Kelusse
Fin Guerra: Heren Fanyarëa deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Heren Fanyarëa\" = 15
Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 17
Victoria para Heren Fanyarëa!

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:05:29:22:54:34
Fin Guerra: Heren Fanyarëa deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Heren Fanyarëa\" = 15
Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 17
Victoria para Heren Fanyarëa!
La batalla al Oeste de Fanyarëa le había hecho comprender a Naredhel, la fragilidad de su pueblo. Fácil cayeron en la sombra los que trajeron la traición a su país, y aunque pudo ver la fuerza y la lealtad de quienes permanecieron a su lado, no dejaba de sentir pena por la sangre derramada que algún día ella bendijera. Esta congoja la llevó a un recuerdo remoto que por mucho tiempo creyó innecesario. Ahora todo había cambiado, necesitaba unir en un nuevo sentimiento a todos los ramalië.
Sólo había un objeto con el poder de lograrlo. Un objeto que hacía tiempo se había extraviado, o mejor dicho, que la misma Naredhel había ordenado que se ocultara en algún lugar lejano para evitar tentaciones, o que cayera en malas manos. Valglin había sido el encargado de esconder el preciado objeto, y tenía la orden de no revelar a nadie el sitio donde lo colocara, ni siquiera al rey.
Alkalabrindeth y Lyshion Morkarendîl se presentaron ante Naredhel. La vanyar los vio venir con ojos iluminados por el fuego. Ellos habían sido los elegidos para hablarles de esos acontecimientos.
- Mucho tiempo ha pasado desde que las dos piedras de los ramalië fueron creadas por mi mano – dijo - y en ellas puse un gran poder y conocimiento proveniente de las Tierras Imperecederas. La Piedra del Vampiro, y la Piedra del Águila, en las cuales radica el espíritu más sagrado de Fanyarëa. Su poder ha permanecido oculto a lo largo de los años, pero debéis saber que su fuerza es tal, que colocándolas frente a frente sin tocarse, las gemas que conforman sus ojos irradian una luz que permite ver hechos del pasado, del presente y del futuro, a quien tiene el poder y el deseo de hacerlo. Pero lo más importante, lo que me obliga a recuperarlas como un tesoro invaluable, es que al unirlas, expiran una fragancia imperceptible que abre los corazones, despeja la mente e infunda el amor a los suyos, a su tierra. Por mucho tiempo albergué la confianza de prescindir de ellas. Nuestro pueblo había fundado nuevamente la unión. Los Varna Rámar habían regresado, y a pesar de todo creí que la unidad forjada a través de Vilwë y Marelaeth sería suficiente… Así pues solicité a tu padre, Alkalabrindeth, que las escondiera. En Fanyarëa había paz, pero Vilwë se estaba obsesionando con el futuro… Tal vez el conocimiento de la muerte que él sabía que llegaría le hizo buscar en ellas una respuesta… No lo sé. Pero ha llegado su hora antes de lo esperado. Ahora es el momento de recuperarlas, e intuyo que las piedras partieron hacia el Este, pero ignoro la ubicación exacta…
- ¡La conozco! – interrumpió Alkalabrindeth conmocionada - Mi padre me llevó a aquel viaje… Recuerdo que llevaba un cofre de madera, muy sencillo e insignificante, pero su actitud y la premura, me hacían pensar que algo más importante se postraba en el interior de ese cofre.
- Así es Alkalabrindeth, yo misma las deposité ahí y sellé el cofre con candado, reforzándolo con un encanto. Ahora, nadie debe saber lo que os he confiado. Mañana, antes del amanecer, partiremos a caballo hacia el Este, y después nos desviaremos hacia el Sur bordeando los lindes del Ëarmitya. Lyshion, prepara una compañía que nos siga. No dejaré a Fanyarëa desprotegida, pero tampoco arriesgaré esta misión. Las tierras de Árador ya no son seguras.
En la mañana partieron a todo galope de Osto Fendassë. A la vanguardia iba Naredhel, a su derecha montaba orgulloso Lyshion, y a la izquierda meditabunda iba Alkalabrindeth, con los cabellos sujetos, dejando libres al viento pequeños rizos que rozaban su rostro. Detrás de ellos avanzaba la guardia de elfos con sus estandartes azules y la insignia de los ramalië, y en la retaguardia seguían, muy de cerca, un batallón de enanos montados en poneys que Gimbur había dispuesto a disposición y cuidado de Alkalabrindeth.
Sólo dos pausas hicieron en su trayecto. El primer descanso lo tomaron a orillas del mar, antes de desviarse al Sur; el segundo descanso fue más fructífero, porque el pueblo de Liantari Dimbar les brindó un buen recibimiento en el puerto de Lingwilóce. Allí Naredhel solicitó al Capitán de la Guardia Costera el préstamo de varios de sus barcos, pues según Alkalabrindeth, ella y su padre habían descendido al sur en una barcaza, desde el río Sirhonë hasta tocar las tierras del este al otro lado del mar.
En señal de amistad, el pueblo de Lingwilóce les confió siete hermosos barcos cuyas velas blancas resplandecían en el azul del mar.
Partieron temprano a la búsqueda, apenas pasaba del mediodía, y el sol quemaba la piel y hacía brillar la cera del barco. Alkalabrindeth contemplaba extasiada el movimiento del mar, se dejaba llevar por los ondulados andares que le acercaban en el tiempo los recuerdos de su padre, cuando escuchó el sonido lejano de un cuerno. Sorprendida, abandonó la belleza cristalina y fijó su vista penetrante hacia el horizonte bullicioso, donde se erguía un gran faro. El puerto de Undomelondë los había avistado.
Naredhel se colocó a su lado y habló con sincera tristeza.
– Tarde es para cambiar las cosas, pero debí haber prevenido a Esteldor de nuestra llegada. – musitó.
- ¿Por qué? – preguntó Alkalabrindeth, pues aún no comprendía la situación.
- Los barcos que nos abrigan nos señalan como enemigos – contestó Naredhel, y gritando al resto de los tripulantes y demás barcos – ¡Oíd mi consejo! ¡Preparad vuestro valor y vuestras armas, o de lo contrario, la muerte nos golpeará a todos!
Alkalabrindeth titubeó. Deseaba la guerra, sí, pero sabía que ese pueblo no era el enemigo que ella quería destruir.
– ¿Por qué no les avisamos ahora? – ofreció como último recurso. El azul de sus ojos reflejaba el color del mar, pero también el brillo de la inquietud que la embargaba.
– Comprendo tus dudas. –respondió Naredhel – Pero debes entenderme, Alkalabrindeth. La más mínima duda ahora, supondría nuestra muerte. Este pueblo ha estado esperando la guerra desde el otro lado del mar durante mucho tiempo. No se detendrán a escucharnos, y cualquier intento de negociación se pondría a su favor… – y volvió a gritar con autoridad – ¡Desplieguen las últimas velas, el viento está a nuestro favor, atacad!
Las tropas enemigas estaban preparadas. Mucho tiempo habían permanecido esperando ese momento…, aunque quizás no eran ellos el enemigo que esperaban. Desanclaron algunos barcos que pusieron en marcha, y sorprendida percibió que formaban dos compañías perfectamente estructuradas. Cientos de flechas surcaron el cielo, pero como bien había dicho la sacerdotisa, el viento estaba a su favor, y mientras las flechas enemigas se debilitaban al llegar, las de ellos hacían golpes más seguros. Las velas empezaron a desgarrarse, las flechas se cernían en todos lados algunas dando en blancos blandos, y de aquí y allá se escuchaban lastimeros gritos.
Cayeron varios de los Russan Rámar que venían solos en un barco. En su ansiedad de combatir cuerpo a cuerpo se arriesgaban sin protegerse a impulsar la nave, y Alkalabrindeth vio con rabia e impotencia caer a sus amigos. Acometiendo a sus impulsos, subió a la orilla de la proa y gritó enfurecida – ¡A mí, cobardes! ¡Acercaos a Caraknár!!!
La primera compañía en llegar pasó de largo. Naredhel observó con angustia como avanzaba y los dejaba atrás lentamente, temiendo quizás que los emboscasen entre dos frentes. Pero no fue así. Las naves se perdieron en el horizonte, y comprendió que se dirigían directamente al puerto de Lingwilóce. Pero nada podía hacer para prevenir de su llegada… y se preguntaba si habían sido ellos el desencadenante de esa invasión… Pero la llegada de su propio enemigo le hizo comprender que aquella era una posición largamente meditada, y que nada hubiera podido evitar el ataque en las tierras de Liantari Dimbar.
Naredhel habló en la lengua de Valinor y se hizo el fuego, tocó las puntas de las flechas y fueron lanzadas al unísono hacía un sólo barco, que por las telas y la madera prendió estrepitosamente obligando a sus ocupantes a lanzarse enloquecidos al agua. Aún no veían esta victoria cuando una flecha dio en el muslo de Alkalabrindeth, justo debajo de donde la protegía el escudo. Sus gritos se ahogaron de pronto ante el dolor, un dolor que nunca antes había experimentado. Se arrojó al agua, y sumergida tomó la flecha llena de coraje arrancándola con fuerza. El agua a su alrededor se oscureció, iluminada apenas por el brillo ahora rojizo del sol. Naredhel alcanzó a desviar el barco unos grados temiendo pasar encima de ella. La sangre le hervía tanto, que Alkalabrindeth nadó hasta el barco enemigo más próximo, y de una estocada con el mazo que lleva incrustadas las mandíbulas del dragón, la madera se hizo añicos abriendo una enorme grieta que inundó rápidamente el barco. Ninguno de ellos pudo evitar que los colmillos del dragón hendieran sus cuerpos.
El barco de Lyshion fue el primero en llegar al puerto, Naredhel había chocado con otro barco y, junto a su guardia saltaban al del enemigo peleando y muriendo aguerridamente. Rûnyacir sobresalía quemando las carnes y huesos de varios esteldili. Pero Lyshion no pudo esperar. Muchos guerreros salieron detrás de los muros que acompañaban al faro, - en la cercanía, éste era más imponente - y corrían enardecidos a expulsar a los intrusos que mancillaban sus tierras. La escolta de Lyshion era menos numerosa, pero les infundió valor.
– ¡Hoy no será el día de nuestra derrota! ¡Quien asesina a un ráma debe pagarlo, aunque con ello se vayan vuestras vidas! - Todos gritaron y de un salto pisaron la arena corriendo hacia el enemigo. El choque de las espadas y armaduras resonaba con bravía, el veneno mortífero de Ungoliant los tomó por sorpresa, pues bastaba un roce para ceder a la muerte. Esto los hizo ir retrocediendo, pero se mantenían aferrados a matar o morir porque su capitán los incitaba con valentía y honor.
Un gran guerrero se le opuso a Lyshion, era tan fuerte y hábil que ni la astucia del noldor pudo evitar que su espada saliera volando, su mano quedó vacía y temblorosa, mientras sentía un pequeño hilo de sangre deslizarse desde una fina fisura. Con destreza, Lyshion esquivó otro golpe saltando hacia atrás y pretendiendo tomar el escudo de un cuerpo que yacía semienterrado en la arena. Pero el guerrero atacó de nuevo, con ferocidad, incrustando su espada en el costado izquierdo del abdomen. El noldor cayó de rodillas con las manos abrazando su cuerpo, mientras su enemigo se preparaba para la estocada mortal, y de no haber sido por la intervención de Naredhel, aquel guerrero hubiese consumado su acto.
El guerrero luchó con vehemencia logrando lesionar del brazo a la sacerdotisa, pero Rûnyacir resplandeció cegadoramente e hirió de muerte al guerrero. Tampoco culminó con él, pues acudió presta a rescatar la espada de Lyshion asesinando al que pretendía robársela.
Los enemigos se replegaron. El mismo Nowë tuvo que alejarse llevando a rastras al gran guerrero herido. Los rámar ya no los siguieron, cruzaron el pequeño fuerte que simulaba de faro, en cuya torre quedaban algunos arqueros esteldili. Naredhel apreció su valor y su firme determinación, pues defendieron el faro hasta que cayó el último de ellos, aferrado aún a su arco. Fanyarëa había ganado esta batalla con tantas pérdidas como el enemigo. Los cadáveres así lo vociferaban, y la arena absorbía sedienta la sangre, que por largo tiempo se condenó a no recuperar su color. A partir de este día el odio entre ambos países, se fundó.
Alkalabrindeth arribó en el último barco que se detuvo a subirla. Le habían puesto un vendaje improvisado, y mientras bajaba del barco sus mejillas se empaparon de lágrimas. Las piedras eran valiosas, pero habían pagado un precio injusto por ellas, y olvidó la compasión por aquellas personas que tanta muerte habían causado. A la izquierda había un camino, justo a los pies de los muros del fuerte. Un escalofrío atravesó su columna. Más allá del camino, a una milla de distancia, vio la roca donde su padre se detuviera antaño para clavarse al fondo del agua y ocultar las piedras en la profundidad, pero ese hallazgo no era lo que la había inquietado.
Anduvo entre los caídos sosteniéndose de los muros, entró al fuerte y vio a Naredhel de un lado a otro atendiendo a los heridos, se acercó a ella, pero Naredhel se adelantó a decir el informe que Alkalabrindeth traía.
– Hay otra compañía montada cerca – dijo con voz preocupada - No podremos pasar para tomar las piedras.
Luego su voz se tornó dulce, mientras se dirigía al elfo que yacía sobre la piedra.
- No te preocupes – le decía, arrodillándose a su lado – Pronto estarás bien… La Sangre Sagrada cerrará tus heridas… - pero Alkalabrindeth comprendió que aquella frase sólo era un consuelo, y que Naredhel sólo intentaba que esperara la muerte en paz.
El elfo cerró los ojos, asintiendo débilmente. Un último suspiro escapó de sus labios, y por primera vez, Alkalabrindeth vio el brillo de las lágrimas de la Reina. Se levantó, con una mirada ajena, vacía. A través de un pequeño ventanal llegó hasta ellas una voz potente.
– ¡Rendíos! ¡Abandonad mis tierras ahora, o ninguno de vosotros volverá a la sombra de las montañas de vuestra tierra!
Un enano que había ascendido para visualizar más allá del muro, le gritó a Naredhel
– ¡Mi señora! Es un elfo arrogante. Viene solo y huye a caballo… ¿desea que lo mate?
- ¡No! – respondió rápidamente Naredhel - El hado de ese nainir, Nowë, aún no ha llegado. Pero estad preparados para la defensa, pues no renunciaré a la misión, menos ahora que hemos pagado un precio tan alto por ella. En esta misión radica todo el poder de nuestras fuerzas… Alkalabrindeth, dejo ahora en tus manos la reorganización de las tropas. Confío en ti.
Alkalabrindeth la observó extrañada, pero no tuvo el valor de preguntar por qué le legaba ese cargo ni dónde estaba el Maestro de Armas. Un escalofrío recorrió su piel… había tanto por hacer que no era bueno recibir más noticias perturbables.
Tareldar
El sol se ponía en el horizonte, dando paso al oscuro silencio de la noche. Sentado en un escarpado espolón de la alta muralla costera de Ringil, Nowë contemplaba el mar oscurecerse por hermoso atardecer, teñido de un intenso tono almagre, preludio de la sangre que había de ser derramada en Árador. Canturreaba el quendi una vieja tonadilla marinera que aprendiera de los falathrim años atrás en la hundida tierra de Beleriand. Tonada que dice así:
Allá; muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra;
que yo aquí; tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
- Nunca fue más oportuna – dijo una voz a sus espaldas, sacándole de su ensimismamiento.
- Puede ser – respondió -. ¿Alguna novedad, Serkiel?
- Malas noticias – respondió esta con pesar -. Han avistado una pesada flota de guerra con estandarte fanyarëano dirigirse hacia nuestras costas.
- Así pues, nos declaran la guerra – musitó sin gran emoción -. Era de esperar.
- Me ha enviado Húrin a buscarte – continuó la capitana -. Te reclama con urgencia en la tienda de mando.
- Sea pues – dijo Nowë poniéndose en pié.
Los elfos caminaron en silencio durante un breve lapso en el que, no obstante, la luz del día declinó y los fanales eran encendidos por doquier. La noche caía veloz en el puerto de Ringil.
- Nowë – dijo al fin Serkiel.
- Si – contestó.
- Esa canción... – comenzó a decir ella – recuerdo haberla escuchado en mi juventud en Nargothrond. ¿Cómo se llama?
- Tareldar. La compuso un marinero llamado Eriol – repuso Nowë -. Es una triste historia.
- ¿Por qué? – preguntó la elfa.
- Canta la historia de Beleg, el tareldar, y de la gran congoja que con el exilio inundó los corazones de los noldor – respondió con seriedad -. El dolor aún es demasiado hondo...
- Comprendo... – dijo ella pensativa.
Nowë era uno de los pocos noldor que habían seguido a Oromë hasta las benditas tierras de Aman; más tarde marchado al exilio y que se demoraban aún en la Tierra Media. Era viejo incluso para las cuentas de los elfos. Sin embargo, poseía una extraña fuerza vital que le hacia viejo y joven a la vez. “Todo un misterio”, solía decir Húrin sobre él.
En la tienda del Duin Mine un gran alboroto tenía lugar. Los capitanes y navarcas discutían sobre la flota que se aproximaba, veloz, a Esteldor. Los belicosos capitanes abogaban por salir a mar abierto y hacer frente a los fanyarëanos en la inmensidad y limpidez de la mar, mientras que los prudentes navarcas con Earadan a la cabeza, temiendo por sus amados navíos, pregonaban las ventajas de aguardar el ataque de los ráma, protegidos por el puerto.
Serkiel, precedida de Nowë, entró en la tienda ante la indiferencia general de los presentes, enfrascados en la disputa. Solo Húrin se percató de su llegada, sentado como estaba en un escabel, guardando silencio. La discusión continuó a pesar de la llegada de los elfos y, no solo no parecía amainar, sino que fue subiendo de tono e incluso alguna mano se posó en empuñadura de afilada espada.
Al fin Húrin, harto, se levantó del escabel y alzando su estentórea voz sobre capitanes y navarcas, impuso el silencio, exponiendo su opinión.
- Contamos con dos compañías – comenzó – y dos emplazamientos que defender. Sin embargo, buena parte de nuestra flota navega hacia tierras de la Reina Araña. No podemos embarcar a todos nuestros soldados. ¿Correcto Eradan?
- Así es – asintió el capitán de las barcas.
- Aunque quisiésemos hacer frente a los ráma en alta mar, no contamos con suficientes navíos para desplegar nuestra superioridad numérica. Debemos pues atraerles hacia las playas de Undumelonde y aplastarles con nuestra poderosa infantería.
- ¿Quién es tan temerario para aguantar el envite de la gran flota fanyarëana? – dijo escéptico Giles, capitán de escuadra.
- Certeza de muerte, mínima esperanza de éxito, ¿a qué esperamos? – dijo burlonamente Serkiel -. Yo comandaré esa defensa.
- Iré contigo – terció Nowë ante la sorpresa de los guerreros.
- Pero... – balbuceó Húrin -. Vos, vos sois...
- No hay discusión – zanjó el quendi.
- Sea – asintió Húrin, admirando la valentía de los eldar -. Yo protegeré Ringil con la primera compañía. Buena suerte caballeros.
- ¡Por Esteldor! – gritó Giles.
- ¡Por Esteldor! – respondieron todos al unísono.
Horas más tarde, Serkiel formaba la compañía en la playa de Undumelonde, parapetada tras las rocas, lejos del ojo del enemigo. Nowë y Eradan, el navarca, disponían los escasos barcos en la estrecha bahía, simulando una gran flota anclada en el puerto.
- ¿Surtirá efecto el ardid de Húrin? – preguntó Eradan rompiendo el tenso silencio que precedía a la batalla.
- Pronto lo sabremos – contestó Nowë y señalando el horizonte dijo – Mira.
¡La flota de Heren Fanyarëa había llegado!
Avanzaban en cuña, dispuestos a romper el cerco, sin importar los barcos que hubieran de perderse. Heren quería ganar la playa a toda costa y sin demora. Eradan, hábil marino, dispuso las grandes máquinas de asedio hacia la punta de lanza de su flota. Una lluvia de obuses surcó el cielo para ir a estrellarse contra la terrible quinquerreme, hundiéndola sin preaviso. La batalla devino en una amalgama de polvo, ruido y dolor, la eterna perfidia de las guerras.
Los barcos chocaban y el combate surgía en las cubiertas por doquier. En la nave capitana, Eradan se esforzaba por dirigir sus bajeles contra los potentes barcos fanyarëanos, obstinados en abrir brecha.
La lucha fue dura y sin cuartel. Los guerreros caían de uno y otro bando. Los hermosos navíos eran engullidos por el cruel mar sin misericordia. Pronto la batalla naval alcanzó su punto álgido. La heroica defensa esteldili había de sucumbir. A pesar de los denodados esfuerzos del navarca, la aplastante superioridad numérica del enemigo forzaba las defensas y, al fin, poderoso como un torrente, un gran navío de cuatro mástiles evadía el bloqueo y penetraba en la bahía, desembarcando en la playa.
Le siguieron muchos otros cuyos feroces guerreros desembarcaron con gran algarabía invadiendo la playa y, seguros de haber derrotado al enemigo, desoyeron a sus capitanes avanzando a todo correr hacia las murallas de Undumelonde. Craso error. Los hombres de Serkiel aguardaban escondidos la señal de su capitana.
- Un poco más – animaba esta a los guerreros ráma -. Adentraos, adentraos un poco más.
Al fin, Serkiel se ajustó el emplumado casco de los duin y, dando la señal, se lanzó contra los sorprendidos ráma que retrocedían ante el empuje de Serkiel mientras muchos caían traspasados por las afiladas espadas de los guerreros esteldili. Empero, el ímpetu de la Duin Nelde la traicionó pues en su carga fue acometida por valientes enemigos que al divisar su emplumado casco quisieron cobrarse tan preciada presa. No obstante, aunque malherida por dardos y estocadas, Serkiel se mantuvo en pie, arengando a sus tropas.
En el mar, la situación era crítica. El gran navío de Eradan era alcanzado por los obuses del enemigo. El barco, gloria de los astilleros de Ringil, se hundía. Rojo de ira, el navarca asió su espada y saltando a un cercano buque enemigo en formidable salto se enfrentó a la tripulación, haciéndola retroceder con su empuje y vehemencia.
Tal era su empuje que Lyshiön, el capitán noldo de los ráma, fue a su encuentro desde su nave haciéndole frente, y, hubiera caído ese día de no ser por la intervención de Naredhel que hirió a Eradan de gravedad, no sin recibir un profundo corte del navarca. Gran renombre ganó Eradan, “el bravo”, ese día.
La muerte acechaba a Eradan mas Nowë, desoyendo a su escolta, fue en busca de su amigo, arrastrándolo fuera de la batalla. Tan desinteresada acción pudo haber sido fatal para el elfo pues en su huida, cruel flecha se hundió en su espalda causándole grave herida. No obstante, haciendo acopio de todo su coraje, Nowë y Eradan ganaron la playa, donde los esforzados guerreros de Serkiel hacían huir a los ráma, expulsándoles a sus barcos.
La batalla llegaba a su fin. La pequeña flota de Eradan había sido perdida con grandes bajas pero el sacrificio no fue en vano. Habían mantenido la playa.
Nota 1: Tareldar es el término quenya que significa Alto Elfo.
Nota 2: La tonadilla que canta Nowë en el espolón no es otra que la famosa estrofa del poema “Canción del pirata” de Jardiel Espronceda.
Resumen de la batalla.
Heren Fanyarëa ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 350 puntos.
Valoraciones: 8+9+9+9+8+9= 8,67
Recupera: 303 puntos. En concepto de los daños sufridos por los dirigentes, esta compañía recupera 280 puntos. Total recuperacion: 525 puntos.
No pierde puntos.
Eirë Esteldor ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.
Recuperables: 198 puntos.
Valoraciones: 8+8+9+8+7,5+9= 8,25
Recupera: 163 puntos. En concepto de los daños sufridos por los dirigentes, esta compañía recupera 525 puntos. Total recuperacion: 595 puntos.
No pierde puntos.
Heren Fanyarëa percibe 300 monedas en concepto de batalla ganada.
Heren Fanyarëa entrega 100 monedas a Eirë Esteldor por abandono de batalla.
Compañías actualizadas y listas para continuar con el juego.