Kelusse
Fin Guerra: Helkelen Lara deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 21
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 15
Victoria para Lempë Ohtari.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:06:03:09:18:03
Fin Guerra: Helkelen Lara deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 21
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 15
Victoria para Lempë Ohtari.
La luna, con su bello influjo plateado, gobernaba aquella noche desde lo alto del cielo y, frente a la entrada del gran bosque llamado Taurëninquë, el ejército encabezado por Darlak Lórindol esperaba bajo su manto. La noche traía consigo una masa de aire frío que estaba siendo transportado desde el norte, aire cargado de una gran humedad que cada vez se notaba más. Los ojos de Valandil, de pie a la luz de la luna, se tornaban en color plateado…parecía que la luz de Telperion que corría por sus venas emanase para saludar a Isil y corresponder a su brillante llamada. El rostro de Súleglîn, visiblemente perturbado, mostraba una preocupación creciente. Por su parte, a Darlak le inquietaba el estado de Valandil, sabía que algo iba a pasar y eso le hacía caer preso también de la preocupación. En medio de la noche y antes de disponerse a entrar en el Taurëninquë, el maia se acercó a hablar con el capitán Darlak.
-Oh, amigo mío. La paz ha regresado a estas tierras. Sin embargo, hay algo que me preocupa pues sólo ha regresado para darnos una pequeña tregua. Las tierras de Lempë Ohtari muy pronto se van a hallar de nuevo en guerra – En ese momento, dejó de hablar.
Valandil miró hacia delante pero sus ojos entristecidos empezaron a recordar. No sólo le perturbaba la inminente guerra, algo más hería su corazón en ese momento y tenía rostro de mujer. Las tensiones tanto económicas como políticas entre Helkelen Lára y Lempë Ohtari se estaban agravando y un ejercito enemigo se acercaba a la capital del reino con la intención de atacarle. Por ello, el rey Erendel había reforzado los grandes ejércitos. El ejército capitaneado por Aikanaro había sido enviado a proteger el puerto. Por su parte, el capitaneado por Aglaras y el dirigido por el propio rey con la ayuda de Yarfaila protegerían las tierras del norte. Mientras tanto, Erendel había decidido que el ejército que capitaneaba Darlak tendría que proteger la capital, Mellon Vilya. Y, debido a ello, Erendel quería contar con el poder de Súleglîn Valandil para ayudar a Darlak, hecho que había ocasionado que el maia tuviera que separarse de su esposa.
- Oh, echo ya tanto de menos a mi amada Annamel - La voz de Súleglîn ahora sonaba lejana y distante…quizás intentaba sentirse cerca de Annamel…respiró profundo. - Sin embargo, y a pesar del dolor que embarga mi alma a causa de la separación, voy a ir a la guerra junto contigo. Ésta será una gran batalla…lo puedo sentir…el bosque está inquieto y el aire revuelto…las nubes ocultan la luna y extraños rumores llegan a mi oídos…puedo ver lo que se avecina…¡Oh Lórien! Cuán poderoso me hiciste con este don… ¡Oh Lórien! Cuán peligroso es también…- la voz del maia se apagaba…entre murmullos en antiguas lenguas.
-No obstante, amigo, tu naturaleza es esa y no puedes renegar de ella…mas dime ¿Qué has visto?...dime ¿Qué ocurrirá?...tus poderes son un don y no un castigo úsalos para ayudarme…para ayudarnos…estoy seguro que lo harás bien - habló Darlak mientras intentaba animar al maia a que hablase acerca de lo que había visto en las continuas premoniciones que tuvo de camino a Mellon Vilya.
-Habrá guerra, pero no veo ganador, habrá muerte y habrá dolor, la sangre derramada teñirá momentáneamente de rojo las tierras y los cuerpos inertes de unos y otros serán numerosos…y en, medio de todo, ella, delgada y afilada se abrirá paso entre todos y sin dejar que ninguno la alcance y la frene en su carrera frenética por alcanzar su objetivo…impasible a todo cuanto allí acaezca. Y entonces será cuando el impacto de su mortal beso se volverá visible y un grito en la batalla se alzará y tras el grito el amor o la amistad…dudo cuál…acudirán a socorrer sin sospechar que caerá también en aquella extraña red…el enemigo por un momento creerá haber vencido pero una luz cegadora devolverá la esperanza y resguardará a quien ella besó y a la muchacha que a evitarlo acudió…
Darlak escuchaba con asombro cada palabra que resultaba un enigma en su conjunto y se esforzó por descifrarlo pues sabía que Valandil no hablaría más de ello. Sin embargo, comprendió que hasta que no llegase el justo instante en que ocurriese no sería capaz de caer en la cuenta de la advertencia que el maia le había hecho. Si algo sacó en claro es que el tono usado por él fue más de advertencia que de consejo…
Fue entonces cuando el bosque inquieto habló y tanto el medio elfo como el maia pudieron escuchar el rumor natural que emanaba misteriosamente del Taurëninquë y que les alertó de la presencia del ejército invasor en Mellon Vilya. La compañía bajo la orden de Darlak comenzó a avanzar por la espesura del bosque; al amanecer estaría ya en la capital.
Esa misma noche, en el bosque, algo extraño ocurrió. Valandil Súleglîn sintió de pronto un terrible dolor en el pecho, su vista se nublo y cayó de las monturas del caballo junto a un árbol. Darlak ordenó detener el avance del ejército y raudo se acercó a ver qué había ocurrido. El espanto lo asaltó cuando se acercó y giró el cuerpo de Valandil acostado boca a bajo sobre el follaje del bosque…
El rostro del maia estaba pálido, los ojos los tenía completamente en blanco, varios de sus cabellos se habían vuelto canosos y su piel parecía arrugada y demacrada. Aunque los labios estaban secos y cortados, Súleglîn intentaba decir algo…pero nada inteligible salió de sus palabras y balbuceos…Darlak, desesperado, no sabía como actuar ante tal situación, pensó en lo que sería lo más correcto y decidió aquello que le habría aconsejado el maia…pero eso implicaba abandonarlo allí, al amparo de la luna llena y las copas de los árboles, y acudir a defender la ciudad. No podía demorarse más pues mujeres y niños estaban en peligro…cientos de inocentes estaban indefensos. Valandil no le perdonaría que se retuviese más por él. Por ello y, tras una dura decisión, decidió partir. Dejó a Valandil sentado con la espalda apoyada sobre un árbol de tronco robusto y pasó antes de irse un paño húmedo sobre su sien…pero el maia no reaccionó y siguió en ese estado. Resultaba tan espeluznante y la vez tan triste… ¿Qué le diría a la bella elfa Annamel sobre la suerte de su esposo?
Lórindol marchó al frente y, tras él, los enanos, que esgrimían las hachas, iban intercalados con los valerosos humanos portadores de espadas de filo mortal. Tras ellos, se hallaban los elfos, con los arcos a punto para disparar contra cualquier objetivo que apareciese espontáneamente. La compañía avanzaba sigilosamente y en poco tiempo llegaron a las inmediaciones de la capital de Lempë Ohtari. De repente, al fondo pudieron vislumbrar un gran ejército…
El regimiento de Helkelen Lara había rodeado las murallas de Mellon Vilya y los habitantes de la ciudad, ante la ausencia del Rey y los ejércitos, habían tenido que encerrarse en las murallas y esperar ayuda. Mientras tanto, los invasores de Helkelen Lara habían comenzado el ataque y veían que la capital iba a ser suya sin muchos problemas.
De repente, se escucharon desde el este los cuernos de guerra. La capital recibía refuerzos para contrarrestar el ataque. Fue entonces cuando el ejército de un bando y el de otro se mezclaron provocando una marea en la que la sangré fluía al cercenarse cabezas y mutilarse extremidades. Los gritos de unos y otros se fundieron en agónicas despedidas de la vida y bienvenidas a la muerte. El ensordecedor ruido de las espadas al chocar se confundió con el de las flechas navegando en el aire y con el crujir de las hachas de los enanos sobre los enemigos. Pero quizás lo que más resaltaba era el estrepitoso ruido del gorgoteo de la sangre que emanaba de las gargantas de tanto enemigos como aliados al ser sus gargantas atravesadas por alguna flecha o degollado su cuello por alguna espada.
En la compañía de Darlak, los guerreros estaban dispuestos en el centro del ejército y, detrás de ellos, sobre una colina, se había quedado el regimiento de arqueros. Darlak luchaba en el centro, al tiempo que su espada brillaba con más fuerza. Melêl, la elfa de Taurëruin que había acompañado a Darlak en todas las batallas, vestida con una blusa verde y pantalones ajustados del mismo color, se hallaba también cerca, demostrando una gran fiereza en el combate.
- Las hordas de Helkelen Lara parecen ser numerosas – dijo Darlak a Melêl - Va a ser una de las peores batallas en las que hemos luchado hasta hoy- anunció en voz alta para todos los que luchaban en el terreno de combate - ¡pero no debemos olvidar que ésta es nuestra tierra, así que lucharemos, luchemos por nuestros hijos y por nuestras tierras pues nadie podrá arrebatárnoslas! – El discurso fue ascendiendo de volumen con la sagrada intención de animar a su ejército. Afortunadamente, el entusiasmo de todas las tropas subió ante las palabras de aliento del capitán.
El ejército aumentó su empuje contra los enemigos y la batalla parecía decantarse por una posible victoria de Lempë Ohtari. Darlak avanzaba dejando un camino de muerte a su paso en medio de un paisaje dominado por cadáveres llenos de sangre y barro. Una oleada de frío coraje impulsada por el empuje de Envinyanta, su espada de hoja negra, hizo del combate para Darlak una carrera frenética por alcanzar la puerta de Mellon Vilya y controlar el ataque del ejército invasor.
El fragor de la batalla iba en aumento y los gritos del combate se alzaban por encima del ruido ambiente. El ejército luchaba cuerpo a cuerpo contra la horda invasora y muchos soldados tanto de los defensores como de los enemigos caían. Darlak se preguntaba dónde estaría Melêl en aquel momento pues había perdido de repente su rastro. Estaba perdiendo la noción del tiempo, inmerso como estaba en el torbellino de la batalla. De repente, un peligroso hombre le salió al paso cuando intentaba deshacerme del último que estaba delante de las puertas de la capital. Sin que Darlak tuviera tiempo de reaccionar, el hombre levantó el hacha que sostenía en su mano derecha y su golpe cayó sobre el hombro del capitán de una manera seca y certera. Intentando no perder el equilibrio y, con una potente estocada ayudada por la fiereza de su espada, Darlak golpeó con la hoja negra al hombre que le había atacado que cayó al suelo, sin vida. A pesar del dolor del hombro, el capitán siguió blandiendo su espada contra los enemigos que llegaban a socorrer al hombre que le había atacado. Sin embargo, de la herida del hombro brotaba mucha sangre y empezó a sentirse mareado. De repente, unos delgados brazos lo sujetaron. Darlak desvió la mirada hacia atrás. Era la grácil elfa Melêl.
- No estás ya en condiciones de seguir combatiendo, capitán – dijo con cara de preocupación.
Darlak consiguió a duras poder recuperar el equilibrio mientras la elfa arrancaba un trozo de tela de su blusa verde para rodear su hombro. Alrededor, los gritos y choques de espadas empezaban a disminuir aunque la batalla parecía no acabar. Sin embargo, las pérdidas enemigas eran mayores.
De pronto, una flecha silbó en el aire en dirección a la elfa de Taurëruin. Darlak reaccionó rápidamente, recuperando fuerzas, y la apartó recibiendo él la flecha que le atravesó el abdomen y cayó al suelo. Melêl, a causa del impulso de Darlak, cayó a su lado y se golpeó el brazo izquierdo.
Varios de los enemigos situados alrededor empezaron a lanzar saltos de júbilo al ver al capitán del ejército defensor caer. Sin embargo, una luz cegadora empezó a resplandecer. Todos pudieron ver cómo una extraña aparición venía a socorrer a los miembros de la compañía defensora de la ciudad. Era el poder de Súleglîn Valandil que venía a proteger la ciudad y sus combatientes. Con Aman desenfundada, el viento se purificaba allí por donde pasaba y la batalla dio un gran giro…este cambio hizo que bajo el mando de Valandil los hombres se reagrupasen y retomaran las riendas de la batalla. Por ello, después de tantas horas de feroz batalla, Helkelen Lára, al ver que su ejército se veía en inferioridad numérica y ante la llegada del maia, ordenó la retirada y dejaron de atacar la capital.
Una vez terminada la guerra, Valandil se acercó hacia donde estaban Darlak y Melêl y les contó todo lo que le había pasado.
-Al poco tiempo de que partieses, una visión aterradora de un futuro desolador se apoderaron de mí e hicieron que la esperanza desapareciese e incluso hicieron que mi cuerpo envejeciese ahora…he consumido más de media vida por haber viajado al futuro…es el precio por poder salvar lo que aún queda…y a mi bella flor…¿Qué dirá cuando vea este cuerpo envejecido y con canas en el pelo?...
El viento de la mañana mecía el cabello canoso de Valandil mientras que las puertas de Mellon Vilya se abrieron para que sus habitantes asistieran a los heridos y enterraran a los muertos.
- Y ahora buscaré a varios hombres para que te trasladen a las casas de curación de la capital, mi valeroso amigo – dijo Valandil a Darlak, que estaba apoyado en el tronco de un árbol. Valandil se interesó también por el estado de Melêl, cuyo brazo también estaba herido - Y también tendrán que mirar ese brazo tuyo, mi elfa.
Anotaciones del historiador: es difícil reconstruir un acontecimiento entre la maraña de datos, incongruencias y subjetividad que son la historia. Por orden del Consejo de Helkelen Lára reúno en este manuscrito dos documentos contemporáneos de la Batalla de Mellon Vilya; el primero escrito por el propio Apacen, y el segundo un fragmento de las crónicas escritas por Hathol Karkar. Que sirvan para hacer honor a aquellos que murieron por darnos unos años de paz.
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[…] Ost-En-Aël, capital de las tierras de Helkelen Lára, Sala del Gran Consejo, dos semanas antes; tras escuchar a todas las partes, analizadas las pruebas aportadas, el Consejo se había reunido, deliberado y emitido su veredicto: evacuar a los habitantes de Coirë y replegarse tras el Aeglos a la espera de los acontecimientos.
Mientras el consejo abandonaba la sala, un hombre permanecía en el centro de la sala, abatido y decepcionado, apoyándose sobre el bastón, agarrándolo con fuerza con sus dos manos, intentando descarga toda su rabia sobre aquel objeto. Al cabo de unos minutos la habitación se sumió en el silencio absoluto, tan solo roto cuando la puerta que daba acceso a la sala fue cerrada.
- ¿Quieres convertirte en uno de los adornos de sala? -- Dijo una voz en tono burlón -- Una copa te animará un poco, te hará pasar este mal trago –prosiguió con un tono más formal.
-Por todos los espíritus*, ¿cómo quieres que acatemos semejante orden? – a medida que hablaba su tono se iba encolerizando – ¿cómo puedo volver a Algalord con este mensaje, Laureon? - acabó Apacen, completamente encolerizado; incluso en sus blancos ojos se pudo ver resplandecer un atisbo de luz.
-Tranquilízate, amigo, las cosas no son siempre blancas o negras. No es la mejor opción, pero al menos tu pueblo estará a salvo – Laureon intentaba aplacar la ira de Apacen.
-Pero, ¿cómo pueden estar tan ciegos? Con los informes de nuestros espías, y con mis vi… – Apacen refrenó su ira, intentando no acabar la frase. Demasiadas burlas y desgracias le había costado ya esa palabra.
- Visiones – concluyó Laureon. Aquella palabra hizo mella en el espíritu de Apacen, restándole la fuerza que había recuperado – Tú mismo has dicho que no las controlan, que son piezas de un puzzle del cual no siempre sabes cómo encajarlas; esa es la razón por la cual el consejo las ha desestimado
Apacen resopló con fuerza, evitando que la ira nublara su juicio. Con fuerza golpeó el suelo de la sala con su bastón.
- ¿Crees que mi pueblo aceptará de buen grado dejar sus hogares en manos del invasor? La atalaya de Sor-Kanor o incluso la fortaleza de Algalord que con tanto esfuerzo y sacrificio hemos reconstruido…
-Tú podrías convencerles, en el pasado siempre les has aconsejado correctamente, no veo por qué ahora no iban a escucharte. Tu poder es la palabra, recuérdalo – Le respondió Laureon.
- No puedo pedirles eso, mis antepasados no abandonaron estas tierras, ni cuando llego S’ssra*, ni tras su muerte, ni cuando todo se cubrió de hielo y nieve – Apacen hizo una pausa, para recitar una vieja canción que hablaba sobre su gente:
La tierra del hielo y de la nieve,
donde el sol de la medianoche brilla
y cientos de lagos resplandecen
en la tierra del hielo y de la nieve.
La estrella del norte guía nuestro camino.
Síguela y llegaras hasta nosotros,
donde fluye el Aeglos,
y el viento helado sopla,
En la tierra del hielo y de la nieve.
Algunos dicen que somos fríos,
Pero no creas todo lo que dicen;
Pues nuestros corazones son de oro,
En la tierra del hielo y de la nieve.
No cederemos ante la opresión,
luchamos y morimos,
redimidos por la sangre,
en a tierra del hielo y de la nieve.
Aquí nací y aquí vivo
y un día aquí moriré
bajo del cielo norteño
En la tierra del hielo y de la nieve
Laureon intentó buscar argumentos con los que convencerle. Normalmente Apacen era un persona razonable y dialogante, menos cuando se enfrentaba a una de sus visiones: las seguía ciegamente.
- Siempre dices que son los mayores quienes planean las guerras, y envían a los jóvenes a morir en ellas. Esta vez no es así, recapacita - Le dijo Laureon a la desesperada.
Apacen sonrío, a lo que contestó-pero los jóvenes no siempre hacen lo que le dicen sus mayores - Con esas palabras daba por acabada la conversación, dio media vuelta y se dirigió hacia la salida. Silbó para llamar a Naulë, que hasta el momento había permanecido como espectadora en la conversación de aquellos hombres. Bostezó, se incorporó con desdén y se tomó su tiempo para estirarse, mientras Apacen empujaba las puertas de la sala, para abandonarla. Una vez traspasadas, bajo la atenta mirada de Naulë y Laureon, este último le dijo a la loba: - Cuida de él, y procura que no haga ninguna tontería - Naulë asintió con un ladrido y salió rauda al encuentro de su amo.
[…..]
La noche anterior, en algún lugar cerca de Mellon Vilya, capital de Lempë Othari.
Habían llegado a su destino, los preparativos estaban dispuestos y los capitanes abandonaron la tienda algo descontentos. Mucho habían discutido a la hora de elegir el objetivo donde dar el primer golpe; los capitanes habían sugerido Yävetil o Ostova Lorë, pero para Apacen el objetivo estaba claro: atacar el corazón de Lempë, atraer a las compañías enemigas y evitar que la guerra azotara sus tierras; eran el cebo, solo tenía que esperar que el enemigo mordiera el anzuelo. Lo que pasaría al día siguiente, los cambiaría para siempre.
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\"La victoria estaba decidida de nuestro lado, les habíamos derrotado, pero en una batalla no puedes decir que has vencido hasta que el último de tus enemigos no yazca a tus pies, atravesado por tu espada. A veces la victoria más fácil puede tornarse en la más amarga de las derrotas, y esa derrota fue en verdad amarga para nuestra Casa. Oh, sí, yo estuve allí, atravesé a muchos enemigos con mi espada, pero no fueron suficientes...nunca son suficientes.\"
\"Mi compañía no la formaban soldados profesionales, ni estaban entrenados para la guerra, de hecho yo era de los pocos hombres de armas que la formábamos, pero el arma más poderosa que teníamos era el coraje que nos infundía nuestro líder: Apacen; que junto a su loba Naulë era el primero en entrar en batalla, y era a él a quien decidimos seguir hasta la muerte, pero no porque fuera nuestro deber como integrantes de una de las Compañías de Helkelen Lara, sino porque ese hombre tenía \"algo\" que encendía los corazones de los hombres y los hacía arder hasta la extenuación. Aquel día peleamos como nunca lo habíamos hecho, pero las batallas no las decide el más fuerte, o el más valiente, o el más astuto...las decide el destino, y ése día el destino no nos fue favorable.\"
\"Empezamos el ataque al rayar el alba, al primer rayo de sol atacamos las murallas de Mellon Vilya, cogiendo por sorpresa a los defensores de la ciudad, que no esperaban un ataque tan tempranero. Nuestros arqueros, situados detrás de las líneas principales, empezaron lanzando andanadas de flechas tanto hacia dentro como hacia fuera de los muros, mientras la infantería avanzábamos lentamente, cubiertos por nuestros escudos y el manto de proyectiles que nos proporcionaban nuestros arqueros. Nos dividimos en dos flancos laterales, capitaneados por dos hombres de armas llamados Dínendal y Belegost, y una columna central, al frente de la cual Apacen dispuso que me colocara yo, mientras él se quedaba en la retaguardia con Naulë y los arqueros, para supervisar nuestro avance. Poco a poco fuimos arrinconando a los defensores de la ciudad, hasta que no les quedó más remedio que encerrarse detrás de los muros. En ése momento, los hombres que no formaban parte de ningún flanco trajeron rápidamente las escalas de madera para que trepáramos por ellas y así entrar en la ciudad, a la vez que otros lo intentaban a través de la puerta principal con un ariete.\"
\"Pero la resistencia de los defensores resultó ser más dura de lo que pensamos. Creímos que se desmoralizarían al ver nuestra superioridad. Nada más lejos de la realidad. Como si de un león herido se tratara, los defensores de Mellon Vilya sacaron bravura y coraje de donde antes sólo había miedo y desesperación, y consiguieron contenernos con firmeza. Lanzaban andanadas de flechas, tinajas de aceite hirviendo, incluso los niños nos lanzaban piedras con hondas, en un desesperado intento por defender su hogar. Los gritos de horror de los que eran atravesados por espada o flecha se mezclaban con los de la alegría de los que atravesaban con su espada al enemigo. El piso se convirtió en un río de sangre, y ésta pronto nos llegó a los tobillos. No obstante, nuestro avance era implacable, entramos como un torbellino en la ciudad, ya fuera mediante las escalas o por la puerta principal, que finalmente conseguimos destruir con el ariete. Pero el destino a veces parece que se burle de ti, porque cuando más cerca estás de conseguir algo es cuando te lo quita.\"
\"Fue en ese momento, en el que estábamos a punto de proclamar nuestra victoria, cuando sonaron los cuernos, y fue como si ese sonido nos devolviera a la realidad después de un sueño dulce y relajado. Entonces vi un rayo plateado pasar a mi lado y colocarse frente a mí, era Naulë, que había venido desde el bosque y me instaba a girarme hacia allí. No sé cómo conseguí ver algo entre tanta sangre, pero vi cómo desde el bosque en el que estaba situado nuestro campamento irrumpía en el campo de batalla un número ingente de soldados de Lempe Ohtari, el cual barrió nuestras filas de arqueros y acudió en ayuda de la ciudad asediada. Vi a Apacen y lo que quedaba de los arqueros correr hacia nosotros, y fui en su busca para decidir cuál sería nuestra próxima acción en vista del cariz que tomaba la batalla con la entrada del nuevo ejército de Lempe Ohtari. Me costó varios enemigos y una herida en el hombro izquierdo llegar junto al líder de nuestra compañía. Iba todo cubierto de sangre, en su mayoría sangre de nuestros enemigos, pero me fijé que tenía un corte profundo en su muslo izquierdo, lo cual dificultaba sobremanera sus movimientos, pero luchaba como un león con su bastón de rama de sauce, mientras Naulë había pasado de \"rayo plateado\" a \"rayo carmesí\" y apoyaba en todo momento a su amigo. \"¡Por todos los Valar, Apacen! ¿Qué ocurre?\" -le grité, alzando la voz entre el griterío y el entrechocar de las armas. \"¡Un contingente de refuerzo de Lempe Ohtari ha irrumpido desde el bosque y nos han tomado por sorpresa!\" -dijo- \"¡No podemos quedarnos entre ellos y la ciudad o nos aplastarán!\". Entonces Apacen tomó una determinación: \"Haz correr la voz, hay que salir de la ciudad a enfrentar a ese nuevo ejército, no podemos permitir que sumen sus fuerzas a los de los defensores de la ciudad. Busca a Dínendal y dile que se quede con sus hombres conteniendo a los defensores de la ciudad para que no salgan, tú y Belegost, junto con vuestros hombres hombres venid conmigo y con los míos. Si hemos de morir hoy, lo haremos con orgullo, y por cada uno que caiga de Helkelen Lára caerán cinco de Lempe Ohtari. ¡Vamos! No hay tiempo que perder.\"
\"Salimos de la ciudad con ánimos renovados, pero con cierta amargura en nuestros corazones, sabíamos que moriríamos, y eso a la vez nos tranquilizaba y nos asustaba terriblemente. El choque entre los dos ejércitos fue espantoso. Por doquier se veían brazos, piernas y cabezas cortadas, y sangre y más sangre. La hoja de mi espada, Fealóke, había sustituido su brillo plateado por un fulgor rojizo, y ello no hacía sino acrecentar mi sed de sangre. Pero el ejército de Lempe Ohtari era muy superior al nuestro en número de efectivos, nosotros habíamos sido muy diezmados en la incursión en la ciudad y no teníamos posibilidad alguna de victoria. Estábamos condenados a reunirnos en las estancias de Mandos. En ése momento escuché una voz que gritaba mi nombre: \"¡Hathol!\". Era Apacen que, cojeando, se dirigía hacia mí y me llamaba. \"¡Aquí estoy mi señor!\" -le respondí. Entonces dijo: \"¡Debemos retirarnos! ¡No podremos aguantar mucho más!\". \"¡No!\" -le respondí con fiereza- \"¡Debemos luchar! Tú lo ordenaste\". \"Escucha\" -me respondió- \"Es inútil seguir arriesgando las vidas de nuestros soldados, no podemos vencer y lo sabes. La guerra es larga, tiempo habrá para morir, pero hoy no es ése día.\"
\"Fue la sensatez de Apacen la que me hizo volver de mi estado de embriaguez de sangre, y recobré el sentido común. La verdad es que ni siquiera sé cómo conseguimos huir, lo único que recuerdo es que en un momento me encontraba luchando con un enemigo al que conseguí atravesar con mi espada, y al siguiente estaba corriendo, huyendo, a través de los bosques junto con Apacen, Naulë y los demás supervivientes de la batalla. Pero ni Dínendal ni ninguno de los que contuvieron a los defensores de la ciudad estaban con nosotros. Me fijé en que la loba de Apacen tenía una flecha clavada en un costado, y aún así corría como si no hubiera hecho ningún esfuerzo, corría por salvar su vida. Entonces comprendí que les debíamos nuestras vidas a Dínendal y a sus hombres, que sacrificaron sus vidas para que nosotros no tuviéramos que preocuparnos de la retaguardia y pudiéramos concentrarnos en el enemigo que teníamos enfrente. Entonces, mientras iba corriendo, las lágrimas afloraron en mi rostro y su sal se mezcló con la sangre de mis múltiples heridas en el rostro.\"
\"El ejército de Lempe Ohtari renunció a perseguirnos. Supongo que porque ellos también habían recibido nunmerosas bajas y consideraban un esfuerzo baldío perseguirnos por los bosques, o simplemente pensaron que no conseguiríamos volver a casa y que moriríamos por el camino, ya fuera de hambre, de sed o por las heridas recibidas. Pero lo conseguimos, logramos regresar, pero fue un amargo regreso.\"
Hathol Karkar.
*Los habitantes de Coirë y de Helkelen Lára en general no adoran a los Valar, puesto que nunca han tenido contacto alguno con ellos, sino que sus deidades están generalmente relacionadas con la Naturaleza.
*S\'ssra era un temible Dragon de Hielo que asoló todo el reino antiguo y se ensañó con los ricos pastos del Coirë, convirtiendo su gran torrente en un inmenso glaciar, Aeglos, y destruyendo todo a su paso. Su muerte condenó aquellas tierras al invierno eterno, y se piensa que es uno de los responsables de revolver los cimientos del Antiguo Imperio.
[Editado por Thirian el 30-05-2006 23:31]
Resumen de la batalla.
Helkelen Lara ha perdido 21 armadas x35= 735 puntos.
Recuperables: 245 puntos.
Valoraciones: 8,6+9,4+8+8= 8,5
Recupera: 208 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperación: 278 puntos.
Pierde: 457 puntos.
Lempë Ohtari ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.
Recuperables: 525 puntos al hacer uso del poder especial de Valandil Súleglîn.
Valoraciones: 8,4+7,4+8+7.5= 7,825
Recupera: 411 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperación: 525 puntos.
No pierde puntos.
Lempë Ohtari percibe 300 monedas por la batalla ganada.
Helkelen Lara entrega 100 monedas a Lempë Ohtari por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas!