Kelusse
Fin Guerra: Helkelen Lara se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 23
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 29
Victoria para Lempë Ohtari.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:06:19:11:59:24
Fin Guerra: Helkelen Lara se retira del Combate
Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 23
Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 29
Victoria para Lempë Ohtari.
Aquella noche, la vieja posada “El mazo de Troll” estaba atiborrada de un público que intentaba resguardarse del frío del exterior. La gran chimenea estaba a pleno rendimiento. Un anciano llegó a la estancia después de un lejano viaje y pudo comprobar que todo estaba tal y como lo recordaba: la calidez del lugar, el olor a la carne asándose y el bullicio formado por las voces de unos y otros al hablar y cantar, el chocar de las frías jarras de cerveza, los gritos, vitoreos y apabullamientos a unos y otros prosaicos que relataban historias que antaño fueron el presente, todos estos elementos y muchos más embriagaban aquella taberna, y entre todos estos la voz de un hombre que hablaba con la tabernera cobró mayor importancia y tono severo cuando comenzó a relatar la historia de la batalla que tiempo atrás se librase sobre tierras lejanas, tierras habitadas por gentes desconocidas y donde actos de alguna índole heroica corrieron a cargo de su cuenta. El anciano pidió una gran jarra de cerveza fría y unos frutos secos del Bosque Rojo, próximo a Yavëtil y Ostova Lorë, y se acomodó y comenzó a relatar lo que aquella noche muchos no recordaban o nunca supieron y lo que otros pocos habían vivido:
Turbulenta se presentaba aquella mañana y el aire con furia surcaba los rostros de los soldados de la compañía de Lempë Ohtari. Al frente de las tropas de aquel regimiento se encontraba Erendel acompañado por Arandir. El frío en aquellas tierras heladas no amedrentaba al ejército del rey y su avance apenas se vio retrasado por aquellos gélidos lugares.
Arandir, el Edain, iba junto a su rey y portaba un estandarte con la espada en llamas que era la insignia del reino, la cual a su alrededor generaba su propia aura de calor y el hielo que tocaba derretía…
El humano ataviado de una gran coraza y la cabeza al descubierto portaba orgulloso el emblema de sus nuevas tierras y con la cabeza bien alta combatía aquel frío que atravesaba como punzantes dagas y a ese viento que pretendía aminorar la marcha de los soldados de Lempë Ohtari.
Aún recuerdo como Erendel, el rey, con su cabellera rubia ondeando en el viento a la par que lo hacían los estandartes de Lempë Ohtari iba vestido con ropas de tonos verdes y marrones, no era claro decir cual exactamente pues estas se amoldaban a un color u otro según el tipo de paisaje. Los pensamientos del rey estaban lejos de aquel lugar, inmersos en la preocupación continua por el desarrollo de las otras batallas. Erendel se acercó a uno de sus mensajeros y les preguntó:
-¿Hemos recibido alguna noticia?-preguntaba el elfo con intriga.
-Lo lamentamos señor…aún no han dado señales de vida, es más ni si quiera recibimos el mensaje que se mandó desde Ostova Lorë para usted señor…quizás este temporal halla dificultado la entrega de la información…el viento es un fuerte contratiempo señor.-respondió el mensajero.
-Ya veo…bueno ahora tenemos que empezar a preocuparnos en como organizar el ataque a la compañía que detectamos días atrás y el viento nos ayudará y tu mismo podrás ver como el viento es más bien un fuerte aliado.-respondió Erendel a la par que emergía en sus labios una sonrisa de satisfacción.
Pasado un tiempo Erendel nos ordenó establecer el campamento para descansar esa noche antes de atacar a la compañía enemiga, cuando todo estaba organizado fue a la tienda de Arandir. El Edain estaba practicando con la espada para la mañana siguiente.
-Hola Arandir, estate preparado para mañana antes del amanecer. Atacaremos con los primeros rayos del sol, nuestro acero sobre sus carnes será lo primero que ilumine la mañana de nuestros enemigos.-
-¿Qué posibilidades tenemos?¿De qué estrategia os valdréis para atacar al campamento enemigo?...
-Las posibilidades son elevadas pues tan solo tenéis que contemplar el corazón de todos estos guerreros que nos han seguido hasta aquí con el único motivo de conseguir el beneficio de sus prójimos y su beneficio personal, es más, saben que en estos tiempo la guerra se está tornando la única manera de alcanzar la paz para las nuevas generaciones. Y lo que haremos es al amanecer aprovechar los vientos y comenzar un ataque a distancia con nuestros arqueros y luego usaremos las catapultas desde una distancia mayor y el viento hará el resto. Después entraremos con un ataque directo y romperemos sus defensas sembrando un caos mayor y los rodearemos no dándole posibilidad a que envíen mensajes de ayuda y refuerzos cercanos complicasen más la batalla.
-Veo que lo habéis pensado ya fríamente.
-Si, ahora descansa mañana será un día duro.- decía Erendel mientras salía de la tienda.
Un par de horas antes del amanecer Erendel ya estaba despierto pues el pensar en la batalla próxima le privaba del sentimiento de sueño y lo llevaban a un estado de máximo rendimiento. Salió de la tienda y a respirar un poco de aire fresco…un intenso viento soplaba enredando sus cabellos, los recogió y mirando al cielo en sus últimas horas en que las estrellas serían visibles se quedó pensando en como estarían sus compañeros…fue cuando de repente una bella lechuza blanca con pintas grises se posó sobre su hombro y en su patita llevaba un pequeño pergamino con una nota.
”No has de temer nada las cosas van como debieran, ahora encárgate de guiar a tus hombres a una victoria segura y no contemples la posibilidad de volverte atrás”
Erendel sintió un profundo alivio en lo más profundo de su ser, pero ahora una duda crecía en él…¿Quién le había mando ese mensaje?...instantes después cuando fue a dar una caricia de recompensa al animal este ya no estaba…no podía ser…el no había notado como se había marchado…miró sus manos para comprobar que no se tratase de una ensoñación y en sus manos se halla el pequeño pergamino pero esta vez en blanco…
El ejército guiado por la luz del rey de Lempë Ohtari marchaba sereno y firme. El ataque iba a comenzar, a lo lejos se podía ver a los de Helkelen Lara.
-¡Preparad las catapultas, elevad los arcos cargad las flechas y esperad a mi señal!.-gritaba el elfo con tono imponente.
Los corazones de los arqueros latían fuertemente, una energía inexplicable brotaba en su interior y era ya la hora de descargarla contra el enemigo.
-¡Ahora!¡Disparad!. gritó de nuevo Erendel.
Tras la señal cientos de flechas se alzaron en un vuelo que se vio reforzado pues aprovecharon una voraz corriente que las hizo viajar a una velocidad cinco veces mayor y tener un alcance casi tres veces mayor. Los enemigos se vieron de repente con una lluvia que sembraba la muerte entre ellos y que atravesaba gargantas y cuerpos como alfileres la tela. Una segunda y tercera lluvia de flechas se sucedía acompañada de gigantes bolones en llamas de piedra maciza que rodaban al caer mientras aplastaban a numerosos soldados.
Este primer ataque a distancia mermó las fuerzas de Helkelen Lara y Erendel se preparó para realizar la segunda fase del ataque a las huestes enemigas.
Una marea de soldados de Lempë Ohtari a caballo y a pie se abalanzaron sobre sus enemigos con gran furia sin dejar títere con cabeza por donde pasaba no obstante según cercaban al enemigo y lo agrupaban al centro les era más costoso desgastar su defensa.
De repente la tierra se agitó…y un temblor sacudió a enemigos y aliados…los ents entraban en combate. Inmensas bestias nacidas del seno de la madre naturaleza que comenzaron como si de la recogida de frutos se tratase hacer gala de la fuerza que ostentaban arrancando las piedras heladas de los suelos y proyectándolas con suma certeza contra los contrarios. Las piedras viajaban cortando el aire e impactaban con suma furia sobre los cuerpos de humanos y elfos que caían inertes ante tales impactos no pudiendo sobrevivir de forma alguna a aquel beso mortal de la madre tierra. El número de Ents en juego del ejército contrario era más del doble al de la compañía de Lempë Ohtari y eso suponía un problema…pues pronto otorgarían la ventaja a Helkelen Lara con esas pedradas exterminadoras.
Erendel no estaba dispuesto a dejar que aquellas bestias acabasen con sus hombres y se dispuso a neutralizarlos. Ordenó a unos veinte elfos que lo siguieran y a pesar del gélido paisaje se movían con gran agilidad y audacia, ordenó que sacasen las cuerdas que llevaban atadas a la cintura y con ellas intentasen apresar a los ents enrollándolas en sus piernas. Los soldados ignorantes de lo que el rey preparaba le hicieron caso pero a regañadientes pues aquella misión era completamente suicida. Erendel hizo sonar un cuerno, de repente dos de los cinco ents que los acompañaban cuyas miradas eran de color carmesí como los últimos rayos de sol se desplazaron por el hielo hasta donde se encontraba el rey. Cuando ambos llegaron Erendel y los demás elfos habían enrollado numerosas cuerdas alrededor de los ents enemigos los cuales ahora estaban ocupados en la devastación del frente de Ohtari, el cual causaba bajas a destajo entre las fila de Helkelen Lara. Erendel hizo una señal a los ents y trepó sobre sus lomos y los elfos empezaron a lanzarles los extremos de las cuerdas y él las ató a los nudos internos de las manos de madera de los ents. Después los dos ents emitieron un grito hercúleo y al instante un tirón hizo que los trece ents cayeran derribados al suelo y fuesen pasto del polvo helado que los retenía y helaba depositándose en sus articulaciones. Los elfos, los ents y el rey volvieron a sus posiciones de combate tras realizar aquel pequeño cometido de forma triunfante.
Mientras Erendel empuñaba su espada y con ella degollaba la garganta de aquellos que intentaban arrebatarle su vida, fue testigo de cómo numerosas saetas impactaban contra el cuerpo de sus camaradas y fieles compañeros, una rabia e ira desbocadas se combinaban y aunaban para dar una fuerza, vigor e ímpetu propios de un gran guerrero. Todos sus golpes resultaban certeros y nadie escapaba a la justicia que impartía con las estocadas propinadas con aquella hoja de doble filo teñida de carmesíes y bermellones tonos debidos a la sangre diseminada con cada muerto o herido.
Y en combinación con la maestranza y destreza del rey se hallaba las implacables técnicas de combate del fiero Arandir el cual demostraba grandes dotes de guerrero y tras él un hado de muerte sepultaba las tierras del país ajeno.
Pero fue la espada de un humano la que le frenó en su brillante heroicidad al asestarle una estocada en el costado profunda como la mirada de mil demonios. Erendel caía de rodillas contra el suelo y clavando su espada para levantarse en menos de un segundo la cabeza de aquel hombre rodaba hacia abajo. Pero una segunda incisión hizo de nuevo mella en él, ahora se trataba de un arquero en la lejanía que disparó una flecha contra él que su pecho atravesó haciendo que el rey cayera entre los suyos…
Inmediatamente Arandir que vio lo sucedido saltó junto a Erendel y lo resguardó tras él defendiéndolo de las golosas armas del enemigo que luchaban por hendirse en sus carnes y dar una muerte eficaz al rey ya herido. Fue entonces cuando el mismo arquero que disparó a Erendel envió contra Arandir una flecha ágil y voraz que incrustó su colmillo afilado en las carnes de su víctima a la altura del hombro izquierdo. Arandir pudo sentir como los ligamentos se desgarraban ante la incisión de la punta de acero y como el hueso era perforado hasta obtener un agujero completamente astillado. Un intenso dolor emanante que se transmitía por impulsos recorría su cuerpo y hacía que unas tempranas y primerizas gotas de sudor frío resbalasen, y a su vez al caer le lavasen la cara manchada de sangre. Pero esto no era suficiente para derribar al fiel luchador y con un movimiento rápido partió la flecha y luego la arrancó de su hombro y cogiéndola por la varilla de madera que se hallaba unida al la punta de metal saltó y apuñaló con ella al elfo que le había disparado. El equivalente a cien flechazos recibió y su vida pereció a causa de aquel centenar de incisiones. La batalla continuaba y el número de víctimas cada vez era mayor pero Erendel aún no consideraba la retirada, ya que, por cada soldado de Lempë Ohtari cinco de Lara lo habían pagado con su vida.
La batalla alcanzaba su momento álgido y el entrechocar del metal, el silbar de las saetas cortando el viento, y entre todo los gritos de los heridos pidiendo auxilio se alzaban como una tortuosa y siniestra melodía.
La batalla se decantaba a favor de la compañía de Lempë Ohtari, la ferocidad de su ataque estaba causando numerosas bajas y la destreza de los guerreros combinado con su gran motivación hacía una mezcla peculiar. Sin embargo, Helkelen Lara no resultaba un enemigo fácil de derrotar.
Arandir luchaba por no dejar que el cuerpo del rey fuese tomado como rehén o mucho peor…herido aún más, la herida de su hombro empeoraba por segundos…pero un rayo de esperanza asomaba en la infinidad del horizonte de la desesperación…los cuernos de Helkelen Lara tocaban la retirada…
Arandir gritó:
-¡Victoria!.
Su voz tras el gritó se apagó, inmediatamente empalideció, los labios tornaron violetas y cayo de bruces junto al cuerpo de Erendel…pero la mala suerte aún no había mostrado su última carta y esta fue que el cuerpo del Edain se abalanzó sobre la mano de un soldado muerto en combate empuñando una daga afilada sobre la que se recostó el abdomen del humano…sin apenas sentir el dolor.
El anciano hizo una pausa para tragar saliba se llevó una mano a la frente y empezó a murmurar una serie de maldiciones en voz baja, de nuevo retomó la conversación y continuó:
Helkelen Lara huía y ahora el rey y su caballero eran llevados a unas casas de curación más cercanas, sus estados de salud requerían cuidados especiales e intensivos que allí no les podían suministrar.
La tabernera interrumpió al anciano en su historia y le preguntó:
-¿Y usted mi señor?¿Quién era? Pues nos cuenta las historias con una intensidad poco vista en esta posada…y si además lo visteis y sabéis todo… ¿Quién sois?
-Yo mi dama y fiel servidora soy Arandir. El Edain que rescató el cuerpo del rey y acabó desfallecido y si no me creéis mirad mis heridas.-dijo el viejo a la par que mostraba la cicatriz de la daga y la del flechazo.
La noche era joven y Arandir continuó relatando como fue la recuperación tras la batalla y muchas otras hazañas. Aquella noche la posada llena a reventar solo tuvo oídos para las palabras de aquel caballero que en tiempos lejanos entregó su corazón al servicio de su rey.
La figura de Laureon se alzaba en medio de la Sala del Consejo, en Ost-en-Aël; altiva y seria, como pocas veces. Alrededor de él estaban sentados muchos de los Sabios de Helkelen, aquellos que se encargaban de la mayor parte del gobierno. El Maia fruncía el ceño, en parte furioso, en parte preocupado, por las noticias que los mensajeros traían del sureste. Apacen continuaba su sangrienta batalla para derrotar la defensa de la capital de Lempë Ohtari; Laureon le enviaba cartas cuando podía. Estaba preocupado por su buen amigo, pero confiaba en su buen juicio y su capacidad de estratega.
La guerra era dura. Dos compañías enemigas habían invadido el reino: una marchaba hacia la mismísima capital, y otra pretendía invadir Algalord, cruzar el Aeglos y saquear las grandes ciudades de Helkelen Lára.
La decisión del Consejo había enfurecido considerablemente a Laureon: se le ordenaba partir con su compañía, la de la Orden de la Rosa Dorada, hacia el este, hacia las durísimas tierras del glaciar y su frío permanente, mientras dejaban a Gmork la defensa de la capital. No es que Laureon no confiase en la valía de aquel hombre, sino simplemente que deseaba defender aquella ciudad tan hermosa y tan cara para él.
No hubo recapacitación del Consejo. Laureon permaneció unos intensos momentos mirando a los Ancianos uno a uno, con furia; ni uno solo aguantó por mucho tiempo su mirada, y finalmente dio media vuelta, sin mediar palabra, y se marchó.
Despertó de pronto, reclamado por su primer capitán, un hombre alto y rudo, ya entrado en la madurez, pero de una experiencia y una seriedad que Laureon consideraba. Su nombre era Rhak-nûz; originario de Helkelen Lára, al igual que su nombre.
—Mi señor, vuestro aprendiz Zastrapa os reclama en la Sala de Reuniones—dijo, respetuoso, inclinando la cabeza cuando Laureon le miró.
— ¿Cuántas veces he de decirte que no me llames así?—preguntó Laureon, medio dormido, sonriendo—. Una cosa es la disciplina, y otra la idolatría. Alaba tu bandera y tu país si quieres, pero no a una persona. Tus acciones se tornarán equivocadas si lo haces.
—Así lo haré… señor—añadió con una sonrisa burlona. Laureon rió entre dientes y se levantó. Ya no vestía la túnica formal; desde que iniciaran el trayecto se había equipado con su cota de malla y todos sus accesorios de combate, sobre los cuales se colocó la ropa de viaje. No le gustaba luchar con aquellas gruesas armaduras tan usadas por algunos; era ágil, y no tenía problemas en desviar posibles ataques—siempre dentro de unos límites. Prefería defenderse mediante la esgrima que mediante la fuerza bruta de una coraza de metal.
Salió de su tienda (sencilla, simplemente cumplía con su objetivo) y se dirigió por entre las calles de campamentos, provisiones, improvisadas cuadras y centenares y centenares de tiendas, a la más grande y alta de todas, con el estandarte de Helkelen hondeando al viejo. Hacía frío, como todos los días en aquella región inhóspita, y Laureon se fijó en su propio y denso vaho saliendo de su boca mientras caminaba hacia la Sala de Reuniones. Dentro de ella—una mesa redonda en su centro con una docena de sillas, algunas ornamentaciones y poco más—, se encontró con su aprendiz, Zastrapa, y con otros tantos capitanes y mariscales. A petición suya el cuerpo militar se había modernizado, reduciendo el número de oficiales, modernizando el ejército y estableciendo una jerarquía concreta.
—Buenos días, Laureon—dijo el elfo, que se hallaba sentado frente a él, al otro extremo de la mesa—; nuestros exploradores ya han localizado la vanguardia del ejército de Lempë Ohtari, a unas doscientas millas al este, cruzando el Aeglos. Según su información se mueven con presteza, como si estuvieran ansiosos por continuar su marcha hacia las ciudades más ricas de nuestro reino.
—Bueno, respecto a eso, no se equivocan—replicó Laureon con amarga ironía. Zastrapa asintió con seriedad.
—Te llamaba para discutir el plan de ataque a su compañía. Tenemos efectivos suficientes para dar un buen espectáculo, pero creo que no deberíamos confiarnos.
Laureon suspiró y se acercó al elfo, que miraba con detenimiento un mapa—bastante más artístico que geográfico—del Aeglos y sus terrenos circundantes.
—Veamos, nosotros nos situamos aquí—señaló con el índice una zona del borde suroeste del gran glaciar, donde los riscos quebrados y difíciles de la tierra más devastada de su país se unían como dientes al glaciar, rayándolo y rompiéndolo en muchas zonas. Su dedo recorrió una línea casi recta hacia el otro extremo, donde las condiciones geográficas eran algo más favorables—, y ellos aquí. La batalla se desarrollará por esta zona—con una pluma de punta gruesa, rodeó una zona más o menos a la mitad de la distancia entre las dos compañías—. ¿Tenéis un mapa del Trono de Hielo y la región más dura del Glaciar? Sí, del centro. Gracias—tomó el mapa y lo observó con detenimiento durante unos instantes, meditabundo.
—Llevad a la infantería exiliada, conmigo, al corazón de la batalla; los arqueros se situarán en esta colina helada de aquí, en el sur. La caballería irá tras nuestra infantería, y los exploradores y guerrilleros de Helkelen al noroeste, tras este peñón de aquí. Por último, quiero a los ents en nuestro flanco izquierdo, al norte. Que se abastezcan de rocas y todo aquello que crean oportuno.
Todos los capitanes asintieron.
—Así se hará. Esperemos que de buen resultado—dijo Zastrapa.
—En cualquier caso, como tú has dicho, al menos daremos un buen espectáculo—dijo, con una agria sonrisa—. Para quién, si para los cuervos o para la escarcha, no podría concretarlo.
La niebla matinal se despejó con rapidez, dos días después de aquella conversación. El hielo temblaba con el retumbar de los tambores, con las miles y miles de pisadas de los soldados y ents en él. Estos últimos fracturaban su superficie a su paso. Si hubiera habido agua bajo la nieve y la escarcha, la catástrofe producida en el encuentro de aquellos dos ejércitos sería difícil de imaginar.
Laureon cabalgada, serio y meditabundo como pocas veces, al frente de su infantería. A su señal, el ejército comenzó a posicionarse según su criterio. Zastrapa marchó con su arquería, y Rhak-nûz con los guerrilleros, compatriotas suyos. La caballería estaba dirigida por Nárion, un buen amigo suyo, elfo y exiliado. Se izaron los estandartes de Helkelen Lára y de la Rosa Dorada, símbolo de su compañía. Todos los soldados llevaban en sus capas un broche en forma de aquella flor, como distintivo. Laureon se apeó y encargó el cuidado de Ninglor a uno de los heraldos, que se retiró de la contienda con él. Se dio la vuelta con vigor, ascendió a un pequeño montículo en la tierra frente a él, y observó el ejército de su compañía. Sin decir nada más, comenzó a cantar la canción de su reino y sus corazones:
He aquí que aquí veo,
veo a mis padres, a mi familia,
a mis hermanos y hermanas.
He aquí que aquí veo,
veo una bruma entre la nieve,
mis antepasados que vuelven,
mi linaje que resurge.
He aquí que aquí veo,
veo una llama en el hielo,
la esperanza que arde,
la justicia que resplandece.
He aquí que aquí veo,
veo a un pueblo vigoroso,
una nación que se levanta,
un poder que renace.
Y he aquí que aquí veo,
veo a los padres de los padres,
allí, a lo lejos, allende el mar.
Su alma reside en la Isla,
allí, donde moran los valientes.
—No os diré nada que no sepáis ya—gritó Laureon, mientras su propio corazón se enardecía—; no os animaré más de lo que estáis y podéis estar ya. Habéis venido aquí, conmigo, en contra de vuestra voluntad, arrastrados a una guerra que sólo quieren los políticos. Pues bien, haced honor a las familias que os esperan en casa con los brazos abiertos. No diré que luchéis por Helkelen Lára. ¡Os digo que luchéis por todo cuanto amáis!
Los soldados, arengados, gritaron con furia. A los lejos las hordas de Lempë ya se arrojaban sobre ellos. Laureon se retiró junto a la primera línea de combate, tomó uno de aquellos gruesos escudos que portaban todos sus soldados, y esperó, como todos, la embestida. Los arqueros, de ambos bandos, no estuvieron ociosos, y en cuanto pudieron lanzaron descargas y descargas de letales saetas; una lluvia de muerte, podríamos llamarlo.
Los soldados, bien entrenados, contuvieron la embestida. Sin embargo algo salió mal. En un momento de desconcierto, provocado por la intensa y fuerte lluvia de flechas y rocas—por parte de lo ents—que acosaban a los soldados, fue cuando sus enemigos dieron el mazazo. La primera acometida fue brutal, y los soldados de Laureon se vieron sobrepasados. El campo helado pronto se cubrió de cadáveres y sangre congelada. El hielo quedó teñido de rojo y la visión no pudo ser más que apabullante. Hombres y hombres y más hombres que se mataban, que repartían estocadas como podían, que luchaban por una supervivencia a costa de cientos de almas. Quién sabe si ese helkeriano no hubiera entablado amistad con el lempita que acababa de degollar. Quién sabe si aquel hombre no compartía parentesco con otro similar a él, que en un momento había decapitado.
Y así una larga, siempre demasiado larga, lista de tristes y lamentables sucesos. Familias enteras que quedarían rotas, maridos que ya nunca volverían a casa, viudas que morirían de hambre por no poder hacer frente a sus deudas. La guerra implicaba mucho. Aquello era inhumano.
Laureon, por su parte, se libró de tres atacantes mediante cuatro elegantes estocadas, perfectamente ejecutadas. La batalla se desarrolló con encarnizamiento y no hubo cuartel. Sin embargo aquellos primeros momentos pasaron factura a Helkelen posteriormente. Las dos caballerías se enfrentaron en una dura y reñida contienda, aunque finalmente los Caballeros de la Rosa se impusieron y pudieron socorrer a sus compañeros de infantería. Los guerrilleros, hábiles y sigilosos, derribaron con presteza cuantos ents pudieron; no eran grandes tropas de choque, pero sí muy efectivas a la hora de realizar tareas concretas. La arquería, por su parte, fue sorprendida por una emboscada bien ejecutada, y tuvieron que recurrir a las espadas. A una orden de Laureon, los ents concentraron su fuego en los saeteros enemigos.
Pero las cosas no iban bien. El Maia estaba ya cubierto de sangre, y aunque habían caído bajo su espada al menos medio centenar de hombres, otros doscientos aparecían para sustituirlos. El agotamiento cayó sobre los hombres y la batalla pareció ralentizarse. Quizá un capricho del tiempo, para que los espectadores horrorizados pudieran contemplar con más detalle como unos segaban la vida de otros.
El atardecer ya llegaba, la batalla se homogeneizaba, cuando al fin Zastrapa y Laureon se encontraron. Ambos jadeaban con fuerza, y ambos estaban heridos; Laureon había recibido un flechazo en el hombro derecho, que no era muy grave, pero sí doloroso. Zastrapa tenía un corte muy feo en el antebrazo, y una flecha clavada en el muslo.
El desencadenante de la retirada vino con el propio elfo. Las cosas iban muy mal, pero Laureon, como buen tozudo que era, se negaba a retirarse. De todos modos tenía poco tiempo libre para ordenar la huida. Sin embargo, en un momento dado, Zastrapa recibió un fortísimo golpe en el pecho, que lo dejó sin aliento y lo tiró al suelo. Sonó un crujido, como a costilla quebrada. Pero tuvo tan mala fortuna Zastrapa que al caer, en un terreno tan malo y tan irregular, lleno de agujeros y cadáveres, que al golpearse con el hielo se rompió el brazo. Gritó de dolor, y entonces Laureon se fijó en él. Lleno de rabia, mató al autor del golpe y contempló a su alrededor. Vio en los ojos de sus soldados el miedo, y entonces tomó la decisión.
— ¡Rhak-nûz, acércate!—exclamó con fuerza, para que el capitán lo oyera. Esquivando a un enemigo y matando a otro, se presentó frente al Maia, jadeando y cubierto de sangre (quién sabe si suya o de otro) —. Hemos hecho lo que hemos podido aquí. Ordena retirada. Quiero que recojas con cuidado el cuerpo de Zastrapa y lo pongas a buen recaudo. ¡En marcha!
— ¿Y vos, mi señor?—preguntó el capitán, preocupado, al ver que Laureon, en vez de unirse a él, se iba en dirección contraria, hacia la batalla.
—Yo todavía tengo algo que hacer—dijo con seriedad. Rhak-nûz no replicó. Laureon aún mató a otros cinco hombres; nadie más se atrevió a atacarlo, pues su mirada de furia era soportada por muy pocos, de uno o de otro bando. Invocó sus dones, recordó a su mentor y su querido maestro, y alzó los brazos. Sus ojos comenzaron a brillar como auténticos faros.
—Por hoy más no mataréis ni más profanaréis a nuestros heridos. La batalla termina—atronó su voz, etérea e intimidante.
Una niebla dorada y densa se alzó del suelo y cubrió todo el campo de batalla. Para los hombres de Lempë resultaba maloliente y difícil de aguantar; para los soldados helkerianos resultó casi curativa, y permitió que el ejército huyera y se salvaran la mayoría de los heridos.
Laureon, sombrío y triste, contemplaba las estrellas. Estaba herido, pero no era de gravedad. Su corazón vibraba, conmocionado, pues habían vuelto imágenes a su memoria que creía haber sepultado en los más remotos lugares de su cerebro. No había cosa que más odiara que la guerra. Observó con atención el cielo, fijándose en el infinito número de estrellas que podía contar. ¿Los hombres no pararían de matarse unos a otros hasta que no hubiera tantos muertos como estrellas en el cielo?
Suspiró.
Lempe Ohtari:
8.5+9+7+9+8.6+7= 8.18
Armadas Perdidas:23
Puntos Perdidos: 805
Recuperables: 532
Recuperan con la historia: 435 puntos
Han solicitado daños por un 150% de vida, por lo que recuperan 525 puntos.
Total recuperado: 960 puntos
No pierde puntos.
Helkelen Lara:
8+9+9+9+9.4+8= 8.73
Armadas Perdidas: 29
Puntos Perdidos: 1015
Recuperables: 670
Recuperan con la historia: 585 puntos
Han sufrido daños por valor de un 60% de vida, por lo que recuperan 210 puntos.
Total recuperado: 795 puntos
Pierde 220 puntos.
Lempe Ohtari recibe una bonificación de 600 monedas por batalla ganada.
Helkelen Lara entrega a Lempe Ohtari 100 monedas en concepto de retirada de batalla.