La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Las Casas De Curación De Ost-en-Aël

2006:06:19:10:33:14

Avathael

Por mucho que el calor apretara en el más sofocante de los veranos, siempre había una brizna de viento arrancada de las montañas, y la piedra de las paredes frenaba los áureos rayos que amenazaban la fresca sombra. Por mucho que la nieve golpease la puerta pidiendo entrar en los duros inviernos, el sol traía la vida a través de las claraboyas, y el gran hogar calentaba cada rincón. Así eran las casas de curación de Ost-en-Aël.

Se encontraban al sur, dentro de la capital de Helkelen Lára. Si alguien franqueaba las grandes puertas de entrada a la Ciudad del Lago, que permitían cruzar las imponentes murallas, sólo tenía que atravesar un par de callejuelas hacia el norte para ver la cúpula central elevarse sobre las dos alas del edificio, que se extendía hacia el este. Hermosos jardines, como no había en el resto de la ciudad, rodeaban toda la construcción. Frondosos y aromáticos árboles llevaban la calma y la paz a aquel lugar. Y pequeñas plantaciones de todo tipo de plantas medicinales o con poderes curativos, permitían disponer de remedios al instante. Se trataba de un enclavamiento único dentro de la ciudad.

La planta era simétrica al este y al oeste, longitudinalmente, y al norte y al sur, transversalmente, respecto a la cúpula central, totalmente circular. Y había cuatro entradas en los cuatro puntos cardinales. Las principales eran la oriental y la occidental, y esta última era la primera que veía el visitante. Tras seguir un pequeño camino entre los jardines, se llegaba a la entrada del ala oeste. Estaba flanqueada por dos lairelossë, cuyas hojas estaban siempre verdes, y cuando se atravesaba la puerta, el aroma que desprendían los árboles élficos relajaba el corazón. Se accedía a un patio, nimbado por un techo de parras, que permitían entrar la luz del sol. Estaba rodeado de columnas, enlazadas con hermosos arcos, que formaban un claustro alrededor del pequeño jardín interior. En el centro había una fuente. Se trataba de una estatua de Nienna, sacada de una mole de alabastro. El ingenioso artista que la esculpiere, había conseguido que el agua manara de sus ojos.

En la cara este del patio, podía verse la puerta a la zona interior. Al igual que la puerta principal, estaba elaborada en madera labrada, con el escudo del reino en ambas hojas. Al acceder al edificio cerrado, cuya perfecta fabricación en piedra totalmente sellada lo dotaba de un clima propio, el visitante se encontraba ante un salón alargado, con una pequeña escalera en el centro, que proporcionaba dos niveles al recinto. Algunas doncellas caminaban de forma presurosa en ambos sentidos. A ambos lados de la estancia había puertas, que daban acceso a las salas empleadas para las curas y el descanso de los enfermos en tiempos de paz. Estas salas contaban con ventanas, que permitían la entrada de los rayos del sol, la brisa de las montañas y el aroma de los jardines. Cuando el calor o el frío lo requerían, podían cerrarse mediante dos dobles hojas de madera, que aislaban totalmente la habitación. En tiempos de guerra, cuando los heridos eran demasiados, el salón se llenaba de camas, pudiendo acoger a gran cantidad de ellos.

Siguiendo el recinto principal, tras subir las pequeñas escaleras que elevaban el nivel, se llegaba al gran salón central. Su forma era circular, y sobre él una bella cúpula le daba sensación de inmensidad. En el centro se alojaba un enorme y curioso hogar. Su base era cuadrada, y realmente grande, y se iba estrechando como una pirámide, hacia arriba, hasta alcanzar la anchura de la larga chimenea prismática, que moría en la cúpula. En los fríos inviernos, cuando el viento azotaba las cumbres de las Montañas De La Nieve Perenne, y el Lago Espejo estaba completamente helado, la leña almacenada a finales del verano calentaba todo el edificio, de norte a sur, ardiendo en el gran hogar central. Y cuando el calor del verano era sofocante, se abrían todas las ventanas de las paredes norte y sur, de modo que la brisa de las montañas, siempre nimbadas de blanco, atravesaba todo el edificio, refrescando enormemente el ambiente.

Alrededor del salón circular, había cuatro pequeñas puertas, que daban acceso a cuatro pequeños recintos, también circulares. Dos de ellos eran sendos baños, a los que podía accederse también desde dos de las habitaciones, una en cada ala, reservadas únicamente para los Señores de Helkelen Lára. Los otros dos recintos eran realmente accesos a dos escaleras de caracol, que bajaban hasta un nivel inferior, donde se encontraban los almacenes y despensas, donde se hacía acopio de leña, utensilios, alimentos, medicinas, y cualquier cosa que pudiera ser necesaria. Al norte y al sur del gran salón circular, se encontraban las dos entradas secundarias al edificio. Y hacia el este, se extendía el ala oriental, idéntica al occidental, descrito anteriormente. Un alargado salón a dos niveles, con habitaciones a los lados, acabado en una puerta que da acceso al patio este. En este patio también había una fuente, pero en este caso la estatua era de Mandos, y de sus manos era de donde fluía el agua.

Si hay algo que caracterizaba las casas de curación, era la calma. El bienestar. Algunos Señores de Helkelen Lára se acercaban a ese lugar, aun sin estar enfermos o heridos, tan solo para respirar la paz entre sus jardines y sus claustros. Sin duda no había otro lugar mejor para reponerse, tanto de los daños del cuerpo como de los daños del alma.

Hathol Karkar

Hathol se quedó mudo de asombro cuando contempló por primera vez las Casas de Curación de la capital de Helkelen Lara, Ost-En-Äel. Había acudido allí a curar una herida que le habían infligido en el brazo izquierdo durante el transcurso una de las numerosas batallas que los ejércitos de Helkelen Lara mantenían contra los de Lempë Ohtari, batalla que, afortunadamente, habían ganado. Pero ahora era un tiempo de una relativa calma, era hora de hacer balance de las ganancias y de las pérdidas, tanto de dinero como de vidas de hombres, elfos y enanos; y Hathol había provechado esa época para reposar un tiempo en Ost-En-Äel y recuperar fuerzas para las siguientes batallas que seguro se avecinaban.

De entrada, le asombró la enormidad de la estructura, era un edificio realmente grande, pero sobre todo era armonioso, muy armonioso. El edificio en sí parecía fundirse con los bosques y jardines y jardines que lo rodeaban como si fueran una única cosa, un único conjunto, pero a la vez se distinguía cada elemento con absoluta nitidez. Hathol avanzó con su caballo por el camino que se abría ente los jardines que rodeaban el edificio, al final del camino se encontraba la entrada occidental, flanqueada por dos hermosos lairelossë, cuyo olor reanimó el corazón y el ánimo de Hathol. Desmontó de su montura y tocó la pequeña campana que se encontraba en el umbral de la puerta. Tras el suave tintineo, uno de los sirvientes de las Casas abrió las puertas y Hathol accedió al edificio, el sirviente tomó las riendas del caballo y le dijo a Hathol que esperara allí un instante, ya que él iba a avisar a uno de los Maestres Médicos de su llegada y a llevar al caballo a los establos. Hathol se quedó entonces paseando por el gran patio cubierto de parras, accedió al jardín interior y avanzó hacia el estanque con una fuente que era la mismísima Nienna, y de cuyos ojos brotaban unas lágrimas de agua tan puras y cristalinas, que Hathol no pudo evitar sacarse los polvorientos guantes de cuero negro y juntar las manos, a modos de cuenco, bajo esos hermosos ojos y lavarse la cara con ésa agua sagrada.