Avathael
El frío invernal había remitido ya casi por completo. La cálida brisa marina acariciaba las costas orientales, y producía los primeros movimientos en los ondulantes y verdes pastos de Mittalmar. Las sombras escarlata de los kirinki empezaban a cubrir los árboles, y ya podían intuirse sus cantos, tan agudos que a penas podían escucharse, pero a la vez tan bellos y anhelados, que alegraban el corazón tan sólo con imaginarlos. Ya se percibía la llegada de la estación de la vida en Rómenna, principal ciudad portuaria de Númenor.
Avathael tenía veinte años, y estaba preparando su caballo. Sentía un hormigueo en el estómago. Era la primera vez que iba a acompañar a sus padres, Avathor e Isilraen, a presenciar una de las tres oraciones anuales del rey a Eru, en el monte Meneltarma. Faltaban sólo cinco días para la oración por la llegada del año, en la Erukyermë, en los primeros días de la primavera. Había escuchado tantas historias de la Montaña Sagrada, que hacía ya tiempo que ansiaba visitarla. Se decía que en un día claro, desde la cima del Meneltarma, un hombre de vista aguda podía ver la Torre de Avallónë, en Tol Eressëa, hogar de los Primeros Nacidos, y único lugar capaz de rivalizar en belleza con la misma Anadûnê. Además, nunca antes había visto al rey. El único rey. Aquel que era ya un mito, pues fue rey de sus padres y de sus abuelos. Aquel que había decidido renunciar a la inmortalidad para guiar a los hombres hacia Elenna, siguiendo el camino indicado por la luz de su padre en el firmamento.
Aun no había salido el sol cuando se pusieron en marcha. Tenían que cruzar Arandor, en cuatro días, lo cual no era demasiado. Pero Avathor, soldado de la guardia de Rómenna, era un hombre previsor, a quien no lo gustaba dejar nada al azar. Quería llegar a Armenelos ese mismo día, justo antes del anochecer, y evitar las posible aglomeraciones de peregrinos. Cada uno montó en su caballo: Avathor, Isilraen y Avathael; y tomaron el camino del oeste, todavía bajo la luz de las estrellas. Se trataba de un camino sin pavimentar, como la gran mayoría de los que había en Númenor. Esto era así porque tanto hombres como mujeres amaban los caballos, y siempre se desplazaban cabalgando. Por eso los caminos de la isla se preparaban para ello, y no para carruajes, muy escasos entre los dúnedain. El caballo de Avathael se llamaba Hwinde, y había mucha compenetración entre ellos, pues el joven dúnadan lo cuidaba desde que era un potrillo.
El primer día fue tranquilo. Avathael miraba a su alrededor muy interesado. Era la primera vez que viajaba hacia el oeste. El camino era ligeramente ascendente, pero sin una pendiente exagerada. El paisaje que los envolvía era muy similar al que ya conocía cerca de Rómenna. Las agrupaciones de árboles eran escasas, y predominaban los amplios prados cubiertos de hierba, con algunas ondulaciones, provocadas por pequeñas colinas. De vez en cuando veían grupos de caballos, pastando libremente. No se cruzaron con nadie en el camino, pues todos los viajeros llevaban el mismo rumbo. Cuando el sol comenzaba a descender, y molestaba ya a la vista, coronaron una pequeña pendiente. Y desde allí vieron por primera vez Armenelos la Dorada, sobre una colina. Y detrás, imponente, el monte Meneltarma, el Pilar del Cielo. El joven dúnadan aminoró la marcha, detrás del corcel de su madre. Grandes eran las venturas que sobre la isla se narraban en las historias. Pero hasta ese momento no comenzó a tomar conciencia del gran don que El Único había entregado a su pueblo, cediéndoles esas tierras.
-No te detengas –le apresuró Avathor, al darse cuenta que su hijo se quedaba atrás-. Todavía nos quedan algunas horas para llegar a la Ciudad de los Reyes, y no quiero que la noche se nos eche encima.
Avathael aceleró de nuevo el paso, para alcanzar a sus padres. Conforme se iban acercando a la ciudad, comenzaron a agruparse con otros jinetes que pretendían pasar la noche allí. Pero no se produjo ninguna aglomeración, pues todavía restaban tres días para la Erukyermë. El aspecto de Armenelos era imponente, sobre la colina. Podían apreciarse perfectamente los distintos niveles de las murallas. Y en el centro, destacaba la Torre de Elros, donde descansaba la piedra vidente. Detrás, como un gigante protector, reinaba la Montaña Sagrada. Pasaron la noche en la posada de un amigo de Avathor, que los trató bien. Al día siguiente volvieron a levantarse antes del amanecer. Avathael hubiera querido pasar más tiempo en la ciudad, pues le resultaba fascinante. Pero su padre era inflexible.
Salieron de la Ciudad de los Reyes hacia el oeste. El viaje ya no era tan solitario como antes. Muchos eran los que se habían concentrado ya en Armenelos, sobre todo de los diferentes rincones de Arandor, para partir hacia la base meridional del monte Meneltarma. No iban en procesión todavía, pero se unieron a varios grupos, y el camino fue más ameno. El paisaje cambió, por lo menos en parte. A la derecha, rodeaban una de las cinco crestas, que emergían como raíces de la montaña. A la izquierda, como una alfombra verde, se extendía el Valle de Noirinan. Cuando ya estaban llegando al final del valle, Avathael alzó la vista al cielo, y quedó maravillado de nuevo. Tres águilas volaban en círculo sobre El Pilar del Cielo.
-Son los Testigos de Manwë, únicos seres que pueden pisar la cima –le informó Isilraen, al percibir la fascinación de su hijo-. Sus nidos está ocultos en algún lugar cercano al Meneltarma, y únicamente se dejan ver en tiempo de las Tres Oraciones. También aparecen si alguien intenta acercarse a la cúspide, en cuyo caso, se posan amenazantes sobre tres rocas.
-Lo sé, madre. Mi padre me había ya hablado de ellas. Me contó que fueron enviadas desde Aman, para vigilar la patria Anadûnê.
-Eso se dice. ¿Y no aportan mayor belleza a esta tierra, y mayor gloria si cabe?
-Sin duda –contestó Avathael a su madre, que lo miraba con ojos llenos de orgullo. El mismo orgullo que cualquier númenóreano sentía por la isla.
Era ya media tarde del segundo día de viaje, cuando Avathor detuvo el paso. Ante ellos, algunas tiendas aparecían dispersas en el extremo norte del valle, cerca de la base de la Montaña Sagrada.
-Acamparemos aquí –dijo, con cara de satisfacción-. Hemos llegado con mucho tiempo de antelación, de modo que podremos coger un sitio privilegiado, y cuando empiece la ascensión, andaremos cerca del rey.
Montaron el pequeño campamento, y como ya comenzaba a oscurecer, encendieron un fuego, sentándose los tres alrededor. Desde esa posición tan cercana, la sombra de la montaña imponía el silencio. Sobre ella, las estrellas brillaban con fuerza, pues la luna estaba menguada. Y por encima de todas las demás destacaba Ëarendil. Avathael quedó absorto en su luz, como tantas otras veces. Muchas habían sido las noches que había cabalgado hasta el mar, para tumbarse cerca de la orilla. Muchas las ocasiones en las que sus sueños le llevaban a lejanas tierras, a bordo de una nave de blancas velas. Una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla, al fulgor de la luz del padre del rey. Avathor e Isilraen se dieron cuenta, y se cruzaron una mirada de complicidad. Los dos pensaban lo mismo. Su corazón sabe de su linaje, aunque éste todavía no le haya sido revelado.
[Editado por Aniron el 08-06-2006 19:34]
