Serkiel
Eran las primeras horas del nuevo día, y los primeros rayos tímidos del astro rey apenas rayaban aún el horizonte, extendiendo sus rosados dedos hacia las tierras esteldili. Por eso era una suerte para Lorian, el joven aprendiz de galeno, el conocer su camino perfectamente, ya que avanzaba prácticamente a tientas.
Antes de llegar a su destino, escuchó el quejido apagado de uno de los soldados y se detuvo para atenderlo. Era un humano, un aelinita de unos 30 años, y había salido bastante mal parado. Los médicos habían hecho todo lo posible, pero al fin se vieron obligados a amputarle la pierna izquierda a la altura de la rodilla. Lorian hizo todo lo que pudo por aliviarle y continuó su trayecto, con el pensamiento ensombrecido.
Ya una pequeña franja de sol se asomaba por levante cuando el ayudante alcanzó la puerta del lugar donde se recuperaba Serkiel, Duin Nelde de Esteldor.
A Lorian se le antojaba más difícil su oficio cuando se trababa de personas importantes. Era quizá la sensación de verlos a su misma altura, incluso más bajos; cercanos y, aún más paradójico: necesitados de sus cuidados. Era como si el halo de poder que los envolvía en el exterior se deshilachara en el interior de los hospitales. Y el se sentía incómodo siendo testigo de aquello. A pesar de todo, entró con diligencia, acompañado de un pequeño haz de luz que destelló en algunos objetos del habitáculo, así como en la melena enmarañada de la convaleciente guerrera, que respiraba acompasadamente.
Lorian se acercó a la elfa para comprobar el estado de sus vendajes, que podían haberse movido. Repentinamente, un par de manos salió disparado de entre las sábanas. Una le inmovilizó eficazmente ambos brazos, mientras que la otra se dirigía a su garganta para oprimirla sin ninguna delicadeza.
-¡¿Quién demonios eres?! –demandó la capitana con voz autoritaria- Responde o por los cascos de Nahar que no vuelves a respirar.
Diciendo esto, relajó mínimamente la férrea presión en el gaznate de Lorian, quien, tras un entrecortado boqueo en busca de aire, acertó a tartamudear:
-Lo-lorian, ap-prendiz de galeno, para serviros, mi Señora.
Unos segundos después, Serkiel dejaba libres las vías respiratorias del ayudante, quien no solo acusaba una gran carencia de oxígeno sino que tenía el corazón en la boca y latiendo como el de un pajarillo.
La elfa, por su parte, permaneció en silencio mientras aclaraba sus ideas.
-Confío en que sabrás disculpar mi error. Ahora querría hablar con el Nainir Mitya, ¿sabéis dónde puedo encontrarle?
-Es mi deber deciros, Señora – replicó el ayudante, todavía con las manos temblorosas-, que aún no podéis levantaros. Yo venía a comprobar vuestros vendajes, puesto que estáis malherida.
Y en verdad que era cierto lo que Lorian afirmaba. En el transcurso de la batalla contra Heren Fanyarëa, la Duin había sido profusamente asaeteada, y recibido no pocos cortes de hábiles espadachines a los que se había enfrentado. Además, diversos cardenales marcaban los lugares donde había recibido fuertes impactos. De hecho, la capitana sintió en ese momento un repentino acceso de debilidad, y pensó que no estaría mal hacer caso, al menos por una vez, del consejo de los eficientes galenos esteldilis. De modo que se dejó atender por Lorian que, más relajado, procedió a revisar cada una de sus heridas, que no eran pocas. Cuando concluyó, y después de arreglar los desperfectos causados por el “arranque” de Serkiel, se ausentó de la habitación unos minutos para regresar después con un desayuno ligero en una bandeja. Después, la dejó dando cuenta de él mientras la luz entraba a raudales por la ventana abierta, y salió de la habitación para informar de que la paciente evolucionaba favorablemente.
Serkiel comió sin prisas, mientras observaba el cielo por la ventana, y escuchaba a las gaviotas graznar en los alrededores del muelle. No pudo evitar acordarse de la cruenta lucha por la defensa de la playa, y todos los soldados de su compañía que habían ido cayendo para empapar las doradas arenas de su patria con sangre, sangre esteldili que ella ahora consideraba como suya propia, incluso tratándose de sangre de humanos. De hecho, ella tampoco la había escatimado, derramando hasta la última gota que fue capaz, hasta que vio que ningún pie fanyarëano hollaba el suelo de Eirë. Fue entonces cuando acusó el cansancio y, sobre todo, la pérdida de sangre, y sintiendo las piernas flaquear, cayó sobre la arena, que entró en su boca y heridas, provocando un gran escozor, y se adhirió a su armadura, mojada de sangre propia, y sobre todo ajena.
Pero antes de caer, había hecho recordar su nombre a los soldados enemigos, y, sobre todo, el filo de su espada. Atravesar cuerpos enemigos no le proporcionaba ese placer que encuentran en la batalla algunos guerreros, pero tampoco sentimientos de culpabilidad. Ella actuaba en defensa de su patria, y estaba cumpliendo con su deber en aquella playa, eso era lo que tenía en conciencia. Los que se ponían al alcance de su acero habían sido sus enemigos, voluntariamente, y... lo habían pagado.
Cuando hubo terminado de desayunar, la Duin Nelde pensó en salir de su habitación, a pesar de todos los ayudantes de galeno que se le opusieran, para reunirse con Nowë, a quien no había tenido oportunidad de ver luego de la batalla. Sin embargo, momentos después había recostado su morena cabeza sobre la almohada. “Cinco minutos de cabezada, y luego...” pensó en los últimos segundos en que estuvo consciente.
Los cinco minutos de cabezada no fueron tales, sino un sueño más bien largo y reparador.
Cuando, poco después, Lorian entró para retirar la bandeja con los restos del desayuno, sonrió ampliamente ante la visión de la paciente, profundamente dormida, felicitándose por haber escuchado a sus maestros cuando le hablaron de las propiedades de las infusiones preparadas con adormidera.
Pero la capitana no era la única herida de la reciente batalla que necesitaba de sus cuidados, de modo que, delegando en un joven sirviente la tarea de llevar la bandeja a las cocinas, se dispuso a hacer todo lo que pudiera por los enfermos y tullidos que la guerra siempre deja a su paso, igual que el transcurso del tiempo, esculpe sus señales en los rostros de los mortales
