La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 9. C1 Realengo De Farothdin Vs C1 Lempë Ohtari

2006:06:13:19:06:22

Kelusse

Fin Guerra: Realengo de Farothdin deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Realengo de Farothdin\" = 18

Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 10

Victoria para Lempë Ohtari.

Aikanáro Tîwele

Aika había salido con las primeras luces del atardecer de la ciudad de Yávëtil con una guarnición rumbo al puerto de Tumbale Hópa, donde tendrían que hacer frente al enemigo que osaría pisar estas tierras.

No era la primera batalla que comandaba, pero esa noche de angustiosa calma agitaba su ser y no sabía el motivo, podría ser el reencuentro con su amado mar, quién sabe.

Un mar de lanzas y armaduras rojas como el fuego avanzaban en perfecta formación por el bosque. Mientras la noche iba avanzando, dejaron atrás los pueblos donde los aldeanos al verlos bajaban las cabezas en señal de respeto por aquellos que lucharían por salvaguardar su libertad. Atravesaron el río Sírglin y se internaron en las planicies de Lempë Ohtari, las montañas de Ered Lomë se alzaron pronto a su derecha y les acompañaron durante su camino hacia el puerto.

El sol ya hacía tiempo que los acompañaba en su largo camino desde el bosque de Taurërúin, cuando el graznido de las gaviotas hizo que Aikanáro levantara la cabeza y viera a los habitantes de las costas surcando el cielo. Siguiendo el curso del río Sîr Caran llegaron por fin al puerto, desde lejos vieron la fortaleza que se asemejaba a una gran serpiente, sus murallas lisas serpenteaban hasta llegar a las orillas del mar. Aika ordenó que las tropas avanzaran lo más rápido posible para llegar antes de que el sol decayera. La gran puerta representaba la boca de una serpiente, las puertas blancas como la nieve estaban cerradas a cal y canto, Aikanáro alzó la mano y el ejército se detuvo a las puertas de la ciudadela y dijo:

- ¡Soy Aikanáro Tîwele Señor de la ciudad de Yávëtil y aquí vengo para defenderos de vuestros enemigos, abrid las puertas!

Las puertas se abrieron pero nadie contestó a su llamada. Aika sabía de la celosía de sus habitantes, no veían con buenos ojos a los extranjeros aunque fueran de su mismo reino. Así entraron las huestes por la gran boca, una gran plaza les daba la bienvenida mientras veían como temerosos pescadores se acercaban al ver tal gallardo ejército. Uno de los más ancianos se acercó y le dijo:

- Yo soy Beleg, miembro del Consejo de Ancianos, es un honor recibiros en nuestro puerto, habíamos sentido rumores de que la Grandiosa se había erigido otra vez y que almas justas habitaban sus murallas- dijo mirándolo a los ojos.

- Es así Beleg, yo soy su Señor y ahora os defenderé de aquellos que os intenten atacar. Una leyenda se cuenta sobre esta ciudadela y veremos si es cierta, ¿acaso las doncellas de los mares no habitaron estas mismas calles?- le respondió mientras sonreía.

- Eso cuentan, pero me temo que son habladurías, hace mucho que no se escuchan sus mágicos cantos mi señor- le dijo suspirando el anciano.

- ¡Soldados preparad las defensas de la ciudadela!, Amroth envía a un pelotón al pueblo para que evacue sin falta la población que resta en él, ya que tengo serias sospechas de que quien nos ataque posea un gran ejército.

Sonyariel se encontraba ensimismada en sus pensamientos, observando el mar. Había llegado con algunos hombres dos días atrás. Acostumbrada al desierto, no se sentía cómoda en aquel lugar, aunque le llamaba la atención, no le apetecía estar mucho tiempo cerca de las olas. Con la ayuda de un pescador, realizó el reconocimiento de la costa, estableciendo un provisorio campamento en la playa.

Era una joven alta de piel blanca, vestía completamente con las tonalidades de las arenas, y su cabello lo llevaba amarrado y cubierto por un paño de lino, color canela. No hace mucho había cumplido los veinte años de edad, pero a pesar de su edad, era respetada y temida entre los guerreros.

Los rayos de Anor se reflejaban en las grandes murallas recorriendo las piedras que asemejaban las escamas de una serpiente, los elfos empezaron a colocar piras en las murallas mientras los enanos y los ents preparaban las catapultas. La tarea era ardua y el tiempo apremiaba, las manos de los guerreros se unieron a la de los pescadores que los ayudaban en las tareas de defensa. Así pasaron las pocas horas de sol que aun restaban, las murallas estaban bien defendidas por las certeras flechas élficas y por lo que veía la noche les acompañaría.

Lo que más le extrañaba a Aikanáro y a sus hombres era la poca población que habitaba esa zona. Antaño esa fortaleza contaría con 3000 hombres como mínimo para defenderla y ahora no llegaban a los 500. Anor cedió su testigo a Isil la cual se elevaba totalmente en esa noche veraniega. Aika había montado su puesto base en un antiguo templete de Ulmo, desde allí podía observar toda la ciudadela y el puerto. La brisa marina lo confortaba recordándole su morada en Valinor, las brisas del mar se mezclaban con las flores de la espuma, una especie muy rara en estas costas. Se sentó en una de las cornisas de la ventana y cogiendo con delicadeza una de las flores se la llevó a la nariz, cerró los ojos y se vio de pequeño en las estancias de Uinen donde esas flores crecían por decenas en sus blancos jardines. Un murmullo era trasladado por el aire y este llegó a oídos de Aika, era un murmullo imperceptible para los oídos mortales y aun para los de los elfos, eran las voces de las Oarni. Saltó desde lo alto de la cornisa y se encaminó a uno de los muretes que daban al mar y se subió en el, alzó las manos y empezó a recitar:

HE AQUÍ DONCELLAS DE LOS GRANDES MARES,

VENID CON VUESTRO PRINCIPE

TRAED CON VOSOTRAS VUESTROS MORTALES CÁNTICOS

ATRAPAD EN VUESTRAS REDES A AQUELLOS QUE OSAN ATACARNOS

Nada parecía presagiar lo que ocurriría cuando de pronto las campanas tocaron en alerta, la flota enemiga se acercaba a las costas y ellos no disponían de bajeles para detenerlos, las catapultas fueron cargadas con grandes piedras por los ents mientras elfos y enanos se preparaban para la batalla. Miró al mar, su manto negro era acariciado por la luz de Isil y lo hacía brillar como si estuviera plagado de diamantes diminutos, la noche ya empezaba a envolverlos cuando sintió que su llamada había sido escuchada.

Ante el aviso de la ciudadela algunos hombres habían organizado la defensa en las arenas a un costado de la gran ciudad, la cual constaba de grandes estacas y tres catapultas así como algunos lanceros ubicados estratégicamente al igual que unos cuantos arqueros en el caso de que llegasen a la orilla, esperaban la llegada del enemigo,

Irritada, Sonyariel caminó para inspeccionar que sus hombres estuvieran en posición, con el fuego vivo en los ojos, sus guerreros no comprendían la causa del furor de su señora, observándola caminar imponente, y con paso firme entre cada puesto. De improviso volteó hacia la costa y tras golpear la base de una de las catapultas un imponente bufido brotó de sus labios.

- ¡Demonios! ¡A la distancia difícilmente podré rebanar algunas cabezas! Al mismo tiempo que un extraño canto se escuchó desde la ciudad.

La mujer, observó tras de sí entre sorprendida y molesta. Aikanáro empezó a cantar y su voz se escuchaba potente cual trueno, una melodía cargada de la furia que arraigaba su corazón despertó a sus amigas.

Uno de los centinelas llegó raudamente, avisando de la llegada del Señor Aikanáro junto al ejército. Sonyariel observó entretenida al vigía.

– Si… ya me di cuenta – y echando chispas de sus ojos, observó en dirección al canto y susurró - hasta que por fin se dignó a aparecer.

A medida que las palabras danzaban en un melodioso canto, el viento cambió de dirección y el aire se tornó cálido. Un aroma excitante emanó de las aguas y unas voces lejanas respondieron al canto formando una armoniosa tonada. De las cuevas submarinas que bordeaban el puerto empezaron a emerger centenares de bellas mujeres desnudas, sus cuerpos surcaban las aguas cual pájaro el cielo y se posaron en las rocas.

Mientras en el horizonte ya se divisaba el enemigo que se acercaba con rapidez sus voces empezaron a sonar como dulces flautas haciendo los primeros estragos en las embarcaciones, una danza caótica y mortífera provocada por la furia que arraigaban los corazones de las Oarnis fieles a su Príncipe. Los elfos estaban asombrados al ver a tantas mujeres allí sin protección alguna y las llamaban para que regresaran a la ciudad donde estarían a salvo pero fue cuando una voz se escucho desde lo más alto de la ciudadela:

- ¡Luchad sin miedo y no prestéis atención a sus melodías!- grito Aika.

Los hombres hicieron caso a sus palabras y empezaron a lanzar una cruenta ofensiva para hacer más difícil su avance por mar, grandes tinajas se colocaron en las catapultas y se lanzaron al mar, estas flotaban en este, y a una señal de Amroth las catapultas cargadas con piedras salieron descargaron su carga. El sonido de las tinajas al romperse es escuchaba en esa calida noche. Ahora el mar estaba lleno de una película de aceite y esperaban a que los barcos estuvieran cerca para prenderlo. Amroth ordenó disparar al ver entrar al primer barco por la ensenada y para su sorpresa, salió de la playa otro manto de flechas en dirección a los barcos.

Ante el mandato de la joven una lluvia de fuego cayó selectivamente sobre algunas de las embarcaciones con exactitud. Nadie podía fallar, tenían bien claro que una equivocación no sería digno de los elegidos de la dama, era cuestión de honor. Extrañamente la lucha era como un imán para la humana, era casi excitante. Se mantuvo al lado de las catapultas que ya habían encendido unas enormes bolas de fuego. Observó cómo las embarcaciones caían destrozadas, disfrutando de lo que estaba viendo, como en un trance de placer, saboreaba cada grito, cada muerte, e instintivamente sacó su sable y lo acercó a su rostro para sentir el aroma del acero, imaginándolo en un baño de sangre. Ahora la música era más furiosa, la furia había sido desatada y corría por sus anchas en esa noche, Amroth corrió hasta el Templete, allí Aika seguía cantando como en una especie de trance. Lo vio allí con los brazos extendidos en cruz y como pequeños remolinos de agua lo envolvían y se elevaban rodeándolo muy lentamente. Le llamó pero este no hacía caso de sus súplicas.

- Señor bajad conmigo, los enemigos han desembarcado en la playa, hemos logrado parar a muchos pero tememos que tomen el muelle- le imploraba.

- ¡Admirad y temed el poder del mar!- gritó mientras su cuerpo se arqueaba hacia atrás.

De su pecho apareció la empuñadura de una espada, estaba engarzada con diamantes y representaba la figura de una sirena. Aika llevó sus manos hacia ella y empezó a tirar, la hoja fue saliendo del pecho de este y un brillo inundó la zona. Alzándola miró a Amroth:

- Ahora lucharemos hermano, la noche está de nuestro lado.

- Demostrémosles contra quien se enfrentan.- respondió Amroth.

Aikanáro llegó a la playa y sus hombres le siguieron, una marea de armaduras descendió por la gran avenida que conducía al puerto, allí observó cómo un grupo de humanos luchaban ya contra los primeros que habían logrado desembarcar. Sintió la mirada de la humana y su cara cambió de golpe, Erendel sabía de sobra lo que pensaba Aikanáro de los humanos y le mandaba a una para luchar entre sus hombres Esta se acercó a Aikanáro en un momento en que la batalla parecía haberse detenido y lo miró sin ningún sentimiento en su rostro, pero sus ojos le mostraban total antipatía.

-Te estábamos esperando hace algunos días, ahora que aparecisteis podré enviar con tranquilidad a los míos de regreso a sus tierras.

Aika miró con dureza a la humana, ¿como se atrevía a hablarle a él de ese modo, quién diantre se pensaba que era?, y este le contestó:

- ¡Ya puede enviarte quien quiera junto a mí no lucharás, no lucho con humanos, Amroth te dirá donde puedes luchar!- le dijo en todo altivo y se alejó con sus hombres.

Aika se dio la vuelta y se encaminó al muelle dejándolos allí solos, Amroth miró a la humana y le dijo:

- Perdona a mi Señor, no tiene mucha estima por vuestra raza. Grandes amigos suyos fueron muertos en las grandes guerras contra Morgoth, traicionados por los que creían ser sus aliados, los hombres.

- No pidas disculpas por él, yo no soporto a los elfos- dijo Sonyariel mientras se alejaba

Amroth se alejó de ella y salió corriendo para alcanzar a su Señor, que ya estaba en el muelle luchando contra los que desembarcaban. De los barcos enemigos no cesaban de desembarcar hombres junto a diez grandes trolls, sus pesados martillos golpearon los cuerpos de aquellos que no pudieron apartarse a tiempo. La batalla se estaba haciendo más cruda, pero Aika seguía segando las vidas de esos humanos, mientras los enanos con sus grandes hachas habían formado un muro que segaba la vida a aquellos que acercaran, los elfos colocados detrás de estos no cesaban de disparar contra los hombres. La sangre teñía las piedras del muelle y a descender en pequeños ríos al mar, mientras que los soldados no paraban de luchar, los cuerpos sin vida de los dos bandos se apelotonaban en el suelo, mientras, la noche avanzaba. Las aguas resplandecían bajo las llamas que consumían los barcos enemigos, los gritos de dolor se elevaban junto a los de las Oarni. Pronto las trompetas tocaron a retirada desde las filas enemigas, sus bajeles viraban dejando en tierra a aquellos que aun luchaban. La euforia se desató entre las hueste de Aika, y lucharon con más fuerza, con más ganas para derrotar a sus enemigos.

Veía como las espadas de sus hombres segaban las vidas de aquellos infelices que habían venido a luchar contra ellos, pero de golpe sintió la voz de Amroth:

- ¡Aikanáro cuidado, detrás de ti!

Pero fue demasiado tarde, cuando este se estaba girando recibió el fuerte impacto de la maza de uno de los Trolls, su maltrecho cuerpo rebotó contra el suelo varias veces. Lo vio acercarse e intentó levantarse pero su cuerpo no respondía y volvió a caer al suelo. Lo tenía delante y este cogiéndole por la cabellera lo alzó hasta que sus ojos se encontraron con los de la bestia. Esta le rodeó con sus poderosos brazos y fue apretándolo contra su hediondo cuerpo. Aika intentaba por todos sus medios zafarse de esta bestia, consiguió liberar un brazo y cogiendo una pequeña daga se la clavó con todas sus fuerzas en la garganta, la sangre negra manó a borbotones por la herida mientras este se tambaleaba, pero algo fallaba, había pensado que le soltaría pero no era así, lo estaba llevando hacia el mar y allí cayó arrastrándole hacia las profundidades.

Aredhel

15 Lótessë de la Segunda Edad

Ahsur Cronista de la Orden del Lirio

Hace una semana partieron del puerto de Realengo los Generales Nessa Númenessë de la Orden del Lirio, Aredhel de la Orden de la Rosa y el segundo jefe de la armada Nameless de la Orden del Lirio. La escuadra patriota estaba compuesta por los bergantines: Independiente, Eru, Fama, Confianza y Yavanna; las goletas: Espartana, Independencia, Izilsurias, Ilmo, Emprendedora, Aventina, Peacock, Varda y Leona. En cuanto a las fuerzas reales las mismas estaban conformadas por el bergantín El Silvano, los bergantines-goletas: Esperanza y Maratón; la goleta de gavias Especuladora; las de velacho: Nessa, Estrella, Cora, Lórien, Rayo, Oromë y Zulia; las flecheras: Atrevida y Maracaibera; los pailebotes: Guajira y Nienna, los faluchos: Resistencia, Eladhel, Brillante, Relámpago y 56 cañones, 14 carronadas, 4 obuses, individuos de tropa y 165 de marinería, incluidos jefes y oficiales y 10 trolls debidamente entrenados.

Al anochecer del 15 de Lotéese los Generales de Realengo se reunieron en el bergantin Independiente, donde ultimaron las instrucciones para el combate, efectuando algunos cambios y no satisfechos aún, antes de partir los Generales Nessa y Aredhel, pasaron personalmente a bordo de toda la escuadra, con el objeto de arengar a sus dotaciones y animarlas de un modo eficaz para que, llegado el momento de atacar a Lempe, lo hicieran con la mayor intrepidez y entusiasmo. Roló el viento al noroeste y 10 minutos después se hizo la señal de prepararse a dar la vela, pero habiendo aflojado llamándose al sur, se reservó la decisión de levar anclas hasta que se afirmase la brisa por donde fuera favorable, pese a que todo lo invitaba a atacar el puerto. A las 2 de la noche, se ordenó al comandante de las fuerzas levar y seguir sobre las embarcaciones de su clase, en atención a que por su menor andar debía adelantarse; a las 2: 20 , hicieron la señal de dar la vela, y minutos después la de formar la línea de frente para atacar al mismo tiempo a todos los buques enemigos que, observando aquellos movimientos que se acordaron. Como el bergantín Eru estaba situado a barlovento y el Independiente, a sotavento, fueron proporcionando el andar de modo que quedase y siguiese perfectamente bien formada la línea de batalla para lograr la ejecución del plan que los generales se había propuesto, sin que por esto se dejasen de hacer las señales que fuesen menester a cada uno de los que se desviasen de su sitio.

Los buques de Realengo avanzaron con rapidez sobre el puerto que se mantuvo en espera del ataque; el ala sur de la escuadra la llevaba el general Nessa y el ala norte estaba a las órdenes del capitán del navío Aredhel,. A las 3:04, colocaron la señalar de atacar al adversario dejándola izada no obstante haber sido contestada por todos los buques, para manifestar con ello que ninguna cosa restaba por hacer. A las 3:45 , la flota de Realengo abrió fuego sobre el puerto, pero la escuadra de Namaless, prosiguió avanzando sin disparar un tiro; hasta que estando cerca rompieron los fuegos de cañón y fusilería. Al romperse los baupreses, el bergantín Independiente, se echó sobre la entrada al puerto, y se dio comienzo al abordaje de los barcos allí anclados de Lempe.

La batalla comenzó sin mas incidente de los normales en la guerra. El aire soplaba calido del sur como una noche veraniega. Pero la situación cambio para las tropas de Realengo. A las 5 de la noche aproximadamente las tropas de Lempe comandadas por el General Aikanáro Tîwele dieron al traste con la valentía de nuestras tropas. Consiguiendo llegar hasta la escuadra dirigida por el comandante Namales incendiaron y lograron la explosión del buque insignia de esa escuadra. El comandante que en una muestra de heroicidad intento poner a salvo a toda la tripulación y los documentos con las ordenes de los generales, siendo el ultimo en abandonar la embarcación y por consiguiente sufriendo graves heridas que le dejaron inconsciente y a la deriva por las aguas del puerto.

Sufriendo tal golpe en el orgullo de los ejércitos de Realengo, la General Aradle habiendo sido testigo de tal acto atroz contra sus buques se lanzo en un contraataque heroico pero a la vez nefasto para lo que quedaba de la armada de Realengo. Su buque el Independiente se lanzo sobre las fuerzas enemigas. Tanto era el valor y el coraje de este general que no sopeso las consecuencias de dicho ataque. Que dando en un espacio corto de tiempo su escuadra liquidada tanto por el fuero enemigo como por el fuego que la escuadra de Namales de ardía sobre las aguas del puerto.

La General Nessa, viendo que la batalla estaba perdida y rogando a los dioses algo de ayuda, mando desplegar pequeñas embarcaciones de recogieran a los supervivientes. Especialmente que buscaran y encontraran al comandante Namales. No le sorprendió nada la reacción de Aradle y pensó una manera de ayudar aquel acto de valentía; dispuso los buques que constaban bajo su mando con su buque insignia Eru y ordeno fuego sobre el puerto de Lempe. Siendo esto un error ya que no se permitió un desembarco, ni la lucha en tierra de lo que quedaba de la armada de Aradhel.

Aquí transcribo la nota del capitán del Navío Yanana de su cuaderno de bitácora:

“Nosotros vamos formados en una mala línea de combate. Que digo mala, malísima. No debería llamarse ni siquiera línea. Yo la llamaría un “churro” de combate. Y todo porque se ha mandado hacer algo que ha causado bastante malestar entre los oficiales, que ha sido la inoportuna orden de virar en redondo a un tiempo, arribando sucesivamente, quedando alineados en la mura de babor. Por tanto todo se ha vuelto del revés. La vanguardia es ahora retaguardia y viceversa. Lo peor de todo es que la ya mala línea que llevábamos ha quedado más maltrecha. Menudo favor le acabamos de hacer al “puertecito”. No me lo puedo creer. Lo mejor que tenía la escuadra combinada, la escuadra de observación de la que somos insignia, haciendo de retaguardia, de “salvaculos”, cuando teníamos que estar los primeros dándole estopa a los lemperianos. Para eso estaba Namales de los primeros. Para eso teníamos los buques con más andar y maniobra. La madre que lo.... Que los Valar guien nuestro camino.”

La armada de Realengo quedo reducida, cientos de hombres muertos, decenas de barcos hundidos, generales heridos, sacados de las aguas inconsciente y apunto de realizar el gran viaje mas allá de estas tierra. De repente y ante la estupefacción de los marineros y guerreros sonó un cuerno. La General Nessa, habiendo recuperado los cuerpos de comandante Namales y del General Aradhel ordeno retirada. Pero los perros Lemperianos no lo permitiría y se embarcaron en la persecución de todos aquellos hombres de Realengo que pudieran alcanzar. El General Nessa viendo que la retirada se convertiría en una persecución y aniquilación de su flota dio las ordenes precisas a todos los capitanes de continuar rumbo pasara lo que pasara y así, dicho general posicionándose en la popa de su barco, cerca del timonel Eric Hardensen que me narro los hechos y así lo trascribo.

” La vi llegar, el humo del fuego me hacia llorar los ojos pero ella permanecía tan pétrea como siempre. Me ordeno que mantuviera el rumbo que volveríamos a casa. La creí, esa mujer no dice las cosas por decirlas. Se situó a mi espalda y se subió a la barandilla con la gracia de los de su especie. Comenzó a entonar algún tipo de canción o mensaje en una lengua que desconozco y luego vino la luz. Venia de ella, era como un gran sol, lo iluminaba todo como si fuera de día. Algunos dirán que estoy loco pero es lo que vi lo juro. Al igual que aquella niebla comenzó a levantarse como se el mismo Oromë hubiera hervido las aguas, era tan espesa que casi podría masticarla. Esa niebla nos ayudo a escapar. Nos acompaño un largo trecho hasta que hubimos dejado atrás a esos perros. La general estaba allí, en el mismo sitio con la mirada fija en algún lugar y cuando la niebla desapareció ella callo sobre el suelo, exhausta. Entonces comprendí que la niebla la había hecho ella”.

Días después de la partida los pocos barcos que quedaban, volvieron a casa sanos y salvos.

[Editado por Kate_Holdenfield el 10-06-2006 16:50]

Kelusse

Resumen de la batalla.

Realengo de Farothdin ha perdido 18 armadas x35= 630 puntos.

Recuperables: 210 puntos. Han solicitado usar un poder especial, pero la petición no puede ser atendida puesto que el personaje especial no está en esta compañía.

Valoraciones: 6+7+7+8+7+7= 7.

Recupera: 147 puntos. Han solicitado daños a los personajes, pero la petición se produjo fuera de plazo, una vez publicada la historia por lo que no puede ser tenida en cuenta.

Pierde: 483 puntos.

Lempë Ohtari ha perdido 10 armadas x35= 350 puntos.

Recuperables: 233 puntos.

Valoraciones: 9+9+8+8+8,3+8= 8,38

Recupera: 195 puntos. Los dirigentes de esta compañía reciben daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperación: 370 puntos.

No pierde puntos.

Lempë Ohtari recibe 150 monedas por la victoria en la batalla.

Realengo de Farothdin entrega 100 monedas a Lempë Ohtari por abandono.

Compañías actualizadas y listas!

Saludos!