Edicion 3
Árador, Tierras de la Aurora
Finalizada · 19-03-2006
Vientos De Cambio
2007:05:20:23:46:33
Alsenot
Sombras sobre Tabarcerta. Los días corren iluminando con su sol estival las rocas que recubren el último refugio del olvido en unas tierras condenadas al derramamiento de su sangre. Vientos sobre las ruinas, que traen anuncios de cambio, incitando a los hombres a recoger sus fardos y preparar sus lanzas, arrastrando gritos de dolor, miedo, y hambre, traídos de tiempos peores por quienes no se atreven a enfrentar la luz.
Hijos de la tierra, hombres y mujeres sobre Árador, que iluminan sus días con la esperanza de que el conflicto no se produzca. Inútil su esfuerzo, de apagar los rumores ahogados que se arrastran entre sus faldones, augurando la muerte con forma de aire, sobrevolándolo todo, consumiéndolo todo, recordando a los hombres el porqué de su imperfección.
Las miradas están perdidas más allá del horizonte de mis ojos. Nadie lo ve, nadie lo siente, nadie lo huele. Pero la sombra se aproxima por el horizonte, y pronto se tornará en nubes azotando nuestras tierras. Sólo este lugar parece refugiar nuestras mentes. Las ruinas de un antiguo hogar, de hombres antiguos con vidas ya pasadas, son el último refugio para una mente cansada, para unos ojos quemados de tanto observar la banalidad hacerse fuerte, de tanto esperar una ocasión.
Un lugar para un batir de alas, aire para guiar sus pasos. ¿Porqué aquí?¿Porqué así? La vida no tiene respuestas para los interrogantes que nos plantea, solamente nos guía con su mano suave y engañosa, esperando a que algo suceda entre los árboles, a que alguien surja de entre las rocas, y nos brinde nuevas esperanzas. ¿Qué nos traes, Árador?¿Qué nuevas sorpresas nos reservas? Nadie lo sabe, pero quizá hallemos una nueva guía entre estos parajes. Tal vez alguien nos muestre el camino perdido. Que las garras no cedan, que las alas no flaqueen, y que la mente permanezca limpia por siempre.
Arestel Vanimeldë
[...]
Nuevamente, la III compañía de Liantari había conseguido repeler el ataque de los hombres de Arestel. Allí se encontraba la mujer, por segunda vez se veía huyendo de las tropas del Matriarcado, y junto a ella sus estimados hombres. Si duro fue el camino hasta salir de aquellos intrincados túneles más lo fue la derrota, el ejército de la regente estaba completamente desmoralizado, desde que su señor Thelidor fue gravemente herido no habían conseguido ni una sola victoria. Durante todo aquel tiempo había sido su señora la que les guiase a la batalla, y no es que dudasen de ella pero… no ganaban. La mala suerte se había cebado con regente.
Arestel salió de los túneles a duras penas, el polvo y la humedad del interior habían sido insoportables, y notar el aire puro le reconfortó por un instante. Se dejó caer al suelo, de rodillas, apoyando parte de su peso en la espada; el espectáculo que estaba contemplando era hermoso y horrendo a la vez: los hombres que no habían sufrido ningún daño se afanaban por arrastrar los cuerpos de sus compañeros, heridos o caídos, al amparo de la lejanía.
-Mi señora -dijo una voz a su derecha.
Arestel alzó la cabeza y contemplo el rostro agitado de Astaroth. La mujer se alzó.
-Mi señora, es Thelidor.
Una fuerte presión se cernió sobre el corazón de la mujer, notaba cada uno de sus latidos, los podía sentir en sus sienes como truenos que presagian una inminente tormenta.
-Está vivo. -comunicó el capitán que se apresuró a tranquilizar a la regente -Pero su estado ha empeorado bastante -Tomad mi caballo -dijo tendiéndole las riendas de éste.
-Gracias, Astaroth - Arestel subió a él con dificultad, pues la herida del brazo era muy reciente - Quedas al mando de los hombres.
(…)
El campamento de la IV compañía de Realengo, muy próximo al de la III, rebosaba de vitalidad, a diferencia del segundo, que se encontraba prácticamente vacío. Los hombres supieron al instante de de ver a Arestel venir sola, que la salud de su señor había empeorado.
La regente atravesó las hileras de tiendas y llego al fin hasta el pabellón de los sanadores. Desmontó y corrió hacia el interior de la inmensa tienda, irrumpiendo de improviso en la estancia en la que estaba alojado Thelidor.
-¡Dama Arestel! -exclamó sorprendido Meneldur, el sanador de mayor -No os esperábamos tan pronto.
Su esposo descansaba en la cama, cubierto por gruesas mantas. La mujer que con rápidos pasos se sitúo junto a él y acarició su rostro.
-Esta ardiendo.
-Sí, desde que os fuisteis la fiebre ha subido mucho.
La regente desarropó a su marido, y cortó los vendajes que sostenían los emplastos, Meneldur le ayudó a retirarlos. Al ver lo que había debajo, Arestel reprimió un grito, mientras que el sanador se llevaba las manos a los ojos y movía negativamente la cabeza.
Frente a ellos, las heridas del torso del Thelidor habían aumentado de tamaño y ahora supuraban una sustancia violácea.
-No puede ser -exclamó Meneldur.
-¿Pero qué es esto? Cuando me fui hace unas horas no estaba así.
Arestel se levantó y preparó un cuenco con agua, cogió una gasa y procedió a limpiar las heridas.
-Decidme, maestro Meneldur, que es lo que tiene mi esposo.
-Como sanadora deberíais reconocer los síntomas -el elfo tomó otra gasa y ayudó nuevamente a la regente.
-La muerte púrpura -susurró como si temiera pronunciarla en voz alta. Había estado guardando aquella palabra muy dentro de ella, escondiéndola, para que no se hiciera real.
El elfo se detuvo y tomó la mano de la mujer, y mirándola a los ojos le dijo:
-Sabéis que aquí no disponemos de los medios adecuados para su curación, debéis marchar a Oron cuanto antes.
-Aprecio vuestras palabras, Meneldur, tanto como a vos, pero es más fácil decirlo que hacerlo.
Entre los dos volvieron a cubrir el pecho de Thelidor con nuevos emplastos. Entonces Meneldur se percató de la herida que la regente tenía en el brazo, el sanador mayor le hizo la cura y tras eso les dejó a solas. No serian molestado por nadie.
Arestel, estaba abatida, primero la derrota de la batalla y ahora la gravedad de su marido, hizo que el cansancio se apoderase de su cuerpo. Se quitó la vestimenta de guerra, quedándose únicamente con la túnica de lino rojo que llevaba debajo de ésta, después se recostó junto a Thelidor, agarrado su mano derecha. El día había terminado, ya no eran horas de pensar más.
[Editado por Eldin_de_Lorien el 13-05-2007 23:14]
Thelidor
Thelidor despertó de golpe, el dolor del torso se había reducido considerablemente. Entonces notó una presión cálida a su derecha, giró la cabeza y vio como Arestel se encontraba durmiendo a su lado. ”Mis plegarias a Eru han servido” pensó. Observó su rostro. Las primeras arrugas de la edad comenzaban a abrirse paso, y su oscuro pelo, enmarañado aun por la batalla, se veía adornado por los delgados hilos de plata que solo la vejez otorga; pero sus labios, finos y delicados, se resistían al paso del tiempo y seguían manteniendo ese rojo grosella. Thelidor tuvo el deseo de besarlos y de tomar a su mujer en aquel mismo instante como tantas otras veces lo hiciera, se ladeo pero una fuerte punzada se clavó en su pecho y tuvo que regresar a la posición en la que se encontraba.
-No hagas esfuerzos -Arestel se incorporó y revisó los vendajes.
-No quería despertarte.
La mujer mostró una gran sonrisa, y se reclinó sobre el rostro de su esposo.
-Ya estaba despierta- y le dio un delicado beso.
-¿Sólo eso? -dijo con sorna, y atrajo hacia sí el rostro de su mujer y la beso con furia.
-¡Thelidor! -Arestel rió por primera vez en mucho tiempo.
-Había olvidado lo mucho que me gusta el sonido de tu risa -anunció el númenoreano
La mujer se volvió a acostar pero esta vez rodeada por el brazo de su marido.
-No son tiempos para la risa…Tengo malas noticias, amor mío._La mujer hizo una profunda pausa.
-¿La batalla? -Thelidor notó como la cabeza de su esposa se movía afirmativamente -Sabes que esa compañía de Liantari es muy fuerte, no te desanimes por ello, en algún momento tendrán que caer -el hombre acarició el brazo de Arestel notando la venda que esta llevaba- ¡Te han herido! ¿Es grave, cariño? -preguntó con preocupación.
-Tranquilo, es un rasguño sin importancia, Meneldur me la revisó nada más llegar aquí.
El regente besó la cabeza de su mujer y continuó:
-Y que tal esta la tropa, ¿ha habido muchas bajas?
-Lo desconozco, nada más salir de los túneles, Astaroth me informó de que estabas muy grave. Dejé el ejército en sus manos y viene hasta aquí -Arestel se incorporó de nuevo y tomó la mano de su esposo.-Thelidor, tenemos que regresar a Oron.
-¿Y qué pasará con la compañía, Arestel? ¿Y vamos ha dejar solos a la III?
-He pensado en entregar nuestra tropa a Featarya -anunció con suavidad.
-Caladan es un magnifico dirigente, pero no me gusta la idea de abandonar a nuestro hombres.
-A mi tampoco, pero menos aun me gusta la idea de perderte- repuso enojada- tus heridas son mas graves de lo que te imaginas.
- Tonterías, podré aguantar
La regente se levantó de la cama, tomó una jarra con agua y la vertió en una gran fuente que hacia la función de pila. Thelidor, desde la cama aun, contemplaba como el agua recorría el desnudo cuerpo de la mujer. Sabía que ella estaba enfadada, siempre actuaba de la misma manera, cuando no estaba de acuerdo con algo zanjaba la conversación yéndose a hacer otra cosa.
-¿A dónde vas a ir?
-Hay asuntos que debo atender -respondió mientras abotonaba el bajo vestido rojo que se acababa de poner -Quiero ir a ver como esta Isilion, no me gustaron sus heridas -se puso un hermoso corpiño adornado con motivos florales bordados en hilos de oro -abróchamelo, por favor -dijo acercándose a Thelidor, el cual ató los cordones- Gracias-se colgó el Avath, se recogió los cabellos con una redecilla y se ajustó la fina corona -Regresaré dentro de un rato, y te informaré de las bajas.
Dicho eso se cubrió con su grueso manto carmesí, y se dispuso a salir.
- Arestel-llamó Thelidor, la mujer se detuvo -Te quiero, aunque a veces me comporte como un verdadero egoísta.
La mujer regreso junto a su marido, y le besó en la frente.
-Yo también te quiero, Thelidor, y te aseguro que piensas antes en los demás que en ti mismo y eso es lo que a mi más me llena de orgullo ala par que de tristeza _acarició su rostro y volvió a besarle pero esta vez en los labios.- Regresaré dentro de un rato.
[Editado por Montag_f451 el 14-05-2007 00:45]
Arestel Vanimeldë
La mujer salió del pabellón. Saludo a los dos soldados que flanqueaban la entrada Un tímido sol se dejaba sentir a través de las gruesas nubes que cubrían el cielo, que con toda seguridad, dejarían caer por la tarde una buena tromba de agua sobre el campamento.
Encaminó sus pasos hacia donde se encontraban la otras carpas de sanación. A medida que se acercaba pudo ver como el trasiego de los ayudantes portando camillas era frenético. Entró en la tienda, el olor a sangre y los gritos de dolor envolvían el ambiente, la mujer se llevó la mano a la cara: nunca se acostumbraría a aquella pestilencia. Preguntó a un sanador por Meneldur, y este le indicó que el Mestro se encontraba en la tienda contigua.
Nuevamente la regente salió de la carpa para entrar en otra, en esta, a diferencia de la otra, sólo se oían a intervalos, débiles gemidos.
-Dama Arestel, vuestros ropajes no son apropiados para este lugar -regañó el sanador.
-Maestro Meneldur, -la mujer inclinó la cabeza - no he venido para ayudaros en este momento.
- Deberíais. Hay mucho trabajo y os recuero, mi señora, que estos son los hombres que lo dieron todo por vos en la batalla.
-Oh, Meneldur –exclamó- No carguéis mi mente más de lo que está ya, os prometo que en cuanto termine con mis obligaciones como dirigente de esta compañía vendré a ayudaros como sanadora -dijo apesadumbrada -, decidme dónde está Isilion y cuál es su estado.
-Seguidme.
Salieron de aquella carpa, atravesaron dos filas de tiendas de campaña, y volvieron a entrar en un pabellón que tenía una zona común y luego se subdividía en zonas individuales. El sanador la condujo hasta una de ellas, Isilion descansaba en una cama alta.
-El señor Featarya estuvo toda la noche con él, la señora Narquelië apenas unos minutos.
-¿Cómo está?- preguntó Arestel acercándose al herido.
-Muy grave, mi señora, mucho más que Thelidor, y os digo igual que con vuestro esposo: si se queda aquí pronto pasará a visitar las Estancias de Mandos.
-Entiendo -dijo revisando el brazo donde tenía un espantoso corte que empapaba la venda continuamente en sangre.- ¿Qué haríais vos, Maestro Meneldur?
-Lo mandaría sin mas tardar a la capital, allí los sanadores del rey podrán salvarle.
-¿Se lo habéis comunicado a Caladan?
El sanador asintió.
-Dijo que esperaría hasta que vos lo vierais para tomar una decisión.
Arestel marchó al campamento de la III compañía y tras preguntar a unos soldados, encontró rápidamente a Featarya. El elfo estaba dando unas indicaciones a un grupo de hombres. La mujer esperó a que terminase, no quería interferir en los asuntos de la compañía, entonces se acercó, pero Caldan se adelantó en las palabras.
-Temí por vuestra vida, Arestel, al no encontraros a las afueras de los túneles. Tranquila -añadió al ver el rostro de la regente -Astaroth nos contó el hecho de vuestra marcha. -los dos comenzaron a caminar- ¿Cómo se encuentra el general Thelidor?
-Me gustaría deciros que bien, pero la verdad es totalmente distinta -hizo una larga pausa- Ahora me preocupa más Isilion –anunció- .Me comento Meneldur que estuvisteis toda la noche con junto a él.
El elfo asintió.
-Durante toda la noche no paró de pronunciar extrañas palabras, y se movía agitadamente en determinados momentos. Vuestro sanador mayor le preparó un brebaje al amanecer, y aquello le calmó aparentemente.
-Sí, ahora cuando fui, Isilion descansaba apaciblemente.
-Quien sabe, tal vez los demonios sigan en su cabeza -dijo haciéndole una ademán para que entrase en su pabellón -Imagino que Meneldur os diría lo de mandar a Isilion a la capital.
-¿Os importa que tome esa manzana? -preguntó la regente que no había comido nada desde hacia casi un día. El elfo movió negativamente la cabeza y Arestel tomó la fruta ---Sí, y considero que es un sabio consejo -y mordió la manzana.
-Hay un largo viaje de aquí hasta Ost In Alasea Esdë, me preocupa que Isilion pierda la vida en el trayecto.
-Estoy de acuerdo, Featarya, pero si se queda aquí igualmente la perderá – se detuvo un instante-, si viaja a la capital del reino al menos tendrá una posibilidad.
El elfo, que se había sentado en una cómoda silla tras su escritorio, quedo pensativo.
-Esa es mi opinión al respecto, si queréis, consultadlo con Narquelië, a fin de cuentas ella también es dirigente, y en cuento tengáis algo decidido, sea lo que sea, avisadme. En fin, con vuestro permiso me retiro- la mujer hizo el saludo de la orden, que fue correspondido por el elfo- ¡Ah! Y gracias por la manzana -los dos sonrieron, y segundos después Arestel salió de la tienda dejando a Featarya decidiendo sobre el posible viaje de su amigo.
Thelidor
-¿Qué hace una Rosa entre tanto Lirio?- era la inconfundible voz de Narquelië- Siempre tan sencilla Arestel- claramente se mofaba de los ropajes de la mujer
La regente miró a la doncella cuervo, pero continuó su camino. Sabía que la mujer sólo quería provocarla, esa era su manera de pasar el rato.
-Qué, ¿ya no te quedan elfos oscuros a los que domeñar? ¡Ah! No, mejor no, que te quedarías sin ejército.
Narquelië soltó una gran carcajada.
-Haré que no lo te he oído, regente de Oron -dijo con sorna -yo sólo venía a preguntar por la salud de tu amante esposo.
-Ah, ¿sí? - resupo ante la pregunta de Quariel-, y a ti ¿desde cuándo te importa Thelidor?
-Ya ves, desde ayer mismo. Cuando abandonaste a tu ejército porque tu marido “estaba con un pie en el otro mundo”-volvió a reír -parece mentira que ahora se encuentre arengando a tu compañía…Me gustaría saber qué tipo de poción mágica le has dado que es capaz espabilar a un moribundo.
-¿Qué es?, ¿otras de tus mentiras?
Narquelië se detuvo y tomando un tono muy serio dijo:
-Seré muchas cosas, pero nunca mentirosa. No me hace falta para conseguir lo que quiero- la mujer se dio la vuelta y dándole la espalda a Arestel dijo – Acabaría con tu vida aquí miso, si no fueras quien eres.
Narquelië desapareció tras unas tiendas, la regente, aun con las últimas palabras de la doncella cuervo pululando por su mente, decidió que ya era hora de regresar junto a su ejército. Mientras atravesaba el campamento de la III Compañía iba haciendo una lista de las cosas que debía realizar -“Buscar a Astaroth, eso es primordial, necesito saber las bajas, después…Sí, decírselo a Thelidor y…-“ El sonido de centenares de voces gritando al unísono llegó hasta ella. -¿ Qué sucede?- pensó a la par que aceleraba sus pasos. –“Por Eru que no sea una rebelión”-- Corrió y desde la distancia pudo observar como un millar de sus hombres, se agolpaban alrededor de una única persona que destaca por encima de todos ellos. Arestel lo reconoció al instante: Thelidor, vestido con su brillante armadura, portaba en una mano una pica en cuyo extremo ondeaba el estandarte de la Rosa. –” Así que era a esto a lo que se refería Narquelië…¡Ay! Thelidor, no deberías estar ahí”-
Se acercó despacio a la multitud, su esposo estaba exponiendo uno de los mejores discursos, no tanto por lo que decía, pues ella apenas lo escuchó, sino por la entrega que demostraban sus hombres. Los soldados al ver a Arestel se aparataban a ambos lados, formando un extraño corredor, mientras hacían el saludo de la orden, que la regente devolvía sin dificultad. Así pues, la mujer se sitúo detrás de su marido, pues no quería que él se enterase de que ella estaba allí.
Las palabras de Thelidor resonaban con fuerza en todos y cada uno de los corazones que se encontraban en aquel lugar; y con cada frase del regente sus hombres respondian con ímpetu:”Thart’en luinar”, “así sea” en el código de los rosarianos.
Arestel apenas prestó oído a las palabras de su esposo, que sin dudad debían de ser grandiosas, ella estaba sumida en sus pensamientos que al ver a Thelidor, engalanado de tal guisa, afloraron a su mente. Tiempos anteriores, cuando sus vidas eran por así decirlo más simples, sin más problemas que los asuntos cotidianos a los que debían atender. Ante ella se encontraba el Thelidor que había conocido, el fuerte númenoreano que conseguía arrastrar consigo a todos aquellos que se encontraban junto a él. Sus dotes de mando seguían intactas, pero no así su fuerza que se había visto mermada desde que recibiera la herida en las puertas de Mellon Vilnya…la regente recordó: su medallón, el avath, y su orgullo, eran los verdaderos causantes de la precaria salud de su esposo ”Tal vez hubiera sido mejor que el senescal Darlak no nos hubiera perdonado la vida pensó, pero rápidamente apartó aquella frase de su cabeza y continuó ”La muerte de los regentes de Oron Oituilë a manos del Senescal de Mellon Vilnya hubiera supuesto la enemistad de por vida entre los dos Clanes, Darlak actuó con noble rectitud, no como yo”
Theldior disimulaba la verdadera magnitud de su lesión, no quería que su tropa le viera en mal estado y sintiera compasión por su pobre general. No eso, nunca. El númenoreano había pedido a Astaroth la plica para poder apoyarse en ella y así descansar el peso de su cuerpo, de otro modo no hubiera podido aguantar tanto tiempo. Para sus hombres se retiraba ahora para sanar de una pequeña herida y regresar cuanto antes junto a ellos. Y tras un Vënder nar il Aceran, “bendito sea el rey”, respondido por un”Thart’en luinar”, Thelidor terminó.
Arestel Vanimeldë
La tropa comenzó a dispersarse, Astaroth hizo el amago de subir al improvisado púlpito para ayudar a su general, pero Arestel se lo impidió, el elfo comprendió al instante que quería ser ella. La mujer arrebujó la falda y subió, Thelidor no se percató de ello, pues miraba hechizado, como sus hombres se iban retirando del lugar. La regente tomó entonces la mano de su esposo, y este al notarlo, la miró. No hicieron falta palabras pues a través de sus ojos supieron lo que tenían que decirse. Arestel se agarró entonces al brazo de Thelidor, y apoyó su cabeza en el hombro de su marido. Durante un largo rato se quedaron mirando al campamento, observando como la vida bullía sin descanso entre las lonas de las tiendas, y solo la lluvia, que las nubes amenazantes se habían decidido a saltar, logro interrumpir aquel eterno momento.
[…]
En apenas dos semanas había habido muchos cambios. La IV compañía había sido disuelta e Isilion había sido mandado hacia la capital.
Featarya estaba ayudando a Arestel a prepara el viaje al norte cuando un rumor les llego: Narquelië estaba montando una opulenta carpa en mitad del campamento. La curiosidad pudo a los de la Rosa y decidieron ir a ver que estaba tramando la del Lirio.
Quariel, de brazos cruzados, observaba con muchísima atención cualquier detalle que a los quendi se les escapase, cosa que ocurría muy de vez en cuneado, para poder gritarles. Arestel y featarya se acercaron, pero la mujer no les dio tiempo a que ellos preguntasen.
-Mi querida reina, ha decidido venir-dijo entre lo ironía y la molestia.
-¿A qué viene?- preguntó la regente de malas.
-No lo sé, ayer durante la noche, mandó a su escueta lechuza-contestó ella, puso una mano en su cintura y desvió los ojos hacia arriba-Espero que no tenga la idea de venir a dirigir esta compañía, eso no me conviene… ni a ustedes. Hubiera preferido mil veces, que se quedara en el norte, controlando a la bestia.
Featarya miró a sus compañeras, era obvio que a ninguna de las dos les agradaba la llegada de Izilsurias, él se había mantenido callado, no conocía a Izilsurias como aquellas dos mujeres, la verdad le era indiferente, las cosas con reina o no, seguirían siendo igual.
-Sé que odias a la Reina, Arestel-dijo de pronto la mujer-Nunca debes confiar en alguien del Lirio, aunque sean tus padres.
La regente apretó los puños ¿Qué pretendía la doncella cuervo con aquellas palabras? El recuerdo de la traición de sus padres, que habían sido capaces de anteponer su lealtad al Lirio ante el amor por su propia sangre, al ocultar a Arestel los propósitos que la reina tenía con su hija; hizo que la mujer estallara.
-Maldita seas, Quariel, qué sabrás tú de mi odio.
-Más de lo que crees-le contestó Narquelië con sorna, después cambio el tema drásticamente-Por el bien de los dos, manténganse al margen de la situación…Sí ya desprecian la conducta de mi orden, con Izilsurias aquí, esto será peor.
Arestel lanzó una mirada de odio a la doncella cuervo. Entonces Featarya actúo rápidamente, sabía a lo que las dos mujeres podían llegar si se las dejaba.
-Vayamos a terminar los últimos preparativos.
[…]
La reina llegó, y con ella su oscuro séquito. Sólo Narquelië, como dirigente estuvo allí para recibirla. Thelidor y Arestel, a pesar de que escucharon el cuerno que avecinaba su llegada, no hicieron acto de presencia. Sabían que Izilsurias se lo reprocharía a Ilimo, y que éste les haría llegar su decepción por el comportamiento que habían demostrado ante su reina, a los regentes les traía sin cuidado después de los males que les había procurado Izilsurias; ellos sólo servían al rey, y a la Rosa.
Un elfo de Caladan vino a buscar a Arestel, pues su señor pedía la presencia de la mujer en su carpa. La regente acompañó al mensajero, le preguntó durante el camino por el motivo, pero el soldado nada pudo decir ya que lo desconocía.
Arestel llegó, y entró. Featarya iba y venia portando entre sus manos diversos objetos.
-¿Qué es lo que ocurre, Featarya?-preguntó sin entender la situación.
-¿Y Narquelië? – inquirió sin levantar la cabeza de un baúl.
-No…no lo sé _titubeó Arestel que cada vez entendía menos- debe estar con la reina
Entonces, como si de magia negra se tratase, la doncella cuervo apareció, y se sentó en una silla.
-¿Qué haces?-preguntó Quariel
-¡Por fin! Te estaba esperando –dijo Featarya con una sonrisa- Debo irme, Ilimo me encomendó un encargo.
-¿Qué encargo? –Dijo Arestel un poco decepcionada por tener que quedar sola con las dos señoras del Lirio- ¿Piensas dejarnos?
-Tendremos una batalla en dos días –dijo Narquelië- no puedes irte.
-Son ordenes del Rey –dijo el elfo solemne- no podré acompañarlos en esta batatilla, pero estaré para la próxima, y les aseguro no se van a arrepentir-esto despertó una gran intriga en las dos mujeres, el quendi les sonrió- les confío mis hombres a su mando, les dejo mis bendiciones. ¡Mucha suerte! –Featarya hizo una reverencia y salió de su carpa.
Fue a despedirse de la reina y luego marcho apresuradamente hacia el norte.
-Vaya, vaya, parece que todos los de la Rosa tenéis prisa por partir al norte –añadió Quariel burlonamente.
-Será que algo malo hay en el sur – respondió y salió de la tienda enfilando sus pasos hacia su pabellón, donde Thelidor descansaba. Narquelië fue con ella.
-Informa a tu reina que mañana a primera hora, Thelidor y yo nos marchamos de aquí.
-Yo no soy mensajero de nadie, hazlo tu misma, además, ¿acaso no vais a ser parientes? Tu futura consuegra, nada más y nada menos…
-Basta, Narquelië – enfureció la regente – No hace falta que sigas recordándome las amarguras de mi vida –la mujer se llevó las manos a la cara—Ya sé que la reina me ha quitado todo lo que quería. Primero mis padres, luego Erinel…sólo me queda Thelidor, cuya vida prende de un hilo. Déjanos tranquilos, doncella cuervo, que suficientes pesares tenemos ya.
Arestel entró en su carpa sin dar opción a que la doncella cuervo dijera una sola palabra más. Mañana, a esa misma hora, varias millas de distancia separaría a las dos mujeres.
Thelidor
A la mañana siguiente todo estaba preparado, los cincuenta elfos que conformaban la guardia personal de los regentes esperaban a que sus señores salieran del pabellón.
La mujer estaba terminando de recoger las cosas de su marido, cuando Malek, uno de sus antiguos capitanes irrumpió en la sala.
-Mis señores…
- ¿Que ocurre, capitán?—preguntó Thelidor.
- Ayer nos informaron de que mañana atacaremos la ciudad—el general asintió e indico con la mano que prosiguiera su exposición --, verá, señor, nosotros estamos dispuestos a continuar en estas tierras, y de servir a Farothdin, pero sólo bajo las ordenes de Featarya.
- Que se fue ayer dejando en manos de Narquelië a sus tropas – recordó en voz alta Arestel.
- Entre la que se nos incluye a nosotros, mi señora – se apresuró a añadir.—Nosotros no vamos a ir a esa batalla si no es bajo el mando de un dirigente de la Rosa – anunció.
-Pero Malek…-- empezó la regente.
- Capitán, ¿puede dejarnos a solas? – intervino Thelidor.
El subordinado asintió y salio del lugar.
-Nuestra partida se va a ver retrasada, creo que deberías ir con ellos a la batalla.
-Thelidor, dices sandeces. Estás mal, tenemos que ir a al norte.
-Podré aguantar, ¿qué más da un día más? No podemos fallar a nuestros hombres, Arestel. Ve, gana la batalla y regresa.—el regente tomó el rostro de su mujer – si no lo haces por ellos, hazlo por mí.
-Caro me sale tu sentido del deber, Thelidor- dijo -pero prométeme que pase lo que pase, iremos al norte.
-Aunque se caiga el sol y la luna y el mundo se suma en la mas profunda sombra, nada retrasará más nuestro viaje.
La regente guió a sus hombres a la batalla, y junto con los del Lirio lograron, al fin, vencer a la III compañía de Liantari, y saquear su ciudad. Su tropa, como habían prometido, dedicó la victoria a su general. Thelidor desde la lejanía del campamento pudo escuchar los cuernos resonar a lo lejos, en las alturas de la montaña, y aunque él no estuvo allí con ellos, se alegró por la victoria que los hombres de ambas órdenes, habían logrado para Farothdin.
[…]
Habían decidido al final viajar por el camino mas corto hasta Oron, pero para ello tenían que atravesar el desierto de Cuin’et Faire, en el territorio del aliado de Heren Faniyarea. Para no perderse, la comitiva, por órdenes de Thelidor, siguió el contorno de las Orod Nid, las montañas que servían de frontera natural entre Heren y Liantari.
Aun que el clima del desierto era mucho mas benigno junto a las faldas de la montaña, los días eran muy calurosos, a pesar de que era principio de primavera, y en las noches era necesario encender una par de hogueras, con lo cual los guardias se las deseaban pues la leña escasea, y lo único que se podía echar al fuego eran pequeños arbustos.
El paisaje era muy hermoso, especialmente al atardecer cuando los colores amarillentos y pardos, de desierto y montaña, se fundían con la paleta de rosáceos del cielo, configurando un tapiz de singular belleza a los ojos de los viajeros. Pero la monotonía del terreno era tan abrumadora durante el resto de día, que a la semana de viaje ya ni se apreciaba el regalo que la naturaleza les ofrecía.
En la tarde del decimoquinto día se abrió ante ellos una inmensa planicie: el desierto de Cuin’et Faire había llegado a su fin.
Arestel en un principio se había negado a que atravesasen el desierto. Prefería dar n rodeo y viajar junto al mar, temiendo que la salud de Thelidor no pudiera aguantar los cambios tan bruscos de temperatura, pero para sorpresa de la mujer, no sólo lo aguanto bien sino que pareció mejorar. Increíblemente las heridas del torso comenzaban a cerrarse, y los efluvios que de ella manaba, era mucho menos abundantes “Es el aire puro” decía Thelidor, Arestel simplemente asentía a la suposición de su esposo, ya que no tenia ninguna explicación para tal hecho.
Otros tres días tardaron en llegar al Nikwenen, un río que atravesaba de oeste a este las tierras de Heren. La compañía se las deseo para cruzarlo, pues las aguas venían fuertes debido al deshielo de la Sorontarma, y los caballos, asustados por el ruido, rehusaban introducirse en el líquido elemento. Afortunadamente, Astaroth localizó una zona al este donde el río se ensanchaba un poco pero perdía fuerza, fue por ese lugar por donde consiguieron alcanzar la otra orilla.
Arestel Vanimeldë
Cuatro jornadas más y alcanzaron la ciudad de Osto Fendassë, la primera urbe no enemiga que pisaban desde hacía mucho tiempo.
En un primer momento los habitantes de la ciudad, aun sabiendo que portaban estandartes de Realengo, se mostraron reacios a que la pequeña compañía entrse en su villa.
Arestel pidió audiencia con el señor de la ciudad, y este al enterarse de quienes se trataba no sólo les ofreció alojamiento, sino que además organizo una gran fiesta en homenaje a los aliados del oculto reino del norte. “Perdonad la desconfianza inicial, no estamos acostumbrados a recibir visitas pacíficas” – había dicho el señor de Osto
Una semana pasaron entre aquellas amables gentes, pero la primavera ya estaba avanzando, los días se hacían cada vez mas calurosos y pronto los ardientes rayos del sol pedirían cuantas a aquellos osados que se atreviesen a viajar por las tierras de arador, así pues, muy a su pesar la pequeña comitiva se despidió de Osto Fendassë, y continuó su marcha hacia el norte.
Una barcaza les ayudo a cruzar el Sirhonë, un profundo río de aguas tranquilas que hacia las veces de defensa natural para la ciudad de Osto Fendassë. Tardaron dos jornadas más en abandonar definitivamente las tierras del Heren. A partir de aquel momento, y hasta que llegasen cruzasen el Sildatuine, río que delimitaba la frontera de Farothdin, estarían en tierra de nadie.
Una mañana Thelidor dijo que ya estaba cansado de tener que viajar en el carromato y que se encontraba lo suficientemente bien como para aguantar una buena cabalgata, así que pidió a Astaroth que ensillara su caballo, como solía hacerlo antes. El elfo intentó disuadirlo, pues la Arestel aun dormía y sabía como iba a reaccionar ella si veía a Thelidor en una montura. Pero el regente le tranquilizó diciendo que solo él era el responsable. El capitán no le quedo otra que obedeció la decisión de su señor.
Thelidor agarró con fuerza unos pocos pelos de la crin del animal, situó su pie izquierdo en el estribo, y con ayuda de Astaroth, que sujetaba su pie derecho, el hombre se impulsó hacia arriba logrando sentarse en la silla.
- No ha quedado muy natural-rió el regente- creo que he perdido práctica- acaricio con fuerza el cuello de su caballo.
- Es la primea vez en casi seis meses que monta, señor, y además aun sigue lesionado…
-Si la herida no me mata lo conseguiréis Arestel y tu – el jamelgo comenzó a moverse, inquieto- Ya, ya, tu también hechas de menos una buena carrera, ¿eh? – dijo Thelidor rascado la blanca crin – anda, dame las riendas.
El elfo retrocedió, una cosa era que su señor subiera al caballo, otra bien distinta que se pusiera a cabalgar.
-Astaroth, no me obligues…
-¿A qué?- intervino de improviso la voz de Arestel que se encontraba al otro lado del caballo, con los brazos cruzados. –Por favor, dale las riendas.
El eldar, esta vez sí, bajo la petición de la mujer, entregó las correas al númenoreano, el cual sin más tardanza azuzó al caballo y tras una nube de polvo desapareció.
-¡Señora, es una locura! – exclamó Astaroth.
Arestel movió negativamente la cabeza.
- Thelidor se ha recuperado prácticamente. Desde que emprendimos el viaje al norte sus heridas se han ido cerrando poco a poco, y ahora no son más que arañazos en su torso – la mujer hizo una pausa, estaba mirando embelesada los movimientos que jinete y montura realizaban en la planicie- Tal vez el deseo de regresar a casa haya hecho posible este milagro.
-Sólo Eru sabe que secretos se esconden en el corazón de los hombres.
Desde aquel momento Thelidor continuó el viaje a caballo, aunque de vez en cuando, y por petición de su mujer, descansaba algunas horas en el carromato.
El calor se hacia ya latente en Arador, aun quedaban semanas para el verano, pero el sol, como advertencia de lo que vendría, atosigaba a los viajeros. De tal forma les afectó, que apenas recorrían unas 30 millas al día, cuando lo normal eran 50. No querían forzar a los caballos, y desmontaba con frecuencia para que los animales fueran más ligeros, e incluso comenzaron a viajar de noche.
En cuanto tuvieron la oportunidad se internaron el Taur Tasarion, el bosque que rodeaba Orod Endére. La humedad se acumulaba de bajo de las altas copas de los árboles, pero al menos los rayos del sol no lograban traspasar la verde techumbre de la foresta. Aprovecharon las cristalinas aguas del Lintatuine para refrescarse y llenar los suministros de agua, pues seria el último río que viesen hasta el Sindatuine, aun a cientos de millas al norte.
El grupo caminaba en silencio por la oscuridad del bosque, parecía que la luz de luna tuviera mas facilidad para traspasar las hojas, y gracias a ella, podían ver por donde iban. Entonces uno de los elfos de la vanguardia, apareció ante ellos.
- ¡Orcos, mi señor! – exclamó
- ¿Dónde?-pregunto Thelidor adelantándose hasta el elfo.
- Junto a las ruinas de Tavarcerta, varias hogueras iluminan el lugar.
- ¿Os han visto?
- No, no, supimos escondernos bien,
- ¿Qué hacemos, Thelidor? –preguntó Arestel preocupada.
- Tal vez les superemos en número y…- comenzó
- No, mi señor – interrumpió el eldar – al menos contamos un centenar a esta lado de las ruinas, seguramente haya más en el interior.
Thelidor comprendió al instante que la idea que tenia en mente supondría la muerte de todos sus.
- Su vista no es buena, aunque sí su olfato – anunció- será mejor que aceleremos el paso ahora que la brisa viene del este. Esperemos que Manwe nos favorezca con sus vientos.
En cuanto consiguieron salir de Taur Tasarion, Arestel mandó, con una de sus águilas, un mensaje al rey, informando del sospechoso grupo de orcos que se encontraba en las antiguas ruinas.
Alcanzaron el Sindatuine, el río, al igual que los otros que se habían encontrado a lo largo del viaje, bajaba con un fuerte caudal de las montañas, pero lograron pasarlo sin dificultad, a través de un oculto vado, que sólo los habitantes de Farothdin conocían.
-Tumbaletaurëa, la proviendia del sur
- exclamó Thelidor nada más encontrase en la otra orilla- aunque aun estamos lejos de Oron, me siento en casa.
Arestel abrazó a su esposo, ella también lo sentía.
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La historia continúa en Oron Oiotuilë, Monte Siempre Primaveral
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