La Guerra de los Clanes

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.

Edicion 3

Árador, Tierras de la Aurora

Finalizada · 19-03-2006

Batalla 16. C1 Helkelen Lara Vs C3 Lempë Ohtari

2006:07:06:04:45:55

Kelusse

Fin Guerra: Lempë Ohtari se retira del Combate

Armadas perdidas por \"Helkelen Lara\" = 1

Armadas perdidas por \"Lempë Ohtari\" = 9

Victoria para Helkelen Lara.

Alalmë

El fruto de Laurelin se elevaba esplendoroso sobre las blancas montañas, iluminando la capital del Helkelen. La gente apuraba el corto verano del Norte en las granjas alrededor de la ciudad; todo parecía estar tranquilo después de la última victoria a las puertas de la ciudad. El ejército de Lempë Ohtari parecía haberse desanimado, y nada parecía manchar la luz de aquel día.

En el interior de la Torre el clima no era menos exultante, y los miembros del Consejo presentes no ocultaban, por una parte, su satisfacción algo fatua, y por otra, las inmensas ganas de que se terminara la sesión. El ánimo de Ezel, sin embargo, no era tan brillante; desconfiaba de la algarabía del triunfalismo, y además tenía que soportar cómo sus planes de defensa eran una y otra vez rechazados o mutilados por unos comandantes que se fiaban más de unos manuales que del sentido común que da la experiencia.

Estaba tan absorta en intentar soportar los insufribles discursos, plenos de jerga militar, que no percibió la llegada de Apacen. A Ezel le resultaba simplemente asombroso que el joven, a pesar de ser ciego, caminase con semejante desenvoltura por cualquier lugar, mientras ella, dueña de una visión normal, aunque sin grandes brillos, chocase a diario con alguna silla o mesa, extraviada pensando en otras cosas.

“Creo que he llegado tarde…”comenzó a decir, mientras se acomodaba en un asiento, Naulë se acurrucó a sus pies.

“Ejem… Bueno, aún estamos discutiendo…” el oficial, un poco molesto por haber sido interrumpido, intentó retomar el hilo de su discurso.

“…Pero no tan tarde” Apacen alzó la voz. “No tan tarde como para que ya no podamos hacer nada y debamos seguir aquí… asfixiándonos de calor. Tenemos asuntos que atender.”

“Bueno, eso estábamos haciendo. Estábamos reconstruyendo las defensas.”

“En el caso que he visto yo, es mejor un ataque, comandante. No un ataque en masa, algo rápido y efectivo.”

Todas las miradas de la sala se volvieron al hombre que, ajeno a ellas, lógicamente, apoyaba el brazo al desgaire en la silla. En realidad, por el profundo silencio sabía que había logrado captar la atención del auditorio. Todos esperaban un relato de su visión, y no era momento de hacerse esperar.

“He visto una avanzadilla que viene del sur. Aún están lejos, pero si toman posiciones, tendrán los mejores lugares para sitiar la ciudad.”

“Entonces, despejarán las vías para que se acerque el grueso del ejército y el cerco a la ciudad quede definitivamente establecido” dijo Ezel.

“Muy rápida, mi señora.” El joven se giró como si realmente la estuviera mirando “Tan rápida como debe ser nuestra respuesta. Un golpe ligero y rápido cercenará cualquier intento de seguir esa estrategia.”

“Pero si es un grupo tan pequeño, no debe hacernos temer. Son tan pequeños que ninguno de los vigías los ha detectado.” objetó un miembro del consejo.

“No hay batalla pequeña, ni hay enemigo pequeño” dijo Apacen.

“Hay que hacerlo antes de que la avanzadilla se disperse al lugar asignado para cada uno, tomarlos por sorpresa antes de que se hagan fuertes en su lugar” dijo entonces Ezel. “La ciudad está rodeada de granjas. Con un pequeño grupo de soldados dentro, cualquiera de ellas puede convertirse en un fortín, y desde esa posición amenazar Ost-en-Aël. Hay que parar a los soldados de Lempë antes de que se pongan a cubierto.”

Un tercer oficial tomó la palabra.

“Creo que es el plan más acertado. Por tiempo nos sería imposible reorganizar la totalidad de la compañía, pero tampoco es necesario ni recomendable. Un destacamento será suficiente para viajar rápidamente al sur.”

Y así se hizo. Horas después, un grupo no demasiado numeroso de soldados al mando de Ezel atravesaba la gran puerta de Ost-en-Aël. Ella había sido la elegida para llevar a cabo la misión, dado su notable historial; sin embargo, la joven no apreciaba para nada este honor. Cada vez que un conflicto armado osaba siquiera insinuar advenimiento, un malestar general precedido por el siempre molesto nudo en el estómago, acaecía cual gracia divina en la joven. Ya muchos habían probado con no menor estupor sus dotes guerreras, mas ella misma continuaba negando sus aptitudes en el despreciable arte de sesgar gaznates.

Sin embargo aún recordaba cómo, tras acabar la reunión, se había marchado apresuradamente de la sala y al alcanzar los aposentos que le habían asignado, se había sorprendido al ver quién estaba allí. Era prácticamente imposible. Casi sin darle tiempo a reaccionar, Apacen se había levantado del banco en el que se hallaba y le había dicho:

“Sé que las reuniones sobre tácticas son aburridas y pesadas, y que te hacen sentir como un mero estorbo. Pero los espíritus son sabios y han dotado a cada una de las criaturas que pueblan este mundo con unas habilidades y aptitudes especiales. A veces estas habilidades no se pueden ver simplemente con la vista. Pero la guía del instinto es mucho más fuerte que la de la vista, y da en la diana cuando parece que la otra yerra.”

Cuanto más grande era una compañía, mayor era el tiempo que se necesitaba para organizarla y ponerla en marcha; para evitarlo se había optado por recoger a los soldados de guardia en el cuartel, y además, se habían llamado a las divisiones más rápidas para no retrasar la marcha. El pequeño número de la compañía, en efecto, los hacía viajar más rápido por las campiñas a orillas de Lago Espejo, en cuyas aguas se reflejaban las nubes veraniegas como lejanas plumas. Tanto el lugar como el día eran agradables, pero nadie había venido a pasar un bonito día de campo. Las granjas más lejanas, dados los recientes problemas, habían sido abandonadas por sus habitantes, que preferían perder la cosecha y permanecer con sus parientes de la ciudad a verse en medio de un combate inesperado.

Fue allí, en un camino apartado, donde pudieron ver el despliegue de las tropas de Lempë, que caminaban rumbo norte procurando pasar desapercibidas. Como Apacen había dicho, el grueso del ejército probablemente esperaba fuera de la vista el momento oportuno para desplegarse con impunidad alrededor de la ciudad. Estaban lo suficientemente lejos para que no pudieran auxiliar a sus compañeros ante un ataque por sorpresa. Ezel dio en un susurro las órdenes para hacer un ataque envolvente, y, antes de que se pudieran dar cuenta, los silenciosos asaltantes eran a su vez asaltados.

Los ágiles elfos de la compañía enemiga no perdieron tiempo en sacar sus arcos y responder a la lluvia de flechas que arreciaba de repente sobre ellos: se defendían con energía y compactaban sus filas para ofrecer menos flancos libres a los helkerianos; pero el continuado ataque de éstos no era fácil de sostener por mucho tiempo. Las flechas dieron paso al combate cuerpo a cuerpo; el camino era abierto y la única esperanza de los elfos de Lempë era conseguir auxilio del cuerpo principal y resistir hasta que llegara, mientras que todo el esfuerzo de los soldados de Ezel era evitar precisamente que dieran la voz de alarma.

Lo que allí se jugaba era el tiempo, el hecho de agotarlo o alargarlo, y los helkerianos, con su primer golpe, tenían las de ganar. La escaramuza sólo parecía ser importante para los allí reunidos bajo el sol; la línea que formaban los soldados de Lempë se empezaba a quebrar frente a los ataques, y cada vez más caían en su intento de abrir una brecha hacia el Este, donde parecía encontrarse el grueso de la compañía. Finalmente, sus intentos fueron recompensados, y con gran esfuerzo un grupo logró escaparse del acoso helkeriano, cuyo círculo se abrió como se abren los erizos de las castañas maduras. De todos modos, ya era demasiado tarde para que pudieran enviar refuerzos a tiempo de evitar la caída de aquella avanzadilla. El trabajo de los soldados, a las órdenes de la mujer, había conseguido separar el compacto grupo y las últimas defensas eran fácilmente acabadas, con pocas bajas en el campo de los de la Ciudad del Lago. Cubiertas por la polvareda del camino, las melladas armaduras de los que yacían en el suelo se negaban a brillar bajo Anar, que seguía su camino en el cielo.

Ezel, agotada tras la batalla, suspiró aliviada mientras los que seguían en pie tomaban rumbo otra vez a la ciudad. En su busca podrían avanzar otras tropas mandadas por el Consejo como refuerzo, pero ya no eran necesarias más que para disuadir a las tropas enemigas que vinieran para contraatacar. Ambos ejércitos sabían que no era el momento de seguir batallando, ya habían hecho sus movimientos y no había ya nada por lo que poner más cuerpos en juego. El plan de los asaltantes había sido neutralizado antes de llevarse a cabo, y tanto la fortaleza como su reflejo en el lago seguían incólumes, la sombra de la destrucción del Imperio estaba lejos, y no sería de esta forma como la ciudad fuera tomada. Pero se había demostrado que había que estar vigilantes, y que había que estar dispuestos a asestar el primer golpe.

Annamel

siLa tarde en la cual Annamel partió de Ostova Lorë era soleada, una tarde limpia sin nubes que surcaran el cielo.

Aquella mañana había llegado a Ostova un mensajero de la compañía del capitán Aglaras, en la que la solicitaba para un ataque por sorpresa a una de las compañías de Helkelen Lara. A la elfa aún le ardía la sangre por lo ocurrido en la última batalla, nunca olvidaría la sangre de Darlak, su fiel compañero y capitán de otra de las compañías de Lempë Ohtari, correr y manchar el suelo. Él estuvo a punto de perder la vida en ella y si, eso hubiera ocurrido, ella jamás se lo habría perdonado. Debido a aquella batalla había tenido que pasar una larga temporada en las Casas de Curación de Mellon Vilya, y aún así, había marchado de nuevo al frente de su compañía. ¡Qué coraje el de Darlak!

El mensaje enviado por Aglaras a la Dama Annamel le informaba de sus intenciones respecto al ataque sobre la ciudad de Ost-En-Ael. El medio elfo no cesaba en su empeño de conquistar la capital de Helkelen Lára tras la derrota sufrida durante el anterior encuentro entre ambos ejércitos enemigos, en el cual había resultado además herido de seriedad, pero no por ello el capitán había perdido sus fuerzas y su coraje. Le informaba además de que el ataque a la ciudad sería encubierto, de forma que les permitiera acercarse lo más posible a ella para atacarla por sorpresa, y evitar que los soldados de Helkelen Lára estuvieran organizados para contener el ataque, quizá esta vez no tuvieran escapatoria.

Tras leer el mensaje Annamel se preparó para partir, no quería hacer esperar al capitán. Mandó a Cielo en busca de su caballo, Umbar, y le pidió que lo tuviera preparado lo antes posible, la señora llevaba prisa. Luego se dirigió a sus aposentos, donde se encontraba el arca que contenía sus armas de guerra. Eligió el arma con el que más cómoda se sentía luchando, su arco, aunque tomó también las dos dagas que siempre llevaba consigo cuando iba a la lucha. Por último se decidió a coger también una espada corta.

-Por si acaso…- pensó.

Luego fue al vestidor, donde buscó los ropajes que le parecieron más adecuados para el tipo de ataque que le había descrito Âglaras. Eligió el color negro para todo aquello cuánto llevaba encima: negras eran las botas y negro los pantalones ajustados. Así mismo, negro era el corpiño ajustado que vestía la elfa, con mangas holgadas que se ajustaban a sus muñecas de forma que no le entorpecieran a la hora de lanzar flechas a diestro y siniestro. Por último, tomó una capa de viaje, negra como la noche, como su cabello, que esta vez dejó suelto.

Así vestida y armada salió al jardín del palacio de Ostova Lorë. En ese momento llegaba su esposo con aire de preocupación en la cara.

- Annamel..¿ya te vas?...si acabas de llegar como quien dice, mi amor.- en los ojos de Valandil Sûleglin había tristeza por verla partir de su lado una vez más.

- Es Âglaras, me necesita…pero volveré tan pronto como me sea posible, te lo prometo…te amo Valandil, regresaré sana y salva, no tienes de qué preocuparte, lucho junto a un gran guerrerro.- le sonrió tiernamente.

Ambos se besaron con pasión, como dos amantes que se despiden con el último beso. Cielo esperaba a Annamel con las bridas de Umbar en la mano. La elfa cabalgó de un salto en el lomo del caballo y, a su lado, se apostó el mensajero que había enviado Âglaras. Ella le miró.

- Lo siento amigo, pero llevo mucha prisa, el capitán me espera.

Annamel azuzó a Umbar, dejando al sorprendido mensajero tras una nube de polvo. Pocos sabían de la grandeza del caballo de la elfa dorada.

Sin perder un segundo, jinete y cabalgadura recorrieron la distancia que los separaba del lugar señalado en el que la elfa y el medioelfo debían encontrarse. Annamel llegaba allí cuando ya casi caía la noche. A lo lejos distinguió la silueta del capitán. Finalmente, llegó a su lado y él la ayudó a descabalgar.

- Buenas noches Annamel – la saludó cortésmente Âglaras.

- Buenas noches capitán.

- Supongo que estaréis cansada, lo mejor es que durmáis esta noche, mañana hablaremos de lo que se avecina.

Aquella noche, Aglaras alojó a Annamel en su propia tienda, en aquel campamento improvisado que estaba de camino a la ciudad a la que se dirigían con sigilo. El capitán casi no durmió, desvelado pensando en los detalles de su plan de ataque.

La mañana volvió a amanecer clara. Cuando la elfa salió de la tienda sintió una brisa en el rostro y se estremeció pues, de pronto, tuvo un mal presagio, una visión fugaz de un campo de batalla en el que los cuerpos de los soldados elfos muertos se entremezclaban, las flechas volaban, y una de ellas…hería y mataba a Âglaras…Annamel palideció. De pronto, el mundo le daba vueltas. Aglaras vio cómo el rostro de Annamel cambiaba de color, sustituyendo el dorado natural en ella por la palidez. A punto estuvo de caer al suelo si el capitán no la hubiera sujetado.

- Annamel ¿qué te pasa? –le dijo preocupado.

- Âglaras, creo que no debemos ir, no siento que sea buena idea este plan tuyo, tal vez nos estamos precipitando, deberíamos planificar mejor las cosas.

- No voy a abortar el ataque sólo porque hayas tenido un mal presentimiento. No creo en esas tonterías. Te llamé porque me haces falta, porque sé que eres una gran guerrera, y te necesito aquí y ahora, así que te pediría que dejaras esas tonterías. Y, por favor, que no te escuchen los soldados, sólo faltaba que los asustaras con tus visiones.

Y el medio elfo se dio la vuelta malhumorado. La elfa quedó allí de pie. Sabía lo que ocurriría y, aún así, no había sido capaz de convencer a Âglaras de que sus visiones se cumplirían. Nunca llegaba a tenerlas de forma completa, nunca era capaz de ver el final, pero, sin embargo, sabía que ocurrirían. Tal vez porque el destino nunca estaba escrito de forma definitiva, y había varios finales posibles para una misma historia.

Antes de partir, Annamel buscó a Âglaras en el campamento pues no lo había visto en toda la mañana. Supuso que aún debía andar malhumorado por la discusión. Lo encontró dando órdenes a uno de sus soldados.

- Âglaras…siento lo de esta mañana, no era mi intención poner en duda tu habilidad para la guerra…

El capitán la miró unos segundos antes de responder.

- No tiene importancia Annamel…es sólo que… no debemos creer todo lo que vemos. Perdona mi mal humor, tal vez tengas algo de razón en el fondo, yo también siento que algo se me agita dentro, y no sé qué es.

Aquel mediodía levantaron el campamento y se pusieron en marcha hacia la ciudad que sería objetivo del ataque. La capital se hallaba a varias millas de su improvisado campamento y no tardarían en llegar. La marcha fue rápida y más animada al principio, pero al caer la tarde se hizo más lenta y silenciosa, ya que debían pasar desapercibidos hasta el último momento, pero algo salió mal en el trayecto. De repente, a lo lejos apareció un ejército enemigo que venía hacia ellos para salirle al encuentro y poner fin a su marcha, No tardaron en llegar hacia donde estaban ellos y entonces es cuando comenzó todo.

El grito de guerra partió de los soldados de Helkelen Lára y, en seguida fue respondido por el del propio capitán de Lempë Ohtari azuzando a los soldados a tomar los arcos y comenzar a disparar sobre el enemigo. Las lluvias de flechas volaban sobre ambos bandos pero hacían más mella en el lado de los atacantes sorprendidos, ya que no habían tenido tiempo de organizarse. Los soldados de Lempë Ohtari caían muertos a ambos lados del camino.

Annamel dejó el arco y tomó sus dagas que llevaba colgadas en la cintura y las lanzó derribando a los dos primeros elfos que se disponían a atacarla, lo que le dio tiempo a tomar la espada corta y empuñarla. Âglaras, por su parte, luchaba como un león contra los soldados de Helkelen Lára que le hacían frente. Era un espectáculo verle luchar, parecía que no hubiera ninguno capaz de hacerle frente pues tenía mucha destreza manejando la espada. Pero la lucha continuaba, y Âglaras no conseguía medrar las fuerzas enemigas. Estaban rodeados y era imposible pedir refuerzos.

En un momento de aquella encarnizada lucha, la elfa y el capitán quedaron próximos. Âglaras sangraba por varios cortes en los brazos y en la cara

- Tenías razón Annamel! – le dijo gritando por encima del hombro.- no estábamos preparados.

En aquel momento, las cosas para Lempë Ohtari empezaron a ir de mal en peor. Al principio habían contenido el ataque, pero comenzaban a estar exhaustos. Annamel seguía luchando pero cada vez tenía menos fuerzas. Uno de los elfos del ejército contrario se lanzó contra ella y, ésta vez, no pudo esquivar el ataque. Una daga se le clavó en la pierna y la elfa cayó al suelo de rodillas dando un grito de dolor. El elfo entonces le propinó varias patadas en el estómago que la dejó tendida en el suelo. Seguidamente se dispuso a rematarla con su espada, pero aún en medio de todo aquel dolor, Annamel sacó la daga de su muslo derecho y se la clavó al elfo que la atacaba, devolviéndole el golpe antes recibido. Éste gritó de sorpresa y dolor, y le dio un golpe con la empuñadura de la espada en la cabeza, y la habría matado allí mismo de no haber intervenido Âglaras que, al ver la escena se deshizo de sus atacantes como pudo para acudir en su ayuda. Mató al elfo clavándole la espada por la espalda.

- ¡¡Annamel!! ¡¡Estás malherida!! – le dijo ayudando a ponerla en pie. Perdiendo por un nefasto segundo la conciencia de la batalla. La elfa sangraba profusamente por la pierna, por la cabeza y por la boca.

El descuido del capitán fue lo que desencadenó el desastre final. Éste no lo vio, pero uno de los soldados elfos del frente enemigo le apuntaba con un arco. La flecha envenenada iba especialmente dirigida a él, porque sabían que era el capitán de la compañía. Entonces Annamel abrió los ojos y lo vio todo. Allí estaba su visión. La flecha que hería a Âglaras ya silbaba en el aire. La vio volar como si el tiempo se hubiera detenido y no lo pensó dos veces, con sus últimas fuerzas se abrazó al cuerpo del capitán y recibió el impacto.

- NOOOOOOOOOOOO!!! – gritó el capitán.

Ahora sostenía el cuerpo inerte de Annamel.

- ¡¡¡¡¡¡Retirada!!!!!! – fue la orden que salió de sus furiosos labios.

Los soldados de Lempë Ohtari que aún quedaban con vida iniciaron la retirada. Âglaras se retiró a su vez llevando el cuerpo de Annamel cubierto de sangre. Cuando llegaron a lugar seguro se arrodilló con ella en el suelo.

- Elfa estúpida, no era esto lo que quería decir cuando dije que te necesitaba para luchar a mi lado…- de los ojos del capitán resbalaban lágrimas de rabia.- ¿qué le diré ahora a tu marido? Valandil me odiará de por vida…

Annamel aún estaba medio consciente a pesar de todo y le oyó. Le puso una mano al medio elfo en la cara, y con un hilo de voz le susurró.

- No te preocupes Âglaras…sólo llévame a casa…- y su mano cayó inerte, la elfa perdió la conciencia, que se deslizaba en el suelo al igual que su sangre…

- Elfa estúpida…en qué lío me has metido…- las lágrimas rabiosas del capitán caían junto a la sangre de la dama dorada.

Âglaras se abrazó a la elfa mientras todo se convirtió en gritos de rabia y desesperanza.

Kelusse

Resumen de la batalla.

Helkelen Lara ha perdido 1 armada x35= 35 puntos.

Recuperables: 23 puntos.

Valoraciones: 8+8,6+8+8+8,7= 8,26

Recupera: 19 puntos.

Pierde: 16 puntos.

Lempë Ohtari ha perdido 9 armadas x35= 315 puntos.

Recuperables: 105 puntos.

Valoraciones: 8+7+7+10+9,1= 8,22

Recupera: 86 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 70%, por este concepto recupera 245 puntos. Total recuperación: 331 puntos.

No pierde puntos.

Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.

Compañías actualizadas y listas.