Kelusse
Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 28
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 20
Victoria para Helkelen Lara.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:06:13:19:29:08
Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 28
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 20
Victoria para Helkelen Lara.
La memoria de los hombres es débil, endeble, pero sobre todo maleable, moldeable a su antojo. Los Hombres recordamos aquello que queremos recordar, no obstante, hay cosas que aunque queramos traerlas a nuestra memoria nos resulta imposible porque nos quedan muy lejanas. Por ello, muchos recurren a la pluma y al pergamino para dejar constancia de sus recuerdos, para que los hechos que vivieron perduren en el tiempo y sean recordados por los que vienen después. La historia que sigue es una de ésas historias, que fue escrita para ser recordada, sobre todo para las gentes de Helkelen Lara. Se trata de un nuevo fragmento de \"Las Crónicas de Hathol\".
\"Las Crónicas de Hathol: La ansiada victoria.\"
Hacía un calor sofocante ese día, la humedad era altísima...un buen día para los cuervos sin duda, de hecho, toda batalla es un buen día para los cuervos.
\"Después de la batalla ante los muros de Mellon Vilya, donde el ejército de Lempe Ohtäri nos había infligido un serio correctivo, nuestra compañía erigió un pequeño campamento en un claro del bosque, pues nos negábamos a bandonar aquellas tierras derrotados y humillados de aquella manera. Levantamos las tiendas, y a su alrededor montamos una empalizada de troncos de madera. Allí aguardábamos el momento oportuno para la revancha. Los ánimos en la compañía no estaban demasiado altos, sobre todo después de la derrota, pero más incluso al tener noticias de que dos compañías más de Lempë Ohtari estaban atacando a nuestro clan en dos puntos clave de nuestras tierras: el paso del río helado, llamado el Aeglos, y, sobre todo, nuestra amada capital: Ost-En -Äel. Por si no fuera poco nuestro líder, Apacen, había partido hacia Mirianost para recuperarse de sus heridas, así que no podíamos contar con su consejo y ayuda (ni con su loba Naulë, que también había sido herida). Así pues, ante esta situación, cundía el desánimo entre las tropas, a pesar de que Apacen me había dejado a mí al mando de ellas, para intentar resisitir todo lo posible los embates del ejército de Lempe Ohtäri.
Esa mañana llegaron los exploradores con noticias, e hice pasar a su jefe a la tienda en la que nos alojábamos los capitanes, donde también celebrábamos las reuniones, ya que era la más grande. Conmigo estaba Belegost, el valiente oficial que también se había salvado del desastre de las murallas de Mellon Vilya.
\"¿Qué noticias traes de la frontera del bosque?\" -le pregunté al jefe de exploradores.
\"Algo preocupante y grave, mi señor\" -respondió con firmeza- \"Un gran contingente del ejército de Lempë Ohtari ha salido de las murallas de Mellon Vilya y se dirige a nuestro campamento con la intención de expulsarnos de su territorio. A mediodía habrán llegado.\"
\"¿Son muchos?\" -pregunté.
\"No lo sé, mi señor\" -respondió con ironía- \"No tuve tiempo de contarlos.\"
La verdad es que aunque oficialmente Apacen me hubiera encargado el mando de la compañía, había algunos hombres que dudaban y cuestionaban, aunque no abiertamente, mi capacidad para dirigirles con éxito, ya que prácticamente era un recién llegado al ejército de Helkelen Lara, además de un extranjero venido del lejano Oeste. Pero me había propuesto hacer oídos sordos a estas insinuaciones y centrarme en la defensa de mi compañía, además, tenía el apoyo de Belegost y de la mayoría de los hombres de la compañía, así que decidí fingir que no había oído esa respuesta del jefe de exploradores.
\"Bien, puedes retirarte soldado\" -repuse, autoritario- \"Manténme informado de cualquier novedad\"
\"Así lo haré mi señor\" -respondió. Y se fue.
Después de la marcha del jefe de exploradores me quedé con Belegost para ultimar los detalles de la defensa de nuestro pequeño campamento. Decidimos salirles al encuentro, ya que quedarnos y defender el campamento era un suicidio, no estábamos en condiciones de resistir el más mínimo intento de asedio o ataque. En esas estábamos cuando, de repente, se me ocurrió una idea, un plan arriesgado, pero sobre todo desesperado, para intentar sembrar la confusión en el seno del ejército de Lempë Ohtari. La idea era buena, arriesgada pero buena, sólo tenía un fallo: éramos muy pocos, demasiado pocos para aquello que me proponía. No obstante, hay veces en que los planes más arriesgados y desesperados surten el efecto deseado, y una de ellas nos tocó a nosotros.
Emprendimos la marcha poco antes de mediodía, el campamento se quedó vacío, todos los hombres querían pelear, defender su vida aún a costa de su muerte. No habíamos organizado ningún flanco ni nada similar, íbamos todos juntos en una única columna, y al frente Belegost y yo. Al cabo de unas horas divisamos al ejército enemigo, detenido ante los informes que, seguramente, le habrían llegado de sus exploradores sobre nuestro avance. Habían decidio esperarnos. Nos desplegamos en líneas horizontales, una detrás de otra, dispuestos a resistir. No teníamos arqueros, puesto que habían sido aniquilados en su totalidad en la anterior batalla, pero ellos sí disponían de ellos, y empezaron la batalla cubriendo el cielo de flechas. No obstante, estábamos aún demasiado lejos para que nos alcanzaran, así que, después de la primera andanada miré a los ojos a Belegost, y sin pronunciar ni una palabra entendió que el momento había llegado, había que arriesgarse o morir. Entonces, desenvainó su espada y, al grito de: \"¡Muerte!\", se lanzó hacia adelante, junto con toda nuestra compañía, a estellarse contra la muralla de hierro y acero que eran las filas enemigas. Pero mi plan principal no era aquél.
Junto con algunos de mis hombres más valientes, me quedé algo rezagado de nuestra tropa, y emprendimos una veloz carrera hacia la derecha, al amparo de un pequeño bosquecillo que se extendía en la zona. Supongo que algunos soldados del ejército enemigo nos vieron, pero pensaron que huíamos para salvar la vida. Nada más lejos de la realidad. Nuestra intención era intentar rodear el flanco izquierdo del ejército enemigo, para penetrar en él de esa forma, y así sembrar el caos en las filas enemigas, permitiendo también que la penetración de Belegost y nuestra compañía no fuera tan difícil. Y salió bien.
Salimos del bosque en tromba, aullando como lobos enrabietados, y cogimos de improviso a los soldados de Lempë que allí se encontraban. Penetramos en su flanco como un huracán y sembramos el desconcierto a nuestro paso, ya que los soldados enemigos se veían atacados por dos frentes. Nuestra intención era reunirnos con Belegost y el grueso de nuestros hombres, pero en aquel momento, con Fealóke dando tajos y estocadas, subiendo y bajando a través de los cuerpos de mis enemigos, y entre el mar de sangre que salpicaba mis ojos, vi al jefe del ejército de Lempë Ohtari, y otra vez la sed de sangre y venganza me poseyó, y quise ir a por él, abriéndome paso yo solo entre el mar de soldados enemigos que se extendía frente a mí. No oía nada, ni los gritos de mis hombres detrás de mí, ni veía nada, más que la figura de aquel que nos había derrotado hacía tan pocos días.
De repente me encontré solo, rodeado por innumerables enemigos, luché con fiereza, pero me derribaron, y me hirieron en el brazo en el que portaba el escudo. Así, en el suelo y herido, esperé el golpe final, pero enseguida mis hombres consiguieron llegar hasta mí, me rodearon, me levantaron y me alejaron de allí. Un soldado me habló, y tardé varios segundos en comprender lo que me decía. Era un hombre de Belegost, estaban cediendo terreno y siendo masacrados por el ejército enemigo, así que desperté de mi locura sangrienta y ordené a mis hombres que fuéramos a ayudar a Belegost. Aquello fue vital para el desenlace de la batalla, poco a poco fuimos haciendo retroceder a los soldados de Lempë Ohtari, hasta que se vieron superados en número, gracias a las cuantiosas bajas que les había infligido la arriesgada acción que habíamos emprendido mis hombres y yo. Al cabo de un tiempo, decidieron retirarse.
Aquella noche hubo celebraciones y alegría en la tienda principal de nuestro campamento, no obstante, yo no estaba muy alegre. Habíamos ganado, sí, y una gran victoria teniendo en cuenta la abismal diferencia entre el ejército de Lempë Ohtari y el nuestro, pero me había quedado un sabor amargo en la boca. Belegost había muerto, muchos de los nuestros habían muerto, y aún así, los vivos celebraban la victoria. Mis pensamientos viajaron desde el Aeglos hasta nuestra capital, Ost-En-Äel...¿cómo se estarían desarrollando aquellas batallas? Nunca he entendido la guerra, y temo el día en que la entienda.\"
Hathol Karkar.
[Editado por Encalion el 10-06-2006 00:24]
[Editado por Encalion el 10-06-2006 00:25]
Interludio
Situado en lo alto de una roca situada al pie de Ered Lomë, el viento hacia ondear su rubia melena mientras el rostro cansado reflejaba el dolor que intentaba esconderse detrás de su alma.
Su mirada se había posado en el horizonte y su semblante mostraba una firmeza y serenidad extremas. Coloreando su cuenca visual se hallaba la gran floresta de Taurëninque y, en el borde norte del mismo, se hallaba Mellon Vilya, la capital, el corazón del reino que dos semanas atrás tuvo que defender del ataque de Helkelen Lára. El sentimiento que últimamente estaba creciendo en él le mantenía de pie aquella tarde, ese sentimiento que le devolvía la firmeza y el brío en un remolino de emociones constantes y excitantes... la batalla.
“El viento trae la llamada. Ya ha llegado el día”
Hay épocas en la vida en las que se pierde el sentido de seguir el camino marcado, hasta que llega el momento decisivo en el que hay que luchar por la misma existencia, el momento en el que el orgullo de un guerrero ha de jugarse en el campo de batalla. Y es en ese momento cuando descubres que tienes una razón para seguir ese camino que te marcaste o para seguir uno nuevo que aparece en el horizonte.
[…]
Horas después, en la sala de juntas del rey de Lempë Ohtari, varias personas se reunían para dilucidar asuntos de suma importancia. El salón de forma cuadrada era bastante amplio pero aquel día no estaba lleno. Había también una esbelta mesa situada en el centro donde estaban sentados los asistentes a aquel comité de urgencia.
- No entiendo porque presides tu esta reunión – le dijo un hombre rechoncho a otro hombre de melena rubia situado en la otra esquina.
- Mi buen Irunen, ya sabéis que el rey se halla en las tierras del norte y, en ausencia, yo soy el gobernador provisional de la capital– le respondió Darlak Lórindol, el hombre de la melena rubia. Se sentía un poco incómodo ante la apreciación de Irunen Saldar, uno de los guardias de Mellon Vilya, ya que sabía que al guardia no le caía bien desde aquel lejano encuentro en las puertas de la capital cuando Darlak llegó al reino.
- Quien presida este comité provisional es lo de menos, lo importante es que, aunque se logró impedir el saqueo de esta capital, aún no estamos fuera de peligro – dijo Annamel que asistía en el puesto de su esposo al que había tenido que obligar a quedarse en Ostova Lorë pues aún estaba débil para una nueva batalla.
- En Mellon Vilya agradecemos la ayuda ofrecida pero considero que nosotros somos capaces de defender esta ciudad mientras Erendel, el rey, regresa del norte – Irunen no estaba del todo conforme con la presencia de Darlak y sus tropas en la ciudad.
- Las fuerzas de Helkelen Lára no fueron derrotadas del todo y no dudéis en que aún siguen en nuestras tierras esperando el momento justo para atacarnos. Creo que necesitáis mis tropas en la ciudad o en sus alrededores – dijo Darlak. En ese momento, el medio elfo dirigió la mirada hacia el fondo para formular una pregunta a otro de los presentes – ¿Melêl, se sabe algo de los exploradores?
- Regresaron hace poco, capitán – respondió la elfa, que era dirigente del regimiento de elfos de la compañía de Darlak. - Y no traen buenas noticias. Hay indicios de que los sobrevivientes de las tropas de Helkelen Lára siguen en nuestras tierras pues han instalado campamentos en el bosque. Posiblemente se estén replegando.
- No hay duda – dijo Darlak – no pasara mucho tiempo hasta que vuelvan a asediar la capital y no podemos permitirlo.
- Si nos vuelven a atacar, les volveremos a vencer – dijo Irunen, visiblemente incómodo – Organizaremos una buena defensa.
- No tengo tan clara una victoria en ese caso – habló entonces Caragan, dirigente del regimiento de hombres y enanos de la compañía de Darlak. – Aunque no veo buena táctica esperar aquí sentados mientras ellos planean un nuevo ataque.
- ¿Qué propones, Caragan? – preguntó Darlak
- Señores, mi propuesta es simple: atacarles antes de que decidan volver a la ciudad. La emboscada es una de las mejores armas, dicen.
Ohta Luhtalesára*, la segunda batalla de las Guerras de Mellon Vilya**
En una calurosa y húmeda mañana una sigilosa compañía salió de las puertas de Mellon Vilya para viajar hacia el norte. Estaba liderada por Annamel, esposa de Valandil Súleglîn el señor de Ostova Loré, y por Darlagil Lórindol, gobernador de Ostova Lorë y capitán de las fuerzas defensivas de Mellon Vilya.
La guerra estaba por llegar, y no pasaría mucho tiempo para que la compañía enemiga fuera localizada. Quizás el intentar ahuyentar a las tropas de Helkelen Lara de las cercanías de Mellon Vilya se tratase de un ataque prematuro pero eso era lo que se había decidido, propiciar la batalla antes de que se trasladase golosa hacia la ciudad. Así, llegaron a mediodía al interior del bosque y allí decidieron esperar al ejército enemigo ya que había decidido salir a recibirles.
El capitán, ataviado con unos pantalones de cuero marrón y una gran cota de malla de aros engarzados de acero y mithrill sobre una camisa también marrón, esperaba impaciente al frente de sus hombres. A su lado, Annamel, vestida como una doncella del ejército de Valinor, una doncella de Makar, mantenía la serenidad y la templanza. Iba engalanada con pantalones blancos de bordados de oro y plata que encarnaban la figura de dos serpientes enroscadas de cuyas bocas salían dos cadenas de mithril hilvanadas. Encima llevaba una camisa blanca también escotada hasta el ombligo y ajustada que vislumbraba cada curva voluptuosa de su cuerpo. Sobre los hombros le pendían dos broches unidos por una cadena y de los que colgaba un precioso manto de seda blanca transparente que parecía estar estampada con el brillo diamantino de las estrellas en una noche clara de verano. Sus cabellos ondulados estaban recogidos en una red de pequeñas perlas e hilos blancos y finos como los de una perfecta telaraña.
Mientras aguardaban la llegada del ejército enemigo, tomó con su mano derecha el collar que Valandil le regaló la noche en que su amor rindió a sus pies. Eso le hizo sentir la presencia de su esposo en su interior. Una sonrisa se le escapó al pensar que él estaba con ella y sintió el ánimo y el coraje que ya antes la abordaran en las anteriores batallas en las que había participado.
Finalmente llegó el ejército de Helkelen Lára y Darlak lo tenía todo concienzudamente planeado. Por una orden suya los arqueros que estaban apostados en los alrededores los recibieron con una primera lluvia de saetas. Como respuesta, el ejército enemigo se lanzó hacía ellos.
Y así empezó la Ohta Luhtalesára, con el deseo de librar a las tierras de Lempë Ohtari de los intrusos.
A una primera señal de Darlak, el primer batallón se lanzó por el flanco sur contra la compañía de Helkelen Lara. Y sucedió que, cuando Darlak iba a dar la segunda señal, un flanco enemigo apareció de repente por el lado izquierdo. Aquella repentina entrada se cobró con un número de víctimas increíblemente grande del bando aliado. Por cada enemigo muerto tres aliados caían y aquella batalla se empezaba a convertir en una auténtica masacre para las fuerzas de Darlak y Annamel. Los azotes de las espadas impactaban contra el pecho de unos y otros y atravesaban los corazones de los padres de familia, de los enamorados a punto de desposarse y de los corazones más aventureros.
Lempë Ohtari, ante el número tan elevado de bajas, contraatacó con tal impulso que las fuerzas se igualaron.
Darlak, alzando su espada hacia el cielo, la valerosa Envinyanta, intentó hacerse con el control de la situación. Con su caballo empezó a avanzar entre los cuerpos caídos al tiempo que la hoja negra que llevaba con él no dejaba de sesgar cuellos y cortar brazos.
Y sucedió que Envinyanta, con absoluto fervor y fiereza, consiguió sesgar la vida de un corpulento hombre de piel negra. Pero el impulso que procuró el hombre de piel negra hizo que Darlak fuera abatido de su caballo. Y cayó al suelo junto al cuerpo moribundo de su víctima que le susurró al oído sus últimas palabras.
- Esa espada tuya… esa arma de negra hoja estuvo poseída durante tiempo por una maldición, por un hechizo negro y amargo… mi última voluntad es que ese hechizo amargo renazca hoy para tu infortunio…
Turbado por esas palabras, Darlak se levantó del suelo y vio entonces que la batalla estaba bastante equilibrada. Y dio entonces una tercera señal. Así fue cómo, tras el disparo de una saeta prendida en llamas, entró en juego el último batallón a cuya cabeza cabalgaba la elfa Annamel, ataviada ya con su coraza y disparando flechas certeras por doquier. Descabalgó a Umbar y le ordenó alejarse de la zona de batalla por si luego le necesitaba.
Annamel desenvainó su espada y, asiéndola con la mano derecha, comenzó a descargar con furia golpes sucesivos que la sumieron en una danza de muerte y la sangre comenzó a empapar sus prendas. Los soldados más valientes vieron en aquella muchacha una buena recompensa de guerra y su escotada camisa bajo el mithrill hacía que el deseo ardiera aún más en ellos pero nunca podrían haberla tomado pues en aquella batalla estaba destinada que la dama Annamel destacase por encima de todos los guerreros.
Un grupo de cinco humanos altos y de cabellos largos, oscuros y complexión corpulenta se lanzaron sobre ella para tomarla pero cuando se abalanzaron chocaron unos con otros pues la dama había desaparecido. De repente, sobre la copa de un árbol posada en una rama y con la espada empuñada y apuntándoles a ellos, emitió un terrible grito de guerra y la doncella de Mákar durmiente despertó. Cogió la espada a modo de jabalina y lanzándola hizo que ésta atravesase la garganta de uno de los soldados que querían poner sus sucias manos sobre ella. Y, tras un segundo grito, saltó en el aire y una terrible confusión cegó un instante a todos los allí presentes y las ropas de la elfa cayeron al suelo. Y desapareció, y en las alturas se escuchó la terrible amenaza de una enorme águila de afiladas garras que descendía amenazante contra los cuatro restantes…segundos después, sus cabezas caían al suelo. El águila volando al ras del suelo continuó asestando desgarradoras heridas y, sobrevolando el suelo, tomó la ropa caída sobre el suelo y empapada en sangre. Alzó el vuelo hasta que llegó un momento que, tan arriba estaba, que el sol cegaba a quien miraba. Segundos después cayó Annamel, vestida, mientras los símbolos de Makar brillaban intensamente sobre su cuerpo.
La batalla continuaba pero no consiguió avistar a Darlak entre el remolino de desgaste y desazón. Se preguntó donde se encontraría. Desanimada, pudo comprobar que las fuerzas de Mellon Vilya retrocedían ante el último esfuerzo de los enemigos, que estaba resultando muy efectivo. Entre la mermada compañía de Mellon Vilya se notaba el cansancio por una batalla que estaba resultando complicada y que no había acaecido como se esperaba.
Y sucedió entonces que su mirada encontró a Darlak en el mismo momento en el que un enemigo le acababa de atravesar el estómago con una lanza. Darlak sujetó con una mano la lanza y la partió en dos al tiempo que con la otra mano aprovechó que su enemigo había bajado la guardia al pensar que había acabado con él y le mató con Envinyanta, su espada. Sin embargo, la herida había sido muy profunda y el capitán cayó al suelo. Un lamento surgió entonces de la garganta de Annamel.
- ¡Caragan, Melêl! ¡Darlak ha caído! ¡Esta batalla lamentablemente la hemos perdido! Ordenad rápidamente la retirada – gritó Annamel al tiempo que su cuerpo volvía a transformarse en águila para volar hacia el cuerpo moribundo de Darlak. Lo tomó con sus garras y alzó el vuelo, alejándose de allí. En las alturas, y mientras el sol se ponía en el oeste de los bosques de Tauréninquë, Annamel pudo contemplar con tristeza y congoja el asolado campo de batalla.
Y así terminó la Ohta Luhtalesára, con el amargo sabor de la derrota y el dolor por las cuantiosas pérdidas.
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* La batalla del hechizo amargo
** La primera batalla de las Guerras de Mellon Vilya fue la llamada Ohta Rilma, la batalla de luz resplandeciente y tuvo lugar el 5 de Víresse de 227. En ella, la compañía liderada por Darlak Lórindol y ayudada por el maia Valandil Súleglîn consiguió impedir el saqueo de Mellon Vilya por las tropas de Helkelen Lára
[Editado por aratir el 10-06-2006 17:24]
Resumen de la batalla.
Lempë Ohtari ha perdido 28 armadas x35= 980 puntos.
Recuperables: 653 puntos, al hacer uso del poder del personaje especial.
Valoraciones: 8+8+8,2+8,6+7+7= 7,8
Recupera: 509 puntos. Los dirigentes de esta compañía han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperacion: 789 puntos.
Pierde: 191 puntos.
Helkelen Lara ha perdido 20 armadas x35= 700 puntos.
Recuperables: 467 puntos.
Valoraciones: 7+8+7,4+8+7+7= 7,4
Recupera: 346 puntos. Este clan ha solicitado daños por el 50%, sin embargo los daños reflejados en la historia no se corresponden con este daño. Los valar conceden 25% de daños, por este concepto recupera 88 puntos. Total recuperación: 434 puntos.
Pierde: 266 puntos.
Helkelen Lara recibe 450 monedas por la victoria en la batalla.
Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.