Kelusse
Sumido en una inconsciencia reparadora Kelusse se debatía entre sueños. Su mente viajaba de un lugar a otro a una velocidad vertiginosa. Las drogas administradas por el médico que le atendía le mantenían en un estado catatónico. La hoja de dormidera era un remedio eficaz y fácil de encontrar en cualquier tierra, incluso en estas tierras extrañas de Liantari.
El hospital se había organizado en una inmensa mansión de Gathol-Kheled, ciudad que acababa de ser tomada por la fuerza y el ejército que la defendía expulsado.
Los dos dirigentes de la segunda compañía de Esteldor, Earine y Kelusse, habían sufrido heridas de cierta gravedad, sobre todo Earine, que se debatía entre la vida y la muerte.
Dradëd, el jefe de los médicos, había adquirido el mando durante la ausencia forzosa de los dirigentes y ordenó que se estableciera el campamento dentro de la propia ciudad para poder atender a los heridos y para que los sanos descansaran.
- Dradëd –dijo una de las enfermeras- el duin Kelusse se encuentra inquieto. No parece que esté descansando.
- La naturaleza es sabia –respondió Dradëd- nosotros podemos curar sus heridas superficiales, parchear sus males y aliviar su dolor físico; pero no podemos aliviar su dolor espiritual.
- ¿Crees que debemos despertarle? –inquirió la enfermera.
- ¿Para qué? Mientras duerma está a salvo y no se da cuenta del dolor que castiga su cuerpo.
Kelusse se encontraba en medio de un prado, en las cercanías de un bosque. La escena le era remotamente familiar; mas no conseguía ubicarla.
Se agachó y tomó una piedra contorneada. La sopesó y decidió lanzarla con fuerza. La piedra rebotó en uno de los primeros árboles que marcaban el linde del bosque. Unos pájaros asustados levantaron el vuelo y huyeron de la escena al ver su paz interrumpida y temiendo que su integridad corriera peligro.
- ¡Por aquí! ¡He oído un ruido! –unas voces infantiles gritaban entre la maleza del bosque.
Kelusse decidió esconderse tras un arbusto para ver quienes eran esos niños.
- Estoy seguro de que he oído un ruido que venía de esta zona y los pájaros han salido también de por aquí.
- No podemos alejarnos mucho o Padre y Madre se enfadarán –dijo el más pequeño de los tres.
Ahora Kelusse los veía perfectamente desde su escondrijo pero apenas podía creer lo que estaba viendo.
- No tardaremos mucho, Venesse –dijeron al unísono los otros dos.
La mente de Kelusse se debatía ferozmente, puesto que la escena que estaba viendo era una escena de su propia infancia. Allí estaba él mismo con sus dos hermanos cuando eran unos niños y correteaban felices en el bosque donde habitaban antes de las desgracias que marcarían sus vidas.
Kelusse era un niño inquieto, que adoraba a sus hermanos, en especial a su hermano mayor, por el que sentía total predilección y admiración.
Auresse, quien después sería desterrado de Esteldor al capitanear una revuelta. En esta escena lleno de vitalidad.
Venesse, el pequeño, quien moriría en su peregrinación. Un niño angelical, dominado por su bondad y amor a sus hermanos.
Kelusse lloraba amargamente en su escondite, al ver a sus hermanos después de tanto tiempo y se debatía entre la prudencia que le exigía mantenerse oculto y sus ansiosas ganas de abrazar a los tres niños.
Los niños corrían alborozados buscando el motivo que había disturbado la paz del lugar, pero no veían nada y Kelusse se mantenía en su lugar. Cansados de correr, se sentaron sobre unas piedras y sacaron de sus zurrones unas frutas, las cuales empezaron a comer con avidez.
Kelusse decidió salir y mostrarse a los niños. Sin hacer ruido se dirigió hacia ellos y conscientemente pisó una ramita para que el ruido de su rompedura les alertara y denotara su presencia en el lugar.
Los tres niños giraron automáticamente sus cabezas hacia el lugar de donde provenía el ruido, mas para sorpresa de Kelusse tras unos instantes de mirada inquisitiva, los dos hermanos mayores, Kelusse niño y Auresse, siguieron comiendo tranquilamente. Venesse había fijado sus ojos en él y no le apartaba la vista de encima.
Kelusse levantó su mano en señal tranquilizadora y Venesse se levantó de un salto.
- ¿Qué te ocurre? –preguntaron los dos niños mayores.
Venesse no contestaba. Se había quedado pálido y sus fantásticos ojos verdes seguían fijos en el lugar donde aquel hombre se encontraba. Auresse y Kelusse niño, miraron en esa dirección mas no prestaron mucha atención y se dirigieron de nuevo a su hermano.
- ¿Qué pasa, Venesse?
- ¿No lo veis? ¡Está ahí!
- ¿Quién está ahí? –le preguntaron inquietos.
- No lo sé. Es un hombre. Un hombre muy extraño, no es normal. La luz pasa a través de su cuerpo y veo los árboles que hay detrás de él, sin embargo observo su silueta perfectamente y veo su mano tendida hacia nosotros.
Los dos niños mayores se armaron con piedras para defenderse de un posible ataque.
Kelusse decidió sentarse en el suelo para no seguir alarmando a los niños, aunque en su cabeza ya notaba que algo no estaba bien, puesto que los dos niños mayores no parecía que le estuvieran viendo. Únicamente Venesse parecía hacerlo.
- Se ha sentado –dijo Venesse. No parece que quiera atacarnos.
- Yo no veo nada. Venesse si ésta es una de tus bromas, déjalo ya.
- No es una broma. Le estoy viendo y me está sonriendo.
Venesse se dirigió hacia la figura que se encontraba sentada en el suelo. Los dos hermanos mayores caminaban tras él, con la tensión dibujada en su rostro. No comprendían qué estaba pasando. En realidad ninguno de los cuatro entendía nada de lo que estaba sucediendo.
Kelusse decidió quedarse sentado para no alarmar a Venesse y que se aproximara.
- ¿Quién eres? –preguntó el niño.
Las dudas asaltaron a Kelusse. ¿Qué debía responder? Decir la verdad podría causar una gran alarma entre los niños.
- Soy un amigo. Alguien que no os quiere mal.
- ¿Con quién estás hablando? –preguntó Kelusse niño a Venesse.
- Con un amigo –respondió divertido Venesse.
- Yo no veo a nadie –dijo Auresse.
- Pero si está ahí mismo, enfrente de nosotros –protestó Venesse.
Venesse se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas y observaba el rostro difuminado del extraño.
- ¿Qué estás haciendo por aquí? Nunca te había visto antes, sin embargo percibo algo que me es muy familiar –le dijo Venesse.
- Ni yo mismo lo sé. Hacía mucho tiempo que no venía a este lugar y no entiendo qué magia me ha transportado.
Los dos hermanos mayores interrogaron a Venesse acerca de lo que estaba viendo y la persona con la que parecía que estaba manteniendo una conversación aun cuando ellos seguían sin ver a nadie y sin oír las respuestas a las preguntas de Venesse.
- ¿Por qué no pueden verte ni oírte ellos? –preguntó Venesse.
- No lo sé –dijo sinceramente Kelusse. No entiendo esta situación, se escapa a mi entender. Algún poder superior estará interviniendo.
Venesse transmitía a sus hermanos las palabras que el extraño le decía.
La conversación se prolongó durante unos instantes cuando de repente el soldado notó un tirón hacia atrás. Se giró mas no había nadie ni nada. Acto seguido otro tirón. Kelusse comprendió de inmediato.
- Escúchame –dijo alterado.
- ¿Si…?
- No perdáis nunca la conexión que os une. No perdáis la ocasión de decir a vuestros padres cuánto les queréis, puesto que nunca se sabe cuando dejarán de estar con vosotros.
Las lágrimas resbalaban por el rostro del hombre que hablaba apresuradamente, conocedor de lo que sucedería no mucho tiempo después.
- Dile a Kelusse –prosiguió el extraño- que sea fuerte. La vida nos depara pruebas duras para las cuales no siempre estamos preparados.
Venesse transmitió las extrañas palabras a su hermano.
- Dile a Auresse que debe ser fuerte, que se haga poderoso, pero que no debe dejar que su ambición le domine. El poder es un arma de doble filo.
Auresse mostraba una expresión desconfiada al oír las palabras que, por boca de su hermano, oía.
- Por lo que respecta a ti, Venesse –dijo el soldado con cara compungida y un mar de lágrimas- recuerda que tus hermanos te adoran y que, aun cuando tu faltes, ellos no dejarán de pensar en ti jamás, por muchos años que transcurran.
Dicho lo cual, el soldado se levantó y con su mano insustancial acarició el rostro de Venesse, hermano que perdería precozmente, y se dio la vuelta para salir corriendo de aquella escena que tanto dolor había despertado en su corazón.
- ¡Despertad! –la voz grave de Dradëd retumbaba en la sala.
Kelusse salía de su letargo. Magullado y dolorido, con una expresión confundida en su rostro.
- ¿Dónde me encuentro? –fueron las primeras palabras que dijo.
- Fuisteis herido en la batalla. Estáis en el hospital.
- ¿Cómo fue todo? –preguntó ansioso.
- Una gran victoria, mi Señor. La señora Earine fue herida de gravedad y no sabemos si se recuperará.
Kelusse intentó levantarse para dirigirse hacia donde estaba Earine, mas no le fue posible. El dolor hizo presa de él y se rindió en su camastro. Sus pensamientos se fueron hacia su amiga Earine y hacia sus hermanos.
Por una parte preocupado y dolido por Earine y por otra, feliz. Cuántas personas habían tenido la ocasión de despedirse de sus seres queridos y perdidos.
“La vida algunas veces nos hacía regalos inesperados. Quizás la vida no fuera tan cruel. Quizás la vida se disponía a quitarme algo muy preciado para mí, pero a cambio me había devuelto algo largo tiempo perdido en el pasado, mis hermanos”
La oscuridad se cernió sobre Kelusse y se sumió en un nuevo sueño.
