La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 12. C4 Liantari Dimbar Vs C3 Eire Esteldor. Saqueo De Halatiryon

2006:06:19:20:11:05

Naredhel Anariel

Eirë Esteldor se retira de la batalla.

Liantari Dimbar ha perdido 38 armadas.

Eirë Esteldor ha perdido 48 armadas.

Victoria para Liantari Dimbar.

Saqueo de Halatiryon.

Uzbad-Kibil

Los negros ojos del capitán de la compañía, Nimkáno, brillaban llenos de ira y furia; por sus venas corría la misma sangre que por la de la Reina Araña y por culpa de unos advenedizos se veía relegado de la cúpula del Matriarcado, ni siquiera había conseguido el gobierno de una provincia...

El Siervo Real de Harniâth conocía el sentimiento que nacía en Nimkáno por verse apartado de los círculos de poder y disfrutaba humillándolo.

Orodril sabía que aunque se trataba de un varón, debido a sus lazos de sangre con Illurë, podía conseguir fácilmente los favores de la Corte Real, lo que supondría el ascenso de Nimkáno en detrimento de su estatus. El Siervo Real no podía permitir que Nimkáno acumulara poder en Liantari Dimbar, por eso lo había enviado a Carasalm a defender la frontera occidental de los mercenarios del Alaterumë que solían atacar el vergel de Laiquatalan para conseguir alimentos frescos que no podían cultivar en el desierto.

Y allí se encontraba Nimkáno rodeado de Medianos, Druedain y campesinos; recibiendo de cuando en cuando las caravanas de enanos que llegaban en busca de la Ciudad Oculta en las entrañas del Sorontarma siguiendo una leyenda más antigua que sus propios linajes.

Nimkáno despreciaba también a los enanos, en parte debido al Señor de Sigingunudûm; el ver que un enano poseía el gobierno de una próspera provincia le carcomía las entrañas, pero le divertía ver al enano en presencia de Orodril, se apuñalarían el uno al otro si no se necesitaran para sobrevivir en las altas esferas de Liantari Dimbar.

[...]

Una tarde, cuando regresaba asqueado a su hogar después de rechazar por enésima vez un ataque de mercenarios, recibió la visita de un Mensajero Real; Orodril le necesitaba para comandar una compañía del Matriarcado en las tierras de Esteldor.

Esteldor se encontraba en el otro extremo de Harniâth, pero no le importaba lo más mínimo abandonar ese pacífico lugar lleno de Medianos y viajar a primera línea de batalla, parecía que sus logros contra los mercenarios comenzaban a dar sus frutos.

Sin siquiera pensárselo dos veces, reclutó a un pequeño grupo de hombres de su confianza como escolta personal y se dirigió junto con el mensajero a Astan Neuma.

Cuando Nimkáno llegó a la capital del Matriarcado le dijeron que Orodril había tenido que abandonar la ciudad, pero le había dejado unas indicaciones:

”Debes reunirte con tu compañía en Harad Runya, donde se está reabasteciendo después de una batalla en el puerto.

Antes de partir te entregarán media docena de trolls en custodia que te ayudarán a llevar las máquinas de asedio. También te protegerán de un posible ataque esteldili en el Rogrant, aunque Ariul se está encargando de ellos.

Tienes totalmente prohibida la entrada a Lithaelin y procura atravesar Edon lo menos posible.

En Harad Runya recibirás más indicaciones.

Orodril, Siervo Real de Harniâth”

Una nausea recorrió el cuerpo de Nimkáno, realmente le repugnaba el recibir órdenes de Orodril, ¿qué se traería entre manos para prohibirle entrar en Lithaelin?. Cuando regresara de la guerra se proponía averiguarlo, ahora la idea de entrar de nuevo en combate real ocupaba toda su mente.

[...]

Siguiendo el curso del Nyellosire llegó a Harad Runya donde su compañía le esperaba. Antes que nada pasó a visitar al anterior comandante para ver si había tenido alguna mejoría. Annaël seguía grave pero estable y aún no había recuperado la consciencia. Si Nimkáno hubiese tenido más tiempo habría intentado ayudarle, pues tenía un don especial para la sanación, pero el segundo al mando le apremiaba para asistir a una reunión con los demás capitanes.

Las órdenes que Orodril había dejado para él eran muy claras, debía cruzar las Nenvarnë y al otro lado encontrarían las máquinas de asedio que, se suponía, habían partido tres días antes desde Lithaelin. Luego debería atacar la ciudad esteldili de Halatiryon.

Nimkáno esperaba una gloriosa batalla campal en las praderas esteldili, pero la idea de un asedio tampoco le desagradaba, así que se puso en marcha con buen ánimo a pesar de estar cumpliendo órdenes de Orodril.

En menos de dos días se encontraban en las puertas que daban acceso al camino que atravesaba Nenvarnë. El guardia del camino no podía creer que en menos de una semana tantas personalidades hubieran atravesado esas puertas; fue gracias a él que Nimkáno se enteró del paradero de Orodril y que además éste se encontraba con Uzbad Kibil, Luiniel y una compañía Harniâthim.

Esto extrañó sobremanera a Nimkáno que se pasó toda la travesía de las ciénagas pensando en por qué Orodril le prohibió la entrada a Lithaelin si él se encontraba en Esteldor... pero todas estas tribulaciones desaparecieron de su mente cuando, al otro lado de las Nenvarnë, se encontró con las máquinas de asedio. Si algo no se le podía reprochar al Emperador Edon era el buen hacer de sus obreros y artesanos

Las enormes catapultas refulgían bajo el sol como si hubieran sido talladas en el hielo por el mismo Aulë, incluso los más mínimos detalles estaban perfectamente cuidados y acabados, en todos los remaches podía verse el escudo de armas del Emperador (era su manera de recordar al Matriarcado la importancia de Edon, pero poco importaba ese mensaje subliminal si el trabajo de sus artesanos era tan perfecto).

A Nimkáno le extraño que sólo hubieran enviado esas enormes catapultas y no hubiera ninguna torre de asedio para introducir a sus hombres en la ciudad para tomarla, parecía que Orodril sólo quería la destrucción de Halatiryon y poco le importaba el botín que pudieran conseguir dentro... pero bueno, ahora Orodril no estaba y él era el comandante de la compañía.

Y las sorpresas para Nimkáno no terminaron ahí, las catapultas estaban custodiadas por un pequeño batallón Harniâthim, los soldados apenas se fijaron en ellos pues el vestir con los colores y libreas del Matriarcado era suficiente para confiar en su lealtad. Pero Nimkáno como comandante que era, debía tener más cuidado con quién admitía en sus filas y su examen fue más exhaustivo... aquellos soldados no eran hombres, eran orcos con el uniforme humano.

Las gentes del Matriarcado ignoran qué ocurre en las mazmorras de la capital, creen que lo pocos trolls que ven en sus ejércitos fueron atrapados en las profundidades de las montañas... incluso la mayoría de los Señores de Harniâth creen en esa versión.

Nimkáno no se cuenta entre esos señores, pero sí es de los pocos que conoce la verdad de Astan Neuma. En las profundidades de las Montañas de la Brisa, cientos de galerías por debajo de la capital, en lo que se conoce como “Mazmorras de Astan Neuma”, se crían y entrenan cientos de trolls y miles de orcos: el Ejército Oscuro de Harniâth.

Esta forma de actuar es muy común en los dominios de Illurë, el Siervo Real, los ojos y oídos de la Reina Araña en sus dominios exteriores, cuentan con el apoyo extra del Ejército Oscuro que sólo le debe lealtad a Illurë y que atacará a cualquier gobernador que ose contravenir sus designios.

La mente de Nimkáno, aunque menos oscura y retorcida que la de Orodril, sabía que algo extraño ocurría en Harniâth; un pequeño batallón del Ejército Oscuro es sacado en secreto fuera del Matriarcado, Edon es una provincia prohibida para el resto de los Señores y Comandantes Harniâthim... era incapaz de saber qué se proponía el Siervo Real, pero era evidente que algo le atormentaba y eso le confería a Nimkáno una grata sensación de satisfacción, a su regreso él ayudaría a aumentar ese tormento.

[...]

El amanecer era fresco, típico de aquellas latitudes en esa época del año, un viento procedente del cercano Árador Eärmitya llenaba el ambiente de humedad y un agradable aroma salino. El brumoso amanecer dio paso a un encapotado día, pero los pesados nubarrones no eran una carga para los hombres de Harniâth, sino todo lo contrario, el sol en aquellos meses podía representar un verdadero castigo para los trolls y orcos, que aunque protegidos por los oscuros conocimientos de Illurë no podían soportar la luz del mediodía.

Decidieron hacer un descanso en los límites del bosque pues Nimkáno había decidido acercarse a la ciudad durante la noche, para poder agilizar los movimientos de los trolls que arrastraban las catapultas. Se sentían observados desde el interior del bosque, pero poco importaba a Nimkáno que dieran la voz de alarma y que el ejército de Esteldor le estuviera esperando en Halatiryon... él quería una dura y sangrienta batalla, ya había perdido mucho tiempo matando mercenarios enclenques del Alaterumë.

Llegó la noche y los Harniâthim se dirigieron a la ciudad, los esteldili les esperaban. Nimkáno dividió a sus huestes en dos, los trolls y los orcos se dedicarían a disparar las catapultas contra Halatiryon, les había dado órdenes de no dejar de disparar hasta que recibieran una orden directa para detenerse, los orcos no eran muy disciplinados pero habían crecido para luchar y eran leales al miedo, obedecerían a Nimkáno hasta que murieran o recibieran la orden de retirada.

El resto del ejército atacaría de frente a los esteldili de frente, no intentarían entrar en la ciudad, sólo matarían a su enemigo hasta que uno de los dos bandos se viera obligado a retirarse.

La aurora llegó acompañada de una ligera llovizna, por suerte la vegetación de la zona evitó que se formara un barrizal y que las catapultas quedaran inmovilizadas antes de llegar a su destino. Y con el amanecer comenzó la batalla.

La sangre de los caídos se mezclaba con el agua de lluvia y la tierra arrancada por las pesadas botas de los soldados, por suerte aquel día también soplaba viento del oeste y el ambiente era fresco, aunque Nimkáno habría preferido que el hedor de la sangre ocupara los pulmones de todos los presentes.

La manera de actuar del ejército de Harniâth era extraña, se habían parapetado en mitad del campo de batalla y no hacían ningún intento por entrar en la ciudad, sólo atacaban y mataban a todos aquellos que se acercaban a ellos; mientras, los orcos seguían con las catapultas disparando contra las murallas.

Nimkáno se sentía pletórico rodeado de tanta muerte y acción, y además las pérdidas esteldili eran mayores que las suyas, apenas podían enviar efectivos para detener las catapultas y los pocos que enviaban eran abatidos por los orcos o pisados por algún troll.

Aquella batalla era imposible que fuera ignorada por el Consejo de Harniâth; él, un simple comandante novato había perpetrado la batalla más sanguinaria contra los esteldili, Orodril se revolvería en su trono...

El comandante de Liantari sentía un dolor punzante en su brazo izquierdo, estaba herido y sentía magullada su espalda... pero aquellos insignificantes detalles no le arrebatarían el dulce sabor de matar a sus enemigos, aunque aún era más dulce el saber que había superado las expectativas que Orodril había puesto sobre él.

La batalla siguió durante varias horas más, por fin cuando ya atardecía las tropas de Esteldor se retiraron y la ciudad dio la bienvenida a las tropas de la Reina Araña.

-Esto no entraba en los planes de Orodril, jamás pensó que lográsemos entrar en la ciudad y sólo nos pidió destrucción... creo que será una grata sorpresa para él recibir el botín que encontremos en la ciudad.

-¿Qué hacemos si encontramos gente en la ciudad? –preguntó a Nimkáno uno de los soldados.

-Dadle una espada, si es capaz de mantenerla erguida matadle... si no puede hacerlo, cortadle el brazo.

Nimkáno se acercó a los orcos y les felicitó por el buen trabajo con las catapultas, luego les pidió algo más:

-Conseguid un cubo y llenadlo de sangre. Luego id al Mankalio y dejad un recuerdo en las paredes, que sepan que nos hemos sentido muy cómodos en su ciudad.

[Editado por Cudesas el 13-06-2006 19:20]

Nowë

La Debacle

Un leve ronquido llegaba al pasillo desde la habitación de Nowë. Habían pasado varios días desde la dura batalla de las playas y aunque el viejo elfo había sanado bien de sus heridas, aún se encontraba débil y pasaba gran parte del día durmiendo, diríase recuperando el sueño atrasado de largos años en vela.

En el pasillo, dos centinelas vigilaban la puerta con gesto divertido.

- ¡Cómo ronca! – dijo Fastal.

- Lleva así seis días – contestó Brun.

- No se puede decir que las preocupaciones le quiten el sueño – se mofó el primero.

La conversación de los guardias prosiguió, desviando su atención de los pasillos que habían sido ordenados vigilar, con tan mala fortuna que no vieron llegar a Serkiel, la Duin Nelde. Una severa reprimenda les aguardaba.

- Soldados – bramó indignada -, ¿qué clase de centinelas sois?

De inmediato la sonrisa se borró de los labios de los socarrones guardias que se irguieron en posición marcial, temiendo ser enviados a remar a galeras, y eso cuando menos. Los ojos de la capitana no presagiaban un plácido destino.

Sin embargo, quiso la fortuna que uno de los ronquidos de Nowë que de tanta chanza había servido a los centinelas llegase hasta Serkiel que, olvidando de pronto a los acojinados soldados y las penurias que les esperaban, exclamó con indignación:

- ¡Cómo! ¿Aún duerme?

- Sí, mi capitán – respondieron al unísono los centinelas, tratando de hacer causa común con la colérica Duin.

- ¡Por todas las estrellas del cielo! – masculló -. Abrid las puertas.

Los pesados goznes de la vieja puerta de madera, dañada por el salitre del cercano mar, crujieron al ser empujada por los guardias. A pesar de lo avanzado del día, la sala permanecía en penumbra. Las pesadas cortinas impedían el acceso de toda luz. Al fondo de la estancia, envuelto por una manta, Nowë dormitaba en plácido sueño.

Serkiel corrió las cortinas de par en par y se acercó hasta la cama del nainir. Mientras, los soldados, previendo una explosión de cólera de la Duin e instigados por la curiosidad, asomaron sus cabezas, no sin antes calarse bien el casco, al interior de la estancia, preparados para salir corriendo y no parar hasta llegar a Beleriand si las cosas se ponían feas.

Un viejo proverbio dice que es mejor no meter la nariz en asuntos que a uno no le conciernen y ya se sabe que la sabiduría popular es muy cierta.

Ahora bien, Serkiel debió cambiar de opinión pues en lugar de los consabidos y esperados gritos asió de la mesilla de Nowë una jarra de agua y, sin miramiento alguno, la vertió sobre el elfo que, como es natural, despertó de golpe vociferando.

- ¡Traición! ¡Traición! A mi la guardia. ¡Nos atacan! – chilló batallando contra un enemigo imaginario. Pobre Nowë, vaya métodos utilizan los soldados.

- Vamos, vamos – rió Serkiel -, ya será menos.

- Pero... – balbució Nowë al contemplar a la capitana - ¿qué es esto?

- ¿Esto? – inquirió ella fingiendo no comprenderle.

- Sí, ¡esto! – tronó el quendi señalando sus mojadas ropas.

- ¡Ah!, eso – respondió la elfa -. No es más que la madrugada del peluquero.

- La... ¿qué? – preguntó Nowë, cada vez más confuso.

- Si hombre – dijo ella muy resuelta -, la madrugada del peluquero, que le dio el sol en el culo y creyó que era el lucero.

- Ja, ja, ja – se oyó reír a los guardias, que al ver la cómica escena habían abandonado sus puestos y observaban la escena sonrientes.

- ¡Fuera! – chilló Nowë.

Los centinelas improvisaron un saludo y salieron velozmente, temiendo una vez más por sus carreras. Y es que... ¡vaya día llevaban! Primero, una oficial de la mayor graduación les habían amonestado y no contentos con ello habían hecho burla al mismísimo athar. Sin duda, les buscarían un sitio de honor en las bancadas de las galeras de la república en recompensa a sus servicios.

- Es el fin – se resignó Brun.

- Eso parece – contestó Fastal con desazón.

- Me pido el lado de la escotilla – dijo de pronto Brun.

- ¡Maldición!

Mientras los simpáticos guardias pensaban en los terribles castigos que a buen seguro les aguardaban a bordo de los navíos de Eradan, Serkiel y Nowë, tras el brusco despertar de este último, conversaban pacíficamente.

- ¿Cómo dices? – preguntó Serkiel.

- La he visto – repitió él con serio semblante.

- No te entiendo – dijo ella perturbada -. ¿Quién puede causarte tanto trastorno?

- Veo en su rostro todo aquello de cuanto quise olvidar.

- Pero... ¿quién? – preguntó la elfa una vez más.

- No, no puede reconocerme – se dijo el elfo -. Ha pasado tanto tiempo ya...

Serkiel, ante las evasivas de Nowë, decidió cambiar el tema de la conversación, abordando otro asunto, un recado urgente la había llevado hasta allí y toda demora sería fatal. Ya tendría ocasión más tarde de volver sobre esas enigmáticas palabras.

- Eardín ha vuelto – dijo -. Trae noticias.

- ¿Qué noticias? – preguntó.

- Buenas y malas...

- Para variar – rezongó Nowë.

- Kelusse avanza hacia Gathol-Keled con sus ejércitos, sembrando la confusión en Liantari – dijo ella haciendo caso omiso a la burla del nainir.

- Imagino que esas son la buenas.

- Así es – contestó Serkiel afirmativamente.

- ¿Y las malas?

- Precisamente su avance ha permitido al Siervo Real de Liantari disponer una hueste y enviarla, a través de Nenvarnë, a Esteldor. Suponemos que se dirige a Halatiryon.

- ¿Quién la comanda? – preguntó.

- ¡Oh!, un señor del Matriarcado venido a menos. Nadie importante.

- Aún así debemos acudir en defensa de la ciudad. Apenas cuenta con una pequeña guarnición.

- Sea – asintió la Duin golpeando su coraza con marcial gesto -. Prepararé la marcha.

Serkiel abandonó la estancia del nainir sin prestar atención a los guardias que, nerviosos, respiraron al verla pasar sin hacerles ningún comentario. Estaba demasiado ocupada como para perder el tiempo con dos sencillos guardias. Parecía que iban a librarse cuando...

- ¡Brun!, ¡Fastal! – vociferó Nowë.

- ¡Ay! – gimió Fastal.

Los centinelas entraron con pesado paso en la estancia, deteniéndose junto al quicio. El nainir aguardaba de pie junto a las ventanas, oteando el horizonte. El elfo continuó mirando el mar ignorando su presencia y alargando su sufrimiento. En realidad, no pensaba hacer nada a sus bonachones guardias, aunque un poco de miedo, pensó, no les iría nada mal.

- Bien – dijo al fin sin apartar su mirada de los pesados navíos fanyarëanos que se divisaban muy a lo lejos, causa de su inquietud -. Imagino que estáis pensando que terrible castigo os aguarda por vuestra insolencia.

El silencio era sepulcral. Brun y Fastal apenas acertaban a respirar.

- Ahora – continuó el elfo con afectado tono -, estoy dispuesto obviar este incidente si cumplís con éxito una delicada, aunque sencilla, misión.

- Cualquier cosa – respondió Fastal, vislumbrando un resquicio que le evitara la temible bancada de un bajel esteldili.

- Buscad al señor Eardín y hacedle venir hasta aquí.

- Así lo haremos – contestó Brun con satisfacción, pensando en la absurda petición. Eardín era uno de los grandes consejeros de estado y tenía acceso total sobre cualquier edificio del país. La orden del nainiri era, a todas luces, absurda.

- Un momento... – les detuvo Nowë, conteniendo su alegría – No quiero que palabra alguna de este encuentro llegue a los oídos de Serkiel ni de oficial alguno.

Los soldados no comprendían nada. ¿A qué tanto misterio? La Duin Nelde había probado en no pocas ocasiones su valor y su lealtad a Esteldor. Era absurdo. Empero... si eso les libraba de cualquier penuria no discutirían con el nainir.

Aquella misma noche, Eardín, conducido por Fastal y Brun a través de los secretos pasillos que tan bien conocían, se reunía con Nowë. Mientras, Serkiel, ignorante de cuanto sucedía allí, se aprestaba para la marcha, reuniendo a los capitanes de la tercera compañía e impartiendo las órdenes pertinentes.

- Nowë – dijo Eardín al entrar en la estancia donde le aguardaba el elfo -, me alegro de verte.

- Yo también, amigo mío, yo también – respondió éste abrazándole.

- Las cosas marchan mal. La guerra avanza por todo Árador y ya es tarde para...

- ¿Qué sucedió en Liantari? – preguntó el athar cortándole - ¿Pudiste entregar la misiva?

- No – contestó Eardín abatido -. He estado en todo momento vigilado por la escolta que me asignó Kelusse y he sido incapaz de encontrar un emisario de confianza.

- Vaya...

- Sin embargo, he podido recabar algo de información. El Siervo Real y el belicoso enano Uzbad-Kibil comandan la ofensiva contra nuestras tierras y apenas dos, quizá tres, de los grandes señores del Matriarcado permanecen en las desérticas tierras de Liantari.

- No me extraña – se mofó Nowë -. ¿Quién querría vivir en un sitio así? Es repulsivo.

- Podéis jurarlo – terció el gran nainir -. No obstante, a pesar de la ausencia de los grandes señores, el movimiento de tropas no cesa. Esconden grandes ejércitos en las entrañas de esas montañas. Largo tiempo parecen haber preparado este ataque. Trolls, orcos y otras criaturas inmundas según he oído.

- ¡Orcos! – bramó con furia Nowë -. ¡Idiotas! ¡Han perdido la razón!

- Puede que incluso las primeras de estas criaturas marchen con las tropas del menestral que han puesto al mando.

- Algo me dijo Serkiel sobre él... – recordó, aún iracundo -. ¿Quién es?

- Nimkáno. Un humano. Me sorprende que Orodril haya confiado en él para esta tarea – razonó Eardín.

- Es igual – zanjó -, debemos ser precavidos. Eardín, quiero que marches con nosotros a Halatiryon.

- Será un placer – dijo éste.

A la mañana siguiente, con las luces del alba, la tercera compañía de Esteldor abandonaba las fortificaciones de Ringil y marchaba, por La Ruta de los Comerciantes, el gran camino que une las populosas urbes de Talankaya, a gran velocidad. No sabía que el enemigo, fustigado por látigos del ambicioso Nimkáno, cruzaba en ese momento las ciénagas.

Apenas tres días más tarde, Mallor, gobernador de Talankaya y Gwindor, alcalde de la ciudad de Halatiryon, salían a su encuentro en pequeña comitiva, advertidos de su llegada por las eficientes postas de los duin. Malas noticias portaban con ellos. Habían avistado la vanguardia de Nimkáno a menos de un día de marcha. No había tiempo que perder.

Serkiel dispuso las tropas en las grandes murallas, otrora inexpugnables, asumiendo la defensa desde la colosal Barad Numen, el gran baluarte de Talankaya, que dividía las murallas en dos sectores independientes: Forosto y Romenosto.

Eardín tomó el mando del segmento de Forosto, alineando las pesadas balistas y onagros de los belicosos edain de Osto Kirya, renombrados entre las valerosas gentes de Talankaya. Al sur, Nowë dispuso a los mejores arqueros en las estrechas torres de Romenosto. Apenas dos onagros defendían esas murallas, escarpadas pero estrechas en sus torres.

Así pues, el ejército de la Duin Nelde estaba presto para el combate. El enemigo no se haría de rogar, pensó Serkiel mientras se calaba el capacete de guerra noldorin y daba las últimas instrucciones.

Y así fue. Los ejércitos de Liantari, formados por guerreros de todas las razas conocidas salvo los elfos, que jamás marcharían al lado de orco alguno, avanzaban con pesado paso, marcado por la cadencia de los grandes tambores que aporreaban, pues no merece otro nombre, los infames orcos de Nimkáno.

Y con ellos, llegó la lluvia.

- Excelente – murmuró Serkiel desde la Barad Numen -. Con un poco de suerte se atascarán sus catapultas en el barro.

Sin embargo, la lluvia, aunque persistente, no caía con fuerza y las poderosas ruedas de las máquinas de asedio de los harniathim, impulsadas por los vigorosos brazos de los ologs, continuaron su marcha, para aflicción de Serkiel.

A quinientos metros de las murallas, Nimkáno ordenó detener a sus huestes, disponiendo sus impresionantes máquinas de asedio, de gran manufactura, como hubo de reconocer más tarde la Duin Nelde.

Una flecha disparada por un arquero inquieto y un jinete abatido fueron el preludio de la dura batalla que estaba por llegar.

- ¡Disparad las balistas! – gritó Serkiel sin pestañear.

De inmediato, una nube de proyectiles surcó el cielo hacia la filas de Liantari, causando grandes bajas aunque incapaces de dañar las formidables máquinas de asedio que con lento pero eficaz lanzamiento, proyectaban pesadas piedras contra los muros de Halatiryon.

En Romenosto, Nowë y sus guerreros sufrían, incapaz de responder a los pesados proyectiles que lanzaban los hombres de Nimkáno. Los certeros, pero livianos arcos de los elfos eran ineficaces contra las grandes catapultas. La lluvia, que antes pudo ser tan útil para los intereses de Esteldor, se volvía ahora gran dificultad pues las flechas incendiarias, imprescindibles para destruir las máquinas, se apagaban mientras surcaban el cielo. El mejor aliado de Liantari llegaba del cielo. ¡Maldición!, pensaron los defensores, incrédulos de su mala suerte.

Ahora bien, el pundonor de los guerreros esteldili no tiene parangón, y a pesar de la masacre, los nobles elfos aguantaron en las murallas, parapetados contra las torres. Tan heroica acción fue en vano e incluso tuvo graves consecuencias pues un enorme proyectil impactó contra Nowë, derribándolo del muro, abriendo mortal herida en la sien del tareldar. La situación era pues muy crítica.

En Fornosto, Eardín aguantaba a duras penas el empuje del enemigo, pues las murallas, duramente castigadas, estaban cediendo cerca de la base.

Sólo Serkiel, en lo alto de la Barad Numen, amparada por las mejores balistas de la compañía, hacía retroceder a los guerreros de Nimkáno que, seguro de derribar las murallas, había ordenado el avance de sus tropas.

Y al fin, tras agónica lucha, el baluarte de Romenosto cayó. La muralla se derrumbó abriendo una brecha en las defensas esteldili. Huérfanos de comandante, los guerreros de Romenosto se apostaron junto a los sillares caídos, dispuestos a defender la ciudad con su vida. El cuerpo de Nowë, transportado en improvisadas angarillas, era conducido al Mankalio, lejos de la batalla, llorado por sus guerreros.

Las murallas resistieron poco más los embates de las catapultas pues las brechas aparecieron por doquier, resquebrajando la sólida estructura. Las poderosas murallas de Halatiryon, gloria de Esteldor, caían frente a las catapultas de Harniath. El desastre se mascaba. Demasiados soldados habían caído defendiendo las murallas y ahora la defensa de la ciudad se antojaba imposible.

Serkiel, desesperada, bajó de la Barad Numen y, reuniendo a cuantos hombres pudo encontrar, se dirigió a las brechas, cargando contra el enemigo.

Nimkáno, observando retroceder a sus huestes, ordenó entonces avanzar a los grandes trolls, que abandonando las catapultas, despejaron el camino de piedras y sillares al grueso de sus tropas.

La fuerza de los trolls era contrarrestada con coraje y valentía mas, la ciudad estaba perdida, y la determinación de Serkiel fue inútil. Capaz de derribar a dos hombres de una estocada, Serkiel hirió a muchos guerreros de Liantari antes de ser derribada y traspasada por incontables enemigos. Con ella caía el último bastión de Halatiryon. La ciudad había sido tomada.

Eardín, mientras tanto, viendo inútil el sacrificio de más guerreros hizo sonar las trompas, ordenando, entre lágrimas de ira, la retirada.

Empero, la debacle no fue completa. Los místicos poderes de Eardín le envolvieron en misteriosa bruma y, con sigilo, fue en busca de los cuerpos exangües de Serkiel y Nowë, cruzando las calles de Halatiryon, ahora infestadas del apestoso hedor de los guerreros de Liantari. A pesar de su cautela en su búsqueda, un enano, que blandía su hacha con júbilo, demostrando a sus compañeros como había derribado a cuatro enemigos, le causó profundo corte en su brazo.

Por suerte, el enano, sobresaltado por haber topado con algo en el aire, se asustó pensando en misteriosos y extraños poderes élficos, cosa habitual en esas gentes crédulas de escasa talla, y salió corriendo seguido por sus secuaces.

- Menos mal – se dijo Eardín aguantando el dolor -. Ese estúpido enano ha podido derribarme de la manera más tonta...

Olvidando el absurdo incidente se concentró en encontrar a sus compañeros, cosa que hizo no sin arriesgar su vida entre las tropas vencedoras de Liantari.

Sus heridas eran graves, observó el noldo al encontrarles, Temía, sobretodo, por Nowë, que afortunadamente parecía respirar débilmente aún, debatiéndose entre la vida y la muerte. Había esperanza aún...

Eardín abandonaba Halatiryon al anochecer por la puerta este de la ciudad dirigiéndose a los venerados bosques de Illasea a través de los pasos secretos de la Aikwa Oron. Sólo él conocía su destino.

- El anciano – se decía mientras se alejaba de la ciudad, iluminada por el trágico resplandor del incendio -, el anciano podrá curarles.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Liantari Dimbar ha perdido 38 armadas x35= 1330 puntos.

Recuperables: 1330 puntos al usar el poder especial de Feadin.

Valoraciones: 8,5+9+8+7,4+8,4+8= 8,21

Recupera: 1092 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperacion: 1162 puntos.

Pierde: 168 puntos.

Eirë Esteldor ha perdido 48 armadas x35= 1680 puntos.

Recuperables: 1120 puntos al usar el poder especial de Eardin.

Valoraciones: 8,75+8+8+8+9+8,4= 8,35. Esta valoración sufre una penalización por exceso de tamaño de la historia de 0,25 puntos. Valoración final: 8,10.

Recupera: 907 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 145%, por este concepto recupera 508 puntos. Total recuperación: 1415 puntos.

Pierde: 265 puntos.

Liantari Dimbar percibe 600 monedas por la victoria en la batalla.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por abandono de la batalla.

Eirë Esteldor entrega 300 monedas a Liantari Dimbar por el saqueo de la ciudad.

Compañías actualizadas y listas.