La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Las Ruinas De Ferith Ar-Karáh

2007:01:31:17:29:48

Laureon

En una época antigua, cuando los sabios y sencillos pobladores de Hekelen Lára que conocemos aún no existían, había por aquellas tierras un poderoso y antiguo imperio. Sin embargo, misteriosamente, el Antiguo Reino, como se conoce ahora, cayó. Pocos edificios se conservan enteros, pero sí que existen algunos, como el Santuario del Lago Espejo, la ciudad de Ost-en-Aël, o las Ruinas de Ferith Ar-Karáh. Eran éstas los restos de la más poderosa y bella ciudad del Imperio, de la que apenas quedaban ya los cimientos.

Ferith Ar-Karáh se extiende por una extensa zona de montaña, allí donde la pendiente era suave y poco pronunciada. Sin embargo, en los tiempos de la llegada de Laureon y el resurgimiento cultural, social y económico de Helkelen Lára, poco más que el nombre quedaba intacto de la antaño orgullosa metrópoli.

Son muchos los secretos y misterios que se ocultan, según dicen, en los restos de Ferith Ar-Karáh. Circulan toda clase de historias, algunas de ellas sobre una tenebrosa ciudad subterránea, excavada por los antiguos imperiales para protegerse de los enemigos, y de los textos escritos en las innumerables bibliotecas repartidas por toda la ciudad. Muchos libros quedaban todavía intactos, pero la lengua era para los habitantes de Helkelen, indescifrable. No obstante, aún no había pasado Laureon por aquellas ruinas, el Creador de Lenguas, un filólogo cien y más veces más experto que los más expertos de todos los reinos. Quién sabe qué misterios podría descubrir el joven y astuto Maia...

Laureon

Laureon silbaba alegremente, fumando aquellas hierbas de manzana que tanto le gustaban, mientras caminaba por la montaña tranquilamente, con aquella mirada serena y feliz que solía mostrar. Iba vestido como solía vestirse cuando iba de viaje: una cota de malla de mithril, sobre la que se ponía una camisa negra con Laurelin y Telperion bordados en la tela y una capa larga y ancha, con capucha, unos pantalones oscuros y unas botas igualmenten negras. Además, había traído sólo Amaurea, bajo la capa, disimulada por el color de la vaina, de tonos muy oscuros.

Se dirigía hacia las cercanas ruinas de Ferith Ar-Karáh, donde quería investigar los textos de los que tanto hablaban los afables campesinos de Helkelen.

Partió de Laurankar Tirion hacían ya dos semanas, con su pequeña provisión de alforjas, su espada y su ánimo de caminar; por las faldas de la montaña, sin intentar ir a ningún pueblo o ciudad, conviviendo con plantas y animales en los bosquecillos caducifolios del reino. Sus labores políticas no lo retenían por mucho tiempo, pues el Consejo de los Ancianos era el que tomaba la mayoría de las decisiones, aunque era él quien debía encargarse de la administración económica del Clan; algo no demasiado difícil, teniendo en cuenta su instrucción y su especialidad: el oro.

Ascendió a una pequeña colina, sobre la que se levantaba un frondoso y bello cerezo, con sus flores blancas refulgiendo bajo el Sol, el rocío aún cayendo entre sus hojas, como diminutas estrellas fugaces precipitándose al vacío; Laureon sonrió. Aquella espléndida visión, tan simbólica y hermosa, significaba mucho para él. Recordaba aquellos paseos, bajo la luz platina de Telperion, conversando alegremente con Filgolfin, Finarfin y Olórin, sus compañeros de tertulia, allá en la colina de Túna, donde no sabía si Tirion refulgía aún, o se había extinguido ya su brillo, quebrada como tantas otras cosas que habían perecido en tan poco tiempo.

Suspirando, con una mirada entre melancólica y sonriente, el joven Maia de los ojos dorados continuó su caminata junto a Ninglor, su fiel caballo blanco, que se encargaba de llevar todo aquello que necesitara Laureon, en especial comida.

Llegaron a Ferith Ar-Karáh hacia el crepúsculo, con lo que Laureon desenvainó Amaurea y la encendió con un fuego poderoso y dorado, puesto que la oscuridad se cernía sobre el valle con gran rapidez. Desde aquella posición veía Laureon miles de lucecitas allá abajo, en Ost-en-Aël, como pequeñas lucérnagas, y sonrió, pues la visión era hermosa.

Aquel día no iba a hacer mucho más, por lo que buscó un lugar donde pasar la noche, fuera del perímetro de la antaño próspera ciudad, y lo encontró en una pequeña depresión del terreno, bajo un grueso olmo; se resguardó entre sus capas, tras encontrar un sitio para Ninglor, y pronto quedó dormido.

Laureon

Al día siguiente, el Maia se levantó con renovadas fuerzas; bostezó, desperezándose, y se levantó. La mañana era fría, neblinosa, y triste. Poco que ver con la visión del día anterior, aunque la frialdad del aire era equiparable.

Ninglor pastaba en la hierba húmeda, resoplando inquieto, incómodo en aquel ambiente tan lúgubre. Laureon se sorprendió del cambio, pero pronto comprendió, en buena parte: aquel lugar no era siempre hospitalario. ¿Cómo serían los antiguos imperiales, cultos y sabios, o crueles y despiadados? Pero aquello, realmente, le traía sin cuidado. Prefería buenos antecedentes para Helkelen, el reino que tan quería, pero no le importaba. Quería aprender sobre su cultura, su magia, su administración... los rumores hablaban de secretos y de poderes inmensos.

Laureon tenía trucos especiales para poder descifrar la gramática del antiguo idioma, algo que le intrigaba sobremanera, siendo él el \"Gran Filólogo\", como decía a veces, en broma, en sus charlas con su viejo amigo Apacen.

Sacó su cuaderno de anotaciones, aquel que siempre llevaba con él, de una de las bolsas de equipaje de su fiel Ninglor, de cuero y cerrado con cerrojo, adornado con bordados en oro y plata, y una extraña gema transparente en su centro, y lo abrió con una de sus extrañas palabras mágicas.

Tomó una pluma y sopló a la punta, que instantáneamente comenzó a gotear una extraña tinta dorada, similar a oro líquido. Escribió algunas anotaciones mientras comenzaba a ascender el sendero hacia Ferith Ar-Karáh, cuando la niebla ya se despejaba. Su caballo lo seguía, servicial, y al fin se encontró con los primeros vestigios de la antaño próspera ciudad.

Laureon

Apenas unos pocos edificios se conservaban bien; la mayoría de ellos ni siquiera recordaban a lo que antaño fueran. Sin embargo el Maia, tan curioso por naturaleza, no dejaba nada escapar, y contemplaba embelesado todo aquello que podía. Aun tanto tiempo después de su prosperidad, las ruinas aún daban cierto aspecto de orden y armonía; Laureon se fijó en que las calles estaban perfectamente pensadas y ejecutadas, y la arquitectura de los edificios era muy avanzada, al menos para lo que se esperaba en un lugar así. No se internó en la ciudad, sino que visitó el antiguo cementerio, colmado de lápidas y multitud de túmulos y estatuas. Era un buen lugar para iniciar sus \"investigaciones filológicas\", como él mismo las llamaba. No había algo más importante para que una cultura perviviera, que su lengua, sus escritos y su literatura quedara para siempre archivada. Por eso, antes de nada el Maia tenía que conseguir descifrar la Lengua Imperial, como la llamaba.

Así pues, echó a andar hacia allí; el cementerio se situaba sobre una pequeña colina, a unos quinientos metros del perímetro de la ciudad, y poco quedaba ya de su antiguo recinto; las piedras parecían crecer en descontrol, la hierba había crecido por todas partes y el paraje daba aspecto de abandonado.

Una repentina y fortísima excitación creció en el Maia cuando se fijó en que la mayoría de las lápidas conservaban muchas de sus inscripciones. Animado, aceleró la marcha. Lo más complicado y cansado de todo lo que iba a realizar allí, estaba a punto de comenzar.

Laureon

El Maia sonrió ante la visión de aquellas grafías—extraña, arcaica e inaudita, pero aún con alguna semejanza con la más antigua de todas las lenguas de procedencia élfica—, con renovado fuego en su interior. Tomó un libro en blanco, de tapas amarillas de cuero, con una circunferencia en el centro de su portada, y lo abrió, sosteniéndolo abierto con una de sus manos. Con la otra tomó una pluma, sopló sobre su punta y escribió una breve anotación en la primera página. Entonces se inició su magia.

Alzó la palma de su mano hasta señalar a una de las lápidas, y una neblina densa y dorada pareció conectar ambas realidades. Laureon cerró los ojos y frunció el ceño. Al cabo de un rato, dentro de la circunferencia de la portada surgió con un leve destello azulado una runa de estilo élfico antiguo, con los arcos aún poco desarrollados. Abrió los ojos, colocó un atril frente a él y depositó el libro abierto en éste.

Una vez lo hizo, comenzó su verdadera tarea. Lentamente señaló a otra palabra y cerró los ojos. La neblina se levantó de nuevo, pero esta vez ninguna runa quedó impresa en ningún sitio. Fue una imagen la que quedó proyectada en la mente del Maia, difuminada y poco concreta, similar a la niebla que permitía aquella conexión. Con la imagen en su mente y sin abrir los ojos, anotó con rapidez unas pocas oraciones en su libro.

Abrió los ojos de nuevo y suspiró. Estaba agotado. Ya había hecho aquello un par de veces, y la primera palabra siempre resultaba igual de agotadora. La idea de tumbarse bajo la sombra de un árbol y descansar resultó abrumadoramente atrayente, pero el Maia se contuvo. Aún quedaba un diccionario entero que escribir, una gramática completa que redactar—y aprender.

Con un suspiro, el Maia alzó su palma y de ella surgió de nuevo la niebla de oro, pero esta vez se conectó con todas las palabras del cementerio, de tal modo que toda la colina pareció cernirse en una esplendorosa mañana de pleno verano. Las imágenes volaban en la mente de Laureon, que anotaba con la mayor rapidez todo lo que podía. Así, en poco tiempo rellenó unas cinco hojas de anotaciones, con toda clase de palabras impresas. Lentamente su rapidez fue disminuyendo, así como el número de palabras que anotaba. Entre todo lo escrito habían también varias notas sobre la gramática de la Lengua Imperial, que resultó ser muy diferente al Kwenya que conocía.

Bajó su brazo con lentitud, de manera elegante, y la niebla desapareció. Cuando el Maia abrió los ojos, su brillo había quedado casi completamente apagado. Su rostro había adquirido en aquellos minutos una apariencia mucho más cansada, unas ojeras muy marcadas, y un semblante abatido y derrotado. Sin poder contenerse se desplomó sobre la hierba; pudo, no obstante, levantarse, y a duras penas tumbarse después en un mejor lugar, con la cabeza apoyada en uno de sus fardos. Suspiró, cansadísimo, y extendió sus brazos en cruz. Como ocurre cuando, después de realizar una ardua tarea, te tumbas y sientes cada centímetro cuadrado de tu cuerpo, con precisión, y sonríes, así Laureon comenzó a reir, y lentamente su risa fue convirtiéndose en auténticas carcajadas. Apenas había descubierto cien palabras del vocabulario de la Lengua Imperial, pero era un magnífico inicio.

Hathol Karkar

La noche había sido fría, muy fría, incluso para aquél paraje helado, además, la ventisca no había cesado desde hacía cinco días, y los dos viajeros hacía tiempo que habían perdido todo rumbo, simplemente caminaban hacia adelante. Se habían detenido al lado del tronco de un árbol muerto para pasar la noche, no por nada en concreto, sino sólo para poder apoyar en algo sus doloridas espaldas, y ni siquiera habían intentado encender un fuego...¿para qué? Toda energía que conservaran resultaría poca para continuar el viaje, así que era mejor no realizar esfuerzos inútiles.

La mañana se levantó, cómo no, fría, pero serena. La ventisca se había detenido por completo, y el cielo se veía completamente azul y despejado, al este se observaban los primeros rayos del sol naciente, y justo delante, oculto por la niebla en el horizonte, se veía la silueta de algo que bien podía ser una ciudad. Ezel y Hathol se despertaron gracias a los cálidos rayos del sol, comieron algo y se pusieron de nuevo en camino, Ezel arrebujada en su gastada capa de viaje y Hathol con su yelmo cónico en la cabeza, su cota de malla, su sobrevesta marrón con el emblema de la Casa de Hador bordado en el pecho y el escudo a la espalda con el mismo emblema. Al cabo de unas horas de camino se detuvieron, observando el horizonte envuelto en niebla.

\"Se ve una sombra allá en el horizonte, parece la silueta de una ciudad\" -comentó Ezel, con un deje de emoción en su voz.

\"Sí\" -confirmó Hathol, igualmente emocionado- \"creo que finalmente hemos llegado a nuestro destino...cualquiera que sea. Sigamos.\"

Los dos viajeros siguieron caminando, con el ánimo renovado, puesto que ya vislumbraban la meta de su viaje, aunque no tenían ni idea de lo que les podría aguardar detrás de los muros de Ferith-Ar Karáh, ya que muchas leyendas circulaban en Helkelen Lára sobre dichas ruinas...y ninguna era muy halagüeña. Al caer la tarde llegaron por fin a las murallas de la antigua ciudad de Ferith-Ar Karáh, la más importante del antiguo imperio. Un camino empedrado, pero casi destrozado por el paso de tiempo, les llevaba hasta la puerta principal de la muralla, en la que en otro tiempo debía de haber dos grandes puertas, quizá decoradas con tallas e inscripciones, pero ahora sólo estaba el hueco silencioso de la entrada. Ezel y Hathol se detuvieron justo en la entrada, asombrados por la majestuosidad de las edificaciones que, aunque en reuinas, continuaban presentado un aspecto imponente. La muralla se extendía a ambos lados de la entrada, y aunque también estaba en ruinas aún se conservaba en buen estado. Los dos compañeros de viaje observaron el interior de la ciudad, que aún conservaba sus edificios y sus calles, a pesar del paso del tiempo, pero en seguida su vista se desvió hacia la derecha, hacia el cementerio que se extendía en un prado cercano a las murallas, cerca de la ciudad. De allí provenía una extraña cantinela que encendió la curiosidad de Ezel y Hathol, que se encaminaron hacia allí. Una vez en el cementerio, entre las lápidas medio derruidas, vieron a un extraño personaje. Era un hombre de apariencia joven, todo vestido de negro, y estaba tumbado, apoyado en el tronco de un árbol, a su lado había un atril con un libro cerrado. Cuando Ezel y Hathol iban a preguntarle quién era y qué hacía allí el extraño hombre abrió los ojos de repente, y con una sonrisa jovial les espetó:

-\"Buenas tardes queridos amigos, llegáis algo tarde...¿dónde está Apacen?\"-

Hathol Karkar

Ezel y Hathol se miraron al unísono, estupefactos ante el comentario del extraño personaje que parecía conocerles, e incluso esperarles, y había preguntado por Apacen.

\"Salud Maese\" -dijo Ezel, reaccionando rápidamente- \"Antes de responder a vuestra pregunta queremos saber quién sois y porqué parece que nos esperabais\"

\"Bueno, me parece justo\" -dijo el personaje, con una sonrisa en los labios- \"puesto que yo tengo ventaja al saber que vendríais. Mi nombre es Laureon Ontarwë, filólogo, filósofo, erudito y...bueno, de momento dejémoslo así. También soy amigo de Apacen, por eso os he preguntado por él. Y ¿por qué os esperaba? Porque sabía que vendríais, naturalmente.\"

\"Mi nombre es Hathol Karkar, y ella es Ezel\" -dijo Hathol, saliendo de su asombro- \"Partimos de Ost-En-Äel junto a Apacen hace...ya ni sé cuántos días. Dijo que algo le empujaba a ir a estas ruinas, pero no quiso decirnos más. Al cabo de unos días nos dejó, diciendo que otro asunto más importante le reclamaba, así que nosotros dos decidimos seguir hacia aquí para averiguar la razón que empujó a Apacen a iniciar este peligroso viaje, y por fin hemos llegado.\"

\"Extrañas noticias las que traéis, amigos\" -dijo Laureon pensativo- \"Este comportamiento no es propio de Apacen, debió una razón de peso la que le obligó a dejaros, pero por otro lado confío en que pronto se reunirá con nosotros. Y mientras le esperamos venid conmigo, os enseñaré porqué estoy aquí y qué es lo que hago.\"

Dicho esto, Laureon se giró y empezó a caminar con pasos largos y ligeros hacia donde estaban sus objetos de estudio. Ezel y Hathol se miraron y, sin decir nada, siguieron al extraño personaje llamado Laureon Ontarwë, puesto que, realmente, no tenían ni la más remota idea de qué hacer en ése instante, ni otra opción.

Laureon

Subieron una pequeña colina, siguiendo un serpenteante sendero terroso hacia lo alto del antiguo cementerio, colmado de montículos y grandes piedras, con algunas inscripciones aquí y allá.

—No sé si sabéis—dijo Laureon mientras caminaban—que el pasado de estas tierras es tremendamente rico, y muy misterioso. Antaño hubo aquí un gran Imperio, el Antiguo Reino como lo conocemos ahora, próspero y magnífico. Sin embargo, de repente y sin saber por qué, desapareció.

—Algo habíamos oído—dijo Hathol. Ezel callaba, y miraba a Laureon con el ceño fruncido.

—Bueno, siempre me ha interesado la historia, y en especial las lenguas—prosiguió Laureon, sonriendo. Se acercaban ya a la cima, y el sol se encontraba en su punto más alto, a su derecha—. Muchos de los líderes de estos territorios sentimos gran curiosidad por el pasado, y por ello inicié este viaje. Para aprender, no hay mejor método que leer los textos escritos por los propios Imperiales, y se conservan bastantes. Sin embargo, nada queda ya de la lengua antigua y su escritura, y no habría modo de descifrarla... de no ser por mí—sonrió de nuevo. Habían llegado a la cima, y veían el hermoso jardín que se había instalado en honor a los muertos de aquel país. También pudieron ver el atril de Laureon, de nuevo, y su caballo.

Laureon les permitió ver el libro donde leyeron más y más anotaciones.

— ¿Qué es esto?—pregunto Hathol Karkar finalmente, frunciendo el ceño.

—Estoy desglosando la gramática y el vocabulario de la Lengua Antigua, traduciendo todo lo que puedo al élfico. Quise venir en primer lugar al cementerio, donde hay multitud de inscripciones, y aquí estoy.

—Pero, ¿cómo lo has hecho?

Laureon rió entre dientes, y miró con intensidad a Hathol, y un fulgor dorado pareció brillar desde sus ojos. Poco resistió Hathol aquella mirada, y se dedicó a curiosear en las pocas páginas que había escritas.

—Imprudente sería si revelo todos mis trucos en cuanto surge el primer curioso—dijo Laureon, burlón. Echó una significativa mirada a ambos, y esta vez pudieron sostenerla, pues el Maia no hizo fulgurar sus ojos dorados; y vieron que aquel hombre, en apariencia joven y sencillo, escondía una sabiduría y un poder inalcanzable para ellos. Pareció de pronto más grande, más alto, más majestuoso, como si se hubiera desprendido de sus raídas ropas oscuras, y vestía un manto blanco, y llevaba una diadema de oro y platino en la frente. Incluso pareció verse detrás de él, el resplandor maravilloso de dos extraños árboles, uno dorado y otro plateado, y una fragancia refrescante acudió a ellos en aquella visión de un remanso de paz imposible de alcanzar para los Hombres vivos.

Así fue su encuentro con Laureon, extraño e indescriptible, tal y como había deseado el Maia, pues no quería que desconfiaran de él. Sin darse cuenta ya estaban de nuevo frente a un joven de ropas negras y brillantes ojos, asombrados, aunque recobrados, como si aquello hubiera sido una jugarreta de su mente, y nada real.

—En cualquier caso, ya habrá tiempo para seguir trabajando—dijo al fin—. Tengo hambre, e iré a comer pronto. Si queréis acompañarme...

Ezel

Por toda respuesta a los dichos del Maia, Ezel arqueó una ceja entre incrédula y reprobatoria. No le acababan de gustar las sonrisas de autosuficiencia que firmaban cada dicho de Laureon, ni muchos menos compartía el garbo ostentoso de su porte.

A fuego le había quedado grabada la impronta de la disciplina en el aprendizaje de cualquier cosa. Metódico, lento y acumulativo resultaba el estudio de las lenguas, si no se desenvolvía en un medio fluido de las voces nativas.

¿Y aún así pretendía haber aislado solo y en cosa de instantes, las reglas rectoras de coherencia de un lenguaje perdido? Ni viéndolo creería.

Pero algo emanaba Laureon, que no le permitía odiarlo. Efluvio extraños de sus persuasivas dotes, o quien sabe que otro fruto de los artilugios ancestrales que alojaba su mirada, lo cierto es que pronto sus reproches hallaron tregua y los ánimos de Ezel se volcaron otorgando su beneplácito a la posterior sentencia.

Sintió pues hambre, aún cuando había comido no mucho atrás.

Apacen

–No eres digno de estar aquí – Trono una voz lejana, el eco se propago por toda la caverna, repitiendo una y mil y veces la misma frase.

Con cada nueva repetición la energía de Apacen disminuía, sentía un profundo dolor que le obligó a doblegarse, se aferro con fuerza a su bastón, e intento articular unas palabras ¿Por que? –entonces el eco paro en seco, el silencio lleno la estancia, Apacen y Naulë sintieron una extraña energía les rodeaba.

Entonces, sintió casi como si sus huesos se fundieran, como si su carne se disolviera y su espíritu se disipara. Se abandonó a aquella sensación, tal como había decidido hacer, puesto que sabía que la muerte era el precio a pagar.

El sol del mediodía baño el rostro de Naulë y Apacen, despertándolos de su sopor. Se incorporaron lentamente, como si acabaran de levantarse de un largo sueño. Se encontraban desorientados, no sabían donde habían ido a parar. Pero algo era seguro, no era el Trono de Hielo, el Aeglos o sus inmediaciones pues el calor era mucho más asfixiante.

Hathol Karkar

Hathol aún no podía creeer cómo aquél extraño personaje había conseguido desglosar y desmenuzar el extraño y antiguo lenguaje del Imperio en tan poco tiempo, era algo inconcebible. Por ello empezó a sospechar que aquel \"hombre\" poseía algo \"especial\", que no era un simple hombre de letras como los demás, que escondía algo. No obstante, Ezel y Hathol, ya habían presenciado una \"visión\" cuando se toparon con Laureon, creyeron ver una figura majestuosa, vestida de blanco y rodeada de una aureola plateada y dorada al mismo tiempo, con dos árboles que surgían a sus espaldas. Pero enseguida se frotaron los ojos y volvieron a ver a aquel hombre vestido de negro y de sonrisa apacible y burlona.

Así pues, Ezel y Hathol aceptaron la invitación de Laureon para acompañarle en su almuerzo y subieron la colina hasta llegar a la sombra de unos árboles cerca del cementerio, donde el erudito tenía todos sus instrumentos de estudio. Se sentaron a la sombra de un robusto roble y, como por arte de magia, Laureon sacó una gran fuente con variados y apetitosos manjares.

\"Espero que baste para los tres, no esperaba tener compañía para comer\"-dijo Laureon sonriente.

\"No os preocupéis\"- dijo Hathol, con una carcajada -\"nuestros hábitos alimenticios son algo más comedidos que los de los Hobbits\"

Hathol empezó a comer con ansia, ya que hacía días que no comía algo que no fuera pan y carne, o pescado, en salazón. Ezel, en cambio, casi no hacía caso de la gran fuente de aliementos, solo picaba de aquí y de allá, sumida en sus propios pensamientos.

\"¿Hobbits?\"- preguntó Laureon extrañado -\"¿conoces la existencia de los hobbits? Tú no eres de estas tierras, Hathol, dime ¿de dónde procedes?\"

\"Bueno\"- dijo Hathol, sorprendido ante la extrañeza de Laureon -\"Mi origen se encuentra en el Oeste lejano, en una tierra llamada Beleriand, concretamente en la región de Doriath. Procedo de una antigua estirpe de Hombres, la Casa de Hador...pero bueno, es una historia algo larga. Quizás os la cuente cuando hayamos descansado de este fatigoso viaje\"

\"De acuerdo entonces\"- dijo Laureon -\"me encantará oír esa historia.\"

Pero lo que no podía imaginar Hathol en aquel momento era que Laureon conocía perfectamente la tierra de Beleriand y todo lo que en ella había acontecido, puesto que él mismo había tomado parte en los importantes acontecimientos que en ella se habían producido. No obstante, a Laureon le fascinaban las buenas historias, y estaba seguro de que la de Hathol sería una buena historia, y por ello quería escucharla.

[Editado por Encalion el 16-08-2006 12:10]

Laureon

Al oír de nuevo el tan amado y tan odiado nombre de Beleriand, Laureon sintió una congoja en el corazón, bajó la cabeza, con el rostro entristecido, y se sumió en sus pensamientos. Sus dos acompañantes le contemplaron asombrados. Al poco, no obstante, Laureon recuperó el buen humor, como de costumbre, y siguió comiendo. Hablaban de muchas cosas y de ninguna en particular, y Laureon demostró ser un libro lleno de conocimientos. De pronto, Ezel hizo una pregunta que sorprendió a Laureon:

— Nunca había visto unos ojos como los tuyos, del color del oro. ¿Sabes por qué son así?

—No puedo asegurarlo, joven Ezel—respondió—. Nací con ellos.

Pero los tan suspicaces pensamientos de Ezel se fijaron en la palabra \"joven\", pues el aspecto de Laureon era de una edad similar a la suya.

De pronto, Laureon alzó la cabeza. Se mantuvo inmóvil y erguido durante unos instantes y, después, soltó una carcajada.

— ¡Hagamos ver la luz a un ciego!

Se levantó apresuradamente y corrió por el camino en descenso, como animado por algún extraño impulso. Sus compañeros lo siguieron en cuanto pudieron, de nuevo sorprendidos por el comportamiento de Laureon.

Al cabo de un rato, lo encontraron arrodillado frente al cuerpo inmóvil de un hombre y, algunos metros más abajo, una loba. Hathol fue el primero en reconcocerle.

— ¡Apacen!

—De un modo u otro tenía que llegar—dijo Laureon sonriendo—. ¡Mi tozudo y querido amigo!

Las manos de Laureon acariciaron el rostro pálido de Apacen, y éste pareció recobrar energías. Lentamente fue abriendo los ojos.

Apacen

En el rostro de Apacen se dibujo una tenue sonrisa.

Reunio las fuerzas que puedo y exclamo-“Vaya, que suerte la mia!”- Haciendo una breve pausa – “Pensaba que mi hora había llegado y al instante siguiente me encuentro entre vosotros. Extraños son los designios de los espíritus, espero que algún día pueda llegar a comprenderlos. ¿Pero donde nos encontramos?” – Pregunto.

-“En Las Ruinas De Ferith Ar-Karáh” – Respondió Hathol.

-“Supongo que Ezel también estará entre vosotros, ” – pregunto Apacen.

Ezel arqueo una ceja, un poco indignada y sorprendida por la presencia del hombre, de todos los que había conocido hasta el momento, era por el que sentía una mezcla de fascinación y odio, pues nunca le había gustado el modo en que Apacen había jugado con ella. -“Estoy aquí, pero espero que esta vez podamos disfrutar más tiempo de tu compañia ”- Dijo de forma sarcástica, refiriéndose a los incidentes del Aeglos.

Apacen soltó una carcajada –“Lo intentare, pero no prometo nada. Uno nunca sabe cuando será convocado por los espíritus...” – a lo que añadió. “Ahora si me permitís, tengo que cambiarme de ropas, no pensaba llegar de forma tan directa hasta aquí, y tengo demasiada calor”

Apcen se quito las ropas de abrigo, dejo la piel de oso que tantas veces le había protegido del frió del Aeglos, y tan solo se quedo con una larga capa negra, y las ropas propias de su gente. Una camisa de manga larga grisácea, desgastada por tantos viajes, un pantalón color marrón oscuro y unas botas de cuero marrones. Si algo había de hacer urgentemente era revisar su vestuario.

-“Bien y que habéis descubierto de este lugar”- Preguntó Apacen.

Ezel

Cuando descubrieron a Apacen, ahí, y como salido de la nada, Ezel no pudo evitar llevar una mano a la frente al tiempo que una exhalación aliviada brotaba de sus labios.

En cuanto Apacen preguntó si también ella había seguido los pasos de la escasa comitiva, Ezel apresuró las palabras mordaces que sin embargo habían perdido cierto brillo y no lograban esconder que en realidad prefería que el hombre se hallase con ellos.

No dijo más, pero la media sonrisa que surcó su rostro era de suficiente elocuencia.

Despojado de las pieles de oso, Apacen perdió tamaño y peso, y las raídas prendas negras y grisáceas que dieron cara al mundo, le confirieron un nuevo aire.

Y sin embargo, cuando este volvió a interrogarlos, no supo que responder.

¿Habían descubierto algo más que, unos a otros?

Apacen

El silencio del grupo perturbo a Apacen. En el trono de hielo no encontro respuesta, había sido rechazo y enviado a aquel extraño lugar.

Entonces porque los espiritus le habían enviado al trono de hielo, si aun no era el momento, o tan solo había interpretado mal las visiones.

Aquel último pensamiento perturbo aun más la mente del hombre.

Respiro profundamente, recuperando la energia perdida.

-\"Creo que deberiamos investigar un poco mas a fondo el lugar\"-Dijo Apacen al grupo. Conservaba la esperanza de poder captar alguna señal si exploraba el lugar.

Laureon

Yo ya he empezado con lo que te mencioné, Apacen—dijo Laureon. El ciego asintió—. No es mala idea que exploréis el lugar, pero me temo que yo tengo mucho trabajo que hacer. Me esperan libros, libros, libros...—añadió fatigosamente—. Eso sí—continuó, esta vez con seriedad—, no os aventuréis a Ferith Ar-Karáh después de la puesta de sol. Hay muchos seres maléficos en la oscuridad que anhelan llenar de sombras los corazones. No quisiera tener que expulsarlos con la luz... al menos, no por el momento.

Todos asintieron.

Hathol Karkar

Después de la inesperada llegada de Apacen (que no fue tal por parte de Thirian) y de la oportuna bienvenida, Apacen, Ezel y Hathol decidieron entrar en las ruinas para explorarlas. Así pues, se alejaron del cementerio y tomaron de nuevo el sendero que conducía a la entrada principal de la ciudad. Un enorme arco de piedra les esperaba al final del sendero, y a cada lado surgía la muralla de ciudad, aún imponente y casi intacta a pesar de los años de abandono. No obstante, las puertas colgaban a los lados del arco, semiderruidas y abiertas de par en par, por lo que los tres amigos tuvieron una visión más o menos clara del interior de la ciudad. A través del arco se vislumbraban calles empedradas y casas bajas de piedra, pero cuanto más lejos miraban, más grandes y opulentas parecían las viviendas. Era mediodía aún, y el sol se alzaba brillante en un cielo azul y despejado.

-\"Bueno, ¿qué hacemos ahora?\" -preguntó Ezel, dubitativa.

-\"Yo digo que entremos\" -dijo Hathol, impetuoso- \"Tengo mucha curiosidad por saber lo que hay en estas ruinas.\"

-\"Estoy de acuerdo\" -dijo Apacen, con calma- \"Pero no debemos olvidar las palabras de Laureon, al caer la noche tenemos que estar fuera, sea lo que sea lo que haya allí dentro sólo despierta en la oscuridad de la noche.\"

Ezel y Hathol asintieron serios. Así, los tres humanos y la loba se adentraron en las ruinas de la antigua ciudad de Ferith-Ar Karáh, en ése instante un escalofrío de inquietud recorrió la espalda de Naulë y se estremeció cuando puso una pata dentro del recinto amurallado. Una inquietud de la que sólo Apacen se dio cuenta, por lo que suavemente acarició la testa de la loba, tranquilizándola, no obstante, la misma sensación había invadido al humano al entrar la ciudad. Pero no dijo nada ni a Hathol ni a Ezel, no era el momento, al menos no aún.

[Editado por Encalion el 29-08-2006 12:52]

Apacen

Tras penetrar en los recintos de la ciudad, Apacen se detuvo unos instantes. Una visión le fue revelada en aquel instante:

Ante sus ojos la ciudad recobro la vida y esplendor de tiempos pasados. Las gentes y sus conversaciones inundaron la ciudad. Todo parecía marchar bien, pero pronto una sombra cubrió la ciudad, sintió como el miedo se arrastraba por sus calles como un reptil. Instantes después la ciudad ardía en llamas, el miedo y horror se había apoderado de sus gentes, que trataban de salvar sus vidas de aquel infierno, hasta que la ciudad fue consumida por el fuego, condenada al olvido y al silencio.

Ahora lo vio todo claro, debía apaciguar el espíritu de la ciudad, devolverle la paz perdida, para que sus gentes pudieran encontrar la tal ansiada paz y cruzar al otro lado. Descubrir el motivo por el cual la ciudad fue destruida; parecía una tarea sencilla, pero los espíritus estaban demasiado inquietos y resentidos; se podía palpar su ira, su odio en el lamento del viento que se filtraba a través de las rocas de las ruinas.

“Hathol, Ezel” –Les llamo Apacen –“Nos enfrentamos a un espíritu que busca alcanzar la paz, pero ha pasado tanto tiempo que solo piensa en la venganza. Nuestra primera pista es el lobo”- Apacen extrajo la mascara con forma de lobo y se la mostró – “Quizás esto nos ayude.” –Añadio.

Gmork

[Editado por peregrinoscuro el 01-02-2007 15:44]