Mellon respondiendo a la llamada de su dueña, cuando esta fue aceptada en Lempe Ohtari, ese caballo era lo que más amaba en la Tierra Media, ahora que tantas cosas y tantos corazones habían desaparecido.
Susurró la elfa dulcemente en las orejas del hermoso caballo, y enseguida Umbar tomó el camino hacia Ostova Lore, llevando consigo a Annamel, vestida de terciopelo verde, con la capa ondulando al viento junto a su cabellera, y con una incertidumbre en el corazón, no sabía bien qué, pero algo que no acertaba a definir se lo agitaba.
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Darlak
Un viento gélido empezó a soplar desde Orod Lindale, una señal de preludio de los dias convulsionados que le deparaban a las tierras de Lempe Ohtari. En ese momento, Darlak estaba sentado en una roca descansando despues de haber terminado de saborear la carne que se habia llevado pal camino. Apenas se dio tiempo para descansar porque tenia que llegar cuanto antes a la ciudad de Eru Andorya. Se montó en Rumirel, el bello corcel negro que el rey Erendel le habia dado antes de partir de Mellon Vilya, y se dispuso a continuar su camino hacia Eru Andorya, al este. El rey le habia tenido que dar aquel caballo porque Darlak habia llegado sin caballo a Mellon Vilya. Eso era debido a que el caballo que los elfos del bosque de Rhovanion le habian dado habia muerto en el largo viaje hasta Árador.
Hacia unos cuatro dias que habia salido de la capital para ir a socorrer a la ciudad que recibia el nombre de \"La puerta de dios\". Todo habia sucedido rápidamente desde que la alarma se habia generalizado por la ciudad.Âglaras habia visto una bandad de cuervos cruzar el cielo y eso habia hecho ponerse en alerta. El temor a una desgracia cuya naturaleza aun no se conocia se extendio rapidamente por todos los habitantes de la capital y los alrededores. Se temia una invasión del reino debido a la época tan inestable que estaba sucediendo. Ademas, se decia que varias tribus de hombres orientales se estaban instalando en las tierras de alrededor de Árador, y que cada vez mas se veian mas bandadas de orcos. Por eso se temia que los cuervos que habian aparecido por el cielo de Lempe Ohtari fueran una señal de un terrible y desconocido mal. Erendel habia decidido avisar a las ciudades del reino para que todos sus gobernantes estuvieran preparados. Âglarás se marcho entonces hacia la Ciudad de Cristal para organizan su defensa. Se mandó un mensaje a las ciudades de Eru Andorya, Ostova Lore y Yavetil para que sus gobernantes hicieran lo mismo. Sin embargo, Valandil, el maia que protegia Ostova Lore y que antes se habia comunicado telepaticamente con Darlak para darle la bienvenida al reino y para pedirle ayuda para gobernar su ciudad, notificó que Yárfaila habia viajado a Yavetil y que no le daba tiempo a viajar a su ciudad y organizar la defensa. Entonces, Erendil decidió que para que el recién llegado demostrara su capacidad y su confianza debia organizar la defensa de Eru Andorya. Por eso, Darlak decidió aceptar el reto del rey de aquellas tierras y viajar al este.
El viaje habia transcurrido sin incidentes apenas mientras que Darlak notaba como el tiempo empeoraba poco a poco por el oeste. Aunque sabía que era un reto la tarea que se le habia econmendado, Darlak tenias ganas de enfrentarse a la batalla. No obstante, aun tenia que buscar un herrero para que la espada que traia rota, Gurthang, aquella que llevaron en su tiempo Bereg y Turin, pudiera de nuevo refulgir en el combate. Asi al cabo de cuatro horas, cuando a la izquierda del camino apareció una aldea, decidió detenerse para buscar un buen herrero que pudiera forjar de nuevo Gurthang. Se desvió por el camino que conducia a esa aldea y se adentró en la misma.
[Editado por aratir el 17-04-2006 14:35]
Valandil Súleglîn
El viento transportaba un dulce aroma a través de los árboles...entre la confusión y la alerta sembradas Valandil encontró un tiempo para poder salir a pasear por el bosque y recordar viejos tiempos:
-Este olor...es tan dulce que embriaga mi ser...se está acercando...lástima que no podrá ser recibida como ella y tan solo ella merece...como una reina de reina...Oh Elbereth mi amada iluminadora...sería mucho pedir que las estrellas iluminasen su viaje y que limpiaran el camino de sombras...Oh Elbereth sería mucho pedir si te rogase que esta noche las estrellan brillasen en armonía con su ser....
Un sentimiento vivo y poderoso crecía en su interior...algo que jamás había sentido un remolino de sensaciones le animaban a pesar del miedo que tenía a no ser capaz de defender la ciudad...pues si algo carecía en él era la confianza en sí mismo...
-He de regresar, tengo aún muchas tareas que realizar y tengo aún que conjurar muchos hechizos de protección debo proteger el Grimoire algo que me dice que lo que se acerco no solo busca la destrucción de las tierras de Lempë Ohtari,-.
Antes de entrar en la ciudad Súleglîn se dio la vuelta y contemplando al cielo vio que las estrellas brillaban con tal intensidad que a los ojos de más de un mortal una ceguera temporal les habría causado...
-Por cierto...gracias mi querida Elbereth...siempre estaré a tu servicio--
Âglaras
El medio elfo había partido hacia Ciudad Cristal ese mismo día. Había recorrido gran parte del bosque blanco, pues Ciudad Cristal estaba en el extremo sur del bosque.
Estaba anocheciendo. Âglaras desmontó de su felino, y observó atntamente a su alrededor. Todo era oscuridad, pero solo un pequeño atisbo de luz bastaba para que sus ojos de elfo pudieran contemplar.
- Vamos amigo, allí hay una pequeña aldea en donde podremos descansar.
Craven y el medio elfo siguieron andando hasta que llegaron a las primeras casas, justo en ese momento unas lanzas apuntaron a su garganta.
- ¿Quiénes sois viajero?- Al parecer debería ser el líder de aquel grupo.
- Soy Âglaras, Capitán y Señor de la Guerra de Lempë Ohtari, gobernador de Ciudad Cristal, así que ya podéis quitar vuestras lanzas de mi cuello.
- ¿Y cómo sabemos que sois quén decís?
El medio elfo mostró el anillo con el emblema del clan.
- Ahora por favor, quitadme esas puntas de mi gargante o me enfadaré.
Aquellos hombres bajaron las lanzas, pero no se disculparon. Mas no pertenecían a Lempë Ohtari. Eran pequeñas tribus nómadas que, con el permiso del rey, pasaban algunas temporadas en las tierras de Dôr Aman.
Âglaras dejó a Craven en las caballerizas de aquella posada ambulante, y el entró en su interior. Allí encontró una confortable cama en la que pronto concilió el sueño.
Una mano tocando su dedo. Estaba soñando...¿ o no? Âglaras habrió los ojos. Un encapuchado trataba de robarle el anillo con el emblema de su ciudad.
Con un rápido movimiento el medio elfo lanzó al suelo a aquel desconocido y colocó una daga en su cuello.
- Me has tratado de robar, inmundicia. Eso te costará la vida.
Levantó su espada para degollar al ladrón, pero unas manos lo agarron por su capa de viaje y lo lanzaron hacia atrás llegando incluso a salir de la tienda.
Su genio aumentaba a cada instante. Se puso en pie y observó a su alrededor. Había siete hombres frente a él, todos encapuchados y con sus espadas desenvainadas.
- Está claro que no me han recibido como yo esperaba- pensó hacia sí.
Tiempo atrás Âglaras hubiera tratado de huir, pero ahora había algo que lo impulsaba hacia ellos, incluso le decía que fuera él el que se lanzara hacia ellos...y así lo hizo.
Descargó la primera estocada en el pecho de uno de ellos que cayó al suelo en ese mismo momento. Al mismo tiempo, su daga entrechocó varias veces con una espada, para que, segundos después, su espada manchada de sangre penetrará en la barriga del mismo.
Entre ataques y esquivas los brazos de Âglaras no cesaban de moverse, al igual que su cuerpo, que acompasaba, junto al ritmo de sus brazos, una danza de muerte que no encontraba su fin.
Entonces, una espada se precipitaba hacia el cuerpo del medio elfo, pues poco a poco más de aquellos hombres se sumaban a la carnicería. Pero allí estaba él, Craven se precipitó sobre aquel que intentaba matar a su amigo y lo degolló con sus garras.
Poco despues, garras y espada acabaron con la vida de todos ellos, no sin sufrir, por supuesto, varias heridas en su agotado cuerpo.
- ¿Estáis bien?- Preguntó una voz.
- ¿Quiénes sois? Colocaos ante mis ojos.
Una señora de avanzada edad apareció ante el medio elfo, que, respirando con dificultad, trataba de identificar la sombra que había aparecido ante él.
- No es necesario que sepáis quien soy. He venido a curaros, y a deciros algo que debeís saber.
Al instante el cuerpo magullado del medio elfo se tornó sano y recuperado, fue cuando aquella misteriosa habló de nuevo.
- Muchacho, hay un gran poder oculto en vos.
- ¿! Pero que decís!? Sólo soy un joven de cuarenta años, inexperto en la guerra.
- Sí, tenéis razón. Pero tanto vos, como los otros cuatro, recibísteis un gran poder.
- Lo sé- interrumpió.- Mi virtud, el Coraje, ha sido útil hasta ahora, pero por su culpa estos hombres me podrían haber matado. Él me ha impulsado hacia ellos, y me superaban en número.
- Os equivocáis. El coraje que corre por vuestras venas os impulsa en la batalla, os niega el miedo de la demás gente, pero no es estúpido. Si os ha impulsado hacia ellos es porque sabía que podríais vencer.
Âglaras no dijo nada, y pensó en aquellas palabras.
- Para finalizar- prosiguió la anciana- tened en cuenta, vosotros, Los Cinco, que en esta guerra póxima, descubriréis el verdadero don que habéis obtenido. Recordadlo....
La anciana desapareció. Y con esas palabras retumbando en su mente, Âglaras partió hacia Ciudad Cristal...
Aikanáro Tîwele
Aikanáro estaba organizando a un grupo de soldados que partiría para escoltar a los que llegaban a la ciudad y con ellos saldrían los 6 jinetes más veloces de la ciudad, con la intención de explorar el territorio y recabar noticias de las otras ciudades ya que nada se sabía de ellas, buscaba a Yárfalia con la mirada pero no lograba encontrarla entre tal caos, la gente no paraba de llegar a Yävetil buscando la seguridad de sus murallas infranqueables. Fue cuando una mujer exaltada se acercó corriendo a Aikanáro y le dijo:
- Señor no tenemos noticias de un grupo de niños que salieron hace cuatro días y tememos que les haya ocurrido algo ya que la última noticia que tenemos es que estaban cerca de los lindes del bosque.
- No temas, ¿sabemos cuantos son y con quien iban?- respondió Aikanáro.
- Son doce niños de entre 6 y 10 años mi señor, y les acompañan las doncellas de Yavanna. Les estaban enseñando la magia del bosque- respondió la mujer.
- Prepararemos un grupo para ir en su busca- le decía Aikanáro mientras hacía sonar el cuerno de Makar y los jinetes de la ciudadela descendieron como rayos hasta llegar al primer nivel.
Allí reunió a una veintena de los mejores jinetes de la ciudad y cuando hubo preparado todo izo abrir la Puerta de Durín no sin antes dar un mensaje para Yárfalia
“Te confió la protección de estas gentes mientras este ausente, no tardare”
Tras darle la nota salieron al galope mientras a su lado veían como no cesaban de llegar elfos de los bosques y algún que otro hombre de las granjas cercanas. Algo estaba sacudiendo el reino y no le gustaba, en su interior notaba como si ya conociera ese mal, como si ya lo hubiera vivido en otro momento pero no lograba recordar donde ni cuando.
Entraron en la espesura del bosque y este parecía haber enmudecido, ni un pájaro ni el susurro de las ramas se escuchaba, galoparon como el viento entre los grandes árboles y cuando llegaron a la encrucijada se separaron de los exploradores, ahora su destino estaba en esos hombres, de su premura para encontrar el mal que se aproximaba.
Pero mientras cabalgaban escucharon los gritos de los niños, Aikanáro espoleo a su caballo y se adelanto a los demás que a duras penas podían seguir el ritmo marcado por este. Allí en un claro estaban los niños detrás de las elfas que sostenían unas pequeñas dagas para defenderlos de los dos wargos montados por orcos que las rodeaban. Aikanáro junto a los soldados cogieron sus arcos y apuntaron contra las bestias, y fue en ese mismo momento cuando estas se lanzaban contra los niños que una sabana de flechas salió por detrás de estos e impactó contra los cuerpos malditos, un aullido rompió la quietud del bosque junto al revoloteo de los cuervos.
Los jinetes desmontaron y se acercaron cautelosamente hacía los cuerpos ahora inertes de los Wargos y de los dos orcos que los montaban y cuando estuvieron a una cierta distancia hundieron sus largas picas en esa carne maldita. Aikanáro miraba a los niños cuando de pronto unos aullidos sonaron en la distancia, más wargos habían sentido la llamada del moribundo, miro a una elfa y le dijo:
- ¡Montad cada uno en la grupa de un jinete, no tenemos tiempo!
Cada uno cogió a uno y salieron al galope, Aikanáro tenía a una niña de dorados cabellos sentada delante mientras de reojo miraba hacía atrás y fue cuando lanzo un grito:
- ¡Corred mis soldados corred, los tenemos detrás, corred y demostremos lo que es premura!
Un gritó salió de las gargantas de los soldados y los corceles incrementaron su galope, detrás de ellos una veintena de wargos los perseguían y cada vez estaban más cerca y fue cuando por arte de magia un muro de ramas y raíces se alzó detrás de ellos, atravesando a dos wargos, ahora nada los perseguía pero apresuraron mas su paso aprovechando que ya llegaban al linde del bosque y los muros de Yävetil se alzaban delante de ellos.
Un griterío se alzó en los muros, sus perseguidores no había muerto, ahora eran menos pero fue cuando en un descuido de Aikanáro la niña se resbalo del corcel cayendo al suelo, este salto del caballo y corrió hacía la niña mientras los wargos cada vez se acercaban mas a ellos, y fue cuando los gritos de los apostados en las murallas le hizo mirar hacía un lado. Un corcel había sido derribado y el jinete estaba tumbado bajo el peso del caballo y el wargo encima, pero este miraba al niño que estaba junto al jinete. Corrió tanto como pudo y cogiendo a la pequeña que se le resbalara la alzo del suelo y se la dio a un jinete que pasaba por su lado. Corría tanto como sus piernas le daban, tomo el impulso con una roca que había cerca y con el hacha en sus manos se lanzó sobre la bestia y con un golpe certero de arriba abajo cortó al orco en dos, el wargo lo miro mientras los demás se agrupaban entorno a Aikanáro. Este miró al solado y pudo comprobar que estaba muerto, Aikanáro se interpuso entre la bestia y el pequeño y le gritó:
-¡Corre cuanto puedas y no mires atrás, corre!
Y el pequeño salió corriendo hacía las murallas, las puertas se abrieron para dejar paso a los primeros jinetes y ahora se escuchaba como se preparaban para salir al rescate de Aikanáro, tenía que darle tiempo al niño y entretenerlos como fuera.
Erendel
Cada día que pasaba la sombra de la duda y la guerra se volvía más oscura en todos los rincones de aquellas tierras. Un lento y constante peregrinar de aldeanos de las pequeñas villas de alrededor acudían a defenderse los más desvalidos y a proteger sus hogares los más osados, que podían manejar un arma con mayor o menor destreza.
Algunas caravanas con alimentos y muchas de aquellas gentes fueron llevados a varias millas de la ciudad en busca del refugio de unas cavernas ocultas en las montañas, al abrigo del bosque, pues no se sabia cuales serian las armas de un enemigo que se intuía peligroso y una precipitada huida de la ciudad, por los túneles ocultos seria demasiado precipitada y tal vez trágica si esta llegaba a caer,. Además gran número de las gentes acudían con muchas de sus pertenencias y el sitio escasearía para que las defensas pudiesen desplazarse con la celeridad y premura que la guerra acarreaba consigo.
Las lágrimas corrían por los rostros de muchos al ver como sus hogares peligraban y gran parte de sus pertenencias quedaban atrás. Eran momentos difíciles, emotivos y de gran dolor porque aun quedaba la separación más difícil y dura pues muchas familias habían de ser separadas como resultado de las guerras. Para algunos seria la primera vez que se enfrentasen en un combate y para otros experimentados y dañados ya por otras luchas y enfrentamientos suponía el dolor de reencontrarse con la muerte y volver a salir victoriosos de su abrazo mortal. Una tensa calma se respiraba dentro de aquellos muros.
Erendel por su parte se preparaba para la batalla. Había ordenado ya a algunos de sus hombres el encargo de la vigilancia de las murallas mientras a otros se les había encomendado la tarea de instruir o refrescar la memoria para los nuevos defensores.
Y mientras tanto la vida en lo mas interno de la ciudad seguía en parte como siempre, con algunos tímidos puestos de verdura, pues las provisiones frescas habían sido cortadas en su suministro y las gentes que se decidieron por quedarse tomaron la precaución de proveerse de provisiones suficientes, o eso esperaban . Pero no todos los ocupantes de la ciudad permanecían allí para la defensa de sus casas sino para ayudar a los soldados y no era de extrañar ver como aguerridas mujeres ayudaban tanto en las labores de cocina o como defendían las murallas prestas a enfrentarse en batalla.
La mañana se presentaba fría y unas tenues nieblas se mantenían aun flotando en leves jirones a lo largo de toda la ciudad. Erendel contemplaba desde la ventana de su habitación el cielo plomizo y una sensacion extraña le recorrió el cuerpo entero. Antes de que el día terminase intuía que el enemigo mostraría su rostro y la guerra estallaría por doquier. Se retiró al interior de la habitación y tras un baño que por un tiempo le borró las preocupaciones de la mente, acudió al vestidor y eligió un atuendo adecuado para el enfrentamiento. Vistió una coraza de cuero endurecido junto con unos pantalones del mismo material, facilitándole la libertad de movimientos. En el pecho llevaba gravada la enseña de Lempë Othari, y tras contemplarla y deslizar su mano por el fino bordado salio de los aposentos rumbo a las murallas. Poco tiempo después de que llegase a tomar posiciones y ser informado de la marcha de la noche, en la lejanía se apreció el humo negro procedente de la quema de una pequeña aldea.
El peligro llegaría pronto a los muros de la ciudad y los valientes soldados junto a su rey estaban dispuestos a enfrentarlo sin dudar.
Aikanáro Tîwele
Y fue cuanto la tierra tembló, las trompetas de plata de Yävetil fueron tocas y las poderosas Puertas de Durín fueron abiertas. De ella emano una marea de corceles blancos como la nieve de Taniquetil salió por ellas montados por fieros jinetes que alzaban sus espadas, un rugido broto de sus gargantas como si fueran decenas las personas que gritarán. Aikanáro miró con orgullo a aquellos que salían a su encuentro pero una figura atrajo su mirada, era Yárfalia que montaba en un corcel negro de gran tamaño, iba muy adelantada a los demás jinetes y fue cuando escucho su voz:
- ¿Te quedaras quieto o lucharas?
Una cortina de flechas lanzadas desde las murallas impactaba contra los Wargos que perseguían a los jinetes, las picotas impactaban con certeras heridas en los cuerpos de las bestias derribando a los que llevaban encima. Pronto y bajo el poder de los jinetes los wargos fueron muertos y los que se escaparon solo encontraron la muerte bajo los árboles del bosque.
Pero las trompetas volvieron a sonar desde las murallas y todos miraron hacía el bosque, temían que de este apareciera el enemigo reforzado y por eso se agruparon entorno a Aikanáro y Yárfalia. Pero del bosque no salió el enemigo, sino una veintena de altos elfos ataviados con pieles de tigres blancos, montaban en grandes corceles blancos, se pararon a una distancia prudencial y uno de ellos gritó:
- ¡Soy Amroth, centurión de la primera legión de los Hombres de Makar, nos han dicho que aquí podríamos encontrar a Aikanáro Tîwele!
- Bienvenidos hermanos de armas, Yo soy Aikanáro- respondió mientras se acercaba a ellos- ¿Qué os trae por aquí hermanos de Makar?, pero será mejor que me respondas dentro bajo la protección de las murallas
- Gracias mis hombres están cansados, hemos recorrido el camino con la sombra pisándonos los talones, todos los caminos están cerrados y fue cuando recibí el mensaje de Makar: “Busca el bosque rojo y cuando estés en el encuentra a Aikanáro” y eso e echo hasta el momento.- le respondió mientras entraban a la ciudad.
Por alguna razón ningún jinete había sufrido daño alguno, y algunos se rezagaron para entrar el cuerpo de su compañero y el de su montura que serían enterrados en las Casas de los Soldados, mientras tanto Yárfalia lanzó sendas bolas de fuego hacía los cuerpos de los Wargos, los cuales se consumieron con gran rapidez devorados por las llamas de la maia.
Las defensas de las murallas fueron derrobladas, y en la fortaleza se celebró un consejo. En él estaban Yárfalia, Aikanáro, el centurión Amroth y los demás generales de la ciudad. Allí recibieron la noticia de que una gran sombra los rodeaba y que esta ocultaba un gran ejercito que asolaba todo aquello que encontraba a su paso, los caminos habían sido cerrados y que se tendrían que defender ellos y no contar con los demás ya que seguro que la guerra que se alzaba pronto llamaría a sus puertas si no lo había hecho ya.
Aikanáro Tîwele
Aikanáro salió de la sala junto a Yárfalia y los hombres de Amroth, se dirigían hacia el Dedo de Vala, subieron por sus escaleras mientras la noche se hacía cada vez más densa, la luz mortecina de las antorchas se reflejaba en los rostros de los hombres que ascendían por las escaleras hacía la cúspide. Llegaron a las grandes puertas que escondían el mayor palacio construido en este lado del mar, Aikanáro miró a los presentes y les dijo:
- Bienvenidos al Palacio del Sol- no tubo tiempo a terminar la frase cuando las puertas se abrieron y ante ellos apareció este.
El asombro recorría sus rostros al ver tal belleza, sus torres blancas como la nieve más pura resplandecía bajo las estrellas, las cuales brillaban más aun si cabe. Dejaron atrás las puertas y empezaron a recorrer la avenida flanqueada por las estatuas, y fue cuando llegaron a la primera escalera que escucharon el sonido de centenares de escudos que eran golpeados por las espadas, allí habían congregados casi todas las huestes de Yävetil.
Aikanáro miraba a los elfos con sus armaduras doradas y a los enanos con sus grandes hachas mientras avanzaban con gran orgullo entre sus hombres.
Los hombres de Amroth ahora eran su guardia personal, un general elfo y uno enano se adelantaron desde sus huestes y se dirigieron hacía Aikanáro y Yárfalia.
- Señor Aikanáro y Dama Yárfalia contamos con dos mil elfos y dos mil enanos fieramente armados y entrenados, los cuales servirán y defenderán a la ciudad. Vuestros hombres esperan unas palabras- les dijeron mientras hacía una reverencia.
- Gracias, aun no es el momento. Cuando Isil este en su cúspide hablaremos, preparad grandes hogueras para el momento, así se hacía en la Casa de Makar y así se hará en la mía.
Yárfalia miraba a Aikanáro y veía en el como algo esta cambiando, ahora se parecía más a los elfos que habían llegado ataviados con pieles de tigres que al Aikanáro que ella había conocido en el bosque, ahora si que su sola presencia transmití a su linaje y su poder. Subieron las escaleras y atravesaron el pórtico que daba al palacio, allí les esperaban las doncellas de Arien, en sus manos sostenían vasijas de cristal llenas de agua que derramarían sobre las manos de los allí presentes, Yárfalia Aikanáro, Amroth y sus hombres. Ninguna palabra se dijo mientras ellas los conducían hasta unas grandes puertas doradas, estas se abrieron y ante ellos apareció una sala redonda de mármol blanco y columnas de cristal rojo. En la sala había las ocho estatuas de los Aratar, Los Principales de Arda también conocidos como Valar. Las estatuas de gran tamaño eran de oro y marfil, los presentes se acercaron hasta el centro y de pronto aparecieron veintidós elfas y un elfo ataviados de de blanco y en sus manos sostenían unos cuencos de cobre. Se acercaron a los presentes y el elfo se encaminó a Yárfalia y le dijo:
- Señora Yárfalia, maia del fuego acompañadme, vuestra merced no puede estar en esta sala ya que lo que aquí se va a hacer es solo reservado para los hombres de Makar.
- Como digas- respondió Yárfalia mientras miraba al musculoso elfo.
Los dos desparecieron por una puerta lateral mientras las elfas iban despojando a los hombres de sus ropas. Doblaron sus ropajes y empezaron a limpiar los cuerpos de los soldados, los frotaron primero con agua para quitar la suciedad que pudieran tener y después cogiendo otro cuenco esta vez de plata empezaron a esparcir con una esponja aceite por los cuerpos desnudos de los soldados, el aroma de este aceite empezó a embriagar el aire de la sala, un aroma dulce. La luz de las antorchas y de las pirras se reflejaban en los cuerpos de estos, peinaban sus dorados cabellos y los trenzaron delicadamente colocando una diadema de plata en sus frentes. Y por ultimo cogieron un tercer cuenco de oro, y empezaron a dibujar en sus cuerpos los símbolos de Makar, los símbolos que solo las doncellas de Arien tenían el privilegio de saber fuera de los muros de las estancias de este. Dibujaban intrincados dibujos en las partes que quedarían al descubierto mientras cantaban antiguos y secretos ensalmos para la protección de estos hombres. El tiempo parecía haberse detenido y que todos ellos estuvieran en una especie de trance, y fue cuando entro una elfa de extraordinaria belleza y dijo:
- Vestid con ropas y armaduras dignas a los Hombres de Makar
Las elfas asintieron y salieron de la sala solo un segundo y cuando entraron traían consigo las armaduras que los protegerían, veintidós yelmo de mithril en cuyo pecho llevaban el símbolo de Lempë Ohtari, veintidós cascos con la forma de la cabeza de un león abierta. Cada una de ellas vistió a uno de los elfos, con ropajes de color plata, altas botas los protegerían junto al yelmo y el casco de los enemigos. Y cuando estuvieron listos las puertas se abrieron y las elfas los condujeron otra vez hacía el exterior, pero esta vez salieron por una gran puerta que daba a la explanada donde los cuatro mil soldados esperaban las palabras de su Gobernador y general, Aikanáro Tîwele, Príncipe de las Oarni y de los Teleri.
Valandil Súleglîn
El amanecer traía consigo el graznar de una numerosa bandada de cuervos que empezaron a ocupar las copas de los árboles que rodeaban la ciudad. Los ojos de aquellas aves, eran rojos como la sangre y de mirada fría como una noche de invierno extremo. No venían buscando nada bueno...aquellos ojos eran los vigías que enviaba aquel el cual aparecía continuamente en los sueños del maia. Un ser constituido por un abismo en cuyo interior reside un potente agujero negro alimentado por la maldad, el odio y la ira...asi como por la sangre que corría por sus venas derramada sobre los campos y mares y arrebatada a cada una de sus víctimas. Aquel ser no hacía distinción a la hora de ejecutar...la muerte era su único lenguaje y mediante ella era como se expresaba...
Continuamente Súleglîn tenía visiones de Ostova Lorë ardiendo en llamas, Ciudad Cristal reducida a las cenizas, Mellon Vilya sepultada por la sangre de los inocentes, Eru Andorya consumida por el caos, y de nuevo Yavëtil rendida bajo los pies de una nueva sombra un mal del que se pensaba que estaba extinguido un puro sentimiento de ira y rencor que condujo al odio y el odio a la destrucción de Lempë Ohtari. Pero si bien sabía algo Valandil era que sus visiones siempre se presentaban por algo...o bien para avisar, o bien para prepararle para el futuro y no luchar contro lo inevitable...pero no era el caso de una visión que tratara desesperadamente de hacerle ver que aquellas tierras estaban destinadas a caer en lo más profundo de la miseria, el pánico y el terror...al final de la visión podía ver como un ancestral poder encerrado en una pequeña esfera del tamaño de una cereza...brillaba en lo más alto de los cielos y un fuego azul celeste con destellos carmesíes se apoderaba del alma de todo ser maligno y la consumía ante los ojos del maia y de nuevo todo resurgía de los escombros...como el fénix que renace tras morir de sus cenizas...aquella esfera incolora con grabados finos pero ilegibles versos...pero no ocultos a los ojos de alguien como Valandil Súleglîn...aquella esfera tenía que conseguirla y sabía a donde tendría que viajar cuando la primera tormenta pasase pues otra más grande se avecinaba y aquel objeto de suma importancia determinaría un claro vencedor en la batalla entre el bien y el mal que se estaba librando en aquellas tierras.
Annamel
Aquel amanecer le pareció a Annamel el más frío que había vivido en toda su vida, aunque dicho frío se reflejaba en su piel dorada donde más lo sentía era en el corazón, aquello que decían en Mellon que estaba por venir sin duda ya había llegado, y ya no se haría esperar mucho más.
Llevaba cabalgando cuatro días en los que apenas si había descansado, sabía que Valandil se hallaba en Ostova esperando de forma urgente su ayuda, por eso quería estar allí cuanto antes, de forma que puso todos sus sentidos en el camino que tenía por delante, procurando evitar encuentros desafortunados, para poder llegar sin incidentes. Annamel observó durante aquellos días una extraña calma en el ambiente.
- La calma que precede a la tormenta- dijo para sus adentros, y espoleó a Umbar, magnifico caballo, compañero fiel en esta batalla que se avecinaba.
En aquel amanecer del quinto día Annamel se encontró contemplando un bello lago de manto plateado, el Aelin Lindale, como supo después. A los pies de este hermoso lago de plata vio Annamel una ciudad, hacia la cual se dirigió sin vacilar.
Cerca de las puertas de la misma decidió desmontar, y llevando a Umbar de las bridas puso el pie por primera vez en Ostova Lore, justo cuando los primeros rayos del sol ya acariciaban su larga cabellera negra.
Ahora era urgente encontrarse con Valandil, hacerle saber que ya había llegado, que venía a unir su poder con el de él en la lucha que se avecinaba.
Annamel caminaba por las calles de Ostova maravillada por la belleza de la ciudad, observaba los edificios de las casas, las tabernas, las plazas, las gentes de allí, que la miraban con desconfianza, ya que era una extranjera entre ellos. Al rato decidió parar un momento en una fuente de una plaza para tomarse un respiro y beber un poco de agua, a continuación cerró los ojos y se concentró, tal cual lo hiciera cuando llegó a Mellon para visualizar el lugar donde se hallaba Erendel, sólo que esta vez tenía que buscar a Valandil, el problema es que ahora estaba realmente cansada por el camino recorrido a prisa, aún así lo intentó…
- Valandil…soy Annamel…- la visión se le nublaba-… en Ostova…- de pronto todo fue la oscuridad a su alrededor, sólo tuvo tiempo de sentir el frío suelo en la piel de sus mejillas, luego nada…
Valandil Súleglîn
De pronto un rayo de esperanza y alegría se abrían entre un mar de negras nubes que cegaban la felicidad...de nuevo aquel sentimiento se apoderaba de el y la alegría tomó posesión de él. El mensaje era claro pero Annamel transmitió algo más que su llegada...sus palabras llegaron frías como el hielo y cansadas muy cansadas.
Súleglîn tomó de su habitación del castillo una caja grande, una mediana y otra pequeña. Salió con elas y con una sonrisa se fue al encuentro de la mujer de doradas pieles.
Cuando llegó a la plaza y la vio el asombro fue aún mayor...tanta belleza allí reunida ni tan si quiera en sus sueños y su imaginación era como había pensado...sus largos cabellos, su piel dorada, sus labios ... y por último su mirada...Valandil se acercó pero intentó disimular que sus mejillas se enrojecían que el corazón se le helaba y latía más fuerte y que sus dedos se helaban pues todo su calor quería viajar junto al amparo de aquella dama.
El maia iba vestido con unos pantalones anchos de seda blanca sujetos a la cintura por un cinturon(que no era más que un pañuelo azul oscuro enrollado a la cintura)y una camisa de seda blanca cuyas mangas al final se ensanchaban, su largo cabello oscuro iba recogido por una coleta y esta a su vez escondida por dentro de la camisa. Los ojos pardos del elfo cambiaban continuamente de color.
-Al fin vuestra llegada forma parte de un hecho y no de mis sueños. Encantado estoy de recibiros gran dama Annamel. Mi corazón late de puro júbilo y me alegra ver que sois más poderosa de lo que sentí en la lejanía. Si mis cálculos no fallan no tendremos apenas problemas por un tiempo...ahora quisiera que me siguierais hasta palacio...allí tengo tres cosas para usted. Además he preparado yo mismo antes de venir un baño con aceites y esencias que le está esperando junto con ropajes limpios y cómodos y para cuando salga he preparado una cesta con frutas del bosque que yo mismo esta mañana recogí. Después podremos ir a la Taberna de la Lengua de Gato y allí tomaremos cerveza y comeremos y podremos disfrutar de un rato agradable y a su vez hablar tranquilos de que nos depara el futuro y de muchas otras cuestiones que me intrigan.
Por cierto disculpadme que no me halla presentado como es debido, mi nombre es Valandil Súleglîn para muchos mi identidad es ocultada y solo me ven como a un elfo luchador pero vuestros ojos han desnudado mi ser y véis mas allá sería inútil engañaros pues no conseguiría nada...soy un maia de habilidades un tanto especiales...digamos que un maia de Lórien y Ulmo si hoy tenemos tiempo os enseñaré parte de mi poder.
Annamel
Cuando Annamel volvió en sí sintió que una presencia poderosa se encaminaba hacia el lugar en el que ella se encontraba, y entonces estuvo segura, Valandil la había oído, y ahora salía a recibirla.
Por una de las calles que llevaban a la plaza vio a lo lejos a un hombre alto, de cabellos morenos, vestido enteramente de blanco, con andar firme, y supo que sin duda era él, al fin le conocía, ese maiar con quien tendría que compartir el triunfo o la desdicha de los acontecimientos que se avecinaban.
Annamel esperó hasta que Valandil llegó hasta donde ella se encontraba. Cuando lo tuvo cerca le llegó su perfume, olía al bosque, a los árboles, a todas las flores de la Tierra Media, y de pronto tuvo una visión de los bosques de Doriath, en los que antaño jugara cuando aún era una niña, y su propia risa le llenó la mente por un instante. Valandil era de presencia imponente, y la miraba algo azorado, ella quería leer en sus ojos, pero estos cambiaban de forma constante de color, lo que la hizo sonreir. Y entonces fue cuando le oyó en su mente.
-Al fin vuestra llegada forma parte de un hecho y no de mis sueños. Encantado estoy de recibiros gran dama Annamel. Mi corazón late de puro júbilo y me alegra ver que sois más poderosa de lo que sentí en la lejanía. Si mis cálculos no fallan no tendremos apenas problemas por un tiempo...ahora quisiera que me siguierais hasta palacio...allí tengo tres cosas para usted. Además he preparado yo mismo antes de venir un baño con aceites y esencias que le está esperando junto con ropajes limpios y cómodos y para cuando salga he preparado una cesta con frutas del bosque que yo mismo esta mañana recogí. Después podremos ir a la Taberna de la Lengua de Gato y allí tomaremos cerveza y comeremos y podremos disfrutar de un rato agradable y a su vez hablar tranquilos de que nos depara el futuro y de muchas otras cuestiones que me intrigan.
Por cierto disculpadme que no me halla presentado como es debido, mi nombre es Valandil Súleglîn para muchos mi identidad es ocultada y solo me ven como a un elfo luchador pero vuestros ojos han desnudado mi ser y véis mas allá sería inútil engañaros pues no conseguiría nada...soy un maia de habilidades un tanto especiales...digamos que un maia de Lórien y Ulmo si hoy tenemos tiempo os enseñaré parte de mi poder.
Pero cuando Annamel contestó fue con sus palabras de viva voz:
- Mucho os agradezco que hayáis venido hasta mí…Valandil, largo ha sido el camino que me ha traído por fin a esta hermosa ciudad, de la que vos sois señor. Ahora quisiera tomar ese baño que me ofrecéis, y acompañaros luego a la taberna de la que me habéis hablado, supongo que hay mucho que hablar y contar. Otra cosa os quisiera pedir, este es Umbar- y acercó el caballo a Valandil- más que un caballo es un amigo muy preciado para mí, es él quien me ha traído hasta ti…quisiera pedirte que lo alojes en tus establos, de forma que pueda descansar del largo camino, y comer para reponer fuerzas…
La elfa miraba a Valandil mientras le hablaba, y de pronto comenzó a sentir un calor en el corazón como nunca antes había sentido, intuyó el peligro, pero el latir de su corazón era más fuerte, y sus dedos comenzaron a temblar, para que Valandil no lo notase escondió las manos delatoras entre los pliegues del vestido, su sentido de mujer apareció dejándole la sensación de estar poco atractiva, con la melena enmarañada, el vestido lleno del polvo del camino, la piel sudorosa por la premura del viaje, y Annamel se sintió desarrapada en presencia de tan apuesto caballero, el cual además le aceleraba el corazón sin saber por qué.
De nuevo Valandil la miraba sonriendo, quizá había notado su apuro, por lo que no tardó más en invitarla a seguirle a su palacio.
- Mi señora…no perdamos más tiempo, en palacio nos esperan los preparativos que hice con motivo de su llegada.
Y Valandil alargó el brazo hacia la calle por la cual había llegado, mostrándole el camino a Annamel con una sonrisa que aún le aceleró más el corazón a la elfa. Ella comenzó a caminar por el camino que le había señalado, mientras él caminaba a su espalda, llevando las bridas de Umbar.
Valandil Súleglîn
Tanta belleza deslumbraba a al espíritu de Súleglîn no conseguía entender como tan loco y vivo sentimiento le hacía descontrolarse tanto. Pero ese descontrol le gustaba...
-Umbar no irá a ningún establo de este reino...el irá junto con mi corcel, y residirá mientras estes aquí bajo la protección de los jardines de mi palacio tendra comida y espacio para jugar y una compañera muy bella espero que no os moleste ni a Umbar el compartir casa con ella.
Annamel y Valandil fueron paseando juntos hasta el palacio una vez allí, él la condujo hasta el baño prometido y una vez allí le enseñó un vestido ceñido de seda de un tono multicolor...una seda tan peculiar que adoptada varios coleres en el momento en que tocaba la piel de su portador y al tiempo tomaba un color intenso que dependía de la dama que lo llevase...Valandil estaba intrigado por saber que bello color adoptaría con aquella belleza andante.
Valandil se quedó embobado mientras pensaba en aquello y Annamel tosió y Súleglîn comprendió que la dama se iba a desvestir para tomar su baño y el maia se ruborizó y de vergüenza no supo que más decir...
Valandil dejó la sala y fue a consultar el Grimnoire y desde la sala escuchaba un bello canto que se fundía con el dulce sonido de las gotas cayendo sobre el agua...era sin duda una melodía sinigual que tejía la mujer que le había robado el corazón...Su corazón volvía a latir fuerte y sintió un fuerte deseo de ir a la habitación y abrazarla y sentir su cuerpo junto al suyo y decirle al oido todo cuanto sentía...pero sentía miedo a ser rechazado...algo en él le decía que no podía dejar escapar a aquella dama pues era quien durante siglos y siglos estuvo esperando...
Entre tanto Súleglîn recogió unas margaritas blancas y las juntó haciendo un centro de flores que plantó en una cesta de madera blanca y dentró dejo una nota que así decía:
\"Al anochecer la luna asciende y reclama su trono, la reina de la noche muestra sus encantos. Pero hoy toda belleza a pesar de que se muestra entera y desnuda...ha quedado anticuado pues son tus ojos y tus labios quien el trono le han robado. Más no se da por rendida y brilla como una perla diamantina pero ha vuelto a perecer en el intento pues el fulgor de tu sonrisa y el dulce brillo de tu piel han traido hasta aquí los rayos de Arien la poderosa. Y aún así llamó a sus fieles seguidoras a que iluminasen junto a ella sus dominios y realzasen su lindeza...pero pobres ilusas...al no ver que una estrella brilla con más fuerza aquí en la tierra...el corazón de aquella dama tiene luz propia y la acompañan las estrellas que al verla un motín han producido pues la luna su trono esta noche a perdido...hoy quiero ser testigo de esto hecho...y os cito justo a la media noche en la terraza que hay en el fondo de mi habitación, la puerta estará abierta y una vez allí seguid hasta el fondo y allí encontraréis unas enormes puertas cristalinas abiertas y accederéis al lugar al cual os llamo con todo mi poder...pero todo poder es poco ante alguien tan preciosa como tú.\"\"
Valandil dejó la cesta junto a la puerta de la habitación en que se encontraba Annamel y rápidamente partió a esperarla...un terrible temor a no haber hecho lo correcto delatando sus sentimientos demasiado pronto o a que la dama no se presentase le inundó pero se relajó oliendo la esencia del bosque que aún permanecía puro y a salvo...
Annamel
Junto con Valandil Annamel recorrió el camino hacia el palacio, el cual se le antojó corto, pues la presencia del maia la confortaba, y la hacía sentir segura. De pronto se encontraba relajada, como cuando aún vivía en Beleriand, y sentía una dicha que durante largos años había olvidado, y así se encontró riendo en compañía de ese delicioso caballero.
Por supuesto la elfa aceptó encantada la invitación que el maia le hizo a Umbar, el caballo hasta dio un relincho de alegría como agradecimiento ante su anfitrión, lo que le arrancó una risa a este último.
Una vez en palacio Valandil la llevó a las que serían sus estancias, y allí la dejó sola para que tomase el baño prometido. Annamel lo disfrutó como nunca, pues hacía mucho tiempo que no se permitía semejante lujo, y el ambiente preparado por el señor la hacía soñar con tiempos lejanos, se sentía tan alegre que sin darse ni cuenta comenzó a entonar una melodía, aquella que le cantara su padre cuando aún era pequeña y despreocupada, y cuando el mundo no giraba tan deprisa como ahora.
Cuando acabó pasó a la habitación para vestirse. El vestido que descansaba sobre el lecho tenía un tacto y un color indefinido, que parecía cambiar de forma constante a medida que pasaba sus dedos por él, mientras pensaba en lo extraño de este hecho le pareció escuchar un susurro tras la puerta, quizá alguien había llamado, así que se envolvió en el paño de lino que hacía las veces de toalla y se dispuso a abrir tímidamente, pero no encontró a nadie allí, mas cuando miró hacia abajo vio una preciosa cesta con flores de madera blanca, y entre ellas un papel doblado. La elfa tomó la cesta y volvió a cerrar la puerta tras de sí, se sentó en el lecho y se dispuso a leerla. Pero nada la había preparado para el asombro que las palabras escritas por Valandil causaron en ella, ¿era posible que él le hablara de amor? ¿a ella, que apenas había llegado a su vida?, el corazón de Annamel volvió a desbocarse, porque le latía de un amor incipiente que nunca antes había sentido, pero dentro de sí temía a aquellas palabras que él le dirigía, apenas conocía al maia y ya casi la había seducido, o mejor dicho, ya le había robado gran parte de su corazón, ¿pero hasta donde sus hermosas palabras escritas en el papel eran ciertas? ¿qué haría Valandil cuando tuviera lo que anhelaba de ella, seguiría dedicándole palabras de amor rodeadas de flores, o la olvidaría para hablarle a otra?, la elfa luchaba contra sí misma, ella, que sólo había vivido para ayudar a los demás en lo que sus artes le permitían desde que dejara Beleriand, se encontraba con la ironía de no poder ayudarse a sí misma en esta situación, deseó tener cerca de Melian, para que la aconsejara. Sin embargo finalmente tomó una decisión.
Annamel tomó el bello vestido que le había obsequiado Valandil, iría a la cita de esa noche, no podía negarse con quien tan bien la estaba tratando y con su anfitrión, al menos era la excusa que se ponía a sí misma, sabía que en el fondo iba porque se estaba enamorando de él, por eso aprovechó todos los recursos que había a su alcance, empezando por el vestido, para lucir lo más hermosa posible esa noche y así conquistar el corazón del caballero que le estaba robando el suyo, también usó el aceite para dar aún más brillo a su piel, y peinó su larga melena hasta que quedó reluciente, para adornarla después con las flores de la cesta blanca, y por último se perfumó levemente, finalmente se puso el vestido, de forma que el conjunto quedó completo, y se miró en el espejo, el vestido deslumbraba con su color favorito, el verde intenso de la naturaleza en primavera. Cuando Annamel acababa de prepararse ya era casi la hora citada por Valandil, los nervios le recorrieron la espalda y le aceleraron el corazón, una ironía más, ella que llegaba para luchar se encontraba luchando, pero contra sí misma, y en un terreno que le era desconocido por completo, casi prefirió luchar con una espada en la mano, ya que luchar con un vestido por toda arma la hacía sentir muy indefensa, pero esas son las armas con las que luchar en el amor, y así debía de ser esa noche. Curiosamente pensó Annamel que al final no habían ido a la taberna aquella tarde, ya que ella se la había pasado en otros menesteres, se sonrojó al pensarlo, sólo esperaba que mereciera la pena.
Así ataviada fue como ella recorrió el camino que una vez más Valandil le había indicado, deteniéndose justo al atravesar las puertas cristalinas, ya que allí estaba él, erguido en toda su estatura, majestuoso, y la miraba con ojos graves y una sonrisa en la boca, de forma que a Annamel se le congelaron en los labios las palabras que pensaba decir, lo único que pudo hacer fue sonreír a aquel que se estaba apoderando de sus sentidos…
Valandil Súleglîn
Fue entonces en ese justo instante que un invierno cruel se apoderó de su cuerpo y lo congeló en el momento en que nacía de sus labios una sonrisa...justo cuando entraba en el balcón la dama ataviada con aquel precioso vestido de un verde tan puro como el verde del profundo bosque un verde pasional que relucía intensamente bajo la mirada celosa de la luna. Sus cabellos ondeaban al viento, el cual los hacía bailar suavemente y deleitaban a Valandil con su dulce danza. La piel de la dama...dorada como el oro y brilante como la mar...el corazón de Súleglîn latía tan fuerte que creía que la vida se le escapaba sin poder remediarlo...
Pero este invierno temporal desapareció cunado una sonrisa se dibujaba en la cara de la dueña de su corazón...el calor que se desprendía de su rostro al sonreir trajo consigo la primavera a Súleglîn y este recuperó el control sobre su cuerpo.
Valandil se llevó las manos a la espalda y liberó sus cabellos también al viento, sonrió de nuevo y se acercó más a la dama...ahora tan solo los separaba un paso más...Valandil se arrodilló y tomó la mano y notó que una sensación electrizante al tocarla le recorría el cuerpo y le hacía sentirse fuerte, protegido, seguro le hacía sentir especial y mirando a los ojos de la reina de aquella noche y del resto de las que el viviera le dijo:
-\"Mi corazón late rápido, y mis manos se hielan pues tu sola presencia me roba el corazón...y me alegro que así sea pues nadie mejor que tú podría guardarlo en su interior...y no son solo palabras lo que hoy por tí haré pues amar es el mayor don que se nos ha concecido pero si tu me dejas amarte a tí ese será el mayor don que se me halla podido conceder...ahora mi reina...señora de la noche eterna que oscurece de amor mi corazon...señora portadora de la luz que trae la esperanza a mi ser...dama del amor y gran mujer que mi corazón a llevado consigo...os amo y deseo tanto daros un abrazo y sentir vuestra respiración junto a la mía que mi vida daría si tan solo una décima parte de segundo mi ser saborease el dulce regalo de tus labios...pero la duda y el miedo aún siguen y la única forma que creo que se irán es la que tengo en mente...\".
Valandil se incorporó lentamente y tomó por la cintura a Annamel y lentamente se acercó a sus labios y un beso de ellos robó...un beso corto pero intenso...un beso que iba más allá de las palabras y los actos...notó como una energía mayor que el bien y el mal por encima del control de hasta incluso el gran Eru había tomado posesión de él y lo había atravesado de un extremo a otro agitando su ser. Se separó lentamente de Annamel y lágrimas plateadas empezaron a caer del rostro de Súleglîn, tomando fuerzas dio un paso hacia atrás y de nuevo habló:
-No se si me he precipitado en mi actuación si es así he de entender que me rechacéis pero yo permaneceré siempre fiel a mis emociones y a lo que siento, y no quiero que penséis que tan solo son palabras lo que en mi hay para ti...pues estas lágrimas...lágrimas derramadas por el ser que te ama son para tí...no tienen valor si las tomas y las quieres dar especial utilidad pero si piensas porque y por quién fueron derramadas entenderás que no son más que todo el oro de este mundo apilado...son el resultado de la felicidad que me produce amarte y tener la posibilidad de ser amado...pero el miedo me toma a momentos...aún así te amo y lo grito y lo canto te amo y mi amor ha arrancado las raices de soledad que en mi corazón germinaron....
Tengo algo que ofrecer y es mi amor...pero no te puedo prometer que mi físico durará por siempre pero si que mi amor y mi forma de amar serán eternas y en el tiempo y el espacio se perpetuaran...quizás no te pueda dar todo el poder y riqueza de este mundo más no lo veo necesario tu sonrisa ya tiene todo eso y más aún así puedo ofrecerme a mi mismo...mi amor me hace esclavo de tu corazón, un corazón puro y en eterna armonía...os amo si no lo dije ya anteriormente os amo tanto que me siento invencible teniéndote cerca....
Ahora el maia era consumido por el miedo al rechazo pues todo quedaba en manos de Annamel, los ojos de Valandil de nuevo centelleaban y buscaban una respuesta en aquella bella flor bajo una noche de precioso brillo estelar...fue entonces cuando ´la contempló aún más bella y radiante...con las margaritas que el mismo había recogido...aquello ¿significaba algo era una señal? la emoción desbordante se apoderaba de él...
[Editado por wiccano el 01-05-2006 01:33]
Annamel
El corazón de la elfa era todo un torbellino de sensaciones, no podía creer que en tan escaso periodo de tiempo dos corazones pudieran sentir tan intensos sentimientos, ni que llama tan viva hubiese prendido de forma tan rápida en ambos, a menos que los dos corazones que ahora latían en diferentes cuerpos hubiesen nacido juntos, para luego ser separados y tener la dicha de reencontrarse por fin aquella noche, la más hermosa noche vivida para Annamel, la noche en la que dos almas se reconocen y se encuentran.
Cuando Valandil se acercó a ella y se postró a sus pies tomándola de la mano creyó que el aliento le faltaría, más aún cuando escuchó su declaración, y sintió la fuerza de sus manos al rodearla por la cintura, y el tacto de aquel beso, que aunque fugaz le prometía mucho más, ya que no fue tan robado como Valandil quiso creer, demasiado breve, pero demasiado intenso a la vez.
Al notar que se alejaba, Annamel abrió por fin sus dorados ojos, para ver como de los de Valandil caían lágrimas de plata, la emoción la embargaba de tal manera que no podía hablar aún, así que se le acercó esta vez ella, y poniendo su rostro cerca del de Valandil le acarició el oscuro cabello con una mano, al tiempo que con la otra le enjugaba las lágrimas, que relucían como estrellas en la oscuridad de la noche, y acercando sus labios al oído del maia le habló suavemente.
- Ahora sé porqué he venido…porque llevaba tiempo buscándote sin saber que te buscaba, y porque ahora que te he encontrado ya sé donde está mi hogar, porque el miedo que sentía me lo has robado con tus palabras, ahora sé que me amas de verdad, las lágrimas de un hombre no caen en vano…Valandil…yo también te amo, me ahogo en tus ojos con sólo mirarlos, porque tienes en ellos la profundidad de dos océanos de Varda, la sabiduría que sólo un gran hombre como tú lleva en su interior, la ternura de un niño, la frescura de la naturaleza…quiero compartir todo eso contigo, quiero luchar a tu lado, quiero proteger esta ciudad que apenas conozco para que en el futuro la compartas conmigo y me enseñes sus secretos, y descubramos el amor todos los días en cada uno de sus rincones, porque juntos seremos más poderosos y venceremos al mal que se avecina, con nuestro poder y la fuerza del amor…y si el destino nos hace sucumbir yo estaré a tu lado siempre, pase lo que pase, porque ahora que te he encontrado ya no sabré afrontar la vida sin tu amor y tu calor…te amo Valandil..
Y diciendo esto Annamel inclinó la cabeza y cerró los ojos esperando un nuevo beso del maia…
Valandil Súleglîn
El corazón del maiar se volcó de nuevo a un profundo foso de sensaciones vivas e intensas y notó com el amor que le había sido robado era correspondido. Era tal la felicidad que sentía que no podía definirla con palabra alguna sobre la tierra...
Pero cuando Annamel se inclinó hacia el y con su dulce voz habló le dejo el corazón helado y en un eterno sueño de placer pareció sucumbir su alma. El amor no lo cegaba ni lo embriagaba el amor le arrancaba miedos y destripaba temores le hacía sentir fuerte y poderoso, le hacía sentir afortunado...creía tener en sus manos la llama imperecedera pues para el no había ya en su vida nada más importante que ese amor vivo e intenso que nunca por nada del mundo rompería. Pero tal belleza se desprendieron de aquellos versos que el maia creyó estar soñando mas no soñaba pues el dulce roce de las palabras de Annamel sobre el oido de Súleglîn hacían que su sangre hirviera...no podía retener más ese loco amor...
Annamel inclinó su cabeza y cerró los ojos...y Valandil de nuevo se acercó a sus labios con un movimiento ligero como el vuelo de un pájaro y en un nuevo besó todo su amor fundió...sentía como las piernas le temblaban y como el corazón le estallaría...se acercó más y tomó a la gran dama y la rodeó con los brazos y la abrazó con ternura mientras la seguía besando...podía oler el perfume de su piel...se alternaba con el de las margaritas y el fino olor de sus cabellos...y cada segundo lo sentía con fuerza y lo retenía perpetuándose en un beso que no parecía acabar pues estaba dotado de una energía ancestral y poderosa un amor tan fuerte y poderoso que un mundo entero a sus pies podría caer rendido...suavemente acarició mientras besaba a la dama su espalda y durante un instante deseó que el tiempo parase y no avanzase...pero el ya sabía que con ese beso el amor eterno había florecido...
Valandil suavemente se separó de los labios de su amada...y pensó para sí...
-\"Al fin te encuentro después de tanto buscar...al fin te tengo después de tanto luchar...mi vida no podría ser más feliz y todo gracias a que estás junto a mí...más no no vencerán jamás...te amo...\"..
Valandil miró a Annamel y dulcemente sonrió, una sonrisa que delataba que la dama había podido leer los pensamientos del maiar. Súleglîn la tomó por las manos y le dijo:
-Tengo algo para tí...espero que te guste y sea de tu agrado...
El maia alzó su mano derecha y apuntando con la palma abierta las estrellas pronunció los siguientes versos:
\"Hijas de la dama que habita en su trono y desde allí todo lo ve...
venid ahora y reuníos con la reencarnación de vuestra luz...
formad parte de este regalo junto con mi amor...
y dadme vuestra luz para que brille en todo su esplendor\"
Instantáneamente varias estrellas empezaron a brillar y de repente desaparecieron y a los segundo un polvo de color diamantino empezó a precipitar sobre la palma abierta del maiar...Valandil cerró la mano tomó la de Annamel y le abrió su palma y en ella depositó el polvo estelar que al caer en su mano ya no era polvo sino un fino y bello collar de numeras piedras engarzadas con formas de estrellas redondas y con picos...
-Mi bella dama de pieles doradas...este collar impregnado por la luz de mi amor y la luz de Elbereth te guiará cuando todo se torne oscuro...y solo las tinieblas te quieran amarrar...pero no olvides que con él puesto estés donde estés contigo iré...aunque espero que nunca tengas que hacer uso de él pues eso significaría que muy cerca de mi no estarías y ahora mi alma de ti no se quiere separar...
Valandil abrazó con fuerza a Annamel y le preguntó:
-¿Mi dulce flor...mi bello amor os apetecería salir en esta noche al bosque a pasear?...allí estaremos más tranquilos y a la luz de las estrellas podríamos cenar y pasar una dulce velada...
Ahora Súleglîn esperaba una respuesta...aún saboreaba en sus labios el último beso pero deseaba otro...aunque no quería atosigar o agobiar a la bella dama que tan feliz le estaba haciendo.
Annamel
La dama elfa era plenamente feliz aquella noche, la cual jamás olvidaría por mucho tiempo que pasara. Valandil la había cubierto de dulces besos, y la había estrechado entre sus brazos, el mundo no existía más allá de ellos dos, aunque en un resquicio de su mente sabía que le estaban robando tiempo al tiempo, y que en pocos días su felicidad se vería seriamente amenazada, podía sentirlo por ella misma, pero también lo percibía en el corazón del maia, que ahora latía al unísono con el suyo, y así sería para siempre, el sabor de sus besos aún perduraba en sus labios…
Annamel admiró el collar que Valandil le regalara, una obra de arte difícil de poder reproducir, de relucientes estrellas, que sin duda tenían la luz de Elbereth, tal como él le había dicho. Nunca había visto joya más hermosa en su vida, quizá a excepción del silmarill que trajera Beren cuando pidió la mano de Luthien, y aún así esta joya tenía una vida propia fácil de envidiar, la vida que Valandil había insuflado en ella, por eso Annamel le pidió así.
- Valandil, quisiera llevarla esta noche, y todas las noches de este mundo aunque esté junto a ti, porque es tan bella que sería injusto ocultarla a los ojos de los demás.- la elfa no podía dejar de sonreír mientras le hablaba, era completamente feliz.- Y ahora sea como tú deseas mi apuesto caballero, llévame donde desees, pues estoy a tu merced, no olvides que aquí soy tu invitada, tu aliada fiel, la esclava de tu corazón, sólo deseo que la noche no acabe nunca, porque temo que esto no sea más que un sueño, y tal vez despierte mañana y la ilusión haya desaparecido para siempre…-pero Annamel reía mientras hablaba, porque sabía que no estaba en el mundo de los sueños, sino en la noche más real de su vida, y con quien siempre había soñado estar…Valandil Suglelin, hasta el nombre la embriagaba.
Mientras así hablaba la dama caminaba alrededor del maia, obligándole a girar sobre sí mismo para poder seguir contemplándola, finalmente se detuvo cuando acabó de hablar en las puertas por las cuales había accedido momentos antes a la terraza, y mirando a Valandil con una sonrisa divertida en los labios le hizo una reverencia levantando con ambas manos un poco el vestido, dejando al descubierto sus finos pies y tobillos, Annamel iba descalza, porque le encantaba sentir el frescor en la suela de los pies…de pronto se dio la vuelta y echó a correr por donde había venido, iba riendo, y el sonido de esa risa arrancaba ecos en las estancias y pasillos del palacio…
- ¡Vamos Valandil!- sonó en la mente del maia- llévame al bosque, llévame donde desees, hagamos que la noche no acabe nunca- y la escuchaba reír.
Annamel no sabía porqué había echado a correr, pero se sentía libre aquella noche, sólo quería reír, quería que Valandil la alcanzara, que la alzase en sus brazos, quería escucharlo reír a él también, de pronto se sentía otra vez como casi una niña, se sentía traviesa, quería correr por el bosque junto a él, y caer sobre la hierba sin aliento, y recuperarlo de nuevo entre sus besos y bajo los árboles, quería encender la sangre del maia, de pronto Annamel descubría el lado más físico del amor.
Valandil Súleglîn
Annamel se acercó a la puerta de la terraza y allí mostros los bellos pies que ocultaba bajo el vestido...además se veía el comienzo de una bellas y firmes piernas que seducieron aún más al enamorado y sintió el deseo de subir un poco más su vestido...atónito y absorto en sus pensamientos escuho la dulce sonrisa de su flor dorada y como lo llamaba e incitaba a jugar esa noche y a prolongarla hasta que el amanecer iluminase con sus rayos un nuevo amor...un amor más fuerte que todo poder...
Valandil salió de la terraza se quitó las sandalias, se quitó toda la ropa y sacó del armario una de su prendas favoritas, era un traje de una sola pieza de color blanco...algo asi como unos pantalones anchos con campana pronunciada al final y por la cintura unidos por hilos de oro a una camisa de tela semitransparente que brillaba como los destellos que se vislumbran en la mar cuando Arien lo acaricia suavemente, las mangas de la camisa eran alargadas y acababan ceñias por dos cuerdas de color ceniza a las muñecas. Una vez vestido salió a los pasillos y escucho la traviesa sonrisa de su amada que lo incitaba a buscarla y comenzo a perseguir su esencia fue entonces cuando llegó a los jardines y una vez allí perdió el rastro...cerró los ojos para sentirla y justo cuando bajó la guardia Annamel volvió a reir...la dama le estaba distrayendo para que no intuyese donde se ocultaba y desde donde lo contemplaba y reía al ver como su amado no la encontraba...
De nuevo volvió a cerrar los ojos y fue entonces cuando por detrás Annamel se tiró encima de Valandil y lo hizo caer sobre un suelo acolchado por bonitas flores y le dio un gran beso y abrazo y de repente volvió a desaparecer entre risas...Pero esta vez no iba a ser Súleglîn quien se dejase atrapar...
De repente un Valandil ilusorio salió del jardín hacia las escaleras que ascendían a la superficie...Annamel intrigada salió tras él y justo cuando lo vio parado frente a una antorcha y le fue a sorprender de nuevo se lanzó a abrazarlo pero se desvaneció en un polvo dorado y de repente sintió como unos brazos la rodeaban la cintura y le robaban otro beso...
-Esta noche es nuestra noche...un regalo concedido por los Valar...una noche de travesuras mi amor...corre conmigo y saltemos juntos entre los troncos, piedras y arroyos del bosque...vayámos al rincón en el que siempre descanso en paz...es una gran explanada donde crecen rosas de todos los colores y en aquella explanada me encontrarás y allí...daremos rienda suelta a nuestro amor...no sabéis que fuerte es el deseo...
Valandil acarició dulcemente con su nariz la mejilla de la dulce Annamel y empezó dándole un mordisco inocente en el lobulo de su oreja y continuó hasta besar su precioso cuello con una ternura jamás vista...y justo al cabo de unos segundo fue el quien salió corriendo y mostrando el camino a su amada hasta el claro en el bosque del que le habló.
Annamel
Annamel lo vio partir corriendo, ya se disponía a echar a correr cuando una idea le vino a la mente…se sonrió para sí y miro alrededor del jardín, no había nadie por allí. Despacio comenzó a liberarse del vestido, y lo dejó sobre la baranda de mármol de la terraza que daba al jardín, a continuación elevó los brazos y cerró los ojos, se levantó una suave brisa que envolvió el cuerpo dorado de la elfa, el cual se transformó en un instante en una hermosa mariposa de color dorado, que echó a volar dejando tras de sí destellos de su mismo color.
-Esta vez no me atraparás Valandil…-y rió para sí.
Se concentró en seguir el rastro de maia, era fácil, pues su olor era ya para ella inconfundible, y allí lo encontró, con la melena oscura suelta y cayéndole por la espalda, todo vestido de blanco, apoyado en un árbol, le pareció la visión más hermosa que jamás había visto…
La mariposa revoloteó cerca de Valandil, de pronto se situó frente a él, se quedó quieta, y con un susurro de brisa apareció Annamel, desnuda…el maia quedó totalmente desconcertado ante aquella visión, ya que él aún no sabía de los poderes de su amada, pero cuando quiso abrazarla ella volvió a desaparecer, dejándolo aún más desconcertado.
Ahora Annamel era una luciérnaga, que se confundía con las que había aquella noche en el bosque, de forma que Valandil tenía que concentrarse para localizarla entre tantas lucecitas brillantes…aún así no lo logró, y ella volvió a sorprenderlo por la espalda, esta vez él consiguió rozar su piel antes de que ella despareciese otra vez, esta vez en forma de colibrí. Valandil reía ante las bromas a las que lo sometía Annamel, se estaba divirtiendo mucho, pero ya era hora de poner fin al juego y pasar a algo más serio.
Una vez más el colibrí revoloteó a su alrededor, y cuando se detuvo para tomar la forma de mujer que le correspondía Valandil se acercó a ella, y esta vez la elfa no huyó, dejando que él la tomara entre sus brazos y la llevara al lugar del que le habló en el bosque…las estrellas fueron testigos de todo lo que ocurrió aquellas noche entre los nuevos amantes…
Valandil Súleglîn
Múltiples carcajadas salieron de Valandil ante lo traviesa que se presentaba su dorada flor...aquel juego le hacía sentir vivo y feliz y su lado más pícaro salió en el a relucir mientras intentaba atrapar a su amada.
Pero el asombro al ver el cuerpo desnudo de Annamel lo había cautivado aún más y ahora quería poseerlo...nada más bello había visto antes...ni tan siquiera los Silmarils habían levantado en el tanto deseo...es mas nunca lo hicieron pero el deseo de tomarla y sentirla junto a él de abrazarla y amarla bajo las estrellas y con el viento tocando música para los enamorados era cada vez mayor...
Fue entonces cuando Annamel se presentó desnuda otra vez, los rayos de la luna incidían sobre su cara...era una belleza sinigual...su piel dorada iluminada con plateadas luces...
Valandil se despojó de su vestimenta lentamente...Annamel sonreía y contemplaba el cuerpo de su amado...Valandil se acercó y la abrazó y junto su cuerpo con el de la mujer que hacía que su samgre hirviese...de repente una polvareda se levantó del suelo y un remolino de flores y hojas comenzó a danzar entorno a los cuerpos desnudos y abrazados que se besaban y se fundían en uno...Annamel cerró los ojos...y al instante los volvió a abrir...el lugar había cambiado su cara de asombro era espectacular...
El maia sin separarse de la bella mujer le susurró al oido:
-Todo cuanto te quiera me parece poco, todo cuanto te ame me parece insuficiente, todo cuanto te tenga es menos que nada...pero esta noche tu y yo vamos a hacer que el cielo se caiga de envidia porque voy a hacer que te sientas la mujer más afortunada de este mundo y serás envidiada por todas...hoy vamos a experimentar el nacimiento de algo nuevo y nuestros cuerpos estableceran más que un contacto físico...nuestras almas se uniran.
Ahora estaban en el claro del que Valandil había hablado a Annamel y las flores esa noche se engañaorn pues creyeron que la muchacha de piel dorada era la mismísima Arien...que había bajado para acariciarlas pero no era así no era su Arien era la Arien de Valandil, su sol, su vida...
Súleglîn y Annamel se tumbaron sobre la hierba fresca. La panorámica de Súleglîn tumbado desde el suelo era preciosa. Encima de él estaba Annamel irradiante de belleza y tras ella una noche de estrellas que se difuminaban era como si su belleza tuviese un aura envolvente...Valandil comenzó a acariciar a Annamel y está a Valindil de prontó ambos sintieron un calor extremo que los hacía ruborizar...
Las caricias iban a más y esa noche el tiempo les concedió una tregua y les segundos duraron minutos y los minutos horas...pero aun así estuvieron toda la noche pegados el uno al otro haciendo el amor y tras el placer físico sus almas revoloteaban por el ambiente amándose de la forma más pura jamás vista en aquellas tierras.
El amanecer venía y los enamorados seguían juntos sin parar su amor no tenía fin...sus energías tampoco...el sol se levantó sobre ellos y ahora Valandil estaba sobre Annamel este la miró sonrió y le dijo:
-Jamás en mi vida pensé que algo tan bonito como esto me ocurriría, ahora quiero que todos los días que me queden sean junto a tí...te amo tanto que podría estar eternamente demostrándotelo...pero mi amor...todo cuerpo tiene su desgaste jeje y ahora necesito descansar aunque veo que tu aunque respiras profundamente sigues tan preciosa como una rosa...no tienen fin tus energías me gusta...es más las necesitarás si crees que esta noche no se repetirá..
Ahora Valandil miraba con cara muy tierna y como buscando de nuevo algo, una cara como cuando a un gatito con el que juegas \"al pilla pilla\" y cuando se cansa para y de nuevo viene con una carita tierna a pedir más...pues esa cara tenía Súleglîn y buscaba algo en Annamel...pero ¿ella entendería su carita de travesura inocente?...
Annamel
Valandil la miraba con deseo, con ese deseo que ella sabía jamás se apagaría, la acariciaba para excitarla de nuevo, pero no hacía falta porque Annamel estaba preparada para él.
La luz de los primeros rayos del sol los encontró de nuevo juntos y unidos en tan bella danza de amor, totalmente acompasados entre sí. Para ellos el tiempo y la tierra habían desaparecido, sólo existían para amarse, para llenarse el uno del otro, para vivir en los ojos del opuesto, y alimentarse de ese amor con el cual se daban la vida.
Tan entregados estaban entre sí que el momento de placer los sorprendió al mismo tiempo, el culmen del amor físico y espiritual, en el que dos personas se entregan tanto que alcanzan la satisfacción juntas, y eso ocurrió aquel amanecer en aquel bosque, entre los cuerpos unidos de Valandil y Annamel, tan llenos estaban de amor que no se dieron cuenta de las lágrimas que les surcaban las mejillas, lloraban con una emoción desbordada, aquella que sólo conocen los que han experimentado el sentimiento más perfecto creado, aquel que cuando se conoce te cambia la vida. Los amantes no lloraban de tristeza, tampoco de alegría, lloraban porque habían descubierto un regalo jamás antes concedido…
Cuando la respiración les volvió a la normalidad aún estaban abrazados, pero ahora ya reían de nuevo. Valandil se incorporó, y tomó a Annamel en brazos, y así la llevó hasta palacio, esta vez directamente a sus estancias, y una vez allí la depositó suavemente en su lecho de sábanas de seda, mientras él preparaba el baño para los dos, y ordenaba un desayuno colmado de frutas de su bosque para después del aseo matinal, obligado tras una noche de pasión. Annamel se sonrojó al recordar todo lo que habían hecho aquella noche, las cosas que había dicho, la audacia con la que sus manos habían recorrido el cuerpo de Valandil….y pensar que aquella había sido su primera vez…¿se habría dado él cuenta?, tenía que saberlo.
- Valandil, he de decirte algo…esto- la elfa no sabía cómo decirlo- quiero que sepas una cosa, que quizá te sorprenda mucho, pero has de saber que esta ha sido la primera noche de amor que he vivido…y que me has hecho realmente muy feliz..
El maia la miró conmovido desde la puerta de la habitación, ella estaba aún sobre la cama, y se abrazaba las piernas con los brazos, con el rostro sonrojado.
- Annamel, es un regalo que no me esperaba, ni el vestido ni el collar que te regalé se pueden ni de lejos comparar con el regalo que me acabas de hacer tú, yo también quiero que sepas algo, que aunque en el pasado estuve con otras mujeres tú eres la primera con la que he hecho el amor, y sólo contigo he alcanzado la plenitud en el acto, y así será siempre mientras estemos juntos.
La elfa le sonrió, Valandil se acercó a ella y la besó una vez más antes de salir de nuevo a ultimar el baño.
Valandil Súleglîn
La noche y el amanecer habían sido geniales...todo gracias a Annamel...se sentía feliz de amarla y ser amado y la confesión que le hizo en último momento fue el mejor regalo que le le podía haber hecho sin contar con amarle y el de haberle dado esa noche todo cuanto pudo desear...
Valandil supervisó por última vez el baño y llamó a Annamel para que lo acompañase a entrar. Una vez dentro...los dos en el agua uno pegado junto al otro...empezaron a jugar y a acariciarse y besarse suavemente, Valandil giró la cabeza y tomó con la boca una fresa y con un beso se la puso en los labios de su flor dorada...y encantada la aceptó...
Valandil se levantó y puso a Annamel dándole la espalda y se sentaron entonces él empezó a darla un masaje para que se relajara, pasado un tiempo Annamel se giró besó a Súleglîn y le dijo que ya debían prepararse para organizar la defensa.
Ambos salieron del baño se aclararon el uno al otro y se vistieron y Valandil de nuevo quedo atónito ante la belleza de Annamel. Se dirigió a ella y le dijo:
-Annamel mi amor...he de mostrarte antes algo que solo Aikanáro Tiwele y Yarfaila Veryawen conocen...
Valandil condujo a su amada hasta la habitación en que guardaba el Grimnoire...
-Mi vida este libro...forma parte de siglos y siglos de sabiduría, en el contengo las enseñanzas directas que recibí de los Valar, incluso un apartado escrito exclusivamente por I Nandaro un gran maestro que me ayudó aprofundir en las artes de Lórien...además están los hechizos y conjuros más poderosos que conozco...este libro si cayera en malas mano...sería el principio de un desastre...pero también tiene cosas buenas y continuamente lo estudio para aprender más y más y a la par que mi poder crece el libro también...está ligado a mi y yo a él...en ocasiones es una carga pero en otras es de gran ayuda...mira este conjuro es el que vamos a usar para defender la ciudad y junto a tí será más poderoso...con este conjuro podremos poner a salvo a todos los civiles uniremos nuestras energías para teletransportarlos a todos a Yavëtil y allí Aikanáro Tîwele los ayudará y dará cobijo en la infranqueable ciudad que el gobierna. También lo usaremos para enviarle un refuerzo...estos día he convocado a un gran número de ents de los bosques y los teletrasportaremos hasta los dominio de Yavëtil porque de tener que ir a pie llegarían demasiado tarde y junto con los ents iran los gollems de agua que han acudido en nuestra ayuda...y este pequeño regimiento de seres míticos solo responderan ante mi voz o la de Aikanáro, mi hermano, no de sangre, pero si de corazón y espíritu.
Annamel ayudó en todo lo que Valandil le pidió y cuando acabaron de conjurar la ciudad y hacer lo que el mismo de explicó fueron a la armería y allí vestirían para el encuentro...Súleglîn se acercó a la mujer de sus ojos y le dijo:
-Mi vida te amo con todas mis fuerzas...se que eres capaz de luchar como una reina en el campo de batalla no te preocupes por si valdrás...y no te preocupes sea lo que sea juntos lo afrontaremos...no dejaré que nadie te ponga la mano encima...antes me inmolo para protegerte...te amo.
Valandil se acercó a Annamel y la abrazó y acarició sus cabellos...
Annamel
Habían transcurrido al menos dos días desde que Annamel llegara a Ostova, era increíble que en apenas tan poco tiempo hubiesen ocurrido tantas cosas, para ella no habían pasado dos días, para ella había pasado toda una vida.
Cuando Valandil le explicó la situación de peligro en la que se encontraban las ciudades del reino de Lempe Ohtari el corazón de la muchacha se agitó de angustia, pues lo mismo que su corazón amaba al maia también amaba todo lo que para él era querido. De esta forma puso todas sus energías en el conjuro que protegería la ciudad y a sus habitantes, y que Valandil le había enseñado, en adelante aprendería mucho de él, y del libro que le había mostrado, el Grimnoire, en el que el maia guardaba su misma esencia.
Valandil le había dicho la tarde anterior que la protegería con su vida, pero Annamel también quería protegerle a él con la suya, por eso aquella mañana despertó temprano, al amananecer, a su lado él aún dormía como un niño tras haber pasado otra noche de pasión. Sin hacer ruido ella salió de la cama, tomó su bata de color azul cielo de los pies de la cama, donde había ido a parar la noche anterior, y se dispuso a tomar un baño rápido. Cuando acabó fue a las estancias que en un primer momento Valandil le ofreciera como invitada, ya que allí estaba el armario con la ropa que este le obsequiara dos días atrás. Tras un rato de búsqueda e indecisión por fin halló lo que quería, allí estaban los pantalones de lino anchos, y la casaca a juego con ellos, todo de color blanco, rematado en las mangas y en el escote con adornos de hilo de plata, parecía que el blanco era el color favorito de Valandil, si así era ella también lo vestiría para él. Luego tomó una diadema plateada, con la cual dejó su melena azabache suelta, pero hacia atrás, de forma que no le molestase en la cara. Por último tomó el arco, que estaba también en un rincón de la habitación, donde lo dejara cuando llegó, y salió descalza, como era su costumbre.
Se dirigía hacia el jardín cuando de pronto se acordó de Umbar, se dio cuenta que en dos días no había visto a su amigo, le haría una visita rápida, para ver cómo se encontraba el caballo, aunque ya sabía de antemano que estaría encantado. Pero no quería ir con las manos vacías, de modo que buscó a un sirviente del palacio de Valandil para que le indicara dónde podía encontrar la cocina, ya que el lugar era inmenso, y ella apenas había curioseado aún por él.
Se asomó al jardín a través de una de las ventanas, y vio a un muchacho rubio, que parecía estar podando uno de los setos del mismo, así que se dirigió a él.
- Hola! Buenos días…- dijo la elfa en un tono alegre.
El muchacho levantó la cabeza y la miró sorprendido.
- Buenos días, señora…¿puedo ayudarla en algo?
- Espero que sí- y Annamel le sonrió- ¿Cómo te llamas muchacho?
- Mi nombre es Cielo.
- Cielo, ¿puedes llevarme a las cocinas? Necesito un par de terrones de azúcar para mi caballo…bueno, y ahora que lo pienso, ¿me puedes llevar luego al lugar en el que descansan los caballos del Señor?
- Mi señora…no es necesario que usted vaya a las cocinas, yo mismo le traeré lo que me pide, espéreme donde está, enseguida vuelvo.
Y diciendo esto Cielo dejó los setos y entró con paso ligero en el palacio, desapareciendo enseguida por uno de sus pasillos.
Annamel quedó sola una vez más, contemplando el jardín a través de la ventana, hacía un día espléndido allí fuera, justo lo que quería para entrenar un rato con el arco antes de que Valandil viniera a buscarla, ya que hacía semanas que no tiraba una sola flecha, y no quería perder habilidades, más ahora, que se acercaba una guerra, en esto estaba pensando cuando oyó que unos pasos se acercaban, era Cielo, que traía una bandeja de plata, con dos grandes terrones de azúcar, y un cuenco con fresas. Annamel abrió los ojos inquisitivamente cuando vio las fresas.
- Ehmm…las fresas son para usted…- dijo Cielo algo azorado- ya sé que no me las había pedido, pero mi madre es la cocinera, y al saber que la señora me había pedido el azúcar se tomó la libertad de añadir este cuenco de fresas, porque dice que al Señor no le gustaría nada saber que anda usted por sus dominios con el estómago vacío, no nos lo perdonaría- el pobre Cielo sudaba.
Annamel lo miró risueña.
- No te preocupes, las fresas me encantan…¿me puedes llevar ahora a donde está mi caballo?
- Claro que sí señora.
- Me llamo Annamel, llámame así, por favor.
- Sí señora…digo..Annamel.
Y con el cuenco de las fresas en una mano y el azúcar para Umbar en el bolsillo se dirigieron hacia donde estaba éste último. Cielo resultó ser muy hablador durante el camino, contándole anécdotas de la vida de palacio, parecía un muchacho muy alegre y divertido. Finalmente llegaron a una extensión abierta, parecida a una pradera, que lindaba con el bosque, y allí vio a Umbar, junto a una yegua de color blanco, tan puro que cegaba. Annamel se acercó al caballo, que relinchó de alegría al verla.
- Ya sabía yo que estarías bien…- y mirando a la yegua- y bien acompañado.
La elfa se sacó del bolsillo los dos terrones de azúcar, le dio uno a Umbar y otro a su hermosa compañera, ambos se lo agradecieron rozando su hocico con ella. Permaneció un rato más con ellos, luego emprendió la vuelta hacia los jardines de palacio.
Una vez allí tomó el arco y buscó un árbol adecuado sobre el que practicar, al cual no dañaría, ya que las flechas de la elfa son mágicas, y sólo dañan a los enemigos.
Valandil Súleglîn
Hacían ya unas horas que había amanecido y Valandil despertaba del profundo sueño en el que estaba sumido...al levantarse no podía recordar con exactitud con que había soñado...se dió la vuelta para abrazar a Annamel pero no estaba ahí...un terrible miedo a que todo lo ocurrido hubiese sido un sueño le hizo estremecerse...pero no podía no ser real el lo sabía...todo cuanto había vivido era más que una realidad era coo estar en el paraíso eterno...se levantó y fue al baño, se aseó y peinó sus cabellos.
Aún seguía sin recordar que es lo que había soñado...I Nantaro...una vez le enseñó que los sueños que no se recuerdan es porque pronto entraran en nuestra realidad...pero no sentía ningún temor mientras Annamel permaneciese junto a él. Se dirigió a su armario y cogió unos pantalones que al final se ensanchaban y ocultaban sus pies ahora descalzos, eran blancos de una tela llena de repliegues y dobleces. Tomó una camisa de color blanco de tela rasa y suave como el pelaje de los caballos mas nobles y encima se puso una especie de poncho de mithril que protegía su pecho y espalda pero dejaba al descubierto los hombros y los brazos. Se recogió el pelo y lo impregnó de una sustancia grasienta que al quitar la mano el maiar se endureció y formó una película transparente de brillo nacáreo y fijando el recojido de su pelo.
Luego se acercó a la mesa escritorio que tenía en su habitación, una mesa de madera blanca con betas de colo gris perla y un nudo enorme de madera en el centro de la mesa que se asemejaba al dibujo de un remolino en la propia madera. Sobre la mesa había una pequeña caja de madera de roble de tonos marrones. Tomó una llave que había pegada debajo del escritorio y abrió la caja y sacó de ella un zafiro con forma ovalada, se lo llevó hasta el centro de la frente y se incrustó donde lo puso. Asi que su frente tenía una gema engarzada. Fue al baúl que había en su habitación y cogió las armas que usaría, se enganchó dos hoces pequeñas al cinturón y las dos grandes se las colgó a la espalda tomó su arco y envainó su espada, pero justo antes de salir se le olvidó una cosa...se dirigió de nuevo al baño y allí tomó una caja en cuyo interior contenía pigmentos vegetales y se pintó un símbolo en toda su parte izquierda de la cara en honor a su fiel compañero de guerras. Aikanáro...aunque el dibujo que el hizo no tenía nada que comparar con los que hacía su experto amigo.
Súlglîn bajó hasta el patió y allí se encontró con Cielo y le preguntó que dónde se encontraba la dama y el le indicó que estaba junto a los caballos. Valandil con paso sereno se acercó hasta ella y la contempló durante un tiempo desde la lejanía sin que ella lo percibiese. Se acercó más y con mucho sigilo y cuando estaba a un paso de su amada ella se dió la vuelta y le apuntó con una flecha tensa justo en la garganta...
-Ya veo que tenéis buenos reflejos y una buena puntería...tan mal os he tratado que me queréis hacer un agujero en la garganta...
La seriedad y la gravedad en el tono ede voz de Valandil y sus vestimentas hacían que la dama Annamel lo viese extraño pero este antes de que ella dijera ni hiciera nada apartó el arco con una mano y se lanzó a besarla y otro besó le robó. La dama se dio cuenta que bajo las apariencias de un señor de la guerra se hallaba su amado Valandil Súleglîn...
-Annamel, mi vida, nuestro ejército de elfos ya está en la ciudad patruyando y los enanos que se han unido a nosotros están preparados para la batalla cuerpo a cuerpo...la batalla está cerca puedo olerlo...el bosque está descontento...¿Qué tal afinastéis vuestra puntería?...no me gustaría ser un objetivo vuestro...
Valandil tomó de la mano a Annamel y la llevó con el a las afueras del bosque, iban caminando sigilosamente cuando de repente el silencio fue roto por el estruendo provocado por numerosos cuernos de guerra que declaraban el inicio del ataque...el corazón de Valandil latía fuertemente se acercó a Annamel la abrazó con fuerza...
-Mi amor no puedo ocultar que siento miedo...es mi primera batalla solo sin Aikanáro...el me salvó la vida muchas veces y ahora yo no se si seré capaz de hacer honor a las enseñanzas de mi mentor...y tampoco se si lo haré bien...solo se que mi vida daría por tí...déjame estar dos segundos más abrazado a tí...eso me devuelve el coraje y el valor...
Annamel abrazaba con más fuerza a Valandil...el cual se sentía un poco avergonzado porque no sabía si su amada se figuraba que su amor era un tanto cobarde...
-Bien sigamos adelante lo más seguro es que hallan enviado un grupo de avanzadilla no serán más de 50 hombres y si acaso un par de elfos podremos con ellos entre nosotros dos solos...avanza junto a mí y espera mis instrucciones...
-No os preocupéis por nada Valandil todo saldrá bien mientras permanecamos unidos...ven dame un último beso antes de la batalla...
Annamel tensó el arco, Valandil tomó su hoz grande y desenvainó su espada...de repente vislumbraron un grupo de unos 50 hombres y 5 elfos encabezándolos... avanzaban sigilosamente y pisaban sin respetar la vida del bosque cortaban y clavaban sus armas de filo sin miramiento alguno sobre los troncos de los árboles...pero protno pagarían caro su atrevimiento...
Poco a poco un coro de voces de ultratumba se elevaba...era el mismo canto antes de que naciera Ostova Lorë...niños y mujeres caídos cantando al unísono en una extraña melodía...Súleglîn se dió la vuelta y miró a Annamel que algo aterrorizaba estaba ante aquel canto que le estaba helando los huesos así como a los intrusos.
-Mi amor no temáis...este bosque es especial ya os lo contaré más adelante...estas voces no os harán daño epro no distinguen entre buenos y malos...en cambio a mí no me afectan porque yo...bueno yo te lo contaré cuando todo esto acabe...
Valandil giro su cabeza y besó suavemente a Annamel la cual de nuevo recuperó el calor y las energías...pero el rostro de Valandil en las dos últimas frases denotaba una preocupación extrema...
-Ellos y ellas nos ayudarán...observa...y pase lo que pase permanece oculta aquí hasta que te de la señal entonces sube a un árbol y desde ahí cubreme las espaldas y elimina a tantos como puedas....
Fue entonces cuando Súleglîn se plantó en medio de la avanzadilla de los 50 hombres y los 5 elfos que los encabezaban...Annamel temía por´la vida de Valandil pero aún así subió al árbol como le dijo y allí esperó a la señal que le daría el maia. Valandil alzando las manos y mirando al cielo tapado por las copas de los árboles comenzó a gritar.
-¿Quiénes sois vosotros? Perturbadores de la paz en que duerme este bosque...¿quiénes sois...cómo os atrevéis a derramar vuestras impías gotas de sudor sobre el suelo de este santo bosque? Desde cuando se ha permitido a la carroña ver el sol y pisar este suelo bajo el regazo de los árboles...¡Desde cuando!... La voz de Valandil Súleglîn se volvía mas fuerte y seca, mas fría y tenaz una voz espeluznante... ¡Oh muertos que en el ocaso de la gran ciudad caistéis! ¡Oh madres de corazones desolados ante la muerte de sus hijos e hijas! ¡O hijos e hijas huérfanos de padres y madres! ¡Secretos de este bosque reuniros una vez más aquí dadme una pequeña parte de vuestro poder! ¡Acudid de nuevo a mi llamada! Una vez más quieren derramar la sangre de los inocentes y no lo podemos permitir...En mi nombre, ¡OHTAR MÄN!, ¡yo os invoco!...en el nombre de mi vida pasada acudid a mí en esta hora y en este momento...que la sangre no vuelva a brotar de mis heridas que ahora brote de las suyas...y ahora levantaros y luchad bajo mi insignia...la insignia que porto yo, ¡OHTAR MÄN!.
Cada vez que el maia pronunciaba el nombre de Ohtar Män el bosque parecía vibrar bajo sus pies y extraños ruidos y gritos de ultratumba se oían...unos diez hombres hulleron del lugar pero el resto permanecieron para combatir y allí se sentenciaría su final...
La tierra comenzó a revolverse y empezó a brotar del suelo un pequeño ejército del más allá unos 30 guerreros esqueléticos en cuyos huesos el corte de las espadas no hacía nada empezaron a batallar contra los intrusos...la primera batalla comenzaba...
-Ahora mi amor, descarga tu poder sobre ellos.
Instantánemaente saetas comenzaron a llover del cielo derribando a los hombres que quedaban en pie. Valandil tuvo que ir tras los elfos los cuales esquivaban todas las flechas. Con gran destreza y junto con su hoz pudo sesgar el cuello de tres elfos pero justo cuando derramaba la sangre del tercero un por detrás le tomó y con sus brazos lo intentaba estrangular y mientras el maia se revolvía otro se lanzó de frente para inmovilizarlo...
¡Annamel!
El grito del maia se ahogaba...que agotado tras usar su poder apenas tenía ya fuerzas para intentar otra vez usar su poder...
Annamel
La elfa escuchó el grito de Valandil justo cuando ya se lanzaba árbol abajo. Había visto todo el enfrentamiento desde la copa del árbol en el que el maia le había pedido que subiese, aunque la verdad es que hubiera preferido luchar junto a él, aún así estuvo de acuerdo que el arco funcionaba mejor a la distancia que en una lucha cuerpo a cuerpo, en la cual no tendría menos posibilidades. Y allí había permanecido, con los nervios tensados, concentrados los sentidos, derribando uno tras otro a los atacantes que Valandil tenía alrededor, hasta que sólo quedaron esos dos elfos que habían sorprendido al maia por la espalda, pero no por mucho tiempo
Una furia ciega recorrió la espalda de Annamel al ver a los elfos atreverse siquiera a tocar Valandil con sus sucias manos corruptas, por eso ni siquiera pensó en lo que iba a hacer, aquello le salió de lo más hondo.
Cuando la dama llegó al suelo ya no era la dulce y amable Annamel, era un enorme tigre de un naranja vivo y fuego en la mirada dorada, que con un rugido espantoso llegó en cuestión de segundos al lugar donde los elfos trataban de acabar con la vida de Valandil, tan rápida fue que ni siquiera estos la vieron venir hasta que saltó sobre la espalda del que retenía al maia, de un zarpazo lo apartó de Valandil, que ya quedó con las manos libres para enfrentarse al elfo que tenía frente a sí, al cual degolló con la hoz que aún conservaba en la mano, el desdichado murió sin saber muy bien qué había podido ocurrir.
Al girarse para ver dónde estaba Annamel sólo pudo ver un gran tigre, cuyos ojos echaban chispas, cuya piel estaba erizada de la rabia del momento, que rugía amenazadoramente al elfo que tenía frente a él, el cual sangraba por unos arañazos profundos en la espalda, pero se mantenía firmemente en pie, desafiando a la bestia, con la espada en la mano.
Así permanecieron unos instantes, finalmente el tigre lanzó un último rugido y se abalanzó sobre el elfo, éste esquivó el primer ataque del tigre, lo que no hizo mas que enfurecerlo más, se revolvió hacia el elfo más rápido de lo que éste último pudo calcular, y entonces fue cuando de otro zarpazo en la cabeza lo lanzó hacia el tronco del árbol más cercano, ahora el elfo apenas tenía vida, permanecía sangrando abundantemente apoyado en el árbol, entonces el enorme tigre se acercó, levantando una de las enormes garras se dispuso a asestarle el golpe final, mas antes de que este llegara a su objetivo el traicionero elfo lanzó un puñal que llevaba entre las botas al animal, luego murió al mismo tiempo que el tigre lanzaba un aullido y caía al suelo, ya en forma de mujer., el puñal estaba clavado en su muslo derecho.
Valandil al ver a Annamel herida en el suelo corrió hacia ella al tiempo que gritaba su nombre. Cuando llegó a su lado pudo ver que la herida no era tan grave como creyó, ella no había perdido la consciencia, y entre sus brazos le sonreía.
-Lo he hecho bien?- ya los ojos se le empezaban a cerrar-…que sea la última vez Valandil Súleglin que me das un susto así…y…me tienes que explicar qué pasa en este bosque…
El maia se quitó la camisa blanca y rápidamente cubrió con ella a la elfa, aunque la herida no era grave estaba perdiendo mucha sangre, había que darse prisa en volver a palacio y detener la hemorragia, la camisa blanca ya empezaba a teñirse de rojo, y Annamel estaba inconsciente, seguramente más debido a la conmoción del momento que al golpe recibido. La tomó en brazos y la llevó raudo a palacio.
Valandil Súleglîn
El corazón del maia bombeaba tan fuerte que parecía que el pecho le iba a explotar...no podía dejar de culparse de lo que le había pasado a Annamel...y de que por poco podría a ver sido algo más grave...de hecho ya lo era pues la elfa había perdido ya una considerable cantidad de sangre y la hemorragia no cesaba...Valandil entró en la mente de Annamel pero esta estaba completamente en blanco...había tenia una fuerte pérdida del conocimiento...pero hasta que lo recuperase algo tenía que hacer por ella...así que a la par que iba corriendo como loco hasta el castillo con la dama en sus hombros penetró en su mente e hizo que ella lo viera dentro de sus sueños...y la llevó a un lugar precioso allí Valandil le transmitió el siguiente mensaje:
-Annamel, mi amor, resiste...no te preocupes por nada todo va bien...voy a curarte y no tendrás ni un rasguño cunado levantes aunque eso sea lo último que haga...
Tras estas palabras el maia entonó en los sueños de Annamel un dulce canto que Aikanáro solía cantar...aunque su voz no se asemejaba en nada a la del heredero del imperio de las Oarni.
Súleglîn llegó a palació y llamó histéricamente a Cielo y a su madre, Shioban. Les ordenó que taponasen la herida y la dejaran recostada sobre las flores blancas que el maia había depositado el cuerpo inconsciente de su flor dorada. Valandil corrió a toda prisa y al cabo de unos instantes volvió con unas hojas de color verde oscuro fuerte y unas pequeñas frutas que eran como uvas diminutas de color rojo intenso.
El maia ordenó a Shioban y su hijo que se retirasen. Se puso de pien junto la cabeza de Annamel. extendió las manos y empezó a tejer un canto en lengua desconocida, una lengua usada solo por los ancestrales magos que dedicaron su vida entera y su magia a la curación. El cuerpo de Annamel comenzó a levitar hasta que se elevó un metro y medio del suelo como si su cuerpo estuviese recostado sobre una mesa y esperase a ser atendido. El maia se desplazó y se puso justo enfrente de la herida, desenroscó la camisa que taponaba la herida y pasó suavemente su mano y tras su paso un aura de frescor recorría la herida...simplemente estaba limpiando el corte y se valía de sus poderes acuáticos...la pierna de annamel comenzó a gotear un agua mezclada con su propia sangre sobre el suelo de flores blancas...y las flores empezaron a tornarse de un color rosado con betas rojizas...
Una vez limpia la herida tomó las hojas y con cuidado las puso sobre la herida y la tapó y cortó la hemorragia...las hojas parecían adheridas al máximo a la piel como si hubiesen sido fundidas con la piel dorada de la bella elfa. Luego Valandil pusó las pequeñas frutas rojas en su palma y junto con la otra mano frotando palma con palma estas empezaron a caer sobre las ojas desechas en pequeños pedacitos y las hojas absorbieron estas migajas introduciéndolas en el interior del cuerpo de la amada de Súleglîn.
La tumbó de nuevo y la levantó la llevó inconsciente hasta su cama y una vez allí le cambió la ropa y la arropó le beso la frente y le dijo:
-Mi bella flor dorada...se que puedes oirme...ahora te dejo aquí a salvo para que descanses no puedes salir ahora a luchar, quiero que descanses y cuando vuelva levantarás y todo habrá acabado...te prometo que en la batalla no me dejaré atrapar ni dañar...volveré de una pieza...y como se que tu corazón feroz no me dejaría ir solo tengo que hacer esto...perdoname lo hago por tu bien...ahora voy a llenar la cama de unas flores que actuarán como un leve somnífero que te mantendran descansando hasta que vuelva...no quiero que por mi culpa vuelvas a sufrir daño alguno, porque te amo...te amo con todo mi ser. Cuando vuelva te quitaré esas hojas y tu pierna estará como nueva ni si quiera tendrás cicatriz alguna o rasguño aparente...nos vemos pronto.
Valandil marchó a organizar la defensa de la ciudad pues el pequeño grupo que en el bosque escapó ya habría dado la voz de alarma y la ciudad ya estaba bajo la mirada enemiga esperando a atacar en el momento más idóneo... Pero la mente de Valandil se sentía aún asustada pues sabía que las flores no mantendrían más que unas horas a Annamel en un sueño profundo pues el coraje y el valor de la elfa no tenían límites y si el por amor era capaz de renunciar a todo ella sería capaz de despertarse y si hiciese falta dirigir el ataque contra miles y miles de naciones con tal de ayudar a su amado...
La guerra iba a comenzar...
Annamel
Cuando Annamel volvió en sí se encontró que estaba en su cama, apenas recordaba lo que había pasado, sólo hasta el momento en que había escuchado el grito de Valandil y se había precipitado árbol abajo, más allá de aquello todo era confuso, ni siquiera sabía cuánto tiempo habría transcurrido desde todo aquello.
Se incorporó en la cama, a su alrededor vio una gran cantidad de flores de color rojo, las miró extrañada, tomó una en la mano y la olió, de repente comenzó a sentir que el sueño la embargaba, y a punto estuvo de sucumbir a él cuando al darse cuenta de la estratagema del maia la arrojó lejos de sí…
- Juro que este hombre me va a oír cuando le ponga las manos encima – dijo en voz alta algo enfadada- espero que no piense que puede dejarme al margen de esto.
Pero mayor fue aún la sorpresa de Annamel cuando quiso abandonar la cama y no pudo, algo se lo impedía, seguramente aquellas extrañas flores, no podía creer que Valandil le hiciera eso, entendía que quisiera protegerla, pero acordaron estar juntos, en las buenas y en las malas, no la alejaría de la guerra sólo porque él quisiera, ¿a qué había venido ella sino a luchar a su lado?
La mente de la elfa pensaba frenéticamente en cómo liberarse de aquella atadura que su amado le había impuesto, se concentró en recordar todas las artes mágicas que había aprendido junto a Melian, de pronto una le vino a la mente, comenzó a entonar un canto muy suave, casi un leve murmullo…poco a poco las flores fueron girando alrededor de ella, despacio al principio, más rápido después, hasta que finalmente todas cayeron hechas pedazos al suelo de la habitación, ahora era libre, libre de ir a buscar a Valandil y pedirle explicaciones.
Cuando por fin consiguió salir de la cama y se puso de pie notó un leve dolor en el muslo derecho, al levantar la camisa para ver qué lo producía vio un rasguño apenas aparente, se extrañó, no recordaba haber sido herida, pero tampoco se preocupó, pues estaba claro que no era de importancia, ya estaba curada. Salió de la habitación en busca de Valandil, lo buscó por muchas de las estancias de palacio, más no hubo forma de encontrarlo, a quien sí encontró fue a Cielo, con semblante grave.
- ¡Cielo! – el muchacho se sorprendió de verla despierta y en pie - ¿se puede saber dónde está el Señor de este palacio?
- Señora…no debería estar en pie…el Señor se enfadará mucho si la encuentra fuera de la cama, estaba usted herida cuando la trajo, había perdido mucha sangre.
Annamel se sorprendió de lo que le decía Cielo sobre la forma en la que la trajo el maia, tendría que tener una seria conversación con él para que le aclarase lo que pasó en el bosque, pero ahora estaba bastante enfadada.
- Verás Cielo, estoy…, estoy un poco enfadada con el Señor, necesito encontrarlo y hablar con él, dime dónde está por favor, o yo misma le buscaré debajo de cada piedra de este reino- y mientras decía esto los ojos le brillaban con algo de furia.
- Señora…el Señor marchó esta mañana bien temprano a la guerra, salió armado hacia el bosque de donde la trajo a usted ayer- el muchacho parecía bastante preocupado y asustado.
- Está bien Cielo – dijo Annamel aparentemente calmada- perdona mis malos modos, ahora llévame a la armería, me vas a ayudar a prepararme, yo también voy a la guerra, lo quiera Valandil o no.
Así que a Cielo no le quedó más remedio que hacer lo que la señora le pedía, aunque también temía por ella, no le parecía nada bien que alguien de apariencia tan hermosa y delicada se mezclase en asuntos que incumbían a los soldados y los guerreros.
- Sé lo que estás pensando muchacho, puedo leer en tu mente, pero nada tienes que temer por mí, sé cuidarme, aunque no lo parezca, no?, un día malo lo puede tener cualquiera, cuando Valandil me explique qué fue lo que ocurrió y cómo me hirieron lo tendré en cuenta para la próxima vez. No temas por nosotros, estamos aquí para proteger, no para ser protegidos.
Una vez en la armería Annamel tomó dos dagas pequeñas y la cota de malla más pequeña también que pudo encontrar, junto con su arco no le hacía falta mucho más. De allí regresó a las estancias de Valandil, siempre acompañada de Cielo, quien le ayudó a vestirse. La elfa tomó unos pantalones verde oscuros y ceñidos a sus esbeltas piernas, luego se colocó la cota de malla, y encima de esta una camisa a juego con los pantalones, los cuales ajustó con una cinturón de plata que le encontró el sirviente, en cada una de sus botas escondió las dagas que había cogido en la armería, recogió su pelo en una trenza, y en su frente puso una diadema de cuero verde, finalmente añadió una capa verde al conjunto, y se colgó del hombro su arco mágico. Se disponía ya a salir cuando recordó algo, le faltaba algo…fue al baño de la habitación de Valandil, allí encontró lo que andaba buscando, esperaba que él no se molestase por lo que iba a hacer. Era la caja que contenía los pigmentos con los que el maia pintó su piel la vez anterior, Annamel repitió la operación en su persona, recordaba con claridad el dibujo en la cara de su amado, ya estaba completa, lista para partir.
Valandil Súleglîn
Los tambores de guerra retumbaban a lo lejos y el corazón de Valandil rebosaba de coraje...no podía permitir que nada saliese mal...El ejército que defendería la ciudad ya estaba organizado; el maia había apostado a dos tercios de sus fuerzas en las murallas y el resto lo llevó consigo a iniciar un ataque violento que hiciera mella sobre las filas enemigas y eso diera tiempo a la mejor preparación de la defensa de la ciudad.
Cabalgaba sobre su yegua de pieles nevadas, ambos con la cabeza bien alta y el corazón firme...encabezaban a un grupo numeroso de elfos arqueros y de enanos dispuestos a librar un combate cuerpo a cuerpo hasta no poder más...
Valandil ordenó el alto el campamento de las huestes enemigas ya estaba en su punto de mira...el ataque comenzaría ya y´la sorpresa del terror sería sembrada sobre los hombre y elfos oscuros que intentaban profanar aquellas tierras. Los rayos del sol dejarón de penetrar sobre las copas de los árboles y una penumbra un tanto extraña comenzó a envolverlo todo...estaban ya a unos pocos metros del campamento...Valandil ordenó el ataque masivo...los elfos se quedarían en la retaguardia abatiendo al mayor número posible de enemigos y los enanos irían al frente junto con Valandil.
-¡Por la gloria de nuestro reino! ¡Por vuestro rey! ¡Por la ciudad renacida! ¡Por Ostova Lorë!...y yo por mi amada ¡Annamel! Reina de mi mundo, patria de mi corazón!
Veloces y cortando el viento el jinete y los fieles y valerosos enanos se lanzaron a la embestida. Musicales lluvias de saetas se cernían sobre el campamento invasor y el sonido del entrechocar de las hachas de los enanos con las espadas de los hombres acompañamaban a esa música como acordes llenos de potencia. Los elfos oscuros retrocedieron sobre sus posiciones y comenzaron a disparar con su flechas a los que habían usurpado la tranquilidad en su campamento situado en tierras puras que no habían nunca de haberse atrevido a pisar...
La sangre tenía el suelo y el hedor a muerte pululaba por todas partes, los gritos de guerra y de agonía se mezclaban...cabezas y extreminades rodando y cuerpos fallecidos a manos de la guerra...el corazón de Súleglîn se entristecía pero a veces incluso la bondad debía ser firme y no tener ojos para quien manchase su nombre...El maia con apariencia de elfo descabalgó y mandó a Nieve de Plata fuera de la batalla, desenvainó su espada y tomó una hoz y comenzo a combatir. Cada segundo que pasaba desaparecía en él el miedo a la muerte y a perecer y su fuerza crecía alimentándose al pensar en Annamel principalmente pero también en Aikanáro y Yarfaila...no sentía cansancio y los numerosos cortes y rasguños sufridos apenas los sentía.
La batalla continuaba cruenta y ningun bando cedía o retrocedía posiciones respecto al otro, el ataque se alargaba demasiado y el cansancio empezaba a causar más bajas, no obstante, el enemigo estaba conmocionado por ese ataque eficaz que había reducido en más de un tercio sus fuerzas totales. Pero lo que nadie cabía esperar acabó ocurriendo. Súleglîn contento ya con lo que había conseguido y feliz de haber causado un grna reducimiento del ejército invasor ordenó la retirada y reorganización ante las puertas de la ciudad. Los primeros en retirarse fueron los enanos a los que cubrieron las espaldas los elfos y los siguientes los arqueros...en todo momento creyeron ver la figura de Valandil cabalgando hacia Ostova Lorë pero no se trataba si no de otra ilusión óptica creada por el maia para guiar a sus soldados y jsuto al llegar a las puerta sla figuara se desvaneció en el viento...
El verdadero Súleglîn tuvo que recurrir a esta artimaña ya que cuando fue a retirarse algo inesperado acaeció...el mal que sentía se mostró en su faceta mas vil y cruel y lo atrapó y no lo dejó escapar. Resignado por aquella osadía el maia decidió acabar como fuese con aquello y se lanzó al ataque con más furia e ira...de repente el ejército enemigo pareció desaparecer y solo murmullos y risas malignas se oían alrededor...Súleglîn comprendió que aquel maia que tanto temía estaba jugando con él y no lo iba a dejar escapar...
Fue entonces cuando una veintena de elfos oscuros provistos de dagas y mazas acorralaron al maia y se lanzaron contra él. Pero no consiguieron acabar con Valandil pues este desenvainó sus dos hoces engarzadas a las cadenas de mithril y trazando círculos concéntricos a su posición y cortando el viento con los látigos dotados con puntas en forma de hoz consiguió eliminar a todos sin problema alguno...Pero no había terminado esta vez ya no los podía contar hombres y elfos aparecieron de todas partes y se abalanzaron sobre él...tras cercenar y dejar un rastro de su danza mortal y de rebanar cabezas por doquier calló preso de múltiples elfos que lo tomaron y amarraron a un árbol. Después le pegaron una paliza con sus puños y piernas y lo dejaron inconsciente...la cara de Valandil hinchada y ensangrentada poseñia una expresión de orgullo, valor y coraje a pesar de haber perdido el conocimiento.
Al poco tiempo despertó y rodeado por centenares de hombres y elfos. Se encontraba en medio de un campamento atado a un poste...de repente todos se apartaron abriendo paso a...aquel que perturbaba sus sueños...todo se tornaba oscuro ante el paso de aquel maia. Nada podía impedir su llegada a Ostova Lorë, aquella ciudad estaba destinada a sufrir el ataque irremisible de aquel ser ansioso de poder y deseoso de destrucción. Allí donde iba todo quedaba infectado y destruido, nada o casi nada había sobrevivido a sus ataques de antaño. Su ira alimentada por su odio y su odio alimentado por su ira...un círculo vicioso que nunca acaba.
Súleglîn intentó hacer uso de sus poderes para librarse de las ataduras y provocar una terrible explosión psíquica que aniquilaría a la mayoría de los que se encontrasen cerca de él y darle tiempo a escapar pero cuando lo intentó aquel maia levantó la mano y una especie de collar fue colgado de su cuello y selló toda o gran parte de su magia...no podía creer lo que estaba pasando...
-Valandil Súleglîn...¡Ja! mira en que te has convertido...mira que asco me das al pensar que te has mezclado con la esencia de un humano...maldito Ohtar Män y maldito tú...siento naúseas con solo pensarlo...y más aún al pensar en que tu frío corazón...se halla enamorado...que decepción de ente...no te mereces tener tus poderes ni tener lo que tienes...por eso te lo robaré todo y comtemplarás como todo se va al abismo de la desesperación junto contigo...acaso no notaste ya que todo cuanto tocas se acaba destruyendo...no notaste que todo cuanto aprecias te abandona irremisiblemente...no notaste que tu amor la matará...pero como vas a notar nada si eres un despojo...
-¡Callate! No eres quien para juzgarme...y por mi sangre corre el honor de haberme \"mezclado\" como tú dices con Ohtar Män, por mi sangre fluye el amor eterno que siempre la protegerá...pero tu no puedes entenderlo...tu que te alimentas de odio y rencor...tu que entre todos los males eres solo escoria...
-¡Ja ja ja! Cuando el Grimnoire caiga en mis manos y obtenga el poder y mi \"cliente\" obtenga lo que quiera...tu estarás muerto, ella será mi esclava y tus tierras desapareceran devoradas bajo mi sed de sangre y destrucción.
El maia tomó una daga y la clavó en el abdomen del maia con furia y la retorció...
-Ahora Súleglîn descansa...mírate tu cuerpo está al borde de la muerte y en breve tu alma saldrá de él y yo la absorberé...y nunca más podras ver a quien en tu mente veo que ahora te aferras por besar y decirle un te quiero otra vez...pero no será así...¡Ja!. Ya me ha salido caro el precio de atraparte nada más y nada menos que casi la mitad de mi compañía pero hazme caso que disfrutaré viendo como te destruyo y como destruyo todo cuanto aprecias
EL tatuaje del maia en su cara se mezclaba con el tono rojizo de la sangre y los morados de su piel...sin tener más energía y con la cara amoratonada y su cuerpo apaleado, magullado y atravesado por un puñal cuya hoja permanecía rota en tres pedazos en su interior se desvaneció...entre pensamientos de que de nuevo había fallado...que nunca más podría volver a ver a su amor y jamás reir y beber junto a su hermano...
Pero el destino quizás no quisiera eso aún y su muerte lejos estaría...ahora todo pendía de Annamel...de la cual el maia por cuyas venas fluye el odio desconocía su don, su talento. su coraje y su fuerza de voluntad...ahora Súleglîn confiaba todas sus esperanzas en que Annamel cumpliese con su cometido por el que el la convocó...la heredera y sucesora de lo poco que el había creado...esperaba que el Girmnoire lo custodiase con lágrimas de sangre y que no dejase caer Ostova Lorë ni Yavëtil bajo pies del enemigo...
La tarea del maia que en sueños le fue rebelada ya se había cumplido reducir las huestes atacantes a la mitad...después nada más se sabía excepto que Annamel retomaría el mando sobre la defensa de la ciudad y el posible rescate de Valandil Súleglîn a menos que esto supusiese un acto suicida...
Darlak
Entre tanto, en Eru Andorya, una de las ciudades más hermosas de Arador, la guerra tambien amenazaba con llegar En la confluencia de dos rios se hallaba la bella y encantadora ciudad, sin saber lo que estaba sucediendo en el resto de Lempë Ohtari. En algunos lugares de Lempë Ohtari, enormes extensiones de terreno ardían con un fuego tal que confundía los sentidos, un fuego que anunciaba el infierno que estaba por llegar si las fuerzas del bien fracasaban en la guerra que se avecinaba. El cielo se oscurecía por momentos y Darlak Lórindol, heredero de la valentía de los hombres amigos de los elfos, miraba al cielo temiendo lo peor. La cupula celeste oscurecida helaba los corazones de los habitantes del pueblo Menelmen. Casi todas las casas de uno de los más importantes enclaves de los alrdedores de Eru Andorya, estaba dolorida al ver la desgracia campando a sus anchas. Envuelta en llamas, rodeada de tropas invasoras, resultaba el último bastión, la última porción de terreno que servía de protección de la Puerta de Dios. Si era arrancada de las frías manos muertas de sus defensores, posiblemente nada tendría remedio en aquella tierra.
Menelmen era el primer enclave que se encontraba al avanzar desde la capital del reino, Mellon Vilya, hasta Eru Andorya. Elfos y hombres vivían en armonía abastaciendose de su agricultura y su artesanía.
Hacía varios días que Darlak había llegado a aquel pueblo. Y allí, en la antesala de Eru Andorya sucedió que la espada llamada Gurthang, la salvaje herramienta que portara en su dia Turin Turambar volvió a resplandecer, hermosa y hechizante a los ojos de los mortales, despues de haber sido forjada de nuevo y presta para la batalla. Y al tiempo que un herrero de Menelmen trabajaba para que Gurthang pudiera de nuevo refulgir en el campo de batalla, los clamores de guerra se aproximaron, prestos para adelantarse a Darlak, cuya misión era defender Eru Andorya.
[Editado por aratir el 09-05-2006 20:53]
Aikanáro Tîwele
Ante ellos estaban las huestes de Yävetil, la Grandiosa. Aikanáro miró a Yárfalia y le tendió la mano a lo que ella con una sonrisa picara le cogió la mano. Así se acercaron los dos hasta quedar frente a los soldados que formaban delante de ellos, desde donde estaban veían una explanada de armaduras doradas y banderas rojas como el fuego. El sonido del entrechocar de las espadas contra los escudos y los cuernos no cesaron hasta que Aikanáro alzó la mano y dijo:
- ¡Eh aquí hermanos e hijos de Yävetil, la hora se acerca y con ella el mal que se cierne sobre nosotros también!, todos intuimos a lo que nos arriesgamos con esta guerra que se nos a impuesto, no hay batalla sin peligro la cual seria triunfo sin gloria, la gloria que muchos ganaréis hoy al derramar vuestra sangre por vuestra libertad y la de vuestros seres queridos. Es fácil olvidar que es pecado en el fragor de la contienda, lo que no debéis olvidar jamás es que lo notable no es defender nuestro honor, sino saber porque luchamos, ¡por la LIBERTAD!, ¡Luchemos y aremos honor a nuestra causa, saciemos la sed de sangre y venganza con aquellos que perturban la tranquilidad de nuestros hogares!
Un clamor se alzó desde el gran patio, el sonido de las espadas, los tambores y los cuernos se alzaron como un potente rugido de valor e honor. Aikanáro miró a sus hermanos y vio como le daban la aprobación por el discurso y se acercaron a el para decirle:
- Lucharemos hasta que nos quede una sola gota de sangre y si con nuestras vidas logramos salvar a estas gentes, gustosos las daremos
Anor hacía poco que había empezado a salir iluminando con sus rayos el Palacio del Sol, las blancas paredes refulgieron con estos lanzando incontables rayos hacía la negrura que se aproximaba inexorablemente hacia ellos. Yárfalia miraba a Aikanáro y le dijo:
- Es hora de que regresemos a la ciudad y todo sea dispuesto para que no nos cojan desprevenidos.
- Tienes razón- le dijo mientras se daba la vuelta y gritaba-¡tocad las trompetas que el ejército se prepare para descender a la ciudad!
Aikanáro junto a Yárfalia y Amroth encabezaban el descenso hacía la ciudad, caminaron por la avenida flanqueada por las estatuas mientras veían como los soldados se iban replegando hacía ellos. Un gallardo ejército esperaría al enemigo, bellas y terribles figuras darían muerte a sus enemigos en los pétreos muros de Yävetil. Empezaron a descender hasta que llegaron a la Fortaleza, allí les esperaban unos mozos con sus corceles preparados, Aikanáro hizo un gesto a Yárfalia y ella se encamino hacia su corcel, Aikanáro acarició el cuello de su montura y subió en este, así los Señores de Yävetil descendieron por sus calles blancas, mientras la gente se agolpaba en las ventanas y calles lazándoles flores a su paso.
Y fue cuando llegaron al primer nivel que encontraron a una multitud allí encerrada, en ese nivel no tendría que haber ningún civil, por eso se adelanto junto a Yárfalia y le pregunto a un soldado:
- ¿Qué hacen estas personas aquí y como es que no están en el tercer nivel como ordene?
- Señor aparecieron por arte de magia mientras estabais allí arriba, mande a un joven a informaros pero no pudo entrar, perdonad mi señor- le dijo el soldado poniéndose nervioso
Fue cuando uno de los civiles se acercó y dijo:
- Soy Aire, mozo Valandil Súleglîn y conmigo viene toda la población de Ostova Lorë, el nos trajo aquí junto a un numeroso ejercito de Ents y un grupo de Gollems de agua, me confió que solo vos podréis gobernarlos en la batalla- le dijo el joven mientras bajaba la mirada
- No temáis nada, entrad en la ciudad de Yävetil y subid hasta el tercer nivel allí buscad a Drel el s dará todo lo que necesitéis.
- Gracias, lo que dicen de vos es cierto- le dijo el joven retirándose
Aikanáro miró a Yárfalia y le dijo:
- No se lo que nos deparara esta jornada pero con honor lucharé junto a ti
Annamel
Annamel estaba ya casi lista para partir, esperaba algo impaciente a Cielo, que había ido a por Umbar, y ella se ponía más nerviosa a cada momento que pasaba, porque sentía que la vida de Valandil podía correr mucho peligro, y ella aún allí, sin hacer nada.
Finalmente apareció Cielo con las bridas del caballo en las manos, la elfa casi se las arrebató de las manos, y de un salto montó en el animal, casi al mismo tiempo que lo espoleaba para lanzarlo a la carrera, rumbo a las puertas de la ciudad, donde ya podía sentir que se libraba la batalla. El pobre Cielo, sólo pudo ver cómo se alejaba dejando una nube de polvo.
Alcanzaba las puertas de la ciudad justo a tiempo de ver al ejército regresando, y suspiró de alivio al ver a Valandil entre ellos, pero sólo fue un momento, porque un instante después lo vio desaparecer en el aire como si nada, entonces el corazón le dio un vuelco, porque el maia no regresaba entre ellos, eso sólo significaba una cosa…que algo grave debía de estar ocurriendo más allá de las puertas de Ostova Lore…
Annamel no se dejó guiar en ese momento por el deseo de salir volando hacia el bosque, sino que enfriando sus deseos se dirigió hacia las puertas, por las qua ya entraban los soldados, que al verla se asombraron, ya que la dama vestía casi como uno de ellos, y llevaba en la cara el mismo símbolo que el de su Señor. La dama se acercó a uno de los soldados.
- Soldado!, soy Annamel, hija de Eonwe, estoy aquí para proteger la ciudad y a toda la gente que se refugia tras sus murallas, decidme, dónde está vuestro jefe? He de hablar con él urgentemente.
- Señora, nuestro líder es aquel hombre alto, el que monta el caballo gris, su nombre es Shebo, hablad con él.
La elfa dirigió a Umbar en la dirección señalada por el soldado. Al llegar a la altura del líder se detuvo, él la miró sorprendido de encontrarla allí, vestida para la batalla.
- ¿Eres Shebo, jefe del ejército en ausencia de Valandil?
- Ese soy Señora, más qué haceis vos aquí?
- Soy Annamel, necesito que me contéis qué ha ocurrido en la batalla del bosque, dónde está Valandil, puesto que ya sabréis que no regresó con vosotros.
Shebo le contó a Annamel todo lo que había ocurrido, respecto al paradero del maia nada pudo decirle, ya que él, así como los demás creyeron verle de regreso junto con ellos. De esta forma, la elfa y el soldado organizaron la defensa de la ciudad, que quedó en manos de éste último. Cuando Annamel se decidía a partir hacia el bosque en busca de Valandil tuvo una visión, le vio atado a un árbol, casi inconsciente, vio a tres elfos a su alrededor, que reían mientras le pegaban salvajemente, y vio a un cuarto personaje, cuyo poder podía sentir, él representaba el mayor peligro en aquella escena, vio cómo le clavaba un puñal al maia, y entonces la visión se detuvo. La elfa quedó un momento sin aliento, con las manos crispadas sobre su montura, y en un segundo decidió lo que tenía que hacer.
Regresó como un rayo a palacio, y una vez allí no perdió un segundo en poner en marcha su plan. Se dirigió corriendo a sus habitaciones y se desvistió, lavó su cara haciendo desaparecer el dibujo que antes se pintara, soltó su larga melena y la volvió a cepillar, recogiéndola a medias, y usando un pequeño puñal para sujetarla en parte, del cual sólo sobresalía el mango, por lo que fácilmente pasaba por un adorno para el pelo, por último se puso una túnica de color blanco, semitransparente, que dejaba adivinar las curvas que había debajo, bajo las mangas escondió sujetas con una cinta a sus muñecas las dos dagas que antes llevase escondidas en las botas. Antes de salir se detuvo a coger unas pequeñas bayas medicinales que siempre llevaba consigo, y así salió de nuevo en busca de Umbar, en cuya silla de montar ató la bolsa de las bayas. Cielo apenas estuvo seguro de si realmente la había visto entrar y salir.
Una vez más Annamel se dirigió hacia las puertas de la ciudad a gran velocidad, ahora parecía una aparición vestida de blanco, en contraste con el negro del caballo. Salió por las puertas como un rayo, todos aquellos que la vieron pasar quedaron asombrados del aspecto que llevaba, parecía terrible.
Annamel llevaba a Umbar a todo galope por el bosque, concentrándose en sentir al maia, y teniendo cuidado de no ponerse al descubierto antes de tiempo, ya que un error podía significar la perdición de Valandil, de la ciudad y de ella misma. Cuando llegó a un claro detuvo al caballo, podía sentir a su amado cerca, era el momento de actuar. Desmontó. Acarició a Umbar en la frente, al mismo tiempo que le susurraba dulces palabras en élfico, tranquilizando al animal, pidiéndole lo que de él necesitaba, permaneció con su cabeza apoyada en el hocico del caballo unos instantes, finalmente se despidió de él.
- Vamos, amigo – lo animó- juntos lo conseguiremos. Vamos allá.
Y dejando a Umbar tras de sí echó a caminar, descalza por el bosque, como siempre fuera su costumbre, internándose en la espesura de los árboles, que le daban la bienvenida. Apenas había caminado algunos metros cuando comenzó a escuchar voces, supuso que eran los elfos que retenían a Valandil. Era una pena que a tan hermosas criaturas de vida indefinida les llegase la hora aquel día, pero ellos así lo habían elegido al profanar aquel bosque y poner la mano encima del Señor de los mismos, demasiada osadía la suya. Annamel elevó una plegaria a Elbereth, y pidió a Melian que dondequiera que estuviese la ayudase y le diese fuerzas, ya que iba a enfrentarse a un rival poderoso para ella.
La elfa se dirigió directamente al lugar del que procedían las voces, y cuando estuvo a pocos pasos entonó una canción aprendida muchos años atrás en Beleriand, una canción que escondía un hechizo, el cual funcionaría con los elfos, no sabía si haría lo mismo con el maia al que se enfrentaría en pocos momentos, pero aún así le puso toda su voluntad. Al llegar al lugar donde se encontraban vio a Valandil atado en el árbol en primer lugar, al verlo en tan lamentable estado la voz le tembló ligeramente de rabia y de angustia, ahora se preguntaba si la medicina que había traído sería suficiente…con el rabillo del ojo vigiló al caballo, que se acercaba sigilosamente por detrás del árbol en el que se hallaba su amado, también vio cómo empezaba a morder las ataduras que lo mantenían atado a él. Los elfos y el maia no lo vieron, porque ya estaban bajo el hechizo de la canción de Annamel, que seguía cantando. Los cuatro hombres la miraban arrobados, sin comprender quién sería aquella hermosa aparición, que cantaba con voz tan dulce, y que ahora comenzaba a bailar de forma tan sensual que pronto olvidaron al prisionero y se alejaron de él para poder contemplar más de cerca a aquella muchacha.
Annamel seguía danzando, invitándo a los elfos a acercarse a ella, de forma que se alejaran de Valandil, al menos hasta que el caballo lo desatase y pudiese coger las bayas de su silla. Finalmente Umbar lo consiguió, desató al maia del árbol, que miraba incrédulo al animal, apenas se había dado cuenta de la presencia de la elfa a causa de su estado, al igual que tampoco los elfos habían visto al caballo a consecuencia del hechizo de ella. Umbar se tumbó al lado de Valandil, invitándole a tomar la bosa que colgaba de su silla, él entendió el gesto del animal y la tomó, dentro encontró las bayas, las cuales se llevó enseguida a la boca, puesto que las conocía y sabía para qué servían, aunque en aquella situación no sabía si eso sería suficiente. Annamel seguía danzando. Cuando por el rabillo del ojo vio que Valandil se levantaba del suelo decidió que había llegado el momento de actuar, entonces le gritó:
- Valandil!!!, ¡AHORAA!!
Los elfos no tuvieron tiempo de reaccionar, antes de darse cuenta estaban muertos. Annamel sacó las dagas escondidas de debajo de las mangas de su túnica, con una de ellas degolló al elfo que tenía más cerca, los dos restantes echaron a correr hacia Valandil, a uno de ellos lo derribó la elfa lanzándole una de las dagas por la espalda, el otro alcanzó a Valandil, a quien le dio tiempo de sacarse el puñal que había clavado en su vientre, para clavarlo después en el corazón del elfo que ya se le echaba encima. A continuación Annamel con un rápido movimiento alcanzó al maia, poniéndole la daga que le quedaba en la mano en el cuello, quedando tan cerca de su rostro que podía sentir su aliento sobre ella.
- Vaya vaya –el maia soltó una carcajada- qué tenemos aquí, eh Valandil? Una bella dama, que además ha sido tan estúpida de ahorrarme el trabajo de ir a buscarla, qué te parece?
- No te atrevas a ponerle tus sucias manos encima- dijo Valandil entrecortadamente, la rabia le estrangulaba la voz.
- De hecho es ella la que me está tocando a mí, y no te atrevas a darme órdenes basura, aún no estoy vencido, y dudo mucho que lo esté, ninguna estúpida comete la osadía de tocarme con el filo de un cuchillo, aunque sea una tan apetecible como esta, pagarás por esto preciosa, y tu amado también, tenlo por seguro.
Antes de que Annamel pudiese contestar algo el maia le arrebató la daga con un rápido gesto de la mano, la abofeteó y le tomó la muñeca, retorciéndole, el brazo sobre la espalda, la elfa lanzó un grito de dolor, la sangre le manaba de la boca, pero enseguida se sobrepuso, pues comenzó a sentir una fuerza que fluía hacia su interior. Abriendo los ojos pudo ver a Valandil de rodillas en el suelo, entonaba unas extrañas palabras, tenía los brazos abiertos y los ojos cerrados, enseguida comprendió lo que estaba haciendo, estaba transmitiéndole energía y poder, también sentía la respiración del maia sobre su cuello, entrecortada, rápida, excitada…
Valandil seguía recitando. El maia le dio la vuelta a la elfa, pero no dejó de sujetarla con fuerza, ahora apenas escasos centímetros separaban sus rostros, en los ojos del maia brillaba la malicia, en los de Annamel la rabia y el coraje.
- Pagarás por esto, tan bella como estúpida…pero antes de acabar contigo sería un crimen no disfrutarte, me enciendes la sangre…Annamel…hija de Itaril, sabes que conocí a tu madre en Valinor? Antes de que se fuese con ese idiota de Eonwe, conmigo habría sido más feliz, pero fíjate bien, ahora tengo a su preciosa hija a mi merced, me tomaré de ella lo que no pude tener de la madre, y además me deleitaré al hacerlo delante de Valandil, qué te parece despojo? Qué harás tú para evitarlo?- y rió
Valandil dejó de recitar al escuchar aquellas palabras del maia, la poca sangre que quedaba en su rostro le desapareció, dejándole aún más pálido si cabe, la desesperación se apoderaba de él, porque las pocas fuerzas que le quedaban se las había cedido a Annamel, y esta se había dejado atrapar por el maia con demasiada facilidad…
De pronto el maia la empujó hacia el suelo, y una vez que la tuvo tumbada sobre él le rasgó la túnica. Al ver lo que había debajo el incauto enloqueció, Annamel se le aparecía como la imagen más bella que jamás había visto, por eso cometió el error de dejarle una mano libre. A pocos metros de ellos Valandil se consumía de angustia y de dolor, viendo cómo su adorada flor era mancillada bajo las manos del maia, pero al mismo tiempo se extrañaba de que Annamel no le pusiera resistencia, le estaría traicionando ella? No podía creerlo, no de ella.
El maia recorría el cuerpo de Annamel con la mirada, tan hermosa era que hasta olvidó que quería matarla, de pronto sólo deseaba tenerla entre sus brazos, pero enseguida se sacudió esos estúpidos sentimientos, ella era su enemiga, y moriría en sus manos a pesar de ser lo más perfecto que había visto jamás. Annamel permanecía inmóvil, sólo sus ojos delataban alguna emoción, en ellos se veía una furia salvaje, casi desmentida por su aparente calma exterior…el maia se echó sobre ella, y acercó su rostro al de la elfa, la mano derecha de Annamel viajó lentamente hacia su pelo, despacio deslizó el pequeño puñal que lo sujetaba, y lo agarró firmemente, él ya enterraba la cara en su pelo, bebiendo su perfume, ajeno a lo que estaba a punto de ocurrir. La daga voló junto con la mano de Annamel en un movimiento casi imperceptible, finalmente se enterró en el cuello del maia, quien lanzó un grito de incredulidad, su última mirada de odio fue para la elfa, las últimas palabras que oyó fueron las de ella., con una voz dura y fría, que no parecía de la propia Annamel.
- Subestimaste el poder del verdadero amor…ahora púdrete en el infierno maldito traidor.
El maia murió, cayendo sobre ella al hacerlo. Annamel quedó unos instantes inmóvil, pensando en lo que acababa de hacer, la frialdad que la rabia le había dado para poder llevar a cabo con éxito lo que planeara antes de salir de palacio, aún empuñaba la daga, su mano estaba cubierta de la sangre del traidor. Con un último esfuerzo echó el cuerpo de este a un lado, librándose del peso que la aprisionaba. Se puso en pie, y se dirigió al lugar en el que Valandil se hallaba de rodillas, lo abrazó, las lágrimas le brotaron de los ojos al ver cómo estaba, tan magullado y mal herido, tendría que recurrir a sus últimas fuerzas para conseguir que llegase con vida a palacio.
Annamel tumbó a Valandil en el suelo, estaba realmente casi sin fuerzas, pero las que le quedaban serían para él, su labio magullado por el maia comenzaba a tomar un color morado oscuro. Puso sus manos manchadas de sangre sobre él, y comenzó a recitar otro hechizo, este de curación. Poco a poco las heridas de Valandil se iban cerrando a medida que ella recitaba las palabras aprendidas tiempo atrás, pero no era suficiente, sólo curaría las heridas menos importantes, pero la principal, la que se hallaba en el abdomen del maia no la podría curar allí, aunque sí la cerraría lo suficiente como para darle tiempo a llegar a palacio, donde recibiría mejores cuidados que los que ahora ella era capaz de procurarle. Finalmente, sintiendo que las fuerzas la abandonaban le dijo al oído.
- Lo conseguimos mi amor…lo hemos hecho…acabamos con él…
Después cayó sin conocimiento sobre el cuerpo de Valandil, y así fue cómo los encontraron los soldados que volvieron al bosque en busca de noticias sobre la suerte de su Señor y su dama dorada.
Valandil Súleglîn
Un fuerte dolor de cabeza invadía el cuerpo del maia y se extendía por todo su cuerpo. De repente como un flash el recuerdo le vino a la mente, como las últimas palabras le venían a la mente como traspasaba sus fuerzas a Annamel…como ella se dejaba acariciar por las impías y sucias manos del maia…un fuerte pinchazo en el pecho de pronto le hizo despertar de aquella pesadilla pasada pero real. Se incorporó en la capa y dio un grito que encogió el corazón de todos los allí presentes… Pero al incorporarse un terrible dolor en el abdomen le hizo caer sobre la cama de nuevo y notó como la herida de aquel puñal volvió a abrirse un poco y a comenzar a perder un poco de sangre…miró a su alrededor y vio que se encontraba en las casas de curación de Ostova Lorë…pero como podía estar el ahí descansando mientras estaban intentando asediar la ciudad…mientras Annamel era violada…mientras su bella flor era asesinada…
El sentimiento de culpa lo trastornaba y daba energía, haciendo una fuerza increíble se incorporó bajó las piernas de la cama y fue a levantarse cuando sus piernas le fallaron y se precipitó contra el suelo, pero su osadía no acababa ahí. Arrastrándose como pudo se acercó hasta la ventana y una vez allí valiéndose de los entumecidos brazos se lvantó una vez más y miró a través de ella…el sol incidía sobre su cara como si le diese la bienvenida, los pájaros revoloteaban y un olor a purificación se esparcía por aquellas tierras…el mal había pasado y las fuerzas de Ostova Lorë había conseguido echar de allí a las huestes enemigas y reemplazar la calma en la ciudad…lo único que no habían eran los ciudadanos que seguían resguardados tras las paredes de Yavëtil…
El sol bañaba con sus rallos la superficie del lago que relucía como si hubiese sido cubierto por un velo de gemas preciosas que resplandecían al incidir la luz sobre ellas…el bosque recobraba un tono más verdoso y los árboles murmuraban melodías de victoria y de tiempos venideros afortunados…
Los ojos pardos del elfo perdían la vista todo se nublaba y duplicaba…el cansancio y las heridas aún no curadas podían con él…ahora solo pensaba en tan solo ver sana y salva a la dama Annamel y sentir el calor de sus labios sobre los suyos…sentir la suavidad de su piel rozando la suya…el tacto de sus manos sobre su rostro…Valandil se arrastró hasta la cama y antes de poder subir a ella perdió el conocimiento.
***
De nuevo Valandil se levantaba y esta vez al abrir los ojos pudo ver el bello rostro difuminado de Annamel…exhausto y apenas sin poder decir mucho Súleglîn habló:
-Te amo…aunque sea lo último que haga…moriré y me iré pensando en el dulce recuerdo de tu amor…
Otra vez perdía la consciencia pero esta vez con una imagen agradable antes de irse a otro de sus descansos…efímeros para él eternos para ella, la bella flor dorada de sus pensamientos y su corazón.
Fiebres altas atacaron esa noche al maia y la dama Annamel hizo todo cuanto en su mano estaba para ayudar a las curanderas de las casas y durante día y noche velaba junto a su amado…hacía un par de días que la valerosa elfa había recobrado las fuerzas tras unos días de cama y lo primero que hizo fue reunirse con su amado. La preocupación no desaparecía y mayor era la agonía que sufría Annamel al ver a Súleglîn en tal estado que la del propio maia al sentir como por momentos su vida parecía dar un tirón hacia las estancias de Mandos…pero su destino no era aún ese…o eso le decía continuamente su amada que continuamente le hablaba y lo llamaba y aunque no obtuviese respuesta aparente en lo más profundo de sus sueños el maia la escuchaba y lo amarraba a una pronta recuperación.
Durante los sueños de esa noche Valandil hablaba continuamente y gritaba … estaba condenado a revivir una y otra vez lo ocurrido y su tortura…la peor de todas…cunado Annamel era deshonrada por aquel…de nombre inmencionable nombre. Annamel pasó toda la noche junto a él acariciando su rostro y trenzando su pelo, de vez en cuando se levantaba y tomaba un cuenco con aceites de esencias y le lavaba despacio para no perturbar su descanso pero con la intensidad justa para que el en sueños notase que ella estaba cuidándolo…
A la mañana siguiente el maia abrió los ojos y se notó como nuevo no sabía porque pero no sentía apenas dolor y las heridas habían desaparecido…se levantó de un salto se estiró y recogió sus cabellos…el sonido del agua callendo llamó su atención y supo que era Annamel que estaba tomando una ducha caliente para liberar tensiones…
Súleglîn miró por la ventana y agradeció a Yavanna y Vanna su ardua tarea ayudándolo a recuperarse…enseguida sus pensamientos se volvieron hacia Annamel…tenía que sorprenderla aunque al menos fuese un poco…
El maia se despojó de sus vestimentas y andando con sigilo y sin que Annamel lo notase entró en el cuarto en que se estaba bañando y en el que ella permanecía de pie y desnuda bajo el agua caliente que caía sobre su dorada piel…
Valandil estaba fascinado por su belleza se acercó y sin que lo notara de repente la rodeo con sus brazos y los cuerpos desnudos de los amantes entraron en contactos y una chispa saltó y provocó una explosión de deseo y ternura…Súleglîn comenzó a masajear con dulzura la espalda de su dama e intentó que desapareciese de ella la tensión acumulada otorgándola las más dulces y tiernas caricias con sus manos…Annamel se giró y Valandil la besó…
-Te amo, una vez más me levanto a decírtelo y te recuerdo que eres lo mejor que me ha sucedido en la vida…
Y bajo el agua que caliente tocaba los cuerpos de los enamorados hicieron el amor al compás que sus corazones dictaminaban y al acabar se sentaron juntos, abrazados y sin querer separarse el uno del otro…Valandil se sentía tan feliz, tan lleno…no sabía como hacerle sentir la mujer más bella, pura y divina del mundo y eso le entristecía y sus ojos se entristecían también pero la elfa leyendo sus pensamientos comenzó a acariciar sus cabellos con dulzura…¿qué sería lo que estaba pensando?
Yárfaila Veryawen
Horas antes de la guerra, Yárfaila Veryawen siguió a aquel fornido elfo fuera de palacio. Hubiera preferido seguir en la sala mientras aquellas débiles elfitas lavaban a los hombres de Makar. ¡Pedirle a ella, la Dama de Fuego, que salga de la habitación! Más le valía a ese elfo tener algo bueno que enseñarla.
Salieron de palacio, y se dirigieron al templo de Tulkas. El elfo no volvió la vista ni un segunda atrás, cosa que sorprendió a Yárfaila, acostumbrada siempre a que los hombres quedaran hipnotizados por la calidez de su belleza. Se descalzaron antes de entrar. Fue entonces cuando Amroth se giró, y se dirigió a ella con el semblante serio.
- Mi señora, os preparáis para una guerra que no será fácil ganar. Por eso toda ayuda es bienvenida. Pues bien, nuestra ayuda no son sólo hombres. Los míos siempre acuden a mí para canalizar la fuerza poderosa de los Valar, soy un elegido y no sé muy bien el por qué. Pero ahora vos necesitáis de mi virtud.
Dicho esto, Amroth se dirigió frente a la estatua de Tulkas. Se despojó de su túnica, y comenzó a susurrar algo que a la maia le pareció una oración. Entonces comenzó a tocar la daga de oro que el Valar portaba en su pierna izquierda y, para sorpresa de Yárfaila, ésta se desprendió. El elfo estaba entrando en trance, y se agachó sobre una pila a los pies de Tulkas. De repente levantó la vista, y, orando cada vez más alto, se hundió el pequeño puñal en el pecho, a la altura del corazón. La sangre comenzó a brotar sobre la pila, y cuando el elfo se sacó la daga, la herida se cerró sin dejar cicatriz alguna.
Amroth dejó aquel murmullo, para levantar la pila sin dejar de mirar a la estatua. La volvió a posar a los pies del Valar, hundió su lengua en la sangre, y comenzó a lamer las manos, las armas y el pecho de Tulkas, que comenzaron a brillar. Repitió entonces aquel ritual, lamiendo las mismas partes, pero ahora del cuerpo de La Dama de Fuego. Ésta sintió cómo el éxtasis comenzaba a entrar también en ella, y fue en ese momento cuando Amroth la ofreció la pila con su sangre. Yárfaila mojó sus labios en ella, y entonces la sangre comenzó a arder, con un fuego rojo e hipnótico. El elfo hundió en aquel fuego ensangrentado la daga, y esperó unos segundos. Antes de que ella pudiera hacer nada, Amroth clavó el ardiente puñal de oro en el corazón de la maia, y ésta dio un grito que se oyó hasta las afueras de Yavétil. Pero todo aquél que lo escuchó supo que no era un grito de dolor. Los ojos de Yárfaila se tiñieron de fuego, y ella pudo sentir cómo un calor que nunca había sentido recorría su cuerpo. Era el poder de Tulkas. El elfo entonces sacó la daga, y, a la vez que la herida se cerraba, se la ofreció. La maia la cogió, temblorosa.
- ¡¿Qué extraño poder me habéis dado?! - preguntó, entre jadeos.
Amroth la levantó el rostro.
- Lo que ahora estáis sintiendo, mi Dama, es la fuerza de el Astaldo fluyendo por vuestras venas. Volvéis a sentiros como una Ohtar. Y si lleváis su daga con vos durante la batalla, también podrán sentir ese poder vuestros pueblo. Marchad pues, ahora, Aikánaro os espera.
Yárfaila sonrió, e hizo una leve reverencia a aquel hombre de Makar. La guerra estaba a punto de comenzar.
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- No se lo que nos deparara esta jornada pero con honor lucharé junto a ti...
La maia miró enigmáticamente a Aikánaro, y le mostró el puñal dorado, aún manchado de sangre.
- Aikánaro, ¿ entonces confiáis en mi?- Él hizo un gesto de aprobación.- Tapad, pues, los ojos de vuestro caballo. Así lo hicieron ambos, y fue entonces cuando, para sorpresa de su propio ejército, Yárfaila hizo un muro de fuego alrededor de los dos capitanes.
- Levántate la armadura.
- ¿Qué?!
- Haced lo que os digo, confiad en mí.
Así lo hizo Aikánaro, y la maia hundió en su pecho el puñal de Tulkas. Otro alarido. La fuerza del Ohtar Handasse también había despertado.
Darlak
Darlak se despertó cuando unos cálidos rayos, los primeros del nuevo día, le acariciaron la piel. El joven se incorporó con movimientos dolorosos. Había pasado la noche durmiendo en una postura forzada, y ahora tenía todos los músculos agarrotados. Bajó de la incómoda cama torpemente y se puso de pie aun desorientado sin saber donde estaba. Cuando hubo reconocido el lugar donde había dormido, la habitacion de una descuidad posada, comenzó a estirarse, deleitándose con la imagen que ofrecía la ventana de la habitación donde se veía como el sol hacia su aparición en ese momento después de estar lloviendo toda la noche
En los árboles que se veían tras los cristales de su habitación, se podian ver unas gotas de lluvia que, mezcladas con la luz de los primeros rayos de sol manifestaban una gran gama de colores que solo los ojos selectos podían contemplar. Ante esta demostración de la grandeza de la naturaleza, Darlak no pudo menos que sobrecogerse.
Pasados unos minutos recuperó la movilidad de sus miembros. Se vistió rápidamente y salió de su habitación para después descender la escalera que conducía al piso de abajo. Allí se encontró con el posadero, que al parecer le esperaba.
-¿Has dormido bien, jovencito? –el viejo posadero le miraba con ojos impacientes mientras frotaba sus manos en una grasienta tela
El posadero le hizo una ademán indicándole que lo siguiera y empezó a andar por el camino hacia el salón principal de la posada, que aún conservaba las huellas dejadas por el jolglorio de la noche anterior. Cuando llegaron a la barra, el posadero le habló - Caragan, el herrero, ha enviado con un mozo esta nota, dice que es urgente.
El posadero, de arrugada frente y con la cara llena de sudor y de curiosidad dicho de paso, le entregó el papel. Estaba escrito con una letra pulca y cuidada para provenir de un herrero. En la nota le avisaba de que la tarea que Darlak le había encargado había sido realizada satisfactoria.
Tomó una magnífica pinta porque sabía que posiblemente pasaría mucho tiempo antes de que volviera a disfrutar de una cerveza tan exquisita. Acto seguido y después de entregar las monedas correspondientes para saldar la deuda contraida por la pinta, Darlak abandonó el lugar.
Cuando salió a las afueras de la posada parecía no haber nadie por las calles, Darlak subió a su caballo dispuesto a bajar la calle empedrada que conducía a la casa del herrero. Al cabo de un rato, atisbó la pequeña herrería junto a una casa que contaba ya con muchos años. Bajó del caballo y continuó caminando hacia una puerta de madera, la cual golpeó.
Tras unos segundos, oyó un ruido y vio que la puerta se abría. Miró al suelo y vio un gato que salió del interior. El animal empezó a olfatearlo y, enseguida, viendo que era extraño, le bufó.
- Rabilargo, el viajero es un amigo- dijo una desgastada voz que llegaba del interior- Pasa, señor Darlak.
Después de dejar bien atado su caballo, el recién llegado entró en la vieja casa del herrero haciendo caso a la voz desgastada, que por cierto le resultaba extraña.
Empujó la puerta y ésta se cerró tras él. El gato pasó por entre sus piernas y se dirigió hacía el fondo de la estancia donde una vieja anciana esperaba su llegada apoyada en su viejo bastón.
Por un momento, Darlak se quedó perplejo y su mente pronto empezó a divagar imaginando que habia traspasado algún tipo de puerta a otro mundo. Sin embargo, la casa donde había entrado era la del herrero. Posiblemente, Caragan estuviera en la herrería, situada justo al lado y a la cual se accedía desde el interior de la casa. Caragan era un tipo muy hospitalario y tenía la extraña costumbre de invitar a un refigerio a todos sus clientes.
La anciana, una mujer canosa y menuda, con ojos brillantes y saltones, empezó a reir de una manera jocosa al ver la incredubilidad en los ojos de
Darlak. Una vez que se hubo divertido del recien llegado, habló:
- Oh, mi nieto ha tenido que salir muy temprano a comprar materiales para la herrería. Y Betty, su esposa, está comprando en el mercado. Caragan me ha pedido que te reciba mientras regresa-
La anciana entonces cambió la expresión de su rostro y en sus ojos antes inocentemente brillantes una pícara frialdad asaltó la chispeante vejez de aquella mujer.
- Estamos solos tú y yo.
El tiempo pareció entonces detenerse, cual carruaje que ha estado a punto de atropellar a un inocente cuya vida es aún valiosa, como las nubes cuando dejan de llorar lluvia. Darlak se preguntó qué significaba aquella situación, qué haría aquella vieja anciana allí. Algo bastante insólito y raro estaba sucediendo.
- Oh, jovenzuelo, perdona mi mala educación. Los años hacen olvidar los buenos modales, al menos en mí- acto seguido se dirigió hacia una esquina
donde había una silla y le indicó al recién llegado que se sentara.
Darlak dudó.
- No tengas miedo, medio elfo. Son muchos los años que cargo a mi espalda como para qué os pueda hacer algun tipo de daño.
Finalmente Darlak se sentó en la silla mientras que la anciana permanecía de pie, apoyada en el bastón y mirándole fijamente.
- ¿Entonces, sois nuevo en las maravillosas tierras de Lempë Ohtari?
¿Cómo sabía aquella anciana que no llevaba mucho tiempo en aquellas tierras si de ello no habia hablado con nadie en aquel pueblo?
- Oh, jovenzuelo, yo sé muchas cosas, vaya si no- La vieja anciana parecía haberle leído el pensamiento. Volvió a lanzar unas suaves carcajadas hasta que la tos pudo con el debil cuerpo de la mujer. Una vez se le hubo pasado, continuó.
- Pasan cosas insólitas en esta tierra últimamente y más cosas han de suceder aún. Sin duda, habeis elegido un mal momento para llegar aquí, tanto tú como la hermosa maia que ha entrado en estas tierras.
- ¿Annamel? Sin duda, me estais dejando sorprendido. ¿Sois algún tipo de hechicera o visionaria?
- Algo parecido. Son muchos los años que cargo a mi espalda como para haber aprendido muchas habilidades. He visto tantas cosas en mi vida que se
me podría considerar una visionaria. Sin embargo, veo más cosas que desconoces. La guerra vuelve a estas tierras, la sangre viene de nuevo a apoderarse de las queridas tierras de los Cincos. ¿Conocéis la historia de los Cincos, medio elfo?
Darlak negó con la mirada pues debido a que tenia que haber viajado al este hacia una misión de la que poco conocía apenas había tenido tiempo de aprender cosas de la historia y costumbres de aquella tierra.
- Oh, larga es la historia de Lempë Ohtari....Los más ancianos del lugar aún solemos cantar la vieja leyenda: “ Yävetil, la majestuosa ciudad del Reino Oculto, alzada por antiguas magias y conjuros, permanecerá erigida mientras Los Cinco estén unidos bajo el vínculo de sus almas en vida...” - y entonces la Anciana empezó a narrarle una legendaria historia. Habló de cuando las huestes de Morgoth, en su afán de dominar toda Arda, llegaron hasta Lempë Ohtari en la misma época en la que Beleriand luchaba contra él. Le habló de los Cincos Guerreros, de cómo lucharon por defender el reino de la oscuridad en la última guerra por defender aquellas tierras. Le contó cómo Yavetil fue el último reducto frente a la invasión y de cuando las espadas rechicharon en los bosque de la Llama Roja, llamado así porque las hojas de los árboles se tiñieron de la sangre de los inocentes. Así cayeron los cinco, y asi sus cuerpos fueron enterrados. Entonces, Darlak supo que las almas de esos guerreros escaparon en busca de otros cinco cuerpos para volver a hacer resurgir a Lempë Ohtari de las cenizas. Y escuchó los nombres de los nuevos cinco guerrero. Tres de esos guerreros ya los había conocido: Erendel, el Rey de Lempë Ohtari, Âglarás, gobernador de Ciudad Cristal, y el maia Valandil, que se había comunicado con Darlak telepáticamente cuando él llegó a las puertas de Mellon Vilya. Los otros dos eran Aikanaro, gobernador de Yavetil y Yarfaila, aquella a la que Darlak tenía que sustituir en Eru Andorya en aquellos tiempos de guerra.
La mañana había avanzado rápidamente y el sol se movía por el cielo. La anciana había callado y se había sentado frente a Darlak. El joven seguía esperando a que Caragan llegara de comprar la mercancia. La anciana, cuyo nombre no le habia querido revelar, le había asegurado que no sabía donde estaba la espada que el herrero había forjado. Darlak sentía que estaba perdiendo el tiempo y temía que cuando llegara a Eru Andorya fuera demasiado tarde.
- Yarfaila ha cometido un error al ausentarse de la ciudad- comentó de repente la anciana.
Darlak no dijó nada y siguió mirando al suelo, estaba desesperado. Aunque aquel no era su hogar, él no habia conocido ningún hogar y extrañamente sentía un cierto aprecio por aquella tierra a pesar de lo poco que conocía de ella.
- Me extraña que ella no presentiera con su poder de maia la llegada de los cuervos y de la guerra- añadió al rato la anciana. El hecho de que hablara cada cierto tiempo y volviera a callar se sumaba a la desesperación creciente de Darlak.
- Eru Andorya es la ciudad que más peligro corre. Las otras ciudades cuentan con alguién para dirigir la defensa pero Eru Andorya...
¿Por que la anciana le martirizaba? ¿Por qué no llegaba Caragan? Por unos instantes, Darlak empezó a pensar que aquella anciana le había embrujado o que se reía de él y miró furioso a la anciana, esperando que le sacara de aquella agonía.
La anciana rió otra vez, mientras sus carcajadas contribuían a incrementar el enfado de Darlak.
- No te preocupes, la guerra llegará primero a Menelmen.
En ese momento y sin previo aviso, desde el exterior de la casa, llegaron unos gritos que sobresaltaron a Darlak.
¡¡FUEGO!! ¡¡ORCOS!! ¡¡AYUDA!! ¡¡FUEGO!!
[Editado por aratir el 09-05-2006 21:16]
Annamel
La dama elfa reía alegre en el baño junto a su amado, pero en un rincón de su mente meditaba…meditaba sobre todo lo ocurrido en las últimas horas, de cómo la suerte les había cambiado, y ahora podían estar de nuevo juntos. Aún le parecía increíble que su plan hubiese funcionado tal cual lo había pensado, no imaginó que el maia sería tan fácil de seducir…tampoco sabía que había conocido a su madre…eso le había abierto una herida en el corazón que hacía tiempo tenía bajo control…
Mientras se bañaba junto a Valandil recordaba los días de angustia a los pies de su lecho cuando ella se recuperó, y vio que aún él no había despertado, se desesperó durante todas aquellas horas de insomnio, esperando ver cómo abría los ojos y volvía a la vida, porque si él no estaba ella ya no sabría que hacer, ni tendría ganas de seguir viviendo. Así que cuando lo sintió de nuevo junto a sí en el baño su alegría no tuvo fin.
Toda la situación vivida en el bosque le hizo pensar algo a Annamel, y era el hecho de que necesitaba aprender a manejar la espada para los combates cuerpo a cuerpo, ya que el arco no le servía, y los hechizos también precisaban de tiempo para llevarlos a cabo, y tampoco podía andar seduciendo a los guerreros, no siempre podía salir bien. Así que se decidió a pedírselo a Valandil, no había nadie mejor con quien quisiera aprender…
Mientras le acariciaba la larga melena morena, que a la elfa le encantaba, le dijo así.
- Valandil…¿tú eres un gran maestro con la espada, verdad, amor mío…?
El maia la miró, con una sonrisa pícara en la boca y una de sus cejas arqueadas a modo de interrogación.
- - Mi amor, os enseñaría hasta los secretos que en Valinor me hicieron sellar en mi corazón por tu amor...claro que te enseñaré y serás capaz de que tu espada dance junto a la mía cortando el viento y protegiendo espalda a espalda nuestro amor.
Annamel lo miró con admiración, le tomó la cara entre las manos y comenzó a besarlo de nuevo, antes de darse cuenta estaban de nuevo enzarzados en la hermosa danza del amor…cuando acabaron, felices y exhaustos, salieron del baño…Annamel no dejaba de reir..
- ¿Cuándo empezamos?
Valandil Súleglîn
Súleglîn se sentía feliz de que su amada le hubiese pedido a él que la enseñara a manejar la espada...
Annamel sonriendo preguntó:
- ¿Cuándo empezamos?
-Ahora mismo si quieres...
El maia se puso tras ella y le enseñó a empuñar la espada correctamente y la posición de la espalda para empezar...la primera lección fue aprender a fundar una amistad con su espada pues ella sería quien en la batalla la ayudaría y ella quien la portaría...debía acostumbrarse a la espada y esta a ella. Una vez Annamel cogió las nociones básicas Valandil le enseñó un par de ataques y de técnicas defensivas, la elfa aprendía con una rapidez increíble. Los ojos de Annamel centelleaban y deslumbraban al maia dejándolo de vez en cuando abobado mirándola como la primera vez que la vió...
-Mi amor...ya sabéis todo cuanto necesitáis ahora solo tenéis que mejorar con la experiencia...pero no os preocupéis mientras yo esté cerca una parte de mí estará dentro de vos y de forma innata asestarás golpes mortales y te defenderas como nunca creiste que podrías...esto será así hasta que ya tu misma seas quien perfeccione tus técnicas.
Valandil se acercó a Annamel y mirándola pícaramente le dijo...
-Pero quizás deberías aprender a controlar la pasión y el amor que arde en mí pues solo ansío estrecharte y hechar a volar...solo quiero amarte...?no os da miedo que mi amor por vos sea tan puro mi bella dama?...aunque en vos veo que esta llama de amor que me calienta la sangre arde igual en vuestros ojos...¿no sentís la llamada del amor...la llamada de volver a sentirnos vivos y completos...?.
Aikanáro Tîwele
Lanzó tal alarido que pareció que fuera un león el que gritará y no Aikanáro. Sintió el dolor punzante de la daga que se hundía en su pecho, este mitigo rápidamente transformándose en un extraño placer, sentía como si la daga hubiera sido el detonante que hiciera despertar a un fuego antaño depositado en su interior, aguardando el momento oportuno para salir y expandirse por cada uno de sus miembros.
Otra vez sintió la hoja deslizando sé pero esta vez en sentido contrario, su primer gesto fue tocarse la herida pero esta no existía, su piel tostada por las horas al sol entrenando se había cerrado tras salir la hoja de esta.
Miró a Yárfaila y le dijo:
- ¿Qué es lo que ha pasado, que habéis despertado, mi querida Dama del fuego?
- Othar Handasse a sido despertado, ahora comprenderás muchas cosas que desconocíamos a medias. Ahora demostremos de lo que somos capaces- le dijo mientras le ayudaba a colocarse la armadura.
La muralla de fuego se abrió y los dos salieron de ella, los soldados allí apostados vieron salir a dos personas distintas, era tal el poder despertado en estos dos que muchos dijeron que en los campos de Yávëtil los mismísimos Othar Handasse y Othar Yárfaila se habían despertado de su letargo de muerte embalsamada para luchar contra el poder que amenazaba otra vez a su amada ciudad.
Atravesaron la explanada repleta por él ejercito de al ciudad y las huestes mandadas por Valandil, Aikanáro cogió el cuerno que llevaba colgado de la espalda y lo hizo sonar, un sonido claro como la mañana salió del, alzándose inmediatamente un coro de cuernos desde toda la ciudad. Aikanáro alzó la mano y dijo:
- ¡ Que el batallón enano se apueste detrás de las puertas, los ents en la explanada junto a las catapultas terreras!. !En las almenaras del primer nivel el 1º y 2 º batallón elfico, el 3º batallón en las catapultas y arietes de las murallas, el 4 º batallón vendrá conmigo y el 5º batallón ira al flanco derecho con Arel!- tras decir eso el sonido de las armaduras empezaron a sentirse, en pocos minutos las huestes ya estaban listas para defender la ciudad.
Yárfaila miró a Aikanáro y le dijo:
- Hay algo delante de nosotros pero no puedo atravesar la densa oscuridad que se cierne ante nosotros- decía con cara de preocupación-. La hora esta cerca, el bosque grita de dolor, ¡se han despertado mirad!- gritó mientras desde el centro de este se alzó un potente haz de luz roja como la sangre, que se elevo como una gran torre y tan pronto ascendió se derrumbo sacudiendo el bosque, todos los allí apostados pudieron observar como la luz que se alzara, algunos dijeron después desde el Túmulo de los Cinco, empezaba a barrer la sombra destruyendo la cortina de oscuridad que se interponía entre ellos y sus enemigos.
Una marea roja de luz sacudió los muros de Yávëtil, y ante ellos apareció lo que tanto temían, el enemigo. El tupido velo que los ocultara había caído pero demasiado tarde, estaban muy cerca de la ciudad, ya apostados para atacarla y así lo hicieron sin darles tiempo a reaccionar a los asediados. Los primeros impactos de las catapultas no tardaron en golpear las petras murallas de la ciudad, pero fueron contestadas rápidamente con una gran oleada de proyectiles lanzados desde todas las murallas de la ciudad.
Muchos de estos proyectiles eran grandes tinajas que al impactar contra el suelo ardían expandiendo cortinas de fuego aquí y allá entre las filas enemigas. La guerra había empezado en Yávetil....
Annamel
Los días pasaban apaciblemente para los enamorados en Ostova Lore, ajenos al mal que debía estar acechando en las otras ciudades del reino, pero aquel tiempo prestado estaba a punto de expirar, pues pronto harían los preparativos para partir hacia Yavetil.
El último día que pasaron en Ostova, Annamel y Valandil ultimaron todo aquello que llevarían consigo para ayudar a Aikanaro y Yarfaila en la defensa de su ciudad. Decidieron que llegarían juntos montando en Umbar, pero que el maia también llevaría a su yegua blanca, ya que la necesitaría en la batalla, para tener más libertad de movimientos. En esos últimos días la elfa también practicó todo lo que pudo con la espada, ya que aunque sabía que manejarla con destreza le llevaría bastante tiempo del que ahora por desgracia no disponía, no quería dejar pasar el poco que le quedaba para hacerse con ella.
Annamel pensaba mucho en aquel día del bosque, la primera vez que luchó junto a Valandil, cuando vio aquel extraño ejército salir de la nada, el maia aún tenía cosas que contarle, pero no quería atosigarle ahora que tenían algo muy serio por delante, ya habría tiempo de hablar…
La tarde antes de partir se hallaban los dos tomando una ligera merienda, a la sombra de los árboles frutales que había en los jardines del palacio, disfrutando de la mutua compañía, deleitándose en los aromas de las flores que poblaban dicho jardín, con sus colores, con los animales que venían a visitarlas,..todo era placidez en las últimas horas del día. De pronto Valandil se puso en pie y le alargó una mano a la elfa…
- Vamos mi amor…entremos en palacio, nos aguardan en Yavetil, hemos de partir
Valandil Súleglîn
Súleglîn tomó por la mano a la dama Annamel y la condujo hasta palacio. Pronto deberían partir hacia Yavëtil…Aikanáro contaría con su ayuda…como siempre la tendría y lucharían de nuevo juntos como en los antiguos tiempos. Además tenía una confianza increíble en él y sabía que resistiría prácticamente sin problemas y agobios hata su llegada.
Valandil ya sabía que la gran batalla se libraría allí tras los muros de aquella ciudad el destino de Lempë Ohtari se hallaba encadenado…y no había nadie mejor en todo el mundo que Aiknáro Tiwele para encargarse de la defensa de aquella ciudad. Nada más llegar al palacio Valandil tomó un cuerno que se hallaba junto a La Fuente y lo hizo sonar. Annamel contemplaba a su amado lo que hacía.
Había que organizar la defensa de la ciudad en la ausencia de Valandil…y esta ya estaba decidida, los elfos y enanos se quedarían en la ciudad a protegerla ante un posible ataque o cualquier otro tipo de infortunio. Súleglîn hizo sonar el cuerno de los druidas lunares que conoció tiempo atrás en una de sus travesías con Aikanáro por la Tierra Media. La luna comenzó a brillar intensamente, el maia se giró y le ccontó a Annamel que se trataba de una forma de implorar la ayuda de los ents y criaturas del bosque y que como el habría hecho si ellos necesitasen ayuda ellos lo harían también…además también le dijo que el poder del bosque no debía ser tomado a la ligera…la naturaleza había hechado raíces en aquellas tierras, su vasto poder crecía en cualquier parte y era reina de poder sobre todo cuanto allí acontecía.
-El poder del bosque está despertando…mañana al amanecer partiremos. Pero esta noche os reservo una sorpresa…espero que vuestro corazón no rechace mi invitación a otra citación pero esta vez quedaremos…en la orilla del Aelinlindalë que da al bosque…exactamente dónde se encuentra el sauce llorón…más bello que jamás contemplé….
El corazón del maia latía fuertemente pues su mente pensaba en como reaccionaría su bella flor dorada … no podía controlar su cuerpo y este tiritaba y empezaba a enfriarse de temor y excitación por no saber que pasaría con exactitud…
Súleglîn besó a Annamel dulcemente y le dijo que se fuese a preparar si quería cambiarse por última vez ,durante un tiempo, para llevar unas ropas más livianas y sensuales…además le dijo que él tenía que preparar algunas cosas antes…
La tarde transcurrió rápida para el elfo entre unos y otros preparativos…pero el tiempo parecía congelarse en los momentos en que una angustia le devoraba y le hacía pensar en que no debía hacer aquello…
Antes de partir Valandil se cambió de ropa…eligió para la ocasión un traje de tela azul, un azul claro y pálido que casi parecía blanco…pero bajo la luz de la luna el mismísimo agua de los mares recubierto por hilos plateados parecería. El traje era una especie de túnica de un único tirante que se recogía sobre el hombro izquierdo y en el punto en que la tela convergía un medallón de oro hacía de broche. Ajustado a la cintura por un cinturón de seda blanca y luego caía hasta los pies…con la forma de una alargada faltda pero sin vuelo y lleno de repliegues. Súleglîn lavó su pelo y lo perfumo con esencia de limones y los rizos naturales que su cabello poseía empezaron a relucir. Antes de salir por la puerta para ir al lugar de encuentro tomó una cesta tapada por un mantel y se marchó canturreando hasta la orilla del lago bajo la mirada del gran sauce llorón.
Aquella noche las estrellas brillaban firmes en el cielo nocturno y la luna había desaparecido tras las nubes para dejar a Valandil y Annamel un poco de más intimidad inundando el bosque de una penumbra sensual y cargada de silencio. Esa noche la suave brisa jugaba con las hojas del sauce y tejía una bella música…la mejor música para aquel momento…la mejor melodía que podrían escuchar en mucho tiempo.
Y fue cuando Súleglîn dejo la cesta junto a una raíz del árbol cuando Annamel radiante apareció y fulminó el corazón del maia y lo rompió de amor…
Annamel se acercó a Súleglîn y este la tomó por las manos y mirándola fijamente a los ojos comenzó a hablar…su alma y sus sentimientos entraron junto con cada palabra en Annamel y ella a parte de lo que le iba a decir podría sentir lo que el maia sentía según lo decía.
-Mi amor, nunca antes encontré alguien como tú ni podré hacerlo pues eres única…Cuando estoy contigo me siento el hombre mas feliz de la faz de la tierra me siento libre y no siento límite alguno…tu amor da riendas a mi fantasía, amplía mis posibilidades, alarga mi vida, revitaliza mi aliento y rejuvenece mi todo mi ser. Amarte es lo más bello que me pudo pasar y no lo pienso cambiar…amarte es todo y todo eres tú y tú eres mi vida y mi vida es tu amor…
Seguramente te esté cansando pero tengo miedo a que algún día pase algo y nos separen sin que lo sepas…aunque no podrán separarnos jamás pues mi alma a quedado impregnada de tu calor…y ahora arde en llamas de ternura y pasión…tu cuerpo y tu alma me han seducido y encadenado al paraíso del que Eru, ni los Valar ni nadie que conociese me halla hablado jamás. Tu risa es poesía y tu caminar es arte … tu voz es música en movimiento y tus abrazos ternura desvocada…yo Súleglîn te amo más allá de los confines del universo y por eso…te pido algo…¿Quieres casarte conmigo?.
Un terrible silencio se apoderó del bosque esperando la respuesta de la mujer…el corazón de Valandil se aceleró tanto que incluso la elfa lo estaba notando…los ojos del maia se cargaron…y sus labios se secaron…sus piernas temblaban y su respiración era entrecortada…
Pero antes de que respondiese Valandil llevó su dedo índice a los labios de Annamel y los tapó para que no respondiesen…era tal la tensión sobre él que no podía percibir que pensaba o sentía su amada flor dorada…eso le ponía aún más nervioso…y antes de quitarle el dedo para que respondiese…habló el maia y recitó según los sentimientos afloraban a través de su voz:
La tormenta se disipó cuando mi corazón te encontró,
la calma vino cuando mis labios te encontraron,
la felicidad tras tu caricia de amor me inundó
y mis brazos nunca una flor tan bella abrazaron...
Al altar os deseo llevar y desposar…
A la felicidad os quiero guiar…
de la oscuridad os pretendo apartar
la luz os voy a mostrar…
Una lágrima calló y en el suelo con el mismo brillo de Telperion ilumino el rostro de los enamorados…
¿Qué me decís amada mía…?…
Annamel
Annamel temblaba de emoción al oír las palabras de Valandil. Por un momento llegó a pensar que aquello no le estaba pasando a ella, que debía de estar soñando…pero allí estaba él, que lo llenaba todo con su presencia, tan fuerte y atractivo, tan suyo…tan suyo para siempre, sólo tenía que decir que sí y sus vidas quedarían ligadas de por vida…
Le miraba a los ojos, podía ver en esos hermosos ojos concentrarse todo el amor y la ternura que un alma es capaz de guardar dentro de sí, y mucho más aún, sentía su corazón a mil por hora, aguardando su respuesta…podía ver el brillo de las estrellas de aquella noche reflejadas en miles de destellos en los rizos del hombre que amaba, el que ahora la reclamaba para sí ante todos y para siempre…
Siguió mirándole a los ojos mientras él recitaba aquellas bellas palabras…y seguía temblando…y seguía sintiendo cómo también Valandil temblaba bajo su apariencia de gran guerrero..era increíble que por el rostro de alguien tan fuerte estuviese resbalando una lágrima tan bella…Annamel no podía esperar más para darle su respuesta, pues esta no era otra que la que él esperaba…
- No hay nada que desee más en este mundo que ser tu esposa…no imagino mejor vida que una a tu lado, aunque esa vida acabase mañana, yo deseo unirme a ti para siempre..te amo Valandil, y sí quiero casarme contigo…
Valandil Súleglîn
En ese mismo instante el viento aumentó la fuerza con que soplaba entre los bosques de Ostova Lorë y agitó las ramas del sauce que comenzaron a cerrarse sobre la pareja…Annamel y Valandil permanecían abrazados uno junto a otro respirando profundamente y sintiendo como sus corazones latían sincronizadamente…un extraña sensación de felicidad extrema recorría a Súleglîn y hacían de él el hombre más feliz del mundo…no había nada que desease tanto como proclamar delante de todo el mundo su noviazgo y compromiso con Annamel y amarla para siempre…abrazarla cada instante…amarla cada segundo…ser su amado y ser deleitable.
Súleglîn miró a Annamel y le dijo:
”Mi mundo gira en torno a ti y no puedo dejarte ir mi amor…eres lo mejor que la vida me ha dado pues estoy seguro que nací para ser hoy aquí feliz junto a ti. Amarte una eternidad es mi don y haceros mi mujer es lo que me hace sentir a mi como a un auténtico rey de reyes al poseer a la estrella más bella de la noche…a la mujer que porta la luz del amor y el valor mezclado con el dolor…pero tu amor mi vida es algo que sacaría de la oscuridad hasta a la criatura mas tenebrosa…la pasión y el insaciable apetito y sed que siento de tu cuerpo y de tu ser y tu compañía no tienen fin y no se disipan ni tan si quiera donde los límites del universo agonizan…te amo Annamel y es un sentimiento tan puro y bonito que me siento capaz de cualquier cosa por amor.”
El viento se calmaba…el maia miraba fijamente a la elfa dorada cuyos ojos reflejaban una irradiante felicidad…de pronto las aguas del lago retornaron de su descanso y sobre ellas flotando apareció una orquídea blanca cuyos pétalos brillaban como la plata cerrada y al llegar la orilla Annamel supo que esa flor estaba destinada a llegar a sus manos se dio media vuelta la tomó y al cogerla sobre su palma pudo ver que en el interior de esta algo brillaba…la dama introdujo suavemente su dedo índice y notó el suave tacto de la lengua de la flor y al llegar al final pudo tocar y sacar lo que dentro se hallaba…seguidamente se colocó la flor en sus cabellos y tomó el fino anillo que dentro había encontrado…un anillo de compromiso…este anillo estaba hecho de oro blanco, uno especial…frío como el hielo, duro como el mithril pero no tan bello como la dama que lo portaría…en el centro del anillo de forma circular había engarzado un pequeño diamante y en la parte interior del anillo una inscripción…
”Ayer te amé, hoy te amo y mañana te amaré”…
Annamel
La elfa admiraba a Valandil, él parecía tenerlo siempre todo tan dispuesto para ella…y ella lo único que era capaz de hacer era mirarle y admirarle como una boba, no podía creer que hubiera tenido tanta suerte, venir a Ostova Lore y encontrar el hogar que hace tanto perdiera…
El anillo aún estaba en la palma de la mano de Annamel, era una joya grandiosa, que sería envidia de muchas futuras miradas, el testimonio de la futura unión de su vida con la de Valandil, algo que nadie ya podría romper.
Valandil tomó el anillo de la mano de Annamel, la cual no conseguía apartar la mirada de los bellos ojos de su amado. Antes de deslizar el hermoso anillo en el dedo de la elfa, el maia le susurró al oído una vez más las palabras que se hallaban grabadas en el interior del mismo…porque quería que también quedaran grabadas en la mente de ella, y que no lo olvidase nunca…Ayer te amé, hoy te amo y mañana te amaré”…
El maia la tomó por la cintura, y ambos se volvieron a besar con el ansia de la primera vez, así permanecieron durante algunos minutos…
Cuando se separaron Annamel le acarició el rostro y los cabellos, de un color tan negro como los suyos. Aquella noche ella había elegido un vestido sencillo, de color verde claro, mangas acampanadas largas, que llegaban casi al suelo, escote recto, ajustado a la cintura, y de falda con vuelo ligero, todo confeccionado en una tela vaporosa, que parecía más ligera que la elfa que lo vestía. Su larga melena iba suelta, haciendo graciosas ondulaciones hasta llegar a su cintura, como único adorno llevaba Annamel el collar que Valandil le regalara días atrás.
Mirando una vez más a su amado le dijo así
- Mi Señor…no tengo regalos que ofreceros esta noche, salvo mi propia voz…
Y comenzó a entonar una dulce melodía aprendida muchos años atrás…una melodía que hablaba del Sol y la Luna, y de su amor imposible…pero no había aquella noche imposibles para ellos dos…
Valandil Súleglîn
La dulce voz aumentaba la pasión y hacía hervir la sangre del maia...su espíritu rejuvenecía y notaba como la carga acumulada de años atrás desaparecía...aquella canción provenía de una auténtica fuente de belleza aunque la propia elfa no se reconociese como tal...aunque la bella dama no fuese capaz de ver que no había mejor regalo que su presencia y una caricia suya bajo una noche como aquella...todo cuanto Valandil pudiera darle era poco en comparación con aquellos pequeños detalles que el admiraba...
Cuando la melodía cesó poco a poco una especie de brisa suave se desvocó por el bosque como alavando en grandes gritos airados admirando la voz de la flor dorada...los árboles habían despertado solo para oirla entonar aquel canto y Súleglîn prendado de sus encantos no podía dejar de tener ante el la visión de lo más sagrado en su vida.
Ahora las pupilas de la dama Annamel titilaban acompasadas con el centelleo de las grandes estrellas, sus labios relucían bajo el influjo que ejercía aquel mágico momento sobre ella, su piel resplandecía y cegaba aún más de amor al maia...su cuerpo cuyas curvas seducían los instintos más carnales de Súleglîn hacía gala de su grandiosidad...tanta belleza tenían cegada a la propia dama que realmente no sabía ni imaginaba que su dulzura y ternura superaban todo cuanto pudiese dar al maia e ignoraba que la hermosura que portaba estaba emparentada directamente con las noches de luna llena...incluso superando a ésta como ya hizo...
Su cuello apetecible a los labios de Valandil y al tacto de sus manos lucía un precioso collar estrellado que iluminaba aquellos lares con la luz del amor y la luz de las estrellas...
Annamel era el ser mas dulce y delicioso del mundo, era la perfecta imperfección, era poesía en movimiento, danza en verso, era belleza en puro estado y bañaba con su aura todo cuanto la rodeaba...
Valandil se acercó a Annamel y le dijo:
-Mi amor, os deseo...quisiera tomaros una vez más aquí...bajo la protección de este arbol centenario...pero cuando os tome conectaremos otra vez y bajo las estrellas celosas haremos el amor otra noche...y no una más si no una noche especial...pues todas junto a ti son así...
Annamel
El alba los sorprendió de la misma forma que los vieron las estrellas al despertar aquella noche…unidos en el eterno abrazo del amor, dónde empezaba el aliento de Valandil y dónde acababa el de Annamel era difícil de precisar…
Ambos despertaron a la misma vez, y se dieron los buenos días con una sonrisa que delataba lo poco que habían dormido por no dejar de amarse en aquella noche. Valandil fue el primero en ponerse en pie, se sacudió un poco los pantalones y ayudó a la elfa a incorporarse. Estaban a pocos metros del lago, y a Annamel le apeteció de pronto un baño matinal en aquellas aguas tan limpias y acogedoras…miró a su maia con una sonrisa pícara al tiempo que acababa de sacarse el vestido, y se encaminó hacia la orilla del lago, sabiendo que él no tardaría en sacarse la ropa y seguirla…
Los dos entraron en las aguas del lago perturbando su superficie.
- Mi amor- dijo Valandil- hay algo en el lago que me gustaría enseñarte…confía en mí..
El maia le tendió la mano, que ella tomó sin dudar, y enseguida estaban sumergidos bajo las aguas de Aelin Lindale…
Valandil Súleglîn
Valandil se sumergió junto con Annamel y la tomó por la mano y la llevó consigo. Con la misma magia empleada en el lago para que manteniese es palacio intacto bajo las pesadas toneladas de agua hizo que Annamel pudiese respirar bajo el agua, el lógicamente no lo necesitaba pues durante años residió con Uinen y el agua no le suponía un impedimento y menos al ser el elemento que dominaba.
Los enamorados descendieron hasta una profundidad en la que ni los rayos del sol llegaban apenas...Valandil siguió bajando...en principio tenía pensado en llevar a Annamel a la sala de relajación del palacio entrando por la ruta secreta submarina pero decidió que ella sería la primera en ver después que él lo que nunca antes había sido visto por otros ojos excepto por los de los Valar y Valies que habían bendecido aquel sagrado lugar al que conducía a su futura mujer.
El viaje se prolongó mucho y Annamel impaciente comtemplaba como bajaban cada vez más por una estrecha fosa bajo las aguas lacustres y la cual solo se iluminaba por pequeños rayos de luz que conseguían llegar al nivel en que se encontraban luchadno contra gran variedad de dificultades...
-Ya hemos llegado querida...contempla la belleza del Templo que fue levantado para honrar a Ulmo y Lórien...un templo extraño y confuso pues mezcla la adoración a dos Valar muy diferentes pero semejantes...no tengas miedo...
Ante ellos dos colosales columnas de oro macizo se elevaban y constituían la entrada a una discreta pero grande construcción de arte semejante al usado en Valinor.
Una vez dentro el agua se reabsorbió y desapareció y Una nueva burbuja de aire cubrió los lindes del templo y lo protegió...Annamel estaba sorprendida...
Súleglîn avanzó hasta el centro de la sala principal a la que se accedía nada más entrar y con un ligero giro de su cuerpo con los brazos extendidos las estancias poco a poco comenzaron a iluminarse...y entonces fue cuando el templó se mostró al completo...un templo enorme rectangular intercomunicado todo y sin puertas y paredes y lo único que había entre habitaciones eran las columnas que se elevaban seis o siete metros sobre el suelo hasta el techo donde lo sostenían.
El maia llevó a Annamel hasta la esquina superior derecha del templo y allí se encontraban unas piscinas naturales llenas de aguas hidrotermales a temperaturas agradables y diversos utensilios de aseo e higiene así como juegos...esa zona del templo estaba decorada con un gran busto de Ulmo colgado de la pared más occidental y con perlas incrustradas en las paredes repartidas asimétricamente sobre azulejos azules dando la sensacion de comtemplar las estrellas bajo la luz del mediodía.
Los amantes disfrutaron de aquel lugar y más tarde al atardecer partieron a la superficie...
-Mi vida...esto es parte de nosotros...aún debe permanecer en secreto...solo Aikanáro sabe de su existencia pero nunca lo vió...aquí ocurriran grandes hechos...
Annamel asintió con la cabeza y se abrazo a Valandil y al maia la excitación lo volvió a dominar y cuando Annamel quiso darse cuenta se hallaban sobre la cama del maia...sin duda otro teletransporte...pero ahora estaban ocupados en su tarea de dar rienda suelta al amor expresandose con las caricias, besos y frases sensuales que se dieron en aquella habitación y otra vez unieron sus almas y al terminar el acto sobre la cama tumbados, desnudos Annamel acariciaba con sus manos el rostro de Valandil y este le preguntó:
-¿Eres feliz? Yo soy el ser más feliz de este planeta...¿me dejarías darte un masaje con las esencias que tengo en la espalda para ayudarte con la tensión que traes acumulada?...mis manos también saben ser sensuales a parte de esgrimir la espada...
Valandil mientras esperaba respuesta de su bella flor dorada pensó para para si mismo pero descubrió que la dama escuchó sus pensamientos como si se los hubiese gritado y estalló en una carcajada que hizo que todos los pájaros del jardín empezasen a cantar eufóricos...lo que pensó fue:
\"Mi amor...prepárate porque mi amor no hace mas que crecer...y el deseo es cada vez mayor...y veo que el mismo sentimiento crece en vos...me encanta estar junto a ti no me abandones nunca...\"
Aikanáro Tîwele
Tras la sorpresa inicial las huestes de Yávëtil se afanaron en la defensa de la ciudad, Yárfalia agrupaba entorno suyo a los arqueros que no cesaban en disparar contra el enemigo que pronto pago cara su osadía, las centenares de catapultas instaladas en las murallas de la ciudad no cesaron ni un solo instante de arremeter contra ellos. Pero las murallas eran golpeadas desde fuera, y Aikanáro corriendo hacía las murallas grito:
-¡Destruid a esas malditas catapultas antes de que abran fisuras!
Pero no tuvo tiempo a girarse cuando una lluvia de proyectiles impacto en el primer nivel, eran tinajas que empezar a arder al impactar contra el suelo. El fuego hizo acto de presencia en la ciudad, grandes llamas se alzaban mientras se escuchaba el griterío de alegría entre las filas enemigas, por suerte estas habían caído en una zona donde no había mas que las caballerizas, ahora vacías. Los soldados se afanaron en apagar las llamas pero no daban abasto, Aikanáro desde las murallas alzó la voz, un grito se alzó desde su garganta:
-¡Goleen a llegado el momento demostrad vuestro poder!
Un ruido se alzo desde el tercer nivel, un ruido como si un río desbocado descendiera por las calles de la ciudad hacía ellos, y para sorpresa de todos vieron acercarse una gran masa de agua. Grandes caballos de espuma iba a la cabeza de este torrente, los pocos soldados que había en la puerta se apartaron tapándose la cara, esperando el golpe de estos, pero eso no ocurrió, la masa de agua se aparto sin rozarlos y se dirigió con gran rapidez hacía el fuego apagándolo, entre el jubilo de las huestes de Yávëtil. Pero la dulce voz de Yárfalia se alzó desde las murallas gritando:
- ¡Aikanáro corred a las murallas, a las murallas soldados a las murallas!
Ante ellos un gran contingente de elfos, hombres, orcos y otras criaturas de la oscuridad se acercaban a gran velocidad hacía las murallas de la ciudad, por mas que dispararan nada podían hacer, eran demasiados, no cesaban de salir del bosque como una marea negra, una marea de muerte y desolación, intentando golpear a la luz que irradiaba la ciudad.
Yárfalia miró a Aikanáro y le dijo:
- ¡Soltémosla ya, sino estarán muy cerca de la muralla!
- Espera, espera un segundo. Deja que se acerquen a las murallas así causaran mas bajas- decía mientras veían como se acercaban sin cesar ya estaban cerca cuando la voz de Aikanáro se alzó sobre todas diciendo- ¡Ahora, ahora soltadlos, abrid las puertas soldados ya!
Las puertas de Durín fueron abiertas y grandes troncos repletos de hojas afiladas fueron empujados cuesta abajo, los troncos rodaron cogiendo velocidad y atravesando las filas enemigas cercenando miembros a su paso, grandes bajas fueron hechas por esos troncos, que tiñeron la tierra de sangre a su paso. Una muralla de troncos fue lanada desde la ciudad barriendo a su paso a todos los que encontraban a su paso, pero eso no fue todo ya que Yárfalia, Maia del Fuego ordenó:
- ¡Lanzad las alpacas ardiendo, que rueden colina abajo!
Y así se izo, grandes alpacas de paja ardiendo fueron rodando colina abajo impactando contra las pocas catapultas que quedaban en pie. La lucha parecía estar de su lado, pocas bajas habían causado en las huestes defensoras y las pocas que cayeron con creces fueron vengadas en esos momentos. Pero la alegría poco duro, ya que lo que ellos creían que era el ejercito solo fue una mera avanzadilla de lo que avecinaba, las campanas del Palacio del Sol tocaron sin cesar, anunciando la llegada de un gran ejercito, diez veces mayores que el que acaban de vencer.
Allí apareció el, montado sobre un gran lobo negro y resguardado su rostro bajo una gran capa negra, rodeado por grandes wargos, comandaba el mayor ejercito que se viera en esta ciudad desde que los cinco perecieron por la traición.
Un batallón se acercó resguardado por el repentino y furioso ataque que se lanzo contra la ciudad, gracias a este pronto estuvieron a las puertas de la ciudad, las escaleras se apoyaron en la muralla y empezaron a ascender por ellas mientras las puertas eran golpeadas por grandes mazas que llevaban los trols. Yarfalia pareció arder con gran virulencia y gritó:
- ¡Abrid las compuertas que el oro líquido corra pos las entrañas de la ciudad!
- -Señora ya están abiertas, ¿Qué hacemos ahora?- le dijo uno de los soldados.
- Avisad a Aikanáro que descienda de las murallas ahora, necesito que rompa con su martillo las compuertas- le dijo a este
El soldado salió corriendo por el primer nivel, ascendió las escaleras de las murallas. Las flechas silbaban sobre las cabezas de los soldados que no paraban de derribar escaleras, pero estas eran inmediatamente colocadas de nuevo. Allí vio a Aikanáro, disparando flechas sin cesar sobre las bestias que cargaban sobre las puertas, tres cayeron cosidos por ellas aplastando a los orcos que había a su alrededor. En las murallas se sentía una extraña canción, eran los hombres de Makar que cuando van a la guerra cantan a su señor, y eso hacía este cantaba mientras mataba. El soldado llamo a Aikanáro y este se giro y le dijo:
- La dama os reclama, dice que necesita vuestro martillo allí abajo- le dijo señalando a un soldado que hacía señas desde abajo.
- Ahora voy- le dijo mientras se colocaba el arco en la espalda y cogía su pesado martillo y corría por la muralla.
En pocos minutos llego donde estaba Yárfalia junto al soldado y esta le dijo:
- Tienes que romper el primer tronco para que todo ocurra como planeamos
- Yo golpeo y tú haces que esos hijos de su madre ardan como nunca- dijo mientras golpeaba una gran piedra con el martillo.
Esta se resquebrajo y al poco cayo en una especie de río dorado que corría hacia las murallas exteriores, Aikanáro al poco de ser el Gobernador de la ciudad hizo construir una falsa muralla y debajo de esta construyó un gran fosado que la aguantaría y por donde correría un río dorado. Este ardería en su momento haciendo que la falsa muralla de derritiera formando un río de magma que daría muerte a los allí apostados. Yárfalia miro a Aikanáro y le dijo:
- Apártate, ahora me toca a mí, ¡soldados cuidado!- gritó mientras lanzado una bola de fuego sobre este hizo que este empezara a arder con gran virulencia.
Las vigas que sostenían la falsa mulla cedieron en segundos arrastrando tras de si las escaleras repletas de enemigos haciéndoles caer en un mar de fuego, las grandes piedras empezaron a derretirse bajo ese fuego sagrado mientras los gritos de dolor se alzaban entre los enemigos.
Âglaras
Había llegado casi hasta ciudad cristal, en donde sus murallas cristalinas aún seguían intactas.
- Vamos Craven, ya queda un poco más.
El medio elfo acarició suavemente el pelaje del felino que portaba en su lomo a él y a la elfa Aradel.
Habían corrido una gran distancia en muy poco tiempo, y las fuertes patas del animal ya comenzaban a flaquear.
A lo lejos, el reflejo del sol apuntaba en horizontal, mostrando finas líneas de luz paralelas al suelo. Y es que los rayos caían oblicuamente sobre las murallas reflejándose en dicha dirección.
Al parecer la guerra no había llegado aún, pero el susurro del viento traía malos presagios.
LLegaron al fin a la gran puerta cristalina, bella y hermosa, y dura como el acero a pesar de ser el cristal el material de su cnstrucción.
Esta se abrió de par en par. Una fingida tranquilidad se observaba en el ambiente. La gente aparentaba no temer a aquella supuesta guerra que se avecinaba, pero la tensión que portaba el viento los hacía dormir intranquilos.
- ¿Alguna novedad?- Preguntó Âglaras a su segundo al mando mientras recorrían rápidamente las calles de la ciudad dirección al Castillo Cristal.
- No, aún no. Los exploradores no han hallado rastro del enemigo. Pero han encontrado campamentos abandonados a algunas leguas de aquí. Suponemos que han de ser de ellos.
- Entiendo- Y pensó durante un breve momento- Pues quiero que preparéis todas las defensas de la ciudad. Pasamos al estado de alerta.
Dicho esto, Âglaras pasó los dos siguientes días revisando todos sus planes sobre la defensa de su ciudad. No había noche ni día para él, ni para Aradel, su compañera, pues el nerviosismo del medio elfo producía en ella una sensación de malestar. No obstante, se sentía protegida a su lado.
Cuando loa rayos del sol comenzaban a ocultarse entre la Orod Lindalë, una voz proviniente del exterior de la ciudad alarmó a todos. Una avanzadilla volvía presa del pánico.
Entraron en la ciudad y rápidamente Âglaras se dirigió hacia ellos.
Decía portar algo que determinaba la llegada del enemigo en escaso tiempo.
Darlak
Una gran hueste formada por elfos oscuros y orcos habían arrasado aquella mañana todas las aldeas cercanas a Eru Andorya. Menelmen, una de las villas más grandes de entre todas las que se adelantaban a la ciudad entre los dos rios, era el último bastión que el ejercito invasor debia conseguir antes de atacar Eru Andorya.
El ejército había cruzado el río Sirglîn arrasando todas las casas de los pescadores y, con la ayuda de antorchas, estaban quemando todo lo que se encontraban a su paso. Menelmen no era una villa guerrera y apenas tenía medios para defenderse de este ataque.
Mientras que los gritos se sucedían por el exterior, Darlak se levantó de su silla y se dirigió hacia la puerta que conducía a la herrería. En ese momento, no comprendió porque no había intentado buscar su espada antes, cuando la vieja le dijo que desconocia donde se hallaba.
Entro en la herrería, una estancia amplia y ordenada, debidamente compartimentada para cada uno de los trabajos que Caragan hacía, e hizo una mirada general de la misma con el fin de ubicarse y ver donde empezar a buscar. No halló su espada por ningún sitio.
Estuvo buscando un buen rato hasta que finalmente se dio por vencido y decidió que cogería una espada cualquiera. Cayó entonces en la cuenta de que él sólo no podría hacer nada contra el ejercito invasor, no conocía a nadie con habilidades guerreras en aquella aldea ya que todos sus habitantes se dedicaban a cuidar el campo o a los trabajos manuales.
¿Sería mejor viajar a Eru Andorya y dar por perdida Menelmen?
De repente, su vista se topó con algo que brillaba incandescentemente como si estuviera ansiosa porque él posara su mirada en ella. Y la vio. Un arma oscura, cuya hoja negra resplandecía iluminando la oscura estancia. Estaba situada en una mesa alargada cercana, y a Darlak le extrañó, porque hubiera jurado que no estaba allí cuando entró en la herrería.
Ilusionado, se acercó a ella y la tomó. Era una espada pesada y fuerte pero fácil de manejar. La negra hoja había sido forjada de nuevo. Sin embargo, en ese momento no sabía la verdadera historia de la forja de la espada, y sólo mucho tiempo después la conocería.
Recuerda joven Darlak que ya una vez se advirtió sobre el poder oscuro de la espada. Su nombre, Gurthang, significa Hierro de la Muerte y fue forjada por Eöl, el elfo oscuro. En la espada aún reside una pizca de malicia, pues el corazón oscuro de su forjador aún habita en ella.
Úsala bien y, sobre todo, no dejes que te use a ti.
Darlak buscó el origen de aquella voz pero no venía de alguien cercano sino que provenía de muy lejos. Se rió ya que últimamente varios poderes se habían molestado en comunicarse telepáticamente con él. Dejó la espada en la mesa de nuevo y buscó una vaina para colocarla.
Cuando se hubo equipado se dirigió de nuevo a la casa donde la anciana estaría allí sentada aún. Sin embargo, cuando entró, la vieja había desaparecido. Tampoco había signos de que Caragan o su esposa hubieran regresado. De esta manera y sin perder más tiempo abandonó la casa. Su caballo ya no estaba allí.
Se encontró con una aglomeración de fuego, casas derruidas y una gran exaltación. La gente corría mientras el ejército invasor arrasaba lo que encontraba a su paso. Una lluvia de flechas cayó cerca de Darlak y entonces se percató de que no había tomado ningún escudo para protegerse. Divisó una tabla de madera al lado suyo y la cogió para protegerse de las flechas que estaban cayendo en ese momento. Aún escudándose con la tabla, intentó irse de donde estaba. El pueblo estaba en llamas y la mayoría de sus habitantes habían huido de allí. Posiblemente algunos no lo habrían conseguido.
Varios orcos se opusieron en su camino y tuvo que hacerles frente. Ese fue el momento de usar su espada, la que había estado deseando usar desde que la consiguiera casi por casualidad. Los golpes fueron certeros, seguros y rápidos y los orcos cayeron a sus pies. Con el ánimo ascendiendo a medida de que se haya inmerso en la guerra, Darlak saboreó la sensación de haber sesgado la vida de aquellas tres asquerosas bestias. Un pensamiento entonces le vino de golpe.
No dejes que te use a ti
Comprendió el mensaje y se dispuso a huir del fuego, decidido a viajar hacia Eru Andorya cuanto antes. Entonces un grupo de elfos oscuros se dirigieron hacia él. Cuando llegaron, lo rodearon y le apuntaron con las lanzas. Vieron sus ropas y comprendieron inmediatamente que no era de allí.
- ¿Quién eres tú? – dijo el que parecía ser el jefe. Un elfo con oscuro rostro y mirada de pocos amigos.
-Darlak Lórindol. A su servicio, señores - dijo sonriendo, como quien encuentra unos compañeros para pasar la ir a tomar una pinta a la taberna.
- ¿De donde vienes? Porque no creemos que seas un habitante de esta asquerosa aldea- respondió el elfo que, efectivamente, era el de mayor rango. Sus oscuras ropas, con líneas plateadas, diferentes a los de los demás, así lo indicaba – Estas tierras nos pertenecen ahora y exigimos saber quién las transita.
-Sin embargo, es una manera poco noble de conseguir unas tierras- replicó Darlak, consciente de que se estaba jugando la vida. Pero algo le incitaba a provocar a aquel grupo de elfos oscuros.
- ¿Cómo osas hablar así al General, elfo? – dijo otro elfo oscuro situado a la derecha del jefe de aquella cuadrilla.
- ¿No creéis que es normal que no responda con educación a mi oyente cuando él ni siquiera se ha presentado y yo lo he hecho gustosamente? Si sé algo de buenos modales, creo que uno debe presentarse primero.
- Veo que te gusta provocar, elfo. Sin duda no eres de este pueblucho ya que la mayoría de sus habitantes han huido y tú no. Aunque te advierto que no eres consciente de con quién te enfrentas.
- Creo que un gusano como él por su atrevimiento merece la muerte, General Artan - El soldado situado a su derecha empezó a lanzar una serie de insultos para ridiculizar a Darlak mientras reía. Sus compañeros lo secundaron en las carcajadas
Poco a poco, las risas fueron subiendo de volumen, así como el mal gusto de los insultos hacia Darlak. El medio elfo se limitaba a mirar con diversión contenida al grupo de elfos oscuros.
-Ya basta- ordenó el denominado general – La suerte de este sujeto la decidiré yo. Pero antes…- dijo, dirigiéndose ahora a Darlak- si tu deseo es que me presente, entonces me presentaré. Mi nombre es Artan Horodhul, el futuro Gobernador de Eru Andorya.
-Bienvenido seáis a estas tierras – Darlak arqueó las cejas al tiempo que sonreía a Artan - Sin embargo, creo que no necesitáis más guerreros así que si fuerais tan amables me gustaría marcharme, tengo muchos asuntos que resolver y el tiempo apremia.
Entonces fue cuando Artan empezó a reír, sus carcajadas eran tan sonoras que se levantaron por encima de los pocos gritos que quedaban. De repente, y mientras Artan seguía riendo una lluvia de flechas empezaron a caer sobre ellos.
El soldado situado a la derecha de Artan cayó víctima de una de ellas
[Editado por aratir el 17-09-2006 18:51]
Annamel
- Y nunca te abandonaré…- le dijo la elfa al maia- No se abandona aquello que se ama, aquello que ya es parte de ti misma, sólo espero que a mi lado seas siempre tan feliz como hoy. Los tiempos pueden cambiar, podrá haber guerras, como ahora, y podrán venir tiempos más felices, y todos ellos yo los viviré a tu lado si tú quieres…
Eso fue lo que Annamel le contestó a Valandil, quien escuchaba con atención cada una de sus palabras, y la miraba con la sonrisa pintada en sus sensuales labios, esos mismos que ella besaba con tanta pasión, y que ya sólo la besarían así a ella…
Pero había algo más de Valandil que Annamel anhelaba, y era saber qué había bajo ese magnífico cuerpo, porque desde que llegó a Ostova Lore, días que ya le parecían tan lejanos ahora, había percibido algo en el alma de su amado, algo que iba más allá de su comprensión, algo que se le escapaba…había algo dentro de él que ella deseaba saber y compartir…pero no sabía cómo plantearle la cuestión, pues no quería que Valandil pensara que era demasiado entrometida…sin embargo no hizo falta, ya que el maia le había leído el pensamiento…
Valandil Súleglîn
El maia leyó los pensamientos de su amada y supo acerca de sus inquietudes y no pensó en que supusiese un problema que empezase a hablarle algo más…pues no deseaba que ella temiera lo que días atrás vio emerger de su interior…se giró y la besó.
-Mi amor no tengo secretos para ti…no obstante se trata de una historia muy larga y que recae su mayor importancia sobre el pasado…de momento solo has de saber que en la corriente vital que circula continuamente mi espíritu hace unos años sufrió por así llamarlo una intrusión…el espíritu de un antiguo guerrero llamado Ohtar Män entró en mí y parte de él fue expulsado…pero pude ver su vida entera pasar ante mis ojos y tocar con mis manos lo que el tocó…pero no solo eso…si no que mi poder aumento porque el suyo se anexionó al mío…era el caballero Ohtar Män portador de la estrella virtuosa que muchos hemos llamado Bondad…aunque la bondad ya habitaba en mi antes fue la fuerza y la energía vital del espíritu encadenado a estas tierras la que me otorgó una pequeña porción más de poder y sabiduría…pero cada noche y cada día lamento tener que soportar en mi mente los desastrosos recuerdos de el que me eligió…y cada vez toma más fuerza en mí…a veces creo que no soy yo si no el y confundo lo que pasó con lo que pasará…pero se que es debido a que algo que antes los puso en peligro a regresado y ante la amenaza ha alertado a todos mis sentidos…aún así era un ser bondadoso…y no desea más que continue con la tarea de proteger estas tierras y luchar por y en nombre del bien…cosa que ya hacía junto con Aikanáro…el también fue afectado por el espíritu de otro caballero….
Annamel observaba estupefacta lo que el maia le estaba contando…un temor a que el mismo pudiese perder el control y dejar de ser el la domó…pero Súleglîn de nuevo leyó en ella sus pensamientos…
-Vida mía…nada me cambiará y no temas el no me podrá tomar…es más…no temas que nos puedan separar pues hay algo que en ti me mantiene retenido a tus labios miel y a tu piel de dulce sabor…mi corazón está atado al tuyo y esa unión nadie la podrá romper…celosos nos observa el tiempo que hace envejecer nuestros cuerpos pero no a nuestro amor…no sabes que maravilla es tenerte cerca que limpio y fresco llega el aire a mis pulmones…observa la misma mirada celosa del cielo…pues tu brillas para mí más que ninguna de sus hijas, las estrellas…pero entre tanto deseo y amor yo pongo mi corazón a tu disposición y óyeme bien mi bella flor…nada ni nadie podrá arrebatarme tu amor….
Annamel sonreía ahora y esa sonrisa estremecía al maia al cual le hacía sentir tan reconfortado que no podía contemplar más allá del rostro de su amada…
-Mi vida, ¿sabes?, el amor es un sentimiento que me haría mover montañas…inmolarme contra el sol y descender hasta los abismos impenetrables por verte sonreir…el amor es una emoción que me arrastra vivazmente hacia los remolinos del placer y hace elevarme entre todos los hombres del mundo y proclamarme el ser más feliz…el amor me hace sentir más que vivo me hace sentir hecho para ti…no quiero que nunca nos separemos…no quiero que nunca me dejes…pues moriría sin ti.
El maia miró hacia el horizonte y allí abandonó su mirada junto con la melancolía y nostalgia que le producía la idea de que Annamel no estuviese…un tremendo dolor le arrancaba las entrañas…temía esa sensación…
El maia volvió en sí y miró a Annamel y fingió una sonrisa para quitarle importancia a aquel abobamiento…la dama lo percibió y lo abrazó y abrazados permanecieron hasta el anochecer contemplándolo juntos…abrazados y Valandil no paraba de jugar con sus dedos con el pelo de Annamel y esta de acariciar su espalda…el amor entre ellos tenía miles de formas de expresión…y una de estas era aquella tan tierna y sensual…
Al llegar la media noche Valandil despertó a Annamel con un susurro y la avisó de que debían partir hacia Yavëtil sin demorarse más y que entrarían a la ciudad por la puerta del Sur, y tras pasar la bloquearían cerrando así la última entrada que quedaba abierta. Esta puerta fue dejada así por Aikanáro porque este sabía que por allí llegaría el que para él era su hermano y desde ahí debería acceder a la ciudad. La puerta parecía sellada a cal y canto pero solo unas palabras mágicas como se dirían a los niños en un cuento épico y la puerta se abriría…pues sellada se encontraba pero no a la voz del maia el cual conocía el santo y seña que aquella noche y solamente esa serviría para abrirla…lo que él no esperaba es que nada más llegar se encontrase con que la ciudad estaba siendo atacada…
Annamel salió y tras ella Valandil, la elfa silbó suavemente y de la espesura negra y oscura como la noche un terrible corcel de inagotable poder apareció se dejo montar por la elfa a continuación esta le susurró al oído que fuese cortés con Valandil y le montase a él también para poder ir los dos juntos hasta la ciudad y que una vez allí protegiera a la yegua blanca del maia la cual los seguiría e iluminaría el camino entre las tinieblas del bosque.
Mientras galopaban, Annamel delante con las riendas y Valandil detrás…este no pudo resistir la tentación y empezó a acariciar el muslo de la elfa que asomaba al encogerse para no tocar con las piernas en el suelo…Annamel se dio la vuelta sonrojada y como si de un juego se tratase le lanzo un pequeño mordisco en el moflete a su amado y el maia volvió a agarrarse a la cintura de su prometida…su corazón latía fuertemente al sentir el calor del cuerpo de Annamel…¿notaría ella las manos agarradas a su cintura?…y ¿qué sentiría su corazón al galopar con el de su futuro esposo?
Darlak
Unos cuantos arqueros estaban disparando hacia Artan y sus hombres. Viendo a su soldado muerto a su derecha, Artan se enfureció e hizo sonar un cuerno de guerra para llamar al resto de sus hombres. Los atacantes eran un grupo de elfos que estaban resguardados tras una masa de árboles que había más arriba de Menelmen. De donde habían salido era una incógnita.
Darlak aprovechó la confusión ocasionada por el suceso para huir de sus agresores. Afortunadamente, Artan no se dio cuenta de que se había escapado ya que estaba afanado en combatir a los recién llegados.
Los hombres de Artan se dirigieron hacia el bosque mientras la lluvia de flechas seguía cayendo sobre ellos. Enfadados y cabreados porque les habian pillado por sorpresa, pecaron de imprudentes poniéndose al alcance de los elfos arqueros. Debido a ello, cayeron varios de los hombres de Artan y todo parecía acabar para ellos hasta que la llamada del elfo oscuro hizo efecto. El resto de sus hombres llegaron desde el sur para ayudar a su general. Traían con ellos antorchas de fuego para quemar los árboles.
Entre tanto, Darlak aún dudando de si se podía fiar de los arqueros recien llegados, se desvió hacia el este hacia un claro que atisbó desde lejos.
Cuando llegó al claro se encontró con un conjunto de piedras planas dispersas que posiblemente se utilizarian como refugio para encender una hoguera. El joven no tenía amplios conocimientos sobre cómo encender un fuego, pero sabía que era necesaria una superficie desprovista de vegetación para evitar el peligro de incendio.
Unas nubes empezaban a ocultar el sol y una ligera brisa se disponia a soplar. A lo lejos pudo ver cómo el refuerzo de Artan llegaba dispuesto a plantar batalla a los atacantes.
La guerra era inminente.
No sabía qué hacer aunque aquella situacion le beneficiaba porque retrasaba la marcha de las tropas de Artan hacia Eru Andorya y le confería una ligera ventaja a Darlak.
Ensimismado en esos pensamientos, Darlak no se percató de la presencia que había tras de sí. Por ello, se asustó cuando de pronto una mano se posó en su hombro. Ladeó la cabeza hacia atrás para saber con quien tendría que enfrentarse esta vez y se encontró con un rostro rechoncho, de ojos negros y piel clara.
Se trataba de un rostro familiar.
[Editado por aratir el 16-05-2006 00:51]
Aikanáro Tîwele
Aikanáro lo vio allí en medio de la batalla inerte, mirando como sus hombres perecían bajo las defensas de Yávëtil. Fuegos aquí y allá consumían las catapultas y arietes de los enemigos que intentaban apagarlos pero a cada golpe de agua el fuego se avivaba más aun. Así había llegado el momento de la verdadera lucha, todo lo acontecido anteriormente solo era una mera distracción para comprobar las defensas de la gran ciudad. No sabía cuál era la suerte de sus compañeros de armas pero por él que más temía ahora era por Valandil, era la primera lucha en la cual no luchaban codo con codo, sabía que podría defenderse bien ya que fue un buen discípulo pero para él era como un hermano. Las huestes enemigas cesaron su ataque, se replegaron entorno a ese jinete, un silencio mortal se instalo entre ellos, mientras las llamas crepitaban expectantes. Aikanáro miró abajo, los soldados retiraban a los heridos, la caballería de Yávëtil se agrupo en la primera puerta para salir cuando fuera requerida mientras los enanos preparaban los grandes arietes, en sus cabezas se habían colocado unas cargas que al impactar contra el suelo explotarían, era una extraña formula que aprendiera en la Corte de Makar.
Vio a Yárfalia curando a un soldado en las murallas, tan bella aun de haber luchado sin cesar desde las almenaras de estas, se acerco a esta mientras de reojo miraba al bosque. Llegó hasta Yárfalia y agachándose le dijo:
- Yárfalia, nada puedes hacer por él, a muerto la herida a sido mortal de necesidad. Deja que su alma vaya a las Casas de Makar donde van los guerreros, déjalo partir- le decía mientras le ponía su mano en el hombro.
- Él me salvó, esa flecha iba para mí y él dio su vida por salvar la mía- le respondió mientras pasaba sus dedos por la dorada cabellera del elfo.
- Con gran honor dio su vida para salvarte, por eso ahora mas que nunca tienes que ser fuerte. Se lo debemos a aquellos que han dado su vida por nosotros. Tanto tú como yo sabemos que sino recibimos ayuda pronto no habrá nada que hacer, el ejército que esta a nuestras puertas nos supera con creces en número. Parece como si la historia volviera a repetirse, extraños recuerdos me vinieron a la mente cuando lo vi aparecer desde la espesura del bosque, algo tiene relacionado con los antiguos caballeros y con esta ciudad, sentí su mirada en mi interior y le oí reír a carcajadas– le dijo mientras llamaba a dos soldados para que se llevaran a su compañero muerto.
- Que sea llevado a las Casas embalsamadas, este soldado será enterrado con honores- dijo Yárfalia
- Así se hará mi Señora- le respondió uno de ellos.
- Sé a lo que te refieres Aikanáro, también lo note pero ahora como dices tu debemos ser fuertes. Si los hombres ven la mera sensación de desanimo caeremos, lucharían por vos hasta la muerte y eso lo sabes. Ahora reagrupemos las defensas y reorganicemos todo para que cuando esos malditos se atrevan a asomar sus narices cortemos sus cabezas.- le dijo mientras apretaba el puño y señalaba hacía el bosque.
- Así me gusta que hables- le dijo mientras hacía sonar el cuerno.
Los soldados se agruparon en el primer nivel, y en desde el pasillo que conectaba las dos torres de la Puerta de Durín les dijo:
- ¡Habéis luchado con honor, ahora saben lo caro que es atacar la ciudad de Yávëtil, pero no debemos confiarnos aún falta la mayor prueba y es resistir por aquellos que amamos!. ¡Demostremos contra quien se enfrentan!
- ¡Muerte, muerte!- gritaron los soldados al unísono
Y así fue que en los momentos de mayor de desaliento las energías fueron renovadas, pero también paso eso en el enemigo que se lanzó en la mayor ofensiva hasta la hora. Las trompetas tocaron alertando del ataque y las catapultas silbaron por encima de las cabezas de los soldados, las murallas se llenaron de arqueros que formaron una triple fila, lanzando a cada señal una de ella. Ahora las huestes enemigas atacaban con gran fuerza y sus catapultas se centraron en las puertas, si lograban hacerlas ceder la ciudad seria suya, eso creían ellos, pero por eso Aikanáro hizo construir las cuatro grandes torres de defensa, cada una de ellas un autentico baluarte conectadas entre sí por poderosos puentes que sujetaban las grandes puertas. Aikanáro llamó a los hombres de Makar con un cuerno de plata, y estos en pocos minutos se agruparon entorno a él y le dijeron:
- Señor no resistirán mucho tiempo más, las catapultas no cesan en su ataque- le dijo uno de ellos.
- ¡A que esperamos para destruir a sus catapultas, contamos con mas y mejores catapultas que ellos! ; ¿Acaso no podremos defender esta ciudad de ese ejercito, es que las horas de entrenamiento en la Corte de Makar no nos sirvieron de nada?- pregunto mirándolos a los ojos, su figura estaba exaltada, por su interior corría un potente fuego que despertaba y se contagiaba.
- ¡Si que podremos, que no se diga que los hombres de Makar no fuimos capaces de derrotar a esos hijos de Morgoth!- gritaron los soldados
Corrieron hacia las torres, subieron sus escaleras y atravesaron sus puentes hasta llegar a las terrazas de las torres, allí se apostaron y sacaron sus arcos. Aikanáro miró hacía abajo y vio a Yárfalia derribando las escaleras que se apoyaban aun en las murallas y le grito:
- ¡Yárfalia fuego, necesito fuego, lánzamelo!
Yárfalia se giro y al mirar hacía arriba encontró a Aika señalando una gran pirra, apunto con su arco y tras encender una flecha con su fuego disparo, la flecha ascendió como una serpiente y fue a caer a la pirra. Esta lanzó una potente llamarada azulada, y cogiendo una de sus flechas tras prenderla en ese fuego disparo hacía la otra torre y lo mismo ocurrió. Ahora ya estaban listos para el ataque, los soldados cogieron sus flechas y las introdujeron en el fuego y tras sacarlas apuntaron a las catapultas.
-¡Ahora!- gritó Aika
Las flechas salieron disparadas y a unos pocos metros se transformaron en una especie de dragón azulado que volaba a gran velocidad hacía las catapultas, los soldados que vieron salir esos dragones de fuego desde las torres se quedaron extrañados y más lo estaban los enemigos. Los dragones siguieron su camino hasta llegar a las catapultas donde al impactar explotaron, haciendo que estas saltaran por el aire. El griterío s alzó en la ciudad al ver como las catapultas saltaban por los aires y ese ataque no cesó, las flechas no paraban de salir de las torres como sí legiones de dragones atacaran a los enemigos. Aquí y allá las catapultas saltaban por los aires, junto a los grandes trols que las transportaban. Esta fue la primera vez que muchos veían el ataque de la Corte de Makar, en Valinor se usaba como meras distracciones en las noches de verano iluminado el cielo con múltiples colores pero ahora eran cargas mortales. Su ataque había logrado hacer mella contra las catapultas, ahora solo dos quedaban en pie, pero estaban lejos de ser atacadas desde las almenaras y sus impactos eran aun lejanos, así que desde las almenaras se concentro el ataque en las huestes que se empezaban a acercar.
Âglaras
- A ver, ¿qué es eso tan importante que tenéis que contarme?- Âglaras observó severo a los dos Capitanes de la avanzadilla.
Al poco, uno de ellos sacó de un pequeño saco lo que parecía ser un libro. Lo tendió al medio elfo, que lo miró extrañado.
En la primera página se podía distinguir con letras bien elaboradas:
Diario de un explorador: Renorl
- Leed las últimas páginas, mi señor y sabréis de que os hablo.
Âglaras siguió sus indicaciones y comenzó a leer en voz alta:
Hace días que no sabemos nada de mi hermano Rethel. Partió hacia el este siguiendo un rastro de lo que parecían ser huellas de lobo. Pero no de un lobo normal, oh no, sino de unos grandes lobos. A decir verdad, estas últimas noches han sido un poco terroríficas, pues hemos estado escuchando ruidos raros, misteriosos rugidos desconocidos, y voces que nos helaban el corazón. Pero a pesar de nuestra férrea vigilancia, no hallamos nada fuera de lo habitual.
Âglaras levantó la mirada y miró hacia Aradel, que vestía una preciosa túnica púrpura de seda. Parecía un poco asustada.
Continuó en la siguiente página:
Hoy han desaparecido todos nuestros caballos. Ha debido ser durante la noche, mientras dormíamos. Al parecer los centinelas notaron un terrible dolor de cabeza que hizo que se desmayaran. Hîren está bastante asustado. Dice que terribles conjuros están siendo lanzados por todo Dôr Aman, pero yo no lo creo así. El bosque esta lleno de plantas venenosas que lanzan al aire esporas malignas para ahuyentar a los animales, seguro que fue algo de eso.
- ¿Esporas venenosas? ¿Qué cuento es ese de las esporas?
- Seguid leyendo mi señor y hayaréis la respuesta.
Ya hace siete lunas que desapareció mi hermano. Estoy asustado, pues me temo lo peor. Aún sigue desapareciendo gente durante la noche. Ya he descartado la teoría de las esporas, pues yo mismo me encargué de hacer guardia la noche pasada, inspeccionamos bien el terreno, y no había ninguna planta en mucho alrededor. Sólo recuerdo sufrir un dolor de cabeza y despertarme a la mañana siguiente.
Pasó de página:
Esta mañana el ambiente está cargado. Las nubes llegan hasta el suelo, y son tan profundas como la oscuridad. El grupo está asustado. Está todo oscuro.........¡Un rayo! ¡Un rayo acaba de surcar el campamento! ¡¿Pero qué han visto mis ojos?! La luz del relámpago me ha mostrado a horribles criaturas a nuestro alrededor. No hacen nada de momento sólo nos miran, pero el saber de su presencia me está helando la sangre.
Corro a esconderme, pero no se ni donde estoy. Todo es oscuridad a mi alrededor.
¡Otro rayo! No puede ser...Gritos....
Se acabaron.
Mi corazón comienza a latir lo más rápido que puede. Notó una presencia cerca de mí, y he desenfundado mi espada. ....Otro rayo...
Las líneas acababan aquí.
- Mi señor, econtramos esto en un campamento. Era todo cenizas. Están aquí y debemos prepararnos.
De repente, el sonido de los cuernos y los tambores surcaron el aire.
- ¡Corred, tenemos que prepararnos!- Âglaras agarró a Aradel por el brazo y corrió hacia el Palacio Cristal.- Escondete en las cavernas con las demas mujeres. En cuanto puede iré en a por tí.
Presa del pánico la doncella elfa besó los labios del medio elfo, y mientras brotaban lágrimas de sus mejillas corrió en dirección a las cavernas...
Valandil Súleglîn
Súleglîn y Annamel ya estaban a lomos de Umbar, el corcel de inconmensurable valor y porte de belleza. El maia seguía pendiente de su amada que iba frente a él dirigiendo al caballo oscuro, pero a mitad de camino le hizo aminorar la marcha y parar. Se encontraban en medio del bosque, sobre ellos los árboles tapaban el cielo nocturno y todo alrededor era silencioso…un silencio mortal…ni tan si quiera una brisa por allí transcurría y poco a poco una carga pesada parecía recaer sobre la dama y el maia.
-Mi bella flor de fuego, nos detenemos aquí porque iremos a Yavëtil con uno de los mayores ejércitos énticos que el sol y la luna podrán ver…un ejército que hará temblar a cualquier enemigo…llevaremos un bosque con nosotros a ayudar a mi hermano y a no dejar que Yavëtil caiga otra vez…no oléis el olor a carne quemada? El olor a la batalla me asquea y no viene de Ostova Lorë si no de Yavëtil…pero los árboles me informan que aún la resistencia es dura y no consiguen traspasar sus puertas…al mando de Aikanáro no podrán aún…seguramente les tenga preparadas varias sorpresas…y ahora vamos a despertar al bosque en su totalidad, su descanso no va a ser interrumpido pues no podrán descansar si el oscuro poder que nos acecha llegara a estos bosques…
Valandil se acercó a una piedra que sobresalía en medio del camino y estaba cubierta por un musgo verde oscuro, puso la mano sobre ella e introdujo su mano en una oquedad que había en la propia piedra pero que se hallaba camuflada para cualquiera que no conociese realmente ese lugar…al instante los árboles empezaron a inquietarse y sus ramas tranquilas y apacibles se volvieron toscas y agresivas, la dulce fragancia aromática desprendida por sus frutos se volvió un olor fuerte y acometedor que provocaba un profundo pesar. Fue entonces cuando uno de los árboles desenraizó y se irguió glorioso y poderoso…colmado de furia y rebosante de sabiduría y fuerza. Al instante se acercó a Valandil y sonrió…luego miró a Annamel y quedó prendado de sus encantos y entonces salió de su asombro cuando Súleglîn le habló:
-¿Qué miras viejo amigo?...¿No tienes palabras después de tanto tiempo para un fiel servidor tuyo?.
El ent seguía contemplando fijamente a Annamel la cual se sentía extraña al ser observada por semejante mole pero cuyos ojos de tono canela reflejaban un fuerte y noble corazón. Annamel miraba a los ojos fijamente al Ent y este a ella…
Finalmente el maia tiró una pequeña piedra al ent y se puso entre la mirada de Annamel y él y le dijo:
-¡Que te estoy hablando a ti! No al suelo…
El ent estalló en carcajadas más profundas otra vez.
-Valandil Súleglîn, ¡Hum!...cuanto tiempo sin saber de ti…pero ahora deja que recree mi vista con tan bella criatura…y tan valiente pues no me retiró la mirada…en ningún momento...
-Se llama Annamel y…¡Ella es mi prometida! No querrás que me sienta celoso…¡Ja!... Alda Coiva…necesito tu ayuda…es muy urgente…el bosque y todo está en peligro necesito que os reunáis y luchéis junto a Aikanáro, Yárfaila, Annamel y junto a mí en Yavëtil…no debemos dejar que estas tierras sufran lo que antaño las tiñeron de sombras…se que tu puedes hacerlo…
-Amigo mío, en ninguna ocasión os fallaría y negaría mi apoyo así que cuenta con todo mi poder y mis fuerzas pues lucharan codo a codo con las vuestras. Discúlpeme dulce dama de belleza insólita…mi nombre es Alda Coiva…soy un ent…no uno joven si no uno más bien viejo…ya caen sobre mí tantos años que no recuerdo casi el principio de mi despertar…pero mi fuerza no reside en mis robusto y poderoso cuerpo si no…en la sabiduría que he acumulado durante tantos años y en la posesión de amigos como Valandil…la amistad que bonito sentimiento…bueno voy a dejar de andarme por las ramas…aunque irónico suena de mí y voy a llamarlos ya….
Alda Coiva se estiró y su vientre, la zona mas robusta del tronco, empezó a iluminarse…y en uno de los nudos que habían formado su madera empezó a descubrirse en su interior un cuerno. El ent introdujo su brazo en su vientre y arrancó el cuerno y se lo llevó a la boca y lo hizo sonar tres veces. Tres veces el bosque retumbó y se retorció bajo la llamada…instantáneamente un coro de voces énticas contestó con furia y Alda Coiva sonrió…el ejército éntico iría a la guerra.
Los enamorados de nuevo partieron y se despidieron de Alda Coiva, el cual hizo prometer a Annamel que iría a visitarlo tras la guerra para que conversase con él alguna tarde para que le contase cosas acerca de ella.
Ambos cabalgaban a lomos de Umbar y seguían el hado de luz que dejaba el caballo de Valandil por dónde pasaba. Así antes de que amaneciera consiguieron llegar a la parte sur de Yavëtil…la batalla había comenzado…Valandil podía oir perfectamente el choque de espadas y los gritos de unos y otros…desmontó a Umbar junto con Annamel.
Valandil se acercó a la puerta y como dijo a Annamel pronunció unas palabras y esta se abrió tras pasar ambos estas se cerraron sellándose a cal y canto. Ahora tenían que llegar dónde se desarrollaba la batalla…Súleglîn conocía un camino oculto que le llevaría hasta la puerta principal donde aún Aikanáro resistía y no había dejado caer las puertas de la ciudad y el enemigo era mantenido a ralla. Annamel y Valandil corrían juntos por un pasadizo con sus manos unidas…a unos metros el pasillo oculto tenía su fin…otras palabras de Valandil y la luz se hizo y pudieron salir al exterior y tras salir Valandil se giró a Annamel y mirándola le dijo:
-Mi amor…la batalla nos espera…por favor ten cuidado…cuando lleguemos entraremos rompiendo el frente enemigo será peligroso…pero a ti te elevaré con mis poderes telepáticos hasta la muralla y allí junto con Yárfaila Veryawen mata a todos cuanto puedas y no te dejes matar…Yárfaila ya siente mi presencia y yo la suya…espero que no sea demasiado tarde para demostrar a mi hermano que no le iba a abandonar…
De repente la elfa y el maia irrumpieron por uno de los flancos laterales del frente del ejército enemigo que intentaba asediar la ciudad. Valandil alzó sus brazo y Annamel de repente impulsada por una extraña fuerza acabó propulsada junto a Yárfaila una vez allí ambas juntas empezaron a disparar a diestro y siniestro…el espectáculo a continuación fue deslumbrante…un ejército de cientos de criaturas voladoras en llamas arrasaba las filas enemigas…dragones mortíferos no dejaban escapar ninguna vida…entre tanta confusión y caos sembrado Súleglîn corrió entre las filas enemigas hasta poder llegar a la puerta de la ciudad para apostarse allí defender las puertas. Con una hoz en una mano y la espada en la otra iba segando las vidas de los que los las flechas aladas no pudieron arrebatar…fue entonces cuando desde la lejanía Aikanáro contempló el peligro al qu se estaba somentiendo su amigo y lo que intentaba hacer…así que dio un salto y comenzó a separar la cabeza de todos los cuerpos de los adversarios que se le cruzaban un fuego interno prendía en él y nada podía pararlo avanzaba como una tempestad que no perdona ni al más experto de los marineros…
En la carrera de Súleglîn finalmente acabó topándose con el grupo de unos veinte trolls que con su puños apaleaban las puertas para que estas se debilitaran poco…Súleglîn tomó su hoz y gritó:
-¡Muerte a aquellos que intentan asediar la ciudad sagrada!¡Muerte a los que atacaron y pusieron en peligro a mi hermano!.
Y con su hoz consiguió sesgar los tendones de los pies de cinco trolls que al no poder soportar su peso se vinieron abajo pero aun quedaban más de una decena de indeseables que se dieron la vuelta y querían aplastar al que había lisiado a sus compañeros. El maia evadía todos los golpes ágilmente pero no podría resistir eternamente, se alejó unos metros extendió su mano en movió su brazo como si abofeteara el aire, fue entonces que un troll cayó derribado al suelo como si la mano de una bestia que lo superase cien veces en tamaño le hubiese golpeado…no era más que el azote del poder psíquico del maia. Pero Aún eran mucho y un troll se adelantó antes que el maia pudiese recuperar la posición de combate y le consiguió dar parte de un golpe que no fue mortal porque en parte fue esquivado. El hombro izquierdo de Valandil estaba inutilizado por ese mazazo recibido…pero una furia lo consumía no lo amedrentaba tiró las hoces y con su espada en su mano derecha se lanzó al ataque masivo contra los trolls. Saltó sobre la cara de uno de ellos y le cortó con la hoja de su espada los ojos a la bestia cegándola y haciendo que esta cayera en manos de un grupo de lanceros que lo atravesaron numerosas veces vertiendo su sangre sobre las puertas de la ciudad.
Valandil aprovechó para realizar otra acometida con sus poderes mentales y con esta derribó a tres de un golpe. Ya solo quedaba una decena. Pero el uso de sus poderes en la última vez lo debilitaron e hicieron que no pudiese reaccionar a tiempo y fue apresado por el abrazo de un troll sediento de muerte y ansioso por la muerte del maia…
Justo en el instante en que Valandil sentía el abrazo mortal del troll vio acercarse por la espalda de la mole a Aikanáro gritando ,loco de furia ante lo que iba a pasar, y alzando su hacha la cual comenzó a arder en llamas multicolores provocadas desde la muralla por la maia Veryawen para dar un toque de gracia a lo que iba a hacer Aikanáro…lo siguiente que notó el maia era como el esfuerzo del troll por estrujarlo cesaba y como se dividía en dos trozos…el hacha de Aikanáro lo había partido por la mitad…el hombre de Mákar había incrustado su hacha en el vientre de la bestia como si se tratase de una carne débil y de un salto hacia arriba y con el filo de su hacha hacia arriba cortó al troll en dos y sus vísceras por los aires se esparcieron. La furia lo seguía consumiendo y los otros nueve trolls cayeron de forma similar al encontrarse frente al hacha que ardía en las llamas mágicas y la fuerza del mejor amigo de Valandil consiguió cercenar extremidades y cabezas de los trolls como si de orcos se tratase…
Annamel aunque horrorizada ante todo y temiendo lo peor no paraba de disparar y no fallar…su tiro era completamente certero y el número de caídos en el bando enemigo bajo sus flechas y ojo avizor eran ya de un número más que considerable.
Yárfaila Veryawen
Yárfaila tenía ahora el apoyo de aquella dama en la ducha. Veía el reflejo del horror en sus ojos, luchaba automáticamente, como si no quisiera formar parte de aquello. Había algo que la asustaba.
- ¡Mi señora, no os preocupéis por Valandil, sabe cuidarse! - dijo la maia, traspasándola con sus ojos de fuego. Ésta sonrió, y comenzó a luchar de forma salvaje. Disparaban flechas sin parar, pero el ejército enemigo comenzaba a trepar la muralla.
- ¡Las espadas! ¡Reajustad filas, las dos primeras al arco, el resto las espadas! - Yárfaila Veryawen desenvainó su antiguo acero, y empezó a sacudirla con fieros golpes. Sentía el poder de Tulkas en su interior, sus enemigos la temían ahora. La dama Annamel continuaba con los arqueros, sin dejar que una sóla flecha fallara el blanco.
Fue entonces cuando, después de haber segado la cabeza a un elfo, sin dificultad alguna, la Dama de Fuego se detuvo un momento. La cinta del pelo se había desprendido, y su melena dejaba entrever los fieros ojos, que comenzaban a mostrar un extraño brillo. Comenzó entonces a murmurar algo, levantó la cabeza, y rápidamente esquivó un golpe que le venía por la espalda, para sorpresa del atacante. Mientras le clavaba su espada en el vientre, Yárfaila empezó a gritar ¡Indonar! ¡Indonar! ¡Cuiva Indonar! ¡Cuiva!. El disco de la empuñadura comenzó a brillar, primero con un tono azulado, para volverse rojo candente, y las manos de Yárfaila la sujetaban con fuerza para evitar que al temblar la espada no saliera despedida. Cada vez temblaba más, ¡cuiva Indonar!, gritaba Veryawen. Fue entonces cuando una masa de fuego proveniente del disco envolvió toda la espada. Con un grito, la Dama de fuego se abalanzó sobre un hombre de tez morena que acosaba a uno de sus soldados mientras reía a carcajadas tras haber mutilado a dos de sus guerreras. Paró el golpe de Yárfaila, y forcejéo con ella, levantando la espada para protegerse el rostro mientras la Dama acercaba cada vez más a Indonar. El hombre comenzó a dar gritos de dolor y a apartar la mirada de aquel acero de fuego. Se estaba quedando ciego, y su propia espada estaba comenzando a absorver tanta temperatura que sentía cómo su piel se desprendía. No pudo más. Soltó su espada, entre alaridos. Yárfaila aprovechó y le retuvo con sus cadenas.
- ¿No reís ahora? - dijo Veryawen. Le cortó un brazo. - Vamos, ¡ríe! -El hombre cada vez gritaba más, medio ciego.
- ¡Yárfaila! - La dama miró hacia donde venía la voz. Vio a Aikánaro, que la advertía mientras propianaba duros golpes con su mazo si ni siquiera mirar. -¡Déjale! ¡Vuelve con Annamel!
Veryawen asintió, y, tras soltarle, le golpeó con las cadenas con tal fuerza que el hombre murió. Se las volvió a colgar, y no sin dificultad, volvió a lo alto de la muralla, donde Annamel luchaba con dos humanas mientras esquivaba las flechas de sus propios soldados.
[Editado por Laitaine_Numeniel el 18-05-2006 13:49]
Aikanáro Tîwele
Aikanáro dio muerte a los trols con gran furia, no dejaría que ninguno dañara a su hermano Valandil, la sangre negra de estas criaturas bañaba su rostro, su melena dorada ahora estaba enredada por el sudor y la sangre. Aikanáro se acercó a Valandil que recuperaba su color natural y le dijo:
- Ya sabía yo que alguna me liarías, ¿ no te enseñe que nunca des la espalda a tu enemigo sino le has dado muerte antes?¿ Acaso crees que dejaré que la Dama Annamel se quede sin marido antes de tiempo?- le dijo mientras ordenaba el reagrupamiento de las tropas que habían salido con el de la ciudad.
- ¿Cómo te has enterado?- le preguntó Valandil sorprendido
- Ahora no es el momento, pero no te creas que eres el único con ojos en este bosque- le dijo mientras veía como la primera puerta se abría y de ella salía el batallón enano al completo junto a la caballería. Grandes hachas doradas llevaban los enanos y bellos caballos blancos montados por mortales elfos cargarían contra los enemigos, cualquiera que los viera temblaría ante tal ejercito.
Ahora formaban delante de las murallas y fue cuando desde las líneas enemigas este lanzó a un batallón de orcos, elfos y hombres. Ataviados de negro avanzaban hacía las huestes de Yávëtil que impasibles esperaban a que estuvieran cerca. Ya habían logrado derrotar a tres batallones pero aun quedaba el grueso del ejercito que estaba totalmente descansado, y estaba él. Los tambores se alzaron desde las líneas enemigas acompañando el avance de estas, Aikanáro alzó el brazo y dijo:
- Esperad, esperad- decía mientras las huestes se iban acercando- ¡ahora disparad!
De las murallas una oleada de tinajas fue lanzada y al impactar una muralla de fuego se alzo detrás de las filas enemigas, ahora estaban rodeadas. Aikanáro monto en su negro corcel y Valandil en otro, y se lanzaron a la carga seguidos por la caballería y los enanos que iban detrás de ellos. La tierra tembló bajo los poderosos cascos de la caballería que a gran velocidad se dirigía hacía los enemigos, y un gran estruendo anunció el choque de los dos ejércitos. Los gritos se alzaban por toda la planicie mientras Aikanáro y Valandil luchaban con gran fiereza, la acometida de la caballería había desarmado a los enemigos, muchos intentaban reagruparse pero les era difícil ya que los arqueros que montaban los caballos les daban muerte rápidamente, orgulloso estaba de sus hombres que con gran organización atacaban como si fueran una sola mano golpeando al enemigo incesantemente. Grandes bajas habían causado entre los enemigos pero no sin pagar su precio, el fuego se alzaba detrás de las líneas enemigas, el humo negro empezaba a invadir toda la planicie mientras veía como sus hombres luchaban con gran honor. Veía a los enanos dando muerte a sus eternos enemigos, los orcos, que perecían como hojas barridas por el fuego. Sus grande hachas cercenaban cabezas, piernas y brazos de todo enemigo que se cruzara en su camino. Y fue cuando tocaba su cuerno que una poderosa fuerza llegada desde las filas enemigas que aun esperaban en el bosque lo derribo de su montura, esta fuerza lo lanzó varios metros cayendo sobre un trol sin vida. Se alzó gritando como si fuera un león furioso, sus ojos brillaban como nunca y una furia se había desatado en él, en una mano llevaba el martillo de Makar y en la otra una gran hacha de doble filo, golpeaba y cercenaba a todo enemigo que se le cruzara, sabía de donde había venido el golpe y allí corrió gritando:
-¡Sal, sal de tu escondido bastardo, ven aquí y lucha como un hombre!
Pero una carcajada infernal le respondió desde detrás de las llamas:
- Note desesperes ya iré, y daré muerte a todo aquello que tú amas y ella entonces será mía
- Ahhhhhhhhhhhh!!!!- gritó Aikanáro furioso
Aquellos que observaron a Aikanáro de cerca tuvieron miedo, un hombre de Makar furioso era peligroso pero más lo era él siendo su Heraldo, aquel que conocía las verdaderas artes de la guerra. Los hombres de Makar se dirigieron hacia donde estaba este y Amroth le dijo:
- ¿Vamos a por él, o dejamos que venga hacía nosotros?
- Con gusto iría a por él, pero no puedo sacrificar vidas inútilmente. En algún momento se confiara y mi espada cortara ese cuello- le dijo mientras se giraba y con un rápido movimiento lanzó el martillo.
Este fue directo al estomago de un orco en el cual se incrusto, se encamino hacía donde estaba este, yacía moribundo en el suelo cuando Aika cogió el mango del martillo y tiro del, este salió acompañado por las vísceras de esa maldita criatura. Veía como sus hombres daban muerte a los pocos que aún quedaban en pie, y fue cuando se llevo una sorpresa, allí en el suelo había un elfo. Vio su rostro y se quedo mirándolo, lo recordaba, lo había visto antes y Amroth le dijo:
- ¿Lo conoces?- dijo señalando al elfo
- Si, luche con el en las salas de entrenamiento de la Corte de Makar, recuerdo que era un espadachín pero de oscuro corazón. Siempre queriendo más y mas- dijo Aika mientras pensaba en como este elfo al servicio de los Valar había acabado luchando en las filas enemigas.
Un soldado dio una patada aun casco y ante ellos apareció un extraño símbolo, solo Amroth y Aika sabía lo que significaba. Ese símbolo solo lo podían ostentar aquellos elegidos por el mismísimo Makar para ser su alumno. Ahora ya no entendía nada, ¿ resultaba que un discípulo de Makar comandaba ese ejercito, como podía ser?
Âglaras
Las defensas comenzaron a organizarse, y las fuertes y transparentes puertas de la ciudad se cerraron.
Casi como una negra marea, los atacantes se estrellaron con el reluciente cristal a la par que miles de saetas surcaban el cielo silbando en su caída.
Los trolls golpeaban con sus grandes mazas a duro cristal. Poco a poco, finas grietas comenzaron a aparecer, y a cada golpe de aquellas mazas, las grietas se extendían aún más.
La tensión aumentaba con cada golpe. El tiempo parecía pararse con cada martillazo, y fue entonces cuando la luz se apagó. Una gran nube negra cubrió toda la ciudad. Y al poco los golpes a la puerta cesaron.
Hubo un silencio aterrador, y a los pocos segundos la nube desapareció. La luz volvió sobre la ciudad para mostrar una escena terri. ble. La puerta había desaparecido. Justo en su lugar había una figura humana encuelta en una capa negra. Con una mano extendida hacia delante, portaba un báculo de hechicero.
El nigromante había echo desaparecer la puerta mediante sus artes oscuras. Ahora la marea de criaturas corrían hacia la ciudad con las armas levantadas.
Cogidos por sorpresa, los soldados de Ciudad Cristal trataron de defenderse, pero fue inútil.
Âglaras luchaba ferozmente, dando estocadas por doquier, utilizando el arte de la esgrima como pocas veces se había visto utilizar.
A menudo, rayos y conjuros surcaban veloces el campo de batalla destrozando todo a su paso. Todo estaba perdido. La superioridad númerica de los invasores se notó claramente nada más comenzar la lucha.
Fue entonces cuando ocurrió. Un destello surcó el interior del medio elfo. Sus ojos se tornaron blancos, y una gran energía salió de su cuerpo. Su cuerpo se precipitaba hacia el enemigo, y casi tan rápido que no podían ni verlo, degollaba a un rival por cada estocada que daba.
El Secreto de los Cinco, el poder oculto latente en su interior despertó.
Al ver la masacre en sus filas, el Nigromante pronunció unas palabras y extendió el báculo hacia el cielo. Justo al momento un haz de luz golpeó el cuerpo del medio elfo, que se desplomó al suelo, perdiendo, por el momento, aquel poder....
Valandil Súleglîn
La batalla se sucedía segundo tras segundo y no parecía acabar, por cada diez enemigos destruidos veinte nuevos acudían a reemplazarlos. Quien quiera que fuese el que dirigía aquel ataque hacía que Valandil percibiera una intensa aura maligna y sentimientos muy oscuros…pero el corazón de Súleglîn comenzó a padecer de algo que nunca antes había sentido…
Una nostalgia, una frustración y desesperación lo abatían…parecía que con cada garganta degollada y cada enemigo abatido la esperanza le abandonaba…la sangre corría por sus manos y no sentía la pureza de su ser…se sentía rastrero y similar a la carroña…pero la desesperación se alzaba como el sol al medio día al no notar la presencia de su amada y al contemplar como Aikanáro se había jugado su vida por él. Súleglîn haciendo un esfuerzo por despejar aquellos pensamientos gritó en medio del campo con una voz que se rompio en un llanto inconsolable de rabia e ira:
-¡Annamel! ¡Annamel!...
El maia se sentía chico e indefenso sin sentir a su mujer cerca…cada palabra, cada gesto que con ella había pasado venían a su mente y pasaban rápidamente…Annamel su vida…a cada segundo el guerrero bajaba más la guardia y se sumía más en sus pensamientos. La añoranza del perfume de sus cabellos y el dulce sabor de sus labios…la desmoralización que le provocaba que su flor dorada estuviese en peligro y no estuviese junto a él arrasaba su alma…el maia se sentía frustrado y un terrible dolor de cabeza empezó a dominarlo…de nuevo su inseguridad tomaba el control sobre sus actos y no le dejaban luchar rindiendo al máximo aunque aún nadie se dio cuenta que no tenía la cabeza donde tenía que estar…Súleglîn miró a Annamel en la lejanía y las alturas y como esquivaba y disparaba…una angustia lo devoraba…
Todo aquello le atormentaba…Annamel y Yárfaila luchando espalda con espalda y Aikanáro demostrando sus mil y un talentos en la batalla pero sobre todo por encima de ellos se encontraba el amor fraternal que sentía por su hermano al que aunque mayor en años pero realmente como el hermano pequeño inconformista y poco seguro de si mismo que sigue a ciegas los pasos de su hermano mayor para que lo guíen…asustado entre un mundo de tinieblas. No podía quitarse la idea de la cabeza de que si realmente fuese poderoso podría ayudar más y darles tiempo pero sus poderes se hallaban prácticamente bloqueados y apenas podía realizar conjuros tras el abrazo del troll que casi lo asfixia.
Aquellos sentimientos se arremolinaban y confluían en uno único que le producía un terrible dolor de cabeza…y el temía aquel sentimiento pues le recordaba la vez en que algo similar ocurrió y luego todo acabó en una explosión descontrolada de sus capacidades psíquicas causando la muerte incluso a los aliados que se encontraban cerca de él, en cambio esta vez era mucho mayor el sentimiento…I Nantaro muchas veces le advirtió de que poseía un gran potencial pero que estab ligado a sus emociones y que si no las controlaba acabaría dañando incluso a sus seres queridos y por eso un tiempo su maestro intentó encontrar la manera de sellar los poderes del maia pero nada resultó…
Súleglîn tomó del suelo un carcaj de flechas en el que dentro habrían una treintena de saetasalzó los brazos y las flechas comenzaron a flotar en el aire y se alinearon a la altura de sus ojos rodeándole en un gran círculo. Una a una las flechas comenzaron a impactar contra los enemigos pero a medida que la mente de Valandil caía en el abismo de la desesperación sus poderes se vieron trastocados y las ultimas flechas se desviaron y una de ellas fue a parar al brazo de un aliado…dejándolo indefenso ante el ataque de un humano que iba a asestarle con una daga la estocada final…Valandil saltóy se interpuso entre el puñal y su objetivo y éste se incrustó en su costado. El elfo rápidamente golpeó al humano y lo derribó y una vez en el suelo volteándose sobre si mismo le clavo un puñal en la garganta. Cuando se giró Valandil ya no estaba allí sino que seguía combatiendo como si nada…
El maia seguía luchando pero no se había dado cuenta de que estaba herido, algo no iba bien pero ¿Por qué se empeñaba en seguir adelante con su infelicidad? Su alma pesaba de tristeza y su amada, Aikanáro y Yárfaila lo animaban a no tirarse al suelo y dejarse decapitar.
La batalla avanzaba y continuaba. Annamel desde la lejanía contempló a su amado y besó la punta de la flecha y la disparó y esta calló junto a Valandil Súleglîn el cual distinguió a la perfección aquella flecha de amor la tomó del suelo arrancó la punta y se la guardó. Desde donde estaba hizo un gesto con los brazos y Annamel recibió la señal de que su amado había recibido la antes enviada por ella.
Valandil se sentía reanimado y aquella energía acumulada que le provocaba ese tremendo dolor de cabeza decidió canalizarla junto con la melancolía y tristeza para dar lugar a un espectáculo digno de un hombre de Mákar. Bajo los pies del maia comenzó a correr una fuerte brisa…poco a poco sus pies comenzaron a elevarse ligeramente y a separarse del suelo justo cuando estaba medio metro elevado y con su cuerpo erguido alzó sus brazos apuntando al cielo…instantes después diferentes armas comenzaron a levantarse del suelo y a posicionarse en el aire como si guerreros invisibles las sostuviesen. El acero frío y pesado era ahora caliente y liviano y un ejército de armas flotantes se disponía a atacar, inmediatamente numerosos elfos encontraron sus espaldas acuchilladas por las hachas de los enanos caídos en combate. Varias lanzas se proyectaron contra los corazones de aquellos humanos ataviados de oscuros pensamientos y por cuyas manos corría la sangre de los inocentes. Las espadas avanzaron ampliando el círculo y cercenando todo cuanto a su paso encontraban pues frenar el ataque de una de ellas era una ardua tarea pues parecían empuñadas por gigantes. Varias saetas se liberaron de los cuerpos en que estaban ensartadas y el crujir de las vísceras en que estaban hincadas produjo una pequeña sensación de asco a Valandil, la flechas se mantenían en el aire por los poderes mentales de Valandil y algunas de ellas arrancadas del mismísimo corazón de los enemigo goteaban la sangre de la que estaban impregnadas. Las flechas como disparadas por uno de los mejores ejércitos de aquellas tierras navegaron surcando la batalla e impactaron contra nuevos objetivos. Valandil sentía como su poder creciente comenzaba a descontrolarse cuando sin querer una daga se abalanzó sobre él pero justo consiguió detenerla antes que se clavase en su corazón.
Los fuegos internos de la batalla ardían en él y las enseñanzas de Makar y su mismísimo hermano, Aikanáro Tiwele se proyectaban en su esplendor. El perfecto manejo de la hoz de combate frente a frente y las cadenas con hoces a distancia…unas armas peculiares, un guerrero peculiar…unas técnicas letales e imprevisibles.
Cuando el maia se sintió de nuevo motivado se acercó hasta Aikanáro y espalda a espalda comenzaron a luchar y todo enemigo que intentaba atacarles perecía, la fuerte alianza de ambos en la guerra hacía de ellos una parte importante de la partitura de aquella batalla, aún así otra gran parte similar la entretejían Yárfaila Veryawen y Annamel.
Aikanáro degollaba sin parar y ante su terrible hacha nada permanecía sin padecer miedo, un miedo fundado en la terrible imagen que daba el heraldo de Makar. Sin embargo para Súleglîn tras tanta fortaleza física y aparente pasividad no lo engañaban y veía en Aikanáro más a un hermano que a un guerrero, más a un príncipe que a un temible heraldo, más a una figura ejemplar que alguien a quién temer…
Seguía y seguía segando la vida como si se tratase de cosechar verduras con su hacha, no dejaba que el enemigo se adelantase y le diese una estocada ni tan si quiera un rasguño…
Pero en aquella batalla grandes heroicidades también corrieron a cargo de las damas de fuego y oro. Yárfaila estuvo continuamente en contacto mental con Valandil y entre ambos se apoyaban, entre ellos dos siempre hubo un vínculo afectivo fuerte, nada más allá de la amistad pero si una amistad lejana de una amistad normal…pues ambos mantenían siempre una especial conexión y nunca dejaban de trabajar su amistad. Numerosas bromas y juegos se habían traído entre manos el trío formado por Aikanáro, Súleglîn y Yárfaila.
La dama de fuego había desencadenado su furia y su espada ardía en llamas letales y su acero se hendía en las carnes sin dificultad otorgándole la capacidad de causar heridas cuando alguien normal solo ocasionaría un rasguño. Su espada iluminada por las llamas procedentes de su interior danzaba en el aire de una lado a otro y las llamas no se consumían…es más de vez en cuando se potenciaban y una especie de lengua de fuego calcinaba a algún enemigo desprevenido…Yárfaila había dado un toque diferente a la muerte…la cual se presenta fría y rápida y ahora bajo sus manos la otorgaba caliente, ardiendo y lenta…
Y todos los soldados y guerreros que a su alrededor combatían contra las fuerzas invasoras se embriagaban por su espíritu fogoso y hacía que de ellos emanase un pequeño aumento en sus fuerzas…no obstante al enemigo este calor le helaba antagónicamente a lo que su espada hacía con ellos…pero el miedo que causaba era tal que muchos sintieron el mísmiso frío del Helcaraxë sobre sus cuerpos y mentes.
Mas la dama Annamel allí también luchó y demostró su valía como una gran dama de la guerra, no sucumbió ni un segundo a la desesperación o a la tentación de abandonar y aún así tuvo tiempo para tener ese gesto de amor que tuvo con Valandil cuando la flecha besada lanzó. El arco de la elfa no perdonaba y tampoco traicionaba a su certera puntería, ni un enemigo se escapaba ante la mirada de la muchacha la cual a pesar de que se sentía insegura porque no sabía si lo hacía bien o mal estaba comportándose como una auténtica triunfadora…los allí presentes quedaron anonadados por la valentía y el coraje de la damay pronto supieron por sus gestos de preocupación y furia creciente cuando Valandil apeligraba que por ella corría un amor poderoso, un amor descontrolado y alocado…
Sus cabellos ondeaban al viento y cuando Yárfaila se acercaba para ver como se encontraba en un intercambio de sonrisas ella sacaba más energía y continuaba con la lucha. Pero llegó el momento en que debía abandonar unos instantes el arco y usar la espada y a su vez tuvo que poner en práctica parte de las enseñanzas de Valandil, y fue allí su primera verdadera lección cuando al peligrar su vida y la de sus seres queridos, ella y su espada se compenetraron para ser las dos una y no dar oportunidad de victoria al agresor. Y en ese momento recordó las palabras de Valandil que le dijeron que la verdadera forma de aprender era adquiriendo destreza y experiencia en el combate cuerpo a cuerpo. Y allí Annamel aumento su nivel en el manejo de la espada para luego más tarde a ser posible continuar con sus lecciones.
El corazón de la bella flor dorada también padeció grandes sobresaltos…desde el embrollo con los trolls hasta cuando vio que Valandil había sido herido por una daga y el maia ni lo había notado y su herida aunque no pintaba mal no debía permanecer con una hoja clavada pues estaba expuesto a un mayor riesgo…pero se serenó como pudo y canalizó aquella ira y preocupación en dar lo mejor de si misma…como su amado habría querido pero eso no bastaba pues aún así volvían aquellos sentimientos…
Valandil seguía luchando con su espalda junto a la de Aikanáro y ya algunos enemigos acometían contra ellos con tal terror que derrocarlos era una tarea poco ardua…no lo era en cambio cuando se lanzaban en grupo sobre ellos. Súleglîn intentando no perder la concentración y realmente sin hacerlo mandó un mensaje a su dulce amor…
”Mi dulce amor, desde aquí donde contemplo que ya todo se hace oscuridad puedo ver el resplandor de nuestro amor…la luz que emana de cuello, del collar…me ciega…portas en el nuestro amor…como aquel día te dije y ahora que nos hallamos separados brilla intensamente para que yo siempre te pueda encontrar…mi amor desde aquí siento el calor de tus abrazos y la suavidad y ternura de tus caricias … y el deseo de verte y abrazarte y pasar contigo una noche abrazados contemplando a la luna me tienta…me tienta el sentir tu presencia cerca mía…pero hemos de resistir…pues no vamos a sucumbir…no te preocupes…mi vida te amo…”
Y saliendo de los pensamientos y la mente de la elfa Valandil se despidió y hizo que por ella corriese una sensación similar a la de que si él la estuviese abrazando y diciendo que ya todo había acabado y nada los separaría…pero no un sentimiento igual a cualquier caricia real…tan solo una capa de amor…en un momento como era aquel…
La batalla aún no había llegado a su máximo apogeo pero los defensores no dejaban al enemigo posar sus pies sobre la majestuosa Yavëtil…¿Qué sería de Darlak? ¿Habría recibido su último mensaje?...
Darlak
El recién llegado se alegró de encontrarse con el medio elfo
- ¡Me alegra saber qué estas vivo, Darlak! – dijo con una sonrisa de oreja a oreja el recién llegado. Se trataba de Caragan, el herrero que había forjado de nuevo la mítica espada Gurthang. Con él estaban varios hombres que le acompañaban.
Darlak se sorprendió de ver allí al herrero.
- ¿Qué haces aquí? Pensaba que ya no te vería más.
- Estamos defendiendo nuestras tierras no vamos a permitir que nos quiten los que más amamos- En el rostro de
Caragan había fuego, sus ojos centelleaban mientras sus puños se cerraban – Hemos organizado un ejercito para defendernos del ataque de los intrusos. Contamos con la ayuda de los elfos del bosque que han venido a socorrernos.
Darlak aún seguía estupefacto pues lo último que había sabido es que Caragan estaba de viaje comprando mercancías para su herrería. Mientras, el joven medio elfo seguía en esas cavilaciones, el herrero se fijó en el arma que portaba.
- Veo que llevas tu magnifica espada. Sin duda fue un honor para mí forjarla de nuevo. Pero no sé como Betty supo dar con ella entre tanto enredo que tengo en la herrería. Disculpa que no estuviera en casa pero ya sabes que este ataque nos ha pillado a todos de sorpresa.
- Oh, Betty no estaba en casa, me recibió tu abuela.
Caragan puso un rostro de sorpresa al escuchar las últimas palabras de Darlak.
- ¿Mi abuela? Oh, yo no tengo abuela.
- Entonces, ¿quién era la anciana que había en tu casa? – Darlak se quedó sin respuesta porque en ese momento la batalla estaba en su momento álgido.
Un sonido los alertó de improviso. Volvieron la cabeza, era un sonido de cascos que se mezclaba con un repique de apagado, como si del tintineo de cascabeles se tratase. Entre la maleza apareció un caballo blanco, de elegante porte que además irradiaba una luminosidad inusitada. El freno y las bridas también aportaban ese brillo al caballo que le confería una esencia atrayente. Un caballero cabalgaba a los lomos de semejante corcel, una figura también elegante vestida con una capucha que dejaba escapar unos cabellos dorados. El jinete paró a pocos metros de donde estaban ellos y entonces Darlak pudo ver el preocupado rostro del recién llegado. Los ojos también brillantes le miraron entonces con tal intensidad que pudieron sobrecoger al medio elfo. Del caballo bajó una mujer, más bella que las estrellas que con su plateada luz iluminan el cielo oscuro. Caragan se acercó a ella. Las lágrimas aún surcaban el terso rostro de la muchacha.
- ¿Qué ocurre, Dama Melêl?
- Oh, es terrible. La llegada de refuerzos ha mermado a nuestro ejército. Estamos luchando con todas nuestras fuerzas pero…- la elfa se abrazó al herrero mientras intentaba vencer la desesperación para poder relatar lo sucedido- Oh, él ha combatido como un héroe. Él lo ha querido así.
- No entiendo lo que ha pasado. ¿Dónde está Aratar? – preguntó Caragan, temiendo la respuesta de la joven.
-Oh, Aratar pidió encargarse del General de las tropas enemigas. Lo ha matado-
Las cosas se habían puesto muy mal. El ejército enemigo era mucho más numeroso y las fuerzas defensoras habían perdido un gran número de sus hombres. Los árboles ardían y eso había producido que varios de los arqueros subidos a los árboles hubieran sucumbido con el fuego. Aratar, el jefe de los arqueros y amante de la Dama Melêl por lo que supo después, había sido muerto por Artan y la batalla parecía estar ganada por él. Menelmen era definitivamente suya. A pesar de ello, Caragan aún quería seguir luchando hasta que no pudieran más.
- No contamos con la suficiente fuerza como para hacerles frente. Creo que no hay nada que hacer – dijo Melêl que había recuperado la serenidad.
- Sugiero la retirada – dijo entonces Darlak – Creo que ya no podemos hacer nada por estas tierras al menos por ahora. El siguiente objetivo es la ciudad de Eru Andorya y si nos damos prisa quizás podamos adelantarnos.
- Tienes razón, necesitamos avisar a la ciudad para que procedan a la preparación de la defensa de la misma. Darlak tu misión aún no ha sido cumplida y debes partir cuanto antes para el este. Nosotros aún debemos velar por la seguridad de nuestros habitantes que se han refugiado en las montañas. Cuando nos cercioremos de que están bien viajaremos para Eru Andorra.
- Sólo hay un pequeño problema, he perdido mi caballo en medio de la confusión del ataque.
- Yo te llevaré, mi caballo es lo suficiente veloz como para llegar cuanto antes a Eru Andorya – dijo entonces la elfa llamada Melêl. – Partiremos inmediatamente. Subid, caballero.
Melêl saltó a la grupa del caballo y, después de despedirse de Caragan, Darlak hizo lo mismo. Estaba perplejo por el encanto tanto del caballo como de su jinete.
- Adiós, nos veremos pronto. Esta guerra aún no ha terminado – dijo Caragan mientras él y sus hombres se montaban en sus respectivos caballos.
- Recoge a mis arqueros sobrevivientes y no tardes, Caragan – dijo la joven elfa mientras se daban la vuelta para viajar hasta Eru Andorya.
El blanco córcel, sacudiendo la cola, dio un brinco y empezó a galopar, hacia el este, como si del viento se tratase.
El blanco córcel saltaba por el camino y Darlak notaba como el viento golpeaba su cara, la brisa era refrescante. Cabalgando detrás de aquella enigmática mujer se preguntaba si llegaría tarde a Eru Andorya y si podría cumplir satisfactoriamente su misión.
- No os preocupéis, Darlak, llegaremos a tiempo de preparar la defensa de la ciudad- Dijo la joven sin desviar la vista del horizonte.
- ¿Cómo sabéis mi nombre?
- Oh, Suleglîn Valandil ya nos habló que nos encontraríamos contigo en las tierras cercanas a Eru Andorya- así fue como Darlak supo que los arqueros que habían venido a socorrer aquellas tierras venían de Ostova Lorë. Se preguntó entonces cómo irían las cosas con el maia del bosque.
- Espero que estés cómodo en mi córcel, corre como el más raúdo de los caballos, él no se anda con cavilaciones y muy abrupto debe de ser el terreno como para que le cueste cabalgar rápido.- Melêl se cayó entonces y tras un momento de silencio se dispuso a cantar. Su voz era preciosa y se propagaba como haciendo frente al cortante viento.
El viaje se pasó muy rápido y cuando se dieron cuenta estaban en la confluencia de dos ríos, el Río Sîrglin y el Río Verde. Eru Andorya se erguía bella e imponente en medio de la isla que separaba ambos ríos. Las aguas de dichos ríos allí confluían y se arremolinaban a la orilla del islote en el que se alzaba la grandiosa ciudad fortaleza…la ciudad de Yárfaila Veryawen se mostraba en todo su esplendor. Era mítica aquella ciudad, y la leyenda decía que allí mismo era donde los Valar contactaron por primera vez con aquella tierra. Por eso se llamaba la Puerta de Dios.
Nada más llegar a lo lejos se veía como varios puentes daban paso a una muralla de color blanco, el cual absorbía toda la luminosidad de Arien. Se trataba de una muralla de un grosor enorme que protegía honorablemente a la ciudad…pero lo que más llamaba la atención era la puerta de Eru…aquella construcción hacía sentir minúsculo al corazón de los viajeros…
La puerta, muralla y puentes se hallaban protegidos y vigilados por numerosas torres de vigilancia de las cuales destacaban las cuatro que defendían en exclusivo el pórtico que constituía la puerta principal. Y tras la puerta se alzaba una gran construcción, la cual había que atravesar si se quería entrar en el corazón de la ciudad. Era el edificio de guardia formado por elevados muros desde cuyas alturas los soldados apostados vigilaban todo aquél que se atreviera a entrar en la ciudad.
Melêl y Darlak llegaron hasta la puerta y allí se encontraron con el freno de los guardias. A Darlak le recordó cuando llegó por primera vez al reino, cuando los guardias de Mellon Vilya le pusieron trabas para entrar en la ciudad.
- Lo sentimos viajeros, estamos en tiempos aciagos y no podemos dejar entrar a nadie en la ciudad. La señora de la ciudad no está aquí. – dijo uno de los guardias – Hay nefastos rumores sobre guerra e invasiones.
- Son ciertos esos rumores. Un ejército enemigo está invadiendo las tierras de Lempë Ohtari y Yarfaila está atrapada en la guerra de Yavetil – Darlak sacó entonces una carta, se trataba de una recomendación que el mismísimo rey había escrito para que Darlak pudiera organizar la defensa de Eru Andorya en ausencia de Yarfaila.
Finalmente, Darlak y Melêl consiguieron entrar en la ciudad. Atravesaron la doble puerta… la puerta de Eru… divina entre todas las de aquellas tierras.
Una vez dentro de la ciudad, Lórindol encontró a un ejército de valerosos elfos arqueros, enanos portadores de hachas violentas y hombres armados hasta los dientes que se someterían a sus órdenes…todo parecía marchar bien si no fuese porque el factor tiempo corría en su contra y aún tenía que organizar la defensa de la ciudad, lo cual, comenzó en aquel mismo instante. En poco tiempo el ejército de Artan estarían en las puertas de la ciudad dispuesto a apoderarse de aquel enclave. De pronto, y mientras seguía dando las órdenes pertinentes con la estimable ayuda de Melêl, un fuerte dolor de cabeza le inundó de pronto y una voz retumbó en su cabeza.
”Parto a Yavëtil, mi hermano necesita ayuda…he de confesar que hasta ahora lo haces bien. Lucha y no desistas y resiste ante todo lo que venga y luego ven a la gran ciudad con un ejército digno de ir a tu cargo. El sol ha sonreído esta mañana eso para mucho no es más que un mero cambio de humor de la maia Arien para mí es una señal. Debes estar alertado continuamente el ataque…será inmediato y entonces podrás medir tus fuerzas con el enemigo…aunque pobre de ellos si supieran quien se halla al mando de la defensa de la ciudad…estarían en otros menesteres que haciéndote la guerra…Un saludo…ya sabes quien soy…”
La voz de Valandil se perdió con el bullir del viento.
[Editado por aratir el 21-05-2006 15:36]
Annamel
Annamel viajaba tranquila sobre Umbar, arropada por los fuertes brazos del que sería su futuro marido. Más tarde recordaría aquel primer viaje a Yavetil como algo accidentado, pero en el fondo alegre.
Durante ese viaje la elfa conoció al que sería uno de sus grandes amigos en el futuro, el ent que primero la dejó impresionada, pero que resultó una de las compañías más dulces e inteligentes que conoció en mucho tiempo, su nombre era Alda Coiva, un extraño nombre, pero al fin y al cabo también un ent es una extraña criatura. Alda Coiva la impresionó tanto como ella a él, quizá por eso forjaron tan buena amistad posterior.
Otra cosa que la dama dorada recordaba de aquel viaje eran las manos de su amado rodeando su cintura…lástima que no hubiese tiempo para detenerse en el camino y disfrutar más el uno del otro…en realidad ya no quedaba tiempo para nada, mucho menos para pensar en amor, la guerra en Yavetil lo ocupaba todo…
Cerca ya de la ciudad atacada Valandil detuvo a Umbar por última vez, ayudó a Annamel a bajar del caballo, y acto seguido buscó en una de las alforjas que llevaba el animal el pigmento que antes usara para dibujarse aquellos extraños símbolos. Cuando acabó de dibujárselos él tomó a su amada de las manos, y le dijo así:
- Mi amor, no te lo he dicho antes, pero estos son símbolos de los guerreros de Makar de la corte de mi hermano Aikanaro, a cuyo lado lucharé en breves momentos…estos símbolos me pertenecen sólo a mí, nadie más puede llevarlos, pero yo hoy los compartiré contigo, de forma que el poder de Makar nos acompañe y proteja a los dos en la lucha.
Entonces Valandil repitió la operación con Annamel, dibujándole los mismos símbolos que él llevaba. Cuando acabó él la alzó en brazos, y se besaron con todo el amor que sentía el uno por el otro, sabiendo que podía ser el último en mucho tiempo, o el último en esta vida, por eso se dieron unos instantes más…finalmente se separaron, y el maia volvió a subir a Annamel a la grupa de Umbar, seguidamente se subió él y lo lanzó a la carrera.
De la llegada a Yavetil la elfa poco recordaba, sólo el ruido, el estruendo, el chocar del acero, el sentirse separada de Valandil por una fuerza desconocida, apareciendo segundos después en medio de una batalla, junto a la dama de fuego, la llamada Yárfaila, Annamel no tuvo tiempo de pensar, apenas de tomar su arco y comenzar a disparar a todo enemigo que se le pusiera al alcance. Fueron momentos duros los que la elfa dorada pasó en aquella torre, lanzando flechas por doquier, casi como ausente de todo el horror que se veía a su alrededor, suerte que la dama de fuego se hallaba cerca, confiaba en ella, más experta que Annamel en la batalla, sabía que todo iría bien, se sentía segura luchando junto a ella, porque también ella era una parte de Valandil.
En algún momento en medio de aquel tumulto la elfa vio a Valandil, luchando junto a un hombre de cabellos dorados con dos grandes trenzas, que debía ser su hermano Aikánaro, le vio herido, sangraba…a Annamel se le encogió el corazón, fue en ese momento cuando olvidó el riesgo que corría y le envió la flecha, que él recogió y besó, un gesto que la tranquilizó. Instantes después sentía la voz de Valandil en su mente, fue el resorte que la hizo despertar por fin en aquella marea de sangre y muerte, hasta entonces no había estado luchando dándolo todo, pero ahora una llama se encendió dentro de ella, una furia le subió desde lo más profundo, dejó el arco y tomó la espada, y comenzó a luchar cuerpo a cuerpo con los enemigos, como la dama Yárfaila, las dos juntas, codo con codo comenzaban a dominar la situación. En algún momento de lucidez Annamel pensó en Darlak, Erendel y Aglaras…y en la batalla que debían estar librando en sus respectivas ciudades, deseó que la suerte estuviera de su lado, deseó que estuvieran pronto en Yavetil….
Âglaras
La oscuridad de su interior desaparecía por momentos, y poco a poco, el sonido y el fragor de la batalla fue apareciendo en su conciencia.
La batalla se había desplazado hacia el centro de la ciudad, y los pocos supervivientes de Ciudad Cristal aún la defendían, a sabiendas de que no tenían ni la más mínima esperanza, con todo su ahinco.
Âglaras se levantó aturdido, a su alrededor sólo había cadáveres. Y unos metros hacia delante, las espadas aún entrechocaban.
De repente, una voz le habló, una voz firme y grave. Ante él apareció una figura envuelta en una armadura de oro. Sujetaba un yelmo en la mano derecha, y en la izquierda portaba una espada resplandeciente ante la luz del sol.
- Ohtar Hourë. Vuestro pueblo está muriendo, y con ello vuestros seres queridos. Vuestro impulso os guiará hacia la batalla, pero deberíais partir de inmediato hacia Yävetil.
- No puedo dejar que mi ciudad sea tomada-
- Medio elfo, debéis hacerlo, sino todos pereceréis aquí y no serviréis de nada al reino. Tomáoslo como una partida, no como una retirada. Yävetil precisa vuestra ayuda.
Y justo después desapareció. De inmediato, aquel poder que lo dominó anteriormente volvió a mostrarse en él. Y como un rayo se adentró en la batalla gritando <¡Hacia Yävetil!>
A cada paso suyo caía un enemigo. Avanzaba imparable por sobre las calles de la ciudad transparente. Ahora, el cristal que formaba las casas estaba cubierto de sangre, pero aún así, el brillo de la ciudad no decía en ningún momento.
Arrastrando consigo a todos los supervivientes se dirigieron hacia las cavernas. Pero el testigo ya había sido entregado, y ahora, niños, mujeres y viejos se dirigían hacia los santuarios ocultos en las Ered-Lomë.
Dejaron la ciudad atrás, y al poco pudieron escuchar los gritos de júbilo de aquellas criaturas que, por el momento, se habían hecho con la ciudad.
Âglaras observó las cristalinas murallas que ya quedaron bastante distantes.
- Celebrad ahora todo lo que tengáis que celebrad, pues volveré a por lo que es nuestro.- Apretó entonces los puños con todas su fuerzas a la vez que unas lágrimas surcaban sus mejillas.- Y cuando lo haga todos temeréis al Exterminador.
Así pues dio media vuelta. Su destino era el bosque de la Llama Súbita. La morada de Los Cinco, Yävetil la majestuosa. Allí en donde el ataque del Sexto tocaría a su fin, pues Los Cinco cabalgarían juntos una vez más....
Aikanáro Tîwele
La muralla de fuego creada en el campo de batalla crepitaba alzando sus lenguas de fuego varios metros del suelo mientras los pocos soldados enemigos se agrupaban para intentar defender sus vidas del ejercito de Yávëtil, les habían dicho que tomar la ciudad sería como quitarle el caramelo a un niño, pero envés de eso se encontraron con un potente ejercito bien pertrechado defendiendo con valor y furia la ciudad. Pocas bajas habían causado los enemigos entre las huestes de Aikanáro el cual ahora luchaba con gran fiereza contra un grupo de elfos, las damas luchaban desde las murallas lanzando sin parar flechas hacía los pocos que aun se movían en el terreno de lucha. Un cuerno sonó desde el bosque tocando a retirada cosa que extraño a los asediados, los pocos que aun quedaban en pie intentaban por todos sus medios regresar al bosque pero no les sería fácil ya que una densa humareda se extendía por la planicie haciendo más ardua la huida entre las espadas de los soldados de Yávëtil. Aikanáro se había separado de Valandil el cual había subido a las murallas para así tener una mejor vista del campo de batalla y ayudar con mas efectividad con sus poderes. Y así fue como Aikanáro agrupó entorno suyo a los hombres de Makar, fierros guerreros listos para matar, Aika miró a los hombres y les dijo:
- Los soldados se reagrupan pero no ven nada y eso nos favorece por que podemos acercarnos por su espalda y segarles el cuello. Makar un día me dijo “ los soldados se agrupan entorno al líder, matad al líder y tendréis sus cabezas servidas” y eso haremos pero no daremos muerte a su líder lo quiero vivo para poder interrogarlo, ¿ entendéis?
- ¡Sí señor!- respondieron con una sola voz.
Los soldados se dirigieron sigilosamente amparados por las negras columnas que se alzaban en la planicie y que gracias a la magia de Annamel se extendían como una cortina amparándolos a los ojos enemigos y allí los vieron, no serian más de una veintena. Agrupados en línea avanzaban cautelosamente hacía donde estaban Aikanáro y sus huestes, pero este haciendo un gesto con su mano ordenó que al grupo se dividiera y que atacaran por los flancos derecho e izquierdo a la vez. Sigilosamente como si fueran sombras se acercaron hasta estar a pocos pasos de ellos, estos no los veían pero sabían que allí había alguien mirándolos, podían sentir sus ojos clavados en sus nucas mientras un frío escalofrío les recorría el cuerpo. De pronto las flechas silbaron desde atrás atravesando a dos de los soldados, los demás se agruparon dándose la vuelta, dos más cayeron de idéntica forma y fue cuando formaron en circulo. Se veía en sus rostros el miedo al escuchar como los hombres de Makar cantaban, sus voces sonaban aquí y allá entre las negras humaredas. Un gritó resonó en la planicie cuando los soldados saltaron sobre los enemigos como fieras, las espadas lanzaban destellos a cada golpe recibido, los gritos de dolor se alzaron cuando estas se incrustaron en esas carnes traidoras, el grupo estaba siendo barrido como hojas por el viento, ya solo quedaban tres. Y uno de ellos era el capitán, este vio como de la negrura empezaba a distinguirse una figura que avanzaba hacia ellos, y cuando vieron salir a Aikanáro los dos elfos que le acompañaban soltaron las armas y salieron corriendo hacía el bosque mientras el capitán enemigo les gritaba:
- ¡ Traidores, traidores venid aquí y luchad!
- No irán muy lejos- y no hubo terminado la frase cuando se escucharon el silbido de dos flechas y el quejido de los dos elfos y posteriormente su desplome- ¿ Es que acaso vuestro Señor no os dijo que contra un hombre de Makar no se lucha sino quieres morir?
- Tu serás el que muera, probaras el frío acerco de mi espada y cortare tu cabeza para clavarla en lo mas alto de tu ciudad para que todos la vean- le respondió mientras salía a la carrera hacía Aika
La espada golpeo con fuerza pero este fue parado entre carcajadas de Aika:
- ¿Eso es todo?, ¡Si hasta una niña golpea mas fuerte que tu!- le dijo estallando en carcajadas
El elfo volvió a la carga pero su golpe fue esquivado y la espada se hundió en el suelo, el elfo cada vez estaba más enfadado y su rabia se notaba en los golpes que intentaba darle a Aika, pero este los esquivaba con suma facilidad entre risas y fue cuando ya cansado de tanto jugar con este que en una de sus estocadas el elfo cayo al suelo de rodillas, este giró su cabeza para mirar a Aika pero no le dio tiempo ya que este le golpeo con el mango en el cuello y cayo al suelo inconsciente. Aika se acercó al soldado, con el pie alzó la espada de este y la cogió al vuelo, y cuando la tuvo entre sus manos vio que era una espada de un soldado de Makar. Todo estaba empezando a ser cada vez más confuso, primero el símbolo de un Hombre de Makar y después esta espada de un soldado del ejercito del Valar. Cogió al elfo por una pierna y empezó a arrástralo camino de la ciudad. Los hombres se fueron agrupando entorno a este y se encaminaron juntos a la ciudad, los soldados heridos eran ayudados a entrar en la ciudad por los enanos, de la ciudad salieron tres carretas para cargar con los soldados muertos y así evitar que fueran mutilados por los enemigos. Ante el se alzaban las murallas, podía ver como estas habían resistido sin mostrar la más mínima grieta, las puertas estaban negras y los dibujos que la adornaban estaban muy maltrechos, pero esta era fuerte y aun no había llegado su momento de ceder. Atravesó la primera puerta entrando en la ciudad, los hombres gritaron su nombre y este llevándose la mano al pecho bajo la cabeza en señal de respeto. El gran patio estaba encharcado y en el trajín de camillas era constante, las doncellas de las Casas de Curación habían bajado a ayudar a los heridos, las veía correr de un lado a otro con sus vestidos blancos que pronto dejaron de serlo, la sangre de los heridos las adornaba, sentía su voz alzarse sobre la de los heridos. Pronto empezaron a llevarse a los heridos hacía las Casas de Curación en grandes carretas tiradas por bueyes blancos. Mientras tanto Aika seguía agarrando fuertemente al soldado elfo, le lanzó una mirada y lo soltó; silbo y su corcel negro apareció en la gran plaza, cogió al elfo y lo puso encima del caballo y de un salto se sentó en la silla. Toco el cuerno y salió a la carrera hacía la fortaleza, todos los que lo vieron sintieron un gran temor, un peligroso fuego recorría su cuerpo alimentado por la traición de uno de sus hermanos. Mientras ascendía las blancas calles de Yávëtil los hombres de Makar montaron en sus corceles y se lanzaron calles arriba siguiendo a su señor, pero no le dieron alcance hasta el patio de la Fortaleza, allí estaba echándose al soldado al hombro y ya se disponía a encaminarse al Dedo de Valar para subir al Palacio del Sol cuando Amroth le dijo:
- ¿Qué pretendes hacer con él?
- Hablara por las buenas o por las malas, avisa a Valandil que estaré en el Palacio si necesita algo que acuda allí- le dijo mientras empezaba a caminar por la senda que conducía al paso secreto.
Amroth asintió y mando a un soldado a notificar a Valandil donde estaría Aikanáro, los hombres de Makar empezaron el ascenso por el interior de la montaña siguiendo a Aikanáro, así llegaron al Palacio. Los pájaros trinaban tranquilos, sin inmutarse de lo que había ocurrido abajo hacía unas horas, las doncellas de Arien salieron a la carrera al ver llegar a Aikanáro cargando a un soldado y le dijeron:
- ¿Esta herido, necesita de nuestras curas señor?
- No, este traidor no necesita que vuestras manos puras lo rocen, ahora disculpadme pero debo hacer que este traidor hable y nos diga quienes o que nos atacan - les dijo con voz severa y acto seguido prosiguió su marcha.
Este prosiguió su marcha hacía una de las alas del Palacio, allí había un edificio usado como bodega, abrió las puertas y dijo mirando a sus hombres:
- Traed cubos de agua fría y que nadie entre sin mi permiso, ¿entendido?
- Si mi señor- dijeron mientras tres de ellos mientras salían en su busca.
Aikanáro se encerró en la bodega con el soldado, vio unas cuerdas que colgaban de las vigas cogió una vara del suelo y se encamino hacia las cuerdas con el soldado, puso la vara en la espalda del soldado extendiéndole los brazos y atándole la cuerda las muñecas. Dejo allí al soldado y se encamino hasta donde estaban los otros extremos de las cuerdas, los cogió y fue tirando de ellos hasta que el elfo quedo de pie rozando con las puntas de sus pies el suelo, golpearon la puerta y dijeron:
- Señor traemos el agua, ¿os la entramos?
- entradla- respondió mientras se ponía delante del elfo- dejadla allí y ahora guardad que nadie entre
- Si señor- respondieron mientras dejaban el agua y salían.
Aika cogió el primer cubo de agua y se lo tiro al elfo, el cual despertó al instante, intentaba ver donde estaba y quien era el que le había tirado el cubo de agua helada encima, y entonces escucho:
- Un traidor como tu tendría que morir de la forma más dolorosa posible, ¿ cómo te has atrevido a traicionar a nuestra familia, al ejercito de los Valar y sobre todo a los Hombres de Makar?, No conoces lo que es el honor. Ahora hablaras y me dirás quien es el que comanda ese ejercito que nos ataca- le dijo mientras se sentaba en una silla delante del elfo y jugueteaba con una daga.
- ¡Jamas hablare!, el te ara muerte y te hará pagar cara esta ofensa contra su mariscal- le respondió el elfo escupiéndole
- ¿Estas seguro de que no hablaras?- le respondió soltándole una sonora bofetada.
El guante metálico de Aika rasgó el rostro del elfo haciéndole escupir sangre.
Valandil Súleglîn
Los cuernos enemigos indicaban una retirada estratégica…por cuanto tiempo no se sabía con certeza…el hedor de la sangre de los caídos provocaba nauseas al maia. Valandil había subido a la muralla para desde allí tener una mejor panorámica y manejarse mejor con sus arremetidas a distancia valiéndose con sus poderes psíquicos. Un cansancio hambriento le devoraba pero aún no había acabado todo…Annamel próxima a él había luchado como una gran dama de la guerra, se acercó a ella y la tomó por las manos…tras mirarla un segundo sus ojos se humedecieron y la abrazó intensamente respirando entrecortadamente por la fatiga y comenzó a flaquear en fuerzas y con su voz entre cortada como si un llanto repentino pretendiese emanar de él habló:
-He pasado mucho miedo, pero tu amor me ha guiado en las tinieblas de la batalla, estoy tan orgulloso de ti…mi prometida…mi dulce amor….
El maia abrazó aún más fuerte a Annamel y ella a él y acariciándole la espalda le susurró unas palabras al oído que lo calmaron. Súleglîn observaba con asombro la belleza de su futura esposa y se sentía orgulloso de ser el afortunado a quien Annamel había entregado su amor. Súleglîn besó a Annamel y de nuevo habló:
-Besar tus labios es una dulce recompensa pues cuando te beso el amargo sabor de la batalla desaparece y la dulzura y ternura me invaden…no obstante el tiempo corre y no espera…nosotros podemos esperar para entregarnos a las manos tiernas e inocentes, traviesas y sensuales del amor…he de partir al campo de batalla y ayudar con los heridos y así mismo bendecir el camino de las almas de los caidos…lo más duro es que tendré que bendecir incluso el camino de los enemigos pero tras la muerte todos somos iguales y las almas desembocan en un mismo río…entre bueno y malo Eru ahí no hizo distinción…ya Mandos en su trono hará justicia…antes de eso yo me encargaré de que las almas caídas transiten en paz este mundo hasta las estancias y nada las haga retener y dejar impregnada de auras malignas o de almas apenadas las tierras en las que nos encontramos…ahora por favor ves a buscar a Aikanáro, están en el edificio de guardia sube a buscarle y dile que tengo que hablar con él que en cuanto acabe con esta nueva y ardua tarea iré a buscarlo y dile que se reuna conmigo que le esperaré en los jardines frente a las fuentes de la calle principal que asciende hasta el centro de la ciudad…
Annamel acarició dulcemente el rostro del elfo y le besó terminando con un pequeño y travieso mordisquito en el labio inferior de su amado, la elfa se giró para irse pero volvió a darse la vuelta y pellizcó tiernamente la nariz de Valandil se acercó a él y algo le susurró al odio entre sonrisas picaronas que hicieron sonrojar al maia de un forma exagerada…Valandil sonrió la rojez permanecía en su rostro y tras otro beso se despidieron.
Cuando llegó al campo de batalla comenzó a andar por todos lados buscando heridos y elevando cánticos celestiales en el aire y poco a poco fue limpiando el campo de batalla para prepararlo y que los corazones de los soldados de Yavëtil al salir de nuevo a defender la ciudad no sintieran la pesadez y el desánimo que causarían si el ambiente se encontrase cargado por la ira y la rabia de la muerte…
Mientras tanto se preguntaba en que empresas estaría ocupado Aikanáro y llamó a Yárfaila para que acudiese a ayudarle y aligerar la tarea y luego hablase con él antes...pues quería pedirle si ella quería ser su madrina en la boda...tantos años de amistad hacían de ella una figura importante para Valandil y deseaba que ella estuviese allí celebrando con él el que iba a llegar a ser el día más feliz de su vida. Al terminar Valandil y Yárfaila empezaron a dejar fluir los pensamientos y permanecieron un rato así intercambiando información y riendo y fue entonces cuando Valandil lanzó su pregunta a la dama de fuego:
¿Querrías ser la madrina?...Sería para mí todo un honor....
[Editado por wiccano el 25-05-2006 14:29]
Darlak
Con la espada negra apoyada sobre una de las murallas que protegían la ciudad, Darlak contemplaba el horizonte esperando ver aparecer el ejército de Artan directo a atacar Eru Andorya.
En la ciudad todos estaban preparados para la guerra. Darlak y Melêl habían dispuesto al ejército de Eru presto para la defensa. Dos tercios de los elfos que integraban el ejército se habían colocado en las murallas mientras que al otro tercio los habían enviado a situarse sobre los muros del edificio de guardia por si el enemigo consiguiese traspasar la puerta. Habían apostado a los hombres tras la muralla de la ciudad esperando a indicarles un ataque y los enanos, delante de ellos, esperarían la misma orden.
Ahora tocaba esperar.
Al lado de Darlak, la joven elfa Melêl esperaba también con su mirada puesta al horizonte. En su espalda descansaba su esbelto arco. Lórindol sabía que la tristeza impregnaba el bello rostro de la joven, que el desaliento brincaba a su alrededor. Apenas habían hablado desde que llegaran a la ciudad de Yarfaila pero Darlak notaba el abatimiento envolviendo el aura de ella debido a la pérdida de alguien muy especial. Sin duda, quería bastante a Aratar.
El joven medio elfo decidió romper el silencio.
- Al fin voy a poder comprobar la energía de esta espada – Cuando él habló, la joven desvió la mirada hacia él y sonrió.
Entonces, Darlagil alzó su espada y ésta refulgió en el aire. Sin duda, el arma también estaba ansiosa de cortar cabezas y atravesar pechos. Hacía tanto tiempo que Gurthang no iba a la guerra, hacía tanto que no satisfacía su sed de sangre, que sentía inquietud e intranquilidad por actuar. La última vez que bebió de ese líquido rojo y vistoso fue cuando Gurthang le quitó la vida a Turin Turambar, vida ofrecida por el mismo Turambar en su locura. Fue en ese momento cuando la hoja negra, cuando el Hierro de Muerte se rompió y permaneció rota en la tumba de su última víctima hasta el día en que los orientales saquearon los restos de Turin Turambar. Y después, de forma inusitada e improvista, llegó a Darlagil Lórindol, descendiente de los hombres amigos de los elfos y del linaje de Luthien y Beren. Ahora la hoja, forjada de nuevo por Caragan, el herrero de Menelmen, en el reino de Lempë Ohtari, necesitaba de nuevo beber, aunque fuera la sucia sangre de orcos.
- Es la espada de Turin Turambar. ¿Es así?– dijo la elfa mirándole fijamente a los ojos con sus ojos empapados de melancolía.
- Si, aunque no se por qué llegó a mis manos – murmuró Darlak.
- Quizás el destino la puso en tu camino por alguna razón – respondió Melêl mientras volvía a mirar al horizonte, buscando indicios para el entendimiento. Aún así siguió hablando con su acompañante - ¿Le has puesto un nuevo nombre?
- No. ¿Debería hacerlo? – preguntó Darlak mientras miraba detenidamente a su espada, intentando escrutar en ella.
- Sería lo recomendable – respondió ella sin más.
El silencio volvió de nuevo, silencio que Darlak aprovechó para pensar en un nombre para la espada forjada de nuevo. Sin embargo, no encontraba el idóneo.
Se sentía importante buscándole un nombre a una espada de tal poder. Mientras lo buscaba, pensó también en qué habría sentido Turin Turambar cuando llevó aquella espada, aunque Darlagil conocía la historia y sabía el daño que aquella espada en manos de Turambar había ocasionado. Por eso, el nuevo nombre debería alejar el aciago pasado de la hoja. Ahora sería como empezar de nuevo. La espada que tenía en sus manos ya no era la misma pues había sido forjada de nuevo por un herrero de noble corazón que habría impregnado su esencia y estaría contrarrestando la esencia maligna que Eöl, el elfo oscuro, había puesto en la espada. Lo que Darlak tenía en su mano era una espada nueva, una espada renovada. Sí, una espada renovada.
¡Oh, ya había encontrado el nombre idóneo para la espada¡
- Mientras esta espada sea manejada por mi mano se llamará Envinyanta, la renovada, y su fin será defender Lempë Ohtari – dijo Darlak en voz alta.
Melêl desvió la mirada hacia él de nuevo, esta vez con un brillo inusitado en su rostro, como si por un momento no hubiera pesares en su vida. Sonrió a Darlak.
- Me gusta ese nombre, sin duda con el nuevo nombre esa espada hará mucho bien en estas tierras. Me alegra que Lempë Ohtari pueda contar con su bravura.
La hoja también brilló y pareció entonces que no era tan negra como antes, quizás el influjo de su nuevo nombre estuviera provocando en ella una auténtica renovación interna. Envinyanta, tan negra y brillante al mismo tiempo, alejaba de sus entrañas la maldición que había ostentando durante tanto tiempo. La malvada esencia que Eöl le había impregnado cuando la forjó por primera vez se estaba transformando en una negra entereza, en un coraje oscuro pero sincero, en una valentía y ansía de beber y de luchar por una noble causa.
En el momento en que Darlak rebautizaba la espada, los cuernos de guerra se empezaron a escuchar en la lejanía. Se trataba del ejército enemigo, que aunque aún no se veía, venía directo a la ciudad. La guerra iba a empezar en un momento a otro.
Y la defensa de Eru Andorya sería la primera misión de Envinyanta, la renovada.
[Editado por aratir el 25-05-2006 01:42]
Erendel
El ruido de aquellos estridentes tambores ya se escuchaba en todos los rincones de la ciudad. Pronto un coro de voces toscas comenzaron a entonar cantos de destruccion y muerte que el viento se encargaba de arrastrar como un frío lamento. Pero la defensa de la muralla ya estaba apostada a lo largo de las murallas, y el coraje inundaba los corazones de los alli presentes, pues defendian no solo sus vidas, sino las de todos los que alli vivían, sus familias y amigos, sus hogares y sus posesiones y por encima de todo defendian su libertad y los valores del reino.
Grandes provisiones de flechas habian sido llevadas a los muros y reposaban acumuladas en espera de que su viaje comenzase mecidos por la suave caricia de unos dedos. Ya los arcos estaban dispuestos y la infanteria y las caballerias se organizaban para actuar. El cielo era oscuro y el sol fue parcialmente oscurecido ante unas nubes que amenazaban con una de las peores tormentas que pudiesen darse. Pero no era aquella la unica oscuridad, pues el bosque cercano fue sumido en una negra sombra andante: la de el grueso de un ejercito fieramente armado y que presentaría una dura batalla.
Y el ejercito se situo a una distancia suficiente para que las saetas no pudieran alcanzarles y se reagruparon. Pero era tal su número y sus ansias de muerte que pronto comenzaron el ataque. Enormes trolls se acercaron a las poderosas puertas empuñando arietes portando en su cuerpo fuertes armaduras que dificultaban mucho el blanco para los arqueros.Y en ese entonces se escucharon los gritos de algunos campesinos perseguidos por la retaguardia del ejercito. Habían permanecido defendiendo sus hogares demasiado tiempo y habian huido entonces al bosque buscando la proximidad de la ciudad, pero habian llegado demasiado tarde y habrían perecido de no ser por la irrupción de la caballeria. No estaban en el interior de la ciudad pues la mitad de la infanteria y la caballeria esperaban acudir desde la retaguardia y confundir al enemigo atacandoles por ambos flancos. Pero aquellos gritos hicieron que la caballeria tubiese que irrumpir y tomando direccion al sur fueron a enfrentarse con un enemigo al que seguian llegando los refuerzos de los mas rezagados, pero no por ellos menos crueles.
Alli se encontraba Erendel a lomos de un poderoso caballo blanco, espada en mano, e irrumpiendo entre las filas enemigas seguido de sus hombres, comenzó la batalla. Las espadas pronto comenzaron a entrechocarse con furia, consiguiendo morder la carne del enemigo en su particular danza. Pronto el suelo se cubrió de sangre y la muerte se sembró en aquellas tierras. Más de un troll emergio del frondoso bosque arrasando con su mazo todo cuanto se presentaba en su camino, y más de un jinete murió abatido bajo sus mazas, pero sus animos no perecieron, y pronto su coraje prevaleció al fin, cuando descansaron en un campo cubierto de cuerpos caidos, mientras sus espadas aun goteaban la sangre derramada. Pero no había tiempo al descanso, pues los fuegos comenzaban a aparecer en las cercanias de la ciudad. A una voz del rey el ejercito avanzó raudo sin saber a ciencia cierta lo que se encontrarian al llegar.
Darlak
Centenares de enemigos se acercaban irremediablemente hacia las puertas de Eru Andorya. Era como una marea oscura que amenazaba con echar abajo irremediablemente las murallas de la ciudad. Cuando se detuvieron frente a la ciudad casi rodeandola, Darlak tenía prestos a los elfos para que lanzaran sus flechas, que silbaron por encima de las cabezas de los enemigos, casi todos compuestos por elfos oscuros.
Sin embargo, algo fallaba. Darlak estuvo analizando las huestes invasoras mientras se desarrollaba el primer encontronazo entre sus hombres y los atacantes. Al rato descubría lo que no iba bien, Artan no estaba capitaneando aquel ejército. ¿Dónde estaría? Posiblemente estaría preparando alguna sorpresa. Entretanto, Melêl organizaba las defensas de los niveles superiores de la ciudad por si el ejercito enemigo conseguía apoderarse del primer nivel.
Resonó entonces las trompetas y una horda enemiga se adelantó, vociferando y lanzando una lluvia de dardos contra los arqueros apostados en los muros. Los grandes trolls que llevaban consigo fueron conducidos a las puertas para que con su poder avasallador consiguieran echar abajo la gran puerta de Eru. Aunque estaba protegida con la magia de Yarfaila al igual que todas las murallas, Darlak empezó a temer por la puerta viendo las embestidas de los enormes trolls.
Un viento fuerte empezó a soplar entonces traído del norte al parecer. Tan fuerte era que los gritos no solo de los arqueros sino tambien de los enemigos fueron ahogados con lo que parecía un huracán. Un grito salió de la garganta de Melêl a la espalda de Darlak que llegaba en ese momento.
- ¡Darlagil! ¡Es magia negra! No sé de dónde viene pero está claramente intentando contrarrestar el poder que Yarfaila ha dejado en esa puerta.
Darlak estaba bastante preocupado porque no contaba con esto. El peligro que corrían la puerta de Eru era muy grave.
- ¡Rápido, elfa! ¡Ha llegado el momento de luchar!
Posiblemente, en ese momento Melêl pensó que estaba enloqueciendo porque la expresión que en ese momento en su rostro era de auténtica locura. Rápidos como el viento que soplaba e intentando hacerle frente, ambos corrieron a lo largo del muro. Melêl había decidido seguirle a pesar de que no sabía como iba a acabar aquello.
Bajaron hasta la ancha avenida principal de Eru Andorya, y se dirigieron hacia las puertas. Darlak iba dando la alarma de guerra. Los hombres y los enanos situados tras las murallas se le unieron. Los elfos intensificaron su ataque con las flechas.
La guerra ya había comenzado.
Llegaron a las puertas inmediatamente.
- ¡Abrid las puertas, vamos a hacerles frente! – ordenó Darlak a los guardias que los custodiaban. Viendo que les miraban raro, Darlak aclaró – ¡Un poder está intentando destruir el poder de la Puerta de Dios, si las abrimos impediremos ese ataque mágico!
El jefe de guardia de la ciudad llegó hasta ellos.
- ¡Es una locura! ¡No autorizo tal acto! – dijo en tono amenazador.
Darlak, ofuscado, levantó su espada negra.
- ¡Yarfaila no está y ahora, por autorización de Erendel, el rey de Lempë Ohtari, soy el que manda en esta ciudad en ausencia de su señora. Hacedme caso si no quereis sentir el poder de la espada que llevara Turin Turambar!
Los guardias tuvieron que hacer lo que Darlak ordenó. De esta manera, las puertas fueron abiertas. Entonces, sorprendentemente, el huracán pasó a ser un viento relativamente fuerte. Los enemigos penetraron vociferando por las puertas recién abiertas. Darlak seguido del ejercito defensor se lanzaron sobre ellos.
- ¡Envinyanta! – exclamó Darlak alzando su espada - ¡Sentid el poder de la espada negra!
Enviyanta empezó entonces a rasgas cuerpos, subía y bajaba resplandeciendo con un fuego negro. A la izquierda, Melêl profirió un fuerte grito con la absoluta intención de atemorizar al enemigo.
- ¡A la guerra va Envinyanta, antes conocida por Gurthang! ¡Sentir el poder de la leyenda negra en vuestras carnes!
Algunos de los enemigos huyeron ante tales palabras.
La guerra se fue desarrollando mientras Darlak dejó de cortar cabezas y dar estocadas.
- ¡Seguid conteniendo a los enemigos en la entrada! ¡Vendré enseguida! – le dijo al jefe de la guardia de la ciudad.
Y acto seguido y tras pedirle a Melêl que ayudará a organizar la defensa, Darlak corrió hacia el interior de la ciudad por la larga avenida del primer nivel.
Tenía una idea.
Darlak mandó calentar varias ollas con aceite y una vez hirviendo ordenó a varios hombres que la que apostaran ollas con aceites hirviendo sobre las murallas, pues su idea era desprender aquel líquido al exterior de las murallas.
Una vez realizado tal acto y antes los ojos estupefactos de los arqueros apostados en lo alto de las murallas, bajó de nuevo a donde el ejercito luchaba con los invasores. Les comunicó su idea: retraer a los enemigos hacia el exterior de la puerta de nuevo y acto seguido cerrarlas.
Una vez a duras pones conseguido tal acto, no sin acabar pillando a varios elfos oscuros con el cierre de las puertas, se hizo caer una cascada de aceite hirviendo al exterior. Acto seguido, y por orden de Darlak, los arqueros empezaron a lanzar flechas de fuego que, al caer sobre el aceite hirviendo provocó un incendio que se llevó a una gran parte de las hordas enemigas. El incendio hizo prender en llamas a todos aquellos que tocaron el aceite así mismo. Todos dentro de la ciudad gritaron alarmados por el incendio que se estaba desarrollando. Aunque habían acabado con el ataque porque los pocos supervivientes de los enemigos estaban huyendo, temían que el fuego acabara con su ciudad también.
Melêl acudió ante el jefe de guardia que estaba gritando maldiciendo a Darlak y sus ideas, acusándolo de traidor y asqueroso.
- ¡Guirar, terrible es que un extranjero conozca más vuestra ciudad que vos mismo! –dijo la joven elfa mientras sus bellos cabellos se mecían con el viento – Estas murallan no van a permitir que el fuego entre en la ciudad…pues la maia Yárfaila Veryawen sobre ellas ha conjurado una magia de protección y son inmunes a las llamas aunque ardan. ¿No sabéis aún que la señora de esta ciudad controla el fuego?
Al cabo de varias horas, no quedaban restos de las llamas que habían ardido en las murallas de Eru Andorya. Y de los enemigos solo quedaban cuerpos calcinados esparcidos por el extrarradio de la ciudad.
Finalmente, la ciudad de Yarfaila había sobrevivido al ataque enemigo. Pero Darlak sabía que la guerra aún no había terminado. Ahora que había cumplido su misión debía viajar hasta Yavetil porque temía que la guerra allí no había acabado. Junto a Melêl organizó un ejercito para viajar hacia el norte no sin antes asegurarse de dejar una fuerte defensa.
Cuando las puertas de Eru Andorya se abrieron nuevamente para dejar paso a Darlak y su ejército, un grupo de jinetes se escucharon acercándose a la ciudad. Por un momento, el temor se instaló en ellos pero poco después Melêl distinguió y reconoció a los suyos. Eran los sobrevivientes de la batalla de Menelmen que llegaban junto a Caragan y sus hombres.
- Lamentamos llegar tarde, pero todo se complicó en el camino – dijo Caragan visiblemente perturbado. Casi sin respirar llegó hasta Darlak y Melêl.- La guerra en el norte no ha acabado y...
- ¿Qué pasa, amigo Caragan? – preguntó Darlak, consciente de que la respuesta a esa pregunta no le aliviaría su angustía.
- No todo el ejercito vino hasta aquí. Artan, junto a unas numerosas hordas formadas por gigantes trolls, arquerosos orcos y jinetes negros montados en huargos se han dirigido hacia la guerra en Yavetil para reforzar el ataque. Debemos partir inmediatamente.
Así fue, como cuando el sol empezaba a ponerse allá en el horizonte, Darlak juntó a un ejercito formado por valientes elfos, hombres y enanos partió hacia el norte, hacia la guerra de Yavetil, el lugar donde todo se decidiría nuevamente.
Âglaras
Había comenzado la marcha hacia Yävetil.
Los supervivivientes y el medio elfo marcharon por las extensas praderas de Dôr Aman.
Además, cada vez que pasaban por alguna aldea o pueblo, jóvenes guerreros se unían a su causa.
Pronto llegaron a la linde del Taurërúin. Entre unas colinas se elevaba un pequeño pueblo defendido por unas firmes empalizadas.
El ejército decidió pasar allí la noche.
Âglaras intentaba dormir en aquella cama de mala muerte. Era una posada cutre, pero no había otra y era el único remedio si querían descansar. Mas al día siguiente llegarían a Yävetil.
Poco a poco, el típico murmullo proviniente de salón de la posada fue convirtiéndose en un tremendo alboroto en el que, al parecer, incluso los platos volaban en todas las direcciones.
El medio elfo bajó a toda prisa, pues temía que los defensores de la oscuridad hubieran llegado al pueblo. Pero para su sorpresa, un enano peleaba contra cuatro hombres encapuchados.
Si algo había que odiara el medio elfo, era la injusticia, y no le parecía justa una lucha de cuatro contra uno, así que golpeó al encapuchado más cercano con su puño y se lanzó a por el siguiente.
Cuando todo hubo acabado, el enano observó a Âglaras por encima de su pequeño hombro.
- No necesitaba la ayuda de un medio elfo.
- Vaya- sonrió Âglaras- por lo menos sabes distinguir a un elfo de un peredhil.
- No hay humanos con barba que tengan orejas puntiagudas.
- Me alegro de tu observación- Y se rascó la fina barba que ya se observaba en su rostro.- Sabes perfectamente que esos hombres te hubieran machacado, y no es que dude de tu feurza ni nada de eso.. Sólo que me parecía injusto. Pero no te molestes en darme las gracias, no quiero nada a cambio- Volvió a sonreír.
- Bueno, puesto que tu sangre no es toda Eldar, cosa que no me agradaría en absoluto, déjame invitarte a una cerveza.
Âglaras asintió. Ambos pasaron toda la noche charlando e intercambiando opiniones. Rudrik, como se llamaba el enano, era un trotamundos en estos tiempos. Había sido un mercenario en tiempos pasados, pero decidió dar paso a una vida tranquila.
Además, el enano ofreció su ayuda a Âglaras en la guerra que aguardaba en Yävetil.
Así pues, el Sol comenzó a mostrar su brillo y toda su fuerza a principios del nuevo día. La compañía continuó su camino con Rudrik en sus filas.
Pronto, columnas de humo se alzaron hacia el cielo en la perturbada ciudad, y cuando Yävetil se observó a lo lejos rodeada por una marea de criaturas, Âglaras levantó su espada hacia Isil ordenando la carga contra el enemigo, que, sin preveerlo, recibirían un duro golpe en sus filas tras recibir el impacto de miles de lanzas impulsadas por aquellos puros corceles...
Erendel
La parte baja de la ciudad estaba en llamas y la puerta había caído al fin bajo el empuje de los arietes. Poderosos trolls avanzaban sin piedad mientras los hombres oscuros dispensaban la muerte a los heridos que yacían en el suelo. Grandes bajas habían causado los certeros arqueros de Mellon Vilya, mas no los suficientes y ahora desde las murallas intentaban frenar aquella marea que avanzaba hacia el corazón de la ciudad.
Pero en una hora que ya parecía demasiado aciaga, se escucharon al fin los cuernos de la caballería que marchando en filas compactas se acercaban como una marea dispuesta a estrellarse contra las rocas arrasándolo todo a su paso. Así perecieron la mayoría de los hombres atacantes que esperaban que los trolls les allanaran el camino a la victoria, no estando allí para defenderlos.
Y el sonido del galope de los cascos se mezclo con el de los aullidos de dolor mientras sus cuerpos eran convertidos en una masa cubierta de golpes y sangre. Muy productiva fue la carga de los jinetes al mando de Erendel, pero llego un momento en que comenzaron a ser rodeados, aunque por ese entonces ya el resto de la infantería había llegado y poco a poco todo el campo circundante de la ciudad se fue reconquistando. Los ánimos y la fuerza en vez de menguar, aumentaban a cada enemigo abatido, y poco a poco la caballería primero y luego parte de la infantería fueron llamadas a internarse en la ciudad y acabar con aquellos seres que viendo cercano su fin, o quizás por puro placer destrozaban cada edificio que se cruzaba en su marcha, no dejando piedra sobre piedra.
Quizás el ejercito se disperso entonces demasiado, pero ya el enemigo había avanzado demasiado hacia el interior de la ciudad. Erendel seguido de unos cuantos caballeros tomo entonces el camino que conducía hacia el centro de la ciudad, subiendo por el camino principal, y descubrieron al poco de iniciar la marcha, una media docena de aquellas enormes bestias junto con lo que parecía una veintena de fieros hombres, mientras un nutrido grupo de arqueros intentaba mantenerlos a raya, mas las piedras que aquellas moles les lanzaban les causaban mas daño que el que las flechas pudiesen ocasionarles. Era entonces tiempo de la destreza de las armas y desmontando de los caballos para que estos no sufriesen una muerte innecesaria comenzó lo que seria el fin de la batalla.
Aquel ultimo ataque se produjo con rapidez, y aunque hubo cuantiosas bajas en el avance, sirvió para que los arqueros tomasen de nuevo posiciones de ataque y con un mejor ángulo. sus flechas fueron mas efectivas. Pero por sobre todo y en esa lucha fue más necesaria la intervención de las armas de filo, habilmente forjadas en las fraguas y que demostraron en ese entonces junto a la destreza de los soldados el carácter del reino. Difícil era esquivar el mazo en tan corta distancia, pero poco a poco y ante su cansancio fueron uno a uno abatidos. Y con un tiro certero al interior de los ojos del troll, Erendel acabó con la vida de aquel ultimo enemigo mientras los gritos de jubilo se escucharon en toda la ciudad.
Una vez fuera de la ciudad, la oscuridad parecía disiparse y un tibio sol acarició de nuevo a los habitantes de la ciudad, presentando otra cara al duro trabajo que quedaba aun por realizar tanto en el interior como en el exterior de los muros. Pero no todas las sombras se habían disipado y al cabo de aquel día los hombres que aun tenían fuerzas para luchar y se sentían con ánimos fueron reclutados para emprender una marcha con destino a Yavetil, donde el corazón les dictaba que la guerra seria aun más cruenta.
Annamel
Annamel no se dio cuenta de cuándo había acabado la lucha, o mejor dicho, cuándo se había suspendido…de pronto Valandil se encontraba de nuevo junto a ella, herido y cansado, pero a salvo. La abrazó y la besó…otro momento robado al tiempo en medio de toda aquella sinrazón…
Con la aparente calma de una tregua, Valandil le pidió que fuese en busca de Aikánaro, al cual encontraría en el edificio de guardia, sólo tenía que subir para encontrarle donde el maia le había indicado. La elfa se despidió de él con un úlitmo beso, y fue en busca de Aikánaro.
Cuando llegó al edificio lo halló vacío, nadie había allí, quizá Valandil se había equivocado de lugar, tal vez el hombre de las trenzas rubias le había dicho que se hallaba en otro lugar, aún así esperó un poco, por si tal vez él aparecía. El espectáculo de sangre que se veía desde el edificio era desolador, los enemigos caídos eran mayores en número, pero Annamel se entristecía por igual, la vida era vida para todos, qué pena desperdiciarla así…también vio a Valandil y Yárfaila retirando cuerpos caídos, tarea nada envidiable.
Se hallaba ensimismada en sus pensamientos cuando un golpe en la puerta abierta del edificio la sobresaltó. Se dio la vuelta pensando en que por fin había llegado el hombre al que esperaba…pero quedó muy sorprendida cuando enseguida se vio rodeada, por no decir acosada por una veintena de soldados, que además no parecían muy amistosos, había algo en ella que los ponía ciertamente nerviosos. De pronto uno de ellos la tomó por un brazo, ella no tuvo tiempo de reaccionar, ya que no entendía qué estaba pasando, porque esos soldados eran de la corte de Aikánaro, ¿acaso no acababa de luchar a su lado como una más entre ellos? ¿ qué estaba pasando?. Al que la sujetaba por un brazo se le unió enseguida uno más que la agarró del otro, y un tercero que le colocó un puñal en la garganta…Annamel lejos de estar asustada comenzaba a perder la paciencia, ¿qué demonios querían de ella?
- Está claro que no sabéis tratar a una dama – les dijo de lo más calmada – tal vez es que hace tiempo que no veis una. Claro que si estos son vuestros modales no me extraña que ninguna se os acerque.- había desafío en su mirada.
El soldado que sujetaba el puñal fue el que contestó.
- Ciertamente nunca hemos visto ninguna que se pasee por nuestra corte con nuestros símbolos trazados en la cara, ¿ o acaso no sabéis que es un insulto? Ninguna mujer los lleva, ninguna puede, a excepción de la dama de fuego, Yárfaila. Vuestra osadía os saldrá cara mujer…porque se paga con la muerte.
- ¿ Con la muerte dices? – Y Annamel le soltó una certera patada a las partes nobles del soldado que casi le estaba clavando el puñal en la garganta, él se retorcía por el suelo de dolor, aullando como un perro - ¿me dices que merezco la muerte, a mí, que he luchado a vuestro lado? ¿no basta eso para ganar el honor de llevar vuestros símbolos?
Algunos comenzaron a mirarla indecisos.
- Haríais bien en soltarme....- la elfa empezaba a cansarse realmente, la batalla había sido dura, sólo quería encontrar a Aikánaro y salir de allí, para no ver más las caras de aquellos hombres, no quería perder la paciencia.
De pronto ocurrieron dos sucesos casi simultáneos. El soldado que había golpeado se levantó con esfuerzo sin que ella se percatase, y le propinó un fuerte puñetazo en la mejilla, los dos hombres que la sujetaban la soltaron de inmediato al oír otro fuerte golpe en la puerta, Annamel sólo tuvo una fugaz visión de un hombre con dos trenzas rubias recortado contra la puerta…al fin había llegado Aikanaro…luego la insconsciencia…
Aikanáro Tîwele
Aikanáro entró en la Fortaleza, había regresado para recoger unas cosas cuando escucho unos gritos, paro atención y eran los soldados que habían venido con Amroth que estaban discutiendo con una mujer. Camino por el desierto pasillo mientras con grandes pasos se dirigía al lugar de donde salían los gritos, de golpe pararon y se sintió un golpe seco, como si alguien cayera al suelo y una voz que decía:
- Eso te enseñara a tratar a un Hombre de Makar como se debe estúpida elfa.
Aikanáro se paro delante de la puerta y puso su mano en la maneta, intento abrir pero no pudo y dándole una patada esta se abrió golpeando a dos elfos que la sujetaban. Allí estaban todos los hombres de Makar y en el suelo una elfa, miro a los hombres y estos sintieron un miedo terrible ya que Aikanáro portaba el Martillo de Makar y todos sabía lo que significaba eso, intentaron decirle algo pero este miro al elfo que estaba mas cerca de la elfa, se acerco a el gritando:
-¿Quién a sido el que a osado golpear a una dama en mi casa, quien a sido que hable ahora o todos pagareis por ello?- dijo mientras les señalaba con el martillo
- Señor ha osado llevar los símbolos de nuestra corte y ha golpeado a uno de los nuestros- le dijo uno en tono orgulloso.
-¿Así que tú as sido el valiente que a golpeado a una dama?, ¡¿acaso no sabéis a quien habéis golpeado estúpido?!- le dijo mientras lo cojia de la pechera y lo elevaba del suelo.
- A una osada elfa- le respondió el elfo
- A la futura mujer de mi hermano Valandil- le respondió lanzándolo contra la pared, un ruido seco se produjo cuando el elfo golpeo la pared y cayó al suelo.- estúpido la muerte te esperaría si mi hermano se entera de esto, da gracias que no a sido él el que a entrado por que sino ya estarías camino de Mandos y vosotros dos los que la habéis sujetado también recibiréis lo vuestro, no creo que Amroth este enterado de lo que hacíais aquí dentro, la vergüenza de la corte sois, valientes guerreros que pegan a las mujeres.
Aikanáro ardía por dentro, al ver como sus hombres habían golpeado a la futura mujer de Valandil. No la conocía no la había visto más que un pequeño segundo desde el campo de batalla pero no consentiría un pleito entre su hermano y sus hombres así que dijo:
-Ahora los demás bajad al primer nivel y ayudad a recoger a los caídos, los otros tres me acompañaran al Palacio del Sol y allí hablaremos con Amroth de lo sucedido- les dijo mientras cogía a la elfa en brazos.
- Si señor- respondieron mientras salían de la sala, los tres que quedaron con Aika temblaban por que conocían de sobra lo que les esperaría lo habían visto antes en la Corte de Makar.
Salieron de la Fortaleza y caminaron por el jardín que conducía al Dedo de Vala, entraron por la puerta que había en esta y que ahora ya estaba abierta a los ojos de todos, los dos soldados que había apostados en ella miraron a la elfa que llevaba Aika en brazos pero nada dijeron. Estos subieron por las escaleras y tras unos minutos de ascenso llegaron a la última puerta, estas se abrieron solas y ante ellos apareció el Palacio del Sol. Este brillaba por los rayos de Anor, atravesaron la gran avenida flanqueada por las estatuas, las doncellas de Arien bajaron corriendo al ver a Aika con una mujer entre sus brazos y le dijeron:
-¿Esta herida mi Señor?
- Tranquilas, solo esta inconsciente. Traedme la bolsa que hay en mi habitación y un cuenco con agua tibia.- les dijo con voz dulce mientras miraba a la elfa.
- Ahora iremos señor, ¿necesitáis algo mas?- le dijo una de ellas
- Si, preparad la Sala de Makar para esta noche, que todo este listo para cuando la elfa despierte y llevad a estos tres elfos al templete de Manwë y encerradlos en él hasta que yo os lo diga- les dijo mientras sin mirarles empezaba a ascender las escaleras que conducían a su morada.
Las elfas se llevaron a los hombres y dos de ellas acompañaron a Aika, entraron por el gran corredor donde las columnas de cristal rojo brillaban como nunca, las luces jugueteaban en ellas haciéndolas más bellas. Ascendieron por una doble escalera en forma de herradura y tras mirar a la estatua de Varda la cual presidía estas giraron a la derecha y se encaminaron por un corredor acristalado hacía la Sala de Yavanna. Unas puertas verdes hechas de esmeraldas guardaban una gran sala, las elfas abrieron las puertas y ante ellos apareció un bello jardín.
Esta sala era cuadrada y en su centro había un pequeño estanque donde una fuente la refrescaba, los rayos del sol entraban por un atrio abierto en el techo y las plantas crecían en esta sala como si fueran una gran pradera, flores jamás vistas en estas tierras competían en aromas con los árboles que estaban en flor. Aikanáro siguió caminando por esta sala hasta que llegó a un diván de mármol que había en el centro junto a la fuente.
Se quito la piel de tigre que llevaba y la puso en el diván para que la elfa no tuviera frió y cuando la hubo puesto poso a la elfa con mucho cuidado. Las elfas entraron con dos cuencos de plata con agua tibia y con la bolsa de Aika, este cogió una pequeña bolsita y tras abrirla cogió un puñado de una extraña planta que había dentro y la tiro en el agua de uno de los cuencos. Un aroma se alzó en toda la sala, empezó a mezclarla con el agua hasta que esta quedo hecha una masa anaranjada, y se sentó junto a la elfa, apartó la negra cabellera que escondía un bello rostro. Cogió el cuenco que no solo contenía agua y fue limpiando ese rostro, le quito las pinturas que Valandil le pusiera y fue viendo uno de los rostros más bellos que hubiera contemplado y ahora entendió por que su hermano la había elegido para ser su esposa, cuando le hubo limpiado el rostro cogió el otro cuenco y le puso la masa anaranjada en lado donde ese desgraciado la había golpeado, con esa masa no le saldría ese feo moraton en el rostro. Termino de ponérselo y al dejo allí junto a las elfas, y salió de la sala cabizbajo, caminaba mirando por las grandes ventanas y solo veía un cielo azul. Abrió una de las ventanas y saliendo al balcón grito:
-¡Valandil!
Este gritó retumbo en toda la ciudad como si fuera un trueno, unas lágrimas se le escaparon al pensar que ahora debía hacerlo, y no quería no sabía su el cuerpo de la elfa soportaría el ritual. Se secó las lagrimas y entro otra vez dentro y se encamino a la Sala de Yavanna, allí aun estaba tumbada la elfa, los rayos la iluminaban mientras su cara iba recobrando la serenidad, se sentó en una esquina y se puso a cantar, una voz dulce salía de ese fiero guerrero, una música que te transportaba a las costas de Valinor, donde viven los dioses.
Annamel
Después de recibir aquel golpe por sorpresa lo último que vio Annamel al sumirse en la oscuridad de la inconsciencia fue la figura de Aikánaro recortada contra la puerta del edificio de guardia…luego la nada.
Poco antes de volver de nuevo a la consciencia la elfa escuchó una dulce voz que cantaba en algún lugar de un rincón de su mente, era una voz cargada de un sentimiento de tristeza, a pesar de lo cual enternecía escucharla. En el velo que cubre los mundos de los sueños y los separa del real se hallaba la elfa escuchando aquella voz, y allí se quedó durante un rato, vagando por su mente, mecida por la canción, en algún momento pensó que se hallaba demasiado cansada para despertar, pero finalmente acabó cediendo y abrió los ojos cuando la canción cesó.
Aún no demasiado despierta vio al hombre de las trenzas rubias sentado en una esquina del diván donde reposaba ella, él era el dueño de la voz que había oído, Aikánaro Tiwele, hermano de Valandil. Enseguida recordó el episodio en el edificio de guardia…se llevó la mano a la mejilla en la que había sido golpeada, y sintió un leve dolor, demasiado leve para el golpe recibido, supuso que Aikánaro se habría preocupado además de sacarla de allí de administrarle alguna medicina que amortiguase los efectos del golpe.
Él aún no se había percatado de que ella estaba despierta, miraba fijamente el suelo que tenía justo delante, con una expresión preocupada y triste, ella supuso que quizá se debía a que había tenido que enfrentarse a sus hombres por su culpa… Annamel le tomó la mano al Señor de Yavetil.
- Aikánaro Tiwele – la voz de la elfa era apenas un susurro, se hallaba débil y cansada, él se volvió sorprendido de que se hallase despierta sin que él se hubiera percatado – os estoy infinitamente agradecida por haberme salvado la vida, ya que de no ser por ti ahora me hallaría camino de Mandos, lejos del hombre al que amo, y aún así me atrevo a pediros otro favor…- en los ojos dorados de Annamel apareció la ansiedad.
- Señora, nada tenéis que agradecerme, esos hombres son mis soldados, y me hallo avergonzado con el tratamiento que os dan dado, más no os preocupéis, los que han osado poneros una mano encima tendrán su castigo, no os quepa duda.
- No es en el castigo en lo que pienso… quien me preocupa es Valandil – y apretando la mano de Aikánaro le suplicó casi con las lágrimas en los ojos - ¡ no dejéis que vuestro hermano se entere de esto!
- Por nada del mundo lo haré Annamel, tenéis mi palabra, él no sabrá nada de esto, te lo juro. No deseo de ningún modo que haya derramamiento de sangre entre mi hermano y mis hombres en mi ciudad, los culpables serán castigados como manda la ley, estad tranquila.
La dama de los ojos de oro se serenó ante la promesa de Aikánaro, ahora entendía porqué Valandil lo llamaba su hermano, porque aunque no lo eran de sangre sí que lo eran de espíritu, estaba ante un alma noble y justa. Más relajada ahora pero aún cansada se volvió a recostar en el diván, y se tapó con aquella hermosa piel de tigre. Aikánaro volvió a hablarle.
- Annamel, mucho me temo que este incidente no acaba aquí, mis hombres tenían razón en lo que te dijeron, está totalmente prohibido que nadie lleve los símbolos de Makar si no es un caballero de la orden, la insolencia de llevarlos se castiga con la muerte. Sé que no fuiste tú quien se los puso en el rostro, sé que fue mi hermano, como también sé que no fue con ninguna mala intención por su parte, ya que de haber sabido que esto ocurriría jamás habría puesto tu vida en peligro, pero la situación ahora es esta.
¿ de qué le estaba hablando ahora Aikánaro?
- No entiendo qué me quieres decir…
- Sólo te pido que confíes en mí Annamel, ¿ podrás hacerlo?
La elfa miró largo rato los profundos ojos azules del hombre de las trenzas rubias, sopesando sus palabras. Sentía que podía confiar en él, si Valandil lo hacía ella también lo haría, él no le haría daño, no dejaría que se lo hicieran, ¿no?
- En ti confío Aikánaro Tiwele – y le tendió la mano. Él se la tomó y le dio un apretón amistoso.
- Espera aquí, enseguida vuelvo.
Entonces él abandonó la estancia en la que habían estado todo este tiempo, para volver minutos después con un cuenco entre las manos, que contenía un líquido verdoso.
- Tienes que beberte esto – al ver la expresión de la cara de Annamel se apresuró a tranquilizarla – no temas, no te hará daño, pero es necesario que lo hagas, ahora.
Ella se armó de valor, tomó el cuenco de las manos de él y se bebió el contenido, que tenía un sabor dulzón. Enseguida notó un calor subiendo por su garganta, el sueño la dominó, las piernas se le aflojaron, y antes de que cayera al suelo por segunda vez aquel día, los fuertes brazos de Aikánaro la sujetaron, y tomándola de nuevo en brazos partió hacia la corte de Makar, donde tendría lugar la dura prueba que Annamel debía superar a toda costa.
Cuando la elfa despertó estaba en un lugar completamente distinto, un elfo alto y de expresión serena la custodiaba, de Aikánaro no había ni rastro. El elfo, al verla despierta se dirigió a ella.
- Vamos Señora, la esperan en la corte de Makar.
Annamel se preguntaba quién la estaba esperando. Así que enseguida se incorporó y salió por la puerta que el elfo había abierto. Le siguió por tantos y tan largos pasillos que finalmente perdió la orientación. Por último el elfo se detuvo ante una enorme puerta de madera, a su vaez custodiada por dos grandes hombres, de gran fortaleza, ya que ellos eran los encargados de abrir aquella mole. Cuando las hojas de las puertas se abrieron Annamel pudo ver qué se escondía tras ellas, un lugar de grandes dimensiones, con altas columnas de madera, y elevadas gradas a ambos lados, llenas por completo de elfos expectantes. Separando a las gradas había un espacio semicircular, que ahora se abría ante ella, al final del cual se elevaba un trono, acompañado a ambos lados por tronos menores, todos ellos aún vacíos.
De pronto se escuchó un sonido de trompetas, que anunciaba que Makar y sus heraldos, entre ellos Aikánaro Tiwele, estaban entrando en la sala. La elfa dio dos pasos al frente, y la enorme puerta que antes atravesara se cerró tras ella. Vio a los hombres entrar y ocupar sus puestos, sin embargo era la única que los miraba, el resto de la sala no le quitaba la curiosa mirada de encima a ella, que parecía ser el motivo de tan solemne reunión.
Vio a Aikánaro sentarse a la derecha del trono.
Súbitamente se hizo el silencio en aquella enorme sala. Aikánaro se puso en pie, y con voz fuerte y clara pronunció su nombre.
- Annamel, hija de Eonwe e Itaril, en nombre de Makar, acércate.
La elfa no titubeó, irguió la cabeza y se dispuso a recorrer el camino que la separaba del trono lo más dignamente posible, a pesar de todas aquellas miradas clavadas en ella.
Aikanáro Tîwele
Aikanáro vio como se acercaba la elfa con gran porte hasta quedar frente a la tribuna, este miró a Makar y prosiguió diciendo:
- Bienvenida Dama Annamel a la Corte de Makar, se os acusa de alta insolencia contra esta corte- un clamor se alzó desde las gradas pero fueron acalladas pronto- el llevar los símbolos sagrados sin pertenecer a esta corte se castiga con la muerte, ¿entiendes tu situación?
- La entiendo muy bien, nunca quise ofender a esta corte... - estaba diciendo cuando de pronto y para sorpresa de todos Makar habló.
- ¡Solo los elegidos de entre los elegidos forman la Corte de Makar, aquellos que destacan sobre los destacados defienden las tierras de los Valar! ¡Dad gracias que alguien importante a intercedido por vos pero todo tiene su precio, aquí va el vuestro luchad y venced y formaras parte de nuestra corte ¡- dijo mientras su voz retumbó en la sala cual trueno en tormenta.
Aikanáro empezó a descender de la tribuna y salió a la arena, camino hasta quedar junto a la elfa y le dijo:
- Elige bien tu arma eso te dará la victoria, usara tus miedos y el amor que sientes por Valandil para ganarte pero no le dejes, mátalo aunque se transforme en este, mátalo y gana por el amor que sientes por mi hermano, hazlo por él- le dijo mientras se quitaba la piel de tigre que llevaba encima y cogía un escudo de la pared.
La elfa se quedo extrañada ante las palabras de Aika y le dijo:
- ¿Contra que tendré que luchar Aikanáro?
- Mata a lo que salga por esa puerta, mátalo sin piedad alguna ya que él intentara matarte eso tenlo por descontado- le dijo señalando con la espada a una gran puerta de hierro
- Eso intentare- le respondió la elfa mientras revisaba las armas que había en las estanterías pero una mano se poso en su hombro y esta se giró.
- Toma mi espada, ella te protegerá ya que yo no podré hacerlo, con gusto lucharía yo contra lo que tiene que salir por esa puerta, Pero como dijo Makar todo tiene su precio y el que e tenido que pagar por salvarte es arriesgar mi vida en la arena junto a ti- le dijo Aika mientras la elfa veía como dos furtivas lagrimas se le escapaban al guerrero.
- ¿Y conque te defenderás tu?- le preguntó pero este le señalo el gran martillo que había en el centro de la sala- Gracias Aikanáro, me alegra saber que estarás cerca de mí- le respondió mientras veía como Aika se encaminaba hacía la otra puerta.
Las trompetas se alzaron en toda la sala, las gentes sentados en las gradas se alzaron de sus asientos y a la señal de Makar las puertas se abrieron. Las grandes hojas de metal se abrieron y de ellas salieron siete grandes tigres, uno se dirigió hacía donde estaba la elfa y los otros rodearon a Aika. La hora había llegado y no sería fácil ganar, Aika sabía que tendría que luchar contra aquellos que él amaba, aunque supiera que luchaba contra los tigres que adoptaban las formas de estos. Las trompetas volvieron a sonar señalando que ya era la hora, los seis tigres se fueron moviendo alrededor de este, observando sus movimientos. Aika sujetaba con fuerza el escudo en una mano y en la otra el gran martillo, y fue cuando tres de las bestias se le abalanzaron con gran rapidez, con un rápido movimiento golpeo con el escudo al tigre que se le avanzó por la derecha y con el martillo golpeó al de la izquierda lanzándolo por los aires varios metros, pero el tigre que se le abalanzara por el frente cayo sobre Aika. Las garras del animal rasgaron la piel tostada de este haciendo que la sangre brotara de esta. Aika luchaba por zafarse del animal mientras veía que los demás tigres e iban acercando a gran velocidad al ver a su presa en el suelo, el tigre abrió sus mandíbulas para morder a Aika pero este con gran esfuerzo las apresó y fue girando la cabeza del tigre hasta que un chasquido anunció su muerte. Se lo sacó de encima con el tiempo justo para recoger el martillo del suelo y girarse para golpear con este al tigre que ya había saltado para caer sobre el medioelfo. El golpe que recibió el tigre lo lanzó contra una de las paredes haciendo que el tigre reventara por dentro, Aika sabía que los tres primeros eran cosa fácil pero los difíciles serían aquellos tres sentados bajo el trono de Makar, ahora solo quedaba uno de esos tres que se le atacaran, este miraba a Aika mientras rugía, la sangre empezaba a cubrir ya los brazos del medioelfo haciendo que esta cayera al suelo. La respiración se entrecortaba por el esfuerzo, mientras en las gradas nada se decía expectantes a ver que ocurría allí abajo. El tigre daba vueltas entorno al medioelfo mientras rugía con fuerza, y saltó sobre su presa, Aika se apartó hacía un lado pero el tigre logro arañarle el pecho haciendo que este gritara de rabia más que de dolor, los ojos del medio elfo denotaban una gran rabia y gritando dijo:
- ¡Sé a terminado el jugar!
Para sorpresa de muchos ahora era Aika el que corría hacía el tigre y no al contrario, los dos corrían uno gritando y el otro rugiendo, el tigre saltó y Aika también. Los dos cuerpos chocaron en el aire en un abrazo mortal y cayeron rodando por el suelo, el tigre intentaba morderle mientras Aika no cesaba de golpear con fuerza él estomago de la bestia y con el otro brazo intentaba sujetar el cuello del animal, Aikanáro cogió al tigre por sobre la cabeza y por el otro extremo y lo alzó sobre su cabeza, hincó la rodilla en el suelo y bajo con fuerza al animal, partiéndole la columna al chocar contra su pierna y lo dejo caer al suelo ya sin vida. Así de rodillas y herido intentaba recobrar el aliento, veía a los otros tres tigres como empezaban a levantarse. Este hizo lo mismo y fue a recoger sus armas del suelo, miraba fijamente a los tigres que se fueron trasformando en las tres personas que mas amaba, Gil-gaer su madre, Uinen Señora de los mares y en Valandil, su hermano. Ahora empezaría la autentica prueba, el luchar contra aquellos que amaba aunque supiera que no eran ellos, estos sabían leerte el pensamiento y por eso eran tan temidos en batalla por que se adelantaban a tus movimientos, haciéndoles mortales. Había visto a muchos caer en esta prueba pero el no sería uno de ellos, no podía.
Hecho una fugaz mirada a Annamel y vio lo que tanto temía, el tigre se había transformado en Valandil y ella le tendría que dar muerte, veía como la elfa lloraba intentando defenderse de los ataques de este y gritó:
- ¡Annamel mátalo por el amor de dios, mátalo no es Valandil aunque lo parezca dale muerte por él, por él autentico Valandil!
Annamel
Annamel no podía creer en lo que estaba sucediendo, de pronto se encontraba sumergida en medio de una lucha a muerte, a la que además había arrastrado a Aikánaro, al cual veía luchar solo contra seis terribles tigres, mientras ella apenas entendía qué pasaba, y por qué había de matar a nadie sino quería morir ella misma en medio de todo aquello…
Aikánaro le había puesto en las manos su propia espada momentos antes de que los tigres se lanzaran hacia él. La elfa se había quedado allí clavada sin saber qué hacer, mirando atónita la lucha del hombre de las trenzas contra aquellos poderosos animales, vio cómo herían al medio elfo con el sentimiento de impotencia y culpa en su corazón, vio cómo empezaba a sangrar por las heridas infringidas en su cuerpo, y cómo aún así se deshizo de cuatro de sus atacantes, sólo quedaban tres…la sorpresa de Annamel fue mayúscula cuando los vio transformarse en tres personas, a dos de las cuales no conocía, pero la tercera…no podía ser, era imposible, el tercer tigre adoptó la forma de Valandil, ¿cómo iba a luchar contra él? No iba a poder, era imposible pensar que ella lo mataría…
Casi sin tiempo de más pensamientos Valandil se abalanzó sobre ella, que apenas tuvo tiempo de esquivarlo, sólo un segundo la salvó del golpe que iba destinado a ella. Cuando se dio la vuelta allí estaba de nuevo él, dispuesto a saltar otra vez sobre ella, su presa, no estaba dispuesto a dejarla respirar. Annamel temblaba, la mente se le nubló, las lágrimas caían a raudales de sus dorados ojos, que ahora aparecían apagados. Se defendía de los ataques de Valandil como una autómata, la elfa no pensaba, sólo se movía al son que él le marcaba, si seguía así en poco tiempo la tendría acorralada y la mataría apenas sin esfuerzo…
En algún momento la elfa escuchó la voz de Aikánaro gritarle con desesperación…no es Valandil…mátalo…hazlo por él…no podía…no podía…miró a Aikánaro, y por primera vez desde que empezara aquella pesadilla logró ver con claridad, pero el error de esa distracción le costó caro a Annamel, pues el falso Valandil aprovechando la distracción le arrebató la espada de la mano, lanzándola lejos y le dio un fuerte empujón, que la lanzó contra una de las paredes de la grada, abriéndole una fea herida en la cabeza, que enseguida comenzó a sangrar, empapándole la cara y dificultándole la visión, la elfa se sentía mareada, sin fuerzas para poder levantarse, lo que no le hizo falta, pues el falso Valandil ya caminaba con tranquilidad hacia ella, relamiéndose de gusto al saber que iba a saborear la sangre de su presa. Cuando llegó a su lado Annamel estaba inmóvil, no se atrevía a mover un solo músculo, sólo veía los pies de su atacante. Él se agachó y la contempló durante los segundos que a ella le parecieron los más largos de su vida, había crueldad en aquella mirada, el color no era exactamente el de los ojos que ella recordaba, había un rictus de maldad en sus labios…definitivamente no era Valandil, pero ya daba igual, la mataría de todas formas, estaba a su merced, ella ya no podía defenderse, estaba herida, exhausta y desarmada, no podía hacerle frente…entonces el falso maia la agarró cruelmente y la puso en pie, sus ojos quedaron enfrentados, pues él quería que lo mirase. Le retiró el pelo de su cara ensangrentada, y la apretó contra sí, sus rostros estaban muy cerca ahora…el falso Valandil emitió un gruñido, y acercándose más comenzó a lamerle la sangre que le corría por las mejillas. Annamel ahogó un sollozo, y desviando la mirada vio de nuevo a Aikánaro luchando con sus oponentes, supo que nada podía él hacer por ella, si quería sobrevivir tendría que hacerlo ella misma…
De dónde sacó el valor y la fuerza para seguir no lo supo, ni en ese momento ni después, pero la rabia que le provocó aquel gesto tan bajo debió de darle lo que necesitaba, aquella sangre sólo le pertenecía a una persona. Ahora el falso Valandil la liberó de aquel abrazo, para agarrarla del cuello, lentamente cerró sus manos sobre él, y comenzó a apretar para estrangularla. Annamel comenzaba a asfixiarse, dando patadas al aire, sino hacía nada pronto moriría por la falta del aire…en los últimos momentos de consciencia antes del desmayo lo logró, consiguió propinarle una patada lo suficientemente fuerte en el estómago, lo que provocó que él la soltara enseguida, ambos cayeron entonces al suelo. Él intentando recobrar el aire, ella intentando llenar de nuevo los pulmones. Annamel aprovechó entonces sin perder ni un segundo la ventaja que le daba el hecho de que el falso Valandil se hallara por un momento indefenso en el suelo. En seguida localizó la espada que antes él le arrebatara, y cuando estaba a punto de alcanzarla una mano le agarró el pie, haciéndola caer a escasos centímetros de ella.
Maldita sea! – pensó Annamel.
Al darse la vuelta tropezó de nuevo con el rostro que la atormentaba. Ahora los dos estaban de nuevo en el suelo, pues él aún no se había recuperado del golpe recibido, pero había conseguido arrastrarse de una forma increíble hasta donde estaba ella, alcanzándola por el pie, que mantenía firmemente sujeto. Ahora ambos se miraban con verdadero odio en los ojos, de los dorados de ella saltaban chispas, ya no estaba dispuesta a dejarse asesinar sin poner resistencia, se lo debía a Valandil, y sobre todo a Aikánaro, que luchaba junto a ella, y que nada había tenido que ver en todo aquello.
De pronto él soltó el pie de la elfa, en un exceso de confianza, pensando tal vez que sería más rápido en ponerse de pie que ella en reaccionar, pero esta vez la suerte le fue esquiva, y cuando se lanzó de nuevo sobre Annamel esta ya había logrado alcanzar la espada, la espada de Aikánaro, que atravesó sin esfuerzo el cuerpo del falso Valandil, que no tuvo tiempo de detenerse en el aire, literalmente se lanzó sobre ella, y murió atravesado por ella, cayendo sin vida sobre Annamel, ya transformado en lo que verdaderamente era, un tigre….
La elfa quedó debajo, inmóvil, con los ojos fijos en el techo de la sala, la vista se le nublaba, la herida de la cabeza no dejaba de sangrar profusamente, había perdido ya mucha sangre, todo aquello era más de lo que podía soportar en un día, ya no recordaba cuándo había sido la última vez que había dormido, comido o bebido, lo único que podía evocar era lucha y sangre, finalmente los ojos se le cerraron y perdió el sentido, su alma se refugió en lo más profundo de sí misma…
Aikanáro Tîwele
Aikanáro lanzó una furtiva mirada a Annamel, la vio allí tendida en el suelo pero para su alivio al menos de momento estaba viva, había logrado matar al tigre el cual yacía a pocos metros de ella. Aika miró a sus dos oponentes, eran idénticas a las dos damas que más amaba, estas portaban dos grandes espadas curvas y se iban acercando lentamente hacía él. Este miró a una de las paredes y vio una gran estatua dorada, representaba a un soldado portando una doble hacha, corrió hacia ella y con un fuerte tirón logró arrancarle el hacha a esa figura de metal, ahora una sonrisa aparecía en el rostro de este cuando cada una de ellas se fue colocando a un lado. Las miró y les dijo:
- Cuando queráis empezamos, tengo cosas que hacer
- No seáis tan fanfarrón Aikanáro, puedes terminar pagándolo muy caro- respondió la falsa Uinen
Las dos se abalanzaron a la vez a por Aika, los golpes de las espadas lanzaban chispas cuando se rozaban. Aikanáro tenía el tiempo justo para protegerse del ataque de una cuando ya estaba defendiéndose de la otra, ellas veías como cada vez le costaba más pero eso no era cierto. Aika les estaba dejando terreno que se cansaran ellas mismas y cuando hicieran el mínimo error, darles muerte. Y fue cuando las dos damas volvieron al ataque que este saltó por encima de las dos y dando una voltereta en el aire rasgo con la espada la espalda de la falsa Uinen, el corte fue preciso ya que ahora solo podía manejar un brazo, la sangre bañaba el vestido de esta mientras rugía de dolor y rabia. Ahora era él el que marcaba el ritmo de la batalla, el que golpeaba con gran fuerza las espadas enemigas, su rostro bañado en su sangre, su melena rubia ahora estaba apelmazada por la sangre que se estaba secando. Una sonrisa surcaba su rostro, la felicidad que sentía por Annamel le daban fuerzas, saber que aquella elfa había dado muerte a uno de los tigres de Makar era una cosa digna de mención, así que se dispuso terminar lo antes posible con esa lucha, así que se lanzó a la carga el tiempo apremiaba en Yávëtil. La falsa Uinen fue la que atacó más rápido, veía como sangraba a chorros, así que cuando esta atacó Aika giro sobre sí mismo y le clavó la espada en él estomago atravesándola, la falsa Uinen mascullo unas palabras y cayó sobre Aika sin vida. Un susurro recorrió las gradas, todos estabas extrañados nunca antes había dado muerte a un tigre de esos con tan poco tiempo y con las heridas que ya tenía Aika, pero por eso era él el Heraldo de Makar. Ahora solo le quedaba uno por matar y ahora lo miraba con la cabeza medio agachada, la melena antes rubia ahora apelmazada por la sangre le caía en la cara mientras en su rostro una sonrisa lo surcaba, sus ojos se cruzaron un segundo y la tensión se masco desde todos los lados. Aika salió corriendo con una gran velocidad y agilidad que cogió por sorpresa a la falsa Gil-gaer, saltó y derribo a su oponente, ahora estaba sentado encima de ella, mientras esta intentaba sacárselo de encima. Logro darle la vuelta pero Aika la sujetaba con piernas y brazos, mientras sus manos se posaban en la cabeza de esta y con un rápido movimiento le rompió el cuello. Las gradas se alzaron en un clamor mientras Aika se levantaba y solo miraba a Annamel, dejo las armas en el suelo y salió tambaleándose hacía ella, toda la fuerza de la que hiciera ostentación hace unos segundos se fue, la vista se le nublaba por la falta se sangre, solo consiguió llegar hasta donde estaba esta y caer desfallecido al suelo.
Valandil Súleglîn
Valandil esperaba en los jardines de la ciudad a su hermano Aikánaro pero este no había aparecido por allí, le extrañaba tan inusual retraso en él pues Aika siempre cumplía con los horarios. ¿Qué haría Annamel?¿Consiguió encontrar a Aikanáro?...estas preguntas y algunas más surcaban la mente del maia cuando de repente un estrepitoso rugido se clavaba en su mente...era la voz de su hermano pronunciando su nombre...pero...¿desde dónde le llamaba?...el maia cerró los ojos y tomó aire profundamente e intentó rastrear con su poderes palmo a palmo la ciudad para encontrar a Aikanáro pero no hubo suerte ni tampoco con Annamel...en cambio si pudo percibir el aura de los Ohtar...pronto estarían reunidos los cinco de nuevo...
Fue entonces cuando el grito de una mujer le sorprendió y se acercó detrás de una enorme fuente donde le había parecido escuchar aquel aterrador grito...
Cuando Súleglîn vio con sus ojos la escena se quedó petrificado...una figura extraña envuelta en una túnica negra que cubría su cuerpo por completo y de color negro con brillo metálico...quien quiera que fuese se encontraba inclinado sobre el cuerpo de una bella mujer de largos cabellos rizados y dorados...mechones de oro y cuando la miró a los ojos y contempló sus ropajes supo que se trataba de una oarni...su rostro estaba pálido como si le hubiesen vaciado su energía vital...pero aún en el brillaba en ella el calor de la vida...aunque poca fuese la que le quedaba...
Sin pensarlo Súleglîn saltó y le dio una patada giratoria a la vez que caía al ser oscuro que nada bueno estaba haciendo...no le hizo falta verlo o comprobarlo pues al darle la patada el misterioso ser se fue hacia atrás y comenzó a respirar irregularmente y cada vez que tomaba el aire sonaba como si una terrible brisa entrase en una gran cueva oscura...y cuando soltaba el aire un hedor...se acumulaba a su alrededor...
Valandil antes de continuar atacando se giró pudo contemplar como del oido de la bella mujer marina emanaba un hilito de sangre...entonces tomó a la Oarni y abrazándola junto a él le dijo:
-No temáis bella mujer, os protegeré no dejaré que este ser os ponga las sucias manos encima.- Dijo con Furia el maia
-Mis días de belleza y de cantar quizás estén acabados...hoy allarán su fin...salvaros...no os enfrentéis a un mal que desconocéis...por favor....
-Tus días no acaban ni terminan hoy pues ahora en cuanto veamos que tramaba esta bestia te llevaré junto a Aikanáro y el sabrá como curarte y devolverte la alegría por cantar.
-No arriesgues tanto por mí...
Súleglîn se giró y pudo contemplar como aquella figura del ser abominable se tumbó bocabajo sobre el suelo y el volumen de su cuerpo comenzo a reptar hasta él...tomó a la Oarni y la puso sobre el murete de la fuente y se lanzó sobre la sombra a estrujar su cuello pero se dió cuenta que era realmente como una sombra y nada le hacía y comenzó a ascender por sus piernas enroscandose y envolviendo el cuerpo del maia en una eterna oscuridad...de pronto el maia era la figura de un elfo devorado por la sombra...una silueta negra...más oscura que el vientre de Ungoliant, Súleglîn se asfixiaba no conseguía respirar y veía todo oscurecido y su cuerpo comenzaba a flaquear el temible abrazo de la mortal sombra lo devoraba...fue cuando recordó un hechizo del grimnoir y lo recitó:
\"Que la luz que emana de mis ojos se expanda por mi piel, que brille con la fuerza del sol al amanecer...llévate la oscuridad que pretende enturbiecer y ensombrar mi vida...¡ahora brilla!\"
Una intensa luz emitida del cuerpo del maia disolvió a la sombra en miles de puntos negros que ahora pululaban en el aire. Cada mota oscura comenzó a juntarse con otra hasta que todas juntas conformaron de nuevo la misma silueta...¿Que demonios era aquello?...jamás había visto algo semejante...o al menos que el recordase...
El maia saltó por encima de la sombra y tomó a la Oarni y mirándola habló con ella para tranquilizarla:
-No os preocupéis...lo destruiremos...¿cómo os llamáis?...
-Nora señor...me llamo Nora.
El extraño atacante alzó un canto siniestro y el cielo se nubló y de las nubes oscuras precipitaron cinco grandes cristales oscuros que al depositarse sobre el suelo se rompieron y de ellos salieron cinco lobos diminutos que en cuestión de segundos alcanzaron el tamaño de un humano...
Los cinco lobos se precipitaron sobre la Oarni...parecían ignorar al maia...pero este se interpuso entre las garras y dientes del enemigo y los cabellos dorados de Nora...su cuerpo caía inerte sobre la Oarni al recibir el impacto de aquellas bestias sobre sus carnes.
Lo último que pasaba era como la sombra se acercaba y cogía el cuerpo de ambos y arrastrándolos por los pelos los sacaba fuera de la ciudad...
Aikanáro Tîwele
Sentía el clamor de las gradas, pero todo era oscuridad, sintió como cuatro fuertes brazos lo alzaban y lo posaban sobre un camastro y se lo llevaban. El aroma a aceites empezaba a llenar el aire mientras el seguía en esa oscuridad pero sabía donde iría. Se lo llevaban a las salas de curación para que las doncellas lo curasen así que se dejo transportar y caer en esa dulce oscuridad, las manos se posaron en su cuerpo y lo dejaron en una gran mesa de mármol, escucho como los pasos de los soldados se alejaban y el sonido de dulces voces llenaba la sala. Estas cantaban canciones de Makar, canciones que solo ellas conocían y le fueron quitando los ropajes, con agua tibia limpiaron su cuerpo, la melena rubia fue limpiada y trenzada de nuevo, sintió como le pasaban una esponja con aceite de almendras, que le daría brillo a su piel tostada. Notaba que allí no estaba solo, notaba la presencia de Annamel y eso le confortaba, no había muerto en la batalla y eso ya era todo un logro. Así con tales atenciones no tardo en quedarse profundamente dormido, osa que le iría bien ya que le daría fuerzas para lo que le esperaba cuando regresara a Yávëtil.
Pero de golpe fue despertado asaltado por los lloros de una dama, allí en el suelo tumbada lloraba Annamel, Aika la miraba extrañada que le ocurría para que llorara tan desconsolada, paro atención a lo que decía y pudo escuchar:
- Es mi culpa, por que has muerto, no me lo perdonara jamás Valandil, lo siento mi amor…- decía mientras Aika se erguía y cogiendo la sabana que lo cubría se la ató a la cintura.
Poso sus pies en las losas blancas de la estancia y se acercó lentamente hacía la dama que lloraba, las lágrimas no tardaron en surcar ese rostro y agachándose poso una mano en el hombro de la dama y le dijo:
- No llores pequeña, no temas estoy bien.- le dijo esbozando una gran sonrisa
Annamel se giró y vio el rostro de Aika, las trenzas doradas le caían en el rostro que denotaba una gran felicidad, veía como furtivas lágrimas surcaban el rostro del guerrero y le dijo:
- Pensaba que estabas muerto, me desperté y vi tu cuerpo no se movía. Te zarandee y lo golpee y no despertaste por eso creí que habías muerto.
- Tranquila, ahora todo a pasado y no te preocupes por mi, solo estaba curándome. Makar me enseño a caer en un trancé que hace que las heridas curen mas rápido, siento haberte asustado ya que tu no sabías eso, una de las confusiones mas frecuentes con los que no lo conocen es esa, la muerte pero ahora…- decía cuando las puertas se abrieron y por ellas entraron las doncellas portando bellos vestidos.
Una de las elfas se acercó a Aika y le dijo:
- Ya veo que las heridas han cicatrizado bien- decía mientras pasaba su suave mano por la piel desnuda de este.
- Ya veis que si, son los cuidados de las doncellas que hacen que este así de bien- le respondió con una sonrisa picara
- Ahora debéis prepararos, la dama va a ser nombrada Doncella de Makar y tiene que estar presentable al igual que vos- le dijo mientras hacía un gesto al resto de elfas que entraron portando unos trajes plateados.
Aika asintió y se encamino hacía una puerta lateral seguido por dos bellas elfas, Annamel lo miró extrañada pero antes de que fuera a hablar una de las que se quedaron en la sala le dijeron:
- El Heraldo Aikanáro va a preparase, cosa que ahora haremos contigo. Toda Valinor estará cuando salgas junto a el, así que debéis estar presentable para presentaros ante los Valar.
- ¿Cómo los Valar estarán aquí?- pregunto Annamel nerviosa
- Si, ¿acaso no sabéis la responsabilidad y el honor que tenéis ahora?- dijo una extrañada
- Se que debía ganar a un tigre nada mas- respondió mientras le ponían un bello traje plateado.
- Mirad no se si debería decíroslo pero ahora seréis envestida como soldado del ejercito de los Valar, Doncella de Makar- le dijo la elfa mientras le ponía una gargantilla de diamantes
Una elfa entró portando una piel de tigre blanco en sus manos, la elfa se acercó le puso la piel sobre los hombros, la cabeza del tigre se posaba en su pecho mientras que las patas del animal se cerraban sobre el hombro izquierdo. Y cuando ya estaba lista Aika entró por la puerta por la cual había salido hace poco. Lo miró y vio aun apuesto caballero, su melena dorada estaba trenzada y en la frente llevaba un zafiro azul, La Lagrima de las Oarni, vestía un traje de color plateado bordado con mithril y sus hombros estaban cubiertos por una piel de tigre. Se acercó a Annamel y le dijo:
- A llegado la hora, ¿estas preparada?
Annamel
La muchacha miró a Aikánaro, y se hizo la misma pregunta en su mente.
¿Lo estaba? ¿preparada para qué? ¿qué sería lo siguiente?, esperó que no más combates, pues ya no recordaba cuál fue el último de sus momentos de paz…Valandil…¿qué estaría haciendo el maia en esos momentos?, deseaba que estuviera allí con ella, para apoyarla en el acto en el que la iban a investir Doncella de Makar, ¿se estaría él preguntando dónde estaba, y dónde estaba su hermano? …pero la voz de Aika la sacó de sus pensamientos.
- Annamel…vamos, nos esperan – y le tendió una mano.
- Claro, perdona – dijo ella cogiendo la mano que él le ofrecía – supongo que estoy preparada, y que no haya que matar a nadie más – y rieron los dos ligeramente- Así vestido parecéis un gran rey Aikánaro, una vez os doy las gracias por todo, sin ti en la arena no sé si lo hubiese logrado.
Aikánaro le sonrió y le dio un apretón en la mano.
- No hay nada que no hiciera por mi hermano, tu serás su esposa en poco tiempo, así que tampoco habrá nada que no hiciera por ti, pues tú serás mi hermana, sólo velo por aquello que amo, y tu vida es ahora preciosa para mí tanto como para Valandil.
Mientras hablaban iban caminando por otro largo pasillo, de suelos blanco inmaculado. Finalmente llegaron ante otra puerta de grandes dimensiones, pero más pequeña que aquella que le dio la entrada a la Corte de Makar. De nuevo se detuvieron ante ella.
- Annamel, hay otra cosa antes que quisiera que supieras antes de entrar. Ya sabes que los Valar estarán aquí, pero además hay otras dos personas que estarán presentes y que son muy especiales para ti…Eonwe e Itaril.
La dama dorada abrió de par en par sus grandes ojos ante la sorpresa que le causaban las palabras del heraldo de Makar, ¿sus padres detrás de aquella puerta?, el labio le tembló, una oleada de nostalgia la invadió, y dos lágrimas resbalaron por sus mejillas, tras las cuales llegó un llanto largo tiempo contenido. Aika al verla así no pudo menos que abrazarla en un acto de consuelo, y así quedaron ante la puerta unos minutos, mientras Annamel dejaba fluir sentimientos que habían vivido mucho tiempo en su interior, y Aikanaro le prestaba su hombro conmovido por sus lágrimas. Finalmente la elfa se separó del abrazo del guerrero, tenía los ojos un poco irritados, pero ahora le sonreía, ya no había aquel velo de nostalgia en aquellos ojos dorados, ahora estaban por fin limpios.
El elfo le limpió la cara lo mejor que pudo.
- Sonríe Annamel, hoy tú eres la protagonista, tienes porte de reina, la Corte de Makar te espera junto con la de Valinor para darte la bienvenida, para aplaudir tu valentía y coraje, lo has hecho muy bien, Valandil estará orgulloso de ti, y ahora adelante mi Doncella de Makar.- y le guiñó un ojo.
Y las puertas se abrieron invitándoles a pasar.
Valandil Súleglîn
Atado a una columna con cadenas de mithril se hallaba el maia. En medio de una gran oscuridad que no parecía tener fin. Valandil intentó concentrar sus energías en liberarse de aquellas cadenas con su mente pero no pudo pues estaban protegidas por un sortilegio poderoso que anulaba su magia. Trató de librarse a la fuerza pero las cadenas parecían que cada vez le apretaban más…
-¡Muéstrate, sombra cobarde! Te aseguro que me cobraré esta osadía y tendrás suerte si soy yo quien te haga justicia…pues si te hallase mi hermano la muerte sería lo más dulce.-gritaba Valandil exasperado.
Una carcajada maliciosa y gélida comienzo a reverberar en aquellas oscuras estancias y traspasó el alma del maia como si centenares de agujas afiladas se le clavasen con ansia. Fue cuando notó que en la habitación se encontraba Nora y otra presencia…pérfida y poderosa y astuta…
-¡Nora!¿Estáis bien?...os sacaré de aquí no debéis temer por nada no ocurrirá nada. Aikanáro vendrá a buscarnos o seremos nosotros quien nos vayamos pero no te preocupes.
-Ya te dije que no merecía la pena que arriesgases tu vida por mi…acabará con los dos…estamos perdidos…
-¡No! No lo estamos, hay que avisar a Aikánaro y a Annamel…ellos recibiran mi mensaje…espero que lo sepan interpretar.
Súleglîn se concentró y comenzó a rastrear con la mente el lugar en el que se hallaba, necesitaba situarse en algún sitio para poder mandar su mensaje a Annamel y Aikanáro…pero aquella habitación también estaba a prueba de sus poderes…parecía una prisión construida contra él.
-¡Nora! Mi magia no funciona…y estas cadenas cada vez que hago algo me aprietan más. Tenemos que burlar al encantamiento y solo así tendremos una oportunidad de contactar con el exterior y pedir ayuda…voy a provocar una serie de señales pues no se donde nos encontramos y luego dispersaré en varias millas a la redonda una explosión con mis pensamientos de forma que cuando choquen contra alguien que pueda leerlos penetren en su mente y como una sucesión de imágenes recuerdos se graben en su mente y puedan ayudarnos…
-¿Qué puedo hacer?¿Cómo romperemos el hechizo?
-Canta un sortilegio de los que aprendiste en el mar.
Nora empezó a cantar y un rayo de luz y esperanza parecía arrasar en la oscuridad, era su voz dulce que se imponía como una fuerza suprema del bien que disipaba las tinieblas de un lugar emponzoñado por la maldad.
Valandil se concentró y conjuró una gran tormenta, de repente un fuerte viento parecía sonar en alguna parte. Súleglîn pudo ver en una visión como el cielo se tornaba rojizo y oscurecía ante la presencia de unas nubes oscuras y grandes, el sol engullido era y el día moría lentamente en la oscuridad. Un intenso olor a humedad llegaba al maia a pesar de que estuviese en aquella habitación encerrada su mente se hallaba inmersa en la conjuración de la tormenta, instantes después un estruendo estremeció la sala y en pocos segundos otra vez. Era la hora de enviar el mensaje, Nora seguía cantando, Valandil concentró de nuevo su magia en sus recuerdos y por un instante emitió un brillo diamantino y después perdió el conocimiento, ahora en unas cuantas millas a la redonda si Annamel y Aikanáro se encontraban cerca lo recibirían.
Pero pasó que el captor ya contaba con aquello e interceptó el mensaje y lo intentó modificar y lo que hizo fue distorsionarlo. Pues el mensaje todo Lempë Ohtari surcó y a la mente de Annamel y Aika llegó. Justo a la vez Aikanáro y Annamel sintieron un intenso chirrido estridente que les desgarraba y un grito desesperado y tras este horrible ruido la voz de Valandil pidiendo ayuda y de fondo una Oarni entonando un sortilegio, además a Aikánaro le vino a la mente una visión del pasado más cercano casi el presente y pudo ver a Valandil en un templo encadenado a una columna y a su vez malherido y junto con el una Oarni corría la misma suerte. Annamel interceptó otra visión del pasado más lejano y pudo ver justo desde cuando el maia halló a la Oarni mal herida hasta uqe acabó preso de las garras de su captor. Pero ni uno ni otro tuvieron una visión clara de donde se hallaba y tampoco tenían claro que eso fuese un mensaje de auxilio o más bien una trampa o una confusión de ellos mismos por los últimos sucesos vividos.
Una gran tormenta como no se recordaba se acercaba furiosa y majestuosa hacia Yavëtil, ¿sabrían interpretar aquellas señales y el mal augurio su hermano y futura mujer?.
-Nora, tenemos que ir ideando un plan por si acaso no vienen a rescatarnos no podemos consentir perecer sin luchar, ¿cómo te encuentras?
-Débil, señor…se me van las fuerzas por momentos.
-Intenta descansar, ya se me ocurrirá algo y te despertaré…
Aikanáro Tîwele
La sala estalló en aplausos cuando Annamel entró en esta seguido de cerca por Aikanáro que miraba orgulloso a la elfa. Caminaron por un largo pasillo de mármol blanco, veían a su paso bellos elfos ataviados con sus mejores galas para la ceremonia. Aikanáro miró a Annamel y le dijo:
- Ahora dirán tu nombre, cuando lo escuches acércate sin miedos
- Gracias por todo ahora comprendo por que te aprecia tanto Valandil- le respondió sonriendo.
Los dos siguieron hasta quedar delante de la tribuna, allí sentados estaban las Cortes de Valinor al completo. Los Valar sentados entorno a Makar, los dos vieron sus rostros y como estos les sonreían mientras aplaudían, llegaron hasta donde un pequeño estrado, subieron las dos escaleras y dijeron:
-¡ Salve señores de Arda!
Makar se alzó y dijo:
- Acércate Dama Annamel
Annamel se acercó hasta quedar a unos escasos metros de los Valar, aunque intentara disimular Aika podía ver como la elfa hacía máximos esfuerzos para mantener la compostura ante los Valar, el que se había criado entre ellos aun sentía el poder de ser contemplado por ellos, sentía como su mirada te hiciera empequeñecer. Makar miró a la elfa y dijo abriendo los brazos mientras miraba a la sala:
- E aquí a la dama Annamel, aquella que por su coraje dio muerte al tigre. Se le pidió que combatiera y así lo hizo, se le pidió que venciera y lo cumplió, dio muerte al tigre que representó lo que más ama y con su muerte ganó un lugar de honor entre nosotros. Por eso Annamel, doncella de puro corazón se te nombrara como Doncella de Makar y así formaras parte de nuestra corte con los derechos y obligaciones que conlleva este nombramiento. ¿Aceptáis entonces?
- Con gran honor acepto entrar a formar parte de vuestra corte, con honor y justicia la defenderé de aquellos que osen mancillarla o atacarla- respondió la elfa con gran orgullo.
- ¡Entonces que empiece el ritual!- gritó Makar
Dos Doncellas de Arien descendieron de la tribuna portando en sus manos sendos cuencos de plata. Las elfas caminaron hasta quedar delante de Annamel pero cuando se disponían a empezar Aika dijo:
- Señor, os pediría que me dejarías ser yo el que le pusiera los símbolos. Como Heraldo de Makar puedo reclamar esta ceremonia y ser yo quien se los ponga, por eso os lo pido- dijo mientras bajaba la cabeza en señal de respeto. Los Valar hablaron entre sí y fue Uinen la que respondió:
- O Príncipe de las Oarnis y de los Teleri, y Heraldo de Makar estáis en lo cierto por vuestro cargo podéis reclamar tal poder. Nosotros no encontramos ninguna razón por la que no deba de serte concedida, ¿a menos qué la Dama Annamel conozca alguno?- dijo mirando a la elfa
- No conozco a nadie mejor que Aikanáro para ponérmelos, Señora de los Mares- dijo la elfa.
- Entonces sed vos quien se los ponga, Aikanáro- respondió Uinen.
Aika asintió y miro a Annamel y esta le sonrió, cogió un cuenco de las manos de las elfas y empezó a trazar los símbolos en la piel dorada de la elfa. Los cánticos se alzaron en un gran coro de dulces voces, la piel dorada de la elfa estaba siendo pintada con intrincados símbolos, y fue cuando Aika ya estaba terminando cuando un rastro de dolor surcó el rostro de este, Annamel lo miro y le dijo preocupada:
- ¿Estas bien?
- Si tranquila, es que sentí como si alguien me llamara... estaba diciendo cuando el cuenco se le escapo de las manos y se estrello en el suelo.
Aika se llevó las manos a la cabeza mientras en su cara se veía que sentía un gran dolor, un fuerte chirrido recorrió el cerebro de Aika, este no paraba de hacerse cada vez más fuerte y fue tal el dolor que sentía que cayó al suelo de rodillas retorciéndose de dolor.
Los Valar se alzaron de sus tronos asustados al ver caer a Aikanáro, Uinen fue la primera en descender las gradas corriendo e ir junto al cuerpo de Aika que no paraba de retorcerse en el suelo. Gritaba de dolor mientras la consternación y la sorpresa invadían la sala.
Aika empezó a ver lo que parecía un templo, en él había unas grandes columnas y en ellas estaban atadas dos personas, paro atención a las figuras y empezó a verlas más nítidamente. Se fijo que una era una mujer y otra un hombre, los dos estaban malheridos, pero los cabellos del hombre no le dejaban ver su rostro y el de la mujer le era vagamente conocido pero de golpe vio algo que le sacudió todo su ser, el hombre era Valandil. No hacía falta verle el rostro para saberlo ya que en su pecho colgaba un medallón que le regalara en su cumpleaños. Se alzó del suelo y entonces miró a su alrededor, vio las caras de miedo de los allí presentes y les dijo:
- No temáis por mí, Valandil me llama esta en peligro- dijo mirando a Annamel
- Partid ahora Aikanáro ya que si tardáis mucho me temo que no lo volveréis a ver- dijo Mandos para asombró de todos
- Pos con vuestro permiso parto de inmediato- dijo mientras salía de la sala a gran velocidad.
- Vigila con la sombra, ella os quiere a vos y no a vuestro hermano. Sois una presa más gustosa recordadlo- dijo Uinen
- Lo recordaré Señora de los Mares, dad recuerdos a mi madre y decidle que su hijo la quiere- gritó mientras salía por las grandes puertas seguido por Annamel
Los dos recorrieron los grandes corredores de las estancias de Makar, Aikanáro no paraba de decir “aguanta, aguanta hermano voy en tu busca”. Ya estaban cerca de la Última Puerta, la que les llevaría de vuelta al Palacio del Sol.
Aikanáro no se detuvo al verlas cerradas, siguió corriendo como si fuera un caballo desbocado hasta que un estruendo se escuchó cuando las hojas de madera golpearon contra el cuerpo de Aika, las puertas se abrieron de golpe golpeando las paredes del Palacio del Sol. Fuera se escuchaba una gran algarabía, los gritos de los soldados le hicieron temer lo peor, habían logrado entrar dentro de la ciudad mientras él estaba fuera. Corría por los pasillos mientras Annamel intentaba que no la dejara atrás, pero al girar por un pasillo impacto contra una elfa, los dos cayeron al suelo, Aika miró a la elfa y le dijo:
- ¿Estas bien?
- Si mi señor, esperábamos vuestro regreso por que Valandil a desaparecido, no lo encuentran en la ciudad hemos buscado por todos los rincones y no aparece.
- ¿Cómo que no aparece?- dijo Annamel
Sonyariel Lisse
El ejército de Eru Andorya, cabalgó raudamente hasta que la noche cayó sobre ellos en la rivera del Sirglin, en donde decidieron acampar.
Caragant se acercó a Darlak al ver que estaba preparando su caballo.
- Mi amigo ¿qué haces?
- Es extraño que aún queden algunos poblados en pie, el enemigo ha mermado la mayoría de los que hemos visto en el camino. Quiero ir a investigar como está la situación en aquel lugar que vimos a lo lejos.
- Voy contigo, no es prudente salir solo con la guerra pisándonos los talones.
- Hubiera querido llegar lo más pronto posible hacia Yävetil, pero no quiero llegar con los hombres agotados, sería llevarlos a la muerte segura.
- ¿Y quién nos asegura que no será así?
- Espero no pensar en ello.
Cabalgaron gran parte del trayecto en silencio. Se encontraron con un poblado de campesinos, sus calles estaban casi abandonadas, de improviso frenaron ante el estruendo proveniente de una posada de la cual salían raudamente algunos borrachos de aquel lugar.
- ¿Pero que ocurre?- preguntó el elfo, pero no alcanzó a recibir respuesta al ser interumpido por un hombre que salió despedido desde la ventana de la posada. Las risotadas se escucharon entre los presentes, en especial al ver salir tras él una delgada figura cubierta por una capa tratando de esquivar los golpes de otro hombre que le doblaba en tamaño. A la salida fue rodeada por otros tres que supuestamente esperaban a sus compañeros.
- Esto está muy desigual musitó Darlak.
- Pero parece que la humana sabe lo que hace.
- ¿Una mujer?
Darlak se bajó del caballo sin escuchar las palabras de su amigo y se lanzó en medio del ataque encontrándose en seco con un puñetazo de la mujer que lo lanzó lejos. Ella al percatarse de su equivoco, corrió donde el maltrecho elfo.
- ¡Por Eru! ¿Te hice daño?
- No... Sólo en mi orgullo… ¡Cuidado tras de ti!
La joven posó ambas manos en el piso, quedando con su rostro a escasos centímetros del elfo que, por primera vez se percató de sus ojos color miel, la joven con agilidad giró sobre si misma sujetando con sus piernas el cuello de aquel individuo y lo presionó con fuerza hasta levantarlo y lanzarlo lejos cayendo inconciente.
Luego volvió a girar propinándole una feroz patada en el rostro a otro que se acercaba, antes de quedar en una extraña posición de ataque a ras del piso. Su mirada estaba llena de adrenalina, más en su rostro se notaba un dejo de placer.
Caragant mientras tanto se había acercado a Darlak que aún se encontraba en el suelo absorto de los movimientos de aquella desconocida.
- Amigo, esa forma de pelea no es característica de estas zonas.
- Lo se, creo que proviene del este.
Confiada se levantó y se acercó a uno de los que estaban inconcientes, sin percatarse de que alguien se acercaba por su espalda asiéndola fuertemente, mientras otro se acercaba con una espada amenazante.
- ¡Maldito ladrón! ¡Saca tus sucias manos de mi espada!
Darlak hizo ademán de acercarse, pero vio como la joven meneó su cabeza en señal de negación. Supo que era mejor no inmiscuirse.
La humana pegó un grito y le dio una fuerte patada en las partes nobles de su captor logrando liberarse.
El fuego surcó sus ojos cristalinos, y con rapidez esquivó el golpe que venía de la espada, se movió como una sombra hacia la derecha consiguiendo sostenerla por el mango y le propinó un codazo en la sien de su portador, dejándolo inconciente.
Logró asir la espada y la lanzó incrustándosela en el pie del último que se levantaba amenazante al mismo tiempo que éste sacaba una cuchilla de su bota.
Se acercó lento al hombre, su mirada ya no era la misma. Sacando con fuerza la espada de su pie, dio un grito y giró colocando la espada en el cuello de aquél. Se acercó al rostro del hombre, presionando con su espada su cuello inmundo, y se asomó un pequeño hilo de sangre que corrió por el cuello.
- Si no hubiera tanta gente mirando, ten presente que ya estarías muerto maldito…
Tomó del bolsillo de aquel hombre una bolsa de cuero negro, el cual abrió y sacó un relicario con el símbolo de Urulóke, besándolo. Limpió su espada y la guardó en el cinto antes de montar a su caballo.
El elfo se le acercó sonriente.
- Eres hábil mujer.
- Fui entrenada por la mejor… respondió, la joven.
- ¿Dónde irás?
- ¿Qué?... ¿Acaso es un interrogatorio?
- Lo siento, es que me intrigas.
La joven con una sonrisa en los labios, lo miró y dijo:
- Necesito comer y darme un baño, pensaba buscar algo no “tan movido”.
- Pues no creo que encuentres alguna posada cerca.
- Y acaso tienes algo que ofrecerme.
- Por la comida no te preocupes, y por el baño… el río esta cerca, acampamos esta noche en la rivera. Puedes quedarte con nosotros, no te preocupes por mis hombres, no te molestarán.
-¿Tus hombres?- La joven miró al elfo y se le acercó rozándole con un pequeño soplo en la mejilla le susurró… - No me preocupo por ellos, me preocupo por ti… cuidado cariño… que mi espada es rápida.- la joven terminó dándole un mordisco en la oreja, provocando que el elfo se sonrojara.
Caragant que reía entretenido se acercó a Darlak para prevenirle. - Cuidado amigo, está jugando contigo.
Annamel
A Annamel se le dibujó la preocupación en el rostro, de pronto Valandil había desaparecido, y nadie sabía nada, ni había visto nada, tan sólo Aikánaro había sentido la llamada del maia, y lo que era peor, estaba en peligro, pero en qué clase de peligro?
La elfa buscó la mirada de Aika, en la cara de este también encontró la preocupación, y algo más que no supo definir, pero que le dio miedo, sin embargo quería saber, necesitaba saber…
- Aikánaro Tiwele – le dijo - ¿ qué está pasando aquí?. Dímelo, porque sé que hay algo que no me habéis contado, y aunque no lo creas siento igual que tú que se aproxima una fuerza oscura, antigua, poderosa…dime la verdad, esto no ha hecho más que empezar, ¿no?
El elfo no le contestó, la miró indeciso.
- Como quieras, pero no pienso descansar hasta encontrar a Valandil, y si para eso tengo que levantar todas y cada una de las piedras de esta ciudad no dudes que lo haré, no me voy a quedar quieta esperando a ver qué pasará, él nos necesita.
El elfo seguía sin reaccionar. Annamel se llevó las manos a la cintura en un gesto de impaciencia, aún iba ataviada con las vestiduras de la ceremonia en la que había sido nombrada Doncella de Makar, y aún llevaba los símbolos en el rostro. Finalmente dio media vuelta, dispuesta a empezar la búsqueda sola, cuando la mano de Aikánaro se posó firmemente en su hombro.
- Espera Annamel, tienes razón, esto no ha hecho más que empezar…
Valandil Súleglîn
Súleglîn recobraba la consciencia allí donde estuviera, no podía saber con exactitud cuanto tiempo había transcurrido encerrado en aquel lugar y la desesperación por no poder hacer nada crecía en él.
Fue entonces cuando una terrible y maliciosa carcajada retumbó en las estancias y de repente en la oscuridad el frío comenzó a brotar...
-¡Nora!¿Estás bien?¿Te han hecho daño?-preguntaba el maia.
-¡Valandil! Viene otra vez y viene a por mí, salvad vuestra vida tenéis que huir lejos de él...¡Por favor!...
La voz de la Oarni se debilitaba cuando un grito desgarrador se le escapó y llenó la oscuridad de una terrible pesadumbre, Nora acaba de ser herida de muerte, su vida se escapaba, y como el final de un cántico hermosísimo su voz se apagó y la esencia de la magia de su voz desapareció.
Valandil notaba como algo rondaba a su alrededor cuando de repente esa presencia le dijo:
-Para ti, disfrútala, esto es solo por ti, ella ha muerto por tu culpa…mírate que misieria de espíritu portador de la gracia de Eru eres…das asco con solo ver tu rostro…tanta inseguridad…pero esto pronto puede acabar…ahora disfruta de lo que has obtenido.
Tras acabar de hablar quien quiera que fuese arrojó sobre Valandil el cuerpo de Nora degollado y lo dejó allí para que se siguiera desangrando junto a él y lo empapara con su sangre.
En la cabeza del maia los pensamientos no le abandonaban y no comprendía nada de aquello, pero ¿Dónde estaba su hermano?¿Y su mujer?...¿Qué había sido de Yárfaila y su promesa?...ellos no aparecerían al menos no mientras permaneciese oculto y retenido en aquella extraña estancia, tenía que hacer algo.
Valandil miró al techo y su mirada se perdió en la eterna oscuridad y sus ojos blancos como la luz de las estrellas se tornaron…y una vez más la luz que lo trajo al mundo iluminó aquella estancia, las cadenas cedieron ante tal potencial de fuerza emanando de sus venas. Su cuerpo comenzó a elevarse y su mirada penetrante como los puñales del acero más firme abrieron una fisura en el techo de aquella estancia. Su cuerpo comenzó a flotar en el aire y se elevó hasta el exterior una vez fuera cada vena de su cuerpo comenzó a marcarse y a ver como por ellas fluía algo más que su sangre, el contorno de sus ojos se comenzó a tornar oscuro como la noche y aterrador como la mirada de Morgoth. La irradiación de luz desapareció y su cuerpo calló sobre el follaje, estaba mal herido pero su estado de rabia e ira le impedían sentir dolor alguno. Comenzó a gritar, su voz ahora era grave y poseía un eco extraño:
-Ha llegado la hora…la hora de acabar con todo…-
Echándose a la carrera consiguió encontrar en la lejanía la figura de dos seres corriendo y cuando se acercó a ellos los cuales notaron su presencia y rápidamente se giraron esquivando una arremetida dirigida contra ellos.
-¡Valandil!, ¿Qué haces? ¿Estás bien?-gritaba Annamel acercándose a él.
Inmediatamente el maia se acercó a la elfa y situándose detrás de ella le puso una daga a nivel del cuello y dijo:
-Aikanáro suelta todas tus armas ahí, ahora o la sangre de esta dama será vertida y será responsabilidad tuya, mira mis ojos y recuerda quien soy y quien fui porque pronto verás quien seré.
Aikanáro no tenía otra que acceder a aquella petición, la locura de aquella escena era total, sin embargo, en su cabeza comenzaron a vislumbrarse los rasgos de un antiguo rostro olvidado, un rostro oscuro y que le era doloroso recordar…aún no sabía quien era cuando un fuerte golpe sobre la boca del estómago le hizo caer al suelo. Tras dejar en ese estado a Aika, Valandil cogió a Annamel la cual ofreció batalla al maia y sintió la fuerza de Makar en ella, pero el maia la tomó y de nuevo fue a asestarle una estocada mortal cuando su brazo se opuso a ni tan si quiera rozar a la dama dorada.
Los ojos del maia cobraban su color normal pero su piel se oscurecía momentáneamente.
-Annamel, libérame…mátame…no me dejas seguir con esta locura…si tu no lo haces obligare a que Aikanáro lo haga…libérame mi amor…
Annamel al oir aquello cayó de rodillas llorando diciendo una y otra vez que no podía, Valandil la besó y abrazó y secó sus lágrimas y le susurró:
-Adios mi amor, te quiero y siempre te querré recuerda que en las estrellas te esperaré.
Súleglîn de nuevo fue tomado por la sombra y se lanzó a combatir contra Aikanáro el cual le esperaba ya en posición defensiva.
Darlak
Darlak esperaba sentado en el tronco caído de un árbol a que Sonyariel, la extraña mujer con la que se habían topado en la aldea terminara de bañarse en el río que había cerca del improvisado campamento que habían construido.
Estaban a medio camino de Yavetil, pero ya los exploradores les habían confirmado que la guerra parecía haberse detenido, aunque se esperaba que los atacantes se replegasen y volvieran a atacar. Darlak se preguntaba cómo estarían los demás. Todos estaban descansando preparándose para ir a la guerra menos algunos de los elfos que, dirigidos por Melêl habían viajado al bosque. Se encontrarían de nuevo en Yavetil.
Sonyariel le había pedido al medio elfo que le esperaba mientras ella terminaba de bañarse en el río para que no fuera interrumpida. Darlak había tenido que contener a sus hombres, ya que estaban exaltados con la presencia de la mujer. Verdaderamente, la mujer era fascinante, ni siquiera Darlak lo podía negar que había quedado perplejo ante la bravura y decisión de la mujer que le había pedido que les acompañara a la guerra.
De pronto, un grito le distrajo. Venía de la orilla del río. Darlak se puso de pie y dirigió su mirada hacia allá y se encontró a lo lejos con el cuerpo desnudo de Sonyariel. Alguien le había robado sus ropas.
Darlak se quedó por un momento perplejo porque, ensimismado en sus pensamientos no se había dado cuenta del suceso...
Elêth Niramar
Una sombra sonreía picaronamente mientras observaba a la dueña de las ropas que conservaba entre sus manos buscar desesperadamente sus pertenencias. No muy lejos de allí, otra figura que no alcanzaba a identificar parecía acercarse hacia el lugar. Teniendo en cuenta los tiempos que corrían, la sombra decidió salir de su escondite antes de que su broma se convirtiera en algo más serio.
Una carcajada se oyó en el río y Sonyariel, levantó la cabeza, consciente de que aquella risa la había oído en algún lugar. Miró hacia todas direcciones sin conseguir observar a nadie y, finalmente, una figura salió de las sombras y se quedó frente a ella.
- Debo decir que no pensaba que fuera tan facil dejarte sin ropa... Sonyariel, lamento decirte que estás perdiendo facultades... ¿Desde cuando bajas la guardia mientras te tomas un baño? Cuándo nos separamos no habría podido acercarse ni una mosca a tus ropas -dijo, intentando aparentar decepcionada, pero sin darle importancia al asunto. Alargando la conversación mientras esperaba que su amiga la reconociera.
- Tú... tú eres...
- Vamos mujer -la apremió la nueva joven.- No hace tanto que decidiste abandonarme a mi suerte.
- Nira... -dijo con un atisbo de rábia.- Elêth Niramar...
- La misma para servir a la señora -dijo mientras acercaba la ropa a Sonyariel.
Ésta cogió sus atuendos y se vistió rápidamente.
- Espero que mi pequeña broma no te haya incomodado -dijo sonriente la joven llamada Elêth.
Con una mirada desafiante, Sonyariel eludió el tema y pasó a preguntar:
- ¿Y que te trae por aquí? Creí que nunca volvería a verte...
- Oh... ya sabes... viajas por aquí, viajas por allá... conoces mundo... y al final te sientes sola... como me dijiste que te vendrías a estos parajes... -dijo guiñándole un ojo.
Sonyariel Lisse
-Nira Nira... ¿tú sentirte sola? Pues si me sigues haciendo ese tipo de travesuras te quedaras con mucho menos que la soledad amiga, y ella es una buena compañía si le sabes apreciar - le dijo la joven mientras le guiñaba un ojo y se acercaba para saludarla con un abrazo.
- A pesar de que no nos separamos en las mejores condiciones, es grato volver a encontrarte.
-Y esa guardia ¿Qué ocurre contigo?
- Llevo días y noches sin más descanso que una pelea y el baño en el río jajaja.
- ¿Todavía le buscas?...
- Prefiero no hablar de ello... ¿Cómo se encuentra tu brazo y tu puntería amiga? Si pretendes quedarte a mi lado, se nos acerca una dura batalla en Yavetil...
Un sonido de ramas quebrándose, hicieron recordar la existencia del semielfo, con una sonrisa Sonyariel se acercó a él, posando suavemente sus brazos alrededor del cuello de Darlak con la mirada fija en sus ojos claros
- Este joven que parece que le cortaron la lengua es Darlak, es un buen “chico” presto a ayudar a cualquier damisela que se encuentre en peligro... y no se paraliza aunque esta se encuentre desnuda...
-No... Para nada amiga, ¡jajaja! La joven Nira saludó haciendo una leve reverencia con la cabeza.
Dirigiéndose nuevamente al medio elfo – Mi señor Darlak, esta jovencita es Elêth Niramar, es excelente con el arco, sería un buen apoyo y una grata compañía... ah, se me olvidaba, espero que le haya agradado la visión en el río mi flamante caballero, quien sabe, puede que después tenga la suerte de “apreciarlo” mucho mejor – la joven le hizo una reverencia sin dejar de mirarlo a los ojos mientras se escuchaba la melodiosa risa de Niramar.
En camino de regreso al campamento Darlak iba mudo entre aquel par de mujeres que entre comentarios algo subidos de tono le hacían sonrojar a cada momento, al llegar a una de las tiendas, el medio elfo se despidió algo apurado para ir a descansar, pero Sonyariel lo tomó de una mano al ver que su amiga entraba a la tienda dejándolos solos.
- Creo que podrías pasar la noche con estas dos damiselas para protegernos de los malvados, si es que no te importa compartir la cama con las dos... Espero que no te incomode, pero tanto Nira como yo tenemos la costumbre de dormir completamente desnudas, cariño.
Bajó la mirada y notó un bulto entre las piernas del sonrojado semielfo. La joven le miró maliciosamente, se acercó a Darlak y le susurró... - o preferirías mejor enseñarme a solas que tan bien usas la espada cariño,- mientras con sus dedos le acarició desde el pecho hasta llegar al sexo del semielfo a quien se le escapó un pequeño suspiro y, con una mirada cómplice, la guió de la mano hacia su tienda.
La joven notó el nerviosismo del semielfo y sin esperar más, empezó a deshacerse de sus ropajes lentamente, ante la mirada atónita de Darlak. Se recostó sobre unas pieles y le hizo una seña para que se recostara a su lado
- ¿No vienes?
- ¿Por qué lo haces?
- Pues, para atribuirte en algo por tus atenciones...
- ¿Atenciones? Te llevo a una guerra a arriesgar la vida, y tú...
- Por ello. Nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro, yo no lo sé, pero por eso mismo prefiero vivir cada momento como si fuera el último... espero que no exista alguna señora elfa que se pueda molestar por esto.
El elfo sonrió, se recostó al lado de la mujer y se quedó apreciándola detenidamente... - eres maravillos...- la joven no dejó que terminara de hablar y se acercó besándole los labios tímidamente al comienzo, besos que fueron subiendo de intensidad, hasta encontrarse sus lenguas en un juego que les era cada vez más inquietante.
Tomándole una mano al semi elfo, la joven la guió por sus pechos ardientes hasta que éstas obtuvieron vida propia y empezaron a acariciarla completamente presionándola hacia su cuerpo masculino, cada vez más deseoso de aquella cuya mirada lo tenía embrujado y que le hacía sentir como si no existiese más mundo que aquella tienda.
Con una sonrisa la mujer le dio un pequeño mordisco en el labio y se sentó al lado de él para empezar a desatarle los ropajes.
- ¡Esto es desigual! ¡Qué manera es esta de anudarse!
El medio elfo dio una carcajada y se desnudó ante la mirada de la joven que al mirarlo se mordió el labio.
-¡Por Eru, si que estás bien armado!
-¿Esperabas menos?
La joven sonrió y le pasó la lengua por el lóbulo de su oreja izquierda antes de levantarse para acomodarse el cabello. Darlak la observó y sin poder resistir más, tomó a la joven con fuerza de sus caderas y la acercó hacia su cuerpo, besándola vehementemente, acariciándola y presionándola con fuerza, lanzándola sobre las pieles y recostándose sobre su cuerpo húmedo. La armonía de sus movimientos, siguieron el ritmo que emitían sus corazones, cada vez más rápido, cada vez más anhelantes, fundiendo sus alientos en uno solo en un beso que detuvo el tiempo.
Darlak pasó su lengua por la orilla de los labios de Sonyariel y se quedó mirando por un momento a la joven, sus ojos estaban adormilados y sus mejillas sonrojadas. Su respiración estaba completamente agitada y un gemido salió de los labios de la humana cuando sintió como su cuerpo era invadido con excitación por aquel ser que junto a un beso la llevó fuera del orbe.
Aikanáro Tîwele
Era una lucha de titanes, la fuerza y destreza de Aika contra la de Valandil, las espadas entrechocaban mientras un soldado recogía del suelo a Annamel. Aika luchaba con fuerza pero no dejaba de llorar ya que llegado el momento tendría que dar muerte a su hermano. Con un movimiento rápido rasgo la piel de su brazo derecho y mirándolo a los ojos le grito:
- ¡ Tendrás el cuerpo de mi hermano pero no eres él, Valandil no te dejes vencer por él, lucha, lucha como te enseñe!
- Eso hago, ahora comprobaras como el alumno avanza al profesor- respondió Valandil.
La lucha subió de intensidad los dos oponentes eran temidos por su destreza en las artes de la guerra. Aika luchaba doblemente, luchaba contra su cabeza que le decía que le diera muerte y contra su corazón que le decía que era su hermano. Pero de golpe un grito salió desde los muros de Yávëtil, el soldado que llevaba a Annamel había sido abatido y esta cayó al suelo. Aika se giró y vio como la Puerta de Dúrin se abría y de ella salían los Hombres de Makar. Sus armaduras brillaban como estrellas bajando la cuesta hasta donde estaban Annamel y el soldado, pero cuando quiso darse cuenta tenía a Valandil enfrente, sus ojos se encontraron con los de su hermano y dos furtivas lagrimas descendieron por su rostro. Sintió la mordedura de la espada atravesando su carne, Aika miró a Valandil pero este se acercó a Aika y le dijo al oído:
- Muere otra vez Othar Handasse, recuerda bien quien te dio muerte. Ahora iré a buscar a tu amada Yárfalia y esta vez si que la are mi esposa no como la otra vez que me la quitaste- le dijo mientras lo empujaba al suelo.
- Bolgöd tu traidor... - llego a decir Aika antes de caer al suelo.
Un gran revuelo se alzó en la ciudad, uno de los cincos había caído muerto y todos temían la profecía:
“ Yávëtil, la majestuosa ciudad del Reino Oculto, alzada por antiguas magias y conjuros, permanecerá erigida mientras Los Cinco estén unidos bajo el vínculo de sus almas en vida...”
Valandil reía a carcajadas, pero su risa se elevaba helando la sangre a aquellos que la escuchaban, pero de golpe este cayo al suelo de rodillas de su cuerpo salió una sombra que rápidamente se dirigió al bosque. Muchos vieron acercarse a Valandil al cuerpo sin vida de Aikanáro.
Este levantó el cuerpo de su hermano y lloraba pero Aika en un último esfuerzo le dijo:
- Tranquilo, te perdono hermano. Pero ahora regresa a la ciudad están llegando, Bolgöd... – dijo antes de caer entre los brazos de Valandil.
Valandil no tubo tiempo de recuperarse cuando del bosque empezaron a salir los enemigos, un gran ejercito negro apareció desde las espesuras del bosque. Valandil intentó coger el cuerpo de su hermano pero este aferrado a su espada que estaba clavada en el suelo no le dejaba. Con gran dolor se separo del cuerpo de este, pero desde la ciudad la Dama de Fuego hizo un último regalo a Aikanáro. Los arqueros prendieron sus flechas con el fuego de esta, alzaron los arcos y apuntaron a Aika. Las flechas silbaron y salieron volando transformándose en dragones, una decena de dragones volaban hacía el cuerpo de Aika, estos bajaron todos a la vez y se unieron en un gran dragón que se alzó protegiendo el cuerpo de este. Pero las sorpresas no habían cesado, del Palacio del Sol construido sobre el Dedo de Vala, empezaron a escucharse unos gritos, unos puntos dorados se empezaron a ver descendiendo en picado. Pronto todos los apostados en las murallas señalaban al cielo viendo como una las estatuas que adornaban la avenida del Palacio habían cobrado vida. Estas descendieron hasta llegar a donde estaba el cuerpo de Aika, el dragón que lo protegía rugió pero abriendo sus alas estas entraron y se llevaron el cuerpo de Aika. Tan rápido como había llegado se fueron elevándose y perdiéndose en las alturas con el cadáver de Aika
Darlak
Darlak despertó sobresaltado, alguien le había zarandeado el hombro izquierdo. A su lado, Sonyariel seguía durmiendo plácidamente, abrazada a su cuerpo. El medio elfo, con mucho cuidado intentando no despertar a la bella doncella que dormía en su cama, se incorporó y se giró hacia la izquierda para ver quién le había despertado. Se trataba de Caragan, su lugarteniente de confianza.
- ¿Qué ocurre? – preguntó Darlak al recién llegado a su tienda.
- Lamentó interrumpir vuestro descanso pero algo extraño está ocurriendo. Los exploradores me han informado que hay ciertos rumores en el bosque, los árboles están inquietos y los animales han huido del lugar.
Darlak y sus hombres habían acampado cerca del bosque de Taurëruin, posiblemente en un día estuvieran ya en Yavetil. Al oír las palabras del guerrero, Darlak supo que la guerra final estaba a punto de empezar.
- En Ostova Lorë los exploradores han sabido que Valandil y su esposa Annamel, después de conseguir salvar la ciudad de la destrucción han viajado a Yavetil a socorrer a Yárfaila y Aikanaro. Pero se fueron hace ya muchos días y no han recibido noticias algunas de Yavetil, temen por la suerte de su señor.
- Debemos partir inmediatamente para Yavetil, ya no hay descanso posible para nosotros. La hora de la verdad ha llegado. Por favor, Caragan, ve despertando a todos y que se prepare todo para viajar hacia la ciudad, la hora del combate ha llegado.
Caragan abandonó la tienda y Darlak se giró hacia la derecha. Sonyariel seguía durmiendo plácidamente y el medio elfo soltó una sonrisa al ver el rostro dulce y apaciguado de la doncella, rostro que escondía una mujer apasionada y enigmática. Darlak se sorprendía de la forma de ser de la humana, no tenía miedo a nada, el coraje y la decisión eran sus armas de ataque. En poco tiempo, ambos habían desarrollado una gran afinidad el uno por el otro. Darlak se sentía fascinado por la voluntad fría e indomable de ella. Mirándola ahora, su bello rostro descansando plácidamente, Darlak se preguntaba qué era lo que realmente sentía por ella, si realmente la amaba. Darlak, no pudo resistirse y se acercó hacia la humana, que en ese momento se despertó y se encontró con el rostro del caballero sobre ella. El medio elfo no le dio tiempo a reaccionar y le besó los labios.
- Me has despertado de mala manera – dijo sonriendo Sonyariel, que lo abrazó y esta vez fue ella la que le obsequió con un beso.
- Venga dormilona, que tenemos que marcharnos – le dijo Darlak a su amada. El medio elfo le contó a Sonyariel que la guerra en Yavetil era inmediata y que tenían que llegar cuanto antes.
En el campamento, Caragan se acercó hacia la amiga de Sonyariel, Elêth Niramar. La joven se hallaba tallando su esplendido arco.
- Un buen arco, sin duda.
- Muchas gracias, Caragan, sólo espero que sea bastante útil en el campo de batalla por eso estoy tallándolo.
- Es posible que lo tengas que usar muy pronto. Darlak me ha pedido que preparemos todo para la marcha, hay que viajar pronto hacia la ciuda. Se avecina tormenta y la batalla final nos espera.
Cuando Darlak y Sonyariel salieron de la tienda, todos estaban ya preparados para salir presto hacia el norte. Así rápidamente partieron hacia el norte lo más rápido que podían. El cielo estaba aquel día lleno de nubes, signo de un mal presagio. Conforme avanzaban hacia el norte sin perder el borde del bosque Taureruin y, siguiendo el conocido camino rojo del bosque, el viento empezó poco a poco a soplar cada vez más fuerte. A pesar de ello, no tuvieron problemas en el camino y, a media tarde, entraron el bosque en dirección a Yavetil. Pararon un momento mientras Caragan y Elêth Niramar se adelantaban para explorar las inmediaciones de la ciudad. Los demás se apearon de sus caballos.
Mientras esperaban el regreso de ellos dos, Sonyariel se acercó a un arroyo cercano para lavarse la cara mientras Darlak le seguía con la mirada. Decidió seguirla pero de repente unos gritos le impidieron hacer tal acto. Se trataban de Elêth y Caragan que regresaban galopando hacia donde estaban ellos.
Sus rostros eran serios y reflejaban preocupación.
-¿Qué ocurre? -preguntó Darlak.
- Un ejército se aproxima a Yavetil desde el suroeste del bosque. – respondió Caragan.
-¿Cuántos son? –volvió a preguntar Darlak, visiblemente preocupado
-Es difícil asegurarlo -contestó Elêth.- Cinco mil o seis mil soldados. Quizás diez mil. Avanzan a buen paso hacia la ciudad, con sus antorchas y sus armas. Si no hacemos ruido, podremos escuchar sus cánticos de guerra... cada vez más cercano.
Sonyariel se acercó hacia ellos y, con voz urgente, dijo.
- Deberiamos llegar antes que ellos a la ciudad y avisar a sus habitantes.
- Tienes razón, corramos lo más que podamos para llegar a Yavetil- confirmó Darlak.
Entonces se pusieron de nuevo en camino avanzando por el sendero que conducía a la ciudad. El sol ya estaba cayendo cuando a lo lejos apareció la bella silueta de Yavetil, majestuosa y orgullosa de sus secretos, un gran muro de piedra gris que se alzaba varios metros del suelo. Así, con el ejercito invasor aproximándose irremediablemente a la ciudad, Darlak y su compañía llegaron a la puerta de Durin.
[Editado por aratir el 15-08-2006 02:01]
Darlak
La gran batalla final de Yävetil estaba a punto de suceder. Valandil, que había regresado adelantándose al ejercito que se aproximaba a la ciudad, paseaba por la almenas pasando revista a los soldados. A pesar del dolor de lo sucedido a Aikanáro, Valandil intentaba sobreponerse al dolor y preparar la batalla. Contaba con la ayuda de Darlak y también con Annamel, su futura esposa.
Los enanos defenderían las puertas de Durin, los elfos ayudarían a los caballeros de Makar a defender la muralla. Entre todos había cincuenta mil buenos soldados. Más que suficientes para defender aquella ciudad. Mientras el maia pensaba en esto su mirada captó el pelo blanco de un soldado. Se dirigió hacia él y lo miró.
-Salve Valandil -dijo Darlak
-Oh, me alegra que estés aquí. Has demostrado mucho valor en esta guerra.
De pronto los gritos de los soldados dando la alarma de guerra detuvieron su conversación.
-¡Ya vienen! –un soldado gritaba con todas sus fuerzas.- ¡Traen fuego!
Entonces Valandil y Darlak se dispusieron a organizarlo todo.
-¡Tomad posiciones de batalla!, ¡preparad los arcos y ballestas! ¡Sacad los venablos! ¡Devolved a los enemigos a la oscuridad de la que salieron!
Darlak se dirigió a su posición de batalla mientras que Valandil se quedaba en la muralla. Su mirada se dirigió a la puerta de Durin. Allí un haz de luz le señaló que la batalla decisiva estaba empezando. Su mirada se dirigió al frente, hacia los orcos, hacia sus enemigos. Hacia la Muerte y la Gloria.
Entre tanto Darlak se dirigió hacia las murallas situadas cerca de la puerta de acceso a la ciudad.
-¡Escaleras! -avisó un soldado a su lado.
Los orcos comenzaban a saltar al interior. Darlak sacó a Envinyanta y besó la empuñadura. Tras eso la espada empezó a murmurar. Miró a los orcos y cargó contra ellos. La espada bebía de la sangre negra de esas bestias.
Darlak se halló entonces combatiendo en una vorágine de polvo y fuego. Los enemigos compuestos de orcos y hombres de las montañas traían con ellos antorchas para incendiar la ciudad y así hacerla caer con más rapidez.
¡Dama de fuego!
Darlak deseó que Yárfaila estuviera con ellos, ella sabría dominar el fuego. Cerca de él se hallaba Sonyariel haciendo lo posible por demostrar su valía en aquella guerra. Darlak se encontró con la mirada picara de Sonyariel. ¡Oh, era realmente bello su rostro! Sus rasgos guerreros la convertían en una humana pasional y hechizante. Tuvo que retirar su mirada rápidamente pues la muralla estaba plagada ya de orcos. Envinyanta siguió cargando contra ellos mientras el grito de los hombres de Makar inundaron la atmosfera. Darlak vio a Annamel entre ellos. Valandil le había dicho que Aikanaro le había nombrado miembro de aquella facción. ¡Cómo había cambiado la elfa desde que había llegado a Lempë Ohtari! Viendo allí, combatir de aquella manera, Darlak no podía sino admirarla.
Un silbido intenso junto a una lluvia de decenas de flechas surcaron el aire hacia los orcos que intentaban acceder. Los elfos del bosque liderados por Eleth derribaron unos 25 orcos y un grito de victoria se alzó entre nuestras filas. Una nueva descarga de flechas trajó más muertos y más sangre negra cubriendo las murallas. La tercera descarga derribó aún a más orcos, pero su carga no se detuvo, una última descarga cayó sobre ellos ante nosotros pero más orcos pasaron por encima de sus camaradas muertos. Darlak se hallaba rodeado por decenas de ellos. El grito de guerra del medio elfo por el reino y por el honor hizo estremecer a algunos de ellos, un grito que se mezcló con el ruido de metal contra metal, golpes contra los cuerpos, músculos contra músculos. El compañero de delante de Darlak resistió con firmeza el primer orco, lo mató y se enfrento al siguiente, que cayó con el estomago abierto, pero el tercero se lanzo dando golpes a diestra y siniestra con su hacha, aparto de un porrazo el escudo del soldado y con un terrible tajo le abrió la cabeza, cayendo delante de él. El orco se abalanzó sobre el medio elfo que paró el golpe con la espada por lo que el orco se quedo un instante vacilando, suficiente para que mi espada le atravesara.
El fulgor de la guerra había hecho acto de presencia en las murallas de la antigua Yävetil.
La guerra no había hecho más que empezar.
[Editado por aratir el 14-08-2006 22:18]
Darlak
Con el resplandor de la tarde vinieron las primeras gotas de lluvia, listas para entrar en combate también. Los defensores de Yävetil intentaban contener la afluencia de orcos por las murallas pero la situación se estaba volviendo crítica. Valandil estaba trayendo la lluvia sabiendo que a los orcos no les gustaba el tacto acuoso del líquido que las nubes producían.
Darlak veía al maia más allá invocando la tormenta.
Las torretas se llenaban de cuerpos de orcos aunque también algunos soldados yavetilianos caían bajo la aciaga mano de la batalla.
A lo lejos los gritos de fuego rasgaron el ambiente. Darlak se giró y vio como una gran humareda se levantaba en el bosque al norte de la ciudad. Se trataba la zona de bosque de la ciudad.
Valandil había interrumpido su invocación al ver con horror lo que estaba ocurriendo en el bosque. Sin duda alguna parte del ejercito enemigo había decidido desviarse de la ruta y no atacar por el suroeste sino por el norte.
- Valandil, yo acudiré hacía allí – Darlak llamó a varios de sus hombres y acudieron hacia los establos para hacerse de caballos y llegar hasta donde el humo estaba envolviendo el ambiente.
Tras salir de los establos, un edifico coronado por dos caballos de piedra, cabalgaron con urgencia hacia la segunda muralla que aún intacta pues el enemigo no había conseguido acceder a ella. Tras las segundas murallas se hallaron en la ciudad propiamente dicha, con sus casas blancas y sus esplendorosos balcones. Sin embargo, aquel día la población se hallaba compungida por los acontecimientos. Habían pensado que la guerra se había alejado de sus hogares y no habían contado con el retorno del enemigo. Algunos se sorprendieron de la rapidez de Darlak y sus hombres y entonces vieron con horror como el bosque estaba ardiendo.
Pasaron por las callejas ascendientes dirigiéndose hacia el norte hasta llegar a la Plaza del Mercado. Allí el aire se notaba pesado y el fuego ya se percibía cercano. Darlak no quiso parar en ningún momento pues presentía que no era bueno lo que se iba a encontrar. Finalmente llegaron al tercer nivel, la zona residencial. La gente se hallaba alarmada en aquel lugar.
¡Fuego, fuego!
Rápidamente pasaron los grandes palacios en dirección hacia la senda que llevaba a los bosques. Un resplandor amarillo estallaba en el frente eclipsando el verde característico del Taurëruin.
Darlak Lórindol
La Casas de Curación era una auténtica maravilla arquitectónica y estaba protegida por guardias de tal manera que, aunque fuese una noche sin luna ni estrellas y el encargado de evitar los guardias fuese un maestro, mucho le podría costar entra en el edificio. Se hallaba en el tercer nivel y se accedía a ellas tras una senda que empezaba en las viviendas y discurría por el bosque. Aquellos días los enfermeros estaban a rebosar, muchos eran los heridos que tenían que atender. Y lo peor estaba por llegar pues la guerra había empezado de nuevo. Los enfermeros temían que una mayor afluencia de heridos.
Una dama se acercó sigilosamente al interior de las instalaciones. Estuvo mirando sorprendida el ir y venir de los enfermeros, se veía la preocupación en sus rostros.
- No podéis estar aquí. – le dijo una señora mayor, que estaba empapada en sudor.
- Oh, yo… - la joven se sintió mal por interrumpir el trabajo de los curanderos.
- Aunque si vienes a ayudar, eso es lo que más necesitamos en estos momentos – le dijo la enfermera.
- No me importaría – añadió la recién llegada.
- ¿Cómo os llamais?
- Mi nombre es Mêlel, elfa del bosque Taurëruin – la elfa mostró una sonrisa dulce y expectante al mismo tiempo.
- Acompáñame entonces – dijo la enfermera al tiempo que se giraba para acudir a un pasillo a la derecha. Melêl la siguió.
Una vez en el pasillo, la enfermera le señaló un cuartucho donde había ropa adecuada para su nueva labor como ayudante de enfermería. Una vez sola, Mêlel se dispuso a ir hacia el cuartucho para cambiarse de ropa. Conforme se dirigía hacia el cuarto le pareció que alguien la seguía. No fue una sombra que vio, ni el eco de un paso… fue más bien como presentir el ser observada. Se dio la vuelta automáticamente, pero no vio nadie detrás suya. Sintiéndose como una estúpida, desechó esa sensación y continúo su camino. Entró al cuartucho y se encontró con una estancia pequeña. Había una pequeña ventana que daba al bosque. Se asomó a ella y vio con horror que el bosque estaba ardiendo. Cuando se dio la vuelta para acudir a avisar de lo que estaba sucediendo allá afuera, Mêlel se topó con una daga en la oscuridad. una figura sostenía un puñal preparado para clavarse en su corazón… La joven dio un grito, cayó al suelo en el momento en el que la daga iba hacia su corazón. A duras penas se pudo levantar y huir del lugar.
Fuera se había levantado un gran revuelo a causa del fuego. Nadie se percató de ella. Una vez rodeada de gente dejó de correr y salió a la calle. Los faros del camino estaban encendidos pues la noche estaba llegando aunque el fuego iluminaba más que esos faros. Fue entonces cuando empezó a llover y la gente miró al cielo esperanzada. Sin embargo, un ejército empezó a salir por entre los árboles y los guardias del tercer nivel tuvieron que enfrentarse con ellos. De algún modo el enemigo había accedido a aquella parte de la ciudad.
¡Aguas que fluís en mi esencia acudid y apagad el temible fuego que asola mi bosque!
Un trueno se escuchó allá en la lejanía en respuesta a las súplicas del maia.
¡El señor del bosque está trayendo la lluvia para apagar el fuego!
Desde las murallas, Valandil había conseguido invocar la lluvia que empezó a caer copiosamente.
Darlak Lórindol
Mientras Mêlel miraba al cielo viendo como la lluvia caía para apagar el fuego del bosque, la joven fue atrapada por detrás. De repente, notó una daga en el cuello.
- ¡Al fin te atrapé! - dijo una voz a su espalda.
Melêl intentó zafarse de su agresor pero apenas lo conseguía. Le tenía atrapada por la cintura con uno de los brazos y con el otro sujetaba la daga que tenía puesta en su cuello.
- Hueles bien, bella flor del bosque – susurró su agresor. – Siempre me gustaste, siempre me atrajiste con tu dulzura y tu belleza. Pero él se me adelantó.
A pesar de no poder ver con certeza quien era, la elfa reconoció su voz.
- Suéltame o juró que pagarás caro tu osadía, Artan – dijo ella en alta voz, deseando que alguien se percatará de su difícil situación. En ese momento, ella odió al elfo que le tenía atrapada. Poco había sabido de él. Fue amigo de Aratar pero por su actitud y creciente ambición fue expulsado del bosque y poco supieron de él hasta aquel día en que lo vieron capitaneando uno de los ejércitos enemigos que estaban asolando aquellas tierras. Pero Mêlel lo odió más cuando acabó con la vida de su amado Aratar.
Artan empezó a reír. Había planeado que su ejército entretuviera a los guardias cuando él vio a la joven entrar en las casas de curación. Necesitaba estar a solas con ella. Pero sin esperar aquella reacción, Mêlel le propinó una patada y consiguió desprenderse de él
- ¡Maldita!
Artan se lanzó rápido como el rayo y la agarró al tiempo que alzaba su arma hacia ella. Mêlel vio como el arma descendía en un arco rapidísimo con el objetivo de hundirse en su pecho. Justo en el momento en que parecía irremisible su final, una espada detuvo el golpe. La joven aprovechó para huir.
El agresor vio con asombro el rostro de quien había parado el golpe.
- ¿Tú?
Durante unos instantes ambos se evaluaron detalladamente. Darlak se rió al ver el rostro de sorpresa de su adversario. El medio elfo se sintió contento de poder medir sus fuerzas al fin con aquel mísero elfo, un aumento de la adrenalina le hizo encenderse furia guerrera. Decidió que haría pagar a aquel miserable por la osadía de colaborar en aquella guerra contra el reino, de haber acabado la vida de Aratar y de intentar lo mismo con Mêlel.
- He deseado tanto encontrarme contigo…pero no esperaba hacerlo en este lugar – dijo sonriente Darlak.
Artan estaba encendido de rabia pero no dudo en prepararse para el ataque. Dio un patada, no con la intención de golpear al joven, pues sabía que la esquivaría estando en esa posición, si no para conseguir un espacio de tiempo para sacar su espada que dirigió hacia su rival. Darlak paró el primer golpe, y el segundo, pero el tercero fue un golpe ascendente que por poco más de un centímetro no le desgarró la cara. El semielfo contraatacó y obligó a Artan a irse hacia atrás. Entonces sacó un pequeño cuchillo arrojadizo dispuesto a lanzársela a Darlak mientras le atacaba con la espada. Se lo lanzó y el cuchillo fue a clavarse al hombro del joven pero éste logró ladearse a tiempo. El arma apenas le hizo un corte en el hombro. Darlak volvió a atacar con su espada y su enemigo le detuvo el golpe.
Ambos manejaron sus armas a la perfección, produciendo pequeñas chispas en cada choque, que saltaban al ritmo del repiqueteo del metal chocando a toda velocidad. El ir y venir de las espadas apenas podía ser seguida por Mêlel, que miraba como hipnotizada ese duelo mientras la lluvia mojaba su cuerpo. De repente, el joven le gritó muy fuerte que se fuera y aquella decidió hacerle caso y aprovechar para pedir ayuda. Pero cuando iba a disponerse a girarse para alejarse del lugar, oyó tras ella gritos, que provenían de algunos de los hombres de Darlak, que llegaban a todo correr con las espadas desenvainadas. Habían conseguido detener a los hombres de Artan. Tras ellos una multitud de habitantes acudieron a asistir al combate.
Cuando Darlak vio que querían ayudarle hizo un gesto a sus hombres para que se detuvieran
- Esto quiero solucionarlo yo sólo – dijo mientras mantenía la mirada de su enemigo. – Quiero darle su merecido a este traidor.
- ¡Ni lo sueñes! – dijo Artan manteniendo el orgullo pero sabía que su situación era crítica entonces. Aunque consiguiera vencer a su adversario contaba con varios de sus hombres para detenerle. Podría intentar huir pero no lo conseguiría. Era consciente que no había fracasado en sus planes. Antes de empezar la nueva acometida contra Yävetil, Artan había recibido la misión de atacar por el norte junto a una parte del ejercito mientras el grueso lo hacía por el sur. El incendio había sido una buena idea y había distraído a las fuerzas defensivas. Entonces fue cuando vio llegar a la elfa con refuerzos de elfos arqueros del bosque. A Artan le había perdido el hecho de ver a lo lejos la grácil figura de Mêlel acceder a las Casas de Curación. Él siempre había tenido debilidad por ella y creía que ese momento era su oportunidad. Atraparla entre el caos que se iba a producir en el entorno. Pero debido a eso se había dejado atrapar fácilmente.
Ya estaba todo perdido, o así lo consideraba él. Por ello, se decidió a seguir el combate y, al menos, hacerle tragar las palabras al medioelfo.
Se reanudó la batalla entonces al tiempo que el combate se recrudecía. La lluvia había parado pero el suelo estaba embadurnado y comenzó a perder consistencia, convirtiéndose en un terreno difícil donde el control de los propios movimientos era algo casi más importante que el controlar todos los movimientos del contrario. El arma de Artan describió un arco descendente, y la espada de Darlak paro el golpe cruzándose sobre la cabeza de este, para iniciar un contraataque fulgurante, que no encontró resistencia, ya que el otro ya se había echado para atrás cuando Darlak inició el movimiento. Entonces Darlak comenzó una evolución de estocadas, que gracias a la supremacía de la espada con la que contaba, le permitieron hacer retroceder a su adversario, que finalmente resbaló, golpeándose de espaldas contra el suelo. Entonces, mientras Artan elevaba su arma en un último intento por evitar la siguiente estocada, vio la hoja azul y brillante de su adversario, descendiendo contra su rostro a toda velocidad. Fue lo último que vio.
El medio elfo contempló con absoluta repulsa el cuerpo de su enemigo tumbado en el suelo. A su lado, los vítores se elevaron como una melodía de júbilo y esperanza.
- ¡Ohtar Hyando! ¡El guerrero de la espada nos ha salvado! – dijo alguien entre la multitud.
Todos los allí presentes se unieron al grito de Ohtar Hyando para agradecer al medio elfo su heroica acción.
¡Ohtarhyando, Ohtarhyando! ¡Eru al fin nos ha enviado al Ohtar Hyando!
Mêlel se acercó a Darlak que miraba perplejo a la multitud.
- Una antigua leyenda del bosque hablaba que, en el momento de más necesidad, Ohtarhyando, El Guerrero de la Espada y Súrewen, la Señora del Viento acudirían a ayudar a los Cinco Caballeros. Sin duda vos sois el Guerrero de la Espada y Annamel, la Señora del Viento.
Darlak tras decirle adiós de nuevo a la doncella elfa, la cual había decidido quedarse a cuidar a los enfermeros a asistir a los heridos se encaminó de nuevo hacia la batalla seguido por sus hombres. Los habitantes de Yävetil abrieron un camino para dejar pasarles en su regreso a las murallas principales de la ciudad.
Escondida entre la multitud, una anciana miraba impasible como Darlak y sus hombres se alejaban de aquel lugar.
- Poco a poco se van reuniendo en este lugar los mejores guerreros. El tiempo de los cinco se acaba pero habrán de dejar su legado a poderosos caballeros para que hagan de Lempë Ohtari una nación poderosa, la orden está siendo sembrada…
[Editado por aratir el 15-08-2006 02:03]
Sonyariel Lisse
El sonar de las espadas hacían eco en la ciudad, algunos luchando por el honor, la familia, y la vida se cruzaban con los invasores que sólo deseaban la destrucción de la ciudad. Pero mientras el coraje de un pueblo exista nada ni nadie podrá doblegarlos. Eso Lisse lo tenía bien claro, desde que su pueblo había sido destruido, sabía que no importaban las cadenas, ni las heridas, mientras no doblegue el espíritu, nada estará perdido. Y con la espada en mano corrió en dirección de las murallas, para ser parte de la enorme sinfonía de muerte que se estaba llevando a cabo.
El manejo de la espada era propio de su ciudad natal, silenciosa y certera, y el acero danzaba dándole honor a su nombre ya olvidado. Volteó y su mirada se encontró con los cristalinos ojos del medio elfo, a quien le dedicó una sonrisa. Por extraño que fuese poseía un rencor enorme contra de los elfos, pero aquel era diferente, no entendía el por qué le hacía sentir lo que sentía.
Las fuerzas enemigas parecían disminuir, a la vez que el fuego se divisaba desde el interior de la ciudad y Lórindol junto a algunos hombres se dirigieron raudamente en aquella dirección mas, a su partida, las murallas se vieron infestadas del enemigo, apareciendo como moscas frente al a miel.
Con furia la humana blandió su espada, con sólo un pensamiento en su mente, aparte de salvar el pellejo claro está xD, su deber frente a aquel pueblo que le había abierto las puertas sin hacer preguntas y a su maestra a quien prometió luchar por lo que creyera que fuera correcto.
Pero el número pudo más, y el acero del enemigo se incrustó en su hombro provocando que gritara, no tanto del dolor físico, sino que del dolor en su orgullo al verse mermada, mientras observaba que pateaban lejos su espada y la arrastraban de los cabellos alejándola del combate, en dirección desconocida.
¡Malditos bastardos!...
¡Soltadme cobardes!- mas aquellos sólo sonrieron, hasta que uno alzó la voz:
- Ya perdiste frente a mi espada, además pretendo divertirme de otra forma contigo antes de que vayas a otro mundo a causa del veneno impregnado en el acero. -le dijo mientras era lanzada dentro de un establo que se encontraba vacío.
El dolor de la herida le hizo gritar, ya no sentía el brazo, y el ardor iba aumentando lentamente afectándole la visión. Buscó entre su cinturón y le lanzó un par de shakken pero fueron esquivadas fácilmente con la espada.
-¡... en otra ocasión ni siquiera las habrías visto dirigirse hacia ti maldito cobarde!...
- ¡Ya calla y vayamos a lo nuestro! le bufó en el oído a la vez que rasgaba los ropajes de la humana con la espada. Mientras el otro elfo oscuro la aprisionaba de los brazos y golpeaba en la herida del hombro cada vez que trataba de soltarse.
Tranquila, - se dijo a si misma - piensa, mientras trataba de abstraer su pensamiento de los manoseos y del fétido aroma que desprendía aquel cuerpo, - antes has salido de otras peores, Lisse, tranquila la pegajosa boca de aquel ser a final se encontró con sus labios, viendo en ello una oportunidad, le dio un mordisco arrancándole parte del labio superior. El elfo gritó como endemoniado y al ver las risas de su compañero, le abofeteó el rostro a la joven, sin percatarse que aquella había logrado liberar una de sus manos cortándole la garganta con una de las estrellas que aún le quedaba en el cinturón que había quedado a un lado de ella y girando logró agarrar al otro con las piernas quebrándole el cuello. El ardor ya se había apoderado de todo su cuerpo y apenas podía enfocar bien la vista, se cubrió con la capa, tomó el relicario de su pecho y sacó un pequeño frasco bebiendo todo su contenido antes de caer inconciente en la paja.
Sonyariel Lisse
Los ojos de la joven se abrieron e improviso, se encontraba cubierta por sabanas blancas y algunos elfos se veían transitar por los pasillos raudamente cargando vasijas con agua yerbas y vendas blancas.
A su lado, de espalda una joven elfa estaba atenta a unos empastes verdes, de fragante aroma, quien al sentir como la humana se levantaba se acercó para impedírselo...
- No se como lo hiciste para no morir por el veneno de tu herida, pero debes quedarte para recuperarte bien, perdisteis sangre y estás débil.
La joven la miró a los ojos, sonrió y se puso de pie. Movió los dedos de la mano y el hombro con cuidado, le dolía un poco pero era soportable, teniendo la fuerza para manejar una espada no habría problemas, al tener certeza de ello, habló - Conozco pócimas y venenos que serían difíciles de percibir por cualquiera. Los he ocupado muchas veces para acabar con la vida de muchos mortales y otros que se dicen así mismos inmortales. Algunos por encargo, otras por venganza. Fue lo único que recuerdo que me enseñó mi padre, así también como unos neutralizan otros. Si lo deseas puedo darte la receta pero ahora tengo un deber que cumplir, y nadie podrá impedírmelo, ni siquiera yo misma.
La elfa la quedó observando y caminó hacia un mueble del cual sacó unas ropas dejándoselas sobre la cama. – Te entiendo... espero que estas te sirvan... las tuyas estaban algo... desechas. Le comentó antes de salir por la puerta y dejarla completamente sola.
Lisse, observó la puerta por unos instantes intentando recordar donde había visto a aquella elfa con la fuerza en sus ojos como quien ha visto guerras anteriores, tomó las ropas y se vistió raudamente, eran extrañas para estar en manos de una elfa, era de tela negra, ceñida al cuerpo, como si fuera otra piel, permitiendo una gran movilidad. De sus labios salió una gran carcajada, era como si hubiera hecha para ella.
Salió con paso firme, quienes la vieron le cedieron el paso, ante el temor de ponerse en el camino de aquella que emitía la energía de una fiera, de cuyos ojos brotaba fuego, y de rostro frío y ansioso de sangre enemiga. Ya habían probado la suya, y cometieron el error de dejarla con vida. Estaba sin su espada, pero eso no sería impedimento, ahora pagarían caro aquella osadía...
Algunos que la observaron correr pensaron que se trataba de una pantera negra, o la doncella de la muerte - murmuraron algunos - que rondaba por las calles de la ciudad- rogando a los dioses que no se llevara a sus parientes que se encontraban en la lucha, al ver que se dirigía donde la guerra era más ardua.
Con diligencia se acercó al conflicto y como fiera se dirigió a las filas enemigas arrasando con todos los que se ponían a su paso, chocado y arrebatándole a uno una espada se abrió paso dejando un mar de sangre, atemorizando a algunos por la ira que brotaba de sus ojos. Luchó hasta quedar a un lado de las puertas de Durin, apoyando a los que ahí se encontraban.
Un enano de larga cabellera dorada que luchaba con gran ímpetu se le acercó y con una reverencia se presentó – mi señora, Nimras a su servicio, esta arma le será mas digna en sus manos que la del enemigo-entregándole una de sus hachas, era algo liviana en comparación con las que usualmente usan los enanos, con runas en la base dando bendiciones en su lengua a los guerreros, la que en las manos de la humana, se transformó en un huracán. Luchando a la par con los fieros guerreros, aniquilando a los invasores que osaban poner la mano en la hermosa ciudad de Yävetil.
Darlak Lórindol
Justo cuando Darlak y sus hombres cabalgaban en dirección a los niveles inferiores les alertó un grito proveniente de alguno de los habitantes que estaban cerca de ellos.
El poderoso grito se elevó entre todos los congregados.
- “Bolgod”- un simple nombre que sonó a un mismo tiempo como amenaza, reto y maldición. Darlak miró en dirección hacia la persona que había proferido aquel grito que había sonado tan terrible y tan claro en medio del murmullo de la gente. Entonces fue cuando se topó con el rostro de una anciana.
- ¿Tú? - la habia reconocido. Se trataba de la anciana que había conocido en Menelmen, cerca de Eru Andorya, cuando fue a recoger su espada recién forjada.
La anciana le señaló con la mano el lugar donde todos los habitantes estaban mirando en ese momento. Aún sorprendido, Darlak giró su mirada hacia la gran formación rocosa inquebrantable de la ciudad, el Dedo de Vala. Una sombra se alzaba sobre ella, una sombra amenazante que sirvió para quebrar la defensa del fiero guerrero. Pero aún había más pues una horda enemiga se hallaba luchando contra soldados cerca de la Fortaleza de Yävetil. Darlak se maldijo por no haber tomado la precaución de asegurarse de que todos los hombres de Artan hubieran muerto.
Con un estentóreo grito animó a sus hombres a volver sobre su camino y regresar hacia arriba donde la guerra aún no había acabado. En ese mismo momento deseó poder contactar telepáticamente con Valandil para avisarle del peligro que se cernía sobre el último nivel de Yävetil...
Mientras tanto, Erendel y Âglaras se acercaban también hacia la ciudad.
[Editado por aratir el 30-08-2006 21:28]
Aikanáro Tîwele
Todo estaba dispuesto ya, la guerra se cernía sobre la ciudad mientras arriba en lo alto del Dedo de Vala se libraba otra clase de batalla. Las doncellas de Arien que habitaban el Palacio del Sol estaban preparando el cuerpo de Aika para su despertar, o mejor dicho el despertar de Handasse. Se habían encerrado en la Sala de Makar, el cuerpo de Aika estaba tumbado en una especie de altar, a un lado sus armas. Las doncellas recitaban antiguos cánticos perdidos en los tiempos ancestrales, sus voces resonaban en la sala a medida que iban aumentando de intensidad y fue cuando el cuerpo de Aika empezó a contraerse, una fuerza lo sacudía desde dentro despertando cada molécula de su cuerpo. Los cánticos subieron de intensidad, el frenesí aumentaba por momentos en la sala. Y fue cuando se escucho ese grito, la sala enmudeció todas se miraban y miraban el cuerpo de Aika, y una de ellas dijo:
- Debemos darnos prisa, él a llegado y Handasse no sé a despertado, él es el que debe dar muerte a ese miserable y así podrá desaparecer esa nube negra que nos acecha- dijo la elfa antes de volver a cantar.
Estas volvieron a cantar, sus voces ahora se inflamaron de una antigua rabia, las sacudidas de Aika eran cada vez mayores y fue cuando se elevo unos pocos centímetros de la base donde estaba apoyado y sus ojos azules como el mar se abrieron mirando al techo. Sus dedos empezaron a moverse lentamente, su mano se elevó y la puso sobre su rostro, la luz se filtraba entre sus dedos, miraba sus manos como si no fueran suyas. Empezó a erguirse lentamente, haciendo que la sabana que cubriera su cuerpo se fuera deslizando dejando al descubierto su torso desnudo, se giró sobre sí mismo y mirando a las elfas les dijo:
- Traed mis armas, a llegado el momento de saldar viejas deudas, Othar Handasse a regresado.
Entonces en la sala empezaron a entrar un grupo de elfas, cada ella llevaba una pieza de la armadura de Handasse, se acercaron hasta donde estaba este y las pusieron sobre el altar. Handasse les hizo un gesto de agradecimiento y empezó a vestirse. No tardó mucho en hacerlo, su cuerpo o mejor dicho el de Aikanáro se estaba adaptando a Handasse, por eso sus movimientos aun eran un poco lentos, pidió que le trajeran algo de comer y un poco del vino que se criaba en los jardines del Palacio. Era extraño, en el Palacio era como si nada estuviera pasando en la ciudad, Handasse se acercó a una de las ventanas y dijo:
- Eh aquí que otra vez la guerra se cierne sobre la ciudad, y otra vez es capitaneada por el mismo traidor, pero con lo que no contaba es que yo regresara para darle muerte. Esta vez todo quedara zanjado y se vengaran a aquellos que dio cruel muerte.
- Señor, aquí esta lo que habéis pedido, comed un poco y después bajemos a luchar- dijo una elfa
- No dejare que bajéis, no quiero hacer cargar con vuestra muerte a Aikanáro, cuando yo haya cumplido mi cometido en este mundo podré descansar y Aika el corazón de Aika volverá a ser limpio y puro, sin resentimientos hacía las otras razas. Sé que por mi culpa sé a mostrado altivo contra los humanos.- respondió Handasse mientras se sentaba y empezaba a comer un poco, bajo el sonido de las catapultas.
Tras una breve comida Handasse empezó a caminar hacía el exterior del Palacio seguido por las elfas, las puertas se abrieron y dejaron ver la gran avenida flanqueada por estatuas doradas, bajaron las escaleras que les separaban de ellas y cuando estuvo enfrente de las primeras estatuas dijo:
- ¡Alzad el vuelo, luchad junto a mí y venguemos a aquellos que murieron antaño y mueren ahora en la ciudad de Yávëtil la Majestuosa!
Las estatuas doradas de golpe movieron la cabeza en dirección a Handasse y este empezó a caminar entre ellas, estas a su paso iban formando detrás de Handasse una hilera de doradas estatuas que caminaban como si estuvieran con vida. Así llegaron a la Última Puerta, detrás de ella les esperaban las escaleras y abajo la guerra, las doncellas de Arien abrieron las puertas y Handasse empezó a descender por las escaleras seguido por un ejercito de figuras doradas.
Bolgöd, el Sexto Caballero
Fue como un sueño, hechos de un pasado que algunos habían olvidado. Mientras la guerra seguía en las murallas de Yävetil, en el interior del bosque tenía lugar un encuentro. Seis personas a solas, seis caballeros que una vez fueron uno pero que la traición del sexto separó.
“La plaza situada en el centro de Yävetil se encontraba rodeada por un destacamento del ejército del reino. Al frente de este ejército se hallaban los caballeros que habían sido convocados. De pronto, los guardias trajeron a alguien. La muchedumbre se fue reuniendo de nuevo frente al balcón utilizado como patíbulo. Farassë apareció en el balcón flanqueado por dos guardias fuertemente pertrechados. En sus ojos no se reflejaba miedo alguno y su rostro era la imagen de la serenidad. Su larga melena negra oscilaba al viento como un vaporoso sudario, pues más cercana parecía a la muerte que a la vida. Cerca de él se hallaban los cinco caballeros del rey. Farassë miró especialmente a Fáila y a Handassë. Él había deseado a Fáila pero ella le había traicionado con Handassë. Un silencio aterrador dominó el lugar y, maquinalmente, le pusieron la soga al cuello sin que opusiera la menor resistencia. Algunas miradas de angustia fueron aflorando entre los presentes. El heraldo desplegó un pergamino y leyó con voz firme e impersonal:
“Hemos encontrado culpable a este ciudadano de los siguientes crímenes: intento de asesinato de los caballeros Handassë y Fáila, traición al reino y… asesinato consumado de nuestro fiel guardián y servidor Loras, capitán de la guardia de presos...”
Y el viento de una época se mecía entre las ramas de los árboles. Los cinco unidos de nuevo para enfrentarse al sexto, al Sexto Caballero. Ohtar Námo, Ohtar Handassë, Ohtar Huore, Ohtar Mán y Ohtar Fáila contra Bolgod (otrora llamado Ohtar Farassë).
Aikanáro Tîwele
Handasse llegó a la Fortaleza donde la lucha se oía a las puertas de la última muralla, la guardia real formaba en la gran plaza mientras los arqueros no paraban de disparar sus mortíferas flechas contra todo enemigo que intentara irrumpir allí. Grandes columnas de humo negro se elevaban por toda la ciudad dando fe de la guerra que se libraba por cada piedra de esta. Handasse empezó a caminar hacía las puertas, nadie había recabado en él, ya que por donde venía ningún enemigo podría haber entrado. Este sacó un cuerno de plata y soplo, su sonido era claro y poderoso una llamada a la batalla desde los tiempos incontables, al sonido del cuerno se unieron los de las centenares de estatuas doradas que le seguían. Los soldados los miraban con temor, todos habían escuchado la leyenda que les contaban de pequeños que llegado el momento las damas de oro de levantarían para combatir junto a su señor por la ciudad, y ahora lo comprobaban que la leyenda era cierta para su alegría. Handasse se abrió paso entre sus hombres que lo miraban con temor y respeto. Este miro a las estatuas y les dijo:
- Damas ya sabéis el motivo de vuestro despertar, acabad con todo enemigo, no quiero prisioneros mas que uno, y el ya esta de camino. ¡Ahora marchad a la batalla saciad la sed de venganza que llena vuestros corazones!
Un grito broto de esas gargantas metálicas, un grito desgarrador que hizó que los corazones de los soldados se estremecieran. Las damas alzaron el vuelo, se elevaban haciendo círculos hasta formar un gran batallón en el cielo, esperaban alguna cosa, una señal y esta llegó cuando de golpe los soldados se giraron al escuchar el mayor rugido que haya salido de una garganta humana. Allí en lo alto de la puerta de la muralla, se encontraba Handasse sosteniendo la espada en alto y en la otra su yelmo, la brisa hacía que su capa ondeara, mientras su armadura desprendía destellos gracias al sol. Este miró a los soldados y les dijo:
- ¡Abrid las puertas, ala batalla!
Las grandes puertas se abrieron y de ellas salió un batallón de rostros duros, el suelo temblaba bajo sus pies mientras atravesaban el bosque que separaba la ciudad de la antigua fortaleza. Allí se escucharon los primeros gritos de muerte, pero cuando los soldados iban a atacar Handasse levantó la mano y dijo sin detenerse:
- Eso es faena de nuestras amigas, ellas les darán muerte tranquilos, que no será placentera.
No había terminado de hablar cuando los soldados empezaron a ver destellos dorados entre los árboles, veía un destello dorado y un cuerpo salía volando, un grito anunciaba su muerte. Durante su descenso a la ciudad no pararon de encontrarse con cuerpos mutilados cruelmente, soldados empalados en las ramas de los árboles, algunos aun moribundos otros ya de camino a Mandos. Ya habían llegado a la puerta del cuarto nivel cuando allí vieron que las puertas estaban abiertas y sus custodios muertos, Handasse miró a uno de los soldados y le dijo:
- Reúne a diez de tus hombres y cuando crucemos cerrad las puertas que solo entren aquellos que huyan de la batalla, no temáis ataques desde la retaguardia por que las damas os están limpiando el bosque.
- Así lo haremos capitán.- respondió el soldado mientras se retiraba con un grupo de soldados.
Así apareció el batallón capitaneado por Handasse, un ejercito de armaduras negras como la noche menos una, una brillaba como si fuera el mismísimo sol. Handasse miró a sus hombres, una mueca endiablada surco su rostro y se lanzó a la batalla seguido por los soldados. Los cuerpos eran cercenados en su avancé hacía las calles interiores de la ciudad, en la plaza del mercado se libraba una encarnizada lucha, la sangre bañaba las losas blancas bajo la inmutable mirada de la estatua de Yavanna. El batallón irriumpió con gran estrépito entre las filas enemigas, atacando por la retaguardia hicieron que estas quedaran presas entre un mar de espadas de Lempë. Los cuerpos de los enemigos caían por centenares bajo sus filos, mientras Handasse no paraba de cercenar cuerpos, pero su mirada buscaba algo a alguien mejor dicho, aquel que comandaba estas hordas impuras.