La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 11. C3 Lempë Ohtari Vs C3 Helkelen Lara.

2006:06:18:08:54:21

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 25

Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 17

Victoria para Helekelen Lara.

Apacen

“¡ Confiesa!, ¡Confiesa!”

Las palabras del interrogador retumbaron en las paredes de la cavernosa celda. Los ecos crearon la impresión de que había un ejército entero de interrogadores en vez de uno solo interrogándole. El traidor no dijo nada.

El interrogador se paseaba arriba y abajo frente al encadenado. La luz de las lámparas se reflejaba sobre la superficie de su negra armadura, mientras con una mano jugaba con el collar que le colgaba del cuello. Daismon había servido al Helekelen Lára durante más de medio siglo y en ese período todos lo que habían sido traídos ante él habían confesado.

Daismon se detuvo frente al cautivo, y dio media vuelta para mirar al agotado prisionero. Unos ojos oscuros, fríos observaban desde el interior de la mascara con forma de calavera de Daismon.

“¡Confiesa!” – repitió el interrogador.

El prisionero cerró los ojos, intentando evitar la penetrante mirada del interrogador.

-“Confiesa ahora, y tu tormento será relativamente poco doloroso”- Dijo fríamente Daismon.

-“Sigue negándote a confesar y morirás en medio de una gran agonía, de una forma que sólo habrás podido imaginar en tus peores pesadillas.”

El prisionero abrió sus enrojecidos ojos otra vez y le miró. Las frías y asépticas paredes de la tenebrosa sala no eran muy halagüeñas. La imponente figura del interrogador le miraba ceñudamente.

El constante goteo de agua desde las húmedas paredes de la mazmorra desbordaba los oídos del prisionero. Cerró los ojos, intentando olvidar el persistente sonido del agua. El goteo se transformo en repiqueteo, el repiqueteo en un ruido atronador, hasta convertirse en los aterrorizados latidos de su propio corazón golpeando su mente.

Las sombras oscilaron y temblaron entre las fisuras de la roca, y la sombra más oscura de la celda se acercó.

“¿Por donde atacarán?” – preguntó con firmeza Diasmon.

El prisionero no contesto. No sabía cuanto tiempo había estado prisionero, o cuantos días había durado el interrogatorio. Todo lo que sabía es que quería huir lejos de los constantanes ataques y tormentos a los que le sometía Diasmon. Sujeto por los grilletes de acero, lo único que podía hacer era apartar la cabeza del interrogador.

Daismon retomó la palabra, esta vez sin emoción, como si estuviera recitando palabras que hubiera repetido en incontables ocasiones: -Puesto que no quieres confesar, y no muestras signos de arrepentimiento, no tengo más remedio que obtener la información por los métodos que sean necesarios.

En ese momento, el prisionero se dio cuenta del objeto que el interrogador llevaba en su mano. Sus numerosas hojas afiladas y pulidas brillaban rojizas en la tenue luz.

-“Es mi sagrado deber obtener la información que preciso” - Recitó el interrogador – “Y la obtendré aunque mueras en el proceso”

Los gritos de dolor y agonía del prisionero, se ahogaron en las profundidades de las mazmorras.

[…]

En la superficie de la ciudadela de Ost-en-Aël la situación no era demasiado halagüeña; una gran tormenta como no se había visto en incontables años azotaba la ciudad.

Las canaletas situadas en los tejados escupían torrentes de agua, y los desagües no daban abasto para evacuar el agua de la lluvia. El sonido de las botas de los soldados se ahogaba en los charcos, y sus sombras se proyectaban en las paredes con el estallido de cada relámpago.

La población había sido evacuada a los refugios; De forma instintiva, sabiendo que se enfrentaban a un momento de gran peligro, unieron todos sus plegarias por la salvación de la ciudad recurriendo al ritual de el Día de la Afirmación; en el cual es tradición encender una vela, pequeña y dulcemente aromatizada, y mientras arde pensar silenciosamente en aquellos días tan lejanos. Durante unos pocos minutos cada año, los habitantes del Helkelen Lára quedan en silencio y unen sus mentes a un propósito: miles de almas unidas en memoria de los caídos, que su fuego nunca se extinga, perdurando en el interior de las nuevas generaciones.

En un improvisado parapeto, a la luz de un viejo candil, Gmork estudiaba un plano de la ciudadela. Sus esfuerzos se centraban en que el agua no terminara de desvirtuar el mapa, ya había llegado a sus manos mojado, y tras realizar varias indicaciones a los capitanes, parte de la tinta se había corrido y algunas partes del mapa se transformaron en manchurrones de agua y tinta.

De la oscuridad de la tormenta, volvió a surgir la figura del interrogador Daismon, no parecía afectarle ni la lluvia ni las circunstancias, su sangre fría aterro al mismo Gmork.

-“Han cruzado el Río Grande y ahora están bordeando el Lago espejo, su ataque esta próximo” –Dijo Daismon, sin emoción alguna.

Gmork se quedó helado, como era posible que el enemigo hubiera llegado tan cerca de la ciudad sin ser descubierto. Sin darle casi tiempo a reaccionar el sonido de los cuernos se elevo sobre la tormenta: era la señal, la batalla estaba a punto de comenzar.

Tan rápido como le fue posible se apresuró en alcanzar el muro exterior, llamando a filas a todo aquel que se encontró en su camino. Gmork al fin alcanzó el muro exterior; tardo unos instantes en recuperar el aliento.

-“La espesa niebla y el mal tiempo parecen haberse conjurado contra nosotros; no podemos ver al enemigo, el cual se resguarda tras la intensa cortina de agua que cubre el campo de batalla” informó uno de los soldados que allí se encontraba.

¿Tenéis miedo? – les preguntó.

Los soldados le miraron con atención, buscando en su interior el valor para contestar. Sin darles tiempo a contestar retomo la palabra:

-“Yo lo tengo” –Respondió tajante, después en un tono mas amable recito unas viejas palabras de su maestro – “Un guerrero sabe lo que es el miedo; lo siente en su estomago, entiende el miedo mejor que cualquier otro mortal. Lo que nos hace fuertes es que nosotros lo hemos dominado, no una sino muchas veces, hasta que el proceso llega a ser instintivo. Sin embargo, no importa en cuántas batallas hayas luchado y cuántas victorias hayas conseguido; el miedo nunca te abandona. Aprender a vivir con ……”

Una lluvia de rocas interrumpió las palabras de Gmork, que tuvo que apoyarse sobre la muralla para evitar perder el equilibrio, toda la muralla sureste fue pasto de los proyectiles de Lempë, reduciendo secciones enteras a meros escombros y matando a muchos de los soldados que allí estaban posicionados.

La hueste de soldados de Lempë corrió como enloquecida, portando escalas y un gran ariete con punta de acero, hacia la entrada principal.

Los arqueros de Lempë fueron los primeros en llegar, y respondieron con multitud de flechas al acoso de los veteranos arqueros Helkerianos que aun resistían en la muralla, muchos buenos elfos y hombres cayeron. En la cara este las escalas ya habían llegado, y los elfos pasaron al combate cuerpo a cuerpo contra los hombres de Lempë que ascendían por las escalas y tomaban secciones de la muralla.

Gmork aseguro la sección de la muralla donde se encontraba, haciendo retroceder al enemigo e inutilizando las escalas. Dejando apostados a un grupo de arqueros, tomo el resto de los soldados y se dirigió a defender una de las brechas que el bombardeo había provocado en la muralla y por la cual un grupo de soldados de Lempë se habrían paso. El hombre corrió con su espada en mano y empujó con un alarido a uno de los asaltantes, propinando después una fuerte patada a otro de sus contendientes. Pronto se vio rodeado de seis soldados de Lempë; dos de ellos lo atacaron con vigor, pero Gmork realizó un diestro movimiento y partió el cuello a uno de ellos, tras lo cual degolló a otro y ensartó a otros dos. Los dos restantes se lanzaron con renovada fuera, pero el diestro espadachín los dejó fuera de combate con cinco estocadas perfectamente ejecutadas, tras lo cual los remató con una patada en la cara.

Mientras luchaba contra un grupo de soldados enemigos, las catapultas de Lempë retomaron el asedio de la ciudad, con tal mala fortuna para Gmork que uno de los proyectiles impacto cerca de su posición. Con la fuerza del impacto Gmork cayo al suelo, tras eso una sección de la muralla se desplomo enterrándolo bajo una multitud de cascotes. Sin embargo la defensa se volvió también más encarnizada, y los atacantes no pudieron sino retroceder. La bravura de los defensores de la Capital era tal al defender sus casas y sus familias, que pocos erraron sus estocadas o sus disparos, y pronto todo quedó lleno de sangre, devastación y cadáveres. Las catapultas de Lempë fueron lentamente cayendo, una a una, por la maquinaria defensora, que realizó una espléndida tarea rechazando la ofensiva enemiga, cada vez más débil, si bien los vigorosos asaltantes de Lempë no cejaban en el empeño.

Pocos minutos mas tarde los cuernos de Lempë volvieron a elevarse sobre la tormenta, tocando retirada; la primera oleada les había costado más cara de lo que ellos habían pensado. Por el momento el asedio de Ost-en-Aël había concluido con la victoria de los defensores, pero a qué precio, eso no era fácil de responder.

Yárfaila Veryawen

- Mi señora, Astharlae aún no ha regresado de su misión en Helkelen, y marchó hace ya tres lunas...¿creéis que saben de nuestro ataque?

Yárfaila miró a su soldado como si fuera un ingenuo.

- Claro que saben de nuestro ataque. ¿No tenemos nosotros medios suficientes para prever uno de los suyos? Ellos no son de menos.

El elfo la miró extrañado.

- Entonces, ¿cuál es la razón por la que enviasteis a Astharlae?

La maia puso una mano sobre el hombro del joven soldado, y sonrió, perversamente:

- Así, querido, Helkelen se confiará. No buscamos una victoria, aún tampoco una guerra. Aquél que permanezca a la espera, soportando la mordedura del lobo hasta agotarle, confiado, podrá dar un golpe sorpresa que acabe con él. Ahora, buscad a Âglaras.

Éste se presentó a la hora del crepúsculo, mientras Yárfaila jugueteaba en la charca cercana al campamento creando ondas de fuego sobre el agua y devorando con sus ojos las llamas remanentes. El elfo de cabellos rubios contemplaba con una sonrisa a la dama que se entretenía con sus poderes. Âglaras se acercó y le dijo:

-¿Qué quieres Yárfaila?

- Astharlae aún no ha regresado, algo me dice que lo han ejecutado…creo que deberíamos proceder con el ataque a su capital ya.

-El ataque ya está planeado así que por mí no hay problema…y no temo tampoco al enemigo…

-Haremos arder sus puertas y les obligaremos a salir a defender la ciudad…como ya dije hace poco tiempo : “aquél que permanezca a la espera, soportando la mordedura del lobo hasta agotarle, confiado, podrá dar un golpe sorpresa que acabe con él”.

Una carcajada se le escapó a Âglaras.

-Entonces partiremos al amanecer, la compañía ya está lista y todos repondrán energías esta noche y llenaran sus estómagos con una rica cena…el caso es que en estas frías tierras es difícil hallar un buen lugar para hacer un gran fuego.

-¿Acaso olvidas que hablas con la mujer que con más de un beso ha calcinado a el enemigo? ¿No recuerdas que mi aliento derrite glaciares y que mi pasión derrite a los mortales?...

Yarfáila se giró y andando con un dulce movimiento de caderas se puso en medio del campamento en el que había apiladas grandes cantidades de madera, se acercó y sopló suavemente e instantes después un intenso fuego ardía en las inmediaciones. Aquella noche los soldados comieron carne en abundancia y pronto marcharon a descansar pues el día siguiente se presentaría complejo. El próximo objetivo era presentar combate a las puertas de Ost-En-Aël.

Âglaras cabalgaba al frente del ejército, su melena rubia recogida centelleaba bajos los rayos del sol, sus vestimentas azules resaltaban más en horas luminosas como aquellas y su cara en todo momento denotaba un coraje y tenacidad insuperables. En cambio Yárfaila cabalgaba tras el vestida de cuero ceñido y escotado mostrando todos sus encantos y llevaba colgadas sus cadenas y enfundada su gran espada, Indonar. Los labios de color carmín nacarado intenso de la maia absorbían en su totalidad la calidez de Arien y su cuerpo sentía brotar una energía interna que la hacía arder en llamas y una pequeña gota de sudor, que bajo los rayos del sol parecía una perla, resbalaba de su cuello y bajaba despacio hasta internarse entre sus pechos y luego desaparecía.

La ciudad se hallaba a pocas millas, Âglaras aminoró la marcha y Yárfaila se adelantó a hablar con él:

-Que mañana más calurosa…la pasión arde en mí…ahora es cuando siento la nostalgia del tiempo que paso con Aikanáro en palacio saciando mis apetitos…

-Ya veo…acamparemos esta noche aquí, no haremos fuego, y tú no harás ninguno de tus juegos. Mañana al amanecer atacaremos Ost-En-Aël.

-De acuerdo Âglaras, ahora iré a relajarme y divertirme un rato y a jugar con tus soldados…eso no entra dentro de lo que tu llamas “mis juegos”.

De nuevo otra sonrisa le había sido arrancada al elfo.

Durante el transcurso de la noche unos nubarrones negros casi como el tizón habían tapado a la luna y amenazantes y furiosas al amanecer descargaron sus aguas sobre aquellas tierras, lluvias torrenciales que arrastraban inmensas columnas de fango ensuciándolo todo y quitando el poco atractivo que le quedaban a aquellas zonas. Las puertas y las murallas de Ost-En-Aël.

-¡Yárfaila!, ordena a la caballería que se sitúen en los flancos izquierdo y derecho del frente junto con los elfos que lucharan con las espadas y lanzas. Y tras ellos que se sitúen los arqueros y comiencen el ataque tras mi señal.- dijo Âglaras a la dama Veryawen.

Inmediatamente la dama se dio la vuelta y en sus pupilas se encendió una llama intensa y viva y sus ojos en ascuas intimidaban hasta los elfos a los que esperaban sus órdenes. Después de colocar al ejército como le dijo Âglaras habló Yárfaila:

-¡Qué no os intimide y amedrente mi mirada en llamas, ni el enemigo que se resguarda tras las puertas, ni temáis a la muerte en combate…temed el castigo que podrán darles a vuestras mujeres e hijos cuando tomen nuestras tierras con excusas injustificadas…ellos irrumpieron la paz atacando nuestra capital y ahora comenzarán a sentir la fuerza de nuestro ejército…y recordad como ya bien os dije antes que “aquél que permanezca a la espera, soportando la mordedura del lobo hasta agotarle, confiado, podrá dar un golpe sorpresa que acabe con él”. Y ahora gritad conmigo!

Un estruendo de gritos y vítores se alzó y cuando Âglaras alzó el puño y lo cerró todo en silencio quedó. Sonaban los cuernos de Lara, se preparaban para atacar al agresor.

Inmediatamente Âglaras ordenó el avance de la compañía y mientras intentaban asediar las puertas con las armas de asedio y abrir una brecha en las murallas los arqueros de Lempë Ohtari intentaron neutralizar a los arqueros que disparaban apostados y defendidos tras los muros de la ciudad. Fue ahí que las lluvias cegaban por completo a los arqueros de Ohtari en su intento por alcanzar a mirar hacia arriba y disparar con certera…y en cambio Helkelen Lara aprovechó esta desventaja pues atacar de arriba abajo era mucho más fácil y numerosas bajas del ejército agresor hicieron que la batalla se decantase por dar la victoria a Helkelen Lara. Pero Yárfaila viendo como la sangre de aquellas tierras horrendas a su parecer se teñían con rojos rubíes de sus compañeros enfureció y decidió usar su poder. Mientras tanto junto a la puerta y resistiendo como podían al ataque masivo de las saetas se hallaban Âglaras y el resto del ejército aguardando a que las puertas cediesen para poder entrar a la fuerza en Ost-En-Aël.

Yárfaila respiraba profundamente…sus cabellos cobrizos empapados y calados por la copiosa lluvia comenzaron a elevarse en el aire y a ondear y de su cuerpo comenzó a desprenderse vapor hirviendo de agua…sus ojos negros se tornaron rojos como los flujos de los volcanes más siniestros, con los brazos apuntando al suelo y apretando los puños tan fuerte que sus uñas se le clavaron provocando la salida de un par de pequeñas gotas de sangre Yárfaila gritó un nombre en una lengua antigua ininteligible para el resto de los allí presentes y una gran llamarada la cubrió y la dama ardiente apuntó con su dedo índice derecho trazando una línea imaginaria bajo las murallas de Ost-En-Aël de repente el siniestro ruido de las almas consumidas en los más profundos infiernos se elevo junto con varias intensas llamas flameantes que calentaron de tal forma el agua de los niveles inferiores que ésta comenzó a ascender como una nube de vapor hirviendo completamente letal que entró en contacto con las caras de todos los arqueros y sus manos y cuerpos abrasándolos vivos a todos y haciendo que la mayoría de sus cuerpos reposasen instantes después sin vida sobre los muros.

Fue entonces cuando las puertas de Ost-En-Aël se abrieron por voluntad de Helkelen Lara y tras ella salieron a la carga cinco enormes Ents que arrollaron a la mayoría del ejército dejándolo conmocionado y sembrando el caos.

Âglaras no consentiría no derribar a aquellos seres que arremetieron salvajemente contra sus hombres y causando tal destrozo y bajas alrededor…el elfo desenfundo su espada y se lanzó sobre un de los ents, y comenzó a trepar mientras se asía con toda su voluntad a los nudos de la madera del ent que desesperadamente se zarandeaba para librarse de su ejecutor en un inútil intento por salvarse. Llegado a los ojos del ent Âglaras tomó su espada y la incrusto en las profundidades de la madera, un horrible grito éntico se alzaba ensordeciendo a todos los que allí batallaban. Una segunda tajada privaba al ent de su vista, jamás podría volver a ver el sol brillar o la naturaleza crecer, jamás podría contemplar la belleza del mar o a las flores mirar. Y de este de un salto se tiró a un ent cercano que horrorizado contemplaba la cruel escena y su misma suerte corrió. Entonces Âglaras habló:

-Si no queréis que os prive del maravilloso don de la vista arrodillaros y no sufriréis daño alguno…

Ningún ent se arrodilló, ningún ent jamás a otro ser que Âglaras vió.

Cuando el elfo frenó la arremetida de aquellas moles ciegas y privadas del disfrute de la visión se batió en combate destacando por su destreza, pero en todo momento tras aquella frialdad había un capitán que recogía heridos y en ningún momento alejaba la mirada de la dama Yárfaila.

En ese instante una flecha disparada contra Yárfaila fue parada por el pecho de Âglaras, el cual se derrumbó abatido por el flechazo sobre el suelo. Yárfaila inmediatamente se volteó y gritó:

-¡No!¡Âglaras!...Vas a pagarlo caro…¡maldecirás la hora en que naciste!.

Yárfaila se lanzó a la carrera a por el arquero que disparó a su capitán y cuando estaba junto a él el arquero paralizado no reaccionó, Veryawen sacó sus cadenas lo aprisionó con las dos y luego a la vez con furia tiró separando su cuerpo en dos. Con las cadenas desplegadas comenzó su terrible azote y se arrancaron cabezas por doquier, pero lo más terrible fue cuando al recoger las cadenas dos humanos la tomaron desprevenida y tiraron sobre el suelo empapado por el agua y la sangre…despojándola de sus armas y mirando su escote y belleza general, empezaron a manosearla y Yárfaila emitió una pícara sonrisa se acercó al que la sujetaba y le clavó en el corazón una fría daga que con la sangre de su corazón se calentó y al otro lo tomo y abrazó y lo tiró contra el suelo y estando tumbada sobre el posó sus mano sobre la parte que más placer le podría dar que una dama como ella tocase y al instante la palma de la mano de la maia soltó un fogonazo y prendió fuego a al hombre y a sus genitales.

-Así aprenderás…-susurró para sí la maia.

Yárfaila regresó junto a Âglaras, la flecha del pecho le había atravesado por completo y no paraba de perder sangre cuando de repente una daga afilada empuñada en la mano de un soldado que se arrastraba por el campo de batalla se clavó en el abdomen del elfo, el cual debido a la inconsciencia en que se encontraba ni se percató, un nuevo río de sangre brotaba y las hemorragias intensas no cesaban…la vida de Âglaras pendía de un hilo…había que llevarlo a un lugar seguro, aunque eso supusiese una retirara temprana o indebida…Yárfaila hacía sonar el cuerno de la retirada.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Lempë Ohtari ha perdido 25 armadas x35= 875 puntos.

Recuperables: 292 puntos. Han solicitado el uso de un poder especial pero no se tiene en cuenta porque la petición se hizo fuera de plazo.

Valoraciones: 8+6,4+7,86+6+6+6= 6,71

Recupera: 196 puntos. La petición de daños a los dirigentes no es tenida en cuenta al haberse mandado fuera de plazo.

Pierde: 679 puntos.

Helkelen Lara ha perdido 17 armadas x35= 595 puntos.

Recuperables: 397 puntos.

Valoraciones: 7,5+7+7,4+6+7+7,4= 7,05

Recupera: 280 puntos. Los dirigentes de esta compañía sufren daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperación: 455 puntos.

Pierde: 140 puntos.

Helkelen Lara percibe 450 monedas por la victoria en la batalla.

Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.