La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Laurankar Tirion

2007:03:26:15:53:15

Laureon

Hacia el noreste del Valle del Atardecer Azulado, al oeste del Trono de Hielo y del Aeglos, en un antiguo pináculo rocoso, entrante en las frías Montañas de la Nieve Perenne, se levanta una anciana y alta torre de mármol, bella y resplandeciente, denominada como la Torre del Fulgor Dorado, o Laurankar Tirion en Noldorin. Emanaba una neblina dorada refulgente, no como un vapor espeso, sino como una aurora en la tierra, que daba un aspecto misterioso al lugar.

La torre había sido una poderosa atalaya del Antiguo Reino caído, derruida y quemada varias veces, reconstruida otras tantas, y abandonada finalmente. Allí llegó Laureon un día cabalgando y fumando aquellas hierbas de manzana que tanto le gustaban; sorprendido por la majestuosidad que aquel paraje inspirada, con la cansada y vieja torre excavada en el mismísimo pináculo, visitó las salas tan sufridas del edificio, contempló la enorme biblioteca subterránea con multitud de libros y manuscritos en la lengua vernácula del Viejo Imperio, y subió a lo alto de la atalaya, cuyas vistas hicieron vibrar al Maia.

Así pues, decidido a establecerse en Helkelen, intrigado por los secretos conocimientos que podían albergar aquellos libros, decidió reconstruir la torre, y adaptarla a sus necesidades.

Por primera vez Laureon Ontarwë, El Herrero, desde hacía ya tanto tiempo, dejó libre el poder constructivo que había heredado de su mentor, Aulë, y durante dos semanas trabajó arduamente para reconstruir la Torre.

Y finalmente, cansado y satisfecho, contempló su obra recién acabada.

Laureon

Laureon, el Maia, canturreaba alegremente por el campo, rodeado de hierbas altas, bosquecillos hacia el sureste y colinas de matorrales al suroeste. A su espalda quedaban las hoscas y amenazantes Montañas Perennes, azuladas debido a la distancia, pero a la vez nítidas y temibles. Podía verse a lo lejos, también, las auroras terrestres de la Torre de Laureon, sinuosas y refrescantes, bellas,difuminadas debido a la lejanía; daba impresión aquello de un raro, pero maravilloso, sueño. Había dejado su fiel caballo en las caballerizas de Laurankar, y paseaba vestido con una holgada túnica blanca y unas pequeñas botas, leyendo con atención y curiosidad un libro escrito en la Lengua Antigua desaparecida. El camino empedrado no estaba muy lejos, a su izquierda, y al cabo de un rato, satisfecho por su paseo, cerró el libro—dejando convenientemente marcada la página por la que iba—y retomó el camino hacia la Torre. Hacía ya tiempo que habían terminado sus aventuras en Ferith Ar-Karáh, por lo que su comprensión del idioma antiguo era, cuanto menos, muy notable.

Llevaba ya casi una milla de trayecto recorrida, cuando su instinto le avisó sobre viajeros a sus espaldas. Se dio la vuelta y vio que un jinete se acercaba a él, no demasiado deprisa, pero tampoco demasiado lento. Curioso por naturaleza, Laureon el científico continuó un pequeño trecho el sinuoso sendero entre los pequeños montes de arbustos y finalmente se sentó en una roca plana y grande a su derecha, cerca del empedrado.

El jinete no tardó en llegar, y Laureon lo reconoció rápidamente por su porte y su forma de vestir, como un mensajero. Sonrió mentalmente, al recordar su proposición al Consejo de crear un cuerpo competente de carteros y mensajeros; la rapidez y la eficacia eran vitales a la hora de transmitir información.

El jinete se apeó e hizo una pequeña reverencia ante Laureon, el llamado Rey Dorado, quien frunció el ceño. Poco le gustaban a él ese tipo de cosas.

—Mi señor Laureon, tengo un mensaje para vos—dijo el mensajero respetuosamente, lo que avivó aún más la desaprobación del Maia.

—Vamos, muchacho, mírame a los ojos y háblame sin tanta ceremonia—dijo bruscamente—. No soy un Vala, ni pretendo serlo.

El mensajero iba a decir algo parecido a \"a sus órdenes, Señor\", pero conocía la fama de Laureon y se lo calló.

—Bien, me han ordenado que le comunique...—sacó una nota del bolsillo para refrescar su memoria y siguió hablando—. Para que le comunique que una mujer extranjera se dirige hacia su Torre. En circunstancias normales la ley no hubiera permitido tal cosa, pero debido a que el Consejo sabe cómo es usted, permitió tal visita. He viajado tan rápido como he podido, y según creo esta señora, de nombre también forastero, estará aquí en unos cinco días, quizá menos. Eso es todo, Señor.

Laureon se quedó pensativo, con los ojos entrecerrados, y despidió pensativo al mensajero, recompensaándole por sus buenos servicios con alguna moneda de oro. Siempre solía hacerlo.

\"Conque una extraña forastera, ¿eh?\", pensó Laureon cuando regresaba. \"Muy bien, veamos qué se trae entre manos; al menos no he perdido facultades... mis sueños siguen cumpliéndose. Menos mal que no le digo nada a mi buen Apacen... seguro que se pondría celoso. Qué interesante...\"

A los cinco días una extraña forastera se acercaba a la Torre; y Laureon esperaba pacientemente, fumando sus hierbas de manzana, sentado al lado de la puerta del muro exterior de Laurankar Tirion. Arqueó las cejas, y sonrió con bondad.

Alkalabrindeth

Atravesó todo el norte del Taurëruin en una sola jornada, era suficiente para un espíritu cansado. Se detuvo en las orillas del Tuine Hyellea, el sol daba muestras de ocultar pronto su rostro; nunca había sentido tanta pesadumbre, depositó lo que cargaba en el abundante pasto, bebió del agua cristalina que reavivó sus ánimos y se adentró en la corriente a darse un baño. Al salir se posó en la hierba para despedir los últimos destellos de Arien, olvidó el tiempo hasta que sus grandes ojos vieron salir las primeras estrellas en el firmamento, su luz le recordaron a la dama de sus sueños y su mandato… debía continuar.

Al inclinarse vio hacia el noroeste las imponentes Montañas del Fin del Mundo, a través de sus cumbres la luz de la luna se filtraba hasta llegar a sus plantas, entonces comprendió que ese era el camino que debía seguir.

Una leve esperanza en su corazón la incitaba a seguir a pesar de la extenuidad que la abrumaba, Alkalabrindeth anduvo horas bajando y subiendo senderos escarpados, en ocasiones creía que caminaba dando vueltas, había sitios tan similares a otros, pero siempre ocurría algún signo que para ella era el claro significado de por donde debía dirigirse. Poco a poco sus piernas le respondían menos, por sobre las montañas terregosas se podía ver una diminuta figura que se tambaleaba aferrándose a no parar.

Faltaban un par de horas para la llegada de la aurora cuando de pronto la pequeña figura se desplomó, rodando hasta toparse con una gran roca que salía de la montaña como una mano que la detuviera. Entonces Sorontir abandonó el nido…

El primer rayo del alba iluminó su rostro, Alkalabrindeth abrió los ojos y sintió la tibieza y suavidad de unas plumas en su mejilla, mientras en la otra sentía la fresca brisa de los cielos; al levantarse vio con asombro que sobrevolaba las montañas encima de una hermosa y ancestral águila, no entendía cómo se abría subido en ella y creyó que era uno más de sus sueños. Pero una vez que llegaron al extremo norte de las montañas, el águila descendió hacia la estribación más baja y con cuidado desplegó un ala hacia el suelo, la elfa resbaló a través de ella y vio con asombro la belleza del animal; el águila se irguió con extrema nobleza y habló:

- No temas. En el mundo hay poderes más grandes de los que Árador ha permanecido ajena; no obstante te haz envuelto en el único poder maligno del cual haz sobrevivido, y eso ha sido un gran don que les fue concedido. Algún propósito más se espera de ti que me han enviado a guiarte, pero mi deber principal es resguardar estas montañas, pues aún no se ha destinado que alguien deba cruzarlas más hacia el este. Por lo tanto he de dejaros, estás en tierra segura; hacia abajo pasando el peñasco inicia la frontera de Helkelen Lára, cruza el hielo sempiterno y llegarás a donde tu destino te aguarda.

El águila dio media vuelta para emprender el vuelo de regreso, pero Alkalabrindeth pidió su espera, necesitaba conocer su nombre y que le aclarara la mente, se sentía tan confundida, el águila sólo pronunció su nombre y partió sin más demora, en cuanto la peredhel la dejó de ver a la distancia sus pensamientos tomaron forma y entonces supo hacia donde ir.

- Hantalë Sorontir, nunca os olvidaré!! – y los ecos difundieron en la lejanía la voz de ella.

Todo el día anduvo sin problemas por los parajes helkerianos, las heridas y rasguños de la caída no la habían molestado; por el atardecer llegó a una vasta tierra cubierta de hielo y nieve, ese trayecto fue el más cruel, no traía entre sus ropas nada que le cubriera el frío que se le clavaba en los huesos, recordó a sus hermanos del Lunte I Nyarier y lloró hincada en la nieve sin consuelo alguno, fueron momentos dolorosos en los que se sintió engañada, tal vez esos sueños habían sido maquinados por el mismo ser que la había atormentado en Amaurenori.

Una vez más se había dado por rendida, pero ahora no estaba Bohr para rescatarla, no estaban ni los sueños que la persuadían, sólo el hielo crujiente que le mancillaba la piel.

Una vez más una figura vestida de negro tirada en la blanca nieve, una desconocida armada en territorio ajeno y con precaución de guerra.

Quiso la fortuna que aunque la elfa no lo viera, cayera en las cercanías del Trono de hielo. Unos hombres la levantaron y la llevaron a su hogar, con el calor de la chimenea, Alkalabrindeth reaccionó. Largo rato los hombres le cuestionaron duramente su llegada y los motivos que la llevaban a Helkelen, Alkalabrindeth fue más la sorprendida cuando respondió todo con información que ella misma desconocía, incluso acababa de mencionar un alto nombre que hasta los hombres se sorprendieron y la vieron con mayor recelo.

Después de cuchichear un rato entraron a la habitación y le dijeron que la dejarían partir, mas habría que hacerlo con precaución porque estaría vigilada en todo momento. En otros tiempos la elfa hubiera reaccionado con orgullo ante tal desconfianza y severidad, pero no tomó importancia al asunto y decidió partir de inmediato, era un nuevo día y sentía fuerzas renovadas.

Después de todo tuvieron un tanto de cortesía, le habían curado las heridas, la habían alimentado y le habían prestado un gran abrigo de piel y cuero macizo, al menos eso le cubriría del clima intempestivo que había caído en el lugar.

Cinco días más tuvo que andar, varias veces se detuvo a cazar lo que encontrara a su paso, parecía que al acercarse al objetivo volviera a ser ella, también en varias ocasiones maldijo en sus pensamientos a los que la vigilaban, nada les hubiera costado prestarle un caballo.

Al quinto día ya estaba envuelta en la hermosa neblina que bañaba de sol la torre alta e imponente de Laurankar, embobada con tanta majestuosidad y surrealismo se sintió libre por primera vez en mucho tiempo, extendió los brazos y danzó sonriente entre las flores doradas y mirando las copas de los árboles... entonces sintió una mirada penetrante, bajó la vista deteniendo su andar y lo vió...

Una figura alta, noble y hermosa, parecía de un linaje apenas inferior a la dama de sus sueños, se mantenía erguido cerca de la torre en espera de ella, una leve y bella sonrisa le daban el mejor recibimiento que Kala hubiera podido esperar, pero la peredhel tembló y, su espíritu efímero no soportó tanta emoción, cayó como la hoja de un árbol, deslizándose entre el tiempo y la hierba.

[Editado por IndisElbereth el 27-08-2006 23:14]

Laureon

Laureon se levantó tan pronto como la mujer cayera exhausta en la hierba. Mandó llamar a uno de los curanderos de la Torre—no sólo estaba habitada por el Maia, sino que allí había prosperado una pequeña ciudad—, y ambos levantarón el cuerpo liviano de la forastera en una camilla. Cruzaron con rapidez la puerta exterior y se adentraron en Laurankar, ante la mirada extrañada y sorprendida de los hombres y mujeres que hacían su vida diaria.

— ¿Por qué se me ocurriría construir las Casas de Curación casi en lo alto de la torre?—preguntó Laureon frunciendo el ceño. Su acompañante, Do\'gash, sonrió ante el comentario.

—Supongo que pensarías que a los pacientes les vendría bien ejercicio físico... para recuperarse antes.

Laureon soltó una carcajada.

—Aunque me temo que morirían antes de llegar.

Ambos rieron.

—Sólo está agotada—dijo Do\'gash después—. Es increíble cómo una mujer tan hermosa puede ser tan fuerte.

—Esperemos que sea tratable, y que no hayamos hecho un esfuerzo en vano—comentó Laureon frunciendo el ceño.

—En fin, lleva todo un día seguido durmiendo, y si estamos en lo cierto, despertará pronto. Puedes visitarla si quieres.

—Tengo curiosidad...

El curandero se despidió con una reverencia—más como burla que como respeto, pues en la Torre todos sabían que Laureon odiaba las coronas, los \"sí, señor\" y las jerarquías—, y Laureon se sentó frente a la joven, que dormía plácidamente entre las mantas. Contempló durante unos momentos su rostro. Era pálido, delicado, con cierta dulzura, pero a la vez comprobó arrogancia y furia—mucha furia—en las levísimas arrugas de sus ojos, en cómo fruncía los labios. Sonrió cariñosamente. Aquella misteriosa mujer había sufrido, y seguía sufriendo. Intuyó que había cruzado el Aeglos—probablemente por primera vez en su vida—, y la sombra de su poder maléfico no debía conservarse en el corazón ya dolido de la joven. Así pues, invocó una porción de sus poderes y acarició el rostro suave de la joven.

Poco después despertó, lentamente, abriendo los párpados como si fueran de plomo.

—Buenos días—dijo Laureon dulcemente.

Alkalabrindeth

Destellos luminosos cruzaron frente a sus ojos antes de empezar a ver la imagen de fondo que poco a poco se fue esclareciendo. Era el mismo joven que había visto a la distancia, su voz sonaba tan dulce como el canto de las aves y tan imponente como el sonido de las campanas.

Alkalabrindeth se inclinó lentamente creyendo aún estar en un sueño, la habitación era sencilla, sin ostentaciones, pero cada rincón hablaba de la delicadeza y perfección de las manos que la crearon. Todo el ambiente estaba impregnado de un fresco aroma, alguna hierba fragante que ella desconocía.

Su mirada estaba clavada en los ojos dorados del joven, ojos que expresaban alegría y melancolía, dulzura y fortaleza, en la profundidad de ellos se podían ver años incontables y sucesos bellos y terribles, algo extraño y contradictorio para un rostro fresco y joven.

Laureon rió levemente ante la actitud de kala, sabía la fortaleza que llevaba en su espíritu, pero se comportaba como una niña curiosa y temerosa, observando cada parte de sus facciones. Ella al escuchar su risa comprendió que era real, se sintió tonta e inclinó la cabeza en un desdén.

- Agradezco la hospitalidad y las molestias que os he causado, Señor. Pero os suplico me devuelva mis objetos, debo partir de inmediato en busca del Señor Laureon.

El maia se extrañó cuando ella mencionó su nombre con tanta prisa y vehemencia, ni siquiera reiteró en la forma en que le había hablado, una mezcla de respeto y arrogancia. Y Frunciendo el ceño en acto de desconfianza, le preguntó:

- ¿Qué asuntos te han guiado hacia Helkelen Lára pasando por el hielo y otros peligros? ¿Por qué solicitas audiencia ante Laureon con tanta premura?

Alkalabrindeth en un impulso volvió la mirada hacia el maia, iba a reprocharle el interés ante un asunto que no era suyo y que no debía importarle, se estaba hartando de que la trataran con tanto desprecio y desconfianza; pero no pudo, las palabras se congelaron en sus labios, entonces se convenció que no podía sostener tal actitud viendo esos ojos y, lo que jamás hubiera imaginado, sus mejillas se ruborizaron, tuvo que volver a agachar la mirada... y entonces respondió:

- Ni yo misma sé por qué lo busco, traigo su nombre clavado en mi mente desde hace unos días, he tenido sueños extraños... pero lo más extraño es que cada vez que pronuncio ese nombre tengo una sensación de alivio, como si él fuera alguien muy importante en mi vida, aunque ni siquiera lo conozco.

La elfa cayó y volvió a un estado de tristeza y evasiva, no sabía que estaba frente al personaje que buscaba, una parte de su alma lo presentía y por ello sintió confianza y salud física, pero la sombra que cargaba en su mente le estaba nublando la presencia del poder dorado.

Laureon

Laureon bajó la mirada, pensativo ante las extrañas palabras de la joven, sin saber muy bien si debía creer o no, si debía desconfiar o si debía mostrarse tal y como le gustaba, amable. Indeciso, miró de nuevo a los ojos de Kala. Sus iris dorados brillaron con tal intensidad que la medio elfa apenas pudo mantener unos instantes aquella mirada. Entonces Laureon sonrió, interiormente, pues no había visto nada malo en las intenciones de la joven. Parecía tan desconcertada como él. Se levantó de la silla y miró de nuevo a kala.

—Yo soy Laureon—dijo con sencillez.

— ¿Laureon?—preguntó Kala sorprendida, más por el porte del extraño—sencillo, sin ceremonias—, que por su propia intuición—. Según he oído eres el rey de estas tierras, el Rey Dorado como te llaman, y dicen que eres más antiguo y poderoso que los Altos Elfos, y que manejas los metales como si formaran parte de tu propio cuerpo; que eres Ontarwë, el Herrero—concluyó Kala, en parte con admiración, y en parte con desconfianza. Era lo que había oído durante su viaje por el sur de Helkelen.

Laureon alzó las cejas, y de pronto se echó a reír.

— ¿Eso dicen?—preguntó. Kala asintió—. Vaya, tendré que reñir a bastante gente.

— ¿Entonces no es cierto?—insistió la joven, ligeramente decepcionada. Laureon no contestó enseguida. Sonrió y ladeó la cabeza hacia un lado.

—Quizá...

A kala no dejaba de desconcertarle el carácter de aquel enigmático señor. Tanta sencillez, tanta simpleza, no era propia—según ella—de un rey.

— ¿Así que sois Laureon?—preguntó de nuevo.

—Ese es mi nombre, no puedo negarlo. Pero me intrigas... ¿No tienes la más remota idea de tu misión aquí?

—No...

Laureon de nuevo bajó la vista, pensando.

—En fin—dijo después—, si tu destino está de algún modo atado a mí, no seré yo quien niegue su cumplimiento. Escribiré un permiso para que se te permita el acceso a cualquier parte de la Torre. Se te tratará con respeto y sin desconfianza. Ahora, podría enseñarte Laurankar Tirion, si te apetece, y si estás suficientemente recuperada.

Ante esto último, la joven recuperó su arrogancia. Se levantó con rapidez.

—Por supuesto que lo estoy—dijo, entrecerrando los ojos. El Maia asintió, y se fijó en las ropas de viaje de kala, gastadas y raídas.

—Por cierto, no sé si te gustará ese tipo de ropa que llevas puesto, pero en caso de que no, hay aquí abundantes vestidos por si quieres cambiarte. Ah, sí, una cosa más... no me has dicho tu nombre.

[Editado por Thirian el 29-08-2006 13:34]

Alkalabrindeth

- Me agrada mi ropa señor, me ha acompañado a grandes batallas, no siendo la menor el camino hacia Helkelen. Sin embargo acepto su generosidad, y esperando no abusar de ella me gustaría darme un baño...

- ¡Esperaba que lo pidieras! -dijo Laureon interrumpiéndola y guiñando un ojo, caminó hacia la puerta y al abrirla había afuera una señora de apariencia robusta y mejillas rosadas, traía un mandil de manta; se aproximó de inmediato dando una reverencia, Laureon hizo una mueca de hastío.

- Onnete, prepara la tina para nuestra invitada y trae mantas limpias, saca varios vestidos de la habitación contigua y tráelos para que elija el que desee.

- ¡Ahorita mismo Señor, ay! discúlpeme es que no me puedo acostumbrar -dijo tímidamente la señora y se retiró corriendo por el pasillo.

- Tantos años y no se acostumbran -murmuró Laureon, y dirigiéndose a la \"invitada\" le dijo antes de cerrar la puerta y marcharse.

- Esperaré en la biblioteca, Onnete te guiará, no creas que he olvidado que me debes tu nombre.

Alkalabrindeth dio un profundo suspiro, después de tantos pesares se sentía repuesta, decidió no pensar en el pasado, en aquello que la atormentaba, por alguna extraña razón se sentía emocionada y distinta. Se acercó a la ventana que daba a la parte oeste de la torre, al abrirla el viento sopló con calma en su rostro, la peredhel soltó su cabello y el viento jugueteó en él. En verdad era un lugar hermoso e insuperable, desde arriba se veía un círculo de niebla dorada, como si la torre fuera más alta, pero no era más que un truco, desde puntos visibles distintos podría parecer invisible y en otros una lluvia de oro proveniente del cielo.

Los pasos de Onnete se detuvieron en la puerta. El baño fue refrescante, la curandera le había dicho que el Señor Laureon había colocado él mismo las hierbas medicinales necesarias, el aire que respiró le despejó la mente, por unas horas todo sufrimiento se borró.

La amable Onnete la ayudó a vestirse, Alkalabrindeth no estaba acostumbrada a esas cosas, desde pequeña se había aferrado a una extrema independencia y esa situación le parecía graciosa, por lo que aceptó su ayuda para evitar verse grosera. En ese lapso, Onnete la puso al tanto de los sucesos recientes en Laurankar y kala no la interrumpió, sus historias le hacían deducir rasgos característicos de Laureon, que era el enigma que más le inquietaba descubrir.

Laureon estaba sentado cómodamente sobre una gran silla, fumaba hierba de manzana y sostenía un libro de pasta dura color dorado, parecía estar dormido, pero en cuanto kala entró, se levantó, colocó el libro en una repisa de madera y voltió a verla.

Ella vestía un vestido sencillo blanco con tonos amarillos que se perdían entre las flores de Laurankar, las mangas eran largas y llevaban pequeños bordados de oro al igual que el cinturón. Traía el cabello agarrado y uno que otro rizo se había negado a despegarse de su rostro.

- ¡Hermoso cambio! -dijo el maia un tanto sorprendido, y la peredhel se intimidó por las palabras, pero intentó disimularlo.

- Espero verme presentable para ser digna de ser acompañada por el Rey Dorado, aunque me hes difícil traer vestido, mi Señor, mi nombre es Alkalabrindeth hija de Valglin, elfo noble y fiel de Fanyarëa -una tenue sombra se vislumbró en sus ojos cuando dijo ésto, entonces Laureon pude distinguir cúal era su punto débil, pero trataría el tema después con más cuidado- aunque hay quienes me llaman Dînwen y yo me he nombrado Caraknâr, puede vos decidme como os plazca.

Laureon

Laureon sonrió ante las palabras respetuosas—demasiado respetuosas, pra su gusto—de su interlocutora.

—Si puedo llamarte como quiera, entonces serás para mí... Gîliell, sí, así te llamaré—soltó una risita ante la mirada sorprendida de la joven. La palabra \"iell\" significaba \"hija\" en sindarin, pero de un modo cariñoso, paternal, lo que no terminó de convencer a Kala—. Otra cosa: ahórrate las reverencias y los \"mi Señor\"; créeme, me parecerás más amable si no lo haces que si lo haces. En fin, Gîliell, dime qué te apetece en esta amplia Torre.

Durante unos momentos la medio elfa no supo qué contestar. Se sentía desconcertada, y levemente irritada ante su nuevo nombre. Que la tomaran como una \"niña\", siendo ella independiente y arrogante como era, no sentaba muy bien a su orgullo. Pero pensando que, por el momento y antes de que su destino allí quedara claro, sería conveniente no mostrarse despectiva. Además, ante aquellos profundos y misteriosos ojos amarillentos, Kala no podía mostrarse así. No entendía por qué, pero no podía dejar de negarlo.

— ¿Qué estabais leyendo?—preguntó después, sin tener nada especial que decir. Ante un gesto de Laureon, tomó asiento en un sillón a su lado.

— ¿Te gustan las lenguas?—preguntó el Maia.

—Las que son útiles, Señor—respondió con cierta solemnidad kala. Laureon sonrió.

—Bien, bien, eso está bien. En cuanto a mí, podría decirse que soy una especie de... de filólogo—la idea pareció divertirle, pues se dibujó una expresión burlona en su rostro—. Leía uno de los muchos libros que encontré aquí. Los antiguos pobladores hablaban lenguas que nada tienen que ver con las nuestras; tuve la difícil labor de descrifrar la gramática y el vocabulario, y ahora puedo leer con fluidez. Aunque me temo que mis exigencias como rey no me permiten muchos momentos de descanso para dedicarme a la lectura.

— Y, ¿cómo lograsteis adivinar el vocabulario?

Laureon soltó una leve risita.

—Como ya dije en su momento, mal científico sería si revelo todos mis trucos al primero que pasa. Y no pretendo ser despectivo contigo al decirlo; de hecho, tu presencia aquí, además de tus ojos, me provocan una curiosidad... notable.

Alkalabrindeth se ruborizó, aunque logró ocultarlo mirando hacia el suelo.

— ¿Te gustaría pasear por la Torre?—preguntó Laureon, cambiando deliberadamente de tema—. Creo que tus piernas habrán perdido forma después de tanto tiempo en la cama sin moverse. Aunque, por otro lado... quizá quieras hacerme alguna pregunta, sobre mí; al fin y al cabo somos unos desconocidos.

Laureon pareció perderse un momento entre los recuerdos, y sus ojos se apagaron. Pero fue sólo un instante, y la medio elfa se preguntó si no había sido su imaginación. De pronto se dio cuenta de que tenía que responder.

Alkalabrindeth

- Me agradaría tanto tomar su palabra, vos sois un gran enigma, pero prefiero aguardar con paciencia e ir descubriéndolo poco a poco -las últimas palabras sonaron como un susurro, parecía haber hablado para ella, un destello de los ojos de Laureon la hicieron reaccionar, por lo que se levantó de inmediato aún extrañada, esa situación nunca le había ocurrido con nadie, por qué este gran Señor la hacía sentir nerviosa, la hacía sentir pequeña a su lado.

- Por ahora prefiero me muestre su misteriosa ciudad, cada sitio donde me guíe me hablará de vos, hay tantas dudas entre vosotros que el camino no bastará.

Laureon sonrió satisfecho y se levantó tomando el brazo de kala y juntos se encaminaron a la salida, comenzaría por mostrarle los alrededores, todo el pináculo se embellecía adornado de variadas florecillas, era un extenso jardín en pendiente donde volaban pajarillos y hermosas mariposas. Enormes árboles con frondosas copas rodeaban el pináculo y una que otra construcción de piedra figuraba entre los árboles.

Laureon prefirió llevarla primero al jardín, del lado este había un imponente arco hecho de herrería, sobresalían las figuras de dos árboles, la medio elfa se maravilló ante ellos, el trabajo era magistral y representaba con dignidad los árboles de Valinor. Fue la primera vez que Alkalabrindeth escuchó la historia del Laurelin y el Telperion, aunque Laureon se reservó el lamentable final, sin embargo reveló una profunda tristeza que kala no imaginaba, ella rozó su mano con dulzura y le dijo:

- Veo que el dolor y sufrimiento no está negado para un Alto Señor, deseo de corazón algún día pueda ganarme vuestra confianza.

Laureon le dirigió una mirada de gratitud, pero un silencio siguió a sus palabras, para hacerle olvidar la pena que lo embargaba, kala pronunció inocentemente.

- Vuestro nombre engrandece el recuerdo del árbol menor, y en vuestros ojos se resguarda aún su luz, al menos así lo creo yo, porque si he de confesaros nunca he visto ojos así. Al menos he logrado hacerlo sonreir...

Ambos rieron y anduvieron del brazo hacia la fuente natural, el agua cristalina corría libre, brotaba desde el centro de las rocas chispeando de un lado a otro, ahí se sentaron un rato y Alkalabrindeth hizo muchas preguntas sobre los valar, las tierras imperecederas y los Grandes Señores de los elfos, procurando no tocar temas que comprendía Laureon no quería mencionar. Había escuchado hablar de ellos pero para ella eran leyendas, el culto que se llevaba en Fanyarëa era sólo hacia la unión. Mas ahora estaba frente a uno de esos personajes de historias lejanas, cada momento que pasaba a su lado lo admiraba más.

Alkalabrindeth

Los días transcurrieron como las hojas de los árboles tomadas de imprevisto por el viento. Para Alkalabrindeth fueron los días más dichosos que viviera desde su infancia, ahí había aprendido tantas cosas en tan poco tiempo, Laureon era paciente y afable, olvidó el recelo de sus conocimientos y compartió con su discípula varios de ellos, le mostró el trabajo de la herrería y la forja de armas, pues lo que ella sabía era rudo y grotezco, probablemente mezcla de la esclavitud que había sufrido Morlith, su primer mentor.

De Laureon también aprendió la compasión y el perdón, amargos enfrentamientos tuvo en sus pensamientos sobre éstas y la palabra de

"venganza" que por tantos años había albergado, en aquellas batallas que sostuvo a oscuras en su habitación la imagen del rey dorado aparecía con frecuencia y entonces su espíritu desgarrado volvía a la paz.

Pero también conoció la necesidad de sonreir. El verano concluía dejando sus últimas huellas sobre los jardines de Laurankar Tirion, el rey había partido hace una semana para atender negocios urgentes del país. Alkalabrindeth echaba de menos sus pasos, su aroma, su voz y en especial la luz de sus ojos, pero aún así ya no sentía penas en su corazón.

Se acostumbró a usar vestidos y soltarse el cabello adornándolo con brillantes o finas diademas.

Todos en la torre la amaban y la trataban con dulzura, ella correspondía con gratitud, gustaba de ir con cada uno y charlar mientras les ayudaba en sus actividades, al principio ellos se negaban pero pronto aceptaron que ella lo hacía por aprender y sentirse útil.

En las noches de ausencia de Laureon, la medio elfa cenaba en la cocina rodeada de todos y bebiendo hasta la media noche, después subía a sus aposentos que seguían siendo en lo alto de la torre, pues se había negado a abandonar aquel sitio que tanto placer le traía, y Laureon se lo había permitido porque no había llegado ningún enfermo hasta el momento y además contaba con otras habitaciones, él aceptaba de buen grado complacerla. Una vez en su cama sacaba un cuadernillo y se ponía a escribir poemas y canciones, estaba descubriendo una nueva forma de alimentar sus ansias.

[...]

Alkalabrindeth estaba sentada cerca de la puerta, traía una florecilla que deslizaba entre sus dedos; oyó a la distancia los pasos de un caballo que se aproximaba por el camino y se sobresaltó deseando que fuera Laureon. Cuando el jinete llegó a ella le entregó un sobre y se retiró a toda marcha despidiéndose en una reverencia; Alkalabrindeth lo abrió de inmediato y sus ojos se iluminaron, entró corriendo a la torre.

- ¡Onnete! ¡Onnete!! –se detuvo en la entrada de la cocina donde la mujer la observaba con ojos abiertos de sorpresa.

- ¿Qué pasa niña?

- ¡Llega hoy! Me ha solicitado que esté lista para cenar con él a su llegada.

La mujer se enjuagó las manos dejándoles indicaciones al resto de cocineras y compartió la alegría de la joven que subieron presurosas y sonrientes las escaleras. En poco tiempo el baño estaba listo y Alkalabrindeth daba los últimos retoques a un vestido que ambas habían tejido y bordado, Onnete le había enseñado a hacer esa labor con mayor delicadeza.

Una vez limpia y arropada, Onnete le colocó la diadema de mithril y plata, el mithril le colgaba sobre el cabello libre y en la frente reposaba como un hilillo sosteniendo una brillante y pequeña gema blanca en forma de estrella.

- El Señor Laureon no se equivocó en llamarte Gîliell, hija de las estrellas, tienes la belleza de los eldar… cualidades propias de una reina.

La sonrisa de Alkalabrindeth se apagó al escuchar las últimas palabras de Onnete, parecía de pronto tener más sabiduría de lo que conocía de ella.

- Que tu mente no se perturbe mi niña, todos hemos visto el deseo de tu corazón y creemos que mereces su cumplimiento, pero además, también lo deseamos.

La vieja rozó con una caricia el cabello de la joven dirigiéndole una sonrisa dulce y comprensiva y, salió de la habitación dejándola sumida en la consternación: ¿era eso lo que su corazón le decía? Acaso ¿sólo ella se negaba a escucharlo?

Entonces una lágrima rodó por sus mejillas perdiéndose en el azul de su vestido, un azul tan profundo como el cielo y el mar, como el mismo color de sus ojos. Comprendía que su destino no era al lado de ese Gran Señor, debía tomar valor y… partir.

Cuando Laureon llegó Alkalabrindeth no acudió a recibirlo hasta que la mesa estuvo puesta y fue llamada. Esta vez se presentó ante él con una tristeza diferente, una pena que en lugar de restarle brillo a sus ojos la llenaban de vida y melancolía.

Laureon notó un gran cambio en ella pero aguardó, había otros asuntos que tratar.

[Editado por IndisElbereth el 20-09-2006 05:24]

Laureon

Laureon la recibió con una cálida y cariñosa sonrisa y la abrazó levemente. Notó una cierta tensión que nunca había percibido, pero no pareció darle importancia. Ambos se sentaron a la mesa—no era ni un gran salón ni unos caros muebles, costumbre de Laureon—y los cocineros trajeron los platos. Laureon hizo numerosas preguntas sobre lo que había hecho ella en su larga ausencia, interesándose especialmente por los versos que había compuesto.

—Me gustaría leerlos en cuanto pueda.

Alkalabrindeth se estremeció y un rubor acudió a su rostro.

—No creo que sean dignos de ti—susurró—; y más porque eres un filólogo.

—No pienses que sólo importa la métrica y la pericia literaria al escribir poesía. Importa mucho más la intención y, sobretodo, que las palabras sean personales y vengan del corazón.

La bella mujer sintió un nudo en la garganta. Precisamente, muchos de ellos hablaban—de forma velada, pero clara—sobre sus sentimientos hacia él. De pronto se dio cuenta de lo ciega que había estado. Tantos versos había compuesto sobre ello, y ni siquiera se había dado cuenta.

—Pero creo que tus escritos tendrán que esperar, al menos por esta noche—añadió Laureon, quizá consciente del mal momento en que se encontraba la joven. Y si no lo estaba, no le quedó más remedio que estarlo al ver el suspiro de alivio de Alkalabrindeth. Sonrió interiormente.

— ¿Y qué has hecho tú en mi ausencia, mi señor?—preguntó levemente kala después.

Laureon asintió y se levantó del asiento. Tomó de la mano a la medio elfa y ambos pasearon por los jardines cercanos a las torres más altas de Laurankar Tirion. Al cabo de un rato, se sentaron frente a una fuente de piedra que parecía tener luz propia.

—En su mayoría—dijo Laureon—, asuntos de estado. Reuniones con el Consejo, visitas, rechazos de sobornos... En fin, todo lo que supone formar parte de la aristocracia—añadió, con un deje de desprecio—. Eché de menos nuestras conversaciones, si he de serte sincero.

— ¿Partirás pronto?—preguntó Alkalabrindeth, intendando disimular la ansiedad en su voz.

Laureon se levantó, dándole la espalda, y miró hacia las estrellas. El cielo estaba despejado, y podían verse en su total prosperidad.

—Mientras no surjan problemas en la frontera... no. Permaneceré aquí durante bastante tiempo...—durante un momento no dijo nada, pero después miró a la medio elfa, con una seriedad inusitada en él—. ¿Y tú? ¿Partirás pronto?

El asombro y el miedo se mezclaron con una violencia considerable en el rostro de la joven. No pudo sino bajar la cabeza.

—Yo...

—Te conozco demasiado para no haberme dado cuenta, pequeña—dijo Laureon con una sonrisa cariñosa—. Y creo que también sé por qué piensas que debes irte.

Kala levantó la cara y lo miró con miedo.

— ¿Ah, sí?

Las manos suaves—extrañamente suaves, dada su condición de herrero—de Laureon acariciaron la mejilla de la medio elfa.

—Sí, lo sé—Se agachó hasta quedar frente a ella, y tomó sus manos entre las suyas, manteniendo su sonrisa de cariño—. Y por eso te pido que te quedes. Eres libre, por supuesto, de hacer lo que prefieras. Pero hacía tiempo (en verdad, mucho tiempo) que no me encontraba tan a gusto con la presencia de otra persona. Cuando quieras, partirás. Pero no lo hagas, aún no.

— ¿Por qué?—preguntó Alkalabrindeth suavemente.

—No lo sé—contestó simplemente Laureon—. Viniste aquí atormentada y llena de dolor, de sufrimiento y de ansias de venganza. He conseguido aliviar buena parte de esas penas, pero mi tarea aún no ha terminado. Quizá ese sea el destino que te haya traído aquí... Y por otra parte, reconozco que me dolería tener que separarme de ti justo después de habernos visto de nuevo. ¿Qué me dices?

[Editado por Thirian el 23-09-2006 18:20]

Alkalabrindeth

- Jamás una respuesta mía contradecirá vuestra voluntad, mi Señor Laureon.

Su nombre se repitió en ecos invadiendo su interior, se sintió complacida de expresarlo con tanta libertad y frescura; por una parte consideraba un alivio que sus sentimientos fluyeran sin más aletargamiento, como cuando saldas una deuda que te debías desde hace tiempo; pero otra parte de su cuerpo se estremecía de pudor, no le era grato saber que su alma se encontraba frágil y desnuda ante la suspicaz mente del maia.

-Me complace escucharte con tanta seguridad –dijo Laureon en una sonrisa. Se levantó aún sosteniendo sus manos y la invitó a quedar de pie frente a él- largas jornadas podría disfrutar de tu compañía, pero por hoy no abusaré más de tu cansancio.

Alkalabrindeth asintió con el brillo benévolo de las estrellas en sus ojos, más que reposar necesitaba reflexionar sobre las palabras del maia, intimidad que sólo te brinda el espacio de la soledad.

- Vos sois quien debe descansar las penurias de un largo viaje… he de advertirte que mi estancia será menos ociosa, requeriré de tu tiempo, conocimiento y paciencia. Tengo pensado ciertos regalos que quiero hacerles a quienes amo ¿Podrá el nobilísimo y excelso Rey de Helkelen Lara ayudar a esta salvaje fanyarëana?

Y guiñándole un ojo, caminaron juntos hacia la torre. Quienes los vieron pasar tuvieron la breve ilusión de ver una pareja feliz y enamorada.

...

El alba llegó con su rocío dorado, la fragancia de las flores se elevó por un fresco viento y atravesó la ventana de la habitación de la medio elfa, con un profundo suspiro abrió los párpados, se sobresaltó al ver una figura alta y erguida que la observaba a los pies de la cama, era Laureon, nadie más bello que él y el enigma de sus ojos.

- Empezaba a creer que no despertarías... estoy listo para un arduo trabajo.

Alkalabrindeth se levantó sonrojada, pero la sonrisa y disposición de Laureon la hicieron reir. Él había salido a esperarla afuera, vistió pronto un vestido de manta y salió tras sus pasos. Sin decir nada caminó a su lado, sonriendo y observándolo, él la vio con alegría y preguntó:

- ¿Por qué quieres que empecemos?

- A nadie debo más lealtad y gratitud que a Morlith, he diseñado lo que quiero para cada uno -y sacando un rollo que traía ajustado en su cinturón se lo extendió al maia- una vez que termine el de él, mi padre adoptivo, quiero iniciar con los de abajo, el de la izquierda es para Bohr, mi hermano y salvador en parte; el de la derecha es para Erestor, el único amigo desde la infancia.

- Bellos diseños, mejores de lo que imaginé. No cabe duda que los extrañas.

Por breves instantes su rostro se ensombreció de melancolía, al reponerse se percató de que Laureon tocaba un dibujo que llevaba rastros de tinta borrada una y otra vez.

- Ese... dudaba cómo podría un obsequio resguardar la memoria de un hermano, hasta que me decidí por ese símbolo, nada más adecuado para Shathdul, tan naugrim como cualquier otro y a la vez tan diferente ¿Cómo una persona puede ser dos polos opuestos al mismo tiempo?

Laureon la miró pensativo y con aire de preocupación, por un momento creyó que la sombra que le perturbaba la mente a su llegada volvía a ella, pero descubrió que ya no quedaba nada de eso, había sido sólo una reacción normal ante la ausencia de un ser amado.

- ¿Podría vos dejar de leer mis pensamientos? me siento hostigada -y rió levemente correspondiendo la sonrisa de él.

- Sólo observaba que puedo conocer lo que ellos son a través de ti, de tus dibujos y el cariño que les profesas.

Alkalabrindeth volvió a suspirar y tomándolo del brazo lo condujo a las herrerías diciendo:

- Pues entonces debería saber mi señor que no deseo perder más tiempo o no concluiré con mis labores, como puede vos ver, son muchos los amigos.

Las herrerías se adornaron de luz y colores centelleantes, desde afuera parecían luces variadas de fuegos artificiales, Laureon hacía prueba de sus poderes.

Laureon

Las herrerías de Laurankar Tirion no eran corrientes. Había, por supuesto, un yunque, martillos, hornos a candente temperatura, y todo lo demás. Pero aquello, más que una forja, tenía pinta de laboratorio. Había alambiques, calcinadores, tubos de ensayo, probetas, y toda clase de delicados instrumentos de un vidrio tan fino que parecía que se rompería de un solo roce. Alkalabrindeth nunca había entrado allí, y quedó impresionada ante su visión.

— ¿Estas son las herrerías, Laureon?—preguntó con asombro la joven medio elfa.

—Así es—no pareció darse cuenta de la sorpresa en la expresión de Alkalabrindeth, porque se adentró en la amplia e iluminada sala hasta una zona donde había varias mesas amplias de trabajo. Al darse cuenta de que la mujer no lo sabía, se dio la vuelta y sonrió al contemplarla mirando con curiosidad todos los aparatos, sin moverse de la puerta—. No creerías que la forja del aprendiz de un Vala se limitaría a un yunque y un marillo, ¿verdad?

La medio elfa se ruborizó y soltó una leve risa nerviosa. Se adentró en la sala y depositó todos los bocetos sobre la mesa.

—Así pues, comenzaremos por el regalo a tu padre adoptivo—dijo, más para sí mismo que para la mujer. De pronto sonrió para sí mismo y miró de nuevo a Kala con intensidad—. Quizá prefieras un paseo turístico por la sala antes de ponernos a trabajar.

Alkalabrindeth sonrió.

—Quizá.

—Bien.

La tomó del brazó y la fue enseñando todos los enseres y secretos de aquel completísimo laboratorio. Había almacenes con todo tipo de metales para experimentar, había sustancias firmemente aisladas por su peligrosidad, extraños moldes para diversos objetos, telas y pieles para fabricar ropas o armaduras; el área de la forja como tal, prudentemente separada del resto, contaba con hornos a varias temperaturas, yunques y martillos de todo tipo, cubos de agua en abundancia, moldes de metal para fabricar objetos en serie, y varias excentricidades más. Laureon no paraba de explicar y contarle todo tipo de anécdotas sobre aquellos salones.

Continuaron su aventura adentrándose entre el mar de cristal de los alambiques, probetas, matraces, vasos de precipitados, y objetos de una complejidad y hermosura cada vez mayor. Laureon intentaba ser claro a la hora de explicar todos los misterios de aquel laboratorio, pero algunos detalles se escapaban a la medio elfa, poco acostumbrada a aquella jerga científica.

Finalmente llegaron a un mueble de madera muy adornado y bello, pero extrañamente apartado y aislado de todo lo demás. Laureon se detuvo ante él, sonriendo ampliamente, y una miríada de recuerdos pasaron por su mente.

— ¿Qué hay dentro, señor?—preguntó la medio elfa sin poder reprimir su curiosidad. Laureon soltó una risita.

—Esto, Gîlliel, podría llamarse como la joya de la corona. La sustancia que vas a ver es más fuerte que el mithril, y de una esencia mágica mucho mayor. Jamás he fabricado una sustancia tan poderosa como la que vas a ver, y no sé si podré repetir mi hazaña.

Sacó de su bolsillo una llave de mithril que Alkalabrindeth nunca había visto y la introdujo en su cerradura, realizando una serie de combinaciones en teoría aleatorias que sorprendieron de nuevo a la joven. Finalmente se oyó un chasquido y la puerta del armario se abrió.

Dentro de él, Kala pudo ver una serie de láminas gruesas y largas de un material de color grisáceo, además de otras tantas esferas de pasmosa perfección y algunas piedras sin forma definida. Laureon tomó una de las esferas más pequeñas—le cabía perfectamente en su mano—y la sacó del armario. La sustancia, aparentemente grisácea en la oscuridad, cambió tan repentinamente al entrar en contacto con la luz que Alkalabrindeth dio un respingo. Se había tornado de un color rojo sangre.

—De este material—explicó Laureon—forjé hace muchos años mi espada, Amaurea, mi arcó, Vaiwára, y el medallón que has visto siempre en mi cuello. Tócalo.

Alkalabrindeth acercó la mano lentamente y lo tocó, estremeciéndose ante el contacto. Estaba ligeramente caliente. La piedra pareció agradecer el contacto, porque con un destello se volvió de color turquesa.

Laureon rió entre dientes y volvió a guardar la esfera en el armario. Desenvainó su espada, la bella Amaurea, y la medio elfa pudo contemplar cómo el filo, de color azulado muy oscuro, se volvía dorado cuando los dedos de Laureon lo acariciaron, como aquel material tan enigmático como si creador se retorciera en júbilo al ser acariciado por él.

—Bien—concluyó Laureon, guardando de nuevo su espada. Miró de nuevo a Kala con un fulgor extraño en sus ojos—. Quizá algún día una pequeña parte de este material sea tuyo.

— ¿Tiene nombre?—preguntó Alkalabrindeth, curiosa e intrigada por la sustancia.

— ¿El mineral?—Kala asintió—. No, no lo tiene. No pretendo darle nombre. Si fuimos nosotros quienes nos dimos a nosotros mismos el nombre, y no fue nuestro creador el que nos lo dio, así ocurrirá con el metal mágico.

Y con una enigmática sonrisa, se adelantó hacia las mesas de trabajo, labradas en madera.

— ¡Bueno! Basta de charla. Mi garganta no podrá aguantar más estos discursos. ¡Veamos qué tienes entre manos para tu grandioso Morlith!

Alkalabrindeth

- Pues habrá que exigir un poco más a su garganta, Mi Señor -su tono era burlón y gracioso- pues en su gran ausencia he descubierto un sitio maravilloso que contiene preciosas piedras, y a pesar de que todo me haz ofrecido de buena voluntad, no he querido tomarlas sin tu consentimiento, pues he de suponer que al estar tan oculto es porque te son valiosas.

- Anda Gîlliel, que de sobra sabes que lo que esté en mis manos darte lo tendrás. Llevadme a ese sitio, aunque puedo presentir de qué lugar me hablas.

Salieron de las herrerías y caminaron hacia uno de los jardines del oeste. Alkalabrindeth tomó su mano y lo dirigió hacia donde limitaba un bosque frondoso y lleno de abedules, se adentraron un tanto y ella le señaló una valla cubierta de Elanor.

- Los destellos dorados de esas bellas florecillas me atrajeron en la noche, así que no son muy recomendables si lo que querías era ocultarlo.

Laureon la observó con una sonrisa

- Y menos teniendo visitas tan curiosas. Dime pequeña ¿cómo haz conseguido atravesar el seto?

- No maltraté ninguna flor, os lo aseguro Mi Señor. Seguidme!

Alkalabrindeth corrió a la izquierda rodeando el cerco, y antes de perderse unido a la roca, ella se detuvo, Laureon llegó detrás y haciéndole señas de agacharse, juntos observaron cómo la mano de ella se deslizaba con delicadeza por debajo de una elanor, la flor se abrió y comenzó a desenredarse de sus compañeras, parecía una danza en la que le abrían paso a un pequeño hueco. Laureon miró sorprendido a la medio elfo.

- ¿Cómo hiciste eso?

Alkalabrindeth se perturbó de la forma cómo él le estaba hablando, sus mejillas se ruborizaron y respondió tímidamente.

- No lo sé, sólo lo hice. No creí ofender a nadie.

Laureon soltó una carcajada al ver la actitud de la joven

- ¡No! no haz ofendido a nadie, todo lo contrario, Gîlliel. Sólo que esto es parte de un poder que no te conocía. Estoy sorprendido porque ese tipo de don en tu raza sólo puede ser otorgado por los Grandes Poderes. -Laureon se quedó un momento pensativo y para kala fue algo que la llenó de temor, no le agradaba ser privilegiada de esa forma, porque tal vez se esperarían grandes hazañas de ella, y ahora lo único que le importaba era vivir la paz que nunca había tenido y que sólo en compañía de Laureon consiguiera.

- ¡Entremos pues o no terminaremos nunca tus obsequios!

Una vez de pie, ambos vieron la apertura de una gran cueva, no tenía ostentación alguna, la entrada estaba rústicamente tallada, parecía más obra de la naturaleza que de hombre alguno. El interior de la cueva era oscuro sólo al inicio, después de rodear un camino llegaron a la profundidad, iluminada de luces y diversos matices.

- Hace tanto que no entraba aquí. Estas rocas han alimentado a Helkelen Lára de color y belleza, la creación de minerales y piedras aquí es inagotable. Puedes tomar lo que más te guste y cuanto necesites.

- Lo que necesito es poco, Laureon. Pero lo que quiero tal vez sea un abuso.

El maia la miró desconcertado y ella lo volvió a tomar de la mano, en el fondo de esa sala, había una pequeña concavidad, escondida entre la roca, estaba repleta de un cristal transparente apenas perceptible por la escasez de luz. Alkalabrindeth la había descubierto, porque al intentar tocar lo que había ahí, uno de los cristales se iluminó con un azul candescente.

- Eres dadivosa al desear lo mejor para tus amigos. Este cristal no se da en ningún otro lado de Árador, fue incubado aquí por gracia de mi Maestro Aulë. De apariencia es frágil pero es inquebrantable, y algo extraño para su condición, el cristal es maleable a cierta temperatura que sólo yo he descubierto, por lo que te enseñaré a crear cualquier figura o diseño con él. Algo curioso también es que una vez que tenga una forma no podrá volver a cambiarse. Cambia de color al calor del cuerpo, es como si cobrara vida al sentir el correr de la sangre, y mientras más alterada estés más fuerte es su fulgor. Toma todo el necesario.

Alkalabrindeth tomó una de las capas de su vestido y con cuidado arrancó varios cristales de la roca, se sorprendió cuando descubrió que no aplicaba ningún esfuerzo, la piedra dejaba desprender su cristal como el árbol a las hojas en otoño. Iba a levantarse cuando Laureon le pidió que tomara un cristal más.

- Pero este es todo lo que necesito, Seño.

- Tómalo. Y piensa que es para hacerte una hermosa corona.

Alkalabrindeth imaginó la corona, luciría hermosa y esplendorosa ante él. Estiró la mano para tomarlo y, la roca ya no cedió. Miró a Laureon desconcertada e intentó una vez más con sus dos manos, aplicó sus fuerzas y el cristal no se movió en lo absoluto. Entonces comprendió.

- ¿Por qué me habeís hecho esto, Señor? ¿Acaso necesitabais probar que soy una ladrona?

Laureon se agachó y tomó sus manos hablándole con cariño

- No Gîlliel, quería probarte que el mismo Aulë te aurorizó llevarte los cristales, porque sabe que serán un obsequio que tendrá un buen fin, no será utilizado para derramar sangre de hermanos y hacer ningún mal. Este cristal es sagrado y no cede a ningún mal, quise provocar tu avaricia de poder, pero lo que provoqué fue tu vanidad. De cualquier forma ambos sentimientos son impuros para el cristal, de ahí que no se dejara tomar.

Alkalabrindeth se sonrojó al escuchar en los labios de Laureon la verdadera razón por la que deseó el cristal, y lloró amargamente su congoja.

Alkalabrindeth

Laureon intentó tocar su cabello y recibió un brusco rechazo, ella no quería su piedad, no quería su compasión. Él entendió la imperiosa necesidad que tenía de estar sola y, se marchó.

Al poco tiempo sus sollozos aliviaron el pesar de su corazón, levantó la mirada y observó que todos los cristales brillaban con una tenue luz, habían recibido las vibraciones de su llanto y le acompañaban uno tras otro.

Alkalabrindeth tomó con cuidado los cristales de su vestido, y en un abrazo los sujetó. Al salir de la cueva, él ya no estaba... Tomó el camino de regreso postrada en mostrar frialdad e indiferencia, pero ambos sentimientos llegaron antes a su encuentro cuando penetró en las herrerías, todos los instrumentos posaban quietos observándola como una intrusa, nadie había ahí, sólo un silencio sepulcral quebrantado por los jadeos de su respiración.

/

Al salir Laureon de la cueva, un fino soplo del viento removió su cabello erizando la piel, voces en el aire susurraron en su oído, le invadió una sensación de paz, alguien le estaba llamando, cómo resistirse. Una pavada de pájaros se acercó descendiendo de las alturas, algo ocurría no lejos de ahí, debía ir, probablemente a su regreso Alkalabrindeth le escucharía.

...

Un resentimiento fugaz cruzó su mente, evaporándose tras el recuerdo de sus ojos tan llenos de luz. Alkalabrindeth se dirigió a la mesa que guardaba los diseños y, empezó a trabajar. Optó por dejar en espera el regalo de Morlith, inició con el anillo que le llevaría a Bohr, una pieza hermosa que por alguna extraña razón, o quizá encausada por los fuertes sentimientos que la apresaban en ese momento, fue dotada de cierta magia... Fue la única pieza que Laureon no hizo, y en la que ella pudo moldear el cristal sin mayor conocimiento que el de sus impulsos.

/

Lo que esa tarde vieron los ojos de Laureon hubiera llenado de temor a cualquier elfo o mortal, pero él era un maia. Un espíritu hecho carne por la gracia de su propio poder. Lo que presenció de alguna forma ya lo había vivido durante la etapa de nacimiento, cuando aún las edades no eran contadas ni lo tangible vuelto realidad. Hubo una bienvenida en un cálido abrazo, una danza de fraternidad que combinó el aire, el agua, la tierra, las flores y la luz de las estrellas. Una petición negada. Entonces una nueva petición aceptada con humildad y deseo. Una condición que Alkalabrindeth consideraría injusta y que de saberla se convertiría en un gran pesar.

...

La madrugada llegó invadida con los pasos de Laureon. Alkalabrindeth volteó a verlo, acababa de finalizar lo que considerarían su obra maestra, el anillo de Bohr. Los ojos de él no parecían los mismos; generalmente brillaban y mostraban ternura y nobleza, pero nunca como aquel día. Ella había agotado todas sus fuerzas, apenas podía sostenerse. Laureon se aproximó y alzando su mano la pasó frente al rostro de ella sin tocarlo, enseguida cerró los párpados y cayó en un profundo sueño. Él la sujetó, y una vez puesta en la mesa de enfrente -la cual llenó de perfumadas hojas que le acolchonaran-, trabajó hasta el amanecer, observándola dormir de vez en cuando.

Al atardecer del día siguiente Alkalabrindeth abrió los ojos; creyó haber soñado pero palpó las hojas. Al levantarse sólo pudo ver enfrente, sobre la mesa, todos los regalos dispuestos, eran bellos y resplandecientes, el cristal aún relucía con intensidad. La medio elfo corrió a la salida, era probable que Laureon acababa de terminar, tal vez aún lo alcanzaría.

Alkalabrindeth entró a la torre, Onnete jugaba nerviosamente con un pañuelo, parecía haber llorado.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué estáis así?

- No soy yo quien deba decírselo. Espere a que el Señor Laureon hable con usted...

- ¿Por qué me hablas así? ¿no soy ya tu niña?

- ... Pero tendrá que esperar a su regreso. Salió a atender asuntos urgentes. Le solicita a usted que lo espere despierta para la cena.

La noble señora se inclinó y salió deprisa, aunque su voz ya se había quebrantado. Había malas noticias en árador. Todo estaba cambiando.

Alkalabrindeth

Alkalabrindeth esperó encerrada en su habitación toda la tarde, se sentía como una intrusa, ni siquiera a su llegada había sentido tanto menosprecio y abandono. También esperó en vela algún destello que le iluminara la figura de Laureon por el camino, pero su esperanza fue en vano.

Era aún madrugada cuando empezó a ver movimiento a los alrededores de la torre, distinguió a Onnete caminar colina abajo, era hora en que partía por legumbres frescas para el desayuno. Ya no sentía impulsos por la guerra o la venganza, pero era su espíritu, y ahora, lo usaba para escapar.

Abrió un pequeño clóset de madera con hojas talladas finamente, tomó sus viejas ropas roídas por tantos viajes y pesares, observó el pantalón negro de cuero ¡hace tanto que no usaba pantalones! sacó sus armas que tenía envueltas en pedazos de piel de animal, al verlas lloró ¡¡cuánto había cambiado!! ahí, en las cercanías de Laureon, embriagada por su paz y sabiduría.

Tomó todo y lo envolvió en un paquete; dejaría atrás los vestidos que hiciera con Onnete, las diademas y los accesorios de mithril, no quería llevarse nada que no le hubiese sido regalado con amor, y en ese momento se sentía tan rechazada por todos, que se consideraba indigna de hacer posesión de aquellos objetos, tal vez lo único que no podrían arrancarle, eran sus recuerdos...

Huyó de ahí, descalza y en silencio, "robando" sólo el vestido que traía puesto, color verde plata y con diminutos encajes dorados, combinaba con una ligera capa dorada que arrastraba por detrás. Kala salió descalza, el silencio era su única compañía, había sujetado su cabello y se cubrió completamente con la capucha de la capa. Nadie, la vio salir.

Al regreso, Onnete se dirigió como de costumbre a la cocina, preparaba una deliciosa tarta de frutas cuando escuchó el relincho del caballo de Laureon. Todos corrieron a recibirlo, sólo que apenas alcanzaron a darle los buenos días cuando él atravesó las estancias a grandes zancadas.

Se quedaron callados con caras de sorpresa, nunca habían visto así a su Señor, a su Rey; no sabían descifrar qué expresión tenía, si por ella, debían alegrarse o preocuparse, porque todos se vieron y nadie pudo atinar si sus ojos expresaban felicidad o desconcierto. No obstante, escucharon un golpe hueco que provenía de la habitación más alta, enseguida lo vieron bajar estrepitosamente y, sin decir nada, montó de un salto a su caballo y se perdió como ráfaga de viento entre los árboles.

Más se asustaron, pues no tenían duda que su nueva expresión era de dolor y angustia. Onnete subió lo más pronto que sus piernas le permitieron, el aire le faltaba en los pulmones, sus mejillas estaban sonrojadas, pero aún así, pudo lanzar un sollozo.

Laureon

Laureon se sentía extraño. Cuando comprendió lo que iba a suceder, no tardó en abalanzarse hacia las habitaciones de Alkalabrindeth. Las emociones se habían congregado de tal modo en él, que mientras cabalgaba a toda velocidad persiguiendo la estela de su antaño invitada, no dejaba de sorprenderse. Evocó los momentos en los que el aciago dragón había aplastado con su cuerpo escamoso la luz de la vida de su antigua amada, Vilwariniël, sus sentimientos y el dolor lacerante que sintió en su interior; compándolo en significado con sus nuevas emociones, notó algunas diferencias. Por un lado, no era algo tan intenso, tan afilado como aquella vez en los tiempos de Beleriand. Pero por otro, no podía negar que en esta ocasión, todo era más serio y maduro.

Y entonces, mientras el viento silbaba a su alrededor, sentía el cabello rubio hondeando—y en ocasiones era incómodo, porque podía aglomerársele en la cara—y acompasaba el ritmo de la cabalgata del caballo con el de su propio cuerpo—manejar un caballo requería técnica—, sonrió mientras sus ojos ardían.

La amaba. Ya lo había deducido de antemano, pero por fin podía confirmarlo. Y, como era natural en el tozudo y bueno de Laureon, cuando tomaba cariño a algo o alguien, no estaba dispuesto a perderlo a cualquier precio, y menos en aquellas circunstancias.

Cercano el anochecer, Alkalabrindeth decidió tomar un descanso, al menos una hora. Para su pesar, tuvo que admitir que la benévola estancia en la torre de Laureon le había bajado la forma—aunque entrenara a menudo—, aunque no hirió en demasía a su orgullo. Las enseñanzas de Laureon habían hecho mella en ella, y entre ellas estaba la idea de que había cosas mucho más importantes que el orgullo y el honor, que resultaban secundarios, fríos e inútiles; ideales como la caridad o la justicia, o sentimientos como la bondad... "y el amor", pensó Alkalabrindeth, sintiendo que se estremecía. Obligándose a aceptar su decisión y, convencida de que había sido imposible seguirla—muchas de sus dotes aún seguían intactas—, desmontó y se sentó bajo la sombra de un árbol verde y bello. Suspiró y cerró los ojos; repentinamente sintió un cansancio abrumador, y casi se durmió al instante. Antes de caer en el dulce mundo que no conocía el dolor—al menos, no el dolor verdadero—, notó la levísima caricia de un dedo suave sobre su hombro, aunque ni siquiera se dio cuenta.

Cuando despertó, los grillos cantaban en la noche y notaba el calor y la luz de un fuego cercano. Abrió los ojos y todo se le antojó como los muchos dulces amaneceres entre las mullidas sábanas de su habitación en Laurankar, y sonrió complacida. Cuando recordó todo lo sucedido anteriormente, sus músculos se pusieron automáticamente en tensión, jadeó y se levantó de un salto. Su caballo estaba atado a otro árbol cercano—no recordaba haberlo hecho ella—y al lado de éste había otro. El inconfundible corcel de, quizá, el amo de su corazón. Suspiró, no sabría decir si resignada o aliviada.

—Eso no ha estado bien, pequeña—susurró una voz a su espalda. Alkalabrindeth dio un respingo, sorprendiéndose incluso a sí misma; anteriormente nunca había sentido sorpresa o susto al oír la voz de Laureon (porque estaba completamente segura de que era de él su voz). Ambos se encararon, y la joven vio en los ojos de Laureon tal fulgor que no pudo contener su mirada. Ella lo atribuyó a la ira.

—Debía...

— "Deber"—interrumpió Laureon, torciendo el gesto—. Más de una vez te he dicho que el deber jamás debe oponerse a otras cosas que son mucho más importantes, al menos según mi opinión. Como el amor, Alkalabrindeth.

Al oír su nombre completo por parte de Laureon por primera vez, sintió un escalofrío. No se atrevió a replicar.

—Somos enemigos—continuó Laureon—; no me importa. Yo ya no soy el rey, deberías saberlo; discrepo demasiado con el Consejo para que siga pareciéndoles adecuado. No puedo ofrecerte tierras, ni riqueza, ni tampoco poder, porque ni siquiera yo lo deseo ni lo aceptaré jamás. Yo me dedico a forjar tronos, no a sentarme en ellos.

Alkalabrindeth alzó la vista, parpadeando, sin comprender. Laureon no pudo evitar reír levemente.

—Pequeña, con lo expresivo que soy yo, ¿aún no te has dado cuenta?—hizo una pausa—. Te amo—dijo al fin, con tal seriedad y profundidad que Alkalabrindeth se estremeció. Sintió una vibración tan fuerte en su cuerpo que temió partirse en mil pedazos—, pero has de decidir. Yo te ofreceré mi consuelo y mi cariño mientras vivas; pero si optas por la defensa de tu patria, yo haré lo propio, y no volveré a ofrecerte mi vida hasta que tú no lo desees sobre cualquier tipo de "deber". No te prometeré joyas ni riquezas ni gloria, aunque yo sea el herrero—entonces, como alguna otra vez, pero nunca tan vívidamente como ésta, Alkalabrindeth tuvo una visión: Laureon cambió, se volvió más alto, más orgulloso y resplandeciente, transparente como un espíritu, y su cuerpo inmaterial brillando como si fuera el reflejo de las estrellas sobre el agua. Pero no sintió miedo, porque toda aquella entidad emanaba entereza y cariño—. Porque yo soy Laureon Ontarwë, Maia de Aulë, Vala de Ilúvatar y creador de los Enanos; yo soy la Espada de Fingolfin y el forjador de las cosas que son doradas; yo soy Laureon, habitante de Valinor, por cuyos ojos discurre la luz de Laurelin.

La visión terminó y cayó el silencio. El Maia sonrió y se acercó a ella. La tomó de las manos y ambos se miraron a los ojos. En esta ocasión, la joven no tuvo ningún problema en sostener su mirada.

—Yo soy yo mismo—concluyó en un dulce susurro—, y en pos de eso quiero que decidas. Si optas por marcharte, te llevaré siempre en el corazón, y velaré por ti y te esperaré si cambias de parecer. Pero mi vida es infinita, y sin embargo la tuya no; tenlo en cuenta, pequeña. Sea cual sea tu decisión, quiero que me lo digas, porque será mejor para los dos. ¿No te diste cuenta de que si yo no hubiera ido en tu busca, almenos para despedirnos, te hubieras arrepentido durante el resto de tu vida?—reprochó Laureon, pero con un tono que poco tenía de reproche—. Pero no te librarás tan rápidamente de mí, niña.

La abrazó con fuerza durante unos momentos realmente preciosos y, después, la besó en la frente.

[Editado por Thirian el 15-03-2007 17:27]

Alkalabrindeth

Alkalabrindeth lo observó un largo rato, era tan bello y maravilloso tenerlo ahí, que su deseo fue retener aquel instante por siempre en su mente. Con suavidad rozó su mejilla con las yemas de sus dedos, y siguió cada expresión, cada movimiento de su rostro puro...

- Oh mi hermoso Señor! ¿habrá algún día en que deje de sorprenderme?

- Espero que no... -respondió Laureon, pero fue acallado por los dedos de Alkalabrindeth que acariciaron sus labios. - Shh! Sobran las palabras, mas las tengo como un cúmulo en mi garganta que me asfixia y necesito decirlas. Jamás he buscado joyas, poder, gloria, ni riqueza alguna; cuando Vilwë, Rey antaño de Fanyarëa me adoptó, no ostenté ni acepté tales vanalidades; por ello busqué el abrigo de la sencillez en brazos de Morlith, aunque, reconozco, también me acerqué a él por sus enseñanzas bélicas... -sonríe con travesura-en realidad él nunca estuvo del todo convencido por instruirme en dichas artes, pero fui muy persistente.

Agacha la mirada recordando algo que le avergonzaba y dándole la espalda avanzó unos pasos. - Por un momento, sólo un breve momento, me deslumbré con la luz del mithril, las gemas y la plata. Si me viste usar esas joyas, fue más por intentar verme bella que por ambición...

Laureon se aproximó abrazándola tiernamente por la espalda - Eres bella como eres. La peredhel se volvió hacia él con una mirada llena de gratitud y, se fundió en su pecho abrazando su cintura. - Laureon, me ofreces la joya más presiada de toda Eä, que me considero indigna de tanta bondad. Sin embargo no tengo ni la voluntad ni el valor de rechazarla. Te amo desde que apareciste ante mi como una visión, a pesar de la negación de mi obstinado corazón... pero deseo entregarte mi vida con la misma intensidad, sin preocupaciones, sin temores, no por ti, sino por mi pueblo. -dirige nuevamente sus ojos llenos de súplica hacia el maia.

- No es sólo un deber, también es amor el que me mueve. Amo mi tierra, pero no dudaría en abandonarla por seguiros al sitio más terrible donde tus plantas vayan; no deseo defenderla más, Fanyarëa y mi pueblo no me necesitan para ello, tienen grandes y valientes guerreros; quienes me preocupan son los seres que amo, necesito saber de ellos en estos tiempos tan aciagos, y decirle a Morlith que estoy mejor que nunca. Les daré sus obsequios y volveré a la luz que me ha hecho renacer, porque os necesito para ser feliz, indudablemente, me hubiera arrepentido.

Y tomando su delicada pero fuerte mano de herrero, la besó con respeto y amor.

Durmieron abrazados entre las hojas. Alkalabrindeth volvió a besar con cuidado su mano y después la frente, susurró algo extraño que ni el árbol, ni las hojas, ni el viento pudo escuchar. Laureon aún dormía, apacible. Lo observó el tiempo suficiente para capturar su esencia en el corazón, y partió. De regreso a Fanyarëa.

Laureon

Pudiera haberse despertado cuando Alkalabrindeth partió, pero no lo hizo. Las cosas estaban bien así. Sabía que ambos cumplirían su palabra —salvo por alguna causa mayor— y con eso le bastaba. Al fin y al cabo, él era Laureon, y eso era sinónimo, por una parte, de inmortalidad; por otra, de alegría y esperanza. Durante un tiempo se contentó con quedarse allí, tumbado, descansado y feliz, lejos de la política, las intrigas y la codicia. Se incorporó levemente y observó el bellísimo paisaje de colinas verdes, bosques y arroyos de su país, y no pudo dejar de estremecerse. Aquello sí era la maravilla del mundo. Ni los muros, ni las torres brillantes, ni las joyas ni el arte superaban en esplendor a un campo de hierba verde y húmeda. Sonrió al darse cuenta de sus pensamientos. Era curioso que él, Laureon Ontarwë, Señor del Oro y discípulo de Aulë, sintiera mayor devoción por las creaciones de Yavanna que por las de su propio Señor. Aunque también era cierto que cuanto contempló por primera vez —de camino a Helkelen Lára— los salones subterráneos de los Enanos en las Montañas Azules, no pudo menos que estremecerse de deleite. Buena parte de él seguía influenciada por Aulë, al fin y al cabo.

Se levantó y se sentó a la sombra del árbol de la noche anterior, disfrutando del fresco del día —que, por suerte, no era demasiado, porque en un país como Helkelen Lára podía llegar a ser peligrosamente intenso—, tomó de su bolsillo una pequeña botella y dio algunos sorbos. Era una bebida típica de Helkelen, fermentada a partir de ciertas bayas —comunes en un clima como el de el País de la Estrella Helada— que le daban un toque exótico y extraño. Sonrió al recordar cómo Alkalabrindeth frunció el ceño al probarla; costaba acostumbrarse a su sabor, pero era reconfortante y quitaba la sed.

Al recordar a la joven humana, no pudo evitar sonreír con melancolía. Era su maldición. Quizá ese había sido el precio a pagar por acudir a la guerra contra Morgoth. Él era inmortal aunque, a pesar de su carácter humano, no sentía hastío por el mundo. Pero la gente que amaba no lo era, y terminaba muriendo. Porque, desde Vilwariniel, ya no volvería a amar a un elfo —a no ser de que fuera algún elfo muy raro—, y todos los Hombres eran mortales.

De modo que pasaría unos cuantos años de felicidad junto a Alkalabrindeth (quizá muchos, según la cuenta de los Hombres, dado que ella era Medio Elfa) y de nuevo se encontraría solo en Arda. Y entonces volvería a viajar errante por el mundo en busca de nuevas amistades y nuevas experiencias.

Así había de ser. Porque así lo había decidido él. Cuando fuera el momento, retornaría a Valinor junto con los demás. Pero aún no había llegado ese momento. Y quedaban varios miles de años antes de que llegara.

Sonriendo al recordar el rostro de Alkalabrindeth y, sin lamentarse por su forma de vida, montó en su caballo y retornó a Laurankar Tirion.