Húrin
Siempre le habían parecido duros los períodos de recuperación, pero éste aún se lo parecía más. ¿Qué tipo de capitán se dejaba herir tontamente en la primera batalla seria al mando de un ejército? Había hecho miles de escarceos con pequeñas tropas para expulsar a las manadas de orcos que intentaban entrar en Eirë Esteldor, y en ninguna había recibido mayor rasguño que un arañazo. De pronto, y cuando por fin lideraba un poderoso ejército, debiendo demostrar al Senado del Reino porqué había sido elegido Duin, no sólo perdía la batalla sino que encima salía herido. No había otra solución que renunciar al cargo. Volvería a ser un simple soldado más en la infantería de Eirë, si es que merecía tal honor.
En caso contrario, seguiría su viaje al Este, hasta llegar donde nadie había llegado.
La noche fue horrible. Por si sus propios remordimientos de culpa no fueran suficiente, la sangre seca le estaba tirando de la piel, y el ungüento de athelas que él mismo se había impuesto le producía un escozor inaguantable. Previsor de ello, Húrin había ordenado apostar dos guardias en la entrada con la orden de que no dejasen pasar absolutamente a nadie, intentando evitar ser visto en tan lamentable estado. Un capitán debía aportar firmeza y determinación, no sufrimiento y dolor.
Por fin asomaron las primeras luces del alba. Seguía sin haber podido dormir, pero al menos el dolor estaba remitiendo poco a poco. Con una pizca de suerte en un par de horas dejaría de dolerle lo suficiente como para poder conciliar un breve sueño. Si para antes del anochecer pudiera levantarse, iría con su caballo raudo y veloz a ver a Nowë y presentarle su renuncia. Fue entonces cuando Jade entro en la tienda.
- Por todas las arañas del bosque, ¿Qué hacéis aquí? – le dijo Húrin emitiendo un sordo quejido - ¿Acaso no ordené a los guardias que no dejasen entrar a nadie?
Jade sonrió – Soy tan capitana de este ejército como lo sois vos, comprenderéis que tengo la capacidad de revocar vuestras órdenes.
- ¿Eso incluye que vengáis a perturbarme en mi sueño? – le replicó.
- Sí, si supiera que tenéis algún sueño. Sé perfectamente que no habéis podido dormir en toda la noche. No hace falta ser un sabio de Occidente para deducir que con esas heridas os ibais a pasar la noche en vela.
- Está bien – siguió Húrin, resignado ante la obviedad - ¿Qué deseáis entonces?
- Comunicaros el resultado final de la batalla – Se sentó en una banqueta de madera, obra del propio Húrin - Puesto que quedasteis inconsciente, no habréis podido valorar en su justa medida la situación.
- Sé que hemos perdido – Le contestó mientras emitía un largo suspiro – Es información suficiente para saber que no valgo como líder de esté ejército
- Bueno, quizás os convendría tener datos más detallados. ¿Deseáis oírlos o ya os es suficiente con lo que sabéis? – Le preguntó la elfa, mirándolo inquisitivamente.
- Deseo oírlos – Contestó Húrin a regañadientes.
- Bien. Ha habido bastantes heridos, pero finalmente hemos perdido sólo unos pocos hombres. Otra docena permanecen aún en la enfermería, pero con heridas que no revisten gravedad. No ha sido una batalla demasiado violenta. – Hizo una pausa, recordando a aquellos hombres que permanecerían allí para siempre – El enemigo ha tenido similares bajas a las nuestras, así que casi se puede dar como un empate. Si en vez de retirarnos hubiéramos seguido luchando, quién sabe de qué lado habría caído la victoria.
- ¿He de suponer que no han venido a perseguirnos?
- Suponéis bien – Prosiguió - Parece ser que era una batalla para medir nuestras fuerzas. Y tengo la sensación de que han comprobado que no somos tan enclenques como creían. Estoy segura de que la próxima vez se lo pensarán mejor antes de acercarse a nuestros dominios.
- Seguramente tengáis razón, pero me extrañaría que hayan abandonado su posición retirándose a su frontera – le dijo arqueando la ceja el Duin a la elfa.
- Raro sería, en verdad – le contestó Jade – Permanecen a menos de 3 leguas de este mismo lugar, en actitud observadora. Desconozco si tienen intención de volver a atacarnos en los próximos días, pero no estaría de más tenerlos vigilados en todo momento.
- Así se hará –suspiró Húrin - ¿Se sabe algo del resto de las tropas?
- Ha llegado un mensajero procedente del Norte... Parece ser que hemos ganado una batalla contra Limpe, y hemos perdido otra, con semejante balance. Se rumorea de una catástrofe en la compañía dirigida por Nowé, pero... – Paró un momento para mirar al cielo -- Espero que sean sólo eso, habladurías.
- Y yo espero que Nowé esté bien, me gustaría ir a verle en seguida.
- ¿Para qué? ¿Para ofrecerle vuestra dimisión? – le preguntó ella.
- Sí – le contestó sorprendido el Duin - ¿Sois adivina además de elfa?
- Insisto, no hace falta tener gran sabiduría para ver que ronda por vuestra torturada mente. Estáis abatido, sin razón alguna por cierto, y deberíais alegraros.
- ¿Alegrarme? – Húrin se irguió como pudo debido a la sorpresa - ¿Por haber perdido una batalla? ¿Acaso los elfos de este reino os alegráis cuando perdéis? Muy extraños sois en verdad.
- No por haber perdido una batalla, sino por haber luchado contra un enemigo de mayor fuerza y número, habiendo conseguido intimidarlos de esta manera y con tan pocas desgracias – le replico con firmeza Jade – Además, no debéis olvidar que nunca antes habíais dirigido un ejército de semejantes proporciones, y no es tarea tan fácil como estar al frente de un puñado de hombres escondidos entre la maleza.
- En ocasiones preferiría luchar con escaramuzas, acompañado por unos pocos hombres al amparo de la oscuridad – replicó – Ahora, por favor os pido, que me dejéis dormir tranquilo.
Jade se levantó.
- ¿No decíais que vuestro antepasado era el gran Húrin Thalion? Debéis aprender a actuar como él, líder de su pueblo, y no como su Hijo Mormakil, que luchaba sólo o en grupos de fugitivos. Habéis librado una importante batalla, en la que los conocimientos que habéis adquirido superan con creces las bajas que hemos sufrido. De ahora en adelante debéis centraros en liderar esta compañía con valor, honor y sabiduría. El Senado, incluida yo, confía en vos. No debéis desconfiar de lo que el Senado confía. Confiad en vuestros hombres. Confiad en vos mismo.– Dicho esto, salió de la tienda, dejando a Húrin sumido en sus oscuros pensamientos.
Le dio vueltas a todo este asunto durante varios minutos, que al Duin parecieron horas. Por una parte, su compañera elfa tenía algo de razón, quizás estaba siendo demasiado exigente conmigo mismo, pero... ¿Acaso no era la exigencia necesaria para ser un buen capitán? ¿No debía uno exigirse más y más hasta llegar al límite? ¿O hasta sobrepasarlo? ¿Había llegado él a su límite? Estas cuestiones y otras continuaron atormentando la mente de Húrin, hasta que por fin cayó dormido.
Se despertó casi al anochecer. No recordaba haber soñado nada. Lo que sí sentía, era como el dolor había disminuido enormemente. Con razón le decía siempre su abuela: “No hay nada mejor que un buen sueño para reparar cualquier tipo de mal”. Quizás Jade tenía razón. Tendría que darse otra oportunidad y después decidiría qué hacer.
Un soldado entró en su tienda:
- ¿Ya os encontráis mejor, señor?
- Sí, ayudadme a ponerme en pie, y salgamos al exterior... Deseo ver de nuevo la luz de la luna.
