La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Frontera Oeste

2006:07:02:01:03:09

Gimbur

- ¡Brolin! - el grito de Gimbur sonó poderoso, denotando la decisión firme que había tomado el enano, llegaba la hora de la verdad y debía cumplir con su papel de Rey - Manda llamar a los elfos, se acabó la marcha. Acamparemos aquí.

Tras dos días esperando noticias y muchas horas reflexionando, había decidido que el ejército enano bajaría de Felekgathol. LLegarían hasta el vado del río Feannen, pues la prudencia le indicaba que si superaban el vado, podría llegar un ataque contra Felekgathol desde el sur, ya que aún no conocía las verdaderas intenciones del ejército enemigo.

La hueste enana había partido al amanecer de la puerta oeste de Felekgathol, tras largas horas de caminata llegaban al vado del Feannen. Tras el alto, el campamento estuvo listo en cuestión de minutos, y las patrullas ya vigilaban el perímetro.

El capitán de la guardia élfica de Erestor se presentó ante Gimbur.

- Salve Rey Gimbur.

- Debéis dirigiros a Sornosunë con la mayor celeridad posible. ¿Como es posible que aún no se sepa nada? Realmente los traidores han conseguido debilitarnos si el ejército elfo tarda más que el enano en estar listo. ¿Y los Varna?, se supone que son los guerreros...

- Mi señor, el ambiente en Sornosunë dista mucho de ser normal ultimamente, y por cierto que las rencillas entre los de alta alcurnia han aumentado tras la muerte del Rey Vilwë.

- ¡Ahh Vilwë! Mi buen amigo, ¿tu sensatez era patrimonio solo tuyo, o habrá alguno más de tu raza que la secunde? - pensó en voz alta el enano.

- Confío en que la reina Naredhel habrá puesto orden en la capital, solo ella sería capaz.

- De eso no me cabe duda soldado, ¡Ahora volad!, volad como los vampiros persiguen a sus presas y no volváis solos. Dile a tu señor Erestor que si tardan mucho pienso sacarle ventaja con mi martillo.

- Asi se hará Rey Gimbur.

- Una cosa más. Envía a dos hombres al sur, ellos serán nuestra única alarma contra el enemigo. ¿Quién sabe si están en marcha ya? Es más, ¿quién sabe si no los tenemos a unas pocas leguas mientras estamos aquí perdiendo el tiempo?

El elfo se retiró y montó su córcel. Acto seguido la guardia de Erestor salió disparada hacia el norte como una flecha lanzada por el arco del mismísimo Oromë, pero Gimbur fijó su mirada en el sur, allí se podía distinguir una pequeña polvareda causada por los dos exploradores que se dirigían al encuentro de los traidores...

- Ahora sí, ha llegado la hora. Solo el águila y el vampiro saben que nos deparará el destino- pensó para sí. Tras unos minutos cavilando, se dirigió a su tienda recién montada. Cogió su pipa, la llenó de buena hierba, y se acostó mientras el humo inundaba el aire nocturno.

Bohr Daedth

Las fuerzas de Sornosunë atravesaban el denso bosque de hayas y arbustos. Náredhel había indicado un campamento para organizar a vigías, mensajeros y cuestiones internas. Luego Lyshiön Morkarendil los hizo detener una vez más para formar una asamblea y hablar de la batalla y del enemigo desconocido. Aquella reunión fue renombrada entre los ramalië por toda su descendencia.

Náredhel había perdido todo su glamour real para parecer una guerrera que destacaba al mando de las filas y cuyos ojos parecían inyectarse del color de sus ropajes. Lomëa y Lyshiön llevaban a las tropas más atrás, aunque de tanto en tanto se reunían con Náredhel. Bohr iba intentando hacer buenas migas con sus diez compañeros, si iba a pelear con ellos no iba a considerarlos sus carceleros, incluso ya que algunos eran conocidos del Maestro de Armas. En la línea de Marcha de la Señora de Sornosunë iban Erestor y Alkalabrindeth, esta vez no hablaban mucho, tal vez Erestor aún tenía en mente las palabras que había oido entre ambas elfas y todavía algo que intentaba resolver le turbaba, Alkalabrindeth estaba inflamandose de batalla, cruzaban unas pocas palabras de atención el uno hacia el otro, pero dejaban en general que prevaleciera el silencio del bosque, que anunciaba sufrimiento.

El enemigo se había empezado a mover. Parecían en su mayoría hombres. Muchos caballos relinchaban nerviosos entre ellos. Vestían grises túnicas, y capas sobretodo. Quienes no, de negro y azul. También había colores y ropas más salvajes, entre hachas y espadas hambrientas. Entre ellos, una bruma se había levantado, una intensa neblina con la que se confundían...

Gimbur

Gimbur se había despertado hacía dos horas. La espera era tensa, y la niebla que se empezaba a levantar en las tierras contiguas al Feannen no hacía sino crispar aún más su ánimo. Se había aseado y había pasado revista a las tropas. Su ejército estaba listo, impecable.

Este era el primer gran combate que deberían afrontar los Russan Ramar, hasta ahora solo habían sido escaramuzas y algún que otro conflicto aíslado, pero estaba seguro de que darían la talla.

Mientras pensaba en estos asuntos se escuchó la voz de un vigía:

- ¡Atención, se acerca un jinete!

Gimbur se adelantó rápidamente, la niebla era cada vez más espesa y el aire parecía cargado, tanto que se podría cortar con un tajo de espada.

No tuvo que esperar mucho, a los pocos segundos empezó a formarse delante suya la figura de un elfo a caballo. Era uno de los dos exploradores de la guardia de Erestor que había enviado al sur. Llevaba una flecha clavada en la armadura y mostraba signos de extenuamiento.

- Rey Gimbur, se acercan. Están a menos de dos leguas, una niebla maligna les precede. ¡No pudimos verlos! Mataron a Duileth, a duras penas pude escapar.

El rey enano analizó la situación rápidamente, la verdad es que no era alentadora.

- No te detengas, sigue hacia el norte. Avisa al ejército de Sornosunë, que abandonen toda cautela y que vengan a toda velocidad, si es preciso que manden solo a la caballería, que así sea. Los Russan les haremos frente. No te demores ni un segundo, no podremos aguantar mucho contra tal ejército.

- Eso haré Rey Gimbur.

- Confío en ti, elfo. Recuerda que si los Russan caemos aquí, la esperanza de los Ramalië se desvanecerá.

El elfo asintió con la mirada, después fijó su vista al norte espoleó al caballo y la niebla se lo tragó cuando inició su frenética carrera.

Casi todo su ejército estaba escuchando la conversación, cuando el elfo se fue, Gimbur se dirigió a ellos:

- ¡Oíd pueblo de los Russan Ramar! Puede que nunca hayamos peleado ante un enemigo tan numeroso, y puede que muchos de los aquí presentes no sean expertos guerreros. Pero en este aciago día nos ha tocado luchar por nuestra supervivencia y la de todos los Ramalië. - Hizo una pausa para remarcar la gravedad de sus palabras.

- Pero no penséis que lucharemos contra cualquiera ¡Luchamos contra unas inmundas ratas que han traicionado a su propio pueblo! ¿Qué cástigo merecen?

¿Acaso no deberían nuestros martillos cobrarse la deuda que han contraído con todo el pueblo Ramalië?

-Por eso hoy os digo que vamos a dar nuestra vida si es preciso, ¿alguién de los aquí presentes no esta dispuesto a luchar hoy? Lo entenderé, y será mejor que se marchara para informar al ejército de Sornosunë.

Un enorme clamor no tardó ni dos segundos en alzarse:

-¡NO! ¡Moriremos hoy si es preciso, siempre con vos mi Rey! ¡Muerte a los traidores!

- Así sea entonces, y si Sornosunë no llega a tiempo nos aseguraremos de que cada vida enana sea cobrada por diez enemigas.

Enseguida Gimbur comenzó a dar órdenes:

¡Brolin! Quiero a mi guardia en primera línea, llama a los carruajes y que los ballesteros formen detrás.

En cuestión de minutos el frente de batalla estaba formado. Tras una breve y tensa espera la voz del vigía rompió el silencio que precedía a la tormenta:

-¡Ya vienen! ¡Están aquí encima, han llegado con la niebla!

[Editado por udalraph el 09-06-2006 20:27]

Bohr Daedth

El primer elfo vigía gritó a media tarde, desde la copa de una de las más inmensas hayas de Taura-Fernë:

- ¡Númenyatuine! -

El río ya se divisaba. El clima se ponía frío y más y más húmedo. El enemigo no se distinguía claramente, pero no habían pasado aún las tierras bajas del Númenyatuine, las aguas de la frontera.

Lyshiön aconsejó acelerar la marcha. Y así fue.

Pasó poco más de una hora, dos Yarear de la avanzadilla de exploradores llegaron entonces corriendo, junto a ellos un tercer elfo, uno de los noldor.

Naredhel desenvainó su fiero sable y fue al encuentro presurosa. Sus ojos cambiaron.

- ¡Señora, este hermano trae noticias! - dijo uno.

- ¡Hablame Ramár, calmado, si no me conoces... soy Naredhel Anariel, tu Reina Regente, habla tranquilo, por favor!- Ella vio la desesperación en el aspecto del noldo, pero de inmediato asumió la postura que le exigía su misión.

Hizo una reverencia y habló: - Honor mío... Tengo un mensaje, mi Reina, de Gimbur Russan Rámar, \"el enemigo no es de mi agrado, están ya sobre nuestro ejército, resistiremos, la niebla no es normal, y ellos tienen un secreto de guerra al que deberíamos, si no temer, estimar. Estaos aquí antes que nada. Resistiremos...\"

Náredhel mandó a dar resguardo al mensajero. En silencio montó a Daedeloth, sin guardar a Rûnyacir. El ejército se detuvo todo. Lomëa entonces se adelantó, Lyshiön se encargaba de preparar a su parte de las tropas. Todos armas afuera.

- Náredhel, Erestor ha dicho que es uno de los suyos... Dinos...- Hubo unos segundos más de silencio, que aumentaba en su densidad con cada milímetro de moverse las nubes.

- La avanzada debe regresar. Sólo yo iré al frente. El que pueda llegar tan rápido como yo, que lo haga, y el que no, que lo intente con su máximo coraje. Los Russan Rámari nos necesitan, que nada os detenga Nuruhuinë. El tiempo ha dejado de existir.- Lomëa picó a Hísië y corrió hacia atrás pasando entre las filas del ejército, \'¡Yareari Rámar, Heren Fanyarëa!\' gritó una y otra vez.

La vos de la reina entonces se repitió escuchándose sobre todos los ramalië presentes: - ¡¡¡El que llegue tan rápido como yo, que me siga, y el que no, que lo intente con su máximo coraje!!!... ¡¡¡El tiempo ha dejado de existir!!! -

Nadie se amedrentó al decir de la majestad de Yana Ramarëa, majestad de Heren Fanyarëa. Tanto los jinetes como los arqueros y los hombres de aceros dieron a la marcha cuanto pudieron. Camino de la guerra con algo de la niebla.

Irónicamente el ejército de las nubes, aún incompleto, pero en fin, iba en camino de un ejército de las nieblas que esperaba, sediento.

Bohr Daedth

- Bohr, junto a mí.- dijo el elfo alto. El Alsenotíada llevaba una espada forjada en las entrañas de Felekgathol, casi caliente de la forja aún. Echaron todos a correr en fila. Las líneas de aquellos soldados de Lyshiön Morkarendîl se acercaron a las líneas de los soldados de Lomëa Útyelnaike. Bohr intentó alcanzar la vista a la elfa... la vio, indiferente, sobre su caballo, pasando veloz y soberbia, con sus ojos brillando, hasta la posición del último arquero formado. Bohr sonrió de costado.

En el paso se cruzó pudo ver a otros que reconocía. Vio a Erestor Fëfalas, cerca suyo una elfa, de apariencia cruda, aunque bella sin embargo, la tenía vista, pero no la conocía personalmente, y menos en esa postura, sería una de esas gentes de Cuin\' a Fairë o de Serkifana Sírotien...

Bohr se sintió disminuido un momento, era un gran ejército, y cada uno se había convertido en una fiera guerrera, y él aún era un tonto pensando. ¿Que le ocurría? La avalancha a por la batalla de desató, y él corrió también. Se dijo, \'Bien, basta, es hora, quien conozca a este humano como Daedth sabrá ya porqué\'. Y repitió sin pensar lo que decía: ¡Yarear Rámar, Heren Fanyarëa! Y la adrenalina en su sangre estalló... En un destello había dejado la instrospección, era Bohr Daedth.

- ¡... Heren Fanyarëa!

Alkalabrindeth

Los gritos del ejército trastocaron las fibras de su corazón como un epicentro que expande grandes ondas recorriendo cada centímetro de su piel.

La tierra vibraba con el avance continuo de las tropas y las piedras se removían debajo de los cascos de los caballos. Lyshion y Lómea arengaban a sus respectivos ejércitos yendo de un lado a otro para evitar se dispersaran en la carrera.

Alkalabrindeth seguía de cerca a Erestor, percibiendo los movimientos de los dirigentes, se sentía como una niña que siempre ha anhelado estar involucrada en el juego de la guerra, pero una vez que lo logra, no sabe qué hacer, qué pasos habría de seguir; escuchaba atenta las palabras y órdenes del Maestro de Armas, quien dirigía bravía e inteligentemente el batallón en el que ella iba. Lo observaba anonadada intentando absorber sus conocimientos, ya no alcanzaba a ver más adelante, la niebla era más espesa y el polvo que levantaban alimentaba esa densidad.

En un repentino momento, el aire se tornó asfixiante, el caballo de Alakalabrindeth se encabritó, era una buena bestia pero la desconocía, y no dudo en echarla abajo asustado por la sombra. La medio-elfa se levantó consternada, ya no pudo ver a Erestor ni a ningún otro compañero, se sintió sola y perdida en la penumbra a pesar de escuchar por doquier los gritos de guerra... ésta había llegado ya.

Dio unos pasos adelante intentando creer que sus agudos ojos no podían percibir nada, desenrolló el látigo sin tomar conciencia de que sus manos temblaban. Su pie topó con algo en el piso... la sangre volvió a increpar la furia en su cabeza, era uno de los Russan Rámar, ¿Habían llegado demasiado tarde? ¿Pero cómo combatir con un enemigo que parece invisible, un enemigo que se esconde bajo el poder de la oscuridad? ¿Cómo distinguir a los traidores de los que no lo son?

Sólo una respuesta había en el aire: ¡Pelear por su propia vida!!, intentando no matar inocentes...

Gimbur

Gimbur estudiaba el campo de batalla mientras propinaba un martillazo en la sien a un enorme hombre salvaje que se abalanzó sobre él. De su boca salían poderosas las órdenes: ¡Aguantad, contened el frente! Brolin, que no se desmorone el flanco derecho.

Era una carnicería. Los Russan eran superados en número en una proporción de 12 a 1, toda táctica carecía de sentido. En el centro él y su guardia aguantaban lo mejor que podían, por la izquierda los guerreros más veteranos iban perdiendo efectivos, lenta, pero inexorablemente. Pero le peor era el flanco derecho; los enanos más jóvenes estaban siendo claramente superados por el enemigo. Muchachos que con el tiempo y la formación adecuada hubieran llegado a ser grandes guerreros, pero Gimbur a duras penas podía distinguir entre la espesa niebla como sus cuerpos yacían inertes en la tierra.

Su tierra. Su país. Heren Fanyarëa. El rey enano veía ahora con claridad lo que el destino le deparaba, todos morirían allí. Quiza conseguirían aguantar unos minutos más, puede que incluso alguna hora.

-¡Cuidado, Rey Gimbur! - El grito de uno de sus guardias le devolvió a la cruda realidad, dos hombres salvajes se acercaban hacia él gritando en un ininteligible idioma y con sus hachas preparadas. El enano soltó toda la rabia que sentía, de un veloz martillazo, hundió la sien del primero y tras esquivar el hachazo del segundo, le asestó un brutal golpe que le hundió el esternón, dejándolo fulminado en el suelo.

Pero el caudal no cesaba, por cada enemigo que abatían, dos lo reemplazaban. Y en esa hora, cuando los Russan Ramar bailaban amargamente al son de la más negra y profunda desesperación, un brote de esperanza llegó del norte.

El agudo y penetrante silbido de los cuernos élficos inundó la ribera del río Feannen, Sornosunë había llegado.

La voz de Naredhel se escuchaba inusualmente poderosa en medio de la algarabía:

-¡Lomëa, cabalga con tu columna más al sur, carga contra su retaguardia! ¡Lyshion, Erestor venid conmigo!

La reina se dió la vuelta y aunque no podía ver muy lejos a causa de la densa niebla se aseguró de que todos la oyeran.

- Oídme, Yarear. ¡Los Russan Ramar están muriendo! - gritó con fuego en los ojos - ¡Buscadlos y protegedlos!

- ¡Muerte, Ramalië! ¡Sangre y muerte!

Como un clamor se alzó el grito de respuesta y los que más alto lo gritaron fueron los enanos, pues el ánimo había renacido en ellos tras la llegada de sus aliados.

Alkalabrindeth

... el tiempo transcurría con la batalla, aunque daba la sensación de haberse detenido.

Alkalabrindeth arrebató de sus constantes impulsos la fuerza y el valor para combatir, pero eran guerreros muy fuertes; pensaba en Morlith y sus consejos, en sus compañeros que ahora tal vez corrían con la misma suerte de pelear por sus propias vidas, en Erestor... ¿Por qué pensaba en esos momentos en él? Se lamentaba haberse separado de su caballo, él hubiera compartido su miedo sin atreverse jamás a abandonarla a su suerte, y aún seguiría al lado de Erestor, del Maestro de Armas, de la Reina, hasta de Lómea, con quien tenía tantas palabras pendientes.

Giraba el látigo de un lado a otro, desgarrando a todo aquel que se le acercaba, los orientales aparecían feroces entre la espesura, y de no haber sido por esta poderosa arma, Alkalabrindeth hubiera tenido que presentarse ante el propio Mandos en la sagrada tierra de los espíritus.

Ya no sabía cuánto tiempo más resistirían sus fuerzas, eran demasiados. La habían rodeado y se burlaban con crueldad, Alkalabrindeth sólo podía sentir además del cansancio, frustración y desesperanza, pero sus vociferaciones la impregnaban de rabia, era como una bestia acorralada que gruñe y pela los dientes como último recurso de sobrevivencia.

Y quiso el destino interponerse entre ella y la muerte con la llegada de uno de los Yarear; sólo que el destino es caprichoso y a veces sólo posterga lo inevitable...

- ¡¡A un lado!! - puntualizó el elfo con tanta autoridad que todos se apartaron. - ¡Dînwen!, bella eres en verdad, aún recuerdo a tu padre orgulloso, ¿qué diría ahora si viera que te haz convertido en una fiera?

Alkalabrindeth temblaba, pero cuando el elfo se le acercó elevó su postura con orgullo diciendo:

- Así que haz abandonado la cordura traicionando tu propia sangre.

El elfo rió estremeciendo a todos los presentes, parece que algo más había dentro de él, algo que le había borrado su nobleza y belleza. Alkalabrindeth era una niña cuando él era gran amigo de su padre, con sus ojos infantiles le veía como el elfo más hermoso después de su padre, y recordó que varias veces jugueteaba con él, pactando que él esperaría su crecimiento para desposarla. Un recuerdo que no había vuelto a su mente después de la muerte de Valglin, pues sólo la venganza y la guerra la habían invadido.

- Percibo que recuerdas nuestros juramentos, pensé que no volvería a verte, pues escuché rumores de que te habías vuelto una salvaje en compañía de un elfo vagabundo... Pero no me veas con desprecio y desilución, o me romperas el corazón -los orientales rieron a sabiendas de la ironía, pero el elfo prosiguió con una mueca apenas revelada en sus labios. - ¿Traicionar mi sangre dices?, te pregunto yo ¿Es nuestra sangre la que reina ahora? o acaso no son sólo una bola de invasores del norte con palabras dulces pero deseos retorcidos de despojarnos de nuestras tierras!!!

Tomando sus manos y con voz más suave, le dijo: -Vamos Dînwen, eres inteligente, ven a mi lado y recuperemos lo que nos pertenece por heredad.

Alkalabrindeth lo miraba con profundidad, intentando ver en sus ojos qué tanto quedaba del elfo de antaño. Creyó ver un pequeño rastro de luz y se convenció de que podría hacerle cambiar de opinión, después de todo, había leído en su mente que no había asesinado aún a los elfos de la guardia de Erestor, sólo los mantenía cautivos.

- Anthir -dijo Alkalabrindeth tocando su rostro.- no te dejes engañar por la sombra, esos altos señores de occidente han venido a rescatarnos, no buscan guerra ni posesión, ellos nos necesitan tanto como nosotros a ellos, el poder se lo han ganado con sabiduría...

-¡Basta! -con agilidad y brutalidad le arrebató el látigo y sujeto sus manos. -Yo no seré pelele de nadie!! llévensela junto a los demás, ahí aprenderá que lado es el que le conviene!

-¿Pelele? No te das cuenta que eso es lo que eres, te están usando para destruir Fanyarëa!! ¡¡Anthir!

La desunión traería consecuencias fatales, el enemigo invisible lo sabía, se aprovechaba del miedo y la fragilidad de los rámar para volcarlos a su lado. ¿Quién era en verdad ese enemigo? ¿Cómo podría tener tanto poder para doblegarlos?

Sin embargo no tanto poder para enfrentarse él mismo, usando como fuerza la traición para ganar vasallos. Ahora, era probable que ese enemigo fuera una sombra escurridiza del norte...

Lyshiön Morkarendîl

El Maestro de Armas, montando a cu cadavérico corcel, arengaba a sus tropas, cabalgando de un lado a otro, intentando que no perdieran la formación y atacasen en desbandada. Los ejércitos enemigos eran muy numerosos, y ayudados de esa neblina, mataban lenta pero inexorablemente a sus tropas. Entonces decidió emprender una táctica complicada, pero que en el caso de que diera resultado sería muy efectiva. Colocó a sus tropas en forma de cuña, de forma que se adentraran en el grueso del ejército enemigo cual una flecha rompe la coraza y atraviesa el estómago. Desmontó, y desenvainando a Morisil, él mismo encabezó el ataque, colocándose en la punta de la formación. Él sería la flecha que hendiese la oscuridad, cual un rayo de sol disipa las lóbregas tinieblas al alba.

Empuñando el Veneno de Ungoliant, dio la orden de cargar contra el grueso del ejército enemigo, cubierto por una extensa bruma. Los hombres de Lyshiön avanzaron rápidamente, llevándose por delante en su acometida a muchísimos enemigos, que acabaron retorciéndose en el suelo. El Noldo lanzaba estocadas a diestra y siniestra, la sangre tiñó de rojo el suelo mientras las tropas del Maestro de Armas avanzaban. Pero el Maestro de Armas vio que aquello no salía demasiado bien. Las tropas enemigas se reagrupaban en torno a ellos, y los acribillaban a flechas. Quizás si hubiesen intentado esa táctica con más efectivos hubiese dado resultado, pero las tropas del Noldo estaban muy mermadas. Con una potente voz, ordenó una formación defensiva, y comenzó la retirada. Consiguió salir de la trampa mortal, y conduciendo su batallón, lo renovó con soldados perdidos que habían salido de su formación y andaban extraviados en la neblina. Un grupo de tres bárbaros avanzaron hacia él, armados con garrotes llenos de pinchos. Lyshiön esquivó la acometida del primero, y con un tajo a la altura del vientre, le hizo un profundo corte, y las tripas del bárbaro cayeron al suelo desparramadas. El segundo se abalanzó sobre él, y el Maestro de Armas a duras penas contuvo el embate del ser. Rechazó el garrote, y le lanzó una patada que quebró la rodilla del bárbaro. Este se tambaleó hacia un lado, y Lyshiön acabo con su vida enterrándole la espada en el pecho. El tercero se acercó al Noldo cautelosamente, pero no tenía tiempo de intercambiar estocadas. Se abalanzó sobre el bárbaro, de dos estocadas lo desarmó, y acto seguido, con un sesgo rápido, lo decapitó. Las tropas del Noldo partieron en busca de los demás grupos, y mientras avanzaban mataban a todo enemigo que encontrasen, y pronto el Veneno de Ungoliant fue temido por todos.

Bohr Daedth

La batalla había llegado, no poco sería este día y estos hechos en la historia de la gente ramalíë.

La intención de Lyshiön de penetrar las filas esondidas tras la niebla habría merecido otra oportunidad, si no hubiesen sido grandes las bajas.

Ahora Bohr no hacía más que girar, deteniendo golpes de espada que salían de la nada. Los guerreros estaban dispuestos en círculos, escondiendo las espaldas y persiguiendo a las figuras que brotaban de la oscuridad y volvían a desaparecer. Algunos enemigos fueron cayendo, había hombres y elfos entre ellos. Bohr conocía las nubes densas de los picos. Pero esto era diferente, aquí no había espacio, no había lugar hacia donde la humedad se moviera, no había caminos sobre los que pisar. Sólo enemigos, compañeros, y cadaveres.

De todas formas Bohr combatió con bravura, encerrado entre sus guardias y el enemigo. Limitado por todas partes, incómodo, soltó su destreza sólo resistiendo, no quería atacar a mansalva y matar a uno de los suyos. Un caballo pasó entre los grupos de elfos, Bohr supo que era el particular caballo de Lyshiön; se le encrispó la piel, pero el horror estando de su lado le dió nuevas fuerzas para cubrirse y asestar, cubrirse y asestar...

...

En la retaguardia, casi a entradas del bosque se habían formado los mejores arqueros. Lanzaban sus dardos hacia la lejanía, a donde había estado el campamento, hacia donde podrían recular los invasores. Muchos logros consiguieron estas flechas, allí donde poco se distinguía de cerca, la distancia era una ventaja. Fue bueno mientras duró, pero pronto aquellas líneas fueron alcanzadas por hordas de enemigos, y fueron dispersadas... Muchos cayeron... pero su máximo triunfo fue que permitieron notar, que la niebla no entraba al bosque, los que pelearon mano a mano dentro del bosque hicieron trizas a los malignos. Bastaba con cruzar la línea de hayas hacia afuera para ser sometido a la muerte. Bastaba con cruzarla hacia adentro para que la muerte temblara de miedo.

...

Tras el caballo de Lyshiön (Bohr no alcanzó a ver si estaba montado o no), cruzaron otros, caballos de ojos negros que apenas se distinguían por el destello. Eran jinetes crueles del enemigo invisible. Atropellaron entre los círculos de batalla que se habían formado, y los rompieron, dejando a los hombres desconcertados un momento. Los que no cayeron se pusieron alerta enseguida.

- ¡Bohr...! - lo llamó un elfo al que identificó como de los que lo acompañaban... Era aquel que llevaba la espada atigrada de acero y blanco, la que antes el humano hubiera encontrado a orillas del Sírhonë.

- ¡Amleir! - respondió el joven cubriendo el espacio detrás de donde había oído la voz. Pretendía proteger al elfo. - ¡Amleir...! - Ya no lo oía. De pronto, cuando el corazón se le hacía un nudo, recibió un salpicón de sangre, y la cabeza de Amleir cayó hacia él. De las figuras que se llevaban el cuerpo acéfalo de Amleir, Bohr alcanzó a abrir las entrañas de uno de ellos de un certero zumbido. Y casi no llega a ponerse nuevamente en guardia cuando oye otra voz conocida.

- !Bohr! - era otro de su grupo que salía del vaho penumbroso. No fue la suerte sino el descaro de Bohr Daedth al poner la espada a la guardia lo que lo salvó de que la espada que recientemente había cortado la cabeza del elfo lo cortara en dos a él. Ciertamente había un traidor entre ellos, y no sólo pretendía matarlo, sino que parecía muy hábil, y capaz de lograrlo.

El combate fue terrible, este no se escondía tras las neblinas, pero otros surgían y Bohr debía aguzar la sensibilidad hacia todos los angulos del terreno, mas no descuidar a aquel elfo hambriento de muerte varnalië que diestramente le dificultaba la esperanza. Dando hacia atrás chocó con otros hombres, se llevaban a una mujer, y arrastraban entre ellos el cuerpo de Amleir. Fue la oportunidad que el príncipe Alado aprovechó, el suelo era el lugar más libre ahora, \'malditos\'. Se lanzó hacia atrás y abajo, y giró, cortando las rodillas de uno de estos, y en cuclillas velozmente logró dar en las pantorrillas del traidor que trastabilló y permitió que Bohr le insertar todo el largo de su espada desde el vientre hasta el esternón y la nuca. - Mueres... a manos mías... mueres.- dijo con odio. Y sacó la espada, le dio otro corte al elfo y se giró en guardia de nuevo. Sediento y agotado de tanta impotencia ante la indignidad.

Quiso seguir hacia los que se llevaban a la mujer. Dos lo detuvieron, y los ensartó sin pensar demasiado. No alcanzó a seguir las voces, pero su acecho permitió que abandonaran el cuerpo del elfo, que, vislumbró, quiso advertirle, y murió por eso. -Amleir...- dijo en voz baja, -...amigo...-. No dejaría el cuerpo ahí, se lo llevó a un hombro y lo arrastró. Vio que aún permanecía allí la vaina y que guardaba la empuñadura de la extraña espada. Envainó la prestada y desenvainó la otra. Ancha e imponente sesgaría el camino para llevar al elfo muerto a descansar entre los nobles.

...

- ¡¡Las Hayas!! ¡¡El Bosque!! ¡Hacia allí...! ¡La neblina viviente no entra al bosque! ¡Hacia Kalafernë retroceded!-

La espada atigrada hizo su mella entre los enemigos, la furia y el dolor que llevaba Bohr le había mejorado la capacidad de distinguir entre sucios y aliados, o eso sentía. Cargó el cuerpo descabezado y arremetió hacia el bosque, en el camino luchó junto a otros leales y juntos fueron regresando. Algunos no cedieron y prefirieron permanecer combatiendo en el campo, hacia el río.

La noche había sido larga, y parecía que el alba no pretendiera llegar nunca jamás, el cielo estaba gris.

Naredhel Anariel

Sus ojos dorados parecían ciegos, a pesar de la luz propia que parecían irradiar. La niebla. La maldita niebla que los cegaba a todos... Naredhel aún permanecía montada sobre Daedeloth, pues la sensibilidad del caballo le hacía percibir al enemigo.

Maldita niebla, se dijo a sí misma una vez más. De nada servían arcos y espadas. Todo era inútil. El riesgo de atacar y herir a uno de los suyos era demasiado alto. Era un precio que no deseaban pagar.

Pero todo aquél que se acercaba a ella, pagaba con su vida. Un sentimiento de odio feroz se adueñó de ella. Por que era su pueblo el que estaba sufriendo. Y recordó una vez más el Hielo Crujiente, y la frustración y la impotencia ante la naturaleza convertida en su mayor enemigo. Ante la traición de aquellos que consideraba sus hermanos.

La niebla olía a humedad. Olía a bosque. Pero poco a poco, un olor rancio a sudor y sangre se fue apoderando de ella. Runyacir destellaba, y guíaba al enemigo hasta ella, para volver a teñirse de sangre una y otra vez.

No tenía conciencia de dónde se encontraba. Tampoco tenía conciencia de dónde se encontraban los demás. A lo lejos, creyó escuchar la voz de Alkalabrindeth, y la voz altiva de un elfo hablando con ella.

-¡Basta! Yo no seré pelele de nadie!! llévensela junto a los demás, ahí aprenderá que lado es el que le conviene!

-¿Pelele? No te das cuenta que eso es lo que eres, te están usando para destruir Fanyarëa!! ¡¡Anthir!

Sus últimas palabras llenaron su corazón de miedo. Siguiendo su impulso, Daedeloth echó a correr hacia el lugar desde donde provenían las voces. Naredhel desmontó al llegar. Su vestido se empañó de sangre al instante. La sangre del enemigo unida a la sangre sagrada de los ramalië.

- ¡¡Deteneos!!! - gritó. Y su voz resonó a través de la niebla, y su poder obligó al enemigo a detenerse asombrado.

Alkalabrindeth permanecía rodeada de hombres, y uno de ellos la mantenía sujeta por los hombros mientras otro trataba de amarrar sus manos con una cuerda. Pero la elfa no se lo estaba poniendo fácil. Junto a ellos, Anthir observaba la escena, pero la voz de la reina le hizo volverse y mirarla a los ojos.

El desprecio y el odio que reflejaron sus ojos no sorprendió a Naredhel. Tampoco la ambición ni el deseo de gloria que apareció en ellos casi al instante. En su imaginación, el noble Anthir acabaría con la vida de la reina, y todos los ramalië alabarían su acción, y le nombrarían a él como rey supremo y sagrado. En su imaginación, Anthir ya había ganado esa batalla. Y todo gracias a Alkalabrindeth, pensaba.

Pero todo eso, ella lo sabía.

- ¡Anthir! - llamó Naredhel - Veo por fin que tu máscara ha caido. Por fin te muestras como eres. Siempre me pareciste un ser despreciable, escondido bajo una capa de fingida nobleza. Adulador. Manipulador. Mentiroso. Hoy por fin, nos encontramos.

- Maldita... - siseó el elfo - Maldita seas tu y todos tus seguidores del norte. Usurpadores de reinos. Usurpadores de tierras. Ruina de Fanyarëa.

Alkalabrindeth contuvo la respiración. Nunca nadie había dirigido esas palabras a la Sacerdotisa de los Ramalië, y ahora esperaba su reacción, sorprendida.

- Te equivocas, Anthir - dijo entonces, y para sorpresa de Alkalabrindeth, Naredhel soltó una sonora carcajada - Eres corto de entendimiento, además. Siempre lo fuiste. Tú, y todos los tuyos, sois la Maldición de Fanyarëa. Proscritos seréis para siempre, hasta el final de los tiempos. Por el poder conjurado en mi voz y en la Sangre Sagrada, habéis perdido la Marca de los Ramalië. Todos vosotros. Por que esta es la Tierra Sagrada que yo encontré para los Ramalië, y vosotros no tenéis derecho a ella.

Y entonces, ante los asombrados ojos de Anthir, el tatuaje que llevaba en el brazo comenzó a desdibujarse, para terminar desapareciendo por completo. Por que el poder de la Sacerdotisa estaba estrechamente unido a la Sangre Sagrada, con la que todos los Ramalië eran marcados al nacer. Y se oyeron muchas voces de asombro a través de la niebla, pues la marca de todos aquellos que se había sublevado desapareció entonces, con la maldición de la reina.

Fue este acto final el que terminó por enloquecer al hombre. Se abalanzó espada en mano hacia Naredhel, y en su furia, descuidó la defensa. Naredhel esperó el ataque con calma, y Runyacir acogió al hombre, hundiendo su filo en su vientre.

Los ojos del hombre la miraron. Incrédulos. Toda su fantasía se evaporó. Todo su mundo acabó por hundirse. Naredhel acercó su rostro al del hombre, percibiendo el olor de su miedo, y mirándolo a los ojos, susurró:

- Lejos de las Tumbas Sagradas yacerá tu cuerpo ahora. Cuervos y buitres se alimentarán de él... y por toda la eternidad te acompañará el dolor de tu traición. Y el dolor de haber perdido la tierra que amaste.

El elfo cerró los ojos, y Naredhel deslizó suavemente a Runyacir, liberando su cuerpo. Cayó al suelo, todavía vivo. Pero sólo sería cuestión de tiempo...

Los hombres que rodeaban a Alkalabrindeth dudaron. Se miraron entre ellos, mientras Naredhel los miraba fijamente. Y finalmente echaron a correr, no sin antes empujar a Alkalabrindeth hacia delante. La elfa cayó al suelo bruscamente, y Naredhel corrió para ayudarla a incorporarse.

- Me has salvado la vida, Majestad - dijo entonces.

Pero Naredhel sólo respondió:

- No olvides que todos somos uno, Alka. Simplemente no lo olvides.

La voz de Bohr las interrumpió entonces:

- ¡¡Las Hayas!! ¡¡El Bosque!! ¡Hacia allí...! ¡La neblina viviente no entra al bosque! ¡Hacia Kalafernë retroceded!

- ¿Puedes caminar? - preguntó Naredhel, de rodillas junto a la elfa. Y ésta le devolvió una mirada, mezcla de gratitud y orgullo.

- Puedo - respondió, mientras se incorporaba lentamente.

Se alejaron rápidamente de aquel lugar teñido de sangre. Sólo quedó allí el cuerpo de Anthir, que todavía respiraba entrecortadamente. Un cuervo se acercó hasta allí revoloteando... y aterrizó a su lado. Sus patas le llevaron dando saltos alrededor del cuerpo del elfo moribundo, evaluando la situación. Finalmente saltó sobre él, y tras un vistazo alrededor, hundió el pico en la herida abierta, sacando del interior un trozo de intestino.

El sonido de otro aleteo se sumo al de otro, y el cuerpo pronto quedó cubierto de negro.

Lómëa Útyelnaike

Naredhel hizo sonar un cuerno y su voz se elevó, flotando por encima de los soldados:

-¡Lomëa, cabalga con tu columna más al sur, carga contra su retaguardia! ¡Lyshion, Erestor venid conmigo!- fue la orden de la Reina.

A una señal de su brazo, su tropa atacó con ferocidad allí donde veían las siluetas enemigas a través del velo lechoso que cubría el terreno. Y el mundo a su alrededor desapareció, reemplazado por una cortina blanquecina que irradiaba hostilidad, un odio muy profundo.

El tiempo se había detenido. Las imágenes se sucedían lentas frente a Lómëa, como si se espesaran frente a sus ojos, unos ojos cegados por la bruma que lo cubría todo.

Un grito surgió del vaho blanco, y la elfa tuvo el tiempo suficiente de girar el cuerpo sobre la silla de montar y frenar con su espada la estocada de un hombre. Tirando de las riendas de Hísië se separó de su atacante y de un golpe seco hundió a Nyerë en el hombro de éste, que cayó desmadejado al suelo. El ruido de pisadas que provenía de su espalda la advirtió de la proximidad de alguien más, pero no llegó a protegerse y otro hombre le propinó un fuerte golpe que la lanzó al suelo. Se puso en pie rápidamente, más no fue suficiente: otro golpe de su segundo contrincante le dió de lleno en el yelmo, haciendo tambalearse a Lómëa. Recuperándose rápidamente, hundió su espada hasta la empuñadura en el vientre de su agresor.

Silbó y Hísië acudió veloz a su lado, montó de un salto y taconeó al animal para atropellar a otro enardecido rival que se dirigía hacia ella, con los ojos iluminados con el brillo febril, valiente y a la vez incauto, de la batalla. Los cascos del animal destrozaron al hombre.

No veía, pero podía oír. Las voces de sus guerreros y de los Russan Rámar, unos emitiendo sus últimas palabras, otros extinguiendo la vida de los enemigos.

Su sangre pareció congelarse en las venas al oír la voz de Alkalabrindeth, pero no podía precisar de dónde venía. En otro momento creyó ver a Lyshiön pasar unos metros por delante de ella, pero no lo sabía a ciencia cierta. La incertidumbre que crecía a pasos agigantados dentro de ella comenzaba a jugarle una mala pasada. \"Traición, traición\" era un eco que resonaba sin parar en sus oídos.

Tiempo después no podría decir con claridad qué sucedió a continuación, sólo tenía vagos recuerdos de galopar a la velocidad de una centella sobre el lomo de Hísië y que Nyerë describía mortales piruetas, segando el hilo de la vida de quién se cruzaba en su camino. Nuruhuinë, Sombra de Muerte, fue bautizada esa noche. Su empuje, su combustible para combatir de aquella manera, era el recuerdo y la conciencia del duro trabajo que había supuesto el sueño de Vilwë, que también era el suyo, y el de Naredhel, el de Alkalabrindeth, el de Lyshiön, el de Gimbur. El de todos.

Una voz. Una entre tantas. \"Naredhel\", pensó, y frenó en seco su loca carrera. Hizo girar al animal sobre sí mismo y captó un leve eco, el sonido de la voz de Bohr Daedth pero solo distinguió \"Kalafernë\", más nunca supo si fue su voz o sus palabras lo que reavivaron la esperanza en ella.

Sin pensarlo dos veces reanudó su marcha a toda velocidad hacia el bosque. La sangre que se escurría por su cara, propia y ajena también, le impedía más todavía la visión y de los arañazos y cortes repartidos por todo su cuerpo también rezumaba su savia vital.

El caballo frenó al sobrepasar la primera línea de árboles, sacudiendo la testa y resoplando. Distinguió unas siluetas, desmontó y se dirigió hacia ellas. La vista volvía a ella y las formas se definían más; la confusión cedía su lugar a la certeza y con ello, a la dolorosa realidad.

[Editado por Vardilme el 17-06-2006 06:16]

Gimbur

Habían pasado ocho horas desde que el ejército enemigo cargó contra los Russan Ramar. Tres horas después llegó Sornosunë, y ahora, a punto de caer la noche, lo que quedaba del ejército Ramalië se resguardaba en el interior del bosque; en el cual la extraña bruma que acompañaba al enemigo no podía penetrar.

Las pérdidas habían sido terribles, más de la mitad de los enanos que habían venido de Felekgathol estaban muertos o malheridos, y el ejército élfico contenía ahora el peso de la ofensiva enemiga justo en el linde del bosque, y aunque conseguían mantener el frente, no resistirían eternamente; había que idear algún plan.

En una tienda de mando montada apresuradamente se encontraban la Reina Naredhel, Lyshion Morkarendil y Lómëa Útyelnaike. El Maestro de Armas se dirigía a la sacerdotisa:

- Naredhel no podremos aguantar, hay que cambiar el signo de la batalla. Dejame intentarlo.

- Me niego Lyshion, ya lo has intentado antes y las pérdidas han sido fatales.

- Tarinya - dijo Lomëa - Lyshion tiene razón, mejor arriesgarse que morir aquí encerrados.

- Os olvidáis de los Varnalië, no deberían tardar mucho en llegar. Prefiero esperar, hoy han caído ya demasiados Ramalië.

La reina se quedó con la vista fija en la puerta de la tienda cuando terminó la frase. Su mente rezumaba de pena. Y tristeza. En ese momento le asaltó un pensamiento:

- Gimbur - exclamó- no he visto a Gimbur, ¿dónde está Lyshion?

- No ha dejado el frente aún, le dije que viniera al puesto de mando, pero me contestó que no podía abandonar a su pueblo otra vez. Ya lo había abandonado a su suerte una vez, y no quiere repetirlo. La verdad, Naredhel, estaba furioso.

- Tengo que solucionar esto, ahora. Si no lo hago, el enemigo habrá obtenido la victoria.

A unos metros de allí, la vanguardia Ramalië luchaba ferozmente contra los hombres salvajes. Bohr Daedht se había unido al grupo de los Russan Ramar, reforzado ahora con Erestor, varias compañías de Sornosunë, Alkabrindeth y él mismo.

Ya no estaban en una batalla, estaban vengando a sus hermanos caídos. La fatalidad se había cernido sobre el pueblo de Felekgathol hoy, y este aciago día sería recordado por muchos años en la ciudad subterranea. Los guerreros restantes estaban poseídos por una cólera salvaje y el rey Gimbur era la viva imagen de Carcharoth desbocado con el Silmaril en las entrañas. Su martillo Lombeleg hendía cráneos y armaduras enemigas a una velocidad de vértigo.

Bohr, observaba con su típica expresión distraída como ese pequeño reducto de héroes Ramalië conseguía mantener a raya al enemigo. Un cuerno resonó detrás suyo, era la reina. Lyshion la acompañaba con su batallón, y tomaron posiciones para sustituir a los Russan.

Tuvo que ser Erestor, quién en medio del estruendo de la batalla convenciera a Gimbur, para que los enanos descansaran y aceptaran el relevo.

Amargo fue el encuentro entre la Suma Sacerdotisa de los Ramalië y el Rey de los Russan Ramar.

- ¿A esto me condenas, oh mi reina? ¡Mira a mi pueblo! - gritó Gimbur señalando los incontables cadáveres enanos esparcidos en el suelo. - ¿Es este el pago que reciben los Russan por su apoyo a la alianza de los Ramalië?

Naredhel no respondió enseguida, se tomó unos segundos. La tensión se palpaba en el ambiente. Lómëa observaba la escena y se compadecía de Naredhel, porque la conocía y sabía que de todo lo que el rey enano hubiera podido decirle, esas palabras eran las más dolorosas.

- Gimbur, mi buen amigo. Nunca antes ningún Ramalië había hablado así ante su reina. Sin embargo, no hay palabras posibles para describir el dolor que sientes, y debes creerme cuando te digo que cambiaría mi vida por la de solo uno de tus soldados. Pero ahora debes calmarte viejo amigo. Tenemos cosas importantes que decidir. Tu deber con tu pueblo te obliga a no derrumbarte ahora Rey Gimbur.

El enano miró fijamente a la reina, las lágrimas que corrían por sus mejillas se mezclaban con la sangre, al igual que la rabia .y la pena lo hacían en su alma. La desesperación parecía estar a punto de vencerle. En ese momento el grito de un guerrero Yarear llamó la atención de todos:

- ¡La niebla vuelve, está entrando en el bosque!

Bohr Daedth

¿Por que la bruma cruzaba los límites del Bosque? Allí reinaba el halo de fuerzas superiores que los sacerdotes y maiar que habitaban o había habitado Taur-Fernë habían hecho fluir sobre las hayas gigantezcas. Pero ahora el halo se había debilitado, la causa exacta quedaba a especulación.

Junto con la bruma algunos enemigos se habían animado a penetrar los límites de Fanyarëa. Y se ponían más difíciles de evitar o detener. Allí donde en un momento se encontraba un enemigo al segundo siguiente había solo vapor oscuro. Las primeras flechas no dieron en nadie. Aunque el grueso de sus tropas aún estaban detrás, apenas cruzando el río.

- ¡Permanezcan unidos! - gritó con un grito de mando desgarrado desde el corazón la Reina Sacerdotiza. Pobres de ellos, ramalië, que no sabían cuánto poder manaba su religión. Náredhel sabía que había derrotado al jefe de los traidores, pero la oscuridad aún surcaba por dentro al pueblo, y es más, la Oscuridad que estaba detrás de todo esto, sabía, no se rendía aún.

Naredhel y Gimbur permanecieron al frente, dentro del bosque. Y los destacados se repartieron hacia norte y sur. Hacia el norte, Lysiôn, Lomëa, y más allá Bohr. Hacia el oeste, Erestor Fëfalas, y al frente de otro grupo, Alkalabrindeth. Detrás todo lo que quedaba de Sornosunë y Felekgathol, y otras gentes del Este que habían ido llegando.

La niebla se detuvo

...unos cuantos metros dentro de Taur-Kalafernë.

Por un momento fue como si un espectro informe se acercara en forma de unas pocas cintas serpenteantes, escrutando los rostros y los ánimos de los guerreros de Heren Fanyarëa. Naredhel repitió: ¡Mantenganse, permanezcan unidos! Y aunque todos permanecieron casi petrificados, no hubo dudas en las filas de los Rámar en pie. Tampoco hubo dudas en los caidos que habían podido oir la voz encantada de Anariel. La fe y la unión devolvían la vacilación a la sombra. Por detrás del Númenyatuine surgió con impotencia un rugido estrepitoso que cubrió el campo de batalla por un momento.

Gimbur, hablaba con los sobrevivientes de su gente, era el único que se movía eléctricamente, habló con uno y con otro, observó el rostro de uno y el rostro de otro, miró hacia donde sus filas iban al sur y al norte...

Entonces caminó hacia la reina. Ella mandó a llamar a Lyshiôn.

- ¿Estás listo, Maestro de Armas, para entrar en la Niebla con la formación que planeaste antes, cueste lo que cueste? -

- Hermana... - dijo el elfo vampiro desconcertado.

Náredhel bajó la voz. Pues cabalga hasta Bohr, y dile lo que tiene que hacer con ellos... Lyshiôn contempló la espesa bruma una vez más, intentando comprender...

Gimbur se adelantó unos pasos, hizo girar a Lombeleg con pretensión de dar más de un par de fuertes golpes a los primeros enemigos formados... Cinco cobardes jinetes traidores se avalanzaron sobre él profiriendo insultos y soltando carcajadas... Cinco javalinas cruzaron el aire desde el este y los derribaron a la vez.

Una avalancha de colores grises oscuros y rojos se fue filtrando entre las filas de los Yareari desde las entrañas del bosque.

Hallen, acompañada del primer caballero Fauks se habían hecho presentes. Y junto con ellos los Varna Rámar.

Heren Fanyarëa estaba entonces presente.

...

Fauks, no sin disgusto, consiguió una montura para Bohr. Lyshiôn estaba junto a él, le hablaba, él asentía. Lomëa se acercó a distancia prudencial. Al principe de los Varna Rámar se le escapó una sonrisa cuando la vio.

- Únete, elfa mona, ya lo dijo Náredhel.- Y le guiñó un ojo.

Así con Lyshiôn Morkarendil al mando los Yarear Rámar, los Russan Rámar y los Varna Rámar se clavaron en la tiniebla con toda la fuerza que sus espíritus tenían para brindar. Y los siguieron sus armas, haciendo tremendos estragos en las filas de los invasores.

Gimbur

Las tornas cambiaban. La llegada de los belicosos Varna Ramar había propiciado que los ramalië llevasen la iniciativa. Se habían aventurado fuera del bosque, penetrando en el corazón de la formación enemiga, parecía incluso que la niebla estaba siendo vencida, pues ya no era tan espesa.

Los esfuerzos conjuntos de las tres casas de Heren Fanyarëa resultaban demoledores para los hombres salvajes del oeste y los traidores de Sornosunë. Pero el destino no les reservaba a los Ramalië una gran victoria aquel día.

Aproximadamente a medio kilometro del campo de batalla dos figuras observaban la refriega desde una pequeña colina. Uno era Fraedin, un noble de Sornosunë, posiblemente el que más odiaba a Nardhel Anariel y la impureza que, según él, representaba para su raza. La misteriosa figura que le acompañaba vestía una armadura completa negra y montaba un enorme caballo de batalla del mismo color.

- No podremos - dijo Fraedin - Nos están haciendo retroceder, el ejército se desmorona, mis hombres no pueden dirigir a estos salvajes en tales condiciones.

- Te avisé de que atacar a tus antiguos hermanos no sería empresa fácil, sin embargo insististe en que estabáis preparados. Me mentiste. No me gustan los mentirosos. Y a mí Amo tampoco, él si sabe como tratarlos - al decir esto el jinete giró de forma amenazadora su cabeza en dirección a Fraedin.

La mirada del elfo se heló, estaba aterrorizado. Se daba cuenta ahora de cuán peligrosos habían sido sus tratos. Tratos que no habían salido bien.

- No te aterrorices como un niño recién salido del regazo de su madre Fraedin. Aún tienes una oportunidad de contentar a mi Amo, él nos ha enviado refuerzos. Un ejército orco se acerca en estos momentos bordeando el río, en cuestión de minutos llegarán a nuestra posición; yo mismo comandaré el ataque. Ve ahora y recompón a tus tropas. Contén el frente. Después harás lo que yo te diga.

Fraedin asintió vehementemente y se dirigió veloz hacia el combate. La oscura figura lo observaba mientras soltó una carcajada:

- Corre elfo, ¿dónde están ahora tus preciados Valar? Ni ellos podrán salvarte a tí ni a los tuyos de la cólera de Sauron el grande. Todo sale según lo planeado, el Amo estará contento.

El jinete espoleó a su montura y siguió al elfo mientras se preparaba para el combate.

Bohr Daedth

...

Heren Fanyarëa estaba venciendo a los crueles rebeldes. La bruma había retrocedido hacia un ser por detrás... Y eso era ventaja tanto para los espadachines como para los buenos arqueros yareari y para los duros varnari como para las fuertes hachas de los dolidos Russan Rámar. Aunque las filas se había mezclado y las virtudes también, todos hacían el esfuerzo del resto, los elfos levantaban las hachas caidas y peleaban a dos manos. Los arqueros y los javalineros formaban filas juntos. Yareari y Varnari peleaban unos a la mano del otro. Las formaciones se habían roto y esto les hacía mejor que las líneas separadas de los ejercitos ramalië. La moral estaba muy alta y el sentimiento de nación se aclaraba muchísimo. Había un sólo coraje y las palabras de cualquiera resonaban en los corazones de todos y cada uno sin distinción.

La batalla se había vuelto más fácil, los más fánaticos, que eran pocos aún estaban en el campo de batalla dando lo último por lo que creían, y habían sido convencidos, que debía ser.

A Bohr Daedth se le habían metido tan sólo dos pensamientos en la cabeza. Laito Rawein, con quien había intercambiado palabras impensables, y aún no podía ser digno frente a él, el rey. No se lo permitía, seguía siendo más fuerte que él. Y en Lomëa Utyélnaikë, había peleado una batalla con los elfos y uno de ellos había muerto por él. Había perdido mucho del prejucio que tenía por los Yareari, aunque no respetaban Palabras dichas en el pasado. Pero las tres tribus pelearon por todos, no fue una ciudad la que fue atacada, fue la Unión. Y la lealtad de un Yareari que arriesgó una vida que no debía perder según el destino de los elfos sino hubiese sido por la vida de él, un simple humano destinado a morir, lo sorprendió y lo conmovió. Y la elfa, y la sombra que los ojos de ella tenían, adquirieron otro valor, recordó imagenes de ella una y otra vez. No era una mujer que lo estimulara espontaneamente, pero en la etapa que estaba viviendo ella le afectaba diferente, era una dama en la cual pensar, a la cuál ver en imágenes, y eso era algo nuevo.

Acribillando enemigos con facilidad Bohr se estaba entreteniendo y se sentía cada vez más orgulloso de defender la causa. Otros, elfos, humanos y hasta enanos se unían en su desplazamiento, con espacio arremetía como un carnero y corría como el viento siempre hacia adelante sorprendiendo en potencia a los cobardes que aún quedaban. Y otros se entretenían aprendiendo de esta forma de luchar, bruta y potente, pero de necesaria y letal certeza en las estocadas.

Una nube negra se formó al nivel de la tierra desde el noroeste. Un enjambre de algo que Heren Fanyarëa apenas conocía. Casi ningún Varna vivo se había enfrentado a ellos y apenas, por decir nada, habían asomado sus cabezas por las tierras de Fanyarëa. Eran la cruel representación de la aberración, no tenían pretenciones de poder, sólo de mancillar. Y llegaban en un momento en que el esfuerzo del ejército los había agotado aunque se sintieran con gloria, los tomaban demasiado desprevenidos y confiados. Sin formación de defensa, y con mínimo tiempo. Nadie sabía, pero había que temer, ellos arrasarían por la mayoría que tenían y el momento en que llegaban, Heren Fanyarëa lucharía con la mayor grandeza con la que nunca había peleado, pero no podrían contra esta escoria que volvía con la neblina que renacía.

Los enemigos eran orcos bien preparados para matar y quintuplicaban al ejercito vivo y agotado, y era el día en que, aunque no lo sabían, Yarear Rámar, Russan Rámar y Varna Rámar, los Ramari Unidos, morirían.