Luiniel
Las lágrimas resbalaban silenciosas por el rostro de Luiniel como la lluvia de otoño, llorando a las hojas caídas. Tenía la mirada clavada en la cara de su madre, parecía estar durmiendo sumida en el sueño más plácido. Pero su tez estaba pálida y su pecho no se movía dentro del vestido blanco. La tierra seguía cayendo sobre su cuerpo inerte, empujada por crueles palas y manos insensibles, Líriellë, dama de los sindar, jamás pasearía por los bosques de Doriath otra vez.
Al fin quedó sepultada, los elfos dejaron las palas y se fueron, sin embargo Luiniel seguía con la cabeza gacha, inmóvil. Una mano pesada se posó en su hombro al mismo tipo que su dueño se arrodillaba. Unos ojos celestes enrojecidos la observaron y la voz de su padre habló: - Una noldo no puede tener la mirada abajo, Henducalima – ella le regresó a ver, sabía que ese era su nombre en alto élfico y también que esa lengua era prohibida en el reino de Thingol. – Así está mejor. Serán pocos los que puedan sostener tu mirada si tu la mantienes en alto. Ahora sólo quedamos los dos y, aunque a Líriellë no le gustaría, crecerás como una noldo. Yo me encargaré de eso…
- ¿Qué te pasa? – dijo un enano de barba cobriza sacando a Luiniel de sus recuerdos. Regresó a la oscura cámara de forja con el enano sosteniendo el martillo y el brillo rojizo del metal que estaba golpeando. Las llamas ardían en los hornos de Khazad-dûm Habían pasado tantos años desde ese día.
- No es nada Nauthiz. Cosas del pasado.
- Si me pagaran una moneda de oro cada vez que un elfo no quiere hablar de su pasado sería el enano más rico de Arda ¿Por qué los elfos siempre tienen que ser tan misteriosos?
- ¿Y los enanos tan tercos?
- Bah – suspiró Nauthiz – ¿Si te cuento un secreto podrás hablar de tus “cosas del pasado”?
- Quizá.
- ¿Has oído algo de la Valamír? – la elfa negó con la cabeza – Dicen que es una joya que creó Fëanor. En su exilio, buscó la manera de vencer a uno de los Valar. Nadie sabe con que…
- ¿Lo logró?
- No lo creo, nadie lo ha intentado tampoco. La Valamír tenía la apariencia de un zafiro, pero su composición es un misterio. Quien la tuviera sería capaz de someter cualquier voluntad por más fuerte que sea. – el enano rió por lo bajo – Sin ella, tal vez Fëanor no hubiera convencido a los noldor de ir a la Tierra Media.
- Eso no puede ser. – repuso la noldo sintiéndose ofendida por escuchar eso. Su padre le había contado algo muy distinto, y él había estado ahí.
- Cuando Fëanor murió, la joya pasó a manos de Caranthir. Pero él no sabía el valor que ésta tenía y se la dio como pago a un enano de Gabilgathol o Belegost como la llaman los elfos. Ese honorable enano era mi abuelo Baraz, él vino a Khazad-dûm a establecer su casa. A la Valamír la escondió para evitar que cayera en manos equivocadas, su paradero es un secreto familiar. Lo cual no puedo decir a nadie.
Terminada su historia, Nauthiz volvió al yunque y al martillo pensando que tarde o temprano la noldo cumpliría su parte. Sin embargo Luiniel salió de la oscuridad de las minas y deambuló por los bosques de Acebeda pensando en la Valamír. Una ambición creció en su corazón. Algún día le sacaría esa información al enano.
[…]
El viento soplaba helado en las alturas de las Montañas de la Brisa. Grises nubes cubrían el cielo y al suelo una delgada capa de blanco. Remolinos de nieve jugueteaban entre las lápidas cubriéndolas de escarcha. Una figura encapuchada atravesó el arco negro, entrada a la necrópolis. Caminaba despacio, con la cabeza erguida y sus ojos centelleaban a pesar de que su rostro estaba ensombrecido. Sus pies descalzos no dejaban huellas tras de sí. Se dirigía a la entrada de la muralla negra en forma de anillo.
Paró al ver las puertas plateadas estaban abiertas de par en par. Un bosque gris se extendía desde allí, sus árboles eran irregulares piedras de distintas formas y tamaños. Una brisa retiró bruscamente la capucha de su cabeza agitando su cabellera. Luiniel no se movió, con la mirada recorrió el lugar en busca de una señal que la guiara en dirección a la tumba correcta… sólo una podía ser la que buscaba.
Hubiera tenido que buscar en cada una de las inscripciones si no fuese por la información que obtuvo en la ciudad. Aquel anciano le había dicho que los enanos caídos en la guerra civil de Gathol-Kheled estaban sepultados cerca de una estatua de Aulë. Ahí estaba, unos doscientos metros a la derecha. Bajó la capucha negra de su capa y continuó en línea recta hasta la estatua.
Desde que Nauthiz murió pidiéndole que entregara un mensaje a su primo Bohr, en Orod Nid, había sospechado que esa carta contenía algo sobre la Valamír. Pues sus años pasados en Khazad-dûm no sirvieron para averiguar el sitio donde estaba la joya. Pero cuando abrió el sobre cayó una llave negra y una pequeña nota, que decía: “Lleva el secreto a tu tumba”. Luiniel no creyó que las cosas pudieran ser tan literales hasta que rebuscó en la casa de Bohr. El enano parecía tener poderes telekinéticos porque siguió el consejo… u orden del mensaje antes de recibirlo.
Después de retirar la nieve de cada una de las piedras y leer todos los nombres sin encontrar nada, la voz del anciano resonó en su cabeza: - Quizá buscas a Bohr Martillo Negro, entonces será mejor que le eches un vistazo a la siguiente puerta. Él fue un general muy fiel a Liantari. Aquellas puertas se abren con sangre, como pago de toda la sangre derramada a favor de la reina.
Volvió a su búsqueda atravesando varios kilómetros de tumbas hasta llegar a una segunda puerta. Aparentemente era una plancha lisa de acero. Sacó una daga, unas gotas rojas cayeron en la nieve mientras la hoja cortaba su palma izquierda. Con la misma mano empujó las puertas, los gozones giraron sin hacer ruido. Cruzó al otro lado y la entrada se cerró de nuevo. No tardó en dar con la tumba del Martillo Negro, curiosamente encima de su lápida había un martillo con el mango negro. “Vaya gran imaginación…” pensó al verlo. A los enanos les gusta custodiar sus más grandes tesoros aún en su lecho de muerte. Examinó con cuidado la inscripción, era poco probable que la joya invaluable estuviera dentro del ataúd. Tenía que ver éste artilugio de Fëanor pues no creía posible que así pudo mover los corazones de los noldor. En todo caso, sería una posesión muy útil.
Se sobresaltó al ver una pequeña grieta en la masa del martillo. La miró bien, tenía la forma de una cerradura. Sacó la llave de su bolsillo, lentamente la introdujo. Sonrió, entraba perfectamente. La giró con cuidado hasta oír un “clic!”. La masa se abrió por la mitad, adentro había una cajita de madera.
Luiniel alargó la mano para cogerla, pero escuchó unos pasos detrás. Cerró el compartimiento del martillo dejando la caja adentro y retiró la llave. Alguien se acercaba, acarició la empuñadura de su espada. Eran más de uno, debían ser elfos porque sus pisadas casi no hacían ruido.
- ¿Quién es y qué hace aquí? – dijo un hombre, los copos de nieve se quejaban bajo sus botas. Su voz era severa y seca como la de un miembro del gobierno. La noldo meditó un momento: sería mejor obedecer hasta que se pusiera molesto. – Muestre su cara.
Luiniel se dio la vuelta para toparse con un hombre corpulento y barbudo, casi como un enano. Habían unos cinco elfos detrás de él. La elfa se quitó la capucha. – Mi nombre es Luiniel y vine a visitar a un viejo amigo.
- Tendremos que llevarla al juicio de la reina, pues no puede estar en este sector de la necrópolis. – la elfa notó el miedo que el hombre le tenía al lugar.
- Quizá podamos llegar a un acuerdo…
- No lo creo – repuso haciendo una seña a los elfos, los cuales se acercaron con espadas desenvainadas.
“Ya se puso pesado” se dijo Luiniel desenvainando a Lómemacil. Al ver que estaba armada dos elfos se lanzaron al ataque. La hoja de su espada cortó el aire antes de clavarse en el cuello de uno de sus atacantes, con un giro desgarró el estómago del otro. Entonces los otros dos saltaron a vengar a sus compañeros muertos, mientras el último se alejó junto al hombre. Sintió el acero en su hombro derecho eso le costó la vida al elfo. Y después de una serie de golpes derribó al último que quedaba cerca.
Volvió a mirar el martillo, pero sintió un piquete en el hombro. Esta vez era una flecha. Con furia lanzó su daga al cuello del hombre… cayó de rodillas… un punta envenenada… la nieve estaba tan fría.
[…]
Despertó en una habitación clara, la luz matutina entraba por una gran ventana. Estaba acostada en una cama mullida, sus heridas habían curado y en un rincón estaba su vieja capa de viaje, su daga, Lómemacil, y la llave. No sabía que le sorprendía más: el no estar encerrada en una mazmorra oscura y maloliente o no estar tirada entre las tumbas cubierta de nieve. Mientras seguía sumida en sus pensamientos la puerta se abrió y una muchacha de cara bonachona entró.
- Buenos días. Veo que por fin despertó – dijo alegremente. No tendría más de unos veinticinco, iba vestida de blanco y cargaba una bandeja con comida.
- ¿Dónde estoy? – preguntó la elfa muy intrigada.
- En las Casas de Curación de Cirith Illurë. Tienes mucha suerte, la reina decidió absolverte de todos los cargos. Y quiere tener una audiencia contigo. Cuando sepa que despertaste te llamará enseguida.
Unas horas después llamaron a la puerta, en efecto la reina quería hablar con ella. Se vistió con sus viejas ropas y fue a su encuentro.
El cielo estaba oscuro cuando la noldo regresó a su habitación. Su charla con Illurë había sido… interesante. Parecía que iba a pasar más tiempo de lo que esperaba en las tierras de Liantari. No era un mal lugar para vivir, en especial si estabas en lo alto de la sociedad. En todo caso sería conveniente quedarse cerca de la Valamír. Sólo le desagradaba el presentimiento que el Siervo Real la vigilaría atentamente, pues le molestó que la reina fuera tan benévola con Luiniel. “Ya cambiarán las cosas, es cuestión de tiempo. Entonces iré por la joya.” pensó.
[Editado por arweneressea el 29-06-2006 18:27]
