La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 10. C2 Eirë Esteldor Vs C2 Liantari Dimbar

2006:06:15:10:24:38

Kelusse

Fin Guerra: Liantari Dimbar se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 22

Armadas perdidas por \"Liantari Dimbar\" = 28

Victoria para Eirë Esteldor.

Saqueo de Gathol-Kheled.

Kelusse

Kelusse gruñía malhumorado. La victoria contra la compañía de Liantari no había hecho otra cosa que encrespar sus ánimos y atribularle. Andaba con paso rápido por el campamento, la ansiedad reflejada en sus ojos, quien le viera pensaría que le habían infligido una cruel lección en el campo de batalla, mas no había sido ese el resultado; la batalla se había decantado por el lado esteldili, su furor venía por la temprana retirada ordenada por los capataces enemigos.

Earine reclamó su atención y le llamó a su tienda de campaña.

- Kelusse, han llegado noticias de Esteldor.

- Espero que sean buenas, no estoy de humor para aves de mal agüero.

- Nuestro territorio está sufriendo un ataque a gran escala. Parece ser que los reinos déspotas de Heren Fanyarëa y de Liantari Dimbar han firmado una pertinaz alianza para acabar con nuestro modus vivendi. Desconocemos qué está ocurriendo a nuestro aliados de Lempë Ohtari.

En ese instante hizo acto de entrada en la tienda Eardín, el noldo, pertrechado con unas vestimentas de colores opacos y una capa verde con capucha. En sus ojos se vislumbraba la preocupación.

- Marcho de inmediato –dijo con sequedad Eardín.

- ¿Estás seguro de que eso es lo que debes hacer? –inquirió con aire dubitativo Earine.

- Completamente. Mis servicios serán de más utilidad en nuestra tierra, defendiendo a nuestras gentes y nuestras ciudades del ataque de estos bárbaros. Ya he visto lo que estas gentes pueden hacer y no deseo abandonar a su suerte a nuestros compatriotas.

- Pero…-empezó a decir Earine.

- Es lo que debes hacer –sentenció tajante Kelusse. Nosotros nos podremos proteger y cobrarnos parte del tributo que este pueblo nos debe tras el ataque a nuestras tierras. Todavía me hierve la sangre cuando recuerdo las palabras de aquel pescador:

“el ejército de Heren partió a vuestras tierras en nuestros barcos, para daros una lección, estúpidos presuntuosos”

Kelusse lanzó la copa que sostenía en las manos con rabia y ésta fue a parar a la cabeza del centinela que se encontraba apostado en la puerta de la tienda.

- Recuerda que estamos en guerra y que el casco te salvará la vida ante una situación comprometida –le dijo al maltrecho soldado que se había llevado las manos a la cabeza- No puedo luchar por ti, pero todavía puedo enseñarte alguna lección.

- Eardín…-dijo Earine mientras miraba a Kelusse que sonreía divertido tras la situación que se había creado- debes contactar con el resto de duin y decirles que nuestra compañía seguirá en territorio enemigo en busca de algún botín.

- Gathol-Kheled, esa será nuestra próxima parada. Dile a los duin y a los nainiri –bramaba Kelusse, mientras no le quitaba el ojo de encima al centinela por si se despistaba de nuevo- que ni Earine ni Kelusse descansarán hasta posar sus cuerpos en un mullido lecho de esa ciudad.

Eardín se perdió de vista confundido con el paisaje, gracias al ropaje de camuflaje que llevaba. Los dos capitanes de la segunda compañía ordenaron el levantamiento del campamento. La partida se realizaría de inmediato. El tiempo era crucial.

El avance se producía de forma veloz. Al día siguiente llegaron a lo que parecía una ciudad abandonada. Decidieron no atravesarla por si les tendían alguna emboscada, un pequeño rodeo sería una opción válida que no entrañaba riesgos.

Hacia el oeste, siempre hacia el oeste. Earine recordaba una canción de su niñez, la melodía era clara, la letra más confusa, pero era algo parecido a “ve al oeste, donde reina la paz, ve al oeste, donde el aire es puro, ve al oeste, donde el cielo es azul, ve al oeste, es lo que tienes que hacer…”

El camino les condujo hasta un punto que parecía un final. En frente de ellos un territorio árido, desértico, muerto.

- Ahí tienes la explicación –dijo Kelusse a Earine.

- ¿Qué explicación? –respondió Earine mientras pensaba que Kelusse cada día estaba más raro.

- Earine… no estás en lo que tienes que estar. Deberías prestar más atención. ¿No te has preguntado nunca el motivo de la alianza contra nuestro pueblo?

- Este tío está majareta –pensó sin llegar a articular palabra alguna Earine.

- En frente nuestro está la respuesta a la pregunta. ¿Quién, en su sano juicio, querría vivir en un territorio cuyas tierras se están convirtiendo en desiertos a marchas forzadas? Me habían llegado rumores de que el desierto avanzaba en el oeste, y la verdad es que me lo imaginaba más grande, pero no canjeo una milla cuadrada de Esteldor por todo Liantari.

- Tenemos que seguir –dijo Earine, presurosa de cambiar de tema.

La travesía no fue ni fácil ni agradable. La suerte fue que para abordar el desierto se desplazaron al norte, hasta encontrar un río que bajaba desde la cordillera y el cual les abasteció de agua y sació su sed. Con las alforjas repletas los hombres y elfos esteldili llegaron al paso que les llevaría a través de las montañas hasta su destino.

Una puerta a los pies de la montaña, con siete enanos representados y una figura majestuosa que suponían que era Aulë indicó a la expedición que habían llegado al punto deseado. Earine ordenó una parada para tomar fuerzas, ya que se intuía que la travesía montañosa hasta la ciudad sería muy dura y requeriría muchas energías.

- Earine… -se dirigió Kelusse a su colega.

- ¿Qué ocurre?

- ¿Cómo debemos afrontar esta batalla?

- Pues… no sé. Tú eres el duin y los soldados y yo misma te seguiremos sin dudar.

- Lo sé. Tantas batallas, tantas heridas recibidas, la guerra no es nunca igual. Sigo poniéndome nervioso las vísperas de un enfrentamiento.

- Tenemos un objetivo. No podemos plantearnos el no conseguirlo. Hemos abandonado nuestras tierras a su suerte, desconocemos las penurias que pueden estar viviendo; no podemos flaquear.

- Si estuviera mi hermano aquí, el sabría qué hacer…-Kelusse se entristeció.

- Los nainiri confían plenamente en tu capacidad. Si albergaran la más mínima duda de tus dotes no estarías al frente de una compañía.

- Necesito estar solo. Te ruego que me dejes.

Transcurrió la noche y con los primeros rayos del sol, las tropas se prepararon para la partida. Earine estaba lista, ordenando a las tropas.

- ¡Id a buscar al capitán Kelusse, nuestro Duin Atta!

- No está en su tienda –gritó la voz de un elfo.

- ¿Cómo que no está en su tienda? No puede haberse desvanecido, alguien tiene que haberle visto –se exasperaba Earine.

- ¡No me sigáis buscando! –gritó Kelusse. La travesía nos espera. En adelante, mis guerreros, sois mis hermanos. Ha llegado la fecha en que demostraremos nuestra valentía, nuestra fortaleza. No podemos albergar temor en nuestros corazones. ¡Sed valerosos! ¡En marcha!

Earine espoleó su caballo hasta ponerse a la vera de Kelusse.

- ¿Me has echado de menos, querida? –bromeó con Earine.

- Por supuesto que sí, querido –respondió con cierta sorna. ¿Dónde te habías metido?

- Los senderos de los enanos son inescrutables. Nos espera un camino difícil y he ido a buscar la inspiración y el camino correcto, por supuesto.

- ¿Y…?

Kelusse calló y ambos iniciaron la ascensión. Las horas transcurrían lentas y el silencio reinaba entre las tropas esteldili. Uno de los rastreadores se había adelantado unos metros, buscando pistas para hallar el camino correcto, cuando de pronto gritó con pavor.

- ¡Pardiez! ¿Qué ocurre ahí delante? –dijo Kelusse. Salió al galope en busca del elfo rastreador.

- ¡Caramba! –dijo riendo. ¿Qué sorpresa es esta?

Se encontraban en una galería con espejos en ambos lados, espejos en los que se reflejaban las tropas que pasaban por el centro dando la impresión de que les habían rodeado. Los espejos habían sido lijado en el hielo, lo cual les dio la pista definitiva de que las nieves eran eternas en aquellas latitudes. Las aristas cóncavas y convexas del hielo deformaban las imágenes que se reflejaban acortando las estaturas, ensanchando los volúmenes… Los soldados pasaron un buen rato viendo sus imágenes deformadas en el hielo.

Los capitanes llamaron al orden a sus compañeros y exigieron silencio; con tanta algarabía incluso los ents más dormidos ya sabrían que alguien había llegado a las Danzas de Espejos, nombre que recibía aquel lugar.

Los rastreadores eran expertos en todo tipo de terrenos y no tardaron en encontrar la ruta correcta entre las numerosas galerías heladas. Siguiendo el camino que les era marcado las tropas de Earine y Kelusse no tardaron en llegar a unos portones de acero, fuertemente vigilados, tras los cuales con toda probabilidad se encontraría el objetivo ansiado.

- ¡Aiyä, habitantes de la noble ciudad de Gathol-Kheled! –gritó con voz potente Kelusse.

- ¿Quién va? –respondió la voz de un asustado cancerbero.

- ¡Abrid las puertas sin condiciones y nadie saldrá herido! ¡Abrid en nombre de Eirë Esteldor!

- ¡Ja ja ja…! –las risas sonaban fuertes desde el interior de la ciudad- Si queréis tomar la ciudad tendréis que luchar, extranjeros.

- ¡Sea pues!

Earine se dirigió a Kelusse.

- No podremos atravesar esas puertas. Son muy resistentes.

- Lo sé, pero no será necesario. ¿Cuándo has visto tú a un enano rehuir una batalla? –le dijo guiñándole un ojo.

- ¿Crees que saldrán por si solos?

- No tengo la menor duda, Earine. De todas formas siempre podemos “convencerles” de que es mejor que salgan.

Dicho lo cual Kelusse se dirigió con voz potente a sus soldados, en un tono perfectamente audible por los guardias de la ciudad.

- ¡Quiero que una compañía de siete hombres se dirija a la entrada de esta senda y destroce las estatuas de los siete enanos! ¡Quiero las cabezas de las estatuas en mi presencia en la noche de mañana!

En este punto Earine se acercó a él.

- Kelusse… -susurró Earine- eso es una barbaridad. Esas estatuas son muy antiguas, sería una lástima destruirlas.

- Lo sé y mi intención no es acabar con ellas, pero no consentiré que una vez que hemos llegado tan lejos nos den con las puertas en las narices.

- Esperemos que tu táctica surja efecto.

La reacción no se hizo esperar y las puertas de acero se abrieron, pero no en plan de sumisión y rendición; tras ellas se encontraba un ejército perfectamente pertrechado; con armaduras, hachas, espadas, arcos y escudos. El grueso de las tropas estaba integrado por enanos y hombres. Ambos ejércitos estaban muy igualados, la batalla sería dura, no se preveía un desenlace claro.

Kelusse observaba ansioso, buscando al comandante de las tropas enemigas y su cara palideció al encontrarse unos ojos negros. Se trataba de un ser de 6,5 pies de altura, de cabellos negros. Montaba un caballo negro de apariencia monstruosa. Un total desprecio se vislumbraba en su mirada hacia sus enemigos.

¿Cómo habría acabado un ser tan extraordinario como ese capitaneando una compañía como esa y defendiendo una ciudad perdida en el medio de una cordillera?

- ¡Soldados! Nuestras razas se unieron en nuestra amada tierra tiempo ha. No tengo que recordaros que estos son los que en estos precisos instantes están atacando a vuestras familias –Kelusse arengaba a sus soldados.

- ¡La guardia de elfos, conmigo! –gritó Earine.

- ¡Hombres libres de Esteldor, la gloria nos espera! –dijo Kelusse con el fuego destelleando en sus ojos.

Earine ordenó a sus elfos una descarga de flechas contra las tropas enemigas. Kelusse dividió en tres compañías a los hombres: una primera compañía con los escudos en alto y las espadas todavía enfundadas cuya misión era parapetar las descargas que pudieran llegar desde los límites de la ciudad. La segunda compañía, espadas en mano, lista para cargar al recibir la orden y la tercera compañía con los arcos en mano y los carcajes repletos de flechas.

Una fina lluvia primaveral caía, lo cual impedía el lanzamiento de las flechas incendiarias, que tan buen resultado dieron en batallas pasadas; pero la afinada puntería de los elfos y los hombres arqueros no hizo que ese detalle fuera importante.

El primer envite fue en la distancia. Ambos ejércitos se estudiaban y observaban. Earine atenta a todos los movimientos de los enemigos no apartaba su vista de Kelusse, atenta a la señal de que empezara el combate cuerpo a cuerpo.

Kelusse observaba desde la grupa de su fiel caballo con Swordwine, su espada, en alto, mirada desafiante, pelo largo oscuro mecido por el viento y los ojos verdes clavados en el enemigo.

Los minutos transcurrían, aunque parecían horas. Soldados de ambos bandos caían ante la lluvia de flechas. En ese instante, bajo la tenue lluvia llegó el momento. La voz alta y clara de Earine descargó una poderosa orden

- ¡Entrad! ¡La ciudad tiene que ser tomada!

Earine se movió rápida y dejó el arco en el suelo y tomó su espada con el grácil don que las gentes de su raza elfa tenían. El pelotón de elfos imitó a la capitana y se dirigieron a la carrera al encuentro de los soldados enemigos.

Los hombres comandados por Kelusse se lanzaron a una carrera en pos de atravesar las líneas enemigas y entrar en los recintos que las puertas, ahora abiertas, protegían.

Earine se desenvolvía ágil entre las tropas. Sus movimientos eran gráciles aun cuando el resultado de los mismos era terrible, miembros cortados, hombres y enanos decapitados y estocadas fatales.

Kelusse tenía un estilo de lucha mucho más rudo, dirigiéndose firme hacia el encuentro con el capitán de las tropas enemigas. Sus descargas con la espada no tenían nada de ágiles ni de gracilidad, eran más bien pesadas y destructoras.

La sangre corría en el campo de batalla, mezclándose en el suelo con el agua que caía del cielo, formando ríos rojos a modo de arterias que surcaran la faz de la tierra. Sin embargo, la escena de poética tenía más bien poco.

En su intento de llegar hasta el comandante enemigo, Kelusse perdió la noción de la guardia que le acompañaba y en un momento dado se encontró rodeado de enemigos y sin ninguna espada amiga en las inmediaciones. Unos cuantos soldados de los que le rodeaban dieron con sus vidas acabadas en un instante, mas eran sustituidos de inmediato por otros y un hacha halló su objetivo e hizo impacto en la espalda de Kelusse. La malla metálica le salvó de una muerte segura, pero el valiente capitán quedó malherido. Se desvaneció y quedó a merced de sus casi seguros ejecutores.

Earine observó la escena a no mucha distancia. Se desplazó a toda velocidad con la espada en mano dispuesta a socorrer a su amigo. En el instante en que el enano que había herido a Kelusse se disponía a acabar con la tarea iniciada, con un certero golpe que hubiera separado la cabeza de Kelusse de su tronco, la espada de Earine le atravesó el corazón.

Con una orden tajante, dos aguerridos elfos tomaron el cuerpo inconsciente de Kelusse apartándolo de la zona conflictiva, mientras la propia Earine y otros elfos contenían las fuerzas e ímpetu rivales.

A pesar de la baja de Kelusse, Earine tenía muy claro que la misión era más importante que las personas y tenía que seguir empujando para conseguir entrar en la ciudad.

La batalla se prolongaba cuando sorpresivamente las tropas de Liantari Dimbar se retiraron. Su comandante hizo tocar la señal de retirada dejando a merced de los esteldili la ciudad de Gathol-Kheled.

La entrada en la ciudad fue silenciosa. Se había pagado un alto precio, Kelusse malherido estaba siendo intervenido por los galenos y la propia Earine recibió numerosas heridas en las extremidades que provocaban que perdiera mucha sangre, pero lo más preocupante era la punzada en el costado que un soldado humano le había infligido. Fue por cuestión de suerte que no fuera fulminada de inmediato, sin embargo había perdido la conciencia y su estado era de extrema gravedad.

Era momento de reposo y cura. La guerra se muestra generosa y compasiva con el vencedor.

Ariul liambar

El día había amanecido gris mojando todo con una ligera lluvia de primavera que resvalaba por el hielo de Gathol-Kheled en pequeñas venillas de cristalina sangre, Ariul caminaba nervioso de un lado para otro de sus aposentos, pensando en la posibilidad de un ataque Estendili y en como había acabado el defendiendo aquella ciudad, annaël habia caido gravemente herido en el ultimo enfrentamiento con esteldor -\"hoy les tocara sangrar a ellos, si osan atacar esta ciudad\"- se dijo para si mismo en voz alta, el nerviosismo y la sensacion de un ataque iban en aumento, pues en aquel momento la compañia de Ninkámo estaba asaltando la capital Estendili, el maia sonrio con sorna, -\"que ironico, nosotros esperando un asalta a la ciudad mientras, la ciudad de aquellos que estan en nuestras puertas esta siendo asaltada\"-, se acerco a la ventana para mirar a las puertas, esperando una invitación a la batalla...

El patio de armas ese día era un hervidero de vida, por ordenes de Ariul, todos los soldados de la ciudad devian de estar preparados para una posible defensa de la ciudad y que a su parecer seria lo mas probable, pues la batalla hace orgullosos a los vencedores y rencorosos a los vencidos, y no era claro que Esteldor dejara pasar la oportunidad de saquear la ciudad de hielo. Los capitanes gritaban y daban ordenes sin cesar de ir de un sitio a otro, todo estaba sumido en un inquietante nerviosismo, el mismo nerviosismo que atenaza cada musculo antes de entrar en batalla, que te hace dudar de si ese dia volverar a casa, a ver lo que quieres o apurar otra jarra de rica cerveza, los capitanes todos hombres de experiencía en batalla sabian apesar de haber librado muchas, que cada una era distinta a la anterior y que lo único cierto era la certeza de poder morir baja el arma de un enemigo.

Poco despues de que el sol alcanzara su cenit Ariul se presento ataviado con la negra armadura que lo caracterizaba en el patio de armas para ver que todo estaba en orden, -mi señor, perdon por mi indiscrepcion pero...¿esta seguro de que atacaran?- Ariul se giro a mirar al soldado, Keldir un capitan de renombrada experiencia, al cual le cruzaba una cruel marca la cara, provocada en, quien, sabe , que batalla miraba al maia con cara de respeto y temor, pues todos conocian del irascible temperamente del maia, -Keldir, no estoy seguro, pero no estoy dispuesto a ello y tener la ciudad sin defender, Annaël callo en batalla por ello, y hoy si hace falta caeremos todos por esta ciudad- las palabras de oscuro caballero no dejaban opción a duda y tras unos segundos Keldir hizo una leve reverencia de cabeza y volvió a sus que haceres colocando a hombres y enanos.

Todo habia sido preparado, cuando uno joven entro a trompicones en el patio de armas, -¡SEÑOR, SEÑOR!- el joven jadeaba las palabras más que pronunciarlas al pararse delante del los soldados y su capitan en mando, -¿qué ocurre?- pregunto este con fingida tranquilidad, pero sabia la respuesta aquella pregunta y dio gracias de ello pues el quieto nerviosismo es un arma muy peligrosa, -Mi señor, Esteldor esta en las puertas y dice que si no salimos, destruiran las estatuas de la entrada- el joven tras remitir las palabras de los enemigos desencajo la cara en una mueca de terror, Ariul asintio con la cabeza -puedes irte y da el toque de alarma en la ciudad-.

Ariul se giro hacía la basta compañia -¡ya habeis oido, amenazan con destruir vuestras sagradas estatuas si no plantamos batalla, hoy nuestros enemigos han tenido la osadia de venir a nuestras puertas a plantar cara y eso no lo voy a permitir, amenazan con saquear la ciudad...y quitaros todo lo que quereis y amais- el maia arengaba a los soldados sabiendo que el coraje llevado por el amor en aquellos seres tan vanales para él, era mas poderoso que el ansía de poder o gloría, -¡hoy sufrieran una herída mas dolorosa que cualquier otra, puede que muchos muramos en la batalla o caigamos moribundos por las armas del enemigo pero estar seguros de una cosa por cada 1 que muera de los nuestros 5 suyos caeran! ¡A LAS PUERTAS, POR LIANTARI Y GATHOL-KHELED!- Ariul se giro para mirar fijamente a su caballo, este pateo el suelo y el maia comprendio lo que eso quería decir, -si amigo, yo también tengo ese presentimiento- monto sobre el y encabezando la marcha salieron en dirección a la puerta bajo la mirada de toda la ciudad, congregada en las calles para dar una despedida a los soldados que moririan por defender aquella belleza helida.

Las puertas se comenzarón abrir poco a poco, para dejar paso a la compañía, ante ellos Esteldor que esperaba con impaciencía el enfrentamiento, Ariul busco rapidamente con la mirada al capitan de esteldor y sus ojos se cruzaron con unos ojos verdes que despedían odio, -\"siento respeto por ese elfo, sabe lo que soy y sin embargo su mirada demuestra un temerario odio y un reto\"-, los capitanes ya habían comenzado a colocar a los soldados, en la primera linea los enanos con sus poderosas ballestas, capaces atravesar corazas, detras de ellos los ligeros arcos de los hombres y otra protegiendoles llevados por enanos los altos escudos de torre, la lineas de cmelee aguardaban atras a la orden de el negro capitan, la lluvia que no había cesado golpeaba contra las armaduras provocando un molesto repiqueteo, pasarón unos minutos que se hicieron horas entre ambas compañias mirandose, la parte que Ariul se le antojaba mas tediosa pero necesaria para medir la fuerza de los soldados, la lucha moral, había acabado en muchas ocasiones con ejercitos enteros...una voz se alzo ropiendo el silencio, y una lluvia de flechas salio disparada hacia las filas de liantari, -¡Disparar!-, en respuesta aquel envite, flechas y saetas cargadas de veneno salieron de ballestas y arcos, causando muchas heridas y bajas, Ariul aun no habia apartado la mirada de aquel elfo, y sacando sus dos espadas para proferir un reto inaudible, bajo una mortal lluvia de flechas dio la orden de atacar, los gritos chocaron en el aire, Esteldor tambián se había lanzado al combate y ahora enanos, hombres y elfos, luchaban en una bola, cubriendo el cristalino suelo con rios de sangre, una escena que al maia se le antojo bonita y bella.

Las espadas chocaban y se hundian en la carne, las hachas de los enanos atravesaban corazas y cotas de malla con sus terribles golpes, los graciles elfos estocaban a todo aquel que se ponía al alcance de sus espadas, pero en todo aquello había algo que no cuadraba, algo que Ariul se le antojo raro, vio al capitan de Esteldor con sus poderosas descargas abrirse paso en su dirección, pero había dejado atras a su guardía por llamarla de alguna manera y ahora se encontraba rodeado por varios enemigos, algunos caian con pasmosa velocidad, pero enseguida eran reemplazados, Ariul por el contrario seguia junto a su guardia descargando fuertes y mortales golpes sobre los enemigos que se acercaban, el suelo antes cristalino habia adquirido el tono carmesi de la sangre aun tibia, una y otra vez enemigos llegaban para morir con igual rápidez.

Una Flecha, seguida de una espada, tras un descuido hicieron caer al maia del caballo, nublando su vista, los soldados que había cerca corrieron a socorrer la casi sesga vida de su capitan, cerrando un corro al rededor del cuerpo de este, Agliareth el negro caballo de aquel ser, al que acompañaba desde hacía 2 edades, mato al dueño de la espada que atravesara el costado de su jinete con sus patas delanteras, un pisoton que hizo resqubrejar el hilo bajo sus poderosas patas, lo ultimo que vio Ariul antes de caer en el sopor de un sueño del que tal vez no despertaría fue caer al capitan de Esteldor a pocos metros de él, y la compañia de estos penetrar en la ciudad. La batalla estaba perdida menguados en numero liantari aun luchaba con ahinco un ahinco incomiable, pero que de nada serviria, así tras la palaba de retirada de Keldir, el cuerpo de Ariul fue cargado a lomos de aquel que no dudaria en enfrentarse al mismisimo iluvatar por aquel jinete que tanto amor le profesaba, Agliareth, tras asegurarse de que el cuerpo inconsciente de Ariul cairia de su grupa salio al galope de la zona de batalla arrollando a todos los enemigos que intentaban franquearle el paso.

Ahora tan solo quedaba el amargo sabor de la derrota y el no haber podido defender la ciudad, la guerra siempre es cruel, pero con ella se forja un destino que no esta escrito y que todo soldado puede cambiar.

Naredhel Anariel

Eirë Esteldor:

8.8+9.2+8+6.6+9.2= 8.36

Armadas Perdidas:22

Puntos Perdidos: 770

Recuperables: 508

Recuperan con la historia: 425 puntos

Han sufrido daños por valor de un 105% de vida, y por ese concepto recuperan 367 puntos

Total recuperado: 792 puntos

No pierde puntos.

Liantari Dimbar:

7.6+5.8+6+6.4+5.2= 6.16

Armadas Perdidas: 28

Puntos Perdidos: 980

Recuperables: 323

Recuperan con la historia: 199 puntos

Han sufrido daños por valor de un 90% de vida, y por ese concepto recuperan 315 puntos

Total recuperado: 514 puntos

Pierde 466 puntos.

Eire Esteldor recibe una bonificación por batalla ganada de 600 monedas por batalla ganada.

Liantari Dimbar entrega a Eirë Esteldor 100 monedas en concepto de retirada de batalla.

Liantari Dimbar entrega a Eirë Esteldor 300 monedas por el saqueo de Gathol-Kheled.

Compañías actualizadas y listas para el combate!!!