La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Eirë Esteldor. Ecos De Guerra.

2006:05:26:20:43:16

Nowë

Ecos de Guerra

Una gran confusión reinaba en la cancillería de Caras Aelin. Los rumores sobre la creciente inestabilidad en las fronteras occidentales, en litigio con el vecino país de Liantari Dimbar, habían traspasado el secretismo que imperaba en los grandes despachos de los nainiri y los ecos de un posible agotamiento de la vía diplomática que desembocaría en cruenta guerra con el matriarcado de la Reina Araña inquietaba a la ciudad que, expectante, aguardaba noticias congregada en la plaza de los nainiri, frente al imponente palacio de la cancillería.

En su pequeño gabinete de consejero de estado, Nowë, recientemente elegido athar esteldili, mantenía una vital reunión para el futuro de Esteldor con algunos de sus más allegados colaboradores. Los importantes senadores Calenglin y Eardín, consejero de guerra y embajador respectivamente, así como los grandes capitanes Húrin y Kelusse, comandantes de los ejércitos, se encontraban presentes.

- La situación es crítica – explicaba Húrin en tono grave -. Los destacamentos fronterizos en Talankaya han divisado una inusual concentración de soldados de Liantari más allá de sus fronteras, cerca de los pantanos de Nenvarnë. La reina Araña agrupa sus fuerzas – concluyó.

- La invasión parece inminente – terció Calenglin.

- No obstante – puntualizó Kelusse -, creemos que Liantari no se atrevería a traspasar nuestras fronteras si no contase con el apoyo de algún clan vecino, quizá...

- Heren Fanyarëa – se adelantó Nowë.

- Así es – asintió el comandante -. Sin embargo, parece que por el momento su reina titubea; aunque imagino que terminará por acceder a las pretensiones de Liantari, presionada por el belicoso Orodril.

- Si pudiésemos influenciar... – musitó Nowë, reflexionando sobre las noticias de Kelusse.

- ¿Señor? – inquirió Húrin, que no había comprendido las palabras del quendi.

- Eardín, ¿y nuestras embajadas? – preguntó Nowë haciendo caso omiso del duin -. ¿Qué hay de nuestros hombres en esas tierras?. ¿Acaso tenemos noticias suyas?

- La última misiva ha llegado esta misma mañana – contestó el nainiri -. En Astan Neuma, Amlach se esfuerza en negociar un acuerdo pero es en vano pues Orodril se niega a concederle audiencia. Intenta ganar partidarios a favor de la paz mas está controlado en todo momento por los guardias de Uzbad-Kibil.

- Bien – replicó Nowë -. A pesar de todo, amigos míos, nuestro deber es evitar la guerra y...

- Nowë – dijo Calenglin frenando su plática -. La guerra es inevitable. Debemos movilizar al ejército sin demora. Debemos convocar a la hueste o será tarde.

- No podemos permitir que... – continuó Húrin.

- La vía diplomática no se ha agotado – respondió Nowë con obstinación.

- Es posible – sugirió Kelusse, siempre cauto -. Ahora bien, si esto no fuera así y no hacemos nada, quedaríamos a merced de nuestros enemigos.

- Debes dar la orden – le presionó Calenglin.

El silencio se apoderó de la pequeña sala mientras las miradas de los presentes se cernían sobre la arrugada frente de Nowë que sopesaba la situación, indeciso. Sin embargo, era su deber tomar una decisión y debía hacerlo en ese momento y en ese lugar. No había tiempo que perder.

Pasaron dos, quizá tres, interminables minutos dominados por la gran tensión que se respiraba en el ambiente hasta que el silencio fue interrumpido por la potente voz cuya decisión haría cambiar el curso de los acontecimientos, para bien o para mal.

- Entramos en guerra – dijo lacónicamente escrutando los rostros de sus consejeros.

- Sea pues – sentenció Calgenlin que, sin apartar la mirada de su amigo, llamó a Húrin, primer caballero de Esteldor.

- Señor – contestó éste.

- ¿Cuánto tardaría el ejército en desplegarse en las fronteras de Talankaya? – preguntó.

- Si hoy se da la orden, mañana los heraldos estarán recorriendo el país llamando a filas a los soldados, reuniendo la hueste en... – e hizo una pausa - digamos cinco días. En cualquier caso, no todos los guerreros se hallan dispersos e incluso la segunda compañía, al mando del comandante Kelusse, está parcialmente completa, acampada en Osto Kirya – explicó Húrin -. En una semana podremos enviar más compañías a las ciudades del oeste perfectamente pertrechadas.

- Kelusse – llamó esta vez Calenglin -. Debes partir de inmediato al baluarte de Osto Kirya y marchar con tus hombres a Ringil, reclutando a tu paso cuantos hombres de armas encuentres, sin importar su rango ni compañía.

- Sí, señor – contestó el duin atta golpeando su coraza con el puño. Y, con una reverencia, abandonó la sala a grandes trancos.

El lugar del edain fue ocupado con celeridad. Cartógrafos, capitanes de escuadras y un tropel de hombres de armas fueron convocados al gabinete y la inicial conversación devino en un largo cónclave militar sobre las innumerables cuestiones que la inminente guerra planteaba.

Pronto Nowé se excusó, delegando las diligencias en Calenglin, y acompañado por Eardín abandonó la reunión. Quizá aún se pudiera evitar una larga y penosa guerra cuyo resultado apenas podían comprender y, mucho menos, prever.

- Eardín, amigo mío – le dijo Nowë mientras caminaban -, debes partir de inmediato con la compañía del Duin Atta.

- La compañía de Kelusse – dijo el nainir con sorpresa.

- Así es – asintió el quendi -. Tiempos oscuros y aciagos son estos en que la sospecha aparece en nuestros corazones.

- ¿Sospecha? – preguntó extrañado.

- Largo tiempo han deseado los duin recuperar el poder que antaño perdieron. La ocasión les es propicia. Convocarán la hueste. – le contestó Nowë, visiblemente perturbado -. No podemos arriesgar una guerra, Eardín, por la ambición del guerrero. Debemos evitarlo a toda costa.

- Así se hará – repuso Eardín con orgullo.

- Ten – le dijo entregándole un papiro enrollado -. Te confío el futuro de Eirë.

- ¿Qué es? – preguntó.

- La paz – contestó el nainir mitya -. Asegúrate de que llegue hasta Orodril.

Pocas horas después el poderoso Nainir Ettelen abandonaba al galope Caras Aelin en pos de Kelusse con la misteriosa misiva en su regazo.

Ahora bien, aunque las suposiciones de Nowë no eran por completo erróneas, el leal Kelusse marchaba con gran congoja, ignorando cuanto sucedía en las altas torres de Caras Aelin. Su misión era conducir a su compañía hasta Ringil reclutando todo hombre capaz a su paso y a fe que tal cosa haría.

En la gran ciudad, Calenglin y Húrin habían dispuesto al fin la marcha. Tan sólo los grandes nainiri Iaurandir y Nyrath quedarían en Caras Aelin. Incluso Nowë abandonaría su amada ciudad para marchar a Ringil, donde Húrin y Calenglin tenían previsto asentar a los ejércitos.

Una semana más tarde las compañías de Esteldor partían de Caras Aelin, La Grande, ante la atenta mirada de la población, que despedía con tristes cantos y flores a sus héroes. ¡Cuántos de esos altivos guerreros no volverían jamás a contemplar la alta colina de la Fios, ni las brillantes torres del Daonlathas! Cuántos de ellos perecerían lejos de su hogar, defendiendo un país cuyo corazón amaba. Y es que nunca fue celebrada en Esteldor la convocatoria de la hueste sino con lágrimas por las vidas que se perderían en la batalla. ¡Poderosa dama es la batalla!

La marcha habría sido tranquila para Nowë, tal vez monótona, de no ser por la inamovible presencia de Serkiel a su lado, la hermosa Duin Nelde. Aunque el elfo admiraba las portentosas cualidades de la guerrera, le intrigaba su repentina cercanía. Allá donde fuera Nowë en aquellos días, Serkiel lo acompañaba, arguyendo su protección, cumpliendo las órdenes de Calenglin, como excusa cuando él la interpelaba. Algo no encajaba. ¿Protección?. ¿Qué protección necesitaba Nowë en Pelerindo, el corazón de Esteldor, su propio país? Quizá la elfa le vigilaba por orden de... ¿pero de quién?, se preguntaba Nowë.

Atravesaron las ricas tierras de Pelerindo con gran celeridad. El estado de los caminos era excelente y no tardaron en torcer al norte por el Camino de los Comerciantes. A pesar de su gran número, el gran ejército había recortado tiempo con Kelusse, obligado a detenerse en su improvisada leva. Llegaron al baluarte de Osto Kirya tan sólo cinco días más tarde que la compañía del Duin Atta.

Al otro lado del baluarte, las grandes llanuras de Talankaya se erguían resplandecientes bajo los cálidos rayos del sol. Y al oeste, distinguiéndose sobre las colinas de Amon Romen, se alzaba la gran ciudad de Halatiryon, capital del feudo de Talankaya.

En Halatiryon, penúltima ciudad al oeste de Esteldor, Calenglin y Amarthdûr, la Duin Kanta, se separaron de la hueste asentándose allí, pues la gran ciudad se levantaba en una excelente ubicación geográfica, protegiendo el acceso a Pelerindo y las ricas y fértiles tierras del este del país.

Mientras, Húrin y Nowë marchaban al encuentro de Kelusse en Ringil con dos compañías. Pocos guerreros quedaban esos días en el oeste de Esteldor sin haber sido convocados a la llamada de los duin.

En el antiguo puerto de Ringil, Kelusse aguardaba su llegada acampado a las afueras de la ciudad, vigilando las fronteras desde los fuertes de Talankaya. Los jinetes de Lamanlára cabalgaban sin descanso, destacándose en esa tarea. No habían estado precisamente ociosos los guerreros de Kelusse en su espera.

El eficiente comandante había ordenado a sus infantes fortificar el gran puerto de guerra en las antiguas ruinas de Undumelonde, alzando parapetos en las playas y diques en la mar.

Para desolación de Nowë, una infortunada noticia le aguardaba en el puerto. Eardín no había podido partir, ocupado en preparar las defensas en Undumelonde y, con la eterna presencia de Serkiel a su lado, no podía reunirse con él sin levantar sospechas. Decidió pues esperar, confiado de la labor de Amlach en Osto Neuma.

Sin embargo, la espera fue en vano. Los días pasaban y la ocasión que Nowë y Eardín aguardaban no surgía. Entretanto, en la ciudad de Ringil, la hueste se aprestaba para la batalla.

Húrin ordenó desplegar la flota guareciendo la segunda compañía en los grandes bajeles esteldili de Eradan, capitán de las barcas. Los poderosos navíos navegaban ahora por el Golfo del Falmarin ahuyentando los pequeños esquifes de pescadores de Liantari. El control del estrecho pasillo marítimo que separaba Árador oriental de Árador occidental estaba bajo control esteldili y, con ello, los últimos compases de la débil paz llegaban a su fin.

En Liantari, Orodril montó en cólera al escuchar las nuevas que llegaban desde el mar ordenando marchar a través de las ciénagas a sus compañías. Sin embargo, Heren Fanyarëa dudaba aún y no envió compañía alguna al sur, retrasando la marcha de Luniel y Annaël, capitanes de Orodril.

Las relaciones se deterioraban inexorablemente entre ambos países y al fin Amlach, emisario de Nowë, fue expulsado de las tierras del Matriarcado. Los acontecimientos se precipitaron. La expulsión de Amlach sirvió de excusa a Húrin para ordenar el desembarco de la compañía de Kelusse en Árador occidental en Lingwilòce y el ataque a la ciudad de Harad-Runya ante la desolación de Nowë y Eardín que, a pesar de todo, embarcó con Kelusse intentando cumplir aún su misión que se antojaba ahora imposible.

Guarnecidos en la ciudad costera, los guerreros de Annaël aguardaban el peligroso cruce del Alassetuine para salir al paso del ejército esteldili y presentar batalla.

Al sur, un gran contingente dirigido por Luniel invadía las tierras de Esteldor atravesando el peligroso pantano de Nenvarnë.

La guerra había comenzado.

Kelusse

Los valar otorgan 255 puntos a esta historia.