La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Historia Por Puntos - Heren Fanyarëa - \"Cenizas Quedan\"

2006:05:24:20:44:23

Naredhel Anariel

El humo empañaba las nubes aquel pálido mediodía. El palacio estaba ardiendo. ¡Ridícula costumbre de los elfos la de meter árboles y plantas en lugares cerrados! Hacía ya meses que la tierra se había vuelto yerma y, a pesar de sabios y jerarcas, la madera había muerto.

Habían alejado al mago a concilios en los confines de la Tierra Media. Y habían atacado. Nadie vivo sabía bien qué ni cómo.

Duinatt llegaba por las lomas montando un caballo con patas que parecían de gacela. Saltaba más que correr, y veloz. El cabello se le había soltado y le llegaba a los omoplatos, aunque en velocidad parecería más bien un estandarte.

El ejercito y todos los ciudadanos rodeaban el palacio. Muchos se movían para acallar las llamas, con mínimo resultado.

El mago desde la distancia no ignoraba lo que ocurría. En su preocupación hizo lo que debía, aunque conocía las consecuencias. Duinatt lo recibió en un sueño avisándole lo que ocurría en la ciudad de la fortaleza. Dentro del fuego, la elfa protegía al hijo del rey de las llamas, y su situación no tenía escape.

Duinatt había sido desfavorecido por la nobleza en lugar del actual Haladin para ocupar ese puesto, por eso se había trasladado al sur de Brethil, a una ciudadela en las orillas del Teiglin. Desde allí a 30 kilómetros había un poblado Sindarin, fuera de los límites de Nivrim, se levantaba el sencillo y precioso palacio donde ahora Nairiël se encontraba arrinconada.

Él y Argon no habían tenido buenas relaciones, si bien sus pueblos combatían codo con codo contra los orcos que azotaban los alrededores. Es más, Argon había influido en la nobleza Haladin para evitar que el tosco y ambicioso Duinatt fuera líder. Alguna vez hasta habían llegado a enfrentarse con las armas, aunque el hombre no tuvo nada que ver con la muerte del elfo. La redada orca trajo bajas en ambos pueblos.

Nairiël, hija del capitán del pueblo de Argon, siempre había sido leal, hasta el punto que defendió al niño allí, dentro del palacio, cuando llovió fuego.

Duinatt se bajó del caballo. Sus ojos se desorbitaron ante la visión del refugio ardiendo. Fue atravesando la multitud de elfos y algunos hombres que rodeaban el lugar queriendo ayudar. No había rastros de enemigos cerca. – ¿Cuántos hay dentro aún? -. Un alto guerrero que lo conocía le respondió: - ... solo ella y el niño.- Fue cuando el jefe de Nivrin lo enfrentó. – ¡No se puede hacer nada, Duinatt! ¡Como sea que atacamos el fuego este se hace más fuerte! ¡Permanece a distancia, debemos evitar que la locura se lleve más vidas!-

Duinatt desenvainó dos espadas cortas, y cargó contra el elfo. Sabía que no lo vencería en la esgrima, ni pretendía hacerlo. Después de resistir algunos golpes puso toda su fuerza en sostener la espada de su rival y llevarla al suelo, hacerla clavarse de punta en tierra y trabarle la empuñadura al suelo con sus dos filos. La maniobra sólo le daría el poco tiempo que de otra manera no habría obtenido. –Lo siento.- dijo con voz profunda.

El hombre bajo y de anchos hombros, corrió hacia el fuego. En el camino, cuando ya nadie lo seguía, tomó una daga y se cortó los largos cabellos. En dos movimientos se quitó la barba. Lanzó la daga a un lado y se metió en las ruinas del palacio y enseguida sintió el abrasador calor. Recorrió los caminos que se abrían azarosamente hacia la sala del niño, hijo de Argon y aquella que nunca volvió.

Sólo tenía una imagen: Nairiël. ¡Cuánto importante podía volverse alguien que una vez había estado del otro lado de la espada!

“... Aprovecha la noche, porque hasta que llegue la mañana, por esta vez, seré tuya, edain...”.

Duinatt había exigido derechos de nobleza y poderes que según él le correspondían por sangre. Se había sentido un alto rey y tanto había luchado por defender a sus hermanos y hermanas como por tener un lugar en el trono, y porqué no, en las estrellas.

“...Estoy cansado, Nairiël...”.

“...¿Cansado de qué? Eres joven Duinatt, aún para un elfo...”

“...Cansado de vivir en guerra, de la oscuridad, de la política, de tener que cargar con las vidas y responsabilidades...”. Recostado sobre el pecho de la sindar, prosiguió. “Ahora ya podría terminar mi vida... aquí...”

“...Me das miedo Duinatt, la vida tiende a continuar, no me gusta pensar en finales...”

Él la interrumpió mientras cambiaba de posición y apoyaba la cabeza de ella en su propio pecho. “Perdona, no dije nada, Nai, lo que menos pretendo es asustarte, traerte mal alguno...”

“... No, mi señor, fui yo quien no he sabido no ser egoísta. No he aprendido a compartir el sufrimiento de otros, sólo temo por la tierra...”

El hombre ahogó sus palabras con una sonrisa y un beso. “Disculpa, Nai, no mereces un hombre que desnude sus angustias ante ti”

Ella lo calló con una risa tierna y más de un beso.

...

El humo se metía en los pulmones de Duinatt. En el pasillo grande que daba a las salas reales había un espectro, tenía forma de vampiro, aunque no era uno. Tras gruesas columnas de mithril, derribadas contra una de las paredes del lugar, estaba Nairiël sosteniendo al chico, evitando que el espectro llegara hasta él. El humo y el fuego invadían casi todo el lugar. Duinatt no había esperado enfrentar a nadie allí adentro, había ido completamente desarmado.

Ella se sorprendió cuando lo vio. Fue como si sus espíritus renacieran de nuevo en los cuerpos de ambos. – ¡Hey, tú, bestia cobarde, aquí!- No había mucho que pensar, no sabía si vencería al ser. Al menos debía dar tiempo para que la mujer huyera con el niño. Así que con todas sus fuerzas y el aire a medias que le quedaba se lanzó contra el enemigo. Enseguida sintió un tremendo dolor al contacto, pero su fuerza también hizo mella. El espectro cayó hacia atrás y pareció que de alguna forma le afectaban los impactos de los desenfrenados golpes. Duinatt sacó todo lo que Iluvatar había puesto en él de animal, pero también el espectro giró y atacó sobre él.

Nairiël no había escapado aún, había salido de la improvisada guarida, y mientras cuidaba al niño, de diez años ya, buscaba algo con que defender a Duinatt, las lagrimas brotaban de sus ojos enrojecidos por el humo y el calor, pero esos no eran los únicos motivos. Una varilla de mithril se había desprendido de la pared. La elfa la tomó y pidiendo al mocito que se mantuviera quieto acometió contra el espectro. Este soltó con un aullido a Duinatt y ella retrocedió, pero en cuanto se arrancó la varilla, golpeó al hombre con una fuerza sobrenatural que lo lanzó a varios metros.

Duinatt se levantó e hizo ademán de respirar, aunque más fue una exhalación. Hizo un movimiento llamando a Nairiël, mientras ella iba hacia él, llevando al hijo del soberano. El espectro se movía, y Duinatt, con una fuerza extraída de la nada, caminó hacia él. El ser frío y oscuro movió lo que parecía un brazo y con el extremo frotó un mueble en llamas, lanzando una llamarada hacia el edain, que lo golpeó de lleno, aunque alcanzó a protegerse con los brazos. Su cuerpo se encendió, y con desesperación se arrancó los pedazos de tela encendida, pero de todas formas seguía ardiendo.

No había tiempo para decir las palabras que nunca había dicho. Nairiël permanecía agachada cubriendo al niño. Era cuestión de milésimas de segundo. Si el espectro podía hacer eso, ella también podía caer. – Lo quiere a él, no lo matará. ¡Llévalo, llévalo! Yo puedo darle tiempo...- Otra llamarada los alcanzaba, esta vez iba contra la elfa nacida en el pequeño bosque de Nivrin. Duinatt era muy ambicioso, no permitiría que las cosas salieran mal esta vez, esta vez no fallaría en su intento de conseguir lo que quería. Girando sobre su pierna derecha abrazó a Nairiël y dio la espalda al espectro y recibió la embestida.

El fuego penetró hasta su columna vertebral. Ya no sólo eran su piel y su carne las que estaban arruinadas, en aquel momento perdía también las funciones motoras y en fin la vida. Tomó de un brazo al niño, lo acercó y lo llamó por su nombre por primera vez desde que su rival le había dado vida. – Oreon, soy un humano, un simple humano, mi sangre no es nada especial, no he nacido por un designio, ni nada, no soy especial en lo más mínimo... y tú camino es el de ser rey, por eso debes saber dirigirte a un simple hombre, no te odio, pero no he venido aquí por ti... debes jurarme que la cuidarás tu vida entera. Ella quiere vivir, y debe vivir. Yo no podría darle eso, tú sí. Júralo.- Oreon juró por Mandos. Nairiël tomó entre sus manos el rostro de Duinatt y lloró; no pudo más que besarlo. – No te preocupes, mi amor,- dijo él sin darse cuenta que lo decía por primera y única vez – no he venido para que seamos felices juntos, he venido para rescatar al niño, que es lo que corresponde hacer.- Mentía. –Esta vez correrás y saldrás de este infierno.- Entre lágrimas, ella quiso despedirse, pero él la alejó y ella echó a correr.

Duinatt se dio la vuelta. Ya no tenía fuerzas, el alma se le escapaba. Pero estaba feliz, no sabía porqué, pero estaba feliz. Tal vez, después de todo, una vez en su vida estaba haciendo algo que superaba lo que grandes reyes jamás habían ni habrían hecho en toda su eterna existencia. Pero no se alegraba por orgullo, era otra cosa. Y esa cosa le daba más fuerzas todavía, un resto de vida y poder. Se abalanzó sobre el espectro que disparó lava y fuego. Y se clavó en él ardiendo y clavando sus manos como garras en el cuerpo de sombras del monstruo, desgarrándolas...

Y nada más se supo de Duinatt ni del espectro. Nairiël salió del palacio con Oreon el primogénito de Argon, ambos se recuperaron bien. En las ruinas del palacio dicen, se han encontrado restos de cuero de vampiro, pero nada más.

Y tal vez... lo que el mundo haya ganado ese día, a pesar de la congoja, hayan sido, simplemente, algunas estrellas que Varda plantó en el cielo formando una nueva y pequeña constelación: dos espadas cruzadas, una daga y un manojo de largos cabellos humanos, del largo que a un Haladin promedio le llegarían hasta el corazón.

(Escrito por Elessurendil)

Kelusse

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[Editado por gaurwaith el 25-05-2006 07:00]