La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 19. C4 Heren Fanyarëa Vs C4 Eirë Esteldor. Saqueo De Caras Aelin

2006:07:11:06:42:03

Kelusse

Fin Guerra: Eirë Esteldor se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Heren Fanyarëa\" = 13

Armadas perdidas por \"Eirë Esteldor\" = 15

Victoria para Heren Fanyarëa.

Saqueo de Caras Aelin.

Alkalabrindeth

Los vientos de Manwë se negaban en llevarse el olor a muerte que se desprendía de las grandes fumarolas, se estancaba en los presentes como un cuchillo increpado en el corazón y, mancillaba sus ojos enrojecidos por el humo, o tal vez más por el llanto. La carne de los caídos tronaba entre las brasas. Ya no había marcha atrás para los ramalië; todos los que aún permanecían de pie eran devorados por el fuego de la venganza.

Naredhel permanecía inmóvil con los ojos cerrados; al lado Lyshion veía las últimas chispas rojas que saltaban del carbón; concluido el ritual levantó la mano y dio la orden de que se retiraran a descansar; como buen líder les donaba la oportunidad para llorar por su hermanos y tomar las fuerzas que habían perdido en combate con el hambre y los esteldili. Sin embargo, él sabía que no podría ser mucho ese tiempo, habría que planear un contraataque definitivo para quitarse la sombra de Esteldor y poder cumplir su objetivo.

Llamó a Naredhel para exponer sus inquietudes, pero ella continuaba impasible. El águila había ido presuroso a estudiar el terreno, llegó sobrevolando el aire grisáceo empañado de cenizas dando agudos gritos. Tras unos segundos apareció la figura humana de Alsenot detrás de ellos, traía informes, pero Naredhel seguía ausente, hasta su cuerpo estaba frío como la muerte. Estaban extrañados, pero no quisieron más perturbarla, esperaron pacientes a que reaccionara. Momentos después, Naredhel dio un profundo suspiro sin exhalación y cayó como en un sueño; Lyshion la sostuvo y juntos la llevaron a sus aposentos provisionales.

Mucho se habló entre los ramalië de este suceso, aunque no se sabe a ciencia cierta lo que en verdad ocurrió, puesto que Naredhel a nadie le dio explicación alguna y nunca habló de lo sucedido con ningún ser viviente, al menos no en la Tierra Media. Pero muchos de los sabios, o los elfos más perspicaces aseguran que esa tarde, la Reina de Fanyarëa enfrentó al mismo Mandos y a Aulë para pedir clemencia por los suyos, mucho debió haber sido el poder que ella usó para comunicarse con ellos a través de su mente, que por esto fue la causa de su desaplomo. Mas el enemigo habrá de temblar bajo su propia tierra, porque dicen que su pena fue escuchada y los valar le concedieron nuevamente su amistad, aunque la maldición de Mandos no podrían deshacer hasta no pasados muchos años y sufrimientos.

Desde entonces a Naredhel se le vio más fuerte, y con un rostro más sabio que antes; lo que reafirmaba más esa creencia de los ramalië, tanto, que la canción que compusieron sobre este duelo, permaneció hasta el fin de los tiempos como una de las leyendas más hermosas y mágicas de los ráma.

(…)

Gimbur lamentaba demasiado las pérdidas, pero debía mantenerse firme porque sabía que Alkalabrindeth se sentía culpable de alguna forma, intentó consolarla, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sin embargo, Erestor era el más preocupante, se había encendido en su mirada la furia del vampiro, Gimbur sabía que en esas circunstancias podría ser capaz de verdaderas atrocidades, pero guardó su consejo para el camino, pues lo más seguro era de que partieran adentrándose a territorio esteldili para clamar justicia a un pueblo que ni tiempo les había dado de explicarse.

No obstante, no creyó que esta decisión fuera tan rápida. En cuanto Naredhel recuperó la conciencia, mandó llamar a Alsenot, Señor de los Várna; a Gimbur, Rey de los Russan; y a Lyshion, Maestro de Armas. Prescindiendo de Erestor por los sentimientos de desquicio que lo embargaban.

El consejo fue a puerta cerrada y pronta la resolución, no hacía falta más premura, el blanco se había decidido con estrategia para arrancar de una vez por toda la mala raíz que fecundaba esta tierra. Los jefes salieron de la tienda a preparar la partida de las tropas.

Alkalabrindeth y Erestor apenas se habían dirigido la palabra, ella lo rechazaba por desconocer al elfo que tenía enfrente, y lo dejó partir sin ni siquiera expresar una mínima palabra de aliento. Ese día el orgullo y las sombras de interpusieron entre ambos amigos. Gimbur dejó una hueste más de enanos para la protección de Alkalabrindeth y se despidió besándole la frente. Erestor dejó algunas tropas más de yarëar, tal vez con el mismo fin, pero eso, él no lo expresó. Después de todo, ellos irían a enfrentar un ejército que son seguridad estaría más débil porque ya había sido derrotado.

Lyshion puso enseguida al resto en movimiento, y la compañía comenzó veloz el viaje. Por primera vez Alkalabrindeth se sentía con desánimo, pero seguía fielmente los pasos de Naredhel y Lyshion, con su escuadrilla de russan atrás.

Antes de cruzar el río Falmarin, Naredhel desmontó, sumergió su mano izquierda en la corriente y meditó unos instantes, de pronto sonrió luciendo su dientes blancos aperlados, y dio la orden de avanzar.

Largas fueron las jornadas de andar, pero el corazón se les hinchó cuando divisaron la ciudad de Caras Aelin a la distancia, tan bella y majestuosa que parecía incorrompible. Flanqueando por el sur las montañas de Aikwa Oron, también vieron un camino vigilado por comerciantes, parecían estar en paz y no darse cuenta de la llegada de los intrusos, era probable que los hubieran visto, pues el ejército era numeroso y portaban orgullosos los estandartes fanyareanos.

El clima era benévolo con ellos, pero Fanyarëa no lo sería hasta acabar con el último portador de hierro mortal. No había ni una sola nube que cubriera el rostro de Anar. Estaba escrito que aquel día vería la cola del escorpión levantarse para defender su integridad y honor. Un escorpión que tenía sangre de vampiro y águila en las venas.

Lyshion desplegó entonces todas las tropas y envió la infantería de enanos encabezada por Alkalabrindeth, quien por ningún motivo se separaría de ellos. Los supuestos comerciantes esperaron la arremetida y justo cuando llegaron, sacaron las armas que ocultaban debajo de las mesas y las telas, o metidas en jarrones. No cabe duda que el valor de aquellos civiles quedará en la memoria de Esteldor mucho tiempo, pues pelearon con fuerza y bravura, pero no con astucia y habilidad.

La embestida fue tal, que por parte de Fanyarëa, los enanos serán siempre alabados. Además, el batallón de jinetes yärear a la retaguardia, semirodearon la batalla y fueron muy certeros en sus flechas. Pronto los comerciantes emprendieron la retirada al resguardo en la ciudad, a pesar de superar a los ráma numéricamente. No obstante, era en vano su enorme arrojo.

Los naugrim corrían tras ellos, mutilando sus cuerpos a diestra y siniestra. Pero en el interior, aguardaba un ejército preparado que en cuanto vio entrar al último de los suyos, catapultó una gran roca que partió el puente a la mitad. Alkalabrindeth que iba con una veintena de enanos sobre el puente, vio caer la roca encima de algunos de sus amigos y los enemigos que estaban matando, mas no tuvo tiempo de llorar o enfurecerse, porque pronto se hizo el desmoronamiento total del puente, y ella cayó con el resto que la acompañaba.

Naredhel llegó como viento impetuoso; una vez más el impulso de Alkalabrindeth la ponía en riesgo. Su capacidad de premonición le apuntalaba que no estaba muerta, habría que hacer algo. El enemigo ahora parecía ganar la batalla, sus aplastantes rocas no podían ser esquivadas, las flechas desde arriba eran más crueles y mortales. Elfos y enanos caían como hojas al viento del otoño.

Naredhel se introdujo a las susurrantes aguas de Ael Ethelë, que parecían hablarle con palabras de ensueño. Ella comenzó a girar las manos haciendo círculos en el agua y habló con dulzura una lengua extraña, si es que tales expresiones guturales pudieran ser tratadas como lengua oficial. A los ráma sólo se les ocurre decir que habló con el lenguaje de las aguas, y su petición fue atendida por Ulmo. Pero los Esteldili, más bien la señalan como hechicera, pues jamás creerían que Ulmo la favoreciera en lugar de a ellos.

De pronto, las cascadas que provienen de las montañas Aikwa Oron detuvieron su peregrinaje, como congeladas por el tiempo; la corriente rauda se precipitó hacia el mar, dejando, lo que era antes un lago, una tierra húmeda y cenagosa por donde pasar. La corriente respetó a los cuerpos tendidos. Todos estaban asombrados, pero Naredhel los sacó de la abstracción arengándolos a destruir la puerta y entrar a la ciudad.

Las flechas y las rocas proseguían con su pacto de muerte interminable. Lyshion estaba ordenando a unos enanos derribasen un gran árbol con sus hachas, cuando una piedra enorme cayó a su lado aplastando a dos naugrim, la sangre y los sesos salpicaron sus ropas, y fue tanta su frustración que no sintió que varios fragmentos se desprendieron de la roca, votándose a los lados y clavándose uno de ellos en su hombro izquierdo, ese dolor lo asimiló una vez concluida la guerra.

Otros enanos terminaron por derribar el árbol y entre una poderosa fuerza de guerreros, lo cargaron, llevándolo a paso lento para quebrantar la puerta. Muchos se desgarraron los brazos con el peso y las asestadas, pero aún gimiendo, su voluntad era férrea.

Las puertas por fin cedieron, los ramalië entraban sin control, y aunque sólo asesinaban a los que los atacaban, -pues algunas mujeres y niños asiéndose de cualquier objeto golpeaban salvajemente a los invasores- el ejército esteldili se dio a la retirada protegiendo a su pueblo y sacándolos del lugar, pues temían que no respetaran e hicieran una masacre, incendiando la ciudad.

El pueblo salió escoltado dirigiéndose a la izquierda, tal vez acudirían al cobijo de Amon Duin. Lyshion no los detuvo, sólo continuaban matando a los guerreros que se sacrificaron al quedarse como distractor.

Naredhel, postrada de rodillas, les devolvía el aire y, con ello, la vida a los que cayeron del puente y su destino aún no debía ser llamado a juicio. Alkalabrindeth despertó, sólo sentía un dolor persistente en el brazo, Naredhel se lo tomó y le reacomodó el hueso que se había salido, Alkalabrindeth mordió sus labios evitando gritar, una lágrima le corrió mientras miraba agradecida a Naredhel.

Allí hincada, la reconoció un elfo esteldili, diestro en el manejo del arco, preparó su puntería que hubiese sido fatal, si un enano no le hubiera asestado con el martillo, rompiéndole las rodillas, el elfo cayó de bruces y murió intentando ver la luz de la Mindon como una señal de esperanza. Pero ésta había decrepitado aquel día. No obstante, la flecha salió como lanza, dando tan sólo en la planta del pie de la reina, que vociferó un grito en ecos.

Naredhel sacó la flecha y así anduvo supervisando el saqueo de la ciudad, era necesaria su presencia para controlar los ánimos, aunque el de ella no era el mejor, la victoria resultaba más que cara. El hilo de la vida es tan delicado como los bellos adornos de porcelana, que hay que tomarse con mesura y amor.

Alkalabrindeth una vez de pie, observó con horror los detalles de la guerra, una vez más la muerte le arrebataba a sus amigos, una vez más se burlaba de ella litigándole el alma. Arrastraba los pies en cada paso, la cabeza quería estallarle, en todos lados veía cadáveres amados, su pena y fatiga ya no le permitían ver con claridad. Para ella, eran más sus muertos, volverían a ser quemados en una pira, no tendrían ni siquiera el honor de ser llevados a su tierra, su gente, su familia. Ya sólo el nombre en un recuerdo quedaría de ellos.

Las aguas reavivaron su cauce, una vez que todos los cuerpos se retiraron del lago. Pero la ciudad, ahora olía a putrefacción y sangre. Alkalabrindeth, entró aturdida, las imágenes se le presentaban como pesadillas, las calles blancas bautizadas de sangre, las paredes salpicadas.

Ese día, Alkalabrindeth desbordó el nudo que por tantos años suprimió y, lloró con tanta vehemencia como no lo había hecho desde la muerte de su padre.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Heren Fanyarëa ha perdido 13 armadas x35= 455 puntos.

Recuperables: 455 puntos, al hacer uso del poder especial de Naredhel.

Valoraciones: 9+9,2+8,8+9+8,2= 8,84

Recupera: 402 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 30%, por este concepto recupera 105 puntos. Total recuperación: 507 puntos.

No pierde puntos.

Eirë Esteldor ha perdido 15 armadas x35= 525 puntos.

Recuperables: 175 puntos.

Valoraciones: 0, al no haber publicado la historia de la batalla.

Recupera: 0 puntos. Adicionalmente se le aplica una sanción de 7 armadas por no publicar la historia, lo que equivale a 245 puntos.

Pierde: 770 puntos.

Heren Fanyarëa recibe 150 monedas por la victoria en la batalla.

Eirë Esteldor entrega 100 monedas a Heren Fanyarëa por abandono de la batalla.

Eirë Esteldor entrega 600 monedas a Heren Fanyarëa por el saqueo de la capital.

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