Nowë
No siempre fuimos héroes
Otra vez este amargo sabor en la boca. Otra vez este dolor agudo en el estómago. Otra vez el duelo por el amigo que ha caído. La punzada en el alma entumecida. Otra vez esta sensación...
Tumbado en un jergón de la pequeña tienda de los cirujanos, Nowë dormitaba. La extracción de la flecha que le alcanzó en la batalla de Undumelonde fue complicada. La punta había perforado el pulmón y solo tras una delicada operación el cirujano pudo extraerle el malhadado venablo. El dolor era intenso y el noldo acabó por desvanecerse, víctima de una gran fiebre, empapado en sudor.
– Mejor – dijo el cirujano cuando el nainir perdió el conocimiento – así descansará.
La realidad era, no obstante, bien distinta. Atormentando por lejanos recuerdos aún no cicatrizados, el rostro de Nowë se contraía por el dolor y la profunda herida del pasado que se abría en su mente.
- ¡Oh, tú!, poderoso guerrero, sabes bien de qué hablo. Recuerda Gondolin... recuerda Gondolin... - exclamó de pronto sumido en profundo trance.
De inmediato, Jade, que velaba a su lado, se levantó, acercándose hasta él.
- ¡Nowë!, ¡Nowë! – le llamó, agitando sus brazos, temiendo por su amigo.
Era inútil. El trance era demasiado profundo. La lucha interna que mantenía se reflejaba en la contraída expresión de su rostro, surcado por mil arrugas.
- ¡Las puertas! – exclamó angustiado - ¡Corred a las puertas! ¡Penlod! ¿Dónde está Penlod? No ha podido caer, él no...
De repente, pareciera que alguien respondiera al elfo pues su voz se tornó más grave.
- ¡Salgant! ¿Dónde están los guerreros de la casa del Arpa? El rey te reclama... ¡Salgant!
Jade sufría por su amigo mas, incapaz de ayudarle, comprendió que esa batalla, cualquiera que fuese, debía librarla él solo y, asiendo su mano, siguió escuchando.
- ¡Las flautas! Oigo las flautas de Ecthelion. Han venido los guerreros de la Fuente. No está todo perdido – gritó con gran alborozo el noldo -. ¡Mirad! – exclamó a continuación con angustia - Un enorme balrog se interpone en su camino. El eco de las flautas se extingue. ¡Valor, amigos, valor!
La expresión de Jade se mudó de asombro. Pocas veces hablaba Nowë de años anteriores a su llegada a Árador, evitando toda mención de su pasado. Incluso se tornaba su semblante sombrío, diríase cubierto por oscuras y amenazadoras nubes, cuando era interpelado por ello. Era evidente para todos los habitantes de Esteldor que una honda pena embargaba al elfo. Sólo por las escuetas y reacias palabras de Iaurandir y Calenglin conocían los otros nainiri algo sobre el misterioso Nowë, muy poco a decir verdad. Ni siquiera su linaje estaba claro. Y ahora, en su delirio, recreaba ante ella la caída de su amada Ondolindë, la roca de la música del agua. Jade escuchó con atención.
Entonces el elfo habló del profundo amor y la reverencia que había sentido por la amada ciudad de Turgon y de la profunda congoja, más allá de toda comprensión humana y aún élfica, que padeció cuando la blanca ciudad ardió en la traición de Maeglin. También habló de los largos años que vagó después, desesperado, en compañía de su amigo Calenglin, incapaz de aceptar la pérdida, sumido en las más hondas simas de la locura.
Y habló de nuevo de Gondolin. De la terrible batalla donde fueron apresados o muertos todos aquellos cuantos él amaba. Habló del heroico capitán Penlod, señor de la casa del Pilar, y habló de Rog, el poderoso señor del Martillo Iracundo, del gran Glorfindel, el de los cabellos dorados, perdido en el abismo de los estrechos pasos de las Crissaegrim, e incluso del amado Ecthelion, señor de la Fuente, valiente capitán del rey; todos ellos caídos defendiendo los muros y las gentes de Gondolin, la ciudad de los siete nombres. Mas él no murió con ellos y un agudo reproche, maldiciendo su hado, le atenazaba aún en sueños, inundando su melancólica alma de recuerdos. Sin embargo, algo aún más turbio y triste se escondía en el más profundo rincón del enfermo corazón de Nowë. Una pregunta, una sencilla pregunta...
¿Sabes qué hizo, ¡oh tú!, poderoso guerrero, el valiente elfo Salgant, capitán del rey, para evitar la ruina y la destrucción de Gondolin?
Evadía la pregunta, mientras la culpa invadía su corazón, pues ya conocía la respuesta, incapaz de olvidar tal cosa. Nunca se cantaría su nombre entre las nobles gestas que los bravos señores de Gondolin llevaron a cabo en la caída de la ciudad. No se hablaría de él en las canciones de su pueblo salvo en una, la más terrible de todas. Sin embargo, el elfo no dijo cual y Jade, aturdida por la curiosidad, llamó tres veces a Nowë con fuerte voz, preguntándole por ello.
Nowë no respondió mas abrió los ojos y Jade, pensando que había salido del trance, le abrazó reconfortándole. Pero no fue así. Su mirada vagaba perdida y sus ojos, sus ojos lloraban inexpresivos, vibrando con contenida emoción.
- No puedo – gimió de pronto volviendo a cerrarlos -, no puedo. Ve tú... te esperaré... ¡Calenglin! El momento, ¡vamos! Todo está perdido, ¡perdido! Ven... Namárië meldo...
Sus palabras se tornaban incomprensibles para Jade que no lograba entender las últimas frases del elda, naufragas en un mar de incoherencia.
Y de repente, llegó el silencio. La expresión de Nowë se tranquilizó y su agitada respiración volvió a su ser. La pesadilla de Gondolin parecía haber terminado igual que empezó.
No tardaría en despertar, imaginó Jade, retirándose hasta su asiento, meditando sobre cuanto había oído.
Sin embargo, cuando la nainir pensaba ya que Nowë dormía, unas últimas palabras brotaron de los labios del elfo:
- El noble Echtelion se ha adelantado – gimió – Una luz rodea al gran elfo. Su espada brilla con furia. El balrog duda. Es hora de... huir.
Varios días más tarde, contra el pronóstico de Jade, Nowë despertaba. La herida parecía curar correctamente y el ánimo parecía haber vuelto al elfo que, probablemente, no recordaba nada de cuanto había soñado en su delirio.
- Y bien – dijo Jade acercándose con gran sonrisa - ¿cómo estás?
- Siento como si una legión de ologs hubiera pisoteado mi espalda – masculló.
- Eso es bueno – rió -. Así aprenderás a ser más cuidadoso.
- ¿Qué sabes de Eradan? – preguntó.
- Ha perdido mucha sangre, pero parece que se recuperará – contestó Jade.
- ¿Y Serkiel?
- Acaso soy tu paje – rezongó la elfa.
- Jade...
- Está bien – aceptó ésta -. Las graves heridas que sufrió han cicatrizado pronto. En pocos días estará bien.
- Buenas noticias entonces – concluyó el elfo, satisfecho.
- Si... – asintió ella.
La conversación murió en los labios de Jade que, inquieta, posó su mirada en el suelo. Ardía en deseos de preguntar a Nowë sobre cuanto había oído mas no se atrevía e, irresoluta, permanecía callada. Esto no paso desapercibido para el elfo que incorporándose levemente y con gran esfuerzo la interpeló.
- Jade – dijo -, te noto distraída. ¿Va todo bien?
- Sí – contestó con gran celeridad -. Bueno... no, es decir, sí...
- ¿En que quedamos? – preguntó Nowë.
Jade se encogió de hombros y sonrió, evitando responder.
- ¿Recuerdas algo de cuánto soñaste mientras yacías enfermo? – preguntó de pronto.
- Pues... algo de una elfa – respondió divertido haciendo una mueca de sorna -. ¿Por qué?
- Pues...
- ¿Sí?
- ¿Sabes qué? – dijo al fin. Jade parecía haber tomado una decisión.
El elfo aguardaba expectante mas palabra alguna salió de la boca de la nainir.
- Tenía entendido que los atani son de verbo corto y rápido, como sus vidas – se burló Nowë -. ¿Qué pasa Jade?
- Y... nada – dijo al fin suspirando -. No pasa nada.
Poco después la humana abandonaba la tienda, furiosa consigo misma por haber dejado escapar tan propicia ocasión para descubrir algo más sobre él.
Mientras, en la tienda, Nowë cerraba los ojos. Una torre en llamas y una dorado arpa, quebrado quebrado en mil pedazos, se dibujaban ante él. Abrió los ojos, el pulso le latía a gran velocidad. Posó su mirada en el quicio de la puerta y se dijo con melancolía:
- Sí, Jade. Recuerdo qué he soñado.
