Kelusse
Fin Guerra: Eirë Esteldor deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 14
Armadas perdidas por \"Liantari Dimbar\" = 16
Victoria para Eirë Esteldor.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:07:04:17:48:59
Fin Guerra: Eirë Esteldor deja de Atacar
Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 14
Armadas perdidas por \"Liantari Dimbar\" = 16
Victoria para Eirë Esteldor.
Los días de descanso y curación en Gathol-Kheled fueron una auténtica bendición tanto para los soldados como para los dirigentes de Eirë Esteldor. Las heridas fueron restañadas y las fuerzas se multiplicaron merced a las viandas que encontraron en la hospitalaria ciudad; debe ser mencionado que la hospitalidad era forzada por la invasión que la segunda compañía esteldili había llevado a cabo. Las gentes de la ciudad no parecía que fueran en sí muy inclinadas a reconfortar a los soldados extranjeros.
Al segundo día, Kelusse reunió a sus soldados en la plaza pública y con voz potente les conminó:
- ¡Hermanos de Esteldor!
Un griterío se alzó con vítores y aplausos hacia el estimado capitán.
- ¡Hermanos de Esteldor! –prosiguió- Después de la gran victoria conseguida en esta plazo y tras unos días de merecido descanso la obligación llama a nuestras puertas.
Silencio expectante entre los soldados. Las noticias no eran las que deseaban oír, mas no por ello les pillaron por sorpresa. Todos eran conscientes de que tenían una misión que cumplir y que tan solo había sido iniciada.
- Las noticias que llegan de nuestras casas no son alentadoras. Nuestras estimadas ciudades, Halatiryon, Amon Duin e incluso nuestra amada capital Caras Aelin están siendo asediadas por las tropas combinadas de Liantari Dimbar y Heren Fanyarëa.
Una breve pausa para permitir fuertes protestas y murmullos de desaprobación.
- Sé que muchos de vosotros pensáis que debemos regresar a nuestras casas para defender a los nuestros. Yo mismo estoy tentado de hacerlo. Todos tenemos a nuestras madres, esposas, padres, esposos e hijos en peligro.
- ¡Sí! ¡Volvamos a casa! –algunas voces se alzaron entre la multitud.
- No permitáis que vuestro corazón domine a vuestra mente –continuó Kelusse- Si ahora regresamos nos veremos encerrados en casa y estaremos abocados a una guerra sin fin en nuestra tierra que no finalizará hasta el total exterminio de nuestra existencia. Los clanes enemigos no entienden nuestra forma de pensar, no entienden nuestra política, la igualdad de nuestras gentes y por eso nos odian y quieren acabar con nosotros.
Silencio.
- Tenemos que continuar, hermanos. No podemos renunciar ahora. Nuestro compromiso con los nuestros era y sigue siendo extender nuestra forma de entender la sociedad entre estos clanes. No podemos parar. Tenemos que continuar. ¿Acaso queréis regresar a casa sabiendo que no hemos cumplido con lo que se espera de nosotros, con lo que se espera de cada uno de vosotros? Los soldados que han quedado en Esteldor tienen la gloriosa misión de defender a nuestro pueblo. Nuestra misión es otra. Nuestra misión es morir, si es menester, lejos de casa, llevando a cabo una tarea sin parangón en la historia de Árador.
- ¡Mi señor Duin! –la voz de un soldado anónimo se alzó.
- ¡Habla!
- ¡Por Esteldor! ¡Os seguiremos hasta la muerte!
- ¡Sea pues! ¡Mañana al amanecer partiremos rumbo a Cirith Annethiel, el paso de montaña!
Una gran ovación se oyó en varias millas a la redonda. Los soldados se apresuraron a preparar sus enseres para una marcha casi inmediata y cenaron todos juntos, para algunos de ellos quizás fuera la última cena.
La marcha fue rápida desandando el camino a través de la cordillera, dejando atrás las puertas de la ciudad, los espejos de hielo y llegando a la entrada de la garganta con sus estatuas, unas estatuas maravillosas que se mostraban desafiantes e intactas, con sus cabezas que se alzaban majestuosas.
El camino hacia el paso de montaña a través del desierto fue muy rápido puesto que los soldados tenían fuerzas y suficientes provisiones tanto sólidas como líquidas y el paso se vislumbraba en el horizonte.
Kelusse hablaba con un soldado con el que había hecho amistad. Su nombre era Araphon.
- El paso seguro que está vigilado –reflexionaba en voz alta Kelusse.
- En este caso, mi Duin, no sería mejor buscar otro paso. Si seguimos este camino nos dirigimos a una confrontación segura.
- Lo sé, pero un rodeo nos llevaría muchas millas al sur y el tiempo perdido sería irrecuperable. Tengo plena confianza en nuestra compañía y estoy seguro que, aunque el paso esté cerrado, conseguiremos atravesarlo.
La ascensión por la montaña se llevaba a cabo por un sendero. Una emboscada hubiera sido realmente sencilla de preparar y Kelusse sopesaba esa posibilidad constantemente. Mandaba vigías para que se adelantaran y comprobaran si el terreno era seguro.
A medida que avanzaban la temperatura iba bajando. En la cima se observaba la nieve.
Dos vigías llegaron galopando, en sus rostros la preocupación dibujada.
- ¡Mi Señor! Tal y como habíais previsto el paso está tomado.
- Lógico –musitó Kelusse- cualquier otra opción hubiera sido una necedad por parte de nuestros adversarios.
- No es la misma compañía con lo que nos enfrentamos en la ciudad.
- ¿Les habéis visto bien?
- Sí. Son muy parejos en fuerzas a nosotros. Hemos visto enanos, hombres y elfos entre los soldados.
- ¿Quién les comanda?
- Una elfa, alta y de caballos oscuros. Se la ve decidida y no parece que vaya a amedrentarse ante nuestra llegada.
- ¿Amedrentarse? –dijo Kelusse- Esa palabra no figura en mi vocabulario y no te hagas ilusiones que los dirigentes de Liantari conozcan el miedo. Lucharán hasta la muerte.
Kelusse reunió a algunos soldados a los que asignó la dirección de pequeñas escuadras. A Herion le asignó la capitanía de todos los elfos.
- Escuchadme atentamente –dijo Kelusse.
- ¡Decid Señor!
- Nuestro objetivo es pasar. Las ciudades que se encuentran tras el Paso son nuestra meta. No quiero heroicidades en esta batalla. No quiero grandes pérdidas. Vuestra misión es muy clara. Abrid hueco para que todos podamos pasar. Quiero que todos ataquéis desde diferentes posiciones a fin de crear confusión.
- ¿Cómo vamos a atacar desde diferentes posiciones si estamos en un Paso de Montaña?
- Quiero flechas, una lluvia de flechas…quiero que ataquen una cuarta parte de los hombres con las espadas tras las andanadas de flechas. Ese grupo de hombres tiene que ser sustituido por otro grupo, mientras que los primeros se repliegan. Quiero crear mucha confusión, quiero que haya hombres y elfos luchando constantemente, corriendo adelante y atrás y ya que el espacio no da la oportunidad de un ataque masivo, quiero ataques cortos pero intensos con soldados vigorosos y en plenitud de fuerzas. Por eso es fundamental que se vayan sustituyendo constantemente a los que estén en pleno ataque.
- ¡Entendido!
- Concentrad las fuerzas en un punto. Si conseguimos quebrar su línea de defensa no lograrán detener nuestro avance.
La batalla comenzó con un intercambio de flechas. El intenso frío era patente y los hombres lo acusaban. Los elfos aun cuando parecía que estaban peor preparados por sus ligeras vestimentas parecían inmunes al frío.
Los escuadrones de soldados, algunos compuestos por hombres, otros por elfos, se lanzaban al ataque sin descanso. Un ataque a gran escala hubiera estado abocado al fracaso sin paliativos, puesto que la compañía de Liantari tenía tomada la posición; pero estos ataques rápidos e incisivos estaban causando más problemas de los esperados a los defensores de la posición.
El ataque se prolongaba durante una hora cuando de repente se abrió una brecha entre los defensores.
- ¡Es el momento! –gritó Kelusse.
- ¡Al ataque! ¡Todos juntos! –secundaron el resto.
Los defensores se movieron con rapidez para cerrar la vía hacia la que se abalanzaban los esteldili. Los soldados que habían provocado la fractura, todos ellos de raza elfa, comandados por Herion, defendían la posición a la espera de que llegaran el resto de fuerzas.
- ¡No desfallezcáis! ¡Defended esta posición! ¡El resto de fuerzas ya llega! ¡La victoria se acerca! –arengaba Herion.
La llegada del grueso de fuerzas fue como una estampida de animales salvajes. La brecha se hacía cada vez más gruesa y las tropas de Esteldor irrumpían entre las de Liantari Dimbar como lo haría un cuchillo caliente entre mantequilla.
- ¡No os detengáis! Recordad que nuestra batalla no es ésta. ¡Corred hacia delante! –bramaba Kelusse.
Los soldados no se detenían y únicamente se veían implicados en luchas los que se encontraban en las posiciones periféricas de la columna que corría desaforadamente.
Herion no cejaba en su empeño de defender la posición y quería a toda costa mantener el paso abierto hasta que el último de los soldados hubiera pasado. Kelusse la observaba y se dirigía a toda velocidad hacia ella, espada en mano.
- ¡Herion! ¡Retírate de ahí!
- Todavía no, tengo que mantener el paso abierto unos instantes más. Si me retiro nos dividirán y los que no han pasado serán masacrados –gritó la brava soldado.
- ¡Sigue adelante! Otros ocuparán tu lugar, tus fuerzas ya flaquean –le decía Kelusse quien ya se encontraba en medio de luchas sin cuartel.
Kelusse se hallaba apenas a unas yardas de distancia de Herion, cuando ésta fue herida con el hacha de un enano, que se le incrustó en una pierna. La herida era tremenda y sangraba copiosamente. Herion cayó en el suelo al no sostenerla las piernas, pero ella no perdió el sentido en ningún momento y su espada no se separó de sus manos ni un solo instante.
Una nueva estocada con una espada en el dorsal la hizo gritar de dolor. En ese instante llegó Kelusse dispuesto a protegerla hasta las últimas consecuencias. Araphon iba con él.
- ¡Araphon! Tómala en brazos y sácala de aquí. Yo te voy protegiendo la espalda.
El fiel y valiente soldado hizo lo que se le había ordenado sin rechistar y cargó con el cuerpo casi inerte de la capitana hasta llevarla con los elfos que ella había capitaneado. Dos elfos la tomaron en brazos y corrieron con la velocidad que les es tan característica.
- ¡Avanzad, hermanos! –gritaba sin parar Kelusse. El paso ha sido franqueado. Ahora tenemos que correr hasta ponernos a salvo.
El ejército de Esteldor corría como alma que lleva el diablo. Aquella parecía una huida cobarde, pero todos ellos eran conscientes de que era lo planeado y ese aparente acto de cobardía les abría definitivamente las puertas de un mundo que pronto hablaría de ese ejército, y no precisamente por ser cobarde.
El viento chocaba contra el rostro de Luinel mientras cabalgaba. Los cascos golpeaban constantemente la ardiente arena desértica. Detrás, un destello blanco era lo único que se veía de las murallas edonitas. Adelante, en cambio, se alzaban cada vez más cerca las Montañas de la Brisa. El paisaje helado de sus cumbres regocijaba a la elfa, había empezado a extrañar el lugar.
Mientras seguía su camino, pensaba en los días perdidos en Lithaelin. La eternidad que pasó encerrada entre sus paredes duró tres días. Agobiada por el ambiente citadino y por Yago Yuri Edon, tuvo que resistir la tentación de matarlo varias veces. Orodril la envió a comunicar lo sucedido con los edonitas problemáticos, pero la reacción del Emperador no pudo ser más dramática. Para demostrar su indignación retuvo a Luiniel en algunos de sus consejos, en donde siempre justificaban las acciones de sus soldados.
Gracias a Eru, un mensajero Real llegó en la tercera mañana. Traía un mensaje de Astan Neuma para la noldo, se la requería inmediatamente en Cirith Annethiel donde una compañía esperaba sus ordenes. El Emperador insistió en prestarle uno de sus más veloces corceles para su viaje, aunque su expresión decía que hubiera preferido verla atravesar el desierto de Rogrant a pie.
[…]
El terreno se empinaba lentamente al pie de las montañas. Entre los riscos y desfiladeros se abría paso un delgado sendero, tan sólo tres hombres podían estar a juntos uno a lado. El clima se tornaba más frío en la ascensión y los vientos azotan las rocas. Luiniel comenzó a subir, cuando vio un grupo armado que cruzaba el desierto en la misma dirección que ella. Con su vista élfica distinguió los estandartes de Eirë Esteldor. Apeó al caballo, debía llegar lo antes posible a las puertas del paso.
Caía la noche, los últimos rayos de sol iluminaban los rostros claros de las estatuas. Talladas por grandes artesanos del reino las figuras de Medëa y Annethiel inspiraban elegancia y, la primera, severidad. A unos 20 metros por encima del sendero, sobresalía una plataforma natural de la pared rocosa. Allí habían hileras de tiendas donde descansaba el grueso del ejercito, en su mayoría compuesto por enanos.
Cerca de las puertas, los sentinelas divisaron a la noldo y al ver quien era, la llevaron con los otros oficiales. Arriba en el campamento se reunieron.
- ¿Dices que los esteldili vienen hacia acá? – dijo un enano.
- En efecto, Azthran. Es nuestra obligación darles una buena bienvenida. – afirmó Luiniel.
- Sería mejor enviar algunos jinetes a vigilar el camino. – insistió un elfo llamado Balgur.
- No, los vigías nos delatarían. Si Esteldor sabe que el paso está protegido perderemos el elemento sorpresa. Por eso esperaremos frente a las puertas.
- ¡A menos que las puertas permanezcan abiertas quedaremos atrapados entre el yunque y el martillo! – protestó Azthran –
- Las dejaremos abiertas. Y quiero unos arqueros en la torre y en los muros. Balgur, tu te encargarás de ello. El terreno no es muy amplio, por lo que la infantería estará un poco apretada al principio. Azthran tu estarás en el frente conmigo. – Siempre había sido sensato tener a un capitán khazad dirigiendo a los suyos.
De esa manera continuó la conversación hasta haber aclarado todos los puntos necesarios.
[…]
La mañana pasó dando espacio a la tarde. Caía nieve del cielo gris acumulándose en los riscos de la montaña. Los estandartes del Matriarcado de Harniâth ondeaban sobre las cabezas de sus soldados. Vestidos con cotas de malla debajo de ropa ligera (algunos enanos con armaduras pesadas) portaban afiladas y frías espadas. La mirada fija en el horizonte a la espera del enemigo. Sus corazones se endurecían preparándose para ser menos compasivos y más certeros en sus golpes.
Luiniel estaba en primera fila junto a Azthran cuando de pronto apareció un jinete por el recodo del camino y regresó enseguida. “Ya estaban aquí” pensó la elfa. Poco tiempo después, comenzó la batalla con la llegada de los soldados de Eirë Esteldor. Las flechas silbaban en el aire atacando a ambos bandos. Poco después empezó la lucha cuerpo a cuerpo.
- ¡Mantengan posiciones! – ordenó la noldo sacando su espada.
El choque fue violento y vino acompañado del sonido de acero contra acero. Lómemacil cortó varias cabezas saboreando la sangre que derramaba. Las hachas de los enanos desafiaban sin temor a los esteldili.
Una de las saetas enemigas se clavó en el brazo izquierdo de Luiniel. Enfurecida, la rompió cerca de la herida y se abalanzó contra sus enemigos. Pero ellos se alejaron del filo de su furia, corriendo a atacar el otro flanco de Liantari. La noldo divisó entonces, un bloque de nieve que descansaba en un risco justo encima de los arqueros de Esteldor.
- Carnë súrë formeno á lantëa ve nén menelva. - murmuró clavando la hoja de Lómemacil en el suelo. La nieve cayó sepultando a sus enemigos.
La batalla se prolongó durante una hora más. Luiniel y los suyos resistían, pero la estrategia del enemigo era confusa. A ratos avanzaban para después simular una retirada y atacar con flechas, formados en grupos pequeños o grandes que trataban de forzar el paso. Cansado de ese juego, Azthran se lanzó con muchos de los suyos a atacar directamente. La línea de defensa se desequilibró aunque por un momento no fue de gran importancia pues los enanos blandían sus armas con una destreza formidable.
Sin embargo unos pocos esteldili se abrieron paso entre los defensores liantaris. Y el capitán Kelussë mantenía abierta esa brecha. Esto alarmó a Azthran pero se encontraba muy lejos de Luiniel, sus fuerzas estaban divididas. La noldo se había quedado con unos pocos elfos y hombres que seguían peleando contra sus enemigos. Hábiles eran los guerreros no la dejaban reunirse con el resto sus soldados. Recibió uno par de cortes no muy profundos en las piernas.
La compañía de Esteldor corría a las puertas, pero había otros de los suyos que aún no pasaban. En ese preciso instante el capitán enano reapareció y sus fuerzas empezaban a reagruparse. Sus enemigos ya estaban fuera de alcance y la nieve seguía cayendo, borrando las huellas. Luiniel se apoyaba en el suelo teñido de rojo, la sangre todavía brotaba de su brazo pero lo que más le dolía era su orgullo...
Resumen de la batalla.
Eirë Esteldor ha perdido 14 armadas x35= 490 puntos.
Recuperables: 327 puntos.
Valoraciones: 8,4+9+8+7,8= 8,3
Recupera: 271 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 551 puntos.
No pierde puntos.
Liantari Dimbar ha perdido 16 armadas x35= 560 puntos.
Recuperables: 373 puntos, al hacer uso del poder especial de Arweneressea.
Valoraciones: 8,2+9,6+8+6,8= 8,15
Recupera: 304 puntos. Los dirigentes sufren daños por el 20%, por este conecto recupera 70 puntos. Total recuperación: 374 puntos.
Pierde: 186 puntos.
Eirë Esteldor recibe 300 monedas por la victoria en la batalla.
Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Liantari Dimbar por la retirada de la batalla.
Compañías actualizadas y listas!