Alkalabrindeth
De Oda. Y los hijos de Oda y Braduc Brandigamo
Largas primaveras Oda y Hugo Cañalisa compartieron sus juegos en las praderas y la rivera del Brandivino, sus alegres y juveniles risas como castañuelas resonaban en cada árbol, cada hoja, cada flor; eran un eco que todo el bosque repetía con su canto. Vivían son sus familias en Los Gamos, habitando casas sencillas, pero cómodas.
Algo extraño había pasado en sus familias, pues ambos eran hijos únicos y se llevaban sólo por una semana de nacimiento. Los padres de Hugo ya estaban viejos, y cuando pensaron que ya no podrían tener un hijo, Laila dio a luz un varón. El padre de Oda era el hermano menor del esposo de Laila, tenía algunos años de matrimonio y no habían tenido la fortuna de concebir, comenzaba a creer que correría la misma suerte que su hermano; pero Oda llegó a iluminar sus vidas a pesar de las dificultades del parto, provocando la esterilidad definitiva de su madre.
Así crecieron, solos, sin hermanos ni amigos, y el amor nació en ellos como las flores crecen en los campos o las nubes danzan en el cielo, sin malicia o premeditación.
Cuando cumplieron su mayoría de edad, 33 años, ese amor inocente descubrió el sufrimiento. Sus padres les prepararon la fiesta más grande que hasta ahora habían tenido, todos los habitantes de Los Gamos habían sido invitados, y colocaron una mesa de honor para Oda, Hugo, sus padres, y el Señor de la Casa junto con su respetable familia de Casa Brandi.
Esa noche surgió un pretendiente de Oda, sobrino del Señor de la Casa. Hugo no pudo soportarlo. El escándalo de ese día tuvo un gran revuelo, en especial, porque para muchos había sido la causa de la muerte repentina del padre de Hugo.
Hugo decayó y a Oda no le fue permitido visitarlo más. Oda aceptó comprometerse con Braduc Brandigamo y al otoño siguiente se desposaron. Se mudó a Casa Brandi, pero siguió recibiendo el acecho de Hugo que había decaído en la continua embriaguez y, constantemente perdía la cordura; varias veces volaron en pedazos los cristales redondos de las ventanas de Casa Brandi con piedras que traían envueltos trozos de papel entintados con mensajes amenazadores.
El Señor de la Casa nunca procedió contra Hugo debido a las súplicas de Oda. Su sentido hobbit los convenció de que la mejor opción era marcharse de Los Gamos. Salieron en la noche como fugitivos en la oscuridad para que nadie los siguiera. Llevaron pocas pertenencias, para Oda no fue problema vivir en la sencillez, estaba acostumbrada, su problema fue dejar el corazón al otro lado del río una vez que lo cruzaron, fue un dolor que nunca fue capaz de superar ni perdonarse.
Se establecieron al Sur de la Cuaderna del Este, en los límites del Bosque Cerrado, cerca de las fluidas aguas del Arroyo del Cardo. Braduc puso un campamento transitorio en lo que construyó una pequeña casa acogedora, trabajó afanosamente para darle lo mejor a Oda, vivía feliz a pesar de la apatía que ella mostraba, y jamás se reprochó haber abandonado las comodidades por buscar la tranquilidad de su esposa.
El vacío de estar solos pronto fue llenado con el llanto de una hermosa y colorada bebé-hobbit, naciendo justo el día que su padre finalizaba la penosa tarea de la casa y crecían los primeros frutos de la cosecha que esperaba, porque hasta a las labores de agricultor, Braduc se sometió, pues aunque prefería la caza, la evadió para no alejarse de su esposa en su primer embarazo.
Braduc nombró a su primogénita Griselda, una vez que la tomó en sus brazos y besó su frente, le dijo:
-Crecerás fuerte como el roble. Y por siempre estaré atado a tus plantas.
Oda al escuchar esto soltó en llanto y se negó a recibir a la bebé. Por esta razón, Griselda creció apegada a su padre, siendo el único que le profesaba amor y caricias.
Cuando Griselda tenía seis años acompañó a su padre al bosque, iban en busca de una liebre para el almuerzo. Oda ponía una olla con agua y patatas a hervir cuando sintió un pequeño golpe en su vientre abultado, no le dio importancia hasta que volvió a sentir otro más profundo, entonces exclamó:
-¡Está bien! ¡Está bien! ¿Ya quieres nacer, eh?. Se recostó sobre la cama, y en seguida el bebé se le resbaló como un pez. Oda lo tomó con cuidado y viendo que era otra niña-hobbit, le habló con compasión: –Haz sido buena con tu madre, no me haz causado ningún dolor. Por prudente y responsable serás más querida por mi que tu hermana.
Esta pequeña inspiraba tanta ternura que fue llamada Caramella. Amaba a su padre y hermana, pero raras veces dejaba a su madre sola para acompañarlos. A Caramella le gustaba aprender de todo y, disfrutaba mucho de las labores del hogar.
Griselda ya tenía 14 años y Caramella iba a cumplir 8, cuando llegó a la familia el primer varón. Ese día amaneció con un sol cálido, Braduc y Griselda salieron a pescar, en sus actividades no dieron cuenta de que se había nublado. Estaban lejos de casa cuando la tormenta inició, Braduc traía una canasta repleta de peces que tuvo que soltar cuando Griselda resbaló entre las rocas y fue arrastrada por la crecida del arroyo; Braduc se lanzó desesperado por su hija, cuando por fin la alcanzó, la asió fuertemente intentando nadar a la orilla, después de varios metros abajo lo consiguió, casi desfallecen de cansancio y esfuerzo. Mientras ellos luchaban por sus vidas, Oda lo hacía por la suya y la de su nuevo bebé, yacía de dolor en la cama, Caramella corría de un lado a otro trayendo mantas, agua caliente y más mantas, su madre se desangraba.
Braduc y Griselda regresaron a salvo a casa, la pequeña Caramella había salvado a Otto asistiendo su nacimiento. Oda se batía débil contra la muerte, la alta temperatura la mantuvo en cama varios días. Poco a poco recuperó su color, pero nunca más el brillo de sus ojos, Otto le había sido caro, y por él se desvivió cada segundo.
Otto estaba próximo a cumplir tres años cuando nació la más bella de las hijas, pero Oda había aborrecido cada día de gestación, ya no deseaba más descendencia y, por fortuna los Valar concedieron su deseo. Braduc la llamó Arabella, había nacido con los ojos grises de los elfos, pero a los pocos meses se dieron cuenta que el brillo de sus ojos era sólo el reflejo de la oscuridad en la que vivían.
A pesar de ser la menos apreciada por Oda, Arabella era la que más se le parecía, tenía bellos rizos tan dorados como el sol en plenitud. Y a pesar de su ceguera aprendió a ser independiente, porque Oda se desatendió de ella tanto o más que con Griselda, dejándole esa pesada tarea a Caramella.
Otto creció bajo el cobijo de su madre, no le interesaba aprender el trabajo del padre, aunque su sangre llevaba más la llama de éste y los Brandigamo, gozaba del canto, el nado contracorriente y la incipiente necesidad de aventuras. Continuamente viajaba al poblado de El Hueco del Sauce, ahí conoció a Filpo Raizuela, su amigo y cómplice de travesuras. Filpo era de la rama de los Fuertes, y en verdad se distinguía por sus grandes pies y manos.
Un día llegaron hasta el puente del Brandivino, donde se encontraron a un viajero con el que compartieron un agradable atardecer, él les contó grandes hazañas que maravillaron a los amigos, y les habló del Río Grande, El Anduin. Desde ese día Otto ya no vivió en paz, su corazón añoraba ese río, nadar en sus aguas.
El día que cumplió su vigésimo segundo año, tomó sus cosas dejando una nota de ausencia a su madre y partió con Filpo a ese viaje tan esperado.
Pasaron semanas en llegar al Paso Alto, cruzaban las Montañas Nubladas cuando Filpo le confesó entre bromas que algún día se casaría con Arabella, Otto se le echó encima girando juntos un par de veces, Filpo lo doblegó y le arrebató sus cosas echándose a correr montaña abajo y gritando que no le alcanzaría. Otto se levantó furioso y descendió a toda prisa desviándose al norte que se veía menos escarpado, a media montaña descubrió una insignificante abertura, se detuvo para averiguar que tan profunda era, la noche allegaba y necesitarían refugio.
Filpo escuchó su llamado, se giró y lo vio a la distancia, le hacía señas de que regresara, algo había descubierto… Otto sintió de pronto un escalofrío que le llegó hasta los huesos, atrás en su espalda “algo” o “alguien” lo observaba, pero ni siquiera tuvo tiempo de voltear cuando escuchó un siseo en su oído, unas manos invisibles lo habían paralizado, y en su cuello sintió el frío afilado de unos dientes…
Filpo no comprendía lo que pasaba, subía hacia su amigo y ya no brincaba, una vez que llegó a él, vio que sus ojos lloraban y de su cuello brotaba sangre. La criatura era malvada y sabía muy bien donde atacar, pero también era cobarde y huyó al oír los pasos de Filpo. Filpo sólo oyó una voz estridente que huía maldiciendo hacia la oscuridad, sus ojos no vieron nada más que las huellas que dejó “aquella cosa” a su paso.
Filpo vivió días de consternación, había tratado de salvar a su amigo, de llevar su cuerpo aún muerto al hogar, pero no pudo cumplir su promesa, la putrefacción había echo presencia.
Una mañana de frío invierno, Filpo llegó. Sólo pudo decir palabras extrañas que nadie comprendió, y no volvió a hablar en tres años. Oda se trastornó. Braduc y Griselda partieron a su búsqueda, pero jamás volvieron. Caramella se quedó al frente de la casa. Oda enfermó día tras día hasta dejarse vencer. Otto, terminó por arrancarle la vida.
El día que Filpo volvió a hablar fue cuando le pronunció su amor a Caramella que con tanta paciencia y fervor lo había cuidado, pero ella mejor que nadie conocía el corazón de Arabella… Caramella suplicó tantas veces a Filpo que desposara a su hermana y la llevara a vivir lejos de tantos recuerdos, que Filpo terminó accediendo por amor y gratitud, además de haber sido las últimas palabras que recordaba le había dicho a Otto, aunque se dice que nunca pudo olvidar a Caramella.
Caramella, se quedó en la casa de sus padres hasta el fin de los tiempos, suspirando y llorando por todos los que había perdido. Engarzada sólo en la plenitud de recuerdos.
De Oda. Y los hijos de Oda y Braduc BrandigamoDe Oda. Y los hijos de Oda y Braduc Brandigamo
