Kelusse
Lempë Ohtari se ha retirado de la batalla.
Soldados perdidos por \"Helkelen Lara\": 14
Soldados perdidos por \"Lempë Ohtari\": 10
Victoria para Lempë Ohtari.

Historias, leyendas y batallas en las tierras olvidadas de Arda.
Edicion 3
Finalizada · 19-03-2006
2006:07:11:06:25:46
Lempë Ohtari se ha retirado de la batalla.
Soldados perdidos por \"Helkelen Lara\": 14
Soldados perdidos por \"Lempë Ohtari\": 10
Victoria para Lempë Ohtari.
El campamento respiraba en la noche la calma incierta de todos los días. Últimamente parecía que las noticias sobre la situación de aquella compañía enemiga daban a entender que se habían alejado, pues no se tenia conocimiento de su situación. Mucho se celebraban tales noticias, pero en las conversaciones de los soldados en las guardias una duda les carcomía por dentro.
Envueltos en gruesas capas de buen paño, los hombres que hacían la guardia nocturna se entretenían en narrar las hazañas de sus aventuras, y tal vez animados por la amistad y la camaradería que tenían quizás las exageraban. Se hablaba así de tesoros de dragones que habían intentado arrebatar de sus garras, armados sólo con las manos desnudas y que no pudieron arrancar, salvo un par de monedas, porque el peso de la bestia hundida en el suelo había derrumbado la cueva anegando en la oscuridad todo a su paso y que sólo la potencia de sus veloces piernas les habían valido la salvación, o viejas leyendas antiguas narradas por sus padres como cuentos para niños, pero que lograban dotar de una fuerza y espíritu nuevo adaptándose perfectamente al contexto en que se encontraban, y dejando a un lado las historias de castillos situados en las cumbres de las nubes con arroyos de leche y miel, a los que el pequeño joven llegaba por caminos de suaves pendientes verdes y atravesando túneles de nieve blanda y brillante en busca del cetro mágico, estos se convertían ahora en escaladas sobre piedra dura y áspera, en busca de derrocar al tirano que con mano de hierro rige a su pueblo, o liberando a la joven doncella secuestrada por el cruel mago, a la que devuelven a sus padres con lágrimas en los ojos y su recuerdo eterno en las canciones de dicho pueblo.Y en lances de este tipo se pasaban las largas noches del invierno perenne.
Cada noche se reunían en torno a una hoguera los mismos hombres, y se turnaban en las guardias a lo largo del campamento. Acercando un oído hasta las crepitantes llamas se podía escuchar las historias de los valientes hombres en la calma y seguridad de la amistad.¡Silencio!. No queremos molestarles.
-Buff ¿No os parece que cada día este hielo es mas frío?
-Jajaja. Tu siempre tan friolero como de costumbre. Tú vivirías a tus anchas rodeado de fuertes brasas.
-Ahora mismo si te diré que lo añoro, pero ansío más el sabor de la cerveza que te estas tomando. Déjala ya y prepárate para empezar tu ronda.
-Vamos, vamos si hace días que no vemos ningún indicio de su presencia en la zona. ¿Quién va a salir a perseguirnos con este tiempo?
En esos momentos las risas se escucharon en torno a la hoguera. Era evidente que nadie esperaba un ataque en tales condiciones, pues la batalla de hacía poco tiempo se había producido poco menos que por el azar nefasto de un día aciago. Ese ejército ya debía de estar muy lejos de allí, y algunos murmullos de desaprobación, porque los capitanes les encomendaban tareas tan duras y a primera vista innecesarias, comenzaban a circular entre los hombres.
Hablo entonces Mendelor que llegara hacia unos minutos y silencioso se sentó en una de las orillas del fuego, donde a pesar de no llegar mucho calor si le llegaba la luz suficiente para seguir con sus papeles:
-Habéis de saber que Erendel aún no esta recuperado del todo y que en breve comenzará la partida cruzando este mar helado. Es fácil quejarse de las guardias pero estas no son para nosotros tierras seguras bajo ninguna circunstancia, y esto será tanto mejor para nuestra propia seguridad. Quejaros del trabajo si es vuestro gusto, pero entonces acudid a las casas de curación y ved a muchos de los nuestros tendidos en camastros cubiertos de sangre, y decidles que preferís pasar la noche bajo techo pues ahora no veis ningún enemigo. Id y ved cómo todos quieren marchar por el bien de todos, y mirándoles a los ojos decidles entonces que preferís su puesto, pues su coraje, me parece muy superior al vuestro en estos momentos.
Un silencio se impuso entonces y las guardias prosiguieron mientras Mendelor hundía de nuevo y en silencio la vista sobre sus hojas. Poco tiempo más tarde comenzaría la batalla.
Mucho se dijo de esa batalla, y cada cual aportaba sus propios datos y vivencias. Así, para unos fue una batalla saludada por un tímido sol al amanecer, mientras para otros era un día oscuro y turbulento, sólo iluminado por los finos rayos que permitían por un segundo contemplar los ojos de aquel que sería tu ejecutor, o acaso el de tu próxima víctima. Pero esos detalles se escapan dentro del campo de batalla y se quedan reservados al calor de un buen fuego, tras una suculenta cena, entreteniendo a los mas jóvenes de la casa para impedir que hagan de las suyas, como de costumbre, en esas horas de la noche.
Pero en realidad mucho se exageró sobre esos hechos, aunque por desgracia no el número de los caídos. La compañía capitaneada por Erendel terminaba ya los preparativos para emprender la marcha a través del hielo, pero poco sabían que el enemigo era demasiado astuto, y habían olvidado un importante detalle: Aquel era un territorio del enemigo y, como luego pudieron comprobar, bien conocido por ellos.
Pero en esos instantes las mayores preocupaciones se centraban en el traslado de los heridos, que si bien aún había algunos con una ligera gravedad, sí podían permitirse el viajar, o por lo menos buscarían emprender esta aventura, pues todos habían al menos recuperado la consciencia y no se resignaban a esperar unos días cruciales para su destino.
Los heridos que lo necesitaron, por su estado, fueron llevados en camillas bien cubiertos con gruesos mantos y capas de buen paño. Cuatro de sus compañeros portaban a cada uno, pues la dureza del terreno obligaba a eso e incluso en algunos momentos del viaje, sería necesario un mayor número de hombres. Este grupo era de los primeros en marchar sólo adelantados por una fuerte guardia y por los sigilosos exploradores que ya habían recibido la orden de partida.
A continuación marchaban los heridos que a pesar de sus males podían manejarse con los brazos y fueron montados en los caballos y detrás avanzaría el resto del ejército como retaguardia final. Pero no todo salió como lo esperaban, pues en los momentos de menor atención, se escuchó detrás de ellos el vibrante resonar de los cuernos enemigos.
El capitán ordenó entonces la defensa de la mejor forma posible, porque sus verdaderas intenciones eran el escapar de aquella trampa en la que se encontraban. Gran parte del grueso del ejército marchaba ya en la distancia, y aunque volviesen prestos a la batalla, no podían dejar sin defensa al resto de los hombres a una suerte sin duda nefasta para todos los que no pudiesen defenderse.
Además, Arandir aún no se había recuperado del todo, y a pesar de sus quejas, fue puesto en una de las camillas debido a una complicación en su curación, y muy a regañadientes se encontraba ahora incapacitado para emprender una batalla que sin duda tomaría con gusto. Pero no todo eran males para Erendel, pues si ellos estaban en esa situación era muy probable que también el enemigo no contase con todos los hombres con que se habían enfrentado en el anterior combate, por lo que las fuerzas a batir eran inferiores.
El terreno era como siempre duro y resbaladizo, y pronto fue de nuevo cubierto por la sangre. Grandes gritos de avance se escucharon y a pesar de haber querido seguir luchando, estaba claro que la huida era la única solución. Para la lucha habría otros momentos y sin duda por cuestiones de mayor trascendencia. El retroceso se iba produciendo, pero el combate cuerpo a cuerpo se produjo de igual modo, y el fulgor del metal iluminó todo a su paso. Fue en ese momento cuando Erendel fue abatido por una flecha en la pierna que le hizo trastabillar y dar con sus huesos en el hielo, pero tras romper el asta de la saeta volvió a levantarse y pelear con los valientes enemigos, que tras cruzar una gran sima que los separaba por caminos desconocidos para ellos no cesaban de llegar. Y por encima de todo las saetas que resultaban imposibles de parar y eran las que más daños producían. Apenas había lugares en los que guarecerse, pero algunos de los más veloces hombres de Lempë, obedeciendo quizás un mandato de Arandir llegaban con sus arcos impidiendo el mayor avance del rival. Sería una guerra larga y sin duda de resultados nefastos, pues necesitaban una oportunidad. Y se presentó del modo mas inesperado por todos, pues con paso presuroso llegaron los ents olvidados por todos, portando la tan esperada respuesta. Pronto disolvieron las trifulcas entre ambos bandos, interponiéndose entre ellos, sufriendo en su piel la mordedura de las flechas, pero ese sacrificio no sería en vano y la retirada fue rápidamente organizada, aunque de la distancia seguían llegando los dardos enemigos que sobrepasando el muro natural de los árboles hacían diana en la carne de los hombres. Y así, por segunda vez una flecha de punta envenenada impactó sobre el hombro izquierdo de Erendel, cerca de su corazón, y como abatido por un rayo se desplomó sobre si, pues el veneno debía ser de acción rápida. Fue recogido por los hombres en su huida, sin saber si seguía vivo o sólo portaban su cuerpo sin vida, pero no lo dejarían allí, al escarnio de los enemigos bajo ningún concepto. Y la sombra de los ents perdiéndose en el horizonte precedidos por el resto del ejército de Lempë, fue lo último que, un enemigo que había sufrido una mayor pérdida en sus fuerzas, vio, pues una persecución en la distancia quizás no les interesase. Su objetivo estaba parcialmente cumplido.
La batalla había concluido, pero si prestáis atención, pronto veréis cómo continúan las andanzas y aventuras en estos lugares, o quizás otros, pues adelantar acontecimientos no es bueno para las historias.
“Laureon se alzaba serio, meditabundo, leyendo con rapidez la carta que habían traído desde la capital, redactada por el mismísimo Consejo. Mientras sus ojos captaban todos los caracteres escritos en el papel, su rostro se iba encendiendo y su cólera iba aumentando. Finalmente levantó el rostro, convirtió el pergamino en una bola arrugada informe, y miró al guardia que vigilaba su tienda; éste, al verle, retrocedió asustado, pues los ojos del Maia brillaban como fuegos dorados.
—Llame a todos los oficiales del consejo de armas—ordenó, sin ánimo de resultar amable. El soldado asintió con el habitual “sí, señor” y se alejó. Laureon fue el primero a la gran tienda donde se reunían todos los mariscales y generales de su compañía y se sentó, esperando impaciente; tamborileaba la mesa con los dedos, y no dejaba de repetirse con furia las palabras de la carta en su mente. Como el extraordinario filólogo que era, no olvidaba una hoja escrita sino cuando él quería, y no necesitó releer el pergamino arrugado de nuevo para que las palabras acosaran su cerebro y redoblaran su ira.
A los pocos minutos ya todo el consejo estaba reunido, incluido Aerandir, que ya se iba recuperando de las heridas de la batalla anterior. Los miró a todos y cada uno en silencio, profundamente, como si evaluara cada una de sus cualidades. Nadie pudo sostener más de un minuto aquella mirada, pues los ojos dorados de Laureon refulgían con una intensidad, cuanto menos, considerable. Finalmente extendió la carta de nuevo y la arrojó a la mesa, dejando que la leyeran uno por uno. Una vez leída, todos los presentes comprendieron con facilidad el enojo de Laureon.
—Nos ordenan atacar—dijo Aerandir, más para sí mismo que para los demás, pero Laureon le oyó.
— ¡Sí! ¡Nos ordenan atacar!—explotó el Maia, levantándose y paseando furioso por la habitación—. Ordenan que ataquemos, ¡a sabiendas del estado de nuestros hombres! Yo mismo escribí el informe que enviamos. ¡Yo mismo ordené el número de heridos según su gravedad! Estamos en medio de un desierto de hielo, enfrentándonos con gentes que pretenden invadirnos, luchando con el clima que no perdona a los habitantes de Helkelen Lára. ¡Y nos ordenan atacar, con todo nuestros efectivos además! “Un ataque masivo será más conveniente, pues infundirá temor y muerte”. ¡Al diablo! Atacaremos con hombres cojos, tuertos, o ciegos, con hombres que no pueden apenas mantenerse en pie, que están al borde de la muerte.
—Maestro—intervino Aerandir con todo conciliador, esperando que Laureon se tranquilizara—; ante todo, cálmate. No creo que sea una ayuda para nosotros y nuestra compañía que te dejes llevar por aquello que tú calificas de “inútil”. Tiempo atrás me dijiste que la ira, el dolor, o todos aquellos sentimientos funestos, son innecesarios.
Laureon lo miró profundamente, y finalmente sonrió. Se sentó despacio y miró a todos con aquella cordialidad, más propia de él que la ira.
—Lo siento—dijo, inclinando la cabeza ante los demás presentes—. Tienes razón, pero yo dije son innecesarios cuando afectan al individuo. Esto afecta a miles de hombres. En cualquier caso, me calmaré. No merece la pena enojarse, cuando la decisión ya está tomada.
—Piénsalo bien—intervino su fiel Rhak-nûz—. La orden de ataque no es tan mala como parece. Se nos dice que luchemos con todos nuestros hombres, pero por suerte ellos no están aquí para vernos. Reposan en mullidos sillones en las bellas salas de Ost-en-Aël, y quizá por una vez pueda decir que eso nos favorece. Ataquemos con los soldados que estén bien de fuerzas, y dejemos bien protegidos a los heridos y a todo aquel que no pueda combatir. Ellos no lo esperarán, sea con heridos o sin heridos, y deberíamos aprovechar ese factor sorpresa. Quizá podamos echarlos de una vez de estas tierras. Y, como bien has dicho, el informe lo escribes tú en persona… con el subjetivismo correspondiente.
El Maia lo miró durante unos instantes, frunciendo el ceño, y finalmente rompió en sonoras carcajadas.
— ¡Sea así! Odio la perspectiva de otra nueva contienda, aunque digáis que soy bueno manejando Amaurea. Son órdenes, y las órdenes han de cumplirse. Atacaremos, tal y como se nos dice, pero nosotros somos quienes tenemos el martillo para forjar los matices.
Hablaron mucho sobre la estrategia a seguir, los senderos y acantilados que tenían que cruzar y la cantidad de provisiones que llevarían a la batalla. Enviaron exploradores por todas las zonas limítrofes a su campamento, y pronto encontraron algunas cuevas; una de ellas era muy espaciosa, y allí llevaron a todas las gentes que necesitaban atención. Dejaron una fuerte escolta dentro, y los demás partieron al este, hacia el encuentro con sus enemigos. […]
Aventuras y desventuras de un pueblo exiliado, Capítulo noveno, de Rhedarel Ello, hijo de Rhak-nûz Ello.
“Muchas veces en mi vida he sentido pena y dolor. La vida y el destino tienen caprichos incomprensibles que quizá ni mi mentor pueda entender con claridad. Las guerras en el Llano de la Estrella Helada fueron cruentas, duras y apasionadas como fueron las gestas de Beleriand. Desde el nacimiento de los Padres de los Hombres nunca me he sentido muy atado a la raza de los Elfos, y Helkelen Lára fue uno de los lugares donde fue forjado más cariño entre los Hombres y yo. Por desgracia, el amor y el dolor van a la par, y cuando uno aumenta, el otro también. Sin embargo ocurre que también son proporcionales en el sentido contrario, pues uno no se manifiesta mientras exista el otro. Así, yo quería a mis soldados, a los Caballeros de la Rosa Dorada en especial, pero aquello era peligroso, pues eran hombres de guerra, y ante su muerte no había consuelo, y sólo el tiempo podía remediarlo. Cuántas gentes murieron de todos los reinos en esas guerras funestas, no sabría decirlo, pero durante mucho tiempo aquello me pesó en el corazón. El fiero y sabio Rhak-nûz, mi queridísima Alalmë, Apacen el Vidente, los buenos de Ezel y Hathol, quienes me acompañaron a las fauces de Ferith Ar-Karáh; magníficos todos ellos, pero Mortales al fin y al cabo. Todos murieron hace ya incontables siglos.
Mis primeras batallas, contra los hombres de Lempë Ohtari, allá lejos, perdidas en el tiempo y la inmensidad, se libraron en medio de un infierno helado de ventiscas y crueldad. No sólo era frío el acero de la espada, la flecha o la lanza que nos atacaba. El aire era frío. La tierra era fría. Nuestro ánimo era frío, incluso nuestros huesos estaban helados. Primero defendimos el paso a la zona más verde y rica de Helkelen, y después nos tocó atacar, lo cual no fue, al menos en un principio, de mi agrado. Aún recuerdo cómo rugían los hombres en su algarabía, qué lamentable se mostraba el estandarte hendido, rojo de sangre, perdido entre la nieve. Cómo luchábamos y cómo moríamos. No guardo un recuerdo cariñoso de aquellas etapas de mi vida, si bien Helkelen Lára brilla en mi corazón, mitad alegre y mitad triste, como la refulgente Estrella Helada que fue y que quizá es.”
Fragmento de las memorias de Laureon Ontarwë
“El señor Laureon recibió las noticias con desagrado, pues no es gran aficionado de las guerras. Yo tampoco, si he de ser sincero. No se me llame cobarde, pues no lo soy; tengo una mujer que me ama, y una hija preciosa a la que criar. Ya he visto, sentido y probado la sangre, y no me gusta. Por supuesto, no consentiré jamás que una tropa extranjera venga y saquee todo cuanto pille a su paso. Mi hija no verá el horror de la guerra, y mi mujer tampoco. Dicen que los Dioses nos protegen, velan por nosotros y nos esperan con los brazos abiertos en su morada, pero yo me lo cuestiono una y otra vez. Cuando estoy con mi mujer, y siento sus abrazos, sus besos y sus caricias, no puedo negar la existencia de algo superior, algo que me hace sentir feliz. Pero me temo que cuando veo tanta destrucción, tanto dolor, veo a mis amigos morir bajo la espada, el arco, la alabarda, las preguntas incómodas vienen a mí. Pero en fin, dejaré estos asuntos a los hombres de letras. Yo sirvo para lo que sirvo, y me siento orgulloso de defender nuestro país del invasor.
Al poco del alba montamos en nuestros caballos y nos lanzamos a la expedición contra el enemigo. No hubo canciones, ni trompetas, ni grandes himnos patrióticos, como era costumbre, pues pretendíamos emboscar a los hombres de Lempë, desprevenidos, en su campamento. La marcha fue dura, fría, como de costumbre; si hay algo que odie en este mundo, es el Aeglos. Y que me perdone su oscuro poder de escribir estas palabras, pero no puedo evitarlo. Más de una vez he sentido que mis huesos se habían congelado.
Cabalgo junto a mi mejor amigo, Daerlonhr, el segundo al mando en mi división. Los capitanes debemos llevar un penacho en el yelmo, aunque me resulta algo incómodo sentir las plumas moverse y moverse. Al final te acabas acostumbrando. Avanzamos muchas millas por senderos ocultos y difíciles de encontrar; nunca hubiera imaginado que el Gran Glaciar pudiera llegar a ser tan condenadamente tortuoso. Durante todo el día avanzamos, guiados por los exploradores; el ejército se había dividido en pequeñas ramas, guiadas éstas por los hombres de la vanguardia, y cabalgábamos lo más silenciosos que podíamos. El tiempo, por esta vez, nos fue clemente, y hemos podido llegar al campamento enemigo si ninguna complicación demasiado grave. Escribo rápido, pues pronto nos llamarán a la contienda. De nuevo, si mañana no he escrito, es que he muerto.
- - -
Sobreviví… no sé si por mucho tiempo, pero lo hice. Apenas tengo fuerzas, pero debo escribir estas pocas líneas, por si no consigo pasar de esta noche. Atacamos con fiereza, sorprendiendo al enemigo, pues el centinela se había quedado dormido en su guardia. Por su bien, espero que haya muerto en la contienda. Estoy débil… recibí muchas heridas, en el pecho, en las piernas, en el cuello… Pero he de sentirme orgulloso. Nuestra caballería arrasó con las primeras líneas, aunque fui derribado poco después de la primera carga. El grueso del ejército enemigo se marchó en desbandada, por un tiempo quizá, tal y como quería el señor Laureon. Peleamos con fiereza, y hubo sangre para muchos banquetes, un auténtico festín para los carroñeros, si es que hay carroñeros en este desierto blanco.
Me siento débil… no soy un gran visionario, no sirvo a la hora de ver el futuro como dicen que puede ese tal Apacen de las leyendas. Pero tengo la extraña certeza de que moriré. La culminación a toda esta locura, a toda esta ola de muerte, de caos, de destrucción. Nuestros enemigos lucharon bravamente, defendiendo a aquellos que ya habían partido, y creo que hubo más pérdidas en nuestro bando que en el suyo. Al menos conseguimos que se retiraran… Los poderes de Laureon nos ayudaron, pues estallaron extrañas bombas y fuegos de color amarillo dorado que se derramaron sobre el enemigo y lo asustaron. Mi pequeña Adeiden, ¿te volveré a ver? Estoy cansado…
(Anotaciones posteriores, escritas por el propio Daerlonhr): Mi capitán y mejor amigo, el bravo, fiel y grandioso Daesh, ha muerto. Expiró a medianoche, poco después de escribir estas breves anotaciones. Aun cuando estaba herido en muchas partes, aun cuando ya no había esperanza, logró reunir fuerzas y dar rienda suelta a su memoria. Me quedaré con el libro, y ojalá que el diario de Daesh el Grande, héroe de Helkelen Lára, nunca se pierda en el tiempo. Ay, qué aciagos días me han tocado vivir. Más dolor en la infinita cuenta, más ciclos cerrados, más sangre derramada... más familias rotas.
Diario Daesh Norh, Caballero de la Rosa Dorada.
Escrita por Thirian
Resumen de la batalla.
Helkelen Lara ha perdido 14 armadas x35= 490 puntos.
Recuperables: 327 puntos, al hacer uso del poder especial de Laureon.
Valoraciones: 9+9+8,9+9+9= 8,98
Recupera: 294 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 20%, por este concepto recupera 70 puntos. Total recuperación: 364 puntos.
Pierde: 126 puntos.
Lempë Ohtari ha perdido 10 armadas x35= 350 puntos.
Recuperables: 233 puntos.
Valoraciones: 8+8+8,2+6+8= 7,64
Recupera: 178 puntos. Los dirigentes han sufrido daños por el 60%, por este concepto recupera 210 puntos. Total recuperación: 388 puntos.
No pierde puntos.
Lempë Ohtari percibe 150 monedas por la victoria en la batalla.
Lempë Ohtari entrega 100 monedas a Helkelen Lara por abandono de la batalla.
Compañías actualizadas y listas.