La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos. Lempë Ohtari. El Fin.

2006:05:24:21:24:51

Aikanáro Tîwele

Fragmentos del diario encontrado en la tumba del caballero

Yo, Othar Handasse, escribo estas líneas para aquellos que nos sobrevivan, si alguno lo hace...

Cincuenta años lleva asediándonos con sus malditas hordas, todas las ciudades han caído y sólo unos pocos hemos conseguido salvar nuestras vidas refugiándonos en Yávëtil, pero ésta pronto caerá, todos lo saben y nos estamos preparando para ello. Los Cinco nos encontramos aquí y preparamos una última y desesperada acción, saldremos a buscarles con todos los efectivos con los que contamos. No sé cuánto tiempo nos queda, pero nada podemos hacer sino plantar cara, no moriremos sin luchar.

23 de Nárië

¿Cómo decir lo que aprisiona mi corazón? El sol ya no calienta y el cielo cada vez es más negro, como preparando el camino a los enemigos. Las risas han sido substituidas por los llantos y el sonido de la música que antaño llenara estos bosques se ha convertido en el eco del entrechocar de las armas.

He salido a pasear por la ciudad y lo que he visto me ha llenado de orgullo, mas las lágrimas aún recorren mi rostro. He visto a los pocos que aún pueden coger un arma preparándose para luchar, los admiro pero a la vez me apiado de ellos. ¿No saben que la muerte les espera bajo su amado bosque? Son campesinos y la mayoría nunca ha cogido ninguna espada. ¿Qué hemos hecho para que la cólera de los Valar caiga sobre nosotros, no podrían apiadarse de esta pobre gente?

Ya era medio día cuando he bajado a la gran plaza y, cuando he visto a mis hermanos de armas, he comprendido que mañana será el día, el día en que prevaleceremos o moriremos, pero si morimos que sea con una espada en nuestras manos.

La desesperación ha entrado hoy acompañada por el frío manto de la muerte, las doncellas han encontrado a una de sus compañeras y a sus hijos muertos en la cama. He visto a los pequeños abrazados a su madre y no he podido evitar llorar. ¿Quién puede culpar a esta madre de asesina, quién? Por amor ha preferido cargar con la culpa de haber dado muerte a sus hijos. He leído su carta y comprendo su dolor, ha preferido darles muerte ella misma mientras dormían que esperar a que se la dieran los orcos.

Desde la ventana de mi torre veo como las llamas consumen sus cuerpos y las lágrimas mojan este diario, hasta el más fuerte caballero lloraría si sufriera lo que nosotros sufrimos, de un gran pueblo que éramos ahora sólo queda una minucia, y estamos avocados a morir. Esta noche será larga para todos, que descansen los corazones de aquellos que mañana lucharán. Intentaré descansar un poco, mas no quiero otra cosa que esta calma tensa que se posa sobre nosotros desaparezca, siendo el final el que sea.

Después de tres días

Escribo para que no se olvide tan cruel matanza. De la ciudad salimos diez mil hombres dejando sólo a cien para defenderla. Las armaduras rojas como el fuego brillaban en este extraño día mientras los cuervos rondaban por encima de nuestras cabezas expectantes al festín que se darían con nosotros. Los batidores nos confirmaron que un gran ejército de siervos de Morgoth había acampado en las cercanías del Lago Rojo, y, según nos informaron, contaban con huestes similares a las nuestras, qué ilusos fuimos.

Cada uno de los cinco cogimos una guarnición que contaba con mil hombres cada una y nos dispusimos a atacar al enemigo desde diferentes direcciones. Los cuernos fueron tocados y estos hicieron vibrar al bosque, mas cogimos a los enemigos por sorpresa. Mi hueste empujaba a los orcos hacia el lago, las espadas cortaban esa carne maldita y, en los primeros minutos, causamos grandes bajas entre sus filas, porque el desorden campaba entre ellos. La sangre me bañaba el rostro pero sólo pensaba en lo que podía hacer para salvar a las mujeres de la ciudad, cuantos más orcos muriesen bajo mi espada menos habrían para atacarla. Los recuerdos son vagos, ya que sólo veo sangre y muerte a mi alrededor.

De pronto, cuando todo parecía ya haber terminado y nuestras huestes habían aniquilado a los enemigos, no sin sufrir grandes pérdidas, toda esperanza de victoria pereció. Desde nuestra retaguardia, un nuevo ejército apareció y empezó a masacrar a nuestros hombres. Nos superaban en número pero el fuego que corría por nuestras venas nos hacía valer a cada uno de nosotros por cinco de ellos. La tierra lloraba sangre y empezaba a teñir el lago con su color rojizo, cuerpos sin vida se apilaban junto a los heridos mientras cada vez quedábamos menos. Fue entonces cuando vi a un grupo de orcos apuntando a Othar Män, por mucho que le grité el fragor de la batalla apagaba mis gritos. Corrí por sobre los cuerpos sin vida golpeando a los orcos que me encontraba en mi camino. Män escuchó mis gritos mas sólo pude empujarlo, miré a los orcos y de repente sentí el mordisco de esas malditas flechas perforando mi carne, me llevé las manos hasta ellas y las fui rompiendo una a una. Un nuevo fuego renació en mí y, aunque escupiera sangre, nada me impediría intentar salvarlo. Othar Män corrió hacía mí pero le respondí con un NO TE PREOCUPES. Los dos salimos a luchar y aún no me explico cómo pudimos, inferiores en número y en nuestro estado vencerles, pero de todo ese gallardo ejército que salió por las puertas de Yávëtil sólo veinte hombres sobrevivieron.

Nuestro Señor miró a su alrededor y ¡sus palabras qué ciertas son! ¡Demasiado cara hemos pagado esta victoria, demasiado!

Pronto una repentina brisa que traía olor a fuego y ceniza nos sacó de nuestro estado, cogimos los caballos y con dolor abandonamos a nuestros camaradas heridos, el tiempo parecía ir cada vez más despacio como si quisiera retrasar nuestra llegada a Yávëtil.

Ahora bien, toda acción valerosa había perdido su motivo, la ciudad estaba en llamas. Entramos por sus puertas derruidas y sólo muerte encontrábamos a nuestro paso. Pronto comprendimos que el ejército que nos atacó por la retaguardia aprovechó que la ciudad estaba desprotegida para atacarla. Las lágrimas recorrían nuestro rostro bañado en sangre, mientras el aire se tornaba pesado e irrespirable a causa de la ceniza. El fuego era más violento a medida que nos aproximábamos a la fortaleza y pronto comprendimos que nadie había quedado con vida, éramos los últimos supervivientes de este gran reino.

Cogimos los pocos alimentos que encontramos y dejamos atrás este macabro escenario, nada dijimos mientras el sol empezaba a descender. Fue cuando empecé a notarme raro, me sentía cada vez mas débil y un fuego comenzaba a correr por mis venas haciendo que un manto de sudor perlado surcara mi cuerpo, palidecí, pero nada dije para no asustar a mis compañeros. Sabía que nada podrían hacer para salvarme así que acepte con honor mi destino.

Pronto llegamos a un fleth donde subimos para pasar la noche a salvo de los ojos enemigos. Poco comí, ¿para qué malgastar la comida en un moribundo?

Ahora sólo me mantiene en vida el poder narrar todo lo que he vivido en mis últimos momentos de mi existencia. Siento ya el frío aliento de la muerte, el veneno que ha entrado ya se ha asentado en mi cuerpo y nada se puede hacer sino esperar a la muerte. ¿Pero qué sentido tiene ya vivir si todo lo que amé ha muerto? Y prefiero esta muerte a vivir toda una vida de recuerdos. El cuerpo ya no me responde y, aunque Fáila intente en vano reanimar mis mortecinas extremidades, nada podrá hacer. La luna ya se alza sobre nosotros y, aunque la noche sea calurosa, tengo frío, es el frío de la muerte que se está acercando a cada minuto que pasa. Las lágrimas recorren mi rostro mientras mi temblorosa mano intenta seguir escribiendo a duras penas. No paro de tocar el gran medallón, ¿cómo algo sin valor aparente me puede confortar tanto? Mi fea esta en paz y no tardará en abandonar este cuerpo para reunirse con los de mis ancestros.

Fáila acaba de venir y su sola mirada me reconforta. Temible es en la batalla pero ahora sólo paz me da. Aún recuerdo el día en que llegué a estas tierras. No era mucho más joven que ahora. Cien años he vivido la alegría y el dolor de este pueblo. He visto nacer a tantos pero más he visto morir. En estos últimos cincuenta años el sufrimiento de este pueblo ha sido demasiado, no comprendo qué ofensa hemos cometido contra los dioses para que ellos nos castiguen de esta forma. ¿Qué ofensa han cometido los niños que no han visto más que dolor y guerra, quién podrá explicarme su pecado para que sean castigados desde el momento en que fueron concebidos, quién, me pregunto yo?

Sólo siento rabia, hubiera dado gustoso mi vida si con ello hubiera evitado la muerte de tantos inocentes, es imposible intentar borrar las imágenes que me asaltan mientras duermo y siento cómo me llaman, y me da miedo, no quiero ir, quiero vivir aún un poco más.

Los rayos e Isil rozan mi cuerpo, ya es la hora, me ha dicho Fáila haciendo que alce la cabeza. ¡Qué bella es su negra cabellera, brilla bajo los rayos de la luna. Ha despertado a los que dormían, y yo he despertado a mi buen amigo Män el cual no se ha separado de mí en toda la noche. Muchas cosas hemos vivido, risas y llantos pero con sólo mirarnos ya sabemos lo que piensa el otro, lo considero mi hermano y él a mí igual, lo sé porque me consta que así lo siente.

Fáila nos ha mirado a cada uno de nosotros y descolgándose el medallón con el símbolo del Reino ha pronunciado una extraña oración. El medallón ha brillado mientras se elevaba sobre nosotros envueltos en llamas y ha sido entonces cuando de nuestros cuerpos ha empezado a salir una luz azulada y ha ido subiendo hasta introducirse en este. Al finalizar, el medallón ha caído al suelo partiéndose en cinco trozos, Fáila los ha recogido y nos ha entregado uno a cada uno. Ha dicho que dentro reside el poder y el recuerdo de nuestro pueblo y que cuando abandonemos este mundo en él se guardarán, y nuestras almas entrarán en él esperando a los nuevos caballeros, que según ella están por venir, y nosotros les ayudaremos a llevar a cabo su misión.

Un extraño sueño ha hecho caer uno a uno a los allí presentes, el aroma dulce de las flores ha empezado a desplegarse. Fáila está junto a mí, tengo apoyada mi cabeza en su regazo, y canta para amortiguar mi dolor, sus delicados y mortales dedos juguetean con mi cabello. Algo en mí está cambiando, siento una extraña paz y noto como cada vez más mis mortecinos miembros se hacen más livianos y cómo el dolor poco a poco va desapareciendo. La hora ha llegado, me reuniré con mis padres, pero ni tan siquiera bajo tan poderosa compañía me debo sentir avergonzado, siento que me llaman y creo que estoy ya preparado……

CONTINUACIÓN DEL DIARIO

Yo, la Othar Fáila prometida del Othar Handasse escribo éstas últimas líneas porque así Handasse lo ha querido.

Mientras cantaba para que descansara, él se ha unido a mí. Jamás sentí tan bella melodía, cantaba como cuando lo conocí bajo los árboles del bosque, allí lo vi cabalgando despreocupadamente mientras su voz llegaba a mí claramente. De pronto he sentido que cantaba sola, ha sido cuando me he dado cuenta de que la muerte le ha devuelto su bello semblante; sus labios han perdido su palidez mortecina. Es como si la sangre que le restaba en el cuerpo hubiera coloreado su rostro para difuminar el aspecto de la muerte. Su último aliento de vida ha sido cuando el primer rayo del sol ha despuntado por encima de las copas de los árboles yéndose en paz y tranquilidad. Las lágrimas recorren mi rostro a medida que escribo aquí, los sentimientos se me entremezclan, estoy feliz porque ya no sufrirá esa espantosa agonía, y, por otra parte, lloro la pérdida de un gran caballero, de un gran amigo, el pesar llena nuestros corazones pero creo que el golpe más fuerte se lo ha llevado Män.

He limpiado la sangre que manchaba su armadura mientras los demás han preparado el lugar donde lo enterraríamos, quería descansar bajo los árboles que tanto amó, y así lo hará. Han encontrado una pequeña cueva donde poder enterrarlo, una caverna redonda en cuyos lados parece como si alguien hubiera tallado una especie de bancada. En el centro de la cueva hay una gran piedra lisa, allí lo han depositado junto a sus armas. Yo, mientras tanto, he recogido las flores que tanto amaba y las he dispuesto a lo largo de la gran losa, su aroma ha invadido la cueva mitigando el dolor con su fragancia. A sus pies he colocado un pequeño cofre donde dejaré este diario, para que, aquél que lo encuentre sepa quién es el que descansa sobre esta piedra. Mas ahora le digo a aquél que lea esto:

¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído y tuvo una muerte digna.

[Editado por tulkas_el_Valar el 23-05-2006 19:26]

Kelusse

Los valar otorgan 255 puntos a esta historia.

[Editado por Indil el 25-05-2006 00:34]