La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 5. C1 Eirë Esteldor Vs C4 Heren Fanyarëa.

2006:06:16:23:46:34

Kelusse

Fin Guerra: Eirë Esteldor deja de Atacar

Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 9

Armadas perdidas por \"Heren Fanyarëa\" = 7

Victoria para Heren Fanyarëa.

Naredhel Anariel

El camarote huele a humedad y madera mojada. Todo aquél maldito barco huele igual. El interminable vaivén de las olas empuja el barco entero en cada movimiento, mientras intento concentrarme delante de un mapa, algo que parece prácticamente imposible.

El ruido de la cubierta llega hasta a aquí, penetrando a través de las rendijas de la madera. ¡Cómo añoro la soledad y tranquilidad de mis aposentos en Sornosunë! Con la vista fija en un punto concreto del mapa, intento calibrar las opciones que tenemos según los últimos informes llegados desde el puerto de Lingwillóce. Y no encuentro ninguna.

Desde hace días el puerto ha sido tomado por la Segunda Compañía de Esteldor, y mantiene bloqueado el paso. Ninguna ayuda puedo esperar desde el puerto del Este. Y lo que es peor. Temo cada día más que aquella compañía abandone su posición de bloqueo, y se dirija hacía aquí. Atrapados. Estamos completamente atrapados entre ellos, y las compañías que nos aguardan agazapadas en el puerto de Undumelondë.

Varios mensajes salieron de mi camarote hace apenas dos días, y las Águilas Sagradas los llevaron buscando una ayuda necesaria. Pero todavía no ha habido respuesta, y es posible que esos mensajes nunca lleguen a su destino. Por eso todavía espero. Por eso todavía me concentro en este mapa buscando una solución que no voy a encontrar.

Amanece y el calor es ya casi insoportable. Como un trueno llega hasta mí la voz del Maestro de Armas, llamando al orden y al silencio. Creo que muchos de nuestros soldados han olvidado que estamos en guerra, y que el enemigo dispara flechas certeras desde el puerto cercano.

Apenas cubierta con un vestido de muselina azul, salgo al exterior en busca de un poco de aire fresco. Pero éste brilla por su ausencia. La brisa del mar viene cargada de humedad, pero trae con ella el calor del sur y del cercano desierto de Alaterumë. A lo lejos se divisa el tenue brillo de las luces de Lingwillóce, que poco a poco se van apagando con el amanecer. Pero por más que lo intento no puedo vislumbras las lejanas lindes de Taurëlinque.

Llevamos casi tres días sin apenas nada que llevarnos a la boca. Y yo algunos más. Desde que fui consciente de que aquella situación iba a prolongarse en el tiempo, decidí prescindir de alimento alguno. Por que yo, que he atravesado el Hielo Crujiente, siento aún que puedo resistir cualquier carencia. Por que lejos en el tiempo, me convertí en Noldor de adopción, de corazón, de alma. Y esa es una fuerza que me acompañará siempre.

También Alkalabrindeth y Lyshion han seguido mi ejemplo, y tras ellos muchos otros. Por que todas las noches la muerte visita los húmedos camarotes de madera, y se lleva a alguno de los heridos en la batalla anterior. Y eran estos quienes necesitan realmente de los pocos alimentos que hemos conseguido rescatar de los barcos hundidos en la batalla anterior. Pero ahora ya no queda apenas nada. Ni siquiera para ellos.

Apoyada sobre la barandilla del barco, no veo llegar a Lyshion.

- Señora, han llegado informes recientes.

Me giró repentinamente, sobresaltada por encontrarlo tan cerca sin haberme percatado de ello, y él sonríe burlonamente.

- Pensé que querrías verlos de inmediato – me dice, intentando permanecer serio, aunque sé que se está riendo de mí.

Una sola mirada basta para conseguir que recupere la compostura. Me tiende los papeles, y los reviso apresuradamente. Quizás sea esta nuestra última esperanza. Uno a uno, van pasando por mis manos. Noticias contradictorias a veces. Ni siquiera los informadores son de fiar en tiempos de guerra. Movimientos incoherentes de compañías, que no esperaba, me hacen dudar.

- ¿Es cierto? – pregunto sin levantar la mirada de las notas.

- Buena pregunta. Es poco verificable, desde luego. Pero parecer ser que sí. La Compañía del Rey de Esteldor parece haber abandonado anoche el puerto de Undumelondë, evitando ser descubiertos.

- ¿Sabemos hacía dónde se dirigen?

- Ojalá lo supiéramos. Quizás sea simplemente una maniobra ante nosotros, para que nos sintamos más confiados e intentemos un posible ataque al puerto.

- Los informes que han llegado del Sur hablan de un avance de Liantari a través de las ciénagas. Quizás sea esa la razón de esta marcha apresurada… Quizás esto significa que nuestros mensajes han llegado.

- Si lo fuera, sería de verdad un golpe de suerte. Pero todavía no sabemos qué ocurre con la Segunda Compañía de Esteldor. Y tampoco hemos tenido respuesta de nuestra Compañía de Felekgathol.

- En todo caso, las noticias son confusas, y bastante ambiguas. Ni siquiera en estas circunstancias podemos arriesgarnos a un nuevo ataque al puerto. Nuestra situación sigue siendo delicada.

Cualquier comentario parece fuera de lugar. Sé muy bien que el Maestro de Armas ha calibrado ya todas las opciones. Si hubiera la más mínima esperanza en estos momentos estaría ordenando un nuevo ataque, en lugar de mantenerse frente a mí con el ceño fruncido.

- Todavía debemos esperar – me contesta, mientras le devuelvo los informes y nos encaminamos hacia los camarotes.

Un suspiro de frustración escapa de mis labios. Seguimos atrapados aquí, en este maldito barco que se niega a quedarse quieto, y con este maldito olor a humedad que inunda todos mis sentidos. ¿O quizás no?

Creo vislumbrar un movimiento sospechoso desde el puerto. Pero me parece extraño por que el vigía no ha dado la voz de alarma. Debo haberlo imaginado. Debe haber sido un reflejo, una sombra, un pájaro…

La flecha llega silbando. Extrañamente, el dolor llega antes incluso que su sonido. Un dolor que me hace hincar la rodilla en el suelo, mientras intento recuperar la respiración perdida. Lyshion, que caminaba hace apenas un instante delante de mí, se gira y me mira sorprendido. Entonces, desde lo alto, suena por fin la voz de alarma, que se extiende de barco en barco arrastrada por la brisa.

Certera, el hábil arquero esteldili ha hundido la flecha en mi pierna derecha. Detrás de ella, otras más llegan hasta nosotros buscando un nuevo blanco, aunque acaban incrustándose con poca fortuna en la madera.

Mientras Lyshion me arrastra literalmente hacia la pared de los camarotes para ponernos a cubierto, intento recobrar fuerzas. Después desaparece gritando órdenes, y poco a poco el barco comienza a moverse. Estamos tan cerca del puerto que apenas unos metros nos separan de la compañía enemiga. Pero no esperábamos este ataque. No en este momento.

Apoyada sobre un muro de piedra, intento sobreponerme al dolor, y rompo la flecha lo más cerca que puedo de mi carne. El esfuerzo hace que la punta penetre aún más si cabe, mientras la sangre que sale a través de la carne abierta desciende por mi pierna de forma incontrolada. Cierro los ojos un instante, mientras un sudor frío perla su frente. Un instante para retomar fuerzas. Mis manos temblorosas buscan un apoyo, y finalmente consigo levantarme y ponerme en pie. He de encontrar mi espada. Sólo yo soy capaz de abandonar mi camarote sin espada. Sólo yo.

Desde la muralla desciende hacia la playa la compañía enemiga. La voz del Maestro de Armas llega hasta a mí mientras entro en el camarote y recojo mi espada. Sin apenas tiempo para reorganizarse, los soldados de Sornosunë han comenzado a desembarcar. Sus ojos hambrientos reflejan una desesperación salvaje. El hambre ha despertado su esencia animal, esa esencia sagrada que todos los ramalië llevan dentro.

Sin apenas esperar orden alguna, los arqueros ha tomado posiciones y responden al fuego enemigo, cubriendo el desembarco de los soldados de Lyshion. Y junto a ellos, Alkalabrindeth y la Compañía de Enanos de Felekgathol, para quienes el hambre es mucho peor que la muerte.

He conseguido desembarcar, pero me siento débil. He perdido mucha sangre, lo sé. Pero eso no evitará que mis soldados vean a su reina en la batalla. Aunque sea por última vez. La Unión está en juego una vez más. El fulgor de mis ojos refleja la ira de Arien en los cielos. Traición. Furia. Ira. Morir luchando. Por que no dejaré este mundo sin derramar litros de sangre. Propia y ajena. Por que cientos de voces cantarán un día el aciago final de una reina. Y en esas canciones viviré hasta el final de los tiempos. Hasta que el destino de Arda sea cumplido.

El sol se refleja en mis ojos dorados. Un panorama brillante de arena y mar, salpicado por la luz ahora rojiza de las espadas. Avanzo torpemente, y un hombre de cabellos oscuros se cruza en mi camino. Sus ojos negros como el carbón se posan sobre mí, mostrando todo el odio que siente hacia los invasores de su tierra. Puedo imaginar, comprender, el intenso sentimiento de ira que nuestra presencia despierta en Esteldor. Pero esta guerra ya no puede detenerse. La sangre caída en ambos bandos es demasiada. Demasiados son también los caídos.

Aprovecha su ventaja. Sorprendida, retrocedo alzando mi espada, pero sin la fuerza suficiente como para resistir su embestida. Y la pierna herida no soporta el peso del golpe del hombre. La arena se desliza bajo mis pies, y caigo de espaldas sobre ella, mientras Runyacir cede palmo a palmo, y la espada del hombre se acerca peligrosamente a mi cuello. Pero un hacha certera viene en mi ayuda. La veo incrustarse en la cabeza del hombre, quien apenas siente nada. La muerte es instantánea. Un gran chorro de sangre cae sobre mí, seguida por una masa blanquecina. El cuerpo muerto se mantiene de pie por un tiempo, y después cae sobre mí como una losa.

Fue entonces cuando escucho por primera vez el grito del Águila. Y todos mis miedos se esfuman, dejando paso a la esperanza. Empujo con fuerza el cuerpo del hombre y me incorporo lentamente. A lo lejos, Alkalabrindeth me miraba con una sonrisa en los labios, y yo consigo esbozar una sonrisa también, agradeciendo en silencio mi vida.

La batalla apenas acaba de empezar, pero ya ha terminado. Poco a poco la compañía enemiga empieza a retroceder. El horizonte refleja las blancas velas de los barcos de la Segunda Compañía de los Ramalië, y para ellos ya es una batalla perdida. Los arqueros esteldili protegen la retirada de su ejército, lanzado flechas certeras que se cobran las últimas vidas. Entre ellas, la del Capitán de la Compañía de Felekgathol. Pero Alkalabrindeth, en un arranque de ira, se lanza hacia el torreón seguida del resto de la compañía de enanos, desapareciendo poco después tras las murallas. Nadie consigue hacer nada por detenerlos. Desean vengar sangre con sangre. No puedo culparlos por ello…

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El grito del Águila me despierta de mi ensoñación. Las olas del mar lamen mis pies descalzos, llevándose con ellas los restos de sangre que descienden a través de mis piernas. De espaldas al mar, mis brazos caen a ambos lados de mi cuerpo, como si fueran dos apéndices muertos. Mi mano derecha sujeta apenas a Runyacir. Un reguero de sangre acaricia el filo de la espada, escapando de ella en forma de espesas gotas que acababan escondiéndose en la arena de la playa para luego ser arrastradas al mar.

Arien se encuentra ya en el cenit de su andadura, mientras El Águila planea sobre las tierras ensangrentadas de Esteldor. La ayuda ha llegado. Tarde para muchos, pero al fin ha llegado…

El mar, voraz como nunca antes, se lleva nuevamente la sangre de muchos de los caídos. Incluso algunos cuerpos, caídos demasiado cerca de la orilla, son arrastrados poco a poco hacia las aguas hambrientas.

Ante mí, el cuerpo de un joven es suavemente empujado por las olas. Sus cabellos mojados parecen cobrar vida al compás de las aguas, que lo elevan dulcemente en cada empuje, y lo atraen hacia ellas, amantes posesivas de su cuerpo, envolviéndolo entre la blancura espumosa de sus brazos.

La playa, antes joya de arenas blancas refulgentes al sol, aparece sembrada de cuerpos inertes. Elfos y hombres han luchado allí, hasta apenas hace unas horas, peleando por cada grano de arena. Ahora, la sangre vuelve a cubrirlas de rojo.

Un nuevo grito del Águila, ahora más cerca de mí aún, precede a la aparición a mi lado de Alsenot, Señor de los Varna Rámar.

- Debemos avanzar, Airinya. El ejército esteldili se bate en retirada, pero es probable que pueda reorganizarse más allá del río, y atacar con renovadas fuerzas.

Asiento levemente con la cabeza, y me siento débil, apenas incapaz de articular palabra.

- ¿Ha… ha habido muchas bajas? – pregunto con un hilo de voz.

- No muchas – responde con voz grave – Pero sí demasiadas. Siempre lo son. La Compañía de Alkalabrindeth ha sido casi destruida por completo, y ella se encuentra malherida también.

Me giro bruscamente hacia él, incrédula ante sus palabras. Pero este último gesto parece haber agotado mis fuerzas. “Llévame hasta ella” pienso, y creo haberlo dicho en voz alta. “Llévame hasta ella”.

Pero siento que mi cuerpo cae sobre la arena abrasada por el sol. Después, ya no recuerdo nada.

Jade

Allí estaban de nuevo, un día más.

Había esperado que el hambre y el abrasador clima de la zona les hiciera desistir. Despertaba antes del alba y caminaba hasta la playa con la esperanza de que una tormenta nocturna, enviada por algún Poder superior, hubiera hecho desaparecer la amenaza. Pero allí seguían, ondeando sus banderas, día tras día, a pocas millas de su costa.

La espera le estaba consumiendo y su esperanza desvaneciéndose, hiciera lo que hiciera aquella suave arena volvería a teñirse de rojo pues sabía en su corazón que no podría evitarse aquella batalla…lo sabía, sí, y aun así no era capaz de dar la orden.

Las aguas lo acariciaron en un intento de calmar sus turbulentos pensamientos y Hurin, sorprendido ante aquel amoroso gesto, bajó la vista para apreciar la retirada tímida de la ola. Un pie descalzo apareció en su campo de visión a la vez que una pequeña mano encontraba descanso en su hombro. No necesitó volverse, sabía quién estaba a su lado, sólo conocía a una persona que le tuviera fobia a los zapatos. En momentos cómo ése ella era la voz de su conciencia, aquella que le decía aquello que no se atrevía a pensar.

- No comprendo el porqué más de lo que lo entiendes tú pero puedo ver lo inevitable de la situación. No podemos esperar más.

- Deseé que no lo resistieran, creí que el hambre era mi aliado y ahora comprendo que se ha convertido en mi enemigo. ¿Sabes lo que la necesidad le hace a un hombre?- No esperaba respuesta y prosiguió- Despierta sus más oscuros instintos. No es que estén dispuestos a morir, es que saben que van a morir y ya no les importa.

Girando sobre sus talones, Hurin posó su mirada en Jade, con el dedo índice de su mano izquierda colocó un travieso rizo tras su oreja y suspiró.

- Vamos a perder ésta batalla, Jad.- Dijo en un susurro.

- Quizá no podamos decidir ganar pero podemos decidir cuándo perder, no esperaremos aquí como cochinillos asustados.

Hurin sonrió, la mano de Jade ya no descansaba suavemente sobre su hombro, sino que lo apretaba con vehemencia. Sopesó la situación.

- No podemos hacernos a la mar, están demasiado cerca, sería como enviarles un mensajero anunciando el ataque y no dispondríamos de hombres suficientes para defender la costa.

- Están lo suficientemente cerca para que nuestros arqueros hundan un par de sus navíos antes de que se den cuenta de lo que ocurre. Da la orden y yo te seguiré.- Se miraron un segundo antes de volver su atención hacia los barcos enemigos que ensuciaban su horizonte.

- Bien -Dijo el comandante supremo rompiendo el silencio- que tus arqueros se preparen mientras reúno a mis hombres. Hoy, los fuegos de artificio le darán la bienvenida a Anor.

Y dieron la espalda a la playa y caminaron hacia sus deberes sin volver la vista atrás.

Cuando llegaron a la antigua Casa de la comandancia, un magnífico edificio de tres niveles engalanado con grandiosas vidrieras, Dair y Malek, lugartenientes de ambas fuerzas, los estaban esperando en la enorme sala de recepciones. Sin apenas mirarlos, Hurin dio la orden de que ambos juntaran a sus respectivas tropas y, sin esperar confirmación, pues ninguno se atrevería a desafiarle, inició al ascenso hasta la planta superior del edificio, donde se hallaban las estancias privadas de los nainiri.

Una vez arriba, Jade y Hurin entraron en sus respectivas habitaciones sin mirarse, habían de prepararse, era un momento para la soledad, para abandonar el miedo del hombre y vestirse con el alma del guerrero.

En cuanto Jade entró en la habitación sus ojos violetas volaron hasta posarse en el arco y el carcaj que descansaban contra la pared, los miró largo rato como si fueran una aparición, como si no los conociera, y se preguntó que hacían allí, que hacía ella allí…y entonces pensó en Kelusse, en Calenglín, Nowë, Amarthdûr, Serkiel, Eardin, Earine, Nyrath y hasta en el anciano, todos ellos luchando lejos de allí por aquella amada tierra, ¿Qué derecho tenía ella a dudar?. Vio sus sonrisas pasar ante sí y apareció en su mente el pensamiento de que quizá, a esa hora temprana, alguno de ellos podría haber muerto, y supo entonces, no sólo el motivo por el que merecía la pena morir, sino aquél por el que merecía la pena matar. Con decisión, comenzó a prepararse.

Hurin, sentado al borde de la cama, recordaba, como cada vez antes de una batalla, sus batallas anteriores. Mientras tanto, en un acto de concentración y costumbre, limpiaba y engrasaba su espada y su escudo, en un intento de cubrir una sangre seca que en realidad nunca saldría. Había realizado ese ritual en innumerables ocasiones y, sin embargo, nunca lo recordaba. Lo que sí recordaba con toda claridad era el tacto cálido y viscoso de la sangre resbalar por su brazo izquierdo cada vez que hundía su espada en el estómago de algún enemigo, recordaba cada cabeza cercenada y cada brazo amputado y recordaba sobre todo a cada hijo y viuda que no tendrían ni el consuelo de un Túmulo donde llorar a los muertos que él dejaba a su paso.

Hubiera deseado desaparecer pero sabía lo que ocurriría si él abandonaba, si se marchaba y las tropas enemigas entraban en aquella tierra de pescadores. Lo había visto antes. Casas derruidas y fuego por todas partes, niños y ancianos masacrados, mujeres y niñas violadas y mutiladas, y así durante días, hasta que el enemigo hubiera visto saciada su sed. Aquello no ocurriría en Ringil ni en ningún otro lugar de Esteldor. No conocía mejor motivo para la lucha que defender su tierra y a sus habitantes.

El guerrero estaba preparado y se dirigió a la muralla donde sus hombres lo esperaban.

El amanecer había llegado.

Jade, que había tomado posiciones al frente de los arqueros, estaba a punto de ordenar la primera descarga cuando Hurin, encabezando su ejército montado, le hizo señas de detenerse.

El comandante había vislumbrado en la cubierta de una de las naves la figura de una mujer, y el destello cobrizo de sus cabellos le había proporcionado su identidad. Como si de un grito de batalla se tratase vociferó con renovada energía.

- ¡Mátala! ¡Jade, mátala!- y señaló con su dedo el objetivo.

La nainir tardó un segundo en saber a quién se refería el Duin, pero cuando pudo fijar el blanco comprendió, era Anariel, la reina de Heren Fanyarëa, si ella caía la batalla habría concluido y se salvarían muchas vidas.

Se concentró en su diana, haciendo que cualquier otro punto se convirtiera en un borrón, acarició su arco como si de un amante se tratase, tensó la cuerda y apuntó. En ese momento la cabeza de su caballo se movió lo suficiente para obstruir su visión. No importaba, se quitó los zapatos y se puso de pie en el lomo del animal, repitió el ritual y disparó.

Pocos segundos después comprendió su error, las ondulaciones del mar son traicioneras y la distancia había variado lo suficiente para provocar la caída prematura de la flecha, haciendo que ésta hoyara la pierna de la reina en vez del corazón.

El estrecho canal del puerto sólo permitía el paso a un único barco por vez y el enemigo, ante aquel ataque inesperado a su líder parecía no saber que hacer. Esa situación no duró mucho tiempo, pronto las voces de alarma de los navíos enemigos llegaron hasta la costa y los primeros barcos comenzaron a moverse.

Había que frenar ese avance como fuera posible y Jade ordenó a los arqueros esteldili la primera descarga, saetas de fuego surcaron el cielo confundiéndose con los primeros y potentes rayos del sol. No fue un aviso y un buen número de bajas llenó las cubiertas de los navíos enemigos, cuerpos que, rápidamente, fueron arrojados al mar, tiñendo sus cristalinas aguas.

A pesar de todo, el ejército invasor no paró su embiste y mientras los primeros barcos cruzaban el canal, las flechas enemigas también encontraban carne esteldili a su paso.

Una segunda descarga, una tercera….nada parecía frenar el ataque, incluso cuando una de las naves estalló en rojas llamaradas, la compañía de Heren Fanyarëa, pareció renovar sus fuerzas.

Jade y Hurin cruzaron sus miradas un segundo. Nada evitaría que el asaltante posara sus pies en la blanca arena. Y ambos lo sabían

El Duin arengó a sus hombres y éstos, a lomos de sus caballos de guerra, descendieron hacia la playa sin titubeos, henchidos del coraje que otorga el morir por lo que amas, mientras sobre sus cabezas silbaban las saetas que cortaban el cielo en uno y otro sentido.

Durante el descenso podían ver como su playa daba cabida al poderoso ejército atacante como si de un enjambre se tratase. Algunos caían bajo las saetas, pero otro, muchos, los estaban esperando.

El choque es brutal, las espadas y hachas comienzan su canto, la atmósfera se hace cada vez más densa, casi espectral.

Anar parece sólo tener ojos para Hurin, se refleja en su encerado escudo haciendo cegar a sus enemigos que desvían la vista el tiempo justo para recibir su estocada, siempre certera, siempre mortal. En medio del baile, un destello cobrizo atrae su atención, gira a tiempo para ver cómo Anariel cae a los pies de Dair, su lugarteniente, que se prepara para asestar el golpe de gracia que acabará con la vida de la reina…y con la batalla.

En su concentración, el guerrero no se percata de que un enano, hacha en mano, corre hacia él para salvar la vida de su gobernante y el ruido es tan ensordecedor que el grito de Hurin cae en oídos sordos, el Duin comienza a correr hacia ellos, cercenando todo aquello que sale a su paso y recibiendo múltiples heridas que apenas siente. La arena que pisa ya no es arena sino lodo carmesí.

Sigue corriendo, pero tiene la sensación de que cuanto más corre más despacio va, el brazo derecho le pesa tanto que tiene que dejar caer el escudo y no comprende porqué su pierna izquierda pesa una tonelada. No le importa, sigue corriendo. Una flecha pasa silbando junto a su oído pero apenas nota que ha horadado la piel de su sien y sigue corriendo. Su mirada se nubla y su pierna se niega a dar un paso más, cae al suelo pero se niega a rendirse.

En el momento en que el enano levanta su hacha, el Duin lanza la daga que sesgará la vida de éste, aunque ya será demasiado tarde para Dair, que cae sobre la reina, aún viva, con la cabeza abierta en dos. Hurin no tiene tiempo de lamentarse, la oscuridad ya ha hecho presa de él.

Allí, sorteando el contingente de flechas que sobrepasan las murallas, Jade observa como una espada enemiga deja muerto el brazo derecho del Duin, que deja caer su escudo.

- Malek, cubre la retirada- ordenó a su lugarteniente antes de abandonar la formación en dirección a la playa.

En su alocada carrera pudo vislumbrar los refuerzos invasores que llegaban a través del mar.

- ¡A las murallas! ¡Retirada!

Cuando se dirigía hasta el lugar en que había visto caer a Hurin, un soldado enemigo se interpuso en su camino, no tuvo que matarle, su caballo se ocupó de eso. Siguió al galope pero el comandante ya no estaba donde lo había visto caer, aquello era un caos y bien podía haber confundido la localización. Hizo girar al caballo trescientos sesenta grados pero no había rastro del Duin.

Ocupada como estaba, no vio venir la flecha, mas aunque la hubiera visto poco habría podido hacer para esquivarla. Antes de darse cuenta, su pierna había quedado cosida a la montura de cuero.

- Mi señora, ¡Debemos irnos!- el soldado amarró sus riendas en un intento por sacarla de allí.

- ¡NO! ¡Buscad a Hurin, buscad al Duin!- Cada vez que el caballo se movía, su pierna palpitaba.

- Gorthul lo lleva en su caballo, ¡Vamos! ¡Retirada!

Un tropel de enanos los siguió hasta más allá de las murallas, que se cerraron tras ellos y, con ellas, su única vía de escape. Los arqueros esteldili no dejaron prisioneros.

Una vez que llegaron a la seguridad de las dependencias de curación, ambos nainiri fueron atendidos rápidamente. La dura cabalgada había dejado estragos en la pierna de Jade que comenzó a sangrar profusamente al retirar la flecha. Por suerte, ésta no parecía haber tocado el hueso ni dañado la arteria principal. La fortuna había estado de su lado, curaría deprisa.

El Duin, en cambio, no había tenido tanta suerte, la fiebre le había subido rápidamente y su frente, perlada en sudor, se contraía a causa del dolor. Habrían de esperar para conocer el alcance del daño causado por las múltiples heridas recibidas.

Todos los heridos iban a necesitar descanso y el sanador oficial ordenó que les fuera administrado a cada uno de ellos un brebaje sedante. Poco después, ni siquiera el recuerdo de su playa engalanada por una alfombra de cadáveres, logró mantenerlos despiertos.

Primero fue el enemigo y luego el cansancio, dos veces derrotados en un mismo día.

Naredhel Anariel

Heren Fanyarea:

9+8+7.6+9+9= 8.52

Armadas Perdidas:7

Puntos Perdidos: 245

Recuperables: 162

Recuperan con la historia: 138 puntos

Han solicitado daños de vida, pero al tener una pérdida de armadas menor a la solicitada, no puede aplicarse la pérdida de vida.

Pierde 107 puntos.

Eire Esteldor:

8.5++7.6+7.6+8.2+9= 8.18

Armadas Perdidas: 9

Puntos Perdidos: 315

Recuperables: 104

Recuperan con la historia: 85 puntos

Han sufrido daños por valor de un 60% de vida, por lo que recuperan 210 puntos.

Total recuperado: 295 puntos

Pierde 20 puntos.

No hay bonificación por batalla ganada.

Eirë Esteldor entrega a Heren Fanyarëa 100 monedas en concepto de retirada de batalla.

Compañías actualizadas y listas!!!