La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 18. C2 Heren Fanyarëa Vs C3 Eirë Esteldor. Saqueo De Halatiryon.

2006:07:04:22:05:46

Kelusse

Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Heren Fanyarëa\" = 8

Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 10

Victoria para Heren Fanyarëa.

Saqueo de Halatiryon.

Alsenot

La fina lluvia corría impactando contra mi rostro, contra mi pelo, contra mi pecho descubierto. Finos hilos de sangre resbalaban, dibujando un camino rojizo por mis mejillas, desde mi cabello hasta las comisuras de mis labios. Caminando despacio, observé el llano, con cadáveres tendidos por todas partes, confundidos en la neutralidad de la muerte que les había arrancado el bando. Fuego y agua se consolidaban aquel día, mientras yo daba los últimos pasos hacia el interior de una ciudad cuyos habitantes habían sido abandonados por cobardía...

El capitán Erestor Fefalas abría la línea de combate. Sus hombres asaltaban con furia las escuadras de Esteldor, perdiendo con indiferencia la vida en primera línea de combate. Parecía no importar... al fin y al cabo, ¿qué valían sus vidas, sino como héroes anónimos en aquella guerra? Esas habían sido las palabras del capitán muchas horas antes...

- ¡Soldados!¡Ramalië! Nada valen nuestras vidas ahora, si no triunfamos en la gesta que hoy se nos avecina. Nada valen nuestros esfuerzos, ni los de nuestros padres, por llegar a las tierras que hoy nos acogen, si no sabemos protegerlas. ¡Nada vale nuestro alma ahora, hasta que nosotros lo hagamos valer con sangre, propia o ajena, en el campo de batalla! Vosotros sois los enviados, los hombres elegidos...¡ vosotros sois aquellos a los que el águila y el vampiro han querido! Ni un sólo hombre debe flaquear en el campo de batalla, ni uno sólo debe rendirse, huir o soltar su arma... vuestros pertrechos son vuestras madres, vuestras mujeres e hijos, vuestra libertad... ¡Y la libertad es lo único que os queda ahora, guerreros! Demostrad en el campo de batalla lo que valéis, demostrádmelo a mi, demostráoslo a vosotros mismos. Demostrad que la muerte no os amedrenta, que la esperanza no decae, que tenéis el valor suficiente para afrontar al enemigo. ¡Por Heren Fanyarea, luchad y morid, soldados!

Sus afiladas espadas habían sido heroínas del enfrentamiento. Nada había podido hacer la maniobra envolvente del capitán de Esteldor, de nada había servido la estrategia defensiva. ¿Quién diría que la furia del vampiro se haría dueña de los avari? Aquel día, a pesar de todo, fue él, Erestor, quién invadido por la fría indiferencia hacia la muerte había guiado a sus soldados impregnados en una suerte de paroxismo que había arrancado las vidas de tantos esteldili como habían podido, antes de su rápida huída.

A pie se habían atravesado las puertas de Halatiryon, con el guerrero de las cimitarras al frente, soltando espumarajos mientras degollaba con sus cimitarras a las últimas filas de los huidizos esteldili, clamándoles resistencia mientras se retorcía en expresiones de desprecio por su huída deshonrosa y su miedo irracional a la muerte... no había tantos muertos, pero los vivos no parecían querer repetir la pesadilla de la defensa ante Liantari, y Erestor les despreció por ello aquel día.

Proseguí caminando despacio. A mis espaldas los muros prodigaban llamas, que se alzaban desafiantes ante la lluvia que calaba mis huesos. ¿Es más fuerte el agua o el fuego? Aquel día lo había sido el fuego, la furia, lo visceral. No hubo quienes apagasen la rabia, los miedos; no hubo águila que contuviese al vampiro, ni tan siquiera para mi, hombre y señor de los hombres, águila y maestro de los vientos.

En aquella hora sólo hubo muerte para los que habían esperado. Los cadáveres yacían a mi alrededor: sólo enanos de mi bando, sólo enanos esperando, enanos que habían cubierto la retaguardia y los flancos, guiados por el valiente Gimbur, el sereno Gimbur; el señor de los enanos, que yacía moribundo en el suelo ante mis ojos, sangrando en una espera infinita que no le traería la paz

Las filas enanas se habrían de encargar de la defensa. Eran en realidad amplia mayoría entre las tropas procedentes de Fanyarea, componiendo un bloque tan extenso que desde algunas posiciones no se veía nada más que enanos a lo largo del horizonte. Armados con picos y martillos, formaron la línea de protección para el frente avari, muchísimo más dañino. La decisión se había tomado muchas horas antes...

- No estoy seguro de que sea una buena idea.

Gimbur caminaba despacio por el interior de la tienda de campaña, iluminada tan sólo por unas pocas teas encendidas y colgadas alrededor de la mesa en la que se desplegaba el gráfico dibujado por Alsenot. Erestor no había pronunciado una sola palabra en toda la sesión de estrategia, dejando a su subalterno la labor de representar al pueblo elfo en aquella discusión.

- Lo sé, Gimbur, pero no tenemos muchas opciones. Las fuerzas de Esteldor están debilitadas tras sufrir el ataque de Liantari Dimbar, y a cada hora que pasa sus posibilidades de reagruparse y organizar la defensa son mayores.

- Sí, pero los enanos podemos formar un bloque mucho más fuerte. Deberías dejarme a mi la entrada principal, y que los elfos flanqueasen.

- No estoy seguro...

Alsenot se rascó la barbilla. Llevaban horas allí, discutiendo, y Erestor no había dicho nada. Parecía satisfecho con la decisión de Alsenot, y eso provocaba todavía más desazón a Gimbur. No soportaría estar por detrás del avari en la ofensiva.

- Escúchame Gimbur. Sé que estás deseando entrar en combate, que consideras que tus enanos son grandes guerreros... y yo no lo pongo en duda. Pero por favor, dejemos el orgullo a un lado. Es crucial obtener una victoria mañana, y en este caso la velocidad de las tropas avari es necesaria.

- ¡No es una cuestión de orgullo! Te estás equivocando, Alsenot. Mis enanos no podrán soportar esta ofensa, pero cuando seamos derrotados... ¡ah, ahí sabrás que te equivocaste, señor de los hombres!

- No lo hagas más difícil, por favor...

Un nuevo gruñido acompañó la escena, mientras Erestor parecía a punto de estallar en carcajadas. Su subalterno habló.

- Supongo que podríamos ceder parte de la ofensiva a los enanos. Quizá sería mejor que sus bloques contuviesen la arremetida de las tropas esteldili... al fin y al cabo, serán más sólidos y resistirán mejor el choque frontal.

- No habrá tal arremetida. Puedo asegurarlo, capitán.

Gimbur había acabado cediendo. ¿Qué otra cosa podía hacer? Alsenot era implacable cuando se proponía algo, y en este caso parecía estar seguro de cuál era la mejor estrategia.

Muchas horas después, Alsenot había demostrado que llevaba razón. Cuando los primitivos arietes habían derribado la maltrecha puerta y los bloques invasores habían traspasado las puertas, los flancos fueron azotados con rabia, y allí donde un enano posaba los pies había diez elfos esperando, espada en mano, a acuchillar y derribar a los enanos. La feroz acometida de los avari aquel día provocó la división de las fuerzas de Esteldor en la plaza principal de Halatiryon, pero tan solo enanos murieron aquel fatídico día, masacrados mientras guardaban a la desesperada los flancos, esperando a pesar de la superioridad numérica al no caber por la puerta. El heroísmo de Gimbur salvó a muchos, pero no a los suficientes. Y él mismo sufrió una brutal herida en el pecho, que sin embargo no sirvió para que nadie acudiera a recoger su cuerpo dolorido del frío suelo de piedra.

Cuando se llevaron el cuerpo de Gimbur, malherido y tembloroso, me volví una vez más hacia mi mismo. Acaricié mi propio rostro, sintiendo una quemazón inconsciente, y al hacerlo noté con mis dedos la presencia de una herida, profunda y clara, que atravesaba mi rostro de punta a punta. No era grave, pero podía sentirla, como una marca, una cicatriz que me recordaría durante mucho tiempo el precio del descontrol.

Muchos enanos murieron ese día... pero, ¿dónde estaba el hombre que les condenó en ese momento?

Muchas horas antes de la batalla, al alba, cuando los ejércitos de los Ramalië surcaban los últimos pasos del camino, un águila sobrevolaba las murallas de la ciudad. Las águilas solían considerarse un símbolo de buen augurio por casi toda la Tierra Media, y en aquel caso no podía ser menos: desde su llegada, Liantari se había marchado con sus armas y su destrucción, y la ciudad se reconstruía a pasos agigantados, reponiéndose de soldados y murallas perdidos en combates pasados. Y sin embargo las nuevas que traían los mensajeros eran aciagas. Un nuevo ejército, compuesto de elfos y enanos, se aproximaba de nuevo a Halatiryon. ¿Realmente auguraba algo bueno aquel águila?

Muchas horas después, cuando la puerta cayó y los defensores salieron a defender, ese águila descendió, y en mitad de las filas defensoras se tornó en un hombre de pecho descubierto que empuñaba una extraña espada con forma de garra. La aparición provocó pavor y devoción, y luego sangre. Alsenot giraba enfurecido, mutilando a su alrededor a cuantos se le aproximaban, en un paroxismo de danza sangrienta que arrebataba vidas de forma vertiginosa. La sangre hizo las veces de duda, y de incentivo al tiempo para el enemigo. Erestor buscó a Alsenot entre las filas enemigas, y cuando le encontró éste seguía en pie, con la cara chorreando sangre y la espada ungida en negro. La llovizna era casi tan rauda como la sangre, y se derramaba casi al tiempo en aquel lugar. Y entonces los esteldili huyeron.

Huían despavoridos. Si en algún momento la batalla tuvo un apogeo, fue ese. Desquiciados ante el masivo ataque, los soldados esteldili comenzaron a buscar refugio entre las calles de la ciudad. Al tiempo, los avari se dejaron arrastrar por la lujuria de la escena, arrancando en gritos inhumanos mientras corrían tras los defensores, y comenzaban a derribar los hogares, entrando por la fuerza, prendiéndoles fuego, saqueándolos, asesinando a sus moradores y violando a sus mujeres. No hubo tregua aquel día de descontrol y furia.

Alsenot quedó tendido de rodillas tras la batalla. Sentía cómo su cuerpo se retorcía en espasmos tras el brutal arrebato de furia que había sufrido. Hacía años que no le sucedía, hacía años que no perdía el control de ese modo. Alsenot, el cazador de hierro, el hombre que nunca perdía la calma... aquel día había sido antes vampiro que águila, antes destrucción que victoria, antes muerte que honor. Y Esteldor había huido antes de tiempo, antes de hora, dejando desamparadas a sus gentes, dejando sus riquezas a merced de la avaricia de los elfos que habían olvidado el camino original. Cuando Alsenot recobró el control sobre sí mismo, la ciudad ardía en un espectáculo dantesco de sangre y muerte, y los seres retorcidos a los que había guiado a la primera línea confiando en que no sobrevivirían para dar rienda suela a sus instintos. Ese había sido el modo en que había convencido a Gimbur.

La noche anterior, Gimbur estaba furioso. Había amenazado con no participar en la batalla si se le deshonraba de tal modo, y Alsenot había tenido que pedirle que saliese a tomar el aire y reflexionase. Poco después él mismo salió, y se encontró con Gimbur en el exterior.

- Escúchame, Maestro Enano, y hazlo con cabeza y no con tozudez por una vez.

- ¡No hay nada que escuchar! Lucharán solos los avari, si a los enanos nos ha de tocar un papel secundario.

- ¡Escúchame! No hay papel secundario que valga. He visto la ciudad con mis propios ojos en los múltiples vuelos que he realizado. La única posibilidad de las fuerzas de Esteldor será flanquear. Necesito a tus enanos protegiendo los flancos.

- ¡Eso es! Que los enanos inútiles protejan los flancos. Más de dos mil enanos para proteger el flanco de setecientos elfos. Es vergonzoso.

Alsenot bajó la voz.

- Mira Gimbur, mañana asaltaremos una ciudad cuya defensa es una verdadera utopía. Esteldor no tiene ninguna posibilidad... pero puede hacer mucho daño. Tengo mis motivos para enviar a los avari por delante.

- ¿Ah sí? Pues ya pueden ser buenos, porque no me vas a convencer.

- Si mañana vencemos, la ciudad quedará a nuestra merced. Los elfos son incontrolables, y cuando suceda lo que es inevitable que suceda, comenzarán a saquear, quemar, asesinar... y eso es lo que quiero evitar.

- Así que te preocupa el enemigo.

- ¡No! Me preocupan los civiles, la gente inocente. Me preocupa que mueran quienes no han de morir en una guerra estúpida de la que poca o ninguna culpa tienen. Si envío a los avari por delante es para propiciar su muerte. Los flancos resistirán, pero los avari se encerrarán arrastrados por su propia impaciencia, y serán masacrados. Evitaremos el saqueo brutal, el asesinato. Ocuparemos la ciudad sin necesidad de que las cosas vayan a peor.

Gimbur quedó pensativo. Por supuesto, terminó por aceptar.

Muchas horas más tarde, Gimbur maldecía en el suelo, viendo morir a sus compañeros de escuadra, sintiendo cómo el acero le atravesaba las costillas y le tendía en el suelo ante los elfos. No llegó a comprobar si los pronósticos de Alsenot se habían cumplido, pero a pesar de todo le maldijo.

La culpa de todo aquello era mía. Yo había provocado aquella masacre, dándoles la vanguardia a los avari. Yo había provocado aquello, al olvidar que Esteldor ya había sufrido una derrota en aquella ciudad, al olvidar el daño que puede llegar a hacer el miedo. La rápida y deshonrosa retirada de Esteldor era algo difícil de explicar estratégicamente... pero el factor humano nunca ha de olvidarse. Ese día me equivoqué, y causé demasiado daño, y supe que tan sólo mis alas podrían subsanarlo. Por eso volví a ser águila, y sentí la llovizna impregnando mis plumas. Ese día busqué durante horas a Erestor Fefalas, y le hallé ante las puertas de un hogar, acompañado de su subalterno y de dos soldados más, que trataban de abrir la puerta. Dentro se oían tan sólo chillidos desconsolados, pero estos se apagaron cuando el acero cortó tres cabezas impregnándose de sangre aliada.

- Detén esta matanza y reúne a tus hombres, Erestor, o tu cuello será el cuarto en ser decapitado por mi filo

Aquel día, tan solo la intervención del águila en el último momento pudo impedir que la población de Halatiryon fuese completamente masacrada, y que la ciudad quedase por completo destruida. Erestor volvió a la plaza principal, después de causar más bajas entre sus filas de las que habían causado las hordas esteldili, y al mismo tiempo Gimbur fue acogido en una tienda de campaña, en la que se trataron sus graves heridas durante horas, dejándole maltrecho pero vivo. Aquel día Alsenot se juró a si mismo que no volvería a dejar que los avari llevasen la vanguardia de ningún ataque, a no ser que fuese a tratarse de un asalto al mismo infierno. Pero como todas las promesas, es más fácil hacerlas que cumplirlas.

Serkiel

Por enésima vez desde que saliera del bosque, el Nainir Ettelen espoleó a su caballo. Aunque el resistente bayo que lo portaba atronaba el camino con sus cascos a un ritmo demencial, a él se le antojaba de exasperante lentitud. Su escasa escolta (dos jinetes), iba a la zaga, esforzándose por mantener la velocidad del ligero quendi. Sin embargo, lo más veloz era el vórtice de negros pensamientos que giraban en su cabeza. Horas atrás había dejado de esforzarse por ahogarlos y ahora se dedicaba a exprimirle los kilómetros a su montura para acabar cuanto antes con la angustiosa sensación de urgencia que atenazaba su garganta.

Pero... urgencia, ¿por qué? ¿qué más podía sucederle a Halatyrion después de aquella masacre, después de convertirse en la antesala misma del infierno?

Aquellas inquietudes no tenían razón de ser, y sin embargo Eardin seguía sintiendo la imperiosa necesidad de hostigar a su corcel cada pocos minutos.

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Halatyrion, 5 días antes de la batalla

La mosca iba de acá para allá frotando compulsivamente sus patas delanteras, mientras paseaba por la barandilla. El Espadachín la contempló un instante, con una mezcla de interés y repulsión, y milésimas después la aplastó de un rápido manotazo. La ciudad estaba envuelta en graves acontecimientos, que, decididamente, urgían más que el ir y venir de un insecto cualquiera.

Halatyrion intentaba levantar cabeza tras el cruento ataque de los ejércitos del Matriarcado. Pero, aunque nefasto, no era este el hecho que más preocupaba al Espadachín, que, caviloso, dirigía sus pasos hacia las tiendas de la Tercera Compañía.

De camino, las heridas murallas de la ciudad hicieron su ceño aún más pronunciado. Nadie hacía absolutamente nada por repararlas, y todo por los hediondos discursos de Serloan. Serloan, siempre el maldito Serloan, con su porcina cara brillante de sudor, y constantemente frotándose las regordetas manos. Al pensar en su parecido con las moscas, el Espadachín casi esbozó una sonrisa.

Aun siendo un guerrero, él amaba la paz. Pero Serloan no hablaba de paz. Mosca Sudorosa (como, sin darse cuenta, había empezado a llamarlo para sus adentros), propugnaba la pasividad. Debajo de toda la grandilocuencia y sus exageradas formulas, nuestro ceñudo amigo solo podía ver a la alimaña que se esconde en el cieno mientras las bestias pelean, y que, oportunamente pasado el peligro, sale para alimentarse de la carroña.

Sin embargo, la gente de Halatyrion tenía encendido el fuego del miedo, y solo hacía falta alguien que supiera soplar a esas llamas en la dirección que le convenía. Alquien como Serloan. Conforme fue ganándose la amistad de la gente, sus discursos se hicieron más osados. Había llegado a hablar públicamente (eso había sido aquella misma mañana) en contra de los dirigentes de la Tercera Compañía, que en horas de necesidad se ocultaban nadie sabía dónde, porque no habían sabido proteger a la ciudad después de haberla usado para sus propios fines. Muy pronto habían olvidado todos (pensó el Espadachín), quien había fundado, impulsado y guardado siempre la ciudad. Y no solo esta, sino todo Esteldor. Tampoco había visto la mayoría el estado en que habían quedado el Nainir Mitya y la Duin Nelde después de derramar su sangre sobre aquellas murallas que nadie reconstruía, y por aquellos ciudadanos que en seguida comenzaron a maldecirles.

Por eso, Mosca Sudorosa podía manipular una verdad: la ausencia de ellos, para tener al pueblo a sus pies. Y no era este el único crimen serio cometido por el comerciante en contra de la autoridad esteldili. La noche anterior Mallor, gobernador de Talankaya y Señor de la Llave, había sido sometido a arresto en su propia casa “por el bien de la ciudad y todos sus habitantes”, por supuesto. La única razón de que no intentara escapar por la fuerza (y que por supuesto no era de dominio público), era que aquel sucio rufian retenía a su esposa y a su hijo de tres años.

Con estos y otros ardides, y sembrando sobornos y veladas amenazas, Serloan se había convertido prácticamente en el gobernante de la ciudad. Tenía inteligencia, oro, una buena oportunidad, y algo acaso más valioso que todo esto: el ciego apoyo del pueblo halatyrano.

A su llegada al campamento, un joven soldado de pelo rizado le abordó inmediatamente:

- ¡Mi capitán, Señor! – le urgió- Le esperan en la Tienda. Es urgente.

- Voy para allá en seguida.- El Espadachín respondió escuetamente y sin inflexiones en la voz, pero aun así, estaba intranquilo.

En ausencia de los tres Eldar, se había habilitado una tienda provisional de mando, que en realidad nadie quería llamar así, de modo que la llamaban simplemente La Tienda.

- ¿Qué es lo que ocurre? – preguntó según cruzaba la lona. Dentro estaban otros tres oficiales con sendas caras de preocupación.

- Menos mal que llegas, Leomakil. Te lo voy a explicar sin rodeos, por que el tiempo se nos acaba. Hemos recibido noticias de que un ejército de Heren se aproxima. Están a unas 6 jornadas de aquí, cinco si avanzan con premura.

Leomakil, se dejó caer pesadamente sobre un taburete, con el rostro lívido. Parecía que tuviera cinco años más.

- Fanyarëanos.... y solo a seis jornadas. No es posible –se mordió con fuerza el labio inferior hasta que recuperó un poco de color y pudo hacer de tripas corazón-. En fin... ¿tenemos algún plan de defensa?

El resto de la conversación versó sobre lo que puede hacer una compañía recién diezmada y sin jefes que pretende defender una ciudad sin parapetos, contra un ejército completo y bien alimentado. En el fondo, todos sabían una cosa... que lo único que tenían para poner en juego era un puñado de vidas. Y como valerosos soldados no dudaron en hacerlo.

Sin embargo aquellos días los dioses, o quizá el destino, parecían empeñados en demostrar a Leomakil y el resto de los capitanes de la compañía que las cosas siempre podían ir peor.

Serloan se enteró de los informes, ¡por supuesto que se enteró! No obstante, su reacción casi dejó fuera de juego a los oficiales. El comerciante comunicó a todo el pueblo que los militares eran un atajo de mentirosos, que trataban por todos los medios de aprovecharse de la situación de la gente para infundir el miedo y así dominarlos como a corderillos. Que el belicismo los había dejado en la situación en que estaban, y que no haría ningún caso de supuestos ejércitos. Se negó rotundamente a oír hablar de una evacuación de la ciudad (¿Entregárosla a vosotros? ¡Antes me arrojaría al Falmarin con una rueda de molino al cuello!), y afirmó que el ejército era una gran garrapata que succionaba el dinero de los honrados civiles.

-Está bien caballeros – dijo con calma Leomakil al resto de los oficiales-. Parece ser que tendremos que manejar la situación nosotros solos.

Sin embargo no desesperó, y recomendó a quienes pudo que abandonaran la villa. La mayoría le tomó por un loco, pero unas pocas familias partieron, salvándose de la debacle que vendría después.

También fue él quien organizó el rescate secreto del gobernador y su familia, en el que dos días más tarde tomó parte personalmente. Ambos se dedicaron entonces, de manera clandestina a reunir a su alrededor a todos aquellos hombres que aún tenían los ojos lo suficientemente abiertos, o el coraje necesario para afrontar la situación real, saliendo de la cómoda pompa de jabón que Serloan había creado para la ciudad, y sobre todo, para las mentes de sus habitantes.

La madrugada del día del ataque, Leomakil despertó antes de que saliera el sol. Decidió subir a la Barad Numen, y desde allí vio el amanecer. Este le produjo una tranquilidad casi anómala, y se quedó un rato más allí solo. Entonces apareció el águila, un animal magnífico con un brillo inteligente en los ojos. Al seguirla con la vista y ver a dónde se dirigía, se levantó con premura y bajó del baluarte.

Había llegado la hora, había que prepararse para el combate.

Aproximadamente al mismo tiempo, una alimaña preparaba una precipitada huida. No era de la clase de alimañas que viven en el cieno y comen carroña, sino de las que visten de seda y se han dedicado a engañar a un pueblo que saben que pronto les descubrirá.

Del tipo de alimañas que parecen moscas sudorosas. De hecho, el nerviosismo le hacía sudar el doble, y frotarse las manos cuatro veces más.

Serloan no era tonto, y había enviado en secreto una embajada para parlamentar con los líderes del ejército que supuestamente se acercaba. De sus emisarios solo había tenido noticias esa mañana, y habían sido los caballos, que llegaban asustados, sudorosos y sin jinetes. Él y una pequeñísima comitiva salieron a hurtadillas de la ciudad antes de que el águila se hubiese retirado aún.

Poco después, mientras el Espadachín buscaba a su escudero para que le ajustara la armadura y repartía órdenes a diestro y siniestro para aprovechar al máximo la paupérrima defensa, comenzó a caer una ligera pero pertinente lluvia. “¿Qué más da? Esta vez ni siquiera van a necesitar las catapultas.”, pensó con sarcasmo.

Entonces escuchó un revuelo, y decidió ir a averiguar qué ocurría, porque no podían permitirse hacer la más mínima tontería. Se trataba de tres jinetes con sus monturas extenuadas. De hecho la del primero se derrumbó al suelo antes de que pudieran desensillarla, y ya no volvió a levantarse. El jinete caminaba con altivez, y antes de que Leomakil pudiera abrir la boca, se plantó frente a él y le dijo:

-Capitán, infórmeme de la situación.

Solo entonces comprendió de golpe la situación. ¡Por Eru! Un Nainir había vuelto. Eardín debería estar cansado por su endiablado viaje, pero ni siquiera se sentó. Se hizo acompañar por Leomakil hasta su tienda, donde reprendió a dos desorientados mozos para que prepararan sus atavíos de combate. Mientras tanto, el Espadachín le refirió lo acontecido en la ciudad a grandes rasgos, y lo desesperado de su situación con minuciosidad. El elda se limitó a asentir con gravedad, y solo habló cuando el relato hubo terminado.

-Capitán Leomakil, has obrado con gran dignidad, y tal como se espera de un Oficial de Esteldor. Ojalá llegue el día en que podamos recompensarte como mereces en la misma ciudad que te has esforzado por defender.

Leomakil hizo una leve inclinación de cabeza.

-Gracias mi señor, pero dejemos las recompensas para días de victoria.

-¡Bien dicho! Ahora derramemos un poco de sangre fanyarëana.

Eardín asumió la defensa de las puertas, pero Leomakil quedó al mando de un puñado de hombres apostados en Romenosto, en las brechas de las murallas donde cayera Nowë, el Athar.

La pertinaz llovizna seguía cayendo y era lo único que se atrevía a rasgar el espeso velo de silencio precedente al encontronazo de los ejércitos. El Espadachín estaba firme, pero le inquietaba lo que podía leer en los ojos de sus soldados. ¿Por qué dar la vida en ridícula defensa de una ciudad que los despreciaba? Casi todos estaban lejos de sus hogares, y ahora las dudas les corroían. ¿Acaso merecía la pena aquello? Morir con honor... pero, ¿qué era en realidad el honor? Ante la perspectiva de una muerte en apariencia inútil, muchas voluntades se quebrantaban.

Leomakil hubiera deseado ser uno de esos comandantes diestros en la oratoria, para infundir a sus tropas el valor que ahora tanto necesitaban, pero fue incapaz de articular palabra. Y se maldijo por ello.

La acometida del enemigo fue devastadora, y sin embargo, la línea defensiva aguantó el primer embate. El tiempo de los arcos había pasado rápidamente, y el húmedo aire vibró al desenvainarse las espadas. Para Leomakil comenzó la macabra danza de cada batalla: rasgar, cortar, fintar, atravesar...Todo con exactitud y sin desaprovechar un movimiento. “¡No rompáis la línea!”, gritaba cada poco. No obstante, pronto vio que nadie le escuchaba. Los soldados, abrumados por el enemigo y sin fe ninguna, rompían filas y huían como colegiales. Tan solo el grupo más cercano a él, en proximidad y también en amistad, se mantenía en su lugar. Leomakil se tragó la angustia y la frustración. Él y sus compañeros se prepararon para morir sin retroceder un solo paso.

En las puertas la situación era muy parecida, o quizá peor. Eardín iba de un lado para otro impartiendo ordenes, vociferando a sus hombres y repartiendo hábiles estocadas. Pronto (demasiado pronto), solo los valerosos soldados de Osto Kirya quedaron a su lado. Demasiados, eran demasiados. Cuando fragmentos de las maltratadas, pero orgullosas puertas de la ciudad saltaron por los aires hechos astillas, tuvo que tragarse el desaliento y ordenar la retirada.

La maniobra seguía un plan detallado, mas los belicosos soldados, en su peligrosa excitación, corrieron tras las faldas de la Diosa Victoria. Pero cuando comenzaron a dividirse en las calles de la ciudad, llevados por los esteldili precisamente a donde ellos querían, la Diosa se convirtió en feroces guerreros con casco que atravesaban a los sorprendidos soldados, ya auto proclamados vencedores. Y de hecho lo eran, lo eran desde el comienzo de la malhadada batalla, pero la maniobra de los guerreros de Osto Kirya elevó esa victoria a un sangriento precio que, sin precipitación, los ramalië no hubieran pagado.

Eardín y unos pocos soldados más, en cambio, se dirigieron hacia la gran plaza central, dispuestos a impedir la profanación de la Asamblea de Halatyrion, símbolo de la presencia de Eirë. Años después, Tarkian, afamado poeta local, dedicaría algunas de sus más conocidas estrofas a la Defensa de la Asamblea, versos no transcritos aquí por la pobreza de la hermosa poesía élfica al ser traducida a las lenguas de los Hombres. Pero sus frases narran como Eardín empuñó la espada con la lluvia y la sangre corriendo por el rostro, con todos sus miembros entumecidos y atravesado por múltiples heridas. Se mantuvo en pie mientras su grupo caía, hasta que el hacha de un enjuto enano se incrustó en su costado derecho. Rebanó la cabeza del enano y se apoyó en las puertas del edificio que había guardado, deslizándose hasta quedar en el suelo.

Ningún enemigo se acercó a aquella entrada.

Fue Leomakil quien dio con su cuerpo, y, creyéndolo muerto, se preparó para trasladar su cadáver a un lugar digno, ya que no podía hacer nada por la ciudad. Sin embargo al alzarlo, pudo sentir su débil y entrecortada respiración, de modo que aplicó torniquetes a sus heridas, he hizo todo lo posible para mantenerle vivo hasta que pudiera verle un médico.

Aquel día desastroso la brutalidad corrió como un río desbordado por las calles de Halatyrion, inundando las casas de sus habitantes, y bañándolo todo de sangre y lágrimas. Aquel día los halatyranos tuvieron mucho que lamentar, y mucho que recordar para tiempos futuros, pues la ciudad nunca volvería a ser igual ni perdería de vista una jornada de atrocidades y sufrimiento.

A kilómetros de allí, una alimaña se arrastraba hacia el norte, sudando y frotándose las manos, ajena a que no iba a librarse del destino de Halatyrion, y que su aparentemente impecable jugada, iba a volverse en contra suya, porque la ciudad no iba a perdonarle.

[Editado por Alurien el 01-07-2006 19:36]

Kelusse

Resumen de la batalla.

Heren Fanyarëa ha perdido 8 armadas x35= 280 puntos.

Recuperables: 187 puntos.

Valoraciones: 8+9+9+10+9,4+8,8= 9

Recupera: 168 puntos. Los dirigentes de esta compañía han sufrido daños por el 50%, por este concepto recupera 175 puntos. Total recuperacion: 343 puntos.

No pierde puntos.

Eirë Esteldor ha perdido 10 armadas x35= 350 puntos.

Recuperables: 117 puntos.

Valoraciones: 8+9+9+9+8,8+7,8= 8,6

Recupera: 101 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 80%, por este concepto recupera 280 puntos. Total recuperación: 381 puntos.

No pierde puntos.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por abandono de la batalla.

Eirë Esteldor entrega 300 monedas a Heren Fanyarëa por saqueo de la ciudad.

Compañías actualizadas y listas.