Avathael
Debéis ir a Ost-en-Aël, lo más rápido que seáis capaz. Allí deberéis incorporaros a la Tercera Compañía. No perdáis tiempo, pues nuestra capital está siendo asediada, y Gmork es el único Señor de Helkelen Lára al mando de las tropas que la defienden. Tomad un caballo si lo necesitáis.
Avathael ya veía las columnas de humo elevarse por encima de la Ciudad del Lago, cuando recordaba las palabras apresuradas que Laureon le había dirigido, poco después de convertirse en miembro del Clan del Norte. El caballo sobre el que cabalgaba era realmente veloz, y ya había dejado atrás el Río Verde. Al sur, el sol desgarraba las negras nubes reflejadas sobre la espectacular superficie del Lago Espejo. La tormenta había amainado, acompañando el final de la batalla, y la mañana se presentaba clara.
–Llegué tarde- pensó, cuando la visión de muerte apareció ante él. Aunque la contienda se había desarrollado principalmente en la caras este y sur de la ciudad, las tropas de Lempë Ohtari habían rodeado la ciudad. De modo que cuando el dúnadan se aproximó a la capital, vio el campo lleno de cuerpos mutilados. Algunos soldados de Helkelen remataban a aquellos desdichados que estaban demasiado malheridos como para volver al este.
-¿Dónde está vuestro capitán, Gmork?- preguntó a unos hombres que descansaban sentados sobre una piedra, agotados tras la lucha.
Los soldados le miraron, empuñando la espada, a punto de desenvainarla, y vieron que el corcel que montaba llevaba el emblema de Helkelen en su silla. Aun así preguntaron , pues no le conocían.
-¿Quién le busca?
-Soy Avathael, hijo de Avathor, y no diré más. Vengo por indicación de Laureon, vuestro señor.
Los soldados se miraron, y uno de ellos señaló la ciudad. El númenóreano cabalgó hacia la puerta principal. Había algunas zonas de la muralla totalmente destrozadas. Aun así, prefirió acceder al primer nivel por la entrada. Ésta estaba abierta, y no había guardias. Cuando cruzó el arco de la muralla exterior, vio un tumulto de gente apelotonada en una de los boquetes de la muralla. Avathael desmontó de su caballo y se aproximó rápidamente al lugar donde había tanta gente reunida. Estaban todos moviendo las piedras que habían sido derribadas de la muralla, por algún proyectil enemigo. Éstas formaban una montaña de escombros, de la que emergían brazos y piernas de soldados sepultados. Conforme se iban desenterrando, los cuerpos de los defensores muertos, se iban depositando uno al lado de otro, en una zona apartada de la gente. Avathael se unió a ellos en el trabajo. La mayoría no le conocían, y le miraron extrañados. Sus ojos transmitían tristeza. Y para aquellos más perspicaces, denotaban también alta estirpe. Nadie dijo nada, y todos siguieron trabajando.
Cuando se habían removido ya la gran mayoría de los escombros, apareció el último de los cuerpos enterrados. Se trataba de un hombre fuerte, aunque en principio no aparentaba ser diferente al resto. Pero al verlo, los soldados se llevaron las manos a la cabeza, y rompieron en lamentos.
-¡Qué maldición es esta, oh Dios del Lago! ¡Amarga sin duda es la victoria, pues se ha llevado a nuestro señor!
Al escuchar Avathael estas palabras, descubrió que se trataba de Gmork. Quedó mirándole fijamente, mientras acababan de desenterrarlo. Estaba totalmente lleno de polvo. Su rostro estaba cubierto por sangre coagulada, que había manado de una herida en la frente. Avathael colocó la mano delante de su boca, y luego en el lateral de su cuello.
-¡Está vivo! –exclamó- ¡Rápido, ayudadme a sacarlo de aquí!
-¡Eso es imposible! ¡Estaba bajo media tonelada de piedra! –le reprochó uno de los soldados- Todos los desdichados que hemos sacado de aquí están muertos, y nuestro señor Gmork estaba debajo de todos ellos.
Avathael hizo caso omiso, y cogió en sus brazos al capitán.
-¿Dónde están las casas de curación en esta ciudad?
-Aquí al lado, mi señor –dijo un joven soldado, rebosante de esperanza- Yo os guiaré.
Ambos se dirigieron a toda prisa hacia el interior de la capital, hacia la parte superior, con Gmork en los brazos del dúnadan. Les siguieron una gran cantidad de soldados, preocupados por la vida de su señor, y esperanzados, por la aparición de ese extraño forastero. Tras cruzar algunas callejuelas, llegaron a una plaza, donde destacaban las casas de curación. Atravesaron el jardín, y accedieron por la entrada oeste. Las camas ocupaban ambos lados del salón occidental. Las cuidadoras corrían de un lado a otro, atendiendo a la gran cantidad de heridos que se acumulaban. Una de ellas se acercó donde estaban ellos, y miró el rostro de Gmork. Se llevó la mano a la boca, ahogando un grito.
-Por favor, seguidme –les pidió.
Atravesaron todo el salón oeste, entre los gritos y lamentos de los heridos. El hedor a sudor, sangre y cosas peores, hacía el ambiente irrespirable. Antes de llegar al gran salón circular, la cuidadora abrió una puerta a la derecha, y accedieron a una pequeña habitación vacía. Avathael dejó con cuidado a Gmork sobre la cama. Al lado de ésta, había una ventana. El númenóreano la abrió de par en par, ansioso por respirar aire fresco. La vista del lago, al sur, le trajo algo de esperanza. Luego se volvió al capitán inconsciente, y le tocó la frente. La cuidadora volvió con un barreño lleno de agua caliente, y varios trapos. Luego comenzó a limpiarle el rostro, especialmente la herida de la frente.
-Que los dioses se apiaden de nosotros, está muy mal –dijo preocupada.
-No sé si los dioses han hecho algo por él, pero tiene que ser un hombre terriblemente fuerte para no estar muerto –contestó Avathael, mientras metía la mano en la bolsa de cuero que siempre le acompañaba- Necesito dos pequeños cuencos. Bueno, uno que sea mediano. Y algo para poder remover y aplicar. Una cuchara pequeña, o algo así.
La cuidadora lo miró con extrañeza. No tenía pinta de médico. Pero su mirada era intensa, y transmitía autoridad y confianza. Así que fue rápidamente a por lo que le habían pedido.
El dúnadan sacó de su bolsa una flor amarilla, totalmente seca. También sacó una pequeña raíz. Cuando la cuidadora llegó con los cuencos y la cuchara, Avathael le pidió que vertiera agua en ambos. Mientras despedazaba la raíz en pequeños trocitos, se dirigió a la joven mujer, que miraba atentamente lo que hacía:
-¿Cómo os llamáis?
-Mi nombre es Beth.
-Muy bien Beth –le habló, mientras depositaba los trozos de raíz sobre el cuenco pequeño, agitando la infusión con la cucharita-. Esto es una raíz de Arlan. Es un poderoso descongestionante. El capitán tiene aplastadas las costillas, debido al enorme peso de las rocas. Eso hace muy dificultosa su respiración. Si cubrimos su cuello con este ungüento, abriremos sus vías respiratorias, y facilitaremos su recuperación.
Luego, Avathael arrancó el tallo de la flor amarilla, y lo machacó entre sus manos. Introdujo el resultado en el cuenco más grande, mientras la cuidadora miraba como hipnotizada.
-Esto es Arfandas –le dijo mientras preparaba gran cantidad de una cataplasma color ocre-. Habrá que cubrir casi todo su cuerpo con esta mezcla. Posteriormente tendremos que vendarle casi por completo. Le ayudará a curar sus contusiones y fracturas de forma más rápida. Aun así, no va a ser algo rápido.
-Jamás había oído hablar de estas hierbas. ¿De donde vienen? ¿Y de donde venís vos, mi señor? – preguntó Beth.
-Estas hierbas vienen de muy lejos, del oeste de la Tierra Media. Al norte del oeste. Entre las Colinas de los Vientos y el río Lhûn –en los ojos de Avathael apareció una mirada triste, que se alejaba en la lontananza del horizonte a través de la ventana- Y yo... no creo que eso importe. Ya no sé ni a que lugar pertenezco. Sólo sé que he venido a esta tierra. Y aquí me quedaré.
El dúnadan se dirigió hacia la puerta, y antes de salir se giró.
-Si es tan extraordinariamente fuerte como parece, Gmork vivirá. Si no es así, estas hierbas no harán nada. No son milagrosas. Sólo ayudan –dijo saliendo por la puerta.
Un día entero más permaneció Gmork inconsciente. A la mañana del siguiente día, abrió los ojos, totalmente desorientado. Poco a poco fue tomando conciencia del lugar en el que estaba.
-Fuerte es sin duda vuestro cuerpo y vuestro corazón –habló una voz desconocida para el Capitán de la Tercera Compañía.
Gmork giro su cuello a la izquierda, despacio, debido al dolor. Vio a un hombre alto, de cabellos oscuros y ojos grises, cubierto por un manto oscuro y una capucha.
-¿Quién sois? –murmuró con voz débil, pero aun así autoritaria.
-Mi nombre es Avathael, hijo de Avathor, y no diré mas –respondió el desconocido-. Habrá tiempo para presentaciones. Ahora debéis descansar, pues estáis vivo de milagro, y la recuperación será lenta.
[Editado por Aniron el 22-06-2006 01:34]
